Archivos Mensuales: julio 2010

La camarera siliconada

Lorna aplasta su cigarrillo en el cenicero, y dice que no le gusta su nombre, pero que tampoco sabe si legalmente se lo puede cambiar, y que de todas formas ya todos la llaman Lorna y sería estúpido intentar modificar ese hábito. Dice que está en una especie de ciclo bajo, luego que se siente fatal y no sabe por qué, y finalmente que últimamente cree que está cambiando algo en su vida. Para mejor. Y sonríe.
Yo asiento cuando creo que ella espera que lo haga, apuro mi cigarrillo agobiado por el hecho de si debería encenderme otro enseguida o si debería esperar unos minutos. Lo que haría si estuviera solo: me encendería otro con la colilla del que fumo ahora. Lo que hago: aplasto la colilla y sigo asintiendo mientras jugueteo con el paquete de tabaco e intento no mirarle el culo a la camarera.
Digo en voz alta que parece estar muy nerviosa, o tensa. Lorna dice:
– Perdona. Acabo de salir de una relación muy larga… conmigo misma.
Aunque yo me refería a la camarera, miro a Lorna y asiento. Dicha camarera es pelirroja y tiene forma de guitarra. Tiene las tetas operadas, pero por su mirada y la forma de tratar con los clientes no parece el tipo de chica hortera y superficial que se pone silicona con veinte años. Pero sí lleva silicona. Y debo haber dicho algo en voz alta sin darme cuenta, porque Lorna dice:
– Perdona, pero yo no estoy operada…
– Claro que no – digo.
– Igual cuando tenga treinta años, si me veo muy estropeada… Pero ahora no, ni de coña, me dan mucho miedo las operaciones.
– Claro.
En las fotos por internet -y cuando digo fotos, hablo de más de mil, en discotecas, playas, ciudades europeas, en su habitación, y en el espejo del baño- parecía más rellenita. Ahora sin embargo me recuerda a una de esas actrices que a medida que pasan los años se van quedando en los huesos, como víctimas de una especie de campo de concentración mental legitimado por diseñadores de moda armados con cientos de mohínes y argumentos que apoyan la tesis de que tener un aspecto natural es nocivo, terrible, algo que evitar a toda costa.
Aun siendo la camarera quien está operada, no puedo evitar imaginar a Lorna dentro de treinta años con ese aspecto de mujer gatuna, con los pómulos y los labios hinchados, toda la cara estirada y los ojos hundidos y rodeados de varias capas de colágeno. Por algún motivo, y aun conociendo menos a la camarera que a ella, creo que ya sé quién de las dos es más superficial.
Lorna me pregunta, medio bromeando, que si me parece una lerda.
Le digo que no, le miento. Intento contestar y darme a entender con monosílabos. En parte es producto del miedo. Ella es amiga de mi hermana, todo cuanto haga puede ser utilizado en mi contra; así que lo que hago es intentar mantenerme neutro, que la muchacha diga lo que quiera y no sienta que está haciendo un mal papel; incluso si quedo un poco peor que ella, mejor; se trata de solventar el tema de tal forma que cuando le hagan preguntas, conteste diciendo que soy muy tímido, pero buen chaval, etc. A veces, que te describan con tópicos y frases acomodaticias no es tan malo: todo depende de quién lo haga.
Cuando alguien te causa indiferencia o incluso te cae mal, el secreto está en usar palabras que no puedan ser malinterpretadas y a la vez no desvelen demasiado sobre ti. No es fácil, y más cuando quien te cae mal es una chica, ya que por lo general no volverías a hablar con ella en toda tu vida, pero quizá sí te la follarías cada sábado de los próximos diez años. Lo cierto es que odio a la gente, y a menudo también a mí mismo por hacer muchas de las cosas que hace la gente. Pero es muy probable que sea más cómodo conocer siempre a ese tipo de personas que no te gustan, ya que cuando conoces a alguien que sí y eres como yo, eso puede ser algo demasiado intenso, y entonces tienes que afrontar el odio que te tienes a ti mismo.
Ahora Lorna habla y habla y me cuesta mucho no desconectar, no mirar a la camarera, esa chica que, sin más información que su cuerpo embutido en sus tejanos, el suéter y el delantal con el nombre de la cafetería, ya me sugiere mucho más que quien tengo en frente. Corres peligro cuando no sólo se trata del físico y ni siquiera te ha hablado. Mientras Lorna me cuenta lo bien que se lo pasó el fin de semana pasado en no sé qué bar de una prima suya, he visto a la camarera ya pillada, saliendo con un tío más guapo que yo, más centrado y sencillo, la he visto casarse con ese tipo y tener un bebé precioso que ahora tendrá unos meses: mi anticristo particular.
Intento meterme mínimamente en la conversación; le digo a Lorna que si le gusta el cine; me dice que no recuerda la última peli que vio, que es muy mala para los títulos, pero que fue a verla con un tío que le dijo que era muy buena, y ella se durmió. Yo asiento con la cabeza; digo: uhm… Luego farfulla que su hermano mayor es Disc Jockey, y yo vuelvo a mirar a la camarera disimuladamente mientras las palabras de Lorna se vuelven a convertir en ruido. Un tío, un gilipollas que hay sentado en un taburete ante la máquina tragaperras, intenta llamar la atención de la muchacha siliconada cada vez que ella pasa cerca. Es el tipo de tío que acaba llevándose a esas chicas; parecen ligárselas por una sencilla cuestión de insistencia, por agotamiento. Es como una violación, pero muy gradual; ellas creen que no, pero para cuando ese tío haya logrado meterles la polla, en realidad todo el proceso no habrá sido tan distinto a maniatar a alguien, ponerle esparadrapo en la boca y bajarle las bragas. El abuso políticamente correcto. Insistes tanto en que te haga caso que al final te lo hace; es como cuando acabas cogiendo cariño a un objeto, es el mismo efecto, pero en lugar de un osito o una pluma estilográfica, es un tipo salido y lleno de semen.

En cierto momento, Lorna me dice que si la estoy escuchando, que para ella es importante. Cuando vuelvo a atenderla y el ruido vuelve a ser palabras, veo que tiene los ojos llenos de lágrimas, y dice:
– Era una gatita tan mona…
La camarera siliconada manipula la máquina de café. El tío de las tragaperras intenta mantener contacto visual con ella cada vez que puede. Sensible hijo de puta. Saco de esperma apestoso… Mi vista va y viene, le digo a Lorna que cómo se llamaba la gatita;
– Se llamaba Minina… Ya te lo he dicho…
Ahora llora a moco tendido. Pongo mi mano derecha en su hombro izquierdo;
– ¿Cuándo se murió?
– Hace cuatro años…
Hay otra camarera, una chica morena, muy joven, uno de esos extraños casos en los que alguien del sexo opuesto no me atrae lo más mínimo físicamente. Quizá es por contraste con la camarera siliconada, pero incluso Lorna, con su originalidad cero y su estúpida sensiblería, me pone más que esa segunda empleada.

Cuando ya llevo cuarenta minutos escuchando a Lorna -ahora habla sobre un pequeño accidente de coche que tuvo hace tres años- sé que no tengo nada en común con ella, y que aunque ella quisiera volver a verme para dejarme ir a más, luego yo tendría que frenar el asunto, y me da mucha pereza iniciar ese proceso. Luego me pregunto si la camarera será extranjera, y si eso me importa. Decido que no, aunque sé que un rollo así podría traer cola entre amigos y allegados, habladurías y comida para cerebros simples y odiosos. Lo único que tengo que investigar es si tiene pareja. De ser extranjera podría tener hasta hijos, si es de aquí -y parece de aquí por lo que he oído- es muy probable que tenga novio; pero también podría ser que no. Lorna me dice de repente que tiene que irse, pero que le ha encantado conocerme -no sé qué parte de esa frase puede ser más falsa, creo que no he dicho en todo el rato más de cinco palabras seguidas-, temo haber sido demasiado parco o desinteresado; de todas formas igual así a mi hermana se le pasan las ganas de montarme citas con Lornas.
Cinco minutos después, ya solo, decido ir a pagar. Espero el momento en que la camarera siliconada esté en la caja. Me levanto de la silla cartera en mano, ya preparando la calderilla que vale mi café. Llego al lugar de la barra en que suelen cobrar. Ella ahora está de espaldas, garabatea algo en un papel. Intento pensar algo para decir, algo sencillo pero que dé a entender que me interesa; o más, que me atrae, o incluso que hace tiempo que me gusta. Ella se da la vuelta y me ve billete en mano. Tiene los ojos marrones, la boca pequeña, pecas, el pelo naranja rizado y suelto sobre sus hombros y su espalda, algo despeinado -lo cual la hace aún más llamativa-, sonríe con una mueca discreta, como a cualquier cliente. Me coge el billete y vuelve a darme la espalda. Abre la caja registradora, la oigo manipular las monedas. Puedo olerla, intento averiguar a qué flor huele, lo tengo en la punta de la lengua. Luego se vuelve hacia mí y me da la calderilla. No sonrío, no reacciono. Guardo las monedas en mi cartera y salgo de la cafetería encendiéndome un pitillo.

