El Club Limbo

– Él era un cabrón. Vaya mamonazo era. Debía obrar a sus anchas. Debía jugar con nosotros. Vivía de las rentas de un pasado más que discutible. Era adorado y muchos no teníamos ni puta idea de por qué.
Entonces la ninfa me dijo:
– ¿Pero nunca hacía acto de presencia?
– No, no debía considerarlo necesario.
– Pues aquí abajo nunca se nos habla de él, a no ser los caídos.
– Bueno, no creo que les guste teneros informados.
– ¿Y entonces no había pruebas reales sobre sus actos?
– No. Pero mucha gente creía en él.
– ¿Eso es lo que decías antes, la fe ciega?
– Sí.
La ninfa reposó la cabeza en mi hombro y dijo:
– ¿Y tú por qué no creías?
– Nunca le vi, o le noté.
– Pero tampoco creías en esto.
– Es verdad.
La condenada se incorporó, se puso de pie y caminó desnuda con su melena negra, hacia la barra. Pidió dos cervezas mientras yo me encendía otro cigarrillo. Aquí ya no tengo de qué preocuparme, puedo dejar de dejar el tabaco.
La ninfa vuelve y dice que si esta noche acudiré a la orgía. Dice que le han dicho que hoy podría venir Kurt Cobain desde muy lejos.
– No lo sé, aún espero que me pase algo malo. Ya llevo bastante tiempo aquí y sólo veo ventajas. Se supone que esto tenía que ser terrible.
– Sigues sin fiarte…
– Sí.
– Pues si quieres podemos ir al Club Limbo.
– No suena muy bien… ¿El Limbo existe? O sea, el de verdad…
– No lo sé, yo soy natural de aquí. Me da igual si existe. ¿Te leíste el libro que te dejé?
– Sí, pero Stephen King ya se publicaba allí arriba.
– Me encanta Stephen King. Espero que muera pronto, quiero darle un beso, o… lo que se deje…
– ¿Y cómo sabes que vendrá aquí?
– Todos los artistas y escritores acaban aquí. El Arte siempre ha sido el enemigo natural del Orden Establecido. Y por lo que decís todos los caídos, allí arriba estabais obsesionados con el Control. Tú deberías saberlo…
– Aún no entiendo cómo vivís aquí, vuestro sistema.
– No es tan difícil, nadie puede morir o hacer daño. Por tanto la gente ceja en sus empeños de supervivencia o superioridad. Todos somos iguales. Es decir, no lo somos, pero lo somos.
– ¿Y entonces el cielo…?
– Oh… si existe me encantaría poder ir y saber cómo es…
– Y tú… ¿de dónde saliste?…
– Oh, las que somos naturales de aquí lo somos porque la muerte nos llegó aun siendo bebés. Ya sabes que aquí todo el mundo tiene apariencia de tener treinta años.
– Eso es lo que me pone nervioso, todo es demasiado perfecto, algo tiene que torcerse. Y además, ¿por qué acabaste aquí abajo?, no te dio tiempo a hacer nada malo…
– Ya, pero todas las mujeres acabamos aquí. Lo poco que sé de vuestro Dios es que falló en su intento de crear hermafroditas. Vuestro Dios o vuestra evolución, me da igual. Según nuestro Señor, la humanidad sólo es el fallo que hay entre el cielo y el infierno. Sería lo que tú llamarías Limbo, supongo, un lugar en el que sufrir durante un número de años indeterminado. Aún así conseguisteis cierto orden según tengo entendido, pero por lo que sé, todavía hay un porcentaje altísimo de gente que muere de forma absurda, está deprimida o fallece por lo que llamáis Hambre o Inanición. Creéis en la Verdad, la Monogamia… joder, creéis hasta en la Información o la Tecnología; ahí arriba la gente no sabe que desde el momento en que alguien supo que uno más uno eran dos, estabais todos acabados.
– Bueno, no deja de ser una opinión…
– ¿Una opinión? ¿Tú volverías a tu vida humana?
– No.
– Claro que no. Ni tan siquiera el infierno es como te lo pintaban. Has tenido que morir para empezar a vivir de verdad.
– Ya… y dime, la gente que se dedica aquí a los servicios, la gente que trabaja a cambio de nada, ¿por qué nunca dicen nada?
– No lo sabemos, están ahí desde siempre. Nadie nos ha dicho nada sobre por qué todo sigue funcionando como un reloj aquí abajo. Nos limitamos a ir tirando, con el tiempo verás que ya no vas a Sentir como allí arriba. El Señor dice que somos zombis felices; zombis, sí, pero felices. Te harás muchas preguntas y algunas se te contestarán y otras no, pero con el tiempo irás notando que ya no tienes conciencia más allá de tu yo personal. Dejarás de preocuparte de todo. El Señor ha procurado reunir los ingredientes necesarios para que seamos felices sin pensarlo dos veces.
– El Señor es…
– Sí…, el Diablo, ¿nunca le has visto aún? Siempre anda por ahí con media sonrisa en la cara, leyendo a Nietzshe. Él no es como el Dios mitológico que tenías allí arriba. Acude a casi todas las orgías que se celebran y hasta de vez en cuando se sienta con nosotros a beber una cerveza y charlar un rato. Se hace llamar el Señor de las Tinieblas, pero creo que sólo lo hace porque sabe reírse de sí mismo; es lo mismo por lo que a todos nos llama Los Condenados. Pronto verás que la única emoción que no podrás evitar será el sentido del humor. Aquí raramente entristeces o te deprimes.
– Yo aún me noto igual.
– Ya. No te preocupes, el cambio es gradual. ¿No te apetece venir a mi refugio a follar?
– Eh… bueno…
– Ja ja, sí que es verdad que aún reaccionas igual que esos tarados de ahí arriba.
– Y el sexo aquí abajo es igual…
– Pues sí, por desgracia también te cansarás, solo que si se te rompe el frenillo o yo tengo un desgarro vaginal, el cuerpo se regenera en unos segundos y ya está. Aunque tengas un infarto, no tienes de qué preocuparte, tu cuerpo siempre reacciona. Algunos días jugamos a tirarnos desde el acantilado de Judas. Cuando caes al suelo puedes oír cómo se rompen todos tus huesos, pero luego, al regenerarse todo, sientes un cosquilleo muy agradable. La gente suele hacerlo si nota que renace en ellos algún sentimiento incómodo, alguna depresión, enamoramiento no correspondido… Es muy efectivo. ¡Vamos!… hace horas que no tengo un orgasmo. Y tranquilo, que no nos podemos reproducir.

