Archivo por meses: mayo 2010

Chica Mona

A los quince años descubrí que existía una guía cachonda con consejos útiles para suicidarse. Es mi regalo potencial para Chico Zen, mi novio. La guía Tab no es algo que le puedas recomendar a cualquiera; hay que tener mucho sentido del humor negro, y la mayoría de gente no lo tiene: demasiado preocupados por no parecer amargados. Yo me bajo las bragas para Zen porque él sí sabe reírse de la muerte. Él no es de los que arruga el ceño a la más mínima, y tiene claro que yo no soy de las que cree que la vida acaba después de una tarde de compras y una hora metida en el lavabo. No va conmigo lo de envolverme en moda anoréxica y todos esos preparativos de maquillaje pijo. De todas formas la cosa no queda ahí, puede que no sea una chica al uso, pero aunque no me arregle como las demás ni intente ser el centro siempre, yo sí sé hacer mamadas de más de treinta segundos. No me parece de mal gusto, ni obsceno, no me importa que me llamen zorra (que lo harán). Si eres capaz de convertir al tío que te gusta en el centro del universo sólo con tu lengua, no veo por qué ser otra lerda del montón. Este tipo de cariño no lo entiende cualquiera. Tus labios de marca y tu manicura elegante color rojo infierno no sirven de mucho si eso solo te convierte en una calientapollas.

Mi plan de esta tarde es no hacer nada. O más bien, comprar la nueva edición de la guía Tab y luego no hacer nada. Nada en absoluto. Un momento de apatía en la vida puede ser conveniente y bello como un silencio en una canción. Estoy sentada en una terraza y creo que la camarera del turno de tarde es lesbiana. Creo que quiere ligar conmigo. El problema es que no parece de las que adopta el papel pasivo, ella no sería “la chica” en la pareja; con lo cual, le está costando mucho emitir sus señales, y yo no encuentro el momento apropiado para decirle que no entiendo.
Viene y deja raciones de frutos secos para picar. Sonríe un poco. Tiene un piercing en la nariz y esa estética emo que antes solo te convertía en gótica tarada. Es guapa, mucho, tanto que casi se estropea con ese rollo de moda de libro de vampiros promocionado en telediarios. Lo cierto es que me encantaría ser bisexual, poder apuntarme a esas orgías en las que igual comes rabo que almeja. Pero el cuerpo no me pide eso. El plan es volver a casa antes de que esta muchacha se arme de valor para decir algo, comprar el libro y mañana dárselo a Zen.

Salta hacia atrás. Tengo trece años y os odio a todos. El colegio es un cúmulo de estúpidos que no aprobarían jamás asignaturas que yo saco adelante holgadamente sin interés alguno. Más adelante me daré cuenta de que casi nada de lo que se decía en aquellas aulas era verdad o tenía utilidad alguna. Sólo los profesores parecían más hastiados que yo, un grupo de fantoches de cuarenta años que debían ser escritores fracasados; si les mirabas a la cara igual podían estar allí que en el corredor de la muerte. Todos con familia, niños, dinero que desaparece, atrapados en la mirada de alumnos a los que les importaba un carajo el noventa por ciento de lo que dijeran. De cría, mirando a la mayoría de adultos con atención, podías ver el futuro. Yo lo que hago es intentar evitar todo eso. La madurez no existe, esos profesores no querían ser profesores, quizá ni tener hijos; no querían estar allí, querían volver a los quince años y hacer lo que de verdad les apetecía, que era no hacer caso a nadie.
Vuelve al presente. Tampoco soy mucho mayor, pero ya no me obligan a hacer análisis sintácticos ni clase de gimnasia. Tal y como yo lo veo, hay dos opciones, o vives como todo el mundo o intentas dedicar tu vida a lo que te guste de verdad. Y no, no se puede compaginar, todos mienten, mienten sus sonrisas madrugadoras, y hasta las carreras que les han catapultado a trabajos de responsabilidad que les hacen resoplar de hastío cada día de sus masticadas vidas respetables. Se conforman con poder decir en voz alta sus cargos en las conversaciones. Yo prefiero ser una tarada con minifalda que dice tacos.
Pero la radicalidad siempre tiene matices. Yo puedo ser tan realista como cualquiera. Pero deja tu banda de rock si ese trabajo que te hace quedar tan bien en las comidas de navidad no te deja tiempo. Deja de pintar cuadros o de escribir o de actuar en esa pequeña compañía de teatro. No digas que haces esas cosas solo por diversión, que no quisieras llegar más lejos, ni ganarte la vida haciendo lo que te gusta. No mientas de esa forma tan descarada. Al menos ten un respeto a los que te quieren. Escoge, o pasiones o seguridades, y vuelca tus fuerzas en tu opción. No pasa nada si envejeces en una oficina haciendo algo que te provoca una profunda indiferencia; pero no me digas que no hubieras querido hacer con tu pasión algo más que pasar el rato. Deja de intentar parecer siempre El/La Responsable Realista. Es repugnante. Es la clase de actitud que hace que mis bragas aguanten secas todo el día. Este mundo podría convertirme en frígida si me despisto un momento.
En cualquier caso, como decía, y era por algo, hasta el discurso radical tiene matices. Esas capullas de veinte años que son capaces de tener largas conversaciones sobre marcas de ropa siguen pareciéndome penosas, que quede claro. Pero yo también tengo mis pequeñas manías estéticas: minifaldas, zapatos de tacón. Y tejanos en invierno. Y sí, enseño, me muestro, suelo llevar mis gemelas de excursión a las fantasías pajilleras de mis amigos. Pero el que consiga ligarme no lidiará después con una pseudocachonda a la que le dan asco los penes. Mis promesas estéticas se traducen en orgasmos.

