Matar a Elisa

A mitad de un bostezo a las cinco de la mañana, comenzó a sonar el teléfono. Llevaba cuatro horas dando vueltas en la cama harto de vivir sin dormir, y el teléfono fijo me hizo dar un salto y correr hasta el comedor. Descolgué, y una voz de mujer joven me dijo: “Me vas a matar… vamos a ver tus padres para darles la noticia”. Justo después sonó el despertador, y supe que sólo había dormido tres horas. Estoy tan acostumbrado al insomnio que muchas veces sueño que aún no me he dormido.
De todos modos ese sueño en particular me llamó la atención por lo elaborado, por esa idea sobre las llamadas de madrugada que nadie desea y que pueden traer malas noticias. El hecho de que me comunicara su muerte una mujer concreta acabó chocando con mi concepto de Realidad.
Esa voz femenina me vino una y otra vez al recuerdo, conocía ese tono sugerente y quería identificarlo. Viví mucho tiempo con esa sensación frustrante de estar a punto de recordar, con un nombre en la punta de la lengua. El sueño no volvió a repetirse (gracias a Dios), pero se quedó en mi cabeza, nítido y pesado, como si algo del futuro se hubiera colado en el presente para avisarme. Ésa era la sensación, iba a hacer algo terrible y nadie iba a poder evitarlo.

Continué viviendo mi vida sin excesivo miedo, o por lo menos no más acobardado de lo habitual. Cada día en el trabajo analizaba el timbre de voz de algunas compañeras, sin dar nunca con Ella. Hice zapping en casa esperando dar con la voz en cuestión en algún anuncio, en alguna actriz de doblaje; hasta llamé a una chica de la que anduve colgado tres años y que me dio calabazas, para estar seguro de que no era otra vez ella la que venía a mi mente en forma de pesadilla rosa interminable. Iba poniendo cruces a todas las mujeres a las que oía hablar. Fui de visita por todos los bares y lugares comunes, entablé conversaciones forzadas con camareras y mujeres con las que apenas si había cruzado un par de saludos. Me puse a investigar sin saber muy bien por qué, sin saber a dónde iba a llegar, pero seguro de que tenía que ir. Me pasaba algo que no le podía contar a nadie, cualquiera hubiera dicho que estaba buscando a mi víctima, para saber qué motivo podría impulsarme a acabar con ella, o de qué forma involuntaria ella iba a morir por culpa mia. Yo, que no creía en nada, comencé a creer en un sueño, lo encajé en la realidad con calzador buscando algo emocionante, como quien hace puenting o se tira de un avión. Era mi suicidio psicológico, la oportunidad de labrarme una enfermedad mental.

Lo que nunca pensé es que ese sueño se convertiría en el detonante de mi primer amor de verdad; eso que te convierte en un imbécil embobado que no hace más que supurar cursilería (*). Elisa era la mujer más guapa del mundo*, la perfección* hecha mujer, y educada e inteligente, y mi futura esposa y madre de mis hijos y la persona con quien quería que me enterraran, con quien quería agarrarme de la mano en el cielo*, etc. Elisa me cogió figuradamente por los huevos para no dejar que ni uno solo de mis latidos no fuera por ella. Todo mi dinero y mis muecas y mi poesía barata, todo el futuro y las esperanzas y el miedo y el sentido del humor y del horror y las frases echas y las ingeniosas; todas las erecciones y los gatillazos y las lágrimas. Todo para ella.
La conocí y todo a su alrededor resultaba mediocre. Hablé con ella y era Ella, la conocía antes de conocerla, como en las canciones cursis.
Ella me aceptó y comenzamos a salir. Yo iba por la calle flotando y viendo como todas las demás mujeres sólo eran peregrinas de lo simple, con sus buenas maneras de “chica-buena-pero-a-la-vez-un-poco-rebelde-y-aún-más-falsa”. Ella era la Voz y supuestamente yo iba a matarla. Sí es cierto que puedes matar a la persona que más quieres, pasa todos los días, el Amor y el Odio no son sentimientos contrapuestos, son sentimientos hermanos como sensaciones extremas que son; son la dictadura fascista y la comunista: ambos tienen un inmenso poder destructivo.

