Mediana edad

Andaba yo vagando solo por casa y esperando alguna llamada, pensando en si me apetecía más masturbarme o comenzar a leer un libro de Tom Spanbauer que llevaba días cogiendo polvo, y al final me masturbé.
Luego me di una ducha y nada hacía pensar que sería justo ese día cuando me comencé a obsesionar con la muerte, con dejar de respirar y convertirme en bufé para gusanos. Miré por la ventana desde mi tercer piso segunda, y vi que si un día tenía la mala fortuna de caerme desde allí, podía quedarme paralítico. Eso me relajó momentáneamente, la muerte no era lo peor que podía pasarme. Luego pensé en si pensar eso era una falta de respeto a los paralíticos. Decidí que no, pero que nunca diría algo así en voz alta. Luego me preparé unos cereales y me pregunté si sería bueno comenzar a hacer ejercicio de forma habitual. Y después eché más cereales en la leche.

Mi miedo a la muerte fue apareciendo de forma habitual en los días, semanas y meses siguientes. El mundo es un lugar lleno de posibilidades cuando se trata de morir. Basta con sacarse el carné de conducir y puedes haber firmado tu sentencia de muerte. Basta con cruzar un paso de cebra en un mal momento o con echarse un novio que al principio parecía simpático. Seguramente es más fácil morir joven que cosas como la lotería o un matrimonio duradero. Así que no veo dónde está el problema en temer morir, es completamente natural, como la vida. Como la muerte de tus padres o tus abuelos; el solo hecho de vivir te garantiza el topar con la muerte en todas sus formas: tus seres queridos y tú. Así que, ¿te crees mejor que yo por no vivir pensando en la muerte? ¿Crees que omitirla te ayudará? Yo creo que no, que te golpeará cuando estés desprevenido, y luego pensarás: “No es posible, esto no le puede haber pasado a mi padre…”. Eres una mota de polvo en la historia de la Tierra, somos eso, y además no tenemos escrúpulos. Vivir no es una bendición, es la oportunidad de ser mejor que los demás, más rico y más guapo. Y inmortal.

Cuando era pequeño pensaba que si pasaba el tiempo suficiente escuchando el latido de mi corazón, en algún momento se pararía. No veía cómo era posible que no dejara de latir, y que continuara haciéndolo hasta pasados ochenta o noventa años. Aún me cuesta creerlo.
Cristina, una vecina que fue creciendo hasta convertirse en el sueño erótico del barrio, siempre me dijo que no. Tenía cuatro años menos que yo, y lloraba al verme cuando era un bebé, no quería jugar conmigo cuando era una niña, no quiso salir conmigo en la adolescencia, y siempre pasó de mí en la edad adulta. Cristina era el agujero de gusano a través del cual nunca pude pasar con mi nave de erecciones desaprovechadas, para poder viajar en el tiempo siendo alguien más que el colgado que no se rinde.

Aun siendo rechazado y humillado durante varios años por ella, hay algunas anécdotas agradables que se pueden explicar. Por ejemplo, cuando ella tenía quince años una vez me besó, aunque iba bebida. En otra ocasión tuvimos una conversación que no acabó con ella girándome la cara. Otro día me dijo de broma que al final tendría que ceder ante mi insistencia, de broma. Cuando ella ya tenía veinte años una noche llamó a la puerta de mi piso, para pedirle algo a mi madre, sal o algo así; yo estaba en la estancia y me dedicó una sonrisa fingida que parecía auténtica. Otro día, era navidad y me llamó por teléfono para desearme felices fiestas, y una vez hasta la invité a un cumpleaños mío y vino, aunque fuera en contra de su voluntad. Siempre fui el perrito faldero, el ser patético que no parecía querer desistir, aunque ya hiciera mucho que no me quedara dignidad. La última vez que la vi fue cuando un día fui al cine con ella, y con su novio; a él le caía bien, no debía verme como una amenaza. En realidad ese día no fue tan agradable, ir al cine con una pareja puede ser como meterse con ellos en la cama sin posibilidad de meter mano.
Al día siguiente ella murió en un accidente de tráfico. Y tres días después fue cuando andaba yo vagando por casa, masturbándome e incubando mi miedo a la muerte. De todas formas quien se llevó la peor parte fue su novio, que ya nunca ha podido hablar o hacer nada solo, lo cual instigó mi miedo a no morir. Así que ahora tengo miedo a la muerte y a no morir. ¿Si la que creías tu alma gemela muere, puedes ser tú el siguiente? Es decir, pasa en muchos matrimonios mayores; él muere y luego la viuda se abandona y muere. Mi caso no es el mismo porque no soy mayor, aunque sí me considero viudo. Podría comenzar a leer novelas de Jane Austen y abandonarme a la prostitución para dejar de luchar definitivamente. Lo que pasa es que no veo cómo se puede morir de pena sin tener ochenta años. Mírame, soy una ecuación hecha de semen desperdiciado y desesperanza.

