Irene B-5111

Irene, ante los demás, se consideraba a sí misma la guardiana de su portal, en turnos de veinticuatro horas, incluidos los fines de semana. Una cuestión meramente vaginal; no era conservadurismo, era su tendencioso rasgo característico; ella siempre decía que si no dejabas entrar a cualquiera en tu casa no ibas a dejar que todos los tíos simpáticos que te cayeran medianamente bien entraran en tu coño. Además, añadía, no todos ellos son unos genios en ese sentido. No se trataba de evitar que la llamaran zorra, decía; simplemente, si la dejaban en paz ella prefería ir un paso por delante. Con el sexo nunca ha habido término medio, si eres mujer o eres estrecha o eres una puta. Y ser normal es aburrido. Había tantas capas de moral humana que ya era difícil encontrar una película comercial en la que alguien enseñara las tetas o fumara. Irene perdió su trabajo como profesora de enseñanza primaria por decirle a sus alumnos durante las tutorías que no hicieran demasiado caso del discurso sobre lo que es correcto y lo que no: “Según todos, todo es nocivo, todo cuanto te dicen que no hagas o pruebes perece formar parte del plan absurdo de una sociedad que está empezando a creer más en cierta realización interpersonal de diseño que en la libertad, y donde cosas como la violencia en una película o algo de humo en un bar parecen tener que provocar que nuestra opción de ser nosotros mismos se vea irremisiblemente coartada de alguna manera. Al final, alguien que se considera sano y orgullosamente a salvo de cualquier vicio, tiene el mismo problema en un bar de fumadores que un fumador que se tiene que salir a la puerta de un local de no fumadores cinco minutos para poder seguir con su vida. Y ambos morirán bajo prácticamente el mismo factor suerte, si pueden de viejos y con un montón de recuerdos que desearían no tener y otros por los que se enorgullecerán de su vida. Lo de que la libertad de uno acaba donde empieza la de los demás debería funcionar en ambas direcciones.”
Así se despachaba Irene durante sus tutorías de los viernes, durante el hueco que dejaron las clases de religión que la escuela dejó de impartir.

Eso no es ética, dijo el director. Irene fue despedida porque una de las alumnas habló distendidamente con otro de los profesores. Se consideró que hacía “apología de las drogas”. El director del colegio sacó unos papeles con las estadísticas de muertes anuales por culpa del tabaco. Blandía sus pruebas incriminatorias delante de ella en su despacho y hablaba sin parar del parque lleno de jeringuillas que había apenas a dos manzanas del colegio. “¿Qué es exactamente lo que pretendías, Irene?”, preguntó.

