Archivos Mensuales: enero 2011

Ganarse a Sam

Mi hermana de once años es inquietantemente inteligente, y dice que en cuanto crezca y pueda, piensa largarse de casa. Ya dice cosas así. Hoy, en el desayuno, nos ha acribillado a todos con datos sobre Coca-cola que debe haber leído en Internet. Ayer mismo salió de paseo con mi madre y mientras ella estaba en una zapatería, la muchachita salió a la calle y de algún modo convenció a un chico de unos trece años que iba en monopatín para que la besara en la boca. Mi madre los separó, y hoy mientras Laura -que es como se llama el diablo- nos decía que Coca-cola sigue siendo una marca líder gracias a la inversión en publicidad, mi padre ha pegado un puñetazo en la mesa y ha dicho que alguien debería calmarse en esta familia, y que tiene once años, y no puede ir por ahí besando con lengua a los mayores. Ni con lengua ni sin ella.
Yo siempre callo, soy la voz de la nada, nunca intervengo, nunca opino, nunca aporto, ni ayudo o condeno o recrimino o regaño o doy la razón. Soy el único en casa que parece lo que llaman «normal», aunque eso exista tanto como el interlocutor de un creyente. En general solo existen comportamientos comunes, cosas que la gente hace para ser aceptados por otros. Pero en esta casa nadie excepto yo es así. Yo soy el mayor, semiautista por voluntad propia, pajillero como cualquiera, y pendiente siempre de observar la reacción de mi grupo de amigos cuando me uno a ellos, aterrorizado por qué habrán estado diciendo sobre mí, o si habrán estado diciendo algo sobre mí; y de ser así, el qué, por qué, y quién. Hijos de puta… Siempre sospecho. Se diría que soy más inestable y paranoico que la media, pero solo es una vaga primera impresión; en realidad la mayoría de gente es como yo. Así pues, raramente intervendría en una discusión familiar como la del beso en la boca infantil; y tampoco dije nada cuando mi hermano el mediano hizo las maletas hace unos días para irse a Estados Unidos para conocer y -como él me dijo-: «ganarse» a los padres de la actriz Elisha Cuthbert, y así tener medio camino hecho -según dice- para ligársela. Y en mi casa creen que solo quiere visitar Nueva York, aprender inglés; creen que va a una academia y que nada de lo que hace se sale de lo lógico en alguien de su edad, inquieto, inteligente, ambicioso y culto. Ellos creen que quiere crecer como persona, pero la realidad es que un día vio “La vecina de al lado”, y luego volvió a verla unas cien veces, coleccionó cientos de fotos y videos de la actriz rubia, y decidió que el siguiente paso inapelable para «salvar su puta alma» era tirársela al menos una vez. Esta situación seguramente se pueda extrapolar a la mayoría de vidas; la gente necesita una cortina de humo en la que los demás crean mientras ellos hacen lo que realmente quieren.