[Arriba, último y parece que definitivo trailer de “Machete”: hay sangre, tiroteos, tías guerreras y de las otras, y hasta tripas; los cuchillos vuelan y Robert de Niro se ha apuntado a la fiesta; eso sí, sólo recomendada para quien sepa valorar este tipo de humor (a mi modo de entender, un humor que promete ser referencial, burdo e inteligente a la vez). Abajo, Danny Trejo, todo carisma, enseñando sus recursos interpretativos.]

Saber comportarse

El colega con el que crecí está tirado y borracho en mi sillón de tres plazas (mi mueble más preciado), y está babeando y no para de repetir lo buena que está Gemma Arterton, que es, en presente, la típica partenair femenina en las películas americanas comerciales, con todo lo que eso supone: enseñar palmito, gritar, y finalmente tirarse fuera de plano al protagonista, algún actor cuarentón y conocido en cualquier lugar de la Tierra.
En la última entrevista de trabajo, donde tenía que apuntar mis aficiones, puse que la mía era «Tocar a mi novia». El entrevistador era en realidad entrevistadora, y ese dato dio paso a una conversación absurda, porque no tengo novia, y porque de todas formas eso no tiene nada que ver con la labor que desempeñaría en dicho trabajo; un trabajo mal pagado con el que de todas formas acabaría amargándome en cuestión de semanas.
Mi colega habla sin parar y cambia de tema cuando le da por cambiar de tema y parece estar más lúcido en cuanto a sus razonamientos que cuando está sobrio. Está amaneciendo y le he traído aquí porque no podía conducir hasta su casa en ese estado. Tengo un recuerdo vago de lo que hemos hecho toda la noche; hemos estado con más gente, la mayoría desconocidos, y el único local en el que ponían buena música estaba tan mal sonorizado que he confundido un tema de Pearl Jam con uno de Sidonie. Mi amigo de la infancia dice:
– Tío…
Dice:
– Esos cabrones… esos come-cocos…
En la tele hay una mujer de unos cuarenta años en lo que parece la repetición de algún falsamente amable programa de sobremesa. Parece dar consejos sobre cómo levantarse cada día con el pie derecho. Así es como se expresa. Evita pronunciar palabras demasiado concluyentes como «felicidad» o «dinero». Y mi colega farfulla:
– Esos matasanos están a la altura moral de los publicistas y las sexólogas…
– Tío -le interrumpo-, duérmete ya, apaga la tele.
– Se creen que porque les obligaron a leer a Freud en la carrera ya pueden…
Desconecto. Me voy a mi habitación. Mi cama da vueltas y la última imagen que pasa por mi mente es Gemma Arterton. Pero no consigo imaginarla desnuda y estoy demasiado cansado para hacerme una paja.

Estoy en McDonald’s. Mi colega sigue conmigo. Se llama Raúl y ahora dice que le duele la cabeza, que nunca le duele la cabeza, que es extraño. Luego hace una pausa y dice:
– Tío, me duele cantidad. Y es raro, porque nunca me duele.
– Tienes resaca.
– Qué va, otras veces he bebido más. – Una chica pasa por nuestro lado, va de rosa y blanco: rubia, zapatillas Nike sin calcetines, minifalda, minisueter, miniestatura, preciosa de cara. Menor.
– Tío… – susurra Raúl, y cabecea hacia la chica. Ni siquiera parece estar desarrollada del todo -. Así debía sentirse Timothy Hutton en Beautiful girls cuando veía a Natalie Portman.
Con el hambre acumulada, el menú que estoy devorando me parece la mejor comida del mundo.
– Tío – dice Raúl -, en serio, no sé qué puta manía le tiene la gente a McDonald’s, es un rollo de pijos que nunca han pasado hambre.
– Tú tampoco has pasado hambre nunca.
Silencio.
– Oye… pero yo sé valorar la comida…
Al rato, la chica menor pasa con su bandeja y se sienta en la mesa que hay de espaldas a mí. Está sola. Ha pedido un menú infantil. Raúl dice que eso le pone aún más cachondo.
– Déjala en paz – digo.
– Oye, a mí se me dan bien las tías, no me jodas, ya lo sabes – susurra.
– Pero no eres Timothy Hutton.
– Y qué coño importa… él tampoco es Johnny Deep.
– Seguro que sólo quiere comer tranquila y largarse de aquí. Esto no es una peli de Ted Demme.
– Ted Demme está muerto, déjame en paz…
– ¿Ted Demme está muerto?
– Sí, joder, Ted Demme está muerto, le dio una infarto jugando a baloncesto o algo así.
– No tenía ni idea.
– Oye, no intentes cambiar de tema. Sólo quiero saludarla, creo que me suena.
– Bueno, haz lo que te salga de la polla, yo no quiero saber nada.

Despierto. Es lunes, once y media, y no hay nada que hacer. Cuando conecto el móvil tengo siete perdidas de Raúl. Y un mensaje:

“Me la he tirado”.

No sé por qué, abro el segundo cajón de la mesilla, y veo pañuelos y un reloj de pulsera que hace años que está sin pilas. Lo cojo y no tengo la sensación de haberlo tocado jamás antes. Me resulta extraño a la vista, grotesco, sólo algo que llevaría alguien con muy mal gusto. Lo suelto y cierro el cajón. El móvil comienza a chillar y es Raúl, pero decido dejarlo sonar. Me visto con bastante soltura y salgo a la calle. No puedo dejar de pensar en la entrevistadora con quien discutí el viernes pasado. Sí que parecía bastante mayor, pero ahora en el recuerdo no le echo más de treinta y cinco. De todas formas llevaba anillo de compromiso, y tenía pinta de ser una puta del sistema, insatisfecha e insoportable.
Mi móvil vuelve a sonar. Raúl me cuenta cada nimio detalle de la noche pasada, cómo de estrecho sintió el coño de la chica, que era de las que la chupa, etcétera. Yo asiento con parcos “uhm”, como si me estuvieran hablando del tiempo en Alaska. Raúl es de esos tíos que parece que no haría nada si después no pudiera contarlo. Me dice que la muchacha le dijo que tiene diecinueve años, pero que no quiso enseñarle el DNI. Luego me promete que se ha enamorado de ella. Le digo que espere al menos tres años antes de volver a verla. Y me cuelga.
Camino una media hora, me meto en una cafetería/bar/lugar inmundo, un tugurio en el que nunca he entrado. Pido café solo, luego me llega una taza con una especie de líquido amargoso demasiado transparente, y me arrepiento de no haber pedido una Coca-cola. Hojeo la prensa, arranco disimuladamente la hoja de los anuncios de empleo con tres números de teléfono marcados. Doy dos sorbos al café. Salgo de aquí.

