Segundo año cero (Revisión)

Mila Kunis deambulaba ante las cámaras, y su dobladora clavaba el texto en sus labios. El argumento nunca me importaba cuando Mila se daba la vuelta y salía de la habitación. Sabes que estás ante alguien magnética de verdad cuando te da igual mirar a su cara que a sus tetas. A su culo que a sus ojos. Puede sonar vulgar y hasta misógino, pero también sincero.
Algo muy fuerte se desata alrededor de una veinteañera moldeada por el espíritu de un salido. Incluso Dios debía tener ayuda allí arriba, seguro; pero debería haber dado un toque a su jefe de personal.

Nadie podía preveer lo que iba pasar. Todos veíamos nuestras sitcoms, íbamos al cine, a IKEA; envejecíamos como todos los seres humanos de la historia, o moríamos prematuramente o teníamos suerte o éramos desgraciados. Y de un modo retorcido y enfermizo todo tenía sentido, eso creíamos: era abarcable, comprensible, explicable, y podíamos olvidar todo aquello que no lo era, porque o nos mataba lo suficientemente pronto o estábamos lo suficientemente lejos para poder obviarlo.
En cualquier caso, cada problema que tenías en la vida era sólo tuyo, y encima era sólo rutina, algo por lo que muchos otros ya habían pasado antes. Así que todo el asunto nos pilló a contrapié. Los dioses no existían. Ni tampoco Mila Kunis.

Conocí a Mila porque, veintiséis años después del segundo año cero, más o menos todos acabamos conociendo a alguna. Aunque espera, es cierto, yo acabé teniendo más suerte…
Ella nació y como bebé fue una niña normal, morenita y encantadora, con sus grandes ojos encandilando hasta al más pintado; Mila era heterocromática, tenía un ojo azul y el otro marrón tablero de ajedrez. Creció siendo achuchada por todas las mujeres que el cochecito de bebé encontraba a su paso. Según los nuevos evangelios a la venta en cualquier quiosco del Nuevo Mundo, unos dos meses desde que comenzara el segundo año cero, un cabeza de familia encontró un día un bebé metido en una cesta nada más abrir la puerta de casa por la mañana para ir a trabajar. El tipo, padre de tres hijos y con veinticinco años de casado a sus espaldas, al principio intentó dar el bebé a otra familia. Pero al final su mujer -se suponía- le convenció, y Mila creció con ellos.
Lo que nadie supo de ella hasta que todo el mundo supo quién era en realidad, fue la cantidad de problemas que dio a sus padres adoptivos; y con problemas no me refiero a malas notas o llegar tarde los sábados a casa. Cuando Mila tuvo doce años comenzó a desenvolverse de maravilla. La táctica era sencilla: morritos. Desde los doce a los quince comenzó a seducir hombres, tíos de más de cuarenta años, con familia, con los que ella se acostaba una y otra vez. Tíos a los que denunciaba después mostrando heridas terribles en su entrepierna; moratones, golpes, desgarros. Al final todos lloraban e intentaban echar la culpa a aquella chiquilla manipuladora; solía elegir tipos con un pasado turbio de adulterios, ladrones de guante blanco, millonarios corruptos, “respetados” banqueros, Hombres De Mundo, Yernos Ideales. Y todos daban con su culo en la cárcel por culpa de aquella Lolita. Porque ella se desvirgaba con todos. Porque si eres hija del Diablo no te hace falta operarte para una reconstrucción de himen.

