Archivos Mensuales: enero 2010

Encuentro callejero con Marley Shelton

Desde el momento en que gran parte de tu entretenimiento se basa en la desdicha o el éxito de los demás, quizá tengas un conflicto más serio de lo que crees con tu propia vida. El moho conversacional siempre es tendencia. Me quemo apagando el ultimo cigarrillo que me queda mientras Mariví escupe en la cara de todos los no presentes con los que se reúne cada vez que cumple años o se supone que hay que celebrar algo. Hay demasiado humo en la cafetería y se me irritan los ojos. Llueve en la calle. Esta chica gesticula de tal forma, enfatiza de tal forma, que no me extrañaría que los blancos de sus rajadas estuvieran notando ahora un cosquilleo en la nuca.
– Ese tío no sabe qué coño va a hacer con su vida – susurra Mariví, como si sea quien sea de quien habla ahora estuviera sentado en la mesa de al lado. He perdido el hilo. Durante el monólogo de chica normal y respetable y todo eso que ella se esfuerza en transmitir, no puedo evitar desviar mi atención mental hacia la fantasía de un mundo menos lleno de gilipollas de su estilo; gente bienintencionada que te sonríe abiertamente siempre que no puedan comparar sus vidas con la tuya mientras no puedes oírles. Clases sociales dentro de clases sociales dentro de clases sociales. La droga más popular. Si no te puedes jactar desde un punto de vista económico, siempre puedes encontrar otros caminos para alzarte entre los demás.
La excusa más recurrente suele ser la preocupación. O aún peor, el amor. Las dos cosas sirven para destripar a quien sea sin complejos: eres moderno, abierto, sincero.
Aunque hay parte de razón en todo eso. No somos iguales. Nadie quiere eso. Yo desde luego jamás querría ser la mitad de histriónico que Mariví. Es una de esas personas que cree poder calibrar la validez de tu vida según lo que sepa de ti, sepa lo que sepa; cosa que suele atreverse a deducir a través de, por ejemplo, tu peinado.
Ahora mismo estamos esperando a su novio. Un buen tipo que lleva bufandas con trece grados de temperatura y jamás pasa por alto detalles como unos zapatos nuevos en cualquier ser vivo con el que se vea con frecuencia. Hace años tenía tiempo. Ahora nunca tiene tiempo. Los compromisos extraoficiales hacen que a menudo utilice la expresión “Tengo que buscar un hueco en mi agenda” (lo cual yo creía que era una frase hecha; pero es de verdad, con hojas…). Una agenda que por supuesto depende en gran parte de Mariví, que fue regalo de Mariví, y que no es representativa de alguien que antes de empezar a salir con ella decía que solo la quería para una cubana. No quiso saber nada de todo lo demás hasta que su hermano, tres años mayor, tuvo un crío hará unos seis meses. Somos piezas de dominó colocadas en fila al parecer, y tarde o temprano el derrumbe llega a nuestra parte del recorrido. Mi duda es, ¿cómo actúas si te sabes ficha de dominó antes de que llegue la hecatombe? Es decir, obviamente todas esas fichas forman la palabra Conformismo con letras entrelazadas. Y únicamente parte de los que conformen la letra “O” podrán ver el fin del mundo. Mi problema, en esencia, es que envidio a esos cabrones del futuro.
Mariví dice:
– Está acabado…
Pero no sé si sigue hablando de quien hablaba antes o ya ha cambiado. Lo bueno de esta gente es que sabes que es harto improbable que te hablen sobre ti mismo a la cara. Porque saben que podrías contestarles. Es una mezcla de respeto e hipocresía; es una tendencia, y quizá si esa tendencia se rompiera aceleraríamos el proceso hacia la “O”.
Aunque cierto es que mi discurso está ahora algo condicionado. Mis padres murieron hace unos meses en un accidente de tráfico. Dios no existe, pero nos quiere a todos.

El novio de Mariví se llama Alfredo: llega y tarda unos dos minutos en desembarazarse de un bolso Hermès, una chaqueta vaquera Lois, una bufanda Dolce y Gabbana, una braga negra de mercadillo, un Ipod Apple y un gorro de lana con visera Ufonyc, que es lo último que se quita. Temperatura en la calle: once grados, ni una brizna de aire. Tiene la frente perlada de sudor y cuando pasa la camarera le pide un Nestea y sonríe sin parar y besa a Mariví y me doy cuenta de que ya no le conozco.
Es la primera vez que pienso en ello. No me molesta que la gente cambie, pero echo de menos a mis amigos cuando ya no queda nada en ellos de los tipos a los que yo conocí. Cierto proceso de adaptación que mucha gente cree obligatorio puede convertir a tus amigos en competidores. Compiten entre ellos satisfechos en su propio lugar de la palabra Conformismo. Supongo que el secreto está en procurar salir de esas líneas retorcidas y soldadas. Quizá no hay mucha gente que se libre, que escape. Pero la hay.
Una ficha de dominó sola en el mundo no lo tiene fácil. Quizá tenga intereses más allá de la evolución nacimiento-trabajo-prosperidad-muerte.
A veces tengo sueños en los que una parte es vívida, muy parecida a un momento reciente ya experimentado, que luego degenera en surrealismo y ficción. Ese soy yo, prefiero la estructura voluble de las pesadillas. Es mejor que dejarse llevar por el concepto que tiene la gente de la expresión “Déjate llevar”.
Cogiendo palabras sueltas del currículum de Alfredo se podría escribir un cuento escalofriante de al menos dos páginas. Cuando ambos teníamos quince años me dijo que había pensado en suicidarse; decía que podía ver su futuro en cada mamón de cuarenta años que le rodeaba, que no quería acabar así; no por sus trabajos o sus mujeres o sus posesiones, más bien así cómo eran, con la curiosidad y la imaginación amputadas, dando consejos a todo el mundo y al segundo siguiente maldiciendo por sus vidas… Y tal y como es ahora Alfredo, ya tiene hasta el último ingrediente de esos tíos en los que no quería convertirse. No solo es así, además si le preguntas está encantado de serlo. Quizá hora también esté simbólicamente cerca del suicidio, aunque ya no sea tan valiente, lúcido, perspicaz y sincero como a los quince años.

Fuera ha dejado de llover. Alfredo y Mariví dicen que tienen que irse, que tienen que cenar con los padres de uno de los dos, o más bien con sus tíos, o quizá para ver al crío del hermano de alguien o… algo así. Yo decido quedarme. Una vez los dos consiguen acabar de envolverse con todos sus abrigos y bufandas y bragas (ella lleva incluso guantes), me siento más tranquilo. La vida tal y como la conocemos a cierto nivel de clase media, media/baja, media/alta, bien se puede resumir con todo lo que una pareja como ellos pueden decir según quién haya o no delante. Ahora mismo podría hacer cuatro o cinco llamadas y en unos pocos días pasarían de ser amiguitos de todo el mundo a tener verdaderos problemas para quedar con alguien. Por suerte yo sé actuar tan bien como ellos ante las muchedumbres a las que les pitan los oídos. El sistema de valores relacionado con la amistad y el amor que tiene todo el mundo podría colapsarse enseguida solo con sinceridad.
Se ha llegado a tal nivel de falsedad que si a partir de ahora solo se dijeran verdades éstas provocarían mucha más violencia que todas las mentiras que quedan aún por decir.

Cuando salgo a la calle, me noto muy ligero, liberado. Ha sido una tarde pesada, dura, psicológicamente agotadora. Hay gente que consigue sacarme de quicio de una forma tan sutil que solo te das cuenta una vez se han ido. Gente más moderna, preparada y guapa que tú. Fichas de dominó bañadas en oro, orgullosas de haberse caído al suelo debajo de la mesa existencial. Y que a menudo te miran como intentando ver a través de ti, sin ocultar para nada lo muy patético que puedes llegar a parecerles.
A medida que voy caminando veo cómo apenas hay gente por la calle. Cosa bastante extraña siendo viernes a una hora en la que muchos han quedado para cenar y actuar y sonreírse como si por separado se tuviesen alguna clase de respeto. Cumpleaños, encuentros vía facebook, despedidas de soltero, reuniones de ex-compañeros… Pero por algún motivo camino por una calle normalmente muy transitada que justo ahora está vacía de gente y coches. Y al fondo hay una luz. Lo que al principio me ha parecido un camión, un vehículo… Pero no, la luz está en la trayectoria de la acera. Y una figura, lo que claramente es una mujer, se acerca caminando con esa luz resplandeciente detrás.
Al tenerla casi encima me doy cuenta de que la chica es rubia; lleva un traje rojo y tacones. Pero tengo que hacerme visera porque el resplandor es demasiado molesto. Y entonces, justo cuando ella está frente a mí, chasquea los dedos en mi cara. Y la luz desparece.
– ¿No me oyes? – dice ella.
– ¿Qué?
– Que si tienes hora.
– Oh… no, no llevo reloj.
– Oh… ¿tú eres el que estaba solo en esa cafetería?
– Eh… sí.
La chica me suena. El leve estrabismo, su cara… Pero no tiene sentido que hable en castellano.
– No lo vas conseguir – me dice.
– ¿El qué?
– Salirte de Conformismo.
Caigo en la cuenta.
– Perdona…. ¿Tú no salías en Sin City? – le pregunto.
– ¿Dónde?
– Es igual…
– Como te decía, deja ya de hacer planes. O de hacer planes para hacer planes. Olvídalo. Frena. Ahora mismo podrías estar dormido al volante. Mezclas demasiado la realidad con la ficción. Todos los que forman parte de Conformismo lo saben, lo han aceptado, y por eso son felices.
– ¿Felices?
– Sí, todo el tiempo. ¿Acaso no se ve?
– Pues no.
– Está bien… otro listillo….
– ¿De dónde venía esa luz?
– ¿Qué importa? Oye… ¿aún no tienes tu ficha?
– ¿Qué ficha?
– ¿No sabes que estamos en la “O”?
La chica rebusca en su bolso, y saca una ficha de dominó. Es de las blancas. Me la da, y sin decir nada, sigue caminando. El sonido de sus tacones se mezcla con el de mi despertador.

[Creo que si me limitara a poner siempre videos de los monólogos de George Carlin, el blog ya sería bueno de sobras. No tendría mérito, pero sería cojonudo… Y abajo, Marley Shelton.]