Hago la compra y vuelvo a casa. Hace dos meses se me jodió la televisión, ahora tengo un ordenador en la misma mesa del comedor. No echo de menos la tele, Internet te da la oportunidad de sortear mínimamente la publicidad y la basura mediática.
Tercera temporada de “Californication”, décimo capitulo, un diálogo me llama la atención; no parece nada del otro jueves, pero me gusta cómo suena por boca de los dobladores en combinación con la interpretación gestual de los actores. El protagonista (David Duchovny), que en la trama es/era escritor, amanece en su coche descapotable al lado de su antiguo editor después de toda una noche de juerga. Están cerca del mar:
Antiguo editor: Ha sido divertido, deberíamos hacerlo más a menudo.
Duchovny: Mira, yo puedo hacer esto, porque soy un artista; pero tú eres un puto hombre de negocios, un lame-culos con traje de chaqueta. Tienes que saber comportarte.
Antiguo editor: No me parece justo.
Duchovny: Yo no hago las reglas…
Pausa.
Duchovny: Eres un buen amigo, calvo hijo de puta… Tengo suerte de tenerte.
Antiguo editor: Lo mismo digo.
Y luego el diálogo sigue, ya volviendo de lleno a la trama del capítulo. Tengo que ver esa escena tres veces antes de quedarme satisfecho. No sé el motivo. El móvil suena otra vez. Es Raúl y lo dejo sonar. He comprado tan poca cosa que mañana tendré que volver a comprar. Comida, quiero decir. De todas formas algún día se acabará el dinero. Creo que sería un buen mendigo de todos modos, de los que respetan a sus iguales y no putean a nadie. De los que no se vuelven especialmente violentos ante la necesidad. No sé cuántas de las cosas que ahora tengo echaría de menos. Quizá casi nada, o quizá todo.

Por la tarde, en casa, vuelve a sonar el móvil y vuelve a ser Raúl, siempre es Raúl, sobre todo entre semana. Me dice que hablaba en serio cuando decía que esa tía le gusta. Le digo que tiene dieciséis años, a lo sumo, que de qué coño está hablando.
– No tiene dieciséis años…
– ¿Te ha dicho la edad?
– No se la he vuelto a preguntar.
– …
– Oye, tiene la suficiente, tío, tú no la has visto desnuda.
– Eso desde luego, tú debes ser el segundo o así que la ve desnuda, después de su madre.
Me cuelga. En cierto modo, tengo algo de envidia, muchos pagarían por tener sexo con esa cría si supieran que nadie va a saberlo jamás, si no hubiera consecuencias posibles. El problema de Raúl, es que para él no sólo es una cuestión de carne; o quizá sí lo es al principio, pero después siempre se queda prendado; da igual cómo sea la chica, si ella se abre de piernas para él, él entonces cae rendido en su perfumado regazo. Algunas no han dado crédito de ciertas anécdotas del pasado. Lo cierto es que es una víctima de las mujeres igual que un canceroso lo es de la enfermedad. Ellas no tienen la culpa, pero creo que él tampoco.

Cuando despierto al día siguiente, tengo serías dudas sobre qué día es. Luego decido que no importa, me levanto, me ducho, me visto…
En la calle, camino, hoy una hora, entro en un bar o algo así… Hay un señor, un tipo de unos cincuenta años, sudoroso, parece realmente harto de seguir vivo. Aunque hace un calor increíble, sólo hay un pequeño ventilador en la barra, y no me llega una brizna de aire. Aun así, me siento y pido una cerveza. El tipo asiente, sin decir nada, rebusca con el brazo bajo la barra. Me levanto y pregunto si tiene algún periódico. El tipo señala el ventilador. Veo que junto a éste está la prensa del día. Respiro aliviado.
Me bebo la cerveza en tres tragos. Me digo que fumaré un cigarrillo y saldré de aquí. Mi móvil vibra cerca de mis huevos. Lo saco de mi bolsillo. Un mensaje:

“Tiene 19 años de verdad, he visto su dni”

Sonrío para mí mismo. Me guardo el móvil. De repente, el tipo sudoroso, como si esto fuera una película antigua de acción, estuviéramos en una taberna y él hablara en un inglés cerrado de Texas pero doblado por alguien de Valladolid, dice:
– Qué pasa, amigo, ¿buenas noticias?

Por la tarde, decido dar una vuelta por el centro. Estoy casi seguro de que es martes y no me siento especialmente chafado. Creo que es porque no hace tanto calor como otras tardes, incluso con el gentío que viene y va, las crías de vacaciones y todos los que vuelven del trabajo. Incluso con los coches, las prisas y la acostumbrada contaminación que me rodea, no me siento agobiado. Decido llamar a Raúl mientras camino. Me coge el teléfono enseguida. Le digo que dónde está, que si quiere tomar algo, a no ser que esté con su princesa mayor de edad, claro.
Un silencio al otro lado de la línea. Luego, casi imperceptible, Rául dice:
– Tío…
Dice:
– Me ha dicho que le doy mal rollo… Que no quiere verme más.
– ¿Que le das mal rollo?
– Sí, tío… No sé qué coño hacer…
Pausa.
– Oye,… ¿estás llorando?…
– … No…
– Pero tío, la conoces de antes de ayer…
– Dice que no le gusta que esté siempre mandando mensajes con el móvil y hablando con otros…
– Joder… ¿Y tú te has colado de esa?…
– Oye, no lo puedo controlar, ¿vale? Es así, no puedo cambiarlo.
Cuelgo el teléfono, espero que causando el efecto de colega mosqueado. Pero en realidad no tengo ganas de seguir hablando de ese tema. No tiene salida alguna y siempre es la misma puta historia aburrida. Creo que se entiende si digo que el amor es algo de lo más trillado y pasado de moda. Y no solo eso, además caduca. Por pocos años que lleves vivo, ya has oído cien mil veces la misma puta historia de amor; y lo peor es que parece que mucha gente no hace más que caer ante los imperativos emocionales de lo que se supone que hay que sentir según lo que todos suponen que hay que sentir. A veces no parece tanto un relación tuya con otra persona como una relación tuya con la opinión políticamente correcta de todos los demás. Es complicado, pero hasta Raúl ha tenido que demostrarme que su nueva novia es mayor de edad, cuando yo mismo me habría bajado los calzoncillos si ella me lo hubiera pedido por mucha pinta de quinceañera que tuviera. No queremos que los demás triunfen, porque si eso pasa, nuestra vida se convierte en un espejismo. No es que deseemos ser el centro de atención, pero tampoco queremos estar al final de la cola. Por suerte yo cada vez me siento más al margen de ese sistema de jerarquías y gilipolleces solapadas en esos simulacros de sonrisa generalizados. He pasado de simular interés y sufrir por lo que creen los demás que soy, o somos, o son, a una estado de se semi-indiferencia de lo más sosegado. En este sistema de valores real que nos rodea, el cinismo podría hacerte mejor persona.

Cuando despierto al día siguiente ya es casi mediodía. Por la noche me pasé dos horas leyendo a Martin Amis. Luego me puse cachondo dando vueltas en la cama con Gemma Arterton rondando por mi cabeza, así que me levanté y recurrí a Internet. Para cuando volví a la cama, estaba agotado por algún motivo que no alcanzo a comprender, pero antes de dormirme ya se estaba haciendo de día.
Aunque ya es casi la una, decido salir a dar mi paseo, en busca de algún sitio en el que aún no haya entrado. Pero como no me apetece ir muy lejos debido al calor y a que he dormido poco y mal, me meto en un bar de mi barrio, y con el aire artificial y el leve siseo de los pocos clientes que hay, me siento un poco mejor. Conecto el móvil y me extraña no tener ninguna perdida de Raúl. Estoy a punto de llamarle, pero luego decido que no me apetece, comienzo a sentirme como una especie de madre falsa e incompetente con él. La tele está puesta con el volumen demasiado alto. Desde donde estoy, puedo ver un graffiti al otro lado de la calle en el que pone: “Tu vida es una puta mierda, y lo sabes”, y que curiosamente nadie ha borrado aun estando entre otro bar y un quiosco.
Salgo a los quince minutos, con ansia de volver a casa y combatir el calor de algún modo.
Al llegar, veo que han dejado mensajes en el contestador automático. Me extraña que nadie me haya llamado al móvil. Al escuchar los dos primeros mensajes, todo me cuadra más. Son dos citas para entrevistas de trabajo, deben tener una política de nulo acercamiento en ciertas empresas, quizá consideran que llamar al móvil es algo muy personal. Vete a saber, puede que básicamente sea la forma sutil de darte a entender ya desde el principio que si te contratan no vas a ser más que otro dígito de refuerzo. El tercer mensaje es una voz de chica; tras un leve siseo y varios titubeos, me doy cuenta de que es Sandra, una prima de Raúl; repite mi nombre dramáticamente varias veces. Dice que ayer por la noche Raúl se suicidó tirándose desde la azotea de su edificio, y que siente no tener fuerzas para comunicármelo de otra manera.

