Sonreír a la vida

Esther cuenta siempre los sellos que tiene su padre muerto en el álbum, y siempre convencida de que falta uno. Rompe a llorar cada dos o tres páginas, y deja de hacerlo al tragarse cada antidepresivo. Igual podrían ser pastillas de azúcar; las drogas a veces sólo actúan como placebo, aunque igualmente puedan matarte por sobredosis.
Fran abre las persianas del piso de vez en cuando, para ver cómo están las cosas. Por las noches él y Esther tienen largas conversaciones. Hace tiempo que no hacen el amor, hace falta cierta base de excitación sólo para quitarse la ropa, y nunca están ni cerca de ello.

En la sala de estar tienen dos sillones de orejas tapizados. Puestos uno enfrente del otro. Y Esther ojea el álbum mientras Fran la observa. Hace meses que no hay electricidad. Salir a la calle sólo es factible cuando el hambre aprieta. No hay caprichos posibles. Hasta el agua hay que salir a buscarla.
En la calle cada vez hay más basura. Nadie sabe qué pasará cuando se acaben los suministros en los centros comerciales. Nadie quiere aceptar la idea de tener que irse de casa.
El padre de Esther murió de un ataque -suponen que del corazón- y Fran lo metió en la bañera y la llenó agua. Enterrarlo supone caminar unos doce kilómetros con el cuerpo a cuestas. Nada de coches, nada de transporte público ni de altruismos. Hay Sonrientes por todas partes, y rompen a caminar hacia ti a la más mínima.

Nadie sabe bien qué les pasa. Al final, la que se te viene encima es la que menos te esperabas. Fran acostumbra a observar por la ventana para ver si uno de ellos se acerca al portal o intenta forzar alguna puerta. Pero no parecen agresivos en ese sentido. Sólo pasan caminando a buen ritmo, con una permanente sonrisa en los labios, de las de enseñar encías. Cuando dos se cruzan, se saludan con un asentimiento y siguen su camino. Fran ha visto cómo personas que doblan una esquina siendo normales, vuelven al cabo de un rato con los dientes a la vista y el mismo andar patizambo de haber topado con uno de ellos. Todos suelen vestir con trajes de chaqueta y corbata, y con falda ellas.
Fran conocía a un tío que tenía un taller mecánico. Iba siempre con su mono manchado y su carácter arisco aunque simpático en las distancias cortas. Cuando comenzó todo, dicho mecánico fue uno de los primeros en transformarse; de un día para otro cambió el mono por un elegante traje negro, y se engominó el pelo. Su semblante serio se convirtió en esa sonrisa socarrona que lucen todos ellos, y hasta llevaba un reloj que parecía valer una fortuna.
No se sabe cuál es el objetivo de los Sonrientes, o si tienen alguno. Lo único cierto es que parecen proceder todos igual; caminan y caminan y caminan; algunos se limitan a dar vueltas a la manzana y otros siguen y siguen hacia delante, hacia donde sea. Siempre con la sonrisa en la boca, el cuerpo erguido. Según ha podido observar Fran, todos llevan un móvil, una cartera, y a veces relojes caros, o joyas en el caso de las mujeres.
Nunca hay revueltas o violencia como la esperarías. Todo parece indicar que lo único que hacen para volverte como ellos, es hablar: convencerte de algún modo. Te siguen y hablan entre dientes. Si pueden te pasan un brazo por los hombros. Y cada vez hay más. Todos iguales, felices en apariencia, brillantes. Se puede deducir que ha dejado de haber servicios como el de la información, la electricidad o el agua, porque quienes se encargaban de dichas tareas ahora están demasiado ocupados en sonreír y reclutar nuevos Sonrientes. Además, cada vez parece haber más de los que llevan maletín. Se puede ver también a alguno de vez en cuando parado en una esquina, hablando por su móvil. Aunque teniendo en cuenta que todos los servicios se han caído, lo que deben hacer es disimular; en todo caso hablan y hablan y sonríen y asienten, como si el interlocutor estuviera dando un auténtico recital.

