Mutilaciones aquí

Felicia sermonea sin parar, habla una y otra vez del Orgasmo Verdadero. Está más que comprobado, asegura; es una certeza no matemática, cierto, pero esos tíos de la fábrica saben lo que hacen, dónde deben manipular tu cuerpo y cómo. Lorna escucha sentada en el butacón que utiliza siempre en casa de Felicia, está comenzando a anochecer y aún no ha tomado una decisión respecto a la cuestión de la conversación. Al día siguiente a la misma hora podría estar en su piso de soltera preparándose la cena y pensando en dejar su trabajo como hace cada día, o bien podría ir a esa fábrica oficialmente abandonada y decir “Conspicuo”, que es la contraseña que Felicia dice la llevará al Orgasmo Verdadero; nada de pequeños alivios de sábado por la noche con un desconocido, nada de llamar a ese ex que sabe que vendrá corriendo a hacerle lo que ella ya ha vivido, ese crono-sexo, como un perro que folla más para acabar que por placer.
Han pasado por la tarde por delante con el coche. El edificio tiene la pinta que tiene cualquier nido de psicofonías, pero dentro no hay fantasmas de ningún tipo, dentro ofrecen un servicio, uno de verdad, garantizado. Allí nadie te invitará a cenar y al cine para acabar corriéndose en un condón dentro de ti antes de que hayas empezado a sentirte a gusto desnuda. No hay prostitutas, no hay un servicio sexual para hombres, o no exactamente. Digamos que allí los hombres no van a tirarse a ninguna asiática que en la foto del periódico era guapa y delgada. Todo eso dice Felicia. Pero mejor no te digo a qué van los tíos, dice.

Lorna llega a su piso de soltera ya de noche y abre el cajón de los juguetes. Tiene seis horas antes de que suene el despertador.
Veinte minutos después guarda el consolador y decide que irá a ese sitio, que por una vez quiere ver cómo es cuando algo que no has comprado en un sex shop hace que te corras de verdad. Quiere saber cómo es eso de ponerse en manos de alguien que no las pasará putas para durar cinco minutos duro. Quiere nuevas respuestas, saber que la vida no acaba siempre con la cara de un tío que no sabe si preguntarte si tú también has llegado.

Luego, se siente bien de verdad. Camina por una ciudad muy parecida a la suya, una versión onírica de todas esas calles que desembocan en algún polígono industrial. Las chicas le atraen igual que los chicos; no está rodeada de inútiles de cama, de gente que sólo sabe usar los lugares cómodos para dormir después de haberla dejado insatisfecha. Y no existen los médicos que parlotean en la tele diciendo que lo suyo es un problema psicológico; no se pregunta todo el tiempo si tendrá que hablar con uno de esos matasanos para poder disfrutar del sexo. Solo camina por esa calle y sabe seguro que sus amigas no mienten cuando dicen que sus novios fijos son muy competentes al margen de lo pequeña que puedan tenerla. Camina y no tiene que soportar a nadie diciéndole que el tamaño no es lo importante, que el grosor es lo importante. Solo avanza por esa proyección urbana y luminosa y disfruta de la vida, es una mujer más que se lubrica después haber quedado y salido a bailar con un chico. No siente ninguna frustración física, y el cielo tiene un agradable tono gris azulado. Se siente bien de verdad.
Pero luego despierta.

Han oído leyendas y por supuesto han visto películas. La gente habla demasiado. Hablan de la tele y de las historias reales y las ficticias, y de las que quieren ser reales y sólo son basura. Hablan sin parar, y tanto da si es sobre fútbol o sobre la fábrica del Orgasmo Verdadero. Hablan y hablan, pero seguramente la mayoría de veces no dicen nada, sólo sandeces. El ser humano y las sandeces, eternamente unidos. La gente suele ser mala. O quizá más bien de mala calidad. Todos en el trabajo durante el día le dicen a Lorna que no vaya a ese sitio, que no es seguro, que quizá ni haya nadie; o que quizá es una encerrona. La gente no quiere que escapes de tu rutina, quieren que te aburras como ellos, que seas sólo cínico o sólo optimista, o simplemente maquiavélico como ellos. Pero Lorna, en fin, ella solo quiere correrse. Quiere tranquilizarse por una vez, que alguien la relaje sin que ella tenga que preocuparse por que la embaracen o la acaricien bien o se corran antes de tiempo. La teoría siempre es fácil, pero como le dice siempre Felicia, muchas mujeres se van a morir sin haber disfrutado de verdad jamás.

