Archivos Mensuales: agosto 2010

Años de formación

Hoy mamá me ha comprado un pez. Un pez de colores. Me ha dicho que era para celebrar que ya mismo va a nacer mi hermanito, y que si lo sacaba de la pecera se moriría. He vertido la pecera en el suelo y el pez se ha muerto. Mi madre se ha enfadado, me ha preguntado por qué lo he hecho. Le he dicho que no lo sé. Creo que sólo lo he hecho porque podía. Ahora no puedo dejar de pensar en los peces, en lo fácil que se mueren sin agua. Mamá me ha dicho que a las personas nos pasa igual, pero con el aire.

Julieta Chupa Chups

No te preguntes cuántos infelices ha forjado el miedo, piensa en cuántos suicidios ha evitado. Ya sé, ya sé… soy un optimista, un romántico sin remedio. Y con esta luminosa actitud me acerco un día más a la máquina de tabaco, y tiro de mi historia hacia delante. Tendré que esperar a que venga alguien. No hay nadie en la expendedora de chupa chups. Huele a jazmín industrial. Las Chicas Julieta de la planta quinta a veces se retrasan. Pero no puedo quejarme; como Macho Romeo repleto de semen, estas tardes de CSC (Cita Sin Condón) son un regalo del sistema.
Te aconsejan haber estado al menos cuatro días sin masturbarte; si no estás acostumbrado, el dolor testicular puede llegar ser importante si has tenido la mente demasiado calenturienta.
Al módico precio de dieciséis anarcos con cincuenta obtengo mi paquete de veinte cigarrillos. Me enciendo uno. Tal y como yo lo veo, fumar no está tan mal, con suerte te acorta la vejez y te alivia durante la juventud y la mediana edad. Me hace gracia la gente que te habla del aire puro sin poder separarse de sus juguetitos Apple. Me parece más respetable fumar en la montaña que conectarse a internet desde un bar con los amigos delante.
Este es uno de los pocos interiores en los que aún se puede fumar. Y es importante recalcar el tema del tabaco aquí, igual que lo es remarcar el decisivo rol de la expendedora de chupa chups. Ambas máquinas tienen como propósito potenciar la pose, enviar un mensaje.
Obviamente cualquier chica puede sacar tabaco, y a la inversa. Pero aquí todos sabemos a lo que hemos venido, y los accesorios son importantes.

Viene ese tipo, Romeo 33002, y se pone a fanfarronear como siempre. Un antepasado suyo fue uno de los científicos que aceleró el proceso de embarazo. Cinco meses. Fue el primer paso, pero fue importante. Ahora la mayoría de bebés nacen sanos y completos a los veinticinco días.
Me apunté al PPN (Programa de Potenciación de la Natalidad) por lo que todo el mundo, por sexo y dinero. El tipo, Romeo 33002, me dice que si ya sé lo de las últimas estadísticas, que ya mismo vamos a repoblar el mundo, a llenarlo de pueblos con fiesta mayor cada verano otra vez. Quién sabe, quizá hasta vuelvan los valores familiares, dice, y los críos dejen de educarse en centros de acogida. Y hace una mueca. La verdad es que ante la responsabilidad de tener que educar a un niño… bueno, se me revuelve el estómago. Antes lo hacían como si nada, tío, me dice 33002 repitiendo su sermón diario, tenían críos como animales, ¿te imaginas?, y luego eran todos medio gilipollas, claro. Era como una tradición, creo, lo de, bueno, ya sabes, “prosperar”, como ellos lo llamaban.
Es verdad, y decirlo ya es una perogrullada. Para ellos procrear tan solo era un paso más, como estudiar, trabajar, independizarse…
Ya te conozco, pienso, ya te he oído. Yo también leo libros de historia. Aunque es cierto que no todo el mundo lo sabe: la insensibilidad va pareja con la ignorancia.
Así era. Nada de sexo a partir de cierta edad; es decir, nada de sexo variado; solo un coito semanal, y siempre con la misma Julieta. Esa gente se casaba, tío, dice 33002, ¿lo puedes creer?
Esa gente creía en Dioses, le digo, para ellos educar a un niño era un trabajo a tiempo parcial…
Las Julietas se retrasan. La verdad es que todo aquel pánico de principios del siglo XXI por la armas nucleares estaba justificado. Mi colega 33002 no anda desencaminado cuando habla siempre de niños gilipollas criados en familias irresponsables. Ahora más de medio planeta está contaminado aún de radiación por culpa de aquellos capullos asentados en aquel optimismo vital inértico tan en boga durante la época. Yo me crié en un albergue actual, 33002 también. Pero nosotros no tenemos que pensar en nada más que no sea volver a empezar.

El concepto de familia ahora, o lo más parecido, tiene que ver con reuniones de amigos que quedan para cenar, follar, cosas así. No hay padres desde un punto de vista emocional; todos lo somos a nivel biológico a partir de cierta edad, pero para hacer que esos niños crezcan y aprendan están los profesionales preparados para ello. Antes a cualquiera se le permitía educar a un niño; sólo necesitabas dinero y ganas de tener uno. El problema residía en el autoengaño; no todo el mundo quería tener hijos, aunque los tuvieran, y la educación a menudo se acababa basando en la amenaza y el bofetón. Era un bucle: mi padre no sabía hacer de padre, y por tanto mi hijo lo va a pagar, por muy buenas intenciones que yo tenga. Así iba la cosa. Dos más dos.
El hecho de que casi todo el planeta muriera en la guerra nos dio la oportunidad de volver a empezar en algunos aspectos. La población superviviente tenía demasiado miedo de la radiación y otras historias como para discutir sobre ciertas leyes, imagino. Ni sé los niños que habré traído al mundo, pero quizá los suficientes para llenar una pequeña fábrica. La mayoría los tuve con Julieta 40032, pero en su último parto la cosa se complicó y ella murió. Lo cierto es que sentí cierta punzada de culpabilidad, pero al centrarse nuestra relación sólo en la cuestión reproductiva, superé su desaparición en cuestión de días. Era mi pareja sexual habitual, pero antes en estos centros no te ponías a charlar con nadie antes o después del coito. Pagaban -y pagan- bien, pero no para que te enchocharas. Nunca quedé con ella fuera de aquí. Era dulce y callada, pasiva al follar, pero de coño siempre estrecho y humedad siempre servicial. Creo que le gustaba trabajar conmigo por que no le hacía preguntas ni la atosigaba, y no me interesaba demasiado tener una relación monógama.
Quienes deciden tener pareja estable, no pueden tener un hijo y mantenerlo fuera del sistema educativo. De todas formas ya nadie lo intenta. Si te falla algún remedio anticonceptivo también puedes abortar, pero al ser barata la posibilidad de ceder el niño a un centro, la gente lo deja allí y se olvidan. Aquí, unas plantas más abajo, hay escuelas y guarderías; los críos aprenden y aceptan el nuevo sistema de forma natural. Al no inculcarles valor familiar alguno, no notan ninguna carencia afectiva, aceptan su condición de neo-humanos e intentan divertirse.
El Programa de Potenciación de la Natalidad alberga el cincuenta por ciento de los puestos de trabajo a nivel mundial. Debido a que mucha gente muere aún por la radiación, el crecimiento de población es lento. En mi revisión médica semanal siempre estoy esperando una noticia terrible, pero al parecer, sigo sano.

