Archivos Mensuales: octubre 2009

Carta bomba (Revisión)

Cuanto más oigo ese rollo de que la felicidad está en el camino y no cuando se cumple el objetivo, más pienso que es una perogrullada. Cada vez estoy más convencido de que sólo decimos eso porque sabemos que casi ninguno llegaremos al final del camino de la forma que queremos. Así que más nos vale alucinar con el paisaje mientras tanto. También podría equivocarme, pero a quién le importa, al final esa máxima tan sólo es una cita de manual, la típica perorata de libro de autoayuda barato (si es que los hay “caros”). Somos tan patéticos cuando fracasamos como cuando intentamos inyectarnos optimismo. Somos seres que se convencen a sí mismos de que aunque no seamos exactamente felices, llorar mientras tanto ya es lo suficientemente divertido.
No te sorprendas, esta actitud tiene sus ventajas. Desde el ángulo desde el que veo las cosas, cuando éstas realmente valen la pena no es porque siga una forzada filosofía optimista con la que poder sonreír ante la adversidad. Lo bueno resulta ser bueno de verdad sin un filtro de tesina autocomplaciente. Soy adicto a la realidad. Todo eso, y además puedo ser el ejemplo perfecto de la negación. Soy dos polos que se repelen. Aunque muchos crean que sí, ni tan siquiera a ti puede definirte una frase hecha. Y a partir de ahora, intenta leer más despacio, aunque esto te esté tocando los huevos (lo de leer, digo).

Ante todo, tienes que saber que a ti te respeto, pero a ella la quiero.
Tú no lo sabes, pero tu chica (tu novia, parienta, nena…), la que me hace vomitar así, no puede describirse con tan sólo dos dimensiones. Porque seguramente la palabra escrita también está sobrevalorada. Esto es lo que llamarías quemar todos los cartuchos. Puede que hagas tus averiguaciones; si un día de estos despierto sangrando en una estación de metro, tranquilo, sé en qué ambientes te mueves, no te lo tendré en cuenta.
Sé que escribir esto podría ser como autolesionarse, pero incluso los suicidas merecen un momento de reflexión ajeno. Quiero que sepas que quiero quitarte a tu novia, que intentaré quedar con ella a solas a la más mínima. Aunque lo niegues, sabías que esto iba a ser una competición desde el principio; desde que la conociste, tú contra todos. Puedes poner caras raras y maldecir todo lo que quieras, que a partir de ahora no voy a parar de convertir tu vida sentimental en un callejón sin salida. No te sientas especial, esto pasa todos los días; como a todo el mundo, sólo te queda la confianza.

Presta atención, porque no querrás releer. Todo cuanto tienes es su conformismo, yo lo sé. Ella no sabe estar sola. Tú sólo eres otro escalón hacia lo que quiere, sólo formas parte del camino. Piensas que es monógama, pero mucha gente sólo lo es de boquilla. El motivo por el que quiero que leas esto sólo tiene que ver con mi desahogo. Hace meses que vivo sólo por ella, y ahora dice con la boca pequeña que os casáis, que os vais a casar. Y como comprenderás yo no iba a quedarme quieto. No tengo nada en tu contra, pero no puedes esperar que la demás gente no persiga lo que quiere. No te preocupes, no voy a esperar al día de la boda para de repente salir del pastel. Lo que tienes que saber es que si ella quiere de verdad todo eso, no tienes por qué preocuparte; pero si no, ten por seguro que antes o después de la boda se acabará el cuento de hadas. Eres demasiado joven, ella también, y las historias de amor de postal ya no se las cree casi nadie. Ahora ya muchas chicas eligen, ya no buscan un futuro seguro, sino un buen futuro.
En realidad te estoy haciendo un favor con esto. A partir de ahora puedes comenzar a agasajarla como mejor se te ocurra, pero no por ello va a desaparecer la competencia. Esta carta es tu confirmación de que ya nadie pertenece a nadie; da igual si crees que quieres y te quieren, porque la vida es larga, y sigue condicionada por los que nos rodean.

He hecho esto a la antigua usanza, pensé que así causaría más impacto. He dejado el sobre personalmente en tu buzón, no he tomado muchas precauciones, la verdad; es lo que tiene la desesperación. Me da igual si enseñas la carta a alguien, o si se la enseñas a ella. Pero ten en cuenta que si ella la lee, luego va a mirar a su alrededor de otra manera, va a saber que hay otro, otra oportunidad, quizá algo mejor con lo que quedarse; o quizá sólo piense que le va a venir bien un cambio y se replantee las cosas. Vas a conseguir llenar su cabecita de pájaros, y eso no te va a ser favorable. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos? ¿Dos años? ¿Tres? ¿Y cuántos años tiene ella? ¿Veintidós? ¿Boda? ¿Es que piensas vivir tan sólo hasta los treinta? No sé, sé que tú y yo somos diferentes, pero te creía más cauto, más inteligente. Es precioso dejarse llevar por los impulsos, pero quizá a veces eso conlleve demasiado papeleo.

Al principio había pensado en firmar la carta, hacer esto de otro modo, decirte quién soy. Pero eso habría condicionado mi discurso, no habría podido desahogarme de verdad. Me caes bien, y si te hubiera revelado mi identidad esto se habría convertido en una mamada postal, un montón de palabras que demandan clemencia. Y no era esa la intención, porque sé que tu autoestima está por las nubes. La realidad, quieras o no, es que no eres nadie. Esto es lo más parecido a una carta bomba que vas a recibir.

Ya sé que esta diatriba sólo te estará pareciendo una descripción detallada de lo larga que la tengo, pero me da igual. Ya llevo años cediendo, siendo siempre el que disculpa, el que baja la cabeza, el que nunca mataría una mosca. Es sano acabar explotando tarde o temprano; lo que no es sano es masturbarse siempre pensando en la misma persona.
Van surgiendo muchas pruebas de fuego, pero ninguna chica en la vida me ha atraído lo más mínimo más allá del siguiente condón usado. Excepto a ella, a todas las demás se las podría haber tragado la tierra al nacer. Es verdad que estoy cabreado, y también es cierto que me encanta que tú puedas estarlo desde hace diez minutos. Me chifla la idea de ser Dios para ti a partir de ahora. No dudes que voy a estar en todas partes, pero recuerda que en el futuro podrías romperle la nariz a la persona equivocada. No hay razón para pensar que conseguiré mi objetivo, pero ahora ya sabes que no siempre puedes tenerlas todas contigo.
Así que bienvenido al futuro, triunfador.
Te sentirás más cómodo si te relajas. En cualquier caso no creas que competirás mejor si a partir de ahora dedicas más tiempo ante el espejo. Esta puede ser tu oportunidad para merecértela, para dejar de ser un idiota; haz ejercicio de introspección. Seguro que nunca antes has usado la conciencia. Plantéate esto como un reto si así te han enseñado a vivir. Deja de hacer planes. Cuida tu presente. Y por favor, no creas que soy una broma. No dudes que apareceré en su agenda, en su diario. Quizá mañana, o dentro de tres meses.
Pero es igual, sé que te gustas, no te preocupes demasiado; la vida siempre ha sido así. Sólo estoy dándote la oportunidad de ser humilde a partir de ahora. Haz algo positivo con esto. Lleva esas abdominales de excursión a tu cerebro.
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Firmado:
El resto del mundo.

[No puedo resistir la tentación de poner el megatrailer de “Avatar”, la nueva película de James Cameron después de años y años de su “Titanic”. La cosa pinta bien. Sobre todo porque este tío dignifica el cine comercial con cada uno de sus trabajos. No sólo ofrece espectáculo; además te importa lo que les pase a los personajes y son cada vez proyectos nuevos, algo que no puede decir todo el mundo. Recordemos que este tío ha parido hitos como “Alien 2”, “Terminator”, “ Abyss” etc. Por otro lado también quiero avisar de que el video dura la friolera de tres minutos y medio. Así que avisados estáis, para quien no quiera ver más de la cuenta hasta el día en que se estrene. En fin, que es un placer que Cameron vuelva con sus neuras y su cine épico].

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Colgado

El bar apesta en serio. La nube de humo se ha ido extendiendo desde el techo hasta el suelo. El aire está cargado de esa forma en que ya te irrita los ojos. Saco otro cigarrillo y la puta al final de la barra sigue mirándome. A veces hacen eso; te hacen creer que has ligado y luego te piden setenta euros. La verdad es que tengo la garganta irritada y el alcohol ya entra como el agua. Potenciar la posible enfermedad puede llegar a parecer cuerdo en un mundo enfermo. Vivir sano hasta la muerte es optativo (todavía), y de hecho de algún modo te puede convertir en un hipócrita pasivo: tus explicaciones respecto a la salud tienen sentido, pero por lo demás sigues siendo tan gilipollas como el que más.

Creo que he decidido ser infeliz en general porque así al llegar los momentos buenos sé apreciarlos de verdad por contraste. Si es que algo así se puede decidir… Sólo es mi forma de vivir. Joder, supongo que si se puede decidir ser feliz también se puede optar por lo contrario. El argumento más recurrente con el que te rebatirá alguien autodeclarado optimista, es el de que es más fácil ser infeliz. Para qué luchar, te reprochará, así te quedas quieto, esperándolas venir, autocompadeciéndote. Y luego ese mismo tío, después de largarte eso, comenzará a quejarse de que aún es martes, o lunes, o porque ya es domingo; o por su medionovia, su trabajo, la vida en general… Al final podrás poner en una balanza tus comentarios y los suyos, y te darán ganas de regalarle una pistola por su cumpleaños.
De cualquier modo, finalmente todo dependerá de la fama que tenga él y la que tengas tú. Hagas lo que hagas al final él seguirá siendo el diligente y tú el desgraciado. Quizá es que no sé venderme.
Pero en realidad la infelicidad sincera, la transparente, conlleva mucha dedicación; tanta como por ejemplo mantener una relación, sólo que esto último a largo plazo te podría convertir en alguien mucho más falso e hipócrita.

La puta se va acercando poco a poco, deslizándose con su copa y el paquete de Camel. Parece demasiado joven, sonríe. Va demasiado bien maquillada y viste como si acabara de salir de su trabajo en un bufete. Todo eso, sumado al hecho de que no llevo las gafas, me hace dudar sobre si realmente será prostituta. No tiene la pinta de haberse tirado ya hoy a cinco camioneros. Sobre el hecho de qué narices verá en mí, no tengo ni idea. Hay mujeres que detectan la naturalidad: cuando naturalidad significa ponerte lo primero que pillas y no actuar apenas para los demás. Ven algún tipo de atractivo en lo que la mayoría llaman dejadez. Describir lo que llevo puesto sería demasiado aburrido; por lo demás, llevo como media hora escribiendo en un bloc barato de papel reciclado. Cualquiera lo suficientemente adaptado te diría que necesito un corte de pelo y afeitarme. Y nada más, aquí tienes a un hombre común: sólo soy la versión treintañera del feto que estuvo dentro de mi madre. Cero logros significativos.

