Archivos Mensuales: marzo 2010

Grabando apocalipsis

Esto es una lucha constante por evitar ser otra chica Flor.
Eres bonita, hueles bien, y punto. Es decir, siempre un mismo enfoque, siempre políticamente correcta. No eres nada, solo sonríes sin llamar demasiado la atención y procuras parecer rabiosamente corriente delante de todos. Carácter cero. No hay nada que te apasione de verdad, nada que te saque de tus casillas. Apariencias…, las amas; te encantaría que todos fueran esclavos para siempre de las primeras impresiones. Inocencia de diseño: No follas, aunque folles. Todo es raro para ti, la mayoría de las canciones, de las películas, de las personas. Eres tan “al uso” que es imposible imaginarte haciendo algo más que respirar. Te multiplicas provocando que aparezcan tiendas para pijas como setas. Eres la telebasura, la novela rosa y el cine americano de usar y tirar. El blanco perfecto de cualquier producto de consumo vacío con el suficiente presupuesto para una buena promoción; eso eres. Un tumor de todo lo auténtico, de todo cuanto tenga alma, o brille, o destaque por su profundidad.
Eso evito ser, otra chica Flor. Otra buena chica. No es una cuestión de feminismo, ni una fase adolescente, ni voy vestida siempre de negro. Es solo que mi película de cabecera es Posesión infernal, y me gusta chupársela a mi novio. Cuando tengo uno.

Estoy metida en esta cabaña idílica y de noche, y me ha costado horrores que mis colegas me dejen fumar dentro. Mi bolso, olvidado en casa. La idea: un fin de semana fuera, el bosque, la naturaleza, todo eso, los pájaros, los riachuelos, barro, insectos, la torres eléctricas, los relojes caros, los móviles, los Ipods… Lo que viene siendo una excursión moderna. Veinteañeros conectándose a Google con un dispositivo de mano mientras se oye una rana en algún sitio. Cuando volvamos a casa podremos ver por Internet los recorridos que hemos hecho, la velocidad, los tiempos… En fin, todo muy relajante, muy apegado a lo salvaje… Ya sabes, yoga de libro, meditación, espiritualidad new age, pon tu móvil en vibración. Si hubiera un budista con nosotros le mostraríamos nuestras pantallas táctiles a cambio de que nos enseñara a respirar de la forma correcta. La mente en blanco… Si vives en ciudad, con suerte para ti el silencio es el roce de cien neumáticos contra el pavimento a lo lejos, ese susurro a través de tu ventana. Todo eso somos, gente perdida y confiada a la vez: chicas Flor, chicos Gomina.

Estoy sola en el segundo piso de la cabaña, un desván con el techo muy bajo. Abajo, mis tres colegas, mi prima, un amigo, y otro tipo, se pasan videos e imágenes de móvil a móvil. Muy pronto cuando la gente mire las fotos de sus vacaciones, se verán a sí mismos viendo las fotos de las vacaciones anteriores. Pronto el Medio se habrá merendado del todo al Contenido. No importará tanto haber sido feliz como tener pruebas para demostrarlo. Será un bucle, gente que mira fotos en las que ellos mismos miraban fotos de ellos mismos mirando fotos de sí mismos cuando miraban fotos de alguien más joven que aún no tenía móvil ni cámara digital.

Aplausos enlatados. Llegan desde el primer piso. Seguramente Youtube en una pantalla minúscula.
Veo unas luces en el cielo desde la ventana tipo Heidi por la que observo las estrellas, y consumo del todo mi último pitillo. Es sábado, once de la noche, así que tendré que gorrearle humo a mi prima lo que queda de fin de semana.

Aquí no hay cama de paja. Por lo que tengo que agacharme y asomarme, y sigo viendo esas luces, tres, moviéndose de forma aleatoria, sin separarse nunca demasiado. Un punto azul luminoso, uno rojo, uno amarillo. Abajo, mis colegas, esos tecno-esclavos, estallan en risas por algún motivo. El rojo se separa del amarillo y el azul, se quedan así un rato; y luego es el amarillo el que se mueve y quedan los tres separados. Y después vuelven a juntarse.
Cuando en los medios se habla sobre ovnis siempre hay alguien que saca a colación algún posible experimento del ejército; pruebas, algún nuevo avión, un arma, globos sonda… Pero luego cuando Estados Unidos saquea de recursos útiles para occidente el país que toque, nunca ves nada extraordinario; ves la CNN, una sucesión de bombardeos y explosiones nada sobrenaturales. Al día siguiente pones la tele otra vez y ves edificios derruidos: casas, almacenes, colegios, gente muerta o a punto de morir, mujeres al borde de una taquicardia mientras un grupo de tíos famélicos intentan apartar piedras enormes de encima de sus hijos… Vaya, nada que te haga pensar en ovnis, sólo la recurrente decadencia humana otra vez. Entretenimiento para la hora de comer, más material insensibilizador por acumulación, contenido televisivo con música de fondo para que lo trágico sea más digerible, estético, más dramático desde el punto de vista del espectáculo. El mismo relato de siempre. Asómbrate otra vez si es que puedes. Es la muerte otra vez al servicio de esas perseguidas puntas de audiencia con las que el canal más visto podrá presumir en cuestión de días alardeando de la “rigurosidad” de sus informativos. Todo es distancia, sobre-información y tecnología que actúan como anestesia emocional.