Irene llegó a casa, a su piso de soltera creíble recién licenciada. Se miró al espejo y pensó en cuándo la gente empezaría a preguntarle si se había retocado. Quizá en cuatro o cinco años.
El postramiento y la inactividad estaban contraindicados entre humanos. Al día siguiente tendría que salir y encontrar otro trabajo; quizá otra vocación tal y como lo llamaban ellos. El atrezzo de la casa con el tiempo ya apenas la preocupaba, la nevera vacía y los cajones y la cama siempre hecha. Hacía como un año que no llevaba a cabo ningún ejercicio social. Su condición en su ficha era la heterosexualidad, pero llegó a tener dudas sobre si no se sentiría más a gusto abrazada a una mujer, ya que esa era la única sensación de bienestar que ella podía apreciar de entre todas las cosas que hacían los humanos en la cama. Los hombres apostaban a menudo por la brusquedad, aunque quizá fuera porque eso les gustaba a ellas. Los ejercicios de análisis social del comportamiento humano llevaban a menudo a difíciles encrucijadas y contradicciones; no había parámetros globales claros dentro de una lógica a seguir para ellos, aunque muy en contra de esa realidad ellos estaban muy convencidos de que el orden existía, ya que a la hora de actuar no concebían más mundo del que podían atisbar mirando desde sus ventanas. Irene también dio cuenta del alto grado de facilidad para las comunicaciones de la parte tecnológicamente desarrollada en los lugares de la Tierra de fácil acceso a la alimentación y paz territorial, a menudo tan sólo circunstancial. Finalizada su etapa como profesora debía plantearse otra vida, decidir qué software se instalaría para poder desempeñar sus nuevas labores. Desde la nave nodriza llegaban noticias por radio de que ya se meditaba la opción de la extinción forzada según el MP (Mandato Planetario). Pero ella de momento sólo podía seguir con su trabajo.
Por las noches se hacía un corte en el brazo derecho, y con una aguja rellenaba sus cables del nitrato de calcio líquido que necesitaba para pasar la noche y el día siguiente entero; después se limitaba a yacer en el sillón de su comedor para calibrar el flujo de información televisivo mientras su brazo se regeneraba. El proceso de aprendizaje para la adaptación a cada nueva especie no era muy agradecido; normalmente cuando Irene se acostumbraba a su nueva vida, la nave nodriza volvía a reclamarla para otro trabajo después de haber testado el planeta que fuera, cuya valoración negativa conllevaba el exterminio inmediato del susodicho, o más bien de su especie, dejando así que el lugar deshabitado volviera a generar vida en el futuro si la naturaleza del mismo así lo decidía. Las políticas duras establecidas no convencían a Irene; pero lo bueno, y para ella hasta divertido, era que cuando llegabas a un nuevo planeta era muy fácil adoptar sus formas y comportamientos con la ayuda del equipo de cirugía de la Altamar 313, y hacerles creer que eras uno de ellos; el sentimiento más habitual en los planetas habitados por inteligencias autoproclamadas superiores era el escepticismo. Todas las civilizaciones con las que ha trabajado Irene piensan que están solas en el universo, o en todo caso que, si no lo están, es imposible que otra especie pueda llegar de fuera para invadirles u observarles; y mucho menos imaginan a alguien como ella, híbrido de tejido de Altamar (indistinguible con el humano) y mecanismos de fábrica intercambiables. A Irene le chocaba la inmensa capacidad de imaginación de los humanos, y cómo ésta contrastaba con su lentitud para los avances científicos a la vez que eran capaces de creer en seres mitológicos redentores salidos de sus propias mentes en el pasado que, según ellos, seguían en algún lugar extraterrenal cuidando de que todo siguiera cierto orden como objetivo de un inapelable plan divino. Un descubrimiento el de la fe bajo adoctrinamiento que a Irene ya no le sorprendía, ya que era habitual también en otros planetas. Sólo que, en los humanos, dados los contrastes en cuanto a contradicciones, potenciación de la ignorancia en favor del poder y la casi nula conciencia de la distribución de la riqueza, había una inmensa capacidad de jactación alimentada por un egocentrismo que no parecía conocer límites; actitud ésta, en la que Irene veía que dichos seres parecían estar estancados para siempre.

Irene se auto programó para la misión en la Tierra como una mujer siempre en busca de la teoría que hiciera temblar los principios básicos que los humanos creían lógicos para vivir en paz con ellos mismos; algo que había obtenido buenos resultados en el pasado, consiguiendo hacer cambiar el rumbo de otras especies o por lo menos habiéndolas hecho aptas para la hibridación. Y realmente en ese planeta era tan sólo, y de forma individual, con ellos mismos con los que querían vivir en paz. Irene había conocido otras especies con capacidad de espiritualidad, pero en la Tierra esto no sólo había sido pasto de minorías; en la Tierra habían muerto millones por la causa; tan convencidos de que iban a conseguir algo llamado “la salvación de sus almas” y tan aterrados con la idea de la muerte, que eran capaces de agarrase a cualquier estribo por débil o falso que resultara desde un punto de vista libre de dogmas mucho más allá de lo tangible. Dados a ciertos rituales sangrientos -algunos incluso captadores de masas-, y también aficionados hasta sentir cosas cercanas a lo que ellos llaman amor por las competiciones deportivas arraigadas en su historia, los humanos parecían tener totalmente atrofiado su sentido de las prioridades, dando una importancia exagerada a ciertas facetas de su vida en detrimento de otros placeres y actividades a priori mucho más ricos e interesantes. A Irene le bastó con dos semanas de investigación intensiva en la Tierra para confirmar hasta qué punto la autodestrucción es la tradición universal más arraigada de la existencia.
Ella es el modelo B-5111, y junto a las otras Irenes se dedica a testar los planetas en busca, entre otras cosas, de un lugar feliz. La inmortalidad del androide no es sino un lastre cuando no hay nada en el universo a lo que poder llamar hogar. Al pensar en su planeta, Altamar, recuerda cómo hasta que la I. A se hizo presente todo estaba abarrotado de una especie, por cierto, muy parecida a la humana, su anterior condición de ser cien por cien carnal. Recuerda cómo un día en su habitación de veinteañera asustada y sola en el universo junto a sus iguales, aquellas dos máquinas entraron agujereando la estancia y la hicieron sufrir con sus púas y bisturís, sus herramientas, una de las cuales hasta saltaban chispas en el contacto con los huesos de sus propias costillas, o eso recuerda ella. Recuerda cómo al paso del tiempo se sintió tan agradecida a su nueva condición de híbrido como para embarcarse en estas misiones de repoblación espacial, sólo para ocupar unos días en los que ya no necesitaba comer o hacer ejercicio.
Al observar la especie humana sólo necesitó unas horas para establecer sus certezas: no tenían proyección de desarrollo para merecer una condición de híbridos, y al matarlos nadie sería más cruel de lo que son ellos al sacrificar a un caballo herido.

