Archivos Mensuales: noviembre 2008

Amigos en el frente

Me fascina el proceso, y me asquea. Retrocede un tiempo a cuando no tenías cara ni currículum y aún eras un espermatozoide. La naturaleza es así, alguien puede violar a alguien, y si la chica tiene mala suerte familiar, el aborto es un asesinato inaceptable. Y el proceso es el mismo, el espermatozoide, él óvulo, y nada de preguntas, vas a nacer sí o sí, y ésa puede ser la última vez que hayas ganado en la vida.
A sabiendas de que lo importante no es participar si nunca ganas, vivir se puede convertir en una carrera de obstáculos absurda hasta poder volver a la nada de la que viniste. Si me preguntas, te diría que casi nadie quiere ser del montón, porque si no, no habría tanta gente con esas pequeñas crisis existenciales; que si la adolescencia, que si llegar a los treinta, que si los cuarenta, los cincuenta, la calvicie, jubilarse; todo contenidos de aburrido magazine diurno televisivo… A la gente todo eso le daría igual si no pensara que se les está acabando el tiempo para poder recibir lo que sea que esperen de la vida. El sentido de la vida es sencillo: es llegar a futbolista profesional, o a reconocido arquitecto, empresario, escritor, conseguir a la chica que te gusta de verdad, lograr que dé el paso al sexo oral, ser presidente del gobierno, participar en un trío, pintar majestuosos cuadros, sexo anal, dar la vuelta al mundo… El sentido de la vida sólo está en el placer de conseguir lo que sea que uno busque. Todo lo demás, ignorar el hecho de quiénes somos y qué hacemos en este planeta de mierda en medio del vacío espacial, pues bien, es lo de menos. Lo importante es el tacto, su saliva, pulsiones, complacencia, orgullo, orificios, fricción. Las preciosas baldosas del baño. Independencia. Superioridad. Da igual de dónde vengamos si uno es feliz sin tener la necesidad de explicar por qué.

Ella apareció el día que mi padre se fue. Me vio derrumbado en lo más alto de la torre eiffel una hora después de haber recibido el azote de la perdida por primera vez en mi vida. No quise decir nada a mis amigos hasta pasadas unas horas. Arriba del todo, encima del monumento francés por excelencia, a dos pasos de la verja antisuicidio, me acurruqué al lado de la gente que estaba hecha un ovillo en el suelo por culpa del vértigo. Ni siquiera me quedó muy claro en ese momento qué era lo que había matado a mi padre, aunque me lo habían explicado por teléfono con todo detalle mientras oía gemir a mi madre de fondo. Sólo me enteré de que había muerto mientras dormía, y me conformé con eso. Ella miró mis ojos envasados al vacío con el viento azotando, y fue la única que supo ver que lo mío no era vértigo, o por lo menos no el mismo vértigo que el de mis compañeros de suelo. Al día siguiente era navidad, por todos lados había Papá Noeles ganando calderilla para poder llegar a fin de mes. Jo, jo, jo. Me quería morir.
Ella hablaba un fluido castellano, y comenzó a conversar conmigo. Al principio bromeó ante mi estado de ánimo, lamentando lo de la verja antisuicidio e intentando arrancarme algún monosílabo. Me hablaba en mi idioma y parecía saber mis necesidades, tocando las teclas adecuadas; nada de frases de superación ni abrazos forzados, nada de condescendencia, y ni un atisbo de apología sobre la madurez. Ella no impartía lecciones, lo que hacía era despertar tu interés por las asignaturas. Tacto. Su comportamiento no era causal, pero tampoco tan premeditado como para verla venir. Comenzó una época en la que vivir empezó a ser una especie de interpretación constante; imaginaba una cámara siguiéndome, un director, la script, el equipo de maquillaje fumando durante la espera hasta rodar la siguiente toma. Gracias a ella me convertí en el protagonista de mi vida, un drama con comedia negra y alguna divertida muerte con velatorio posterior en el que tener que aguantar la risa.
Al día siguiente mis amigos y yo ya estábamos en casa, les había jodido las vacaciones a todos y encima se sintieron obligados a venir al entierro. Cual fue mi sorpresa, que ella también estuvo a mi lado ese día, mientras bajaban el ataúd al agujero, mientras mis tíos sujetaban a mi madre para que no se cayera de su silla, bañada en lágrimas y fuera de control. Finalmente el culpable fue un derrame cerebral. Básicamente yo estaba en Paris saliendo de un hotel para ir a la torre eiffel, y en casa mientras mi madre cocinaba, mi padre se derrumbó en el suelo del comedor. Cuando llegó la ambulancia mi madre ya debía haber perdido un kilo por el esfuerzo y las convulsiones, los lloros y la sorpresa. La vida está llena de sorpresas. Alguien me dijo eso al oído mientras dos tipos echaban tierra al asunto: la tapa del ataúd. No todas las sorpresas son buenas, claro, pero la verdad es que yo siempre he estado preparado para lo peor. Y sí, sufres igual, pero luego no te pasas los días preguntándote por qué tu padre, por qué tan joven, y chorradas por el estilo; como si alguien te señalara y al día siguiente tuvieras que morir. Ya que normalmente la respuesta suele ser: Porque sí.

La ventaja de ser un descreído es que eso suele estar lleno de ventajas; no te haces ilusiones hasta que las cosas buenas te dan en la cara; y créeme, cuando eso pasa disfrutas igual que alguien optimista, sino más. Ella estuvo conmigo durante los días siguientes a la tragedia familiar, y me sirvió de auténtico consuelo. Fue mi cóctel de antidepresivos natural, mi guía realista, alguien que nunca te diría: “Todo va a ir bien.” Pero alguien que siempre tiene una buena teoría para contradecir tus neuras autodestructivas. Las sorpresas de la vida: renacer de tus cenizas justo en el momento más duro, el primero de otros que tendrás que experimentar si vives lo suficiente. Mi miedo a la muerte nunca ha estado relacionado con mi final. Cuando más daño te hace la muerte es mientras estás vivo. Obvio. Al final apagarse es lo de menos. Igual que con las cosas buenas, lo importante no es la meta, sino el camino. Y aquí quedaría bien un guiño, mi color favorito es el negro, mi flor: cualquiera de plástico, y mi número: el cero. Cada año que pasa, llega diciembre y la gente me dice: Feliz Navidad. Y yo pienso en incendios y genocidios, luego tengo una visión clara de la persona que me lo ha dicho, empalada en la última escena de “Holocausto caníbal”. Y a continuación respondo: Feliz Navidad. Y sonrío.

Ella continuó conmigo al cabo de los meses, cada vez que salía a cenar, a tomar un café, al cine; cada vez que alguien me hacía sentir incómodo, y cada noche, en mi cama. Yo escuchaba atento y tomaba nota mental. “Ya has superado la primera prueba dura de tu vida, me decía, si todo va bien no vas a topar con nada peor hasta que te lleve conmigo.” En mi cabeza la muerte no es un tipo con una capa negra y una guadaña, en mi cabeza más bien tiene la imagen de una chica de poster central, neumática y estereotipada, pero también sincera. Ella fue la que me acompañó y aconsejó, la amiga imaginaria que me retuvo antes de que hiciera alguna tontería: mi fantasía reportadora de equilibrio mental, mi yo más cauto, la parte visceral de mi cerebro que me decía sin parar: Ahora es el momento del autocontrol.
Cuando pasó un año, ella ya apenas volvía a mi cabeza, y poco a poco me fui acostumbrando a su ausencia. Con ella parecía que estuvieras de lado del Demonio, y que así era imposible que te jodieran, estabas en el grupo gamberro del patio del colegio. Estabas seguro, y no sólo se trataba de una pose. Lloré como un poseso justo en la época en que ella dejó de habitar en mi mente, ya que antes no había podido. Comencé a tener pesadillas recurrentes. Mi favorita era una en la que mi madre moría en lugar de mi padre. Original, pensé. Desde que tengo este mundo interior, mi verbo favorito es: Lobotomizar, que ha sustituido a cualquier otro que se refiera a la cópula.
No comprendo muy bien los motivos por los cuales hay que aguantar toda esta mierda. Me asquea el proceso. Si hay algo cruel es la naturaleza, sin duda precursora de la especie humana, junto a los tornados y los terremotos.

