Falta de ideas

Sobre formas espectaculares de perder, de cagarla, claudicar, hundirse y morir en el intento, casi todo el mundo tiene muchas cosas que decir. Basta con haber ido tirando, con continuar hacia delante. A más tiempo recorrido más suele empeorar tu concepto de ti mismo si te paras a pensarlo. Viví sola con mi madre desde niña porque mi padre se dedicaba a la caza y, por decirlo finamente, un día decidió dejar en paz a los animales para, con su escopeta en la mano, pensar un rato con el suficiente detenimiento sobre sí mismo.
Lo peor del suicidio es que casi nunca suele haber una explicación que lo justifique. Tiramos sus cenizas por el bosque y luego hicimos cuentas restando un sueldo para el futuro. O las hizo mi madre más bien, porque yo aún hacía cosas como mirarme la entrepierna con curiosidad o mojar la cama. Los domingos mis abuelos hablaban del infierno durante la comida y mi madre echaba a llorar y yo también por pura inercia. Mi padre no sólo había muerto, además ardería para toda la eternidad. Mis abuelos llevaron a tales cotas su fe, que sólo hablaban mierda sobre cualquier cosa que les rodeara que pudieran ver o tocar.

Un chico, en mi época del colegio, quizá para ayudarme o porque quería verme desnuda, me miraba directo a los ojos y decía cosas como que el suicidio suele ser producto de la falta de ideas. Piensa en esa gente que olvida cómo debe tragar y es alimentada con paciencia o vía intravenosa. Al final lo que cuenta es la incapacidad, lo que nos definen son las limitaciones, lo que somos es todo lo que los libros de autoayuda nos reprochan con delicada palabrería de best-seller; como si sacar fuerzas de flaqueza dependiera de cosas como hacer yoga o amueblar tu casa acorde a la filosofía feng shui. Deja correr la energía por el cauce correcto, déjate aconsejar por la sección basura de la librería más grande de tu ciudad. Basta con creérselo, que es algo así como decir que basta con tener fe. Durante mi adolescencia tenía amigas que leían no sé qué Biblia satánica, algo insólito en aquella época; se pasaban con el rimel y odiaban con toda su alma el futuro que ya mismo tendrían que comenzar a vivir. Me caían bien; por lo menos se limitaban a aprenderse citas de memoria y no iban todo el día por ahí intentado meterle su rollo en la cabeza a todo el mundo. Cosa que sí hacían los curas de mi colegio. Ejemplo: Recuerdo a Paco, que era homosexual, y que acabó babeando en un psiquiátrico antes de llegar a los veinte porque sus padres querían curarle. Durante cierta época se pensaba que a base de electroshocks podían convertir a cualquiera en hetero; un hetero más, digno de Dios. Cuando aún estaba en condición de decir algunas palabras, dijo que quería morir, arrasado por la culpabilidad. Hablo, claro, de cuando aún en algunos colegios te obligaban a escribir con la derecha si eras zurdo, también para curarte. Todo el mundo estaba enfermo, los gays, las lesbianas, los zurdos, y de hecho en cierto modo hasta las mujeres (por no ser hombres), pero supongo que como éramos necesarias para perpetuar la especie, nos dejaron hacer las labores de la casa y soportar a los críos, condicionadas, eso sí: heteros, diestras y católicas.

Mis amigas, góticas prematuras involuntarias de la historia, con sus uniformes y siendo las únicas que se atrevían a maquillarse, eran azotadas habitualmente: una regla de madera. Hasta que un día monseñor descubrió que a una de ellas le gustaba. Si ponerse rimel ya era algo así como mearse en la cara de la Virgen Maria, el sadomasoquismo era algo tan perverso que los curas ni tan siquiera lo tenían etiquetado. Tipos entre los que por cierto hubo algún pedófilo reconocido; pero por lo que sea, se les escapaba el tema del dolor placentero.

Tengo la suficiente edad como para no querer mirarme al espejo si no es estrictamente necesario. Soy una vía de tren en desuso, un adolescente responsable, un lunes feliz; soy rara hasta la extenuación. Ya entrada en años comencé a devorar a Burroughs, comencé a leer lo que aún hoy se consideran provocaciones literarias, escritores a los que no te imaginarías levantándose siempre a las ocho de la mañana y dándole los buenos días a todo el mundo. Kerouak, Céline, Bukowski… Ácido para las niñas bien. Cosa que yo nunca fui, porque donde los demás veían misoginia y pornografía, yo veía alta comedia, material de primera para leer con una mano metida en las bragas.
La alergia a la lectura de la mayoría de la gente me convierte a mi ya arrugada edad en una extraterrestre; soy a la vista una señora de las que suelen devorar telebasura, controlarse la tensión, y como mayor trasgresión añadir algún ingrediente nuevo a la sopa. Pero no. Malgasto el dinero de mi jubilación, bebo más de la cuenta y jamás me he arrepentido de no tener hijos. Yo sé lo que es ser hija de alguien, no se pierden nada.
La vida vista desde la atalaya de la tercera edad, junto al vodka solo, los libros y unas aficiones más propias de alguien que aún tuviera toda la vida por delante, es deprimente. Pero auténtica.
Estoy sola, soy la muerte de mi apellido, mi estirpe se acaba aquí, dentro de poco, espero que durante una noche: no quiero morir sufriendo. Ya sé que no soy original, pero pasa que a ciertas edades lo más parecido a un sueño erótico tiene que ver sobre todo con la idea de morir sin enterarse. Eso sí es una victoria.