Hay una carretera que serpentea durante unos quince minutos una vez sales de la ciudad; serpentea hasta la fábrica, la cual, apartada a unos cincuenta metros del arcén derecho, perfectamente a la vista, sólo atrae a los fanáticos de lo paranormal, y a todos aquellos que saben la contraseña para poder entrar.
Ese edificio abandonado en la mente de la mayoría, cuenta con conspicuos expertos en el arte de sacarte a patadas de esa rutina de la que muchos alardean, con ese optimismo metido con calzador que se desmonta los domingos por la tarde.
Felicia conduce y Lorna cambia de postura constantemente a su lado, atraída y con rechazo por el plan, confusa e insegura, viva.
Tranquila, cariño, dice Felicia, no estamos hablando de gigolós horteras de cuarenta años. No te van a meter en un jacuzzi ni a soltarte clichés al oído. Imagina que vas a la universidad, dice, que alguien a quien respetas y admiras va a ofrecer una gran conferencia, la charla definitiva para mujeres que sólo han visto fuegos artificiales en fiestas y verbenas.
No me hace gracia, dice Lorna.
– Es verdad, no es gracioso. Sólo te pido que, cuando llegues y veas cómo es ese lugar, no te eches atrás.

El coche traquetea ahora por un camino de tierra, rodeado de árboles, una zona de vegetación frondosa en medio de la nada interurbana. Y Felicia para entre dos arbustos y Lorna comienza a hacer preguntas. No está permitido aparcar muy cerca de la fábrica, dice Felicia. Cuando la policía pasa por la carretera, aunque vean coches por aquí, sólo piensan en veinteañeros enrollándose o prostitutas follando con quienes aún no saben lo que hay en la fábrica. Esos polis piensan en cualquier cosa excepto en echar un vistazo a ese edificio hecho polvo.
Las dos caminan durante unos diez minutos, hasta llegar al amplio portón metálico. El cielo comienza taparse. Felicia golpea el portón, y enseguida alguien lo abre desde dentro.
Dicen Conspicuo.
Y Bruno, que es como dice llamarse el “portero”, un tipo regordete de aspecto neutro, las conduce por un amplio espacio rodeado de enormes ventanales, hay techos altos y huele a polvo y metal. Hay maquinas abandonadas, palés, y estanterías que llegan casi hasta el techo, vacías, sin nada que contar: todo es gris y aburrido si lo miras más de cinco segundos. Pero a la vez todo es tan grande y arcaico en cierto modo, que es prácticamente hipnótico; uno casi se avergüenza de pasarse demasiado tiempo contemplativo allí dentro, como quien se sienta en una cafetería y ve a un crío muy gracioso y tierno, al que dejas de mirar enseguida por miedo a que sus padres piensen mal.
Nadie diría que este sitio evita suicidios, dice Felicia. Bruno se carcajea. Si no fuera por estas realidades paralelas, dice él, muchos acabarían hablando solos con una pistola antes o después.
Lorna susurra a su amiga: ¿Te conocen aquí?
Bruno comienza a subir escaleras, y ellas le siguen. Abandonan esa especie de vestíbulo grotesco. Lo bueno está donde antes había oficinas, dice Felicia. Antes la gente no venía aquí a desconectar. Bueno, dice, desconectar no es la palabra más adecuada.

Caminan por un pasillo apenas iluminado por unas ventanas que dan a un patio interior minúsculo. Hay sillas de madera plegadas, herramientas, tuercas, todo por el suelo, hay incluso un oso de peluche tirado en una esquina. Son las siete de la tarde. Hay luz aún. Lorna pregunta que si suele venir mucha gente, que si se alargará mucho el tema, que cuánto le va a costar.
– Tranquila, ya está pagado – dice Felicia
– ¿Cómo?… ¿Cuánto has pagado?
– Te lo diré después, cuando hayas aprovechado el servicio. No te escandalizará en absoluto.
Bruno las deja en una sala de espera, solas, en unas sillas de plástico; el sol entra por la única y enorme ventana polvorienta.
Como mínimo la mitad de mujeres no tendrían hijos si no les afectara lo que piensan los demás, dice Felicia: eso creo, lo que quieren en realidad es lo que aquí se ofrece. Pero, ya sabes, no son sinceras. La mayoría de gente no es transparente, y hasta acaban creyéndose el personaje que han hecho de sí mismos. La única vía de escapatoria es el dinero, porque ser más retorcidos en otros aspectos está mucho peor visto. Pasar del sexo vaginal al anal duele al principio; pero si puedes multiplicar un millón de euros por cien, no hay problema moral, aunque explotes para ello a miles de trabajadores, o mates de hambre a quien sea que malviva a varias raciones de comida de avión. Quizá no se la chupes de verdad nunca a tu novio, pero estás dispuesta a contribuir a las matanzas lejanas si eso añade un precioso diamante a tus manos. Ya sabes, dice, culpables siempre indirectos, pero culpables al fin y al cabo.
Entra un hombre en la sala y Felicia deja de parlotear de golpe. Es un tipo de unos cien kilos, metro setenta, barba de semanas, una camiseta blanca que la mayoría usarían ya como trapo. Lleva unos tejanos raídos y se sienta en una de las sillas de plástico, que cruje. Lorna le mira, y él le devuelve la mirada. El hombre parece ansioso, saca un cigarrillo, su pierna derecha empieza a temblar con ese característico nerviosismo de quien quiere que algo acabe o empiece de una vez.
Felicia le susurra a su amiga: No le hables.
Y luego: No le mires.
Y Lorna dice: ¿Nos van a llamar por nuestro nombre o algo así?
Y Felicia le da un codazo y: Mejor no hables conmigo tampoco.