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Jordan Atiel

En el piso de alquiler que comparten Audun y Aron, son las cuatro y pocos segundos de la tarde; por la ventana cerrada a medias entra el sol directo a los ojos de Audun, que guiña y repite sin parar que no sabe qué coño pasa con esa Jordan, pero que hace dos semanas le dio un pico al panadero de la plaza real, y el tío le ha pedido el divorcio a su mujer.
– ¿Has visto a esos viejales que llevan treinta años casados, tío? ¿Sabes qué edad tiene ese hombre?
Aron enmudece.
– Esa chica entró a comprar el pan y por lo que fuera le dio un piquito al tío, joder, ese tío… ese tío debe estar casi jubilado, con un pie en el otro puto barrio. Esos matrimonios mayores de clase media/baja no se meten en esos jardines, no me jodas…
Aron sigue callado. Jordan Atiel, la protagonista de la conversación, tiene veinte años y llegó a la pequeña ciudad de Orián hace seis meses. Vino sola y en autobús. Al día siguiente encontraron a un chico que coincidió con ella en el viaje preguntando por ella por todos lados. Decía, con la mandíbula desencajada y babeante, que necesitaba más. La gente preguntaba: ¿más qué? Tres días después, el chico amanecía muerto en las vías del tren. Según el consternado maquinista, el muchacho se estaba masturbando en medio de la vía con los pantalones por los tobillos.
– Oye, yo no digo que esa tía sea peligrosa – sigue diciendo Audun -, pero joder, obviamente no es normal.
Según declararon algunos vecinos, el chico decía que lo único que ella le hizo durante el viaje es ir sentada a su lado; que lo único que consiguió de ella fue un beso con lengua. No quería citas, no quería verle más precisamente a cambio de ese beso con lengua. Pero el chico necesitaba más.
Jordan Atiel es de complexión delgada, expresión dulce, aniñada; algo a medio camino entre las fantasías de un pederasta poco exigente y esas presentadoras de informativo demasiado jóvenes a las cuales muchos querrían ver empaladas en, por decir algo, el hombre del tiempo. Atiel no es muy comunicativa en apariencia. Nadie sabe bien a qué se dedica; algunos dicen que es prostituta de lujo, pero su historial sentimental hace que esa posibilidad sea poco probable. Se la ve ir a comprar, en la calle, a veces en alguna cafetería, leyendo, pintándose la uñas. Se comunica casi siempre con monosílabos y sonrisas de Lolita.
– ¿Y tú follarías con ella si pudieras? – dice Aron.
– Tío, no me hagas hablar, ¿la has visto?, joder… creo que sí… ¿Tú no?
El panadero no ha vuelto a aparecer, se ha ido de la ciudad. Su mujer, ama de casa desde prácticamente siempre, y arruinada, decidió ir también a darse un paseo por las vías del tren.
Atiel comenzó a salir con otro chico poco después de que su compañero de viaje decidiera hacerse trizas por ella. Poco se supo. Pasaron dos semanas hasta que no quiso verle más. Ahora, ese novio fugaz hace rebotar su cabeza contra la pared de una habitación acolchada, interno.
Según muchos, mirarla ya impresiona de un modo perturbador, un beso casto puede hacer que hagas las maletas y abandones tu vida tal y como la conoces; y un morreo con lengua puede volverte majareta como a un yonqui en su fase de máxima dependencia. Hay rumores, gente que ha visto cosas, amigos de amigos que tienen información, que la han fotografiado o hasta saludado.
– Yo no follaría con ella – dice Aron
– No me jodas.
– Que no.
– A qué coño viene eso… si tuvieras la oportunidad la partirías en dos, joder.
El siguiente hombre con el que se relacionó Jordan Atiel tenía casi cuarenta años. La abordó en un bar, se arrimaba, ya con la tienda de campaña en los pantalones. Ella estaba hojeando un periódico. Él hacía preguntas y ella sonreía o decía Sí o No, o asentía o negaba con el mentón. Y quizá porque a ella le gustó o porque quería librarse momentáneamente de él, aceptó su invitación para ir a cenar juntos esa noche.
– ¿Es que su coño tiene dientes? – dice Audun -. Son todo putas casualidades, y además la gente está pirada, ya no saben qué coño inventarse, son como programas de televisión en sí mismos, telediarios sensacionalistas con patas. Esa chica es del puto montón, te lo digo yo. Es otro yogurín y basta, una putilla.
-Tú mismo has dicho antes que te parece rara, no me jodas…
Durante la cena con aquel tipo, todo el mundo en el restaurante era consciente de lo que pasaba. Aquel desgraciado iba a acabar mal, esa chica tenía algo, gafe, o estaba maldita, o simplemente guardaba venenos en casa; era una asesina, guapa y joven pero asesina. Pero a aquel tío le daba igual. Tenía planes para con ella. Un hotel. Demostrarles a todos que esa chica no era más que otra tía buena a quien él podía controlar.
– Ya sé lo que he dicho, pero que sea rara no significa nada; es otro puto chochito, nada más.
Cenaron. Y después de pasar la noche con ella, aquel hombre bajó a la recepción del hotel. Al despertar, ella se había ido. Se presentó desnudo delante del conserje, muy nervioso y con un cuchillo de cocina en la mano. Comenzó a preguntar por Jordan, a maldecir por haberse dormido. ¡Tengo que verla!, gritaba, ¡tengo que ver a esa niñata! Tenía el pene en erección. El conserje le dio la espalda y descolgó el teléfono para llamar a la policía. Entonces escuchó un sonido acuoso, y al volverse, el tipo estaba cortándose la polla enhiesta justo por la mitad. Cuando acabó, pegando un último tirón para separar la piel, se tapó la entrepierna chorreante de sangre con una mano, y con la otra sujetaba su miembro mutilado, para después caer al suelo con temblores y comenzar a vomitar; mientras, el conserje sujetaba el teléfono con una mano, paralizado, y una vocecilla decía “¿Sí? ¿Hola?”…
Nadie ha vuelto a ver al tipo, se lo llevaron de urgencias y su piso de soltero quedó libre. Según un testigo ocular que bajó a recepción, lo último que dijo antes de perder la conciencia fue: “Tío… el que ha conocido sólo a su mujer y la ha amado, sabe más de mujeres que el que ha conocido mil.” Pero la cita es de Tolstoi, añadió, la metí en google por la noche, y además no sé cómo quería aplicarla a esa situación…
– ¿Entonces qué vas a hacer? – dice Aron.
– Pues aceptar. Coño… No veo por qué no.
El siguiente hombre a quien conoció Jordan Atiel estaba casado. Pero eso no le impidió abordarla por la calle y pedirle su número, una cita, algo. Ella nunca niega de forma definitiva, nunca te gira la cara. Así que le dijo que nada de números, nada de direcciones. Que cuándo quería verla, o si lo que quería era solo sexo. Quizá podían ir a un hotel sin más, nada de casas. Y el tipo dijo que vale, que bien, que cuándo.
– Cuando quieras.
– ¿Ahora?
– ¿Lo quieres ahora?
– Como quieras…
– ¿Lo quieres ahora sí o no?
Fueron a un hotel de dos estrellas, era la una del mediodía. Justo al entrar, ella se desnudó con facilidad, solo tenía que levantarse el vestido y quitarse las bragas. Él dijo que no quería besarla, que solo quería follarla. Ella dijo Muy bien, y se abrió de piernas en el borde de la cama. El tipo, ya habiéndose desnudado, se acercó a Jordan, y su pene en erección ya casi la tocaba, casi rozaba su pubis.
Y entonces dio marcha atrás.
– No puedo…
Silencio. La expresión de Jordan no cambió lo más mínimo. Dijo:
– ¿Seguro que no? -. Balanceaba sus piernas en el aire, como esperando, ofreciendo una segunda oportunidad. Él respiró hondo. Ella se mojó dos dedos y se los metió en la vagina. Dijo:
– El paso está abierto, no te preocupes -. Y dejó ir su sonrisa de Lolita.
El tipo decidió volver a intentarlo. Se acercó nuevamente. Ella separó sus labios vaginales con dos dedos. La punta del prepucio llego a contactar, a notar la humedad de ella. Y nuevamente, y soltando un gritito, dio marcha atrás.
– No puedo, joder… he notado algo…
Ella no dijo nada, se comenzó a vestir. Él se masturbó mirándola. Antes de correrse la primera vez, ella ya se había ido de la habitación. Para la segunda se puso a oler la cama, las arrugas donde había estado ella. Aspiraba con fuerza en posición fetal. Y al correrse la segunda vez tuvo que hacerlo también una tercera. El olor de Atiel seguía en la habitación. Para la quinta sacudida, recordó que ella había usado un kleenex y lo había abandonado en un cajón de la mesilla. Lo encontró y esnifó de él y continuó machacándose la entrepierna. Para la sexta o séptima paja, y sobre todo debido a la violencia con que se la sacudía, empezó a salirle sangre por el prepucio. Estuvo salpicando toda la cama justo cuando alguien comenzó a aporrear la puerta sin él hacer ningún caso.
Minutos después llegó la policía, dos agentes; uno de ellos, ante aquello, tuvo que entrar al lavabo a vomitar. Luego sacaron al tipo de la habitación con la polla goteando.
Esa noche confesó algo parecido a la verdad y su mujer le echó de casa. No le quedaba familia cercana. Deambuló unos cuantos días como neomendigo. Pasó poco tiempo hasta que le echaron del trabajo. Tuvo algunos encontronazos más con la policía dados sus intentos de volver a casa y las negativas de su mujer. Y llegó a su fin dos meses después de la habitación de hotel, dándose un paseo por las ya famosas vías del tren. Una de las ultimas personas que habían hablado con él, dijo que balbuceaba algo sobre un coño eléctrico.

– ¿Entonces vas a quedar con ella? – dice Aron.
– Creo que sí… Seguro que es todo mentira, todo lo que dice la gente… Joder, qué voy a hacer, ¿llamarla para decirle que no quiero quedar con ella? ¿Por qué? ¿Porque dicen que está pirada?
– Bueno, tú no le distes tu número, podrías no llamarla y listos…
Audun Sacrosanto conoció a Jordan Atiel hace tres días. Ella iba por la calle y al manipular su bolso se le cayó un pañuelo al suelo. Audun iba caminando detrás a unos cinco metros, y al ver que era una mujer, recogió el pañuelo y fue a dárselo. Al volverse ella, él aún no era consciente de quién era. Y entonces Jordan sonrió.
Audun inició una conversación absurda sobre los horarios de los autobuses. Fingió que él también tenía que coger el autobús que ella iba a coger para desplazarse a la ciudad de al lado. Y finalmente reculó y le dijo que bueno, qué él no tenía que coger ese autobús, que solo quería charlar un rato de camino con ella porque estaba impresionado, nunca había visto de cerca a Jordan Atiel. Entonces Atiel, justo antes de subir al autobús, se detuvo y le apuntó un número de móvil en un papel.
– ¿Y qué pasa si te pasa algo? – dice Aron.
– ¿Qué va a pasar, me va a morder la polla?
– ¿Y sabes si sigue en la ciudad?
– Dijo que solo iba a ver a sus padres…
– ¿Y oíste lo del tío ese? ¿Lo del carpintero?
La ultima historia que se conoce sobre Jordan, trata sobre un tipo carismático en Orián. Un señor que llevaba más de treinta años trabajando en su carpintería, diligente y popular por su afición a la zapatería, algo a lo que se dedicaba en su tiempo libre y de forma gratuita. De modo que muchos ciudadanos acudían a él, a su taller, para arreglos, por suelas, plantillas, zapatos especiales para cojeras y demás.
Jordan hace un mes fue a verle. El carpintero, de nombre Leandro, la recibió sin conocer su reputación, y se comportó como un auténtico caballero en pos de su comodidad en aquel pequeño encuentro para encargar una mesilla que la señorita decía necesitaba para su piso de alquiler.
El encargo quedó hecho, y al segundo día, tres antes de que ella volviera a por su mueble, Leandro recibió la siguiente carta anónima:

Sé que usted ha conocido a cierta señorita. Que quizá está trabajando en algún encargo para ella. Se llama Jordan Atiel, seguro que la recuerda. Muy joven, morena, muy atractiva, mágica en cierto y retorcido modo.
Esta carta es para avisarle sobre esa mujer. No vuelva a verla más allá de su trabajo. Sé que creerá que soy un/a paranoico/a, pero otros han caído con tanta o más fidelidad y responsabilidad de la que pueda atesorar usted. Trabajo para cierta compañía aérea, igual que Jordan hace muy poco. Sé que ella ahora vive en su ciudad, y aunque no sé a qué se dedica, conozco su aura, su estrella, su ángel o como quiera llamarlo, eso que deja a todos embobados y a veces incluso les acaba matando. Si quiere saber por qué ya no es azafata de nuestras aerolíneas, es porque un piloto estuvo a punto de estrellar un vuelo comercial después de un beso de Jordan en la mejilla.
No bromeo. Ella misma dejó el trabajo, aunque desde el momento en que la contrataron todo se descontroló.
Aléjese de ella. No haga caso de lo que le diga. No sabemos quién es ni de dónde viene. Pero tenga mucho cuidado. Esto es más difícil de lo que usted cree. Haga lo que tenga que hacer y pase página en todo lo que respecta a Jordan Atiel.”

Leandro se quedó perplejo un momento. Releyó la carta. Era una de las cosas más curiosas que le habían pasado en la vida, en toda su larga vida. Pensó en las típicas bromas de televisión. No quería ser víctima de una de esas malas pasadas estúpidas, pero esa posibilidad era harto improbable; los que le conocían sabían que no era hombre para sonreír enseguida y darle la mano a algún reportero afeminado supuestamente simpático para algún programa idiota de televisión para lerdos. Aquella carta era auténtica. Enseguida llegó a esa conclusión.
Lo cierto es que la chica era muy guapa, y que no aparecían muchas así por el taller; como mucho alguna mujer madura y atractiva acompañando a su marido. La verdad es que si hubiera tenido que hacer memoria de los clientes que había visto en los últimos dos días, ella hubiera sido la primera que hubiese recordado. Y además habría sido absurdo que se negara a sí mismo que la tal Jordan le traía a la memoria de forma dolorosa y a la vez maravillosa a Adela. Ella fue su primera novia, el amor de su vida, por más que Leandro diga a menudo eso de la que es su mujer desde hace más de treinta años. Adela y Leandro se conocieron en el pueblo lejano de mil habitantes en el que ambos crecieron. Eran uña y carne desde que tuvieron uso de razón. Y como un rayo, cayó en la cuenta, ella era Jordan y Jordan era ella. Leandro lo supo la noche después de leer esa carta. Atiel era la segunda y última mujer que conocería con esa Luz. Pensó que, debido a la edad, y al hecho de que ya no se fijaba en las mujeres, no había sido capaz de Ver a Jordan como lo que es.
Adela murió a los dieciséis años apaleada en la plaza del pueblo. A los quince dos chicos de la misma edad se habían suicidado por ella, tal y como habían dejado claro en sus notas y diarios. La diferencia entre Leandro y esos chicos, era que él ni tan siquiera había besado a Adela, ya que ella siempre se lo había impedido. Al llegar a los dieciséis años, los padres de los dos chicos suicidados la raptaron una noche y la golpearon; a ellos se unieron los vecinos que oyeron los gritos; la mataron con palos de madera y barras de hierro. Durante esa noche Leandro se desveló justo a esa hora, y con los años se había jurado a sí mismo no decirle a nadie que le había parecido ver con toda claridad por la ventana un haz de luz subiendo desde el centro del pueblo a esa hora, y muriendo en el cielo. La plaza amaneció con una mancha sanguinolenta de sangre alrededor de un cuerpo retorcido de ropa, carne y huesos. La madre de Adela lloró desconsolada abrazada al amasijo oscuro que había sido su hija, sin nadie más en toda la plaza a excepción del padre de Adela, que al igual que la familia de Leandro, tomó la decisión de irse de aquel pueblo con su mujer.