Estuve casada durante décadas. Durante los últimos dos años de su vida, no se acordaba de nadie; igual vivía conmigo que podía haber vivido con Marlene Dietrich. Al final era como estar sola, tenía cuadros de naturalezas muertas, tenía plantas, una pecera enorme, y tenía a mi marido. Pasó de ser el hombre de mi vida a formar parte del mobiliario. Y nadie se compraría una preciosa mesita de caoba si ésta se cagara encima dos veces al día. Así de negra puede ser la vida.
Aun así, como ya he dicho, nunca me arrepentí de no tener hijos; sólo de pensar en un treintañero visitándome con su pareja los domingos quizá sólo por obligación para seguir sosteniendo la fantasía de que aún somos una familia unida (y por tanto necesitamos vernos), me vienen arcadas. Aceptémoslo, la gente se disgrega. Cuando la gente se independiza lo hace sobre todo para desconectar, para separarse. Entiendo perfectamente que los jóvenes a veces odien a sus suegros, o no puedan ni ver a sus padres; y lo que alimenta ese odio, ese probable hastío y esa desgana, es el hecho de que todos se sienten obligados a seguir unidos; porque no es que no puedas elegir a tus padres, es que tampoco puedes elegir a tus hijos. Si las parejas de libre elección a duras penas se aguantan en las relaciones sentimentales y se aburren los unos de los otros con tanta frecuencia, ¿qué nos dice que en el núcleo familiar tiene que haber amistad y unión siempre? Puede haberla, sí. Pero también puede que no; y la cuestión supongo que es: ¿Por qué lo segundo ha de ser malo?
Creo que en lo que al amor se refiere, nos dieron la mano y nos cogimos el brazo. No puede haber amor por todas partes, y no lo hay.

Durante la mayor parte de mi vida me he dedicado a Estar. En la cocina, de paseo, durmiendo, en la cocina, de paseo, durmiendo… Y así hasta que mi hombre enfermó, que fue cuando pasé a estar siempre en casa, con mis plantas, a las que se había unido mi marido, una televisión y un buzón atestado de publicidad. Conocí a mi marido cuando de joven era lo suficientemente lerda como para aguantar cierto grado de machismo siempre que de vez en cuando me regalaran flores y me provocaran algún tímido orgasmo. Cuando lo hacíamos antes de casarnos nos sentíamos como terroristas, encapuchados entrando en el jardín del Edén con latas de gasolina y cerillas. Nos corríamos y luego dudábamos sobre si ir haciendo las maletas para irnos de cabeza al infierno. Así de perjudiciales pueden ser tus padres. Cada vez que oigo a alguien joven decir que cree en Dios me entran ganas de llorar, y muchas veces lo hago. Pasada la cincuentena me dediqué a escribir un diario, y cuando vi que no había manera de hacerlo sin acabar profundamente deprimida, opté por la ficción. Gané un par de certámenes a nivel nacional en la categoría de Relato Erótico y gasté todo el dinero de los premios en bebida y sexo de pago. Lo bueno de los gigolós es que no esperan nada de ti; les dejas hacer su papel y a cambio te dan lo que ninguno de los hombres con los que has estado a sido capaz de darte. Un par de veces llegué a montármelo con alguno en el mismo sillón en el que mi marido babeaba. La menopausia casa muy bien con los orgasmos múltiples. Lo único que siempre he esperado de la tercera edad es que jamás nadie se atreva a llamarme “la abuela rockera”; soy mayor, pero no soy el guiñol de nadie. De todos modos, por muy de moda que esté la condescendencia, supongo que nadie iba a ver bien eso de los cuernos durante el alzheimer.
Sólo me he limitado a intentar compensar la falta de ideas del pasado; contrarrestar la ignorancia con la que, entre mis padres y la religión, me esclavizaron durante toda mi juventud y mi matrimonio. Obviamente me casé por la Iglesia; cuando veo fotos de ese día me dan ganas de zarandear a esa chica joven y darle un puñetazo.

No quiero que esto resulte largo y confuso, pero entiéndeme, necesito desahogarme. Esto tenía que ser una carta de amor, pero ya ves cómo me gusta alardear de pasado y tetas caídas. Hablo sobre mí porque aunque sabes quién soy, sé que apenas me conoces; porque me voy a morir ya mismo y porque sé que a tu mujer no le va a molestar que una moribunda le tire los tratos vía postal al viejales de su marido. Estoy en París, mi intención es morir fuera de un hospital, donde sea; no me importa estar asistida, pero no quiero tener un final de diseño, con máquinas a mi alrededor pitando y enfermeras guapas para las que sólo pase a significar lo que hicieron un día antes de irse a comer. Mi mayor esperanza es que Dios exista y así poder tener una pelea con él, revolcarlo por suelo y ahogarlo con mis propias manos. Te aseguro que si ese cabrón existe pondré a prueba su inmortalidad.