Lorna mira alrededor en la sala de espera, por supuesto evitando al tipo. Una cucaracha corre por el suelo, cruza la estancia, despreocupada. Lorna se hace preguntas sobre la higiene del lugar, sobre dónde se ha metido y por qué; se pregunta si todas las que conocen los orgasmos solo de vista y poco más, acaban todas a las afueras de la ciudad en una habitación así. Como quien cumple años, hace un repaso rápido de toda su vida, la misma que la ha traído hasta una fábrica pútrida. La cucaracha llega hasta la pared y se da la vuelta para volver sobre sus pasos. Lorna se ve a sí misma en el parvulario, donde todos los niños lloraban el primer día; se ve con su primer novio, con el segundo, con el resto, con todos simulando que disfrutaba cada vez que se esforzaban sobre ella, bajo ella, en coches, en casas, de viaje en hoteles, incluso con el anillo de compromiso que llegó a regalarle su último ex, al que acabó dejando porque, por muchas cosas que tuvieran en común, su resistencia -la de ella- a los orgasmos en combinación con aquellos nueve centímetros, no auguraban bellas puestas de sol ni bodas de plata llenas de satisfacción existencial. Esa falta de humedad personal puede aniquilar cualquier atisbo de poesía. El cariño y el sexo parecen quedar separados desde el mismo momento en que descubres que puedes sentir amor igual por tu madre que por un desconocido al que no puedes dejar de mirarle el culo. Ya, sí, nos decimos: son diferentes tipos de amor (ahora queremos clasificar hasta eso), pero millones de parejas y matrimonios rotos por jovencitos/as se convierten en pruebas fehacientes de la monogamia como sentimiento-y-punto.
Lorna se cierra en sí misma divagando sin parar, y para cuando ha repasado toda su vida desde lo físico hasta lo emocional, la cucaracha aún no ha recorrido del todo otra vez la estancia.

Pasa media hora. Y cinco minutos después alguien abre una puerta. Esa puerta da a un pasillo con más puertas a uno y otro lado. Las realidades paralelas.
Hay silencio. Felicia y Lorna han dejado solo a aquel tipo en la sala de espera, y caminan tras la mujer de mediana edad que las lleva a donde dice que hay una habitación libre. Dice: Adán está esperándote. Y se refiere a Lorna. Aquí puedes participar o mirar, da igual. Por mirar pagas menos, eso sí. La mujer de mediana edad dice todo eso, y que se llama Otis, que la llaman Otis. Yo soy aquí una especie de ama de llaves; según creo, no eres capaz de correrte con esos salidos que hay en el mundo exterior. Y vuelve a referirse a Lorna, aun sin mirarla. Esos tíos los conocemos todas. Somos agujeros para ellos; ni siquiera somos carne bien torneada, solo agujeros.
La razón por la que todo está en silencio, es que cada habitación está insonorizada. Otis abre una puerta y después hay otra puerta; en ese espacio hay un cristal que desde dentro se ve como espejo. En ese pequeño habitáculo antes de la habitación hay cuatro sillas de plástico como las de la sala de espera, y la estancia en la que ya entran Felicia y Lorna tiene a dos voyeurs esperando tras el espejo.
Lorna dispara una ráfaga de susurros al oído de Felicia. Están ya dentro, y dentro todo está limpio, hay parqué, huele bien, hay un contraste extremo con todo lo que está fuera de la habitación. Adán es un chico de unos treinta años que ahora está cerca de la camilla que hay en la estancia, esperando, con una botella pequeña de lo que parece lubricante. Y habla con Otis, y todo supura rutina entre ellos.
Lorna susurra a toda velocidad:
«Quiero irme de aquí».
«No es lo que yo pensaba».
Y lo repite una y otra vez, agarrando por la manga a Felicia. Otis dice Ahora estás nerviosa, pero ya verás cómo de rápido se te pasa. Felicia dice que ella esperará fuera, o bueno, aclara, con los voyeurs.
– ¿Vas a mirar? – suelta Lorna.
– Aquí todo el mundo mira, cariño – dice Otis. Dice -: Esta es la habitación didáctica, Adán te ira explicando lo que hace mientras lo hace. Las hay que incluso toman apuntes después. Le podrás enseñar algunas cosas a tu próximo novio…, porque seguro que ahora no tienes novio… En fin, Feli y yo nos vamos. Os dejamos solos y…
– ¿Por qué la camilla tiene barandas? – interrumpe Lorna.
Otis sonríe, empuja a Felicia fuera de la estancia posando una mano en su hombro, y no dice nada. La puerta se cierra. Lorna se vuelve y ve a ese tipo; un tío mono, piensa, con cara de buena persona; alguien a quien no te imaginas enseguida haciendo virguerías en la cama. Y el muchacho dice:
– No estás en el dentista. Tranquilízate.