También, desde hace unos días, Laura ha estado muy imbuida en buscar información sobre el país yankee, buceando en la red y yendo a su biblioteca habitual; quizá porque Pablo -que es como se llama mi hermano, Ejemplar por fuera y Pscótico gilipollas por dentro- estuvo semanas trabajándose a mi padre para conseguir su permiso para viajar. Será como un segundo erasmus, dijo el muy mamón; lo dijo hasta parecer auténticamente obsesionado por la cultura de otros países, de otras etnias, lenguas, etcétera; y al final lo único que busca es tocar ciertas tetas. Le lleva a uno a preguntarse si todos esos tíos que hacen paracaidismo o bajan por ríos salvajes o se vacunan para ir a “SoyGuayPorqueViajoLandia” cada año, lo harían si pudiesen comerle el coño a quien quisieran cuando quisieran. A veces creo que quizá Pablo no sea un tarado con ínfulas, quizá sea más honesto que tú y que yo. Toda esa férrea filosofía optimista de “persigo lo que quiero” que llevan muchos por bandera, se va el noventa por ciento de las veces al traste cuando les explicas lo que quieres tú. Y mi hermano sabe muy bien lo que quiere.
Por la noche recibo la llamada diaria de Pablo. Me vuelve a repetir que si le cuento a alguien sus auténticas intenciones, un día me rociará con algo inflamable mientras duermo y me quemará. No siempre parece una forma de hablar. Yo le sigo el rollo, le doro la píldora. Tengo curiosidad por ver cómo acaba, en qué circunstancias, con quién; y sobre todo me interesa su evolución mental, creo que se está volviendo tarumba. Y la familia no la eliges. Él sabrá qué coño hace. Yo aquí sólo soy otro occidental que come viendo a negritos en el telediario. Lo cierto es que mi hermana me enternece, me hace gracia, se podría decir que la quiero de verdad, pero mi hermano… Mi hermano parece el típico traje relleno de años de gimnasio que acabará fundando alguna empresa brutal y despiadada de las que dependen cientos de familias que son tratadas como fichas de dominó en pos de un gráfico de beneficios. No me cae bien, solo entiendo su obsesión esta vez por la cuestión sexual; vale, quiere follarse a la rubia de turno, ¿y quién no? Quien puede suele hacerlo, algunos incluso teniendo mujer e hijos; sé que ese rollo es muy poderoso, muy atrayente: no puedo deshumanizarle por eso. En parte, sería negar nuestros instintos. Un cornudo o una cornuda en este mundo no son más que el resultado de lo que somos desde un punto de vista estríctamente primario. Esas teorías no solo funcionan durante la fase de la atracción; una vez te casas siguen ahí, y tus instintos siguen siendo los mismos
Cada vez me resulta más difícil creer que alguien pueda ser completamente ateo y completamente monógamo a la vez.
Pero lo intento, intento adaptarme, creer que todas las cosas y metas para conseguir más cosas que tiene la gente tienen sentido; tanto como para llenar tu vida con algo más que amoldarse a lo que todos se amoldan sin perder un ápice de dignidad. Aunque por desgracia sigo sin creer, sin tener ese tipo de fe; cuando veo crecer a los de mi alrededor y cómo sucumben a las mismas chorradas y directrices que todos, pienso en esas actrices porno jóvenes y con personalidad, con una belleza peculiar y natural, y en cómo al paso de los años acaban como las otras, con las tetas de silicona y una melena rubia de mentira hasta la cintura.

Entiendo lo desquiciada que está mi hermana. Con su mente privilegiada y su carácter arrollador no está hecha para esto. Con toda la información cruzada y contradictoria, con todo el mensaje de bondad que a ella le venden sobre cómo hay que ser mientras ve la tele sabiendo aun a su edad lo que ve. Y lo que ve a menudo es a más adultos dando un mensaje de bondad, lo cual está mezclado e intercalado con la miseria que esos mismos tíos ayudan a crear. Es lo que se suele hacer, todos dicen lo que saben que los demás quieren oír, y después hacen lo que les da la gana. Es el modo de actuación de un adúltero, o de un empresario, o un político, etcétera. Así somos muchas veces. Y así es como actúa Laura; ella asiente a lo que le dicen, pone morritos y después se dedica a vivir su vida. Cómo regañarla, cómo decirle que tiene comportarse, qué referente se le ha de dar, qué ejemplo femenino adulto. Qué derecho tenemos de decirles a los críos que ya son mayorcitos para hacer según qué cosas. ¿Y qué significa ser mayorcito? ¿Tiene que ver con ser como mi hermano?
Al día siguiente del soliloquio sobre coca-cola, mi hermana nos habla largo y tendido sobre el cóctel que se les inyecta a los condenados a muerte en Estados Unidos. Mientras nos comemos los cereales oímos una descripción paso por paso sobre cómo dicha droga te paraliza y te invade el organismo hasta dejarte al margen de la sociedad y los impuestos. La leche me sabe amarga. Mi padre dice que basta.