Un par de Julietas se acercan a la maquina de Chupa Chups. Sacan uno cada una. Se ponen a hablar entre ellas y chupetean de forma mecánica, sin mirarnos. El problema de este sistema de cortejo es que la gente ahora a veces también se relaciona a otros niveles, y vienen y se entretienen mucho tiempo antes de los dos coitos obligatorios. Yo nunca hablo con ellas, no me interesa generar vínculos con lo que aquí son meros recipientes para espermatozoides. Y tampoco es que en este lugar suela encontrar el tipo de chica con la que establecería algo más que un intercambio de fluidos. Cuando aún estaba viva Julieta 40032, el centro era mucho más estricto con sus trabajadores. Aquí se venía a follar, no a montar tertulias. Pero quizá luego entendieron que cierto intercambio verbal o juego de miradas podía ser beneficioso para la repoblación. Si una chica te mira chupeteando su caramelo de forma insistente, es que le interesas, y acto seguido -si respondes a su mirada mientras fumas- os vais a una de las habitaciones de la planta. Es la simplificación de la química que puede surgir en una discoteca, pero sin ruido, sin malentendidos, sin dudas.
Romeo 33002 intenta captar la mirada de una de las dos chicas, pero no obtiene respuesta. Yo me limito a apurar mi turno para ver si viene o no Julieta 9800, una chica por la que estoy comenzando a sentir algo más que erecciones, y la cual, creo, tiene el mismo interés por mí. No hemos hablado, pero hay algo más que mete-saca entre nosotros, se nota en la forma de relacionarnos, en la excesiva educación y delicadeza; ya todos saben aquí que ni ella ni yo, coincidiendo, trabajaremos fácilmente con otros.

Una tercera chica sale del ascensor del fondo del pasillo, y llega hasta la máquina de chupa chups. Y menuda es. Julieta 69. 33002 y yo la miramos hasta que mete su moneda en la expendedora y saca su acostumbrado caramelo de fresa. La asignación de números a Romeos y Julietas no sigue un orden establecido -o al menos conocido-, pero en nuestra generación un número de solo dos cifras es harto extraño. Las malas lenguas (y las buenas) dicen que 69 hizo un par de favores a dirección para conseguir dicho número. Se dice que es una ninfómana de tomo y lomo, y que suele operarse la vagina para parecer siempre una pipiola en cuanto a estrecheces. También se comenta que ha llegado a hacerse reconstrucciones de himen para algunos tíos que se lo pedían. Pero la única verdad que está a la vista es su aspecto, su forma descarada de vestir y de lamer su chupa chups, a menudo con toda la lengua fuera. Tiene esa recurrente cara de zorra con la que siempre parece estar mojando las bragas, con su media sonrisa permanente, ese brillo de putón en los ojos. Si hay algo más que le interese aparte del sexo, desde luego no está dispuesta a dejarlo entrever.
La verdad es que es la única Julieta aparte de 9800 que me atrae de verdad, aunque sea por motivos muy distintos.

Sucede de golpe. Nunca lo he probado, así que, sin pensarlo, lo intento, la miro. Miro a esa furcia, la muñeca hinchable real del mundo moderno. Aspiro fuertemente el humo. Lo expulso. Para cuando la nube tóxica me dejar ver a 69, ella se percata de mi atención, creo que algo sorprendida; no halagada, pero sí llena de curiosidad ante el hecho de que precisamente yo, que nunca he intentado nada, hoy tenga pensado descargar mis huevos en ella. 9800 sigue en mi mente, pero parece que hoy no vendrá. Además me aterra la idea de no erectar más que por una mujer en todo el mundo, y 69 es la prueba definitiva. De todos modos, si no se me levanta no me preocupa en absoluto mientras se me siga poniendo dura con 9800.
Creo que, por el solo hecho de la novedad, Julieta 69 me agarra de la mano y me lleva a una de las habitaciones.
Está atardeciendo, hay una cama redonda, unos amplios ventanales que llegan del suelo al techo, que por fuera se ven como espejo, y 69 dice:
– Ya pensaba que me tenías manía.
Y sonríe.
– ¿Por qué te iba a tener manía?
– Nunca me has follado.
– Que nunca te haya follado no quiere decir que no haya querido follarte. O que te tenga manía.
– Entonces mentías cuando no me mirabas.
– Sí.
– Pero ahora tienes a esa chica, esa 9800. Es muy mona.
– Sí.
– Te gusta más que yo.
– Sí.
– ¿Y por qué hoy quieres follarme?
– Siempre me ha apetecido follarte ¿Por qué no?
– Quiero decir que… has tardado mucho.
– Sí, pero por nada en especial.
– Creía que me odiabas.
– No te odio.
– Pero tampoco me quieres.
– No.
– Quieres a 9800.
– Sí.
Follamos duro, dos veces. Luego 69 dice:
– ¿No se enfadará ella?
– Si se entera, sí.
– Si ahora salimos y está ahí fuera esperándote… ¿qué vas a hacer?
Atardece tras lo edificios, la vista desde aquí es perfecta, el sol cada vez se ve mejor con los años. Me quedo en silencio, tirado, desnudo junto a 69. Desearía creer en dios y en el diablo. Quisiera creer en todo hasta tal punto que me viera a mí mismo como el muñeco de una maqueta, rodeado de gigantes que deciden por mí. 69 se pone de pie ante la ventana, mira hacia abajo. A solas con ella me parece mucho menos intimidante; más bien parece una cría, curiosa, preguntona. Vuelve a la cama y me dice que si quiero ella puede salir antes y entretener a 9800 si está ahí fuera, podría echarme un cable para que no se entere de que he estado con otra;
– Los demás hablarán, y se enterará. Pero gracias – digo.
– Tienes razón.
– Sí.
– Eres muy listo.
– No.
– Bueno, eres más listo que yo.
– Sí.
– Vaya… eres muy sincero.
– No.
– Ah, es verdad, le acabas de poner los cuernos a tu novia.
– No es mi novia.
– Sí que lo es.
Lo pienso mejor, y digo:
– Tienes razón.
– Y aunque creas que no, ella cree que sí. Yo creería que sí…
– Ella… Bueno, nunca hemos hablado.
– Uf… Esas son las peores.
– No te pases.
– Perdona… Pero ella te quiere, eso es seguro.
– No lo sé.
Silencio.
– Bueno – dice 69, sonriendo -, si me has dejado preñada tendremos un bebé muy guapo, ¿no?
– Sí, Romeo 666…
– ¡No seas malo!
– Es broma…
– Ya lo sé, no soy tan tonta.
69 saca un libro de su bolso. Es la guía Tab, una guía útil con consejos prácticos para suicidarse.
– No te creía una depresiva – digo, señalando el libro con el mentón.
No lo soy… No sé, Tab tiene algo que me pone burra. Y me hace reír.
Creo que 69 está dispuesta a quedarse conmigo para hacer tiempo. Si 9800 está ahí fuera, ya estará a punto de irse; ni yo tengo su móvil ni ella el mío. Dudo mucho que se acostara con otro. Aunque yo lo he hecho… Quiero darle las gracias a 69 por hacerme el favor, pero no me sale. Ella tampoco espera nada. Ahora hojea el Tab. Masca un chicle de menta. Es como si tuviera catorce años. Siento ganas de estrujarla, de besarla en la frente; es por esto por lo que no hay que intimar con nadie. Ahora siento ganas de protegerla, y no debería ser así. Hay muchos factores en contra, y no solo hablo de 9800. Le doy un beso en los labios. Ella lo toma como mi agradecimiento por la compañía, por aguantarme o algo así. 69, sin levantar la vista del libro, me dice que no me preocupe por esas dos que había antes fuera. Dice:
– Esas dos no dicen nada. Ya me encargo yo.
Comienzo a vestirme. No consigo recordar con claridad la cara de 9800, y siento una inmensa tristeza por ello. Luego recuerdo que no conozco a ninguno de mis hijos, y esa idea me anima. Y después me viene a la mente 40032, mi ex Julieta favorita muerta, y solo es un borrón, como un periódico con fecha de hace cinco años. Ya vestido vuelvo a tumbarme en la cama junto a 69. Ella, de súbito, se vuelve hacia mí con la cara seria, los ojos apunto de derramarse. Y con voz temblorosa, dice:
– Si yo me muriera… ¿te daría pena?