He comenzado a salir con una chica. Es lo que mandan los cánones. Ellas dicen: “Necesitas una novia”. Y ellos: “Necesitas follar”. Y en cualquier caso todo te conduce a lo mismo: mujeres. Ya hace tres años que mi padre se fue, y espero que Ella no se ponga celosa por esto. Mañana tengo mi segunda cita, acercamientos en los que pueden surgir las gilipolleces tópicas: color favorito, número, actitud ante la vida, rasgos generales, todo eso que sea como sea luego se viene abajo si no sois sexualmente compatibles. El ritual de siempre, que al final quién sabe si puede darte una alegría; porque ya se sabe, la vida está llena de sorpresas, aunque a veces haya que aliarse con el Demonio para poder sobrevivir a la mayoría.

[Lo que yo entiendo por una gran película, es por ejemplo “Magnolia”, de P. T. Anderson. Escenas entre cómicas y viscerales, grandes diálogos y un drama que avanza hasta resultar tan intenso como para poder incluir la escena más surrealista e inesperada que puedas concebir (que no es la del video). la escena del video es para hacer mención de la que para mí es una de las mejores actrices del mundo: Julian Moore; llena de conteción, matices y hasta histrionismo si hace falta. Escena que por otro lado es representativa no sólo de esta película, sino del cine de P.T. Anderson en general.]

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Dormir despierto

Hace dos años vi a mi abuela. Me dijo que estoy equivocado, que no sé vivir de la forma correcta, que hago mucho más daño a mi alrededor del que creo. Dijo que debería ser alguien más generoso y que tengo que corregir mi actitud. Y también que en el fondo lo sé, y que ella sabe que no actúo de mala fe, que soy bueno. Me sonreía mientras hablaba. Mi abuela lleva muerta quince años.

Esa misma noche, después de escucharla en la penumbra de mi habitación, de madrugada, después de encender la lamparita de la mesilla y que ella desapareciera, comencé a pellizcarme, a parpadear con fuerza, intentando despertar.
Me levanté de la cama y di vueltas por mi piso de soltero, esperando, convencido de que llegaría el momento en que tendría un espasmo muscular y abriría los ojos, sudoroso, en mi cama. Pasaron las horas, amaneció en sábado y no había forma, la realidad seguía su curso y yo no podía seguir siendo ateo: ésa ya era una palabra muy fuerte, demasiado definitiva, un rasgo característico que ya se me antojaba algo hipócrita. Porque no llegó el momento en que llegué a despertar, no había sido un sueño demasiado vívido, de esos que tu subconsciente te ofrece con todo detalle en apenas unos minutos de vida “real”.
Por más que quisiera, mi vida ya no podía seguir siendo la misma. Fui a médicos, hice terapia y hablé con quien pudiera darme respuestas lógicas. Pero al ser un hecho puntual, nadie se atrevió a diagnosticarme, no me había vuelto esquizofrénico porque al paso de los meses no volví a ver nada más, nada extraño. Así que tras la palmadita en la espalda todos me decían que no me preocupara, que uno a veces durante la noche puede equivocarse, dar una cabezada y pensar que no se ha dormido. Podía oír al guionista de mis percepciones carcajeándose desde algún rincón de mi estúpido cerebro.

Seguí abrazado a la rutina gris y cómoda de mi sencillo trabajo y las facturas, de los fines de semana sobrevalorados y los cuentos que aún escribo a mano en mi diario. Continué visitando a mis padres una vez por semana y tomando cafés los días de lluvia con mis amigos, esos martes y miércoles de relleno. En definitiva yo también acabé pensando que aquello no había sido más que un sueño, y que más valía que la próxima vez no intentara convertir mi vida en una sobada escena cinematográfica. .
Así que hasta ahora, nada. Dos años después sigo sin ver nada más, nada que merezca la pena contarle a un médico o un psicólogo. Nada de esquizofrenia ni defectos químicos. Lo más cerca ha sido pillar una buena gripe que me tuvo tres días en cama con cuarenta de fiebre. Y ni así, con esos sueños borrosos y desagradables de cuando duermes mientras te sube la temperatura, he vuelto a vivir una experiencia igual.

Un día en el trabajo me dio por contárselo a una compañera. No sé si porque siempre me siento muy cómodo con ella o por la mera atracción sexual. Supongo que si alguien que crees totalmente cuerdo, serio, e incluso riguroso, te cuenta algo así, es porque realmente confía en ti. Así que quizá sólo se lo conté para que se sintiera especial, por si gracias a eso comenzaba a verme de otra forma, de esa forma en que un día ella pudiera sentir la necesidad de elegir a conciencia su ropa interior antes de volver a verme.
Le dije todo lo que me había dicho mi abuela, o más bien una versión extendida, más… tendenciosa. Ella me escuchó con atención y fue rellenando los huecos: “ajá”, “¿en serio?”, “me lo creo, me lo creo…”. No sé si interpretó muy bien su papel o si de verdad me tomó en serio. En todo caso yo no me sentí estúpido, que ya es mucho. Una semana después la echaron porque estaba liada con el jefe, y su mujer se enteró, sólo un poco antes que yo y todos los trabajadores. Si no fuera un cínico, diría que ésa ha sido la única vez que me he abierto con alguien de verdad; y ni siquiera tengo su número de teléfono.
Si lo pienso dos veces, es verdad que mi vida no ha sido diferente desde que esa ensoñación o espíritu de mi abuela me dijo lo que me dijo, eso de que puedo ser mejor. Y si no fue ella quien me lo dijo, ¿quién me lo dijo?, ¿yo?, ¿mi subconsciente?, ¿será que en el fondo y por resumir, me doy asco? ¿Ésa es la forma que tiene alguna fuerza superior de darme el toque de aviso? ¿Se me estará acabando el tiempo? ¿Vivo inmerso en algún tipo de segunda oportunidad que no estoy aprovechando? ¿Hasta qué punto uno puede seguir haciéndose preguntas sin respuesta? En la primera página del diario de relatos que escribo, se puede leer:

“Acribillado en el suelo, mientras la metralla se llevaba sus últimos segundos de vida, el soldado miró hacia el cielo, su próximo y deseado destino; y mientras lo hacía y exhalaba su último aliento, lo único que vio fue un avión comercial.”

Y luego sigo así durante tres o cuatro páginas, intentando ridiculizar cada una de las creencias espirituales de cada personaje. Desde mi punto de vista sólo hay tierra y vísceras, tu sistema nervioso y la terrible capacidad de pensar e imaginar, con la que creamos Dioses y nos hacemos ilusiones vanas sobre la inmortalidad. Cuántas veces no habrás oído eso de: “No es que crea en Dios, pero sí creo en algo, una fuerza superior…”. Quizá yo fuese el único que al ver “El Exorcista” estaba de lado del demonio; era más divertido, más sincero, más egoísta; era como un ser humano pero sin la educación de sobremesa.
Hay cientos de series y películas con las que intentamos banalizar la vida, y creamos un prototipo de ser humano de capacidad de análisis limitada y una facilidad para la simplificación infinita: lo que eres según te dicen todos, debe poder describirse en unas pocas líneas; el carné de conducir, un currículum y horarios restringidos hasta tu jubilación. Haces mucho más daño a tu alrededor del que crees. Cualquiera puede decir verdades hasta que le salga humo por las orejas, pero todos parecemos estar inválidos cuando se trata de ofrecer soluciones. La cuestión es si eso será porque algunos querían que fuéramos así, y ya lo han conseguido, cociendo a fuego lento, alienándonos. En la última página válida de mi diario de relatos, en el último párrafo pone:

“Y una vez decidí que había algo más que objetivos materiales, me propuse comenzar a alimentar mi yo espiritual. Sólo esperaba no rendirme demasiado pronto.”

