Enamorada

Raquel despertó justo después de que una avispa sacara el aguijón de su mano derecha. Notó el dolor agudo en el dorso de la mano, y en lugar de alterarse, apretó los dientes y observó a la luz del sol cómo se hinchaba el punto rojo de la picadura. Se levantó y echó a andar hacia su casa, pensando en lo dulce que puede ser el malestar físico según tu estado de ánimo.
Al llegar a casa, su madre estaba tostando pan, y le dijo que esos paseos que se daba dormida eran peligrosos, que quizá había que buscar una solución. Y le dio una pomada. Desde que Raquel pilló a su novio, ya ex, con la mano metida en el pantalón de una chica hacía dos meses en una discoteca, su faceta de sonámbula se había acentuado. Se levantaba de la cama durante algún momento de la noche, salía de casa y siempre despertaba bajo el mismo árbol de un parque que había a dos manzanas. Sus padres estaban tan acostumbrados que ya casi ni se alteraban, confiaban en ella incluso en ese estado. Hasta una amiga la llamaba “Chica Darko”.

Raquel tenía veinte años y siempre llevaba el pelo teñido de negro; siempre había rechazado el rubio natural heredado de su madre, ya que en la época del colegio le pusieron un mote que aducía a su piel blanca y su pelo rubio. Aunque ya no se preocupaba tanto por lo que pensaran de ella, se había acostumbrado a llevar ese color negro industrial brillante, el flequillo recortado y la ropa interior oscura. No se consideraba maniática o rara. Conoció a un tío una vez que decía que su mayor posesión eran dos pelos púbicos de Gretchen Mol que guardaba en un tarro de cristal. Ella nunca llegó a ver el tarro, pero aquel tío tenía en la pared de su cuarto una foto de la actriz caracterizada de Betty Page. Cosas más raras que yo se ven, se decía siempre.
Después de darse una ducha, se comió dos tostadas con miel; era sábado y decidió dar una vuelta por el centro. Cuando paseaba, algunas personas la miraban de reojo, o hasta cuchicheaban sobre ella; era algo popular en el barrio dados sus hábitos nocturnos. Algunas vecinas estaban convencidas de que lo que hacía era quedar con hombres mientras sus padres dormían; Raquel suponía que eso daba más conversación que el sonambulismo.
Hacía ya cinco años desde que su tío dejó de intentar seducirla, lo cual había sido su mayor trauma, aunque descafeinado, porque de todos modos jamás la tocó. Ella encontró un confidente en él cuando tenía trece años y en el colegio a menudo era objeto de burlas y chiquillerías por su aspecto albino. Al cumplir los catorce años su tío le daba cartas en mano donde le contaba todas las cosas que quería hacer con ella, y que estaba enamorado y que ya no quería a su mujer. Sólo de pensar que su padre era hermano de aquel tipo, se le revolvía el estómago. Llegó una tarde de domingo en la que habló con su padre, y éste fue a casa de su hermano y, entre otras cosas, le rompió un brazo. Luego su mujer le dejó y Raquel no volvió a saber más de él, aunque había oído rumores que hablaban de suicidio. La idea de la muerte no siempre se le antojaba terrible, siempre que fuera ajena y tuviera algún fin; y siempre que ésta fuera una decisión de quien la deseara, o algo accidental. A menudo tenía sueños en los que su tío se ahorcaba o cortaba las venas; en uno de esos sueños por algún motivo ella era testigo presencial; su tío estaba en una bañera con un cuchillo y ella no dejaba de gritarle el modo correcto en que tenía que cortarse; él no la hacía caso, y Raquel despertaba antes de saber si su tío había muerto.
Cualquier persona que hubiera tenido una crisis seria, te podía decir que no basta con hacerse pequeño cortes en la muñeca, que eso sólo alarga la agonía; el modo correcto era haciéndose cortes largos desde la muñeca hasta donde puedes doblar el brazo; si lo que uno quiere es morir, no puede tener ataques de aprensión. En los sueños que tenía Raquel, el suicido y la muerte eran cosas positivas, inversiones de futuro.

Ya en una plaza, entró en un bar y pidió una coca-cola; no había demasiada gente en la ciudad. Desde donde estaba sentada podía ver el parque donde tantas veces había dormido. Cogió un diario y comenzó a hojearlo.