[Para el video, recomendación musical: Subjan Stevens; y en especial su disco “Illinois” (una joya detrás de otra). Como muestra, arriba, el tema “Chicago”, la más descaradamente single, para animar a los indecisos. Y por otro lado, hacer mención de la revista digital “Paniko Nuclear”, la cual, me ha alistado en sus filas, y yo encantado; en el blogroll tenéis el obligatorio enlace.]

Save Our Souls

Me da el sol en toda la cara y me quiero morir. Luego pasa un árbol, o una casa, un granero, lo que sea, me tapa el sol y vuelvo a tener ganas de vivir. Ir en coche descapotable puede significar dos cosas: o que estás podrido de dinero, eres un pijo, y necesitas con toda tu alma que todos lo sepan; o que has conocido a alguien que tiene uno y se ha empeñado en darte una vuelta.
Yo soy quien va en el asiento del copiloto. Quien conduce es una chica, una versión se Sasha Grey con diez kilos de más según la publicidad sobre cómo hay que ser físicamente. Y según la idea general sobre cómo hay que ser mentalmente, sí, puede que sea gilipollas, pero tiene pasta y sigue siendo guapa, así que los demás -al menos al principio- asentimos cuando nos habla: las mujeres, con una vaga -pero intensa en el fondo- curiosidad, y los hombres con la esperanza de verla algún día desnuda y callada en lugar de vestida y parloteando.
Cierro los ojos. La sensación del aire en la cara fue agradable durante los primeros cinco minutos.
Lo que pasa es que yo estaba sentado a comer con seis personas, algunos amigos, y otros amigos de amigos, y esta chica desconocida se ha sentido algo atraída por mí -creo- porque mientras hablábamos en la comida sobre cómo hay que ser, sobre el dinero y la pobreza y demás, yo siempre tenía una opinión distinta a la suya; lo cual -me parece- ella ha interpretado como una provocación, como la intención desesperada por mi parte de llamar su atención. Eso, de un modo retorcido, le ha gustado; porque me imagino debe ser de esas personas que interpreta cualquier síntoma de roce o contacto visual o choque dialéctico como algo más que un desacuerdo o un encuentro casual entre dos personas. Hay gente que debe acabar casada por equivocaciones así: hombres que echan barriga con la mujer equivocada hasta la muerte, con hijos y bajo un cielo siempre azul de indiferencia; mujeres que van y vienen de la Policía, amoratadas. Etcétera. Hay personas que tienen tal necesidad de química con alguien, que ven química por doquier, ven amor incluso en el odio, ven romanticismo hasta en la foto de una cesta de gatitos.

Me he tragado un mosquito. La muchacha acelera, sonríe y cree que mis sonrisas de respuesta son de felicidad. Cree que estoy a gusto con ella porque estamos haciendo algo improvisado e inesperado mientras nuestros amigos aún están en los cafés. Estamos en las afueras de algún lugar. Mi nueva “amiga” conduce evitando meterse en autopistas o ciudades. Sólo de pensar en preguntarle a dónde vamos o si vamos a alguna parte, me entra auténtico terror. Estoy aquí intentando recordar cómo se llama Doña Alocada porque durante la comida se me ocurrió decir que no necesito un coche de lujo en mi vida, que me conformo con uno que no se estropee, y si puedo prefiero andar. Así que esta chica me ha dicho que por favor quería que me montara en su coche; me ha arrastrado, casi literalmente. Esta chatarra cool tiene sólo dos plazas, y una capota negra que para mi desgracia aún no he visto desplegada. La chica me vuelve a sonreír, y yo vuelvo a sonreír de mentira. Un segundo mosquito me ha entrado en la boca, pero enseguida lo he localizado y lo he expulsado.
Cuando ya llevamos casi una hora sin rumbo, decido que tengo que decir algo, preguntar algo. Pero no digo nada. No es que no me guste hacer cosas improvisadas, pero prefiero hacerlas por voluntad propia. Deben ser manías mías, se me hace muy difícil hablar con personas demasiado optimistas; y quien tengo al lado actúa como si nada malo pudiera pasarle a nadie en el mundo; es como si el nazismo jamás lo hubiera frenado nadie y ahora todo el planeta fuera ario, “puro”, cuadriculadamente ordenado, y ella una facha ignorante.
Me siento secuestrado. Además resulta que la chica sin nombre no me gusta. Y no me refiero a que me caiga mal, me refiero a que ya no siento ningún interés ni por verla desnuda o tocarla; casi nunca me pasa, pero esta vez está pasando. No es que no sea atractiva, supongo que lo es si hacemos una valoración objetiva: es voluptuosa, proporcionada, ojos claros, cara expresiva… Pero no, quizá porque ya sé cómo expresa lo que siente o vete a saber, no me atrae, parece algo imposible. Y aseguro que no hay ningún trasfondo en esto, no es que no me guste porque me gusta y no quiero reconocerlo porque es una pija y blablablá… No, a veces la vida es simple y las respuestas sencillas.