El resto de lo que hay en mi diario es mala poesía y relatos pornográficos, que sólo podrían ser útiles si siendo hombre tuvieras que vivir solo en una cueva el resto de tu vida.
Un amigo mío, ahora también vecino, me dijo hace seis meses que en el barrio había una radio local. Si el tipo que llevaba la emisora nos consideraba aptos para llenar dos horas semanales de programación, podíamos hacerlo. Sin cobrar, evidentemente, lo cual te da libertad de contenidos y todos los caramelos que quieras robar de la cesta que siempre hay en el locutorio. Ahora mismo son las tres y media de la tarde y es sábado, quiera o no, y a las cuatro tengo que estar delante del micrófono para hablar durante dos horas de cine. Dos horas de petulancia autocomplaciente disertando con mi colega sobre películas europeas y rajando los estrenos de la semana. Eres libre siempre y cuando nadie te vaya a dar nada a cambio.
De vez en cuando conseguimos entrevistar a alguien, a alguna alma cándida que decide dedicar una tarde a hablar de su primer cortometraje en un vano intento de promoción. Quizá tengamos una veintena de oyentes por Internet. O quizá no. Al llegar al edificio de la radio una chica muy rubia y delgada espera en la puerta con cara de circunstancias. Mi colega y yo llegamos andando aún de lejos y susurrando entre nosotros lo buena que está antes de que ella pueda oírnos. Al cabo de tres o cuatro comentarios misóginos, mi colega levanta el brazo y saluda para que ella pueda vernos. Ella ha venido porque Álvaro, que es como se llama mi colega, tiene un amigo que colaboró en el corto de Maya Linares, que es como se llama ella. Llegamos a su lado y nos hacemos los comentarios de rigor. De cerca tiene unos ojos claros enormes y una cara pequeña y blanca, ese tipo de piel que en la playa sólo enrojece. Si miras con atención, una vez digerido lo de sus curvas, puedes comprobar que tiene un ojo verde y el otro azul, y que el pelo es rubio de verdad. Otra cosa que llama la atención es su perfecto castellano, que no hable con acento sueco o alemán. Seguramente un par de generaciones atrás no debe haber nadie español en su familia. O esa impresión da. Reluce como una morena de ojos negros lo haría en un país frío de verdad.
Entramos en el locutorio, que da bastante el pego para ser una radio de amigos, y los tres nos ponemos los cascos. Al comenzar la entrevista -o más bien la charla- alguien dice algo sobre Isabel Coixet, y Maya dice que de mayor le gustaría ser todo lo contrario, aunque acabara trabajando en una pescadería. Sólo con eso se nos mete en el bolsillo. No sonríe en ningún momento y nos mira a los ojos sin apuro. Coge un caramelo de la cesta, que está en medio de la mesa, y comienza a quitarle el envoltorio. Seguimos charlando sobre su corto, sus referencias. Se mete el caramelo en la boca y lo mastica sin detenerse un momento en saborearlo. Se oye el ruido del dulce triturado en todos los auriculares, en antena.
– Perdón – murmura.
– Nada… estamos entre amigos… – dice Álvaro. Álvaro calcula cada gesto que hace, de esa forma tan ridícula cada vez que habla con una chica; baja la voz y sonríe a cada asentimiento de ella; está tan tendenciosamente centrado que podrías desatarle los cordones y robarle los zapatos bajo la mesa. Maya sigue seria y relajada y contesta a todas nuestras tonterías con aplomo y creatividad. Y yo, no sé por qué, no puedo dejar de pensar en el fantasma de mi abuela. En el fondo lo sabes, eres bueno.

Después del programa toca cenar solo. Me siento en el sillón delante de la tele y me como un bocadillo, menú para solteros dejados. Luego divago. Y mientras lo hago quizá Maya esté duchándose en su casa. Desnuda. O ya metida en la cama. Quizá desnuda. O masturbándose. Tirándose a alguien. Dando calabazas a Álvaro, ya que los tres hemos intercambiado teléfonos. O puede que sólo esté cenando y vestida. O ha quedado con alguien y están en un restaurante y él se pregunta por qué ella no sonríe, y si eso significa que no tiene posibilidades de sexo. O quizá es un androide y ahora su creador la ha despiezado y la está metiendo en un armario, orgulloso. Aunque eso último es menos probable.
Decido quedarme con la posibilidad de la ducha, un rato después utilizo un kleenex, me la meto en el pantalón de pijama y me voy a mi escritorio a escribir algo en mi diario.

“Vamos a un hotel y ella traga, traga y traga… “

Decido hacer un tachón sobre esa primera frase y volver a empezar. Cuando ya tengo un nuevo comienzo y estoy apunto de escribir, noto una presencia detrás de mí. Me doy la vuelta en mi silla de oficina y veo a Maya en un rincón; y está igual que en la radio, seria; está de pie y me mira, haciendo que no con la cabeza. Luego la veo sonreír por primera vez, y antes de que pueda preguntarle cómo ha entrado en el piso, ella afirma lentamente y vocalizando:
– Es verdad que podrías ser muuucho mejor.

[Parte de la filmografia de Godard (odiado por muchos por su faceta vanguardista, que no por mí) la forman películas como “Banda aparte”, nombre que después ha sido el de cierta productora de Tarantino, reconocido admirador del cineasta francés. Esta fue la primera película que vi de él, y como primer contacto con la Nouvelle vague, me dejó impresionado. Godard conseguía fundir la exquisitez de lo mejor de aquel cine francés con un concepto de mero entretenimeinto con una gran fluidez. El video es la escena de baile que dicen inspiró ese ya mítico momento del cine moderno donde Travolta y Uma Thurman elevaban a Tarantino a la cima de lo que algunos llamaron pos-cine, o quizá pos-pos-cine.]

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Gritos

Comienzo a leer un libro de Paul Auster, pero no consigo concentrarme. No es el caso, que quede claro, pero esto a veces es producto de la manía de muchos escritores de conducir su prosa más a la idea de mostrar su facilidad para los sinónimos y las metáforas, que para contar una historia o proyectar un sentimiento al exterior. Así que luego cualquier libro, por clara y concisa que sea su prosa, parece requerir un esfuerzo extra de comprensión por parte del lector, que no siempre es necesario. Una vez pasas de las primeras paginas y te acomodas ya a sabiendas de que lo que lees es algo claro y auténtico y no la radiografía autocomplaciente de nadie, entonces, es cuando puedes leer varias páginas del tirón y disfrutar sin más.
El motivo por el que no consigo abordar la clara y ejemplar literatura de Auster hoy, es que mi madre ha comenzado a gritar otra vez en el piso de abajo. Ya hacía unos cinco días que no le pasaba. En su hora de la siesta, mientras duerme, a menudo se pone a vociferar de repente, incoherencias, palabras malsonantes y hasta obscenas, como poseída. Lo alarmante no es este tic algo molesto, y casi ni tan siquiera las cosas que dice dormida. Lo inquietante de verdad es que despierta es alguien generosa, siempre sonriente, servicial, alguien que se siente orgullosa de su familia y que jamás dice una palabra más alta que otra. Es la suegra ideal, o la madre que peca de un exceso de atención a los demás. Luce esa actitud con la que tarde o temprano tienes que decirle que te deje en paz, que no quieres café, que no tienes hambre, que no, no estás resfriado, etc… Básicamente es el perfil de ama de casa que parece estar deseando preparar comida para veinte invitados cada día, y que a la más mínima queja que se le escape le siguen varios comentarios de arrepentimiento sobre lo muy feliz que se siente mimando a los demás.
Lo que grita mi madre hoy, mientras yo intento leer y mi padre está en el trabajo, es: “Ahora por el culo, cabrón, ahora por el culo, por el culo…” Es la misma sensación de cuando eres pequeño y te es muy violento imaginar a tus padres haciendo el amor. Tal y como es mi madre, aún me resulta utópico que haya podido ser joven, y mucho más que haya podido practicar sexo anal, o sexo, de cualquier otro modo. Mientras bajo las escaleras y la oigo repetir una y otra vez esas palabras entre gemidos y balbuceos, miro mi reloj para asegurarme de que mi padre aún tardará un buen rato en llegar casa. Es curioso cómo nunca se la oye gritar durante la noche, pero cómo cada tarde esta casa se convierte en la morada de la niña del exorcista menopáusica. Procuro cerrar todas las ventanas e intentar no pensar en que tenemos vecinos. La televisión de la sala de estar está encendida y ella yace en el sillón, en posición fetal, ya sonriente, como si hubiera logrado su propósito anal.