Leandro despertó el día de la entrega de la mesilla con una innegable inquietud, aterrorizado en verdad. Había tenido sueños los últimos días; pesadillas en cierto modo. Imágenes sobre cómo podría haber sido su vida con Adela. De repente todo, su mujer, sus dos hijos emancipados, sus nietos, las festividades, las reuniones familiares, los madrugones, los periodos vacacionales… todo le parecía ahora una especie de plan B, la vida de emergencia de lo que debía haber sido su vida de verdad junto a Adela. Intentaba apartar esos pensamientos de su cabeza, le parecían inmaduros y absurdos. Pero por otro lado sentía que razonaba con lucidez y sinceridad por primera vez desde hacía demasiados años. Bordeando la jubilación definitva, no veía las suficientes razones para seguir si lo meditaba detenidamente. Podía pensar en sus nietos, en sus hijos; aunque tenía claro que no quería a su mujer más allá de la compañía en el camino hacia la muerte. Pero esos hijos y esos nietos a los que quería llevaban una vida que no era la suya. Eran, objetivamente, familias al margen, savia nueva que podía saborear mínimamente cuando le venían a visitar; unas visitas cada vez más espaciadas. Así que, esa mañana, ultimando los últimos detalles de la mesilla, determinó que su tiempo había acabado en realidad. Lo que le iba a quedar se iba a ir transformando poco a poco en problemas para sus hijos; tarde o temprano sería totalmente dependiente, carne infeliz de residencia. De golpe, y por culpa de esa tal Jordan, su carácter optimista y positivo se había esfumado.

Ella llegó y entró en el taller a las once de la mañana como quien entra en su cocina. Se quitó las gafas de sol. Llevaba una falda de ejecutiva, sin medias, con zapatos de medio tacón negros. Llevaba una chaqueta a juego con la falda, que se quitó, dejando ver un sueter más parecido a los que llevó en su época Adela que al que llevaría una chica de veinte años en presente. Lo cual era una casualidad o la existencia de un demonio filtrándose en la bragueta de Leandro, que no fue capaz ni de saludar; estaba sentado en una silla de madera de fabricación ajena, y Jordan caminaba hacia él mientras se dejaba de oír el ruido de la calle, se apagaba el sol y se emborronaba la habitación. Solo un foco, iluminándola a ella. Era otra vez Adela, desabrochándole la bragueta más de cuarenta años después de haber sido asesinada por su propia magia. Leandro endureció; ya no recordaba cuál fue la última vez que hizo cosas parecidas con su mujer de la vida real, esa vida desaprovechada con extraños, los sustitutos de los que debían haber sido sus seres queridos de verdad. Su pene erecto entro en Jordan, que estaba a horcajadas encima de él; y la penetración sucedió, sin contemplaciones, sin remordimientos, sin viagra. Leandro sintió la vagina de Adela en el coño de Jordan Atiel. Y justo después de eyacular, su corazón se paró.

– Todo putas mentiras – decía una y otra vez Audun -, ese viejo se murió por viejo. Le pasa a todo el mundo, tío. Y además cómo coño va dedicarse Jordan a follar con mediomuertos…
– Tío, lo encontraron con la polla fuera, había manchas de esperma. Y justo ese día tenía que pasar ella por allí, estaba todo en la agenda del viejo.
– Y entonces qué, ¿la poli no va a por ella?
– No tienen nada sólido con qué incriminarla… es así de sencillo. Además si hablaran con ella, cosa que quizá hayan hecho, ¿qué iba a pasar? Al viejo le dio un infarto y punto. Podía estar perfectamente haciéndose un paja.
– Que es lo más probable…
– Bueno, tú mismo… ¿la vas a llamar o no?

A Audun la voz de ella por teléfono le pareció cálida y segura; nada de la típica perorata entrecortada e incómoda de quien podría querer follarte. Él la dejó elegir el lugar donde quedar. Ella dijo: El puerto, delante de McDonald’s.
El paseo marítimo de Orián era particularmente atrayente. Todo era azul o blanco, y hace unos años se administró y legalizó el fenómeno de las estatuas humanas. Había pintores, caricaturistas, titiriteros, e incluso una chica llamada Arlene, que a cambio de la voluntad te daba un beso “de película” (lo cual para Arlene significaba Lengua) de mínimo veinte segundos de duración, o de duración indefinida si a ella le gustaba tu forma de besar, tal y como rezaba el cartel que llevaba consigo.
Audun y Jordan se encontraron y se dieron dos besos (los labios de ella no hicieron contacto), y pasearon con calma. Ella llevaba unos pantalones blancos muy cortos, -o shorts como algunos les llaman-, unas náuticas, y la parte de arriba de un biquini floreado; pelo recogido; y la erección de Audun en modo potencial en todo momento.
Audun, después de los saludos de rigor, le dijo que si sabía todo lo que se contaba de ella.
– Oh… bueno, son todo putas mentiras. No te creas nada.
Jordan dijo que trabajaba en un restaurante, pero que su dueño era muy flexible para los horarios. Al menos con ella. Dijo:
– Creo que los demás me están cogiendo manía.
Etc. Audun enseguida se relajó. Determinó que todas las historias sobre Jordan Atiel eran mentira, o como mucho exageraciones. Olía como cualquier chica joven recién duchada. Era guapa, muy guapa, es cierto, pero Audun no entendía a qué venía tanto follón; él había conocido a algunas chicas tan guapas como ella; no muchas, pero sí las suficientes para no recordarlas todas fácilmente.
Mientras charlaban, Audun se iba sintiendo cada vez más cómodo, se iba soltando cada vez más con cada giro que daba la conversación. Pronto llegaron a la zona en la que se encontraba Arlene; estaba sentada en su silla, con el cartel al lado, y de vez en cuando se ponía de pie e intentaba atraer a potenciales besadores.
Al ver a la pareja, Arlene se levantó. Iba en biquini, subida en una sandalias propias de una gogó de club nocturno. Tenía un cuerpo generoso en curvas, buenas caderas y buenas tetas. Un buen culo.
– ¿Parejita?
– Somos amigos – dijo Audun
– Entonces no hay problema para que me des un besito, uno de verdad, con amor… Si tu… amiga quiere, también beso a las chicas. Me gusta besar a todo el mundo. ¿Qué me dices, guapa? Vaya… qué guapa eres; se lo digo a todas, pero tú eres guapa de verdad – dijo, susurrando las últimas palabras.
– No quieres besarme – soltó Jordan.
– ¡Sí quiero!
– Oh, no quieres, créeme.
Audun y Jordan seguían caminando, con Arlene dando vueltas a su alrededor. Finalmente ésta desistió.
– ¿Qué edad tiene esa tía? – preguntó ella.
– Como treinta y cinco, no lo sé.

Poco después decidieron ir a pasear por la playa, cerca del agua. Jordan se quitó las náuticas y Audun se quedó descalzó también. No había demasiada gente, era un día gris. Estuvieron un buen rato sin hablar, solo caminando, mirando hacia el mar, mojándose los pies.
Audun decidió coger de la mano a Jordan. Ella no le rechazó, pero le miro como una maestra miraría a un crío que tiene intenciones de hacer alguna maldad, aunque aún es inocente.
– No creo que sea buena idea – dijo Jordan.
Las manos se separaron.
– La verdad es que me gustas mucho – dijo Audun.
Llegaron a una zona de rocas, estaban rodeados de ellas, como en una mini-cala, separados y lejos de la poca gente que había en la playa.
– A los que me caéis bien suelo haceros siempre la misma pregunta – dijo ella.
– ¿Qué pregunta?
Audun se acercó, le puso las manos en la cintura, insinuante. Jordan le apartó, lenta pero decididamente. El cielo tronó, mucho más oscuro que hacía cinco minutos.
– ¿Quieres saber la pregunta o no?
Audun se cruzo de brazos, ella estaba a unos tres metros. El cielo era cada vez más oscuro. La pregunta era:
– ¿Crees en Dios?
Audun guardó silencio durante lo que pareció una eternidad. Se le pasaron por la cabeza varios comentarios inapropiados, y tuvo que aguantarse la risa antes de hablar;
– No lo sé… ¿es que eres muy religiosa?
– Dios es misericordioso, Audun, pero también sabe castigar. ¿Conoces la historia de Adán y Eva?
Después de esa pregunta, Jordan comenzó a desnudarse, con cierta rapidez. Audun dijo:
– Sí, joder, ese rollo de la manzana… ¿Qué haces?
– No suelo poner en preaviso a nadie. Tengo una noticia que darte.
– Estás chalada, tía… – soltó Audun, pero sin moverse del sitio.
– ¿Quieres oír la noticia?
– Sí, joder, di lo que te dé la gana… -. Audún permanecía quieto, viendo el desnudo de Jordan, sin saber si podría acceder a él, pero dispuesto a comprobarlo.
– Muy bien – dijo ella, de repente hablando más alto, vocalizando, mirando a Audun a los ojos -. La noticia es que Dios existe.
Un rayo cayó a unos cincuenta metros de ellos. En el agua. Audun dio un bote, y retrocedió hacia las rocas que había a sus espaldas. El cielo seguía oscuro y sin romper a llover.
– Pero a él este rollo del preaviso no le gusta un pelo, Audun – dijo Jordan.
Audun se sentó en el suelo, desconcertado, recuperándose del susto. Jordan se acercó a él y se sentó a su lado.
– No te preocupes, chico – dijo ella mirando hacia el mar -. Es él.
– ¿Él, quién?
Jordan negó con la cabeza, sonrió para sí misma. Miró a Audun y esperó a que él la mirara también. Entonces él la vio, con sus bocas a pocos centímetros la una de la otra. Hizo ademán de besarla, y ella se apartó.
– No, Audun. Yo soy la manzana. ¿Entiendes?… Ese cabrón desesperado de ahí arriba está intentando recomenzar con el material del que dispone.
– Estás tarada, tía, me voy…
Audun se levantó, dispuesto a irse por donde habían venido. Jordan no movió un dedo. Dijo:
– Si luego te follo, ¿te quedarás a oír lo que tengo que decir?
Y justo en ese instante otro rayo cayó, esta vez más cerca, en la arena. Audun saltó otra vez del susto, y volvió a sentarse con Jordan, cada vez más asustado y más cachondo.
– Verás. Yo no soy la primera ni la última. Solo soy la manzana de estos últimos años. Cada cierto tiempo hay una. Yo no tomo las decisiones. Es Él el que se encarga de lo gordo; ya sabes, del papeleo, de la contratación y los despidos. Y vale, ya sé que tengo cierto libre albedrío, pero ahora mismo podría estar asada, tío.
Audun permanecía callado. Miraba al frente, con la mente en blanco; la palabras de Jordan parecían rebotar en su cabeza sin provocar más que ruido desordenado, sin sentido.
– Lo que quiero decir es que… no aprendéis. Sólo habrá un elegido, pero tiene que controlarse. Si cada vez que os coláis por alguien sois capaces de tiraros a la vía… Oye, Él no maneja el dogma del que se habla por aquí, lo habéis tergiversado todo. Solo quiere poner algo de orden, ¿entiendes? Os habéis inventado vuestras propias cárceles para vuestra libertad individual… Monogamia, fidelidad indefinida… ¡indefinida! ¿Es que estáis tarados?… Sí, es verdad que yo estoy pensada para convertiros en adictos. Y sí, más de lo normal, no ese pequeño cuelgue por el que muchos os casáis prometiendo conformaros con una persona hasta la muerte… Joder… No me estás escuchando, ¿verdad?… ¡Es un pacto con la naturaleza, tío! Cuando el de arriba se harte lloverán manzanas, colega. Y tarde o temprano todo los tíos estaréis muertos. Y luego ¿qué? Pues las mujeres que queden se extinguirán tarde o temprano y esto se acabó. Adelante siguiente especie…
Jordan dejó de hablar durante un minuto. Audun, más atento de lo que parecía en un principio, dijo:
– Eres una loca, tía, una loca de cojones.
– Muy bien. ¿Qué crees que pasará si te doy un beso en la boca?… Yo te diré lo que te pasará si eres fuerte. Dentro de un tiempo, nada. Te habrás cansado de mí. Eres mi experimento, y por la cara de salido que pones, obviamente vas a morir.
Otro rayo cayó, otra vez en la arena. Esta vez un poco más cerca que el anterior.
– Tú qué dirías, Audun Sacrosanto, ¿es todo mentira?