Veo que junto al tabaco y su copa, la chica -que por cierto es rubia y que a más cerca está menos años parece tener- tiene también un libro en rustica, algo de Ira Levin que no es La semilla del Diablo.
Se coloca a medio metro de mí, con su paquete de tabaco y la copa y la elegancia y el maquillaje sutil. Y está claro que si es puta yo no me la puedo permitir. Ahora puedo verla de verdad. Si has visto Un beso a medianoche, piensa en Sara Simmonds y te harás una idea. No es el tipo de chica a la que te imaginas follando en hoteles de cinco estrellas con multimillonarios anónimos de sesenta y cinco años. Demasiado dulce.
El libro se llama Las poseídas de Stepford, del cual sé que tiene una mediocre adaptación al cine con Nicole Kidman, y que viene a ser una especie de alegoría sobre el machismo. Así que está claro que no es puta, o que es muy poco probable. Y no es que lo de que la chica tuviera lectura fuera ya en sí una señal. También hay un tipo de literatura de consumo para pilinguis; las hay que incluso acaban escribiendo un libro, y hasta presentan programas terribles de televisión. En realidad, poner el coño para unos desconocidos quizá sea el tipo de prostitución más digno que haya. Esas chicas merecen cotizar y tener seguridad social mucho más que algunas periodistas, escritoras y otras serpientes del tipo Machaco-Tu-Cerebro-Por-Dinero. Las prostitutas, en el sentido más primario del término, no dañan a nadie. En todo caso son ellas las que pueden acabar mal; pero al fin y al cabo, tan sólo follan…

Sara Simmonds me dice que se llama Isabel, pero que la llame Isa. Y sonríe. Va algo borracha, y por eso al verla borrosa al final de la barra he sacado conclusiones erróneas. Pero no se lo digo. Para eso sirve mi cuaderno reciclado. No es que sea un diario, pero viene a hacer las mismas funciones.
Me dice que si es posible que nos conozcamos, que a qué colegio fui. Se lo digo.
– Pues es raro, creía que ya te había visto antes. ¿Qué escribes?
Nada importante, le digo. Tonterías, digo, la mayoría de gente sólo escribe tonterías; los hay que incluso se ganan la vida escribiéndolas.
– Entonces qué es, ¿tú diario?
La miro y creo que en cualquier momento me puede vomitar encima. Quizá ha cortado con ella hoy su novio, algún ejemplar de triunfador occidental, y ahora necesita tratar con alguien que represente más bien lo contrario. Le digo que no es mi diario, que tampoco es poesía. Que no sé lo que es. Y que eso es lo mejor.
– Ah… – suspira -, entonces eres una especie de genio…
Sí, contesto, un genio incomprendido. Y no sé exactamente si estoy bromeando o lo he dicho en serio. Ella se ríe.
Sigue hablando sin parar, pero es demasiado novedosa y lleva demasiado escote para que yo la escuche. Dice algo sobre que quiere dejar su trabajo. Me pone la mano en el hombro, se apoya, se ríe, bebe. Tengo miedo de que se caiga al suelo con un coma y me vea obligado a hacer algo. Una puta jamás se comportaría así, hablaría con seguridad y me camelaría, sobria y seductora.
La gente nos comienza a mirar raro. Ni tan siquiera existe la posibilidad de sexo. Tal y como está, si notara algo entrando por su vagina lo más fácil sería que comenzara a vomitar como un aspersor. Le digo que si bebe un poco más se va a arrepentir.
– ¿Esas cosas escribes en el cuaderno? Hablas como si… ¿Estás insinuando que estoy borracha?…
Ahora ya está directamente apoyando su cabeza y sus tetas en mí. Me rodea con su brazo derecho. La última palabra que oigo de su boca es: Estrasburgo. Y se desliza hasta el suelo.

He tenido que sacarla personalmente del local. Como estaba conmigo enseguida todo el mundo me ha mirado. El lastre era culpa mía. Seguramente han pensado que ha sido cosa mía. Que la he emborrachado yo.
He tenido que pedir un taxi. Y ahora ella está dormida en mi cama y yo tengo que buscar una postura cómoda en un sillón de tres plazas. Así de bueno soy. Y sí, es justo sobre estas cosas sobre las que escribo. El tipo de cosas sobre las que casi nadie quiere leer.
Me gustaría decir que la chica ha despertado durante la noche y hemos follado como locos. Pero lo único que ha pasado es que se ha levantado a vomitar tres veces. Una de ellas en la cocina porque no encontraba el baño. Ahora podrían haber estado violándola tres tarados en un parking.

Despierto a eso de las doce. El sol es insoportable, una estrella sobrevalorada, como los gimnasios o las novias tontas. Decido dejar todas las persianas casi cerradas. Me trago tres aspirinas y me voy a mi habitación a ver a Sara Simmonds. No consigo recordar su nombre real.
Está dormida en posición fetal, con toda la ropa puesta; parte de ella manchada de vomito. Toda la habitación huele a lo que sea que le hubiese pasado ayer para emborracharse así; una mezcla de la cena, bilis, colonia femenina, suavizante y maquillaje machacados. Me siento en la cama y espero a que despierte, a que se me quite el dolor de cabeza, a poder moverme sin sentir impulsos suicidas. Mi bloc está en algún sitio, lleno de garabatos. Isabel. De repente recuerdo su nombre. Abro un poco la persiana de la habitación. Con la poca luz diurna que entra parece más guapa que ayer estando cocida. Hay esa tranquilidad en su rostro de cuando estamos a salvo del mundo real, que desaparecerá justo cuando despierte y vuelva a sentir ganas de vomitar, o el dolor terrible de cabeza que le espera. No puede tener mucho más de veinte años, y seguro que cuando abra los ojos va a salir pitando de aquí. Viéndola así tan blanca, angelical y vulnerable, seguro que ya alguien ha llamado a la policía. No sería raro que hubiese unas cuantas patrullas buscando a la niña. Ahora comienzo a sentir esa cosa en el estómago. Y no puedo negarla. Ahora podría inyectarla, causarle un coma para poder tenerla así para siempre, para mí. Mi obra de arte humana. Su imagen me transmite una paz preciosa; luego terror, después pánico, y finalmente todo a la vez, al no saber qué va a ser de mi vida cuando ella despierte.

[He topado con el trailer de “The Wolfman”. Revisitación del mito del hombre lobo; esta vez un Benicio del Toro que tiene toda la pinta de comerse el papel con patatas. El director es el nada desdeñable Joe Johnston; que no ha tenido mucha suerte con sus proyectos pero en el cual sigo confiando. El trailer tiene una pinta buena buena. Al parecer el proyecto estaba en manos de Mark Romanek, pero finalmente cayó en manos de Johnston. No sé a qué altura de la historia la cosa cambió de manos, pero no me extrañaría que hubiesen quedado resquicios de la desquiciante imaginación de Romanek. Emily Blunt (foto) pone el contrapeso femenino.]

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Lava (Revisión)

Hazme un favor. No juzgues con conclusiones precipitadas y amarillistas: haz como si te hubieras encontrado esto en el hueco de un árbol.
Deja de comparar tu vida con la de los demás los próximos cinco minutos. Vale que vayas a toda velocidad gracias al alquitrán y que puedas reconocer la ropa barata a medio kilómetro. Pero no hace falta que presumas de ello. No quiero saber nada de tu coche nuevo, y no digamos ya de tu piso. Sólo dime qué has aprendido hoy, puedo vivir sin saber cómo es tu cocina, no me interesa lo tocante a los buenos materiales y esa comodidad que convierte a las personas en idiotas potenciales. Dime que te has leído el último de Douglas Coupland o que ayer tuviste que llorar viendo una película: dime sin mentir que quieres de verdad a tu pareja. No me interesa tu sistema de calefacción ni los trofeos de las estanterías. Ni tu puto cumpleaños ni la barbacoa que hay programada para dentro de dos putos meses con un montón de semidesconocidos. Dime que el otro día improvisaste y reconoce que te gustó. Atrévete a derramar el café sobre tu agenda regalo del día de tu puto santo. Y no me digas que decir tanto “puto” es una bajeza: deja ya de confundir las buenas maneras sólo con el vocabulario. No me digas que la quieres si lo que te pone es oler su ropa interior; autoengáñate sólo lo justo para con los demás.
No olvides lavarte esa zona baja de la espalda y no mires por encima del hombro a ese tío que te cruzas todas las mañanas. Deja ya esa paranoia de que tu novia mira a los demás tíos y acéptala como una realidad; deja ya esa fantasía de que sólo le gustas tú y mírate al ombligo. Y sobre todo deja ya de disimular y decir que ella es la única.
No te avergüences, también puedes ser tú mismo, no se trata de decir siempre la verdad, sólo lo suficiente para que tu vida no se convierta en una mentira. Pensar no es tan malo. Y sigue con esto a partir de aquí si quieres, pero abre la mente y olvida la palabra “Adoctrinamiento”.
No hace falta que te desabroches el pantalón disimuladamente después de las comidas, hazlo sin más; y tampoco pretendas hacer creer que con la ensalada que has compartido con tu chica ya tienes de sobras. Vuelve a acostumbrarte a ser sincero, aunque crezcas, ten en cuenta que la gente confunde la madurez con saber elegir un buen color para las paredes del baño. Convierte en la excepción esos grumos desagradables de fe en los que muchos basan sus vidas. Consigue que te odien en público y te respeten en secreto. No digas nunca en centímetros el tamaño de tu pene, no incluyas mentiras en tu currículum, y sobre todo no esperes divertirte haciendo un trabajo en el que hayas entregado antes un currículum. Coge la filosofía imperante de los libros de autoayuda y comienza a actuar justo de la forma contraria, poco a poco; y quizá así no serás feliz, pero te acostumbrarás a no hacer el esfuerzo por disimularlo. Vete de putas si quieres, fuma, bebe, haz todas esas cosas sobre las que la gente reniega; no temas ser el blanco de las críticas, de todas formas todos están deseando con todas sus fuerzas convertirte en el blanco de sus críticas. Alimenta sus hipocresías rebajando las tuyas y sigue hacia delante; sácale partido a la ambigüedad moral predominante. El cielo se va a abrir un día igual para todos y vamos a comprobar que más allá no hay nada; y algunos se arrepentirán por no haber hecho ejercicio de introspección en lugar de haberse pasado la vida venerando estatuas, amuletos, banderas.
Y venga, atrévete a comentarle a ella lo del anal, lo de que quieres probarlo; dile si tienes narices que cada mañana ves a una camarera que te gusta, capullo, hazle creer que sabe tus secretos sólo si los sabe. Sé un cretino pero con elegancia. Levántate, mírate media hora al espejo y después tira de la cadena, y aún se podrá dudar de si es la mierda en reposo lo que se huele, o tu ego invadiéndolo todo. Depílate, pon excusas, di que así se ve más grande; no eres una víctima, no eres un patán, no eres el protagonista del Creep de Radiohead; échate a reír de tu propia petulancia hasta que se te salga una costilla. Llega con una sonrisa extraña hasta el día de tu muerte, declárate, rompe, cásate, divórciate; dos, tres, cuatro veces; y dile a todo el mundo que eso es vida. No, venga, en serio, sabes que los tienes como sandías: diles a todos otra vez que eres monógamo.
Comienza a experimentar la sensación de que tarde o temprano -aquí y ahora- los consejos se contradicen, te manipulan. Coge la Biblia y métesela por el ano a Dios, y luego cuchichea que se corría como una perra. Dilo las suficientes veces hasta que todo el mundo se lo crea, hasta que le recen a un ser mitológico adicto al sexo anal. Dilo hasta que las Iglesias cambien las cruces por banderas de Japón. Hasta que las próximas generaciones crean que Jesucristo era japonés y gay. Cambiar la historia no es difícil si te lo propones; controla a los medios y condiciona intelectualmente a los niños; envuélveles las imágenes de guerra en anuncios de juguetes para navidad. Aconséjales que respondan con violencia a la violencia, que se lo coman todo porque otros no pueden, que aplasten al prójimo, que ganen, triunfen, se follen a la más guapa, que tengan más hijos y les digan lo mismo. Y luego no pares de controlar su cuenta corriente y deja de dudar sobre si tener hijos era una buena idea para haberlos convertido en tu jefe, al que odiabas y matarías con tus propias manos.
Sí, según cómo todos sonreirán a tu alrededor orgullosos y y tú seguirás sin plantearte si actúan o se equivocan. La Democracia es un fantasma, sabes que todo el mundo busca el bien individual y fin de la historia. Pero tú no hagas caso. Cambia los azulejos del baño y ten otro hijo. Envejece, envejece, envejece, y muere. Apúntatelo en tu agenda, son tus deberes. Procura que los demás estén ahí siempre haciéndote el pasillo. No te plantees si sus sonrisas son falsas. Quizá hablen de tu dinero o tu vida sentimental; puede que estén peleándose como perros hambrientos por ser los primeros en airear tu mierda. Pero te quieren, ya sabes, debes asumirlo; no están ahí sólo porque necesiten compañía o aguantar algo más de tiempo sin pensar para no pegarse un tiro en la boca. Te quieren porque te lo dicen; funciona así. Lo que sientes tan sólo es la verdad, y la verdad nunca es tendencia. Di “te quiero”, que la quieres, que les quieres; dilo hasta que se emocionen. Hasta que se lo crean sea cierto o no. No tengas un carácter sólido, sólo invade la realidad con argumentos efectivos.
Vamos, deja ya de intentar buscar la lógica, de creer, de hacer cuadrar lo incuadrable, deja de actuar. Es demasiado duro de aceptar, pero por lo menos acéptalo con dignidad, no sonrías como un idiota mientras la lava se lleva por delante los necesarios logros de otros para poder conseguir hacer realidad tus caprichos. En un mundo justo una tribu aterradora organizada allanaría tu piso, te robaría el coche, te encerrarían en el lavabo mientras cagas y tapiarían las salidas mientras te miras al espejo. Y esperarían. Y cantarían, botarían destrozando todos tus logros mientras te das cuenta de que dentro de tu cabeza no hay nada que valga la pena, aparte de las cifras que has logrado cuadrar para conseguir lo que los maleantes te están arrebatando mientras cantan, mientras entonan como en una pesadilla pop el Satisfaction de los Rolling Stones. Eres patético, en ese momento eres el cabrón que mató a John Lennon, eres cada hijo de puta que ha acabado con los hombres que han intentado propagar un mensaje de esperanza. Eres una farsa, para tu novia, tu familia, todo el mundo, para ti mismo, para Dios, para Satán, y ni María Magdalena te haría una triste paja. Eres esa misma lava artificial que mata todo lo bello, todo lo inspirador; eres la ignorancia que contamina el futuro; lo has hecho todo bien para que todo vaya mal.
Eres un auténtico ejemplo a seguir, el rey del mundo civilizado. Las próximas generaciones te saludan, viéndote al abrir sus libros de historia, con sus máscaras de gas puestas. Están todos al lado de unos grandes ventanales que dan a un parque. Y allí una niña decapitada se columpia, mientras su madre, sentada en un banco, sujeta su bolso con la cabeza dentro y la mira con orgullo a pesar de todo, guardando sus ideas limpias a salvo de la naturaleza humana.