[Al fin llega a las carteleras una película interesante de verdad, ya hacía semanas que no ocurría. “Las posibles vidas de Mr Nobody” llega con interesantes críticas e imágenes (trailer arriba) potentes y evocadoras. Y abajo, la muchacha citada en el relato, la deslumbrante (al menos físicamente) Gemma Arterton.]

Mendigar abrazos (Revisión)

Pero vamos a ver, qué es toda esa mierda de la guerra de clases. Yo estoy muy cómodo en mi traje de plata quemada, no quiero pelearme con nadie. Ya sé que hay mucha necesidad, pero nadie construyó todas nuestras vidas alrededor de un pozo sin fondo. Yo no puedo hacer nada. Bastante tengo ya con intentar ligarme a la chica de turno. Cada día me gano mi sustento a pulso y escalo posiciones. Todos tenemos que pelearnos con nosotros mismos y con todos los demás. Y no es que no crea en eso de reflexionar y filosofar, pero es que yo ya tengo el tiempo ocupado. ¿No me ves?, no puedo dar más de mí, y además cada tarde tengo sesión de Yoga. He encontrado el equilibrio. Ya hace años que descubrí que sólo puedo ocuparme de lo que me concierne a mí. Y uno se sorprende del trabajo que puede darse a sí mismo. Cuando no es un resfriado es una chica, y cuando no es tu pelo, te has saltado dos sesiones de Spinning. Luego llega el verano y, chico, hay que ir a la playa… Así que, en fin, uno no puede estar por todo, uno necesita un respiro. Y eso no quiere decir que no tenga sentimientos y demás; lo que pasa es que ya sé de qué va la historia, y a mí no me gustan esos personajes que se quedan por el camino.

Siempre llama alguien por teléfono cuando vas por tu abdominal ciento cincuenta. Te levantas para acabar mandando a la mierda a algún capullo que se ha equivocado, a un robot, o a alguna vocecita depresiva y representante de tu compañía telefónica.
Luego decides hacer brazos. Me amueblé una habitación entera con aparatos de gimnasia. No es que sea un obseso, sólo me gusta cuidarme, y además ya hace mucho que dejé los esteroides. Pero por si lo preguntas, sí, no soy gay, pero me follaría a mí mismo. Lo que hago es cuidar mucho el aspecto, el desnudo, aunque luego corra veinte metros y quede agotado; a la gente lo que le importa es poder imaginarse clavada en ti mientras endurecen tus músculos. Y no es que correr esté mal, ¿pero quién necesita hoy en día resistencia física? Lo que es yo, me saqué el carnet con dieciocho años.

Lo malo de la vida, es que de algún modo donde tú dejas de tener razón es donde empiezan a tenerla los demás. Pero a mí eso ya no me importa. Sé que el trabajo dignifica y que yo soy digno; sé que el dinero vale si hay más cada vez; y sobre todo sé que no es que yo sea mejor que nadie, pero una buena máscara puede ayudar mucho más que la verdad. Eres tú o no según quién tengas delante; esa voz de gallito que te sale al hablar con las chicas no es casualidad.

Sólo de pensar en abandonarme me da urticaria. No concibo ese modo de vida que consiste más en pensar que en actuar. No quiero morirme pensando y dejando escapar mis oportunidades. Cada centímetro que recorro debe tener sentido. No me verás fácilmente vagando por la montaña en busca de paz, para reencontrarme a mí mismo y esas memeces. Porque sé perfectamente quién soy, y que participar es una mierda si no ganas. Si entras en mi cuarto de baño y abres armarios y cajones sabrás que mi aspecto físico no es producto de mis genes. Tener éxito es vivir, y todo lo demás es amargarse por haber nacido. No voy a ser un perdedor, nadie va a conseguir eso. Sé que la gente te quiere por lo que das y muestras, no por lo que eres. Hablo en serio, sólo es Navidad una vez al año.

Vivo en un apartamento caro y bien situado. Vivo solo. No es que no quiera formar una familia, pero aún soy muy joven como para pensar en algo más que yo. Mis padres tienen mucho dinero, pero nunca me he avergonzado de ello. Sé que cualquiera de los que mueren de hambre cada día se cambiarían por mí en un abrir y cerrar de ojos, y no les remordería para nada la conciencia. La suerte es para quien sabe aprovecharla. Adoro las frases hechas, el haberlas aceptado como tu dogma significa que nunca se ha torcido lo suficiente tu vida. La realidad es que me encanta vivir en mi piel. No pienso pedir disculpas por ser feliz. Siempre he hecho caso a los demás, siempre he cuidado de mi familia y he sido correcto y educado cuando cuenta; no hay motivo para amargarse.

Por otro lado, hace años tenía esa manía de fumar, cualquier cosa la podía solucionar con un pitillo; el rechazo de una tía, un mal día en el trabajo, el funeral de mi abuela… Sacabas un cigarro y fumabas y te tranquilizabas. Y así podía seguir con mi vida.
Pero al paso del tiempo, el aburrimiento me consumía. Llega un punto en que el dinero y las drogas legales son algo tan rutinario que comienzas a menospreciar tu existencia. Eres alguien vital y gracioso y atractivo, y sin embargo la vida siempre te ofrece la misma rutina, los mismos amigos y los mismos dolores de cabeza por las faldas. Y te vas a dormir y no puedes relajarte porque sabes que mereces más, eres más, y la vida te debe mucho más de lo que te da. Lo cierto es que llega el día en que decides ir más allá. E ir más allá siempre tiene que ver con las demás personas. No quería hacer puenting o aprender chino. La idea que tenía sobre el cambio no tenía que ver con el conocimiento o los chutes de adrenalina. Era mucho más sencillo. Era todo lo que supuestamente no debes hacer.

Toda esa gente que dice rechazar la violencia y luego se pasa las horas muertas viendo realitys o programas de testimonios son un atajo de mentirosos. Esos tíos que lo que quieren es taladrar el culo de su novia de una vez, o esas tías que quieren jugar a eso que las convertiría en putas. Toda esa gente que se conforma con participar y la palmadita en el hombro. Esas vidas sin riesgo alguno que se detienen en un domingo por la tarde hasta la muerte. Yo no quería eso. Sí es cierto que había muchos desvíos para evitar ese tedio, pero yo me limité a ir en dirección contraria. Te preguntas: ¿qué es lo más aberrante que puede hacerse? Y después lo haces y te dices: ¿cómo puedo superarme?

Que la tragedia se arremoline a tu alrededor es algo indescriptible. La mayoría de gente no sabe que provocar el máximo dolor puede llegar a sugestionar tanto como provocar el máximo placer. Un orgasmo de dolor, hacer sufrir tanto a alguien que se te corta el aliento sólo de pensar en estar en su lugar. Yo no inventé el sadismo, pero si los sádicos existimos es porque hay algo más que buenas y malas personas, o mejor dicho, uno no es mala persona per se; en realidad tienes muchos motivos para hacer daño, y cuando no lo haces por dinero, todo el mundo te imagina con tu billete al infierno mucho antes que a los otros, lo cual les convierte en algo muy parecido a ti.

Con todo, desde que adopté este nuevo comportamiento mío, estoy deseando que me inviten a cualquier bautizo.

La primera vez que sentí algo distinto a mi rutina habitual, fue cuando una noche me quedé a dormir en el piso de unos amigos. Estaba lejos de casa y me ofrecieron una habitación. Ese mismo día había acudido al bautizo de su bebé.
Fui de puntillas a la habitación del niño mientras todos dormían. Dormía boca abajo y respiraba hinchándose y deshinchándose, lleno de vida, de futuro. Era tan fácil. Era tan cruel y tan nuevo, tan novedoso. Era tan arriesgado, y aun así bastó con tapar sus vías respiratorias con mi mano derecha. Cuando dejó de moverse volví a mi habitación. Al día siguiente me despertaron los gemidos de su madre. Los gemidos de dolor. No se atrevieron a culparme, no daba el perfil. En la habitación sólo había huellas de su madre y de su padre. El día del entierro el ataúd era tan pequeño que parecía de juguete, de mentira, una broma de circo macabro. La hermana de la madre era una chica que me había traído loco durante todo un año. Y por fin tuve motivos para hablar con ella, para establecer un vínculo, para consolarla. Porque si has de hacer daño de verdad, siempre debe ser en pos de tus intereses; no hay que confundir el sadismo con el masoquismo.
Pero aparte de mi affaire, lo más fuerte era tener ese secreto en mi poder. Ser Dios sin que nadie se entere es mucho mejor que jugar a ser de su rebaño.
La decisión de actuar o ser cruel cuando no lo haces haciendo llamadas desde un despacho o firmando penas de muerte, hace que no pases a los libros de historia. Pero yo no busco fama. La fama elimina tu yo omnisciente para convertirte en un reflejo condicionado de ti.

