Explotar

No era idea mía, yo me hubiera quedado en casa tranquilamente compadeciéndome de mí mismo, me hubiera fumado un paquete entero de Malboro viendo las dos primeras partes de El Padrino. No soy exigente, vale; pero hay mucha gente que considera el arte la última forma de entretenimiento útil. Así nos va. Las neuronas de todo el mundo sólo trabajan para seguir acumulando autoestima de nómina, respeto de comida de navidad familiar; los sueños de todo el mundo reducidos a materia para satisfacer ese ego que ha mandado a medio planeta al infierno.
Así que no, yo no quería venir aquí. Y ahora estamos encerrados. Se suponía que íbamos a hacer excursiones en grupo, a beber por las noches en la cabaña hasta que todo nos pareciese genial. Era un fin de semana de amigos bien avenidos. Cabe recalcar la palabra Amigos. Véase: Dos parejas y yo. Gemidos y risitas durante la noche con los que podría haberme masturbado si aún tuviera quince años. Pero tenemos veintitantos. Y el tercer día a una de las parejas le dio por montárselo de noche a la intemperie. Porque debía ser más emocionante, aun con el frío insoportable. Y Sandra -lo que vendría a llamarse el amor de mi vida si esto fuera una novela de García Márquez-, gimió hasta tal punto que ahora la casa está a varios metros bajo la nieve. Con nosotros dentro.

Cuando la nieve comenzó a bajar furiosa en tropel, la parejita entró acongojada en la casa. Y justo al cerrar la puerta todo comenzó a crujir mientras se nos pasaba la vida por delante. Aunque creo que yo fui el que menos apuros pasó, al estar familiarizado con el intenso sufrimiento de ver a cierta chica en manos de un imbécil; lo cual es a la vez el único motivo por el que estoy aquí. Hay razones muy sencillas por las cuales él me supera. Son las mismas que hacen que ella pierda muchos puntos, pero ni mucho menos los suficientes como para que yo pueda borrar su cara de mi mente. En una mala película romántica yo le vencería, me quedaría con la chica; pero la realidad es que nos deben separar unas diez mil abdominales.
No le culpo, el tío sencillamente tiene las ideas claras, aunque sólo tenga dos o tres. Sandra debe ser la primera imagen que recuerdo de mi infancia, cuando aún nos meábamos encima y no distinguíamos los niños de las niñas. Fuimos inseparables hasta que ella comenzó a tener novios. Hasta que yo comencé a tener conciencia de que le despertaba la misma pulsión erótica que un cachorro dando saltos a su alrededor, intentando jugar. Creo que a estas alturas ya pagaría sólo por dormir abrazado a ella. Si alguien alguna vez pudiera saber de las cosas que pienso, no descansaría hasta verle muerto.

La situación aún no es grave, físicamente hablando (porque yo hace años que rezo por morir de una forma espectacular). Sólo llevamos unas diez horas aquí dentro. No sabemos del grosor que hay hasta la superficie de la avalancha, pero lo que está claro es que la gente va a echar de menos la cabaña cuando atisben el paisaje. Tenemos comida, aún. Y lo más inteligente es no ponernos nerviosos. Alguien dijo que lo mejor era no traer móviles, y a todos nos pareció una buena idea. Es como si la naturaleza hubiera aprovechado para vengarse y ponernos en nuestro sitio. Nos ha hecho pagar nuestro desapego con lo que nos da la vida en un sentido primitivo. Dentro de la casa tampoco hay un teléfono fijo. Aunque sí hay televisión. Bien, ha pensado el ser superior, no os podéis quejar, esto es más o menos lo que hacéis con vuestra vida ahí fuera. Lo cierto es que para el mundo ahora mismo somos igual de útiles que antes. Tanto aquí dentro como afuera, sólo nos importa una cosa, y ahora sólo desearíamos tener un móvil para poder salvar nuestros culos acomodados gracias al veneno que intoxica al vecino lejano.