Cuenta el tema de la pedofília, y suma, por ejemplo, unos cuantos accidentes de tráfico. O bebés que amanecían muertos a los pocos días de haber nacido. O accidentes aéreos… O lo más extraño de todo, todos aquellos casos terribles de combustión espontánea.
Era un modo de actuación aleatorio -acabó siéndolo-, sin un patrón de comportamiento. Cuando Mila comenzó a ver que podía hacer que las cosas cambiaran a su alrededor, simplemente comenzó a actuar. Si iba en el coche con sus padres y al mirar al vehículo de al lado a ciento cuarenta por hora, éste se desviaba y volcaba de repente si ella lo deseaba, pues ¿por qué iba dejar que todo continuara igual? Al fin y al cabo todo el mundo estaba siempre quejándose; por lo menos así el tráfico se ralentizaba y el resto de conductores tenían algo con lo que entretenerse al pasar por allí.
Cuando Mila tenía trece años, una amable enfermera dejaba que fuera a ver a los bebés recién nacidos de un hospital cercano a su casa. Se ponía de pie detrás de aquel cristal junto a los típicos orgullosos padres, y podía sentir quiénes de esos progenitores querían a esos niños y quiénes no. Cuando la respuesta era no (y normalmente lo era por la parte masculina de las parejas), el bebé en cuestión sufría al cabo de unos días el síndrome de la muerte súbita, que es cuando los católicos dicen que Dios se ha llevado a una de sus criaturas con él y en realidad todo ha sido cosa del Diablo. Es muy largo de contar. En definitiva, Mila lo pasó muy bien durante su infancia.
Y esa era la clave, ella se divertía y nunca era inculpada. Otra de sus fechorías favoritas era hacer estrellarse a los aviones. Se pasaba días enteros mirando por la ventana, esperando ver un diminuto aparato comercial allí arriba. Cuando veía uno, cerraba los ojos con fuerza. Y luego los volvía a abrir y miraba nuevamente. Bastaba con desearlo, como cuando la gente normal pedía un deseo antes de soplar unas velas de cumpleaños; solo que Mila siempre obtenía lo que quería.
Por la noche se sentaba a cenar y sus padres adoptivos no comprendían por qué ella sonreía mientras en el telediario hablaban de otro accidente aéreo. Era una locura, decía el presentador, atónito; la frecuencia de los siniestros comenzaba a ser diaria, y nadie entendía nada.

Durante su época del instituto era la sensación de su clase: guapa, mala, guapa. Podía acercarse a ti y decirte: “deberías fumar, deberías drogarte; en serio, la vida sana te mata igual, la única diferencia reside en que a mi manera al menos te divertirás. Hazlo, fúmate este pitillo, ten esta cajetilla, es un regalo. Si dentro de una semana sé que te la has fumado te haré lo que quieras. Y créeme, sabré si me mientes”. Mila invertía el proceso; si alguien pasaba de ella, moría al cabo de un tiempo en un desgraciado accidente de coche, de avión, como fuera, lejos. Para entonces sólo tenía que desearlo, ya no le hacía falta mirar, estar presente, focalizar. Los compañeros que no bailaban a su son pronto tenían billete en clase turista hacia Dios, aunque fuera al Dios rojo. El sexo era un arma, a Mila le gustaba como a cualquiera, y un rechazo le dolía igual que a las demás adolescentes. Y morritos; es importante reiterarlo, ella nunca tenía la culpa, aunque para entonces su mirada ya no pudiera esconder algo sutilmente terrible. “Mírame, no tienes que usar condón, a mí no me podrás dejar embarazada”. La gente seguía muriendo a su alrededor, unos veinte estudiantes y dos profesores creían que la habían desvirgado ellos. Para ella era divertido verles hacer el papel, podía jugar a ser un ángel mientras manchaba las sábanas de sangre. “¿Me prometes que no me dolerá?”. Nadie comentaba nada sobre ella, nadie quería sacar el tema; ella les hacía prometer silencio, y todos callaban indefectiblemente.

Todo aquello era antes de que Mila comenzara a interesarse por la interpretación, el cine, la televisión. Lo que le gustaba era conocer a más gente, hacer nuevos amigos y luego follárselos o matarlos. En su caso era indiscutiblemente cierto que la mejor droga era la vida; era inocente y pura a la vista, y en la primera prueba que hizo la cámara se enamoró de ella, junto a la jefa de casting y el productor de la primera serie que protagonizó.
Se desenvolvía con soltura en la ficción, soltaba sus frases y replicaba con naturalidad, sin esfuerzo. Sus compañeros la adoraban aun siendo tosca con ellos; su aspecto frágil y su baja estatura hacían que incluso enrabietada fuera encantadora. En apenas unos meses, el Anticristo ya era famosa.

