Gente honrada

Todo empieza con Dios, creándolo todo en una semana, pronto y mal. O con el Big Bang, esparciéndolo todo hasta que la casualidad nos creó, para dejarnos a la buena de Dios.
Luego nosotros comenzamos a follar y a matarnos, y de uno de esos coitos nazco yo, para escribir tonterías que no aportan nada a nadie y que de todos modos casi nadie lee. Así que se crea el mundo por alguna razón, la vida se abre paso, hay gente feliz a costa de una gran mayoría que no lo pueden ser, y mientras tanto yo me encargo de documentar guías de viaje. Mi trabajo es hacer que todos esos que están deseando huir de su rutina puedan planificar sus vacaciones hasta tal punto que acaban siendo tan solo otro tipo de rutina; las rutas adecuadas para no topar con indeseables, guerras, pobreza, y todo eso que entre todos ayudamos a crear y sostener. Léeme e imagina playas cristalinas y polvos brutales con tu novia en jakuzzis de cuatro estrellas; pasea por museos y conoce a esa gente que al igual que tú consiguió nacer en el lugar apropiado. Alimenta tu realismo de folletín.

Sé que solo soy otra pieza del engranaje de la vida, y que no voy a hacer que nada mejore; lo cual no me hace sentir bien, pero tampoco mal. Me alimento de la esperanza de que sea verdad eso de que los ciudadanos de a pie no podemos hacer nada para cambiar las cosas, y o hacer algo que vaya más allá del objetivo de sentirnos mejor con nosotros mismos. Hablo, claro, de pobreza y malestar lejano y televisivo. Y supongo que “lejos” es la palabra clave, lo que nos salva, no sólo de la miseria en sí, sino de los remordimientos.

Llegado un día concreto de mi mediana edad, teniendo ya alguna cana y quizá ganas de trabajar en algo con lo que no sentirme tan solo siempre, conduzco hacia una casa de lujo del primer mundo, de esas en las que la vida real solo se filtra a través del personal que trabaja en ellas.
Accedo a la casa con mi coche alquilado por una carretera estrecha a unos mil kilómetros de mi casa. Se dice que esta zona sureña se pretende cercar como parque natural. Salgo del coche y me estiro, abotargado de tanta carretera. La razón por la que no viajo siempre en avión tiene que ver con cierta idea romántica sobre el hecho de disfrutar de los paisajes y evitar la frialdad de los aeropuertos. Y así de paso evito lo potencialmente desagradable que puede llegar a ser el contacto con la gente. No quiero estar solo, y a la vez odio a la gente. Eso es todo.

A menudo hago un esfuerzo y procuro hablar con personas de la zona para escribir algo no demasiado frío sobre el lugar. La mansión de la que recorro ya paseando el jardín de la entrada quedaría justo en la periferia del futuro parque natural, que a la vez estaría muy cerca de Marbella. No sé si va a ser una buena idea hablar con este tipo de gente, quizá acostumbrados a tener el cuerpo aquí y la cabeza en el modo de añadir un cero más a sus cuentas, pero supongo que es injusto prejuzgar que alguien multimillonario no tiene escrúpulos o sentimientos.
Yo estoy aquí para enmarcar el lugar, el paisaje, para servirte en bandeja el verano, o los quince días de libertad momentánea que tengas. Estoy aquí, y llamo a la puerta. Oigo pasos a los pocos segundos. La gran madera blanca se abre y surge de dentro una cabeza con un moño, una mujer de unos cincuenta años, sudamericana: una sirvienta. No más de metro cincuenta y con cara de migraña. Me mira y acuclilla los ojos molesta por el sol. Se me queda mirando, murmura: “¿Si?”
Le cuento lo de mi trabajo y si están lo señores de la casa, que me gustaría tener una charla con ellos, tomar algún apunte amable sobre la tranquilidad de la zona, la comida o lo que sea que hacen aquí.
– Los señores no están, pero si quiere yo puedo ayudarle en eso.
Podría ser colombiana o ecuatoriana, o lo que sea menos argentina o mejicana, que son los único acentos latinoamericanos que sé distinguir de verdad. Le digo que sí, que si no hay inconveniente puedo hablar con ella.

