Gritos

Comienzo a leer un libro de Paul Auster, pero no consigo concentrarme. No es el caso, que quede claro, pero esto a veces es producto de la manía de muchos escritores de conducir su prosa más a la idea de mostrar su facilidad para los sinónimos y las metáforas, que para contar una historia o proyectar un sentimiento al exterior. Así que luego cualquier libro, por clara y concisa que sea su prosa, parece requerir un esfuerzo extra de comprensión por parte del lector, que no siempre es necesario. Una vez pasas de las primeras paginas y te acomodas ya a sabiendas de que lo que lees es algo claro y auténtico y no la radiografía autocomplaciente de nadie, entonces, es cuando puedes leer varias páginas del tirón y disfrutar sin más.
El motivo por el que no consigo abordar la clara y ejemplar literatura de Auster hoy, es que mi madre ha comenzado a gritar otra vez en el piso de abajo. Ya hacía unos cinco días que no le pasaba. En su hora de la siesta, mientras duerme, a menudo se pone a vociferar de repente, incoherencias, palabras malsonantes y hasta obscenas, como poseída. Lo alarmante no es este tic algo molesto, y casi ni tan siquiera las cosas que dice dormida. Lo inquietante de verdad es que despierta es alguien generosa, siempre sonriente, servicial, alguien que se siente orgullosa de su familia y que jamás dice una palabra más alta que otra. Es la suegra ideal, o la madre que peca de un exceso de atención a los demás. Luce esa actitud con la que tarde o temprano tienes que decirle que te deje en paz, que no quieres café, que no tienes hambre, que no, no estás resfriado, etc… Básicamente es el perfil de ama de casa que parece estar deseando preparar comida para veinte invitados cada día, y que a la más mínima queja que se le escape le siguen varios comentarios de arrepentimiento sobre lo muy feliz que se siente mimando a los demás.
Lo que grita mi madre hoy, mientras yo intento leer y mi padre está en el trabajo, es: “Ahora por el culo, cabrón, ahora por el culo, por el culo…” Es la misma sensación de cuando eres pequeño y te es muy violento imaginar a tus padres haciendo el amor. Tal y como es mi madre, aún me resulta utópico que haya podido ser joven, y mucho más que haya podido practicar sexo anal, o sexo, de cualquier otro modo. Mientras bajo las escaleras y la oigo repetir una y otra vez esas palabras entre gemidos y balbuceos, miro mi reloj para asegurarme de que mi padre aún tardará un buen rato en llegar casa. Es curioso cómo nunca se la oye gritar durante la noche, pero cómo cada tarde esta casa se convierte en la morada de la niña del exorcista menopáusica. Procuro cerrar todas las ventanas e intentar no pensar en que tenemos vecinos. La televisión de la sala de estar está encendida y ella yace en el sillón, en posición fetal, ya sonriente, como si hubiera logrado su propósito anal.

No sé si creo que mi padre no lo sabe, o si prefiero pensar que no lo sabe. Porque creo que me he convencido a mí mismo de que por las noches ella se limita a dormir, como mucho roncando, sin soltar tacos o pedir que alguien le haga según qué cosas, casi siempre de índole sexual, a veces sadomasoquistas, y alguna vez incluso zoofílicas. La habitación de mis padres está en el piso de abajo, y nunca me he despertado en medio de la noche porque mi madre quiera que alguien la sodomice en sueños. Pero eso no quiere decir que nunca lo haya hecho. Lo que no sabes también te puede hacer libre. El hecho de que en casa el sexo sea un tema tabú, hace que todo esto sea algo más que una anécdota. Oír cosas como “Cómemelo, hijo de perra” o “Párteme en dos”, dejan de tener gracia cuando las dice tu madre; sobre todo si luego despierta y el más mínimo taco que oye en la televisión o en una película hace que dé un discurso moralista. No digamos ya si comes de forma inapropiada o si mi padre le pega un cachete en el culo. No imaginabas a Maria Teresa de Calcuta dando ejemplo de bondad mientras estaba despierta, y luego diciendo “Cómeme el coño, cerdo”, mientras estaba dormida. Casi preferiría no tener que oírla decir esas cosas y que en lugar de eso se tirara al fontanero o algo así; por lo menos eso sería un cliché, y siendo lo suficientemente discreta ni yo ni mi padre nos enteraríamos nunca de nada. Me gusta pensar en explicaciones lógicas, en una doctora joven y comprensiva dándome a entender con tono conciliador que mi madre es así en sueños debido a un desorden hormonal, la menopausia, algo así. Pero no pienso sacar el tema nunca. Mi padre sabrá. Lo que es yo, pienso comprarme unos tapones para los oídos. Hablo en serio, gracias a ella ya conozco unas treinta formas de decir pene. Taladro, mandoble, bate, tuneladora. Por Dios, que esa mujer me dio a luz…