Chico Zen trabaja en la librería a la que siempre voy, así que tengo que ir a buscar la guía Tab a otro sitio. Ayer le dije que tenía que ir a ver a mi abuelo hoy, que no podía pasarme a verle. Es la mentira entrañable, tan bien vista y facilona. La discreción funciona. Todos mis abuelos están muertos.
Entro en una especie de quiosco vacío; tengo que bajar dos escalones y acabo metida en una especie de zulo con mi minifalda y mis deportivas. El hombre canoso tras el mostrador me mira de arriba abajo sin ningún disimulo. Lleva alianza. Hay todo un estante dedicado a Tab. Alguien dijo que es el primer bestseller punk de la historia. Podrías encontrarlo en cualquier sitio, esperándote en un muro de libros junto a la saga que esté de moda.
Cojo un ejemplar carísimo de tapa dura. El viejo me cobra, da la sensación de que podría dejarlo todo de lado con tal de empotrarme contra la pared; las sonrisas de sus nietos no pueden competir con mis tetas jóvenes, eso dice su mirada. Salgo de ese repugnante lugar y me voy a casa. No estoy escandalizada, pero tengo la piel de gallina y el estómago revuelto.

Estoy en mi piso. Mis padres son un encanto. Nadie diría que una puede ser sincera y a la vez llevarse bien con sus padres. Cualquiera diría que el ambiente en casa es inadecuado, o que no es sano, o… en fin, los políticamente correctos nos invanden. Aquí no celebramos fiestas de cumpleaños, no hacemos cenas ni comidas ostentosas en invierno. Si mis padres ya jubilados se van de viaje, por la mañana mi madre me da un beso en la frente casi sin despertarme y oigo cómo se cierra la puerta. Y me quedo sola y en paz. Y no es triste ni deprimente. Somos la prueba viva de que puede existir el amor al margen de las tradiciones y las pruebas que todos exigen para saber si les quieres. Y eso da mucho miedo a los demás. Porque ¿qué pasa si no te hacen regalos cuando toca?, ¿cómo vas a saber si hay amor si los reyes no te traen nada y papá noel les parece un gordo patrocinado por coca-cola a los que te quieren? Un puto gordo pederasta que se cuela por tu chimenea… Mis padres sí tienen sentido del humor. Y sí, hacen regalos a veces; pero los hacen un martes. Un sábado cualquiera. Un lunes por la mañana. Cuando el amor parece tener más sentido; cuando demostrar que quieres a alguien no es algo que hagas con todos los demás al unísono porque la tele te grita que lo hagas.
Y no se trata de llevarles la contraria a todos, no es una cuestión de rebeldía antisistema porque ni siquiera hay un sistema decente contra el que revelarse. Solo se trata de nosotros, de que siempre ha sido así en casa, y de que eso, a pesar de todas las presiones y miradas ajenas, nunca nos ha hecho desgraciados.
Me meto en la cama y solo pienso en ver a Chico Zen, en ver su cara cuando vea el Tab. Mañana es sábado. Quizá conecte el móvil. Noto un intenso alivio en el pecho. Ya no tengo el estómago revuelto. Recuerdo vagamente cierto fragmento de Hablemos de langostas, el libro de mi amado David Foster Wallace, justo antes de dormirme:

«Algo que a mí me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso. O apreciar la forma en que el humor está entrelazado con la poderosa fuerza de sus relatos. Porque, por supuesto, sus relatos y los grandes chistes tienen mucho en común. Los dos dependen de lo que los teóricos de la comunicación llaman a veces ´exformación´, que es cierta cantidad de información vital eliminada de una comunicación, pero evocada por la misma de tal manera que causa una explosión de conexiones asociativas con el receptor (…) No es casual que Kafka hablara de la literatura como de ´un hacha con la que cortamos los mares congelados que tenemos dentro’.»

