Archivos Mensuales: enero 2009

Abrirse

Ha llamado una chica a casa; se presentó y dijo que no me conoce y que no quiere verme ni nada parecido, que ha encontrado mi número en la guía y que si sería capaz de mantener conversaciones largas sin tener demasiado en cuenta su sexo. Ha dicho que ha probado con más de diez personas y, o colgaban sin más, o sólo pensaban en quedar con ella en un bar o en un hotel de dos estrellas. Me he quedado en silencio y le he dicho que si no ha llamado a mujeres. Y ha dicho que no.
Motivos terapéuticos, ha dicho; y que por Internet enseguida te piden fotos y que sus tetas no ayudan. Por demasiado atrayentes. Las mujeres, ha dicho, en fin, no tenía una buena experiencia con las mujeres, y ha alegado que los tíos no cuelgan enseguida; escuchaban durante un rato y por más que les dijera que no siempre veían una posibilidad de meterse en sus bragas. Tiene razón, he pensado yo. Cuánta razón tiene. Y ha seguido hablando mientras yo concluía que si bien sus tetas seguro que condicionarían la charla, su voz tampoco ayuda nada, y más sabiendo ya lo de las tetas. Por alguna razón no he colgado o la he tomado por loca; me ha parecido original eso de querer mostrar sólo su estado de ánimo o sus ideas, de persona a persona, sin nada más que alma y apoyo moral mutuo. Lo lógico sería pensar en que alguien me quiere investigar, sacarme información porque debo parecerme a alguien sospechoso de estar metido en líos, drogas, algún asesinato, redes de pederastia… Ateniéndome a la lógica aplastante de las putadas que te puede hacer la vida, hablar con esa chica tiene que conllevar algo terrible, acabar entre rejas por error o como mínimo inmerso en una gran decepción de las que te hacen recluirte en casa durante meses a salvo de la gente, saliendo sólo para ir a trabajar para poder comer. Ésa conclusión he sacado una vez le he dado el teléfono de mi móvil y le he dicho que podía llamarme cuando quisiera.

Al día siguiente ha vuelto a llamar, a eso de las siete de la tarde. He decidido que hablaré con ella, que de todos modos no tengo nada terrible que esconder del pasado, y que la chica de momento no parece estar más loca de lo que lo estamos todos los demás con nuestros trabajos de paso eternos y nuestros planes de estar asentados de verdad algún día. Como si la vida no fuera de paso y la lógica interna en un futuro pudiera mantenernos totalmente a salvo de ella.
Ha hablado un buen rato sobre sus preocupaciones de treintañera soltera. Sola. En su piso. Treinta años. Sola. Su voz. Las tetas. La objetividad no existe, ni nada parecido. Me ha dicho que de momento se siente cómoda hablando conmigo, y que parezco escuchar de verdad. Que le han tirado los trastos en el trabajo y que ha sido su gerente. Que está pensando en teñirse de rubia. Y que aún recuerda el día en que descubrió que su padre sólo era un tío normal que apenas podía llegar a fin de mes con una familia productora constante de basura y con necesidades siempre ligadas al dinero. Me ha hablado un buen rato del dinero. Y de cómo hace diez años su padre se hizo la vasectomía en secreto y su madre dejó de hablarle durante más de dos meses. Porque un niño más significaba más dinero y tener una hija ya era más que suficiente.
Durante las dos primeras charlas apenas he hablado. He sido más como la pared de un frontón o un psicólogo de los que se limitan a asentir y tomar apuntes.

La cosa se ha empezado a ir de madre durante el tercer día, cuando al margen de sus relaciones y su piso de alquiler y los problemas comunes de la humanidad no tercermundista, ha comenzado a hablar de sexo. Ahí ha sido cuando de golpe me he encontrado no tanto con una confidente sincera como con una línea erótica gratuita. Esto es así, si has nacido mujer debes saber que normalmente no será fácil dar con un eunuco que te escuche; dado que mi gran problema, una vez ella ha comenzado a tocar ese tema sin ningún pudor, ha sido que tengo polla. Y testículos, claro. Generalizando -y tratándose de sexo ya es mucho decir-, no es que haya hombres que estén salidos, es que hay muchos que lo saben disimular muy bien. Esto viene a ser la versión masculina de la chica que se reconoce depredadora, algo nada habitual. Esos anuncios de colonia en los que se ve a tíos sin camiseta y a chicas desnudas detrás de una tela transparente que flota, no son casualidad.
Así que la confidente, día a día, no ha parado de hablarme de sus trucos, de las ideas que se le ocurren para seguir siendo soltera sin dormir nunca sola. Para cuando han pasado siete días, he comenzado a escucharla con el teléfono en una mano y el pene en la otra. Y no es que me pareciera pura provocación, pero cualquier tío que haya escondido porno alguna vez te dirá que sí, y que si ella no quería verte, por lo menos podía ahorrarse esos detalles. Una chica no puede decir un día que quiere ser transparente al margen de su condición sexual, y al día siguiente comenzar a hablarte del orgasmo espinal. De cómo disfrutó cuando descubrió que su último ligue sin cara ni nombre sabía usar los dedos. Hay tíos que, de hecho, justificarían la violación en estas circunstancias. Así que, Soltera, Sola y Ninfómana. Y transparente. Y lo único que quería era abrirse con alguien. Y es doloroso no tener casi nada que aportar mientras ella te habla de cómo a veces llega a desmayarse mientras la follan. Así se expresa: Follar, Chupar, Polla, Coño, Mojada, Venas, Correrse, Puta, Macho, Cabalgar… Uno al final no puede contenerse. Imagina a una de esas locutoras de radio recién salidas de la universidad reconociéndote que no puede pasar veinte horas sin una polla. Te dan ganas de dar todos tus ahorros a una factible asociación de eunucos sin fronteras; te apetece aporrear las puertas de las casas de esas familias que castran a sus mascotas para hacer que justifiquen esos paseos de media tarde con susodichos animales de compañía por parques llenos de atractivas perras. La crueldad humana no conoce límites.

Al cabo de dos semanas le digo que ya está bien, que se ponga las bragas telefónicas y deje ya en paz a mi imaginación. No es justo. Uno puede ser el mayor capullo del mundo y más o menos ir tirando, pero esta situación ¿dónde te coloca? Eres el rey de los capullos, peor que ese tío que cada sábado pretende canjear cubatas por coños. Así que interrumpo su monólogo sobre su último polvo, mientras me está contando que ya practica el anal sin problema, y le digo que pare. No soy un cura, ni su amigo gay ni su matrona de confianza; a mí no se me puede estar hablando de continuo sobre sexo guarro sin esperar una reacción. Ni a mí, ni a cualquiera que tenga polla, le digo.
Se hace un silencio, y se corta la comunicación.

Lo reconozco, luego durante unos días la echo extrañamente de menos; pienso que realmente no tenía mala intención, y que si soy un cerdo, por más que la mayoría de los tíos lo sean, eso no me excusa. Aunque tampoco le restaré importancia a su papel en todo esto; desde luego no es muy usual que una mujer te diga guarradas sino es mientras te las hace, o porque quiere hacértelas; es decir, el concepto “calientapollas”, tan socorrido, en este caso, por muy involuntario que pudiera ser, era obvio, joder. Pasan los días y nadie llama y se me hace extraño por la noche estar haciendo otra cosa que no sea cascármela vía telefónica con la chica sola. Es como cuando abres el periódico por la página de los anuncios eróticos, pero al revés. Todas esas fotos y esos números de teléfono para sacarte la pasta; esas gemelas asiáticas, los masajes con final feliz, las prostitutas que prometen belleza que no tienen, las supuestas divorciadas, casadas infieles o recientes, supuestas adulteras por puro morbo… Toda esa historia sexual ideal falsa, aunque sólo fuera por vía telefónica, en mi caso era real. Era gratis. Y aunque ella no quisiera ni verme, era ella la que llamaba cada día, y no fingía, ni parecía mentir u omitir ningún detalle; además, era inconsciente de que con todo lo que decía no podía hacer más que conducir toda mi sangre hacia el mismo sitio, de tal forma que ni podía ponerme unos pantalones. Era, en definitiva, la mujer ideal del pajillero medio, mejor que el cine porno, que las guarradas de Internet y los “gato por liebre” de los periódicos.

Un mes desde la última llamada. Es cierto que tengo una vida: familia, trabajo, amigos y novia. El círculo completo, la perfección moderna urbana. Pero todo eso no me gusta, me aburre (y vale, ya sé que no soy especial); me he dado cuenta de que la existencia es mejor cuanto menos se parece a la vida. A vivir. La vida es dura. Pero no vivas, existe. Y existe como quieras. Estás en el mismo escenario que los demás, pero por si no te has fijado es todo de madera, inflamable. Sólo necesitas cerillas. Déjate llevar por el romanticismo anárquico de vez en cuando, es liberador, yo muchas noches planeo hacerlo un rato antes de irme a la cama prontito para poder madrugar.
El motivo por el que no tengo afinidad con, por ejemplo, mi novia, es que durante las llamadas de aquella chica, me di cuenta de que sólo le hicieron falta un par de horas para abrirse de verdad, aportando lo bueno y lo malo sobre sí misma. Y supongo que no hace falta que siga explicándome. No se trata tanto de que la gente te cuente sus secretos, como de que no sean éstos los que les definen. Gato por liebre. Y pasado un mes desde la última llamada, me doy cuenta de que llamé calientapollas a la única persona que no se ha limitado a mostrarme sólo su perfil bueno.

