Archivos Mensuales: junio 2009

El ocaso de la celestina

Aunque llueva pura mierda constantemente y nos de igual, a veces aún nos molesta algo en el estómago. Mis amigos y yo decidíamos ir a veces a la montaña para sentirnos muy aislados, muy apegados a la tierra -eso les decíamos a todos-, aun llegando arriba y poniéndonos a hurgar en nuestros móviles, a escribir mensajes y llamar y presumir con todo el mundo de lo muy bien que se respira fuera de la ciudad. Así que fuimos una vez más todo el día arrastrando los huevos por el suelo mientras nos llenábamos los pulmones de aire puro entrecomillado; aunque de vez en cuando yo me fumara un cigarrillo, cuya colilla acababa en un cenicero portátil pensado para contrarrestar el sentimiento de culpa ecológico.
Subimos pegándole patadas a las piedras y hablando de nuestros trabajos y de la mucha suerte que tenemos con ellos, intercalando esos comentarios con resoplidos de hastío porque era domingo por la tarde -siempre lo era-, y al día siguiente teníamos que volver a trabajar. Nuestros escrotos siempre llegaban a cubrir buena parte del sistema montañoso.

Una de las chicas de la “expedición”, una semidesconocida, prima de alguien y pasto de futuras fantasías pajilleras, comenzó a hablar de lo orgullosa que estaba por haber hecho enrollarse a dos amigos que según ella “lo estaban deseando”. Sonreía a mandíbula batiente con su boca de chupona mientras no podía parar de comentar la escena en la que, delante de ella, la pareja se dio dos besos de presentación, y de lo tímidos que eran y de que sin duda necesitaban su ayuda para dar “el paso”. Después de ese monólogo apología del altruismo sensacionalista, su novio, otro semidesconocido, un tipo engominado, le dio un beso y cuchicheó algo que nadie más pudo oír.
Algo se revolvió en varios de los estómagos presentes. Pero nadie dijo nada.
Algunos volvimos a sentir entonces en nuestro interior esa sensación de que las casamenteras tan solo andan unos pasos por debajo de los nazis en la escala moral. Esas cabronas de sonrisa condescendiente, entre otras cosas, hacen que en las multisalas cada vez estrenen más cine de diseño, y que la televisión cada vez dé más asco. Y se enorgullecen de ello. Bien pensado, Hitler por lo menos tenía principios. Son esas pequeñas cosas, ese convertir la parte más íntima y valiosa de la gente en un espectáculo morboso, lo que hace que nuestro modo de comportamiento acumule cada vez más proyectos de campos de concentración para neuronas.

Dicha casamentera, cuyo novio seguro sólo utilizaba como funda para el pene, se pasó toda la excursión hablando sin decir nada. Uno, viendo parejas así, solo puede pensar: aborto. Hay óvulos que deberían poder tener la suficiente autonomía como para esquivar a los espermatozoides según el caso. Tenían la pinta de ser de esos futuros padres que educan a bofetadas, y luego defienden a su hijo a toda costa ante terceras personas sea lo que sea que haya pasado. Se me pasan por la cabeza montañas de libros ardiendo con familias de ese tipo bailando alrededor.
De alguna forma, cierta inercia natural debe intervenir para hacer que gente así se reproduzca. Lo jodido de la madre naturaleza es que nos ha concebido para que multiplicarnos nos parezca casi una obligación. Y una vez lo hacemos, nos abandona a nuestra suerte con nuestra actitud egoísta, nuestra torpeza para criar a un niño, nuestra incapacidad para la monogamia, con las mentiras, etc. Hay parejas que llegan a abandonar a su crío recién nacido en una papelera. Quizá nunca un servicio público haya sido utilizado de una forma más pura y reaccionariamente sincera. Es escalofriante y simbólico a la vez. Es una reacción típicamente humana que recrea en las páginas de sucesos un paisaje representativo perfecto: un niño llorando entre la mierda en medio de un bonito parque familiar. Cambia de canal… Dan ganas de pasarse un día un montón de horas en una iglesia vestido de pingüino y después tener un montón de churumbeles que, según cómo te funcione el cartón, sólo son un problema de tres kilos. Desde luego cada uno se lo monta a su manera.

Casamentera y Engominado, tal y como lucían, seguro formaban parte del kilométrico grueso de personas de vida práctica llevada por la inercia de “lo normal”, que hace que todo lo aberrante se convierta en algo cotidiano.
Fuimos subiendo la montaña, cruzándonos con otros excursionistas; era una de esas jornadas de sonrisa sincera que se va apagando a medida que se va el sol; el momento más bello del día significa la vuelta a una rutina de la que no te atreves a presumir cuando se te echa realmente encima.
Mientras pasaban las horas de la tarde, y aún lejos del ocaso portador de otra semana exactamente igual que la anterior, Casamentera siempre tenía alguien de quien hablar. A ella igual le hubiera dado estar ahí que en la peluquería; y a medida que su vocecilla se nos clavaba en la cabeza, y sin tener la perspectiva de su novio de beneficiársela más tarde, como todos estábamos comenzando a desear que estuviera ya de una vez, era muerta.
Podía imaginar perfectamente a Engominado tapar la boca de su novia a morreos en el piso que ambos tenían alquilado sólo con tal de dejar de oírla.

El núcleo de ocio principal de Casamentera tan solo parecía ser el sonrojo de los demás: ver cómo personas ajenas a ella intentaban salir de una encrucijada, verles sonreír nerviosamente para mofarse “inocentemente” de ellos a sus espaldas, o verles sufrir para poder decirles lo que tenían que hacer. El ocio basado en la manipulación justificada por el altruismo para con los que celebras cumpleaños o llamas Amigos -lo sean o no-, ya es toda una tradición. Parece ser una forma de vida vacía basada en la supuesta bondad de quien dice querer tan solo lo mejor para los demás. Es como formar tu propia obra de teatro con gente real que quizá sólo intenta tener a buen recaudo su intimidad, vivir acorde a sus ideas; cosa que una casamentera no puede permitir, porque su vida perdería mucho sentido si alguna vez tuviera que vivir de acuerdo a algún principio sólido, en lugar de poder comparar su supuesta vida sentimental feliz con la de los demás.
Son justo esas personas las que hacen que el cinismo crezca como una mancha de aceite a su alrededor, como puro efecto compensatorio. Llegados a un punto de la excursión, cuando ya descendíamos, todos excepto Engominado concluimos que, inevitablemente y en nombre de la cordura, Casamentera merecía morir.

Aparte de la pareja modelo, éramos cuatro personas más, una de ellas chica. Notas la superficialidad de alguien sobre todo cuando ves el contraste en el agravio comparativo. La otra chica se llamaba Natalia, y no dijo nada en toda la excursión, solo se limitó a mirar con asombro a Casamentera, incrédula de que una sola persona adulta pudiera albergar tanta idiotez y maldad color rosa de revista basura. Habíamos conocido a Natalia tres años antes mientras vagaba por la ciudad, recién llegada, buscando piso y con apenas una maleta en propiedad. Nos pareció tímida e inteligente, curiosa y respetuosa, e interesante cada vez que intervenía en una conversación. Más o menos justo el perfil de persona que suele acabar siendo víctima de Casamentera, que es cuando la bondad auténtica topa con la de diseño, y mientras una persona se convierte poco a poco en un ángel cada vez que habla, la otra te parece cada día un poco más gilipollas.

Hacer esto cada fin de semana estaba comenzando a ser agotador. Pero no había forma más segura. Y además, después de hacerlo una sola vez ya no puedes tirarte atrás, y el impulso de seguir es demasiado poderoso.
Esta vez Engominado era la “X” de la ecuación. Hubo arduos debates hasta que llegó el momento en que decidimos que él también debía morir. No puedes confiar en alguien para que te guarde un secreto; pídele a quien sea lo que sea, pero no le confíes nada que no quieras que se sepa sobre ti. Es absurdo intentarlo; Engominado era idiota, pero no tanto como para hacer la vista gorda ante un asesinato en su presencia.
Decidimos hacer realidad esos deseos lúbricos de liarte a cuchilladas con alguien que realmente te asquea, que estás convencido de que contamina la humanidad y merma su potencial intelectual con posibilidades para crear vida inteligente real en la Tierra; algo que sustituya al capitalismo sustentado por el conformismo, que basa sus cimientos en la ignorancia de quien cree ser muy digno simplemente pasándose la vida intentando chupársela a sí mismo.
Y el primer paso a pie de campo son, por ejemplo, las casamenteras. No hay forma de organizar una revolución si antes no eliminas las partes más nocivas de la población. La casamentera representa justo lo que hay antes del individualismo autofelatorio: alguien que no se conforma con estar bien a un nivel individual, sino que además tiene que alterar su entorno para sentirse viva observando los cambios, ya sean a mejor o a peor. Es la ciudadana perfecta a quien poder manipular, alguien a quien le tiras una pelota mediática en forma de boda entre famosos, y va como una retrasada tras ella a esperar tras una valla para poder ver de lejos a las supuestas celebridades.

