Segundo año cero

Mila Kunis deambulaba ante las cámaras, y su dobladora clavaba el texto en sus labios. Sus Labios. El argumento nunca me importaba cuando Mila se daba la vuelta y salía de la habitación. Sabes que estás ante alguien magnética de verdad cuando te da igual mirar a su cara que a sus tetas. A su culo que a sus ojos. Puede sonar misógino y vulgar, pero también sincero.
Algo muy fuerte se desata alrededor de una veinteañera moldeada por el espíritu de un salido. Incluso Dios debía tener ayuda allí arriba, seguro; pero debería haber dado un toque a su jefe de personal.
Nadie podía preveer lo que iba pasar. Todos veíamos nuestras sitcoms, íbamos al cine, al IKEA; envejecíamos como todos los seres humanos de la historia, o moríamos prematuramente, o teníamos suerte o éramos desgraciados. Y de un modo retorcido y enfermizo todo tenía sentido, eso creíamos: era abarcable, comprensible, explicable; y podíamos olvidar todo aquello que no lo era, porque o nos mataba lo suficientemente pronto o estábamos lo suficientemente lejos para poder obviarlo.
En cualquier caso, cada problema que tenías en la vida era sólo tuyo, y encima era sólo rutina, algo por lo que muchos otros ya habían pasado antes. Así que todo el asunto nos pilló a contrapié. Los dioses no existían. Ni tampoco Mila Kunis.

Conocí a Mila porque, veintiséis años después del segundo año cero, más o menos todos acabamos conociendo a alguna. Aunque es cierto, yo acabé teniendo más suerte…
Ella nació y como bebé fue una niña normal, morenita y encantadora, con sus grandes ojos encandilando hasta al más pintado; Mila era heterocromática, tenía un ojo azul y el otro marrón tablero de ajedrez. Creció siendo achuchada por todas las mujeres que el cochecito de bebé encontraba a su paso. Según los nuevos evangelios a la venta en cualquier quiosco del Nuevo Mundo, unos dos meses desde que comenzara el segundo año cero, un cabeza de familia encontró un día un bebé metido en una cesta nada más abrir la puerta de casa por la mañana para ir a trabajar. El tipo, padre de tres hijos y con veinticinco años de casado a sus espaldas, al principio intentó dar el bebé a otra familia; pero al final su mujer le convenció, y Mila creció con ellos.
Lo que nadie supo de ella hasta que todo el mundo supo quién era en realidad, fue la cantidad de problemas que dio a sus padres adoptivos; y con problemas no me refiero a malas notas o llegar tarde los sábados a casa. Cuando Mila tuvo doce años comenzó a desenvolverse de maravilla. La táctica era sencilla: morritos. Desde los doce a los quince comenzó a seducir hombres, tíos de más de cuarenta años, con familia, con los que ella se acostaba una y otra vez. Tíos a los que denunciaba después mostrando heridas terribles en su entrepierna; al final todos lloraban e intentaban echar la culpa a aquella chiquilla manipuladora; solía elegir tipos con un pasado turbio de adulterios, ladrones de guante blanco, millonarios corruptos, “respetados” banqueros, Hombres De Mundo, Yernos Ideales. Y todos daban con su culo en la cárcel por culpa de aquella hija de puta. Porque ella se desvirgaba con todos; porque si eres hija del Diablo no te hace falta operarte para una reconstrucción de himen.

