Archivos Mensuales: abril 2009

Humo

Detrás del colegio hay un muro que da a un descampado lleno de serpientes y escorpiones: lo que vendría a llamarse un desierto, una zona edificable; puedes encontrar hierbajos secos y jeringuillas, neumáticos, condones usados, catálogos de moda de hace diez años; es lo que vendría a ser la naturaleza durante el ser humano; lo que no fue con los dinosaurios y lo que no será después de nosotros. Por suerte la Tierra hará suya toda nuestra mierda e intentará readaptarse, los dioses desaparecerán junto a la miseria, y yo ya no tendré que aguantar más este dolor absurdo en el pecho.

Cuando quiero sentirme bien pienso en valles pre-ser humano, en acantilados y bosques mucho antes de que el primer mono se arrastrara fuera de su entropía. Pienso en animales devorándose unos a otros, en tormentas que después no rellenaban ningún programa de sucesos, pienso en paisajes idílicos a salvo de la mala poesía. Prados nevados sin colas de coches atascados para los que han tenido que partir montañas en dos. Imagino cómo debía ser la pureza de ver un terreno salvaje sin torres eléctricas, sin carteles publicitarios anunciando un nuevo parque temático. No paro de pensar en esos animales que sólo sabían comer y follar. Lo que pasa es que pienso, y luego existes.
Por más que quiera montar mi fantasía natural, ella siempre acaba colándose; y luego siempre termino hablándole de tú a cualquier cosa que vea. Por la calle le echo broncas a semáforos y papeleras, hablo solo y no paro de cruzarme con parejas sonrientes por todos lados. Es una invasión, una ola de felicidad occidental de diseño; les ves y parece que si una onda expansiva nuclear fuera a alcanzarles, ellos sacarían sus móviles/cámara/pijada/pijada/pijada murmurándose: “en facebook lo van a flipar”.
Veo todos esos anuncios falsamente juveniles con niñatos de diecisiete años con la gorra torcida y me digo: Hitler no estaba loco, sólo se equivocó de colectivo. Su fallo fue creer que podía librarse de la purria canalizando su odio en todo lo que no fuera su raza aria. Pero lo que en realidad querría haber hecho es matar a todo el mundo y quedarse solo. Él y Eva Braun. Todos hemos fantaseado alguna vez con cosas parecidas, no hace falta ser un nazi para pensar como un nazi.
Claro que, sólo es una teoría. Pero de esa forma descubrimos la ley de la gravedad y llegamos a la luna… Y para el amor, el enchochamiento y la fijación psicopática, sólo tenemos a un montón de escritores intentando mojar la ropa interior de las más inocentes; o peor, intentando ganar dinero hablando sobre sus propios ombligos, y lo muy desgraciados que son por no poder ver un atardecer con Helena de Troya. Y qué puta manía con los atardeceres y los amaneceres, en serio, escribir sobre ellos es más o menos como escribir sobre un orgasmo: si no estás allí estás perdiendo el tiempo.

Yo hubiera encajado más con el modelo de escritor mojabragas. Yo quería ser escritor porque Marilyn Monroe estuvo con Arthur Miller. Miller, un tipo que podía ser cualquier tío de los que te cruzas yendo por la calle, haciendo la compra, o cola en el INEM. Aunque cierto es que eran otros años. Ahora mucha gente joven prefiere marcar abdominales. Y en cuanto a los libros, en fin, existe esa clase social de lo práctico; esos que van a trabajar, luego toman algo con los amigos, van al gimnasio, cenan fuera, van al cine, ven la tele, se acuestan con su pareja, se duermen con la radio puesta… y luego dicen que no tienen tiempo para leer. El presente no es un buen momento para incitar a la gente a pensar, y ellos lo saben, podrían acabar sacando alguna conclusión.

La parte trasera del colegio, tras el muro, es el lugar donde ir a fumar sin que los críos de primaria te vean. Algunos padres se quejaron por el mal ejemplo que se les puede dar a los niños. Concretamente, un día un matrimonio llegó en su coche de lujo, aparcaron en una zona para minusválidos más allá de las canchas de baloncesto, comenzaron a caminar hacia mí por el patio, con sus pieles, sus zapatos caros, él con su maletín negro y ella con su pelo enlacado. Y me dijeron que si me parecía bonito, como profesor, fumar sin más cerca de donde juegan los críos. Hice mutis, ellos se fueron con su hijito uniformado al medico o algo así, y se despidieron arrancando el coche, dejando atrás una nube de humo. Luego el director proclamó que nada de fumar en el recreo, y después Gloria y yo nos conocimos a fondo marginados tras el muro con nuestros cigarrillos y, eso sí, a salvo de hipocresías.

Un colegio privado puede ser tétrico de por si, con todos los alumnos vestidos iguales y llenos de presión por proyectar convertirse en tiburones financieros y ejemplos de dignidad de despacho. A veces los miro y me dan ganas de secuestrarlos a todos, llevarlos a ver el mundo que van a ayudar a destruir. Todos con sus pantaloncitos y falditas a cuadros, un pequeño ejercito de buenos estudiantes y mentes crueles; llenos de ese egoísmo de serie que te convierte en una replica exacta de todos los hombres que han colaborado para evitar un posible “desmadre” en cuanto a la redistribución de la riqueza. Incluso en el neofeminismo no se busca tanto el hecho de ser mujeres íntegras e inteligentes, como el hecho absurdo de ser como los hombres, trabajar como ellos y tener las mismas ambiciones, como si eso nos hubiera traído muchas alegrías.

Me enamoré de Gloria porque sí. Nunca hay una razón concreta, simplemente te parece poder ver más allá en su expresión, o cuando la ves caminar, ese tipo de cosas… O quizá es que ninguna otra mujer me hace caso. De todas formas, siempre he creído que muchas parejas llevan años juntos porque nunca se han planteado su relación. Así que no lo pienso mucho, ni intento justificarlo, sólo me gusta.
Aunque creo que ella tan solo se ríe de mí, y piensa que voy a acabar mal algún día, de una forma estúpida. Hace unos seis meses que trata conmigo, y no sabría decir ni si me ve como polvo aprovechable. Creo que le doy un poco de pena por algún motivo, como si fuera la víctima de una enfermedad terminal que hubiese llevado una vida muy saludable. Eso siempre me ha hecho gracia maliciosamente. Mi mensaje en las cajetillas de tabaco sería algo como: “Fumar puede matar, pero vivir mata seguro”. El tabaco, desde el principio ha sido el vínculo básico entre Gloria y yo. Y siempre lo comentamos en susurros, si hemos venido a este mundo a llenarlo de mierda para cubrir nuestras absurdas necesidades, parece lógico que nos traguemos parte de esa mierda, y si la nicotina lo hace placentero, pues bendita sea. Eso sí es justicia divina.
Desde que nos conocimos, pasa el tiempo y seguimos siendo los únicos fumadores. Cada día comentamos las películas que hemos visto, lo patética que es la televisión. Cada día jugamos con las palabras justificando la autodestrucción. Y aspiramos bien fuerte del mercado tóxico de la muerte. Fumar es quizá el acto más cínico que hay. Sabes que te perjudica, todo el mundo lo sabe, se hacen campañas de concienciación y nos bombardean con estadísticas y reportajes. Pero la industria nunca desaparece. El tabaco es el resumen perfecto del ser humano. Te mueres, pero no vas a dejar que eso les fastidie a los demás la posibilidad de tener un jardín con piscina. Así que fumamos, y es nuestra forma de decir: Que os den a todos, este es el mundo que queréis, así que ahora no me vengáis con consejos de madre. El tabaco convierte en cínicos a los fumadores, sí, y en pardillos a todos los demás. Las ONG’s modernas son las zonas habilitadas para fumar, como si el humo fuese a quedarse quietecito al llegar donde la gente a priori sana. Es la inutilidad de una medida muy representativa de cómo funciona todo: se escribe una ley, se limpian conciencias, y todos juntos nos ponemos a ver el fútbol.