Años más tarde, mientras se convertía ya en una estrella de cine, no todo eran risas. La situación familiar no era fácil. Papá a menudo hablaba por boca del padre adoptivo cuando la madre no estaba presente; eran secuestros corporales momentáneos.
Cuando Mila cumplió veinticinco años, Él comenzó a presionarla. Ya estaba bien, le decía, ya era hora; Él no la había dotado para la maldad y el liderazgo de masas para que sólo utilizara eso para follar o divertirse en secreto. El mundo tenía que entrar en su nueva etapa, y tenía que hacerlo ya. Todo estaba preparado.

El cielo respiraba ese olor nauseabundo a humanos perdidos. La modernidad física seguía comiéndole el terreno a cualquier momento inspirado, abstracto, auténtico; las soluciones y la revolución seguían pareciéndonos conceptos ajenos. Todo era un «no es problema mio» generalizado cebado por el sistema. Dios -cualquiera de ellos- era una marca comercial, y la mediocridad había tocado techo en un entorno electrónicamente romántico, falso en el fondo y reluciente en la superficie. El Diablo quería forzar su turno, y aunque su retoño fuera una chica caprichosa ya imbuida en los placeres toscos y la hipocresía de anuncio televisivo, Él estaba seguro de que llegado el momento sabría lo que había que hacer.
Había que ponerle precio al aire y cambiar el agua por sangre. Había que hacer que todo el mundo se mirara al espejo y viera algo más que avances en sus dietas; tenían que ver a un ser vivo sangrante. Todos estaban pidiendo a gritos cercos y fronteras, bodas pactadas y dictaduras brutales. Todos queríamos una patada en los huevos, ser arrastrados hasta un habitación sin ventanas con un guarda fuera. Nuestro modo de vida era un sinfín de rezos sin descanso a Satanás.
Era el turno de Mila en el estrado; la Princesa de las Tinieblas acabó levantando la mano, e inconscientemente entre todos le dimos el turno para hablar.