Tres meses. A esto mucha gente lo llama enamoramiento. Ni que decir tiene que intento hablar con ella, pero no descuelga. Pasado todo este tiempo aún no quiere aceptar ninguna disculpa. No sé dónde vive; por lo que sé podría haber muerto y jamás me enteraría. Tengo su nombre de pila y un montón de anécdotas comunes. Y tengo sus confidencias sexuales, pero ésas sólo sirven para una cosa. Esto es como intentar ponerle cara a Dios. Mi novia dice que he cambiado; ahora, justo cuando estoy comenzando a ser yo mismo. Mis padres no se enteran de nada, ni ganas; y mi vida es igual que durante las llamadas, pero sin gracia, sin recompensa al final del día. Sólo intento no olvidar, no claudicar y hacer alguna estupidez, como establecerme o casarme. Joder, dadme todas las estadísticas, ese tipo de conductas sólo funcionan bien en periodos de posguerra, o hace dos siglos, o cuando tu abuela se casó joven para poder abrirse de piernas de una vez por todas.
No condeno una unión sincera con firmas y contratos, pero ahora quiero tanto a mi novia como a mi tío el de Albacete; y no soporto a mi tío el de Albacete, cada vez que hablo con él tengo la sensación de que debe haber salido de entre las líneas de un paso de cebra, de entre los ceros de una nómina; no puedo imaginarle si no es contando chistes malos o hablando de su trabajo. Es la clase de persona que en el fondo odio con toda mi alma; porque la mayoría son así, y porque sólo hay que pararse un momento a pensar para deducir de qué coño hablo.

Cada vez que veo a una chica por la calle especialmente bien dotada a nivel pectoral, creo que es ella. Sobre todo cuando es guapa. Soy un misógino, todos los somos hasta cierto punto. Soy como esa gente que habla de amores que te marcan para toda la vida; pero esa gente llegó a tirárselos, a salir con ellos, aunque sólo fuera un puto verano adolescente. Lo mío se parece más a una religión que a una historia de amor. Fe ciega. Como si conocieras a alguien por Internet sin haberos visto el careto y quedarais para veros en diez años. Una mierda enorme. La muralla china de las mierdas. Tu vida asquerosa e infeliz como otra de las edificaciones creadas por el ser humano que se pueden distinguir desde el espacio. Y yo sigo llamando por teléfono y al otro lado sigue sin haber nadie. A estas alturas ya debe pensar que soy un psicópata, o que quiero quedar con ella; cosa que, teniendo en cuenta que me muero por quedar con ella, si contesta, puede suponer un buen problema. Se ha metido en mi cabeza como un virus en un ordenador; no hay nadie que me guste, nadie que vea por la calle; sólo un timbre de voz me separa de la mediocridad de la vida y de la gente, de los escaparates y las perfumerías y las puñeteras tiendas de ropa atestadas de adictos al Dinero; infelices por dentro y atractivos por fuera; la chicas que no conocen más que la moda de personalísimo gusto y un buen novio como complemento ideal, y los tíos que correrían hasta vomitar con tal de tener buena pinta sin camiseta. Dadme la ruta alternativa más apestosa y llena de mugre e interrogantes, quiero salirme de esta eterna autopista nueva recién pintada.

Diez meses. He perdido unos diez kilos y mi novia dice que he cambiado por completo, que ya no soy aquel gilipollas que pensaba que ella valía la pena. Bueno, no lo dice así; para ella aquel tipo era encantador, aunque fuera poco más que una polla respetable y un perchero más en el Zara. Tiene más cuidado con su estuche de maquillaje que conmigo. Piensa que por tener su armario impecablemente ordenado también pasará eso con su cabeza, y hasta con la mía. Son detalles a los que antes nunca les daba importancia, porque eran normales, me parecían rutina. Pero cuando te das cuenta de que para la persona son esos detalles los que cuentan, por encima de la mayoría de teorías y pensamientos y razonamientos; por encima de la historia y de la tragedia y del último atentado terrorista, y por supuesto por encima de mí; entonces, es cuando tienes la certeza de que no se trata de no ser descuidados, o de ser detallistas, o de hacer ejercicio, sino de que, para muchos, sólo se trata de eso. La vida se reduce a eso. El secreto para seguir limpio y seguro y decir memeces como que no te arrepientes de nada, es mirar las cosas desde muy cerca, tanto que tu atención sólo pueda captar los detalles más ínfimos, para así poder evitar tener que verlo todo con perspectiva. Y ya sea con la obsesión por el orden, o por tu coche, o tus bíceps, tu móvil, etc… sólo con eso ya tienes mucho ganado, y poco importa si los demás pierden.

Nunca más he vuelto a saber nada de la chica del teléfono, de la ninfómana sincera, el amor de mi vida interrumpido por mi estupidez a favor de la plataforma pro orgullo. Es cierto que de conocerla todo podría haber sido un fracaso, pero prefiero quedarme con la versión de cuento de Hadas.
Justo un año después he decidido dejar a mi novia, la cual está convencida de que me estoy echando a perder. Y quizá tenga razón, pero su concepto de lo que son las cosas, su forma de sentir y de arrastrarse por estos mundos abandonados por la reflexión, no son la idea de lo que yo entiendo por una persona cuerda. He hablado con ella en plena calle y le he dicho con un montón de frases hechas y en su idioma, que se acabó. Luego ella me ha dicho si es porque he conocido a alguien más. Y yo le he dicho:
– Sí, me llamó una chica. Me dijo que te dejara.

[Para quien no lo conozca, Michael Bay es el director de películas como La roca, La isla, Armaggedon o Transformers; un tipo que siempre busca el taquillazo, y que suele conseguirlo, incluso con bazofias como la ya mencionada La Isla o Dos policías rebeldes 2. En el video, bastante bien montado y con gracia, se mofan de dicho personaje, que además suele mostrarse bastante altivo y chulesco en la entrevistas, lo cual no le hace ganar muchos adeptos entre los cinéfilos. Atención además a la mención a Gus Van Sant, algo así como la antitesis de Bay; y ojo al momento conversación telefónca del clon de Bay con su productor de siempre, Jerry Bruckheimer. Está en inglés, pero el concepto se pilla fácilmente. Y aprovechando la ocasión dedicaré la foto a Megan Fox, que forma parte del reparto de Transformers y que se ha operado los labios (!!!”·$%%&·%/%!!!!$%&$!”!!!!!!). La foto es preoperación (a su favor hay que decir que por lo menos no le han hecho un estropicio, pero mirad y contadme si hacía falta algún retoque ahí…)]

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Irene B-5111

Irene, ante los demás, se consideraba a sí misma la guardiana de su portal, en turnos de veinticuatro horas, incluidos los fines de semana. Una cuestión meramente vaginal; no era conservadurismo, era su tendencioso rasgo característico; ella siempre decía que si no dejabas entrar a cualquiera en tu casa no ibas a dejar que todos los tíos simpáticos que te cayeran medianamente bien entraran en tu coño. Además, añadía, no todos ellos son unos genios en ese sentido. No se trataba de evitar que la llamaran zorra, decía; simplemente, si la dejaban en paz ella prefería ir un paso por delante. Con el sexo nunca ha habido término medio, si eres mujer o eres estrecha o eres una puta. Y ser normal es aburrido. Había tantas capas de moral humana que ya era difícil encontrar una película comercial en la que alguien enseñara las tetas o fumara. Irene perdió su trabajo como profesora de enseñanza primaria por decirle a sus alumnos durante las tutorías que no hicieran demasiado caso del discurso sobre lo que es correcto y lo que no: “Según todos, todo es nocivo, todo cuanto te dicen que no hagas o pruebes perece formar parte del plan absurdo de una sociedad que está empezando a creer más en cierta realización interpersonal de diseño que en la libertad, y donde cosas como la violencia en una película o algo de humo en un bar parecen tener que provocar que nuestra opción de ser nosotros mismos se vea irremisiblemente coartada de alguna manera. Al final, alguien que se considera sano y orgullosamente a salvo de cualquier vicio, tiene el mismo problema en un bar de fumadores que un fumador que se tiene que salir a la puerta de un local de no fumadores cinco minutos para poder seguir con su vida. Y ambos morirán bajo prácticamente el mismo factor suerte, si pueden de viejos y con un montón de recuerdos que desearían no tener y otros por los que se enorgullecerán de su vida. Lo de que la libertad de uno acaba donde empieza la de los demás debería funcionar en ambas direcciones.”
Así se despachaba Irene durante sus tutorías de los viernes, durante el hueco que dejaron las clases de religión que la escuela dejó de impartir.

Eso no es ética, dijo el director. Irene fue despedida porque una de las alumnas habló distendidamente con otro de los profesores. Se consideró que hacía “apología de las drogas”. El director del colegio sacó unos papeles con las estadísticas de muertes anuales por culpa del tabaco. Blandía sus pruebas incriminatorias delante de ella en su despacho y hablaba sin parar del parque lleno de jeringuillas que había apenas a dos manzanas del colegio. “¿Qué es exactamente lo que pretendías, Irene?”, preguntó.