Mi madre despierta al fin y me ve abriendo la ventana. Se levanta y se va enseguida a la cocina, a prepararme café, aunque le he dicho claramente que no me apetece. Es obvio que años atrás la obesidad infantil tenía una explicación muy clara. Ahora las madres jóvenes tienen varios libros que cuentan lo contraproducentes que son muchas de las costumbres que siempre ha tenido mi madre al criarme. No es que no la quiera, pero desde los quince años hasta ahora he tenido tiempo de conocer todas las dietas que existen, porque años atrás mi medico decía que a veces la obesidad no solo conlleva el no ligarte a la chica. En la actualidad, mi peso, unos cinco kilos por encima de lo ideal aconsejado, es casi un milagro si comienzas a ojear álbumes de fotos de mi familia. A veces queremos creer que lo tenemos todo controlado, o que nada malo nos pasará si no lo buscamos. Pero oyendo a mi madre no me cabe duda de que todo cuanto daba por sentado hasta ahora en mi vida cobra otro sentido; hay algo terrible detrás de cada presuposición de belleza. O en todo caso, está claro que debemos evitar a toda costa que nuestro subconsciente hable.

Cuando mi padre llega a casa, lo hace acompañado de mi tío. Mi tío es viudo y de vez en cuando viene de visita. Le considero un sabio, alguien que tiene una respuesta para todo, y que además suele parecer acertada. Suele coger tus propios mecanismos retóricos y desarmarte por completo. Llevo unos días pensando en hablar con él sobre la salvaje ninfómana en que se convierte mi madre a veces mientras duerme. Cuando se trata de nuestra madre todos nos volvemos conservadores y cautos, nadie puede tocarla y nada puede pasarle. No es tanto una cuestión de amor como de egoísmo. Queremos tener la imagen que hemos tenido siempre de ella, y eso aparta de la ecuación muchas realidades, sobre todo el sexo. Nuestra madre no folla, no hace deporte, no ve a otros hombres, no habla con otros hombres y jamás se la chuparía a un caballo. Nuestra madre no vería jamás una película porno y no piensa nunca en sexo. Nunca. Nuestra madre es nuestra madre y punto, es su papel. Así que cuando se trata de proteger, otra vez, muchas veces no es tanto una cuestión de amor como de fascismo. Tu madre no es una Mujer, es tu madre, y tu padre se limita a cuidarla y punto. No se tocan jamás ni lo han hecho desde que naciste. Eso sí, sale guapísima en la fotos de cuando era joven, en su boda, o cuando aún te cogía en brazos. Pero eso es el pasado, y el pasado, pasado está. Y mi madre solo es mi madre, aun con los gritos.