Lo hicimos bajando. Nos metimos en el bosque de siempre con la excusa de siempre del atajo, lo suficientemente alejados de cualquier ruta; lo suficientemente lejos de la comodidad que busca el excursionista que en el fondo quiere seguir en la ciudad, con todo bajo control, con esa sensación, aunque sea bajo los árboles.
Natalia tenía perfeccionado el golpe en la nuca para quitarnos de encima la molestia de turno. En este caso, Engominado. La mochila de Natalia pesaba siempre tanto porque ella siempre llevaba las cadenas y el mazo. Engominado cayó al suelo inconsciente tras el golpe en la nuca. Casamentera comenzó a flipar del modo habitual. La agarramos mientras preguntaba sin parar qué era lo que pasaba. Que es justo lo que ella quiere ignorar que pasa en otros lugares, lo que está lejos, la tortura y la muerte que ella sustituye por chismorreos y sexo seguro. Todo lo que daba por sentado Casamentera, se estaba yendo a pique, un pequeño ejército tercermundista se había colado por una brecha inesperada y estaba amarrándola a un árbol con unas cadenas. Algo que en muchos casos estaría justificado por esa venganza pura e inevitable con raíz en la miseria, pero que en este caso sólo era la mera materialización de los principios de unos pocos que ya habíamos perdido la perspectiva sobre lo que es lícito y lo que no; sobre todo, en un mundo en que sucede lo mismo a gran escala. No nos sentimos mal vaciando de vida a Casamentera igual que ella nunca se sintió mal jugando a las muñecas con sus amigos y reforzando su felicidad planeada en despachos a golpe de tarjeta de crédito. Ella era el producto de un mundo en que muchas personas habían salido de la misma idea de base: ya estás bien así, no intervengas. La vida comenzó a perder valor cuando la dignidad y la libertad comenzaron a consistir en ser lo suficientemente listo como para hacer la vista gorda con todo.

Atamos a Casamentera dejando uno de sus brazos libres, colgando. Ella lloraba y no quería ser una víctima física del mismo modo que otros fueron sus víctimas emocionales. Había topado con nosotros, y a nosotros la gente como ella ya había dejado de parecernos entrañable y simpática, por mucha pinta de muñeca Bratz que tuviera. Era una chica joven y con todo el futuro por delante, perfectamente maquillada, con el look cuidado de excursionista, con dinero en el banco y un trabajo que hacía que todos los demás asintieran respetuosos; y tenía un novio tan majísimo y bien vestido como vacío por dentro; era una chica normal que disfrutaba con cosas normales. Era a simple vista perfectamente apta. Pero a nosotros todo eso ya había dejado de impresionarnos. Sus defectos para nosotros eran el veneno más efectivo, más sutil, más aceptado: los frenos perfectos de una evolución coherente.
Esta celestina significaba un antes y un después, era un objetivo deseado desde hacía tiempo, desde el principio, cuando Natalia nos enseñó que la vida no es sagrada cuando parte de ella es un gran tumor que necesita extirparse.

Comenzó a anochecer de verdad. Los últimos rayos de sol se colaban entre arbustos, llegaban desde el horizonte cuando Natalia comenzó a tirar del brazo de Casamentera. ¿Disfrutábamos nosotros también en este caso del morbo del asesinato? ¿Éramos yonkis de la misma droga que nutría la mediocridad de Casamentera?… Nunca nos lo planteamos, esto restaba para bien. La idea era que sufriera. Una muerte rápida para alguien así puede ser un regalo. Nunca puedes fiarte de esa luminosidad que se desprende a veces de la mirada de una persona así; en realidad podría estar agonizando. Así que la víctima por lo menos debía sufrir unas cuantas horas.
Tirábamos del brazo de Casamentera por turnos, todos debíamos sentir su desvanecimiento en primera persona. Arrancar un brazo de cuajo no es fácil. Y tampoco que la víctima no se desmaye en el proceso. Natalia llevaba en su mochila pastillas, fármacos; los suficientes para que la celestina pudiera llegar a ver deslavazarse sus músculos una vez el hueso se hubiese salido; debía sentir su carne tironeando hasta desprenderse de ella, y notar hasta el último momento cómo la sangre abandonaba el huésped hasta provocar la muerte.
Casamentera vomitó un par de veces, hasta que al final logramos separar su brazo del cuerpo. Ya era totalmente de noche. Apenas conseguimos alumbrar la escena con nuestros móviles. El golpe en la cabeza a Engominado había sido suficiente para dejarlo sin pulso, una corona de sangre rodeaba su cabeza boca abajo en la hierba. Eran las diez de la noche, y al día siguiente teníamos que madrugar. Marchamos hasta los coches aparcados abajo. Los últimos estertores de voz de Casamentera no podían oírse desde ninguna ruta. Bajamos con calma. Alguien propuso tomar una copa en una terraza tranquila antes de ir a casa. Nos pareció una buena idea.

[En el video, trailer de “The Box”, nueva peli de Richard Kelly (“Donnie Darko”, “Southland tales”), director que me inspira especialmente y al cual hasta ahora (a diferencia de otros) lo veo intachable en sus arriesgadas propuestas, incluso con sus defectos. Más directores así hacen falta. En su nueva peli adapta un cuento de Richard Matheson llamado “Botón, Botón” en el que los protagonistas se ven en la disyuntiva de ganar un millón de dolares cada vez que aprieten el botón rojo de una caja que se les entrega; a cambio, eso sí, de que cada vez que lo aprieten, una persona en el mundo morirá. Así se las gasta el amigo Kelly, en una película que supuestamente tiene que buscar una buena respuesta en taquilla después del fracaso comercial de “Southland Tales”. Suerte, directorazo.]

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La caducidad de las flores eléctricas

Una vez unas albóndigas hicieron breakdance en mi estómago. Luego salí del lavabo y busqué algo en la nevera para quitarme el sabor a bilis. No volví a comer albóndigas en años.
De pequeño era así, y le podía guardar el mismo rencor a las personas que a la carne picada; soñaba con que podía convertir a algunas personas en carne picada, y leía libros de Stephen King mientras pensaba en qué sentiría si matara a alguien, por ejemplo metiéndolo en una trituradora de madera.
A los treinta y cinco años salí de la cárcel por buen comportamiento. Aún era joven. Lo primero que hice fue entrar en un restaurante y comer albóndigas. Estaba dispuesto a aceptar mi pasado y afrontarlo, pero si quería que me aceptaran los demás no podía hablar mucho de él.
Conocí a una chica que aseguraba tener en casa una lámpara hecha con los huesos de un niño de diez años. A priori parecía un buen partido, fuera o no auténtica la lámpara. Al cabo de un mes de salir con ella tuvimos que dejarlo. Fue por culpa de la hipoxifilia, que es el proceso a través del cual un orgasmo es más intenso cuanto menos oxígeno te llega al cerebro. El motivo por el cual lo dejamos fue la asfixia involuntaria. El problema de la hipoxifilia es que si tú te corres en el mismo momento que ella, es probable que se te olvide aflojar la mano alrededor de su cuello.
Así que salí pitando de su casa, y la policía echó la puerta abajo varias semanas después cuando el vecindario ya no podía soportar el olor. Pasaron los meses y nadie reclamó mi presencia en comisaría ni invadieron mi piso de madrugada gracias a alguna huella dactilar. Era la primera vez que mataba de forma involuntaria, y no me sentó muy bien. De saber que vas a matar a alguien, prefieres vivir el proceso atento a los detalles, y no corriéndote en un condón mientras te pierdes cómo tu víctima se apaga lentamente, destroza a toda su familia y se convierte en una reseña en la página de sucesos. Había pasado mi juventud en la cárcel porque todo eso me parece infinitamente mejor que un orgasmo.

No me reformé. Todos querían pensar que sí, e hicieron que yo también me lo creyera. Pero con el tiempo volví a las andadas. Tal y como yo lo veo no es una cuestión de maldad; si pudiera matar sin destrozarles la vida a los seres allegados lo haría. Si mato es por una cuestión personal y un bien mayor, no tengo en cuenta las consecuencias colaterales para nada; no mato para hacer daño, sino para mi propio recreo: por mi objetivo.
Salir de la cárcel y aquel accidente con la gótica tarada hizo que me aceptase por lo que soy. Sea lo que sea. La flor no pide ser flor, igual que el Tiranosaurio no eligió ser agresivo. Soy un producto de la naturaleza. De la Tierra. De la evolución. Mi entorno tendrá que lidiar conmigo igual que el planeta tiene que lidiar con el ser humano. El día en que la naturaleza cree la enfermedad que acabará con todos nosotros, entonces la gente como yo pasará a ser la coherente, la que más acorde estuvo con su entorno, los que ayudaron a salvar la creación del mayor cáncer de la historia de la evolución. Si la naturaleza se renueva y autoabastece, entonces yo soy uno de sus enviados para reestablecer el equilibrio.

