Archivos Mensuales: abril 2010

Verónica

Me he duchado y tal, y sin haber tenido tiempo ni para prepararme el desayuno, ya está aquí metida la tía de servicios sociales, bebiéndose mi café, parloteando, recordándome lo loca que estoy. Hojea informes y me hace preguntas. Voy desnuda bajo mi albornoz y estoy deseando que esta “cuerda” y profesional mujer cosmopolita se vaya para poder seguir con mi vida.

Como siempre, me dice que si me he planteado ya la posibilidad de despedirme de mi marido, que si me he dado cuenta de que es lo mejor. Y le digo que no.
Me dice que los avances científicos llevan años en un punto muerto, y que no quiere parecer una pesada, pero que si alguna vez se ideara una vacuna, para entonces seguramente yo ya estaré muerta, ¿me hago una idea de lo que eso significa? Le digo que no.
En general y por resumir, ella dice: ¿Está segura de que no quiere matar a su marido del todo?
Y yo todo el rato, No. Y miro inquisitivamente. Y la chica del gobierno se rinde y farfulla que si le tengo bien asegurado al menos, que debe estar siempre encadenado de pies y manos, que las cadenas deben ser reglamentarias, de dos metros a lo sumo. Que la vecina, la señora Papadakis, encargó unas cadenas con las que su marido podía moverse casi por todas las habitaciones de su casa. Que eso es inadmisible, por más tranquilo que parezca el infectado. Y yo: Ya sabe que nunca le he cambiado las cadenas, tiene las que el gobierno me proporcionó. Esos funcionarios, los auténticos zombis, le digo. Y añado: No lo digo por usted…

El incordio legal dura más de una hora. Y es así todos los sábados. Esa mañana que debería ser la más tranquila de la semana. Cada mañana de cada sábado.
Apenas he tocado mi café con leche con esa mujer delante, y ahora está inbebible. Lo caliento en el microondas. Cada vez que viene esa tía acabo bebiendo café recalentado. Antes de que le mordieran, los cafés los preparaba mi marido. Las mañanas de sábado significaban sexo matutino y desayuno masculino, y a veces después más sexo… Pero una se puede acostumbrar incluso a alimentar al amor de su vida tirándole la carne en el sótano desde una distancia prudente. Yo era de las que cuando tenía veinte años pensaba que el amor es como en el cine. Y al final ni las películas han acabado dando con lo que es. Ahora, el amor puede significar fregar de sangre la zona de incertidumbre del chico que te daba besos cuando creías que vivir consistía en levantarte cada día para regodearte en tu suerte.
Pero al menos lo mío tiene cierta base de cordura. La señora Papadakis sigue cuidando de su marido zombi incluso habiendo sido víctima de sus palizas años atrás. Ella sí necesita a su asistente social.
Sea como sea, sé que esas cabronas de falda ejecutiva no vienen más que para convencernos, para que demos luz verde a sus servicios de Limpieza Zombi. Quieren traer a casa a un asesino del gobierno y que dispare en la cabeza a nuestros maridos, a nuestros familiares. Y los que más lo desean son aquellos que lo hicieron cuando comenzó todo, los que dejaron caer el hacha encima de sus consanguineos de buenas a primeras, ésos son los más radicales. Si ellos mataron a sus iguales se supone que el resto también hemos de hacerlo. Resulta que si tienes en casa a un vegetal alimentado por una pajita, está prohibido aplicarle eutanasia; pero si se trata de un zombi entonces todos se cagan, se ven en peligro, no quieren que nada pueda perturbar sus vidas normales de mierda.
No van a conseguir nada conmigo, no estoy loca, ya sé que hay casos y casos.
Hay una chica al final de la calle que dicen que mete mano a su novio encadenado. Dicen que lo tapa, lo viste, lo plastifica o vete a saber qué. Dicen, en definitiva, que se lo folla. Yo sé que a un zombi aún se le puede poner dura, pero si es verdad ese rollo enfermizo, no entiendo cómo esa chica aún no se ha contagiado. Un zombi joven suele ser más agresivo, incluso disimulan estar saciados para que te acerques. No es que la carne de cerdo no les quite el hambre, pero siguen prefiriendo el humano crudo.

De vez en cuando llama a la puerta algún equipo de televisión. Ahora, para los programas de media tarde, los que mantenemos vivos a nuestros familiares infectados somos las nuevas viejas con síndrome de diógenes.
Nunca ha entrado una cámara en mi casa. Quieren sacar diez minutos de material de mi marido, quieren editar un video con una voz en off que sugiera lo enferma que estoy y suelte algún chascarrillo comentando que ahora al menos el fútbol no acapara la tele en casa. Lo he visto. Creen que como das de comer a un enfermo diferente ya estás tan tarada que no tienes sentimientos, y por tanto se pueden burlar de ti.
En lo primordial, el mundo no ha cambiado nada.