Pero ella no me quiere. Es decir, ella, conmigo, tiene esa actitud con la que parece estar sentimentalmente vacía por dentro. Dicen que el nerviosismo agita el sistema digestivo, y de hecho, desde que la conocí, no puedo parar de ir al lavabo cada dos por tres. Siempre me estoy meando, siempre parece que hace cinco minutos me tomé un café largo. Cuando a los dos meses decidí invitarla a salir, o algo… justo en esa conversación ella me comenzó a hablar de lo bien que estaba sola, y me dijo que menos mal, que yo por lo menos no estaba intentado ligármela “para variar”. Luego yo bajé la cabeza y saqué otro cigarrillo, todos los días, y procuré que no viera la expresión de drama romántico en mi cara. Yo soy su compañero de humo, somos nuestro propio proyecto de cáncer en pareja. Soñé una vez que los dos enfermábamos, he llegado a fantasear con la posibilidad de acabar en la misma habitación de hospital que ella, agarrados de la mano, muriendo en el mismo momento de igual forma en que una pareja llega a la vez al orgasmo.
El enamoramiento no es un estado transitorio, es un fallo de Dios; alguien se equivocó, el ser humano debería haberse quedado en los bocetos, debería ser un proyecto fallido guardado en un cajón. Pero en lugar de eso, algo tan rutinario como la hora del patio se puede convertir para mí en un esfuerzo titánico por no hacer planes de boda. Y los días pasan y blablablá, y los minutos blablablá y los meses son años, y mi vida ya no tiene sentido, y Julieta es fumadora y solterona y ha perdido la fe. Y no la culpo. Eso es lo peor de todo, hay mujeres demasiado valiosas como para tener que conformarse con un hombre. Es un milagro que los vibradores aún no controlen la Tierra.

Hay tres soluciones. O dejo el trabajo, o el tabaco. O ella muere. La tercera opción no es tan definitiva y dolorosa, en realidad lo hace encajar todo: ella muere, y yo conservo el trabajo y fumo diez veces más hasta morir por ella, mi gran homenaje. Es algo bonito a su manera. O también podría hincar la rodilla y regalarle un anillo, que visto lo visto ya sería la única manera de salvar mi alma.
O algo a medio camino, menos aparatoso, no tan humillante para mí y más cómodo para ella.

– Me gustas. – Se lo digo justo después de que ella dé su primera calada. Día uno del séptimo mes de agonía. Cinco minutos más y me mearé encima, por algún motivo no he pensando en ir al lavabo antes. Ella me mira sin expresión.
– Me dejas de piedra… – dice.
– Ya…
– No sé qué decir…
– Lo siento, tenía que soltar lastre…
– Ya… no sé… déjame pensar. Nunca te he visto de esa manera, creo…
– Lo sé.
Silencio largo.
– Estoy pensando en fumar tabaco de liar – dice, con toda naturalidad.
Asiento.
Y digo:
– ¿Quieres dejarlo?
– ¡No!… es que… gasto mucho dinero. Voy a paquete por día…
– Podrías dejarlo, puedes intentarlo…
– No, no lo he pensado…
Silencio otra vez. Y ella de repente dice:
– Es gracioso porque… tengo una foto en casa, pegada en la nevera…
Dice:
– Es un pulmón, de un exfumador… Parece un neumático derretido. La puse para intentar asustarme. Pero luego me he acostumbrado a verla… y ahora ya casi la he cogido cariño…
Se queda mirando hacia el desierto, esa zona apestosa y abandonada, donde la gente va a hacer o tirar las cosas sucias. Donde se esconden. Más lejos hay un bosque, un lugar que acaba abruptamente en una alambrada, tras la cual hay una autopista, más humo.
Y más allá, simplemente, un bucle paisajístico. Gloria parece intentar ver más de lo posible, mostrando gestos inéditos en ella.
Después me mira, grave pero abierta, escrutadora. Y dice:
– Cuando veo esa foto me acuerdo de ti.

[A los verdaderos amantes del cine -los que saben gastarse el dinero yendo al cine, se informan y, sobre todo, no dan por culo en las salas con sus comentarios estúpidos o las putas comilonas que se meten-, recomendación: “Déjame entar”. Película sueca, adaptación de la novela de John Ajvide Lindqvist, que dirige una tal Tomas Alfredson, el cual ha hecho desde ya una de las mejores películas del año, y en cuestiones de género un largometraje que fácilmente pasará a la historia. La elegancia y la crudeza con que se maneja el material de la novela es sencillamente delicioso, es el cine de género tomado absolutamente en serio, y no apto para devoradores de blockbusters (los tocapelotas antes mencionados). Trailer arriba y fotico abajo.]

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Alicia

Cuando comencé a aceptar que solo soy una casualidad con fecha de caducidad, fue cuando comencé a tranquilizarme, a tener claras algunas cosas.
Todas las etapas supuestamente buenas a menudo empiezan a desvanecerse cuando alguien pregunta “por qué”. Y todos comenzamos desde pequeñitos, se nos adiestra para que la curiosidad se nos coma y no paremos hasta formar una familia, hacer abuelos a nuestros padres y perpetuar la especie. Y ya está, te dicen, el camino siempre va en línea recta por más que quieras creer que tras ese paisaje en bucle hay alguna escapatoria. Cuando comencé a comprender que solo existía el placer inmediato y que un disco de los Pixies podía ser mejor que la vida (y además me iba a sobrevivir), fue cuando la que comencé a considerar mi novia, se apellidaba: “16660”, lo cual era, muy a mi pesar, su número de serie.

