Pl(a)ymouth fury

Por ejemplo, una noche estuve viendo el mundo desde un atalaya sobrenatural. El mundo, o algo así, la Tierra, el futuro. No sé qué era lo que pasaba, pero todo estaba ardiendo. Yo flotaba, hacía pie encima de una plataforma de dos por dos con una baranda y uno de esos artilugios que hay en los miradores. Eché dinero en la ranura y comencé a ver de cerca a la gente corriendo y gritando por las calles.
Luego desperté, me duché y me preparé mi nutritivo desayuno rico en fibra. Cereales industriales, leche desnatada. Luego paseo con el perro. Vuelta a casa. Salir otra vez. Trabajo. Dormir.
Y repetir.

No es que la rutina en si me moleste especialmente, pero mi novia ha dicho que quiere casarse. Conmigo. Y en mi caso esa aclaración es necesaria, porque cuando me lo dijo pensé que lo decía como quien, con el móvil en el bolsillo, la conexión fija a internet y el pulso por las nubes, dice que alguna vez querrá irse a vivir al campo… Pero no, ella hablaba en serio, queriendo hacerlo de verdad, a corto plazo. Ella no está tan presente en mi día a día como yo quisiera, pero de ahí a que se convierta en un apéndice… No es una cuestión de compromiso o miedo al mismo, el debate está en si no son cosas como casarse las que minan el compromiso.
A menudo tengo sueños, y todos suelen ser apocalípticos; pero no soy de los que despiertan y luego los interpretan para condicionar la vida real. Ya no soporto a la gente que quiere sacar conclusiones con esas cosas, como la alineación de planetas, el horóscopo o la carta astral. Lo único que pretenden es negar la realidad; se cree en los signos del zodiaco por lo que se cree en Dios: el filete está mejor si lo acompañas con una buena salsa. Y vale, todo el mundo está en pleno derecho de mitificar su vida. Pero yo no soy así. Lo cual no es óbice para negar la inquietud que me produce el hecho de soñar siempre con el juicio final.
Últimamente, desde que mi novia habló de casarnos, esos sueños se han vuelto más crueles. Antes alguien me llamaba por teléfono y me decía que mirara por la ventana; al abrirla, una onda expansiva de luz llegaba y yo despertaba. Ahora sin embargo puedo verles a todos robando y maldiciendo en las calles, matándose unos a otros mientras una nube negra lo cubre todo. Ahora no solo está el concepto; al mismo se ha unido el detalle, el despertar sudando y tener que ir a lavarme la cara.

Existen esas leyes no escritas sobre lo práctico: si os aburrís, casaos; y si, sorprendentemente, seguís aburridos, tened un hijo. Y si aun así no os soportáis, pues no sé, echad a suertes quién le dirá lo del divorcio a Pablito. O si no, tened otro hijo, niña a poder ser; puede que no sirva para nada, pero por lo menos saldréis encantadores en las fotos de familia: basta con que la sonrisa parezca de verdad un segundo. Elegir entre la apariencia y la sinceridad para mucha gente es fácil, ni tan siquiera se lo plantean. De hecho, esa “felicidad” de muchas familias creo que es la que ha potenciado cierta demonización de la soltería. Una cosa es que te dejes arrastrar y acabes con una pareja que odias y varios críos, pero que otros decidan tener otro tipo de vida… eso ya es demasiado. En especial, existe ese terror entre las mujeres; hay por ahí un montón de Ally McBeals que superada la treintena comienzan a tirarse de los pelos. Le hemos dado un significado aterrador y absurdo a la auténtica libertad individual; al parecer, no acabar “legalizado” conyugalmente es algo así como una especie de sociomasturbación; te convierte en alguien incapaz, extraño. Todos te miran, todos piensan: Tiene que ser así, ¿no?, si no estás casado a cierta edad, ¿qué estás haciendo? ¿En qué ocupas tu tiempo? No puede ser, ¡tienes que afrontar este rollo tradicional católico como hacemos todos! ¡Acaso no ves lo felices que somos! ¡Estamos enamorados, joder; desde el puto primer día! ¡Lo pone bien claro en nuestra agenda, somos una pareja estable, tenemos tres bodas, dos bautizos y cinco comuniones programadas para las que comprar ropa! ¡Acaso no te dio envidia el día que te enseñamos el piso y la habitación del niño! Puto depravado sociópata… ¡Sé feliz, gilipollas! ¡Pero feliz como nosotros!