Tenía una arduo trabajo por delante. Sola no podía con todo, necesitaba ayuda. Y tuvo que comenzar con el ritual que había ido posponiendo con los años. Tenía que ir a ese hospital que ella conocía tan bien, entrar en esa habitación repleta de neonatos e iniciar el proceso de clonación instantánea. Había frases hechas y teorías de la gente de a pie que eran completamente ciertas; y es que tanto Mila como su Padre de sangre creían que nadie más podía hacer ciertos trabajos bien hechos sino uno mismo, o en su defecto alguien completamente igual.
Una noche durante sus veintiséis años entró en dicho hospital, y justo antes de que cualquiera pudiera hacer una pregunta ya estaba gritando por el fuego que comenzaba a comerle la piel. El truco de la combustión espontánea era práctico y creaba un buen entorno en el que trabajar. Todas las enfermeras y médicos de guardia comenzaban a arder cuando entraban en el radio de acción de Mila. Ella era ignífuga, obviamente, era la descendiente del nuevo Dios; podía sobrevivir entre el humo, y antes de que el fuego se comiera todo el edificio ya habría acabado su tarea. Soy Hija de Papá, se decía a sí misma como un mantra, esto debería ser fácil.
Entró en la habitación llena de bebés, con dos maletas enormes; tres enfermeras gritaban y chocaban contra las paredes ardiendo en el pasillo cuando Mila cerró la puerta, dejó las maletas en el suelo y encendió la luz. De la vieja Biblia Satánica que se comercializaba sólo había unos pocos textos útiles y auténticos. Uno de ellos era el de Las Nueve Declaraciones Satánicas. Mila tenía que posar la mano en la cabeza del futuro clon y recitarlas en voz alta. Luego debía repetir el proceso con cada uno de los críos, ya fuesen niños o niñas.
Comenzó con el primero, puso la palma de su mano en la cabecita: el bebé despertó. Mila sólo esperaba que nadie la interrumpiera, no quería tener que volver a empezar a enumerar los puntos con ninguno de ellos para hacer que algún medico comenzara a arder, con esa cara de idiotas que ponían al ver que nada de lo que daban por supuesto tenía sentido ya.
Ya preparada, cerró lo ojos, notando lloros en su mano, y comenzó recitando con energía: “Satán representa complacencia, en lugar de abstinencia”. Dos: “Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales”. Tres: “Satán representa la sabiduría perfecta, en lugar del auto engaño hipócrita”. Cuatro: “Satán representa amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar del amor malgastado en ingratos”. Cinco: “Satán representa la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla”… Cada punto que Mila recitaba de memoria la hacía sentirse más segura. El bebé comenzaba a mutar poco a poco mientras su voz resonaba en la habitación; ese primer crío ya con un ojo azul y otro marrón no tenía nada que ver con el que era antes de que Mila recitara el sexto punto, cada vez gritando más de forma inconsciente: “Satán representa responsabilidad para el responsable, en lugar de vampiros psíquicos”. Siete: “Satán representa al hombre como otro animal más, algunas veces mejor, otras veces peor que aquellos que caminan en cuatro patas, el cual, por causa de su ‘divino desarrollo intelectual’ se ha convertido en el animal más vicioso de todos”. Ocho: “Satán representa todos los así llamados pecados, mientras lleven a la gratificación física, mental o emocional”. Y nueve: “Satán ha sido el mejor amigo que la iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido en el negocio todos estos años”.
La chica Anticristo, la antes cría encantadora, adolescente magnética y mujer fatal, supo lo que estaba desatando cuando vio mutar del todo a aquel primer niño; cuando en pocos segundos vio cómo sus brazos y sus piernas crecían y el pelo se convertía en una frondosa melena enmarcando una cara que era otra vez la suya. El cuerpo desnudo creció destrozando la cuna, se puso de pie, y era otra vez Mila Kunis, que sin mirar a la primigenia se dirigió hacia las maletas para ponerse algo de ropa. Papá parecía tenerlo todo controlado, planeado, cercado; igual que ella había sabido cuál era su misión nada más tener uso de razón, las clones se movilizaron justo al ponerse de pie.
Repitió el proceso con cada uno de los bebés. Debía haber unos quince. Más que suficientes para que el nuevo Reinado diera comienzo.

Mila hizo su ritual con bebés porque era fácil. El mismo proceso funcionaba con adultos, pero era claramente más complicado, algunos de ellos incluso aún decían creer en Dios. La verdad es que Dios había tirado la toalla hacía siglos, y además el cambio de estar con él a ser abandonados fue nulo. Muchos católicos se quedaban atónitos cuando, al morir, en lugar de ir al cielo a reunirse con sus seres queridos en paz, acababan reunidos con el Papá de Mila para escuchar las noticias: “Chico, no es que Dios no exista, es que hasta la misericordia tiene un límite. Tranquilo, te harás rápido a esto”. El cielo no era más que una suerte de realidad paralela donde los espíritus acababan tomando otros cuerpos para vivir en una especie de intención de paraíso organizado; es decir, según las escrituras auténticas, no era más que la Tierra 2. Con lo cual no se mantuvo en pie demasiados siglos; ese paraíso obviamente existía sólo por la voluntad de Dios, hasta que éste se hartó de que nadie quisiera acatar sus normas aún perdonando a diestro y siniestro. Además, dicho Dios no tenía una forma ni una doctrina concreta, era una especie de compendio de los de todas las religiones, así que nadie acababa de estar a gusto en ese ambiente. La razón de esa incomodidad era que allí no había ateos, y ningún ser humano creyente había estado completamente equivocado antes de morir, pero nadie tenía tampoco toda la razón.
Dios hizo las maletas y ahora nadie sabe dónde está; probablemente en un paraíso para él y quizá algunas santas que le hagan caso. El Papá de Mila siempre dice que al final “ese mamón seguro que se lo debe haber montado mejor que yo”. Los espíritus que vagaban en el el cielo, debido a que no existe el Limbo, acabaron en el infierno de los Kunis una vez se desentendieron de ellos. El Papá de Mila los acogió varios siglos antes de que Mila naciera. Y fue entonces cuando comenzó a hacer planes para mandar a alguien a tierra firme y conquistar esa parcela, de la que todo el mundo hablaba mierda un tiempo después de haber llegado al Infierno.