Irene llegó a casa, a su piso de soltera creíble recién licenciada. Se miró al espejo y pensó en cuándo la gente empezaría a preguntarle si se había retocado. Quizá en cuatro o cinco años.
El postramiento y la inactividad estaban contraindicados entre humanos. Al día siguiente tendría que salir y encontrar otro trabajo; quizá otra vocación tal y como lo llamaban ellos. El atrezzo de la casa con el tiempo ya apenas la preocupaba, la nevera vacía y los cajones y la cama siempre hecha. Hacía como un año que no llevaba a cabo ningún ejercicio social. Su condición en su ficha era la heterosexualidad, pero llegó a tener dudas sobre si no se sentiría más a gusto abrazada a una mujer, ya que esa era la única sensación de bienestar que ella podía apreciar de entre todas las cosas que hacían los humanos en la cama. Los hombres apostaban a menudo por la brusquedad, aunque quizá fuera porque eso les gustaba a ellas. Los ejercicios de análisis social del comportamiento humano llevaban a menudo a difíciles encrucijadas y contradicciones; no había parámetros globales claros dentro de una lógica a seguir para ellos, aunque muy en contra de esa realidad ellos estaban muy convencidos de que el orden existía, ya que a la hora de actuar no concebían más mundo del que podían atisbar mirando desde sus ventanas. Irene también dio cuenta del alto grado de facilidad para las comunicaciones de la parte tecnológicamente desarrollada en los lugares de la Tierra de fácil acceso a la alimentación y paz territorial, a menudo tan sólo circunstancial. Finalizada su etapa como profesora debía plantearse otra vida, decidir qué software se instalaría para poder desempeñar sus nuevas labores. Desde la nave nodriza llegaban noticias por radio de que ya se meditaba la opción de la extinción forzada según el MP (Mandato Planetario). Pero ella de momento sólo podía seguir con su trabajo.
Por las noches se hacía un corte en el brazo derecho, y con una aguja rellenaba sus cables del nitrato de calcio líquido que necesitaba para pasar la noche y el día siguiente entero; después se limitaba a yacer en el sillón de su comedor para calibrar el flujo de información televisivo mientras su brazo se regeneraba. El proceso de aprendizaje para la adaptación a cada nueva especie no era muy agradecido; normalmente cuando Irene se acostumbraba a su nueva vida, la nave nodriza volvía a reclamarla para otro trabajo después de haber testado el planeta que fuera, cuya valoración negativa conllevaba el exterminio inmediato del susodicho, o más bien de su especie, dejando así que el lugar deshabitado volviera a generar vida en el futuro si la naturaleza del mismo así lo decidía. Las políticas duras establecidas no convencían a Irene; pero lo bueno, y para ella hasta divertido, era que cuando llegabas a un nuevo planeta era muy fácil adoptar sus formas y comportamientos con la ayuda del equipo de cirugía de la Altamar 313, y hacerles creer que eras uno de ellos; el sentimiento más habitual en los planetas habitados por inteligencias autoproclamadas superiores era el escepticismo. Todas las civilizaciones con las que ha trabajado Irene piensan que están solas en el universo, o en todo caso que, si no lo están, es imposible que otra especie pueda llegar de fuera para invadirles u observarles; y mucho menos imaginan a alguien como ella, híbrido de tejido de Altamar (indistinguible con el humano) y mecanismos de fábrica intercambiables. A Irene le chocaba la inmensa capacidad de imaginación de los humanos, y cómo ésta contrastaba con su lentitud para los avances científicos a la vez que eran capaces de creer en seres mitológicos redentores salidos de sus propias mentes en el pasado que, según ellos, seguían en algún lugar extraterrenal cuidando de que todo siguiera cierto orden como objetivo de un inapelable plan divino. Un descubrimiento el de la fe bajo adoctrinamiento que a Irene ya no le sorprendía, ya que era habitual también en otros planetas. Sólo que, en los humanos, dados los contrastes en cuanto a contradicciones, potenciación de la ignorancia en favor del poder y la casi nula conciencia de la distribución de la riqueza, había una inmensa capacidad de jactación alimentada por un egocentrismo que no parecía conocer límites; actitud ésta, en la que Irene veía que dichos seres parecían estar estancados para siempre.

Irene se auto programó para la misión en la Tierra como una mujer siempre en busca de la teoría que hiciera temblar los principios básicos que los humanos creían lógicos para vivir en paz con ellos mismos; algo que había obtenido buenos resultados en el pasado, consiguiendo hacer cambiar el rumbo de otras especies o por lo menos habiéndolas hecho aptas para la hibridación. Y realmente en ese planeta era tan sólo, y de forma individual, con ellos mismos con los que querían vivir en paz. Irene había conocido otras especies con capacidad de espiritualidad, pero en la Tierra esto no sólo había sido pasto de minorías; en la Tierra habían muerto millones por la causa; tan convencidos de que iban a conseguir algo llamado “la salvación de sus almas” y tan aterrados con la idea de la muerte, que eran capaces de agarrase a cualquier estribo por débil o falso que resultara desde un punto de vista libre de dogmas mucho más allá de lo tangible. Dados a ciertos rituales sangrientos -algunos incluso captadores de masas-, y también aficionados hasta sentir cosas cercanas a lo que ellos llaman amor por las competiciones deportivas arraigadas en su historia, los humanos parecían tener totalmente atrofiado su sentido de las prioridades, dando una importancia exagerada a ciertas facetas de su vida en detrimento de otros placeres y actividades a priori mucho más ricos e interesantes. A Irene le bastó con dos semanas de investigación intensiva en la Tierra para confirmar hasta qué punto la autodestrucción es la tradición universal más arraigada de la existencia.
Ella es el modelo B-5111, y junto a las otras Irenes se dedica a testar los planetas en busca, entre otras cosas, de un lugar feliz. La inmortalidad del androide no es sino un lastre cuando no hay nada en el universo a lo que poder llamar hogar. Al pensar en su planeta, Altamar, recuerda cómo hasta que la I. A se hizo presente todo estaba abarrotado de una especie, por cierto, muy parecida a la humana, su anterior condición de ser cien por cien carnal. Recuerda cómo un día en su habitación de veinteañera asustada y sola en el universo junto a sus iguales, aquellas dos máquinas entraron agujereando la estancia y la hicieron sufrir con sus púas y bisturís, sus herramientas, una de las cuales hasta saltaban chispas en el contacto con los huesos de sus propias costillas, o eso recuerda ella. Recuerda cómo al paso del tiempo se sintió tan agradecida a su nueva condición de híbrido como para embarcarse en estas misiones de repoblación espacial, sólo para ocupar unos días en los que ya no necesitaba comer o hacer ejercicio.
Al observar la especie humana sólo necesitó unas horas para establecer sus certezas: no tenían proyección de desarrollo para merecer una condición de híbridos, y al matarlos nadie sería más cruel de lo que son ellos al sacrificar a un caballo herido.

Irene se auto instaló un software que incluía habilidades para la carpintería y la jardinería. Harta de espacios cerrados y ese ruido característico que los humanos no pueden evitar hacer gritando entre ellos cuando hay muchos juntos, consiguió trabajar para el ayuntamiento de una ciudad, arreglando jardines, recortando setos, y nada segura de si la vida sobre la faz de la Tierra se acabaría en unos días o en unos años. En cuanto recibiera órdenes de arriba, tendría veinticuatro horas para empaquetar sus reservas de nitrato de calcio y los recambios, montar en su cápsula y despegar hacia la nave nodriza Altamar 313, junto a las otras novecientas noventa y nueve Irenes y sus cápsulas destinadas en el planeta.
Después, desde una de las ventanas de la nave, muy parecidas por cierto a las de los submarinos humanos, contendría su falta de aliento hasta ver cómo con un solo misil sobrante de los viejos conflictos de su planeta otra especie perdía su oportunidad de haber sido digna de vivir.
Pero de momento eso sólo era una posibilidad; muchas especies con rutinas de comportamiento similares a la humana habían conseguido su derecho a ser híbridos con el tiempo. El proceso de hibridación consistía en moldear con la tecnología lo que la especie por si sola no había conseguido perfeccionar para una convivencia global sostenible. Los estudios confirman que, una vez superado el trauma de la incredulidad inicial, cuando superas el día de la operación al asalto y te ves a ti mismo en un espejo y te acostumbras a oír los mecanismos de electricidad e inyección de tu cuerpo, cualquier especie mejora a la larga. Lo suficiente para respetar a sus allegados a nivel global y adoptar costumbres idóneas para la adaptación a la inmortalidad y a la idea de que reproducirse ya no será posible. Los planetas lo agradecen, la naturaleza lo agradece, y a largo plazo hasta los organismos vivos lo agradecen.
Irene llevaba más de trescientos años en cálculo humano de convivencia con su condición de híbrido; había testado más de cincuenta planetas junto a las otras híbridos dedicadas a lo que ella consideraba un noble oficio de actualización de las especies a la vida moderna. En ocasiones podía trabajar junto a Irene B-2200, o con el modelo A-9000, con las que tenía una amistad que se alargaba desde hacía más de cien años. Pero por lo general, todas tenían que trabajar solas, esparcidas por los distintos puntos y clases sociales de cada nuevo destino.

Irene había aprendido con facilidad varios de los idiomas de la Tierra, se había adaptado a sus costumbres en cuanto a lo que ellos llamaban horarios: zonas temporales restringidas con las que ellos se sentían más seguros. Era tal la soberbia humana, que no sólo habían cortado el tiempo en rodajas, sino que además habían supeditado a éste absolutamente todas sus labores, ya fueran profesionales o personales. Seguros de que con dichas premisas en cuanto a su amado orden todo sería más fácil, asentaron su integridad y orgullo en metas asociadas casi siempre a objetivos que tuvieran que ver con todo lo tocante a la posesión, ya fuera de objetos o incluso de otros seres humanos. Su sistema de reproducción partía de lo que ellos llamaban: relaciones sexuales. El sexo, claramente placentero según la experiencia de Irene en sus ejercicios sociales, conllevaba para los humanos tantas contradicciones que de describirlas se tardaría bastante en poder calibrar al final hasta qué punto la humanidad es absurda cuando se trata de valorar las ventajas y desventajas de su forma de reproducción. Por un lado son capaces de pagar a cambio de sexo por placer, pero por otro lado, sus costumbres alimentadas por la tradición alimentada a su vez por las creencias religiosas, hacen que ni en la vida privada ni en los medios de comunicación el sexo sea considerado como algo normal, sino como algo sobre lo que no debe debatirse, no fuera que así pudiera acabar viéndose como intrínsecamente natural a ellos.
Irene había observado cómo estos seres no sólo tenían auténticos problemas con cuestiones sencillamente naturales como sus propios cuerpos desnudos, las relaciones o la forma de mostrarse entre ellos, sino que además eran capaces de dividirse en grupos y alimentar miedos de una forma poco menos que escalofriante. Xenofobia, racismo, afinidad a diferentes equipos en competiciones deportivas… Todo lo tenían etiquetado. Y no sólo había rivalidad por las diferencias; además parecía haber una competición de una mitad del mundo con la otra por acaparar los recursos naturales y todos los bienes materiales posibles. Después de su experiencia como profesora, Irene llegó a la conclusión de que el microcosmos de su clase, con niños egoístas, materialistas y ambiciosos debido -creía ella- a sus edades, en realidad era representativo de lo que también pasaba a escala mundial: el niño fuerte que abusa del débil, los cuatro gamberros por los que toda la clase paga en los castigos, etc…

Irene antes se había llamado Kropka, Aliss, Medelux, y de muchas otras formas en otros planetas junto a todas sus demás compañeras de juicio final. En definitiva era simplemente el modelo B-5111; cosa que al principio le resultó frío y dominante, como si para las pautas de su empresa en la vida extraplanetaria sólo fuera un dígito, lo que para los humanos sería un Dios a tiempo completo, una obrera explotada.