La madre de Elisha Cutbert se llama Patricia. El padre, Kevin. Kevin Cuthbert. Además tiene dos hermanos, Jonathan y Lee-Ann. Pablo me llama a mediodía, pongo el manos libres en el coche, y me habla sobre todo lo que rodea a “su chica”. Le digo que si está seguro de que sus padres están en Estados Unidos, que esa tía, bueno, que son canadienses. Me dice que hace poco la actriz les compró una casa en Sacramento, y que no están allí siempre, pero sí en esta época del año. Le digo que cómo lo sabe. Pregunta que cómo está Laura. Lo único que tenemos en común es que los dos queremos a nuestra hermana. Le suelto algún monosílabo como respuesta y él asiente con otro. Me salto un semáforo y alguien pega un frenazo. Cuelgo sin despedirme.
Por la tarde Laura bucea en páginas web en inglés en su portátil. Le pregunto que si entiende algo. Me responde que lo mismo que yo. Uno de los problemas en esta familia es el dinero; mi padre es uno de esos tíos que hacen una llamada y al día siguiente sube la tasa de paro. Es lo mismo que quiere ser mi hermano, pero mi padre ya ni tan siquiera parece tener instintos naturales, sólo le obsesiona cierto tipo de orden. Tenemos que desayunar juntos todos los días, por la mañana mi madre prepara zumo natural y tostadas con mantequilla. Todo en nuestra nevera es sin gluten, sin sal, sin azúcar, sin calorías, sin… Son todos esos productos despojados de todo lo que te hace disfrutar al comer. En todos los envases puedes leer cosas como “¡el mismo sabor!”; ahora con la publicidad ya te mienten hasta desde la etiqueta. Pero eso sí, cuando hay una fecha oficial de por medio, mi padre está dispuesto a estirarse. El pasado santo de mi hermana cayó un portátil, con todas las pijadas y aplicaciones, uno de esos trastos a los que sólo les falta satélite propio, y del que luego sólo usas un cinco por ciento de todas las monerías de serie que has pagado. Laura me dice que si yo la llevaría a Estados unidos algún día de estos. Murmuro que quizá debería decírselo a nuestros amados progenitores. De hecho mi padre ha ido ya unas cuantas veces por cuestiones de capitalismo sangriento. Qué elegancia siempre… Yo decidí ser el paria para tener la conciencia tranquila. Laura sigue insistiendo. Le digo que yo no tengo tanto dinero. Trabajo en una cadena local redactando noticias coñazo de las que te hacen hacer zapping cuando te las encuentras; “El alcalde hoy le ha dado la llave honorífica de la ciudad al poeta Fulanito Nosequé, sin duda un mito y un ejemplo y un gran literato que…”… No conocía ni dios. Mi consuelo, como digo, es que no tengo una gran responsabilidad; y es obvio que si eres uno de eso tíos que lee la revista “Emprendedores” eres uno de los culpables directos de todo lo malo que pueda pasar en este mundo. Los granitos de arena no sólo se acumulan para buenas causas.

Salgo por la tarde a dar una vuelta, necesito estar solo, aislado de amigos y compañeros y familiares. Salgo sin móvil. Son las seis, mis padres no llegan de trabajar hasta tarde. La obsesión por el triunfo material de élite suele ir ligada con la adicción al trabajo. Sin embargo, yo que llevo años escuchando eso de que “el trabajo dignifica”, nunca me he sentido excesivamente digno o a gusto un lunes por la mañana. Diría que solo puede ser medianamente feliz de verdad alguien que se sienta cómodo en esa rutinaria circunstancia. Los demás solo vagamos, hacemos lo que podemos. Echo de menos mi infancia, cuando mi hermana aún no había nacido y los sábados por la tarde veía con mi hermano películas como “Cazafantasmas” o “Regreso al futuro”. Entonces no pensábamos en nada. El colegio solo era eso que nos obligaban a hacer, el peaje a pagar. El mundo era un sitio curioso, mágico gracias a las películas americanas; sí que había profesores coñazo y deberes que hacer, pero eso no convertía existencia en algo hostil y falso. La vida solo era. Y estaba bien así, era tan real comerse el arroz de mi madre como ver a Terminator ametrallando a los malos o a Pamela Anderson corriendo por la arena en “Los vigilantes de la playa”. Joder, hasta la publicidad resultaba emocionante. Nada tenía un significado concreto, o era aburrido o era divertido. Nada más. No pensábamos en mujeres ni en trabajo ni en futuro. Y todo eso dio paso a la mitomanía. Cosa que mi hermano aún tiene muy presente, y que en mi casa siempre ha estado íntimamente ligada con Hollywood y el cine en general. Cuando ves que el presente no te llena y que cambiar las cosas supone casi una imposibilidad a muchos niveles, te refugias en las cosas buenas del pasado y lo poco que puedas arañar del ahora. Por eso mi hermano tiene ese proyecto con Elisha Cuthbert. Era su excusa para ir a Estados Unidos, quizá mintiéndose a sí mismo, montando una historia insólita para ligarse a la chica de la peli. Quizá sí puedes huir de ti mismo si no te justificas por cada cosa que haces. Puede que la felicidad real muchas veces esté en el sinsentido.