Las luces siguen arriba bailando. Mi prima, que ahora se ríe descontroladamente en el piso de abajo porque alguien saltó en calzoncillos a un lago helado mientras sus colegas le grababan, tiene veinticuatro años, y un crío de dos ahora con sus abuelos. Uno de los dos chicos es su marido, veinticinco años. El otro chaval es un colega suyo, un desconocido con fama de salido, otro intento frustrado de mi prima por liarme con el primero que surja. Cree que me dejaré penetrar por ese tío porque todos piensan en secreto que soy fácil, y que estoy desesperada.
Medito la posibilidad de avisarles, de decirles que hay unas luces allí arriba. Pero no sé si eso puede competir con aquel chico que cayó a un río porque su amigo movía los troncos por los que cruzaba, o con el crío que por la razón que fuere destrozó su ordenador gritando como un loco sin pensar en dejar de grabarse. No sé si la realidad puede competir con Youtube.
Nunca sabes lo que a los demás les va a aburrir o a fascinar. No cuando se trata de chicas Flor y chicos Gomina.

Aun así, como yo sigo en mi lucha por no convertirme en mi versión muerta, bajo las escaleras y les aviso. Les digo que es mejor que suban, que lo que tienen que ver lo verán mejor arriba.

Los tres se asoman por la ventana de Heidi. Las luces les enloquecen. Al principio las miran por sí mismos, pero enseguida bajan a por sus cámaras y sus móviles, y el resto del tiempo se quedan observando la evolución del ovni -u ovnis- a través de las pantallas. Luego se preocupan por que aquello del cielo quede bien grabado, manipulan los contrastes de luz, miran durante dos minutos sus aparatos y luego unos diez segundos las luces a través de ellos, una y otra vez. Si los extraterrestres realmente existieran y bajaran a visitarnos, da la sensación de que sólo tendrían que darnos acceso a su avanzada tecnología, y poco después ya seríamos sus súbditos.
El tío que aún debe pensar que luego podrá follarme, dice:
– Deben ser pruebas del ejercito.
Me mira y sus ojos dicen: Seguro que no habías pensado en ello.
Mi prima y su marido hasta que, según los papeles, uno de los dos muera, siguen grabando las luces, que no desaparecen; éstas siguen moviéndose arbitrariamente de tal forma que, o bien el ejercito está preparando alguna clase de espectáculo pirotécnico para la CNN, o dentro de no mucho alguien intentará liarme con el extraterrestre más idiota del grupo.

Cuando llevamos casi dos horas viendo aquello, nos preguntamos si alguien más se habrá percatado de la situación. Es frustrante que no pase nada. Hemos puesto unas sillas ante la ventana de Heidi. El chico que cree que tiene alguna posibilidad de meterme mano, se ha sentado a mi lado; de vez en cuando me dice algo, y supuestamente son comentarios ingeniosos y divertidos. Yo intento no parecer una borde, sonrío para no tener que enfrentarme a él. Mi prima, sentada delante, está tan pendiente de las luces como de nosotros. Sabe que no estoy cómoda, que no quiero nada con este tal “Amigo de mi marido”. Ni siquiera recuerdo cómo se llama. Y ella, la muy puta, se lo está pasando en grande.
Si se la follara un alienígena por detrás hasta convertirla en picadillo, yo me encargaría de grabarlo todo; pagaría por ver ese video snuff. A estas tópicas celestinas modernas les da igual si consiguen que alguien se enrolle con alguien; lo que quieren es estar delante durante el proceso de iniciación o fracaso ajeno. Lo que buscan desesperadamente es tener algo de que hablar al día siguiente para no tener que hacer jamás ejercicio de introspección.
Mi primita… Desde pequeña siempre fue mi némesis.
Lamentablemente nada nos ha separado como pasa en otras familias; las circunstancias no han sido propicias para que nuestros encuentros fueran tan solo puntuales, en esas fechas marcadas por el capitalismo amparado en el chantaje emocional. Por desgracia vivimos en la misma ciudad, y a ella le gusta demasiado pincharme como para ahorrarse el placer de mi compañía.
En un sueño recurrente, le dejo a la zorra una copia del Manifiesto Unabomber, y fallece agónicamente de una aneurisma cerebral mientras lo lee. Luego, con el cadáver aún caliente, el resto de la familia nos reunimos y celebramos la horrible muerte del único cáncer de nuestro árbol genealógico.
Todo eso, por supuesto, es así sólo en el sueño. En la realidad la muchacha es un angelito para todos, la chica responsable que puede chincharme porque viste como una chica normal, sonríe como una chica normal, dice cosas normales, es fiel a su marido normal. Y yo, no.