[Hoy he visto “El imaginario del doctor Parnassus”, de la que ya he venido hablando últimamente. Así que tengo que rajar un poco sobre ella. De todas formas, y para quien se niegue a tragarse la parrafada, la conclusión es que me ha gustado y mucho. Las críticas son dispares, algunas incluso se la cargan sin miramientos. Y después de haberla visto pasar ante mis ojos, no puedo estar más en desacuerdo. Vale que la película anda lejos de ser perfecta; pero también creo que anda muy lejos de buscar la perfección. Terry Gilliam está desatado, cada pocos minutos hay una de sus neuras en pantalla (escaleras que suben al cielo, paisajes de fantasía, números musicales etc, etc, etc.). De Gilliam todos los críticos conocen “Brazil”, o “12 monos” , y alguna más, y todos suelen decir que son grandes películas (tienen razón). Pero también viene a cuento decir que al parecer en esto del cine cualquier tiempo pasado siempre tiene justificación. “El imaginario…” no es tan sólida como las películas mencionadas, pero pasa a formar parte de la vertiente más desatada y delirante de Gilliam. Toda la carne está en el asador, y si uno va a disfrutar, disfruta. Así que los que vayan buscando por la red buenas críticas de la peli, aquí tienen una. Con esta película me pasa algo que me suele pasar con muy pocas; aun siendo consciente de sus carencias, me gusta y la disfruto más que otras películas que son mucho más redondas a cualquier nivel. Supongo que esto pasa porque los momentos de inspiración sueltos de Gilliam valen más que otras películas enteras… Arriba he puesto un video promocional, una escena con Christopher Plummer y Lily Cole. Esta última, con su pinta de muñeca (preciosa) y su fría calidez (sí, he dicho fría calidez), encaja a la perfección en la fantasía de Gilliam; la muchacha casi se mimetiza con los paisajes recreados digitalmente… Asi que ya sabéis, todos al cine, que este hombre debe seguir haciendo películas.]

Viaje tóxico.

El paisaje negro pasa a toda velocidad y la luna está arriba, estática y llena. Apenas puedo fijar la vista en las luces de cada urbe o pueblo que el tren atraviesa. Al pasar al lado de una autovía ves siempre todos los coches parados; todas las ciudades tienen colesterol.
Voy solo en mi compartimento, e intento leer un libro de Bukowski para no pensar en mi agenda vacía. No tengo ningún proyecto sólido. A ninguna persona. Todos los días son iguales, cada paso supone un esfuerzo sobrehumano. Si este tren pudiera pensar, probablemente no avanzaría tan convencido.

Voy al vagón restaurante. En el que antes se podía fumar. El único cambio significativo reside en que ahora la mitad de la gente tiene el mono. Se ha puesto de moda el respeto, aunque sólo en las distancias cortas. La autodestrucción es algo muy tonto, dicen. Entregar tu vida a un vicio nocivo. Lo cierto es que si ahora mismo pudiera me fumaría dos pitillos seguidos, y los no fumadores aquí seguirían pareciendo todos suicidas potenciales. Mírales a los ojos si puedes. Sólo dos chicas jóvenes cuchichean entre sí, con sus risitas veinteañeras. Una de ellas se come la imitación de un bocadillo de verdad. El papel del mismo está empapado de algo que parece aceite de motor.
Si llegas a observarle, el tipo que hay tras la barra parece solicitar una eutanasia tranquila. Yo me bebo un café que sabe demasiado extraño para no haber pasado cuarenta filtros de control. Si miro a mi alrededor todo es pequeño y útil. Todo es práctico, sin más. Aquí encajaría perfectamente un canario robot metido en una jaula, que cantaría una melodía en bucle, con un sonido metálico. Nuestros pulmones agradecidos se hinchan camino a la muerte, mientras cada uno de nosotros guarda el secreto común de que algo no encaja, algo perfectamente camuflado en el ambiente.

Decido meterme en el hueco que hay entre los vagones. Si eres lo suficientemente autodestructivo e irresponsable, ahí es donde puedes fumar relativamente escondido. Al cerrar la puerta del vagón restaurante veo el cartel de prohibido fumar, una placa de metal tosca con esa señal de tráfico roja, que muy bien podría simbolizar la muerte de la poesía; aunque más por una cuestión relacionada con la libertad, en su sentido más puro y anárquico. Ciertas prohibiciones amparadas por el sentido común no parecen representar más que nuestra afición a la negación. No vivimos en un mundo sucio. No somos malos por naturaleza. No somos injustos. No somos unos hijos de puta egoístas. Tenemos cerebro, y maldita sea, sabemos usarlo. Es patético en cierto modo. A estas alturas de la historia es como meterse calcetines en los calzoncillos para marcar paquete.
Recuerdo que en mis tiempos de no fumador, no me importaba entrar en un bar con su típica nube de humo en el techo. Supongo que por aquel entonces ya era un irresponsable. En relación al humo, entonces me molestaba lo mismo que ahora: el gilipollas que te lo echa en la cara. Sólo tengo la esperanza de que el vicio, si es posible, no acabe conmigo demasiado joven; pero por favor, que me mate antes de que me atrape el alzheimer.

A veces tengo mis crisis; lo dejo durante un par de semanas, o incluso un mes; pero al final siempre vuelvo al hábito. Al final uno prefiere lidiar con otros irresponsables en la zona de fumadores, que con familias enteras y sus niños correteando en la zona responsable de los locales.
Durante esa época sin cigarrillos, cuando quieres dejarlo, un día u otro tienes que elegir entre la tranquilidad o el nerviosismo histérico del síndrome de abstinencia. Y la verdad, la gente que llega a los noventa años sana tiene demasiadas penurias que contar para mi gusto.

Si no puedo dejar de pensar en el tabaco durante todo el viaje, no es sólo por el hecho de no poder fumar.
Me dirijo hacía el entierro de mi tío. Ha muerto con setenta años (creo…) por un cáncer de pulmón. Al final ya fumaba en secreto. Una jugada inteligente por su parte. Llevaba demasiado tiempo atenazado por todo tipo de dolores, postrado en cama, siempre en espera de una próxima operación. Fue tachando enfermedades hasta que al final le diagnosticaron el cáncer. Si uno lleva veinte años aguantando dolores crónicos y con la marihuana entre las medicinas que el medico te ha recetado, al final un cáncer de pulmón agresivo no es tan mala noticia. Lo cierto es que el epílogo de su vida se estaba alargando ya demasiado.

Una vida demasiado longeva debe ser agónica, viendo a todo el mundo caer muerto a tu alrededor; levantándote de madrugada a coger el teléfono mientras te preguntas quién habrá palmado esta vez. De poder elegir entre cuarenta buenos años de verdad y una vida normal, la mayoría lo tendría muy claro si contestara con sinceridad. Ese mensaje de los paquetes de tabaco en el que reza “El tabaco acorta la vida” nunca me ha parecido especialmente amenazante.

Tengo ganas de que el tren pare, de llegar. Estoy harto de ver pasar luces sin sentido por la ventana. Pero aún deben quedar unas dos horas. Una para que comience a amanecer.
Cuando llevas medio día sin fumar, crees tener el aguante necesario para dejarlo. Pero sólo es una ilusión. Sólo aguanto porque sé que podré encenderme un pitillo justo al bajar del tren. Si de golpe me dijeran que no puedo fumar un solo cigarrillo más en mi vida, no aguantaría tranquilo ni las dos horas de trayecto que faltan.
Y ni tan siquiera eres un cocainómano. Ningún no fumador puede entender tu ansiedad, se ríe de tu vicio. Un no fumador suele dar el perfil perfecto de quien es absolutamente incapaz de ponerse en tu lugar. Se ponen en evidencia. Cuanto menos has probado más cerrado eres, más egoísta. Más imbécil, en definitiva. Lo que algunos piensan que les hace inteligentes es justo lo que les convierte en ignorantes. Lo que creen que es su pura superioridad natural no es más que mezquina condescendencia. Es una paradoja. Para mejorar el mundo seguramente hay que fiarse más de los consejos de un mendigo viejo, que de los de un saludable ejecutivo.

Cuando faltan unos diez minutos para llegar comienzo a ponerme alerta. Vuelvo al vagón restaurante, esta vez ya con mi maleta. Llevo tantas hora sin comer que me planteo seriamente el pedir uno de esos bocadillos revenidos. Pero no lo hago y me siento en una de las mesas. El sol ya está bastante alto. Tengo dos días de mierda por delante. Creo que de hecho, el tabaco va a ser lo único que va a darme algún placer en mi viaje relámpago. Además odio a mi tía, siempre la he odiado, es una persona recta en el peor de los sentidos, el auténtico cáncer de la vida de mi tío. Si hubiera sido por ella le habría mantenido alimentado por tubos metido dentro de un ataúd. No es que le quisiera, es que simplemente le quería vivo, aunque fuera gritando de dolor como un loco. Mi tía es de esas típicas personas que está en contra. De todo. De los preservativos, el sexo prematrimonial o al margen de la procreación, el aborto, la ropa corta, los dulces, la playa, la montaña, las demás razas, las demás mujeres (especialmente las jóvenes)… En fin, es una de esas personas que sólo concibe la vida como desde el punto de vista de un cura de extrema derecha con varios discos duros repletos de pedofília. Porque siempre he sospechado que no sólo es conservadora en el peor sentido, sino que además es mala. Y es la misma mujer a la que voy a tener que dar el pésame.