Se legalizó la manutención de zombis después de muchas vueltas, dimes y diretes, a través de políticos que en poco tiempo tuvieron que saber cómo ese asunto les iba a restar o sumar para las siguientes elecciones. Nunca se trata de justicia o coherencia; si el pueblo es inculto nunca ha habido problema para potenciar esa confusión si eso daba votos o dinero. La regla básica que se transmite en muchos centros comerciales a sus trabajadores habla de que el cliente es despiadado. O con otras palabras, potencialmente estúpido, cuadrado, encefalograma plano; cerebros sin aristas, sin ideas, solo con una lista corta de cosas que hacer hasta la muerte. Crecer, follar, hijos, jubilación, todo ese rollo…
Así que, una vez nació el fenómeno zombi, hubo que tomar decisiones. No todos eran eléctricos y agresivos, aunque todos fueran asesinos potenciales. En cualquier caso, la mayoría de gente no dudó en matar a quien fuera que no hablara y tuviese ese andar patizambo a menudo lento y ridículo. No es que los muertos se levantaran de sus tumbas, los cementerios siguen tan bonitos y tétricamente católicos como siempre. Sencillamente un día alguien estaba infectado, y mordió a un segundo. Luego eso se propagó a un tercio de la población mundial, y luego se comenzó a investigar para crear una vacuna milagrosa. O eso dicen.
En realidad la muerte siempre ha sido un buen negocio, así que supongo que los zombis también lo son. Así que, conmigo, lo llevan claro, veinte años de matrimonio sincero no se tiran a la basura así como así.

La primera regla es lo de las cadenas, la sujeción. Si un día te levantas y tu hijo zombi ha mordido a los vecinos, van a ir a por ti, a decirte «Se lo dijimos» mientras te meten en la cárcel de por vida y van a hablarles de tu caso a otras familias con zombi en el sótano.
La segunda regla habla de higiene. Te obligan a tenerlo desnudo y a lavarlo como mejor se te ocurra, a manguerazos o con una esponja, según lo peligroso que sea tu ejemplar. Se comenta que Verónica, la niña sueca que dicen lo empezó todo atacando una noche a sus padres mientras dormían, es el ejemplo perfecto de cómo puedes empezar teniendo una familia para acabar lavando a tu hija con chorros de agua a presión. La niña, ya celebre por sus apariciones en los medios, se lanza con furia hacia las cámaras incluso después de haberse comido medio cerdo crudo, con esa barriga hinchada y antinatural que no parece tenerla saciada.
Ver zombis por la tele ya es como ver periodistas del corazón, casi te han dejado de dar asco de tan habituales.
Claro que, es distinto cuando se trata de tu zombi. Mi marido jamás a tenido un comportamiento agresivo, es como un perrito que no puede hacerte daño mordiendo. Pero claro, en este caso sí puede contagiarte, de ahí las mangueras y las normas.
La tercera y última regla obligatoria habla de no tocar nunca a tu zombi si no está sedado, y en ese caso siempre con unos guantes y protección digna de un cirujano. Las inyecciones sedantes están incluidas en el seguro, aunque yo no le he pinchado jamás. Lo cierto es que no me fío un pelo de esas agujas. Podrían no ser más que un truco sucio de Limpieza Zombi.

Siempre son las mismas imágenes. Esa niña sueca, rubia y vestida, sin esa barriga hinchada de los telediarios, corre por un prado, en dirección a mí, a cámara, de frente. Corre y sonríe. El cielo es azul en todas direcciones, hay flores y mariposas y ningún bicho que pueda picarte o molestarte. Sé que son las once de la mañana. Si te sientas no te manchas los pantalones de verde; puedes mirar al sol fijamente como si se tratara de la luna, y luego nuevamente a Verónica sin estar deslumbrada. Y ella corre y corre. Hacia ti. Y es un sueño agradable.
Hasta cierto momento.
Cuando la cría llega hasta donde estás tú, entonces le cambia la cara, te salta encima, y casi crees notar su mandíbula cerrándose alrededor de tu cuello.
Y despierto.
Ese sueño, eso es lo único que veces me hace pensar en si tiene sentido seguir anclada en el pasado, vía zombi de sótano, hacia ninguna parte.

Él era propenso a los abrazos. Paraba de tocarte cuando sabía que ya tenías suficiente. Justo un beso antes de comenzar a empalagarte, te soltaba y se iba a trabajar, o al gimnasio, o de viaje de negocios. Fue el mismo tío cariñoso a los treinta y cinco y a los veinticinco. Me dejaba elegir la peli siempre cuando íbamos al cine.
Había una sala de billar. En realidad era una sala de billar y cafetería y bar nocturno. Daba a una autopista. Formaba parte de una zona de ocio: una fuente rodeada de tiendas y bares y multisalas y hasta una juguetería. Todo eso que antes solo era un descampado.
Y allí, en la sala de billar, pasábamos las tardes de los sábados mientras nuestros amigos y pseudoamigos nos criticaban en algún otro lugar por no hacerles puto caso, por no no atender sus mensajes o hasta colgarles cuando llamaban. En esa sala de billar éramos capaces de mirarnos como si no hubiera nadie más, apoyados en la barra de hierro que había junto a unos grandes ventanales que daban a la autopista y el atardecer. Y tengo grabada esa imagen repetida cientos de veces. De espaldas a todo el mundo. Cuando él aún hablaba y yo aún era joven.
Sin embargo, ahora vuelve a ser sábado por la tarde, y tengo que volver a fregar sangre en el sótano. Vomita a diario. No sé a qué es debido, no sé si algún científico en el mundo lo sabe, o si interesa que los demás sepamos por qué los zombis se convierten en aspersores a la hora de la siesta.
En cualquier caso ya han pasado años así. Desde que no piso aquella sala de billar. Desde que tengo una fregona normal y otra que mide dos metros y medio.