Las clones se paseaban por ahí creando Milas en cada niño con piruleta que veían. En todos los medios comenzó a hablarse de esa chica multiplicada, de experimentos científicos secretos; se hablaba hasta de extraterrestres. Se tardó poco en asociar a esas chicas morenas con la actriz emergente; sus entrevistas eran estudiadas y nadie veía nada raro en ella, aparte de que desapareció de los rodajes y abandonó sets carísimos para multiplicarse; como si el Diablo se hubiera corrido y todos sus espermatozoides estuvieran invadiendo la Tierra; cosa que, más o menos era así.
Las clones se descontrolaron, no eran distintas a la Mila original, tenían las mismas habilidades. La gente echaba a arder cuando ellas daban la vuelta a la esquina y entraban en una calle, las gasolineras explotaban y pronto cualquier gran ciudad del planeta humeaba hacia el mitificado cielo sin Dios.
Todas tenían la misma adicción al sexo; formaban orgías en parques con tíos encantados de no saber si al correrse arderían hasta morir. La idea de entrada era la anarquía, pero obviamente Papá no quería un mundo en que todos sus habitantes fueran mujeres calcadas a su hija. Y ahí fue cuando comenzaron los problemas. Había que frenar a las clones, pero las clones estaban encantadas de haberse conocido.

La Mila original se reunió con su padre adoptivo, y Papá comenzó a darle las indicaciones, mientras renegaba para sí mismo entre frase y frase; “sabía que una mujer no era la más indicada para el Reino de las Tinieblas”. Mila, algo avergonzada, le dijo que no sabía qué hacer, que las mujeres de la Tierra estaban extinguiéndose;
– Mi hija tenía que ser bisexual, no una hetero descontrolada…
– Lo siento, Papá.
– Aquí abajo se está llenando todo de católicas llorosas. Tienes que parar a esas putas ya, cuanto antes. En dos semanas habrán quemado la Tierra y sólo quedarán un montón de clónicas tuyas vagando entre cenizas. Tú sabrás lo que vas a hacer.
Mila se encerró en casa, en su cuarto lleno de posters, mientras fuera se oían gritos y explosiones. Estaba defraudando a su padre, mandando al garete los planes de conquistar el mundo. Después salió a dar una vuelta, a buscar inspiración. Y fue entonces cuando la conocí. No supe que era la Mila original hasta pasados unos días. Pensé que era una más, que me mataría o me usaría y no la volvería a ver. Me di cuenta de que había matices entre ella y las demás. Ella parecía sentir, parecía haber madurado de algún modo. Supongo que las clones actuaban de aquella forma porque no eran más que bebés que podían divertirse pilotando el cuerpo de una adulta.
Yo estaba sentado en un banco, en una calle relativamente tranquila; de vez en cuando alguien pasaba ardiendo y gritando, pero cuando llevas unas semanas viendo cosas así cada vez te alteran menos: en definitiva has pasado de verlas en la tele a verlas sin más.
Ojeaba un libro; creo que ella se sentó a mi lado porque era El Infierno de Dante. Al verla me alteré, pero algo en sus ojos enseguida me calmó; estaba destrozada, buscaba un hombro en el que llorar: tenía algo frío en la mirada, pero a la vez parecía que fuera a desmontarse en cualquier momento.
– Tranquilo, no voy a hacerte nada – me dijo.
Me dijo, como hablando para sí misma, que necesitaba ayuda, que no podía arrasar el mundo sola, o no como su padre quería. Su padre quería esclavos que creyesen que eran libres; quería que la gente pensara que había un paraíso para ellos aunque se pasaran los días cargando yunques como en un campo de concentración; quería a un montón de animales obedientes incapaces de revelarse ante las injusticias, que estuvieran atemorizados en secreto y relucientes en público; Él quería eso, idiotas que caminaran con la barbilla en alto aun siendo unos hipócritas asqueados. Y yo supe enseguida, que el Diablo no quería ser más que un político al uso, sólo que honesto de algún modo, no moralista, y directo en sus ambiciones. Yo había vivido eso, lo había comprendido y aprehendido, llevaba más años que ella en la Tierra, y ella no parecía haberse dado cuenta de cómo funcionaba todo. El infierno era la respuesta. Lo supe cuando me enteré de que Dios no existía, cuando estuve seguro de que el Diablo era lo que merecíamos. En ese banco, al cabo de una hora de conversación, una bombilla se encendió en mi cabeza al no tener ninguna duda, al experimentar el vacío de la nada en mi cerebro. Me había enamorado.