Fueron pasando los días, y la idea de matar al amor de mi vida se fue diluyendo por falta de sentido. Llegué a pensar que simplemente me había empeñado en creer que su voz era la del sueño. Mi plan inicial de volverme loco y feliz con mi paranoia se quedó en un simple enchochamiento crónico. Quería huir de la realidad y sólo me eché novia. Quería matar a alguien sin motivo y convertirme en la víctima de un suceso paranormal, el servidor de mi subconsciente; a veces no hay nada tan atractivo como la idea de hacer el mal de forma impune, ser el asesino en serie, el violador, la figura oscura que pasa a la historia y sobre la que se escriben libros, se ruedan películas o se montan sectas de adoración. Creo que pensé que podía haber sido el Diablo, y solo acabé arrodillado ante una mujer. Es cierto que solo eran fantasías oscuras, otra forma de rizar el rizo, páginas de internet que visitas sólo por curiosidad, por puro morbo gratuito. Yo no iba a matar a una mosca, pero me hubiese gustado ser alguna especie de abeja reina; una abeja reina del mal, por supuesto.

Hacía dos años que visitaba a un psicólogo con frecuencia semanal. No porque me viera potencialmente peligroso o autodestructivo, simplemente resultaba ser un ejercicio mental sano. O por lo menos lo fue hasta que comencé a ocultarle cosas importantes: mi sueño, a Elisa, etc. No quería que un profesional de las obsesiones supiera que me había enamorado sugestionado por una voz que encajé en una persona, como el zapato de cristal y la Cenicienta. A bote pronto, sin pensarlo dos veces, cualquiera hubiera dicho que estaba como una regadera, yo mismo lo pensaba. A esas alturas ya no sabía si era un psicópata o un romántico, y por supuesto no sabía qué era lo que le gustaba de mí a Elisa. Porque el hecho, la verdad, la clave de todo el asunto y de toda la historia de amor y de parte de la historia de la humanidad, era que Elisa nunca había logrado tener un orgasmo.
A ella le gustaba el sexo, los preliminares, la sensación inicial, el camino a seguir hasta la culminación del acto; pero para ella nunca había culminación del acto. El orgasmo podía vivir sin el camino a seguir, pero el camino a seguir no podía vivir sin el orgasmo. Este asunto venía a nuestra mente cada vez que algún conocido o amigo nos soltaba el topicazo sobre lo de no disfrutar tanto del objetivo como del proceso hasta llegar a conseguirlo; esa serie de frases hechas despertaban mi instinto asesino y hacían que Elisa se redujera a nada en las conversaciones.
Aunque por otro lado estaba claro que ella estaba conmigo por mi interior, ése era mi involuntario amor egoísta, ella me lo daba todo sin conseguir todo lo que yo podía darle. Y la historia ya había empezado desde su primer novio de instituto, por lo cual despejabas de la ecuación kilos de culpabilidad. “Enfermedad” fue mi palabra favorita durante un tiempo. No era mi culpa, mi novia estaba enferma, su entrepierna no funcionaba, defecto de fábrica, nada de impotencia, yo continuaba siendo un machote imbécil, un misógino que la miraba con cara de pena. Pero ella no notaba nada incorrecto en mí, a ella le pasaba conmigo lo mismo que a mí con ella. Aplicábamos una estricta autocensura a la hora de hablarnos, de tal manera que aun pasados varios meses éramos perfectos el uno para el otro.

Inmerso en mi papel de novio comprensivo, maduro y romántico, estuve durante mucho tiempo intentando convencer a Elisa para que consultara su problema con profesionales. Pero ella se negaba una y otra vez. La verdad es que no era fácil para mí ver como en la cama la chica cada vez estaba más triste y menos excitada; había un violento contraste entre mis muecas de placer y su cara de estar mirando el reloj de pared. Cada vez parecía sentir menos, cada vez era menos mi novia y más una muñeca hinchable; un objeto sexual al que tenía que convencer, como si ella tuviera que darle explicaciones a un vibrador.
Lo cierto es que ya había pensado en los juguetes sexuales, pero no dije nada con la esperanza de que ella tampoco lo dijera; me aterrorizaba la idea de que se comprara una polla de goma de treinta y cinco centímetros y tuviera el primer orgasmo de su vida con ella. Era una pesadilla. Pero al final, fue ella la que quiso hacerse con un juguete, un mamotreto, nada de vibradores o bolas chinas, nada de consoladores; Elisa se puso en contacto con un productor de cine porno.