[Me voy a repetir. Sé que esto está en cuarenta mil blogs ya. Pero no sabía qué poner y no tengo ganas de pensar. Del fenómeno LIPDUB (video) creo que los de arriba no fueron los primeros, pero sí quizá los mejores; ese tipo de grabación no es fácil y la mayoría dan mucha vergüenza ajena. Hay que reconocerles a los Black Eyed Peas que han sacado un tema pop perfecto para estas lides… Y abajo, foto de Lily Cole (con el maestro Terry Gilliam arrimándose), musa proyeccionera indiscutible sobre la que escribí un macabro relato cuando para mí solo era una sesión de fotos, y que ahora ya está pegando fuerte en el cine.]

Periferia Microsoft

Siempre me ha sorprendido no ser un drogadicto. Es un triunfo épico. Un paquete de tabaco al día no es nada, y no hay nada que merezca que llegue a los ochenta. Maya Hills se baja las bragas en la pantalla y dice que tiene dieciocho años, que está húmeda, y sonríe. El paisaje pasa a toda velocidad, fábricas, hierba seca y huérfana, el cielo tiene ya siempre ese tono sucio de haber tenido que convivir con seres humanos. Maya intenta meterse una polla negra entera en la boca, pero apenas puede introducirse el glande. El móvil es de mi colega, Orfeo, que conduce. Nunca he sabido su nombre de verdad. Me dice que me fije bien, que ahora viene lo bueno, ahora el africano se la folla. Son las ocho de la tarde y sólo he fumado cuatro cigarrillos hoy. La industria del tabaco es de las pocas que ha aguantado siempre bien las subidas y bajadas de precio. Hago un intento, pero Orfeo me dice que ni de coña me va a dejar fumar en el coche, y que esté atento, que esas tías de principios del siglo XXI eran las más guarras.
– Tío – le digo -, esta pava lleva trescientos años muerta.
No sé bien dónde vamos. O lo sé, pero no quiero pensar en ello. A más años pasan, la gente es capaz de hacer viajes cada vez más largos por chorradas cada vez más grandes. Orfeo me dice que Elvis también lleva muerto la tira, y no por ello es retorcido escucharle ahora.
El otro día nos chivaron que un tío pudo oler a gasolina al paso de un coche extraño que no llevaba matrícula. Gasolina de verdad. Eso podría significar que hay muchas otras cosas que se nos ocultan; da lo mismo si llevas un coche eléctrico o como antaño, pero no da igual si se tratara de otros recursos útiles que nos han dicho están agotados. Físicamente, nos dirigimos a Periferia Microsoft, una ciudad de trescientos mil habitantes en que cuentan que algo ha crecido en medio de una de sus plazas, un árbol jodidamente enorme, de la nada, porque sí. Antes la gente veía la tele o abría un periódico, no tenían que conducir dos mil kilómetros para conseguir respuestas. Orfeo encontró el video de Maya Hills rebuscando en la basura. Los servicios de “comunicación” no pasan de la telefonía móvil, se supone que hay intereses. Hace mucho que Internet es un recuerdo, y pronto se convertirá en leyenda. Expresiones como el cine o la música dejaron de producirse comercialmente hace como un siglo, pero el porno ha seguido hacia delante. Se trapichea con sticks de memoria llenos de videos guarros de hace dos siglos; los actuales escasean y cuestan cinco veces más. El móvil que se ha encontrado Orfeo tiene más de doscientos gonzos, pero no hay nadie follando en ellos que siga vivo. Por lo demás, hay como cien películas, algunas incluso en blanco y negro. Marilyn, Bogart, Lemmon, Grant… todos siguen vivos aún en esta mierda metálica en la que se ha convertido todo. Ah, y por cierto, los móviles ya no sirven para llamar ni recibir llamadas, nada de mensajes de texto tampoco, Apple se encargó de ello hace mucho tiempo, y todo el mundo picó. La moda era tener un móvil lleno de aplicaciones con el que además no te podían molestar con incómodas interrupciones. La melodía del anuncio que lo promocionó tuvo varias remezclas poco antes de que la música volviera a la edad media. El trasto arrasó un segundo antes de que todo se fuera al carajo, lo cual sucedió cuando dicho modelo de pijada tecnológica absurda se quedó sola en el mercado. La incomunicación parece servir como paraguas para los de siempre, es un paso más en la desinformación ahora que el cincuenta por ciento de la población mendiga y el resto hacemos lo que podemos.
La electricidad y el agua corriente es cosa de los que antaño tenían piscina en casa. Cuando la batería del móvil de Orfeo se acabe, tendrá que volver a usar la imaginación para cascársela. Y ya nos podemos olvidar de Marilyn y compañía hasta que volvamos a tener otro golpe de suerte. Maya está espatarrada y dice que le gustan las pollas grandes, pero cuando el africano empuja no parece estar disfrutando que digamos. De vez en cuando me vuelve a la cabeza el motivo de nuestro viaje, y entonces miro el video, miro por la ventanilla, a Orfeo, y doy gracias de que toda mi familia esté ya muerta.
Vuelvo a decir en voz alta que eso del Árbol de la vida es un concepto, una idea, sea lo que sea que haya en Periferia no va a ayudarnos.
– Tío – dice Orfeo – , oye, solo vamos a ver qué hay, a ver que se cuece. No perdemos nada.
Quedan veinte minutos de video. El africano sigue haciendo su trabajo, aunque él sí parece estar divirtiéndose. Decido no replicar a Orfeo. Entiendo que él también tiene derecho a agarrarse a un clavo ardiendo como todos. Flotadores existenciales como la religión han vuelto a pegar fuerte, y cómo.
Alguien bautizó el estado mundial político en cuanto al potencial intelectual del pueblo como Idiocracia, citando una vieja película. La democracia no sirve en esta conciencia colectiva igual que un tenedor no sirve con un plato vacío. Esa misma gente que fue corriendo a comprar un móvil con el que no podían hacer llamadas, luego tuvo hijos. Y el tiempo no se detiene. Los libros siguen existiendo, pero ahora cogen polvo en las estanterías como nunca. El analfabetismo ha vuelto a instalarse en la historia de la humanidad como hace siglos, cuando todo sólo podía ir a mejor.