A eso de las cinco de la tarde alguien llama al timbre. Subo desde el sótano. Siempre que me voy, él tira de sus cadenas un minuto. Antes me rompía el corazón con eso.
Abro la puerta y es la señora Papadakis. A veces se siente sola y se dedica a esto; llama de puerta en puerta. Mi error fue hacerla pasar una vez.
Aún hay secuelas físicas en ella del pasado. Dolores de espalda crónicos, y quizá otras cosas de las que no ha hablado. La policía jamás supo nada de todo eso. Ella decía que estaba enamorada, sigue diciéndolo. Supongo que a veces el cliente sí es despiadado.
Le digo que entre. Ya casi me enternece. Hablar con ella es como tratar con un hijo con síndrome de Down; solo tienes que cargarte de paciencia. Es como un boxeador que llevara ya años retirado y se hubiese quedado algo tarado de tanto golpe. Una buena persona que, por otro lado, no tiene acento griego. Lo de Papadakis no sé si es oficial o solo un mote. Poco importa. A veces creo que solo mantiene vivo a su marido para torturarle, esa carcasa de amabilidad y torpe cortesía podría no ser más que una tapadera. Pero me temo que no es así.

Nos sentamos en la mesa de la cocina. Papadakis titubea y habla entrecortadamente. Parece más intranquila que de costumbre. Decido fumarme un cigarrillo; tengo un paquete de emergencia en un cajón. Le ofrezco otro a ella y lo acepta. Bebemos té. El sol entra en la estancia por la ventana que hay justo encima del fregadrero.
Cada dos o tres frases, esta ex-maltratada y pseudoamiga mía pronuncia el nombre de «Verónica», y yo intento desenmarañar su discurso y ver a dónde quiere llegar, y por qué. No hay esperanza.
Parlotea cada vez más rápido y menos claro, confunde palabras, las cambia sin querer de lugar, su boca se adelanta a sus pensamientos. Dice algo de una leyenda urbana que cree real. Personas como la señora Papadakis no deberían poder tener Internet. Comienza a ponerme de los nervios hasta tal punto que chisporrotea la posibilidad en mi cabeza de comenzar a entender al zombi que tiene en su sótano. Habla de una niña de doce años que una vez colocó seis velas alrededor de ella el día de navidad a las doce de la noche. Se miró al espejo y vio al Diablo. Se desmayó y se golpeó la cabeza. Eso dice entre incoherencias. Papadakis dice que el Diablo se contagia de Verónica en Verónica. Posesiones. O eso debía poner en la versión que ella haya leído sobre la leyenda urbana. Verónica, que es como se llama también la follazombis, pues bien, Papadakis dice que es hija de Diablo.

Sigue hablando y atropellándose el discurso. Tengo que encenderme otro cigarrillo. A lo tonto, ya son casi las seis y media de la tarde. En mi barrio, una zona residencial bastante mona, al parecer también vive un anticristo inmortal. Papadakis dice que la niña sueca solo fue la primera, que Satán está esparciendo su semilla. Dice que me lo dice a mí porque yo también tengo a un zombi en casa. No sé si insinúa que mi marido es un soldado del Diablo o algo así. Y supongo que me ve arrugar el ceño o lo que sea, porque enseguida me aclara que la única culpable aquí -o la más cercana- es Verónica la ninfómana. Esa chica, con sus treinta años nuevecitos, con su pinta de promesa latina del polvo perfecto. Ya sabes que el Diablo adopta forma agradables para engañarnos, dice Papadakis. Papadakis no es tan sugerente a la vista como Verónica, es vieja y fea y está loca. Loca de verdad. Le pregunto que por qué confía en mí. ¿Solo es porque yo no me llamo Verónica? Y dice:
– No, bueno…, sí.
Es terrible. Dice que es por el nombre, sí, pero también por eso del sexo con su novio infectado. Le digo que eso solo es una leyenda urbana. Lo suelto como si tal cosa.
Se produce un silencio.

La señora Papadakis bebe de su té ya frío. El sol sigue entrando por la ventana, indiferente y cegador, nada que ver con el sol de mi sueño recurrente y agradable y con final infeliz. Le digo a mi pseudoamiga que quizá debería salir más. Quizá podría derrochar el dinero de su pensión en algo que le guste, ropa, una tele más grande… O podría ir al cine de vez en cuando, incluso sola; mucha gente lo hace.
Y de repente algo choca con el cristal de la ventana. Un golpetazo. Miro y hay alguien fuera, en el jardín. Camina alejándose hacia mi valla blanca, se acuclilla. Las dos nos ponemos de pie y quedamos hipnotizadas viendo a esa persona, una mujer. Oímos sirenas de la policía. La chica se pone de pie de nuevo y camina apenas manteniendo el equilibrio. La vemos de perfil.
Es el anticristo de Papadakis.
La sirena de la policía cada vez se oye más fuerte. El sol me da en la cara y veo a todos los vecinos ahí fuera. La señora Papadakis se ha sentado otra vez y murmura algo para sí misma, parece rezar. Ella es lo único que me queda. Sé que el resto piensan mierda sobre mí. El coche patrulla llega con otro blanco detrás. Pura formalidad, presencia policial para el papeleo. Del coche que no es de policía, sale un agente de Limpieza Zombi. Lleva unos guantes negros de cuero y viste un mono azul que parece plastificado. Nunca les había visto actuar. Se acerca a Verónica pistola en mano. Todo el mundo observa la escena desde su jardines, pasa un helicóptero, seguramente de televisión; estas matanzas son las nuevas persecuciones de coches. Yo miro por mi ventana, pero Papadakis sigue sentada en la mesa de mi cocina, se desentiende del asunto, me coge un cigarrillo y sigue con sus rezos.
El agente se acerca a Verónica, y le descerraja un tiro en la cabeza. Ella cae como un saco. Y el agente dispara otra vez, nuevamente en su cabeza, dos veces en el pecho, y otra vez más apuntando al cerebro. Los demás, de pie, desde sus jardines, aplauden la eficacia del asesino.
Un zombi solo por la calle es completamente ilegal, con una sola llamada enseguida llega un agente. Y este de mi jardín se vuelve y saluda ahora a todos, hace incluso una reverencia. Le da la espalda a Verónica. Y es justo cuando va a dirigirse hacia su coche, cuando el cuerpo inerte del suelo se pone de pie en apenas dos gestos. Parece tener mucha más energía que antes. Le digo a Papadakis que tiene que ver esto, se lo grito. Pero ella no se mueve. Verónica camina hacia el tipo, la policía no reacciona. Se oyen algunos gritos de aquellos que antes aplaudían. El agente se vuelve, la ve; y ella le muerde en el cuello con un movimiento rápido. Pero él no se despierta.