Esther cayó en una profunda depresión justo al morir su padre, que ese día sólo estaba de paso en casa para regalarle a su hija su colección de sellos. El hombre murió por la noche, pero a mediodía ya habían comenzado a pasar cosas en la calle; fue cuando comenzó todo. Vieron cómo todos abajo hablaban entre ellos, se abrazaban, y algunos comenzaban a andar ya con la pertinente sonrisa. Los coches se paraban y la gente salía de ellos. Todos los Neosonrientes comenzaron a invadir las tiendas de ropa. La agresividad común que hace que te pongas alerta no se producía en ningún caso si te cruzabas con uno. Y cualquiera que se detuviera un minuto a conversar con ellos, se unía a ellos. Mucha gente, entonces, a pocas horas de ver semejante espectáculo de supuesta felicidad en los rostros de la calle, decidieron salir de la ciudad. No sabían bien el qué, pero había algo que no funcionaba. Era como ver una luz cegadora en el cielo por la noche; no tenías ni idea de hasta qué punto aquello era amenazante; pero entonces veías sonreír a tu mujer de aquella manera, o a tu suegra; o tu marido quería abrazarte y te decía que le escucharas, que tenía que decirte algo muy importante.
Era obvio, algo se estaba apoderando de todos ahí afuera.

Abajo en la calle los coches que en su día se detuvieron, siguen ahí, ahora ya desvalijados y vaciados de gasolina. Es de noche. Fran y Esther están sentados en sus sillones y se miran a los ojos; más como quien mira un cuadro aburrido que como quien está enamorado. Pero en realidad, pasan por su mejor momento. Antes de llegar los Sonrientes, llevaban dos años casados; todo eran discusiones y gritos. Ahora por lo menos se ha instalado una especie de paz en el matrimonio. Parece haber un acuerdo tácito de ayuda mutua para no acabar convertidos en dos de esos zombies.
La muerte del padre de Esther también ayudó en ese sentido. Sólo se tienen el uno al otro. Tienen pesadillas en las que sonríen probándose un buen traje de chaqueta en alguna tienda. Están avisados.
Salir a la calle supone arriesgarse a la sonrisa eterna. Nadie sabe qué narices ha de pasarte por la cabeza para estar con esa mueca constantemente. ¿Qué te dicen? No es posible que se haya instalado en la sociedad una especie de comunismo emocional relacionado con la felicidad. Y además no se puede ser feliz siempre. Como mucho uno puede disimularlo.
Esther le dice a Fran que si alguna vez ha pensado en volverse como ellos. En salir a la calle y hablar las cosas; ¿crees que son felices?, le pregunta. Y Fran no dice nada. Ni tan siquiera tiene en cuenta las palabras de su deprimida esposa. Quizá, piensa, todo esto es una especie de castigo de Dios. Quizá si hubiéramos hecho las cosas de otra manera, si no nos hubiésemos conformado… Es posible que esa gente esté en el infierno, condenados a sonreír hasta la muerte mientras sufren por dentro. Porque probablemente eso no sea tan distinto a lo que hacían antes.

Al paso de los días Esther empeora. Su estado de ánimo cae a medida que el olor de su padre muerto aumenta. El agua se evapora con una rapidez pasmosa cuando los grifos no van. El cadáver es ya un blanquecino cuerpo lleno de sarpullidos propios de la descomposición. El agua apenas le cubre en un cincuenta por ciento. Entrar al baño significa vomitar bilis. Cargar con ese cuerpo es cada vez una idea más repulsiva.
Fran intenta que su mujer no pierda el juicio, pero por si acaso ha escondido los cuchillos. No hay modo de consolara. En la calle hay cada vez más gente sonriendo a la vida. Todos siguen pareciendo saludables, con sus trajes impecables y su aparatos de ultima generación. Casi todos llevan ya Ipods y otros trastos por el estilo, aunque todo parece ser pantomima. Se detienen a hablar entre ellos cada vez con más frecuencia. A medida que su mundo aumenta, los no sonrientes tienen cada vez más miedo, salen menos de casa, y entienden menos lo que pasa. Esa gente no parece hacer nada más que ir de un lado a otro, sin ningún motivo; y sólo se detienen, en teoría, para acicalarse y cambiarse de ropa, aunque todo vengan a ser otra vez trajes de todos modos.

Cada día al llegar la noche, Fran teme que Esther pueda hacer una tontería. Como tirarse por la ventana o bajar a hablar con alguien. Por la noche hay menos sonrientes, pero los hay; en el silencio, si abres la ventana puedes oír zapatos repiqueteando en la calle, pasos firmes.
Algo que Fran ha estado ocultando a su mujer, dado que ella ya nunca se interesa por el mundo exterior, es que abajo en la calle hace días que lo han despejado todo. Ya no hay coches ni caos aparente; sólo vacío. Lo cual quiere decir que hay un plan, y de momento lo único que se sabe es que esa gente no está dispuesta a vivir en un mundo sin sonrisas.