A mediodía había quedado para comer con un chico. Mientras el muchacho no paraba de hablar sobre su trabajo, en un patético intento por captar su atención, o hasta impresionarla, Raquel no podía parar de pensar en su tío. Su tío además era profesor; trabajaba con críos de tercero y cuarto curso; le había imaginado muchas veces intentando camelarse a sus alumnas.
Raquel pensaba que, en un mundo en que la pasión por algo y la cultura solían estar al margen del comportamiento idóneo social, no era raro que abrir un libro o ver películas en blanco y negro te convirtiera en una perdedora. Hacer algo como leer un cómic o masturbarse ya era freak para un tío; pero siendo chica eso te convertía directamente en cenizas, polvo; eso de lo que la gente se quiere librar cuanto antes. Cuando miraba a su alrededor podía sentir esa hostilidad pasiva; una cosa era empollar Historia para aprobar un examen, y otra muy distinta leer Historia porque sí. Ella sabía que casi todo lo que se apartaba de las cuestiones prácticas, para la gente no era más que un reloj marcando las horas a toda velocidad mientras tú no estudiabas económicas.

Su tío nunca la dejó en paz en su cabeza, y su mente planeaba algo que tenía mucho que ver con un suicidio social. Raquel comenzó a leer cómics cuando aún no llevaba sujetador. Se merendaba en pocas horas tomos de marvel e historietas underground, una pasión con la que puedes hacer que todos pongan cara de póquer durante una cena nombrando a autores y personajes mientras todos te miran asintiendo y eliminándote de su lista de gente seria. Ella sabía que no aportaba nada a nadie desde un punto de vista práctico; hablar con ella era como leer un artículo que no te interesa, o que sólo interesa a otros como tú, que al menos se dignan en no ser ellos mismos y adaptarse.

Ese fin de semana pasó y Raquel volvió a su trabajo el lunes, mientras fantaseaba con hacer otra cosa, intentando encontrar el modo de no seguir siendo otra pieza más del sentido común colectivo que convierte a la mayoría de gente en baterías de la gran máquina occidental. Anarquía pasiva; pero era mejor eso que sonreír continuamente sin ganas ante el inmenso espectáculo que forman las autopistas y las fábricas, las oficinas y los despachos; todo lo que nos convierte en hormigas en pos de un bien mayor que seguirá beneficiando sólo a futuros muertos millonarios.
Los días pasaban como en el centro de un huracán que sabes que te arrastrará en cualquier momento. Fue poco tiempo después de que la marca de la avispa desapareciera, cuando Raquel decidió investigar qué pasaba con su tío, si seguía vivo o se había tirado a la vía del tren. Su madre, a regañadientes, le contó la verdad. El cabrón seguía dando clases, vivito y coleando; hacía sólo dos años había salido absuelto de una acusación de pederastia, que Raquel no dudó ni por un momento que fuera cierta. La vida estaba diseñada para gente como él; la justicia tenía poco que ver con lo que es justo, al igual que la ropa, la comida o el sexo, también se podía comprar. No se trataba tanto de ser inocente como de tener un buen abogado que supiera confundir a un crío durante el juicio. Raquel sabía que no es que el mundo fuera mal, es que además nos habían convencido a todos de que eso era lo bueno.
La clave, según creía ella, era que se había potenciado el individualismo; como mucho concebimos a los pequeños grupos: familias, parejas, amigos. La clave era la eliminación de la unidad a un nivel global. Si no nos interesa lo que le pase al país vecino, en el fondo nos da igual que nuestros gobernantes vayan allí a matar a su gente para proporcionarnos la gasolina que hace que nuestros coches ganados a pulso arranquen en pos de nuestra merecida vida propia. Ya hubiese sido algo casual o provocado, ese individualismo se ha visto potenciado hasta el punto de crear símbolos y estandartes que hacen acrecentar un orgullo en el que anidan sentimientos más cercanos al racismo y el rechazo al extranjero, que a cualquier otro sentimiento mínimamente asociado a la comunión entre pueblos. Somos nuestra casa, nuestro barrio, la ciudad, el país. Somos blancos.
Raquel estaba convencida de que no se puede hablar en voz alta, no si crees de verdad que lo que dices es cierto. Ella sabía que toda esa mezcolanza de ideas abyectas, teniendo en cuenta esa filosofía de vida tan odiada por ella, acabarían por llevarla por mal camino, por otro camino. Pensaba que si hacía lo que quería, era muy fácil que acabara encerrada; pero también pensaba que no iba a tener más miedo en la vida del que ya tenía.