Aquí la gente parece tener la misma actitud dejada y egoísta que allí arriba, con la diferencia de que con eso aquí nadie sale perdiendo. El narcisismo no es un defecto, sino el estilo de vida aconsejado. Perece que todo lo reprochable cobra sentido, como si todo lo que queríamos hacer allí arriba aquí abajo se pudiera hacer sin miedo a las consecuencias. No hay un cielo ni unas estrellas en las que ensimismarse, pero el placer liviano es sustituido por una libertad que entre los vivos sólo era una fantasía. Aquí nadie folla, come o duerme por una necesidad fisiológica, sino por placer. No existen los dolores de estómago, el insomnio ni los gatillazos. Cuando piensas en comer te entra hambre, cuando te apetece relajarte te duermes. Si te apetece follar, nadie tiene impedimentos morales para no hacerlo contigo. La atracción física por un tipo concreto de mujer se diluye día a día. Poco a poco encuentras belleza en todo el mundo. Me pregunto si también me volveré bisexual. Mires a donde mires todo el mundo es su versión más saludable y joven. No hay niños ni ancianos de los que cuidar. Da igual lo que comes o si te drogas o no haces ejercicio. Todo esto sería tétrico si no fuera tan fácil adaptarse. Aunque sigo pensando que hay gato encerrado, de momento prefiero dejarme llevar.