Después del bebé tuve que repetir. Uno puede sentirse vivo y metido en la mierda en partes iguales, pero lo bueno de eso es que te ves con libertad total para seguir igual. Llegados a ese punto en el que ya nadie te va a considerar humano, tu paso por la vida se convierte en algo especial. Eres el motivo por el que muchos ven la tele, eres esa idea retorcida con la que a la gente le gusta convivir mientras cena. Eres el entretenimiento favorito de quien nunca se atreverá a ser como tú. El superhéroe moderno es alguien que pone su coche a noventa llevándose por delante la terraza atestada de un bar, o mata a su mujer, o va a la guerra, o toma decisiones que aniquilan -emocional o físicamente- a quienes sobreviven a su alrededor. El motivo de si lo haces por placer o no, es lo de menos. Simplemente a la gente le horroriza pensar en ti, y son felices por contraste. En el fondo soy un mensajero de la paz, el motivo por el que las estadísticas de suicidio no se disparan, o la razón por la que tu novia te va a querer más después de haber visto el telediario. Tú no serías una buena persona si yo no hubiera atropellado a la hermana pequeña de mi nueva novia dándome a la fuga, o si no hubiera intoxicado un día a su madre en una de esas reuniones familiares.
Su sobrina y su madre muertas, y cuanto más malo era yo, más bueno me veía ella. Por ende, tú serías sólo un tipo aburrido más si yo no hubiera escondido y torturado a su padre durante dos días hasta la muerte en mi cuarto de gimnasia. Sólo debes pensar en cómo librarte después del cadáver, y luego tu chica te verá como su único eslabón hacia la felicidad.

Jugar al doble papel de bueno y malo no es fácil, pero cuando ves que la maldad potencia tu yo benigno, es como una droga. La vida era muy perra, y mi novia lloraba por su mala suerte hasta que yo llegaba del trabajo para hacerle la cena y ser el hombre ejemplar, alguien a quien no le asustan los desalmados, porque es uno de ellos.

Es cierto que me atraían los bebés, pero no como a esos capullos a los que les gusta follárselos pringándolos de ADN inculpatorio. Era más bien el interrogante de si alguien tan joven y poco consciente iba a saber que había vivido. Te preguntabas si era más cruel matar a un crío o a alguien de cuarenta años, que de existir el cielo a la larga podía acabar agradeciéndotelo. Entraba a hurtadillas en hospitales y al día siguiente había salas enteras de familias destrozadas alrededor de cunas que habían estado llenas de vida pocas horas antes. Eso fue cuando mi novia me dejó. Dijo que era demasiado para ella sobrellevar su depresión y además tener que estar pendiente de mí. Dijo que me quería, y que precisamente por eso no podía hacerme desgraciado. Es lo malo de llevar una máscara, no siempre puedes decir lo que sientes, y mucho menos la verdad. Así que merodeaba por esos hospitales y me acercaba a algún familiar hembra que se desentendiese de todos para ir a alguna cafetería cercana. Me convertía en el consolador humano, el buen samaritano, como esos curas de confianza que no pueden contenerse cuando se trata de niños pequeños e indefensos. Y aunque lo mío no se trataba de una cuestión sexual, sí era eso en lo que respecta a hermanas jóvenes y guapas del reciente y diminuto difunto.

Mi siguiente novia trabajaba en un bar cercano a mi casa. La hermana de un recién nacido muerto de forma inexplicable y misteriosa. Una tarde me acerqué y conseguí que se abriera conmigo. Decía que era una pena, que no podía creerlo, que el mundo estaba lleno de desalmados. Y yo asentía. Y ella dale con que cómo era posible, cinco bebés muertos de la noche a la mañana en el hospital. Y yo poniendo cara de lamento, y hablando de las películas, de la violencia, de los videojuegos, de que adónde vamos a ir a parar. Y así hasta que el bar quedó vacío, sólo con ella y yo dentro mientras ella recogía sillas y limpiaba mesas. Mientras me decía que si podía acompañarla a su casa, que ni tan siquiera se sentía a salvo, segura. Y que conmigo podía hablar de cualquier cosa, que nunca había conocido a nadie como yo.

Poco después su madre desapareció de la forma más misteriosa para acabar en mi habitación de gimnasia. Mi taladradora. Tardó días en morir desangrada, tenía miedo de que alguien pudiera oír sus gritos debajo del esparadrapo. Los cadáveres los tiraba al mar. Sólo debes procurarte una bolsa de marca y alquilar una lancha a una hora prudente. Ahí es donde debe acabar mucha gente de la que desaparece al ir a buscar tabaco. No es que la muerte sea caprichosa, a veces se trata más de una cuestión de dinero y aburrimiento. La diferencia entre ser un sicario y ser como yo, es que mi nivel de exigencia tiene que ver con mi necesidad de cariño. Estaba muy enamorado de mi nueva novia, así que podría haber bombardeado el mundo para quedarme a solas con ella. Sólo notaba hostilidad a mi alrededor. Su padre murió manos de otro de esos desalmados que tapan su matrícula y te atropellan sin dudar. Utilizaba cinta aislante de muchos colores para que los testigos se hiciesen la picha un lío. Actuaba con coches robados, y siempre llevaba conmigo un pequeño kit de limpieza para las huellas y toda la pesca. Durante esa época ella no se separó de mí, me necesitaba, no podía soportar la idea de seguir viviendo sola. Malditos asesinos en serie, malditos conductores sin corazón; sólo yo podía mantenerla a salvo de mí mismo. Si mi vida decaía, alguien más desaparecía o moría a manos de este mundo cruel. Y yo era cada vez más bueno y comprensivo, el único salvavidas, siempre a punto para proporcionar el alivio que sucede a la tragedia. La conversación que la sedaba, la polla que la tranquilizaba. Yo proporcionaba tragedia y felicidad por contraste; a mí lado no existía el tedio ni el aburrimiento. Otra vez. Hasta que me dejó.

Siempre acaban por abandonarme o dejarme de llamar; algunas dejan de quererme, otras se suicidan. Pero cada historia es intensa y emotiva. Cada vez me enamoro y se enamoran. Más o menos cada cinco o seis meses me dejan, y cada cinco o seis meses noto ese nerviosismo de quien conoce a alguien nuevo y todo es maravilloso porque la vida es mala y tú eres a la vez el culpable y quien va a solucionar eso durante un tiempo. Yo me lo guiso y yo me lo como. Porque mi vida no va a ser un domingo por la tarde eterno. No me interesa mejorar o aprender. Soy autentico en mi sadismo, y vivir en el filo de la navaja es costoso, pero muy pocas vidas son comparables con la mía. Y sí, uno se sorprende con el trabajo que puede darse a sí mismo. Incluso teniendo una clase distinta de sentimientos. Aun viviendo para mendigar abrazos.

[Será porque me ha pillado algo desprevenido o lo que sea, pero la piel de gallina me ha puesto el trailer de “The Social Network” (en el video), la peli que David Fincher ha hecho sobre los orígenes de Facebook. Mi opinión sobre Facebook es muy clara, aunque tiene que ver más con el uso que se le da; creo que es una creación que ha dado pie más a la demostración de lo inocentes, previsibles y hasta patéticos que podemos ser, que no a otras facetas más interesantes, ya sea a nivel de aportación cultural, creatividad u originalidad. Pero claro, esto es una peli; como siempre digo, las guerras tampoco me gustan y no sé cuantas veces habré visto ya “Apocalipse Now”. Cambiando de tercio, pero siguiendo con próximos e interesantes estrenos, abajo tenéis la primera imagen promocional que ha llegado de “Sucker Punch”, de esa bestia atrevida y desvergonzada que es Zack Snyder, y que por mucho que algunos digan ha proporcionado en los últimos años momentos de cine brillantes, casi cegadores. Esta, su nueva peli, es la primera que no es adaptación o remake, etc. Es decir, que debería ser el Snyder más desatado (aún más). De hecho ya ha definido la peli como una “Alicia en el país de la maravavillas con ametralladoras”… Ahí queda eso.]