La habitación no tiene ventanas. Las paredes son rojas. No hay decoración, solo destaca ese cristal de sentido único junto a la puerta; todo es un higiénico vacío paralelo al resto de la fábrica. Huele a algo como flores o colonia femenina, lo que Adán define como pedo de ángel, mientras invita a Lorna a desnudarse, a estar tranquila, a respirar por la nariz y expulsar el aire por la boca. Pero no te quites aún la ropa interior, avisa. Y respira, respira, aquí las mujeres entran perdidas y salen sin importarles estarlo, dice. O más bien, sí, luego siguen perdidas, pero de otro modo. Todo lo expresa con un agradable tono monocorde, como quien podría llamarte a las cuatro de la madrugada sin molestarte un ápice. Lleva una camisa azul de ejecutivo, unos tejanos; no se desnuda. Lorna se echa en la camilla boca arriba, en sujetador y bragas. Adán asegura las barandas. Es una cama de hospital, dice, es el lugar en el que la gente suele acomodarse para curarse o morir: la cama de la última habitación. Pero lo que hacemos aquí se parece más a una curación. Y ríe, otra vez, casi sin reír.
Lo de las barandas es porque antes teníamos una cama normal, y una chica se cayó al suelo, se dio un golpe en la cabeza y quedó unos minutos inconsciente, dice Adán; parece un poco tétrico, pero sólo es por precaución. Y añade como si nada:
– Quítate el sujetador.
Y dice:
– A las mujeres todo esto os sorprende mucho, pero en realidad hay un montón de videos didácticos por ahí. Ya sabes, vosotras no soléis ver porno… Aunque la verdad es que la mayoría del porno que hay es engañoso, ni siquiera funciona muy bien como fantasía.
Adán vierte un chorro de lubricante en el vientre de Lorna;
– ¿Esta frío?
Ella hace que no con la cabeza.
– Mejor. Cosas así pueden fastidiar todo el proceso… No es que quiera dármelas de nada, pero ya tengo bastante práctica. El orgasmo femenino, quiero decir el de verdad, puede ser como jugar a la gallinita ciega si no das con un par de tíos en tu vida a los que les guste Follar, y no Hacer el amor. Ya me entiendes.
Adán extiende el aceite por la cintura y los pechos de Lorna, por su cuello, por la nuca.
– Hacer el amor… Quien fuera que se inventó esa expresión inventó al mismo tiempo a las mujeres frígidas…
Lorna cierra los ojos, y las manos de Adán van cada una a su aire; de vez en cuando se detiene en un punto concreto y masajea con más ímpetu. Sólo habla él, convencido, despreocupado;
– En el sexo que la mayoría de gente practica todo funciona a medio gas, o es demasiado rápido o brusco… Hasta las mujeres desaprovechan su potencial muchas veces… Y ni siquiera hablo de las que se niegan a hacer sexo oral…
Sin decir nada, Lorna nota cómo le quitan las bragas. Escucha a Adán y a la vez no se atreve a replicar ni a emitir sonido alguno, no quiere interrumpir el estado de relajación en el que poco a poco va entrando.
– Incluso las mujeres que la chupan parece que estén intentando conseguir alguna declaración del pene, como si más que dar placer la felación fuera un interrogatorio y el semen la respuesta que buscan… No es así, el francés es otra cosa.
Lorna nota cómo esas manos ya proyección de algo que ella nunca a sentido, se pasean por su pelvis, alrededor de su vulva, por los muslos.
– Si quieres hacer una buena mamada y no estás intentando tirarte a alguien en un lavabo o algo así, lo mejor es ser paciente… Muchos hombres no lo creerán, pero el orgasmo es mejor así. No aporrees el pene, no te lo metas enseguida en la boca. De hecho, cuando tengas práctica ni siquiera tendrás que metértelo en la boca… Las mujeres francesas los saben mejor que nadie; o al menos lo sabían… Solo se trata de lamer y de paciencia; que noten tu aliento; incluso puedes morder un poco… Seguro que me entiendes.
Adán le pide a Lorna que se dé la vuelta, de cara a la camilla.
– Lo que estoy haciendo es destensarte. Lo aprendí en un viaje a Japón. Es el proceso del Orgasmo Verdadero a través de masajes… Al principio me parecía una chorrada. Pero luego ves que funciona de verdad.
Aprieta los glúteos, empapa de aceite toda la espalda, los pies, el ano.
– De vez en cuando, palpando así, notas puntos más rígidos; para eso sirve este sobe, para localizarlos y neutralizarlos… Este tipo de cosas deberían enseñarse en la universidad. Créeme.
Lorna ya no recuerda que su amiga y dos mirones observan sus muecas desde detrás del espejo. Pero sí recuerda por algún motivo cómo de cría se bajó las bragas para un niño que sólo quería mirar, a cambio de una bolsa de chucherías, y de cómo eso la ha avergonzado incluso en la edad adulta. Se da cuenta de que por primera vez no se siente mal al retrotraerse a ese momento de primaria. Entonces el sexo se le antojaba como algo adulto, oscuro y brutal. Y ahora, demasiado tarde, se da cuenta de que quizá sí lo sea, pero para bien, para muy bien.
– En esta fábrica es donde sale lo que es el ser humano de verdad – dice Adán -, aquí nadie se avergüenza de nada.