Cuenta el tema de la pedofília. Y suma, por ejemplo, unos cuantos accidentes de tráfico. O bebés que amanecían muertos a los pocos días de haber nacido. O accidentes aéreos… O lo más extraño de todo, todos aquellos casos terribles de combustión espontánea.
Era un modo de actuación aleatorio -acabó siéndolo-, sin un patrón de comportamiento. Cuando Mila comenzó a ver que podía hacer que las cosas cambiaran a su alrededor, simplemente comenzó a actuar. Si iba en el coche con sus padres y al mirar al vehículo de al lado a ciento cuarenta por hora, éste se desviaba y volcaba de repente si ella lo deseaba, pues ¿por qué iba dejar que todo continuara igual? Al fin y al cabo todo el mundo estaba siempre quejándose; por lo menos así el tráfico se ralentizaba y el resto de conductores tenían algo con lo que entretenerse al pasar por allí.
Cuando Mila tenía trece años, una amable enfermera dejaba que fuera a ver a los bebés recién nacidos de un hospital cercano a su casa. Se ponía de pie detrás de aquel cristal junto a los típicos orgullosos padres, y podía sentir quiénes de esos progenitores querían a esos niños y quiénes no. Cuando la respuesta era no (y normalmente lo era por la parte masculina de las parejas), el bebé en cuestión sufría al cabo de unos días el síndrome de la muerte súbita, que es cuando los católicos dicen que Dios se ha llevado a una de sus criaturas con él y en realidad todo ha sido cosa del Diablo. Es muy largo de contar; en definitiva, Mila lo pasó muy bien durante su infancia.
Y esa era la clave, ella se divertía y nunca era inculpada. Otra de sus fechorías favoritas era hacer estrellarse a los aviones. Se pasaba días enteros mirando por la ventana, esperando ver un diminuto aparato comercial allí arriba. Cuando veía uno, cerraba los ojos con fuerza. Y luego los volvía a abrir y miraba nuevamente. Bastaba con desearlo, como cuando la gente normal pedía un deseo antes de soplar unas velas de cumpleaños; solo que Mila siempre obtenía lo que quería.
Por la noche se sentaba a cenar y sus padres adoptivos no comprendían por qué ella sonreía mientras en el telediario hablaban de otro accidente aéreo. Era una locura, decía el presentador, atónito; la frecuencia de los siniestros comenzaba a ser diaria, y nadie entendía nada.

Durante su época del instituto era la sensación de su clase: guapa, mala, guapa. Podía acercarse a ti y decirte: “deberías fumar, deberías drogarte; en serio, la vida sana te mata igual, la única diferencia reside en que a mi manera al menos te divertirás. Hazlo, fúmate este pitillo, ten esta cajetilla, es un regalo. Si dentro de una semana sé que te la has fumado te haré lo que quieras. Y créeme, sabré si me mientes”. Mila invertía el proceso; si alguien pasaba de ella, moría al cabo de un tiempo en un desgraciado accidente, de coche, de avión, como fuera, lejos. Para entonces sólo tenía que desearlo, ya no le hacía falta mirar, estar presente, focalizar. Los compañeros que no bailaban a su son pronto tenían billete en clase turista hacia Dios; aunque fuera al Dios rojo. El sexo era un arma, a Mila le gustaba como a cualquiera, y un rechazo le dolía igual que a las demás adolescentes. Y morritos; es importante reiterarlo, ella nunca tenía la culpa, aunque para entonces su mirada ya no pudiera esconder algo sutilmente terrible. “Mírame, no tienes que usar condón, a mí no me podrás dejar embarazada”. La gente seguía muriendo a su alrededor, unos veinte estudiantes y dos profesores creían que la habían desvirgado ellos. Para ella era divertido verles hacer el papel, podía jugar a ser un ángel mientras manchaba las sábanas de sangre. “¿Me prometes que no me dolerá?”. Nadie comentaba nada sobre ella, nadie quería sacar el tema; ella les hacía prometer silencio, y todos callaban indefectiblemente.

Todo aquello era antes de que Mila comenzara a interesarse por la interpretación, el cine, la televisión. Lo que le gustaba era conocer a más gente, hacer nuevos amigos y luego follárselos o matarlos. En su caso era indiscutiblemente cierto que la mejor droga era la vida; era inocente y pura a la vista, y en la primera prueba que hizo la cámara se enamoró de ella, junto a la jefa de casting y el productor de la primera serie que protagonizó.
Se desenvolvía con soltura en la ficción, soltaba sus frases y replicaba con naturalidad, sin esfuerzo. Sus compañeros la adoraban aun siendo tosca con ellos; su aspecto frágil y su baja estatura hacían que incluso enrabietada fuera encantadora. En apenas unos meses, el Anticristo ya era famosa.