Ella conduce y conduce, y permanece en un estado de supuesta relajación dominado por medias sonrisas y embobamientos verbalizados sobre lo bonito que es tal prado, o tal casa, o «el cielo a esta hora». Yo asiento y miro los carteles, intento calcular cuántos kilómetros llevamos, ese tipo de cosas. Miro el reloj. Pero no digo nada, no me atrevo. Ahora soy feliz, eso es lo que tiene que creer ella. Creo que ahora ya sería muy violento decirle la verdad. Es decir, lo sería en este mundo. Todos mis amigos y conocidos son gente dispuesta a disfrutar siempre, incluso aunque lo que hagan no les dé pie a ello. El vaso siempre está medio lleno. Así es esta chica. Pero tanto esfuerzo por parecer feliz y satisfecha apesta a autoengaño. Diría que hasta sabe que yo no quiero estar aquí. Pero como haría cualquier buen optimista de pega, fuerza la situación, las carcajadas, las bromas. Es la versión emocional de una violación a sí misma, si eso fuera posible. Es esa filosofía que lleva por discutible principio la perorata que dice que para ser feliz primero hay que sonreír, empujarse a uno mismo a ese estado de positivismo. Nunca he entendido bien ese rollo, creo que porque ni los que lo publicitan lo comprenden muy bien; me parece algo así como abrir las botellas de champan y rociar a tus vecinos antes de que te toque la lotería.
Ser humano optimista, sólo haz cosas, ves hacia algún lado, muévete, etcétera. Yo también lo haré a mi modo. Pero deja de decir idioteces, por favor.
Creo que la diferencia de uno mismo respecto a los demás nace justo del hecho de no hacer demasiado caso a nadie. Quizá es la única oportunidad que se tiene de ser especial, o al menos mínimamente realista. El “quid” de la cuestión podría residir en que yo quizá no tengo un descapotable ni dinero, pero al menos no necesito fingir el ochenta por ciento del tiempo. Lo preocupante es que ella proyecta una imagen ideal para esta sociedad, y lo que yo -o cualquiera- piense, a nadie le importa un carajo. Interior, exterior. Introspección, superficialidad. La chica sin nombre ya parece haber elegido, y yo también.

Me estoy meando. Creo que me ha entrado un mosquito en el ojo, pero podría ser polvo. Me restriego bien la mano para sacarme lo que sea y va a peor. La chica sonríe. Cada vez se ve menos convincente. Comienzo a temer que se quiera suicidar estampando el coche. Creo que nota que noto que ni ella está convencida de qué coño está haciendo. Cuando la gente hace esto en las películas resulta positivo y esperanzador, un descapotable hacia “tomar por culo”, el sol en el horizonte, el pasado atrás… Pero en principio nadie secuestra a nadie para hacerlo. Solo quería enseñarme el coche, decía. Pero ya ha pasado hora y media, mis amigos deben estar echando la siesta o algo así, y yo me estoy comiendo el sol y los mosquitos por todos ellos.
Me doy cuenta de que poco a poco vamos entrando en la civilización, todos esos amigos de verdad de la chica sin nombre, tanta gente a quien contentar, a quien impresionar con hechos. Reducimos la velocidad, comienzo a notarme la cara otra vez. Creo que tengo una picadura de mosquito en el cuello. Noto una melodía de violín venir desde algún sitio, tengo la cabeza desordenada y vacía de reponedores. Deben ser ya como las cinco de la tarde, hace mucho que no miro el reloj. Me rasco la picadura con furia, ya pasando entre tiendas de ropa y escaparates, perfumerías y familias caminando en horizontal, cortando el paso a los solteros. Hay niños, demasiados niños, algunos corren hacia la carretera, como si vislumbraran parte de su futuro. Sus padres les cogen por la camiseta y les prometen algo para que hagan caso. El cielo se está tapando, ganando en belleza y, paradójicamente, también en reflejo de las cosas aquí abajo. Puede que nos hayamos equivocado y la luz no sea sinónimo de alegría. Quizá vayamos errados y dios exista y nos quiera decir cada día cuán gilipollas somos al adorar el sol, el cual podría no ser más que un mensaje terrible, una señal de que las bendiciones más auténticas vienen de la oscuridad.
Comienza a oler a lluvia; es de las pocas cosas que me quitan las ganas de fumar. Me siento mejor. Creo que la chica que tengo al lado está buscando aparcamiento, y al menos eso va hacia algún lado. Tengo que dejar de pensar un rato.

Pongo la mente en blanco mientras la muchacha me conduce hasta una mierda de hotel de dos estrellas. Pillamos una habitación sólo para esta noche. Mientras subimos las escaleras hasta el tercer y último piso/tercera puerta, me dice que lo siente si tengo alguna expectativa de sexo, pero que ella tiene la regla y de momento no le intereso nada para eso. Yo sigo sin hablar, con la mente en Bavia. La verdad es que como -por contra natura que suene- a mí tampoco me apetece follar con ella, prefiero seguir en la entropía, y que la chica sin nombre presuponga lo que quiera. Creo que a estas alturas los dos ya sabemos que yo no soy como casi nadie, y que ella en el fondo tampoco (lo cual prácticamente nos lleva a la conclusión de que cualquier tipo de neutralidad o normalidad no existe más que en la superficie de las cosas). Ya en la habitación, yo meo: luego miramos por la única ventana que hay y de repente las personas de abajo, que van de un lado a otro con bolsas, o en pareja, algunos con la esperanza de mojar hoy, otros evitando pensar en si quieren de verdad a quien presumen querer, nos parecen más lejanos de lo habitual. Eso obviamente incluye las ya mencionadas familias, sospecho ya que tan ajenas en concepto para mí como para esta chica sin nombre y con la regla. Por un momento me pregunto si no se volverá especialmente loca en esos días del mes. Creo que ya me está sangrando la picadura del cuello, pero no puedo evitar seguir rascándome.
La muchacha se echa en la cama del cuarto, me indica que yo haga lo mismo a su lado. Lo hago. Hace años escribía un diario, lo escribí durante años; luego me sentí estúpido haciendo tal cosa, tenía la sensación de estar dándole una importancia desorbitada a todo, cualquier minucia o incoherencia respecto a mis actos me hacía sentir como un hipócrita. Llegaba al final del día e intentaba describirlo, y todo estaba distorsionado, el diario era mi yo condicionado por todo lo demás, y luego estaba lo que yo pensaba de verdad. Y encima creía que no era así, que era sincero conmigo mismo.
Cuando miro alrededor y hablo con las personas, me doy cuenta de que la ocultación es la mejor base para una convivencia soportable. Y no hablo de ponerle los cuernos a la gente, ni de llevar vidas paralelas, ni de ninguna idiotez de programa de testimonios; hablo de reservarse ciertas cosas, de dejar ver ciertos aspectos de uno mismo solo a través del ojo de una cerradura. Es un simple sistema de autodefensa: no todo el mundo te va a ayudar en la vida, ni va a ser discreto; el miedo es otro ingrediente más, siempre lo es, y aun con toda su mala fama, te ayuda a sobrevivir.

Están reponiendo un episodio de “Sensación de vivir”, nos ponemos a verlo. Luego acaba y ponen otro episodio; no sabemos ni qué canal estamos viendo, pero volver a la infancia a través de esa ficción cutre es reconfortante. La muchacha dice que Brenda le caía fatal. A mí me parecía un encanto, pero yo sigo a mi rollo de hacer mutis; llevo tanto tiempo callado que cada vez me cuesta más decir algo, es como si sin querer hubiese generado demasiadas expectativas y ahora eso se estuviera convirtiendo en un problema. De todas formas, lo bueno de estancarse es que eres el Gran Hermano, te conviertes en el vigía, el tipo tonto acobardado que en realidad sabe cómo eres mejor de lo que crees. Lo que al principio es pereza o una pose sin más, te va dejando en cierta posición ventajosa.
Lo único que me preocupa es que sigo sin recordar su nombre.
Pero creo que ya sé qué pretendía esta chica; quería saltarse un día; quizá esté evitando hacer cualquier otra cosa; la mayoría de gente actúa así: no van a por lo que quieren de verdad, más bien dedican sus esfuerzos a algo que les proporciona cierto estatus social mientras se consuelan con que hay cosas peores. Es otra clase de miedo muy común; es ese tipo de personas -la mayoría, creo- que buscan discreta normalidad y respeto, y muchas veces desde el más terrible aburrimiento vital se dedican a criticar a esos tipos que se disfrazan para ir al salón del cómic, o a la gente que hace intercambios de pareja, a los solteros de cierta edad, o a cualquier otro estilo de vida que deje abierta la sospecha de que alguien podría estar haciendo realmente lo que le da la gana.