Lorna vuelve a echarse boca arriba, y Adán le dice que ya casi está. Mientras acaba de masajearla, le dice que hay un ejercicio muy eficaz para allanar el terreno a los orgasmos. Contraer la vagina, la contraes y la relajas, dice, dedica unos minutos cada día a ese ejercicio; la entrepierna de la mujer tiene poco que ver con la del hombre, merece la pena que le dediques más tiempo; te pondrás muy a la cabeza, ten en cuenta que muy pocas mujeres son lo suficientemente abiertas sexualmente como para ni plantearse estas cosas.
Y Lorna habla por primera vez en toda la sesión:
– Todas mis amigas siempre dicen que no tienen ningún problema con… dicen que todo les va bien con el sexo…
– No te creas demasiado a nadie que te diga que le va todo bien con el sexo. Esto no es como conducir o vender seguros, y la monogamia no facilita las cosas… ¿Y tú qué les dices a ellas?
– La verdad.
– Es muy honrado por tu parte. Pero es mejor que te protejas más, seguro que ellas lo hacen. A veces decir la verdad cierra más puertas de las que abre. Por culpa de la sinceridad quizá algún tío, algún amigo de amigo o primo de amiga -de los que Follan de verdad- se lo haya pensado dos veces antes de entrarte… Quizá estés aquí por culpa de la verdad… Pero bueno, vamos a intentar resolverlo.
Adán se embadurna la mano derecha con más lubricante;
– Los dedos más correctos para esto son el dedo corazón y el dedo anular.
Enseña la mano a Lorna, en posición, como la de un heavy en un concierto, los clásicos cuernos. Acaricia toda la entrepierna, y poco a poco desliza dentro de la vagina los dos dedos antes mencionados.
– Una vez están dentro hay que hacer siempre el mismo gesto, hacia dentro y hacia arriba.
Si colocas la mano izquierda presionando un poco en la zona del vientre, pues mejor, dice. Y comienza mover la mano, con los dos dedos dentro, hacia dentro y hacia arriba, de forma cada vez más rápida. Lorna suelta un gemido, y se tapa la boca.
-¿Lo sientes?…
Hace que sí con la cabeza.
– Puede parecer un gesto algo brusco, pero es exactamente así. Échate un novio abierto. Cuéntale todo esto. Es mi consejo.
Adán vuelve a mover la mano derecha con los dedos en la vagina de Lorna, con la mano izquierda presionando su vientre. Y Lorna siente una corriente subiendo por su columna, casi puede ver colores con los ojos cerrados, comienzan a temblarle los pies y luego todo el cuerpo. Se aferra a las barandas, abre los ojos. Cuando Adán saca los dedos ve como de su coño frígido salen disparados dos chorros, sus fluidos expuestos a la luz de la vida exterior. Adán posa otra vez los dos dedos en el clítoris y Lorna comienza sentir cómo el orgasmo que parecía irse vuelve otra vez, y luego otra, y otra. Fuegos artificales. La cama cruje, Lorna golpea las barandas con sus rodillas. Adán sigue hablando pero ahora no puede escucharle, atender, razonar. Él quita la mano de la entrepierna, y ella sigue teniendo pequeñas convulsiones, electricidad que va y viene. Adán pone una mano entre sus pechos para evitar golpes;
– Ahora ya sabes que no eres frígida.
Y lo dice con el mismo tono con el que la saludó y le dio consejos sobre chupar pollas. Y añade:
– Esto es de lo que hablaba, es un orgasmo de todo el cuerpo. Muchas mujeres creen tanto en esto como en los ovnis.
Lorna sigue con el tembleque durante varios minutos, hasta que Adán deja de sujetarla.
– Mejor espera unos minutos. Si intentas caminar ahora no te responderán las rodillas.