Años más tarde, mientras se convertía ya en una estrella de cine, no todo eran risas. La situación familiar no era fácil. Papá a menudo hablaba por boca de su padre adoptivo cuando su madre no estaba presente; eran secuestros corporales momentáneos. Cuando Mila cumplió veinticinco años, Él comenzó a presionarla. Ya estaba bien, le decía, ya era hora; Él no la había dotado para la maldad y el liderazgo de masas para que sólo utilizara eso para follar o divertirse en secreto. El mundo tenía que entrar en su nueva etapa, y tenía que hacerlo ya. Todo estaba preparado.

El cielo respiraba ese olor nauseabundo a humanos perdidos. La modernidad física seguía comiéndole el terreno a cualquier momento inspirado, abstracto, auténtico; las soluciones y la revolución seguían pareciéndonos conceptos ajenos. Todo era un “no es problema mio” generalizado cebado por el sistema. Dios -cualquiera de ellos- era una marca comercial, y la mediocridad había tocado techo en un entorno electrónicamente romántico, falso en el fondo y reluciente en la superficie. El Diablo quería forzar su turno; y aunque su retoño fuera una chica caprichosa ya imbuida en los placeres toscos y la hipocresía de anuncio televisivo, Él estaba seguro de que llegado el momento sabría lo que había que hacer.
Había que ponerle precio al aire y cambiar el agua por sangre. Había que hacer que todo el mundo se mirara al espejo y viera algo más que avances en sus dietas; tenían que ver a un ser vivo sangrante. Todos estaban pidiendo a gritos cercos y fronteras, bodas pactadas y dictaduras brutales. Todos queríamos una patada en los huevos, ser arrastrados hasta un habitación sin ventanas con un guarda fuera. Nuestro modo de vida era un sinfín de rezos sin descanso a Satanás.
Era el turno de Mila en el estrado; la Princesa de las Tinieblas acabó levantando la mano, e inconscientemente entre todos le dimos el turno para hablar.

Tenía una arduo trabajo por delante. Sola no podía con todo, necesitaba ayuda. Y tuvo que comenzar con el ritual que había ido posponiendo con los años. Tenía que ir a ese hospital que ella conocía tan bien, entrar en esa habitación repleta de neonatos e iniciar el proceso de clonación instantánea. Había frases hechas y teorías de la gente de a pie que eran completamente ciertas; y es que tanto Mila como su Padre de sangre creían que nadie más podía hacer ciertos trabajos bien hechos sino uno mismo; o en su defecto alguien completamente igual.
Una noche durante sus veintiséis años entró en dicho hospital, y justo antes de que cualquiera pudiera hacer una pregunta ya estaba gritando por el fuego que comenzaba comerle la piel. El truco de la combustión espontánea era práctico y creaba un buen entorno en el que trabajar. Todas las enfermeras y médicos de guardia comenzaban a arder cuando entraban en el radio de acción de Mila. Ella era ignífuga, obviamente; podía sobrevivir entre el humo, y antes de que el fuego se comiera todo el edificio ya habría acabado su tarea. Soy Hija de Papá, se decía a sí misma, esto debería ser fácil.
Entró en la habitación llena de bebés, con dos maletas enormes; tres enfermeras gritaban y chocaban contra las paredes ardiendo en el pasillo cuando Mila cerró la puerta, dejó las maletas en el suelo y encendió la luz. De la Biblia Satánica común que se comercializaba sólo había unos pocos textos útiles y auténticos. Uno de ellos era el de Las Nueve Declaraciones Satánicas. Mila tenía que posar la mano en la cabeza del futuro clon y recitarlas en voz alta. Luego debía repetir el proceso con cada uno de los críos, ya fuesen niños o niñas.
Comenzó con el primero, puso la palma de su mano en la cabecita; el bebé despertó. Mila sólo esperaba que nadie la interrumpiera, no quería tener que volver a empezar a enumerar los puntos con ninguno de ellos para hacer que algún medico comenzara a arder, con esa cara de idiotas que ponían al ver que nada de lo que daban por supuesto tenía sentido ya.
Ya preparada, cerró lo ojos, notando lloros en su mano, y comenzó recitando con energía: “Satán representa complacencia, en lugar de abstinencia”. Dos: “Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales”. Tres: “Satán representa la sabiduría perfecta, en lugar del auto engaño hipócrita”. Cuatro: “Satán representa amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar del amor malgastado en ingratos”. Cinco: “Satán representa la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla”… Cada punto que Mila recitaba de memoria la hacía sentirse más segura. El bebé comenzaba a mutar poco a poco mientras su voz resonaba en la habitación; ese primer crío ya con un ojo azul y otro marrón no tenía nada que ver con el que era antes de que Mila recitara el sexto punto, cada vez gritando más de forma inconsciente: “Satán representa responsabilidad para el responsable, en lugar de vampiros psíquicos”. Siete: “Satán representa al hombre como otro animal más, algunas veces mejor, otras veces peor que aquellos que caminan en cuatro patas, el cual, por causa de su ‘divino desarrollo intelectual’ se ha convertido en el animal más vicioso de todos”. Ocho: “Satán representa todos los así llamados pecados, mientras lleven a la gratificación física, mental o emocional”. Y nueve: “Satán ha sido el mejor amigo que la iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido en el negocio todos estos años”.
La chica Anticristo, la antes cría encantadora, adolescente magnética y mujer fatal, supo lo que estaba desatando cuando vio mutar del todo a aquel primer niño; cuando en pocos segundos vio cómo sus brazos y sus piernas crecían y el pelo se convertía en una frondosa melena enmarcando una cara que era otra vez la suya. El cuerpo desnudo creció destrozando la cuna; se puso de pie, y era otra vez Mila Kunis, que sin mirar a la primigenia se dirigió hacia las maletas para ponerse algo de ropa. Papá parecía tenerlo todo controlado, planeado, cercado; igual que ella había sabido cuál era su misión nada más tener uso de razón, las clones se movilizaron justo al ponerse de pie.
Repitió el proceso con cada uno de los bebés. Debía haber unos quince. Más que suficientes para que el nuevo Reinado diera comienzo.