Mi tío se queda a cenar, y como su casa está bastante lejos y ha venido en autobús, mis padres le ofrecen quedarse a dormir en la habitación de invitados. Después de cenar mis padres se van enseguida a la cama, como suelen hacer. Mi tío y yo nos quedamos aún un rato más sentados a la mesa, con la tele puesta sin volumen y hablando sin parar. Llegado el momento, cuando ya hemos sorteado los temas de rigor, decido sacar la cuestión que a mí me interesa de verdad: Mi madre, la puta.
Le hablo sobre todas las cosas que dice mientras duerme, y sobre el contraste que eso hace con la vida real. Le digo que me asusta, y que no me hace ninguna gracia no poder apartar según qué pensamientos de mi cabeza. Y entonces mi tío se queda unos minutos en silencio, algo que siempre hace antes de decirte lo que piensa.
Luego, me cuenta que mi incomodidad a veces es producto de la manía de muchos hijos de conducir su vida más a la idea de mostrar su facilidad para la irreflexión y las quejas, que para vivir una vida propia o proyectar un futuro desligado de sus padres. Así que cualquier anécdota, por retorcida que sea, parece requerir un esfuerzo extra de comprensión por su parte, que no siempre es necesario. Dice que una vez superas las primeras señales de que tus padres son humanos, y te acomodas ya a sabiendas de que lo que vives es algo probable y auténtico y no la radiografía autocomplaciente de un inmaduro, entonces, es cuando puedes dedicarte a lo tuyo en serio y disfrutar sin más.

[Voy a recomendar muy efusivamente “The Fall”, quizá la mejor película que haya ahora en cartelera, y vencedora del festival de Sitges. Después de verla me han venido a la cabeza algunas reflexiones que seguramente ya hayan hecho otros, pero que necesito vomitar. ¿Por qué está tan denostado en el cine el aspecto visual? Las pocas críticas que atacan a esta película con puntuaciones bajas, lo hacen apuntando a su vacuidad, diciendo que la película desborda belleza visual, pero que eso resta fuerza a su contenido emocional (ya advierto que conmigo no ha sido así). Va a costar mucho que el cine consiga abrirse paso a nuevos horizontes cuando tanta gente aún busca entretenimiento sin más, y otros tantos llamados entendidos parecen querer más satisfacer algún tipo de ego en pos de la gloria de un solo concepto de cine (casi siempre clásico), que no intentar entrar en las películas que algunos autores actuales hacen con tanta entrega y amor por este arte. En lo que a mí respecta “The Fall” es una experiencia visual apasionante y meritoria, y un cuento entre sádico e infantil que a mí para nada me dejó frío, y que mucho menos lo hará la segunda vez que la vea.]

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9 comentarios en “Gritos

  1. De los últimos relatos publicados, creo que este ha sido el que más me ha gustado. Me ha parecido tan sencillo como sugerente, lo cual es clave para que un relato corto funcione.

    En su día me recomendaste y diste a conocer a Quim Monzó, leí “El mejor de los mundos” y “Ochenta y seis cuentos”, y los disfruté muchísimo. Ahora yo quisiera recomendarte al escritor y dramaturgo polaco Skawomir Mrozek, que confío te pueda gustar.

    Yo también recomiendo “The fall” sobre el resto de películas de cartelera, aunque no podré evitar comparar su uso del color, montaje de planos y estructura del guión con el de las grandes obras maestras. Es la condición de estudiar cine, descubrir que no es oro todo lo que reluce. Y me permito rescatar tu magnífica declaración sobre mi crítica a Amelie: “A veces el rosal es tan jodidamente bonito que te da igual si las flores son de plástico”.

  2. Yo es que voy algo perdida… ¿se trata sólo de un relato o de un caso verídico? Real o no, yo es que si oyera a mi madre decir eso en sueños creo que no me sentiría con fuerzas de volver a pisar la casa de mis padres. Vergüenza ajena o que 8 de cada 10 hijos no hablarían nunca de sexo con sus padres, no sé.

  3. Todo es mas sencillo de lo que parece.
    ____________

    Buen relato, bien manejado el tema.
    Como siempre digo (y no me canso),eres el genio del relato.
    Eres asi en todo?…jajajaja
    Un abrazo Jordi.

  4. Buen relato. Directo como un jodido jab. Buen juego de piernas, pienso mientras me arrasco los cojones. KO técnico señor jordim. Touché que diría Godard.
    Vas por el buen camino.

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