Adán ha bajado las barandas y Felicia ha entrado en la habitación con una mancha muy sospechosa en su blusa. Lorna se viste, inmersa en una especie de shock placentero, sonríe como avergonzada cada vez que su amiga le pregunta algo. Otis y Adán quitan las sábanas e inspeccionan el suelo de modo rutinario. Y de repente de algún lugar en el pasillo llega un grito femenino, atragantado, y luego se oye un portazo. Otis y Adán se miran.
– ¿Qué ha sido eso? – pregunta Lorna.
Se produce un incómodo silencio.
Finalmente, Felicia dice sin mirar a nadie:
– Es mejor que se lo enseñemos. No dirá nada, lo prometo.
Otis se acerca a Lorna, la coge por un brazo:
– Yo no soy quien manda aquí, cariño – le dice.
Si te enseñamos qué es lo que vienen a hacer aquí algunos hombres, no puedes decir nada. Porque ahora ya estás fichada aquí. Y no todo el personal de este lugar es tan simpático como Adán.
– ¿Dónde me has metido? – dice Lorna, volviéndose hacia a su amiga.
– No te preocupes, tía. Lo único que tienes que hacer es no decir nada… No te lo he dicho antes porque no hubieras venido, y llevas años amargada con lo mismo.
– ¿Pero qué cojones pasa?

Conducen a Lorna hasta el fondo del pasillo. Al final hay una puerta. En un trozo de madera que cuelga de ella, se puede leer: Mutilaciones aquí. Parece pintura roja, o sangre.
La habitación es distinta, aunque igualmente hay un habitáculo para voyeurs. Otis abre la puerta, Hay dos hombres, dos mirones. Tras el cristal, la estancia sin ventanas es todo mugre, hay una silla metálica atornillada al suelo cara al espejo. Otis permanece detrás de Lorna, por si debiera sujetarla para que no cayese al suelo, se desmayara, se derrumbara, saliera corriendo… Pero solo parece quedarse sin habla, con cara de nada. Los dos voyeurs se palpan el paquete, la polla dura bajo sus pantalones. En la silla metálica hay sentada una chica desnuda, encadenada al respaldo. Pero no amordazada. En el habitáculo en el que están, junto a lo voyeurs, hay un altavoz a través del cual se pueden oír los gritos. Tecnológicamente, la habitación está acondicionada igual que las demás.
– Solo tenemos esta habitación dedicada a esto – dice Otis -, solo una.
Hay un hombre paseando con un taladrador, de un lado a otro de la estancia, delante de la chica. Alarga el momento. La chica grita, llama a su madre, a su padre, luego reza en voz alta, en cuchicheos, vuelve a llamar a su madre, o simplemente expira hasta que se le acaba el aire; tiene los ojos hinchados, la cara amoratada, tiene un agujero en su pierna izquierda, que se comienza poner morada, que sangra hasta los pies y el suelo.
Lorna no puede dejar de mirar, y nadie se atreve a decirle nada. Y Otis intenta argumentar, dar una base, una explicación;
– Las mujeres que vienen solo buscan lo que tú has obtenido. Te lo prometo. Pero de vez en cuando viene algún hombre. Y bueno, todo está lleno de putas ahí fuera. Pero lo que ves solo lo pueden conseguir aquí… Ellos eligen a una víctima, y la secuestramos. Tengo dos hijos, estaba arruinada. Te prometo que yo no sabía nada cuando empecé a trabajar aquí. Y Adán tampoco. Pero ahora ya no podemos dar marcha atrás… ¿Lo entiendes?
Todo se apelotona en el cerebro de Lorna, y un solo pensamiento se abre paso y saca la cabeza: de algún modo, tenía que sucederle algo terrible después de lo que ha vivido por fin en la otra habitación. Y Adán dijo: En esta fábrica es donde sale lo que es el ser humano de verdad. Y quizá tenía razón. Y Otis dice ahora:
– Si se puede sacar algo positivo de esto, es que al menos esos tíos llegan a casa descargados; no atormentan a sus críos ni a sus mujeres. He hablado con muchos de ellos; son hombres de negocios, empresarios, trabajadores de la construcción; hay de todo. Lo único que hacemos es darles al desconocido o la persona que odien, se la damos y ellos la destruyen aquí… Nunca nadie repite. No está permitido.
Y luego, piensa Lorna, quizá sí vayan a pegar a sus mujeres, o a violar a sus hijos. Piensa que quizá por primera vez, mientras ve cómo ese tío taladra otra vez la pierna de la chica, esté viendo lo que pasa de verdad, de lo que va todo esto, lo que nos sacia, cómo funciona el mundo. Ni tan siquiera parece ser una cuestión de maldad, sino más bien de mediocridad de la especie; es la presentación del ser humano, piensa; esta fábrica ahora se le antoja como algo más parecido a un museo que a un garito de masajes o una sala de torturas. Quizá la esperanza se reduzca a los dedos corazón y anular. Ahora le resulta difícil pensar otra cosa. Ahora lo que ve le parece el mundo resumido en pocos metros cuadrados: alguien se corre mientras otro sufre en la habitación de al lado hasta morir. Obviedades que ella ya sabía, pero presentadas ante sus narices. Se siente lúcida, casi puede oír aún sus fuegos artificiales. La sangre fluye con misiones distintas cada vez. Lorna ni oye los gritos del altavoz; imagina a esa chica joven paseando, cómo la debieron coger, cómo la metieron en una furgoneta, taparon sus ojos, la amordazaron, cómo esa chica podría ser ella misma, y en lugar de haber pasado la noche corriéndose ahora podría estar suplicando una muerte rápida. Esto somos, piensa; ahora que lo tengo en la narices, ya ni siquiera puedo negarlo.
Fuera es noche cerrada, todo sigue circulando, o detenido, o durmiendo; asesinos, frígidas, víctimas. Analistas. Optimistas. Cínicos que se revuelven sin poder dormir.
Felicia convence a su amiga, la coge de la mano, se la lleva al pasillo. Y dice:
– Tía, el cabrón ese ha pagado mil euros para eso. Lo tuyo sólo valía cien.