Cuando vuelvo a casa oigo el teléfono fijo desde fuera. Abro la puerta y voy hacia él, pero no me da tiempo a cogerlo. Mi móvil tiene diez perdidas de Pablo. Le llamo. Me lo coge a los dos segundos y me dice: “¿A que no sabes dónde estoy?”. Me asegura, y no parece mentir, que está tomando un té en el salón de Patricia. Tío, me dice, es su puta madre… La madre de Elisha, su excusa. Le pregunto que cómo ha hecho para ganarse su confianza. ¿Allí qué hora es? No me contesta, solo balbucea que ahora lo siguiente es localizar al retoño. Le comento que ese retoño, bueno, que no quiero desanimarle, pero que hace ya tiempo que anda follándose a un jugador de hockey sobre hielo. No atiende, le oigo hablar en inglés; de fondo, una voz de mujer. Luego comenta que quizá se quede un par de días en Sacramento, puede que incluso les haga una segunda visita a los padres. El padre ahora no está y le gustaría conocerle también. No sé qué decir, voy a la habitación de Laura, a ver si está. Llamo a la puerta golpeando dos veces con los nudillos. Nadie contesta. Pablo me dice que si esa tía, la madre, se le insinuara, no lo dudaría un momento. Abro la puerta. Y sí, Laura está en su habitación; está de pie, y tiene una jeringuilla en la mano.
Dice:
– En teoría a esos tíos les inyectan tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio, creo… Pero sólo con aire también funciona.
Hay una niña en la cama, tiene la cara grisácea, los ojos cerrados. Es Sandra, la vecina, la amiguita de Laura. Me quedo petrificado. Pablo me dice que volverá a llamarme cuando se la haya tirado. A Elisha, aclara, por supuesto.

[Antes que nada decir que el relato estaba ya publicado en la revista A-Zeta (ahora Desaparezca aquí), y que ahora (revisado) ve la luz en el blog. Por aquello de si a alguno os suena… Por otro lado, esta vez he elegido un video (más bien al azar) que no me gusta, para hablar de cierto programa que se emite en Cataluña llamado: APM (Alguna pregunta més). He de decir que sí, es un programa respetable (no se basa en la humillación de nadie en directo ni en corazoneo). Pero. Eso no quiere decir que sea bueno. Es mi opinión obviamente, pero ese formato de zapping con cortes a cada segundo, metiendo guiños y patochadas y repitiéndolas hasta la saciedad para que la gente las recuerde, me parece de lo más irritante. Así que tengo que decirlo, NO ME GUSTA EL APM, EL APM ME PARECE IRRITANTE. Me sobrecarga y me hace echar de menos los tiempos de Lo + Plus, cuyo zapping (el primero en este país), sí estaba bien hecho, y no necesitaba de efectismos y cien mamonadas por segundo para ser interesante… Y eso, abajo otra pin-up. (Ah, y me he hecho un Tumblr, aunque aún no sé bien para qué… ya lo iré viendo.]