Mila hizo su ritual con bebés porque era fácil. El mismo proceso funcionaba con adultos, pero era claramente más complicado, algunos de ellos incluso aún decían creer en Dios. La verdad es que Dios había tirado la toalla hacía siglos, y además el cambio de estar con él a ser abandonados fue nulo. Muchos católicos se quedaban atónitos cuando, al morir, en lugar de ir al cielo a reunirse con sus seres queridos en paz, acababan reunidos con el Papá de Mila para escuchar las noticias: “Chico, no es que Dios no exista, es que hasta la misericordia tiene un límite. Tranquilo, te harás rápido a esto”. El cielo no era más que una suerte de realidad paralela donde los espíritus acababan tomando otros cuerpos para vivir en una especie de intención de paraíso organizado; es decir, según las escrituras auténticas no era más que la Tierra 2. Con lo cual no se mantuvo en pie demasiados siglos; ese paraíso obviamente existía sólo por la voluntad de Dios; hasta que éste se hartó de que nadie quisiera acatar sus normas aún perdonando a diestro y siniestro. Además, dicho Dios no tenía una forma ni una doctrina concreta, era una especie de compendio de los de todas las religiones; así que nadie acababa de estar a gusto en ese ambiente. La razón de esa incomodidad era que allí no había ateos, y ningún ser humano creyente había estado completamente equivocado antes de morir, pero nadie tenía tampoco toda la razón.
Dios hizo las maletas y ahora nadie sabe dónde está; probablemente en un paraíso para él y quizá algunas santas que le hagan caso. El Papá de Mila siempre dice que al final “ese mamón seguro que se lo debe haber montado mejor que yo”. Los espíritus que vagaban en el el cielo, debido a que no existe el Limbo, acabaron en el infierno de los Kunis una vez se desentendieron de ellos. El Papá de Mila los acogió varios siglos antes de que Mila naciera. Y fue entonces cuando comenzó a hacer planes para mandar a alguien a tierra firme y conquistar esa parcela, de la que todo el mundo hablaba mierda un tiempo después de haber llegado al Infierno.