“Sensación de vivir” es una serie increíble. Es tan profundamente ridícula y superficial, tan básica y de libro de autoayuda, que es fascinante. Cada episodio es una gran lección sobre la vida. Llevamos como cuatro capítulos seguidos. Es impresionante. Casi me emociona de verdad ver lo buen tipo que es Brandon. La chica me dice que a ella quien le gustaba era Dylan (Luke Perry), pero lo cierto es que a mí me gustaría ser como Brandon y reprender algún día a una chica por estar bebida para después ligarmela, como hace él en el segundo capitulo. Todos los diálogos parecen fuera de tiempo, como si los dobladores se los hubieran inventado, son lentos e infantiles. Absolutamente todo, es del tipo:
– Brandon, puedes ir a la playa, mamá ya se arregla sola en casa.
– No, prefiero quedarme.
– Bueno, como tú quieras, me voy con las chicas al Peach Pit.
Y así cada día. Es una bondad de tal calibre que te es imposible imaginar por ejemplo a la madre de los gemelos Walsh enganchada a las pastillas, o al padre masturbándose aprovechando que los chicos han ido a Palm Springs y su mujer está de compras.
Pienso en unicornios rosas, en vacas, luego en por qué ya no me interesa el fútbol. Pienso en el espacio exterior, lo cual me relaja y me da miedo en partes iguales. Pienso en las musarañas. Va cayendo la tarde y seguimos con la maratón “90210”; la mosca de la cadena es una especie de garabato rosa. Estoy tan relajado que digo casi sin querer:
– Esta serie es cojonuda.
Entonces la chica sin nombre se vuelve hacia mí, lentamente. Y luego, otra vez muy despacio, vuelve a mirar hacia la pantalla. No dice nada, eso me alivia.
Veo que en una esquina de la habitación hay algo escrito -parece de hace años- con rotulador negro cerca del techo:
S. O. S
Y debajo, dos nombres a modo de firma:
Romeo y Julieta.

[Yo que me considero una especie de espeleólogo musical, siempre en busca de buenos discos, grupos, solistas, etcétera, últimamente estoy de enhorabuena. Aparte de estar enganchado como una mosca a la mierda al último disco de Arcade Fire, he descubierto (entre muuuucha tontería indie), a un grupo llamado Okkervil River; a ratos rallan la genialidad. Y también, ahora no recuerdo bien cómo, a una chica llamada Regina Spektor, en cuya discografía pienso bucear como un atún. Un ejemplo de las habilidades de la muchacha en el video: “Us”, incluída en la banda sonora de “500 días juntos”. Y para la foto: Jack Lemmon y Shirley McClaine. Hace tiempo que no veía un clásico, y hace cosa de horas volví a ver “Irma la dulce” de Billy Wilder, para volver a constatar lo demacrado que está en la actualidad el cine americano, y sobre todo sus comedias. Supongo que una película así hoy en día es inconcebible para el público de multisalas: humor absurdo sobre sexo y prostitución, donde también cabe el romanticismo, diálogos antológicos, cada escena con el tempo necesario… En definitiva, la contraposición de cómo se suele concebir hoy en día el cine en Hollywood; antes se decían: cuanto mejor sea la película más gente la verá; ahora es: como ya hemos idiotizado al publico cinematográfico, tendremos que darles algo masticado y estúpido de lo que podamos programar al menos cuatro sesiones al día y hacer publicidad a saco… En fin.]

Idiotas con Facebook

El libro de David Foster Wallace “La broma infinita” es como una chica espectacular con un carácter complicado y arrollador, mucho más inteligente que tú y capaz de cualquier cosa; es como darle la mano a Dios durante más de mil páginas sin saber qué cara poner, mientras decides si reír o deprimirte y compadeces a todos los que son capaces de menospreciar el hecho de estar vivos y poder leer.
Y no es algo que te dé en la frente. Como casi todo lo excepcional, empieza de forma gradual; quizá pasen trescientas páginas y el supuesto hermetismo de Wallace te imposibilite el adentrarte en su obra. Pero no desistas, cuando te quieras dar cuenta el libro empezará a acabarse, y no podrás dejar de pensar en releerlo, sintiéndote estúpido por no haber captado ni la mitad de sus neuras.
Sudo, de los nervios, me siento patas arriba. Estoy en un rincón de la biblioteca releyendo por tercera vez el mamotreto mencionado (y esto quizá no es algo de lo que debas presumir en primeras conversaciones si tienes planes de bajarle las bragas a alguien), voy por la mitad, y aún tengo que volver hacia atrás en algunas partes debido, al parecer, a mis alarmantes limitaciones como lector. Soy una farsa, así me siento al leer a este cabrón muerto. Más o menos todos somos idiotas a su lado, así que algunos lo aceptamos y punto, y otros se enfurruñan, se ponen cabezones y no paran hasta que el espejo del gimnasio se convierte en el mejor amigo. Supongo que todos estamos pensados para algo; Wallace tenía que ser un genio, y la mayoría de los demás, idiotas con Facebook.
Pero ya sabes, hay que ser constructivos. No sabré poner tres frases juntas, pero al menos tengo dinero para hacerme fotos en otra ciudad europea. Quizá te quede de puta madre el bikini o seas un maestro haciendo paellas… cada uno se consuela con lo que puede. Al menos quizá Wallace no era feliz y tú sí, ese podría ser el precio de la inmortalidad.
En cualquier caso, a la pregunta de si vale la pena vivir y ser capaz de escribir algo así, la respuesta, indefectiblemente, -aun teniendo en contra, seguro, muchos valores, pequeños detalles y justificaciones anticinismo, e incluso contando con que el cerebro privilegiado de Wallace le llevó a ahorcarse con cuarenta y tantos años- para mí, sería SÍ.