Dos horas y media. Se nos comienza a agotar la paciencia con las lucecitas. “Amigo de mi marido” me dice:
– ¿Has visto E. T.?
Y me da un codazo. Sonríe. Le odio.
– Sí, la he visto…
Creo que nota cierto desdén en mi respuesta. No dice nada más. No puedo creer cómo piensa que puede tener alguna posibilidad de estar dentro de mí. No creo que haya follado con nadie con quien haya hablado antes; esto es serio, me tiraría mucho antes a Hitler…
Justo cuando estoy a punto de mandar a freír espárragos al tipo este en voz alta, una de las luces se mueve hacia abajo. La amarilla. Oímos el ruido de su desplazamiento, y luego cómo, lo que sea, se estampa contra nuestro bosque. El suelo se mueve momentáneamente como en un pequeño terremoto, hasta hacer vibrar nuestra ventana de Heidi.

Nos ponemos de pie, alterados. Lo que sea que haya caído/aterrizado no está precisamente cerca, o al menos eso parece. Pero si tiene/n que rendir cuentas con alguien, los primeros a los que encontrará/n seremos nosotros. Mi prima rompe a llorar; se le deforma la cara. Creo que se muestra como es de verdad por primera vez en años: una cagada. Su marido, en otros tiempos ser pensante y amigo mio, la abraza. El tipo que jamás intercambiará fluidos conmigo se mueve de un lado a otro de la habitación de Heidi, dando pasitos cortos. Parece que va a sufrir un ataque.
– Lo mejor será que no salgamos de la casa – dice el cáncer familiar de mis sueños húmedos.
Así que mi primer impulso es hacer lo contrario. Les digo que ahora podemos aprovechar las linternas que hemos traído. Bueno, que han traído ellos. Por Dios, si hubiera marcianos ahí fuera, con la cantidad de trastos y tecnología que llevamos encima casi podríamos preparar un set de entrevistas. Si esos bichos espaciales colaboraran, el video sería tan realista que jamás nadie podría creérselo.
Sea como sea, esta es mi oportunidad para acojonar a Doña Normal;
– No sabemos si son hostiles, ni si vendrán aquí – digo.
Y vamos, puede que eso que hemos visto solo sea un meteorito, una piedra espacial como una pelota de tenis, añado, sin sonar convincente ni para mí misma.
Y sentencio:
– Lo que no podemos hacer es quedarnos aquí. ¿Vosotros podréis dormir después de haber visto lo que habéis visto?
Nadie dice nada. Y mientras sigo intentando convencer a todos de que lo mejor que podemos hacer ahora es joder todo lo posible a mi némesis, oímos otros dos impactos. El suelo vuelve a moverse, todo tiembla aún más que antes. Al mirar por la ventana, ya no hay ovnis en el cielo, sólo estrellas.

Caminamos con cuatro haces de luz recortando la oscuridad, yo encontré una linterna para mí en la cabaña. Pisamos hojas y ramas. Topamos con árboles y corregimos la marcha. La zorra lloriquea.
Las luces con las que barremos la oscuridad hacen que la negrura alrededor de ellas se acentúe. Objetivamente, no vemos un carajo. Lo más que podríamos encontrarnos por aquí sería un jabalí, digo en voz alta.
– Bueno, ahora también extraterrestres – añado.
Miss Prima Hostil no deja de quejarse, haciendo eses sin parar de llorar; se aferra al hombro de su marido “para toda la vida”. Antes éramos sólo cuatro ciudadanos más del mundo. Ahora, al probar un momento la idea de apagar nuestras linternas, y cuando nuestra vista se acostumbra al entorno, de fondo vemos algo muy luminoso e intenso: la luz roja entre árboles. Me entra una risa floja;
– Bueno, creo que de momento podemos dejar apagadas las linternas…
– ¡De qué coño te ríes! – me grita mi primita.
No contesto. Camino hacia delante. Los otros me siguen como por inercia. El tío que jamás me dará un mísero beso en la mejilla, se aferra a mi brazo derecho. Tiembla. A medida que nos acercamos, podemos ver que eso rojo que brilla es una nave; hay un surco abierto bajo ella, dos árboles aplastados. Es una esfera perfecta, dos veces más alta que nosotros, con una compuerta abierta. De dentro sale una intensa luz azulada. Es como si alguien nos estuviera gastando una broma muy cara que emitirán dentro de dos semanas en prime time. Solo que todo esto apesta demasiado a realidad, llevamos ya como cuatro horas haciendo guardia con el tema desde que yo abrí la ventana de Heidi; un productor de televisión puede ser así de retorcido, pero no tan rico. Mientras me acerco a la estructura brillante de la nave, aquel que no mojará esta noche me aprieta el brazo, y la zorra se esconde tras su media naranja legal.
Del aparato, de repente sale un ruido, como un zumbido que nos deja sordos un momento. Luego, otra vez silencio.