Las chicas están cada vez más nerviosas. Los tíos nos limitamos a callar de momento. Un detalle interesante y extraño es que no se ha ido la luz. Así que la tele, en la que apenas se pueden ver un par de canales, aún nos conecta con el exterior. Todo sigue su curso. Y algo hace que se nos ponga la piel de gallina al pensar que la programación no variaría mañana un ápice si hoy muriéramos, si la casa cediera. Si eso pasara, yo dejaría de preocuparme. Nadie reconoce nunca la parte del alivio al morir, sea mayor o menor. Entiendo yo que ahora el novio de Sandra y supuesto amigo mío, esté preocupado. Cuando se machaca en el gimnasio debe pensar en las ventajas a largo plazo. Esto no entraba para nada en sus planes, la muerte no tenía lugar en ninguna de sus dos o tres ideas claras. Sólo espero que nos vengan a rescatar a tiempo y su cuerpo no tenga que llegar al límite de comenzar a quemar músculo.
El hambre ahora es el mayor miedo. Aunque nos sacaran de aquí dentro de cuatro días, eso significaría que tendríamos que pasar por lo menos dos sin comer. Comenzaríamos a sentir algo parecido a lo que experimentan en ciertos países, y además con nuestros Ipods en el bolsillo. Un estilo de vida y sus consecuencias globales en pocos metros cuadrados. Y míranos, sólo podemos pensar en llegar a casa y conectarnos a Internet mientras nos comemos un buen filete. Para recordar lo que somos, y olvidar lo que significamos de verdad.
Con nuestra televisión y nuestros centros neurálgicos de diversión de diseño, nuestra literatura barata y nuestro arte de rápido consumo. Hemos minimizado nuestras cualidades a favor de nuestras colecciones caprichosas de casas en pueblos costeros, coches, aparatos de última generación y cenas en restaurantes de a treinta euros por cabeza. Un día alguien se desmaya en medio de la calle y todo se paraliza. Para cuando ha llegado la ambulancia ya está todo el barrio rodeando la escena. No nos ha bastado con estar arriba en la cadena alimenticia; ahora además también queremos demostrar que ni tan siquiera nos importan una mierda nuestros compañeros de especie, a no ser que el charco de sangre pueda alcanzarnos y estropear nuestros bonitos zapatos permanentemente nuevos.

Todo esto no me parece injusto. Estas cosas son las que me hacen pensar en que Dios existe de algún modo. Como cuando algo terrible pasa en el centro del lujo; como cuando cayeron las torres gemelas y todo el mundo se quedó hipnotizado ante la tele durante dos días por la pura fascinación plástica de las imágenes. Y el ser superior debía darse golpes en la cabeza mientras pensaba: Yo no quería dar espectáculo, sino haceros pensar, cretinos… Mientras suceden ese tipo de cosas, siempre imagino a ese Dios, a alguien, nivelando la balanza para intentar hacernos despertar. Esa es mi creencia atea, mi religión final. Cada uno se aferra espiritualmente a lo que puede, mientras intenta conseguir a la chica, o buscando novedades pornográficas, o intentando superarse en el contexto occidental, mientras por dentro pensamos en dónde coño nos hemos metido, y cómo vamos a salir para reivindicarnos como seres independientes de la inmundicia vital predominante.