Noches ProDerm

Es de noche, estamos sentados en una terraza. Estamos todos, y la mayoría hace demasiados años que nos conocemos. Celebramos el cumpleaños de alguien y es sábado. El cumpleaños real fue el miércoles. Tenemos ante nosotros patatas de bolsa y olivas y frutos secos, y esperamos unas pizzas. Quien cumple años es una “novia de”; es una chica neutra, gris y sin sentido del humor más allá de las chorradas más superfluas que estén de moda.
Las chicas se han sentado juntas y los tíos permanecemos en el otro lado de la mesa. Creo que ahora hablamos/hablan de fútbol. El orden habitual de parejas sentadas juntas y solteros sentados de forma arbitraria suele cambiar cuando las chicas necesitan demostrar lo muy amigas que son, se pongan verdes o no entre ellas luego por separado. Al margen de las parejas, somos tres chicos solteros, y una chica, vieja amiga, al parecer, de quien cumple años, y que no sabemos que también está “oficialmente” sin pareja hasta que la cumpleañera se encarga de decirlo bien alto y claro guiñando un ojo para que los tíos solteros tomemos nota y las parejas -aunque lo que sigue es más inconsciente- puedan sentirse un poco más adultas, organizadas, responsables, superiores, etcétera, que el resto.
El novio de quien cumple años es alguien en casa de quien solíamos reunirnos para ver partidos de fútbol o películas o pelis porno. Ahora agarra constantemente la mano a su novia (personalmente no sé que ve en ella, no sólo me extraña que nadie pueda enamorarse de alguien así, también me deja de piedra el solo hecho de que pueda haber quien la aguante una vez se ha vestido), y no para de hablar sobre las botas que se ha comprado, y nos dice que no seamos tontos y las probemos y no para de repetir el nombre de la tienda en la que se las ha comprado.
Siento unas ganas indescriptibles de irme a casa o a otro sitio, pero la huida a estas alturas ya no tiene explicación o excusa posible, sin hablar de lo importante que es un cumpleaños para todos y lo terrible que sería largarme así de repente y solo de la celebración de las veintidós primaveras de Fulanita. Me convertiría en el ogro, alguien realmente indeseable y amargado que no sabe valorar las pequeñas cosas de la vida. Y por otro lado, hay una buena temperatura y estoy en buena compañía (en parte); lastima que se haya producido ya esa especie de explosión rosa conversacional inevitable de cuando dos o más chicas muy jóvenes (y del tipo auto-estereotipadas) se cuentan la vida, riéndose por todo y queriendo ser a la vez muy abiertas pero muy apocadas, muy atrevidas pero muy femeninas, muy salidas pero muy elegantes, etc.
Escribo algo mentalmente; alguien me envió un mail y me dijo que podía interesarme cierto certamen de relatos con alguna posibilidad real de ganar o quedar entre los tres primeros (la única vez que gané uno de esos certámenes no había leído las bases, y ahora alguien tiene en casa un equipo de karaoke que querían encolomarme a mí). Tengo una vaga idea sobre un cuento de pistoleros, un relato sucio sobre el lejano oeste o algo así, algo tan bizarro que no ganaré ni en broma. La idea es el típico llanero solitario que llega a un pueblo, una prostituta se enamora de él, etcétera. Así dicho parece una mierda como un piano, pero las imágenes en mi cabeza cobran fuerza gracias a otros detalles.
La pizzas llegan y son demasiadas. Mientras comemos se produce cierto estado de relajación, un silencio intermitente forzado; creo que el motivo por el que alguna gente es incapaz de estar en calma o sin hablar en compañía de otros es que jamás se sienten cómodos con gente. Yo soy igual en el fondo, pero he ido perfeccionando cierta técnica de aislamiento mental que hace que no me resulte necesario tener que parlotear constantemente para sentirme bien e integrado (en realidad el único secreto para llevar a cabo mi técnica es que no te importe demasiado que los demás prejuzguen que eres raro o un perdedor).

Lo cierto es que la muchacha soltera y supuesta amiga de la infancia de la chica veintidós, está como entre los dos grupos, es la red del partido de tenis. Pero coincide que está a mi lado, y casi enfrente de otro de los solteros. Seguramente Cumpleañera ha pensado que podría intentar liar a alguien con alguien, o al menos pasar un buen rato viendo si nos hablamos o no, o si la chica o yo o el otro soltero intentamos algo, o si -y esto le encantaría- los dos nos colamos por su amiga y acabamos peleados durante meses o algo así. A veces tales espectadores de tu vida hacen que no te queden ganas de hacer nada, de decir nada, sólo de esperar a que todo acabe, y cuando digo todo quiero decir todo; dan ganas de matar a todas las celestinas y ahorcarse con los pantalones de marca de la que más odies. Es ese tipo de gente -es una plaga, en realidad- a quien no les puedes contar nada importante, porque cogerán tu historia y la retocarán hasta que sea ridícula, hasta que tu propia vida íntima expuesta te humille y vuelva a ti para dejarte en mal lugar en el siguiente cumpleaños, y el siguiente, y el siguiente.
La gente suele tener a buen recaudo siempre lo material, sus posesiones físicas, todo lo que dé algún resultado depositado en una bascula; y sin embargo las intimidades más valiosas -las abstractas- las reparten como si fueran caramelos, juegan con ellas, tanto que muchas veces ves a esos grupos unidísimos de amigos o amigas que de repente se llevan a matar de un día para otro; y nadie sabe por qué. Y en realidad la única y aburrida respuesta -dada la conducta humana- parece ser que los secretos son gratis: si tuviéramos que pagar por saber algo quizá la información también nos parecería intransferible y de nuestra propiedad y hoy yo no estaría sentado al lado de esta chica tan agradable y tímida que tiene pinta de estar ya -y con razón- sumamente arrepentida de haber venido. Porque aunque hoy pasara algo entre nosotros, quien quisiera saber más detalles en adelante debería estar dispuesto a pagar. Pero pongo la mano en el fuego: aun con ese sistema habría gente que se arruinaría con tal de seguir escarbando en la intimidad del vecino.

Sigo dando forma al relato de pistoleros. Tengo pensado un inicio potente, algo como la narración de una pelea a puñetazos vista desde dentro del típico Saloon; el protagonista recibe un puñetazo y entra en el local abriendo las puertas de golpe y cayendo al suelo brutalmente entre las mesas. Cumpleañera interrumpe mis ideas porque le dice algo a su amiga soltera, algo sobre si ha visto lo guapos que somos los que no tenemos pareja. Y guiña un ojo. La muchacha sonríe e intenta hacer que el tiempo pase y dejen todos de mirarla. El propósito de Cumpleañera -que está solapado en su tono de broma y su sonrisa que quiere ser de niña pero es más de viuda negra- es el de ver qué cara pone su amiga y cómo reaccionan todos, sobre todo las parejas, al estar claro el hecho de que ninguno de los solteros disponibles que estamos aquí somos nada parecido a guapos. Es el típico comentario retorcido enterrado en falsa inocencia: incomoda a la muchacha, nos incomoda a nosotros, y sirve para el regocijo de los demás. Es la clase de detalles que -en acumulación- separan a la gente más que unirla. Hay cierto tipo de paternalismo odioso que está muy en boga. Seguramente es precipitado sacar conclusiones sobre dicha actitud. Obviamente no todo el mundo tiene siempre mala intención, o la mala leche -más que reconocida entre nosotros- de Cumpleañera, pero es algo cada vez más habitual. Mi teoría es que, por más que dichos cabronazos altivos y pedantes hayan alcanzado ciertos objetivos -ya sea tener pareja estable o licenciarse en X o lo que sea- no están contentos, no acaban de estar satisfechos, o quizá incluso sean infelices. Y por tanto recurren a aplastar a quienes no han alcanzado esos objetivos en su vida, por H o por B, porque no han llegado o querido, o porque básicamente unos somos distintos de otros. Jugando así, este tipo de personas se sienten superiores, y aunque, como digo, quizá no estén satisfechos del todo, al menos tienen las fiestas de cumpleaños para enseñar en cierto modo los galones.
Hay muchos grados de mala leche; a veces ese comportamiento de humillación al prójimo es tan sutil que puedes hacérselo entender a tan sólo algunas de las personas que estén presentes y rodeando a la, llamémoslo con todas sus letras, víctima. Lo que provocas así, con indirectas, es sembrar la duda en los demás, y quizá conseguir que el tema que sea que incomoda o deja en mal lugar a Fulanito o Menganita se ponga encima de la mesa de forma “natural”, como si simplemente hubiese surgido inocentemente. Al parecer, la discreción, a algunos les supone un esfuerzo titánico; la realidad es que mucha gente no está a gusto durante mucho tiempo si no ve cómo alguien cercano lo pasa mal. Suelen escudar sus ansias de morbo en conceptos como la sinceridad total, o amparándose en argumentos sobre lo abiertos que hay mostrarse, lo modernos que hay que ser, etc. Por eso ahora todos en esta mesa sabemos quién tiene pareja y quién no, y por eso la muchacha de mi lado está cada vez más retraída e incómoda por culpa de los comentarios cada vez más “elegantemente” impertinentes de Cumpleañera.