Mamá me entiende, sabe por dónde voy. No quisiera repetirme, pero sé que no mato por una cuestión simplemente lasciva o morbosa. O no solo por eso. Tengo el complejo de Edipo, lo reconozco. Soy un aliado, pero mi ejército son los tornados y los terremotos, las inundaciones y los tsunamis. Me siento bien, eso me hace sentir bien.
Después de tener la seguridad de que la policía no quería nada de mí, me atreví a seguir, a ser yo mismo. Mi madre se enorgulleció por ello. Un sistema biológico autodestructivo no es como un depresivo que se tira desde una cornisa. Mamá sabe que sólo somos abono, incluso yo, su soldado, uno de ellos. Pero no me importa saber el final, no si sé que contribuyo a una causa mayor. La fauna se comerá las ciudades cuando mi alma descanse en el sueño eterno de los justos.
Seguí matando. Descubrí que el sexo es un buen aliado de la muerte, y combiné esos dos factores, que en definitiva eran pura evolución histórica; sexo y muerte significan futuro. El ser humano cree poder controlarlo todo, crear y destruir a su antojo. No conocen a mamá. No saben que la misma casualidad que les ha vestido con ropa de marca es la que les asfixiará por hipoxifilia existencial.

Madre, tú sabes de qué hablo, y con eso me basta. Me gusta rezarle a la Diosa verde, la única que hay, la que reparte y renueva. Lo de lo dinosaurios solo fue mala suerte, siempre se van los inocentes. Una vez nace el ser humano, se convierte en la única especie que tiene la auténtica capacidad de elegir entre crear y destruir; y cuando tiene acceso al poder la tendencia es arrasar con todo, incluyéndose a sí mismo: la única parte positiva. Somos producto de la misma casualidad que todo lo demás, pero hasta mamá se equivoca. Yo quiero pagar por sus errores, estoy dispuesto a ello. He ahorcado a niños en las ramas más altas, he quemado personas del mismo modo que un pirómano tira una cerilla en el bosque, he probado la carne humana añadiendo salsas igual que nosotros hacemos con cualquier animal que nuestra cultura acepte como alimento.
Trabajé como cocinero durante tres años, y todo tipo de gente pagada de sí misma comió carne humana que yo conseguí hacer pasar por delicias de a veinte euros por cabeza. Ascendí y tuve a mis órdenes más de veinte camareros que nunca hacían preguntas. Sonreía y saludaba a todo el mundo, y todos volvían a por más. Sopa, supuestos platos de pollo o ternera, huesos sospechosos. Utilizaba como aliadas todas esas deliciosas especias que nos da la tierra, y que pueden hacer pasar cualquier tipo de carne por aceptable menú para educados en recetas básicas tradicionales.

No puedo evitarlo, estoy enamorado de ella, es mi único amor. Salgo a un balcón y respirarla es casi imposible. Pero lo poco que aún queda de ella en las ciudades es mi droga, mi motivo para vivir y la mejor justificación para matar. No pueden clasificarme: desde el mismo momento en que naces estás metido en el ajo, nadie es inocente. Y yo tampoco. Pero estoy dispuesto a seguir con lo mío y a la mierda con todo.
Dejé el restaurante porque llegó un momento en el que engañar a esos bobos con precios elevados y salsas sofisticadas comenzó a ser aburrido. Aproveché mis habilidades culinarias para convertir mis asesinatos en mi forma de autoabastecimiento. Antes de matar a alguien pensaba en cosas como: ¿podré conservar esos muslos más de tres semanas sin que se estropeen? Matar es complicado de por sí; pero cuando además tienes que evitar cortar el tubo de la heces la cosa empeora. Pasé del fuego y las armas blancas a tácticas más elegantes: la asfixia siempre ha sido mi favorita, pero si la quieres incluir en tu juerga de sexo tienes que procurar embaucar a chicas menudas. Un fallo supone volver a la cárcel, y no quiero dejar a mamá sin mis servicios.

Lo único que lamento es no poder estar el día que todo se vaya a pique, el día que los seres humanos comiencen a caer como fichas de dominó con su mísera filosofía derrochadora. A veces sueño con poder quedarme a solas con ella, cuando el agua y la vegetación sean otra vez lo único, y morir signifique más extinguirse que desangrarse. Puedo ver rascacielos llenos de musgo y ciudades inundadas, materia prima al servicio de la supervivencia, y ausencia natural de codicia. Quisiera poder contemplar un mundo en el que el dueño en la cadena alimenticia se comunicara con rugidos o modos viscerales de comportamiento. Rezo por que caiga otro meteorito. Mi pornografía son las chimeneas en desuso, un torero llevado en volandas mientras deja un reguero de sangre; se me pone dura con entierros y familias destrozadas, con funerales militares y zonas residenciales en llamas. Me encanta que me llamen loco mientras aún respiran; esa misma gente que está dispuesta a sacrificar bosques enteros para poder utilizar sus posavasos.
Mamá respira tranquila aun viendo cómo torturan a su hija, mientras prepara su plan maestro.

He perdido el tiempo viendo malos partidos de fútbol y bebiendo en discotecas de reputación inflada. Me he pasado horas viendo el Disney channel, una especie de reducto televisivo para quinceañeras pijas y pederastas conformistas. Me he pasado tardes enteras en gimnasios para poder decirlo después con camisetas estrechas. Me he cortado el pelo con puntualidad mensual y hasta una vez me hice la manicura. Soy lo suficientemente patético como para pasar desapercibido. Ya no me da miedo volver a la cárcel. Mi número de víctimas es superior al de un terremoto de intensidad media, pero muy inferior al de muchos sistemas legales. La madre naturaleza sigue respirando nuestra mierda al mismo tiempo que su amor por nosotros decrece. Algo terrible está creciendo detrás de ti cada vez que madrugas y trabajas y vuelves a acostarte. Tic-Tac. Tic-Tac…

[Nunca he puesto un video de Björk, así que ya es hora. Poner “Björk live” en youtube es toparse con videos tan potentes y bizarros como este. Esta tía me gusta tanto que es capaz de hacer que le vea sentido a un desfile de modas. Quizá porque ella está cantando mientras tanto uno de sus clásicos con un vestido de esos que no caben en el comedor de tu casa, un peinado que más o menos lo mismo, y una máscara que parece de perlas y que vete a saber en cuánto debe estar valorada. En fin, que al final lo que más importa es el temazo.]

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Carta a Marta Jones

Aún recuerdo cuando corrías por el prado haciendo la idiota con Eva. No quiero saber qué hacíais detrás de aquellos matorrales, y cómo hiciste que esa inútil se comiera la manzana. Que no te pintara nunca nadie o no salir en los escritos no te hace ser anónima para mí. Señorita Jones, te has cargado la existencia; eres a ésta lo que Ronald McDonald a la gastronomía, eres la Yoko Ono del grupo de rock que montó Dios. Sé que sigues presente escondida en el sufrimiento de cada paleto de este planeta, pero a mí no me engañas.
Eres la auténtica serpiente parlante. Estás detrás de cada escudo antidisturbios. Te vi encaramada en escaleras de incendios mientras Hitler daba sus primeros parlamentos; te vi tras los nidos de ametralladora del desembarco de Normandía y riéndote a carcajadas mientras dabas luz verde a las siete plagas. Enfrentas pueblos con razas distintas. Nos hiciste polígamos, creaste el amor patentando una reacción química y la gente se lo creyó. Eres una gamberra, te maquillas y les dices a todos que la belleza natural no es suficiente; eres todas las dietas crueles, los espejos y la báscula electrónica que hace llorar a las adolescentes.
Hiciste correr un falso rumor en Jerusalén y aún te ríes de nosotros por ello. Le diste un falso valor al cielo y te comiste vidas enteras entregadas a tu leyenda urbana. Tuviste a los apóstoles bajo amenaza mientras les dictabas la Biblia. Nunca debiste jugar a ser Dios solo por diversión.
Eres la televisión durante los cortes publicitarios; has convertido el libre albedrío en un lujo. Eres cruel, Marta Jones; pero tu inmortalidad no me impresiona; debes estar en tu dimensión imaginando al último ser humano en una barcaza como resultado de tu plan de derretir los polos; un solo hombre pensando en cuánta agua salada se puede beber antes de morir, y en por qué eres tan cabrona. No me impresionan tus colecciones de seres humanos disecados ni las cabezas de alces en las paredes; no creo tu versión sobre lo débiles que somos. Te he querido bautizar con un nombre rimbombante, para que sepas que para mí no eres nada más que descanso eterno, vacío sin más obligaciones ni juegos crueles. Tampoco me deslumbras con tus múltiples formas tenebrosas; tu look de pasillos de hospital llenos de familias llorosas me parece de lo más trillado. No eres original, solo el final natural, lo que da sentido a todo esto. Tu supuesta maldad no es más que una mala canción pop con una sólida base de marketing. Eres como los circos romanos o las hombreras, solo que aún nadie se ha dado cuenta.
Tienes la forma de un cáncer existencial que pudre la realidad y la ficción, por más religiosa que sea esta. Sé que te encantaría saber quién soy, pero supongo que también querrás ponerle picante a tu eternidad. No te vayas a lo simple, por muy de moda que esté. Has conseguido cambiar el estilo de las guerras y normalizar el tercermundismo, has cobrado mil formas y todas estaban llenas de dinamita. Pero sé que ahora comienzas a tener miedo. A tenerme miedo. No todos morimos.
Recuerda cuando juegues al ajedrez con la Muerte, que como tú, por encima de la vida, hay un anarquista suelto, y que la desesperación es un valor al alza para las revoluciones.