[No puedo resistirme a poner uno de los videos avance de Kick Ass, película adaptación del cómic brutal y desquiciante de Mark Millar (que además pinta bastante bien). El video se centra en uno de los personajes. Hit Girl (ojo al acierto brutal de casting con la cría). Y abajo por si a alguno le interesa, la chica que me rondaba por la cabeza cuando pensé en el personaje del relato. Su nombre real: Jordan Capri. Y si alguien quiere verla en tetas en más fotos, solo tiene que googlearla, se pondrá las botas.] [Bien, esto es una actualización; ya que una de las lectoras del blog ha puesto en entredicho los pechos de Jordan Capri (por demasiado pequeños), he decidido cambiar la foto. El debate queda abierto. Las opiniónes femeninas serán especialmente valoradas. (Aclaro que por supuesto hablamos de belleza, no necesariamente de tamaño).]

Romper el hielo

Vivir no siempre es cómodo cuando te prometen que lo será. De hecho muchas veces es como cuando de pequeño le tenías pánico a las agujas y te decían algo como que si soplabas la inyección no te dolería. Y dolía igual. Mientras soplabas. Porque no siempre es indoloro cuando te prometen que lo será. No todo el tiempo es oro porque alguien diga Carpe Diem. Y es necesario que nos lo recuerden de vez en cuando entre todo ese mar de positivismo postizo de magazine televisivo. No hace falta que nos sintamos culpables si dejamos algo para mañana o si somos menos complacientes de lo esperable con los desconocidos. Mirar a la vida de frente no siempre significa Dar el paso, Decir Sí, Correr lo más rápido posible.
Partiendo de todos estos principios básicos para mí, y departiendo conmigo mismo, iba yo por la calle y crucé un paso de cebra; y el primer coche se detuvo, pero el del siguiente carril no debió verme, y rodé por su parabrisas, volé, y caí ya inconsciente en el asfalto.
El vehículo se dio a la fuga.
Me ingresaron, principios incluidos, con varios huesos rotos, costillas hechas trizas, laceraciones, etc. Pero por suerte, nada era irreversible; en el futuro podría volver a cruzar los pasos de cebra a cámara lenta con mis neuras. Aún era carne fresca para una discapacidad, una muerte horrible o los orgasmos. Quedé vivito y coleando y con una baja de meses; aprendí que la ociosidad es un arte imperecedero, y que con la tecnología moderna tu empresa puede hacerte sentir culpable a diario vía internet.

Con el tiempo me dejaron deambular un poco por el hospital; a veces bajaba con las muletas a comer a la cafetería del edificio. Cogía el ascensor, y cuando llegaba abajo me parecía estar en otro país. Estuvieron dudando por culpa de mis golpes en la cabeza, y con la indecisión estuve bastantes semanas enclaustrado antes de volver a casa; …aunque los primeros días me habían dicho que volvería al hogar enseguida; aunque el dolor y la incomodidad fueron más de lo prometido.
Según esa filosofía que dice que la felicidad está en el camino, en la penetración anal lo que se disfrutaría sería el doloroso proceso de dilatación hasta llegar al placer. De eso me estuvo hablando una enfermera que me contó que a los diecinueve años hizo unas diez películas para adultos antes de saber qué quería hacer de verdad con su vida. Según los típicos capullos, me dijo, la metas no valen para nada; luego te sientes vacía.
– Yo quiero ser una actriz seria, y te aseguro que las paso putas en cada uno de los castings en los que me rechazan.
Y no pasaba nada. Al final fue enfermera porque tenía que hacer algo mientras en el camino hacia el estrellato nunca llegaba a ninguna meta deseada.
– Según esa gente, resumiendo, yo ahora debería estar las veinticuatro horas corriéndome de felicidad.
Tenía ya veintinueve años y el punto más alto de su carrera era un anuncio de patatas fritas. Era popular en el hospital por hablar hasta con las plantas, y su simpatía era genuina como el dolor agudo que te provoca una aguja, o la inconsciencia que te provoca el romper el parabrisas de un coche con la cabeza. Ella era real, con un carácter mullido y agradable como sus tetas al tacto; sincera como la promesa de muerte a largo plazo, y cuidadosa como una madre común.

Cuando mis visitas al comedor comenzaron a tener frecuencia diaria, casi cada día la enfermera se sentaba a mi lado y hablaba como si fuera a morir pronto y aún tuviera muchas cosas que decir. El día que me dejaron ir a vegetar el resto de mi baja a casa, me dio su número de teléfono sin ningún reparo.
Al día siguiente, de puro aburrimiento, la llamé. Lo cierto era que me gustaba, y que quería volver a verla y a oírla. Era agradable escuchar a alguien que tuviera cosas que decir y que no enmarcara sus discursos en saludos y despedidas dadas por la inercia. No es fácil, la mayoría de gente quedaría fatal; pero ella sabía cómo desenvolverse para que aunque ni tan siquiera te hubiera dicho “Hola, como estás”, tú entendieras de sobras que se preocupaba por ti.
Al tercer día de estar en casa vino a visitarme por la tarde. Por primera vez la noté retraída ante mis padres, tensión que se disolvió al instante al encerrarse conmigo en mi habitación. Yo aún tenía una pierna enyesada y un brazo en cabestrillo. Para entonces ya había desconectado por completo de mi trabajo, de mi vida anterior. Ese primer día de visita en casa ella me besó en la boca antes de irse, no dijo nada más y se largó.
– Verás – me dijo al día siguiente – yo pensé que te quedarías en silla de ruedas o algo así, es más frecuente de lo que la gente cree.
Vino a mi casa todos los días hasta que me dieron el alta. Tuve que aguantar dolorosas erecciones sin poder hacer nada. Cuando ella me comenzó a hablar de sexo, lo hacía con el mismo tono entre natural y despreocupado con que abordaba cualquier tema.
– No te preocupes, tenemos mucho tiempo por delante.

Los procesos habían desaparecido con ella. Tenía miedo de volver a mi vida real y hablarle a la gente sin más, preguntarles sin más, o lo peor de todo, creerles sin más. Sabía que podía confiar en ella, pero el resto del mundo era otra cosa.
– Si un día dejaras de gustarme, te lo diría. No te preocupes. No puedo prometerte que no te haré daño, pero sí que siempre seré sincera.
A veces pasa, me dijo, quizá un día vaya con sus amigas a una discoteca y note una conexión con alguien. Y ese día no hará nada, pero al día siguiente, me dijo, me dirá la verdad y se irá a perseguir a ese otro chico.
– Es una tontería andarse por las ramas, somos muy jóvenes. Ahora te quiero, pero no puedo prever el futuro.
Y qué contestas a eso. ¿Le puedes hacer prometer algo a una chica de veintinueve años? ¿Y a una chica guapa de veintinueve años que liga como quien te pide la hora? La gente se suele incomodar si les hablas del futuro más allá de lo profesional. Es comprensible, es algo personal. Seguramente lo que hace que muchas parejas se mantengan unidas al cabo de los años es la negación. Ella me dijo que no era de esa clase de personas, que si dentro de cinco años seguía conmigo sería porque ella quería, y no por la idea de estabilidad que tienen todos los demás.

Y no, vivir no siempre es cómodo. La primera vez que bebí un trago de sangre, no me pregunté si era sangre humana. Ella, decía, lo hacía de forma habitual. Yo, al tragarme el primer sorbo, lo vomité en el suelo de la habitación. Y a ella le dio un ataque de risa.
– Mi abuelo bebía sangre de cerdo a litros y nunca le pasó nada. Pero la sangre de cerdo es algo distinta.
Era una lata de pepsi que ella rellenó. Faltaban dos semanas para que me dieran el alta. Tuve miedo de hacer preguntas. Entendí lo que quise entender.
– No me gusta el rollo de los vampiros. Es solo una costumbre. No creo que los vampiros existan…
Aquel día no sabía qué decirle; ella me miraba divertida, me hizo un alivio manual, y se fue con mi esperma bajándole por la traquea para unirse a la comida. Se había bebido la lata entera mientras fregaba el suelo y mis padres deambulaban por el centro de la ciudad sin saber que hay gente que bebe sangre humana, y que mi novia era una de ellos.
La paja me dejó aturdido. Sentí una mezcla de terror y excitación. Al quedarme solo, con el suelo recién fregado, me quedé literalmente en blanco; por primera vez mi cerebro no supo encontrar una salida, por rebuscada que fuera.
Habían pasado cinco meses desde que nos vimos por primera vez. Cuando mi sentido común empezó a carburar, me imaginé que sería una especie de gótica, que robaba esa sangre del hospital y que el riesgo de las enfermedades y el desconocimiento la llevaban a algún tipo de excitación sexual; lo cual explicaría cómo después de beberse aquella lata me la sacó y me masturbó haciéndome algo más allá de las lenguas por primera vez.
En cualquier caso, mi vida estaba empezando a convertirse en algún tipo de leyenda urbana, y eso tampoco me hacía puta gracia. Solo esperaba que hubiese notado mi rechazo a eso rollo de la sangre. Pero no.
Al día siguiente trajo una jeringuilla, algodón y alcohol. Dijo:
– Mis bisabuelos llamaban a esto “Unión de las almas”.
Se buscó la vena en la parte interior del brazo y llenó una jeringuilla entera. Parecía limpia, y al llenarla había para dos vasos de chupito. Trajo un vaso de la cocina, y me dijo que si me la bebía me haría un mamada.
Al cabo de tres minutos ella estaba fregando vómitos del suelo diciendo que aun así el ritual era correcto, mientras yo me bajaba el pantalón del pijama. Y luego, durante aquellos cinco minutos hasta que me corrí, pensé que realmente aquello había valido la pena. Solo debía acostumbrar a mi estómago. Esta vez no había vomitado tanto, y había bebido más. Podría haberme contagiado de mil enfermedades. Podría haber comenzado a enfermar por estúpido. Ella dijo justo al acabar:
– Ten en cuenta que mucha gente se muere de vieja sin que nadie les haya hecho sexo oral jamás.
Me subí el pantalón del pijama. Ella se fue como siempre, sin decir nada, sonriendo como mucho, y a saber dónde.

Luego pasaron algunos días sin sangre. Me tranquilicé, imaginé que de todas formas seguro que era sangre sana, que ella jamás me pasaría el sida de nadie, que esa putadas no eran propias de ella. Pero cierto es, también, que durante cinco días tampoco hubo nada sexual; solo un beso al venir y otro antes de irse.
Dos días antes de volver al trabajo, ella vino a verme como siempre, otra vez poco antes de que mis padres salieran a su paseo de la tardes. Trajo una mochila; sacó de ella plástico aislante y un bote lleno de rojo. Me dijo que le debía una mamada. Yo ya no llevaba el yeso, y apenas cojeaba un poco. De todas formas sabía que las normas las ponía ella, y que eso nos excitaba a ambos por igual. Ella se ponía cachonda al pensar que yo la debía considerar una loca, y a mí me excitaba la idea de que en cuestión de perversiones mi novia no parecía tener límites.
Se desnudó por completo. Puso el plástico encima de la cama. Y me dijo que no la penetrara, por favor, que la gracia ese día estaba solo en mi lengua y su coño. Y era verdad, ella tenía razón, otra vez, aunque mi pene gritara dentro de mis calzoncillos. Se tumbó en la cama y se abrió de piernas. Cogió el bote lleno de sangre y antes de que la tocara comenzó a hablarme de Judith. Judith era la chica de recepción del hospital, una morena de veintipocos; tenía cara de no haber roto nunca un plato, curvas para marear a un equilibrista. Era básicamente una cabeza de niña en un cuerpo al que no podrías hacerle justicia en tu vida. Y la sangre del bote, era de ella.
– ¿Alguna vez te he mentido?
Al parecer Judith comenzó a aficionarse también a la sangre. A ella, me dijo, tampoco le gusta bebérsela. Pero a su novio sí si ésta, sea de quien sea, chorrea de su coño.
Chupé y chupé sin parar mientras ella iba vertiendo poco a poco a Judith en su entrepierna afeitada. Fui tragándome la sangre sin sentir nauseas en absoluto. Me tuve que quitar los pantalones y los calzoncillos para que mi erección pudiera respirar. Me alivié con la mano derecha mientras seguía sumergido en el coño rojo, y al correrse ella aproveché para vaciarme yo también en su vientre y sus tetas. No tenía en mi pasado nada que pudiera competir con aquello.

