Amigos en el frente

Me fascina el proceso, y me asquea. Retrocede un tiempo a cuando no tenías cara ni currículum y aún eras un espermatozoide. La naturaleza es así, alguien puede violar a alguien, y si la chica tiene mala suerte familiar, el aborto es un asesinato inaceptable. Y el proceso es el mismo, el espermatozoide, él óvulo, y nada de preguntas, vas a nacer sí o sí, y ésa puede ser la última vez que hayas ganado en la vida.
A sabiendas de que lo importante no es participar si nunca ganas, vivir se puede convertir en una carrera de obstáculos absurda hasta poder volver a la nada de la que viniste. Si me preguntas, te diría que casi nadie quiere ser del montón, porque si no, no habría tanta gente con esas pequeñas crisis existenciales; que si la adolescencia, que si llegar a los treinta, que si los cuarenta, los cincuenta, la calvicie, jubilarse; todo contenidos de aburrido magazine diurno televisivo… A la gente todo eso le daría igual si no pensara que se les está acabando el tiempo para poder recibir lo que sea que esperen de la vida. El sentido de la vida es sencillo: es llegar a futbolista profesional, o a reconocido arquitecto, empresario, escritor, conseguir a la chica que te gusta de verdad, lograr que dé el paso al sexo oral, ser presidente del gobierno, participar en un trío, pintar majestuosos cuadros, sexo anal, dar la vuelta al mundo… El sentido de la vida sólo está en el placer de conseguir lo que sea que uno busque. Todo lo demás, ignorar el hecho de quiénes somos y qué hacemos en este planeta de mierda en medio del vacío espacial, pues bien, es lo de menos. Lo importante es el tacto, su saliva, pulsiones, complacencia, orgullo, orificios, fricción. Las preciosas baldosas del baño. Independencia. Superioridad. Da igual de dónde vengamos si uno es feliz sin tener la necesidad de explicar por qué.

Ella apareció el día que mi padre se fue. Me vio derrumbado en lo más alto de la torre eiffel una hora después de haber recibido el azote de la perdida por primera vez en mi vida. No quise decir nada a mis amigos hasta pasadas unas horas. Arriba del todo, encima del monumento francés por excelencia, a dos pasos de la verja antisuicidio, me acurruqué al lado de la gente que estaba hecha un ovillo en el suelo por culpa del vértigo. Ni siquiera me quedó muy claro en ese momento qué era lo que había matado a mi padre, aunque me lo habían explicado por teléfono con todo detalle mientras oía gemir a mi madre de fondo. Sólo me enteré de que había muerto mientras dormía, y me conformé con eso. Ella miró mis ojos envasados al vacío con el viento azotando, y fue la única que supo ver que lo mío no era vértigo, o por lo menos no el mismo vértigo que el de mis compañeros de suelo. Al día siguiente era navidad, por todos lados había Papá Noeles ganando calderilla para poder llegar a fin de mes. Jo, jo, jo. Me quería morir.
Ella hablaba un fluido castellano, y comenzó a conversar conmigo. Al principio bromeó ante mi estado de ánimo, lamentando lo de la verja antisuicidio e intentando arrancarme algún monosílabo. Me hablaba en mi idioma y parecía saber mis necesidades, tocando las teclas adecuadas; nada de frases de superación ni abrazos forzados, nada de condescendencia, y ni un atisbo de apología sobre la madurez. Ella no impartía lecciones, lo que hacía era despertar tu interés por las asignaturas. Tacto. Su comportamiento no era causal, pero tampoco tan premeditado como para verla venir. Comenzó una época en la que vivir empezó a ser una especie de interpretación constante; imaginaba una cámara siguiéndome, un director, la script, el equipo de maquillaje fumando durante la espera hasta rodar la siguiente toma. Gracias a ella me convertí en el protagonista de mi vida, un drama con comedia negra y alguna divertida muerte con velatorio posterior en el que tener que aguantar la risa.
Al día siguiente mis amigos y yo ya estábamos en casa, les había jodido las vacaciones a todos y encima se sintieron obligados a venir al entierro. Cual fue mi sorpresa, que ella también estuvo a mi lado ese día, mientras bajaban el ataúd al agujero, mientras mis tíos sujetaban a mi madre para que no se cayera de su silla, bañada en lágrimas y fuera de control. Finalmente el culpable fue un derrame cerebral. Básicamente yo estaba en Paris saliendo de un hotel para ir a la torre eiffel, y en casa mientras mi madre cocinaba, mi padre se derrumbó en el suelo del comedor. Cuando llegó la ambulancia mi madre ya debía haber perdido un kilo por el esfuerzo y las convulsiones, los lloros y la sorpresa. La vida está llena de sorpresas. Alguien me dijo eso al oído mientras dos tipos echaban tierra al asunto: la tapa del ataúd. No todas las sorpresas son buenas, claro, pero la verdad es que yo siempre he estado preparado para lo peor. Y sí, sufres igual, pero luego no te pasas los días preguntándote por qué tu padre, por qué tan joven, y chorradas por el estilo; como si alguien te señalara y al día siguiente tuvieras que morir. Ya que normalmente la respuesta suele ser: Porque sí.