[En el video, trailer de la nueva peli de Martin Scorsese. Parece que el ya oscarizado director busca conquistar nuevos horizontes, esta vez adaptando una novela de Dennis Lehane. El trailer es espectacular por su look, y la propuesta sorprende por su toque sobrenatural. Scorsese cuenta otra vez con DiCaprio, y esto pinta muy muy bien. Abajo, el curioso cartel de la película.]

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Un paseo

Nazco y me paso veintitantos años sin levantar la mano para preguntar. Después descubro que tengo menos etiquetas que desengancharme, el lado positivo. Me preparo siempre un café demasiado amargo y el tabaco sabe genial. Despierto y es ayer otra vez, solo han cambiado los números. Debería dar gracias por cada segundo, pero no todos lo merecen. Debería hacer que valieran la pena, pero no siempre hacer eso es necesariamente bueno. Mi hermana cree que será mejor según el tiempo que se pase encerrada en el lavabo antes de salir; mi hermana siempre estaba con la mano levantada en el colegio. Mis padres tienen edad para haberse meado encima en época de posguerra; para ellos el existencialismo no existe, solo papeles de los que dependen. Mis abuelos están muertos. Y el resto de gente espera que haga lo que ellos quieren, tratándome con condescendencia si no es así.
Camino pendiente de todo el mundo por la calle un día más. La gente baja la cabeza si les miras y no te conocen; y cambian de acera si les miras, no te conocen y no te has afeitado. Tropiezo con un mendigo y me canta las cuarenta; le doy un euro y me siento mejor y sigo mi camino. Topo con una antigua compañera de primaria y me saluda. Ahora tiene tetas y la cara pintada. Es amiga de mi hermana y dicen que le gusto. Intercambiamos cuatro frases hechas y nos separamos. Su última mirada parece de odio… No, de decepción. Entro en una cafetería.
Salgo de la cafetería y me dispongo a ir al parque. Cuando llego me siento en un banco y procuro no romper a llorar solo; la misma gente que baja la cabeza o cambia de acera al verme, podría llamar a la policía. Al final contengo mi estado de ánimo y me pongo unas gafas de sol. Llevo tejanos de marca y una camisa nueva; soy feliz a la vista de cualquier ejemplar de ciudadano occidental propenso a las celebraciones festivas en nombre de la mediocridad.
Al cabo de un rato me levanto del banco y camino sin rumbo, en dirección a casa. Intento dejar la mente en blanco, sin éxito. Pienso en una familia feliz de meteoritos cayendo en la Tierra, en accidentes de tráfico, en cómo reaccionaría la gente si muriera Fulanito. Las luces artificiales comienzan a encenderse. Me quedo mirando un escaparte sin fijarme en los productos que me ofrece. Es una de esas tiendas en las que lo mejor que puedes conseguir es una figura negra de Buda con olor a cerrado. Sigo parado delante del escaparte y me enciendo un cigarrillo. Mi hermana debe estar tomando algo con las amigas, o utilizando su vibrador secreto. Pero ya mismo irá a casa. Solo es miércoles. Yo sigo parado delante del escaparate, pensando en si quedarme así hasta que la dependienta salga para decirme que le estoy ahuyentando a los clientes.
Cuando han pasado veinticinco minutos, veo a una chica a través del reflejo del cristal. Pasa justo a mi lado. La miro y me mantiene la mirada hasta que pasa de largo. No lleva maquillaje. Y yo respiro hondo, y vuelvo a casa.

[Hace poco me atreví a ver “Hostel 2”. La primera no me pareció espatarrante, pero reconozco que su idea y su ejecución me calaron con el tiempo. La película no se me fue de la mente, y cada vez que la recordaba me parecía mejor. Hostel 2 es un desafío, una detectora de hipócritas, esa gente que dijo que la primera era repugnante y luego pagaron por ver la segunda. Esta secuela es nuevamente sosegada en su narración. Eli Roth no carga las tintas ya desde el minuto cinco, te presenta los personajes poco a poco, te prepara para las tres escenas de violencia brutal que sabes que llegarán, y lo hace con inteligencia y paciencia. La de Hostel es una saga para morbosos, de igual forma que lo son otras muchas que no le llegan a la cintura en intensidad. Los que sabéis que lo sois, reconocedlo, id al videoclub de una vez, aunque sea con gorrita y gafas de sol. El trailer en el video.]

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Escupir

En primer lugar: Amor. Luego, seres humanos, caza y agricultura. Pueblos, fronteras y guerra. Revolución. Evolución estética, religión, familia: Opresión. Armas blancas. Batalla cuerpo a cuerpo. Bajas. Hambre. Disentería. Inanición = Poder.
El poster central de “Medieval Playboy”.
Posguerras. Miedo y rabia. Venganza. Más guerras. Conquistadores, política, dictadura y nuevamente opresión.
¿Sabes quién tiene un buen polvo?
Monogamia. Mezcla de culturas. Condena y poligamia machista. Libertad para trabajar. Trabajo duro. Siempre. Dignidad de entrevista de empresa. Medallas, éxito, satisfacción personal inapelable, inmortalidad.
Y la respuesta es: María Magdalena, el apóstol ambiguo. Arte, libertad de expresión, choque frontal: Anarquía. Reconstrucción y segundas oportunidades. Hijos: opción ficticia de volver a comenzar de cero. Propiedad errónea. Libertad individual. Consecuencias de la monogamia. Páginas de Hustler enganchadas. Secretos.
Postres congelados que doblan cucharas.
Gastronomía. Música. Cine. Pop art. Estudios de target potencial. Simplificación. Atontamiento. Capitalismo. Fanatismo por el fútbol, tradición, toros, ignorancia. Una visita al zoo. Videos snuff. Curas. Autorepresión. Pederastia. Programas de desintoxicación de doce pasos. Desesperación.
Doce chicas al final de la barra con diademas polla. Sonrisas. Alcohol. Diseñadores de moda y anorexia. Desentendimiento, interés y bombas atómicas.
Esperanza.
Érase una vez una hoja blanca en la que alguien escupía. Érase una vez un mundo en el que el ser humano se reprodujo a través del sexo, más comúnmente denominado Amor…
Máquinas expendedoras. Tabaco, pastelitos, condones. Gasolina. Invasión política. Morir por Dios. Anillos vibradores.
– ¿Tiene una muñeca hinchable que se parezca a Jane Mansfield?
– No nos quedan.
– ¿No le queda ninguna que se parezca a Jane Mansfield?
– No, no nos quedan muñecas hinchables.
Perplejidad. Un guerrero hojea un ejemplar de “Medieval Playboy” mucho antes de que se inventara la imprenta.
Surrealismo. Destino. Helena de Troya posa para otra publicación obscena mientras todo arde.
Ficción. Clara se sujetó con fuerza a la valla de madera, y se puso de pie, se levantó de su silla de ruedas. Aplausos. Imágenes quirúrgicas, avances científicos, frenos ABS, Iglesias enormes entre chabolas.
Televisión. Niños muertos al caer accidentalmente por las ventanas de sus casas. Esa familia era buenísima, es una desgracia. El asesino era muy amable, el violador era un gran tipo, muy educado, siempre daba los buenos días. Vamos con el tiempo. Publicidad, publicidad, publicidad, publi…
Recuerdos. El video de tu parto. Cintas a medio rebobinar, tu abuela hojeando álbumes de fotos, vejez, lloros, enfermedad, sufrimiento, eutanasia moralmente denegada. Abogados. Dinero, dinero, dine… conservadurismo, ceguera altruista, vino barato, olvidar, olvidar, olvidar. Discotecas, alienación, fiesta, juventud monocostumbre. Desvíos denegados. Pieza ideal para completar líneas, ignorar, acumulación alarmante, risas de fondo, ego abultado, partida peligrosa.
Montones de libros de ciencia ficción apilados ardiendo en el universo que recrean. Antibióticos. Investigación. Exploración espacial. Palomas chocando por tus migas de pan, orgullo de posesión, carcajadas a tus espaldas. Heidi corretea alrededor de Clara y grita aumentando tu dolor de cabeza. Democracia capitalista, rezos entre naves espaciales. La chica de la curva, nacer y dejarse llevar, no pensar: en esa curva me maté yo. Risas incómodas. Accidentes de tráfico orgásmicos: J. G. Ballard. Mundo interior. Coged vuestra rutina y marchaos. Esta partida de tetris está llegando a su final; los huecos se están amontonando, se llenan de conceptos sueltos que no sabemos unir en armonía. Game over. Vacío.
– ¿Sabe una cosa? Yo nunca creí en usted.
– ¿Por qué?
– ¿Aquí tienen muñecas hinchables que se parezcan a Jane Mansfield?
– No, pero estás perdonado.
– ¿Encima condescendencias?
Neveras y ordenadores y muebles de diseño flotando en el espacio. Cadáveres descompuestos dentro de cajas, también flotando. Epílogo:
– ¿Esto te parece un creación coherente?
– Cállate, Dios.