Supongo que suponen que es algo que tiene que pasar, esos procesos de humillación; es decir, sobreentienden que si a ellos desde, digámoslo así, un punto de vista políticamente correcto, les va bien, tienen derecho a hacérselo saber a todos, a utilizar a los demás, a ser condescendientes en el peor de los sentidos. No hay ápice alguno de introspección, casi nadie pensaría en cómo les van a beneficiar los esfuerzos que hagan si dichos esfuerzos no les permitieran a la larga sentirse mejores y más centrados que al menos un tercio de las personas que conocen. Es sólo una impresión (ojalá que equivocada), pero es la impresión que me da a mí como activo observador; y basta con estar presente en este cumpleaños y ver los nimios contrastes: Parejas/Solteros, Cumpleañera/Soltera-amiga-de-la-infancia. Con eso basta para que casi se puedan tocar con las manos las jerarquías.
Pero qué más da, la verdad siempre es lo de menos, y nadie la tiene al completo. Todos podemos decir que somos felices y que vamos tirando, y un largo etcétera de mentiras y verdades a medias bajo las que se acuclillan cientos de conductas en mi opinión deleznables.
¿Viene a cuento decir, por ejemplo, que nadie se suicida porque sí? ¿No?
Cada vez más, me esfuerzo en ser el centro zen de la indiferencia; sigo intentando ver qué va a ser de mi pistolero ficticio. Lo bueno de la ficción es que es libre. En un relato mío, Cumpleañera podría perfectamente acabar empalada como en Holocausto Caníbal. Cada vez que alguien me empieza a caer realmente mal, me lo imagino así, con un palo enorme incrustado por el culo y que le sale por la boca. A veces es una postal mejor que unas paradisíacas playas si la imaginas con la persona adecuada.

La protagonista de la noche -y encantada de serlo- habla con sus amigas y pseudo amigas y novias de amigos… Y de vez en cuando lanza una pullita a la chica sentada a mi lado. La chica/víctima potencial se llama Sandra. Sandra es más bien bajita, guapa a su modo (su modo dulce y nada explosivo), pelirroja, callada (aunque quizá sólo aquí por las circunstancias), tiene el perfil perfecto de blanco de las crueldades “blandas” y aceptadas, de persona que jamás se rebota o contesta por más enfadada que pueda estar, y que encima al paso del tiempo seguro ya no le guarda el más mínimo rencor a nadie. Es eso, el centro perfecto, la frágil flor en medio de todas esas hijas de puta cada vez más numerosas, esas plantas carnívoras que están siempre sedientas de un nuevo rumor, algo más de lo que poder hablar para evitar pensar. Esas “buenas personas en el fondo”, esas “bromistas” sin imaginación o mundo propio alguno.
Y lo más bajo es ver cómo algunos de los tíos que conoces desde hace diez años ahora también son así, de repente saben vestir (como sea que haya que vestir ahora) y ya nunca les oyes decir nada ingenioso. Es más, incluso se piensan más maduros cuanto más insensibles parecen. Quizá sencillamente la gente cambia a peor al saberse más adultos, o puede que a algunos los flujos vaginales de pareja estable les trastoquen el lóbulo frontal.
A todo esto, mi pistolero se levanta del suelo del Saloon, pero el tipo que le ha dado el puñetazo no entra en escena. El pistolero tiene una ceja abierta que borbotea sangre, y se encamina hacia la barra, pero entonces Cumpleañera dice:
– ¿No te gustan mis amigos, Sandra? ¿Tendrás que mojar este verano, no?
Sandra sonríe, sacando fuerzas de flaqueza, se pone roja. Me entran ganas de decir algo, de contestar a alguna de las pullas, pero Cumpleañera podría estar esperando algo así, podría tener el comentario preparado por si alguno de los solteros sale en defensa de la chica. Y no puedo darle ese gusto. A Sandra no le vendría mal comenzar a guardarle rencor a alguien de vez en cuando. Y Cumpleañera dice:
– ¡Ay Sandra, Sandrita! ¡Que es broma, tonta!
Y hace un guiño.

El pistolero cierra el ojo derecho intentando que no le entre sangre. Pide un vaso de agua. Los tertulianos y demás habitantes del Saloon sueltan un risotada. Y me quedo bloqueado, no sé cómo puedo continuar, no sé aún cómo conocerá a la prostituta ni por qué ella se sentirá atraída por él. Porque mientras se va acabando el hambre aun con dos pizzas intactas sobrantes, Cumpleañera sigue pinchando a su amiga; puedo oler el perfume que lleva la muchacha, y casi sin mirarla puedo notar que está apunto de decir algo o echar a llorar. Puedo imaginarla arreglándose en casa y dispuesta a venir aquí para pasar encantadoramente desapercibida. Entre los temas que Cumpleañera ha sacado hasta ahora para fastidiar ha habido de todo, hasta ha insinuado que la chica se duchaba con su padre hasta los doce años. «¿Verdad, Sandra?», «¿Cómo se llamaba aquel chico que te dejó?, bueno que cortasteis, ¿Frank?», «¿Quería que le llamaran Frank?», «¿Estabas muy colada por él, no? Pobrecita…». Y Sandra no dice ni mu. Algunas de las parejas evitan sonreír al ver que la muchacha ya está visiblemente incómoda, se miran entre ellos, vislumbran futuras conversaciones; esta noche no es más que el caldo de cultivo de decenas de rajadas futuras con Sandra ausente. Las charlas paralelas se suceden y de vez en cuando Cumpleañera vuelve a la carga.
«¿Estás llorando?», «¿Por qué lloras, tía?».
Sandra finalmente llora. Nadie dice nada. La muchacha se levanta y se va. Una de las chicas, otra “novia de”, saca de su bolso la cartera y de ésta cincuenta euros. Cumpleañera va hacia ella y los coge. Y dice:
– ¿Estaba llorando o no?
– Que sí…, estaba llorando – dice la tal “novia de”, otra chica morena que al parecer comparte aficiones con Cumpleañera. Alguien murmura con indignación que cómo le han hecho eso a la chica, pincharla así, apostar…
– Sí – dice Cumpleañera -, pero bien que os lo habéis pasado.
Y añade:
– Ay pobre, voy a hablar con ella… Ya veréis como enseguida se le pasa.
Por algún motivo, nada de lo que ha acontecido me sorprende en absoluto. Tan sólo parece una evolución natural de nuestra conducta hoy. Bien visto, Cumpleañera tiene más razón que quien se ha indignado por la situación. Ninguno hemos defendido a la muchacha, todos hemos mirado, hemos esperado a ver adónde llegaba la historia, a ver cuándo explotaba la víctima. Sencillamente ha sido otra ejecución emocional en directo, sólo que con dinero de por medio. No es nada tan llamativo cuando demasiadas personas se reúnen.
A los pocos minutos, Cumpleañera trae de nuevo a Sandra, que no había ido muy lejos. Unos metros antes de llegar adonde estamos los demás, vemos cómo la abraza; es obvio que hace ese gesto para que la veamos, para que todos pensemos que no pasa nada. Sólo es una chica mala “pero buena en el fondo” que quiere mucho a su amiga de la infancia. Sandra vuelve a sentarse a mi lado. Cumpleañera vuelve a su sitio, parece intentar llorar con… ¿arrepentimiento?, sin mucho éxito. No sé cuántos creen ahora que en el fondo ella no es mala persona, o que se ha equivocado pero no tiene mal corazón, pero de todos modos seguirá quedando como alguien con recursos para este mundo, y Sandra, de ser una chica anónima con cierto atractivo y una dulce timidez, ha pasado a ser una pobre inocente que no sabe defenderse y que sufrirá mucho más en el futuro a manos de Cumpleañera y similares.
Chuck Palahniuk escribió que aunque muchos no hemos vivido ninguna gran guerra, nuestra guerra es la guerra espiritual, y nuestra depresión es nuestra vida. Pero no sé si ese principio encaja más con cómo es Cumpleañera o con la actitud de Sandra, que ha vuelto, ante todos, y sigue sin hablar.