Irene se auto instaló un software que incluía habilidades para la carpintería y la jardinería. Harta de espacios cerrados y ese ruido característico que los humanos no pueden evitar hacer gritando entre ellos cuando hay muchos juntos, consiguió trabajar para el ayuntamiento de una ciudad, arreglando jardines, recortando setos, y nada segura de si la vida sobre la faz de la Tierra se acabaría en unos días o en unos años. En cuanto recibiera órdenes de arriba, tendría veinticuatro horas para empaquetar sus reservas de nitrato de calcio y los recambios, montar en su cápsula y despegar hacia la nave nodriza Altamar 313, junto a las otras novecientas noventa y nueve Irenes y sus cápsulas destinadas en el planeta.
Después, desde una de las ventanas de la nave, muy parecidas por cierto a las de los submarinos humanos, contendría su falta de aliento hasta ver cómo con un solo misil sobrante de los viejos conflictos de su planeta otra especie perdía su oportunidad de haber sido digna de vivir.
Pero de momento eso sólo era una posibilidad; muchas especies con rutinas de comportamiento similares a la humana habían conseguido su derecho a ser híbridos con el tiempo. El proceso de hibridación consistía en moldear con la tecnología lo que la especie por si sola no había conseguido perfeccionar para una convivencia global sostenible. Los estudios confirman que, una vez superado el trauma de la incredulidad inicial, cuando superas el día de la operación al asalto y te ves a ti mismo en un espejo y te acostumbras a oír los mecanismos de electricidad e inyección de tu cuerpo, cualquier especie mejora a la larga. Lo suficiente para respetar a sus allegados a nivel global y adoptar costumbres idóneas para la adaptación a la inmortalidad y a la idea de que reproducirse ya no será posible. Los planetas lo agradecen, la naturaleza lo agradece, y a largo plazo hasta los organismos vivos lo agradecen.
Irene llevaba más de trescientos años en cálculo humano de convivencia con su condición de híbrido; había testado más de cincuenta planetas junto a las otras híbridos dedicadas a lo que ella consideraba un noble oficio de actualización de las especies a la vida moderna. En ocasiones podía trabajar junto a Irene B-2200, o con el modelo A-9000, con las que tenía una amistad que se alargaba desde hacía más de cien años. Pero por lo general, todas tenían que trabajar solas, esparcidas por los distintos puntos y clases sociales de cada nuevo destino.