El tipo era un antiguo compañero suyo de la universidad, un tío que yo también conocí, y que desde los quince años iba diciendo por ahí que lo suyo era el porno, que iba a ganar una pasta gansa con eso. Y todos nos reíamos a sus espaldas.
Hablamos con él por teléfono, estaba en pleno rodaje de una película. Cuando se trata de pornografía se ruedan varias películas en una semana; según él, solo necesitas olvidarte de lo que te dicen que está bien y está mal. Así de fácil es. Y en ese sentido, Elisa ya estaba dispuesta a aceptar cualquier dogma; quería saber cuáles eran las ideas de Satán, los trucos sucios. Ya era una cuestión de engañar a su vagina, un desafío para su clítoris.
Nuestro colega de la industria hizo encargar para Elisa una maquina que según él nunca fallaba. Yo la pagué por adelantado. Decía que las actrices babeaban (literalmente) cuando la probaban. Y luego, con un tono algo lúgubre, nos dijo que si eso no funcionaba es que no había solución. Al parecer el problema de Elisa no parecía ser una cuestión psicológica, y en todo caso, si lo era, quizá solo tenía que convencerse de que la maquinita iba a funcionar. Mientras pasaban los días y esperábamos a que nos trajeran el artilugio, yo la tenía como un cacahuete, y no sabía si quería que el plan funcionara; por Dios, no podía competir con una maquina venida de una de las industrias más poderosas del mundo, algo que enchufas a la luz y funciona indefinidamente… Era algo de locos, pero yo tenía que seguir en mi papel, tenía que seguir siendo perfecto.

La maquina llegó al cabo de una semana a través de un servicio de mensajería; iba metida en una caja con fotos de una discreta aspiradora, algo moralmente aceptado. Le firmamos un papelito al mensajero y cargamos con la pesada máquina hasta nuestro dormitorio. Me sentía como si fuera a montar un trasto de Ikea que iba a cobrar vida para ligarse a mi novia. No todo el mundo tiene un mueble en casa que puede follar sin descanso. Sentía que me faltaba el aire mientras Elisa trasteaba con las piezas de la máquina y leía las instrucciones. El hecho de que tu pareja tenga tantas ganas de ponerte los cuernos con Cortocircuito es frustrante incluso aunque ella no haya logrado correrse en toda su vida. Pero tuve que comenzar a montar con ella aquel chisme. Era bastante sencillo; imagina una lámpara de pie, solo que en lugar de una bombilla tiene un mecanismo del que sale una barra de hierro de un metro con una polla de goma de treinta centímetros al final de esta. La máquina se sujeta al suelo gracias a su peso y a una superficie adherente para que sus buscadoras potenciales de orgasmos no tengan que estar continuamente recolocándola. Claro que, todo esto no tendría sentido sin su fabuloso mando a distancia, con el que mi novia podrá controlar el ritmo de la penetración, si quiere o no que la polla de mentira rote sobre sí misma, y algunas otras fantásticas y útiles opciones. La máquina tiene, por supuesto, distintas posiciones, puedes subir o bajar la altura de tu amante de goma como quien coloca el pie de un micro. Así que, una vez has montado el chisme, solo queda enchufarlo, acomodarse en la cama, y a disfrutar.
Elisa se comenzó a desnudar y yo me senté en una silla al lado de la cama. Quería echarme a llorar. Comenzó a trastear con el mando para probar. Escogió un ritmo lento, y toda la maquinaria comenzó a oírse dentro de la carcasa; la barra con el pene de goma iba hacia delante y hacia atrás con la misma velocidad que podría alcanzar un hombre, pero sin límite de tiempo ni riesgo de embarazo. Había cinco velocidades, las probó todas antes de empezar, la quinta prácticamente era inhumana.
Elisa se abrió de piernas y colocó el pene de goma en posición, después haberlo pringado con el aceite lubricante que venía como extra en la caja de la aspiradora. El pene entró en ella sin problemas, y la primera velocidad no suscitó ningún interés en Elisa. Probó el mecanismo de rotación y aumentó una velocidad. Una sacudida, dos, tres, cuatro. Nada. Pero Elisa se soltó la cola de caballo y yo comencé a sentir celos de aquel montón de chatarra que había convertido a mi novia en una adultera de la I. A. Ni tan siquiera podía liarme a puñetazos con aquella cosa y discutir con mi novia mis cuernos. Esto es lo que te venden como Futuro.
Aunque estaba negándome a mí mismo la eficacia de aquel trasto, durante la cuarta marcha Elisa comenzó a suspirar, a poner los ojos como platos e incluso a pedir más a gritos, para poco después darse cuenta que era ella la que tenía el mando. No sabía dónde meterme. Siendo realista, aquella cuarta velocidad no estaba a mi alcance, nadie puede ser tan insistente y cabezón. Elisa chorreaba por la entrepierna. Y puso la quinta velocidad. Para entonces no quería pensar en que no solo iba a correrse, sino que además ya se había corrido durante la tercera velocidad, y no parecía tener intención de dejar aquella máquina hasta acabar en desmayo o en coma con la sonrisa congelada. Al cabecear para echarse la melena hacia atrás su pelo me salpicaba gotas de sudor, durante su tercer o cuarto orgasmo. ¿Podía morir por un paro cardiaco? ¿Se podía morir de placer? No, no se podía, porque ella no hacía más que toquetear aquel mando para cambiar de velocidad; no actuaba como si yo no estuviera en la habitación, más bien era como si yo no estuviera en su vida.