El proceso no fue nada gradual. Ella quiso que la acompañara, y yo fui detrás como un perrito faldero; quería saber más; quería ser su secretario, su mano derecha, su perro, su ropa interior, su puta.
Quería conocer al Diablo, y así fue. Él estuvo receptivo mientras me hablaba por boca del padre adoptivo de Mila. Le gusté. Quiso que la aconsejara, que trabajara para ella en la sombra. Quiso que fuera un secretario sumiso. Y dadas las circunstancias, ha sido lo mejor que me ha podido pasar. Tuvimos que reducir considerablemente la población mundial para poder acabar con aquellas termitas que Mila había creado. Pusimos a la gente a trabajar redistribuyéndola en empleos básicos, útiles. Ayudó el hecho de que la población fuera un tercio de la que era. Desapareció la pobreza y el control sobre la especie se redujo al tiro en la cabeza. Desaparecieron las cárceles y los medios de comunicación; no hacían falta. La información se redujo a obras intelectuales como libros y películas a los que Papá no daba importancia. Era una dictadura sin tapadera a nivel mundial: el mundo en el que yo había vivido, pero sin cabrones con corbata susurrándose al oído entre ellos. Era el infierno en la Tierra tal y como Papá tenía planeado. Éramos igualmente indignos, pero doblemente honestos. Sentí que por primera vez en la Historia de la humanidad el humano se reconocía como el egoísta que siempre había sido. Necesitábamos un héroe, y ya teníamos a la indicada. No existían los derechos humanos, pero antes tampoco habían servido de mucho; la gente se acomodó en sus restricciones, y yo vivía cómodo en mi puesto de funcionario satánico.
Los miércoles montábamos un desfile. Mila se sentaba en un trono subido a una enorme carroza sobrecargada de motivos góticos. Yo me ponía de pie detrás de ella, unos peldaños por debajo, en la sombra, como su consejero. Y como si Mila fuese el Cesar, yo de vez en cuando le susurraba indicaciones, para que sonriera, para que levantara la mano; “Saluda, Mila. Mira cómo te quieren. Casi tanto como yo”. La gente nos coreaba en lo que fue el principio del único orden establecido posible en esta tierra firme. La prosperidad no existe, ni las ambiciones ni las grandes lecciones de la vida. Sólo somos.