No sé si creo que mi padre no lo sabe, o si prefiero pensar que no lo sabe. Porque creo que me he convencido a mí mismo de que por las noches ella se limita a dormir, como mucho roncando, sin soltar tacos o pedir que alguien le haga según qué cosas, casi siempre de índole sexual, a veces sadomasoquistas, y alguna vez incluso zoofílicas. La habitación de mis padres está en el piso de abajo, y nunca me he despertado en medio de la noche porque mi madre quiera que alguien la sodomice en sueños. Pero eso no quiere decir que nunca lo haya hecho. Lo que no sabes también te puede hacer libre. El hecho de que en casa el sexo sea un tema tabú, hace que todo esto sea algo más que una anécdota. Oír cosas como “Cómemelo, hijo de perra” o “Párteme en dos”, dejan de tener gracia cuando las dice tu madre; sobre todo si luego despierta y el más mínimo taco que oye en la televisión o en una película hace que dé un discurso moralista. No digamos ya si comes de forma inapropiada o si mi padre le pega un cachete en el culo. No imaginabas a Maria Teresa de Calcuta dando ejemplo de bondad mientras estaba despierta, y luego diciendo “Cómeme el coño, cerdo”, mientras estaba dormida. Casi preferiría no tener que oírla decir esas cosas y que en lugar de eso se tirara al fontanero o algo así; por lo menos eso sería un cliché, y siendo lo suficientemente discreta ni yo ni mi padre nos enteraríamos nunca de nada. Me gusta pensar en explicaciones lógicas, en una doctora joven y comprensiva dándome a entender con tono conciliador que mi madre es así en sueños debido a un desorden hormonal, la menopausia, algo así. Pero no pienso sacar el tema nunca. Mi padre sabrá. Lo que es yo, pienso comprarme unos tapones para los oídos. Hablo en serio, gracias a ella ya conozco unas treinta formas de decir pene. Taladro, mandoble, bate, tuneladora. Por Dios, que esa mujer me dio a luz…

Mi madre despierta al fin y me ve abriendo la ventana. Se levanta y se va enseguida a la cocina, a prepararme café, aunque le he dicho claramente que no me apetece. Es obvio que años atrás la obesidad infantil tenía una explicación muy clara. Ahora las madres jóvenes tienen varios libros que cuentan lo contraproducentes que son muchas de las costumbres que siempre ha tenido mi madre al criarme. No es que no la quiera, pero desde los quince años hasta ahora he tenido tiempo de conocer todas las dietas que existen, porque años atrás mi medico decía que a veces la obesidad no solo conlleva el no ligarte a la chica. En la actualidad, mi peso, unos cinco kilos por encima de lo ideal aconsejado, es casi un milagro si comienzas a ojear álbumes de fotos de mi familia. A veces queremos creer que lo tenemos todo controlado, o que nada malo nos pasará si no lo buscamos. Pero oyendo a mi madre no me cabe duda de que todo cuanto daba por sentado hasta ahora en mi vida cobra otro sentido; hay algo terrible detrás de cada presuposición de belleza. O en todo caso, está claro que debemos evitar a toda costa que nuestro subconsciente hable.

Cuando mi padre llega a casa, lo hace acompañado de mi tío. Mi tío es viudo y de vez en cuando viene de visita. Le considero un sabio, alguien que tiene una respuesta para todo, y que además suele parecer acertada. Suele coger tus propios mecanismos retóricos y desarmarte por completo. Llevo unos días pensando en hablar con él sobre la salvaje ninfómana en que se convierte mi madre a veces mientras duerme. Cuando se trata de nuestra madre todos nos volvemos conservadores y cautos, nadie puede tocarla y nada puede pasarle. No es tanto una cuestión de amor como de egoísmo. Queremos tener la imagen que hemos tenido siempre de ella, y eso aparta de la ecuación muchas realidades, sobre todo el sexo. Nuestra madre no folla, no hace deporte, no ve a otros hombres, no habla con otros hombres y jamás se la chuparía a un caballo. Nuestra madre no vería jamás una película porno y no piensa nunca en sexo. Nunca. Nuestra madre es nuestra madre y punto, es su papel. Así que cuando se trata de proteger, otra vez, muchas veces no es tanto una cuestión de amor como de fascismo. Tu madre no es una Mujer, es tu madre, y tu padre se limita a cuidarla y punto. No se tocan jamás ni lo han hecho desde que naciste. Eso sí, sale guapísima en la fotos de cuando era joven, en su boda, o cuando aún te cogía en brazos. Pero eso es el pasado, y el pasado, pasado está. Y mi madre solo es mi madre, aun con los gritos.

Mi tío se queda a cenar, y como su casa está bastante lejos y ha venido en autobús, mis padres le ofrecen quedarse a dormir en la habitación de invitados. Después de cenar mis padres se van enseguida a la cama, como suelen hacer. Mi tío y yo nos quedamos aún un rato más sentados a la mesa, con la tele puesta sin volumen y hablando sin parar. Llegado el momento, cuando ya hemos sorteado los temas de rigor, decido sacar la cuestión que a mí me interesa de verdad: Mi madre, la puta.
Le hablo sobre todas las cosas que dice mientras duerme, y sobre el contraste que eso hace con la vida real. Le digo que me asusta, y que no me hace ninguna gracia no poder apartar según qué pensamientos de mi cabeza. Y entonces mi tío se queda unos minutos en silencio, algo que siempre hace antes de decirte lo que piensa.
Luego, me cuenta que mi incomodidad a veces es producto de la manía de muchos hijos de conducir su vida más a la idea de mostrar su facilidad para la irreflexión y las quejas, que para vivir una vida propia o proyectar un futuro desligado de sus padres. Así que cualquier anécdota, por retorcida que sea, parece requerir un esfuerzo extra de comprensión por su parte, que no siempre es necesario. Dice que una vez superas las primeras señales de que tus padres son humanos, y te acomodas ya a sabiendas de que lo que vives es algo probable y auténtico y no la radiografía autocomplaciente de un inmaduro, entonces, es cuando puedes dedicarte a lo tuyo en serio y disfrutar sin más.

[Voy a recomendar muy efusivamente “The Fall”, quizá la mejor película que haya ahora en cartelera, y vencedora del festival de Sitges. Después de verla me han venido a la cabeza algunas reflexiones que seguramente ya hayan hecho otros, pero que necesito vomitar. ¿Por qué está tan denostado en el cine el aspecto visual? Las pocas críticas que atacan a esta película con puntuaciones bajas, lo hacen apuntando a su vacuidad, diciendo que la película desborda belleza visual, pero que eso resta fuerza a su contenido emocional (ya advierto que conmigo no ha sido así). Va a costar mucho que el cine consiga abrirse paso a nuevos horizontes cuando tanta gente aún busca entretenimiento sin más, y otros tantos llamados entendidos parecen querer más satisfacer algún tipo de ego en pos de la gloria de un solo concepto de cine (casi siempre clásico), que no intentar entrar en las películas que algunos autores actuales hacen con tanta entrega y amor por este arte. En lo que a mí respecta “The Fall” es una experiencia visual apasionante y meritoria, y un cuento entre sádico e infantil que a mí para nada me dejó frío, y que mucho menos lo hará la segunda vez que la vea.]