Irene había aprendido con facilidad varios de los idiomas de la Tierra, se había adaptado a sus costumbres en cuanto a lo que ellos llamaban horarios: zonas temporales restringidas con las que ellos se sentían más seguros. Era tal la soberbia humana, que no sólo habían cortado el tiempo en rodajas, sino que además habían supeditado a éste absolutamente todas sus labores, ya fueran profesionales o personales. Seguros de que con dichas premisas en cuanto a su amado orden todo sería más fácil, asentaron su integridad y orgullo en metas asociadas casi siempre a objetivos que tuvieran que ver con todo lo tocante a la posesión, ya fuera de objetos o incluso de otros seres humanos. Su sistema de reproducción partía de lo que ellos llamaban: relaciones sexuales. El sexo, claramente placentero según la experiencia de Irene en sus ejercicios sociales, conllevaba para los humanos tantas contradicciones que de describirlas se tardaría bastante en poder calibrar al final hasta qué punto la humanidad es absurda cuando se trata de valorar las ventajas y desventajas de su forma de reproducción. Por un lado son capaces de pagar a cambio de sexo por placer, pero por otro lado, sus costumbres alimentadas por la tradición alimentada a su vez por las creencias religiosas, hacen que ni en la vida privada ni en los medios de comunicación el sexo sea considerado como algo normal, sino como algo sobre lo que no debe debatirse, no fuera que así pudiera acabar viéndose como intrínsecamente natural a ellos.
Irene había observado cómo estos seres no sólo tenían auténticos problemas con cuestiones sencillamente naturales como sus propios cuerpos desnudos, las relaciones o la forma de mostrarse entre ellos, sino que además eran capaces de dividirse en grupos y alimentar miedos de una forma poco menos que escalofriante. Xenofobia, racismo, afinidad a diferentes equipos en competiciones deportivas… Todo lo tenían etiquetado. Y no sólo había rivalidad por las diferencias; además parecía haber una competición de una mitad del mundo con la otra por acaparar los recursos naturales y todos los bienes materiales posibles. Después de su experiencia como profesora, Irene llegó a la conclusión de que el microcosmos de su clase, con niños egoístas, materialistas y ambiciosos debido -creía ella- a sus edades, en realidad era representativo de lo que también pasaba a escala mundial: el niño fuerte que abusa del débil, los cuatro gamberros por los que toda la clase paga en los castigos, etc…

Irene antes se había llamado Kropka, Aliss, Medelux, y de muchas otras formas en otros planetas junto a todas sus demás compañeras de juicio final. En definitiva era simplemente el modelo B-5111; cosa que al principio le resultó frío y dominante, como si para las pautas de su empresa en la vida extraplanetaria sólo fuera un dígito, lo que para los humanos sería un Dios a tiempo completo, una obrera explotada.

Al cabo de tres años se recibió el aviso oficial. A los humanos se les había acabado el tiempo. Pasa con todos los planetas de cierto recorrido histórico. La paciencia de los ordenanzas en la nave nodriza suele durar poco más de tres años, o a lo sumo cuatro, se podía calcular. Los informes Irene transmitidos por radio habían sido siempre desastrosos. Para Altamar 313 la Tierra era poco más que basura espacial, un planeta de posibilidades infinitas ocupado por una especie en constante proceso de masturbación, sin proyección de verdadero altruismo o paz en la mayor parte de su territorio como pasa en otras civilizaciones. Su desarrollo tecnológico, aunque constante, era lento; pero su evolución como especie se reducía a eso; mientras en territorios parcialmente regulados y controlados la gente podía aspirar a ser feliz con un equilibrio de humanidad y poder personal, en otros lugares las guerras jamás tocaban a su fin y la hambrunas y los intereses ajenos hacían menguar a sus pueblos. Esbozos de una especie que para el MP era totalmente insostenible, y además estaba ocupando un espacio en el que quizá otros seres vivos de organismo similar podrían convivir de una forma realmente digna y duradera.

Así que el modelo Irene B-5111 empaquetó sus enseres personales y despegó en su cápsula, en la que pasaría una semana, y en la que para cuando llegara a Altamar 313, ya tendría asignado otro nombre y otro planeta.
Para su disgusto, no pudo llegar a tiempo a la nave nodriza para poder ver con atención el destello de destrucción de la humanidad. Pensó en algunas de las personas a las que había conocido, y se preguntó cuántos de ellos hubiera salvado si hubiera estado en su mano.