Miramos la nave durante lo que parecen siglos.
– Cuando estaba en el cielo brillaba muchísimo más. Eso está claro – susurro.
Es como si se estuviera apagando. Y dentro no hay nadie. Nada. Las otras dos capsulas han de haber caído bastante más lejos, ya que no podemos atisbar luces en ninguna dirección. No sé qué hacer. Los demás solo piensan en huir, pero ahora hay algo, quizá con una pinta horrible, y terriblemente silencioso, algo que se mueve por el bosque. Tres “algos” en realidad, tres bichos. Seis quizá, si en cada capsula viajaban dos. Aunque eso ya es más difícil. Propondría un brainstorming, pero Miss Prima Hostil vomitará si sigue llorando así, su hombre para toda la vida intenta que su mujercita no se pierda, y el tío que jamás tomará contacto con mi piel desnuda, se aferra a mi jersey, imberbe.
De repente sus modos de vida, sus amados sistemas de valores y sus soluciones versátiles para el mundo civilizado, aquí no les pueden ayudar.
Es la chica rara la que tiene que tomar el mando.
Saca el móvil, me digo. Pero recuerdo que el mío está en casa, mi casa. Le pido el suyo a quien jamás será nada más para mí que el desconocido que nunca volveré a ver después de hoy. Me lo deja.
No hay cobertura.
Vale, vuelvo a bloquearme, inutilizada. No soy otra chica Flor, me digo mentalmente. No lo soy. No lo soy… Y de golpe algo aplasta unas ramas secas a unos diez metros de donde estamos. Paso a paso. No podemos verle. Oímos las hojas y las ramas y los lloriqueos de la zorra. Ahora la ahogaría con mis manos. Permanecemos en “silencio” como un minuto. Quietos.
Los pasos de repente se aceleran.
Y se alejan.
La mala noticia es que lo que sea ha ido en dirección hacia la cabaña. Los aposentos de Heidi.
La buena noticia es que Miss Celestina Hija de Puta tendrá que hacer terapia para superar esta noche. Si tenemos suerte.

Decidimos caminar con nuestros incómodos y cegadores conos de luz de vuelta a “casa”. Preferimos estar cagados bajo techo que estar cagados en medio del bosque. Intentamos volver sobre nuestros pasos. Miramos al suelo. Solo nos hemos alejado unos minutos, así que no debería ser muy complicado volver. Quizá con un reflejo de la silla de ruedas de Clara… Quizá si el Abuelo viene a echarnos un cable… Mi mente coge atajos para no pensar en aliens babosos que pudieran arrancarnos la cabeza. La zorra sigue con su rollo de acojonada, su pareja oficial parece estar en shock, y aquel que jamás tendrá mi número de teléfono camina a mi lado con la polla echa un cacahuete en sus calzoncillos.
Yo sigo en mi lucha por no perecer en mi intento de destruir a la chica Flor potencial que todas llevamos dentro. En cualquier caso, si todo esto acaba bien, mis civilizados colegas harán que mi sangre fría ante las terroríficas circunstancias me haga quedar como una friki entre ellos. Alguien que no tenía nada que perder y por tanto no tenía miedo. No puedo borrar de mi cara una sonrisa amarga en este camino de vuelta. Esto caerá en saco roto si volvemos a dormir en nuestras camas de verdad. Miss Íntegra Celestina, su hombre reducido a marido, y aquel que jamás sabrá qué ropa interior me pongo cuando proyecto tirarme a alguien, nunca le dirán la verdad a nadie. Aunque un bicho de tres cabezas con tentáculos esté a punto de sacarles hoy el cerebro, dentro de unos días dirán que aquellas luces eran vete a saber qué, efectos engañosos, satélites, auroras, nada a lo que el ser humano no pueda dar una explicación.
Ahora respiran agitadamente, saben lo que han visto, saben que Spielberg no está rodando en este bosque. Pero negarán lo que haga falta. Solaparán la realidad cuanto sea necesario. Ellos no están locos, dirán, no son como esa gente que va por ahí contando que les han abducido. Sea como sea, intentarán a toda costa volver a sus rutinas; Prima Gilipollas seguirá siendo una Flor Casamentera, su marido seguirá en la entropía matrimonial en la que dice sentirse tan cómodo, y aquel que jamás me verá ponerme unas bragas continuará pensando que es el tipo de tío que al final siempre acaba follándome.