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Manual de supervivencia

Bienvenido a este manual. Y madre mía, qué día tan bonito hace. Mira al cielo y asómbrate con su azul industrial capitalizado. Levántate, haz cien abdominales y dúchate. Saca a pasear al perro, o sal a correr. Dale un beso a tu mujer o a tu pareja, o simplemente disfruta solo de tu desayuno y ahórrate todo lo anterior. Sonríe, maldita sea, sigues vivo. No te hagas la víctima. Levántate y haz ejercicio y desayuna, o échale un polvo mañanero a tu novia. O saca las plantas a la ventana si llueve. Escucha el informativo y piensa en algunas soluciones prácticas para tu vida mientras tanto. Ojea alguna revista y detente en los anuncios a toda página: perfume, una pantalla plana, la inmobiliaria ideal. Tienes que cortarte el pelo, ya, hoy, ahora. Mira a esos matrimonios jóvenes de la revista, sonriendo, descalzos, tumbados en una cama enorme blanca y luminosa, viendo un televisor infinito colgado en la pared como un cuadro. Atractivos, felices, naturales, falsos, felices. Profesionales. No quieres esa tele, quieres esos abdominales, esas tetas, sonreír así en la vida real. No quieres comprar otro sillón, ni más perfume, ni buscar piso. Quieres sexo y te quieren vender sexo. Pasa página y observa cómo todos son atractivos, por las cremas, por oler bien, porque sus casas parecen edificadas encima de una nube. Ellos nacieron feos y en una cueva. Si ellos ahora son así, tú también puedes ser así. Tú puedes comprar eso, sólo es una cuestión de tesón y autoadoctrinamiento. No pienses, muévete, consume, márcate un nuevo objetivo. Eres atractivo y lo sabes, tu espejo lo sabe; solo debes subir un poco más, ir un poco más rápido, derribar otro muro, llegar otra vez antes a la meta. Ya sabes, tú sabes de qué va esto, y lo sabes un poco más que los demás. Las rutas alternativas son para los otros, conformistas, aburridos; esa gente que cae agotada en la segunda vuelta a la manzana y entra en una cafetería a fumar. Pero tú no, tú tienes claro lo que es tener salud y disfrutar de la vida. Porque de eso se trata; no del espectáculo, sino de ir al fútbol; no de ver los cuadros, sino de visitar el Louvre. No hables con nadie, fóllatelo. No pienses, actúa. La vida es un slogan publicitario, y tú no vas a ser el que se quede fuera.

Pero ve con cuidado, no enseñes todas tus armas antes de tiempo, que no piensen que quieres compensar algún otro defecto. Dicho de otro modo, comienza a sincerarte una vez el condón se haya ido por el desagüe. Esto es vital para todas las facetas de la vida. No se trata de lo que seas, sino de lo que creen que eres. Sólo así se puede ser perfecto, ya que la perfección no existe. Debes recordar que en la vida real normalmente son felices de verdad los que creen en las leyes y los libros de autoayuda. Todo está en su sitio si “sabes” que lo está. El secreto no está en intentar comprender las cosas, sino en adaptarte a ellas. ¿Quién quiere pasar por la vida haciéndose preguntas que tienen respuestas que siempre acaban con la palabra“Dinero”? Sé práctico, no te quejes, pide un aumento. Ningún capullo se plantearía la posibilidad de mejorar las cosas una vez ya están tan arraigadas. Fíjate en la historia y en cómo casi todos los que han querido cambiar algo han muerto jóvenes o van por ahí con dos tíos de seguridad todo el puto día. ¿Quieres que tu vida se pierda en eso? ¿En serio pasan por tu cabeza palabras como “Capitalismo”, “Guerra” o “Contaminación”? ¿Te haces una idea de lo que queda para que se acabe el mundo? No debes preocuparte por cosas que no te atañen, pinta de un color bonito las paredes de tu casa e invita un día a todos tus amigos a verlas. Ten un montón de críos para alegrar el ambiente si quieres, piensa en el divorcio como otra opción más y no te regodees demasiado en las futuras consecuencias de tus actos. No estés siempre comiéndote la cabeza sin motivo. Tu conciencia no debe ir nunca más allá de lo que tus allegados más cercanos piensen de ti. No creas que eso es meterse en una burbuja de narcisismo e individualismo, tan sólo eres el producto de la época que te ha tocado vivir. Tienes un montón de excusas viables para que la mayor historia de amor de tu vida sea con tu cuenta corriente. Practica la supervivencia de altos vuelos, tu objetivo tiene que ser que en el futuro alguien abra las facturas por ti. Tonifícate. Sonríe de una vez. Tus nóminas son tus amantes, cada cero más un paso adelante, y cada tío que gane menos que tú un triunfo más, la gloria del pedante. A la larga, la simplicidad hará que todo rime, sobrevivir será cosa de filósofos, y tú habrás ganado la guerra sin combatir en ninguna batalla importante.

Sabrás que no solo tú habrás convertido tu vida en una sopa de letras infantil. De hecho con el tiempo verás que hay un montón de cromos repetidos por ahí; gente que al igual que tú ya hace tiempo que sólo se preocupa por lo que pase en el cielo de justo encima de sus cabezas. Y la idea no te gustará a ratos, y sabrás que podrías ser mejor. Pero no te preocupes, será una sensación pasajera, bajones sin importancia, nada que no puedas solucionar corriendo unos kilómetros o cambiando el color de las paredes del dormitorio. Crisis existenciales de un muñeco de escaparate; tu secreto será tu alma minimizada; y esas crisis se olvidarán dándote un lujo, comprando algo, o con tu mejor amigo dentro de la vagina de la chica nueva del momento. Paso a paso. Objetivos. Preocúpate hasta donde llegue tu lengua, hasta donde alcance tu pene en erección. Ese radio de acción es el único que te concierne.

Y seguro que toparás con quien te diga las cosas a la cara, con quien te quiera abrir los ojos o hacerte pensar. Seguro que tendrás que aguantar a más de un listillo. Gente que te hablará sobre tu existencia regalada, sobre tu egoísmo crónico y sobre todas las cosas que te convierten, a un nivel global, en alguien emocionalmente muerto. La actitud que se desprende de ti podrá hacer que seas duramente criticado a veces. Pero lo que te tranquilizará, será que todos esos que hablen sobre tu egoísmo y tus obsesiones superficiales, en el fondo, son como tú; o mejor dicho, a un nivel practico son exactamente iguales que tú. Porque no vivirán para nada más que no sea ellos, y como tú también buscarán el placer instantáneo y ser aceptados por todo el mundo. Querrán lo mismo que ves tú en la publicidad de las revistas y raramente dejarán una moneda en el sombrero de un indigente. Así que lo único que te diferenciará de ellos será el hecho de que tú ya te has aceptado como eres. Ellos, vivirán igual que tú, solo que con una ración más de culpabilidad. La única diferencia entre los seres que son como tú, y el resto, será el nivel de remordimientos. Pero si sigues con cautela cada consejo de este manual, a la larga serás más feliz, morirás con familia numerosa; podrás ser padre, abuelo, y lo que sea que tengas que ser, pero siempre satisfecho y con tu circuito emocional cerrado.
Respira hondo, vivir no es para tanto. Esto no tiene importancia. Lo quieras o no, tú sólo eres tú, lo que rodea a tu ombligo. Márcate objetivos, y cuando te desanimes o flaquees, recuerda que siempre puedes mirar ese cielo de ciudad, en parte azul y en parte apestado, que el resto de tu vida te recordará que absolutamente nadie infatigable y poderoso dejará jamás que este mundo cambie. Un saludo. Un abrazo. Y ánimos.

[Una de esas escenas que un servidor recuerda, es cierto momento de “Seven”. Quizá la primera escena que vi en mi vida en la que no estaba tan claro dónde estaban los buenos y dónde los malos, o si el asesino era un pirado sin más o quizá decía algunas cosas interesantes. En definitiva, la primera película con cierta ambigüedad moral que vi en mi vida.]

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Iris

Yo tenía once o doce años y estaba en mi habitación, y mientras mis padres hablaban con mis tíos en el comedor, me enteré de que mi mamá había tenido dos abortos. Podría escribir un libro con lo que mis padres creen que no sé. Con lo que mis hermanas creen que ignoro, y con los secretos de mis amigos. Realmente, si un día quisiera enemistarme con todo el mundo, sólo tendría que ponerme a hablar, a rajar de verdad. ¿Lo pilláis? Bastaría con sacar los temas adecuados y luego yo sólo tendría que ir apostillando, llenando los huecos. Comidas familiares, cenas con amigos, celebraciones varias. Serían buenos modos. Bastaría con que alguien me sacara de quicio de verdad y se romperían parejas, se harían nuevos enemigos y hasta podría haber algún divorcio. Es otra forma de ganarse el respeto, al estilo de la mafia, porque no sabías lo que pasaría si me calentabas, si me ponías al límite. Antes de convertirme en el baúl de tus miserias, debes saber que no soy tu diario, debes saber que yo sólo soy como tú.