Al cabo de tres años se recibió el aviso oficial. A los humanos se les había acabado el tiempo. Pasa con todos los planetas de cierto recorrido histórico. La paciencia de los ordenanzas en la nave nodriza suele durar poco más de tres años, o a lo sumo cuatro, se podía calcular. Los informes Irene transmitidos por radio habían sido siempre desastrosos. Para Altamar 313 la Tierra era poco más que basura espacial, un planeta de posibilidades infinitas ocupado por una especie en constante proceso de masturbación, sin proyección de verdadero altruismo o paz en la mayor parte de su territorio como pasa en otras civilizaciones. Su desarrollo tecnológico, aunque constante, era lento; pero su evolución como especie se reducía a eso; mientras en territorios parcialmente regulados y controlados la gente podía aspirar a ser feliz con un equilibrio de humanidad y poder personal, en otros lugares las guerras jamás tocaban a su fin y la hambrunas y los intereses ajenos hacían menguar a sus pueblos. Esbozos de una especie que para el MP era totalmente insostenible, y además estaba ocupando un espacio en el que quizá otros seres vivos de organismo similar podrían convivir de una forma realmente digna y duradera.

Así que el modelo Irene B-5111 empaquetó sus enseres personales y despegó en su cápsula, en la que pasaría una semana, y en la que para cuando llegara a Altamar 313, ya tendría asignado otro nombre y otro planeta.
Para su disgusto, no pudo llegar a tiempo a la nave nodriza para poder ver con atención el destello de destrucción de la humanidad. Pensó en algunas de las personas a las que había conocido, y se preguntó cuántos de ellos hubiera salvado si hubiera estado en su mano.

Pasado un tiempo, poco antes de ser avisada para emprender otra misión de análisis, el modelo B-5111 topó con el A-9000, otro híbrido con más experiencia que ella, y vieja amiga. Todos los híbridos tenían un aspecto similar; los rasgos femeninos eran parecidos en muchos planetas carentes de especies hermafroditas destacadas, y cuando se diseñó la patrulla de exploración espacial, cuyo último trabajo había sido el test Irene, se decidió dar un aspecto amable a todos los híbridos, cuya mayoría de componentes eran de Altamar, y tenían el aspecto de una fémina de no más de veinticinco años, delgada y de gesto amable, cuyo patrón se había acentuado más que nunca después de la misión en la Tierra.
B-5111 y A-9000 se saludaron efusivamente en la zona de recreo de la Altamar 313: un recinto bien iluminado, amplio y acogedor donde todo el que quisiera podía simplemente postrarse en unos cómodos salientes acolchados con vistas al espacio, o recargar sus baterías con la dosis diaria de nitrato de calcio.
Las dos híbridos se sentaron con vistas al vacío, y A-9000 le dio el pésame a su amiga. B-5111 había perdido a su familia en un viaje de recreo a Marte mientras ella aún tenía un año por delante como Irene. Se pasó varios días lagrimeando, y tuvo que administrarse durante un tiempo más dosis de nitrato del aconsejado, lo cual entre androides se considera poco menos que drogadicción.
Las dos perfectas imitaciones de la veinteañera tipo charlaron durante horas. B-5111 le preguntó a su amiga qué impresión le habían dado los humanos. Y A-9000 le contestó:
– No sé, algunos tenían formas agradables.
Las dos se quedaron en silencio, mirando en la dirección en la que se podía ver la esfera azul a lo lejos; la cual ahora tenía un tono tirando a marrón.
– Tierra 0 – murmuró A-9000 – ¿Te apetece un poco de nitrato?

[De pequeño el único tipo de películas que me iba eran las de acción, supongo que como a todos los niños. Me daba igual si la película era de artes marciales, de tiros, bélica… El caso es que el contador de extras acribillados o sacados de plano de una patada fuera subiendo como la espuma. Un tipo de cine que por cierto ahora también me gusta cuando no me apetece ver nada demasiado cerebral. Ahora mismo Prachya Pinkaew es un director que es al cine de hostias lo que Arguiñano a los programas de cocina. Dirigió “Ong Back” (tomad nota los que os vaya este rollo), y ahora tiene nueva película: “Chocolate”. La fórmula es aparenemente fácil: una trama simple y actores dispuestos a romperse la crisma en cada escena de acción. En el video, el trailer de “Chocolate”.]

THAILAND-ENTERTAINMENT-FILM-WOMEN

Teolópolis

En lo referente a todo lo que tiene que ver con espasmos posorgasmo, Rafa decía que lo primero era asegurarse de que la chica no cayera de la cama o se diera algún golpe en la cabeza. Rafa usaba los dedos medio y anular para masturbar a sus ligues; decía que bastaba con coger el truco y en pocos segundos podías llevar a cualquier mujer al borde del desmayo. Ésa era la peculiaridad de Rafa.
En cuanto a las tarrinas de vainilla, Aarón decía que no había muchas personas capaces de captar de verdad su sutil sabor, alejado del tosco chocolate o la sobrevalorada nata. Aarón había ganado otro trofeo durante las fiestas de su barrio, sin duda su especialidad; carreras de sacos, torneos de ping pong…, o como en la última ocasión, un concurso de comer tarrinas. Ésa era la peculiaridad de Aarón, su competitividad.
Lo que hacía especial a Celia era su obsesión por las tetas. Siempre alegaba no ser lesbiana, pero decía que no podía evitar sentir atracción por los pechos de las otras mujeres, lo cual, había provocado más de un malentendido.
Y finalmente estaba Hada, cuyo detalle diferenciador era su aspecto. Y su nombre. Hada era rubia, albina, con esa piel que enseguida se quema en la playa. Hada odiaba llamarse así, decía que no intentáran entenderla, pero que pagaría mucho dinero por tener la piel morena y un nombre común.

Así que estaban Rafa, Aarón, Celia y Hada. Se reunían en casa de Rafa una vez a la semana y charlaban sobre sus asuntos; un modo de terapia que consistía sólo en decir la verdad. Los cuatro sostenían que los psicólogos tan sólo te dicen lo que en el fondo ya sabes, pero cobrando y con más vocabulario. El primer día que se reunieron, cada uno tuvo que decir algo curioso sobre sí mismo, lo cual llevó a los orgasmos femeninos y las tetas, la competitividad y el odio hacia uno mismo por cuestiones físicas. Pensaban que era algo saludable poder hablar sin tapujos aunque sólo fuera un día a la semana; o más bien dos horas, que era el tiempo que duraban las reuniones.
Al paso del tiempo un día Hada dijo que ya estaba bien de contar anécdotas absurdas o hablar sobre ligues express o injusticias laborales. El pasado se acaba a cada segundo, dijo, es aburrido. Ese día Hada dijo que lo que debían hacer en la siguiente reunión, era confesarse sobre algo que desearan; y no se refería a planes familiares o de boda o de dejar a sus parejas o conseguirlas; Hada dijo que deberían confesar algo que tuvieran enterrado de verdad, algo que se murieran por hacer: Lo que jamás dirían desear.
Dado que los cuatro reconocieron tener algo que dar a luz al respecto, lo que hicieron al final fue escribirlo, suavizando así la incomodidad de trasmitir a los demás sus temas off the record, los actos o inmoralidades que quizá jamás se atreverían a llevar a cabo.

Al llegar el día de la siguiente quedada, todos trajeron escritas sus confesiones. El primero en pasar su nota, escrita en una de las páginas centrales de una libreta nueva, fue Rafa. Por pura inercia, siempre seguían el mismo orden a la hora de hablar o intervenir. Rafa dejó su libreta en el centro de la mesa y los demás procedieron a leerla uno por uno.
“Lo que yo siempre he querido, quizá sólo por debajo de la salud propia, es un coito con una viuda reciente. Una cuarentona viuda de tan sólo unas horas. Una viuda atractiva y yo follando ( y esto es importante) justo después del funeral de su marido; ver cómo ella suspira y se retuerce y pide más mientras el amor de su vida se comienza a pudrir bajo tierra. Hacerle decir lo poco que le importa su perdida mientras la penetro; masturbarla y hacerla tener su tercer orgasmo mientras Él araña la tapa de su ataúd después de un garrafal error médico. (He soñado con eso en repetidas ocasiones).
En definitiva, lo esencial es la viuda y la pérdida reciente; hacer que,” sólo” con sexo, ella se olvide de sus supuestos sentimientos auténticos y haga algo conmigo que luego jamás podrá atreverse a contar.
Acto que yo después repetiría sin parar, acudiendo a entierros y conduciendo a esas mujeres destrozadas a hoteles baratos para convertirlas en infieles culpables que en el fondo sólo quieren una cosa de verdad de la vida, algo que no tiene que ver con los seres queridos ni el amor ni el materialismo.”