[No sabía qué video poner, y como no quería recurrir a un trailer manido o un videoclip que haya visto cien mil veces, me he decidido por un video jodidamente encantador en el que la actriz Amanda Seyfried toca una canción con su guitarra. Sin más. Qué muchacha…, la veo y veo hijos y comidas familiares y navidades felices… (y pensar que hay quien no sabe de su existencia…). Y por otro lado, he topado también con una noticia sobre la próxima película de Lars -hago lo que me sale del nardo- Von Trier. Se llamará “Melancholia” y él mismo dice que será una película de corte “apocalíptico-psicológico” protagonizada por Kirsten Dunst (foto). A temblar toca…]

Atardecer en Vampiria

Mamá ha debido salir de compras, ha debido madrugar. La nevera vuelve a estar llena de botellas perfectamente alineadas, de pie o tumbadas en cada uno de los compartimentos.
Cojo una y me la bebo en dos tragos, mi cuello se hincha por la violencia del ansia. Antes, cuando la gente bebía leche o cerveza o agua, seguro no debían sentir esta sed. Hasta que ellos mismos se convirtieron en zumo para alimentar al siguiente peldaño de la cadena alimenticia, nunca debieron sospechar que alguna vez ellos serían el equivalente para nosotros del agua embotellada, y que esta sangre de cerdo que acabo de tragarme a conciencia no sería más que lo que debía de ser antes el agua del grifo.
Bueno, más o menos. Y todo eso, por lo que sé, claro está.
A pesar de todo, agradezco mis circunstancias, soy otra ciudadana pura que no conoce el trauma de la transformación, porque ya estaba transformada en el útero materno.

Una chica del barrio, la vecina, la hija de una amiga de mi madre, tiene veinte años igual que yo. Esa chica, dicen, asegura que hace dos semanas vio a un tío que tenía los ojos azules. Azules de verdad. Ahora las pupilas de todo el mundo son las de siempre, pero el color de ojos común es el rojo. No el marrón, ni el negro, ni el verde. No el azul. Así que si hay alguien por ahí con los ojos no rojos, significa que entre nosotros aún hay quien come sólidos, quien puede saciarse con un plato cutre de arroz o un trozo de pollo. Ese alguien, si es verdad que tiene los ojos azules, come sin parar sólo para coger fuerzas y envejecer y morir algún día. Un tío mortal: El tipo de ser que todos pensamos que ya se ha extinguido en la Tierra; un alimento de calidad; nada de ratas ni cerdos, un corazón humano que late bombeando sangre de gourmet.

Sin cerrar la nevera, me bebo una segunda botella. Este zumo animal casi parece tragable cuando estás sedienta de verdad. La diferencia con la sangre “de botella” -que yo apenas bebí cuando era pequeña y aún nos rodeaban los humanos con fecha de caducidad- es poco perceptible si estás acostumbrada a consumir sólo sangre animal; hay críos vampiro que no saben la suerte que tienen de no haber bebido jamás del cuello de una quinceañera mortal. No quiero aburrir a nadie con los detalles, pero mis padres me amorraban donde fuera; sabían que pronto los vivos mortales solo serían un mito. Como ese tío de los ojos azules. Ese envase de sangre humana clásica.
Según la vecina, ese tío es como los que iban antes por ahí con unos colmillos falsos; dice que es como cuando los últimos seres humanos se ponían unas lentillas rojas para poder pasear por la calle disimulando hasta algún lugar en el que conseguir fruta o cualquier comestible de antaño. Cuando era pequeña, a los críos nos encantaba delatarles. Cuando sospechábamos de alguien, nos las arreglábamos para sacarle la dentadura falsa y llamar a nuestros padres. Los que se arriesgaban a mezclarse entre una población casi totalmente no muerta, no conseguían una transformación. Nuestros progenitores desangraban allí mismo en la calle a quien fuera. Colgaban el cuerpo aún vivo boca abajo de un árbol y los vecinos hacían cola con sus botellas. Era todo muy fluido a nivel de organización, un certero corte en el cuello y ese día unas cuantas familias tenían sangre de calidad que darles a sus hijos.