Pasado un tiempo, poco antes de ser avisada para emprender otra misión de análisis, el modelo B-5111 topó con el A-9000, otro híbrido con más experiencia que ella, y vieja amiga. Todos los híbridos tenían un aspecto similar; los rasgos femeninos eran parecidos en muchos planetas carentes de especies hermafroditas destacadas, y cuando se diseñó la patrulla de exploración espacial, cuyo último trabajo había sido el test Irene, se decidió dar un aspecto amable a todos los híbridos, cuya mayoría de componentes eran de Altamar, y tenían el aspecto de una fémina de no más de veinticinco años, delgada y de gesto amable, cuyo patrón se había acentuado más que nunca después de la misión en la Tierra.
B-5111 y A-9000 se saludaron efusivamente en la zona de recreo de la Altamar 313: un recinto bien iluminado, amplio y acogedor donde todo el que quisiera podía simplemente postrarse en unos cómodos salientes acolchados con vistas al espacio, o recargar sus baterías con la dosis diaria de nitrato de calcio.
Las dos híbridos se sentaron con vistas al vacío, y A-9000 le dio el pésame a su amiga. B-5111 había perdido a su familia en un viaje de recreo a Marte mientras ella aún tenía un año por delante como Irene. Se pasó varios días lagrimeando, y tuvo que administrarse durante un tiempo más dosis de nitrato del aconsejado, lo cual entre androides se considera poco menos que drogadicción.
Las dos perfectas imitaciones de la veinteañera tipo charlaron durante horas. B-5111 le preguntó a su amiga qué impresión le habían dado los humanos. Y A-9000 le contestó:
– No sé, algunos tenían formas agradables.
Las dos se quedaron en silencio, mirando en la dirección en la que se podía ver la esfera azul a lo lejos; la cual ahora tenía un tono tirando a marrón.
– Tierra 0 – murmuró A-9000 – ¿Te apetece un poco de nitrato?

[De pequeño el único tipo de películas que me iba eran las de acción, supongo que como a todos los niños. Me daba igual si la película era de artes marciales, de tiros, bélica… El caso es que el contador de extras acribillados o sacados de plano de una patada fuera subiendo como la espuma. Un tipo de cine que por cierto ahora también me gusta cuando no me apetece ver nada demasiado cerebral. Ahora mismo Prachya Pinkaew es un director que es al cine de hostias lo que Arguiñano a los programas de cocina. Dirigió “Ong Back” (tomad nota los que os vaya este rollo), y ahora tiene nueva película: “Chocolate”. La fórmula es aparenemente fácil: una trama simple y actores dispuestos a romperse la crisma en cada escena de acción. En el video, el trailer de “Chocolate”.]

THAILAND-ENTERTAINMENT-FILM-WOMEN

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11 comentarios en “Irene B-5111

  1. No pude ver el video pero me ha impactado esa Irena tanto terrenal, como cuando hablaba con sus alumnos de temas no bien vistos, como de la Irena que yo he llamado TecnoIrene.

    Buen relato.

    Un abrazo con buena vibra para ti y tu familia en este 2009!

  2. Tiene que ser bonito contemplar la explosión de un planeta tan de cerca. Y es curioso describir a una androide con sentimientos más puros que un humano.
    No sé si aportará algo nuevo a tu magnífica obra, pero sigue constituyendo un buen relato que nos anima a la reflexión.

  3. Un brillante argumento mal ejecutado.

    Supongo que si lo lees con calma dentro de una temporada serías capaz de eliminar inconsistencias y contradicciones, corregirlo, y escribir una pequeña obra de arte.

  4. Buena idea y bien desarrollada. Tal vez no sea perfecto pero consigue de largo su propósito: una reflexión desde un punto de vista “no-humano”. Qué absurdos que somos.

  5. Hacer un bonito relato es tocar la fibra humana, como lo hace Irene con ese nitrato y tú con estas palabras. ¿Por qué suponemos que nos analizan o que les interesamos con una mirada similar a la nuestra? Podríamos ser un producto para un medicamento específico, o pegamento de sus nomaterias… nuestra alma valdría para algo,quizás los 21 gramos, quizás el hígado, quizás la energía de bombear sangre…
    Me gusta de los extraterrestres que no son de aquí, precisamente.

    Un gusto este rato de lectura, la peli me la paso, demasiada acción después del nitrato, que me ha sentado de puta madre.

    Besico

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