Por suerte todo el berenjenal es mañana. Hoy me limitaré a disimular en un hotel que aún no he llegado. El tren por fin se ha detenido. Se produce ese atasco de siempre de maletas y gente en el pasillo. Aun con todo, de repente me siento optimista. Puede venirme bien desconectar de la rutina, aunque sea por un funeral. Creo que todo el ritual me puede limpiar algo por dentro. Espero poder ver a mi tía llorando, sufriendo; aunque mucho me temo que nunca me ha parecido que pueda sentir nada. A no ser que sea por Jesús o algo así; y si éste era el hippie del que muchos hablan, poco en común iba a tener con ella.
El caso es que el sol entra por las ventanas, y ya puedo oler el aire de fuera. Me pregunto por qué de golpe me invade este buen ánimo. Y la respuesta siempre ha estado ahí, y me vuelve a la mente como una mala canción de moda: En cuestión de minutos podré volver a fumar. Dios existe y es misericordioso. La vida es buena. Ahora tengo ganas hasta de enamorarme.

[Esta vez he decidido colgar un par de videos (trailers); he pensado que merecía la pena, para recomendar dos películas más que interesantes que se estrenan esta semana. Por una lado “El Imaginario a del Doctor Parnassus”, película de la que ya he hablado pero de la que aún no había puesto el trailer, y que sencillamente hay que ver porque es del incansable Terry Gilliam. Y por otro lado “500 días juntos”, película de trailer quizá algo engañoso (al parecer hay que venderla como la típica ñoñada), pero que está dejando en jaque a la crítica; tiene puntuaciones altísimas por todos lados. De entrada el reparto es más que interesante, con un Joseph Gordon Levitt que dicen podría ser el nuevo Joker, y Zooey Deschanel (foto), la ojos azules de “Casi famosos” o “Guía del autoestopista galáctico”, que me parece está muy bien escogida para ese papel.]

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La mala literatura

Se oye un ruido abajo en el salón, cristales rotos. El escritor se revuelve en la cama, despierta sin demasiado sobresalto. Fuera faltan horas para que se haga de día.
Durante unos minutos el escritor espera a ver si se oye algo más; quizá han entrado a robar, pero su segundo libro se está vendiendo como un mal disco comercial. Así que intenta no asustarse; sólo espera que si realmente hay alguien abajo, no le dé -o les dé- por subir a las habitaciones de arriba. Con un poco de suerte se llevarán la pantalla plana, algunos electrodomésticos… Nada que tu flamante nuevo libro expuesto en la entrada de las librerías no pueda pagar, con sus frases de promoción del tipo el-mercado-es-fácil: “Tras el éxito de Libro que por algún motivo se vendió que te cagas, llega…”.
Abajó vuelven a oírse ruidos, como de saqueo. Pero nada, decide el literato, no pasa nada, tranquilidad. De lo que se trata es de salvar la integridad física. De que no te den un mal golpe en la espalda y te tengas que hacer creyente. Al final basta con poder seguir dependiendo sólo de uno mismo, de poder seguir maldiciendo cuando ves un hueco para aparcar pero es para minusválidos.

La cosa se alarga. El escritor sospecha que debe ser sólo un tío, aunque sólo es una suposición. Podría bajar y enfrentarse a él. Si le acertara con su primer bestseller en la cabeza seguro que le dejaría inconsciente. Novecientas páginas que rallan la novela rosa pueden acabar contigo de muchas formas. Ahora el escritor se arrepiente de no haber intentando escribir algo de verdad. Si esta noche muere, mañana en los medios le recordarán por su éxito, y cualquiera que sea medianamente leído se olvidará de la noticia como un pez.
El protagonista de su primer libro -un atractivo pescador- ahora bajaría y le daría un patada en el culo a ese caco de segunda. Teniendo en cuenta lo que tarda en vaciar el salón, deduce, no debe ser muy competente. Seguro que lleva una media en la cabeza y cree que la casa está vacía. El escritor sigue metido en la cama. En su misma habitación tiene el ordenador. Cosas importantes del disco duro: primera, el porno; tanto que si fuera material pedofílico hasta los demás pedófilos se escandalizarían. Y segunda cosa importante: trescientas páginas del primer borrador de su tercer libro. Más literatura para amas de casa o adictas a la tele, la mala música, y las pequeñas -muy pequeñas- cosas de la vida. El mercado es fácil, bienvenidos a la Tierra: trascendencia 0.

Ha pasado un cuarto de hora y abajo sigue el ruido. Hay quien dice que escribir es un viaje a lo desconocido, pero no hay mucha gente a la que le guste leer eso. Da miedo no entender algo. Y no digamos ya pensar. Y de interpretar ni hablamos. Ese miedo del lector medio al que buscan engatusar todas las editoriales, es el que ya comienza a sentir el escritor. Que piensa y piensa y piensa, porque siempre lo hace si está nervioso… Si la novela es perturbadora, hay que decir que es Misteriosa; si es surrealista, hay que limitarse a enumerar los premios que ha ganado. Si hay vampiros, aunque no sean atractivos ni vistan a la moda, hay que resaltar la palabra VAMPIRO. Es el nuevo fenómeno literario. Aunque tu libro no pretenda ser la nueva novela mojabragas, no te preocupes. El mercado es fácil. Y olvídalo, escribir es otra cosa.
El narrador omnisciente decide. Pero el escritor ahora no puede controlar a los personajes, sólo puede esperar. Sólo sabe que su móvil está abajo, y que el teléfono fijo también. Aunque no sabe si tendría el valor de llamar a la policía; eso podría empeorar las cosas. Quizá lo mejor es rezar, cuando rezar significa desear con todas tus fuerzas algo mientras te cagas en Dios. La Biblia sí es un buen bestseller, el escritor mucha veces ha pensado que la religión quizá no fuera más que una campaña de marketing que a alguien se le fue de las manos. Muchos de los planes que ha hecho el ser humano para ganar dinero han acabado en un baño de sangre. Diversos personajes ficticios condicionan la vida de media humanidad. Eso sí es tener éxito. Y cuando unos triunfan, no hay más remedio, otros fracasan.

El escritor decide salir de debajo de su colcha y mira por la ventana apartando ligeramente la cortina. Hay una camioneta aparcada de culo con las puertas traseras abiertas. Parte de sus muebles están ya dentro. Efectivamente sólo es un hombre, pero no lleva ninguna media en la cabeza. Actúa más como si estuviera mudándose de su propia casa que como un ladrón. La vida casi nunca es como la esperarías, no hay formulas. El escritor observa la hechura del caco. Decide que perdería con facilidad un combate cuerpo a cuerpo. Parece que el tiempo se ha detenido, la calle está vacía; si alguien ha visto lo que pasa, debe pensar que el tipo es familia directa del literato, y que tan sólo le ayuda con los bártulos. Deben creer que se muda, el escritor huraño, el tipo silencioso. Si los vecinos fueran todos críticos literarios, piensa, hasta bajarían a echar una mano al tipo, sin hacer preguntas.

Al final, por fin, el tío decide irse; cuando ya no caben más cosas en la camioneta. Pone el vehículo en marcha y sale conduciendo con una calma ejemplar. Dobla una esquina y desaparece.

El escritor baja al cabo de diez minutos, una vez ha decidido que ha pasado un tiempo prudencial. Se encuentra el panorama que esperaba: un par de muebles se han esfumado, también la tele, un reproductor de dvd, un reloj de pared, el móvil, un Ipod, etc.
Nada le sorprende a excepción de un detalle. En una de las paredes vacías de cuadros, hay un mensaje escrito con graffiti rojo:

Tus libros son una mierda, Dan Brown te da mil vueltas.

No puede evitar sonreír, aunque lastimosamente. El puto Dan Marrón…; su exmujer le llamaba así. Y además ahora ve cuál es su publico potencial, además de las amas de casa y la gente que nunca lee. Delincuentes…
Por suerte, piensa, no ha forzado la puerta. Ésta está intacta; ha sido elegante incluso para eso. Así que dadas las circunstancias, decide irse a dormir y encargarse del asunto al día siguiente. En teoría debía seguir con su tercer libro, pero hay cosas que te quitan las ganas de escribir.

Despierta a eso de las once, más tarde de lo habitual. Ha sido su noche más animada desde hará unos veinte años. Baja al piso de abajo y deambula por los espacios en los que antes estaban sus bienes materiales; todos ellos pagados con literatura para el verano: su editor siempre dice que si no fuera porque la gente compra libros en los aeropuertos y lee en la playa, el escritor no se comería un colín. Por suerte, sí, el mercado puede ser fácil.
Le da tanta pereza denunciar el robo, que decide volver a su habitación y ordenar algunas ideas. Puede que incluso, a raíz de lo que le ha pasado, y sobre todo al pensar en el mensaje en la pared, finalmente esté dándose cuenta de que su carrera no está siendo más que una farsa muy elaborada, épica. Hay un montón de gente en el mundo que trabaja día a día duramente para vender humo. Y su editor es una de esas personas. Su editorial lleva años vertiendo crudo en el mar de la literatura digna. Existen libros infantiles para gente mayor, decide el escritor, y él ya ha publicado dos.

A eso de las doce enciende el ordenador y se conecta a Internet. Luego, después de subirse la bragueta, abre el documento en el que lleva semanas escribiendo Marea fugaz, la tercera parte de la saga que ya casi le ha hecho multimillonario. Relee el primer capítulo y se pregunta dónde ve la gente el gancho de sus personajes. La trama de sus libros transcurre en un contexto en el que ningún personaje duda, tiene miedo, o desiste. El escritor supone que es ahí dónde está la clave, la vida en el libro es fácil, explicable. Nadie es feo. Nadie sufre si no se ha portado mal. Todo cuadra. Y el final no debe ser bueno, debe ser sencillo de asimilar, ya sea trágico u optimista. Es a lo que la gente llama Entretenimiento: la versión literaria de jugar a la petanca. Es como engancharse a un concurso televisivo; y en realidad, para eso, hay que tener un concepto muy básico de lo que es divertirse. Pero nadie quiere divertirse, quieren Pasar el Rato. Y así se mueren poco a poco, y encima te llaman Aburrido por irte a leer un libro, mientras ellos van al cine los domingos por la tarde y eligen la película cuando ya están delante de la taquillera.
El escritor ahora sabe que él es uno de los pilares de ese entretenimiento para mentes blandas. Y decide, mientras manda a la papelera todo su tercer libro, que no quiere seguir siéndolo.

Va a hacer un ejercicio visceral, poco preparado. Algo que nunca ha hecho. Simplemente escribir. Decide que él va a ser el protagonista del relato que va a escribir, pero que aun así narrará el mismo en tercera persona. Dará detalles sobre cómo le entraron a robar en casa y cómo eso hizo que se replanteara su carrera. Se desahogará. Hará que ese relato suponga un punto de inflexión. Y al final descubrirá el pastel, haciendo saber al lector que no está leyendo más que un cuento que tan sólo es la historia que explica el proceso de gestación del mismo. Y aunque sabe que a algunos críticos no les gustan los finales sorpresa, a él le dará igual, porque por primera vez habrá escrito algo de lo que quedará realmente satisfecho.

[Hace unos años me compré en Londres el primer disco de los Artic Monkeys, y quedé seducido por su frescura y su contundencia. Luego, con el segundo disco, no las tuve todas conmigo; quizá serían otro de esos grupos que se apagan, que funcionan una vez y luego desaparecen poco a poco de tu mente. Pero no, con el tercer disco me encuentro a un grupo inquieto, con ganas de renovarse y una solidez en sus temas que no se vislumbra ni por asomo en sus anteriores trabajos… Además, el proyecto paralelo de Alex Turner (vocalista) con “The last shadow puppets” (video) le coloca en mi opinión a la cabeza de los artistas más interesantes de su generación.]