Salgo de casa, renovada, y todo parece estar en su sitio. Todo ojos rojos camino del trabajo. Al no haber restos de comida como antes, los cubos de basura ya no apestan como antes. Los contenedores se llenan de botellas de plástico y cristal; todo son botellas, botellas y basta. La personalidad de nuestra gente puede reducirse a un diligente ímpetu por salir adelante. Nadie dice ya Carpe Diem. Podría morir igual que hace años los humanos si me atropellara un coche, por ejemplo; pero de puertas para dentro solo hay un vicio, y éste solo mata el hambre. No necesitamos fumar ni beber ni droga alguna. Lo que más ansía cualquiera, es más sangre. Más que el sexo.
Beber es la ilusión auténtica por excelencia casi siempre. Cuidándonos, tenemos toda la eternidad por delante.
Sueño con ghettos llenos de seres humanos llenos a su vez de sangre gran reserva. Solo de ver fotos de mis antepasados mortales me entra una sed de aquí te espero.
Mi abuelo paterno decidió suicidarse cuando alguien le mordió; demasiado religioso para mirarse a los ojos cada día en el espejo. En cualquier caso era mejor eso que haber pillado un día a mis padres comiéndoselo. El concepto de familia pasó por una grave crisis años atrás cuando en las cenas de navidad unos eran vampiros y otros no. Como digo, doy gracias de ser joven y haber nacido ya transformada. Soy evolucionada. Si Dios existe, a buen seguro tiene ya su nevera llena de botellas.

El ser humano era la “x” de la ecuación, y hubo problemas y violéncia en las calles hasta que nos los bebimos a todos. Una vez despejada esa “x”, la nueva sociedad ha seguido pedaleando hacia delante de una forma bastante digna. En realidad, ya pueden algunos decir misa, que los sentimientos son muy parecidos a los de antes, las emociones, la confusión y el miedo que produce el hecho de sentirte atraída por alguien que no te hace ni puto caso. Todo eso, en lo que mí respecta, sigue igual.
Como vampira de nacimiento, dejas de envejecer entre los veinticinco y los treinta años. No hace falta comentar lo raro que es ver familias que tienen todos la misma edad en apariencia. Por suerte, mis padres siempre tendrán pinta de padres, pero nunca me quieren contar quién los transformó, ni cómo. Quizá me importaría si tuviera un pasado mortal.

Esa vecina, la que aún va por ahí asegurando que hay un humano clásico entre nosotros, pues bien, ella no es lesbiana.
Solo nos saludamos al cruzarnos, tenemos una relación de cordialidad que casi es tensión sexual teniendo en cuenta la acostumbrada frialdad no muerta. Se ha reducido el nivel de formalismos e hipocresías entre las personas; si alguien te da los buenos días de forma sistemática, es que como mínimo le caes muy bien, o incluso ha estado pensando en ti, valorándote en positivo.
Así que yo me estuve haciendo ilusiones románticas durante un tiempo. Ilusiones vanas de vampira lesbiana.

La sangre le ha comido mucho terreno al sexo. Lo cual tiene una lectura interesante, y es que ahora siempre es verdad que, cuando un vampiro disfruta sinceramente follando, es cuando lo hace con alguien a quien quiere de verdad.
Ella se llama Dania, y ya está, solo conozco su nombre de pila. Dani para los amigos. Sus padres, más jóvenes que los míos, acuden cada sábado y domingo por la mañana a sus misas satánicas. No preguntes en qué se han convertido las iglesias, pero solo hizo falta poner las cruces del revés y eliminar algunos símbolos para adaptarlas a la nueva sociedad. Muchos de los vampiros que no conocieron la mortalidad, creen en Satán. Estamos iniciándonos en la Historia, adaptándonos, aprendiendo nuevas leyendas, rebuscando entre las tradiciones para encontrar las nuestras y seguirlas. Mortales o no, hay muchos que aún tienen el suficiente miedo de morir en un accidente para querer saber que en el infierno el Diablo les esperará con los brazos abiertos, lleno de consuelo para sus ovejas rojas.

Un sábado, cuando yo ya llevaba como tres semanas soñando que le comía el coño a mi vecina, la vi besándose con un vampirillo que no llega a los veinte años ni de casualidad. Un niñato encantado de la vida, como si cada día que le veo llegara de chuparse a unas gemelas obesas de veinte años. Ese pipiolo mamón…
Esa mañana mi corazón muerto de vampira les vio juntos antes de entrar en casa de ella cuando los papás se habían ido a Misa. Ella le metió la lengua hasta la garganta mientras abría la puerta y desaparecían en Danialandia. Lo jodido fue no poder ver cómo se lo montaban, cómo follaban en la cama del amor de mi vida potencialmente eterna. La imaginación tiende a ser mucho peor.
Los padres se pasaron toda la mañana fuera. Ese cabroncete y Dani estuvieron más de dos horas metidos en casa. Durante esos ciento veintitantos minutos él la empalaba con su pene enorme y albino sin parar, y ella se corría y pedía más y más en mi cabeza. Yo acabé acurrucada en mi cama con los ojos secos y buscándome el pulso en las muñecas y el cuello.