Yo siempre he querido ser escritor porque la chica que me gustaba en la adolescencia, leía. Era la única que leía. Tenía unas gafas enormes de pasta con la montura roja; casi siempre estaba enferma o en casa. Aun sin hablar apenas con ella, yo era el único que le presentaba el más mínimo respeto. Nunca llevaba esa ropa de putilla, no marcaba, no se disfrazaba de su versión zorra. En mi opinión, no lo necesitaba. A sus quince y dieciséis ya habían pasado por sus manos Shakespeare, Céline y hasta Bukowski. Los demás debíamos parecerle seres subdesarrollados, y con razón. Antes de que los libros pasaran a ser cosa solo de las bibliotecas, y los lectores fuéramos los nuevos apestados, ella ya parecía tener claro hacia dónde iba la evolución. Ella, hace como un año, fue la que me recomendó leer “La broma infinita”.
– Si yo hubiera escrito ese libro, iría por ahí con la cabeza bien alta, destrozando habitaciones de hotel – me dijo.
– ¿Cómo? – contesté. No la oía, estábamos en medio de un tiroteo.
– Que no te olvides de cambiar el cargador…
El señor bibliotecario, de unos tropecientos años, dice que va a cerrar ya, que no puede dejarme más rato o los piquetes le romperán los cristales. Asiento. De todas formas está empezando a anochecer y los piquetes mencionados podrían perseguirme y darme una buena tunda si se enteran de que he estado leyendo una novela de mil cien páginas.
Por la calle no hay casi nadie más allá de las siete de la tarde; hace dos meses, cerca de mi casa, frieron a tiros a una mujer de cuarenta años y a su hijo de diez; dicen que un grupo radical les vio con un cuento infantil, uno de esos libritos de seis o siete páginas sólo con dibujos que hace la tira que dejaron de venderse. No solo se trata de los libros, es una cuestión cultural, dicen que la cultura lo complica todo. Hoy en día si quieres morir sólo tienes que plantarte en medio de un lugar concurrido con un buen volumen de filosofía avanzada; tarde o temprano, después de las discusiones y los gritos alrededor tuyo, alguien sacará una navaja y te la hundirá en el estómago, o te dispararán, o, dios no lo quiera, te apalearán. Y olvídalo, nadie llamará a una ambulancia.
Son los tiempos que corren.
No se hace cine, el lenguaje interpretativo en general está muy mal visto; hace como un mes tuve que pegarle tres tiros en la cabeza a un chaval que vio cómo me asomaba un dvd por el bolsillo interior de la chaqueta. A priori nadie se fija en esas cosas, pero si te delatan, entonces te podrías convertir en objetivo. Doblé por una esquina, entré en un callejón y el chaval fue detrás de mí; en pocos segundos me di la vuelta y le disparé como el testigo potencial que era.
Para cuando el total de los cines y teatros que existían ya se habían convertido en viviendas, centros comerciales y tiendas de ropa, decidí que tenía que tener armas en casa. Es así. Lo que no sabía es que tendría que usarlas tan a menudo. La única expresión cultural que está más o menos bien vista por algunos, es la música; pero eso se está acabando; cada vez se encuentran más cadáveres sin libros encima o historial como lectores, con la cabeza abierta y los cascos destrozados e incrustados en el cráneo. Algunos dicen que las letras de las canciones son una fuente demasiado rica de ideas, y que adónde vamos a ir a parar, que de ahí a leerse El Quijote hay un paso.

Cuando ya casi estoy llegando a casa, veo que desde el fondo de la calle dos muchachos corren hacia mí. O quizá sólo en mi dirección. Como no sé exactamente qué pretenden y sólo puedo ver sus siluetas, tengo que sacar mi pistola. Disparo hacia el aire, a ver qué hacen. Pero siguen corriendo. Así que apunto hacia ellos y el primer tiro lo recibe uno de los dos en el estómago. Cae al suelo, un grito ahogado. El otro tipo sigue dando zancadas como si no hubiera pasado nada. Disparo y no consigo darle. Pero a la segunda y cuando ya lo tengo casi encima, le acierto en pleno cuello. Parece tropezar y se derrumba de cara casi a mis pies. Se atraganta con su propia sangre, la vomita, le disparo otra vez en la cabeza. Recargo. Camino unos diez metros hacia donde está el otro, aún retorciéndose. Voy a preguntarle quiénes son, pero lo pienso mejor y decido que ya no importa. Se mueve demasiado; le pongo el pie en el pecho, le apoyo el cañon en la sien y aprieto el gatillo dos veces.
Me dirijo a paso rápido hacia mi portal. No es que sea un gran “pistolero”, de hecho me considero poco más hábil que el tirador medio, pero cuando nací a la gente ya no le daba ningún miedo matar, ya no sentían apenas punzadas de culpabilidad. Y aunque no me resulta agradable tener que utilizar mis armas, la idea de llegar vivo al día siguiente es más poderosa que cualquier principio pacifista.
Hoy en día, si quieres un ambiente familiar tienes que ir a las galerías de tiro, locales que antes eran almacenes, librerías, quioscos, videoclubs, etc. Las hay pequeñas y las hay que tienen suficiente extensión para albergar a cientos de personas. En dichos lugares tan concurridos casi cada sábado alguien se encabrona y mata a todos sus amigos, o quizá un niño de siete años que ya reconoce más de cinco tipos de silenciadores apunta a su madre jugando, y acaba volándole la cabeza o acertándole en el corazón. Es algo tan habitual que el resto apenas se vuelven a mirar, y después siguen a lo suyo. Nunca en mi vida he visto a alguien llorar si no era mirándome al espejo.

La chica de la que hablaba se llama Úrsula. Un nombre que me hace pensar en carruajes y damas del siglo XVIII. Nunca hemos hablado de cuáles son mis fantasías masturbatorias, pero ella sabe perfectamente que me gusta desde siempre, pase lo que pase, pase quien pase; si mañana me pegara un tiro en cada rodilla y se fuera a vivir con un pederasta, seguiría queriéndola. Ese es mi problema, no sé parar, no pasa el tiempo para mí, no sano, todo se me acumula; y creo que cada vez más, cuando disparo a alguien, siento algo de desahogo, como si me dejaran entrar en una habitación para destrozarla con un bate.
Nos encontramos una o dos veces por semana, nos une el riesgo de la lectura; somos de los pocos que no solo leen en la clandestinidad, nos atrevemos a entrar en las pocas bibliotecas que quedan. Cogemos guías de viaje o mapas, y dentro metemos novelas y ensayos; no es que no se puedan leer las novelas y los ensayos si estás allí dentro, pero si alguien se calienta, entra en la biblioteca con un fusil de repetición y no nos da tiempo a desenfundar, siempre podemos decirle que estábamos consultando un mapa de carreteras o apuntando una receta. De lo que se trata es de no hacerse el gallito. No hay que hacer uso de un vocabulario muy extenso, y si lees en voz alta con más soltura que un crío de once años, enseguida te calarán.
El huracán de violencia establecido hace que el asesinato hoy en día sea tratado como un delito leve, lo que antes podía ser vender marihuana o atizar a tu novia de forma puntual.
Parecerá delirante, pero es algo que puede pasar si las armas se legalizan a nivel mundial y llevas tu Colt 1911 igual que llevas tu móvil y la cartera. Si metes la mano en el bolso de una chica, junto a los tampones y los kleenex, etc, también palparás al menos una o dos pistolas y algunos silenciadores. Y ya no es una cuestión de miedo o conservadurismo, he visto a chavales de quince años ametrallarse entre ellos en la puerta del colegio; vi a un señor bajarse de su coche en un semáforo en rojo y disparar desde fuera a sus dos hijos y su mujer aún en el interior para después pegarse un tiro en la boca. Hace nada una anciana de noventa años entró en un banco con un kalashnikov para matar a todos los empleados y salir con la cara salpicada de rojo, una sonrisa en la boca y dedicarse a esperar a la policía. Es la perfecta combinación de hartazgo, ignorancia y munición de acceso fácil.
Por lo demás, hay una especie de democracia ridícula nutrida de politicuchos que antes prometían bajar las cifras del paro, y ahora dicen que pueden reducir la tasa de mortalidad entre los jóvenes. Dicen que impondrán duras penas de cárcel por asesinatos injustificados (un curioso concepto). El partido que se autoproclama de izquierdas dice que aboga/ría por el relanzamiento de la cultura, quizá abriendo algunas librerías para llenarlas de mamotretos de cocina, secciones de autoayuda y guías de todo tipo. El partido de derechas -en el poder desde ya ni se recuerda- potencia una sociedad sin ficción, alegan que muchas de las “enfermedades mentales” y los procesos a través de los cuales la gente llega a separarse, agredir al prójimo o suicidarse, etcétera, tienen que ver con la literatura y los textos reflexivos que aún quedan.