Llega la navidad, y cada vez resulta más difícil salir a la calle. Fran no sabe qué hacer con su mujer. Está tan muerta como su padre, aunque la sangre siga bombeándose dentro de ella. A veces lo de la vida y la muerte sólo está sujeto a opiniones.
El olor a descomposición parece más soportable ahora que el frío se ha instalado en la ciudad. Esther ha intentado suicidarse dos veces con pastillas antes de que llegara la navidad. La primera vez despertó en un charco de orina, resacosa, y poco más; la segunda amaneció inconsciente, y Fran la abofeteó hasta que volvió en sí, y luego se pasó toda la mañana vomitando bilis con sabor a antibiótico.
En nochebuena Fran abre una par de latas de atún que habían estado reservando para una ocasión especial. Abajo los sonrientes van de un lado a otro trajeados como siempre, pero con un matiz, un gorrito típico de papá Noel cada uno. Fran supone que deben felicitarse las fiestas, pero no está seguro. Decide no comentarlo con Esther mientras abre las latas de atún; y ambos procuran no pensar en el aroma agrio que se produce cuando la colonia en spray se mezcla con el olor del cadáver de un señor de sesenta años.

Se van a acostar temprano. Esther se acurruca en Fran; parece más animada, hasta sonríe en algún momento por algún comentario de su marido. Fran se duerme esa noche con una sensación de optimismo, lo cual, se da cuenta, no le pasaba desde hacía meses.

La habitación sigue oscura a las diez de la mañana, las persianas en esa habitación nunca se abren. Cuando Fran despierta y se da la vuelta para tocar a Esther, ésta no está.
Donde sí están abiertas las persianas, y las ventanas, es en la sala de estar. Sigue apestando bastante, pero la cuestión del olor ha mejorado considerablemente. El piso se está aireando. Y cuando Fran abre la puerta del lavabo, el padre muerto de su mujer ya no está.