Así que huí. He huido. Pretendiendo montarme una road movie. Cogí el coche una mañana y dejé atrás el trabajo, los miedos, el carril común, la autovía segura. La vida en carretera puede ser la única forma de aislarse, yendo a ningún sitio y siempre de camino a alguna parte; cuando la gente ve pasar tu coche siempre piensan que tienes algún plan, que has decidido ir a solucionar un problema concreto. Muy concreto. Prefieren creer que tienes los mismos propósitos que ellos, y que vas a algún restaurante a reservar mesa, a alguna tienda de enseres para el hogar, a ver a tus padres, a renovar la vajilla para el piso nuevo… Tiene que ser algo de eso, porque todo lo demás es tiempo perdido, horas que se te escurren de las manos y con las que podrías perseguir los objetivos lógicos. Para ser normal, como ellos. Para no ser un fracasado. Aunque no es que esto último les moleste, en realidad les das un tema del que hablar; pueden obviar y a la vez regodearse en sus propias rutinas, comentando cuánto te has equivocado.
En realidad sonríen de esa manera condescendiente, y te agarran por el pelo antes de que puedas escapar de verdad, y te susurran: Despierta, idiota, el lavabo siempre está al fondo a la derecha, siempre nos reunimos todos aquí, y acostúmbrate al olor, porque aquí tienes que pasar el resto de tu vida.

Los primeros días que vi el coche descapotable ni tan siquiera deparé en que nadie lo conducía. No entiendo de coches, es uno de esos coches americanos, enorme, como salido de American Graffiti, grande, antiguo. Al verlo me dio la sensación de que había llegado del pasado. Era parecido a como yo imaginaba a Christine cuando leí Christine de Stephen King. Aquel libro me fascinó en su momento, justo cuando en el colegio estaban intentando convencerme de que leer un libro era algo obligatorio y aburrido, solo algo de lo que dependían mis notas y mi tranquilidad. La mayoría de gente se queda con esa percepción de la literatura para siempre. Pero yo conseguí ser de los que acaba librándose. Lo retorcido me salvó de lo simple. Las novelas de terror consiguieron lo que raramente puede conseguir la literatura juvenil de comentario de texto con fecha de entrega.
Aunque la Christine del libro no era descapotable, no pude evitar que la imagen de ese coche me transportara a muchos años atrás. Y no hay ningún motivo concreto, ya que, como pasa con casi todo el mundo, mi pasado es poco más que mediocre; apenas un puñado de malos ratos, cuatro momentos de felicidad auténtica, y todo lo demás, rutina. No he sido más que otro chicle que gira pegado al neumático gigante de la evolución occidental.

Estoy instalado en un hotel de dos estrellas, un garito cutre para camioneros perdidos, postadolescentes cachondos y diversas parejas adulteras que se esconden aquí para follar a salvo de la vida real. Luego de vez en cuando hay algún tipo confuso y deseoso de soledad como yo. Y a veces también suicidas; según me dijo el dueño, tíos de poco más treinta años que pagan por una noche y amanecen muertos echando a perder la cama y la moqueta. “Esos capullos ni tan siquiera se dignan a cortarse las venas en el lavabo”, me dijo.

En cuanto al coche descapotable, la secuencia de los hechos es sencilla. Cada día a las tres de la tarde el coche pasa por la carretera desembocando desde la autopista, y aparca justo media hora delante del hotel. Justo debajo de mi ventana. Y yo sin gafas no veo nada.
Como sin gafas no veo nada, los tres primeros días sólo conseguía ver un coche enorme, y oía el ruido del motor.
Al cuarto día decidí ponerme las gafas, ya con curiosidad. Al enfocar, el coche ya emprendía de nuevo la marcha. Y al volante no había nadie.