Nací y siete años después mi madre le preguntó a mi padre si aún la quería. Él dijo sí. Y ella dijo ¿por qué?
Luego comencé a ver a mi padre sólo los sábados. Para cuando tuve doce años ya estaba deseando independizarme, darle todo mi dinero a una inmobiliaria, casarme y cometer exactamente los mismos errores que cometieron mis padres. A eso la gente lo llama Vivir, pero yo lo único que quería era huir; ya un poco antes de la adolescencia comencé a comprender que la mayoría de gente es idiota. En esencia, desde que de pequeños comenzamos a hacer preguntas, los problemas tienden al alza; la felicidad se vende en cajitas color rosa que contienen la promesa con fecha preconcebida de que la confianza y el amor se pueden comprar. Como no tenemos carácter a un nivel emocional, intentamos señalar nuestras inquietudes en el calendario, con calculadoras y celebrando aniversarios para presumir de todo lo que hemos aguantado en cada uno de nuestros íntimos y meritorios retos: mantener una pareja, creer en el nacimiento de Jesucristo y gastar dinero en su nombre, o simplemente recordar a todos con una cena que aún seguimos vivos.
Todas ellas, paradójicamente, son celebraciones potenciadas por un núcleo poderosísimo de gente que presume de optimismo a todas horas, y llama aguafiestas a cualquiera que disienta sobre la más mínima tradición.
¿Qué celebras? ¡Que he cumplido veintitrés años!… No puedo imaginar forma más palpable de pesimismo. No hay forma de que alguien pueda haber muerto a los veintidós si no es de un modo trágico y brutalmente doloroso para todos los que canten el cumpleaños feliz en esa fiesta. Por esa regla de tres, cada vez que coges el coche y llegas a destino sano y salvo, ese mismo día tendrías que llamar a todos tus amigos, comprar un pastel y emborracharos hasta el alba. Y eso sí tendría sentido; con una velita en forma de bujía y un minuto de silencio cada vez por los muertos ese día en carretera.
Pero no es económicamente viable. Tenemos que dejar que nos digan cómo y cuándo vamos a gastar nuestro dinero, y qué tenemos que hacer si no queremos quedar como unos tacaños. Es la poesía macabra de la unidad, el sentido común de la comunión establecida, la forma de chantaje emocional más sólida y retorcida que existe. Cariño, ahora es cuando tenías que hacerme el regalo, no ayer. ¿Por qué?

Y te dicen: No se trata de ser sincero, hay que ser Detallista. No tienes que ser tú, tienes que ser Normal. Pero yo fui cumpliendo años y creciendo y alimentando al monstruo de la percepción seca, sin ambages; sentimental y sensible y soñador, pero ansioso de sentido común e innumerables intentos de análisis, muchos frustrados por la compleja capacidad de la mayoría de las personas para simplificarlo todo, simplificándose a la vez a sí mismos y dinamitando su potencial.
La idea siempre es que no te pille la onda expansiva. El plan es no llegar al punto en que tu vida sea tan falsa que pueda venirse abajo con un solo “Por qué”. Y sobre todo, y lo más importante, es saber que algún día todos moriremos, y que el paso por la vida es demasiado importante como para desaprovecharlo celebrando continuamente nuestra propia mediocridad.

Cuando Sony pasó a ser Pretecnotime, nadie podía imaginar que parte de la oferta en prostitución pasaría a ser un refugio para los primeros modelos Alicia. El perfeccionamiento de los cyborgs a un nivel meramente táctil y de movilidad le daba nuevos significados a la vieja relación sexual. El adulterio pasó a ser algo mucho más delicado si cabe; que tu marido te pusiera los cuernos con otra ya era jodido de por si, pero que lo hiciera con una muñeca era doblemente insultante. Debido a la amplia demanda de los servicios Alicia, Pretecnotime intentó fabricar un modelo de cyborg masculino que salió al mercado recibiendo una tibia respuesta. Debido a la enorme inversión y las pérdidas, la empresa decidió no fabricar ninguna partida más, y concentrarse en el dinero fácil: Alicia.
Cuando se consiguió dar un paso más en cuestiones como la mirada y la expresión del robot, se comenzó a utilizar a los cyborgs en otros campos, en muchas empresas en tareas de recepción y consulta. Al paso del tiempo, cualquier edificio en el que entraras tenía un cyborg detrás del mostrador con quien podías interactuar, hacer preguntas sencillas y hasta jugar una partida al ajedrez. Con el paso de los años esa imitación de veinteañera comenzó a ser tan perfecta que tenías que acercarte para llegar a saber si era de carne y hueso. Los fabricantes, dada la brutal demanda, hicieron que Alicia fuera cada día menos distante. Las recepcionistas robot comenzaron a fruncir el ceño, a salivar, y a mover la lengua y los ojos como si estuvieran coqueteando. La vida humana comenzaba a estar en tela de juicio. Comenzaba a estar pasado de moda dar explicaciones o acumular orgullo tradicional. Las manifestaciones de azafatas, conserjes y prostitutas comenzaron a ser cada vez más frecuentes. El paro escaló hasta cotas insostenibles. Y yo me enamoré del prototipo Alicia 16660.

El edificio de oficinas en el que trabajaba tenía una fuerte política de humanización de sus “empleadas a jornada completa”, el eufemismo elegante con el que les gustaba denominar a las chicas robot que se encargaban de las tareas más arcaicas. Éstas estaban preparadas para aprender y almacenar información, había una en cada planta y los primeros años fueron algo caóticos. La mayoría de las empleadas irritables no aceptaban este “avance”, las asociaciones feministas se convirtieron en una suerte de grupos anarquistas desde los cuales llegaban cartas con amenazas de muerte. Alicia -cualquiera de ellas- no tenía nunca michelines o varices, estaba siempre anclada en la flor de la vida, tenía diferentes peinados cada día y nunca protestaba. De las estáticas recepcionistas se pasó a los androides con la movilidad y soltura de cualquier mujer tranquila, mona y paciente a la que te gustaría llevar a comer cada domingo a casa de tus padres. Y de ésas, se pasó al siguiente modelo, se pasó a tener que tomar la determinación de ponerles un brazalete dorado, que te avisaba antes de que te pusieras a hablar con una para invitarla a cenar.
De lo cual, pasaron a tener también vagina.
El primer modelo de prostituta robótica se fundió con el más avanzado y expresivo. Una ley ordenó la igualdad entre androides, unificando así su reconocimiento. El hecho de que ellas también pudieran ser sexualmente activas se debía al otrora legalizado negocio de la prostitución, con lo cual, tanto si la robot era recepcionista como si era prostituta, su fisonomía tenía que responder a los mismos patrones de fabricación. Se había abierto la veda.