Y no podía hablar con nadie de aquello. No sabía si en el hospital había mucha más gente aficionada a la sangre como juego. A veces estaba en el trabajo -un edificio de oficinas muy cerca del hospital- y me llegaban cartas por correo ordinario que simplemente eran un sobre con un folio dentro salpicado con varias gotas rojas. Y entonces tenía que ir al lavabo y masturbarme para poder librarme de la erección. Y ella decía:
– La sangre es un buen motor para la monogamia.
Si alguien te convierte en un cerdo depravado, esa persona sabe que difícilmente podrás seguir siéndolo con otra. Prueba a jugar con fruta, o aceites, con juguetitos o habitaciones de hotel exóticas o disfraces. No es lo mismo. Te seguirás sintiendo del montón, juguetón, travieso. Pero nada de eso es comparable con tener a tu novia más cachonda que nunca justo cuando le viene la regla.

Al cumplir un año de relación, fuimos a un hotel de cinco estrellas. Y estuvimos hablando después de ver juntos una película de terror, sobre lo guai que sería que la salpicara con la sangre de una de esas chicas tontas de las pelis; la sangre de una de esas actrices con silicona. Un tajo limpio en el cuello y ya tendríamos para pasar una buena noche. Los dos follando con la chica tirada al lado de la cama, muriéndose justo en el momento en que nosotros llegáramos al orgasmo.
Justo después de hablar sobre todas aquellas fantasías enfermizas y psicópatas, ni tan siquiera nos hizo falta sangre para que el sexo alcanzara el nivel de lo moralmente reprochable, el polvo extenuante que escandalizaría igual a nuestros padres que a nuestros amigos, esos treintañeros responsables que están planteándose la idea de tener hijos como siguiente paso en sus objetivos vitales. Será cómodo. No te dolerá. Carpe Diem.

Al día siguiente, al despertar en aquella habitación de hotel, ella estaba fumando en el balcón. Iba descalza. Salí a acompañarla.
Te he mentido en algo, me dijo.
– Pero es que necesitaba probarte…
Dijo que la sangre es algo muy importante para ella. Y no solo por el juego, y lo de bebérsela y correrse y todo eso. Podía bebérsela, sí, pero también comprobar si era sangre enferma. Mi mayor problema, me dijo, siempre ha sido dar el primer paso.
– Siempre he sido muy tímida.
Le dije que, joder, de todas formas, sabía disimularlo.
– Oh, no te creas. Lo paso fatal cuando alguien me gusta.
Como cuando yo comencé a gustarle, me dijo. Como cuando coincidió conmigo en cierto bar durante un par de semanas y tuvo que cambiar de sitio a la hora del almuerzo para no volver a verme y así dejar de sufrir.
– Pero no podía dejar de pensar en ti.
No te recuerdo, le dije.
– Ya… intentaba que no me vieras. No quería que te dieras cuenta de que…
Ya…
– Así que… tomé una decisión.
¿Una decisión?
– No sabía cómo romper el hielo. Ya me ha pasado otras veces. Quedo con un chico y luego empiezo a hablar y bueno… no te digo ya si hablo sobre la sangre o si… bueno… la cuestión es que si te hablaba y me mostraba tal y como soy, era seguro que no querrías volver a verme…
No sé qué decir, porque tenía razón. Ahora la quiero, pero como el bicho raro que todos la consideran.
– Sabía que a las once salías a almorzar. Así que decidí alquilar un coche, porque no quería hacerlo con el mío, y esperar a que cruzaras la misma calle de todos los días para ir al bar. Y… en fin. Fui yo la que te atropelló.
Creo que en ese momento sentí amor en el sentido más diabético de la expresión. Ella rompió a llorar pero yo no supe encontrar el atajo emocional correcto para enfadarme. Me dijo que si la dejaba lo entendería; que si la denunciaba lo entendería. Me dijo que me escribiría desde la cárcel. Cartas de amor. Me dijo que volvería a atropellarme si así conseguía seguir conmigo; que me cuidaría aunque me quedara en silla de ruedas y me negara a jugar con sangre.
Le di un beso en la mejilla. Me metí en la habitación y me comencé a vestir. Lloraba y sonreía a la vez, sin poder controlarme. La sangre comenzó a fluir por mi cuerpo con normalidad poco a poco. Ella seguía rígida y en el balcón. Llamé por teléfono al restaurante Babilonia y reservé una mesa para dos.

[Ahora resulta que el Sherlock Holmes de las novelas no era el pipiolo casi amanerado que siempre nos han hecho creer; resulta que era buen boxeador y hasta diestro en otras disciplinas para luchar. Y eso que los defensores del personaje clásico se llevaban las manos a la cabeza con esta nueva peli de Guy Ritchie diciendo que dónde íbamos a ir a parar si alguien se atrevía a hacer una película de acción con Holmes como protagonista. Y al final va a ser Ritchie el que se acerque más a lo que era este personaje en las novelas… En fin, que algunos quieren ser tan conservadores que al final no saben ni lo que quieren conservar. Os recomiendo una doble sesión para un día de estos con: “La cinta blanca” de Michael Haneke, y la peli de hostias y risas con Robert Downey Jr (nominado al globo de oro por cierto, joder ya…) Y para la foto, otra pin up maja.]

HateGirl y la inspiración

Todo es de color rosa. Me gusta esa gente que puede comer tranquilamente viendo el telediario, pero luego no soportan que alguien fume en la misma habitación que ellos. Todo es de color rosa y me encanta esa gente, porque así el futuro se ve mucho más claro; tanto que para ser una persona de verdad sólo necesitas ropa guai y dedicarte a esperar a que todo reviente en una explosión a cámara super lenta; algo tan gradual y sutil que durante el espectáculo puedes aprovechar para obtener audiencia, poder, recursos; sillones cómodos donde contar chistes y poder decir que para cuando todo acabe nosotros ya no estaremos.
Es el solipsismo cínicamente justificado; el cinismo de verdad, el de la sumisión en pos del patetismo globalizado: nuestra imagen en el espejo. El egoísmo está tan en boga que ya ni siquiera es una forma de ser, es como tus genitales, algo que puedes utilizar para darte placer sin que nadie te pueda recriminar nada. Nos follamos por detrás el futuro cada vez que hacemos horas extras. Empujamos la rueda alardeando de dignidad mientras ensayamos mentalmente algo que responder a la pregunta: ¿Eres feliz?… A la cual, una escalofriante posible respuesta podría ser: No, gracias.

Salgo a fumar al puto balcón a salvo de la pretensión de salud eterna, y me quedo helado. Menos tres grados. Me acepto como parte de la maquinaria hipócrita de quien se queja sin más. Veo lo que hay y fijándome me gusta pintar acuarelas perversas para que todos disfruten con mi interpretación personal de la realidad. Es lo que algunos llaman Realismo sucio; y lo que yo sólo veo como un mal polvo con una chica a quien te ha costado demasiado tiempo y dinero ligarte.
Pero somos buenos, honestos, generosos, dignos. Todos.

Estoy en el piso treinta de un rascacielos demasiado lujoso en contraste con cualquier reflexión de más de un minuto que hagas sobre la comunión como concepto.
Tengo muchas viñetas que dibujar, mucho texto que acordar con el guionista, muchas discusiones sobre la libertad creativa con quien pone el dinero. Estoy aquí porque la editorial quería que nos relajásemos, que viéramos a nuestros compañeros en otro entorno; y a nuestros jefes, con quienes empatizar puede ser un error absurdo planificado por la empresa para que en un futuro te resistas menos en poner el culo.
Por otro lado intento escribir una novela que mi editor no publicaría ni muerto, y que tendré que mover por editoriales que busquen un target de lectores más dados a la diversión sarcástica por autodestrucción pasiva.
Y la cosa no acaba ahí. Los cómics y los libros son una fantasía, algo a lo que intento dedicarme cuando mi trabajo de verdad me deja unas horas libres. Y ni siquiera tiene mucho sentido hablar de mi trabajo de verdad; es uno de esos empleos grises que hacen que la gente viva deprimida los domingos por la tarde. No es de extrañar que luego les des una cerveza y un futbolín un viernes y ya sean felices; los estímulos mayores requieren algo más de atención, y eso les debe retrotraer al tedio laboral.

Ahora lo que quiero es escribir mi libro. Pero sufro ese bloqueo de cuando la inspiración no acompaña a las ganas; así del montón soy. Llego de la fiesta y me siento delante del ordenador y tengo doscientas páginas llenas de descripciones y metáforas supuestamente ingeniosas a las que no sé darles una salida. No hay nudo ni trama ni idea concreta aún. No hay libro.
Luego me voy a dormir y vuelven mis sueños recurrentes en los que un hada alcohólica -sí, así es- me insulta y alecciona sentada en una silla al lado de la cama botella en mano.
“No vas a escribir nada porque no eres escritor.”
“Tienes de artista lo que yo tengo de abstemia.”
“Ni se te ocurra intentar meterme mano.”
He pensado que ese hada bien podría ser mi musa. Me recuerda tanto a mí que duele; criticando sin parar sin hacer nada por colaborar, echar una mano, intervenir, ofrecer mi grano de arena, etc. Pero al día siguiente despierto, veo la luz y mi mente se aferra a esa mujer sin cara y borracha, y creo que sé qué hacer con la novela.
Hadas y musas, está bien… Imagina un centro de reunión para musas de escritores, musas alcohólicas. Mientras duermes, tu musa acude a esas reuniones en una realidad paralela y anexa para ángeles, cupidos y otros mitos de la emoción humana. Construye en tu cabeza una estancia muy parecida a una iglesia, pero sin motivos cristianos. Sillas de madera alineadas llenas de fantasías masturbatorias ya sea a un nivel físico o emocional; las chicas que imaginas pidiéndote que les firmes un autógrafo en las tetas, o que te dejan su número de teléfono entre las páginas de un libro tuyo que acabas de dedicarles. Etc.