Sonreír a la vida

Esther cuenta siempre los sellos que tiene su padre muerto en el álbum, y siempre convencida de que falta uno. Rompe a llorar cada dos o tres páginas, y deja de hacerlo al tragarse cada antidepresivo. Igual podrían ser pastillas de azúcar; las drogas a veces sólo actúan como placebo, aunque igualmente puedan matarte por sobredosis.
Fran abre las persianas del piso de vez en cuando, para ver cómo están las cosas. Por las noches él y Esther tienen largas conversaciones. Hace tiempo que no hacen el amor, hace falta cierta base de excitación sólo para quitarse la ropa, y nunca están ni cerca de ello.

En la sala de estar tienen dos sillones de orejas tapizados. Puestos uno enfrente del otro. Y Esther ojea el álbum mientras Fran la observa. Hace meses que no hay electricidad. Salir a la calle sólo es factible cuando el hambre aprieta. No hay caprichos posibles. Hasta el agua hay que salir a buscarla.
En la calle cada vez hay más basura. Nadie sabe qué pasará cuando se acaben los suministros en los centros comerciales. Nadie quiere aceptar la idea de tener que irse de casa.
El padre de Esther murió de un ataque -suponen que del corazón- y Fran lo metió en la bañera y la llenó agua. Enterrarlo supone caminar unos doce kilómetros con el cuerpo a cuestas. Nada de coches, nada de transporte público ni de altruismos. Hay Sonrientes por todas partes, y rompen a caminar hacia ti a la más mínima.

Nadie sabe bien qué les pasa. Al final, la que se te viene encima es la que menos te esperabas. Fran acostumbra a observar por la ventana para ver si uno de ellos se acerca al portal o intenta forzar alguna puerta. Pero no parecen agresivos en ese sentido. Sólo pasan caminando a buen ritmo, con una permanente sonrisa en los labios, de las de enseñar encías. Cuando dos se cruzan, se saludan con un asentimiento y siguen su camino. Fran ha visto cómo personas que doblan una esquina siendo normales, vuelven al cabo de un rato con los dientes a la vista y el mismo andar patizambo de haber topado con uno de ellos. Todos suelen vestir con trajes de chaqueta y corbata, y con falda ellas.
Fran conocía a un tío que tenía un taller mecánico. Iba siempre con su mono manchado y su carácter arisco aunque simpático en las distancias cortas. Cuando comenzó todo, dicho mecánico fue uno de los primeros en transformarse; de un día para otro cambió el mono por un elegante traje negro, y se engominó el pelo. Su semblante serio se convirtió en esa sonrisa socarrona que lucen todos ellos, y hasta llevaba un reloj que parecía valer una fortuna.
No se sabe cuál es el objetivo de los Sonrientes, o si tienen alguno. Lo único cierto es que parecen proceder todos igual; caminan y caminan y caminan; algunos se limitan a dar vueltas a la manzana y otros siguen y siguen hacia delante, hacia donde sea. Siempre con la sonrisa en la boca, el cuerpo erguido. Según ha podido observar Fran, todos llevan un móvil, una cartera, y a veces relojes caros, o joyas en el caso de las mujeres.
Nunca hay revueltas o violencia como la esperarías. Todo parece indicar que lo único que hacen para volverte como ellos, es hablar: convencerte de algún modo. Te siguen y hablan entre dientes. Si pueden te pasan un brazo por los hombros. Y cada vez hay más. Todos iguales, felices en apariencia, brillantes. Se puede deducir que ha dejado de haber servicios como el de la información, la electricidad o el agua, porque quienes se encargaban de dichas tareas ahora están demasiado ocupados en sonreír y reclutar nuevos Sonrientes. Además, cada vez parece haber más de los que llevan maletín. Se puede ver también a alguno de vez en cuando parado en una esquina, hablando por su móvil. Aunque teniendo en cuenta que todos los servicios se han caído, lo que deben hacer es disimular; en todo caso hablan y hablan y sonríen y asienten, como si el interlocutor estuviera dando un auténtico recital.

Esther cayó en una profunda depresión justo al morir su padre, que ese día sólo estaba de paso en casa para regalarle a su hija su colección de sellos. El hombre murió por la noche, pero a mediodía ya habían comenzado a pasar cosas en la calle; fue cuando comenzó todo. Vieron cómo todos abajo hablaban entre ellos, se abrazaban, y algunos comenzaban a andar ya con la pertinente sonrisa. Los coches se paraban y la gente salía de ellos. Todos los Neosonrientes comenzaron a invadir las tiendas de ropa. La agresividad común que hace que te pongas alerta no se producía en ningún caso si te cruzabas con uno. Y cualquiera que se detuviera un minuto a conversar con ellos, se unía a ellos. Mucha gente, entonces, a pocas horas de ver semejante espectáculo de supuesta felicidad en los rostros de la calle, decidieron salir de la ciudad. No sabían bien el qué, pero había algo que no funcionaba. Era como ver una luz cegadora en el cielo por la noche; no tenías ni idea de hasta qué punto aquello era amenazante; pero entonces veías sonreír a tu mujer de aquella manera, o a tu suegra; o tu marido quería abrazarte y te decía que le escucharas, que tenía que decirte algo muy importante.
Era obvio, algo se estaba apoderando de todos ahí afuera.

Abajo en la calle los coches que en su día se detuvieron, siguen ahí, ahora ya desvalijados y vaciados de gasolina. Es de noche. Fran y Esther están sentados en sus sillones y se miran a los ojos; más como quien mira un cuadro aburrido que como quien está enamorado. Pero en realidad, pasan por su mejor momento. Antes de llegar los Sonrientes, llevaban dos años casados; todo eran discusiones y gritos. Ahora por lo menos se ha instalado una especie de paz en el matrimonio. Parece haber un acuerdo tácito de ayuda mutua para no acabar convertidos en dos de esos zombies.
La muerte del padre de Esther también ayudó en ese sentido. Sólo se tienen el uno al otro. Tienen pesadillas en las que sonríen probándose un buen traje de chaqueta en alguna tienda. Están avisados.
Salir a la calle supone arriesgarse a la sonrisa eterna. Nadie sabe qué narices ha de pasarte por la cabeza para estar con esa mueca constantemente. ¿Qué te dicen? No es posible que se haya instalado en la sociedad una especie de comunismo emocional relacionado con la felicidad. Y además no se puede ser feliz siempre. Como mucho uno puede disimularlo.
Esther le dice a Fran que si alguna vez ha pensado en volverse como ellos. En salir a la calle y hablar las cosas; ¿crees que son felices?, le pregunta. Y Fran no dice nada. Ni tan siquiera tiene en cuenta las palabras de su deprimida esposa. Quizá, piensa, todo esto es una especie de castigo de Dios. Quizá si hubiéramos hecho las cosas de otra manera, si no nos hubiésemos conformado… Es posible que esa gente esté en el infierno, condenados a sonreír hasta la muerte mientras sufren por dentro. Porque probablemente eso no sea tan distinto a lo que hacían antes.

Al paso de los días Esther empeora. Su estado de ánimo cae a medida que el olor de su padre muerto aumenta. El agua se evapora con una rapidez pasmosa cuando los grifos no van. El cadáver es ya un blanquecino cuerpo lleno de sarpullidos propios de la descomposición. El agua apenas le cubre en un cincuenta por ciento. Entrar al baño significa vomitar bilis. Cargar con ese cuerpo es cada vez una idea más repulsiva.
Fran intenta que su mujer no pierda el juicio, pero por si acaso ha escondido los cuchillos. No hay modo de consolara. En la calle hay cada vez más gente sonriendo a la vida. Todos siguen pareciendo saludables, con sus trajes impecables y su aparatos de ultima generación. Casi todos llevan ya Ipods y otros trastos por el estilo, aunque todo parece ser pantomima. Se detienen a hablar entre ellos cada vez con más frecuencia. A medida que su mundo aumenta, los no sonrientes tienen cada vez más miedo, salen menos de casa, y entienden menos lo que pasa. Esa gente no parece hacer nada más que ir de un lado a otro, sin ningún motivo; y sólo se detienen, en teoría, para acicalarse y cambiarse de ropa, aunque todo vengan a ser otra vez trajes de todos modos.

Cada día al llegar la noche, Fran teme que Esther pueda hacer una tontería. Como tirarse por la ventana o bajar a hablar con alguien. Por la noche hay menos sonrientes, pero los hay; en el silencio, si abres la ventana puedes oír zapatos repiqueteando en la calle, pasos firmes.
Algo que Fran ha estado ocultando a su mujer, dado que ella ya nunca se interesa por el mundo exterior, es que abajo en la calle hace días que lo han despejado todo. Ya no hay coches ni caos aparente; sólo vacío. Lo cual quiere decir que hay un plan, y de momento lo único que se sabe es que esa gente no está dispuesta a vivir en un mundo sin sonrisas.

Llega la navidad, y cada vez resulta más difícil salir a la calle. Fran no sabe qué hacer con su mujer. Está tan muerta como su padre, aunque la sangre siga bombeándose dentro de ella. A veces lo de la vida y la muerte sólo está sujeto a opiniones.
El olor a descomposición parece más soportable ahora que el frío se ha instalado en la ciudad. Esther ha intentado suicidarse dos veces con pastillas antes de que llegara la navidad. La primera vez despertó en un charco de orina, resacosa, y poco más; la segunda amaneció inconsciente, y Fran la abofeteó hasta que volvió en sí, y luego se pasó toda la mañana vomitando bilis con sabor a antibiótico.
En nochebuena Fran abre una par de latas de atún que habían estado reservando para una ocasión especial. Abajo los sonrientes van de un lado a otro trajeados como siempre, pero con un matiz, un gorrito típico de papá Noel cada uno. Fran supone que deben felicitarse las fiestas, pero no está seguro. Decide no comentarlo con Esther mientras abre las latas de atún; y ambos procuran no pensar en el aroma agrio que se produce cuando la colonia en spray se mezcla con el olor del cadáver de un señor de sesenta años.

Se van a acostar temprano. Esther se acurruca en Fran; parece más animada, hasta sonríe en algún momento por algún comentario de su marido. Fran se duerme esa noche con una sensación de optimismo, lo cual, se da cuenta, no le pasaba desde hacía meses.

La habitación sigue oscura a las diez de la mañana, las persianas en esa habitación nunca se abren. Cuando Fran despierta y se da la vuelta para tocar a Esther, ésta no está.
Donde sí están abiertas las persianas, y las ventanas, es en la sala de estar. Sigue apestando bastante, pero la cuestión del olor ha mejorado considerablemente. El piso se está aireando. Y cuando Fran abre la puerta del lavabo, el padre muerto de su mujer ya no está.