Los demás leyeron la confesión de Rafa y decidieron no decir nada hasta que se hubiesen leído todas. Aarón fue el siguiente, abrió su portátil y buscó el documento word.
“Mi deseo inconfesable tiene que ver con mi madre”.

Leyeron esa única frase y se esforzaron por no gesticular. Después de un incómodo minuto, una vez todos miraron a Aarón y él los miró a todos haciendo un pequeño “sí, es eso” con la cabeza, Celia sacó un folio blanco y se lo pasó a los demás.
“Lo que siempre he querido es que alguien me masturbe como nos contó Rafa. Que me hagan cosas así. Llevo cinco años saliendo con mi novio y nunca me hace nada así.”

Hada, justo después de leer la hoja de Celia, sacó un diario forrado de cuero marrón, y lo abrió por la última página escrita.
“No quiero que os asustéis, pero mi mayor deseo inconfesable siempre ha sido el de matar a alguien. No con una pistola o provocando un accidente, sino con mis propias manos, quizá con un cuchillo. Siempre he pensado que no sé si soy de las que no podría soportar eso, o de esas personas que disfrutan asesinando.”

– Vale – dijo Rafa -, si os parece empezamos por mi confesión.
– No creo que ninguna viuda quisiera hacérselo contigo el día del funeral de su marido – dijo Hada sin dudar.
Se hizo un silencio.
– ¿Nada más que decir? – prosiguió Rafa.
Silencio.
– Vale, pues seguimos con Aarón…
– Me parece repugnante que piense de esa manera de su madre – murmuró Hada.
– ¿Por qué? – dijo Aarón, con un hilo de voz.
– Qué asco – murmuró Celia.
– Bueno, ¿nos tranquilizamos? – dijo Rafa con voz firme. – Entonces…, seguimos con la confesión de Celia.
– Reprimida… – soltó Hada.
– ¿Tú de qué vas? – explotó Celia – ¡Has dicho que quieres matar a alguien!
– Sí – contesta Hada, mirando al vacío -, hace cinco minutos me parecía terrible…
Fuera comenzó a llover. Hada se levantó y se encendió un cigarro cerca de la ventana. A esto le siguió un silencio incómodo que Rafa rompió;
– No me gusta que nadie fume aquí.
– Follaviudas…. – murmuró Hada, expulsando el humo.
– No sé por qué te ofendes tanto, chica, de eso se trataba, de decir algo inconfesable.
– Podrías ir a un pueblo pequeño, seguro que allí hay muchas mujeres solas de negro.
– Eres gilipollas, Hada – dijo Celia – nadie se ha ofendido por lo que has dicho tú, y tú te inventaste esto.
– A ti tampoco te ha gustado lo que ha dicho Aarón, ahora no te hagas la profesora de párvulos comprensiva.
– Ya, pero si Aarón quiere follarse a su madre es problema suyo.
– ¡Yo no he dicho que quiera follarme a mi madre!
– Aarón – dijo Hada – deberíamos irnos y dejar a estos dos solos, que creo que Rafa le puede enseñar lo que es un orgasmo a Doña Comprensiva. ¿No es eso lo que has hecho, tirarle los tratos a sexmachine? – dijo Hada mirando a Celia a los ojos.
– ¿No te da asco tener la piel tan blanca? – contestó Celia.
– ¿Es que no vais a parar? – interrumpió Rafa. – Está claro que esto se nos ha ido de las manos.
– Mira qué bien – murmuró Hada -, el gurú de la psicología amateur. Y yo que pensaba que lo tenías todo bajo control.
– No entiendo por qué te has puesto así, fuiste tú la que propuso esto.
– No fui yo – dijo ella, secamente, algo que Yo ya pude oír de viva voz.
Levanté la cabeza del portátil, y era verdad, Hada no había hecho nada. Donde tenía que haber una pared de ladrillo y una ventana, mi habitad de creador se había ampliado. Más allá había una mesa y cuatro sillas, y sin decoración, una chica rubia muy delgada cerca de una ventana, otra con el pelo corto que deduje tenía que ser Celia, y dos tíos de aspecto muy común.
– Fue él – dijo Hada, mirándome -, siempre es él.
Juro que estaban allí, y que detrás de mí había una pared de ladrillo que tapiaba el resto de mi sala de estar real. Hada comenzó a caminar hacia mi mesa con el cigarrillo en los labios. Dio una calada y lo dejó en el cenicero que yo había estado usando mientras escribía.
– ¿A quién se le ocurre? – me dijo
Y yo no podía hablar.
– Soy la única a la que has dado forma. De Celia lo único que has dicho es que le gustan las tetas, ¿quién puede ser tan rastrero?
Celia se levantó de su silla y se acercó también hasta mi mesa. Rafa y Aarón se quedaron sentados, pero miraban con atención.
– “Lo que hacía especial a Celia era su obsesión por las tetas” – dijo Celia en tono de burla. – Cuánta imaginación. ¿Estabas a punto de acabar? ¿Cómo acabo, consigo tocarle las tetas a Hada? Hada… por Dios, ¿quién se llama Hada?
Yo seguía sin poder abrir la boca. Rafa, o Aarón, uno de los dos, dijo algo, intentó salir en mi defensa.
– El chaval sólo quería que esto fuera divertido – creo que dijo.
– Claaaro que sí – interrumpió Hada – diversión a raudales, sexo y violencia.
Vio dos hojas impresas en mi mesa, las cogió.
– ¿Ya habías impreso lo que habías escrito? Joder. A ver… “En lo referente a todo lo que tiene que ver con… ¿espasmos?… posorgasmo, Rafa decía que…” Es patético, sexo ya en la primera línea. Pero a falta de ideas, ¿verdad?
– ¿Y qué era lo siguiente que ibas a escribir? ¿Ibas a hacer que nosotras nos enrolláramos? – dijo Celia – ¿O Hada iba a matar a alguien?… Sí, seguro que era eso. “Hada mató a alguien y Fin”, ¿verdad?
Hada se alejó de mi mesa y se encendió otro cigarrillo. Después cuchicheó algo con Rafa y Aarón mientras Celia me soltaba improperios y yo seguía sin poder hablar.
Luego los cuatro ya estaban junto a mi mesa.
– Ya que tú eres Dios aquí – dijo Hada – vas a tener que dar una explicación, tendrás que amueblar este sitio, dar color a nuestros ojos y despojarnos de nuestras miserias. No vas poder irte, ni dormirte o despertar. No somos tus juguetes, no vas a poder seguir proyectando la inmundicia de tu mente en mí o en todos los demás. Danos una identidad de verdad.
Y yo seguía sin poder hablar, paralizado. Hada se metió la mano en el pantalón y sacó un arma, una pistola. Yo no le había dado una pistola junto a las ganas de matar, no era su estilo, pero ella ahora la tenía. Me apuntó a la cabeza.
– ¿Quieres que hagamos historia? – me preguntó. – Están los católicos y Jesucristo, los islamistas y Alá… Estamos nosotros y tú. Pero nunca se da esta situación, ¿verdad? Entonces qué, ¿quieres que hagamos historia o no?… Bueno, ya está bien.

Recuerdo haber oído el sonido del disparo. Risas.
Después desperté en la penitenciaría. Me pinchan a menudo. No recibo visitas. Un doctor me viene a ver una vez a la semana. Hablamos. Él dice que hay que llamarlo fe. Yo digo que nunca nadie echa abajo la puerta del despacho de Dios para apuntarle con una pistola en la cabeza. Hay una mujer entre el personal que se parece mucho a Hada. Dentro de poco quizá me dejen recibir visitas. Quizá algún día vuelva a escribir, y quién sabe si con el tiempo podré darles a todos su color de ojos favorito, las aficiones adecuadas, ganas de vivir y decorados a la altura.

[He visto una película a la que le tenía ganas: “Repo!: The Genetic opera”. Un musical bizarro, en el que el clasicismo, el gore, el rock de aires “power” y el tono de los musicales de toda la vida, se mezclan con una estética gótica ciberpunk que hacen casi imposible que no pudiera gustarme semejante ida de olla controlada, en la que tiene cabida (y encaja) hasta Paris Hilton. Darren Lynn Bousman se desmarca de la saga Saw y se marca este peliculón potente y personal basado en un corto propio. Es de esas películas encantadoras e imperfectas que, como “The rocky horror picture show”, sólo te gustan si estás dispuesto a entrar en el juego que propone la cinta. La etiqueta de “cine de culto” le viene al pelo. A falta de otro video mejor, os he puesto el trailer.]

Bilis

No voy a poder deshacerme nunca de esta actitud de mierda (según dicen). Un cúmulo de sarcasmos constante, un millón de comentarios que se apelotonan en mi cabeza, no sé si producto de la infelicidad o de la verdad común que la mayoría de humanos negamos. Quisiera comandar ejércitos en pos de un cambio, pero sólo soy un dolor de garganta, una inyección mal puesta, el dardo venenoso que todos se quitan antes de que mi mala sangre pueda hacerles efecto. La verdad es que a menudo sueño con un pelotón de fusilamiento que acribilla a Espinete, a Chema el panadero, a Miliki… Mi infancia, que pasó a cámara súper lenta, ha quedado reducida a un pegote de pasado del que no puedo librarme, de críos malcriados y supuesto tiempo perdido. El fútbol en polideportivos, en el colegio; mi habilidad con el balón, cuatro tonterías mal dichas y ya tenías metidos a tus compañeros en el bolsillo, las niñas cuchicheaban sobre ti y los profesores casi ni se atrevían a castigarte de lo bien que les caías. Esto es así, como estrella infantil de la hora del patio crees que la vida siempre será igual. Luego cambiar no es fácil, es obligatorio. Pero el único cambio que harás realmente está en el paso de la infancia a la vida real, que se te presenta poco después de la adolescencia en forma de decisiones que tendrás que tomar, que en importancia quizá serán inversamente proporcionales a tu madurez. Luego quizá descubras que has acertado, que tu vocación de cuando tenías diecisiete años coincide con la que tienes con treinta. O también puede ser que de momento prefieras pensar en otra cosa, y por ejemplo poner “Rita Irasema” en Google para ver qué sale.