Llegó al fin un momento -mi calvario duró una hora- en que mi novia apartó aquella polla de goma de su entrepierna y se recostó mirando hacia mí. Estaba chorreando de sudor, la sábana estaba empapada. Y cuando yo me disponía a recuperar la compostura, fue cuando ella comenzó a hablar. Me dijo que si había oído alguna vez esa expresión que existe en francés:

La petite mort.

Así lo llaman los franceses, me dijo. El orgasmo femenino es “la pequeña muerte”. Un orgasmo femenino intenso, me dijo, hace perder la conciencia por un segundo a las mujeres, es como morir un momento, es así de excitante. Pensé en mi sueño, y en si bastaba con haber sido yo el que pagara la máquina, en si la muerte como forma de placer también valía. Pensé muchas cosas, y mientras buscaba algo que poder decir, Elisa me dijo que cuándo le iba a presentar a mis padres, que quizá ahora sí había llegado el momento de oficializar un poco lo nuestro. Mientras tanto, yo seguía en silencio, en reposo, y la polla de goma goteaba, erecta, despreocupada.

[Me hace gracia esta monologuista chilena. Natalia Valdebenito. Me gusta por cómo le queda el acento, por el desparpajo y porque me pone.]

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4 comentarios en “Matar a Elisa

  1. Como siempre,me ha gustado.
    Tan solo quisiera hacer notar dos cosas.En cierto momento,escribes “culpa mia” y deberia decir “mi culpa” y poco despues hay un “echa” sin h,en “la perfeccion echa mujer”.Si hay algo mas,ni idea,ya que no busco fallos,desde luego no es lo mio ni seria correcto,pero asi estas a tiempo de corregirlo,si quieres.

    Un saludo y espero que este blog siga por mucho tiempo.

  2. Execelente tu forma de cambiar la velocidad en el relato. Tiene su toque Bukowski, pero intensificando y formalizando el sello Novas.

    Estoy terminando el rodaje y a mediados de octubre vuelvo a Barcelona. Espero verte tan bien como la última vez, y que me expliques dónde puedo conseguir un artefacto como el de tu relato.

    Celebro leerte en plena forma. Pronto podré leer más y volver a los anteriores (llevo desde agosto sin pasar por aquí).

  3. QUE NADA NIÑATA, QUE YA ME HE LIBERADO; Y TE SOBRE-PASE EN TODO. SOBRE TODO AHORA QUE HARE MI CONFESION: YO JODIA CON MI PADRE Y MI ABUELO AL MISMO TIEMPO. TAMBIEN LO HICE CON UNO DE TUS NOVIOS. Y CON TODOS LOS VECINOS. Y TU ERES HIJA DEL CURA QUE NOS CASO A TU PADRE Y A MI

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