Comienza a caminar de un lado a otro, sin saber muy bien qué hacer. Si sale a buscarla… no, no puede salir a buscarla. De hecho, lo único que puede hacer es darla por perdida. Ya es sorprendente que haya podido levantar el cuerpo de su padre y bajar a la calle. Pero la posibilidad de que se haya librado de los sonrientes no es más que una utopía.
Dada su indecisión decide sentarse unos minutos en su sillón de orejas, y disfrutar de la nueva situación olfativamente estable. El sol entra poderoso en la estancia, ajeno a todo. Fran se queda mirando al bloque de pisos de enfrente. Se le están quedando las manos y la orejas heladas, pero sus pulmones se hinchan agradecidos por primera vez en mucho tiempo.
Para su sorpresa, justo cuando ha decidido levantarse para cerrar la ventana y hacerse a la idea de su nueva vida en soledad, alguien llama al timbre.
Al principio reacciona con emoción; su mujer lo ha conseguido, ha vuelto. Pero a los pocos segundos puede oír que hay más gente tras la puerta.
Decide observar por la mirilla. Y en efecto, es Esther; pero va acompañada de dos hombres. Los dos con sus respectivos trajes. Las risas. Gomina. Y su mujer lleva una una chaqueta elegante abotonada y una falda; va maquillada, parece que hasta se ha cortado el pelo, o como mínimo se lo han peinado de otra forma.
Al principio Fran no quiere hablar.
– ¿Cariño? – llama Esther -. Sé que estás ahí. Abre la puerta, he venido con dos amigos. Y quieren conocerte. ¿Verdad, compañeros?
E ipso facto se oye primero una voz:
– ¡Por supuesto!
Y luego otra:
– ¡Estaríamos encantados!
Fran vuelve a observar por la mirilla, y ve cómo los tres sonríen mirándose entre ellos. Sólo debo esperar, piensa. Y se irán.
– ¿Cariño?… ¿Por qué no abres? – insiste Esther.
– Sabemos que estás ahí, amigo – dice uno de los dos acompañantes -. Tenemos que hablar contigo. Contarte una historia…
– Fuera de aquí. No voy a abriros… – suelta Fran finalmente.
– Vamos, cariño… – dice Esther -, seguro que hay una forma de solucionar esto.
– Qué es lo que hacéis… ¿Cuál es vuestro plan?
– Oh, cariño… Nunca te has sentido igual. Tienes que probar esto. Unirte a nosotros. Hasta te hemos traído un traje a medida. Y un móvil de última generación.
Fran mira por la mirillla. Uno del los dos hombres levanta un brazo y ve el traje plastificado. Es verdad. Después se saca un móvil del bolsillo y lo muestra.
– Sólo déjanos hablar contigo un momento, amigo – dice el hombre -, pruébate el traje. Seguro que con él puesto lo ves todo de otra forma.
– No. Marchaos – dice Fran, con voz neutra.
– Vamos, amigo – dice el otro tío -, para hacer esto necesitamos mirarte a los ojos.
Los tres siguen ahí fuera, con esa mueca, sin moverse, esperando.
– ¿No podéis decirme lo que sea desde ahí? – pregunta Fran.
– No – contestan los tres al unísono.
-Muy bien – dice Fran -, pues qué coño vendéis. Convencedme para que abra la puerta. Si podéis.
La situación se alarga más de lo que Fran quería. No parecen dispuestos a irse fácilmente.
– ¿Por qué no cedes? – dice uno de los hombres -. Todo el mundo cede. Supongo que ya has visto lo que pasa, por la ventana. Todos sonríen. Todos son felices. Por qué no quieres ser como ellos.
Pausa. Fran carraspea. Nota unas ganas irrefrenables de llorar.
– Sonreís – dice -, pero creo que no sois felices. Creo que sólo sois víctimas. Aunque no sé aún de qué.
– Pero colega – dice el otro hombre – debes sonreír a la vida, es la única forma de que las cosas comiencen a irte mejor.
– No puedo fiarme de vosotros. Sois pura fachada. Lleváis móviles que no podéis utilizar, por dios… El panadero del barrio lleva tres meses dando la vuelta a la mazana como un imbécil. ¿Qué se supone que sois?… ¿Eh?
Pusa.
-Te haces demasiadas preguntas – dice el que sujeta el traje -. Ahora nos vamos. Volveremos cuando comiences a desesperar, amigo. Se te acabará la comida; dejarás de poder seguir viviendo a tu antojo en uno u otro momento. Y entonces volveremos. Y nos abrirás la puerta. Sonreirás a esta vida quieras o no. Y lo harás a nuestra manera… El Sol que conoces se apaga, amigo. Ya quedan muy pocos como tú. El final está cerca a cierto nivel. Se ha terminado la magia. El sistema funciona. Pronto volveremos a vernos.

[En el video, videoclip de Bjork que he descubierto recientemente, realizado por Michel Gondry. El tema es un trallazo, y Gondry, como siempre, a la altura. Y abajo en la foto, documento de gran valía. La insistente Mila Kunis con el gran Christopher Mintz-Plasse, el ya mítico Mclovin de “Supersalidos”, película que alguna vez tendré reivindicar en serio. Fijaos la cantidad de detalles que se desprenden de la foto; una instantánea en la que podemos observar dos carismas muy diferenciados; tanto que casi perecen seres de planetas distintos. En fin, Google imágenes a veces te da estas pequeñas diversiones.]

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Rojo color carne

De entrada la imagen es borrosa; o más que borrosa indefinida. Al conseguir enfocar, veo que hay una mujer sentada en una mecedora. Es esa chica de “Anatomía de Grey”. La chica rubia que llora tan bien, que ríe tan bien. Que folla tan bien en las fantasías masturbatorias. O que casa tan bien dentro de una iglesia o un juzgado diciéndote sí. Ese bombón catódico… Al final incluso doy con su nombre: Katherine Heigl.
La mecedora apenas se mueve. Ella lleva puesta la ropa que llevaba mi abuela el día que murió de un infarto delante de toda la familia. Tiene entre sus brazos un bebé arropado con una manta rosa. Le da la teta. Pero desde donde estoy no puedo ver al niño.
Cuando me acerco, ella misma se ofrece a enseñármelo. Sin decir nada, aparta la mantita y se guarda la teta izquierda en la blusa de mi abuela.
Y el bebé es rojo. Pero no ese rojo de cuando alguien embadurna a su hijo de pinturas en carnaval. El bebé no está disfrazado de diablo. Tiene los ojos amarillos. Al abrir la boca para llorar, todo son encías y babas y leche materna. Y tiene colmillos.

Alguien dice por internet que su actriz porno favorita ha muerto suicidada al ingerir una sobredosis de Tylenol. 28 años.
Me salta esa noticia por todas partes nada más encender el ordenador a las ocho de la mañana. Anastasia Blue es rubia, y en sus instantáneas de viva tiene los ojos claros, bastante separados; tiene unos labios finos interesantes, y todo lo demás es photoshop por doquier. En todas la fotos alguien intenta que la chica parezca una muñeca hiperrealista . Su rostro peculiar la salva un poco de los fotógrafos, la iluminación y el habitual maquillaje porno tu-cara-no-importa.
Me duele el estómago. Ahora cada mañana me despierto tenso después de tener mis habituales pesadillas… mis típicas pesadillas con celebridades. Y nunca son sueños eróticos. Todos son absurdos, con un deje desagradable. Y aunque no me preocupen y siempre haya pensado que Freud era sobre todo un farsante, no por ello me hace puta gracia no poder dormir sin más. Tengo una memoria privilegiada, y no es como para reírse.

Las chicas de los sueños siempre son actrices, siempre de las de tirar cohetes físicamente hablando; monumentos a la masturbación; estandartes de lo inalcanzable con barrera idiomática, y a menudo domicilio palaciego al otro lado del charco.
En mi piso hay espacio apenas para cuatro útiles mobiliarios, un lavabo y un dormitorio sin ventanas. Pero en mi cabeza la extensión de fantasía y gilipolleces inútiles no parece tener fin. Mi subconsciente debe estar a reventar de ideas sin sentido. Mi lavabo no hace más que tragar semen desperdiciado. Aquí un psicólogo con toda la información quizá pondría enseguida una excusa para largarse. Un cura al uso, conociéndome, podría quizá -y digo quizá- llamar a refuerzos para atarme a la cama. Y mi última novia hace mucho que me dejó. Tres años de relación. No supo poner una buena excusa, aunque la tuviera; pero creo que simplemente prefería a alguien con quien poder discutir sobre el color de las cortinas, cosas así; y yo no daba el perfil. Ni siquiera tengo cortinas; sólo hay una ventana, en el comedor; y aquí dentro no hay nada interesante que ver para los ignorantes individuales.

Lo que dificulta mi integración en la sociedad de la ignorancia individual, son los secretos. Mi secreto: una fuente de excusas imbéciles que hacen que a la larga nadie se de fíe de mí. Tengo un trabajo aburrido de funcionario alienado que, aunque es un trabajo de verdad, funciona más como tapadera.
Salgo cada día de la oficina poco después del mediodía. Y entonces comienza la jornada de verdad. Por suerte ahora estoy solo y ya no tengo que inventar excusas sobre por qué he llegado tarde a casa; o por qué tengo esas manchas extrañas en la camisa, como de baba.

Una vez de pequeño estábamos mi familia y yo viendo la tele una noche, una película. Yo debía tener seis años. Y de golpe una de las sillas de la sala de estar se arrastró por toda la estancia. Sola; o eso creían mis padres, que no volvieron a presenciar algo así nunca, y acabaron olvidándose del asunto.
Fue la primera vez que vi a un supraterrenal. Pero mi abuela, en aquel entonces ya con nosotros, estaba harta de ver a esos bichos. La cuestión era que, no hay muchas personas Lúcidas, pero en mi familia había dos. Mi abuela me acostó ese día y me preguntó que si yo había visto algo, y que si era así tenía que presentarme a unos señores; entre todos, me dijo, me ayudarían a sobrellevar mi don.
La única ventaja de poder ver a los demonios supraterrenales, es que ellos no pueden poseerte. Lo cual te convierte en una amenaza para ellos. Lo cual, cuando creces, puede acabar convirtiéndote en lo que ahora soy yo.

Existen videos muy útiles, puedes ver muchos en youtube; hay personas que dejan su cámara puesta mientras se van a trabajar porque han oído ruidos en casa por las noches, quizá hasta han visto cosas moverse, adornos caerse al suelo, portazos, etc. Y lo que casi nadie está dispuesto a creer, es que gran parte de esos videos con objetos moviéndose, lamparas balanceándose y televisores y radios que se ponen y se quitan solos, son auténticos.
Hay tipificadas dos clases de personas: los Lúcidos y los Ignorantes Individuales. Los Lúcidos son los que pueden ver. Y los Ignorantes Individuales son el resto; ellos son las personas que no están dispuestas a creer en absolutamente nada que no sea ellos mismos. Objetos que se mueven solos, luces en el cielo, fantasmas, demonios, exorcismos… todas esas son cosas que ellos siempre querrán justificar de uno u otro modo, sean reales o no, y hayan visto lo que hayan visto. No hay lugar para la duda en ellos. La negación es la mejor aliada de quien sólo mira por sí mismo. Son personas que, al tiempo que son capaces de perfeccionar un egoísmo y mezquindad brutales, siempre están justificándose. Los ignorantes individuales son herméticos a todos los niveles, y el suelo que pisan es lo único importante para ellos, lo único real.

Capítulo aparte merece la Iglesia. En cuyo círculo social también hay dos grupos: los curas al uso y los deuterocanónicos. Estos últimos adoptaron el nombre de los libros que no forman parte de la Biblia hebrea, pero que fueron incorporados en el canon católico. Entre dichos libros hay algunos dedicados a los demonios supraterrenales; y de una forma clara aunque concisa, dan por supuesta la existencia de un Diablo que los gobierna. Están por tanto los curas al uso, que dicen creer en Dios y prefieren no pronunciarse sobre nada más. Y los deuterocanónicos, que son los que me aconsejaron de niño y me reclutaron de mayor. Es decir, los curas Lúcidos.

De joven leía los cómics de Constantine, John Constantine, una especie de cazademonios con gabardina, fumador empedernido; un antihéroe de cine negro metido en un contexto bíblico moderno.
Durante unos años quise convertirme en alguien así, alguien a quien la gente llamaría para que les resolviera sus inexplicables problemas. Yo sería uno de los héroes que mandaría a los demonios de vuelta al infierno, de forma rutinaria, con todo el atractivo que eso debería darme.
Pero la realidad era bastante distinta. La primera vez que tuve que exorcizar un edificio, era una Iglesia. Yo esperaba ir a casas normales, encontrarme con padres asustados y sus atractivas hijas. Pero raramente es así.
No hay aún teorías sólidas sobre el origen de los demonios que campan entre nosotros. Pero la explicación más lógica hasta la fecha es la de los Repudiados. Los repudiados serían las personas a las que se les negó la entrada al cielo, y ahora prefieren vagar que ir al infierno. Según las escrituras de la Biblia satánica, los hijos del Diablo no tienen ningún deber o motivo para arrepentirse, y si quieren pueden manifestarse entre los vivos.
Así que mi primer día como Cazador fui a aquella Iglesia y vi a aquellas dos criaturas moviéndose por el techo como cucarachas. Todos tienen un aspecto similar, como los seres humanos que fueron pero menguados de altura, extremadamente delgados, con la piel roja y los ojos amarillos; y con la habilidad de subirse por las paredes y recorrer techos sin problemas. Sin olvidar que no son mortales; sólo son mercancía. Almas descarriadas que hay que escupir hacia el infierno.
Aquel día entré con mi hábito blanco y una cruz de madera colgada al pecho. Limpiar edificios no es una tarea especialmente difícil. Las dificultades llegan cuando uno de esos cabrones ocupa un cuerpo vivo. No sabemos cómo se manifiestan para poder volcar objetos o en definitiva intervenir en un mundo que ya no les pertenece. Pero lo hacen.
Leí en voz alta en mi penoso latín. Leí textos sin parar de libros deuterocanónicos. Sólo era una cuestión de tiempo. Supe días antes que aquellos demonios fácilmente podían haber sido dos curas de aquella misma iglesia. Dos casos sonados de pederastia que trascendieron a los periódicos, e hicieron que aquella primera experiencia mía con el exorcismo fuera de lo más extraña. A mí no me habían dado la posibilidad de ser ateo, y aquel día, a mis veinte años, comencé a pensar con detenimiento en las charlas y contactos que había tenido con los sacerdotes de niño.
Al cabo de dos horas de rezos, la Iglesia volvió a la paz. Dormí una noche en ella, para asegurarme de no volver a ver demonio alguno.