[Los americanos serán lo que sean, pero al menos ellos sí se curran los espectáculos de variedades. Uno a veces se queda de piedra con Youtube. En el primer video, el tema “reckoner” interpretado por los propios Radiohead, y en el segundo video una versión a capella. Un día las discográficas perderán el control del mercado y la publicidad, y las crías de quince años escucharán canciones así. Alguien debería hacer un busto de la cabeza de Thom Yorke que se pudiera ver hasta desde el espacio…]

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22 comentarios en “Segundo año cero (Revisión)

  1. Jajaja, como mola. Genial el relato.

    Será que dios si se ha ido ya hace tiempo y aún hay quien se cree que esta esperando, y perdonando a diestra y siniestra. Pa’ mi que no, que hace rato que dijo: Venga Jesús, apaga y vámonos…

    Saludos

  2. Entorno al primer año cero, las cosas entre el diablo y las jóvenes eran diferentes, más sencillas: ellas pedían ayuda para no llevar agua desde la fuente hasta lo alto de la ciudad donde vivían sus amos. El diablo les compraba el alma a cambio de solucionarles el problema. Firmaban un papel con unas gotas de sangre, y ya está. Llegaba la madrugada y en la ciudad se preparaba un buen jaleo, de piedras, garfios… Pero nadie se entera. La chica duda y como todavía los católicos creían de verdad, reza y reza y reza tanto que consigue que amanezca un poco antes, justo cuando al diablo le faltaba una piedra para acabar el acueducto. Entonces, los cristianos que eran un poco aprovechados, van y se quedan con el monumento, y le quitan los derechos de autor al diablo.
    Un saludo

  3. Carajo, increíble.

    “Puede sonar vulgar y hasta misógino, pero también sincero”. Esta frase me desarmó, por su honestidad brutal.

    Solo una cosa, no entiendo bien el párrafo cuenta del nacimiento de Mila, lo siento confuso, “…Creció siendo achuchada por todas las mujeres que el cochecito de bebé encontraba a su paso. Según los nuevos evangelios a la venta en cualquier quiosco del Nuevo Mundo, unos dos meses desde que comenzara el segundo año cero, un cabeza de familia encontró un día un bebé metido en una cesta nada más abrir la puerta de casa por la mañana para ir a trabajar.” ¿Lo del cochecito fue antes o después que fuera abandonada? A mi humilde juicio, trabajando eso, estaría más que bien el relato.

    Me gustó, realmente

  4. Debo confesar que éste me recuerda a otro relato ya anteriormente publicado que también iba de una muchacha que se replicaba a sí misma como agente de Ragnarok… Y creo que en ese entonces también hice referencia al Hombre Gris, uno de los primeros supervillanos a los que se enfrentara la JLA de Giffen, DeManttis y McGuire…

    Pero todo ello es una mera suposición y en suposición se quedará hasta que alguien más busque el texto al que creo hacer referencia

  5. ¿Mila Kunis podría denunciarte por “manchar” su nombre -como dicen en la telebasura, por “injurias”- si leyese esto? O igual se sentiría tremenda y obscenamente halagada.
    Me ha parecido una historia muy divertida, sobre todo ante la imagen de leer un libro tranquilamente entre gente que corre mientras arde, como último eslabón del proceso de insensibilización que estamos sufriendo.
    Saludos!

  6. Llego hasta el final de este texto, el aire brota de mis pulmones como si fuera el escupitajo de semen que abandona mis testículos y sólo puedo decir: “Qué DESTROYER!” Ahora mismo sólo podría deshacerme en elogios insultantes y bellacos, babear como un perro rabioso lleno de entusiasmo. El final es genial: “Sólo somos”. Pero ¿sólo el final? Toda la historia es una perla, en bruto, pero eso no le resta su brillo. Su satánico brillo.

    Me siento tan jodido como fascinado. Qué sensación tan maravillosa.

    Saludos. Desde las turbulencias…

  7. Por cierto, ¿a qué viene la elección de la tal -para mí desconocida hasta hoy- Mila Kunis como la Anticrista? ¿Gusto personal, obsesión? ¿Deseos de condenar algo bonito? ¿Será que ella es realmente hija del Demonio?