Borra doscientas páginas de golpe. Comienza a tomar notas.
Esa misma mañana me siento a escribir frases sueltas a modo de citas célebres. Eres bueno, me digo, sabes que lo eres. Hazlo.
Tu musa sube al púlpito y comenta que su escritor está en las últimas, incluso peor que ella. Es jodido inspirar a alguien que no es capaz de ponerse a escribir sin dejar la mente en blanco; a este paso, dice, llenará un excel de personajes con sus diferentes rasgos e intentará escribir un bestseller sobre la construcción de un granero… Tu hada pega un trago y dice que lo siente, pero que aún no consigue deshacerse de Dorothy, que es como llama a su petaca. Ese cabrón, dice, el escritor al que intento sacar de su letargo, en fin, creo que está pensando en hacer algo drástico. Y ya sabéis cómo va esto, una no puede ser conocida como la musa de alguien que sin haber publicado nada fue y se cortó las venas. Vamos, dice, ya sé que no se demandan musas vía ETT, pero vosotras me entendéis…

Paso varios días encerrado sin ir a trabajar, llenando de ideas sueltas la pantalla del ordenador. No cojo el teléfono y la publicidad se acumula en el buzón. La vida real puede ayudar, pero vive al margen de esto. Mi musa no para de asistir a sus reuniones de Alcohólicas Anónimas. Cada vez es más dura conmigo. El otro día el hada me dijo justo antes de despertarme que se le están comenzando a pudrir las alas, y que no es justo que la quiera fuera de mi subconsciente. Por lo que entendí, cuanto más avance en mi idea para el libro, menos quedará de ella; bueno, o es una posibilidad… En cualquier caso, no me dio ninguna pena.
He decidido que la musa protagonista se llamará Colibrí. A secas. Me llamo Colibrí y soy alcohólica, dirá, el escritor para el que alimento ideas es el típico tonto del culo demasiado cagado para vivir en la vida real, así que ya sabéis, escribe. El resto de musas sentadas en sus sillas de madera aplaudirán y después darán la bienvenida a Colibrí de forma personalizada.
Durante el décimo día de escritura compulsiva, a eso de las nueve de la noche, oigo jaleo abajo en la calle. Al abrir la ventana desde mi octavo piso para ver qué pasa, enseguida oigo la respiración de alguien. Hay una chica subida en la cornisa a unos tres metros de mí, unos veinte años. Al verme, grita, me dice que no intente nada o se tirará. Le digo que si va a hacerlo que lo haga ya, porque si envían a alguien de la policía es probable que utilicen mi piso para acceder a ella, y yo tengo mucho que escribir aún, mucha vida por delante… Pero no me escucha, solo mira hacia abajo, llora, parece más paralizada por la posibilidad de desequilibrarse que por la duda de si quiere saltar o no. Subo el volumen y le digo que si quiere puede entrar por mi piso, que si ha llegado hasta ahí seguro que puede dar marcha atrás; solo tiene que calmarse.
– No… no sé qué hacer… – murmura, llorando.
Pero yo sí. Y debería estar aporreando el teclado. Colibrí será solo una subtrama de mi novela, pero el lector deberá estar deseando leer esas partes. Ella será la representación de lo que el escritor piensa de verdad; si mi musa simbólica en la realidad es el hada alcohólica, la musa del personaje de la novela será Colibrí, su reflejo. Justo ayer de madrugada el hada me dijo que tiene un tumor, un bulto, y que yo se lo he provocado, que no sea tan cabrón, ya tengo trabajo y ese rollo de los cómics, que qué más quiero, que debería frenar mi ego y conformarme con la ropa de marca y rajar sobre los demás como hace todo el mundo.
La chica suicida da un paso hacia mi ventana. Intento calmarla, alargo mi brazo, aunque para que lo toque aún debe dar un par de pasos más.
Colibrí mide metro sesenta y es todo curvas de ese modo que hace que tu sangre fluya. Tiene cara de pícara y es morena y por algún motivo he decidido teñirle las puntas de rubio de su cabellera larga y lisa que le llega casi hasta la cintura. Viste como una colegiala. Entre las demás musas asistentes a AA, hay enfermeras, policías, inocentes profesoras de escuela…; la idea es parodiar el concepto que tiene el hombre de una mujer atractiva. Una musa es abstracta, pero en este caso todas tendrán sus rasgos y su etiqueta con el nombre en el pecho.
La chica suicida finalmente da dos pasos con sorprendente rapidez, y la cojo por las manos y la meto en mi piso. De abajo llegan aplausos apagados, cierro la ventana.

No sabemos si esto le interesa a la policía. Ninguno de los dos sabe si la tentativa de suicidio es exactamente un delito. Así que ella me dice si puede quedarse en mi piso hasta que abajo se calmen los ánimos. Le digo que sí, pero que tengo mucho trabajo, y que si quiere algo, beber, tabaco, si tiene hambre…
– Si tienes un cigarrillo…
Le doy uno, le tiemblan la manos, se lo enciende… Ella se sienta en un sillón cercano de donde estoy yo, en la mesa del salón, donde vuelvo a sentarme en mi silla ante mi portátil. No me noto tenso, creo que la chica solo necesita tiempo, y luego se largará. Escribo.
La musa, con su atuendo de colegiala y su mala leche, decide airear mis mierdas en las sesiones de AA. Esa es la gracia, el libro será una rajada en primera persona que dejará entrever que el escritor de la historia no es más que yo mismo poniéndome a parir.
Oigo un siseo de hojas y me vuelvo. La suicida ha cogido el segundo número de HateGirl, la serie de cómics para la que dibujo y a veces escribo, y que ya va por su número nueve mensual. Lo cierto es que aunque no consigue grandes ventas, sí tiene sus fieles. HateGirl es una cría de once años con el pelo rojo, el flequillo recto justo por encima de sus ojos y una melena a la altura de los hombros. Es mi idea sobre la mujer cabreada, y una especie de materialización formato cómic de lo que yo entiendo por musa. Lleva un traje de cuero rojo, y dos espadas al estilo de los samurais cruzadas en una funda en la espalda. El motor: la sangre. La niña se mete en todo tipo de altercados que acaban en baños de hostias, desmembramientos, viñetas que ocupan páginas enteras con la niña arrancándole literalmente a alguien la cabeza de una patada, o atravesándole el estómago de un puñetazo, o despedazándolo con las espadas. Es un reflejo de mi pasado leyendo cómics de Mark Millar, mi máxima influencia estilística en el trazo y la composición de la páginas.
La muchacha ojea el cómic sin saber que los dibujos son míos, y hasta decide ponerse a leer después de preguntarme si tengo el número uno de esa serie. Le digo que sí y se lo busco y se lo doy y sigo sin decirle que soy el dibujante.
Me meto otra vez en lo mio, con mi rollo de hadas y musas, y decido releer en vertical todo lo que llevo acumulado estos días. Apunto cosas a destacar:
– Amargura (presentación de los personajes).
– Bloqueo (sentar bases de crisis).
– Drogas (la crisis en sí).
– Musas (las encargadas de la verdad).
– Ridículo personal (recalcar virtudes y defectos a través del personaje principal).
– Autobiografía enmascarada parcial (que negaré a toda costa si algún día tengo que promocionar el libro).
En realidad no necesitaré mucho más de doscientas páginas. Tengo ya un manuscrito del escueto discurso final de la musa para el último tercio del libro, que supongo irá variando, pero que debe ser así en espíritu:
“Me voy de Alcohólicas Anónimas. Llevo dos años sin beber (aquí Aplausos, Reacciones, Alguna divagación con sentido…). Debo seguir junto a ese cretino para que pueda hacer algo con su vida. No tengo miedo, puedo soportarlo. La vida en esta realidad no es tan dura, aunque no se parece nada a lo que los humanos esperan ver al morir. Ya sabéis, son así: todo es negro o todo es de color rosa; todo se acabará poco a poco y ellos seguirán sin hacer nada; follarán lo que puedan y comerán hasta que no se puedan atar los zapatos. Quiero que todas sigáis siendo así de generosas dentro de vuestros uniformes de fantasía. Haced que os valoren, que no os tomen por tontas. Lo que es yo, voy a seguir adelante. Pero nunca más con este uniforme de colegiala. Gracias, os veo en La luz.”

La chica suicida se lee tres números de HateGirl del tirón. Y una vez decide comentar algo sobre el cómic, no me queda más remedio que decirle que es mio en parte. Ella cierra el tercer volumen y dice algo como:
-Vaya…
Un buen Vaya, un Vaya positivo, del que puedo sentirme orgulloso.
Son más de las diez y media y no he cenado. Le digo a la chica si quiere salir a comer algo. Dice que está algo desganada, al fin y al cabo a esta hora tenía planeado estar muerta. Pero al final accede.
Dentro del ascensor resulta más guapa, aun con los ojos hinchados y sin maquillaje, después de haberse lavado la cara y peinado en mi cuarto de baño.
Damos algunas vueltas y acabamos en una especie de cruce entre pub irlandés y cafetería con mesas de McDonald’s; decidimos tomar algo antes de cenar. Tardan en atendernos. No sé qué decirle, quizá sacarle el tema de por qué quería morir no sea adecuado. Así que le pregunto si le gustan los cómics. Sonríe con lo que parece alivio, como si hubiera estado esperando una bofetada y al final le hubieran dado un beso en la mejilla.
– Sí, me gustan…
– Está bien, está bien, yo soy un fanático…
Fuera los coches esperan continuamente por semáforos o atasco. Tengo ganas de hablarle de todo esto al hada alcohólica si aún no ha muerto. Dentro del local se puede fumar. La primera calada me sabe a gloria después de horas de sólo escribir. La chica, después de un silencio, me dice que se llama Raquel. Yo también le digo mi nombre, y nos damos la mano sintiéndonos entre ridículos y aliviados. Luego los dos miramos a nuestro alrededor, impacientados por el hecho de que ningún camarero nos atienda.
Entonces ella comienza a hablar, algo apurada, avergonzada. Y dice que no sabe qué pensaré, pero que no está loca. No está tan mal. Ha sido por un chico, dice.
– Pero no quería matarme realmente. No sé qué quería…
Al fin llega un camarero.
Ella pide una jarra de cerveza, por favor. Yo pregunto si tienen batidos. El camarero levanta las cejas de forma imperceptible. La chica suicida sonríe, pero no de una forma burlona; y me mira a los ojos.

[Un tipo llamado Matt Shapiro cada año se dedica a montar un video resumen cinematográfico del año con algunas películas destacadas del mismo; una señora lección de edición. Esta vez la canción elegida es Exit music (for a film) de Radiohead, un tema que en un mundo coherente arrancaría una lágrima a cualquiera.]

Enamorarse de plástico

Durante mucho tiempo mi sistema nervioso central se llamó María; se llamó, porque prefiero hablar de todo esto en pasado. Ella organizaba todas mis fluctuaciones sentimentales en favor de un sufrimiento emocional atroz sobre el que se han escrito millones de canciones basura.
Y ella no me evitaba precisamente porque yo le atrajera. No es que quisiera darme celos quedando con aquel mamón de Personal. Por Dios que a ese tío jamás le oí decir algo que no fuera irritante o no hubiera dicho ya algún poeta irritante o filosofo irritante u otro compañero de trabajo o periodista cuadriculado. Y tampoco es que dicho mamón me cayera mal por estar con ella; era alguien que caía mal per se, un tipo sin emoción profunda alguna en apariencia, autómata de la vida, educado en la neutralidad y dialécticamente ramplón en pos del Tocar Tetas Cuanto Antes.
Hay mucha gente que se vuelve estúpida por la filosofía TTCA. Ser normal siempre está de moda igual que el orgasmo y la coca-cola; pero como nadie lo es en el fondo, la gente tiene que hacer ciertos esfuerzos, moldear un discurso neutro y falsamente inocente para que cierto objetivo femenino baje la guardia y esté dispuesta a ir al cine contigo; o a cenar, o a lo que sea para que te acabe dando acceso al TTCA.

Ella tenía veintipocos y vivía aún con sus padres. Su magnetismo al principio era únicamente debido a su físico; todo el lote de piernas, buenos pechos y andares contoneantes que agitan la sangre a cualquier tío hetero, lesbiana o bisexual.
El cambio significativo respecto a cualquier otra tía buena formato Vecina de al lado obviamente residía en sus rasgos faciales, su expresión, sus ojos. Si los ojos son la ventana del alma, ella tenía toda una terraza con piscina, barra, camareros, tumbonas y vistas al mar de su alma. Si no de qué iba yo a ir por la calle buscándole dobles en cada tía pelirroja que al volverse era un adefesio o un heavy. María tenía unos ojos grandes y claros y una sonrisa de pin up manga con los dientes perfectamente alineados; mofletes con hoyuelos y cuello albino; todo enmarcado en su melena naranja. Era tan apetecible vestida y amable en el trato, que imaginársela desnuda era casi como una violación, casi te sentías culpable. La belleza que trasciende la masturbación y la misoginia da lugar habitualmente a la obsesión, que mengua durante un tiempo para volver con más fuerza convertida en terrible y venenoso romanticismo. Lo cual sucede cuando te levantas un día pensando en ella antes que en cualquier otra jodienda habitual dada por el solo hecho de estar vivo.

Y estar vivo está sobreestimado; lo está si lo que haces es sufrir por culpa de los cuchicheos del compañero de trabajo más idiota que conoces a la chica más fascinante que has conocido en toda tu pajillera vida. No saber da la esperanza; no haber sabido de su existencia hubiera sido un alivio; el sufrir por alguien no te mata como la química, es una droga mucho peor en muchos aspectos, arraigada de forma irracional en lo más profundo de tu versión más ridícula: ese tío en el que te puedes convertir cuando sabes lo que quieres pero no sabes cómo conseguirlo. La familia Capuleto con la que yo tenía que luchar era invisible, tenía una sólida base de filosofía básica occidental y miedo común a la soledad. Mi teoría inicial era que ella estaba deseando estar con alguien, y el primero que se le cruzó fue Mamón de Personal. Con el tiempo supe que María había salido de una relación tortuosa antes de caer por algún sobrenatural motivo en brazos de Mamón. No sé si eso le daba sentido a algo, pero es probable que ella fuera de esas personas demasiado acostumbradas a tener pareja como para dejar pasar lapsos de tiempo prudenciales en pos del equilibrio y la calma.