La puta de mi cuento será una sosias de Megan Fox; la descripción será esa; divagaré con eso hasta que se me ocurra cómo la junto con el pistolero. Se me están ocurriendo algunas ideas más, y aunque son de los más tópicas, me apetece teclearlas, ver cómo quedarán en el word. Cumpleañera sigue de charla, ahora intentando calmar a su amiga delante de todos, comenta que se ha pasado, que no debería haber sido tan cabrona, que a veces se le va la olla, etcétera. Es obvio que ha visto que el resto, aunque satisfechos en el fondo de haber venido, no han aprobado su actitud. Y sí, lo violento que resulta tener ahora a Sandra otra vez entre nosotros no hace más que confirmar que sólo es cuestión de días el que vuelva a sufrir otra humillación similar, y quizá peor que la de hoy; la vida suele explorar nuestros límites si no somos igual de capullos que los demás a tiempo.
Mientras oigo respirar pesadamente a la muchacha y vuelvo a sentir su perfume, veo cómo la puta de mi cuento llega al Saloon y le da conversación al pistolero con la cara llena de sangre y bebiendo agua. La mezcla de rudeza y torpeza del tipo hace que ella se ablande. Es un buen principio, al menos si lo traduzco bien en acciones; tendré que currarme las descripciones y hacer que al lector le interese mínimamente qué va a ser de los personajes.
Veo escenas violentas y duelos, quiero meter en la cabeza de quien lea el cuento esos planos a lo Sam Peckinpah, y que no sepa si le está gustando mucho o si le parece una memez, una historia sobada de novelilla del oeste. Otro tópico que me gusta y que escribiré tendrá que ver con el pasado de la puta; creo que estará liada con el sheriff del poblado, y que él estará enamorado de verdad de ella. Creo que efectivamente será una historia previsible, pero me divertiré escribiéndola. Quiero que sea simple como el argumento de un videojuego pero potente visualmente como el mejor Sergio Leone. Si hay algo que me guste tanto como ganar esos certámenes de relatos, es imaginar que el jurado se lo ha pasado mejor leyendo mi cuento que el del ganador, que, como siempre, seguro será calculadamente ambiguo pero no demasiado, calculadamente crítico pero no tanto como para desafiar o incomodar al lector. Etc. En pocas palabras, bueno pero también aburrido. Siempre es mejor un tópico brillantemente construido, que una provocación que se queda a medias y sin instalarse en la retina de nadie.

Cumpleañera dice que lo siente, pero que tiene que madrugar mañana. Todos comenzamos a levantarnos de nuestras sillas. Y entonces comienza una de esas largas y extenuantes despedidas, de esas que intentan ser muy amables para no parecer secas o inapropiadas, y que se alargan hasta consumir la paciencia de cualquiera. Empeora la situación el hecho de que muchos están aquí vía Facebook o similares, lo cual quiere decir que hacía mucho que no veían ni querían ver a Cumpleañera, lo cual da paso a la subsguiente retahíla de mentiras e hipocresías; que si «tenemos que quedar para tomar un café», que si (e incluso llegan a concretar fechas) «la semana que viene te pego un toque», y así durante más de veinte minutos de intercambios sobre lo mucho que querían verse pero no tenían tiempo, o dinero, o que si el trabajo… hablan como si acabaran de salir de una jaula y lo primero que hubieran hecho es quedar para cenar con quien más quieren.
Y a todo esto, Sandra se va a un rincón y se dedica a mirar al suelo.
Todos van marchándose, incluido el novio de Cumpleañera (aún no viven juntos, se dice que él quería pero ella aún no; me hago una vaga idea de por qué).
El verdadero nombre de Cumpleañera es Verónica (Vero hasta para su loro), y es exactamente como la imaginas, con el perfil de pija de tienda de ropa interior femenina que podría dinamitar cualquier matrimonio-por-inercia sin demasiado esfuerzo. Morena, buenas tetas y culo (forma de guitarra), y lo que muchos llamarían “cara de guarrilla”. Es ese estereotipo de chica con quien los tíos decimos que nunca iríamos cuando estamos hablando con alguien del sexo opuesto y con perspectiva de joder a corto plazo. Porque lo que nos interesa es el interior, o que al menos haya un equilibrio, y tópico, tópico, tópico, y blablá, blablá, blablá…
Cuando todos han salido de la casa (incluido el novio, quizá algo mosqueado por cómo ha arrancado su coche), Vero me dice que espere un momento mientras le da un abrazo Sandra, que lleva como media hora catatónica, facialmente al borde del suicidio, como si estuviera tomando alguna decisión drástica respecto no solo a ella misma, sino a toda la humanidad. Yo también le doy doy dos besos, y la muchacha se mete en su coche y los dos la vemos arrancar y desaparecer en la primera curva. Durante dos minutos nos quedamos callados, como esperando oír un violento choque o algo así.
Pero no pasa nada.
Y Vero/Cumpleañera dice:
– Hoy no puedo, es verdad que madrugo. ¿Mañana puedes quedar?
Y digo que sí sin mirarla a los ojos.
– Alberto se va tres días fuera a trabajar – dice.
Alberto es como se llama su novio, amigo mío desde que descubrí que se me podía poner dura. Y asiento con la cabeza, sin decir nada. Y camino. Vero me ve alejarme hacia mi coche. Le digo al suelo:
– Te llamo al móvil.
Ella se mete en su casa sin añadir nada más. Estoy algo cabreado (muy cabreado). Tengo que masturbarme antes de irme a casa.
Cuando acabo, saco un kleenex y me siento mejor al recordar que tengo ideas tópicas y divertidas que escribir. Arranco el coche. Con todo, y que esto quede claro, el día entero ha sido una perdida de tiempo. Follar es lo único que puedes hacer a gusto con una persona que odias.

[Parece que hay un ya casi género cinematográfico actual inspirado en el cine de acción de los ochenta y noventa (y hasta de antes) que resulta mucho más sugestivo e inteligente que aquellas pelis basura (ya fueran muy caras o de serie B, o Z o lo que sea. Hasta Stallone parece estar autoparodiándose (¿sutilmente?) de algún modo con “The Expendables”, cosa que ya hizo en el último “Rocky”. Un tipo que ha dedicado su carrera a recuperar cierto tipo de cine para lavarle la cara, por decirlo así, es Robert Rodriguez (también Tarantino, pero creo que en el caso de Tarantino hay más CINE, más sello personal). De todos modos, y aunque aún hay que ver la peli, “Machete” (trailer arriba) parece el resultado definitivo de este estilo de referencia al cine comercial de género (y no tan comercial) del pasado, centrado en tipos duros sin mucha neurona, y tías buenas, etc; lo que en aquellas pelis podía ser ridículo, misógino, etc, en estas nuevas pelis se convierte en (para mi gusto) comedia de primera clase.
Por otro lado, ya ha salido el tercer número de la revista digital “A-Zeta” (link en el blogroll), en la que colaboro y para la que esta vez he escrito el relato “Alguna clase de monstruos”, que es inédito (o sea, que no está en el blog), y que me costó mis buenos sudores y tacos. Echad un vistazo a toda la revista (yo ya lo he hecho), en todas las secciones hay algo interesante que llevarse al cerebro.]