[Voy a recomendar una de esas películas que parte de la critica -los que no la consideran directamente una joya- ha despedazado. Se llama “Doomsday” y dirige Neil Marsall, en mi opinión, uno de los mejores cuando de cine de género se trata (ver “Dog Soldiers” o “The Descent”). A dicho director, hasta ahora muy respetado por la mayor parte de la crítica, parece haberle llegado la hora de la crucifixión; siempre hay una parte de críticos que parece estar esperando el momento adecuado -segundas o terceras películas- para lanzarse al cuello de nuevos talentos. “Doomsday” no solo me parece igual de buena que sus anteriores cintas, quizá para mí sea la mejor. Una vez la película arranca y se declara automáticamente como producto de serie B (por más caro que sea), topas con escenas y capítulos absolutamente delirantes, y trenzados con una habilidad descarada. Es la película soñada que Timur Bekmambetov aún no ha conseguido hacer. Tiroteos entre facciones armadas y caníbales de estética punk, última tecnología que se mezcla con artillería medieval, descaradas influencias de Mad Max y otras joyas de la corona, unos últimos cuarenta minutos para ver con amigos y unas cervezas que no tienen precio… En fin. “Doomsday” no es una película perfecta, pero no quiere serlo, y en su caso eso es casi una cualidad. En el video el trailer, que bien sirve para hacerse una idea de lo positivamente colgada que está la película. Neil Marshall, yo te saludo.]

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Mil bikinis

El horario puede acabar siendo el mismo cuando crees que eres libre. Basta con tener tu pisito, el coche y quizá estar casado, que al final la libertad suele reducirse a viajes puntuales y planes para cambiar los muebles de sitio. Es la felicidad de un pasillo de supermercado lleno de ofertas, de un accesorio nuevo para el coche, de evitar pensar en las demás mujeres u hombres… Es el oasis del contribuyente, medir y clasificar el tiempo libre y el trabajo. Y luego nos extraña que la gente se separe, se deprima, se odie o se mate. El siguiente plan siempre es comprar algo, y la táctica por excelencia, negarnos como seres humanos. Podemos ser perfectos del modo que nosotros queramos, eso pensamos, podemos negar los instintos, la reclusión, el aburrimiento y cualquier cosa que pueda hacer que nos replanteemos algo. Y hasta tal punto se ha normalizado este modo de vida, que la mayoría de gente se niega a dejar su puesto en la cadena de montaje.

No es conformismo, somos girasoles y nunca sale el sol. Miramos siempre hacia abajo mientras alzamos el mentón y le enseñamos a los demás nuestra nómina. Y que sea siempre de noche no es culpa nuestra, o por lo menos no del todo. Desde pequeño todo lo que ves a tu alrededor es dinero, y tu padre está dispuesto a convertirte en su versión clonada sofisticada; igual, pero más rico.
¿Y las respuestas? No hay. Ni tampoco soluciones. Lo que sea que oprime a unos para el bienestar de otros está bien arraigado. Y en cuanto a los números, bueno, nadie quiere perder la esperanza de poseer un poco más cada vez. El capitalismo ahoga a la mayoría, pero permite algunos milagros. Son esos milagros materiales los que mantienen al mundo siempre de noche, del mismo modo que te pasas toda tu vida esclavizado por tus posesiones.
Ya está aquí otra vez, canta el coro; el Apocalipsis anarquista, los sueños húmedos con rascacielos cayendo implosionados a la luz de la luna. Soñar con la anarquía es como imaginar qué debe haber bajo la ropa de las novias de tus amigos.

Y tanto rollo de digestión pesada para llegar a esto, una ventana que da a una piscina privada, una colección de bikinis que no se acaba, anillos de compromiso; dicen que el amor tiene la fecha de caducidad a los tres años, que luego ya tienes que elegir entre el conformismo o la libertad. Bien, simplifiquemos, a veces es más constructivo. La gente se aferra al cariño y procura pensar como las parejas de hace cincuenta años, es el mecanismo de la fidelidad. Se miran entre ellos y se dicen: “las estadísticas no tienen nada que ver con nosotros”: beso en los labios, leve apretón, y a buscar el cambio en cosas como un coche nuevo, un colchón más cómodo, una tele más grande, el cariño, cariño, cariño, cariño. Un aumento de sueldo, comprar ropa para bodas, bautizos, conversar con otras parejas en elegantes restaurantes, sonreír ampliamente, tener quizá la verdad a buen recaudo arrinconada en la cloaca del cerebro… Es una competición a muerte contra la evolución, contra la aceptación de nuestra condición de mamíferos. Si los seres humanos tuvieran la capacidad olfativa de algunos animales, la poligamia sería imposible de disimular: el olor de la colonia y el suavizante se mezclaría con el de los fluidos corporales, las mujeres tendrían que vivir encerradas y los tíos nos pasaríamos el día intentando meter la cara en el culo de la vecina. Una sola variante en nuestra forma de ver el sexo quizá nos daría el último empujoncito fuera de la monogamia.

Da igual que te pases la vida arrugando el ceño ante lo que ves. Tápale los oídos a tu hijo y después grita con todas tus fuerzas la verdad, y verás que ya no sirve de nada.

Hablaba de bikinis y una piscina y anillos de boda, y tenía un sentido. Desde la ventana de mi piso arruinador de ilusiones, se ve una piscina al otro lado de la calle, tras un muro. Es una de esas casas con jardín que suelen crecer del suelo por arte de magia cuando alguien es sospechoso de malversar fondos, estafar, aprovecharse, y todas esas cosas que te pueden hacer rico. Es una alegría el saber que al final todo el mundo muere. El ejemplar cincuentón de la casa mencionada tiene una hija de veinte años que cada tarde se pone un bikini distinto, y nada en la piscina mientras la espío con mis prismáticos. Y cuando he dicho hija, quería decir mujer.
Es como sería la muñeca Barbie si ésta midiera metro setenta y pudiera follar o tener la regla. Es como si Huge Hefner hubiera elegido, hubiera sentado la cabeza y fuera mi vecino. Ella sale por las tardes y se quita el batín blanco al borde de la piscina mientras yo me bajo la cremallera del pantalón. Es el mito del barrio, la belleza que separa mi bloque de pisos gris de una de esas zonas residenciales que todos hemos fabricado con deudas bancarias, desalojos, guerras y muerte. La mediocridad material convive con el lujo, y los pájaros cantan. Barbie hace sus largos con la creencia de que quizá sea mejor tener cinco años buenos, que pasarse toda la vida siéndolo.
Nos aferramos a la honradez como cualidad indiscutible, sobre todo cuando sabemos que nunca tendremos la posibilidad de tener un jardín con piscina. La mayoría numérica es la que podría cambiar el mundo y mejorar el futuro, pero normalmente tenemos demasiado miedo, y estamos muy ocupados renovando el fondo de armario o alicatando otra vez el baño. Hablar es fácil, sí, pero la mayoría prefiere hacerlo sobre otras cosas. Si algo me ha enseñado la chica de la piscina es que la honradez idiotiza, y una honradez absoluta puede idiotizar absolutamente. Tenemos una versión sobre la bondad que se basa en el individualismo con gotas de altruismo conciliador, pero solo para con las personas que nos rodean a unos cien metros a la redonda, o a dos o tres pasos en el árbol genealógico.

Barbie sigue haciendo su ritual cada día en la piscina; fuera el batín y bikini nuevo a la vista, unos cuantos largos, crema bronceadora, y leer revistas en las que chicas como ella anuncian crema antiarrugas y máquinas de ejercicios. Luego a veces sale su marido tras su barriga y se fuma un cigarrillo sin decir nada. O simplemente coge a Barbie por el brazo y se la lleva adentro. Luego, al cabo de cinco o seis minutos ella vuelve a salir recolocándose los tirantes, a veces con las nalgas marcadas, y en alguna ocasión llorando.
Una vez puede volver olvidar que el dinero no compra la felicidad, vuelve a su tumbona y abre otra vez la revista.
No es feliz, pero no hay mucha gente que lo sea de verdad, y ella por lo menos puede decir que hace tiempo que se reconoció humana.
Está bien, los tiempos cambiarán, un día la chica dejará al viejales y se echará un novio normal (si es que con su aspecto se puede). Pero la gran verdad siempre será que yo nunca podré asegurar ser más digno que ella, y tampoco ninguno de mis vecinos, con sus trabajos odiosos y sus caras de asco matinales. Ella no se engaña a sí misma más que nosotros.

A menudo me masturbo prismáticos en mano, y luego me llegan reflexiones claras como el agua mientras oigo los ruidos de mis vecinos. Y recuerdo conversaciones con mis amigos; veo con claridad a todo el mundo preparándose y redondeando el currículum, mientras puedo adivinarles en el futuro resoplando de hastío todos los domingos por la tarde. Y pienso: enhorabuena, lo habéis conseguido, aunque no sé muy bien qué coño habéis conseguido si siempre os estáis quejando. La búsqueda de la felicidad seguramente pasa por negar unas cuantas de las reglas sociales, no sé cuantos infelices más tendrá que haber para que nos demos cuenta. La gente confunde la dignidad con bajarse los pantalones a las primeras de cambio. Sudar como un cerdo no siempre significa que estés aprovechando la vida a tope. De hecho, a menudo significa que gracias a ti serán otros los que van a vivir la vida a tope. La mayoría sobrevivimos para que otros vivan. Dos más dos. El caballo blanco de Santiago es blanco, joder, pero la mayoría prefiere verlo de hermosos colores brillantes cuando les preguntas. Así que no culpo a Barbie por haber querido huir de todo eso, no puedo culparla.