Llegamos hasta la cabaña. Zorrilla Estupida no quiere entrar en la casa, ni tampoco quedarse fuera. Su marido intenta abrazarla y ella le aparta de un empujón. Esa idea retorcida con polla de mi primita, dice:
– Ahora qué hacemos…
Les digo que vamos a entrar en la casa, que hemos venido a eso. Son las tres de la mañana. Queda un mundo para que salga el sol. Si nos quedamos en medio del bosque nos arriesgamos a protagonizar otra secuela de Depredador. No hay elección.
Obviamente tengo que ser yo quien abra la puerta.
Entro como si no acabáramos de oír al contenido de la nave que hemos visto correr en esta dirección, y todo parece estar en su sitio. Se me ocurre que quizá aquello que oímos fuera un animal, aunque no lo parecía. Con suerte ahora podría haber tres extraterrestres en medio de la ciudad intentando volcar un autobús. Quizá se desplacen a una velocidad increíble. Al menos nosotros estaríamos a salvo por el momento.

Caminamos con cautela por el piso de abajo. Y arriba algo cruje.
Zorrilla Acojonada suelta un gritito. Oímos voces que vienen del desván. Pero no son ruidos extraños, nadie gorjea ni emite sonidos guturales acuosos. Solo es gente, humanos. Solo hablan.
Me decido y comienzo a subir los escalones. Les digo a los demás con gestos que se queden abajo, que no se preocupen.
Chica rara va otra vez al rescate.
A medida que voy superando peldaños, me concentro más en la respiración. Me pregunto quién narices está en nuestra cabaña, por qué, y si sabrán que fuera podría haber comenzado una invasión extraterrestre. Llego a los últimos escalones; y oigo una voz masculina que dice:
– ¿Has visto E. T.?
Asomo la cabeza para mirar antes de pensar en nada, como a la altura de una cucaracha. Hay cuatro personas sentadas en la oscuridad, en nuestras sillas, con cámaras y móviles. Miran hacia arriba por nuestra ventana de Heidi. Y una una voz femenina dice:
– Sí, la he visto…
Siento flojera en mi entrepierna, como si fuera a mearme encima. Acabo de subir las escaleras. La madera cruje a mi paso. La chica que acaba de hablar, da un respingo, se vuelve, detecta mi presencia.
Me miro a mí misma, a ella. Ella se levanta de su silla y se me queda mirando también. Su primera reacción es la de estar esperando despertar. Seguramente está más sorprendida aún que yo. Junto a ella, el clon de mi Prima Celestina, el de su marido, y el de su colega, que seguro están intentando encolomarle a mi doble. No puedo evitarlo, otra vez me entra la risa floja, y la doble de Primita Cagada rompe a llorar.

Ya que estoy enfrentada a esta situación, decido que si hay que aclarar las cosas es mejor que hable conmigo misma. Siempre me ha funcionado a otro nivel, y esta vez no tiene por qué ser una excepción.
Le hago señas a mi doble, dándole a entender que voy a hacer que el resto vengan al desván. El resto también deben saber que se puede doblegar el espacio-tiempo.

Cuando suben, intento que no reine el caos. Hay un shock inicial; luego cada uno afronta esto como puede. Las dos zorrillas lloran y lloran dándose la espalda cada una en una esquina los más alejadas posible, y mirando el suelo y las paredes. Sus respectivos maridos miran hacia la nada y no parecen demasiado consternados dadas las circunstancias. Y aquellos que jamás podrán tocarnos a mí y a mi yo de hace unas horas, ante el pasmo de todos, se dan la mano como intentando ser amables.
Ninguno despertamos; esto está pasando. Las luces vuelven a estar allí arriba, lo compruebo personalmente.
Intento decirles a los dobles lo que son esas luces del cielo. Luego yo y yo misma intentamos aclarar algunos puntos, aunque sabemos que no serán muchos. Las dos pensamos: Otra vez la tecnología nos da por culo a conciencia…
Llegamos a la conclusión de que esas naves han provocado esto de algún modo. ¿Qué si no? Yo y mis compañeros hemos viajado al pasado en algún momento mientras caminábamos hasta aquí desde la cápsula roja. Obviamente la culpa la ha tenido ese trasto, su zumbido. Está claro que formamos parte de algún plan extraterrestre, y que ellos ya saben qué pueden hacer con los viajes en el tiempo, cómo los pueden aprovechar. Es el comienzo de algo muy jodido en apariencia, y el final de todo lo demás.