La mujer se acomoda en un sillón y yo en otro, y ella habla con una voz fina y estridente que se me va clavando poco a poco en el cerebro, haciéndome vislumbrar un más que seguro dolor de cabeza. Me dice que el dueño de la casa tiene cincuenta años y que es vigoréxico, y que la dueña se opera una vez al año para estirarse, hincharse y agrandarse las tetas: la mujer hace una mueca y dice que ella prefiere ser pobre a parecer un muñeco. Sin dejarme abrir la boca, sigue hablando sobre sus “Señoritos”, como si fuera la primera oportunidad que tiene de desahogarse: drogas, adulterio, dos tentativas de divorcio, un tiroteo, gritos extraños por las noches, gemidos, golpes, manchas de sangre en las cortinas, llamadas de madrugada, hurtos inmobiliarios y los hijos, llega un momento en que comienza a hablar de los hijos de sus Señoritos: un chico y una chica. 22 años. Gemelos: riñas, gemidos por las noches, fiestas en casa, drogas, más manchas de sangre en las cortinas, tirones de pelo, novios, novias, un posible incesto, terapias de grupo, programas de rehabilitación de diez pasos para adictos al sexo, una muerte clínica de doce minutos, xanax, dormidina, metadona, crisis de ansiedad, exámenes, suspensos, exámenes de recuperación, suspensos, pornografía debajo de un colchón, excrementos debajo de la cama, vómitos repentinos y anécdotas y más anécdotas.
Escucho sin parpadear a la mujer, algo inquieto y con un repentino interés por lo que cuenta, como si pasados tan solo veinte minutos ya conociera a esa gente rica de toda la vida. Sumando algún suceso paranormal, en esta casa ya no podría pasar nada más. Aun con mi renovado interés por lo que me cuenta la voz estridente, corto su monólogo y le digo que yo venía en busca de detalles de interés turístico, tal y como le había dicho antes de entrar en la casa, le aclaro.
– Oh… en ese caso…
En ese caso: drogas, tiroteos, niñas malas en bikini, accidentes de tráfico, surfistas ahogados, mafias, discotecas, pastillas, sexo en las calles, robo a mano armada, ladrones de guante blanco, atracos, un buen restaurante (que atracaron), fiestas nocturnas todos los días, familias ricas que se van y no vuelven a aparecer, paraísos fiscales, chanchullos de suelo, clase media/baja, inmigrantes, inmigrantes, inmigrantes, inmigración, explotación de los inmigrantes, violencia de género, racismo, xenofobia, negocios turbios, mulas, tráfico de prostitutas, padres de familia que acuden al turismo sexual, niñas de catorce años embarazadas, padres conservadores, madres de quince años, coches de lujo, abogados, tai chi para madres solteras, críos de parvulario hasta arriba de ansiolíticos, pistas de tenis, kung fu para preescolares, una cala con jeringuillas, homosexuales (maricones, dice ella), lesbianas (bolleras), sida, enfermedades venéreas, hoteles con vistas al mar llenos de niños ricos, fiestas nocturnas en la playa, éxtasis, cocaína, cristal… Y la mujer pone los ojos como platos para contarme cómo una mañana encontraron a un chico de diecinueve años muerto en la playa.
– Sorprendente – me sorprendo diciendo.
– ¿Cómo dice?
– Oh… que es terrible…
– Sí…
– Pero bueno, este es un lugar bonito, también habrá otro ambiente, gente honrada, ¿no cree usted?
Después de decir esto me doy cuenta de que es la primera vez que defiendo a la raza humana. Después de oír poner a la misma altura moral a niños drogados, padres maltratadotes, traficantes y homosexuales, he quedado lo suficientemente desconcertado como para acabar indignándome. La mujer queda aturdida ante mi intento de sacar algo positivo de esta especie de infierno particular que me ha pintado.
– Bueno… – titubea- claro que no todo es malo, ya sabe usted…
– Pues justo esas cosas buenas son las que interesan a los compradores de las guías turísticas, ya sabe, como le he dicho antes de que me hiciera pasar; y más relacionadas con el parque natural que con los pueblos costeros.
– Ajá, ya veo, usted lo que quiere es hacer buena publicidad… bueno pues…
En ese caso: Aire respirable, tranquilidad, silencio, excursiones del inserso, bosques idílicos, claros en los que montar un picnic… La mujer titubea, mirando hacia el alto techo. De repente se tapa la boca con la mano derecha y comienza a respirar pesadamente.
– ¿Está bien? – murmuro.
Hace que no con la cabeza y solloza cerrando con fuerza lo ojos.
– ¿Me disculpa? -. Se levanta del sillón y se encamina hacia las escaleras que llevan al piso de arriba. Me incorporo y me voy hacia una de las grandes ventanas que hay en el inmenso salón.
Es la primera vez que una mujer huye de mí sin ser yo el que ha soltado el discurso brutal y farragoso sobre la inmundicia del mundo. Y aunque yo me hubiese ahorrado algún detalle xenófobo, la mujer hablaba con la misma convicción de quien realmente cree que tiene razón. Me siento como si ahora fuera yo el optimista, el tipo alegre con quien formar pareja para sonreír ante la adversidad. La ambigüedad moral e ideológica de esta mujer encaja muy bien con mi desestabilidad emocional. Miro por la inmensa ventana el camino de entrada, y mientras decido que no tiraré más de la lengua a la sirvienta, oigo un disparo.

[Hace poco he descubierto y escuchado a fondo a Damien Rice, un tipo que se hizo famoso por un tema incluido en la película “Closer”. El tema del video se llama “9 crimes” y es un ejemplo perfecto de la capacidad insolita que tiene este tipo de caminar por el filo de la navaja para crear temas que tratados por otros podrían ser increíblemente ñoños, (atención también a la chica que colabora con él).]

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2 comentarios en “Gente honrada

  1. Saludos, Jordi. Es verdad, parece el episodio 1 de algo más abultado, por decirlo de alguna manera. Aunque, en el fondo, enlaza con casi toda tu narrativa, que seguro leemos más de cuatro gatos. O deberían hacerlo, al menos. A seguir bien.

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