La ventaja de ser un descreído es que eso suele estar lleno de ventajas; no te haces ilusiones hasta que las cosas buenas te dan en la cara; y créeme, cuando eso pasa disfrutas igual que alguien optimista, sino más. Ella estuvo conmigo durante los días siguientes a la tragedia familiar, y me sirvió de auténtico consuelo. Fue mi cóctel de antidepresivos natural, mi guía realista, alguien que nunca te diría: “Todo va a ir bien.” Pero alguien que siempre tiene una buena teoría para contradecir tus neuras autodestructivas. Las sorpresas de la vida: renacer de tus cenizas justo en el momento más duro, el primero de otros que tendrás que experimentar si vives lo suficiente. Mi miedo a la muerte nunca ha estado relacionado con mi final. Cuando más daño te hace la muerte es mientras estás vivo. Obvio. Al final apagarse es lo de menos. Igual que con las cosas buenas, lo importante no es la meta, sino el camino. Y aquí quedaría bien un guiño, mi color favorito es el negro, mi flor: cualquiera de plástico, y mi número: el cero. Cada año que pasa, llega diciembre y la gente me dice: Feliz Navidad. Y yo pienso en incendios y genocidios, luego tengo una visión clara de la persona que me lo ha dicho, empalada en la última escena de “Holocausto caníbal”. Y a continuación respondo: Feliz Navidad. Y sonrío.

Ella continuó conmigo al cabo de los meses, cada vez que salía a cenar, a tomar un café, al cine; cada vez que alguien me hacía sentir incómodo, y cada noche, en mi cama. Yo escuchaba atento y tomaba nota mental. “Ya has superado la primera prueba dura de tu vida, me decía, si todo va bien no vas a topar con nada peor hasta que te lleve conmigo.” En mi cabeza la muerte no es un tipo con una capa negra y una guadaña, en mi cabeza más bien tiene la imagen de una chica de poster central, neumática y estereotipada, pero también sincera. Ella fue la que me acompañó y aconsejó, la amiga imaginaria que me retuvo antes de que hiciera alguna tontería: mi fantasía reportadora de equilibrio mental, mi yo más cauto, la parte visceral de mi cerebro que me decía sin parar: Ahora es el momento del autocontrol.
Cuando pasó un año, ella ya apenas volvía a mi cabeza, y poco a poco me fui acostumbrando a su ausencia. Con ella parecía que estuvieras de lado del Demonio, y que así era imposible que te jodieran, estabas en el grupo gamberro del patio del colegio. Estabas seguro, y no sólo se trataba de una pose. Lloré como un poseso justo en la época en que ella dejó de habitar en mi mente, ya que antes no había podido. Comencé a tener pesadillas recurrentes. Mi favorita era una en la que mi madre moría en lugar de mi padre. Original, pensé. Desde que tengo este mundo interior, mi verbo favorito es: Lobotomizar, que ha sustituido a cualquier otro que se refiera a la cópula.
No comprendo muy bien los motivos por los cuales hay que aguantar toda esta mierda. Me asquea el proceso. Si hay algo cruel es la naturaleza, sin duda precursora de la especie humana, junto a los tornados y los terremotos.