  8. Filipo:

    Me alegro de que te haya gustado el relato. Es destroyer, pero en realidad solo pretende ser un chiste macabro con cierta base real o algo así.

    En lo de Mila Kunis, siempre he pensado que el Anticristo, de aparecer en la tierra, será algo parecido a ella, una chica muy joven y muy guapa que no tenga que esforzarse demasiado para que nadie sospeche de ella. Creo que la vi la primera vez en una sitcom haciendo de pija, y a la vez que dulce también tiene algo muy cabrón en la mirada. Me pareció un prototipo potencial de Anticristo. Además el tema del culto a la belleza parece un tema más satánico que otra cosa, y podría ser ésta de algún modo la que acabara destruyéndonos. Y blablablá… Pajas mentales 🙂

    Gracias por leer.

  9. Genialmente visionario. Relatas con la fuerza de una apisonadora y con la elegancia de una de esas grúas que surcan el aire entre rascacielos.
    A lo largo de toda la narración se va elevando con simpatía el mensaje “[…] en esta tierra firme. La prosperidad no existe, ni las ambiciones ni las grandes lecciones de la vida. Sólo somos”.

    ¡Saludos!

  10. La combustión espontánea, se demostró en su día, era debida a la acumulación de gases en el interior del organismo, por eso los médicos recomiendan desde entonces su expulsión inmediata sin paliativos ni decoro alguno.
    Dicho esto, representas un futuro alternativo más cercano a la realidad de lo que tú mismo crees.

    Lo del desvirgamiento continuo y eterno parece más una especie de fantasía erótico masculina elevada a la enésima potencia, que un goce femenino.

    Estupendo relato.

  11. Jajaja!!! Acabo de leer tu comentario y es cierto… Mila Kunis tiene algo de cabrón en la mirada!!

    Me ha gustado mucho el relato, además, tiene un happy ending, no?? Así queda menos macabro.

    Un besooo

  12. Buscaré ese otro relato al que hace referencia uno de tus comentaristas. Macabro, ciertamente, lejos de mi estilo. Sin embargo, me ha encantado. Con muy buen final. Somos, sólo eso, pero somos. Gracias por pasar por mi blog. Regresaré a éste si no tienes inconveniente. Un saludo.

  13. No creo en el cielo ni el infierno, pero para mi esta vida es para la gran mayoría como el mismo infierno con el que la iglesia lleva años atormentando y envenenando las mentes de multitud de ilusos, y lo mejor de todo es que paradojicamente los mismos que lo han temido durante años son los que han ayudado a crearlo llevando dentro ese miedo permanente que les gangrenaba poco a poco eso que llaman alma.

    Me encanta la última frase: “Sólo somos”. No somos libres, ni siquiera dueños de nuestra propia vida.

    Ahora una pregunta, porque el título dice Revisión? es que escribiste algo relacionado o es que hay algo que no he pillado?

  14. (…) en definitiva has pasado de verlas en la tele a verlas sin más. Sólo el añadido de esta frase ha hecho que la revisión merezca la pena, aunque yo habría puesto coma detrás de en definitiva y habría separado el sin más con un buen punto y seguido delante. Manías

  15. “Sabes que estás ante alguien magnética de verdad cuando te da igual mirar a su cara que a sus tetas. A su culo que a sus ojos” Eso no es misógino para nada. Misógino sería que lo único que te importa es mirarle las tetas y el culo; pero darte igual mirar cualquiera de sus partes, eso es super-romántico.
    Por cierto, qué ganas tengo de que escribas un cuento rosa; pero rosa-rosa de verdad. Pastelón total. Sería la prueba definitiva de que lo tuyo es escribir y no desesperar.
    ¿El de Radiohead canta o llora?. La verdad es que no es un tema nada fácil de versionerar, y menos a capella. Me quedo con la versión, son brutales.
    Un abrazo.

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