Las clones se paseaban por ahí creando Milas en cada niño con piruleta que veían. En todos los medios comenzó a hablarse de esa chica multiplicada, de experimentos científicos secretos; se hablaba hasta de extraterrestres. Se tardó poco en asociar a esas chicas morenas con la actriz emergente; sus entrevistas eran estudiadas y nadie veía nada raro en ella, aparte de que desapareció de los rodajes y abandonó sets carísimos para multiplicarse; como si el Diablo se hubiera corrido y todos sus espermatozoides estuvieran invadiendo la Tierra; cosa que, más o menos era así.
Las clones se descontrolaron; no eran distintas a la Mila original, tenían las mismas habilidades. La gente echaba a arder cuando ellas daban la vuelta a la esquina y entraban en una calle, las gasolineras explotaban y pronto cualquier gran ciudad del planeta humeaba hacia el mitificado cielo sin Dios.
Todas tenían la misma adicción al sexo; formaban orgías en parques con tíos encantados de no saber si al correrse arderían hasta morir. La idea de entrada era la anarquía; pero obviamente Papá no quería un mundo en que todos sus habitantes fueran mujeres calcadas a su hija. Y ahí fue cuando comenzaron los problemas. Había que frenar a las clones, pero las clones estaban encantadas de haberse conocido.

La Mila original se reunió con su padre adoptivo, y Papá comenzó a darle las indicaciones, mientras renegaba para sí mismo entre frase y frase; “sabía que una mujer no era la más indicada para el Reino de las Tinieblas”. Mila, algo avergonzada, le dijo que no sabía qué hacer, que las mujeres de la Tierra estaban extinguiéndose;
– Mi hija tenía que ser bisexual, no una hetero descontrolada…
– Lo siento, Papá.
– Aquí abajo se está llenando todo de católicas llorosas. Tienes que parar a esas putas ya, cuanto antes. En dos semanas habrán quemado la Tierra y sólo quedarán un montón de clónicas tuyas vagando entre cenizas. Tú sabrás lo que vas a hacer.

Mila se encerró en casa, en su cuarto lleno de posters, mientras fuera se oían gritos y explosiones. Estaba defraudando a su padre, mandando al garete los planes de conquistar el mundo. Después salió a dar una vuelta, a buscar inspiración. Y fue entonces cuando la conocí. No supe que era la Mila original hasta pasados unos días. Pensé que era una más, que me mataría o me usaría y no la volvería a ver. Me di cuenta de que había matices entre ella y las demás. Ella parecía sentir, parecía haber madurado de algún modo. Supongo que las clones actuaban de aquella forma porque no eran más que bebés que podían divertirse pilotando el cuerpo de una adulta.
Yo estaba sentado en un banco, en una calle relativamente tranquila; de vez en cuando alguien pasaba ardiendo y gritando, pero cuando llevas unas semanas viendo cosas así cada vez te alteran menos.
Ojeaba un libro; creo que ella se sentó a mi lado porque era El Infierno de Dante. Al verla me alteré, pero algo en sus ojos enseguida me calmó: estaba destrozada, buscaba un hombro en el que llorar: tenía algo frío en la mirada, pero a la vez parecía que fuera a desmontarse en cualquier momento.
– Tranquilo, no voy a hacerte nada – me dijo.
Me dijo, como hablando para sí misma, que necesitaba ayuda, que no podía arrasar el mundo sola, o no no como su padre quería. Su padre quería esclavos que creyesen que eran libres; quería que la gente pensara que había un paraíso para ellos aunque se pasaran los días cargando yunques como en un campo de concentración; quería a un montón de animales obedientes incapaces de revelarse ante las injusticias; que estuvieran atemorizados en secreto y relucientes en público; Él quería eso, idiotas que caminaran con la barbilla en alto aún siendo unos hipócritas asqueados. Y yo supe enseguida, que el Diablo no quería ser más que un político al uso, sólo que honesto de algún modo, no moralista, y directo en sus ambiciones. Yo había vivido eso, llevaba más años que ella en la Tierra, y ella no parecía haberse dado cuenta de cómo funcionaba todo. El infierno era la respuesta. Lo supe cuando me enteré de que Dios no existía, cuando estuve seguro de que el Diablo era lo que merecíamos. En ese banco, al cabo de una hora de conversación, una bombilla se encendió en mi cabeza al no tener ninguna duda, al experimentar el vacío de la nada en mi cerebro: estaba colado por el Anticristo.