Han pasado ya seis meses desde aquel día terrible. Y cada fin de semana se vuelve a repetir dos veces. Así de creyentes son los papás de Dania. Sábado y Domingo. Por la razón que sea ella se ha librado de las misas. Ahora me gustaría que mis padres fueran unos beatos sectarios, que me obligaran a ir a la iglesia siempre con ellos; quisiera que me adoctrinaran y me forzaran a aprenderme paginas enteras de la biblia satánica. Que cerraran las persianas de mi habitación y me diesen con una vara cada vez que fallase recitando los nueve mandamientos. Cualquier cosa antes que estar mirando por mi ventana cómo esos dos se meten en casa de Dani y salen al cabo de dos horas para darse un morreo de despedida. En serio, quisiera que fuera verdad eso de que el sol nos quema como en los libros que nos dieron nombre. O que no soportamos ver una cruz. Saldría a mediodía a la calle y me dejaría abrasar hasta poder dejar de pensar en ella. Guardaría una buena cruz de madera en la mesilla de mi cuarto.

Les dije a mis padres que quería dormir en un ataúd, que ya estaba cansada de mi cama feliz. Un ataúd está más acorde con cómo me siento. Pero mi padre se negó en redondo. Yo sé que hay familias enteras que duermen así, hay ataúdes de tamaño medio y ataúdes de matrimonio, hay incluso ataúdes para bebés, esos bebés rollizos e inmortales más felices que yo. Y mi padre dale con que no; no me iba a comprar un ataúd a menos que me muriera.

Tiene narices, padres vampiros. Ellos podrían comerse una oveja delante de mí, podrían coger por banda a ese tío de los ojos azules si existe y matarlo y rellenar las botellas de la nevera con él, todo sin importarles si yo estoy presente. Ellos pueden pasarse tres pueblos, pero yo no puedo salir ni de mi barrio: mi habitación tópica de mierda con vistas al idiota que se tira a la fantasía de mis pajas.
El futuro es hetero y vive justo enfrente. Aunque también podría ser bisexual. Dania la bisexual, carne y pescado. Liberalidad. Es lo único que me queda. La esperanza podía no valer un pimiento cuando sabías que te arrugarías y pasarías a ser mercancía para la gente joven; pero ahora la esperanza tiene tonos pastel de cuento de hadas. Puedes imaginarte dentro de treinta años con la persona que quieres, y los dos seguiréis jóvenes y lozanos en esa ilusión, en una casita, bebiendo “sangre del grifo”, felices.

Así que he madrugado y me he bebido dos botellas de combustible y he salido a la calle. Y ya estoy harta de aguantar, de tragar.
Hoy paso de ir a la universidad. Demasiada gente. Años atrás, cuando los gobiernos aún los formaban tíos cincuentones camino a la muerte pos-residencia, los vampiros tenían vetada la entrada a todos lados. Un vampiro no podía encajar en ningún entorno social. No podían entrar en bares; no había una zona para vampiros donde antes estuviera la de fumadores. Hasta les quisieron poner brazaletes rojos identificativos…
Puedo entender ese miedo. Básicamente, te debía entrar un hambre de narices si veías a Fulanito de Cual con su sonrisa inocente y sus planes de futuro para cubrir el cupo de la esperanza de vida vigente.
Pero creo que a mí se me hubiera dado bien vivir con restricciones.
Pero sí, era para verlo. Los nuevos judíos/negros/gitanos se podían beber tu sangre hasta matarte y te iban a sobrevivir. Era algo inadmisible entre vivos comunes. Yo me fijaba, miraba a mi alrededor. Parecía lógico que el ser humano acabara devorándose a sí mismo. Quizá todo esto no sea cosa del Diablo, quizá Dios se haya apostado la especie de su creación en una última mano a la desesperada.

Doy una vuelta por el centro y veo ojos rojos donde miro; salen y entran, se besan y discuten y sirven mesas, suben en ascensores, se reúnen en las maquinas de café para escaquearse.
Aunque intento no pensar mucho en ello, sé que no estoy caminando adonde me lleve el azar; no estoy simplemente dando un paseo. Quizá ese fuera el plan inicial, pero ahora condiciono mi ruta y sé que voy a hacer algo, alguna tontería.
Pero no me preocupa. Por suerte ahora la gente ya no hace tanto uso del chismorreo; cuando tienes un pasado en el que quizá te hayas comido a tus padres o hayas asesinado a niños para bebértelos, es difícil que lo que te cuenten pueda desacreditar o ridiculizar a un tercero. Los cuchicheos han pasado de moda. La gente va más de cara, aunque estén incluso más separados y sean más fríos que los humanos de antaño. Por lo que sé, ahora, de algún modo, hay más discreción, más respeto. Sonará todo lo paradójico que quieras, pero los condicionamientos de la vida eterna nos han proporcionado cierto equilibrio moral.

Ojos azules… Cada vez estoy más convencida de que todo eso del mortal es un rollo. De que a Dania le gusta jugar con la gente. Algo nada propio de una vampira joven, lo cual aún me pone más cachonda.
Sé que ella pisa poco la universidad. No preguntes, pero sé también dónde va siempre con ese vampirillo, ese delgaducho moreno con cara de malo de pega. Nunca he entendido la atracción sexual para con los hombres, ese criajo jamás podría hacerme disfrutar más que mi consolador; solo ver su mirada bovina, solo imaginar tocar esa piel aceitosa y su cosa corriéndose en un condón dentro de mí, me entran arcadas.