Volviendo al hoy, al presente, después de toparme con la noticia de la actriz porno, tengo que enfrentarme con mis ocho horas de funcionario. El ambiente en el trabajo consiste en aguantar a un montón de ignorantes individuales de los que presumen de trabajo fijo y lloran en secreto. Gente que a menudo acaba haciendo cosas por las que en un futuro podría acabar enfrentándome a ellos en una tarde de caza.
Me ronda por la cabeza el tema de la tal Anastasia Blue. En el mundo del porno -y en el del cine en general- suelen producirse muchos casos de conversión a lo supraterrenal. Obviamente todas las actrices porno van al infierno, y más si se han suicidado (consultar la Biblia). Y aunque yo no siempre esté de acuerdo con la política postmortem del sistema religioso, siempre acabo pringando con sus consecuencias. No somos muchos cazadores en el mundo. No sería la primera vez que tengo que coger un avión para acabar poniendo excusas al día siguiente por no poder ir al trabajo. Por suerte, si se desatara lo que los curas deuterocanónicos llaman la Inmigración Supraterrenal, podría pedir una excedencia. Ese tipo de Inmigración conlleva la posibilidad de que el infierno se mude por completo a la tierra de los vivos, en pos del liderazgo del Diablo. Con lo cual de un día para otro, como quien dice, dejaría de existir el ateísmo.

En el trabajo hoy no hay trabajo. Es uno de esos días de disimular delante del ordenador. A menudo trasteo en páginas porno; los videos que hay en ellas a veces son muy reveladores. Si tienes la capacidad de ver, puedes toparte con supraterrenales en algunos de esos videos, en películas y hasta en anuncios. Si la cámara hace un contrapicado no es extraño ver uno de ellos encaramado en el techo. Dado que tampoco es algo habitual, si hace poco que el video se grabó y el caso es dentro del país, es muy fácil que me llamen a mí para resolver la papeleta. Así que mientras la gente normal se masturba con internet, yo no hago más que escudriñar las grabaciones y buscar después la fecha de la publicación del video de marras. En cualquier entorno relacionado con gente que se drogue o se suicide o similares (es decir, en casi cualquier sitio), existe la posibilidad de una presencia extraña. No digamos ya las casas en las que ha habido asesinatos o historias turbias. Cuando tu perro se ponga a ladrar como loco mientras mira ese rincón vacío de tu casa, comienza a rezar. Y en serio, no es una forma de hablar.
Los animales ven, todos. Son de gran ayuda. En todas mis misiones me acompaña Caín, que antes era perro policía, y ahora me ayuda en mi tarea. Él no sólo puede ver a esos cabrones; también los huele, y enseguida tira de la correa hasta llevarte a la habitación correcta.

Mientras transcurre el día se va disipando poco a poco mi dolor de estómago. Lo físico deja paso a lo psicológico. Moriré solo, seguro; nunca puedo apartar ese pensamiento de mi cabeza. He recibido varios mensajes al móvil, el mismo repetido varias veces. Hay una iglesia cercana: un supraterrenal de nivel 3. Los clasificamos del uno al cinco según el tamaño. Preguntamos si se desprende baba de ellos; sólo pasa con los demonios bebé (sólo van al infierno los niños violados por adultos). Deducimos sus formas según los destrozos que la gente nos describe por teléfono, o según el nivel de deterioro de la persona poseída. Los mensajes me llegan directamente desde Roma. Cada vez que sucede me siento especial, y cada vez me da un vuelco el corazón. No puedo dejar de pensar en Katherine Heigl, en Freud. La Iglesia está a unos doscientos kilómetros. Supondrá toda la tarde ocupada, llegar tarde a casa y volver a tener pesadillas.
La única chica de la que estuve enamorado se cortó las venas cuando tenía diecisiete años porque comenzó a gobernarla un nivel cinco. Deduce el resto. Mi vida no ha sido más que imitaciones, piel muerta de la vida que podría haberme hecho feliz. No me gustan las segundas oportunidades si las primeras parecían las buenas.

Al salir de la oficina me meto en el coche y me dirijo directamente hacia la iglesia de turno. He preferido no investigar casos de pederastia por la zona. Me vienen a la mente ciertas conversaciones del pasado con psiquiatras infantiles. Parece ser que trabajo para dos sistemas llenos de mierda hasta arriba. No sé qué se debe sentir al ser poseído, pero no creo que sea muy distinto a esto. No hago más que contactar con fuerzas del mal, y Dios aún no me ha dado ninguna prueba sólida de su existencia. Me siento como si estuviera siempre comiendo bichos en una isla desierta por si algún barco viene a por mí. La mala noticia es que ya varios han pasado cerca. Me han visto. Y ninguno se ha dignado a rescatarme.

[Esta semana seguro que muchos van a ir al cine a ver la nueva de Amenábar: “Ágora”. Lo cierto es que este tipo es uno de los mejores directores de este país; pero yo, por lo que he oído de ella, tengo mis reservas (que es la forma fina de decir Prejuicios) con esta peli (que por otro lado acabaré viendo tarde o temprano). ¿Ahora que ya ha pasado el tiempo puedo decir que a mí “Mar Adentro” me parece su peor película con bastante diferencia?… Así que, como yo nunca hablo como español ni esas idioteces (estoy hasta los putos cojones de cualquier tipo de nacionalismo), lo que voy a hacer es recomendar “Moon” de Duncan Jones, película cuyo planteamiento me la pone sumamente dura; y además todo el peso de la trama lo lleva Sam Rockwell, actorazo que dicen da un recital de aquellos antológicos, solo durante todo el metraje. Así que trailer y foto dedicados a la peli americana (qué punky soy…).]

Puta (Revisión)

En según qué ciudades hay ciertos puntos de encuentro. Donde se reúne la gente. Lugares en los que la gente entra en una habitación y eso ya basta para olvidar que son unos hipócritas. No es como las sectas, porque cualquiera puede desentenderse del asunto cuando quiera. Pero aún no se ha dado el caso.
Normalmente si te capta una secta, lo hace con promesas; de que una nave espacial te va a venir a buscar para llevarte al paraíso, o te dicen que hay vida después de la muerte pero sólo para unos cuantos devotos, cosas así. Uno sólo tiene que creérselo y del resto se encarga algún elegido, los marcianos, Dios… La cuestión es que si está en tela de juicio el sentido de la vida, en algo habrá que creer. Una no puede conformarse con ver puestas de sol, la monogamia, el aire puro… Tienes que ver qué más puedes hacer para que la vida sea algo más que formar parte de otro grupo de mamíferos que se cazan los unos a los otros.

Soy mujer. Eso implica que además del hecho de no ser hombre, no voy a disfrutar de sus privilegios. Obvio, pero espera.
Tópico va: En cuanto al sexo, lo que a ellos les convierte en campeones pollilargos, a nosotras nos convierte en putas. Tópico cierto. Esto viene a cuento dada la naturaleza propia de “los clubs”. Una vez formas parte de esos clubs, ya es como haberse enganchado a la heroína. Sólo imagina que puedes entrar en una realidad paralela en la que el adulterio sólo es otra faceta de la vida, no la forma de humillar a tu pareja y ser considerada una zorra que no compra los plátanos sólo por cuestiones nutritivas. Imagina que puedes follar por ahí a espaldas de tu novio y nadie va a contar nada. Sí, te escucho, ya sé que no le harías nunca eso, que le quieres mucho, que eres católica no practicante y quizá hasta querrás formar una familia. Pero espera.
No hablo de orgías en las que todo el mundo lleva máscara. Lo que se ofrece en esos clubs es la coartada perfecta. Si vas follando por ahí a espaldas de tu pareja, tarde o temprano habrá sospechas. La clave está en el tiempo. El tiempo de más que pasa y por el que tienes que inventar excusas: que te has quedado más rato en el trabajo, que había una atasco, memeces. Eso son memeces y encima son mentiras, mentir para abrirte para otro, follarte al mejor amigo de tu novio, o formar tríos con compañeros de trabajo.

La clave está en la pornografía, en el sexo y en la relación que siempre ha tenido con la tecnología. Ya ha pasado suficiente tiempo desde que la gente se masturbara leyendo al Marqués de Sade. Antes con una foto nos bastaba para inspirarnos, pero ahora esa inspiración ya viaja hasta por la línea telefónica. De lo que aquí hablo es del siguiente paso. Porque qué sentido tiene el adulterio si luego va a destrozar tu vida. Quizá tengas hasta hijos, y no puedes parar de contar los minutos hasta que todo cuadre para poder tirarte al vecino. Y cómo vas a llevar esa vida si luego vas a tener que dar explicaciones, contar historias elaboradas de lo que hacías mientras tu amante te comía el culo. Todo eso se acabó.
Sólo piensa en cuál es una de las industrias siempre al alza. Y ahora combina eso con la posibilidad de hacer que el tiempo se detenga mientras le pones los cuernos a tu pareja, tu marido, tu vida.

Miro mi reloj y son las cinco de la tarde. Estoy de viaje con mi novio. Moscú. Estoy prometida, estamos prometidos; en serio, hasta planeamos tener hijos. Y ahora nos besamos y nos tocamos el culo y tonteamos paseando rumbo al siguiente reducto para turistas. Nos detenemos delante de un bar y le digo que voy a sacar tabaco, que me puede esperar fuera, que me espere fuera, por favor. Y él lo hace.
Confianza. Aliméntala siempre.

De lo que trata esto es de que un científico lituano dejó a su mujer hace tres años: la pilló usando la cama de matrimonio con otro. El orgullo, la monogamia, y se acabó. Se divorció de su mujer, y lo que más le dolió del asunto es que habría seguido siendo feliz de no haber visto nada. Su mujer hubiera continuado siendo perfecta con sus entrañables y aceptables defectos.
Por otro lado, cierto es que él no hubiera vuelto antes del trabajo ese día si no hubiera hecho semanas que algo olía a podrido en su vida. Basta con llegar algo antes o algo después de lo habitual a destino, y todo cuanto te empujaba a seguir madrugando todos los días se puede ir a pique. Todo se puede acabar para ti en veinte minutos, media hora, o lo que sea que tardes en follarte a cualquiera que no sea tu novio. No es tanto una cuestión de sexo como de rebeldía. Llega un punto en que no siempre vas a pensar en tu pareja cuando te masturbas; y puede que pases a la siguiente fase, que es la de directamente enrollarte con tu fantasía, de verdad, en el lavabo de una discoteca, o en el trabajo, en mitad del puto bosque, donde sea siempre que sea otro el que te la meta. Todo esto lo sabía el científico lituano. Y un proyecto que tenía entre manos podía ayudar a la ignorancia, ese estado de negación intelectual constante que es el que más eficazmente te hace feliz. Ya que no podíamos evitar la monogamia, quizá hubiera algún modo de sortearla.