Pero lo que me atormentaba de verdad no era lo que sentía, sino si lo que sentía era real o sólo una implantación pos-crisis monogámica. Es algo que nuestros antepasados ya estaban cultivando en la sociedad cuando aún estaban en boga ciertas religiones y “mandatos morales”. La obligación entrecomillada en cuanto a la monogamia, asociada a -según muchos- el único modo de realizarse y ser feliz, fue lo que poco a poco creó otros modos de vida que no encajaban en una sociedad demasiado condicionada por costumbres y deberes evolutivos que estaban directamente relacionados con el sexo, pero no necesariamente con el amor.
La mujer continuó teniendo cierta necesidad fisiológica y emocional de tener hijos, pero el hombre comenzó a ir cada vez más a la suya. Como muchas mujeres optaron por la inseminación y la crianza de niños fuera de la Familia entendida como el clima ideal para educar a los neo natos, los grandes mandatarios decidieron tomar medidas.
Básicamente se llegó hasta ese punto por una reacción inconformista de quienes querían vivir siempre de acuerdo con sus sentimientos; en su mayoría hombres que comenzaron a no dudar lo más mínimo en dejar a sus novias cuando éstas insinuaban su intención de maternidad, o ya no sentían nada especial por ellas. Las estadísticas de natalidad comenzaron a ser alarmantes hasta el punto de poder hacer un cálculo aproximado para la extinción del ser humano. Porque si los hombres comenzaron a ver la poligamia de condón y pastillas como la opción natural lógica, poco a poco las mujeres también empezaron a rebelarse, negándose a tener hijos solas si éstos no iban a contar con un padre -y o pareja- realmente comprometida y feliz.

El chip que se implanta en algunos niños -solo niños- al nacer, es un híbrido de material de laboratorio, en parte placa común y en parte tejido orgánico. Cuando un bebé nace es incubado varios días por ley al margen de su estado de salud; a algunos niños se les implanta el chip y a otros no. La diferencia entre tener un hijo libre de estímulos artificiales o asumir la posibilidad de que se le implante un chip, reside en la decisión de si vas a querer que nazca en un hospital preparado o en una clínica ilegal poco fiable y mucho más cara.
Dada la actitud radicalmente pasiva en cuanto a la política y las decisiones de estado que por aquel entonces ya tenía -y tiene- la gente, la implantación de aquellas leyes “pro-humanidad” apenas provocó unas cuantas discusiones de familia y tímidas manifestaciones consideradas como el típico grito inconformista de los últimos estertores hippies. Parecía ser la evolución lógica teniendo en cuenta cómo la ciudadanía cada vez había ido prestando al paso de los años menos atención a ciertos problemas de relevancia decisiva, al mismo tiempo que salían a la calle en masa y unidos cuando un equipo de fútbol ganaba una competición, o cuando los comercios abrían en días festivos y las calles estaban llenas de luces en navidad.

Así que mi duda existencial era sencilla: ¿soy yo o solo me han activado? Llegada cierta edad, si activan lo que quizá lleves en la cabeza -y para lo cual no tienes acceso a los rayos x y demás-, la mera atracción que puedas sentir por alguien se convertirá en amor romántico. Si la mujer en cuestión no accede a tu impulso o te deja sin haberla fecundado, en un tiempo estipulado, se te desactiva y se te vuelve a activar para la siguiente presa. Si al cabo de diez años aún no estás casado y con hijos reconocidos legalmente, se te da por perdido. Pero por lo que se sabe eso casi nunca pasa, excepto en casos de extrema fealdad del individuo o problemas de salud que incluyan silla de ruedas, quemaduras faciales u otros inconvenientes de grave dificultad para que se pueda llevar a cabo el proceso de enamoramiento artificial con la subsiguiente gestación de uno o más hijos.
De todas formas, el sistema funciona; la natalidad sube como la espuma y a la mayoría de gente no le importa en exceso saber si están enamorados de verdad o sólo son monigotes al servicio de la perpetuación de la especie.

El hecho que más te hace sospechar a la hora de detectar a las parejas artificiales, son esos matrimonios actuales que llevan quince años juntos y siguen buscando rincones apartados donde poder comerse la boca. Cuando la gente se reúne en cenas y demás actos sociales se considera de mala educación hablar sobre la felicidad. Aun así, dado que ellas están libres del impulso artificial, entre las mujeres se producen miradas subrepticias y largos silencios cuando sus parejas se muestran demasiado cariñosas en público.
El cariño conyugal no es más que otra forma de sospecha. Para las mujeres ahora es más importante que nunca saber del pasado de sus pretendientes. Un tío que antes sólo se dedicaba a beber y follar con la primera rubia sin cara que conociera en una discoteca, no cambia con facilidad. Si dicho tío te folla diez veces y aun así luego te dice que eres única y que jamás se había sentido así, es muy probable que sólo le gustes por mandato gubernamental.

Y sabiendo todo eso, ahí estaba yo, colgado de una chica del trabajo, a mis veinticinco años y sin saber si aquello era de verdad. Se dice que a partir de esa edad se comienza a manipular a los hombres con chip implantado. Pero lo único que yo sabía es que jamás me había sentido así por alguien. Desde luego si aquello era falso, era una obra de arte de la tecnología; quizá la primera obra de arte auténtica de la tecnología, que te podía hacer llorar, sufrir y anhelar algo.
María pasó cinco meses enteros con Mamón de Personal, y si de verdad tengo chip, desde luego no me lo habían desactivado en todo aquel tiempo (y sigo hablando en pasado). De ser así deja de atraerte esa persona, esa persona está marcada, y le toca el turno al siguiente buen lote de tetas, piernas y culo y mirada profunda.
Esperé durante esos cinco meses, paciente, comportándome con corrección con ella y Mamón de Personal, y simulando que no sabía que todo el mundo sabía que ella me gustaba.

El gerente de nuestra planta montó un día una fiesta. Era verano, de noche. Los invitados estábamos en un jardín. Había una piscina y se servía alcohol y todo el mundo se vistió de gala; por puro pijerío del anfitrión o quizá para hacer la broma, era una exigencia. Tuve que alquilar un esmoquin. Las chicas iban con vestidos de noche. Hasta Mamón de Personal parecía alguien a quien tener en cuenta si no hablaba. Yo me limité a beber comentando la jugada con cuatro compañeros y evitando mirar a María para no acrecentar aún más unas sospechas que ya estaban más que arraigadas en las charlas que carecían de mi presencia; algo que también sabía ella, algo que, a la práctica, te convierte en una especie de víctima constante, de infeliz, hasta tal punto que hasta Mamón debía saberlo todo y no parecía haberle importado nunca lo más mínimo.
Bebí y bebí hasta que supe que si seguía bebiendo acabaría vomitando en la piscina, tras lo cual le pegaría un puñetazo a Mamón y me declararía a María delante de todo el mundo para acabar en youtube como el payaso rechazado al que se le fue la olla en una fiesta pija.
Pero dejé de tragar vodka cuando me noté algo ido. Lo cual, eso sí, hizo que, con mi nueva soltura etílica no parara de mirar a María, ya estuviera con Mamón, sin él, de cara, de espaldas, sola, acompañada, lejos o cerca. Me devolvió la mirada hasta cinco veces, la última sonriendo. Mamón no supo parar de beber, y para cuando ella se acercó a hablar conmigo, él estaba dentro de la casa abrazado al retrete.
Yo apenas tuve tiempo de decir nada. Olía sutilmente a perfume y se acercaba mucho para hablar. Me noté falsamente sobrio de repente. De todos modos me parecía bien que ella hubiese tomado la iniciativa, a mí el filtro de contenido del cerebro a la boca no me funcionaba.
Todo el mundo hacía como que no nos miraba y no comentaba la jugada. El número de decibelios bajó en el jardín, pero por suerte el vodka hizo que me diera igual todo.
Fue de sopetón. Me dijo que no quería darle vueltas al asunto, que ya estaba. Que había cortado con Mamón de Personal esa misma tarde; se llamaba Anacleto Gracia. El muy mamón… María me dijo que no disimulara, que ya sabía que yo… que ya lo sabía. Y que le parecía bien. Pero que tendría que aceptar sus normas.
– No quiero ser una cabrona, pero ya no te puedes fiar de nadie.
Me dijo que no sabía muy bien por qué había estado con Anacleto, que tuvo una especie de palpito con que él no llevaría chip. Que de todas formas ya no le importaba porque no tenían nada en común, pero que habían cortado de forma amistosa. Yo miraba simultáneamente a su cara y a la casa.
– Da igual que nos vea, solo estamos hablando…
Y entonces me dijo que sí.
– Si aún quieres, podemos quedar un día de estos, para salir.
– Claro, claro que sí, si quieres.
– Sí, quiero.
Pues muy bien, dije, y después de esos escasos tres minutos de conversación ya me sentía casi sobrio, y comenzó a molestarme que todos miraran hacia nuestra dirección. Mamones…
María comenzó a hablar sobre sus condiciones.
– No puedo saber si llevas chip. Y tú tampoco. Así que no quiero arriesgarme a convertir mi vida en una farsa…
– De acuerdo. Vale…
No es que quiera planearlo todo, dijo, pero sí dejar claras las cosas. Dijo:
– Si la cosa va bien seguiremos saliendo, y nos olvidaremos del tema del chip. Pero me preocupa lo que pueda suceder a largo plazo.
Imagínate que llevamos tres años, me dijo, y tú sigues igual de entregado que el primer día. No puede ser.
– Sé que si llevas el chip no es por tu culpa, pero tampoco por la mía.
Si la relación se solidificaba, era sospechoso, si no surgían rencillas, sospechoso; la misma entrega en el sexo siempre, sospechoso; declaración y entrega de anillo, muy sospechoso, casi definitivo. El secreto estaba en que la relación se fuera deteriorando. La forma de hacer que todo fuera auténtico dentro de lo posible, era que nuestra historia se acabara de una forma natural, previsora, inteligente.
– Así que creo que dos años está bien… Podemos estar dos años si todo va bien. Y luego ya veremos. Luego tendría que evaluar la situación. ¿Qué te parece?

Eso solo fue el comienzo. Dos años son sorprendentemente cortos si han valido la pena: Si Han Valido La Pena. De entrada me comporté con normalidad. Todo iba bien. Pero al paso de los meses sabía que ella tenía serios debates consigo misma; alguna vez la vi mirándose al espejo sin hacer las típicas muecas de vanidad. Mi plan era comportarme mal de vez en cuando, no estar de acuerdo con todo, no ser demasiado servicial. Quería tener al menos una disputa al mes; a poder ser una pelea a gritos de vez en cuando.
Pero no me salía. La seguía queriendo igual. No tenía motivos de peso para enfadarme. Así que cuanto mejor iba todo, más comenzó a preocuparse ella. Fantaseé con tener algún problema grave de salud, algo que la hiciera olvidarse de los dos años como tope; quizá un intento de suicidio, un buen accidente de coche… Pero nada, no tenía tanto valor, no pasaba nada. Como yo vivía para ella como mejor sabía, ella tampoco tenía motivos de peso para discutir; aparte de las cada vez más crecientes sospechas de amor artificial.
Durante el segundo año se me ocurrió una idea, lo que yo pensaba que sería una buena idea. Un día me metí en un sex shop y compré suficientes artilugios sado como para llenar una maleta. Pretendía llegar a casa con todo aquello y mostrárselo; la puesta en escena era potente; quería que me viera como al auténtico pervertido que había estado escondiéndole, quería que se lo creyera; algunos de aquellos mamotretos no sabía ni lo que eran; había desde bolas chinas hasta un consolador negro con la forma de un puño cerrado. No temía pasarme, me daba igual; sólo quería demostrarle que no tenía chip, que nadie con ese chip actuaría así. Y todo se volvió en mi contra…
Sólo con ver todos aquellos artilugios, me caló.
– ¿Tú vas a meterme algo de todo eso en el cuerpo?
Bueno, yo…
– ¿Crees que no sé de qué vas?
En serio, a mí me pareció un plan cojonudo en aquel momento.
– Tú no eres así, no me puedes engañar tan fácilmente.
Solo quedaba medio año de plazo.
– Creo que esto no funciona, no funciona… Me cuesta mucho creer que seas humano al cien por cien.