Por si no lo sabes bien aún, tienes que tener la certeza antes de que a ti también te diagnostiquen un cáncer o algo peor, de que yo quería a mi marido, pero más bien como se quiere a un hermano mayor o a una amiga. Tú siempre has sido a quien yo quería en el sentido romántico, pero como al parecer hiciste tu elección a conciencia, me he tenido que conformar con la inercia de vivir. Si tu mujer lee esta carta, tiene que saber que no tengo nada en contra de ella, pero le agradecería un mínimo sentimiento de culpabilidad; dile que no pasa nada, que a veces es sano sentirse culpable. Tiene que saber que he llegado a odiarla, pero que al paso de los años, cuando he podido ver que ambas hemos perdido cualquier atisbo de belleza, ese odio se ha ido mitigando de algún modo. No quiero mentir, es un placer saber que tus enemigos también se pudren.
He llegado a la conclusión de que somos como somos por la falta de ideas; aquel chico del colegio tenía razón; malvivimos y nos suicidamos y somos malvados y materialistas por la falta de ideas. Porque no sabemos más. Somos inútiles, y vivimos en una maqueta que la cómoda providencia de la rutina pisotea cada día para avisarnos de cuán agradecidos tenemos que estar por poder vivir, aunque no merezca la pena para todos por igual.
Te quiero. Y eso tiene que quedar claro, ya que no he tenido ocasión de demostrártelo con acciones. Y me voy de este mundo sin saber si eres lo que prometes, o si lo bueno que deduzco podía haber tenido esta vida sólo son cosas de mi imaginación. Y eso es todo. Acuérdate de mí en tu lecho de muerte. Y no olvides que, probablemente casi todo lo que he escrito aquí, sólo sean gilipolleces.

[Se estrena la nueva película de David Fincher: uno de mis directores predilectos, un tipo que sale brioso de las apuestas más clásicas y de los retos más complicados, aunque la taquilla no siempre le comprenda. Después de ese consciente y gran ejercicio de narración del camino a la desesperación que supone Zodiac (que nadie en busca de películas inteligentes y arriesgadas deje de verla), Fincher mete mano a un relato de F. Scott Fitzgerald: “El curioso caso de Benjamin Button”. Material que pinta que muy bien podría haber dirigido Tim Burton, pero que en manos de Fincher puede resultar incluso mejor parada, con más matices y recovecos de los que el enfoque del amigo Tim hubiese proporcionado. O eso creo yo. En todo caso, veremos qué ha hecho el director del Club de la lucha. (Trailer en video).]

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5 comentarios en “Falta de ideas

  1. Muy salvaje, que no bestia.

    Toca muchas cosas (¿demasiadas?) en muy poco tiempo y creo que por eso tiene altibajos de intensidad. Se disipa para volver a concentrarse. De todos modos me ha gustado. Sigo disfrutando al leerte.

  2. En parte estoy de acuerdo con Derek. Empieza muy bien y alcanza momentos verdaderamente arrolladores. Pero quizá hubiese sido más redondo si no hubiese tocado ciertas materias que no termina de desarrollar (y tampoco son necesarias). Igualmente le hace ganar sentido a que sea una mujer mayor quien narra.
    Con todo, algunos momentos me han impresionado por su perspicacia.

  3. Envidio a la gente que tiene las ideas tan claras a la hora de valorar. Yo generalmente no me salgo del porque sí. En todo caso, el relato me ha parecido chulo. Lo que me parece gracioso de los ateos en España (en otros lados no sé) es que, en la mayoría de los casos, pese a renegar de Dios, de la iglesia, etc, siguen siendo católicos en el fondo. Una vez recibes esa educación, no te libras de ella ni por casualidad. Así que es contradictorio, pero humanamente divertido. Oye, falta una “h” por ahí, pero lo que más me ha dolido es lo de los “recobecos” de Fincher. Sí que es un director a tener en cuenta.

  4. Razón tienes Natalia, puede que sea la primera vez en mi vida que escribo esa palabra.
    Y razón tienes también en lo de los ateos, basta con que te hayan dado un par de clases de religión y ya te conviertes en agnóstico como poco… Estaría bien que los adultos dejaran a los niños crecer y decidir si quieren ser creyentes, pero creo que aún estamos lejos de utilizar semejante sentido común…

  5. Me encanta David Fincher pero ayer vi la peli esa de Benjamin Button y me dejó un poco fría. Es decir, tiene detalles muy buenos, pero le sobra como mínimo media hora. La parte en que Brad Pitt es viejo mola, pero a medida que rejuvenece la peli pierde interés… Bueno, en todo caso es curiosa como indica el propio título.

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