Las mujeres orgánicas se unieron; ahora ningún tío tenía por qué dar rienda suelta a sus trucos; con Alicia bastaban un par de órdenes sencillas. No podían salir de sus establecimientos, y en todo caso era muy aparatoso llevarse una, pero las copias de las llaves comenzaron a circular del mismo modo que las drogas duras en las discotecas. La única regla inquebrantable era usar siempre condón y limpiarla luego. No había en toda la empresa una sola Alicia virgen. La excusa de tener que quedarse trabajando hasta tarde había adquirido una nueva dimensión.
Por las mañanas las chicas robot amanecían peinadas de cualquier forma y vestidas igual que encontrarías a la víctima de una violación. Los encargados del cambio de look a veces también tenían que limpiar manchas de esperma. Todo el mundo era siempre sospechoso, todos los mandatarios eran siempre hombres, y todas las mujeres estaban siempre indignadas. Pero por otro lado, matrimonios que llevaban décadas en curso se habían suavizado, y la tasa de divorcios estaba disminuyendo. Las conversaciones entre parejas cada vez eran más parcas. Y nada de todo eso hacía más feliz a nadie. Simplemente se estaba imponiendo poco a poco un nuevo tipo de estabilidad, y si a una cosa estaba acostumbrado todo el mundo, era al conformismo. Todos juntos criticábamos a esos puteros follamuñecas y todos juntos éramos unos hipócritas. Todos queríamos mucho a nuestras parejas de carne y hueso.

En la séptima planta de mi empresa, el modelo Alicia 16660 cada vez estaba más suelto. Sonreía y marchaba de una mesa a otra dando los buenos días a todo el mundo, como si no hubieran tenido que reparar su ano y su vagina ya varias veces. Comencé a darme cuenta de mi obsesión con ella cuando pasé de penetrarla nervioso y excitado los días que me quedaba hasta tarde, a enseñarle nuevas palabras y hasta gestos. Al paso de los días ella misma se acercaba hasta mi escritorio y se sentaba en una silla; repetía sus frases hasta que yo le prestaba atención, y luego comenzábamos a practicar con el diccionario. Su belleza de fábrica parecía totalmente humana a la luz del flexo; señalaba con su dedo índice las palabras impresas y las repetía formando cada letra con sus labios como una niña aprendiendo a leer. Con ella podías ser un violador o un profesor de escuela; era, en esencia, la única pareja ideal posible del hombre corriente: una mujer que cambiaba de aspecto a diario y con la que nunca te peleabas. Era la cita perfecta; no podía ser tu mujer o ir al cine contigo, pero los ratos que pasabas con ella valían su peso en oro en comparación con las relaciones normales, que a menudo acababan con gente agobiada evitando mirarse cenando en restaurantes italianos o comprándose regalos cuando la tradición lo ordenaba. Yo sabía que en parte estaba equivocado, alienado, pero era un error bello, un relato inédito romántico de Philip K. Dick en el que yo era el protagonista. En el momento en que me acostumbré a ver la inmortalidad y la belleza tan de cerca, comencé a vivir de la forma que quise.

Alicia, la mía, parecía ser cada vez más consciente de sí misma. Comenzó a distinguir entre los empleados y ya no sonreía a todo el mundo por las mañanas. Ese cambio llegó a altas instancias, y un grupo de científicos, después de varias investigaciones, llegaron a la conclusión de que no pasaba nada peligroso, que simplemente su evolución se debía al cúmulo de información. Luego se subieron la bragueta y se fueron. O eso se comentaba. Alicia 16660 ya era la más popular, la robot sentimental, que sonreía de forma selectiva y a veces hasta parecía enfurruñarse. De modo que, con el tiempo, ningún hombre la tuvo en cuenta para desahogarse. Lo cual la dejó en exclusiva para mí.

Me pasé noches enteras con ella en el sillón de tres plazas que había en el despacho del jefe de planta. Con el diccionario y coito tras coito. Cuando amanecía, despertaba y ella estaba acurrucada encima de mí, como si ya hubiera vivido eso muchas otras veces. Nació en mí ese instinto de protección que se tiene cuando se quiere a alguien de verdad. Era oficial. Se corrió la voz. Todos los compañeros de trabajo se reían a mis espaldas.
Corría el riesgo de convertirme en la risotada recurrente, en el comentario favorito de las cenas de empresa, de cualquier empresa: “Un oficinista se ha enrollado con una androide, duerme con ella”. Iba a ser el mail en cadena que la gente se manda cuando está aburrida. Una cosa era follarte a un robot, pero las mujeres también merecían un mínimo respeto… Llegaba por las mañanas a la oficina y todos hacían como que daban besitos a su impresora, o abrazaban a sus pantallas de ordenador. La situación estaba comenzando a ser insostenible. Alicia venía a mi mesa cada dos por tres, y no veía dónde estaba el problema. Ya no era tan solo un hombrecillo patético más; para las compañeras humanas era aún peor, era despreciable, patético, alguien tan cutre que ni tan siquiera era capaz de intimar con una mujer real. No es que mi reputación se estuviera devaluando, es que ya no tenía de eso. Era el calzonazos del modelo 16660, mis hijos serían electrodomésticos con vísceras por dentro, mi vida sería como una pesadilla de David Cronenberg.

Continué viéndola por las noches. Su sonrisas cada vez parecían ser más amplias. Algo escalofriante estaba pasando. Ya parecía cualquier cosa menos un robot. Sus ojos se movían como los de alguien real. Me daba besos sonoros en el cuello. Utilizaba su vocabulario de una forma que ninguna de las otras Alicias jamás haría. Negaba a todos los demás, durante el día pasó a ser una mujer más, seria y recta, que no ofrecía la amabilidad que de un androide se espera. Estaba enamorada, mostraba exactamente los mismos impulsos de una mujer alerta y concentrada que estuviese enamorada. Y en ese momento parecía tener todas las virtudes de una humana y las ventajas de un robot. Sería fiel siempre, jamás me decepcionaría ni envejecería. Y yo, sencillamente, no podía seguir así.