Mientras yo era pequeño y mis horribles profesores me enseñaban a odiar los libros y la cultura con su incompetencia, seguro que los padres de Barbie no podían imaginar que tendrían una hija así. Si son de los de tener descendencia por inercia, deben estar tirándose de los pelos. La mayoría de gente que tiene hijos es capaz de llevar las cuentas al día con sueldos escasos y medios limitados; pero a menudo se olvidan de lo más importante, su hijo no es una mascota. No basta con comprarle un saco de pienso a la semana y rellenar el cuenco de agua. Aunque tu niña sea la mar de fotogénica, puede que necesite algo más de ti además de ropa.

La felicidad funciona por ciclos, ya lo sé, existe por contraste; pero también es verdad que aún no sabemos sustituir el individualismo de diseño por el de verdad. Con el de verdad no eres un zombie orgulloso de serlo. El secreto del individualismo sincero funciona con una mínima porción de negación; sigues mirando hacia otro lado a veces para no sufrir, pero no hasta el punto de continuar convirtiendo este mundo en una casa bonita con cadáveres en el jardín.
Yo lucho por ser así, el individualista coherente. Barbie, sin querer, me ha enseñado cosas sobre la vida. Puede ser cierto que de todo se aprende, para el resto del mundo ella solo es una puta.

Llega el día en que me encuentro de frente con la chica. Intenta meter cinco bolsas de la compra en casa, y una se le cae.
Se derraman los embutidos, cartones de leche y algunas pruebas de embarazo.
Teniendo en cuenta que espiándola me ha hecho pensar sobre la vida más de lo que fueron capaces mis padres y mis profesores, me siento en deuda con ella. Le recojo las cosas y las meto en la bolsa. Le digo que si lleva mucho tiempo viviendo en esa casa, eso le digo;
– Ya sé quien eres, no hace falta que disimules.
Deja las bolsas en el suelo y se cruza de brazos. Y yo me dispongo a perder toda la dignidad.
– Me espías todas las tardes, ya te he visto – dice.
Los prismáticos, reflejos del sol. Llego a las conclusiones inevitables mientras bajo la mirada. De su bolso sobresale un libro. Ella me sonríe como le sonríes a un niño de cinco años. El libro es de David Foster Wallace: La broma infinita. Y eso, de algún modo, lo cambia todo, y a la vez me da pistas sobre por qué ella solo con pasearse y nadar y llorar, ha hecho que yo cavile. Tiene unas pequeñas ojeras y los ojos verdes, despiertos como no lo suelen ser en chicas Playboy. Decido cambiar de tema por puro impulso;
– ¿Por qué vives con ese tío?
Pausa.
– Bueno… no creo que siga mucho más tiempo con él. – Mira su bolsa, las pruebas de embarazo.
– ¿En serio?
– Sí. No tengo planes, pero no seguiré mucho más aquí… ¿Cómo te llamas?
Se lo digo.
– No hace falta que te avergüences, todos hacéis eso. Si no es mirando por la ventana es mirando la tele, o con el ordenador, o con la novia pensando en la chica de la tele o el ordenador… ¿Vives solo?
– Sí.
– ¿No tienes novia?
– Sí. Pero no la quiero.
– Qué novedad… – sonríe.
– Es verdad, ni siquiera pienso en ella, ya casi ni nos vemos. – Digo la verdad. Y nunca digo la verdad. Ella me la sustrae.
Le digo que cuánto tiempo más va a estar aquí.
– ¿Te gustan mis bikinis? – suelta se sopetón.
– Sí…
– Tengo novecientos ochenta.
– …
– A él le gusta verme con ellos. Es lo único que puede darme.
Luego me da su número de teléfono, sin preámbulos. Quizá porque quiere salir conmigo, o para hacerme daño, o solo para hablar. Cumple con cierto perfil desconcertante de quien ya no vive en este mundo. Parece sentirse superior, y a la vez amargada. Y da la sensación de ser económicamente independiente. Es como si estuviera con ese tío por mero experimento social, para ver qué es lo que pasa, por qué otras mujeres hacen cosas así. Nada me extrañaría, y no me importaría ser su siguiente experimento.
Se apunta mi número de teléfono. Recoge las bolsas del suelo y, sin expresión, me dice:
– Esta tarde saldré a la piscina a las cinco…
No sé qué cara poner. Y le insisto en que me diga cuándo dejará al viejales.
Ella abre la puerta haciendo malabarismos con las llaves y las bolsas. Y dice:
– Cuando llegue a los mil bikinis.
Luego hace una mueca enseñándome los dientes, como si fuera tan capaz de protegerme como de matarme. Y cierra la puerta.
Por la tarde sale con su bikini novecientos ochenta y uno. Y yo no puedo dejar de pensar en meterme en líos, en estar con ella a partir del número mil, y en morir con ella, jóvenes, aparte, felices.

[Una de mis películas favoritas, por múltiples razones, es “La tentación vive arriba”. La principal razón es que Billy Wilder me parece uno de los mejores directores de la historia, y también uno de los mejores guionistas (video). Es de esas películas que me hacen compadecer profundamente a la gente que prefiere no hacer nada o meterse en un tugurio antes que ir al cine. Se puede compaginar, diréis… creedme que ese tipo de gente casi tiene que hacer memoria para recordar quien era el rubito de “Titanic”. Ellos se lo pierden.
Y las fotos, de lujo; en una Marilyn Monroe bailando con Truman Capote (Qué peligro Truman ahí…) Y en la otra, la pequeña Norma Jean.]

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Voz en off (Revisión)

Conecto mi voz interior, cansada. La rayita parpadea en la pantalla, sin parar. La hoja electrónica blanca sigue vacía, desde hace días. La torre del ordenador respira largamente, con ese ruido constante. Debería escribir algo ya de una vez. Algo que no apeste tanto como lo anterior escrito por mí, días y años atrás.
Y como tanta gente ha hecho, me pregunto: ¿Hay alguna idea original en mi cabeza? ¿Hay algo que esté cerca de hacer sentir algo a alguien? ¿Puedo escribir algo que no se limite a ser un pasatiempo sin más? ¿Se puede forjar el talento?
Y me respondo no, no se puede forjar el talento. Eso creo. El talento solo se tiene, como el que tiene los ojos verdes o el pelo rubio de verdad. Puedes escribir con frases cortas y minimalistas como Bret Easton Ellis, o sin puntos y a parte como Saramago. Puedes hablar de sexo y de drogas, como Burroughs o Bukowski, o como Irvine Welsh. Pero con todo, en la raíz, sigues siendo tú, con tu cara y ojos anodinos, y tus entradas, sin poder disimular nada con un tinte. Sigues siendo tú delante de la página vacía, con el reto de crear algo realmente propio que sobrevuele sobre exactamente los mismos temas de siempre, pero de otra manera. Otro estilo fresco y original, con el que probablemente nunca des, porque lo sabes, puede que no tengas talento.
Lo malo es que no puedes mejorar tu creación artística igual que puedes mejorar tus abdominales; no basta con ponerse cabezón. Lees novelas y ves películas y escuchas música, y piensas que deberías ir al teatro de vez en cuando. Te alimentas de nihilismo cachondo de escritores americanos, y tomas nota de los diálogos que te hacen gracia cuando ves una película de Woody Allen o Robert Altman. Caminas por la calle y te fijas en los detalles a partir de los cuales puede saltar la chispa para escribir algo interesante que no haga bostezar. Procuras evitar los tópicos y no resaltas las instantáneas bonitas ni las piernas desnudas de alguien con quien te topaste en el tren ayer. Escribes como quien cocina y te sirve el chuletón aún sangriento, para que la gente haga como mínimo una mueca mientras te lee. Intentas paralizar a una lectora imaginaria muy guapa cinco líneas antes de llegar al final de tu relato; imaginas a un amigo no pensando: “Qué coñazo”. Intentas atrapar a cualquiera que comience a leer tan sólo por la primera y genial frase. Y mientras piensas en todo esto, lo escribes, para hablar sobre el bloqueo: sobre la rayita que parpadea y sobre la hoja electrónica blanca que sigue blanca; lo escribes para buscar alguna metáfora que esté bien: “La torre del ordenador respira largamente…”. Lo escribes para reflexionar sobre la posibilidad de aumentar tu talento con la practica: “¿Se puede forjar el talento?”, y así poder dar tu opinión sobre el tema. Lo escribes para sacar a relucir nombres de algunos escritores que hayas leído: “Ellis, Bukowski…”, para que el que lea esto piense: “Este tío ha leído mucho”. Lo escribes para encubrir tu insatisfacción con tu físico disfrazando el tema de metáfora: “…en la raíz, sigues siendo tú, con tu cara y ojos anodinos”. Lo escribes para hablar sobre “el chuletón sangriento”, concepto que, al haber pensado en él, has creído que era genial para no hablar otra vez del “estilo crudo”. Escribes, finalmente, para sacar a relucir el mito de la lectora atractiva que muchas veces imaginamos cuando escribimos, como motivación. Y cuando llegas a ese punto, lees el texto y piensas: Qué coñazo. Y entonces se te ocurre una idea tramposa, que es ir repasando el texto que has escrito sin dejar de escribir, insistiendo sobre los mismos temas a la vez que desmitificas tus propias ideas, buscando la sonrisa congelada en la lectora atractiva y engañándote a ti mismo, creyendo finalmente que no estás bloqueado; y que lo de la rayita que parpadea en la pantalla y la hoja blanca que quizá sigue vacía, en el fondo, es solo otra excusa para comenzar el texto de alguna manera, para llegar hasta un punto en el que no sabes como acabarlo.