En el asiento del conductor nunca hay nadie. Cada día me asomo e intento ver el truco; en el cine trabajan escenas de riesgo con coches de verdad a los que manejan con mandos a distancia como si fueran juguetes. De entrada esa parece ser la única explicación. Pero en este caso la explicación es tan absurda como el hecho en si.
Me empecé a mosquear cuando bajé a hablar con el dueño, y le hice un par de preguntas.
No, me dijo, él no había visto ningún coche descapotable enorme aparcado frente a la entrada del hotel. Él no había leído Christine; él, de hecho, no había leído. Comenzó a reírse en mi cara. Y yo decidí hablar con clientes habituales, los jóvenes salidos y follamigos de turno. Según la fauna del lugar, ese coche sólo está en mi cabeza. Y esta cuestión deja mis teorías sobre la vida y mis sueños apocalípticos muy lejos. Ahora llevo ya veinte días metido en esta habitación sin apenas salir; sólo escribiendo un diario, leyendo y esperando cada día a Christine. Y lo que es peor, Christine aparca cada tarde frente al hotel su media hora de rigor, y cada vez estoy más convencido de que quiere que yo me suba al asiento del conductor.

Mi vida de análisis y sueños y huidas hacia ningún lugar, me ha traído a un sitio apartado y cochambroso rodeado de desierto, y flanqueado por camiones cuyos conductores vienen a beber al bar cutre que hay en el mismo edificio que regenta el señor analfabeto, el cupido moderno, el tipo indeseable pagado de si mismo que ofrece a la gente la oportunidad de follar como siempre han querido, suicidarse o aceptar el fracaso en que se han convertido sus matrimonios y sus vidas.
En todo caso, mi viaje está siendo tan efectivo que ya casi no recuerdo a mi novia; no pienso en ella, y no me duele, no me preocupa, porque ya sé que no me gusta, y no creo que volvamos a saludarnos nunca cuando le diga que se acabó. No estoy preparado para lo que ella quiere; o mejor, no sé qué es estar preparado. Y en todo caso, supongo que sentirse preparado significa amor, lealtad, sinceridad y sentimientos al margen de la vida real preestablecida. O dicho de otra forma, al final llegan a tu mente verdades como puños que acaban imponiéndose, y a las cuales no se las puede engañar con viajes, álbumes de fotos, pisitos apañados, o hijos.

Después de sentir mi clarividencia sentimental; después de pasar dos días sonriendo como un bobo al haber conseguido encontrarme a mí mismo por primera vez en muchos años. Entonces, decido hacerlo. Decido acabar con esto.
Cuando despierto el día en que me montaré en Christine -ya pasado un mes de hotel-, noto una pequeña punzada, aunque no muy desagradable. Es más bien como cuando tienes un examen pero has estudiado de verdad, estás preparado y dispuesto, eres un tío de puta madre y vas a triunfar. Mientras desayuno la mierda que en este tugurio hacen pasar por comida en la habitación que hacen pasar por cafetería, estoy deseando acariciar la tapicería del coche fantasma.

Cuando lo veo venir desde la autopista, creo sentirme vivo por primera vez en mi vida.
Cojo mi maleta y bajo las tres plantas hasta el hall (hall, por decir algo). Justo al topar con el dueño, el sonido del motor se oye desde fuera. Le doy una tarjeta de crédito al tipo, y mientras me cobra, le digo si no oye el coche que está tras la puerta de su hotel ahora mismo. El tío se me queda mirando y me devuelve la tarjeta, sin decir nada. Y a mí me comienza a dar la risa, y no puedo parar de reír, de reírme en su cara. Él saca una escopeta de debajo del mostrador y me apunta con ella, me comienza a gritar que me vaya, que ya está harto de tenerme por aquí, haciendo preguntas estúpidas y asustando a los clientes. Y yo, a carcajada limpia, abro la puerta, salgo.
El coche está aparcado como siempre, en el mismo sitio, esperando. Es de color rojo y parece nuevo. Al acercarme a tocarlo, comienza a sonar en la radio un tema de los Rolling Stones: Get out off my cloud, que reconozco al instante. La primera posibilidad de miedo o arrepentimiento pasa con la voz de Jagger, con la alegría de una canción que enseguida asocio con la estética retro del coche. Monto en el asiento de cuero y cierro la puerta. El motor se pone en marcha solo y no tengo que hacer nada. Se mete en la autopista y se sube el volumen de la radio. Me estaba esperando, me esperaba a mí. El aire me da en la cara y el sol terrible de esa hora no me molesta en absoluto. Suenan temas de los sesenta y los setenta, el viaje sigue y sigue, y no tengo miedo.
Al cabo de unas horas veo un cartel verde en el que pone: Maine, y los kilómetros que faltan. Y otra vez me da la risa y no puedo parar. Es imposible. El estado de Maine es donde Stephen King localiza muchas de sus novelas. Y es imposible, es brillante, creativo, sorprendente y muy difícil de mejorar. Estoy camino de Maine en Estados Unidos, y conozco esta sensación, no me asusta, y poco importa no saber en qué punto comenzó, simplemente hay que dejarse llevar, y disfrutar del espectáculo.