Un día salí a la calle en la hora de descanso, evitando así que ella me siguiera hasta el comedor. Tenía la costumbre de sentarse en frente de mí y simplemente observarme mientras yo comía. Así que bajé en el ascensor, salí y me senté en un banco cercano a la entrada, las puertas de cristal que se abrían al acercarte, pero que no respondían si lo hacía una de las Alicias.
Desenvolví el papel de plata de mi bocadillo y comencé a comérmelo, esperando que ningún compañero de planta me viera allí. El edificio estaba situado cerca de un polígono, así que no había demasiado movimiento. Cuando llevaba tres mordiscos dados y me disponía a dar un trago de agua, atisbé a mi izquierda una figura tras las puertas de cristal cerradas. Alicia estaba de pie, con su habitual traje de chaqueta azul, mirándome fijamente. Algo en su rostro parecía intentar discernir lo que veía, o por qué yo estaba allí fuera en lugar de haber ido al comedor de la séptima planta como siempre. De alguna manera, había conseguido bajar, y ahora se limitaba a mirarme desde su cárcel de cristal. Sin entender nada. Quizá incluso echándome de menos, y quiero decir quizá. Evité mirarla, no podía soportar verla así. Ella no sabía por lo que yo estaba pasando, y no había forma de que lo entendiera.
Puso una mano abierta en el cristal, abría la boca, hablaba, pero yo no podía oírla, y ella no lo entendía. En la recepción no había más que otra Alicia, que obviamente permanecía ausente, sin reacción alguna. La mía continuó hablando, y yo no pude ignorarla más. Me puse de pie y caminé hacia las puertas. Me preguntaba qué me diría, cómo reaccionaría. A esas alturas podía incluso insultarme, o hasta abrazarme. No podía negarla, no si seguía trabajando allí.
Pero justo un poco antes de que llegara a abrirse la puerta a mi paso, tres mujeres cogieron a Alicia y la sacaron a la calle. Una de ellas le dio un empujón justo al abrirse la puerta. Alicia se estrelló contra el suelo. Me quedé paralizado. Otra mujer apareció, ya eran cuatro. Dos más me agarraron para que no pudiera intervenir. Una alarma sonaba, lo hacía siempre si un androide salía del edificio. Las dos mujeres que me sujetaban no eran de la empresa, pero las otras sí. Me decían al oído que mirara fijamente a “mi novia”. Enseguida supe que formaban parte de esos grupos feministas que se congregaban siempre a puertas de las empresas.
Mis cuatro compañeras arrastraron a Alicia por el suelo; ella pedía ayuda con voz neutra. Le lanzaban patadas en la cabeza y por todo el cuerpo. Alicia me miraba cuando podía, fruncía el ceño, ignorante de lo que estaba pasando. Esperaba mis respuestas, mi explicación, la salida que yo siempre le proporcionaba. Aguanté con todas mis fuerzas para no echarme a llorar mientras me sujetaban y me cogían de la coronilla para que viera la tortura. Más gente se congregó alrededor, y lo que para ellos era cómico, para mí estaba siendo una tragedia. Casi había conseguido huir de la vida real. Alicia estaba integrándose, aprendiendo, y por tanto convirtiéndose en un peligro para las mujeres de carne y hueso, mis compañeras. Entre las cuatro la cogieron cada una por una extremidad, y comenzaron a tirar. Primero le arrancaron el brazo derecho. Había chicas jóvenes grabando la escena con sus móviles. Un grupo de feministas, el resto, coreaban desde cerca. Alicia ya no tenía expresión alguna en la cara. Le arrancaron el otro brazo y ambas piernas; quedaron expuestos circuitos y soluciones viscosas. Una de las feministas apareció con una lata de gasolina, y juntó todos los trozos y los roció. Alguien echó una cerilla encendida. Pude ver cómo se quemaba su cara; pude verme con ella acurrucada en el sillón, pasando las páginas del diccionario, a ella sonriendo y esperando mi reacción, quitándose sola la ropa, caminando entre las mesas de la oficina, y preguntando por qué una y otra vez, sin que eso supusiera el desencadenante de la verdad.

[He descubierto un grupo llamado “black rebel motorcycle club”, al parecer nacientes con grupos de la ola de The strokes o similares. Estos sin embargo parecen sostenerse más en la consistencia de sus temas y en la experimentación con bases clásicas de rock y country que con efectismo discotequero o esas guitarras machaconas en plan indie, que a veces no llevan a ningún sitio más que al exito pasajero con reseñas en cuatro revistas especializadas, (y que conste que The strokes en concreto, me encantan). Con temas como el del video, estos demuestran estar al margen de modas y, obviamente, capacitados para crear temas de esos que perduran. Por otro lado, en la foto, una bonita instantanea de Mila Kunis, actriz de interesante proyección, nuevo amor platónico de medio mundo y regalo para los ojos de aquellos tíos, lesbianas y bisexuales que entren al blog sin ganas de leer.]

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Editorial

Este mes nos ha llamado la atención una carta de Marta Molina Sweforión, de origen terrícola y residente en la zona de Murtalat, Mercurio. En ella nos habla sobre las manchas de sangre del maletero del coche de sus jefes. Marta dice que no se libra ni de limpiar “ese puto Chevrolet”; no te preocupes Marta, no eres la única criada multitarea. En cuanto a las manchas sobre ese tejido, pues bien, no es fácil sacar esas cabronas (sé que el editor jefe me regañará por las palabrotas, pero me da igual). El problema de las manchas de sangre existe desde que pensábamos que bajo la atmósfera de tu planeta no podría subsistir el ser humano, o más, desde que pensábamos que la Tierra era plana… Pero no te preocupes, tenemos una respuesta para ti.
El secreto está en mezclar un poquito de sosa con limón. Prepara un paño húmedo con esa solución y restriega fuerte en la zona de la mancha, (es un clásico). Deduzco que debes llevar poco tiempo con tus jefes (y leyendo esta revista); si son de los que hacen viajes por negocios a menudo, me temo que no será la última vez que tengas que quitar manchas de sangre. Tú ya me entiendes. En Criadas Magazine sabemos de lo que hablamos. Así que recuérdalo, sosa y limón. Más adelante en nuestra sección “El limón, ese gran aliado”, podrás encontrar cinco utilidades más que podemos darle a la fruta más demandada del gremio de la limpieza.

Las cosas andan turbias por tierras terrícolas desde que esa prueba nuclear devastó casi toda la última zona verde de nuestro amado planeta azul. Muchas de las mujeres de la limpieza que llevan toda la vida trabajando aquí tendrán que apuntarse a esos cursos de adaptación/reinserción para poder trabajar en otros planetas. A todas las que tengáis ese plan quiero mandaros un beso, y muchos ánimos, el cambio no es tan duro. Desde esos lugares nos llegan cartas todos los días sobre altos índices de criminalidad y muchas recetas ricas en salsa. La basura espacial nunca acaba de desaparecer. Las posibilidades de trabajo ahí fuera son infinitas, así que no debéis preocuparos.

Sabéis que no nos gusta hacer un drama de cualquier cosa, pero este mes algo nos ha tenido en vilo especialmente. El número pasado recibíamos una carta de Brión, el chico de Marte que todas las lectoras (y lectores, sé que también estáis ahí, no me olvido de vosotros, chicos) recordaréis. Brión nos contaba que su bayeta hiperabsorbente de toda la vida ya no le estaba funcionando como antes. Le comentamos varias soluciones para hacer que las microfibras recuperasen parte de su esplendor pasado. A ninguna/o nos gusta tener que tirar una bayeta a la que hemos cogido cierto cariño; sería como rechazar de repente a un hijo por tener cuatro testículos o la cabeza más grande de lo normal debido a la típica radiación, o como sacrificar a tu perro por tener dos colas. Absurdo. Ahora ya sabemos valorar los productos de limpieza, sabemos que una higiene personal y del entorno puede salvarnos la vida. Así que el tema de la bayeta nos tenía bastante preocupadas a las chicas de la redacción. Cuando por fin nos llegó su segunda carta… en fin, mejor dejo que la leáis vosotros mismos:

“Hola a todas las que conformáis el equipo de Criadas Magazine. Soy Brión y el mes pasado os hablé de mi bayeta moribunda. Pues bien, he de deciros que la bañé en esa solución de limón y esperma que me recomendasteis (gracias por las películas porno). La tuve una semana en remojo y luego la puse a secar como me dijisteis. Y tengo el placer de comunicaros que ha funcionado; ahora la bayeta -aunque un poco áspera- está prácticamente nueva. Como os dije, desde que perdí a mi mujer y mis hijas hace dos años en un tiroteo, la limpieza se ha convertido en mi nueva afición. Y no lo dije en la anterior carta, pero soy uno más de los afectados por las primeras pruebas nucleares aquí en Marte. En fin, no sabéis cómo me ayudáis a sobrellevar lo que me queda de vida. Gracias, un beso, y seguiré leyéndoos.”