Comienza a caminar de un lado a otro, sin saber muy bien qué hacer. Si sale a buscarla… no, no puede salir a buscarla. De hecho, lo único que puede hacer es darla por perdida. Ya es sorprendente que haya podido levantar el cuerpo de su padre y bajar a la calle. Pero la posibilidad de que se haya librado de los sonrientes no es más que una utopía.
Dada su indecisión decide sentarse unos minutos en su sillón de orejas, y disfrutar de la nueva situación olfativamente estable. El sol entra poderoso en la estancia, ajeno a todo. Fran se queda mirando al bloque de pisos de enfrente. Se le están quedando las manos y la orejas heladas, pero sus pulmones se hinchan agradecidos por primera vez en mucho tiempo.
Para su sorpresa, justo cuando ha decidido levantarse para cerrar la ventana y hacerse a la idea de su nueva vida en soledad, alguien llama al timbre.
Al principio reacciona con emoción; su mujer lo ha conseguido, ha vuelto. Pero a los pocos segundos puede oír que hay más gente tras la puerta.
Decide observar por la mirilla. Y en efecto, es Esther; pero va acompañada de dos hombres. Los dos con sus respectivos trajes. Las risas. Gomina. Y su mujer lleva una una chaqueta elegante abotonada y una falda; va maquillada, parece que hasta se ha cortado el pelo, o como mínimo se lo han peinado de otra forma.
Al principio Fran no quiere hablar.
– ¿Cariño? – llama Esther -. Sé que estás ahí. Abre la puerta, he venido con dos amigos. Y quieren conocerte. ¿Verdad, compañeros?
E ipso facto se oye primero una voz:
– ¡Por supuesto!
Y luego otra:
– ¡Estaríamos encantados!
Fran vuelve a observar por la mirilla, y ve cómo los tres sonríen mirándose entre ellos. Sólo debo esperar, piensa. Y se irán.
– ¿Cariño?… ¿Por qué no abres? – insiste Esther.
– Sabemos que estás ahí, amigo – dice uno de los dos acompañantes -. Tenemos que hablar contigo. Contarte una historia…
– Fuera de aquí. No voy a abriros… – suelta Fran finalmente.
– Vamos, cariño… – dice Esther -, seguro que hay una forma de solucionar esto.
– Qué es lo que hacéis… ¿Cuál es vuestro plan?
– Oh, cariño… Nunca te has sentido igual. Tienes que probar esto. Unirte a nosotros. Hasta te hemos traído un traje a medida. Y un móvil de última generación.
Fran mira por la mirillla. Uno del los dos hombres levanta un brazo y ve el traje plastificado. Es verdad. Después se saca un móvil del bolsillo y lo muestra.
– Sólo déjanos hablar contigo un momento, amigo – dice el hombre -, pruébate el traje. Seguro que con él puesto lo ves todo de otra forma.
– No. Marchaos – dice Fran, con voz neutra.
– Vamos, amigo – dice el otro tío -, para hacer esto necesitamos mirarte a los ojos.
Los tres siguen ahí fuera, con esa mueca, sin moverse, esperando.
– ¿No podéis decirme lo que sea desde ahí? – pregunta Fran.
– No – contestan los tres al unísono.
-Muy bien – dice Fran -, pues qué coño vendéis. Convencedme para que abra la puerta. Si podéis.
La situación se alarga más de lo que Fran quería. No parecen dispuestos a irse fácilmente.
– ¿Por qué no cedes? – dice uno de los hombres -. Todo el mundo cede. Supongo que ya has visto lo que pasa, por la ventana. Todos sonríen. Todos son felices. Por qué no quieres ser como ellos.
Pausa. Fran carraspea. Nota unas ganas irrefrenables de llorar.
– Sonreís – dice -, pero creo que no sois felices. Creo que sólo sois víctimas. Aunque no sé aún de qué.
– Pero colega – dice el otro hombre – debes sonreír a la vida, es la única forma de que las cosas comiencen a irte mejor.
– No puedo fiarme de vosotros. Sois pura fachada. Lleváis móviles que no podéis utilizar, por dios… El panadero del barrio lleva tres meses dando la vuelta a la mazana como un imbécil. ¿Qué se supone que sois?… ¿Eh?
Pusa.
-Te haces demasiadas preguntas – dice el que sujeta el traje -. Ahora nos vamos. Volveremos cuando comiences a desesperar, amigo. Se te acabará la comida; dejarás de poder seguir viviendo a tu antojo en uno u otro momento. Y entonces volveremos. Y nos abrirás la puerta. Sonreirás a esta vida quieras o no. Y lo harás a nuestra manera… El Sol que conoces se apaga, amigo. Ya quedan muy pocos como tú. El final está cerca a cierto nivel. Se ha terminado la magia. El sistema funciona. Pronto volveremos a vernos.

[En el video, videoclip de Bjork que he descubierto recientemente, realizado por Michel Gondry. El tema es un trallazo, y Gondry, como siempre, a la altura. Y abajo en la foto, documento de gran valía. La insistente Mila Kunis con el gran Christopher Mintz-Plasse, el ya mítico Mclovin de “Supersalidos”, película que alguna vez tendré reivindicar en serio. Fijaos la cantidad de detalles que se desprenden de la foto; una instantánea en la que podemos observar dos carismas muy diferenciados; tanto que casi perecen seres de planetas distintos. En fin, Google imágenes a veces te da estas pequeñas diversiones.]

Mcla_1

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15 comentarios en “Sonreír a la vida

  1. Hola Jordim,
    vengo a agradecerte tu paso por mi blog.

    La historia de los sonrientes me ha puesto los pelos de punta. Al principio me ha recordado el libro de Momo, luego la película de la Invasión de los Ultracuerpos, y al final ya, sólo he podido ver a la gente que camina por el centro de la ciudad. Es casi un retrato y una premonición.

    Me ha gustado tu blog.

    Un saludo.

  2. Hola jordim
    Vuelvo por aquí y me encuentro con otro estupendo relato.Lleno de imaginación y con unos muy buenos personajes .
    Suerte a Fran
    Un saludo no sonriente ( por si acaso)

  3. Agobia bastante, pero es bueno, me gusta. Has dejado con la intriga de lo qe pasa, pero enfin, supongo qe es para dar libertad de ideas no? jeje

    Interesante, sigue asi^^

    bss

  4. Pues sí que parecen de sistemas planetarios distintos, por lo menos!

    Tu relato, una historia tremendamente fantástica en todos los significados de la palabra, Jordim!

    Un saludo!!

  5. Joder, cuantas lecturas permite el texto… desde lo terrible que puede ser una felicidad impuesta a que realmente sean ellos los que están mal… me ha encantado 😀

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