Ni siquiera esperó. Me dio la patada justo aquella noche. Me dejó dormir en un sillón, y al día siguiente me preparó dos bolsas con las cosas que tenía desperdigadas por su piso. No sabía bien cómo se lo hacía el gobierno para desactivar tu chip si te dejaban. De camino a casa entré en supermercados aún bolsas en mano y gesticulé mirando a las cámaras de seguridad. Hice lo mismo en la calle cuando topaba con alguna; pasee por zonas turísticas y procuré convencerme de que enseguida me olvidaría de ella porque estaba claro que no era cien por cien humano, y que debía buscar a una chica lo suficientemente despreocupada para poder llevar una vida tranquila y falsamente feliz en pareja. Ella me querría por cómo soy, y yo la querría porque la humanidad se inventó la moral y los tíos solo queremos follar.

Y hablo en pasado pero todo sigue igual. Aquí, en presente, ahora, me miro el reloj en una sala de espera. No estoy en el parlamento ni en ninguna embajada. No voy a hablar con nadie importante. Solo es la sala de espera del medico, mi médico de cabecera. Han pasado dos años desde que María me consideró falso humano, y no me he curado y además no la he vuelto a ver porque se fue de la empresa. Necesito rayos x, necesito saber si tengo un chip, y si es así, necesito que me lo desactiven. No sé si quiero ser humano completo o no. Ya no sé qué quiero. Llevo una pistola en el bolsillo interior de la chaqueta porque lo que sí sé que quiero son respuestas, y las quiero ya. Sé que un médico puede hacer algo, que tiene un teléfono a mano. Intento que no me tiemblen las rodillas ante la demás gente. Estoy sudando como un cerdo. Me he pasado la noche soñando con que ella había muerto, he despertado sudando y me he vestido y he venido aquí y sigo sudando. Y quiero respuestas. Algo definitivo, que justifique mi compra de una pistola en el mercado negro, en el maletero de un rumano, en esta ciudad apestosa llena de semi-humanos y humanas estúpidas que siempre salen perdiendo en la comparación. La enfermera sale y creo que ya me toca. Dice mi nombre en voz alta sin mirar a nadie. Me levanto. Es el momento, ahora voy a saber qué pasa, la humanidad sigue en la calle multiplicándose y apestando el cielo. Mi cerebro dice No, y yo digo: A la mierda.

[Para empezar el año quiero romper una lanza a favor de la buena televisión; y si hay un buen programa ahora mismo en el ella, es el de Buenafuente. Youtube viene ser algo así como la tele hecha para los que no nos gusta la tele; fragmentos de diez minutos de los buenos (y contados) programas que no pudimos ver. El video es una entrevista de 2008 que Buenafuente le hizo a Gomaespuma. Siete minutos de colegueo y risas; no entiendo cómo hay quien prefiere ver según qué mierdas a esto. En fin. Y para la foto, comienzo una serie de pin ups, que siempre me han hecho gracia y lucen mucho…]

Idea de proyecto para la elaboración de sentimientos en serie

Mi madre me contaba un cuento de pequeño del que ya no recuerdo nada. Después al cumplir yo siete años murió a base de golpes y tampoco recuerdo ya su cara. Mi padre fue a la cárcel y consiguió suicidarse a cambio de cigarrillos. Mi hermano, un accidente de tráfico. Mis tíos se desentendieron de mí. Los abuelos que me quedaban ya estaban en residencias, babeantes, alzheimer, inmóviles, muertos sin enterrar, otrora católicos y fachas hasta la médula por lo que sé. Y una familia me acogió al poco tiempo porque yo aún era lo suficientemente pequeño y mono, lo suficientemente maleable, sin ideales, ideas, raciocinio.
Luego a los doce años, conocí a una niña de catorce quien también vivía con una familia de acogida. Le habían cortado las manos en Sierra Leona, me contó que aún se agitaban por los nervios los segundos antes de que ella se desmayara. Y me dijo también que alguien le hizo unas prótesis a las que no consiguió acostumbrarse y que luego abría botellas y cocinaba sólo con los muñones. Y yo me enamoré de ella.

Me desenamoré al conocer a los quince años a una chica de dieciséis que tenía la piel blanca y manos y padres consanguíneos que me miraban como a una rata, un bichejo asqueroso con los testículos a rebosar de esperma sano y materializador de madres adolescentes y quizá indeseados abortos. Yo era el ladrón de la saliva de su hija, tenía acceso a su entrepierna y a confesiones que jamás les haría a ellos; era la realidad paternal llamando a la puerta de una pareja “moderna” con los recuerdos de una bebé sana e inocente aún demasiado frescos en sus mentes camino de los cincuenta.
Pero, contar en la tercera o cuarta cita cómo mi padre sacudió a mi madre todos los días hasta la muerte, solía ser un billete directo al interior físico de cualquiera. Así que aquella muchacha sana y blanca y con manos me duró sólo unos meses. Además de haber sufrido una infancia terrible, empecé a saber sacar partido de la misma. A los veinte años comencé a tener verdaderos problemas para recordar con cuántas chicas había estado. Mis amigos de novias fijas se lo tomaban a broma y sé que sus parejas me llamaban de todo en secreto, algunas seguramente tan sólo desde la envidia y la hipocresía. Según observaba a esas parejas, la monogamia parecía reducirse a la obligación de conocer y reírte con un montón de gente extra con quien no necesariamente ibas a empatizar: suegros en proyecto, yernos potenciales, básicamente desconocidos, a la larga sucedáneos de tus amigos de verdad, las marcas blancas de la gente con la que realmente te llevas bien.

Por algún motivo, era un buen estudiante. Lo cual era curioso porque no estudiaba. Me limitaba a seguir las clases con cierta atención. Solía pedirles apuntes a las chicas, más por ellas que por los exámenes. Aprobaba sobradamente con recuerdos vagos de las clases y chuletas de una elaboración mucho más estresante que hincar codos. Instituto, universidad, y después oficinas. Me aburrí durante años manejando datos y pasando por distintos tonos emocionales de gris en relación al escaso interés que me despertaba el mundo empresarial: ese mundo con ese principio de subir peldaños chupando pollas metafóricas en forma de cenas con compañeros y horas extras.
Cada navidad me sentía más hipócrita. Quería a mis padres protésicos y a cada una de las chicas con las que estuve (nunca le metí la polla a nadie a quien me hubiera dado igual ver morir), pero no me gustaba la idea de tener que ser feliz y hacer regalos cuando me lo mandaran. Ese rollo me da mala espina, mi familia empezó así. La espontaneidad secuestrada por las tradiciones y el markenting hace que cualquiera por cabrón que sea parezca tierno cuando gasta dinero en una fecha oficial. Hasta mi padre le compraba flores a mi madre el día de San Valentín.

En presente, le chupo el culo al gobierno después de haber aprobado unas oposiciones que me han dado un trabajo igual de tedioso que los pasados, pero fijo. Salgo de la reclusión laboral a las tres de la tarde y tengo medio día para fantasear con que soy libre para hacer lo que quiera. Intento ser cada vez más yo, pero no es fácil deprenderse de todas las etiquetas, ideas y prejuicios absurdos que desde pequeños nos meten en la cabeza entre todas esas personas que en teoría nos quieren, que tienen nuestro número de teléfono y que no dudarán en destriparnos cuando no estemos delante. Soy materia fecal del mundo civilizado, me gustaría caer bien sólo a la gente que se siente incómoda dentro de un zara.

Contar mi vida es cada vez más aburrido; por eso, cada vez que vuelvo a hacerlo suelo añadir detalles, inventarme parte de la historia. Así que cuando le cuento a alguna fan de los móviles tetona y probablemente menor cómo murió mi madre, en lugar de explicar una vez más cómo la oí caer escaleras abajo por un empujón paterno, lo que hago es detenerme en falsos detalles escabrosos sobre lo que vi: que mi padre me obligó a mirar mientras la violaba, que la degolló, que la obligó a ahorcarse a punta de pistola, a tirarse por la ventana; o que la quemó, que condujo con su cuerpo encerrado en el maletero y la enterró viva en el bosque, que la tuvo encerrada en una habitación hasta que murió de inanición… Todo funciona. Hasta la feminista más íntegra, recta y autodogmatizada se acaba ablandando. Una buena infancia de mierda puede ser mejor que unas buenas abdominales. El cinismo también te puede salvar la vida.
El pasado siempre viene a buscarte, todos los días; lo que yo he hecho es hacer que esos vientos de tragedia soplen a mi favor; si mi padre hubiera sido un progenitor ejemplar, yo ahora quizá estaría intentando hacer crecer alguna empresa propia, tendría un par de críos, me habría casado por la iglesia, mi mujer sería lo suficientemente mona, más elegida para que los demás asintieran al verla que por amor… Pero la vida me sacó de golpe del camino neutro, el de No soy feliz ni infeliz, el de Soy normal y estoy orgulloso de serlo; el de No se lo digas a nadie pero ahora podría dormir por las noches en un ataúd y sería prácticamente igual que los cadáveres que llevan años bajo tierra.

Por suerte mis padres adoptivos nunca intentaron que yo fuera de un modo u otro más allá de la idea de la diferenciación básica entre el Bien y el Mal. Me aficionaron a leer, al cine, y hasta a la música clásica. Siempre supe que ella, mi madre postiza, era muy religiosa, pero su marido no; jamás me dijeron en qué tenía que creer, o si tenía que creer en algo. Cierto es también que me maleducaron en todo lo referente al dinero, ya que era raro la vez que me lo negaban o no me compraban lo que quería. No eran millonarios, pero tampoco iban descalzos. La verdad es que tuve mucha suerte, eran -desde el punto de vista de cualquiera que se las dé de normal- raros de cojones. Descubrí un armario lleno de juguetes sexuales, y una noche, pocos meses después de haberme ido a vivir con ellos, abrí la puerta de su dormitorio y mi padre volumen dos estaba leyéndole un poema al coño de su mujer. Estaba espatarrada y desnuda en la cama, y él interpretaba los versos de Dylan Thomas dirigiéndose al poblado pubis femenino.

Lo cierto es que en lo importante de verdad, raramente puedes elegir en la vida. No es que me vuelva loco vivir solo en mi piso último modelo para matados de clase media de Construcciones Pretecnotimes, pero me siento menos mentiroso que la mayoría si contestaran sinceramente al preguntarles por sus vidas. Cada planta formada por seis pisos gira sobre sí misma para que el paisaje sea distinto cada día; hoy tengo unas bonitas vistas a la zona industrial de Periférica Microsoft. En los días nublados no es un mal paisaje si lo enmarcas en la etiqueta del arte moderno. Llevo siete años viviendo aquí y ahora estoy esperando a Lila 3089, una tecnopilingui inmortal que forma parte de un nuevo servicio de prostitución a domicilio al que me estoy aficionando peligrosamente. Cada vez cuesta más diferenciar a la gente real de los androides; cada vez que ves a alguien demasiado atractivo, sospechas. Fantaseo con que algún día cojan realmente conciencia de sí mismos. La prostitución de carne y hueso es ilegal, pero a efectos legales pedir los servicios de una tecnoputa es como comprar un sistema de reproducción en 5D o encargar una pizza. Hasta la prostitutas extranjeras están comenzando a tomar clases de informática.
Son las nueve de la noche. En las noticias se sigue especulando con la fabricación de tecnogigolós, lo cual hace tiempo que trae cola, y ha dividido a las feministas. Ahora tener una relación seria tan solo supone el hecho de tomar la decisión consciente de ponerle los cuernos a alguien en un futuro. Al no tratar con un ser humano en el proceso del engaño, si te lo montas bien, no es fácil que te pillen. Es la monogamia llevada a juicio, quizá la policía de la evolución echando abajo las puertas de la moral como invento humano. Pero profundizando, en realidad nada ha cambiado aún. Puedo oír cómo comienza el leve y gradual siseo de rotación de mi planta, que mañana me enfocará hacia el este. Alguien llama al timbre. La confusión sistemática sigue reinando. Únicamente espero no descubrir un día de estos que sólo soy un androide al estilo K. Dick, y que mis recuerdos no son reales, sino tan solo creíbles.

[Si en el avance de una nueva película de Christopher Nolan veo una ciudad doblegándose sobre sí misma, esa es una película que sencillamente voy a ver (trailer arriba). Y en la foto, para esta fechas tan económicamente entrañables, el cartel de la película que recomiendo ver en familia estos días. Billy Bob es grande.]