[Brutal, repito, brutal trailer de “REC 2” (video), con mensaje claro y conciso para el cine de comedia cutre al que nos tiene acostumbrados el cine español, y por el cual se arruina. Este minuto de video ya vale por lo menos mi entrada segura a ver la peli. Y para la foto, para seguir en mi línea últimamente entre misógina y pajillera, mi homenaje al bikini, protagonista indirecto del próximo relato, y la prenda más deliciosa que ha inventado el ser humano. Como modelo, la que ya podría proclamar musa del blog, Elisha Cuthbert.]

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Masturbación teológico-panfletaria

De esta historia no hace tanto, hablo de cuando yo tenía fe y mi madre ya estaba lo suficientemente jodida como para considerar sagradas las rampas y los pasos de cebra.
Ella sí tuvo que hacer el amor con mi padre para que yo naciese, así que éramos una familia más, terrenales y débiles, ovejas, contribuyentes de medio pelo, ganado al servicio del capitalismo.
Si mis padres te invitaban a comer y surgía el tema, no podías decir “Aborto”, tenías que hablar de “Asesinato”. Y no podías comenzar a comer sin más sin haber dado Gracias, y el vino no era solo vino. Etc.
No digo yo que todas las familias católicas sean iguales, pero por lo que he vivido, la verdad es que hoy día podría ser un auténtico gilipollas.

Mi educación en tal ambiente dado al adoctrinamiento podría haber resultado trágica. Pero es una suerte crecer en un entorno en el que a la larga también hay personas que creen que hay vida antes de la muerte. Eso te da la opción de elegir.
Y digo que esto podía haber sido trágico, porque de haber sido inyectado con otra religión, hace tiempo que podría haber reventado en trocitos. Todos tenemos un interruptor potencial hacia las creencias religiosas, pero no es justo que ese interruptor lo toquen por ti antes de tener voz y voto. Supongo que la duda está en si alguien abrazaría ese tipo de fe habiendo estado a salvo del adoctrinamiento. En mi caso, mi padre siempre quiso hacerme devoto. Pero mi madre, los amigos y el sexo, me acabaron escupiendo fuera de ese mundo. Doy gracias a tener una conciencia libre de culpabilidad católica; doy gracias a no ser como esa gente que antepone un feto a los preservativos o unos derechos civiles al servicio de todos. En definitiva, yo no me meto con Dios y él no se mete conmigo. Pero estoy seguro de que, si realmente existe y ve su representación establecida aquí abajo, debe estar retorciéndose en su nube.

Mi madre era una beata, pero también tenía apego por lo físico al mismo nivel. Yo quizá no fuera Jesús, pero era su hijo, y eso tampoco estaba mal. Al los sesenta años salió un día sola de casa, cruzó una calle y un coche se llevó por delante su silla de ruedas, matando lo que quedaba de ella. Yo tuve la culpa. Ella no podía salir sola. Es decir, sí podía, pero había que detenerla, sacarle esas ideas de la cabeza.
Un tiempo antes de morir, ella decía que hablaba con Dios. Bueno, la cuestión no era esa, más bien decía que Dios le contestaba.
Ella escribía la conversación a medida que ésta se producía. Mi padre al principio estaba exultante. Lo que para mí eran delirios graves de tratamiento urgente, para él era la experiencia más importante de su vida, la más positiva, el milagro que había estado esperando para justificar toda una existencia de fe ciega. Ya estábamos iluminados. La mujer que me trajo al mundo llenó diarios con diálogos como éste:

Ella: Vuelvo a estar aquí, Señor, en busca de tu misericordia, culpable y ajada… Vuelvo a estar aquí… llamándote…
Dios: Te oigo, hija mía, te tengo presente.
Ella: Quiero pedirte fuerzas una vez más, para los míos, para mi marido y nuestro hijo… No quiero ser un lastre para ellos.
Dios: Tranquila, hija mía. Tu virtud les hará fuertes.
Ella: ¿Qué quieres decir con eso?
Dios: Tu marido necesita de tu fuerza, él está más perdido que tú. Dale fuerza, dale sabiduría.

Según sus notas, las conversaciones apenas duraban uno o dos minutos. Luego Dios se iba, mi madre rezaba un padre nuestro, y se disponía a dormir.
Llevaba a cabo estos rituales sola. Mi padre esperaba fuera, pegando el oído a la puerta sin oír nada. Mi madre decía que con alguien más en la habitación no había respuesta. Y Dios nunca hablaba de mí.
Por más que lo piense, aún no sé bien qué pasó. Advierto que, cuando cuento esta historia no puedo evitar esconder cierta información para el final, ya que mi nivel de sorpresa al descubrir la verdad, fue justo el que debería sentir el oyente del patético relato de mi familia, sobre la religión en mi familia, y de algún modo sobre lo que puede suponer ésta en el mundo. Cuando se trata de Dios, no suele pasar como con las bebidas sin alcohol o los platos bajos en calorías, no suele haber término medio; la gente que se ha reconocido creyente ante mí, ondea una bandera perpetua de condescendencia hacia el ateísmo y el agnosticismo. Algunos siempre me han odiado por mi discurso científicamente ciego, condicionado y subjetivo, a la vez que reforzaban su fe respirando bocanadas de aire llegadas de su amado creacionismo.

Las conversaciones con Dios se sucedían casi a diario. Los diálogos, con el tiempo, pasaron a ser algo enrarecidos, como escritos por un hipotético guionista musulmán adolescente. Todo eran frases genéricas y absolutas, como si más que aconsejar, Dios hablara entre líneas sobre el tamaño de su pene; era como si mi madre fuera una veinteañera sola en un bar y Él quisiera ligársela más por una apuesta que por atracción. Todo sonaba así de chocante y mundano.
Ella abría al día siguiente su diario sin pudor, y nos leía la conversación mientras a mi padre se le humedecían los ojos. Por aquel entonces, yo comencé a sentir asco, un asco generalizado por todo.

Después, ese hastío invadió a mi padre. Pero por motivos muy distintos a los míos: Los celos; por supuesto celos de mi madre. Con el paso de las semanas mi padre comenzó a imitarla cuando tenía un momento a solas. Pero Dios nunca hacía acto de presencia con él, no había manera. Podías encender velas o construir un pequeño altar o rezar durante cinco horas antes, que Él siempre estaba ocupado. La habitación de mis padres se convirtió en una iglesia mileurista, todo estaba lleno de imágenes e intenciones paternas por recibir una sola respuesta que nunca llegaba. Dios seguía insistiéndole siempre a mi madre en que mi padre estaba perdido, tenía un problema, necesitaba ayuda. Cuando ya había tres diarios llenos de garabatos de ese tipo, lo único que le había faltado insinuar a Dios era que compráramos viagra. El nivel de humillación paterno llegó a ser alarmante. La conclusión para mi padre era: Mámá progresa adecuadamente, Papá no lleva una vida adecuada; cuando se enderece, Dios iluminará esa vida con otro milagroso diálogo de dos minutos.

Día tras día fue creciendo el monstruo que había alimentado la fe católica de mi progenitor. Dentro de sí ya no cabía nada más que rencor hacia su mujer; el rencor que hubiese sentido por Dios si no hubiese puesto siempre todas las esperanzas de su vida en colgantes, estampitas y pasos de semana santa.
Fue por aquel entonces cuando yo comencé a tener serias crisis de fe. El ambiente en casa estaba revolucionado, mi padre pasaba de los lloros a la rabia al rencor al miedo hasta los lloros nuevamente. Mi padre era un hijo no deseado de Dios, y mi madre era su geisha gratuita, su amante de confesionario, su mano derecha, y quien tenía que sacar fuerzas de flaqueza para encarrilar a su marido, que por cierto, hasta el momento en que ella comenzó a tener línea directa con el cielo, era un señor bastante equilibrado, por más beato que fuera.
Había algo que no cuadraba. Yo a los tres meses de discusiones y conversaciones surrealistas paterno-filiales, me compre una Biblia satánica.
Ouh yeah, pensé. Me sentí como una estrella del rock, un rebelde anarquista, cuando lo único que estaba haciendo era leer mi primer libro no “autoimpuesto”. Es cierto que elegí una especie de mamotreto para adolescentes góticos. Pero también es verdad que el esquema era el mismo que el de la Biblia. Sandeces, es igual, decidí de entrada: es una copia en color rojo Satán del libro sagrado; un juego siniestro para alimentar el reverso oscuro.
Pero los meses pasaron y leí otros mamotretos religiosos, investigué otras religiones, y descubrí que también seguían el mismo esquema histórico, y todos con textos tan sugerentes y bellos como podían serlo los de la Biblia. Veía similitudes muy sospechosas; y quizá estaba buscando errores o pistas falsas, paralelismos gratuitos, pero ahora ya me da igual. Lo que cuenta es que, así, poco a poco, a medida que fue entrando información en mi cerebro, fui desprendiéndome del niño adoctrinado. El hastío se fue disipando. Todo, mientras mi padre se consumía buscando masticar el aire, volar, morir y resucitar, montarse en una nube…
Pero Dios nunca le hacía caso, seguía sin hablarle, no era merecedor de esa dicha, había algo que estaba haciendo mal. Y cuando no, el Señor estaba demasiado ocupado coqueteando con mi madre.