El lugar en el que siempre quedan es una especie de discoteca chapuceramente reconvertida en un bar que funciona las veinticuatro horas. Al final, cualquier sitio solo es otro lugar más en el que beber sangre. Pero éste además cuenta con amplios lavabos en los que los vampiros jóvenes follan a salvo de sus padres. Los dueños del local lo saben, la policía lo sabe, y hasta los padres lo intuyen. Pero ahora a nadie le supone un problema abortar, y no existen las enfermedades venéreas. La prohibición del sexo en lugares así sólo provocaría una desbandada hacia la competencia.
Así que Dania y su novio de mierda se pasan aquí las horas bebiendo sangre animal y fornicando, mientras yo sigo sospechando que un día mi corazón comenzará a latir de envidia malsana.

La localización también ayuda, el lugar está en un callejón que, ya esté más o menos transitado, sigue dando sensación de escondite. Los asientos fríos de la universidad son porque aquí hay todos los días un montón de inmortales que pueden licenciarse cuantas veces quieran y en lo que quieran sin tener que preocuparse por el tiempo. Sólo evita los accidentes auténticamente graves, no bebas sangre de otro vampiro. Es simple, los hospitales poco pueden hacer normalmente. Si te has roto por siete sitios distintos solo es cuestión de horas lo de regenerarse. Pero que tu cabeza no se separe del cuerpo, evita descuartizamientos, que nadie te engañe y te dé sangre no mortal.
Sobrevivir no es muy dificil, sólo conduce con precaución y bebe en lugares bien iluminados, cualquiera sabe que hace falta un buen trago de nuestro zumo grumoso casi negro para morirse.

Entro por fin en Vampiria, que es como se llama el nidito de hacer pellas. Este bar enorme. Por todos lados todo son grupos y parejas. Se suele desconfiar de los vampiros solitarios. Hay unos amplios ventanales, la luz natural entra imponente por ellos, derribando mitos. Camino entre mesas. Aún no veo a Dania y compañía, pero poco importa que ellos me puedan ver a mí; el tipo delgaducho no debe conocerme, y para ella sólo soy la vecina simpática, esa muchacha a la que saluda por algún motivo cuando se cruza en su camino.
No puedo coger y sentarme sola en una mesa, eso me convertiría en el blanco de todos los demás. Así que deambulo entre ellos, así todos piensan que tarde o temprano encontraré a mis colegas, mi mesa para charlar serenamente sobre exámenes o planes para mañana. No digas «Carpe Diem», pero tampoco digas «Futuro».
Les veo, están sentados justo al lado de una ventana, ella de cara al cristal, y su vampirillo de espaldas a él. La mesa entre ellos. Dos botellas de plástico encima, a medio vaciar de sangre pos-mortales. Camino hacia allí. Parecen discutir. Ojos azules… mentirosa. A medida que me acerco ya no sé si me gustaría más acabar con los dos o solo con él. Enamorada y harta y cabreada. El asesinato es factible. Pero debe parecer que te defendías, que te habías enzarzado en una pelea. Si matas solo por placer o venganza, la pena de muerte es prácticamente irrevocable. Dile a un vampiro que le van a matar con una inyección letal/legal de sangre no muerta, y verás que los antiguos corredores de la muerte llenos de ojos no rojos eran cosa de broma, idiotas esperando su ejecución que iban a morir por fecha de caducidad de todas formas, salieran o no de allí. Dicen que muchos de ellos -los vivos antiguos- no hubieran podido soportar la inmortalidad. Yo creo que estaban demasiado cagados para aceptarse como lo que eran. Una vez se transforma la gente, ya no quedan ciertas manías de sus versiones anteriores.

Llego hasta la mesa y me quedo de pie entre los dos. El sol se refleja en un escaparate enorme de fuera, de tal forma que parece atardecer en Vampiria. Algunos dicen que a los jóvenes les gusta este local por eso, hay oscuridad o atardecer, pero nada de ese sol eléctrico de media mañana.
Dania me mira y enseguida sonríe; supongo que piensa que he pasado a saludarla, que soy tan amable que debo haber venido con amigos y no he podido evitar acercarme a su mesa para decirle Hola. El chico, ese vampiro pseudomacho, me observa con esa cara suya de seguridad. Se muestra como si no pudiera pasarle nada malo, una actitud típicamente no muerta. Digo Hola;
– ¿Cómo estás? – dice Dania.
– Bueno, bien. Te he visto desde fuera y quería pasar a saludarte…
– Muy bien… ¿Todo bien en casa?
Seguimos así un rato, hablando como si nos conociéramos mucho más de lo que nos conocemos, como si tuviéramos los ojos verdes y el tío de los ojos azules estuviera a punto de llegar para invitarnos a una ronda de antiguos cubatas mortales. Así nos comportamos. Hasta tal punto que el vampirillo comienza a aburrirse. Y Dania me dice que acerque una silla y me siente con ellos, que no me quede aquí de pie. Acepto encantada.