Una noche cualquiera, un par de meses después de la picadura de aquella avispa, y sin tener noticias de haber vuelto a andar sonámbula por el barrio, hizo lo que tenía pensado; algo que sabía era terrible, y hasta previsible en cierto modo, como sacado de una página de sucesos. Ni siquiera iba a ser una venganza. Quizá como mucho un desahogo. Es posible que sólo quisiera formar parte de algo, de un colectivo, pero prefería ser odiada por todos mucho antes que aplaudida. Prefería ser un referente terrible para todos los que gastan fortunas en colonia y tienen hijos porque los bebés son preciosos. Ser el Diablo era más atractivo que todo eso, aunque todo eso pudiera ser fácilmente obra del Diablo. La moral ya sólo era un juego de espejos retórico. Raquel se coló en la casa que su tío se quedó al irse su mujer; lo hizo durante la noche, con las llaves que conservaba desde su época de preadolescente. Cogió un cojín y lo apretó contra la cara de su referente occidental, el pederasta absuelto. Éste comenzó a patalear, pero su complexión delgada y la poca fuerza que tenía, hizo que Raquel cumpliera con su fantasía; el sueño real en el que no despertó sin saber si él había muerto. Se incorporó en la cama, encima suyo, y después de haberlo asfixiado, continuó sintiéndose contraria a la pena de muerte, amable, sincera, y alguien totalmente fiable. Acababa de llevar a cabo su acto estrella de hipocresía. Acto seguido sintió un alivio extraño, se sintió una más, y navegando en su contradicción decidió que ya estaba preparada, que al día siguiente por fin podía llamar al chico que le gustaba, su primer amor de verdad, lo cual hacía un mes que no la dejaba dormir.

[Heath Ledger está nominado al oscar; no creo que sus compañeros de categoria crean que tienen alguna posibilidad. Es cierto que su muerte hace que su Joker parezca incluso más macabro, y que quiza si el actor siguiera vivo, puede que ni estuviera nominado. Pero lo que está claro, es que este tío hace en El caballero oscuro una de las interpretaciones más extremas y salvajes que servidor ha visto. El video es la escena del interrogatorio, (y espero que la película se reestrene como dijeron algunos que pasaría antes de los oscars)].

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13 comentarios en “Enamorada

  1. Me ha dejado un poco frío este texto, Jordim. Me parece que no está lo suficientemente cuidado y lo veo un tanto panfletario y aleccionador.
    Al principio me enganchó con ganas la faceta sonámbula de la chica e intuí mucho filón en esa beta (la primera frase es de un tirón buenísimo). Después comencé a leer algo parecido a un manifiesto, a las declaraciones de un posicionamiento social más explicado que narrado, más explícito que sugerido.
    Casi tirando a ensayo novelado, vamos. No me gusta tanto como los anteriores.

    Saludo cordial.

  2. Bueno, en cuanto al calificativo de panfletario, el relato es así por una razón concreta, pero no voy a justificarlo porque entonces tendría que explicarme en todos los relatos y esto no tendría gracia. Puede que simplemente no haya sabido transmitir lo que yo quería, que tiene que ver con todo ese desarrollo de ideas y el final del texto.

    Saludos a todos.

  3. Confieso que, en cierto modo (y salvando el hecho de “cargarte” a alguien- no creo que fuera capaz), los sentimientos de Raquel pueden ser fácilmente comprendidos y compartidos; nunca quise pertenecer al “club del redil”, por lo tanto a veces veo el mundo como el que ve una peli…

    Me ha gustado la forma de describir al personaje y de ir introduciendo al lector poco a poco en el relato y sus sentimientos.

    Yo también voy a hurgar en tu blog, jajaja! Besos

  4. Cuando llegó al bar, se lo encontró en una esquina del mismo. Quedó sorprendida porque nunca lo había visto por allí, fuera tampoco. Lo saludó. Luego, a solas, pensó en las palabras que le había dirigido, ¿habrían sonado vacías, cálidas, altivas, casquivanas…? Ays, las palabras; no sólo hay que tener cuidados con ellas cuando se entonaban sino también al escribirlas.

    Decidió investigar, dio con su guarida y…

    -Hola, ¿qué tal? Como ves, me he tomado la libertad de servirme una copa mientras te leía.

  5. Partes del texto pueden ser más o menos panfletarias en función de los gustos del lector pero esta frase vale oro:

    “Raquel sabía que no es que el mundo fuera mal, es que además nos habían convencido a todos de que eso era lo bueno.”

    Declaro mi k.o. técnico. Saludos.

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