Mi doble y yo nos miramos a los ojos como si hiciera mucho tiempo que nos temiéramos alguna situación de este tipo. Las Celestinas Hijas de Puta siguen atragantándose con sus lagrimas, las dos ya derrumbadas en el suelo sin saber cómo van a mirar a esa extraña que es tan pija como ellas. Los maridos siguen en pie como si estuvieran en una fiesta en la que no se sienten cómodos, pero en la que no tienen problema en hacer un esfuerzo por encajar.
Las naves vuelven a caer en el bosque, en el mismo orden de antes. Como nuestros dobles ya están informados, solo dan un respingo y se miran entre ellos ya un buen rato después de haberse matado a pellizcos.
Al mirar a nuestro alrededor, yo y yo misma vemos que aquellos que esta noche en lugar de follarnos han entrado en una fase apocalíptica, no están en el desván.
Bajamos las escaleras hasta el piso de abajo. Me pregunto qué somos nosotras si los demás son chicas Flor y chicos Gomina. Abajo, hay un sillón de tres plazas que está frente a la chimenea, tiene una cámara de fotos enfocándole, y está puesta en modo grabación en la mesita junto a él. Nos quedamos boquiabiertas. Lo que graba esa cámara es a aquel que jamás me tocará con sus sucias manos, y lo que hace es encular -o ser enculado- al estilo perrito a -o por- aquel que jamás de los jamases dejaré que toque a mi pobre yo del pasado.

[Como veo que muchas críticas por ahí no se están portando, quiero recomendar la que podría ser una de las películas del año, “El libro de Eli” (trailer arriba). Es divertida, es, como ya dije una vez, como una serie B de “The road” (no me hagáis elegir, por si acaso…). Los actores están tremendos, tanto el típico héroe, como el típico villano; tanto las chicas como los matones de turno. Es una película que, sin ir con grandes esperanzas te hace disfrutar como pocas lo van a hacer seguro este año a nivel comercial. Y por otro lado, he podido ver también la tercera parte de la saga Millenium, “La reina…”. Vi la primera, me ahorré la segunda, y me he animado con la tercera… en vano. Todo lo que en las novelas es inquietante y absorbente, en las películas roza el tedio. Ni siquiera hablaría de esta adaptación si no fuera para homenajear a la gran damnificada de todo esto, la actriz Noomi Rapace (foto), una Lisbeth Salander perfecta en medio de un producto carente de talento narrativo o visual.]

Sociopatías (Revisión)

En mi currículum lo ponía bien claro, procuré ser honesto. Yo no acepto como aficiones “salir con amigos” o “pasear”. Es decir, ¿eso no viene ya en el pack? Es como si pusieras en ese apartado que de vez en cuando te gusta tener novia; suena un poco raro como afición. Leer puede ser una afición, el deporte…, en fin, ésas, como aficiones, son respetables, son cosas que haces porque necesitas llenar tu tiempo si no tienes novia o cuando tus amigos están ocupados.
Claro, a no ser que seas de los que salen con amigos o con una tía para no tener que hacer cosas como leer, hacer deporte o tener novia. En ese caso, tus actividades podrían considerarse aficiones, que de paso alimentan una buena forma de negación de la realidad y la potenciación de cierta autodestrucción aceptada.
Y ni siquiera has de sentirte mal, ya que la mayoría de gente prefiere salir con los amigos antes que hacer deporte, o follar sin más antes que tener novia. Eres el típico espécimen representativo de toda una especie, el bichejo que los mamíferos inteligentes de verdad observarían escondidos entre la maleza con cámaras y prismáticos.

Mi discurso podía sonar conservador según la interpretación que le dieras, pero fue más o menos todo eso lo que le dije al entrevistador, ese capullo de personal que me sonreía como mi tío en nochevieja. Cómo le odié en pocos segundos. Él representaba a todo el sistema que yo repudiaba, a esa gente que cree saber cómo eres según lo que respondas a cuatro preguntas. Ya te llamaremos. Adiós, capullo, pensé; esos tíos no saben que esa corbata que llevan ya no les convierte en merecedores de respeto, sino de miedo en la distancias cortas, y desconfianza en las largas.