El sexo me recuerda a cierta vez en la que, aún estando vivo, me tome media viagra para probarla. Tu erección no baja fácilmente. Todas las cuevas en las que vive la gente aquí están acondicionadas más o menos como una residencia normal, aunque sin paredes con dos capas de pintura y sin televisión. Un vez la ninfa se cansa del sexo, le digo que ni tan siquiera sé su nombre.
– Me llamo Colibrí. Así de sencillo… La mayoría de gente cuando llega aquí se cambia el nombre. En mi caso, yo misma elegí uno justo después de morir. No sé qué nombre me pondrían mis padres, pero me da igual.
Colibrí se levanta de la cama y coge de un cajón un sencillo camisón rojo que parece de seda, se lo pone. Casi no le llega ni por debajo de la cintura.
– ¿Te gusta? – dice -, ahora los llevan muchas condenadas.
– Sí, está bien… Bueno… qué quieres hacer.
– Pues si no quieres ir a la orgía, creo que tocan los Lynyrd Skynyrd por esta zona.

En un lugar en que el suicidio sólo sirve para olvidar, se podría decir que no hay salida. Solo que casi nadie busca escapar, porque cuando estaban vivos ya sabían que algo no iba bien, pero continuaron adelante. Mientras paseo al lado de Colibrí veo cómo los yonquis y los alcohólicos han encontrado su paraíso en el infierno. La mayoría de la gente va desnuda o como mucho con algún complemento meramente estético. Nadie pasa frío o calor y nadie tiene por qué cuidarse. No hay deberes ni responsabilidades. De vez en cuando ves a alguien buscando el modo de huir o suicidarse. Colibrí me dice que esto es un nido de curas pederastas, tíos que, incluso habiendo abusado de los niños cuando estaban vivos, siguen teniendo una gran fe en Dios, por lo que atraviesan por un periodo de adaptación mucho más largo. Algunas parejas de enamorados se pelean hasta el punto de apuñalarse o arrancarse los ojos, para diez minutos después quizá hacer las paces. Otras parejas se rompen porque uno de los dos comienza a dudar y decide despeñarse para olvidar una vez regenerado, con lo cual quien queda de la pareja hace lo mismo. Algunas veces vuelven a enamorase y otras no. Cuando destrozas tu cabeza la regeneración conlleva la pérdida de tus recuerdos más significativos; sabes cómo te llamas y te acuerdas de dónde estás y de que estás muerto, pero comienzas de cero en lo que respecta a conocer a otra gente o volver a sentir un gran apego por alguien. Esto conlleva el hecho de que por aquí muy poca gente conserva muchos recuerdos.
En el infierno se siguen escribiendo libros y se siguen expresando los pensamientos a través del arte. Hay una gran biblioteca regentada por el Señor de las Tinieblas en la que es raro que no puedas encontrar el libro que se te antoje; el modo en que se nutren esas estanterías de todas las obras de la humanidad es un misterio. Es el gato encerrado.