Y sí, piensas, Rita Irasema era más que follable, incluso con su pinta de profesora de primaria remilgada, sus pañuelos al cuello y sus pantalones de finales de los ochenta. Erotismo para padres. No debía ser fácil ver a tu mujer cambiando de peinando cada dos semanas sin poder cambiar de cara, mientras Rita Irasema cantaba en la tele con aquellos niños repeinados de casting catódico. Lo bueno del pasado es que no siempre vuelve para joderte, a veces te echas unas risas recordando.
Uno llega a los treinta años y ya se cree que va a poder aconsejar a todo el mundo, uno cree que tiene cosas que aportar, consejos basados en experiencias propias. Si alguien, por ejemplo, te quiere aconsejar sobre el modo de ligarte a una chica, te dicen qué es lo que hicieron ellos con sus novias, y que seguro que funciona, como si las mujeres fueran todas iguales y sólo tuvieras que leerte el libro de instrucciones. Putos sabios de baratillo bienintencionados, en serio, meteos vuestras experiencias por el culo, yo persigo otra cosa.
La discreción no está de moda. La sinceridad se confunde con la mala educación. Levantas una piedra y encuentras cuatro entrometidos; tipos que se saben con más vivencias que tú: “Tío, qué dices, yo a mi novia la conocí en una discoteca”. “Tío, en serio, tienes que salir, salirrrrr”, “Tío, por qué vas tan lento, adelántale”. “En serio tío, quita esa música rara”. “¿Y qué hiciste ayer en tu casa, ver una peli?”. Y tú vas y les sueltas tu sarcasmo de chico raro en toda la frente, una declaración de principios camuflada y a la vez un mensaje claro y directo: NO QUIERO SER COMO TÚ.
Uno de lo mayores logros de tu vida puede ser el de que ciertas personas no vuelvan a dirigirte la palabra. No es que haya un camino a seguir, me digo, es que la gente sólo ve un camino a seguir, con ciertas normas, dimes y diretes. Si ya tuviste tiempo desde los diecisiete hasta los veinticinco para descubrir que no te gustan las discotecas, no tienes por qué seguir yendo cada fin de semana “de fiesta”; puede que no te gusten los coches o Jennifer López; y puede que aún conserves cierta idea romántica de las relaciones, que te aleja del apego por inercia y del formar una familia porque sí, porque ya se te están adelantando todos los de tu generación.

Hay que hacer un esfuerzo agotador por desaprender si realmente quieres pasar por la vida con más altibajos que un geranio. Métete en mi cabeza, concéntrate en la imagen de Espinete teniendo espasmos mientras las balas acaban con su vida de erizo infantil; su sangre rosa salpicando el Barrio, sus vísceras de diferentes y divertidos colores desperdigadas por el plató: mi pasado hecho añicos; los reyes magos, los regalos con ilusión, los veranos eternos sudando en partidos de fútbol de cuatro horas, las bragas de la niñas, mi madre llamándome a gritos por la ventana. Sinceramente, un aburrimiento muchas veces, el preludio de la vida adulta que a la gente le gusta mitificar. Y todas esas canciones que hablan del pasado como algo maravilloso; muchos ven un anuncio de la lotería de hace quince años y luego pierden el culo por escribir mamonadas en facebook (sí, a gente que hace diez años que no ven, normalmente porque no han querido). Acicala tu hipocresía y seguro que te va a ir bien con todos, pero luego no le des muchas vueltas a tu vida en tu lecho de muerte.
Preludios eternos, lo sé, a veces te metes en un laberinto y nunca acaba de llegar la parte divertida, el embrollo romántico con crisis hacia la mitad y beso al final. Nos encanta alardear de vida maldita. Me encanta. Es mucho más atrayente pintar las cosas de rojo pasión y hacerle dudar a la gente sobre si lo has hecho con sangre.

Llega la mañana -cualquier mañana- y despierto después de haber vuelto a soñar con mi infancia violada por el ejército nazi de la vida adulta. La racionalidad quizá sea el cáncer de todo esto, el ignorar a los dioses o al horóscopo; la escasa capacidad de espiritualidad. Dispara en la cabeza de tu yo matemático, captador de lo tangible y negador de las intervenciones divinas. Vuélale los sesos a ese tipo cínico que llevas dentro; o a esa chica puñetera que lo critica y juzga todo. Conviértete en Ken. En Barbie. No desprecies tu pasado ni demonices tu futuro. No tengas miedo de exagerar las anécdotas. No tires la salsa de la vida por el desagüe. (La salsa de la vida; repítete a ti mismo: ¿Qué sería de tu vida sin esas pequeñas cosas que haces porque todo el mundo hace?) CAMBIAR suena demasiado escalofriante. ¿Por qué quitarle el polvo a un libro si puedes seguir viendo las fotos de las revistas? ¿Acaso no vas a acoger a Dios en tu corazón? ¿Así de insensible vas a ser? ¿Vas a ir en contra de Dios? Mira a tu madre, vas a hacerla llorar con tu agnosticismo al borde del demoníaco ateísmo. Sin la historia más grande jamás contada no vas a ser nada. ¿Cómo vas a ser capaz de ir en dirección contraria? Los faros de los otros coches te van a cegar y vas a claudicar por estúpido, por no agregarte a la corriente de lo NoRmaL. Aunque para ti ese estilo de vida común no sea nada más que tradiciones y críos desnutridos. Dispárame en el corazón y frena el discurso moralizante. Envuelve todo esto en aleccionamiento, etiquétalo, archívalo en la “A” y sigue con tu vida.

Y todas las frases y las ironías siguen entrando en mi cabeza a falta de otras mentes por aquí lo suficientemente abiertas o estúpidas. Es lo que queda cuando vas deshaciéndote de las etiquetas que ya no te interesan, cuando haces limpieza en tu cerebro y conservas sólo lo lógico, lo que abarca el sentido común. Claro que, todos sabemos que hay mucha gente a la que no le gusta tirar nada, por la nostalgia, porque, de algún modo deben tener miedo de que -aun con todo su optimismo declarado- el futuro pueda ser mucho peor que el pasado y haya que lamentarse por haberse deshecho de cosas a las que podían aferrarse para recordar tiempos mejores. Lo cual quizá sea en parte el motivo por el que cuando le preguntas a un católico por qué cree en Dios, siempre te podrá contestar: Porque sí. Es como intentar hacer que alguien vomite cuando ya sólo le queda bilis. No puedes seguir forzando la situación, no puedes obligar a nadie a pensar si de verdad quieren ser como son, o por qué creen en lo que creen; porque sólo te podrán decir que tienen fe, o que para gustos los colores, o que la tradición es la tradición.
Y mientras tanto, yo, como tantos otros, jamás podré deshacerme de esta actitud de mierda. Así que os lo pido. Por favor. Iluminadme.

[Los aficionados al monólogo de altos vuelos es probable que ya conozcan a George Carlin. Es uno de esos monologuistas que en solo diez minutos puede coger algunos de tus principos, retorcerlos con facilidad y enseñarte lo realmente tonto que eres al defender o creer en ciertas cosas con demasiada energia. Por desgracia este hombre ya murió. De todos modos, preparaos un buen cubata (o un buen café según la hora), encendeos un cigarrillo si fumais y disfrutad del video.]

01

666/6

Día 6 de Junio.

Hola. Escribo por aquí porque no contestáis al teléfono. Si podéis leer este mail contestadme cuanto antes. Estoy en casa de la abuela. Me he conectado con su portátil. Estoy bien, y la abuela también. Pero estoy muy preocupada. Esta mañana los vecinos han estado cortando el paso en la puerta del portal con todo tipo de cosas, hasta la han soldado para que cueste más tirarla abajo. La abuela dice que seguro que estáis muertos, pero yo no puedo hacerme a la idea de no tener padres. No puedo dejar de llorar, así que espero que no hayáis olvidado la forma de abrir el correo. Me pilló todo ayer, empezaron a entrar bichos de esos en la discoteca. Unos cuantos salimos por la puerta de atrás y me vine aquí corriendo porque quedaba más cerca. Cuando deje de escribir me voy a morir de miedo. En la tele ya no dicen nada, no emiten. Si leéis esto contestadme por favor, antes de que se vaya la electricidad.
La abuela dice que ya había soñado con esos bichos. Creo que está delirando. Mientras cenábamos ayer muertas de miedo le hablaba a una silla vacía como si el abuelo aún estuviera vivo. Voy a seguir llamando por teléfono. Contestad, por favor.

&

Día 6 de Junio.

Vuelvo a ser yo. Espero que no hayáis contestado por no haber visto el mensaje. Tengo que seguir escribiendo. Esta mañana a las siete hemos oído ruido en el lavabo. Nos hemos dado un susto de muerte. Uno de esos bichos se ha colado por el bidé, no pensaba que fueran tan pequeños, había un líquido verde en el agua. Hemos puesto un mueble delante de la puerta. Al cabo de una hora he entrado y ya se había ido. Hemos tapado el bidé como hemos podido. Son pequeños, como una bola peluda con una boca, como los Critters de aquella peli que veíamos cuando era pequeña, pero sin pinchos. O eso es lo único que he podido ver. Supongo que tienen mucha resistencia, pero no tienen mucha fuerza, o eso creo. Aún estoy esperando despertar. La abuela no habla. Estoy cagada de miedo. Contestadme. Cada vez que miro por entre las tablas que hemos puesto en las ventanas, veo a esos bichos arremolinados enfrente de todos los portales y las tiendas. Se mueven con rapidez. Hay gente que les tira pan y se lo comen como si fueran termitas. Es raro que aún haya electricidad, porque todo parece haber muerto, parece el fin del mundo. Y también es raro que tanto en el ordenador como en mi reloj, la fecha sea de ayer. Estoy segura porque me fijé: ayer era día seis. Será una tontería o que ya estoy alucinando. Decidme que estáis vivos, por favor. Contestad. Me da miedo dejarlo, dejar de estar ocupada. Yo no esperaba morir de una forma original. Quería tener una enfermedad, un cáncer por culpa del tabaco o morir de vieja. No quiero que me mate algo que no sé lo que es. Puedo aceptar morir, pero no de esta manera; esto supera a cualquiera. Contestad. Contestad. Contestad. Contestad.