Una vez resuelto a investigar y leer otras cosas, descubrí otros placeres del conocimiento. Durante mis años de abstracción espiritual esquematizada era muy reacio a leer ciertos libros o ver ciertas películas. Y si lo hacía, tenía una crítica preestablecida incluso mucho antes de leer o ver o analizar. No todos eran como yo, pero ese era yo. Era el prejuicio sobre el prejuicio. La religión para mí fue la única capa, la única piel de todas las cosas, hasta que descubrí que el mundo podía ser terrible y fascinante, maravilloso y asqueroso, deprimente y disfrutable. Sin la necesidad -ahora creo que dañina- de cabos extraterrenales a los que aferrarme continuamente para darle un sentido a todo. Un sentido que además era un sin sentido detrás de otro. Todo se amoldaba de manera que cualquier cosa que pasaba formaba parte de un gran plan maestro. Los humanos éramos imperfectos y estúpidos y simplistas, y Dios, en su infinita misericordia, nunca se equivocaba. Él podía ser un genocida o un tranquilo paseante, o hablar contigo o no hacerte puto caso, podía matar, crear guerras, accidentes, enfermedad. No había por dónde cogerlo, y yo llevaba años justificándolo.
Se podía crear un mundo desde cero, se había hecho. Y ese mundo podía ser un reflejo de la pobreza y la miseria. ¿Qué haces cuando no tienes nada y estás abandonado y desamparado? Rezar. Y luego debió comenzar para otros la lluvia de bienes materiales, de objetos o alimentos o dinero. Las Iglesias comenzaron a crecer del suelo a partir de semillas hechas de bondad, ignorancia, pobreza y la susodicha potenciación de esos factores.

Así era como pensaba yo al cabo de un tiempo, y como pienso. Puedo estar equivocado, claro, lo mío solo es otra opinión. Precisamente esa es la mejor baza de la fe ciega, la muerte. Nadie sabe nada de ella; sólo vemos cuerpos que se pudren. Los católicos dicen que se desprende el alma de ellos. Y a mí eso ya tan solo me parece el mejor truco de marketing de la historia. Eso sí, maravilloso, insuperable, al parecer una auténtica genialidad que ha viajado durante siglos y sigue triunfando, superando todas las épocas; y de todas esas épocas no queda ya nada excepto las Iglesias. Admirable. Ni tan siquiera la ciencia puede hacer o demostrar nada; es la muerte, la muerte es la mandamás, la auténtica jefa. Siempre la he imaginado con forma de mujer de escándalo, de negro, inalterable y aguantándose la risa mientras nos ve dudar como a idiotas. Ella es Dios y el Diablo, es lo palpable y lo espiritual. Es incluso mejor que la propia religión, es real e incontestable, demostrable y definitiva, el mejor polvo posible de la realidad conocida. Ella es lo que hay antes y después, y mi teoría favorita sobre la vida.

Coge una cruz cualquiera y ponla del revés. La cruz invertida es un símbolo antagónico: Belcebú. Muchos creyentes te asegurarán que el Diablo no existe. En mi etapa de monaguillo social, ni tan siquiera me lo planteaba. Creo importante explayarme, dejar claros los principios para poder matizar sobre la historia de mis padres. Mi padre comenzó a poner del revés todas las cruces que había en casa. Mi padre había encontrado mi Biblia satánica. Estaba perdiendo la cabeza. Según él, eso provocaría a su Señor. Cuando ya habían pasado unos quince meses, mi padre prefería una azotaina de Dios a la mísera indiferencia. Antes del caótico día de la muerte de mi madre, el último diálogo escrito fue el siguiente:

Ella: Vuelvo a estar aquí, Señor.
Dios: Dime, muchacha, qué te perturba hoy. Qué revolución hay bajo tu vestido.
Ella: No creo ser merecedora de tus halagos, que además creo impropios.
Dios: No debes creer nada, debes escuchar y asentir. Eres una de mis favoritas.
Ella: No sé cómo interpretar tus palabras. Y no sé qué miedos nuevos aplacan a mi marido.
Dios: Tu marido no tiene solución. No es digno de escuchar mi voz en su mente. No lo es como no lo soy yo de tener fantasías sobre lo que hay bajo tu vestido.
Ella: Yo ya no tengo edad, Señor.
Dios: Tienes razón, ya no tienes edad. Y a mí se me ha acabado la paciencia.

No hacía falta ser un ser de luz o un ángel o el anticristo para deducir que mi madre sencillamente se inventaba todos esos diálogos. Se encerraba en la habitación y aguzaba el ingenio. Su ingenio. Cuando comenzó a escribirlos yo era un creyente firme, y para cuando había escrito el último, sólo con oír hablar de Dios se me escapaba la risa. Ni siquiera soy ateo, me parece ridículo considerarse ateo; de algún modo te mete en la discusión teológica. Ahora la religión me parece tan interesante como cabreante, tan retrógrada como dañina; lamentablemente hay una fina capa de filosofía que la ha hecho flotar como a un trozo de madera del Titanic. Y digo Titanic, con la esperanza de que algún día hablemos de los curas, y los chicos de quince años solo puedan verlos en fotos y videos antiguos.

El día del accidente, tuvieron que bajar la silla de ruedas de mi madre de la copa de un árbol, y recogerla a ella del suelo de una sucursal bancaria de la que atravesó el cristal. Tenía algo de irónico, la silla en el árbol y ella muerta en un banco. Y la pregunta era ¿por qué escribió mi madre todos esos diarios? Y mi conclusión fue el desgaste. Mi madre decidió volver loco a mi padre. Mi madre continuó creyendo en Dios, pero dejó de tener fe en el fanatismo, en la Iglesia; dejó de ver a mi padre como a un fiel encantador, para comenzar a odiarlo. Ella, aquejada de dolores crónicos que apenas la dejaban dormir, con cierta dificultad en el habla, una progresiva pérdida del control sobre sus brazos, y mientras su diagnostico de alzheimer comenzaba a materializarse, pues bien, expresó su deseo de morir. No una, sino en repetidas ocasiones.
Ni que decir tiene, que en mi familia estaba prohibido morir por voluntad propia. Incluso a esas alturas, cuando mi padre ya estaba del todo tarado, su negativa fue cerrada y concluyente.
Con todo, el día del accidente casi recupero la fe. La idea de mi madre era hacerle la vida imposible a mi padre. No era difícil, bastaba con los celos, y en mi casa hablar de celos era meter a la santa trinidad de por medio. Así que mi madre comenzó a escribir aquellos diarios, cada vez con más torpeza pero con la suficiente claridad, yo me volví antisistema, y mi padre se volvió loco. Y digo que casi recuperé la fe, porque lo sucedido pareció intervención divina, justicia divina: Mi madre salió del piso, se metió en el ascensor, bajó un par de rampas colocadas por algún político en campaña electoral, y se dispuso a cruzar por una parte de la calle en la que no había paso de cebra.
Y en aquel momento, el único coche que pasaba por allí, lo conducía mi padre.

Voilà. Mi madre murió de una forma terrible, pero en el acto, y mi padre ya iba tan ciego de fe y celos que ni tan siquiera se ponía el cinturón de seguridad. Murió al chocar con el árbol de la silla, pero diez horas después. La situación era inexplicable, la visibilidad era total, la hora y la calle eran propicias para que no hubiera nadie más. Fue un encuentro, una cita de mis padres con la muerte que parecía apalabrada. Yo estaba en la universidad. Para cuando me llamaron y llegué allí, ya había media ciudad malmetiendo. La policía y el personal sanitario me miraban con extrañeza al ver que en ningún momento lloré ni se me tensó el gesto. No sé que sentía.
Días después reía y después lloraba. Me quedé en casa de unos tíos, el hermano de mi madre. A ella, una vez muerta, no la imaginé con Dios ni con el Diablo, pero en esos momentos me negué a aceptarla como un trozo de carne en descomposición. La vi en mis sueños de vigilia, en una relajante estancia, jugando a sus amadas damas con la mujer de negro, la que yo creo que provocó el accidente; mientras mi padre, una vez negada la entrada al paraíso de la muerte, mendigaba el perdón a sacerdotes con cruces invertidas colgadas al cuello, en un agorafóbico valle sin fin.

[En el video, una de esas escenas que hicieron a Tarantino. Una de esas escenas que divide a los que saben separar la realidad del cine, y los que no. Con esta escena Tarantino deja claro que la libertad creativa no está para desaprovecharla, y que se puede considerar al espectador un ser inteligente. El tempo de la escena es perfecto, el diálogo, claro y meridiano, el humor negro, tocando el cielo, la cámara se coloca en el lugar adecuado… y ya está, Tarantino es una estrella del rock. Aunque solo es mi opinión. El debate queda abierto.
Y para la foto, el amor platónico esta vez se llama: Thora Birch. Bastó con “American Beauty” y “Ghost World”.]

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