Por cartas como ésta vale la pena seguir trabajando. Espero que te vaya muy bien por ahí arriba, Brión; no hace falta que nos agradezcas lo del porno, ya sabíamos que por allí no lo ibas a encontrar fácilmente. Aunque ya nos insinuaste que no quieres emparejarte nunca más, desde aquí te animamos a que recuperes la ilusión; estamos seguras de que muchas marcianas estarían encantadas con un hombre tan preocupado por la limpieza como tú. Un beso de parte de todas las chicas de la redacción.

Para terminar me gustaría hablar en nombre de todo el equipo de la revista para daros las gracias a todos, lectores y lectoras, por habernos seguido durante tantos años. Como sabéis este mes cumplimos el número cinco mil de Criadas Magazine, y nos vanagloriamos de ser una publicación siempre atenta por vuestras necesidades domesticas y vitales. Ya seáis terrícolas o extraterrestres os mandamos a todos un abrazo desde el planeta que creó la energía nuclear, la guerra y los intereses a plazo fijo. Ya no quedan muchos años para que la Tierra esté deshabitada. Cuando tengamos que hacer las maletas y guardar todas nuestras ropas y armas para vivir en otro lugar, iremos con la ilusión de reencontrarnos con muchos de nuestros lectores.
Os dejo con la revista, nos os perdáis el reportaje sobre las nuevas aspiradoras de Telex, y atención a la sección de críticas, el nuevo lavavajillas de Ámbaris está arrasando en todos los certámenes de limpieza pos-nuclear ¿Qué dirán nuestros críticos? En fin, ya sabéis, gracias otra vez, y recordad: Ver nuevas manchas significa que seguimos vivas.

[Quien ha visto alguna película de Lars Von Trier ya sabe que no es un director que se conforme con entretener un rato al público. En su filmografía hay algunas de las mejores películas que servidor ha visto. Y ahora llega con una nueva, “Antichrist”. Solo viendo ese título y teniendo en cuenta quién dirige, es como para echarse a temblar. La idea de mezclar el concepto de cine de terror con Von Trier me pone de lo más palote. Viendo el trailer (video) ya se ven algunas imágenes que indican que va a ser una de esa películas que sacan a las familias desinformadas de las salas a patadas. Abajo, una foto del angelito.]

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Sociopatías

En mi currículum lo ponía bien claro, procuré ser honesto. Yo no acepto como aficiones “salir con amigos” o “pasear”. Es decir, ¿eso no viene ya en el pack? Es como si pusieras en ese apartado que de vez en cuando te gusta tener novia; suena un poco raro como afición. Leer puede ser una afición, el deporte…, en fin, esas, como aficiones, son respetables, son cosas que haces porque necesitas llenar tu tiempo si no tienes novia o cuando tus amigos están ocupados. A no ser que seas de los que salen con amigos o con una tía para no tener que hacer cosas como leer, hacer deporte o tener novia. En ese caso, tus actividades podrían considerarse aficiones, que de paso alimentan una buena forma de negación de la realidad y la potenciación de cierta autodestrucción aceptada. Y ni siquiera has de sentirte mal, ya que la mayoría de gente prefiere salir con los amigos antes que hacer deporte, o follar sin más antes que tener novia. Eres el típico espécimen representativo de toda una especie, que otros mamíferos inteligentes de verdad observarían escondidos entre la maleza con cámaras y prismáticos.

Mi discurso podía sonar conservador según la interpretación que le dieras, pero fue más o menos eso lo que le dije al entrevistador, ese capullo de personal que me sonreía como si fuera mi tío y estuviéramos en la cena de nochevieja. Cómo le odié en pocos segundos. Él representaba a todo el sistema que yo repudiaba, a esa gente que cree saber cómo eres según lo que respondas a cuatro preguntas. Ya te llamaremos. Adiós capullo, pensé; esos tíos no saben que esa corbata que llevan ya no les convierte en merecedores de respeto, sino de miedo en la distancias cortas, y desconfianza a en las largas.

Aquel día llegué a casa y me cambié sin recordar el fardo que tenía aún por sacar. Aunque uno puede acostumbrarse incluso a convivir con eso. Había tenido cinco entrevistas ese día, estaba mentalmente agotado. Estaba preocupado por Blanca. Siempre pensé que sin mi apoyo esa chica iba a acabar teniendo esa cara de asco que impera entre la fauna de las calles: las familias y esas parejas de varios aniversarios que ya no saben de nada lo suficientemente novedoso como para sonreír sin convertirse en una pose. Siempre pensé que mi misión en la vida era impedir que Blanca acabara siendo como ellos.
Es bueno consolidar tus objetivos en relación a las demás personas, salvarles de los demás y hasta de sí mismos. Sería absurdo no dedicarnos en esta vida nada más que a nosotros mismos, así uno podría morir con la idea de que su vida no ha sido más que una gran masturbación. No quiero ser uno más en el cementerio, me gustaría poder morir con la suficiente dignidad como para poder llegar al cielo y decirle a Dios que no existe.
No creo en reencarnaciones, pero sí en una pequeña prorroga post mortem, un espacio de tiempo en el que poder cumplir con alguna fantasía personal.

Después de años de objetivos cumplidos, cuando ya conozco a Blanca mejor que sus padres o sus compañeros de trabajo, me siento cada vez con más fuerzas para seguir. Esto podría haberse considerado un plan muy elaborado, pero yo prefería verlo como una misión humanitaria en el tercer mundo del alma. La pobreza de espíritu no es una cuestión religiosa; tiene más que ver con la elección que haces ante la taquilla de un cine, los libros que compras y las amistades que tienes. Lo importante no es participar, sino comprender la idea de que si pierdes es a otro al que le va a tocar mantenerse arriba. Lo esperanzador de estar agazapado en tu casilla de la bancarrota, es que lo bueno aún está por venir. Hay que esperar el momento justo, y saber que precipitarse siempre ha sido cosa de bobos. Esos tíos acaban con bebés en brazos a los dieciocho años y con pinta de tener cincuenta a los treinta y cinco. Ya sabemos nuestra esperanza de vida, quizá sea una buena idea no acelerar el proceso.
Está de moda saltarse etapas; y lo que hace la gente es achacarlo a la libertad; se hipotecan hasta las cejas pocos años después de haberles crecido vello en los genitales, y luego miran a los demás como si ya se les hubiese pasado el arroz. Hay familias en las que realmente habría que pedir permiso para poder ser joven: “perdonad, progenitores consanguíneos, ¿os importa que disfrute de la vida unos cinco o seis años?”. La independencia y la libertad consisten en hablar con agentes inmobiliarios y banqueros para que nos pongan cerco y nos digan cómo vamos a vivir, (o hasta qué punto vamos a vivir). ¿Y cómo dices que te va? Pues vamos tirando; estamos ocupadísimos manteniendo las cosas tal y como están, para que puedan seguir existiendo los millonarios y los pobres nos dejen en paz.
Una vez llegué a la conclusión de que la humanidad es absurda, Blanca apareció en escena. Y claro, no iba a dejar que la arrastrase la inmundicia, no hubiera sido de recibo.