El coche comienza a recorrer sus calles, sus zonas residenciales y cuestas, los lugares comunes donde pasaron las cosas terribles de los libros. Los arrebatos psicóticos, las lectoras sociópatas, los Apocalipsis creativos; horas y horas de diversión adolescente, máquinas asesinas, vampiros, espíritus y chicas de instituto.
Mi descapotable dobla una esquina, y veo una cara conocida. Mi proyección mental de Leigh Cabot, la chica de Christine, la novia de Arnie, una mezcla de Cameron Diaz en sus comienzos y cualquier animadora rubia adolescente.
El coche se detiene, y no me sorprende en absoluto. Ella me sonríe, abre la puerta y se sienta en el asiento del copiloto sin decir nada. Y no parece sorprenderse lo más mínimo cuando el coche arranca sin que yo deje de mirarla.
Christine comienza a callejear. Leigh cabot me coge la mano, con toda naturalidad, como si en una realidad paralela Stephen King estuviera revisando su clásico del terror delante del teclado.
El coche se detiene en un cruce amplio, en medio de todo el tráfico. Y cuando Christine lo hace, todos los demás la imitan. El resto de coches, con su misma estética, se detienen.
Todo tiembla de repente. Hacia el sur, a lo lejos, comienza a crecer una seta gigante de humo, como la de los libros de historia. Y justo después todo tiembla otra vez, y cerca de la anterior crece otra. La gente de repente corre aterrorizada hacia sus coches, hacia sus casas, pero Christine no se mueve. Intento abrir la puerta, apretar los pedales, pero no puedo hacer nada. Leigh Cabot coge mi cara con su mano derecha y la atrae hacia la suya. Comienza a besarme en el cuello, ávidamente, casi con furia, juega con su boca. La calle empieza a temblar de verdad. Leigh me mete su lengua hasta la garganta, y no puedo evitar toser. Me separo cinco centímetros, avergonzado, y ella sonríe. Ese beso es una señal, el final de una etapa. Una luz lo invade todo. Comienzo a notar la falta de oxigeno, la invasión brillante en mi piel, y oigo su voz femenina, y me dice:
– Ya llega, pero a partir de ahora debes recordar la lección.

[En el video, trailer de la próxima película de Michael Mann, hacedor de trallazos como “Heat” o “Collateral” (olvidemos Miami Vice…). Se llama “Public Enemies”, y junta a dos chungos como Johnny Deep y Christian Bale. Ante la pregunta de si se puede hacer una de gangsters de porte clásico y rodada en digital, Mann responde sí, y como, sólo hay que ver el trailer. La gran duda es si volverá a su mejor nivel en el conjunto, y de momento las sensaciones son más que buenas.]

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2 comentarios en “Pl(a)ymouth fury

  1. ¡Me tienes enganchado Jordim! Me encanta tus historias, me veo reflejado en algunas.

    El protagonista hizo lo correcto, hizo su vida, no es egoismo es valentía no dejarse llevar por la corriente.

    MIGUEL

  2. Delirante. Con un aterrador toque pulp. Lo volveré a leer; me ha interesado bastante la sucesión de acontecimientos.
    Si no me equivoco, a la “seta de humo” se le llama “penacho” (lo sé porque para Trilogía del amor quise un gigante y denso penacho negro que produjera un concepto de cromodinámica sobre el blanco (por balance) del cielo en la explosión final).
    Buen relato, ¡hasta el siguiente!

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