He comenzado a salir con una chica. Es lo que mandan los cánones. Ellas dicen: “Necesitas una novia”. Y ellos: “Necesitas follar”. Y en cualquier caso todo te conduce a lo mismo: mujeres. Ya hace tres años que mi padre se fue, y espero que Ella no se ponga celosa por esto. Mañana tengo mi segunda cita, acercamientos en los que pueden surgir las gilipolleces tópicas: color favorito, número, actitud ante la vida, rasgos generales, todo eso que sea como sea luego se viene abajo si no sois sexualmente compatibles. El ritual de siempre, que al final quién sabe si puede darte una alegría; porque ya se sabe, la vida está llena de sorpresas, aunque a veces haya que aliarse con el Demonio para poder sobrevivir a la mayoría.

[Lo que yo entiendo por una gran película, es por ejemplo “Magnolia”, de P. T. Anderson. Escenas entre cómicas y viscerales, grandes diálogos y un drama que avanza hasta resultar tan intenso como para poder incluir la escena más surrealista e inesperada que puedas concebir (que no es la del video). la escena del video es para hacer mención de la que para mí es una de las mejores actrices del mundo: Julian Moore; llena de conteción, matices y hasta histrionismo si hace falta. Escena que por otro lado es representativa no sólo de esta película, sino del cine de P.T. Anderson en general.]

magnolia19993

Anuncios

8 comentarios en “Amigos en el frente

  1. Si abandonar la vida fuese algo sencillo, sencillo de verdad en todos los sentidos, el mundo sería como un gran gimnasio donde después del primer mes son pocos los que quedan.

    Buen relato. Me gusta el uso de la ironía; estar derrumbado en lo alto de la Torre Eiffel, bromear sobre el estado de ánimo lamentando lo de la verja antisuicidio… Jo, jo, jo. Querer morir y renacer en navidad.

  2. Bien Jordim, me lo he leido dos veces. El principio, especialmente la parte de la torre y el vértigo ( fue la única que supo ver que lo mío no era vértigo, o por lo menos no el mismo vértigo que el de mis compañeros de suelo) es muy bueno. Pero los dos últimos parrafos, desde mi punto de vista, pierden fuerza. No tiene que ver con que los finales sean de una u otra forma, eso es lo de menos. Y el relato hasta ahi me parecía cojonudo, pero…
    Son difíciles los finales, y a mi me lian un montón.
    Pero una es un poco tocapelotas y a todo tiene que ponerle pegas.
    Saludos

  3. Estoy de acuerdo con el comentario anterior. También lo he leído dos veces y creo que en los últimos párrafos da la sensación que no lo ha superado, como si sólo creyera haberlo hecho. Por lo demás, un relato original, “renacer de las cenizas”, me ha gustado. 🙂
    Y ahora ya empezamos con la mejor campaña de publicidad de todas.

    ¡Feliz Navidad! 😀 (gasta, consume, compra)

  4. A mí el relato me ha parecido bien, sobre todo la primera mitad… pero ya que vamos a ser sinceros, a la tal Julianne Moore no la he soportado nunca… ja, ja, ja… y cuando pienso en “Magnolia” me acuerdo más del papelón de Tom Cruise, que a veces hasta actúa bien y todo.

  5. No comentaré el relato…

    Y creo que cuando dije Bukowski pensé un poco en ti, cómo podría ser de otro modo? – no que pensase en ti, si no que te atraiga Bukowski-

    Qué hay de Henry Miller?

  6. Ah, olvidé decirte que, aunque no sé de cine tanto como tú, “Magnolia” es una de mis pelis favoritas y toda la razón con lo de Julian Moore, es grande!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s