&

Día 6 de Junio.

La abuela ha vuelto a hablar esta mañana. Para decirme que acepte que habéis muerto. Ahora mismo me está diciendo que por qué os escribo. No lo sé; supongo que por lo mismo por lo que la gente reza.
Voy a morir. Y creo que ahora que sé que voy a morir, me estoy dando cuenta de que me gusta esto, escribir, aunque sea a nadie, para mí misma. Si mañana pudiera seguir viva creo que escribiría un diario, aunque parezca una cosa de crías. Serviría para desahogarme. He buscado fechas referentes en cuanto al pronóstico de algún Apocalispsis previsto en este siglo, o incluso en este día. Tanto en mi reloj como en el ordenador sigue siendo seis de Junio, el tercero: 666. Aunque la verdad es que me importa poco si el Diablo es el culpable de esto. Además, si llego a las seis de la tarde, sé que lloverá. Por internet se dicen todo tipo de chorradas. He recibido mails de despedida, de gente que ya puede estar muerta. Ahora mismo puedo oír el murmullo de esos bichos. Dicen que se multiplican en contacto con el algodón transgénico, que se ha podido probar. Me he reído por primera vez en días, no sé por qué, cuando he descubierto que los billetes están hechos de ese material. El dinero. Parece una ironía. Por más de esos bichos que maten, no son capaces de acabar con ellos. Están amontonados en la calle, literalmente amontonados; la masa ya llega hasta el cuarto piso, y ahora está creciendo muy rápido; de algún modo rozan unos con otros y cada vez hay más. Eso parece. Esa especie de silbido que sueltan ya se escucha a través de las ventanas. Hasta que lleguen al sexto piso, ése es el tiempo de vida que me queda. Tarde o temprano, por la presión, los cristales y las persianas ceden, junto a cualquier otra cosa que pongas para tapiar la entrada. Les oigo corretear a través de la puerta del piso, pero no son capaces de atravesarla, de algún modo han conseguido entrar a la escalera; aunque es muy probable que la mitad del corredor ya esté lleno de ellos. El mismo seis tres veces, el mes número seis, el sexto piso… supongo que lo del sexto piso ya es casualidad. Esto es un final no apto para escépticos. Cuanto más cerca está el momento de morir, más relajada me siento.
He mirado por la ventana y a los bichos les falta un piso; un piso más y entrarán aquí y me devorarán por fuera y metiéndose por mi boca. No he tenido valor como la abuela, que ya hace rato que se metió con un cuchillo en el lavabo, sin ni tan siquiera decirme nada. El suicidio no es una opción. Hasta me he levantado a tomar una aspirina, porque ya tengo el silbido de esos bichos metido hasta en la compresa. Ya no queda tiempo de pensar, y tengo una sonrisa torcida en la cara. El diablo ha enviado unas termitas para humanos. El planeta ya no se tendrá que preocupar más de nosotros. Vamos a pasar a formar parte del abono, de la basura y la mierda vertida durante siglos en bosques y océanos. Jódete Anne Rice, a ti nunca te ha mordido un vampiro, pero yo estoy describiendo un Apocalipsis de verdad. El cielo está nublado igual que ayer y antes de ayer; las nubes se mueven con rapidez, y aunque aún son las cinco de la tarde y no lloverá hasta las seis, esto tiene toda la oscuridad y suciedad de algo sacado de la Biblia: La plaga que Dios se reservó para poner fin a todo esto el día que se le cruzaran los cables. Le puedo imaginar cabreado porque dos secretarias del cielo se hayan negado a chupársela hoy. “Soy Dios, maldita sea, tengo derecho a relajarme”. Siempre he imaginado a Dios como un putero, un borracho que no sabe llevar las cuentas de su negocio. Y aún hay electricidad, por alguna razón estos bichos no se comen los cables, ni roen coches o destrozan los árboles; sólo comen gente; gente y comida, aunque para ellos decir esto podría ser redundante. Seguiremos teniendo vías de información, Internet, radio, televisión, pero sin humanos que puedan actualizar las noticias o jugar y retransmitir de la forma más subjetiva y tendenciosa posible el próximo partido de fútbol. Y hace tres días que no me cambio de bragas. Y creo, mamá, ahora que sé que se acabó todo y que no hay cielo ni Dios ni infierno en el que encontrarnos, que puedo decirte sin miedo en este mensaje que no leerás, que me has parecido una madre de mierda, horrible, solucionando mis crisis infantiles a bofetadas; igual que tú, papá, que seguramente quisiste abortarme tendiendo en cuenta el cariño que me tuviste. Con lo fácil que es conseguir condones. Más os vale que no haya infierno, porque os aseguro que si hay al llegar os daré una patada en el culo. Quiero transmitiros mi odio, no quiero irme en paz, quiero abandonar esta mierda de sitio con odio en mis entrañas, que me salga por las puntas de los dedos, por los ojos y por la boca; quiero disfrutar de este suicidio colectivo asistido en este día seis eterno. Oh, gran ser supremo, seas quien seas, gracias por bajar y poner punto y final. Mide el radio del planeta, haz cuentas y prepara explosivos espirituales para colocarlos en el puto núcleo interior. Somos la raza menoslfjñ….. somo….xsd,jz.yttttt6666666666

[He visto por varios blogs un video que no voy a resistirme en poner; un gran montaje de imagenes con películas que hemos visto en 2008 y otras que veremos en 2009. Prohibido perderselo. Autoría del video y nombre del grupo y de la canción al final.]

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Marcar la diferencia

Soy mi última gota de sangre haciendo las maletas. Impertérrito. Procuro permanecer inalterable por fuera, que no se note que me incomoda el aparato de aire acondicionado, la tele demasiado alta o los comentarios de alguien que se está comenzando a poner pesado. No quiero que nadie atisbe quién me gusta o que me compré el último número de Hustler. En mi obra de teatro los demás actores no pueden darse cuenta de que miro constantemente al apuntador. Y todo eso yo, que presumo de ser un detector de la impostura ajena. Engullo la comida a sabiendas de que ya me sobran unos kilos, y luego no entiendo por qué ya casi no quepo en los tejanos. Todo da vueltas a mi alrededor alejándose de mí; alguien debe haber cambiado el guión vital, y se han olvidado de darme una copia.
Hay varias mesas redondas y pequeñas rodeadas de sillas e incómodos taburetes. Apenas con el servilletero, la carta de cafés y el cenicero, ya hay media mesa ocupada. Luego te traen el café, y si se te ocurre leer el periódico no creas que podrás hacerlo lo que se dice cómodo. Diseño, me dice Dios al oído: Habéis sucumbido a lo mismo que los niños pequeños: formas agradables, sabores sin matices, arte de rápido consumo, vida llevada por la inercia y lo mejor de todo, condescendencia. Es probable que tus éxitos te conviertan en lo que odiabas cuando decías que no querías ser como todos los demás.
Así que, cavilando, me acomodo solo en mi mesa, y procuro disimular una inesperada erección: La camarera. Todo está en tu cabeza, no hace falta ir a un club de streptease para inspirarse. A veces cuanto menos conoces y más ropa hay… a veces cuanto menos ves, menos has tocado y menos sabes… en ocasiones sólo por una cara, pues bueno, toda la sangre se te va al mismo sitio; y paso las hojas del periódico sin mirar ni las fotos. Ella no lleva ropa ajustada, ni puedes decir que, al margen de sus rasgos, te la pudieras encontrar en las páginas centrales de ninguna revista o como azafata en un concurso. Digamos que el sectario libreto de percepciones sobre lo que nos tiene que gustar ya hace mucho que lo machacaron, lo mezclaron con agua y nos lo inyectaron a todos vía intravenosa. Tetas grandes, culos… o en su defecto, una modelo, sin tetas ni culo, pero modelo. Si afirmas que te gusta otra cosa, todos van a decir que estás colgado por ella, que quieres tener un montón de hijos con esa otra cosa, y que deberías acercarte a hablar con ella, porque no siendo ninguna belleza de folletín, está claro que debe ser más accesible, más… como tú, del montón, apartada, casi sin maquillar, rarita: Diferente. Hay muchos niveles de xenofobia, y la mayoría gozan de un alto grado de aceptación.
La cara de la camarera es de esas caras que no gustan a todo el mundo; demasiado exótica, ojos grandes y negros, boca pequeña. Y extranjera. Líate con una extranjera y cuando todo el mundo lo sepa, no tendrás que hacer ningún esfuerzo para imaginar a cualquiera que conozcas arrugando el ceño. Esa gente que dice que no es racista, pero luego no sabe aceptar la inmigración y jamás apostarían por un novio negro para sus hijas. Corrección política ante todo. Una cosa es crear una ley antitabaco, y otra muy distinta que ésta funcione. La teoría es que tú eres de una manera según dices, pero luego en la práctica la mayoría nos convertimos en el último mono, con apariencia simpática, y sin embargo dispuesto a beberse sus meados en cualquier momento.