Ella quiso que la acompañara, y yo fui detrás como un perrito faldero; quería saber más; quería ser su secretario, su mano derecha, su perro, su ropa interior.
Quería conocer al Diablo, y así fue. Él estuvo receptivo mientras me hablaba por boca del padre adoptivo de Mila. Quiso que la aconsejara, que trabajara para ella en la sombra. Quiso que fuera un secretario sumiso. Y dadas las circunstancias, ha sido lo mejor que me ha podido pasar. Tuvimos que reducir considerablemente la población mundial para poder acabar con aquellas termitas que Mila había creado. Pusimos a la gente a trabajar redistribuyéndola en empleos básicos, útiles. Ayudó el hecho de que la población fuera un tercio de la que era. Desapareció la pobreza y el control sobre la especie se redujo al tiro en la cabeza. Desaparecieron las cárceles y los medios de comunicación; no hacían falta. La información se redujo a obras intelectuales como libros y películas a los que Papá no daba importancia. Era una dictadura sin tapadera a nivel mundial: el mundo en el que yo había vivido, pero sin cabrones con corbata susurrándose al oído entre ellos. Era el infierno en la Tierra tal y como Papá tenía planeado. Éramos igualmente indignos, pero doblemente honestos. Sentí que por primera vez en la Historia de la humanidad el humano se reconocía como el egoísta que siempre había sido. Necesitábamos un héroe, y ya teníamos a la indicada. No existían los derechos humanos, pero antes tampoco habían servido de mucho; la gente se acomodó en sus restricciones, y yo vivía cómodo en mi puesto de funcionario satánico.
Los miércoles montábamos un desfile. Mila se sentaba en un trono subido a una enorme carroza sobrecargada de motivos góticos. Yo me ponía de pie detrás de ella, unos peldaños por debajo, en la sombra, como su consejero. Y como si Mila fuese el Cesar, yo de vez en cuando le susurraba indicaciones, para que sonriera, para que levantara la mano; “Saluda, Mila. Mira cómo te quieren. Casi tanto como yo”. La gente nos coreaba en lo que fue el principio del único orden establecido posible en esta tierra firme. La prosperidad no existe, ni las ambiciones ni las grandes lecciones de la vida. Sólo somos.

[Para seguir en este rollo pseudosatánico que lleva el post, en el video, parte del monólogo de Al Pacino como Satán en “Pactar con el Diablo”; peli irregular con algunos momentos brillantes, pero en general muy disfrutable. Como aclaración sobre el relato, decir que esas nueve declaraciones satánicas que se recitan son de la Biblia Satánica; no quisiera tener al diablo reclamándome derechos de autor… Y para la foto, el Anticristo Mila (sí, Mila Kunis existe), que aún no ha decidido arrasar el mundo. Porque ella no quiere…]

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31 comentarios en “Segundo año cero

  1. Buena historia, sin duda. Menudo peligro que tiene esta mujer-diablo. Me quedo con dos cosas. Sí, siempre nos estamos quejando, demasiado, diría yo. Y me ha parecido genial lo de ‘padres que no quieres a su hijo… muerte súbita’. De esto se le llama tomar decisiones. Es de esperar que el que decida está convencido de lo que hace, claro. Recurdo la peli de Al Pacino, uno de los grandes. Y la chica de la foto, guapa-guapa. Eso sí, si tiene que manipularme mucho (más de lo que ya hace la mayoría) pues prefiero que se la quede otro. Un saludo y hasta la próxima.