Cuando tenía diez u once años ya estaba obsesionada con tener unas buenas tetas. A los dieciocho me parecían exageradas, y aún entra en mis planes reducírmelas. Esa es mi única anécdota personal jugosa.
Mis hermanas nacieron tres años después que yo. Rubias igual que mi madre, cinco horas de parto, cesárea: mis padres tienen un video del espectáculo escondido en el fondo de armario de su habitación. Aún no sé quién lo grabó. Primero salió Vanesa, berreando y llena de sangre. Un par de desmayos de mi madre después, vino al mundo Ana: en algunas sectas eso te convierte en la hermana pequeña. Eran tan monas que cuando yo tenía cinco años estuve a poco de asfixiarlas de celos con las almohaditas de sus cunas color pastel. Yo de pequeña era así, o me hicieron así; no puedes tener tres hijas y empezar a ser dura con una sólo por ser mayor y no estar repetida y no ser tan mona y tan rubia porque en lugar de parecerse a mamá se parece a papá y papá solo tiene un aburrido pelo color castaño. No puedes. Pero aun así, aunque me vi tentada a hacer muchas cosas, mis hermanitas sobrevivieron. Y lo cierto es que ahora las quiero mucho, supongo que por todos los problemas que hubiera tenido si estuvieran muertas. Problemas de conciencia. Esas cosas te persiguen toda la vida, las cosas de las que te acusan o que escondes. Todo el mundo es mucho más interesante cuando se comienza a saber la verdad. ¿Y qué pasaría si alguien comenzara a decir la verdad? Es decir, toda la verdad, no solo la que se desprende de los álbumes de fotos, los fotologs o los perfiles personales de los currículums. Nada de la imagen amable que la gente da en las agencias matrimoniales, nada de rutina o discretos paquetes color marrón que llegan a tu casa escondiendo revistas porno o juguetes sexuales. ¿Qué pasaría si alguien de tu entorno se enfadara de verdad? ¿Aún no lo pillas?

Vanesa, mi hermana, siempre ha mostrado un gran interés por los hombres negros. Si vas a su habitación, solo tienes que apartar la mesilla que tiene la lámpara encima, y verás que en el hueco que hay debajo de la misma esconde un consolador de unos treinta y cinco centímetros. Un consolador negro y maloliente. Si irrumpes en su cuarto cualquier sábado cuando haya llegado de alguna discoteca, la podrás encontrar usándolo. Y papá y mamá creen que aún es católica, que esperará hasta después de casarse. Si coges el coche desde mi casa y conduces dos manzanas cuesta abajo, encontrarás la casa número treinta y tres, y allí vive Abdoulie, que puede confirmar esta información. Una de las confesiones que me hizo Vanesa a sus quince años, fue el modo en que Abdoulie y ella fueron un día de farmacia en farmacia sin conseguir condones tamaño… Abdoulie. Y ese fue el día que Vanesita dejó de ser católica para pasar a interesarse por África y la sección de juguetes de la revista Hustler.
Vanesa es un chica muy responsable, eso sí, inteligente y humilde, encantadora. Pero digamos que, a veces le gusta unirse al rebaño, y es entonces cuando se pierde a sí misma para poder encontrarse con los demás. Esto es extrapolable a la mayoría.

Lo de mi hermana Ana es más…“vox populi”, pero sólo la parte amable, la fe. Cuando tenía dieciocho años conoció a un chico en el instituto, y el chico creía en Dios. De una forma que iba más allá de lo habitual; digamos que creía en Dios de la forma en que un musulmán cree en Alá. Lo suficiente para matar o matarse o para lavarle el cerebro a una chica que odia a una de sus hermanas por burlarse del tamaño normal del pene de sus ligues. Si Vanesa era la chica sexual, Ana tenía que ser María Teresa de Calcuta. Tanto, que acabó con ese novio suyo acudiendo a reuniones extrañas de las que estuvo un par de años sin hablar. No recuerdo el nombre de la secta, “Hijos de la Luz” o “Hijos del Mañana”. Algo así. El caso es que el año que todos sabéis en que empezaron a desaparecer bebés en la ciudad, pues esos bebés eran ofrendas a Dios. Un día mi hermana llegó a casa y se metió en mi habitación llorando, para contarme cómo esa noche había huido de la casa donde celebraban los rituales; me contó cómo drenaban la sangre de los niños aún vivos y que esa noche le tocaba a ella realizar un sacrificio. Pero no pudo. Los días subsiguientes llegaba a casa con moratones que sólo me enseñaba a mí, en la entrepierna y cualquier zona que cubriera la ropa. Presiones para que no abandonara el grupo. Ana fue una creyente firme y aún sigue siéndolo aun sin ver a aquella gente, y aun bajo amenaza perpetua. La respuesta al motivo por el cual no huyó antes de allí sólo la sabe ella, aunque seguramente tenga bastante que ver con el hecho de que seas quien seas, no puedes dejar de leer esto.

Es en parte nuestra naturaleza la que nos hace ser como somos. Quizá queremos ser mucho más civilizados de lo que podemos. Quizá nos autoexigimos demasiado. Mi padre, por ejemplo, es otro de esos hombres que nunca ha entendido qué gracia tiene lo de tener familia, o qué hay de malo en ser solitario. Mi padre siempre ha sido un hombre solo, pero con mujer e hijos. El problema está en que por mucho que intentes adaptarte, si no te sientes en tu salsa vas a ser infeliz de todos modos. Así que lo que mi padre lleva haciendo más de diez años, es irse de putas. Y mi madre ahí sigue, encantada de la vida, todos los días de chismorreo con las amigas y sin hacer preguntas, sin saber que también se puede dinamitar la negación.

También tengo algunos amigos con secretos que ya no lo serán. Conocí a Javier cuando aún se meaba encima, y a Marta hace unos cinco años. Se conocieron y comenzaron a salir. Llevan tres años juntos y Javier lleva uno de esos tres años con Marisa, que a su vez le pone los cuernos a Luis, otro al que conocí en pañales. Un primo que tengo le ha comenzado a tirar los trastos a Marta y ella parece responder; así que supongo que Javier ya mismo tendrá vía libre con Marisa, lo cual puede que haga que Luis se quede solo, para así yo poder cruzármelo un día de forma casual y convertirme en su vagina de transición, para quién sabe si incluso formalizar algo serio, el autentico objetivo de este párrafo, mi mini carta de amor.
Tengo también otros familiares de los que guardo más de un trapo sucio. Si por ejemplo quisiera joder viva a mi prima Cristina Soto, solo tendría que explicar esa vez que, para conseguir dinero rápido para un concierto, lo que hizo fue rodar una escena pornográfica que todos podéis encontrar por internet con tan solo meter su nombre y el primer apellido en Google, ya que la muy gilipollas ni siquiera se protegió bajo pseudónimo.
Si por otro lado mi intención fuera arruinarle la vida a mi abuelo (el padre de mi padre), bastaría con desvelar las cosas que les hacía a mis hermanas cuando eran pequeñas, tocamientos que yo conseguí sortear, pero que ellas, las muy tontas, aguantaron hasta los ocho años, el momento en que me lo contaron y les dije que no fueran lerdas, que eso que las obligaba a hacer no era un masaje para la artritis.
Podría también hablar de mi tío y de aquella noche loca en que le pillé masturbándose un día de reunión familiar en el lavabo, con un catálogo de moda infantil, ya que el muy capullo ni tan siquiera se molestó en correr el pestillo. Decirle eso a todo el mundo sería una putada, sí, igual que si contara cómo Ismael, el primer novio de Ana, fue pillado in fraganti por sus padres penetrando a su hermana de trece años; motivo por el cual Ana le dejó para después guardarle el secreto porque decía que seguía enamorada. Realmente airear todos estos trapos sucios sería bochornoso. ¿Lo pilláis? Y podría ser más explícita e ir más allá y hasta hacer un mural con flechas y chinchetas de colores clarificando todos los casos de adulterio, incesto y pederastia de esta familia y alrededores. Como el caso de mi primo, Dani, que hizo que mis dos hermanas se besaran en el colegio a cambio de cinco euros mientras él se tocaba. O el gran día de navidad en que pillé a mi madre y a mi tío (el mismo del catalogo infantil) besándose en el pasillo mientras los demás comíamos turrón en el comedor. En serio, podría amargarle la vida a tanta gente.