[Los proyectos paralelos de Jack White, líder de los White Stripes (quizá el mejor directo del mundo), son algo irregulares, pero no por ello dejan de ser interesantes, y en algunos casos, como en el tema del video, Jack vuelve a parecer un Dios sin rival. El rock no ha muerto, hasta el videoclip de arriba supura Rock. Esta vez el grupo se llama The Dead Weather, y junto a White tenemos a la vocalista de The kills (video), un guitarra de Queens of the stone age, y al bajista de The Racounters. Ahí es ná… Y en la foto, una mención para Carey Mulligan, musa proyeccionera desde ya, y protagonista de una peli más que interesante: An Education.]

30 comentarios en “Mutilaciones aquí

  1. Excelente!!! Hacia tiempo que no entraba. Pero no me perdi de mucho por suerte.
    Me encanto este relato. Se me hizo un poco largo pero lo pude terminar.

    Saludos!

  2. Imagino que tan inesperado no era el final, por el título. Reconozco que he estado esperando durante todo el relato que a la tal Lorna le cortaran algo, macabramente y para dar fin a tanto placer… qué desagradable.
    ¿Por qué el sexo femenino es mostrado en este relato como algo complejo, de resortes que tocar, mientras que el masculino es o torpe (breve, insatisfactorio para la mujer, simplón) o brutal?
    De todo el relato me quedo con el momento “osito de peluche abandonado”, pq creo que, al final, es lo que todos somos.

  3. En el sexo confluyen muchos de nuestros traumas y conflictos sin resolver. Por eso, en esta expresión de nuestra naturaleza se evidencia cómo somos más allá de la superficie.
    Por lo demás, un texto excelente, como siempre. Largo, pero como no hay prisa…

    Un saludo

  4. Tu capacidad de creación y proyección parece no tener final. Un relato intenso, una pesadilla, el lado oscuro del sueño. Y cómo narras, tienes las palabras bien sujetas.

  5. La fábrica del placer…uhmmm…
    Me dejas pensando si el placer del orgasmo absoluto es el mismo que experimenta un sádico cuando hace daño.
    Placer las dos cosas, obtenido de formas diferentes. Me cuesta pensarlo.
    Para mi ya es duro pensar en ese sexo técnico en pro de correrte a las mil maravillas sin que intervenga más que la misma técnica. Es algo frío, demasiado frío, peroooo…da resultado! Algo así como montártelo con un pene de plástico, en realidad.
    Tan insatisfechas están las personas como para entregarse a ese tipo de placer técnicamente perfecto?
    Ainss…
    No sé, me deja un sabor metálico.

    Hoy mismo he estado escuchando a los White Stripers, qué casualidad!

    Un beso

    Lala

  6. Como fanático tanto de lo paranormal , como de la bella escritura , extasiado me tienes.

    Eres una mezcla entre una Bukowski femenina de la era moderna y la nieta neurótica de Asimov.

    Me encantas!.

    Y si resulta que , como a mi , Bill Hicks te parece el mejor humorista de la historia reciente; apaga y vámonos.

    He entrado por primera vez al blog y ya llevo cinco relatos y los que me quedan. Esto es un oasis narrativo en el cyber desierto negro.

  7. Ya me he suscrito a tus entradas.

    Iré dejando la frase más especial de cada entrada según mi gusto.

    Esta es genial:

    Fuera es noche cerrada, todo sigue circulando, o detenido, o durmiendo; asesinos, frígidas, víctimas. Analistas. Optimistas. Cínicos que se revuelven sin poder dormir.

    🙄

    Un saludo

  8. Fonollosa:

    Muchas gracias por lo halagos. Pero lo siento, no soy mujer 🙂 Simplemente a veces me parece más apropiado que el relato lo narre un personaje femenino (como en los últimos).

    Gracias otra vez.

    Saludos.