Arrinconamos a ese mamoncete; él dice llamarse Perlas, quiere que le llamen así. Y le he dicho Vale, y Dania y yo hemos seguido hablando de nuestras cosas no muertas, del barrio, nuestros padres, de lo que supone formar parte de las primeras generaciones de vampiros puros. Perlas levanta una mano y pide la palabra. Me mira;
– ¿Tú quién eres? – me dice.
Su voz se quiebra, grita más de lo debido. Dania le mira como si no le conociera.
– Soy su vecina, vecina de ella…
– ¿Y acaso sois amigas?
– ¿Por qué te tienes que meter con ella? – interrumpe Dania
Noto una vieja sensación mientras ellos reanudan la discusión que tenían antes de que yo llegara. Esas tardes jugando de niña con otras crías de ojos rojos. De jardín en jardín. Nos encantaba ver el atardecer entre casas, el sol bajando, rojo, escondiéndose, belleza gratis para vidas sin fin. Recuerdo a esos tíos, esos paseantes que a veces iban de dos en dos. Discutían en cuchicheos. Recuerdo ese sentimiento, algo casi poético, poesía sangrienta de una infancia nueva, no conocida, nada visto aún antes. Niños vampiro, fríos pero también sensibles. Y esos paseantes, paseantes en busca de un plato cutre de arroz, un triste trozo de pollo…
No lo pienso. Me lanzo y agarro a Perlas. Le meto la mano derecha en la boca. Y no sin esfuerzo le arranco una dentadura falsa, en realidad una especie de alambre, minúsculo, soldado a unos colmillos; algo tan sutil que ni Dania había podido descubrir morreo tras morreo. Obviamente los tenía bien sujetos. Del tirón le he rajado la encía superior y sangra por la boca.
Danía se queda paralizada, me pone una mano en un hombro, como en un intento vano por controlar lo que ve, lo que pasa y ha pasado. Abre los ojos y mira hacia todos lados, a Perlas. Le grita:
– ¡Quitate las lentillas!
Grita:
– ¡Quítate las lentillas!
Todo el mundo en Vampiria se vuelve a mirarnos. Perlas se encoje tras su silla, echa a llorar.
– ¡Quítate las lentillas!
El capullín se levanta, parece entrar en una fase de aceptación. Se mete el dedo en un ojo, se quita una lentilla. Luego la otra. Yo aún estoy con sus colmillos falsos en la mano, aún de vuelta en el pasado, con mis amigas, todas pequeñas, nuevas, preciosas, redondas, vampiras puras. Saludables. Dania coge la cabeza de Perlas con las dos manos. Le mira a los ojos;
– ¡Azules! – grita.
¡Azules!
La gente se levanta de sus sillas, ya a sabiendas de lo que pasa. Algunos de ellos jamás han conocido a un mortal, nunca han saboreado esa sangre. Me cuesta horrores volver al presente, sacudirme esa agradable sensación de maldad infantil cuando descubríamos a alguien y le lanzábamos a los perros (nuestros padres). Aquella época en que Dania aún no vivía en el barrio, cuando mi corazón muerto no parecía querer despertar, latir en el pecho de alguien con los ojos rojos. Y Dania dice:
– ¡Os lo dije! ¡Ojos azules!
Pero este chico no es el tío que ella vio. Éste, según él mismo confiesa, es su hijo.
– ¿Alguien más? – pregunta Dania
Su madre, dice él. Tres mortales, Mamá, Papá, y Perlas. Sangre de gourmet. A Dani solo le cuesta un puñetazo arrancarle la dirección en la que viven sus padres, sangre fresca, nueva, deliciosa. Sigue pareciendo atardecer en Vampiria. Alguien cuelga un gancho en algún lugar en el techo. Al fijarme, veo que han utilizado unas escaleras, han descolgado un viejo candelabro, y están atando los pies de Perlas, justo a mi lado. Mi pasado viene y va, mis flashes infantiles de postal gótica. Tengo fotos, hay pocas cosas más hermosas que una cría de cinco años, sana e inmortal, con sus preciosos y enormes ojos. A veces querría ir a la iglesia y dar gracias. A alguien, a quien sea. Cuelgan por los pies a Perlas en medio de Vampiria, tal y como hacían mis padres con los paseantes mortales de mi infancia. Parece ser el dueño del local quien, con una minúscula navaja, hace un tajo en el cuello de ese falso vampirillo que se ha visto reducido a un mal polvo de sus padres. Algunos ya han salido corriendo hacia la dirección que ha dado, allá donde podrán encontrar más sangre para seguir disfrutando. Dania se mantiene de pie, con aires de triunfo; ella sabía que nadie la creía. Lo que no sabía era que yo tampoco, y aun así me tenía en el bote. Me acerco, y primero pongo una mano en su hombro. Luego agarro su mano, ella me la aprieta. Otra vez parece que mi corazón bombea algo. ¿Bisexual? No hagas preguntas. Los tiempos están cambiando. Mientras los demás rellenan sus botellas con esa sangre casi extinta, ahora quisiera que Dania hubiera sido una más de esas niñas con las que yo jugaba de cría, algunas de las cuales murieron a manos de mortales. La imagen real de Perlas colgado boca abajo y cada vez más blanquecino es digna de un buen cuadro, belleza pura mientras Dani me coge la mano, la inmortalidad se reafirma, y sigue atardeciendo en Vampiria.

[Arriba, brillante trailer de “Scott Pilgrim versus the world”, adaptación del entrañable comic del mismo nombre, y dirigida por Edgar -Zombie’s party- Wright. En el reparto, Michael Cera (me encanta) y Mary Elizabeth Winstead, la animadora de “Death Proof” (foto). Qué puedo decir, esto promete…]