Sandra dice que tiene los ingredientes necesarios para hacer una tarta Waldorf. Cuando ya llevamos veinte horas aquí, sin dormir, cada vez nos da más miedo comer, agotar los recursos. Parece que se ha hecho una especie de efecto iglú, no hace frío. Intento no mirarle el culo a Sandra mientras va de un lado a otro. Su novio le da una palmada cada vez que ella pasa por delante de la silla en la que él ensaya posturas con su sudadera ajustada. Él se llama Héctor. La otra pareja son Fran y Mónica. Ellos llevan juntos como desde los quince años. Ya han pasado por cualquier crisis de pareja que cualquier revista -ya sea para adolescentes o del corazón- pueda haber tipificado. Si en la tele ven anunciada una mesita de caoba ideal dormitorios para parejas jóvenes y avanzadas, ellos van y se la compran. Hace dos años que tienen un piso de alquiler, y lo más parecido a una conversación interesante que les he oído fue una vez que él le dijo a ella por qué quería salir todas las semanas de compras, a lo que ella contestó arrugando el ceño y bebiendo un sorbo de su Nestea en la cafetería habitual. Yo sé por qué él está con ella, lo que no sé es qué tiene ella en la cabeza, o si tiene algo. Es fascinante la capacidad que tienen algunas personas para parecer completamente insípidas y vacías, sin más motivación que la de hacer una pirueta pendientes de que les miren; ya sea con dinero o con cualquier cosa que puedan canjear por reconocimiento ajeno: parejas agradables a la vista, ropa agradable a la vista, una buena decoración, colonia, complementos… Y el misterio más grande de todos, es el de que personas con inquietudes puedan acabar con esas otras. Al final la única respuesta seguramente es el sexo, las cubanas de Mónica, las mamadas de Mónica, lo permisiva que sea Mónica una vez le has hecho las veces de secretario durante el paseo. Todo va a parar al hecho de que al final la vida se reduzca a la fricción carnal y los datos impactantes en delicados papeles impresos con el logotipo de alguna empresa importante. Y la magia que impregna todo ese despropósito plenamente justificado por el sistema, supongo que es el hecho de que un orgasmo haya convertido en presos a los mismos que pretendían seguir adelante sólo con sexo y dinero. Si en cierto momento del pasado Fran hubiese cortado con Mónica como tantas veces me dijo que haría, ahora quizá la vida no se reduciría a aguantar la siguiente hora sin desquiciarnos. La magia de la vida, hela aquí. Dios existe, y no está en la bragueta de nadie, pero mucho menos en la cabeza de gente como Mónica o Héctor. Supongo que está en la última página de cada libro, en todos, quizá excepto en la Biblia.

Cuando te has dado cuenta el futuro te ha dado en los morros, y el pasado se te antoja demasiado abrupto. Cinco días después, o quizá seis, alguien rasca en una de las ventanas. Estamos salvados. Habrán cavado hasta llegar a la casa, le digo a Sandra. Y ella asiente, acurrucada en un sillón. ¿No estás contenta? No me contesta en modo alguno. Tengo una idea de por qué. Uno puede hacer ciertas cosas cuando cree que puede morir pronto. Al paso de las horas acabas pensando que nadie se acordará de ti. Que aquella cabaña, en fin, allí no había nadie. ¿Quién pagaba la estancia? Aquellos chavales ¿Y ya se fueron, no? Oh sí, creo que sí. Imaginas un malentendido, a alguien que se ha ido de vacaciones en un mal momento, informaciones erróneas, documentos perdidos. Te desesperas.
Paso por encima del cadáver de Héctor y golpeo la ventana con mis nudillos: ¡Estamos aquí!
No era idea mía. Yo llevaba mucho tiempo diciendo que todos tenemos un límite. Esa palmadita de Héctor en el culo de Sandra, una y otra vez. Esas dos parejas. Hector: “¿Y tú qué, tío? Tendrías que haberte traído a una zorrilla contigo”. Mónica: “Creo que está coladito por ella”. Dijo eso, mirándose la uñas, señalando con la barbilla a Sandra: “¿Qué dices?” Y Sandra reaccionó como si nada, cambiando de tema. Dos tíos apartan la nieve de la ventana y el pasado reciente me sacude. Sandra se arrodilla ante el cadáver de Mónica y rompe a llorar, desesperada por tener que vivir con esto de aquí en adelante. Cuando el hambre nos comenzó a molestar de verdad, me convertí en el objetivo de las pullas: el soltero entre parejas, el anarquista entre profesionales. Héctor y Mónica no dejaron de hablar hasta que yo vi la figura de un perro en una esquina de la casa, un mamotreto de metal de unos treinta kilos.
Ahora sólo pienso en comer. A Sandra parece poderle más el asesinato, su plan de declaraciones para inculparme, la depresión futura y todas las veces que me girará la cara cada vez que nos crucemos por la calle. No tengo ni idea de lo que va a pasar, pero me ha dolido tanto vivir afuera sin ella que no creo que note la diferencia encerrado, ya que la libertad cuando no tienes lo único que quieres, se te antoja algo cruel, una broma sin gracia que tienes que aguantar cada vez que despiertas por la mañana.
Los dos tíos me dicen con señas que me aparte de la ventana, que van a romperla. Entrarán y verán al perro tumbado, con la cabeza llena de sangre. Llamarán a la policía si no está ya aquí, y yo comenzaré a planear formas indoloras de suicidio. Y tiene gracia, ya que es la primera vez que he tenido un acceso de rabia en mi vida, la primera vez que he alzado la voz, que me he revelado. Y me pregunto si no hará más falta esto en el mundo. Explotar. Me quedo mirando a Sandra mientras los cristales se rompen a mi espalda. Y recuerdo que esto no era idea mía. Quiero comer algo caliente. Tengo muchas ganas de fumar. Y ya no siento nada a nivel emocional, me invade cierta paz; me noto saliéndome de la raya, separándome de lo normal; me voy convirtiendo poco a poco en el enemigo de la gente que más odio. Y no exageraría un ápice si dijera que por primera vez en mi vida siento algo parecido a la felicidad.