Cuando me levanté al día siguiente, decidí no asistir a las entrevistas que tenía programadas. Tenía que sacar el fardo de casa, el sexto novio ya estaba comenzando a apestar. Utilizaba sacos de dormir. Tienen el tamaño adecuado. El primer novio que tuvo Blanca fue lo más difícil. Pero aquel día lo planee todo de forma tan sencilla que seguí haciendo las cosas igual los siguientes cinco años. En los tiempos que corren, un ángel de la guarda debe saber que se va a manchar las manos de sangre. Así pensaba. La forma más rápida de actuar es enterarte de dónde vive el objetivo, y proceder de madrugada. Esperas al día en que esté solo en casa y llamas a su timbre. Nada más abrir disparas en su cabeza, y antes de que se extinga el zumbido del silenciador tienes que meter el cadáver en casa y arreglarlo todo para salir con él dentro del saco y meterlo en el maletero de tu coche. Luego lo llevas a tu casa o conduces a la zona que tú sabes, y lo entierras. Duermes cinco horitas, te pones colonia al día siguiente, sonríes y todos pensarán que estuviste viendo la tele hasta tarde. No siempre ha sido limpio o fácil, pero las seis veces que lo hice todo fue bien. La última fue la segunda vez que tuve que llevar un cuerpo a casa. Cuando la zona a las afueras estaba demasiado transitada no podías arriesgarte. La carretera quedaba muy lejos de cierto lugar del bosque, pero un coche alumbrando a un tío haciendo un agujero en el suelo no es algo que te pase desapercibido de madrugada.

Es una pena, cinco de las seis veces sólo tuve que ver el aspecto de sus parejas para saber que solo podrían hacerla desgraciada. Esta vez la cosa pintaba bien, pero luego en tres ocasiones vi a Blanca salir de su portal con un ojo morado. Y llegó el día en que la vi teniendo una disputa en la calle con el tipo. Se acabó.
Es cuestión de experiencia, estuve esperando y creía que ya había llegado el momento, la época adecuada. Seis novios después, me tocaba. Se había acabado el esperar, el experimentar. Tenía que intentarlo, era el momento de mojarse. Ella no había tenido una vida sentimental fácil, pero podría haber sido peor.

Yo aún no sabía nada de Pretecnotime. Era una leyenda urbana, una noticia sensacionalista; no impresionaba a nadie más de lo que te asombra un proyecto desconocido de la Nasa o el video de un supuesto ovni. Compréndanme, no era consciente de lo que pasaba. Por más que te hablen, normalmente no escuchas hasta que las palabras de tu interlocutor se solidifican, se convierten en hechos. Yo no sabía nada de leyes sobre no intervención temporal o restricciones históricas según el conocimiento que tuviese la población sobre las máquinas del tiempo. No sabía nada de las penas de cárcel para los que viajaban a épocas anteriores a Pretecnotime. Por Dios, cuando crees que ya lo sabes todo, o por lo menos todo lo importante, es muy difícil hacerte a la idea de los viajes en el tiempo.
Así que un día fui y me acerqué a Blanca en un bar. Ella estaba con dos amigas, pero al final conseguí que me prestase atención. Todo fue escalofriante a partir de ahí. Comenzamos a salir juntos y todo cambió. Cuando hablaba con ella mi timbre de voz cambiaba, asentía a todo lo que me decía y prácticamente estaba anulando mi personalidad; me estaba convirtiendo en otro de esos tíos, de esos calzonazos que trascienden el servilismo hasta ser incapaces de ser sinceros con sus parejas y con ellos mismos.
Dos meses después alguien llamó a la puerta de mi piso a las dos de la mañana. Había tenido pesadillas con eso. Al abrir la puerta y verme a mí mismo plantado ahí con barba de una semana y mi pistola en la mano, esperé despertar. El primer disparo me rozó una oreja. Me lancé sobre él y luché por quitarle la pistola. Cuando sudas petróleo hasta conseguir un arma en el mercado negro, nunca piensas que tú mismo te convertirás en uno de tus objetivos. El resto ya lo saben, conseguí hacerme con el arma y le disparé sin pensarlo dos veces. Le di en la cabeza igual que podría haberle dado en el estómago, me era extraño digerir que estaba atacando a mi versión del futuro.
Yo me creía un misionero en el tercer mundo del alma de los demás. Ahora eso me suena cursi hasta decir basta. Esta fue mi experiencia con Pretecnotime. Hice un mal uso de la tecnología y acabé convirtiéndome en una víctima. Todo llega. Espero que esta carta sirva de ejemplo.

Quiero agradecer a todo el personal de la revista Pretecnotime/s la oportunidad de redimirme que me han brindado al publicar esto en su número mensual. Y también dar un cariñoso abrazo a todos sus lectores, algunos de los cuales probablemente me hayan escrito a la cárcel. Espero que todos tengan sintonizado el canal 11 el día de mi ejecución dentro de dos años, con sus hijos y familiares. No hay nada que me llene más que la posibilidad de dar ejemplo y hacer de este mundo un lugar más seguro.

Un abrazo a todos.

[Ya había hablado alguna vez de esta película que aún no he podido ver (!!!), “Southland tales” (del director de Donnie darko). Pero lo que sí he podido ver son algunas de sus escenas. Algunas de lo más delirantes, y en mi opinión hipnóticamente bien ambientadas y montadas. Muchas críticas solo hablan mierda de ella, y otras, en contraposición, dicen que es poco menos que una maravilla posmoderna. De momento parece que se ha editado un dvd en Estados unidos, pero creo que en España no hay rastro de él. Si alguien sabe cómo puedo conseguir esta película ya me echará un cable. En el video, una escena de esas de plano secuéncia que tanto me gustan, aparentemente sencilla y dando un repaso a todos los personajes. Podría haber puesto alguna mucho más espectacular, pero tampoco es cuestión de spoilear demasiado…]

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Hola, Ingrid

Miro siempre la MTV cuando se han acabado las pilas del vibrador y no tengo ganas de salir. La primera vez que un tío se interesó por mí aún tenían que crecerme los pechos, y era mi padre. A los veintiún años es duro vivir sola con un trabajo odioso y tu progenitor merecidamente muerto. Cuando dejé de interesarle, la madre de una niña vecina le denunció. Mi madre fue a verle a la cárcel una vez para observar las instalaciones, aseguraba que intentaría escapar. Yo me fui de mi casa porque el espíritu de mi himen seguía allí, y mi madre, aun en desacuerdo, decidió abrir mi jaula y desearme suerte. Gracias mamá, siempre te querré, cada vez que veía a alguien allí descorchar una botella o quitar el plástico del embutido, se me ponía la piel de gallina. He aprendido a valorar a la gente buena al margen de su consanguineidad o condición.
Y gracias MTV. Eres mi conexión con el mundo normal, la juventud desmarcada de su pasado; gracias a la música comercial recuerdo que podría haber sido una más. Lo aberrante para mí es maravilloso; desearía no haber llorado de emoción leyendo a filósofos antes de los veinte.
Los fines de semana a veces vienen a mi piso algunas amigas, cenamos, vamos a alguna discoteca y de vez en cuando se descontrola la noche. Procuramos ser todas iguales, no es cómodo que comience a apretar el hambre teniendo al lado a una nueva amiga viva.