Es algo que se puede palpar en el ambiente. Salgo a la calle, miro a mi alrededor, y la primera impresión es: Vas a morir mañana. Así que, ¿por qué intentar escribir? No había ni hay motivo práctico alguno. Por tanto, me puse a ello.
Y sigo.
Obviamente hay gente que aún guarda los libros en casa, pero la mayoría ya se han deshecho de ellos; aunque no tuvieran una postura política concreta ni les importara el tema, de todas formas antes tampoco los leían, y ahora el solo hecho de conservarlos les podría traer problemas.
La chica que hace que todas las demás sólo me causen flaccidez e indiferencia, tiene en casa el mayor arsenal de armas que he visto; y tras una estantería que se abre como una puerta, un cuarto trastero a reventar de libros viejos, comprados hace muchos años o robados de la biblioteca. Úrsula es capaz de acertar en la cabeza a un objetivo móvil desde más de quinientos metros si el arma está bien calibrada. Es la asesina más preparada que conozco, la misma mujer que de cría soportaba burlas en el colegio y tuvo que comprar más de dos y de tres gafas nuevas debido a los matones que siempre la hostigaban, y de los cuales yo nunca me atreví a defenderla. Ella siempre ha sido mi sentido común; cuando la sociedad tenía alguna oportunidad de salvarse, se empeñaba en no replicar nunca, en poner la otra mejilla e intentar que hubiera paz al menos a su alrededor. Pero cuando vio que no había vuelta atrás, fue de las primeras en visitar las armerías y estudiar métodos de autodefensa o cuestiones como si iba a poder conseguir ropa interior hecha de kevlar.
El kevlar, el material antibalas por excelencia, tiene el mismo éxito comercial que el pan o el porno. Nadie lleva ropa que no esté fabricada con esas fibras. Es el motivo por el que siempre hay que apuntar a las rodillas o la cabeza.
Al final todo es reacción. Quizá haya algo positivo en todo esto. Obviamente no se sabe cuánta gente lee ahora con regularidad, pero es muy probable que debido a las restricciones en contra de, sobre todo, esa práctica, el porcentaje de lectores sea mayor que cuando en las armerías te pedían el permiso de armas; Úrsula siempre dice que tiene algunas amigas que, de no ser por el clima de violencia/morbo que hay, en lugar de leer, estarían sólo preocupadas por el bikini que se van a comprar, o los dos kilos que tienen que perder antes de ponérselo delante de todos. Supongo que se trata de ver el lado positivo. Leer debe hacer que se sientan sucias, debe convertirlas en putas pro-cultura, deben susurrarles ese atrevimiento a sus amantes mientras follan. Ahora, leer es sexy, porque desde esos libros ya amarillentos te hablan de medias tintas y grises, y lo hacen sin inmutarse, te hablan de la imperfección, de lo factible que puede ser, te hablan de hipocresía, de lo estúpida que es la gente y de que tú también formas parte de ellos. Estás en el ajo como todos, te dicen, pero al menos tú estás dispuesto/a a reconocerlo.

No me parece una buena idea si respondo con sinceridad, pero el momento ha llegado, mañana toca Día de Furia. Lo que pasa cada día veinte de Agosto, es que la gente se reúne en plazas de todo el mundo, en todas las ciudades y pueblos, y se hace una lectura pública de “Fahrenheit 451”. Ya es una tradición muy arraigada.
Estoy en casa, ya es muy tarde; desde mi ventana, con las luces apagadas, veo cómo en el bloque de pisos que hay enfrente entra un grupo de radicales, destrozando el portal a tiro limpio. A veces lo hacen, eligen un edificio al azar y registran todos los pisos en busca de algún atisbo de cultura. Saco un pitillo y me dispongo a ver el espectáculo.
Lo que diferencia el Día de Furia de mañana del resto vividos, es que más de cien lectores, liderados por Úrsula, vamos a esperar armados hasta los dientes en las azoteas de los edificios que rodean la plaza en la que se celebra la lectura en nuestra ciudad.
Los radicales suben al segundo piso, puedo ver los destellos de la gente que muere en ellos a través de las cortinas, e incluso por los agujeritos de las persianas; al parecer tengo mucho vecino aficionado a pensar. Los silenciadores hacen su trabajo, pero el ruido de los muebles cayendo y los destrozos se oyen a esta hora en toda la calle. Estos días estoy leyendo una biografía de Hitler por las noches, y es tan emocionante hacerlo porque ahora mismo podrían matarme. Tengo más de trescientos títulos en casa entre ensayos, novelas y cómics. No los tengo especialmente escondidos, sólo dejaría de verlos alguna visita amistosa; pero a los radicales enseguida se les ocurriría mirar bajo la cama o tras el armario del comedor. Luego, con suerte, me fusilarían, o quizá me torturarían, como parecen estar haciendo con un vecino del tercer piso del edificio de enfrente, que grita como un poseso y pide berreando una muerte rápida, por favor, con la garganta ya al rojo vivo y la voz quebrándose. A veces te hacen cortes y esperan a que te desangres, otras veces tiran de tus brazos y tus piernas hasta arrancártelos y luego esperan a que tú mismo te retuerzas ya sólo con el torso, vaciándote. Esos hijos de puta perfeccionan técnicas para que no te desmayes, son capaces de drogarte para que lo veas todo hasta pocos segundos antes de morir.
Ellos son felices con la mente en blanco, y los demás no tenemos derecho a apilar ideas contradictorias para confundirles; a veces casi puedo llegar a entenderles.
Los más de cien asesinos que mañana nos reuniremos, sabemos que quizá ya estemos muertos. Y la verdad, no sé si me importa. Con esa idea, y aún oyendo gritar de fondo a ese lector maligno, me duermo.