  9. ains, de verdad, con lo bien que me lo estaba pasando…hasta que llegó el primo del de la matanza de Texas

    me sigue ocurriendo lo mismo que con los primeros relatos que te leí, que a cada párrafo se me ocurre algo que comentarte…pero después viene otro…y otro

    y me reitero de nuevo…bendito insomnio el tuyo, que te da para tantísimo

  10. jaja Vaya metáfora de la masculinidad castrante! Ya tenia que aparecer al final el hombre y como todo está montado para que sea el varón elque obtenga los placeres… Pq sonaba tan bien antes de ir al ultimo cuarto que staba dispuesto a cambiar lo de fabrica del orgasmo verdadero, por lo de Asilo de mujeres desorgasmadas…

    Ya leí Jack White el otro día, que es el hombre de moda y que hace oro de todo lo que “toca” (y nunca mejor dicho).

    Bezos

  11. Son muchos y variopintos los senderos que llevan al placer, y es en el viaje que te lleva a descubrirlos donde mas se disfruta…
    Excelente entrada 😉
    Bsos

  12. Me ha gustado mucho, y me ha parecido un relato muy lúcido. También usas estas técnicas sexuales en la vida real?, jijijijijiji!!!
    Me encantan los White Stripes. Son geniales.
    Besos felinos.

  13. Hoy he madrugado un poco más de lo habitual aún siendo un día más tarde para despedirte el fin de semana, esperando este te proporcione el descanso emocional que durante la semana es impensable.

    Un beso aterciopelado te acerco para acariciar tus mejillas.

    Chao

    María del Carmen.

  14. Cara y cruz del placer a través de tu estilo que roza la genialidad.

    PD.-Ahora, cada vez que vaya a arreglarme una muela, me acordaré de esta frase:”No estás en el dentista. Tranquilízate”.

  15. Un relato apabullante, todavía estoy mareado, y lo malo es que pienso. existen lugares así fuera de nuestra mente? Creo que sí, que es perfectamente posible…
    Un gran relato.
    Saludos.

  16. Joder Jordim…………………………………………………………………….
    Opino que lo que hay que hacer es aprender a morir solo; prepararse para morir solo y dejarse de tanta chorrada sexual. El sexo está sobrevalorado.

    Difiero en lo de follar y hacer el amor. Manda el cerebro, y, estando enamorada, es cuando más viciosa y desinhibida te vuelves. Nada que ver follar con hacer el amor; pero nada de nada. Y el órdago, es hacer el amor; vamos.

    Me encanta cómo escribes. Y eso se traduce en que me encanta leerte y te leo con mucho gusto. Creo que con más gusto que el que me pudiese dar que un típo llamado Adan, me meta unos dedos ¡por 100 euros!.

    Más que “mutilaciones aquí” debería llamarse “perforaciones aquí” ¿no?.

    Prometo comprarme algo de los White Stripers (ni puta idea tenía de quienes eran. Hay que ver cómo influencias mi vida)
    (Quita la “h” de “no se atreve a replicar ni “ha” emitir sonido alguno”, anda, cielo)
    Conspicuo.

  17. Gata:

    Bueno, en lo del sexo y el amor cada uno tiene una opinión distinta, te lo aseguro.
    De los White Stripes antes que nada te recomendaría sus videos en directo. Pero claro, te tiene que ir el rock desvergonzado, si no, nada que hacer.
    Procedo a corregir la errata.

    Un abrazo.
    Nos leemos.

  18. Dios. Puedo decir que es lo mejor que leí de ti.

    Y en parte es por esta frase que representa y justifica la línea maniquea que lo divide todo:

    “de algún modo, tenía que sucederle algo terrible después de lo que ha vivido por fin en la otra habitación”

    Per fec to!

  19. La sangre fluye con misiones distintas cada vez. Brillante. Me quedo con eso.

    Por lo demás, nada de sorpresas. Yo diría incluso que has intentado evitarlas. Si no es así, cambia el título. Y el marco; aun con otro título, recordaría demasiado a Hostel como para esperar un final muy diferente.

  20. Me gusta el título propuesto por Gata “perforaciones aqui”, jeje

    La idea de la fabrica es cojonuda, me voy a montar una, que siempre se me dieron bien los orgasmos femeninos 😉

  21. Sin querer ofender, me ha recordado a Hostel, pero la diferencia es que el relato me ha gustado, y la pelicula me pareció facilona, con un guión pobre y demasiado enfocada al público al que estaba enfocada. Tu relato lo supera muchisimo

  22. neko:

    No me ofende. Sé que tuvo críticas muy malas (en general) pero me gusta Hostel, tanto la primera como la segunda. La gente las veía cerca de un Wes Craven a medio gas, pero yo creo que estaban más cerca de Haneke. La idea de esa saga me encanta, me parece poco explorada, pone la piel de gallina y me parece que -aunque sencillas- están inteligentemente escritas, sin cargar las tintas desde el minuto uno y definiendo bien a los personajes hasta que se ven atrapados. De todos modos, ya casi todas las historias recuerdan a algo, lo raro es encontrar algo que resulte totalmente nuevo. El relato te puede recordar a Hostel y a diez películas (y novelas) modernas más, aunque no es hostel la que veo más cerca. Tampoco pienso en nada concreto cuando escribo.

    saludos.

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