La chica isla

Pablo sube al autobús, cansado. Y mentalmente agotado. Se sienta en uno de los primeros asientos, dando la espalda a toda esa gente, siempre los mismos. Estudiantes y jubilados. Toda esa gente que no le importa, y a la que casi odia, en parte, piensa, por la pura pulsión del sueño mutilado. Esos rostros te quitan las ganas de seguir adelante. Pablo quería alguna buena cara, alguien vocacionalmente satisfecho. No podía creer que aquellas caras de hastío fueran provocadas sólo por el madrugar. Es imposible. ¿Es que no hay nadie? Son todos espectros, proyectos de inquilino con parcela segura en el cementerio. Siempre lo son. Pablo ya sabe todo eso a sus trece años. Sólo un poco después de haber experimentado la primera paja. Lo cual le daba otro sentido a aquellas mañanas. Porque generalizar va bien para exponer los hechos. Porque Pablo ha subido al autobús, cansado, es verdad, como todas las mañanas. No infeliz, pero sí cansado. Y del autobús el resumen es la amargura de vivir, al margen, eso sí, de la chica de siempre del asiento de atrás.
Cuya edad debe superar a la de Pablo en cuatro o cinco años. Una mujer. Esa muchacha para Pablo, todas esas mañanas de tedio infantil contagiado por el futuro, esa chica, es una isla. Una torre de marfil tras cuyos muros vive una princesa, a salvo de los madrugones y la antesala de la muerte de ticket de autobús. Ella sonríe, cada día.
Como hoy y como ayer, ella se sienta en uno de esos asientos que vibran de verdad, a unos palmos por encima del motor. Siempre con el mismo libro. Es la alegría de Pablo, su única esperanza, la única conexión con el milagro de vivir en un medio de transporte en el que, a esas horas, todos parecen a punto de echarse a llorar; rostros enjutos; te miran y parecen decir: sacrifícame. Pero durante esos minutos camino a sus propios mataderos espirituales, toda esa gente ignora a la princesa que, sin levantar la vista de su libro, sonríe. De verdad, no como al saludar a alguien a quien no te apetece ver, o en una cena que no te apetecía celebrar; sino de verdad.
Y hoy, cuando Pablo ha llegado a su parada, en la cual se bajan algunos depresivos junto a la chica isla. Cuando ha esperado a bajar justo detrás de ella, para ver cómo se marca su voluptuosidad en la ropa. Entonces, a la muchacha se le ha caído el libro al suelo, fuera del vehículo. Pablo ha visto su oportunidad de cortesía y no la ha desaprovechado. Se ha agachado hábilmente antes que ella, ha mirado un momento la tapa del volumen y se lo ha dado a la muchacha. Ella le ha respondido con su épica sonrisa matutina, y Pablo se ha quedado satisfecho. Se ha ido casi dando saltitos hacia los portones del colegio, mientras en su cabeza no ha parado de repetirse el nombre del escritor que le ha dado tiempo a atisbar en la tapa del libro: Friedrich Nietzsche. Tengo que conseguir algún libro de ese tío, se ha dicho.

[De entre toda la mierda denigrante para el espectador que hay en la tele, aún hay algúnos genios. Uno de ellos sin duda es Berto, del programa de Buenafuente. Os aconsejo ver cualquiera de sus videos en youtube. Es simplemente demoledor. Y empieza programa propio, creo que semanal. Espero que funcione.]

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6 comentarios en “La chica isla

  1. Nietzsche y Rilke se conocían…. la prosa, la poesía, la narrativa, todo arte converge en un mismo fin.

    Un niño es feliz con una mirada…. ojalá todos fuésemos niños….

    Seguro que Berto triunfa, Bonafuente lo ha hecho, en ambas lenguas, aunque no apostaban por él en versión castellana…

    Jordim, dos relatos en un mismo día, viernes y trece da mucho de sí… no dejes de sorprendernos!

  2. ME hiciste recordar mis amores de infancia, donde las miradas eran los besos y no pasaban de ahí. Dulces moments.

    La charla del vídeo es divertida. Buen carisma el de los protagonistas.

    Un abrazo con afectos!

  3. ¡Hola Jordi!

    Opino igual que tú, y espero que La Sexta lo mantenga en antena.

    Por cierto, me ha encantado el texto. Te agrego a mis blogs favoritos, así no se me pasa leerte y evadirme contigo.

    Ah, a mi me pasó algo parecido, pero en esta ocasión no leía un libro, ojeaba revistas.

    MIGUEL

  4. Hola Jordim, qué tal.

    Estas dos entregas más cortas me parecen de muy buen leer. No es que las otras no me hayan gustado, tan sólo hacía tiempo que no venía por aquí por motivos más que peregrinos, así que a corto plazo pretérito no he leído ninguna de las largas. Alguna que he medio leído con prisas me ha parecido poco clara, seguramente por hacerlo así, a toda hostia siendo tan largas.

    Estas dos, como te digo, me parecen bien perfiladas, muy pulcras y de puntadas invisibles. Oficio que tienes.

    Seguiré viniendo. Saludos.

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