Aquel día llegué a casa y me cambié sin recordar el fardo que tenía aún por sacar. Aunque uno puede acostumbrarse incluso a convivir con eso. Había tenido cinco entrevistas, estaba mentalmente agotado. Estaba preocupado por Blanca. Siempre pensé que sin mi apoyo esa chica iba a acabar teniendo esa cara de asco que impera entre la fauna de las calles: ciertas familias y esas parejas de varios aniversarios que ya no saben de nada lo suficientemente novedoso como para sonreír sin convertirse en una pose. Estaba convencido de que mi misión en la vida era impedir que ella acabara siendo como ellos.
Sea como sea, es bueno consolidar tus objetivos en relación a las demás personas, salvarles de los demás, y hasta de sí mismos si hace falta.
Sería absurdo no dedicarnos en esta vida nada más que a nosotros mismos, así uno podría morir con la idea de que su vida no ha sido más que una gran masturbación forzada. No quiero ser uno más en el cementerio, me gustaría poder morir con la suficiente dignidad como para poder llegar al cielo y decirle a Dios que no existe.
No creo en reencarnaciones, pero sí en una pequeña prorroga postmortem, un espacio de tiempo en el que poder cumplir con alguna fantasía personal. La recompensa por aguantar.

Después de años de objetivos cumplidos, cuando ya conozco a Blanca mejor que sus padres o sus compañeros de trabajo, me siento cada vez con más fuerzas para seguir. Esto podría haberse considerado un plan muy elaborado, pero yo prefería verlo como una misión humanitaria en el tercer mundo del alma. La pobreza de espíritu no es una cuestión religiosa; tiene más que ver con la elección que haces ante la taquilla de un cine, los libros que compras y las amistades que tienes. Lo importante no es participar, sino comprender la idea de que si pierdes es a otro al que le va a tocar mantenerse arriba.
Lo esperanzador de estar agazapado en tu casilla de la bancarrota, es que lo bueno aún está por venir. Hay que esperar el momento justo y saber que precipitarse siempre ha sido cosa de bobos. Esos tíos acaban con bebés en brazos a los dieciocho años y con pinta de tener cincuenta a los treinta y cinco. Ya sabemos nuestra esperanza de vida, quizá sea una buena idea no acelerar el proceso.

Está de moda saltarse etapas; y lo que hace la gente es achacarlo a la libertad; se hipotecan hasta las cejas pocos años después de haberles crecido vello en la bolsa de los huevos, y luego miran a los demás como si ya se les hubiese pasado el arroz. Hay familias en las que realmente habría que pedir permiso para poder ser joven: “perdonad, progenitores consanguíneos, ¿os importa que disfrute de mi existencia unos cinco o seis años?”. Lamentablemente es así, y luego la independencia y la libertad consisten en hablar con agentes inmobiliarios y banqueros para que nos pongan cerco y nos digan cómo vamos a vivir (o hasta qué punto vamos a vivir). ¿Y cómo dices que te va? Pues vamos tirando; estamos ocupadísimos manteniendo las cosas tal y como están, para que puedan seguir existiendo los millonarios y los pobres nos dejen en paz.

Una vez llegué a la conclusión de que la humanidad es absurda, Blanca apareció en escena. Y claro, no iba a dejar que la arrastrase la inmundicia, no hubiera sido de recibo.
Cuando me levanté al día siguiente, decidí no asistir a las entrevistas que tenía programadas. Tenía que sacar el fardo de casa, el sexto novio ya estaba comenzando a apestar. Qué asco, nunca dejaba de dar asco. Utilizaba sacos de dormir. Tienen el tamaño adecuado. El primer novio que tuvo Blanca fue lo más difícil. Pero aquel día lo planee todo de forma tan sencilla que seguí haciendo las cosas igual los siguientes cinco años. En los tiempos que corren, un ángel de la guarda debe saber que se va a manchar las manos de sangre. Ese era yo.
La forma más rápida de actuar es enterarte de dónde vive el objetivo, y proceder de madrugada. Esperas al día en que esté solo en casa y llamas a su timbre. Nada más abrir disparas en su cabeza, y antes de que se extinga el zumbido del silenciador tienes que meter el cadáver en casa y arreglarlo todo para salir con él dentro del saco y meterlo en el maletero de tu coche. Al final es rutinario. Luego lo llevas a tu casa o conduces a la zona que tú sabes, y lo entierras. Incluso así solo sigues siendo un dígito en el mundo. Después llegas a casa, duermes cinco horitas, te pones colonia al día siguiente, sonríes y todos pensarán que estuviste viendo la tele hasta tarde.
No siempre ha sido limpio o fácil, pero las seis veces que lo hice todo fue bien. La última fue la segunda vez que tuve que llevar un cuerpo a casa. Cuando la zona a las afueras estaba demasiado transitada no podías arriesgarte. La carretera quedaba muy lejos de cierto lugar del bosque, pero un coche alumbrando a un tío haciendo un agujero en el suelo no es algo que te pase desapercibido de madrugada.
Es una pena, una verdadera lástima, cinco de las seis veces sólo tuve que ver el aspecto de sus parejas para saber que solo podrían hacerla desgraciada. Esta vez la cosa pintaba bien, pero luego en tres ocasiones Blanca salió de su portal con un ojo morado. Y llegó el día en que la vi teniendo una disputa en la calle con el tipo. Se acabó.