Sigue habiendo elecciones. Ahora los políticos son tíos con casa de lujo propia que viven de promesas como hacer que la electricidad vuelva a casa de todos. Dicen que rebajarán la indigencia y la delincuencia igual que otros antaño prometían bajar las cifras del paro cuando éste daba auténtico miedo. La gente, en cualquier caso, suele votar a quien les cae mejor. Formas de campaña electoral como los mitines, escasean, y las cifras de participación no llegan al treinta por ciento. Básicamente, sin comunicaciones, la política es casi un milagro del boca a boca. La educación está cada vez más cerca de formar una familia católica ejemplar en la que el padre sale a cazar por las mañanas. La gente es feliz sólo con comer cada día; lo que representa el video de Maya Hills que tengo en las manos es casi el equivalente material de conseguir una hipoteca hace cien años. Hay instalada una especie de anarquía en la que, paradójicamente, sigue reinando el capitalismo; hay millonarios igual que antes, y siguen siendo tal y como eran. Ya no existe el tercer mundo porque todo es tercer mundo. Orfeo y yo estamos un peldaño por encima de la auténtica indigencia, con nuestro coche eléctrico y nuestro móvil Apple lleno de pelis ya nos podemos dar con un canto en los dientes.
Comer, eso sí, significa tener que hacer algo repugnante. Además, la industria pesada a tardado menos de lo que pensábamos en arrasar el cielo. Lo que antes era un día soleado ahora es una capota inmensa color verde que hace que nuestro coche algunos días nos deje tirados. Si llueve, paramos, salimos y abrimos la boca. Yo aún soy ateo, Orfeo lleva un rosario colgado del cuello. Por si acaso, dice. No podemos explicarnos el mundo en el que vivimos porque no sabemos cómo hemos llegado a esto; tenemos datos sueltos, ni siquiera entendemos muy bien qué clase de “estabilidad” reina.
Cuando lleguemos a Periferia iremos al piso de un amigo de Orfeo que trabaja como basurero, lo cual viene a ser como antaño ser funcionario, jamás se les acaba el trabajo. Es un colega y a la vez un enemigo de los que hacen que pasemos semanas enteras sin llevarnos nada a la boca. La novia de Orfeo falleció en la calle dando a luz un bebé muerto, lo cual podría explicar cuán fácil es capaz de combinar su nueva faceta de católico con la de pornófilo. Lo que se dice es que Dios ha vuelto de algún modo, ha regresado para poner las cosas en su sitio, y lo ha hecho en forma de símbolo tangible. Se supone que de ese árbol emana algo abstracto y efectivo si llegas a tocarlo, se habla incluso de inmortalidad. Hay gente que no quiere morir ni viviendo a base de pieles de plátano. Lo del árbol no tiene explicación alguna igual que nada la tiene hoy en día; todos son ignorantes, y por tanto Dios, efectivamente, ha vuelto, todopoderoso, a salvarnos.
Si no, de qué. Qué vamos a hacer. Cuando la gente se lavaba todos los días el indice de mortalidad por suicidio ya superaba al de los accidentes de tráfico; hoy en día tienes dos opciones, o tienes fe y no te importa vivir en la miseria, o buscas una forma rápida de irte al otro barrio. Y luego estoy yo, demasiado curioso para desesperar y demasiado cagado para suicidarme. No sé si hay mucha más gente así. Diría que no. En cualquier caso, nunca he sentido que forme parte de nada. Mi polla sigue fláccida bajo mis asquerosos calzoncillos incluso mientras ese africano muerto se corre en la boca del recuerdo de Maya. Y ella dice: ¡Uau!, y enseña los dientes. Un segundo después tiene una arcada, y termina el vídeo.