He sido siempre la inocente y la chica de confianza, alguien a quien mirar por encima del hombro, pero también alguien a quien recurrir cuando tienes que contar algo, algo terrible que no puedes guardarte solo para ti. Soy alguien a quien todo el mundo respeta a solas, y la misma persona de quien todos juntos pueden reírse. La mascota. La que no dirá nada porque se siente demasiado especial con los secretos de los demás. Así que he decidido irme no sin antes contar unas cuantas cosas. Quiero que cuantos leáis esto sufráis de verdad. Imaginaré vuestros divorcios y vuestras discusiones, vuestras peleas y los lloros, imaginaré vuestras familias rotas y respiraré hondo durante el camino. Esta mañana he hecho las maletas y me voy, lejos, a un sitio donde la gente pueda conocerme y valorarme, donde no me traten con condescendencia, y donde todos me llamen por mi precioso nombre en lugar de llamarme “Panda”. Os he dejado esta carta en una veintena de buzones elegidos, y mientras lo hacía he sonreído de oreja a oreja. Se acabaron las reuniones familiares en las que poder reíros de mí. Se acabaron las cenas y las hipocresías. Os deseo todo el sufrimiento posible, y que vuestro pasado os persiga hasta que os canséis de correr.

Adiós.

[Este video es la primera parte de la entrevista que dió Marilyn Monroe justo dos días antes de suicidarse, ser asesinada, o morir en definitiva. La entrevista es el audio, y las imagenes son de archivo. Es curioso cómo al margen de su risa chispeante y de su caracter dado a disfrutar de la vida, aun así parecía una tipa bastante atormentada (hay alguna declaración muy fuerte en ese sentido); no sé si lo suficiente como para matarse pero… En fin, que mejor que la escucheis a ella. Video especial para los mitómanos que no supieran de esta entrevista. (Quedan dos partes, disponibles en Youtube.]

El día más feliz

Veamos, comencemos en tiempo presente, por la boda, a lo que mi padre llamó a partir de sus cincuenta años: el final. Imagina la iglesia llena de católicos de clase media, de los que nunca van a la iglesia y sólo rezan cuando desean algo. Mira cómo Miriam se aparta el velo de la cara y me mira mientras suda por la frente, toda seria. El final. Mi padre me dijo una vez que en su época era siempre así si se rompía un condón y tu novia comenzaba a engordar; era la forma con que los padres castigaban siempre a sus hijas de por vida. Y a los novios adolescentes de estas.

Y ahora demos un salto de tres años hacia atrás, cuando ella apenas me conocía y yo sólo podía masturbarme pensando en ella. El principio del final. Cuando yo tenía un curro de mierda y ella ganaba el doble que yo y aun así me quiso. Fue la época en que un día conocí a sus padres y les dije que no pasaba nada porque yo saltara de trabajo en trabajo; ¿acaso no confiaban en su hija para cuidarse solita? Su padre se levantó de la mesa durante los postres y me dijo que por favor saliera de su casa.

Pero vuelve al aquí y ahora, y observa cómo todos los invitados pasan por parejas a felicitarnos mientras Miriam intenta susurrarme algo sin que nadie más la oiga. Lo que finalmente me dice es: “No estoy segura de lo que hemos hecho”.

Y mi mente se va a dos meses atrás con pequeños flashes de haces dos años. Recuerdo cómo mientras decidíamos los invitados del día final, había silencios en nuestras conversaciones y yo me preguntaba si aún todo era igual que al principio, cuando ella sólo era mi novia cachonda y mi hermano ya llevaba casado cinco años con su mujer. Mi hermano sigue casado y cada domingo come con su mujer en casa de mis padres y todo parece ir sobre ruedas. Absorbidos por la rutina y contentos de estarlo. Y aunque yo sé que mi hermano no es ningún referente para mí, también sé que tal como vivía, y como vive, todo encaja en su universo a la perfección. Dos sueldos al mes y cientos de semanas todas idénticas entre sí, a las que sólo se suman algunas arrugas al año. El conformismo tradicional es la felicidad. Aunque no sé si para todo el mundo. Y tal día de hace dos meses mientras pensaba en lo bien que estábamos hacía dos años, ella me dijo que no teníamos que hacerlo si no quería. Yo pensé en sus padres ultracatólicos y decidí que qué coño, nada iba a cambiar porque un día un cura nos diera la brasa. Solo había que soportar ese formalismo de veinticuatro horas y todo volvería a ser como antes. La boda podía ser un punto de inflexión, para reavivar la relación, como esa gente que tiene hijos con el mismo propósito, pero sin tener que comenzar a comprar ropa diminuta.

Ahora retrocede a cuando solo llevaba un mes de noviazgo con Miriam, a propósito de los críos. Durante esa época comenzamos a leer a Nietzsche por algún motivo, y cualquier libro que fuera de la generación beat. Autorrealización influenciada por la decadencia histórica del ser humano. Follar sólo era otra forma de ocio, nada de procreación, nadie necesitaba un bebé más que acabaría creciendo para chocar de frente con su dudas, para sufrir y descubrir un mundo hostil y acabado, o mucho peor, un mundo hostil, acabado y orgulloso de estarlo. Como pareja, invadidos por una mezcla de egoísmo existencial y asqueo por el sistema que nos rodeaba, decidimos que si acabábamos formalizando lo nuestro, no tendríamos hijos. Podíamos pasar sin eso.
Y al contrario de lo que cabía esperar, Miriam no miró con el tiempo a los bebés de los demás como si eso pudiera reportarle algo positivo a ella. En rigor, ese ha sido el acuerdo más sólido de nuestra relación. Lo cual fue un pequeño disgusto para mis padres, y una autentica tragedia para los suyos, ya que ella era hija única. Nosotros éramos felices, y mis suegros jamás serían abuelos. El mundo se desmoronaba, el ser humano se iba a extinguir. Íbamos a ir de cabeza al infierno junto a las madres abortistas y los homosexuales, junto a los violadores y los abogados defensores. Así eran mis suegros.

Ya superada la ceremonia, mientras los invitados se distribuyen por el restaurante preparado para el convite, Miriam no para de estornudar y quejarse por el calor que le da el vestido en las tetas. Maldice entre sonrisa y sonrisa a los invitados y no para de murmurar que ella no piensa pisar ninguna discoteca luego, joder. Recuerdo cómo cada vez que estábamos en una durante nuestro primer año de noviazgo, cuando veía alguna novia rodeada de tíos ya borrachos y engominados, siempre me decía: “Tu padre tiene razón”. Éramos modernos y avanzados y mis suegros estaban virtualmente muertos, no pensábamos ceder en nada; cuanto más me odiaban sus padres más me quería ella. Si su padre una noche insistía con la precaución en el sexo, ella esa noche quería la marcha atrás. Si su madre avisaba sobre el peligro de los coches, ella no se ponía el cinturón de seguridad y subía el volumen de la música. No podíamos envenenar nuestra generación con sus putas costumbres católicas, con su actitud recta y gris. Y una forma de revelarse era llevar la contraria, dejar claro que nosotros no íbamos a ser como ellos. No se trataba de evolucionar, era simplemente nuestra intención de dinamitar lo que ya había, lo que venía siendo igual desde hacía cientos de años, a sabiendas de que el mundo había avanzado en laboratorios y talleres y en cómo la gente se vestía y se peinaba, mientras en lo esencial, continuábamos siendo retrógrados y estúpidos.