Cuando llegamos hasta la zona del concierto nos enteramos de que sí era hoy cuando tocaban los Skynyrd, pero mucho antes. Decidimos entrar en el Club Limbo. Algo me hace pensar que Colibrí ya sabía lo del concierto y todo era una treta para llevarme al Limbo.
El club es como todos lo demás en los que he entrado aquí. Camareras y camareros que no hablan con nadie y solo se dedican a servir, y gente de todo tipo que bebe, charla, discute, muere en una pelea, se regenera… Pero por lo general el ambiente siempre es distendido y todo el mundo se jacta de estar en lo que parece ser la zona Vip del universo extracorporal.
Colibrí me lleva a una mesa situada en una de las zonas más oscuras. Cuando nos sentamos me dice que si no lo he reconocido.
– ¿Qué? ¿A Quien?
– El Señor de las Tinieblas. Hace mucho que no venía por esta zona, míralo, está en la barra, allí… – señala con el dedo.
Lo localizo sin ninguna dificultad. El Diablo es un hombre de unos cuarenta años a la vista, espaldas anchas. Lleva una gabardina como de cine negro, fuma en pipa, y cada vez que alguien le dice algo se carcajea a mandíbula batiente. Lleva una especie de boina, creo que de cuero, y su rostro recuerda a la típica instantánea de un mafioso. Gato encerrado.
Colibrí me coge de la mano y me dice que quiere presentármelo, que a Él siempre le gusta hablar con la gente que lleva poco tiempo aquí.
A regañadientes me levanto de mi silla y Colibrí me conduce hasta Él sin soltarme la mano. Hasta hace dos meses yo tenía cincuenta años y estaba casado, tenía dos niñas que eran mi vida, y ahora estoy muerto y voy a conocer al Diablo. Hasta hace dos meses siempre había pensado que era feliz, o por lo menos que no me iba mal. Mi mujer me quería más que yo a ella, y por eso me soportaba. Y ahora tengo treinta años, y el Diablo me ha cogido la mano, estrechándomela, y con un extraño castellano y una voz ronca, me ha dicho:
– ¿Cuánto tiempo llevas por aquí?
– U… unos dos meses.
– ¿Dos meses?… aún eres un bebé. – Y todos los que le rodean se carcajean con ganas, incluida Colibrí. El Señor de la Tinieblas mira por encima de mi hombro y la ve.
– ¡Colibrí!… cariño, ni me he dado cuenta de que eras tú la que me presentaba a este mocetón… – Colibrí se acerca algo tímida y Él la abraza bajando poco a poco para palpar sus glúteos y dar finalmente una palmadita en el glúteo izquierdo. Entonces El Señor de las Tinieblas me mira a mí y me dice:
– ¿La has catado?
Hago que sí con la cabeza, incómodo.
Él se vuelve a carcajear, y luego me dice que si todo va bien.
– Sí, creo que sí.
– Y dime, ¿qué te ha traído hasta aquí?
Tanto Colibrí como todos los demás se me quedan mirando, esperando.
– Bueno… eh…
– Oye… ¡oye!… no hace falta que lo digas – me interrumpe El Diablo – aquí estamos para pasar una eternidad tranquila, ¿verdad que sí?
– Sí…
– Era broma, nadie dice por qué está en el infierno. ¿Sabes por qué?
– No.
– Pues yo tampoco. – Todos se comienzan a carcajear otra vez.
Colibrí me coge de la mano y le dice al Diablo:
– Frank, nos vamos ya… espero volver a verte.
– Claro que sí, muñeca, ¡pasadlo bien!

Nos alejamos de la escena y volvemos a nuestro rincón oscuro. Noto que cada vez me afecta todo menos. Debe ser que ya me está haciendo efecto esa zombificación de la que hablaba Colibrí.
– ¿Frank? – digo yo, una vez ya sentados.
– Sí, le gusta que le llamen así…
Los dos nos quedamos en silencio durante unos minutos. En el Club se comienza a escuchar una balada de Elvis. Colibrí me dice:
– ¿Es mucha indiscreción preguntarte lo que te ha traído aquí?
– No lo sé. Al ver cómo hablas y cómo te mueves, me extraña que aquí la gente no tenga los mismos sentimientos que cuando estaban vivos. Temo que si te cuento lo que hice, nunca te suicides por mí.

[Como no sabía qué video poner, he recurrido a un clásico, el Let forever be de los Chemical brothers; los desconocedores de este video de Michel Gondry, que no parpadeen.]

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4 comentarios en “El Club Limbo

  1. Me ha encantado este relato.

    Ya me queda menos para llegar a la actualidad y temo ese día, porque entonces no podré leer cosas nuevas cuando me de la vena, pero como he ido guardando los que más me han gustado (y son una pila), iré releyendo.

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