Marisa a veces dice que le entra hambre como antes. Nos conocemos desde que mi padre me violaba. Dice que es cierto que alguna vez ha vuelto a abrir la nevera con hambre de verdad. Que en alguna fiesta a veces ha picado patatas o nachos y se los ha comido sin tener que vomitarlos luego. Pero nunca la hemos creído, siempre hemos pensado que tiene un fuerte problema de identidad, y que solo se alimenta cuando no podemos verla. Seamos sinceros, cuando nos ve a nosotras armando lío en mi piso con algún adolescente salido, siempre se le hace la boca agua. Me siento responsable de ella. Sus padres aún no saben nada.
Intenta ocultar su cara con tonos oscuros, la conocen en todos lo locales en los que puedas encontrar maquillaje. Si te la cruzas en un callejón por la noche y estás vivo, más te vale correr en dirección contraria. Los primeros años de alimentación son los más descontrolados; no ves la hora de encontrar a alguien a solas, con esa expresión que les delata, con los ojos brillantes y la tez viva; esa gente asustadiza y optimista. De verdad aún hay quien no cree en nosotros; pero en el fondo nos ignoran como se ignora el hambre en el tercer mundo, o el mal momento por el que pueda estar pasando el vecino: saben que estamos ahí, pero siempre prefieren cambiar de tema a tiempo.

A los quince años un chico de catorce dijo que me quería, y al cabo de una semana empecé a poner excusas para no comer. Mi madre encontró un buen tema de conversación para obviar las agresiones continuadas de mi padre. Yo pasé a ser anoréxica, bulímica, estúpida, ingrata… Hasta que una prostituta me encontró una noche encogida en la calle contra la persiana cerrada de una farmacia, y me ofreció su brazo. Comencé a chupar la sangre de su muñeca hasta que la chica me apartó a puñetazos. Luego supe que era una de esas personas que quieren ser como nosotros. Así que lo consiguió, y quizá sin querer me enseñó de qué va todo esto. Nunca había oído hablar de los vampiros en mi vida. Mi concepto sobre lo que era pasar miedo no tenía que ver con libros o películas.

Voy a tener veintiún años para siempre. Según los transformados tengo mucha suerte, era el mejor momento, mujer y joven. La mayoría de los tíos no se lo piensan dos veces si una chica les invita a su casa o a los lavabos de una discoteca; solo tienes que enseñarles un condón y ya están muertos. O transformados. Pero tratándose de tíos de esa calaña nunca suelo dejar de drenar a tiempo.
Quiero venir a estas sesiones de terapia porque me cuesta mucho adaptarme a los nuevos tiempos. Desde que somos mayoría ya no me siento especial. Seguro que estaré cómoda entre mis compañeros aquí, aunque echaré de menos las noches de cacería. Me cuesta mucho adaptarme a ese sustitutivo de la sangre; debe ser como cuando los tíos dicen que prefieren conseguir a la chica en lugar de ir de putas. Echaré de menos el juego, el engaño. Me siento consumiendo metadona en lugar de la droga fuerte; echaré de menos las manchas se sangre imposibles de quitar en la ropa. El crujir de los tendones. Y también la venganza, como el día que maté a mi padre. Hay que reconocer que esas experiencias no se olvidan. Y tampoco me gusta esa crema para vivir de día; me gusta acostarme al amanecer, la noche es más complicada y atrayente. No sé cómo explicarme. Y a la vez me siento como una cabrona, como cuando mi padre iba detrás de los niños. Me siento una hipócrita, pero me va a costar mucho parar. Aún hay demasiada gente saludable por la calle, niños pequeños regordetes y chicas sanas y sonrientes… Solo veo venas por doquier, y la idea de llegar hasta ellas de un mordisco supera al mayor orgasmo que puedan provocarme. Espero que los compañeros me entiendan al a leer esto en voz alta. Se nos ha pedido sinceridad y estoy haciendo un gran esfuerzo.

La última vez que actué fue ayer. Así de reciente estoy. Dos semanas antes de saber que vendría aquí aún tenía claro que por lo menos consumiría unas diez veces. Y eso conteniéndome. Dos gemelas de mi barrio, una panadera, cinco chicos en discotecas, etc. Creo que voy a echar de menos la vida de depredadora por lo fácil que me resulta conseguir presas. Mi reinserción no va a ser sencilla. No siento ninguna pena por sus familias. Desde que soy así no he tenido que volver a ponerme gafas, no me molesta la hernia que tenía y consigo todo lo que quiero. Solo siento agradecimiento por mi nueva vida. Creo que sencillamente somos la nueva especie, y quizá deberíamos aceptarnos como tales. En muchos momentos siento que dejando a los vivos en paz no les hacemos ningún favor; son un poema, no envidio sus comilonas ni sus redes sociales para vivos. Entre los míos hay agradecidos silencios y acción; y nada más. Somos especiales. Ahora sé que no tenía ningunas ganas de entristecer y podrirme hasta morir. Puedo intentar dejar de ser una asesina, pero jamás querría volver a ser como antes.

Hola, me llamo Ingrid y soy adicta a la sangre. Soy administrativa. He matado a unas trescientas personas, de las cuales ahora unas cien son como yo. No tengo sentimientos definidos. Mi padre está muerto y mi madre mortal vive sola en su casa de siempre. Estoy aquí porque quiero desengancharme. Quiero acostumbrarme al producto sustitutivo y empezar a cambiar mi horario para probar la crema solar. Prometo dejar el asesinato en un plazo mínimo de tres meses, y colaborar con la ONG pro-mortalidad. Dios nos bendiga.

[Desde que escribí los tres relatos que llevan su nombre en el título, Elisha Cuthbert me persigue (sí, ya quisiera yo…). El caso es que, sin ser ninguna mega estrella me encuentro a esta chica por todas partes; radio, televisón, internet… La última vez hace cinco minutos en un videoclip de Weezer (video), mientras youtubeaba viendo clips de grupos que yo seguía en los noventa. Así que nada, topo con esta muchacha una y otra vez. Como diría Iker Jiménez: ¿casualidad?… (y ya de paso pongo una foto de la moza, con unas gafas enormes y enviando un saludo a la prensa…)]

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