El piso de Otto el basurero es el típico zulo mono-ventana metálico e impersonal. Nos recibe sin problemas. Nos dice que le va bien, que cuando hay disturbios viene a casa y se olvida de todo.
Imagina una de esas celdas para dos presos, con una litera y un retrete. Cambia la litera por un camastro y mete el retrete en un habitáculo contiguo en el que solo hay espacio para poder abrir la puerta sin que ésta choque con la taza del váter. Sin electricidad, sin agua corriente. Ya tienes el piso de Otto.
Y él está como unas pascuas. No preguntes por el sueldo base. No hay esperanza, pero nuestro coche huele mejor que este lugar. Y nosotros tenemos un móvil.
Son las diez de la noche. Otto tartamudea que es mejor que nos vayamos cuanto antes. Ese árbol está en el centro de la ciudad, donde aún hay electricidad. Dice que hay mucha gente, demasiada, y cada vez más. Vienen de todos los lugares. Me pregunta si creo en ello. Le digo que sí.
Bajamos las escaleras de los siete pisos que antes subimos, todo es metal y resuena a cada paso, todo es muy resistente y muy fino, las paredes, el suelo. Pisos eternos en los que cobijarse como ratas. Si pusieras un cristal enorme delante del edificio sería como ver un nido de hormigas. Todo es óxido y huele a salado. No te caigas, no quieras descubrir en lo que se ha convertido la seguridad social; piensa en esas fábricas reconvertidas en hospitales cuando estalla una guerra. Otto, al salir a la calle, nos dice que no hablemos muy alto, esta zona no es muy segura. Debemos caminar un par de manzanas sin llamar la atención.
Cuando pasa un coche es como ver volar a una nave espacial, sus luces lo atraviesan todo y luego volvemos a quedar en penumbra urbana. En el cielo podemos ver la claridad que llega desde el centro, incluso oír ruidos del gentío cuando sopla la brisa. No hay nadie, somos los únicos que vamos hacia la plaza del árbol desde el barrio de Otto. Otto nos dice que el otro día conoció a una chica allí, pero que él no pudo tocar el árbol.
– Dijo que yo le gustaba… Esa tía olía bien. Bien de verdad.
Oler mal no es algo que te haga perder estatus hoy en día. A lo que se refiere Otto es al olor corporal. Hay duchas comunitarias que funcionan con escasas reservas de agua, y mucha gente se lleva el agua en cubos para poder usar el váter en casa. Cosas del capitalismo vigente. Un ducha allí se lleva medio sueldo mensual de Otto. Así que a lo que se refiere no es a que la chica fuera perfumada, sino a que ella incluso sin lavarse puede dar sensación de higiene. El amor tiene más barreras ahora. Si eres feo hueles peor, pero si eres guapa y sabes jugar bien, puede dar igual cómo huelas.
A medida que caminamos, los ruidos aumentan. Es como si todo el mundo estuviera allí, como si el resto de la ciudad fuera la nada que rodea a la existencia, el antes de nacer y la muerte. El centro es el árbol de la vida. Aunque un creyente ofrecería una metáfora distinta. Orfeo parece emocionado, como si todos los años que llevamos puteando y robando y dañando para sobrevivir ahora tuvieran sentido. Otto dice que hoy sí quiere tocar el árbol, arrancar un trozo del tronco. Dice que lo ha visto, la gente mastica trozos de corteza y el árbol se regenera solo. Puede que te hagas inmortal, o simplemente podría levantarte de tu silla de ruedas o curarte un cáncer o devolverte la vista. Todo son beneficios. Dice:
– Es una bendición, habéis hecho bien en venir.