[Nuevo amor platónico: Malin Akerman. Una de las protagonistas de Watchmen. Película que ya he visto y de la que podría escribir sin darme cuenta cinco páginas de crítica; cosa que no pienso hacer ya a estas alturas. Sólo diré que la disfruté de lo lindo y que el cómic está ahí para releerlo cuantas veces uno quiera. Zack Snyder, sé que otros no, pero yo te saludo. Y como no he encontrado la magistral escena de los créditos iniciales, me he decidido por una entrevista a Malin Akerman, algo así como una de esas bellezas celestiales que llegan a hacerte pensar que vivir a veces vale la pena tan sólo por que personas como ella nos iluminen con su épica perfección (sí, soy un flipado; la perfección existe, está en el video). He dicho. (Y en la foto).]

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6 comentarios en “Explotar

  1. Me ha encantado la peli de Watchmen. Qué grandes los títulos de crédito, casi lloro de la emoción. Y el haber respetado los ochenta como escenario del original que eran… ha conseguido captar toda la gracia que aquella década pudiera tener (jaja, como en American Psycho). Por fin, porque en los últimos tiempos se habían dado tantos intentos absurdos de recuperarlos que sólo lograban que los odiáramos aún más. Ahora sí que vivan los ochenta.

  2. Cuando te leo, creo conocerte, siento como las palabras van desgranando escenas que estan en mi imaginación.

    Estoy de acuerdo contigo con respecto a Dios, en que quizás donde menos esté sea en la biblia.

    Como compruebo, te gustan las casas aisladas ya sea en el campo o en la montaña.

    Me ha gustado mucho. Escribes muy bien.

    Namaste Anaisay

  3. Genial!!!,( pero eso ya te lo he dicho tantas veces…)
    Voy recomendando tu blog por ahí, no he conocido a nadie que escriba como tu.
    Besos Jordi.

  4. Muy bueno. Las reflexiones están muy bien. Quizá se podría haber explotado más el concepto de espacio cerrado, que es un acelerador de conflictos, roces, etc. Pero supongo no era tu intención, ya que no describes ninguna acción concreta entre personajes más allá de los fantasmas internos del protagonista.

    ¡Hasta el siguiente!

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