Aunque no todo ha sido tan malo, en realidad tengo mucho de masoquista, y por lo menos yo no he muerto joven. Y hay otra gente que sí me ha hecho caso, o por lo menos lo han fingido lo suficientemente bien.
Desde que ella murió siempre que he hablado sobre mi pena en realidad me refería a los remordimientos. Supongo que sí es verdad que son tus actos los que te definen, pero raramente la gente se detiene a pensar en lo que te ha impulsado a dar el siguiente paso.
El día que fui al cine con ellos fue cuando entendí que no tenía ninguna posibilidad. Así que me puse a pensar en todas esas estadísticas en las que se regodean los telediarios para ganar audiencia y tapar agujeros. Las muertes en la carretera forman parte de todas esas posibilidades que te ofrece la vida cuando se trata de morir. Así que estuve pensando en toda esa gente que acaba triturada dentro de su coche, y tuve que aprovechar la coyuntura de la operación salida para que no me explotara la cabeza de celos.
Al día siguiente del cine, la parejita se iba a la torre que tiene Cristina, un plan de fin de semana entero de folleteo mientras yo continuaba siendo un perdedor. Ése era el plan, que yo perdiera otra vez, ella continuara engordando su ego, y él pudiera tener casi sin esfuerzo lo que yo llevaba toda la vida luchando por conseguir.
Alquilé un coche y les seguí a una distancia prudente. Salieron cuando comenzaba a anochecer, él conducía. Cuando comenzamos a tomar curvas para subir hasta la zona en la que estaba la casa, empecé a acercarme cada vez más al coche. Llegó un momento en que encendieron la luz interior del vehículo, y Cristina se quitó el cinturón y se agachó entre las piernas de él. Fue entonces cuando no pude esperar más y aceleré hasta pegarme a ellos. Hice que perdieran el control hasta salirse de la carretera y bajar por una pendiente para chocar de frente con un árbol lo suficientemente grueso. Paré el coche y, con la mente en blanco, salí y bajé después de haber sacado una navaja de la guantera. El cuerpo de ella estaba a unos cuatro metros del coche, me aseguré hasta el punto de ver que tenía medio pene fláccido de él en la boca. Él estaba en el interior del vehículo, pero la cabeza le colgaba de forma grotesca y sangraba sin parar por la entrepierna.

Desde entonces han pasado seis meses, y mi vida no ha sido el cielo en la Tierra, no me considero mejor ni peor que antes. Pero tengo una sensación de estabilidad que nunca he conocido. Tengo los mismos miedos, pero mucho más apego por mi mujer y mis hijos del que nunca he tenido. Ahora ya no sale el Sol cada día para humillarme en serio.

[De mayor quiero ser Edward Norton]

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6 comentarios en “Mediana edad

  1. Hola Jordi, mucho tiempo sin leerte, ya sabes, verano, vacaciones, sin internet…
    ufff, primer relato que leo despues de dos meses…y sigues siendo único, tienes una forma de trasmitir en tus escritos,que hace imposible apartar la mirada ni pestañear hasta terminar el relato.
    Besos, me alegro de volver a leerte.

  2. Esta guay la historieta 😉 y la verdad que lo de Edward Norton es una pena… Prometía el hombre, pero con bodrios como El Ilusionista, Hulk o el Velo Pintado… se te quitan las ganas de parecerte a él en lo más mínimo.

  3. Fascinante relato,. Fascinante tema: el miedo a la muerte-

    A veces yo tb me paro a pensar en la muerte, en como estamos en al vida por suerte, en como nos regalan cada día, en quien nos regala cada día, si cada día, cada minuto, cada segundo, podemos morir.
    Haay quien dice que estamos aquí para sufrir, tanto correr, tanto correr para nacer, para salir “aquí”., yo considero que cada día es una nueva experiencia, y que si conseguimos apartar esos fantasmas que nos okupan la mente, podemos hacer algo por nuestra vida, por nuestro tiempo, puesto que es lo únio ke tenemos; el tiempo.
    Un saludo, Jordi, eres bueno.

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