“Los aeropuertos ya se han convertido en campos de cultivo”. Recuerdo esa frase. Cuando era pequeño mis abuelos me contaban que al principio todo fue muy romántico para algunos, el caos, el fin de lo conocido: las personas sencillas quizá tuviesen una oportunidad si todo se iba a pique. Hoy hay instalaciones enormes, fábricas, parques temáticos, pueblos enteros, todo vacío, fantasmas por doquier de la soberbia humana. La esperanza de vida ha caído en picado. Cuando tuve más capacidad de razonar, para entonces los padres de mi madre tenían alzheimer, y todo aquello que me habían contado en el pasado jamás pudo tener un análisis certero de adulto. Mis padres nunca decían nada, y tampoco me dijeron cómo mis abuelos por parte paterna habían muerto hacía mucho. Ya no se renovaban las enciclopedias, no se publicaban periódicos ni existía la tele. La única fuente de información que había era el típico gilipollas que no deja de hablar y decir idioteces.
Podemos ver la plaza cada vez más cerca, la iluminación eléctrica impresiona cuando no estás acostumbrado. Se puede ver a gente arrodillada. Rezan. Y es cierto, hay un árbol enorme, como un dibujo a tinta real, tridimensional. Surge del asfalto de la plaza, el suelo está destrozado en la base, como la cascara de un huevo por la que se hubiese abierto paso un pollito. Sea como sea, se lo han currado. El tronco es grueso, retorcido. Orfeo me pone una mano en el hombro a medida que nos acercamos. Llora. Tengo flashes de un futuro en los que una multitud quema esta plaza, árbol incluido, entre vítores: un nuevo muro de Berlín que no sé aún qué coño representa. Entramos en la zona en la que la gente yace en el suelo, algunos mirando simplemente el árbol, otros rezando. Hay una calma sorprendente aun con el bullicio. Muchos se acercan al tronco y arrancan un trozo de corteza, pero desde donde estamos no se puede ver si se regenera o no. Realmente siempre me ha sorprendido no ser un drogadicto, pero ahora tengo que fumarme un pitillo.
Recuerda a una especie de castaño, pero gigante, una versión gótica que se alza unos cuarenta metros por encima de los demás árboles del parque; se erige como una de las construcciones más altas de la ciudad. Claro, si esto no es cosa de Dios…
Haría sospechar a alguien cínico que la criatura haya surgido precisamente en la zona rica. No veo a nadie que tenga pinta de tener agua corriente en casa por aquí adorando o emocionado. Pero si han plantado esta imitación de árbol en una sola noche o algo así, bien merece algunos rezos, añade esperanzas respecto al potencial del ser humano. Solo hace falta encauzar esas energías hacia el bien.
Nos metemos entre la gente que espera de pie su turno para poder acceder al tronco. Desde donde estamos, subidos en el destrozo de cemento y raíces gigantes, ya se puede ver que no, no se regenera. Tiene el aspecto de una espalda pelada por el sol. Hace ya una semana que nos llegó el chivatazo sobre esto; la diferencia esta vez es que al menos el árbol existe, pero no quiero discutir sobre lo que pueda significar con Orfeo. Al menos no aún.
No veo a nadie en silla de ruedas, ni tan siquiera hay algún iluminado gritando: «¡puedo ver, puedo ver!». Aun así, todo me suena a potenciación de la fe, a reuniones en despachos y decisiones drásticas. Orfeo y Otto llegan hasta la corteza, conmigo detrás. Me obligan a pellizcar y coger mi propio trozo de salvación. Lo masticamos. Mis colegas se abrazan al tronco (al menos la base parece madera de verdad). Lloran. Yo sonrío e intento simular esperanza. Los que hacen cola tras nosotros, nos apremian. Una chica pelirroja muy guapa llega hasta Otto, y se besan.