Es cuestión de experiencia, estuve esperando y creía que ya había llegado el momento, la época adecuada. Seis novios después, me tocaba. Se había acabado el esperar, el experimentar. Tenía que intentarlo, era el momento de mojarse. Ella no había tenido una vida sentimental fácil, pero podría haber sido peor.

Yo aún no sabía nada de Pretecnotime. Era una leyenda urbana, una noticia sensacionalista; no impresionaba a nadie más de lo que te asombra un proyecto desconocido de la Nasa o el video de un supuesto ovni. Compréndanme, no era consciente de lo que pasaba. Por más que te hablen, normalmente no escuchas hasta que las palabras de tu interlocutor se solidifican, se convierten en hechos. Yo no sabía nada de leyes sobre no intervención temporal o restricciones históricas según el conocimiento que tuviese la población sobre las máquinas. No sabía nada de las penas de cárcel para los que viajaban a épocas anteriores a Pretecnotime. Por Dios, cuando crees que ya lo sabes todo, o por lo menos todo lo importante, es muy difícil hacerte a la idea de los viajes en el tiempo.

Así que un día fui y me acerqué a Blanca en un bar. Ella estaba con dos amigas, pero al final conseguí que me prestase atención. Todo fue escalofriante a partir de ahí. Comenzamos a salir juntos y todo mutó. Cuando hablaba con ella mi timbre de voz cambiaba solo, asentía a todo lo que me decía y prácticamente estaba anulando mi personalidad; me estaba convirtiendo en otro de esos tíos, esos calzonazos que trascienden el servilismo hasta ser incapaces de ser sinceros con sus parejas y con ellos mismos.

Dos meses después alguien llamó al timbre de mi piso a las dos de la mañana. Juro que había tenido pesadillas con eso. Y nuevamente, al abrir la puerta y verme a mí mismo plantado ahí con barba de una semana y mi pistola en la mano, esperé despertar. El primer disparo me rozó una oreja. Me lancé sobre él y luché por quitarle la pistola. Cuando sudas petróleo hasta conseguir un arma en el mercado negro, nunca piensas que acabarás abriendo fuego contra ti mismo.
El resto ya lo saben, conseguí hacerme con el arma y le disparé sin pensarlo dos veces. Le di en la cabeza igual que podría haberle dado en el estómago, me era extraño digerir que estaba atacando a mi versión del futuro. Piensen lo que quieran, cuando lo recuerdo aún se me pone la piel de gallina.

Yo me creía un misionero en el tercer mundo del alma de los demás. Ahora eso me suena cursi hasta decir basta. Esta fue mi experiencia. Hice un mal uso de la tecnología y acabé convirtiéndome en una víctima. Todo llega. Espero que esta carta sirva de ejemplo.
Quiero agradecer a todo el personal de la revista Pretecnotime/s la oportunidad de redimirme que me han brindado al publicar esto en su número mensual. Y también dar un cariñoso abrazo a todos sus lectores, algunos de los cuales probablemente me hayan escrito a la cárcel. Espero que todos, abuelos, padres e hijos, tengan sintonizado el canal 11 el día de mi ejecución dentro de dos años. No hay nada que me llene más que la posibilidad de dar ejemplo y hacer de este mundo un lugar más seguro.

Un abrazo a todos.

[Mi acercamiento al cine más comercial suele ser casi siempre culpa de los actores. He llegado a tragarme mierdas muy grandes solo porque salía Fulanito de tal o Menganita de cual. Vi Iron Man porque tenía que ver la nueva película de Robert Downey Jr; y cual fue mi sorpresa que, además, la peli no estaba nada mal. Así que irremediablemente también veré Iron Man 2 (trailer arriba); a la fiesta se suman Mickey Rourke, Sam Rockwell y Scarlett Johanson de morena y repartiendo estopa. O sea, más excusas para verla. Solo espero que no pierdan el buen pulso narrativo de la primera y su brillante capacidad de entretener. Por ejemplo, no quiero tener que acordarme de Michael Bay cuando la vea…]