Úrsula me despierta a las ocho, llamándome por teléfono. Me dice que viene a mi casa, que necesita hablar con alguien. La lectura empieza a las diez y se alarga durante todo el día.
Veinte minutos después ya está conmigo desprendiendo ese olor característico, suave, pero intenso para mí por lo que significa: que no me quiere como yo a ella; y hoy: que quizá ya estamos muertos. Y luego caigo en la cuenta de que, si no verbalizo lo que siento por ella ahora, quizá no pueda hacerlo nunca. Ella se mueve de un lado a otro, se sienta en mi sillón y mis sillas y se levanta y parlotea, lleva unos pantalones y una cazadora de cuero y va forrada de kevlar por debajo, las fibras asoman por todos lados. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo y nada de maquillaje. Me dice que no me preocupe, que todo saldrá bien. Y yo me pregunto cómo cien personas armadas podrán contra miles de personas armadas. Quizá Úrsula no quiera más que una muerte digna mientras lucha. No lo sé, lo cierto es que mi apego por la vida nunca ha sido especial o significativo al ver cómo es la gente, el paisaje moral, el odio intenso masificado. Intento encontrar un hueco en su diatriba para decirle que en realidad no tengo conciencia política; de no ser por ella sería un cagado más que vive encogido en su piso, sin libros, enganchado a la telebasura y rezando por encontrar una chica tan lerda como yo para echar un polvo a la semana, y luego ir tirando, envejecer y morir.
Lo que me gustaría decirle es que todo lo que hago lo hago por ella, imitándola a ella, y que las chicas que he conocido en mi vida no eran más que figurantes en comparación con ella. Pero como soy un deshecho humano y me doy asco y sólo he aprendido a matar sin remordimientos, lo que hago es callarme y vestirme, forrarme de kevlar, lavarme la cara, los dientes, todo como si fuera a durar hasta el final del día.
Úrsula me dice que tendremos apostadas en cada azotea tres Gatlin guns con sus propios pies, que son algo así como la ametralladora de seis cañones que engancharías a un helicóptero si quisieras destruir toda tu ciudad. Le digo que ¿cómo…? Me dice que tranquilo, que las han subido esta noche, está todo preparado. Tres Gatlin por sietes azoteas son… Úrsula, digo, habrá mucha gente: mientras matamos a unos, los otros subirán enseguida a todas las azoteas y…
– Ya sé que es difícil, pero también vigilaremos los accesos a las azoteas. Hemos invertido mucho en munición.
Me dice que se trata de evitar morir, es el primer objetivo, siempre lo es. El segundo es hacernos notar, que los radicales comiencen a temernos igual que nosotros a ellos.
Ha traído consigo un bolso tamaño “me voy un fin de semana a París”. Lleva dos ametralladoras Alfa M55 con sus respectivos trípodes, y todo enterrado en munición “de sobras”. Yo llevo algo similar, pero del modelo M44; no llevo tanta munición como ella. Al parecer quiere sobrevivir de verdad. Yo metí las armas en el bolso casi como cumpliendo un protocolo, creo que rezando por primera vez en mi vida.

Al llegar a la azotea en la que seguramente moriré como un perro, veo a unas diez personas más, todos de negro, algunos incluso con capucha. Están sentados de tal forma que la gente abajo no vea a nadie aquí arriba. Hemos llegado sin problema, se han elegido edificios con muy pocos vecinos, muchos pisos están en venta y otros vacíos por vacaciones. Permanecemos apoyados tras un balcón de tochos que, de pie, nos llega poco más arriba de la cintura. Es estrecho pero lo suficientemente ancho para hacer un buen uso de los trípodes de ametralladora e incluso las Gatlin.
Úrsula lleva un Walkie y les dice a todos, ya apostados en sus azoteas, que esperaremos diez minutos más.
La tontería ha empezado hace rato; hay famosos y representantes de la cultura de las armas; ninguno tiene una lectura fluida, algunos incluso se encallan y pasan segundos hasta que retoman el texto. Hay un silencio considerable teniendo en cuenta el público reunido. Cuando en algún pasaje se habla de la quema de libros, la gente vitorea, y quien esté leyendo tiene que esperar unos minutos hasta poder retomar con mucha dificultad el texto. Úrsula dice:
– Esté donde esté, Ray Bradbury nos los agradecerá.
Y luego:
– Vale… Dejadme ser la primera.
Coge el Walkie y dice: «luz verde». Como todo lo que lleva tiempo sin dejarte dormir, pasa sin más. Úrsula apoya una de sus M55 en el balcón, y dispara hacia la multitud. Decido esperar un minuto. Oigo cómo de los demás edificios ya salen también decenas de ráfagas de ametralladora. El sonido de las Gatlin se oye como un estruendo metálico y apagado, los cañones giran escupiendo munición, y por el momento todas las balas son útiles teniendo en cuenta la masa de gilipollas apretada que hay abajo. Cuando me decido a echar un vistazo, veo cómo la gente intenta moverse, huir, pero no consiguen más que apretujarse aún más. Veo ya muchos muertos, algunos radicales ya han sacado sus pistolas y disparan hacia todos lados. Supongo que la idea era ésta, pillarles auténticamente desprevenidos. Quien leía su pasaje de Bradbury, está derrumbado, acribillado sobre el atril. A mi lado hay unas siete u ocho personas ametrallando hacia abajo y a otras tres manejando las Gatlin, una de ellas dirigida hacia la puerta metálica, que es el único acceso a la azotea. Podemos ver cómo hay gente que ya está localizándonos en serio y entrando en los edificios.
Inspiro con fuerza. Cuando de verdad comienzo a disparar, me siento bien, muy bien, la cafeína fluye por mi cuerpo y abajo las balas hacen que los muertos salpiquen a los vivos. El caos es tal que algunos no pueden ver por la sangre ajena que se les ha metido en los ojos. Incluso vemos cómo algún joven, en un ataque de histeria, se mete su pistola en la boca y decide terminar con todo. Tal ventaja llevamos. Y sabemos que la policía sólo vendrá cuando lo peor haya pasado, cuando los servicios de sanidad y limpieza tengan que arrastrar a las decenas de cadáveres que se van amontonando.
Soy un cabrón, pero me gusta pensar que lo que somos es la respuesta poético-destructiva a los nazis. El primer tipo que se ha atrevido a subir a donde estamos ha recibido tal ráfaga de la Gatlin que ahora todo lo que pisamos son sesos y trocitos de cráneo. Los que iban detrás han vuelto por donde venían, avisados. En pocos minutos, abajo el suelo es una amalgama de rojo y negro; la gente que queda viva tropieza con los cuerpos.
Todo pasa en pocos minutos. Muchos han huido, pero muchos más han muerto. Las ráfagas de ametralladora se van espaciando cada vez más. Ya no hay tantos a quien disparar. En las otras azoteas parece que han tenido peor suerte con los que han subido para intentar neutralizarles. Úrsula dice que en una la Gatlin que cubría la entrada se ha atascado y se han colado hasta cinco tíos pegando tiros. Ha habido algunas bajas.
Suelto el aire. Dejo de disparar. Ahora acaba de empezar algo importante de verdad. Ahora soy un terrorista. Esta es mi vida. Hasta ahora yo era nada, nada cultivada. El sol es una broma cruel y me cuesta más de tres horas dormirme cada noche. La chica que quiero sigue viviendo en un planeta en el que todo encaja menos yo. Y ahora acaba de empezar algo importante de verdad, sí, tengo la camisa salpicada de sangre y no sé de quién es. El cielo está gris y hay una agradable temperatura, poco de ese calor asfixiante de días atrás. Aún no oímos la sirenas de la policía.
Desde donde estoy, puedo ver un graffiti abajo, entre una armería y un bar; en él, pone: Tu vida es una puta mierda, y lo sabes. Por algún motivo, me hace sonreír. Por algún motivo, me viene a la mente la cara angelical de Amanda Seyfried. No sé si me gusta la idea, pero sigo vivo.

[Podemos congratularnos por estar vivos, Arcade fire publica nuevo disco; en el video, uno de sus temas, “Empty room”.]