Ese mismo lituano vive ahora otra vez casado, feliz, con otra rubia, y ni se sabe la cantidad de veces que se habrán puesto los cuernos el uno al otro sin que eso haya perturbado el horario o la ilusión romántica de nadie.

Es un secreto a voces el hecho de que en las ciudades que quieran presumir de modernidad, ha de haber cabinas temporales, maquinas, clubs. Hoy en día ya son autenticas habitaciones de hotel de lujo. Y puesto que gracias a ellas todo se para, eso es ideal para según qué propósitos. Pasa el tiempo que quieras dentro de esa habitación; después, antes de salir, escribe la hora que quieres que sea en el teclado que hay en la puerta, siempre y cuando no sea antes de la hora en que entraste. No puedes ir más hacia atrás de la cuenta, y tampoco puedes viajar al futuro; es como el borrador de una máquina del tiempo. No es una maravilla, pero detiene el reloj.

Vas a envejecer igual, y vas a morir, y si abusas del servicio hasta puedes tener demasiada pinta de demacrado cuando llegues a los treinta. Pero qué más da. Nadie conoce más efectos secundarios, y qué es eso en comparación a poder utilizar esas habitaciones cada vez que alguien te haga tilín; casados, solteros, no hay límite. Lo que quería el científico lituano era separar el amor del sexo de una vez. Esto es lo que algunos católicos llaman: el poder de esconderse de Dios; y es lo que nadie reconoce hacer, por el mismo motivo por el que la gente reza sin tener muy claro si lo único que están haciendo es hablar solos.

En los comienzos algunas grandes marcas se frotaban las manos con la posibilidad de forrarse con lo que muchos comenzaron a llamar: la prostitución blanca. Pero más tarde se dieron cuenta de que cobrar directamente a los clientes hacía que muchos se echaran atrás, así que lo que hicieron fue instalar cabinas en centros comerciales, en todos, normalmente en el último piso o al fondo del todo. El modo de pago tiene que ver con cierta casilla a marcar en tu declaración de la Renta, en calidad de “Servicios extra”, entre los que se incluyen también otras cosas supuestamente necesarias, que justifican la posibilidad de no tener por qué conformarte con el muermo en que se ha convertido tu pareja. Por muy religiosa que seas, o por muy enamorada que estés. Aunque seas mujer. Tú vas a seguir siendo una puta y ellos gigolós, pero por lo menos ahora el estado te va a guardar el secreto. Mucha gente nunca ha estado tan contenta de pagar impuestos.

Cuando llegas al lugar, adonde sea que están alineadas esas máquinas que alguien comenzó a llamar clubs, ves a gente haciendo cola, con gafas de sol o hasta disfrazados con prótesis baratas de barriga o pómulos. A las chicas les basta con ponerse una peluca y gafas de sol. A cada minuto entra alguien en la cabina, y los que salen en otra línea temporal lo hacen sudorosos y en busca de una máquina de tabaco o un McDonald’s para dar credibilidad a sus mentiras, para volver con sus amorcitos. Al salir nunca ves las mismas personas haciendo cola que cuando entraste. Lo cierto es que algo no cuadra, pero da igual si la gente permanece feliz. No pienses tanto en personas como en votantes potenciales.
Con todo, esto se ha convertido en la versión moderna de que te vean entrando en un puticlub. Toda esa gente que dice haber salido a por tabaco, o al videoclub o lo que sea, prefieren nos ser vistos. Aunque luego vayan a salir de la maquina con tiempo. Aunque nadie sepa muy bien de qué va todo esto. O si estamos cambiando algo, o qué estamos cambiando. Aunque no sepas qué va a ser del novio o marido que has dejado esperando, poco te importa si al salir de allí todo sigue igual en casa, poco importa si para la persona que se ha creído que ibas a hacer un recado no han pasado más de diez minutos. Ahora el narcisismo es esto. La ignorancia sigue siendo la felicidad. Y las posibles consecuencias de lo que hagamos jamás nos han importado. Esto podría ser la versión moderna de tirar una botella de cristal en el bosque. La pregunta es si luego podremos estar tranquilos y en casa viendo el incendio por la tele.

Hay quien dice que en algún lugar ya hay una máquina del tiempo con cara y ojos, con la que poder viajar doscientos años atrás, o poder ir a verte a ti mismo dentro de veinte años. Pero sólo son habladurías. Y de poder elegir entre viajar en el tiempo y el sexo, la gente seguiría prefiriendo el sexo. Pocas veces se ven comités de empresa tomando decisiones en los clubs, trabajando a tiempo parado para poder solventar problemas cuanto antes. O a políticos. Sólo de vez en cuando se ve algún chico entrando en una máquina con libros y apuntes para estudiar. La fama que tienen las máquinas impide que la gente haga mucho más que follar en ellas. Y en cuanto a los mandatarios mundiales, no ven dónde está el riesgo. O bien: miran hacia otro lado. O bien: las drogas siguen siendo ilegales, las prostitutas un feo mobiliario urbano, y los mendigos unos tocapelotas. Política, aliméntala siempre.

Ahora la nueva versión de ver un ovni o un fantasma, es que alguien viera salir a un monstruo de un club mitad humano mitad mosca. A nadie le asustan ya conceptos como “desmaterialización” o “agujero negro”. Y si pasa algo, o ha pasado, de todos modos las estadísticas de desaparecidos siguen siendo las de antes.

Hay asociaciones contra los clubs, gente que dice que los gobiernos de este mundo ya han jugado lo suficiente a ser Dios. Que un proyecto de máquina del tiempo pueda hacer que tus días tengan veintisiete o treinta horas sólo puede ser un invento del Diablo. Eso dicen. Y se reúnen en descampados y queman electrodomésticos y ordenadores mientras alguien reza en voz alta.

No olvides poner tu reloj en hora cuando salgas de una máquina. Ahora no sólo te pueden ver llamadas extrañas al móvil o mensajes; ahora tu pareja tampoco puede encontrar tu reloj de pulsera dos horas adelantado. El sigilo se ha puesto de moda como nunca; disimular, excusarse con estilo; todo eso que antes mucha gente presumía ver en tu cara, pues bien, ahora esos tics que te convierten en adultero ya no indican nada, todo son acusaciones gratuitas. El porcentaje de divorcios está cayendo en picado. El nuevo concepto de felicidad consiste en no tener largas conversaciones, que nadie saque a colación el tema, que lo que todo el mundo tiene en la cabeza sea eso que sólo hacen los demás, esos cabrones adúlteros, esas zorrillas. En cuanto a ti, tu pareja, tu grupo de amigos, bueno, vosotros pasáis de eso. Sois más maduros que eso.

Mi novio quiso venir a Rusia por lo mismo por lo que todas las personas se llevan a su pareja de viaje hoy en día. En tu ciudad ya tienes controlados los clubs, sabes dónde ir. Sin embargo, en el extranjero, la cosa se complica, la monogamia se acentúa, y cuando tu pareja ya no es más importante para ti que tu ropa o tus manías, no ves el momento de cepillarte a otro. Y él lo sabe, sabe eso de mí. Pero no quiere dejarme.
Soy demasiado “lo que buscaba”; soy muy “apropiada”, según sus padres. Tengo “futuro”, un buen trabajo, soy considerada, y una futura madre estupenda. Y tanto él como sus adorables progenitores ya saben que hoy en día unas cuantas canitas al aire ya no desmontan casi ninguna familia. Hacer la vista gorda ya es algo tan fácil que a la gente ahora le da mucha más pereza “comenzar de nuevo”, “rehacer sus vidas”. Lo único que tengo que hacer es esperar a que él también se anime, se cuele algún día por alguna compañera de trabajo, o simplemente note que ya no pongo ningún entusiasmo al hacer el amor con él. Como todo, absolutamente todo, esto es sólo otra vez cuestión de tiempo.

Mi objetivo ya dentro del bar es salir por la puerta trasera. En la calle paralela a ésta hay un club en un sótano. En la entrada de una de las habitaciones ya me debe esperar Iván.
Iván es un antiguo compañero de universidad al que siempre quise follarme hasta reventar. Pero nunca lo hice, nunca pude, era más tímida, etc.
Hace cuatro días nos encontramos en Madrid. Y bueno, él también venía a Moscú con su novia, e hicimos planes. Qué puede haber más excitante que montártelo con otro en el extranjero. Otro polvo histórico mientras tu pareja te ve salir a los tres minutos de haber entrado en el bar.
Al entrar, miro al suelo y camino rauda hacia la parte de atrás. Pero cuando ya estoy a punto de salir, veo algo en la tele. Todos en el bar miran con atención, nadie habla. En algún programa están entrevistando al lituano, el científico. Todo el mundo observa sin pestañear porque nunca ha dado ninguna entrevista. Porque mañana lo que sea que diga será la cabecera de cualquier telediario que se precie. Le digo al camarero en inglés que soy española, que si alguien me puede traducir, que tengo curiosidad. Pongo cara de buscona. Estando cerca de algún club cualquier hombre hará lo que sea por ti. Por suerte enseguida me entiende, da un silbido y un tipo alto y rubio se acerca. Le sonrío.

El científico dice que no tiene por qué dar explicaciones que nadie entendería. Que prefiere que le pregunten sobre su vida privada. Sobre su nueva mujer liberal y liberada, y sobre el bebé que esperan. El tío tiene un bronceado de esos que sólo se consiguen teniendo espacio en casa para una máquina de rayos uva. Sonríe a la más mínima ocasión y se jacta de que nadie puede condenarle por su invento, nadie puede caer en ese error hipócrita y alarmista. Porque muchos de los que le acusan se aprovechan de su logro. El científico viene a decir: “arrodillaos y seguid chupándomela”. Es más, o mejor dicho: ahora todo el mundo puede mentir, por tanto ya no hay personas íntegras, sino sólo personas que lo parecen. Ya no se pueden hacer distinciones.
El entrevistador pone cara de circunstancias y objeta que si no teme que esto se pueda torcer de algún modo, que qué piensa de todos esos que dicen que quiere sustituir a Dios. Entonces el tipo borra su sonrisa socarrona y mira a cámara. Dice que no tiene por qué torcerse nada, y que en todo caso no sería culpa suya. Dice que la culpa sólo la tendría una persona. Alguien que en su día se comportó como una puta. Como, para quien crea en nuevas versiones de viejas historias, la nueva Maria Magdalena. A ella, dice, es a quien habría que agradecerle el apocalipsis del que muchos hablan. Y dice:
– Porque yo sé más de lo que creéis, y aunque no vaya a contar nada, tenían razón los que decían que el futuro estaba en las mujeres.

[El otro día vi REC 2 en el festival de Sitges y podría escribir una especie de crítica DEFENDIÉNDOLA. Pero como todo el mundo está escribiendo sobre el festival, yo me iré un poco por los cerros… Viene hablándose del nuevo proyecto de Darren Aronofsy, ese tío que además de haber hecho dos o tres de las películas más importantes de los últimos años, encima está con Rachel Weisz. Se comenta que para su nueva película va a reunir a Natalie Portman y Mila Kunis; que es algo así como meter cien toneladas de mentos en una botella gigante de Coca-cola. Vamos, un espectáculo que no pienso perderme. Arriba he puesto un video de Mila (ahí donde la veis, dobla a Meg en el doblaje original de “Padre de familia”, por si le faltaba un toque picante…), una especie de musa (otra más) de este blog, incluso convertida en el anticristo unos relatos más abajo. Atención a la entrevista (promoción de “Max Payne”, peli floja floja…), en la que a esa escasa distancia de ella el tipo parece hacer las preguntas y sujetar la cámara a la vez. Felicidades colega, casi no te tiembla el pulso. Abajo he decidido poner una foto de Natalie Portman que me ha hecho gracia, con ese encuadre tan a lo facebook.]natalie-portman-20070917-312693