Afuera, justo en frente del local, hay una mancha negra en el suelo. La camarera, que va de un lado a otro, parece evitar mirar en esa dirección siempre que puede. Hace una semana un chico de quince años se plantó a las nueve de la mañana delante del local con una lata de gasolina. Bueno, algunos dicen quince años, otros veinte, otros que estaba casado, y algunos que llevaba una botella de dos litros y no una lata. La cuestión es que, quien fuera, vertió el contenido del recipiente encima suyo, encendió una cerilla, y justo antes de quemarse a lo bonzo, dejó un papel doblado enfrente de la cafetería, algo como una carta. La historia que se ha filtrado en el barrio dice que el tipo era un acosador de la camarera, y que ya había amenazado con matarse si ésta no se dignaba a… salir con él, supongo. No sé qué esperamos de los demás. ¿Qué es obsesionarse con alguien? ¿Y es duradero? ¿Si el tipo en cuestión hubiera esperado un mes, o un año, seguiría con ganas de morir de la peor manera posible por una cara que provoca erecciones indeseadas? Vamos, no seamos falsos, la mayoría de clientes adultos habituales ya habrán imaginado su esperma resbalando por esa inmigrante barbilla, pero, ¿eso quiere decir que debes hacer algo al respecto? ¿Actuar? Todos los que se llenan la boca acusándote de dejar pasar tus oportunidades y haciendo metáforas con trenes que se te escapan y moralinas del tipo “por tu bien”, ¿no saben que todos los trenes no van al destino que tú puedes haber elegido? ¿Cada maldito paso que das tiene que ser un reto? ¿Aún no hemos aceptado el miedo como otro ingrediente más; y que nos puede joder vivos, sí, pero también puede salvarnos la vida?
Si dicho muchacho hubiese tenido más de dos dedos de frente, creo yo, en lugar de obcecarse -algo muy de moda, por otro lado- ahora seguiría vivo, quizá con una chica que no tuviera que salir con él por obligación, sino por elección propia. Pero nuestro mundo es nuestro y, para casi todos, una vida sin ciertos retos intocables -ya sea una camarera o estudiar magisterio- no tiene ningún sentido, sólo es un cúmulo de trenes que estás dejando pasar en pos de tu eterna infelicidad. Y Dios sigue hablándome, diciéndome: Cuán equivocado estás, hijo mío.
Así de simple es vivir, según la mayoría. Basta con ponerse cabezón, tirarse al cuello de todo el mundo sin pensárselo dos veces, y convencerse a uno mismo de que el fracaso no importa. Y no es que fracasar sea malo, pero de ahí a decir que no importa… Seamos francos, hay gente que no puede perder, no sabe perder y no encajará perder, aunque compitas con ellos sólo para ver quién escupe más lejos. Intentemos entre todos bajar el volumen de la tele, quitar el aparato de aire acondicionado si no hace falta, y cerrar la puta boca más a menudo, aunque sólo sea para decir la mitad de tonterías. En definitiva, hagamos un esfuerzo por ser menos hipocritillas, y un poco más respetuosos con los demás; ya hay bastante orgullo de pose como para seguir potenciándolo.

Cada vez que vengo a esta cafetería, ya sea solo o con amigos, he visto que la camarera apenas mira a nadie a los ojos. ¿Si alguien que amenazaba suicidarse por ti, lo hace, dónde te coloca eso? Obviemos la culpabilidad, es obvio que no tienes culpa de nada, pero ¿basta con achacar un suicidio así a la locura? ¿O al amor? ¿Qué idea debía tener ese tipo sobre la vida, las relaciones y el futuro? ¿Acaso aspiraba a ser algo más que un monógamo en serie hasta superar la treintena y casarse? Y eso en el caso de querer ir por el camino preestablecido, pero, ¿qué hubiera pasado si se hubiera enterado de que la monogamia está pasando a ser como una tele en blanco y negro o un gramófono? ¿O acaso se suicidó al comprender eso?…
Son las seis de la tarde. Los trenes pasan a mi alrededor y no cojo ninguno. La gente que va en ellos me señala y sonríe, y yo no puedo dejar de pensar en judíos apelotonados camino de un campo de concentración. Uno lleno de carteles publicitarios, estantes con marcos para cuadros familiares y posavasos de los que se te pegan a la copa y caen al suelo antes de que la vuelvas a dejar en la mesa. Y yo sigo disimulando, como si no tuviera sangre, como si de verdad en cualquier momento fuera a abandonar esta estación de la que todo el mundo que se considera íntegro y valiente, huye (aunque muchos sólo lo hagan para que los demás vean lo íntegros y valientes que son). Es importante lo que piensen de ti; no relevante, pero sí importante si eres de los que piensan subirse a todos los trenes posibles por mucho que éstos te lleven por mal camino, o a ningún lado. La camarera lo sabe, y en su caso, es imposible desconectar; no puede evitar oír cómo la gente cuchichea; “Si la chica le hubiese dado un poco de cancha…” “¿Es extranjera?” “Mira, es ésa” Si te va lo suficientemente mal, tu vida se convierte en el opio de de la rutina de los demás; todos se convierten en periodistas durante el 11-s, en porteras con putas en una de las plantas del edificio. Nos gusta la carnaza hasta que somos carnaza, la violencia hasta que somos víctimas de ella, los toros porque no somos toros, y las drogas porque supongo que nos hacen olvidar lo alarmantemente equivocados que podemos llegar a estar. Y así se podría seguir hasta llenar una enciclopedia. Finalmente, la mayoría de gente de mayor sigue siendo como cuando de pequeños cogían una lupa un día soleado para quemar insectos, y así poder verlos retorcerse, sufrir y morir sólo porque son más pequeños.

La camarera sólo tiene como aliado el tiempo, o quizá otra estupidez de la que la gente pueda hablar, algo lo suficientemente rastrero y morboso para que todos dejen de lado el tema del suicida. Si pasara algo lo suficientemente ruidoso, la chica podría comenzar a ver la luz al final del túnel, a sonreír, y a convencerse de que nadie ha muerto por su culpa; hasta el punto de que, de una forma retorcida e indirecta que jamás llegaría a reconocer nadie, es posible que esos que cuchichean y hablan sobre ella, podrían tener más culpa de la que pueda tener ella en cuanto a la muerte de aquel imbécil. Un tipo que, desde que me ha comenzado a atraer la camarera, cada día me parece más capullo; un papanatas muerto al que dudo que se le eche de menos mucho más allá del recorte de sucesos que todos tienen en el barrio para contar. Tal y como yo lo veo, desde mis opiniones declaradamente subjetivas, la familia de ese chico debería venir a hablar con la camarera, para decirle que no se preocupe, que un muerto no es más que eso, y que la muerte sólo es grave según la circunstancia. Como ejemplo, la muerte de un anciano no es menos trágica, pero sí menos desagradable que la de un chico joven; a no ser que dicho chico joven decida que suicidarse por una mujer es una buena idea. Para que luego digan que el amor mueve el mundo.
Es mentira, el mundo lo mueve la capacidad de crecer, de mejorar, pero eso sí, sólo de un modo individual, y a la mierda todo lo demás. Mis amigos dicen que desde cuándo apoyo la pena de muerte. ¿La muerte sólo es grave según la circunstancia? Y entonces, hace unos días, mientras charlaba sobre el tema, fue cuando supe que estaba pillado por ella, la víctima de aquel cretino. Por su tristeza y su injusta situación. Hay personas que sólo con nacer parecen estar rodeadas de minas, por las que los demás podríamos morir o quedar lisiados, ya sea física o emocionalmente. Como ésta, la inmigrante sin nombre, blanca pero extranjera, inocente pero culpable.

Me levanto para pagar los tres cafés solos que me he tomado. Estoy como una moto, parpadeo con rapidez y me da la sensación de poder saltar con facilidad la barra sin tocarla. Le doy a la camarera un billete de cinco y ella me lo coge sin mirar. Y cuando va a devolverme el cambio, justo como planeé, entonces sucede. Fran, que está en la esquina del local, finge desmayarse; se escurre hasta el suelo y queda tendido mientras todo el mundo le mira. Convulsiona, pensando en los cien euros que le he prometido, y hasta suelta saliva por la boca. Intento actuar de forma que no parezca que sé de qué va todo esto. Mientras suelta palabras inconexas, lo más obscenas y absurdas posible y con los ojos cerrados, la camarera me da el cambio, mirando hacia donde mira todo el mundo. Salgo de la cafetería mientras la gente de la calle se amontona en la puerta para ver qué pasa. Fran sabrá salir de ésta, de un modo u otro, antes de que llegue una ambulancia o la policía. Yo me alejo del lugar. Y vale, no sé si esto puede competir con un tío que muere quemado en plena calle, pero de momento lo que haré será esperar unos días, volver a la cafetería de vez en cuando, y reunir el valor suficiente como para decirle algo a la chica, de la que espero alguna sonrisa antes de actuar. Normalmente no hago estas cosas, nadie las hace, y precisamente por eso me pareció una buena idea. La forma de provocar que, al fin, llegue a la estación un tren del cual me interese de verdad el destino.

[Estoy colado por Sarah Chalke, la Elliot Reed de “Scrubs”. (Si me apuráis, la mejor sitcom que he visto. Sí, mejor que Friends; si por sitcom entendemos serie que no llega a la media hora.) No es más que otro amor platónico para echar al montón, junto con la Meg Ryan de “French Kiss”, la Cameron Diaz de “Algo pasa con Mary” o la Scarlett Johanson de “Lost in translation” etc…; pero por Dios, se me cae la baba cada vez que la veo, y no sé por qué. Igual es por su personaje, algo tontorrón, o porque choca frontalmente con la chica de poster de camionero. No sé qué será, pero estoy dispuesto a tragarme las cinco o seis temporadas de “Scrubs”, cuyos guionistas, por cierto, merecen por mi parte cualquier tipo de elogio (he llegado a llorar de risa con tonterías de cinco segundos). El video es un sentido homenaje a Sarah, claro está, unos cuantos recortes de la susodicha haciendo el payaso en la serie, que algún otro fan como yo ha editado.]