Durante la cena, suntuosa y almibarada, antes de que salga cada puto plato de la cocina, alguien apaga las luces y pone música mientras un montón de camareros desfilan entre las mesas con la carne o lo que toque, y todo el mundo nos obliga a besarnos otra vez, a ser felices. Nos lo gritan en la cara. Nos miran mientras piensan: “Estoy dedicando otro sábado de mi vida a una boda, y vosotros vais a sonreír, joder”. Así es como lo veo yo con mi filtro ateo/fascista, y no me cabe duda de que Miriam lo ve más o menos igual. Y relájate, respira, retrocede treinta años y mira cómo lloraba yo en la guardería, como lloraba sin parar en el parvulario y cómo ir al colegio unos años más tarde sólo era rutina. Mira cómo me hice adulto y mi madurez se congeló algún año antes de los dieciocho. Mi generación no es una generación fácil, no hay un gran reto a priori, la gente en el tercer mundo no se preocupa por los hidratos de carbono o por si no toleran la lactosa. El final del que habla mi padre aquí ya es un Apocalipsis, aunque solo sea conyugal. Miriam ya sabía todo eso aunque no fuera consciente, cuando a los veinticinco hurgaba en foros de internet dando consejos a otras anoréxicas para aguantar dieciocho días sin comer. Y no me preguntéis cómo acabé encontrando uno de esos foros. Ya he dicho que mi generación no lo ha tenido espiritualmente fácil.
Pero vuelve al presente y observa cómo cada cinco minutos Miriam y yo nos tenemos que besar para contentar al público, y ya todos los platos me saben a pintalabios. Luego mi madre me pasa un pañuelo por la boca para limpiarme y toda la comida me huele a su colonia. Si alguien pregunta dónde están mis gafas les digo que llevo lentillas, les miento. No ver bien a la gente a cierta distancia puede ser útil cuando eres el centro de atención sin quererlo.
Antes de que salga el gran pastel de bodas, la luz se vuelve a apagar. Lo sacan entre tres camareros y todo el mundo aplaude. Al pastel.
El día que fuimos a elegirlo estábamos muy preocupados por no parecer demasiado hastiados, no queríamos que se notara que queríamos quitarnos el trámite de encima cuanto antes. Especialmente Miriam, ya que supuestamente la parte femenina ha de estar más atenta a estos detalles, como si el restaurante, el vestido y el pastel ya lo dijeran todo sobre la pareja y su futuro. El pastelero nos daba a probar los distintos sabores, elaborados según dijo con mucho amor ( Miriam hizo una mueca cuando el hombre no miraba), ya que las recetas eran de su abuela, o de su bisabuela o algo así. Así que nosotros probábamos los distintos cortes y hacíamos gestos de aprobación. Los dos acordamos elegir el quinto que nos diera, fuera lo que fuera. Prométemelo, me dijo Miriam, aunque sea todo de kiwi o cualquier mierda. Así que al quinto trozo los dos cerramos los ojos con el trozo de pastel en la boca (a decir verdad muy parecido a los otros cuatro), y Miriam dijo alto y claro: “Este, sin duda”.
Y ahora todos los invitados hablan entre sí sobre lo bueno que está, aun siendo una letal mezcla de trufa, chocolate y algún tipo de licor, algo muy innovador según mi madre, aunque yo no pueda entender cómo puede saborear nada de verdad con sus tres capas de pintalabios y el baño de colonia.

Miriam se levanta con medio trozo de pastel aún en el plato y dice que lo siente, pero que tiene que ir al lavabo. Mi madre y su madre se sobresaltan como si hubieran oído una explosión cerca del restaurante. Porque tiene que mear aun vestida de novia. Antes de irse con ellas me susurra: “Quiero que esto acabe, haz que acabe”. Y mientras me lo dice intento afinar la visión hasta la mesa de sus amigos, y creo que veo a Tania, o alguien borroso muy parecido a ella. Cuando Tania tenía veinte años, entre Miriam y ella pesaban unos sesenta kilos. Por más maquillaje que se pusieran siempre parecía que estaban muertas y el de la funeraria había hecho una chapuza. Ahora a veces, cuando estamos solos en casa, Miriam bromea y me dice que cuándo voy a querer aprender a vomitar sin hacer ruido. Ahora ella pesa unos sesenta kilos, pero Tania, durante la cena, ya se ha levantado cuatro veces para ir al lavabo.

Recuerdo cómo cuando tenía diez u once años, una vez, en el comedor del colegio, me negué a comerme la sopa. Entonces una cocinera vino, acercó su cara a la mía y dijo: “Niñato, cada año mueren de hambre seis millones de niños”.
Y no funcionó. Me castigaron sin postre al día siguiente y la cocinera fue duramente reprendida por el director del colegio en persona. Desde entonces, si el cálculo es cierto, habrán muerto de hambre unos ochenta millones de niños. Pero yo no volvería a probar aquella puta sopa. Y cuando pienso en eso, es cuando llego a la conclusión de que el mundo acabará mucho después de que deje de existir el ser humano. Lo vemos todo de cerca, ritualizamos cada paso. Hacer cosas como ocupar tu mente rezando, o incluso casarse en nombre de Dios, o defender la patria, luchar por tu país o cruzarse de brazos intelectualmente olvidando que evolucionar no quiere decir poder meter cada vez más música en tu Ipod, podría acelerar el proceso. Pero por suerte, para cada uno el final del mundo llega en una fecha distinta. Así que supongo que es más cómodo creer en Dios que preocuparse por lo que pueda pasar en unos miles de años.
Mientras recuerdo cómo aquella puta intentó hacerme chantaje para que me comiera aquella mierda aguada, Miriam viene y me dice que Tania estaba en el lavabo y se la oía vomitar. “Hasta podíamos oler esa trufa asquerosa y la bilis”, me dice. Pero que ni mi madre ni la suya han hecho preguntas.
Atardece y vemos cómo entran en la sala cuatro músicos. Tienen pinta de venir con todo el repertorio que solo puede disfrutar la gente borracha de verdad. Miriam resopla y me dice que venga, que hagamos lo del baile, porque quiere salir a fumar y “en este antro de los cojones no dejan”.
Los músicos comienzan a tocar y Miriam y yo comenzamos a girar, mirándonos más los zapatos que a los ojos. Y luego todo pasa muy rápido. Oigo una especie de chasquido, muy fuerte. La música deja de sonar, y cuando me doy la vuelta le veo. Unos de los cuatro músicos está en el suelo y un charco de sangre comienza a crecer bajo su cabeza. Una pistola que parece de juguete yace a su lado en el suelo. Se oyen gemidos y gritos y alguien saca el mantel de una mesa para tapar rápidamente el cuerpo. Miriam tira de mi brazo.
– Venga, vámonos.
Me hace salir rápidamente a la calle.
– Creo que hay un hotel cerca – dice -, por lo menos así ya se ha acabado la noche… Lo siento, no quería que pasara eso… de verdad.
Comienza a lloriquear, y creo que nunca la he visto hacerlo.
– Le contraté porque pensé que ya lo tenía superado… en serio.
– ¿El qué? ¿De qué hablas?…
– Ese tío fue a la universidad conmigo… estuvo mucho conmigo cuando…
– ¿Es que se ha suicidado por ti? – interrumpo.
– Oye…, dime que no me quieres dejar… que no lo tienes planeado.
Otra vez alguien tiene que morir para que otros puedan ser felices.
– ¿Se ha suicidado por ti? – repito.
– Es muy religioso, si yo me casaba… Pero tenía más miedo de no tenerme que del Limbo… Joder…
El final.
– No – le digo -, no tengo planeado dejarte.
Ahora ya no.

[Me voy a poner pesado con esto. Pero es que cuando uno ha leído un cómic que supera al ochenta por ciento de las novelas que se ha tragado, y ve esa historia tan bien plasmada en imagenes, aunque solo sean dos minutos, pues bien, a uno se le pone la piel de gallina. Daría el dedo meñique de un pie por poder ver esta película ya (y espero que ningún productor se la cargue con sus tijeras..) “Watchmen”, segundo trailer, (video).]

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