    *Por cierto, tienes el récord de post largos. Como mínimo, de los blogs en los que entro yo. Pregúntale qué le parece a Mila. 😉

  2. Buff…sigo reflexionando…sigo tocada…descolocada…

    Podría escribir un libro en relación a lo que me produce el texto, pero sólo te puedo puedo decir que es el mejor de todos. Uf, peligrosamente maravilloso

  3. Muy guapo el relato. La verdad que Mila Kunis es de lo más inspirador, lo flipé con ella la primera vez que la vi en aquella serie de los 70 y te juro que pensé que tenía que ser hija del demonio la muy cabrona…
    El texto ya te digo que me ha gustado mucho. Casi parece un cuento de Navidad dado la vuelta. También escuchas a los Beatles al revés?
    Besazo

  4. ¡Me ha enganchado!
    Enhorabuena, es muy bueno.
    “La verdad es que Dios había tirado la toalla hacía siglos”… no lo había pensado, pero si yo fuera él, me habría marchado hace tiempo, visto lo visto en este jodido mundo…

  5. Buen cuento (porque es un cuento… ¿no?). Me quedo, por encima de todo lo demás, con dos detalles brillantes: el retrato de Dios y su hastío, y cómo no, Hija de Papá. Qué gran nombre de guerra para un Anticristo femenino.

  6. Este texto es provocativamente perverso, me encanta, prometí volver y lo hago, ahora me declaro una fiel seguidora de tu blog, tus letras y tu mente. Simplemente sin palabras el hecho de vivir sin hipocresias es escalofriante pero satisfactorio, jamás s eme hubiese ocurrido que existía una biblia satánica o es algo producto de tú ya infinita imaginacion?

    saludos

  7. Muy guapo 🙂

    (y como me gusta esa peliculilla de Pactar con el diablo, mira que tiene momentos cutres, pero es taaan divertida… y el tandem Pacino+Reeves queda tan equilibrado, el uno tan desatado, el otro tan pedrolo como siempre).

  8. estupendo relato, y me dejas con un ratito de reflesión, que es lo que mas me ha gustado…. bueno lo que mas me ha gustado es tu manera de escribir, como siempre artista.
    un besazo

  9. Y segun parece tb tiene un ojo de cada color jejeje

    El fragmento de la pelicula le viene al pelo y tanto ese discurso como el tuyo dan que pansar bastante, la verdad.

    Muy bueno, bss

  10. Excelente, me quedo sin palabras cada vez que te leo, o sea, siempre. Llegas a mi alma y a mis laberínticas inquietudes, cosa que poquísima gente ha logrado (por no decir nadie).Gracias por tus palabras en mi blog. Seguiré tus pasos allá donde vayas… siempre…

    Besos desde mi cripta,

    Jezabel.

  11. No se que me turba mas, pensar que dios ha colgado la toalla o que lo que realmente merecemos es el gobierno del diablo sobre la tierra, porque a fin de cuentas, ya lo dice Galeano, cada pueblo se merece el gobierno que tiene y como especie nos lo mereceríamos a tope. Por otro lado, me parece una contradicción total los mandamientos que recita con el propio uso de la libertad, no se como explicarlo, es que muchas de esas líneas son tan sinceras que deberíamos aplicarlas mas a menudo, pero la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro asi que seguimos en lo mismo… sin saber que hacer con nuestra eterna libertad, por lo que cambiamos de amo pero no de sistema y derrocamos a dios (en realidad el nos abandona) y colocamos al diablo en su lugar, porque básicamente somos incapaces de ser libres y necesitamos un opresor sobre nuestras cabezas… uuuffff se me fue la olla, hay que ver todo lo que me hizo pensar este cuento, por cierto, el poder detrás del trono, quien es capaz de renunciar a él?

    Me encanto!

  12. Pues este relato muy a mi pesar me lo he tenido que leer en veces, ya solo me quedaba la ultima parte y al fin la termine, vaya vaya, porque siempre me haces esto?, dejarme con la mente abotargada de dudas y cavilaciones, es que me aturdes Jordi, es para plantearse la vida con una muy diferente perspectiva, como un Dios que nos abandona (que por otro lado creo que tiene mucho de realidad esa afirmación ficticia) y con un demonio que no quiere la decadencia si no el control de la moral y el albedrío, sip, magnifico, muy brillante y digno de pantalla grande….mmmm….quien sabe….
    La peli de Pacino, un petardo, saco con cuentagotas los micro-fragmentos salvables, bá…, ni eso
    Un beso, ya sabes que siempre te le tengo que dar al final, si no no seria yo ¬¬

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