[Faltan unos días para que se estrene “Kick- Ass”, pero no he podido resistir la tentación de verla por la red (de todas formas la veré en el cine). Hacía tiempo que no me divertía tanto con una película. Es gamberra y brutal, y se nota que está hecha al margen de las grandes productoras. Un ejemplo de lo que digo es HitGirl (video) interpretada por Chloe Moretz (foto), uno de sus personajes, una cría de once años que destila carácter y que asesina, mutila y hace saltar la sangre haciendo que la peli te explote en la cara cuando aparece en escena. Por lo demás, hablamos de dos horas en las que servidor no se ha aburrido ni un minuto, mérito de su director Mathew Vaughn. Sí, el cómic es más guarro, brutal, oscuro, pero aun así la película entra directa en las ligas mayores en lo que adaptaciones de cómics se refiere. La mala noticia: No sé si hacer una secuela es una buena idea…]

Vidas ejemplares

Hay un anuncio de cereales en la tele cuando me llaman para decirme que mi padre ha muerto. Es el típico spot frenético y ruidoso; la mascota de los cereales hace surf, y dos niños -uno gordo (gracioso, se supone) y otro delgado y rubio- sonríen también surfeando. Luego el tazón de leche gigante en el que se forman las olas de leche se reduce hasta convertirse en uno normal. Y los niños, que eran minúsculos, de repente son niños al uso y están comiendo a cucharadas con los carrillos llenos y una mujer demasiado joven y sonriente detrás que se intuye es la madre.

Luego pasan muchos años y cada vez que veo anuncios de cereales mi padre vuelve a morirse en mi mente. Mi piso de soltero me dice a gritos cada vez que han venido amigos a cenar que ya debería ser responsable y maduro y tener hijos. Debería vivir ya en otro piso mayor y levantarme cada dos horas a acunar a un bebé ruidoso al que quiero más que a mi vida. Debería estar siempre dentro de la cocina y cambiando pañales y esforzándome en un trabajo “de verdad”, repitiéndole a una mujer a la que quiero un poco más que a mi vida pero menos que a mi hijo, la frase:«ya voy yo», porque ahora las mujeres quieren ser igual que los hombres por algún motivo. Como si eso fuera algo bueno. Como si se pudiera hacer surf dentro de un tazón de cereales.

Mira ahí fuera. La calle está llena de vidas ejemplares. Gente que ha hecho siempre lo que debían hacer, que por eso ya de adultos son incapaces de reconocer el lado podrido de las cosas, y que si lo reconocen son empujados por los demás a acudir a psicólogos para mermar esa actitud supuéstamente autodestructiva. He aquí el lado oscuro y también real de la vida. Sonríe. Sólo los domingos por la tarde te dejaremos quejarte.
Joder, uno no puede estar siempre con esa pose de bobo pseudooptimista como si tuviera permanentemente la polla dura entre las tetas de Clara la vecina veinteañera.
Si ganas cien veces más que la mayoría y encima te compras un porche para demostrarlo, el hecho de que murieras en un accidente de tráfico solo sería simple justicia kármica. Nada por lo que los demás debamos apenarnos: Eres un idiota con suerte y has muerto por ello, porque quizá Dios existe.
Es verdad, uno de mis motores básicos es el miedo a todo, pero eso me ha dado acceso a otras perspectivas. Así pienso, soy mi propio mártir, crucificadme en una cruz hecha con cajas de cereales.

Clara la vecina existe. Es la típica chica fan de cualquier producto de consumo ideado mucho más en despachos que en mentes inquietas. Ella cree que es una admiradora sincera de ciertos “artistas”, pero en realidad es más víctima de ciertas ideas de empresarios anónimos a los que se la chupan putas de mil euros. Tíos imponentes y respetables a simple vista, con hijos y estatus: la rueda que empujan todos a diario mientras sueñan con tener algún día esa misma parte del pastel. El círculo vicioso que les mantiene a oscuras aunque algunos se conformen con iluminar sus rincones a base de linternas existenciales Apple con mil aplicaciones.

Actualizo mi Twitter: ¡Vaya día! A dormir que estoy hecho polvo, jeje…
La gente comienza a aceptarte cuando haces las cosas igual que ellos. En realidad no me voy a dormir. No estoy hecho polvo. No he sonreído. Ni siquiera sé para qué coño sirve Twitter si no eres una estrella del rock, o Bono. Pero hay que ser más bien falso si no quieres acabar solo, repudiado o en la cárcel.
Me gustan los extremos, suelo encontrar más sinceridad en ellos. Y además la hipocresía es el tipo de actitud que antes te hace llegar a tener la polla entre las tetas de Clara la vecina veinteañera.

Un día consigo quedar con ella para cenar, y le digo que sí, a mí también me encanta El canto del loco, y tampoco sé por qué hay gente que los critica. Me gusta también mucho Bisbal, porque además de cantar muy bien es muy buena persona. Por supuesto, me encanta salir de marcha todos los fines de semana sin falta, e ir al cine los domingos. Me pirran las pelis de Orlando Bloom, veo todas las que hace. Me cae muy bien Belén Esteban, porque es una chica de barrio, sencilla y sincera. Nunca veo porno, es repugnante e irreal. Voy al gimnasio dos veces por semana, aunque me gustaría ir más. ¡No tengo cuenta en facebook! Pero en cuanto me conecte me haré una, es que he ido dejándolo. También le digo que creo que es muy guapa, y que no me importa la diferencia de edad. A esas alturas de la conversación ya soy casi perfecto si te ciñes a la idea que mucha gente tiene del mundo. Remato la jugada aclarando que me ha pillado en un día raro; normalmente me arreglo más.

De lo que viene luego, nadie sabe nada aparte de quien tiene que saberlo. Consigo llevarme a Clara a mi piso después de cenar. Antes de salir lo he arreglado a su gusto. Fotos de familia por todas partes, perfume, la cama hecha, los muebles colocados de la forma más estética posible. Se trata de coger tu piso y hacer que en lugar de ser práctico o personal, sólo sea común, bonito. Hasta he adquirido una lamparita de lo más mona para mi mesilla. Y sí, he comprado un gatito. Me he esforzado tanto que temo que Clara piense que soy gay.
Nos acomodamos. Le digo que tengo un vino buenísimo, me invento sus características porque ni ella ni yo tenemos puta idea de vinos. La invito a sentarse en mi sofá de tres plazas. Le cojo el bolso y la chaqueta y los llevo a otra habitación, la de las cosas de los invitados, como si lo hiciera siempre. Vuelvo y me siento a su lado, a la distancia que calculo me convierte en hetero pero no en un acosador. Ella parece relajada. Intento hacer que pasen unos cinco minutos; si puede ser, menos; es lo que llamo conversación olímpica, hablar sin más, sin contenido, dejar que el reloj haga su trabajo, que los protocolos se diluyan poco a poco. Todo va bien. Ella no lo sabe, pero ya está muerta.

Piensa en global. Soy una contradicción como todo el mundo. Pero hoy, en lugar de matar a otra gente por omisión, utilizo un cojín.
Cuando ella se ha comenzado a desnudar, le he dicho que me gustan sus pechos; es importante no decir «tetas». Ella, algo más generosa de la media por las tres copas de vino que se ha bebido, ha aceptado hacerme una cubana. No todo tiene que ser trabajo. No tardo mucho en correrme, ella acuclilla los ojos. Muchos, empeñados en que todo siempre tenga sentido, dirían que hago esto porque mi madre murió al darme a luz. No he tenido una figura materna y eso me ha trastocado. O también podrían alegar que mi padre me daba de hostias. Me pegaba y yo sin embargo sigo deprimiéndome cuando veo anuncios de cereales. Es cuando está desnuda y cree que voy a penetrarla o comerle el coño, cuando lo hago. Esto es lo que he elegido. Pagan bien. No muere nadie que vaya a curar el cáncer, y yo no me siento como un esclavo a cambio de una supervivencia cogida por los pelos. Clara deja de respirar enseguida, como si hubiera estado esperando algo así por parte de un desconocido. Por lo que me dan el dinero, es sobre todo por el trance de hacer desaparecer el cadáver. Por lo demás, no hago preguntas. Justo después, me siento como un nazi. Creo que soy un hipócrita como los demás, y más malvado, pero me siento un poco más honesto a la vez. Me veo a mí mismo como la amplificación de lo que es una persona normal. La única diferencia es que ellos no se manchan las manos de sangre. Llevo el cuerpo al baño, tengo que cortarlo, meterlo en maletas. Mis amigos y mi familia creen que soy funcionario, que trabajo lejos. Creen que El canto del loco es un buen grupo.
Cuando acabo de mutilar y ya he limpiado el baño, tengo que esperar a que sea más tarde para salir de aquí y acabar el trabajo. Pongo la tele. En la tanda de publicidad que hay cuento dos anuncios de cereales. Actualizo mi Twitter: ¡Ya tengo el nuevo de Juanes!

[La chica de la foto de abajo se llama María Escuin, es bella por dentro y por fuera, y es la editora de la revista digital A-Zeta (segundo link en el blogroll), en la que tengo el honor de colaborar junto a articulistas de verdad, inteligentes y con ideas. Encontrareis diversas secciones, entre las cuales también hay un apartado dedicado al audiovisual. Tenéis una contundente muestra arriba en el video: una obra de Luis e Ignacio Farreras Pascual, unos jovenes con ideas y promesas de dar mucha guerra en adelante. Así que ya sabéis, haced click en el enlace de arriba, A-Zeta, es una orden, y no os arrepentiréis].