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Bienvenidos a esta maratón solidaria

Solo puedo estar como ambivalente sentado aquí. Es una silla de esas de jardín, como de paja, con el respaldo amplio y cerca de la piscina. Pero en realidad estoy en casa de un colega y han pasado siete años de eso. Pero estoy allí otra vez y casi nada de lo que pasa a mi alrededor ahora me afecta. Y/Pero sigo sufriendo por algo difícil de contar. Lo mismo que me hacía sufrir entonces. No es dónde estás sino dónde están tu mente y tus ideas. Lo único que me afecta del presente es cierta chica que estando yo en la silla de paja tenía diez años, y ahora sentado en este sillón tiene diecisiete y quiero irme a una habitación de hotel con una pistola porque así es como hace que me sienta, sentado en la silla de paja o en el sillón o antes o ahora.
Haciendo crujir la silla al borde de la piscina, me veo como un pervertido, porque ella es hija de un amigo y juega con otra niña y ambas son niñas, crías, ni siquiera adolescentes. Por algún motivo me siento -digámoslo así- enamorado de algún modo de ella. Y aunque mirándola con disimulo desde la silla de paja no sienta ningún deseo pedófilo, me muero por hablar con ella u olerla, quiero decirle que me parece una criatura fuera de lo normal y que me hace sentir enfermo porque no quiero que sea hija de mi colega sino hija mía. O lo que sea, pero mío. Sólo puedo sentir que no es una posesión mía y que si no lo acaba siendo voy a tener que hacer alguna idiotez. Ahora sentado en este sillón es el cumpleaños de mi colega (su padre), y somos unas quince personas y es jueves y ella está de morros porque no la han dejado salir. Mi colega cumple cuarenta y siete años, yo tengo treinta y cinco. Somos compañeros de trabajo. Él comenzó a invitarme antaño a las barbacoas que hacía en su torre.
Mi primer recuerdo más vivo sobre la muchacha es esa imagen de la piscina porque era domingo -pasaba un fin de semana con mi colega- y sentí al verla que iba a sufrir como un cabrón hasta el momento en que volviera a verla. Dos meses después, agilipollado por algo que no puedo explicarme a mí mismo, me divorcio sin saber darle un motivo razonable a una mujer que cualquiera querría llevar los domingos a casa de sus padres. Me lo intento explicar de mil maneras: nostalgia por la juventud, nostalgia por la niñez, la frustración de no poder volver atrás en el tiempo… Pero nada me alivia. De repente esa niña que no existe en mi rutina diaria hace que todo me parezca mediocre o ruin en comparación. Es absurdo, o patético, o lo que sea…; no puedo hablarlo con nadie, no debo ni mencionarlo. Me acuesto muchas noches al borde del lloro. La cría se convierte en mi santo grial emocional. Estoy a punto de hablar con algún profesional sobre mi posible enfermedad, me veo en la cárcel por acosador. Pero no me pasa con nadie más; ninguna otra niña; ninguna otra mujer. La cuestión de la edad parece estar aparte. Mi colega comienza a resultarme una tortura; el verlo cada día en el trabajo me revuelve la cabeza y las tripas.
La segunda vez que la veo tiene trece años. Lo más que hablamos es con saludos y muecas y despedidas. Ella no me considera parte de la familia, ni soy una especie de tío extraoficial ni nada parecido; solo soy un colega de su padre al que ve como alguien mayor y anodino.
Ahora, sentando en este sillón, recuerdo que la última vez que la vi tenía quince años. Fue entonces cuando comencé a ver que estaba creciendo y, por tanto, escapándoseme de las manos de algún modo. En mi mayor pesadilla recurrente estoy en su boda.
Un día, por aquel entonces, mi colega mencionó algo de un noviete, y esa noche me pasé dos horas abrazado al lavabo vomitando bilis. Quería montar una puta convención de psicología avanzada con motivo de mi caso. Tenía tanta lástima por mí mismo que me imaginaba maratones televisivas sobre capullos treintañeros enfermos por culpa de hijas de amigos; tipos que necesitan una cura lo más pronto posible. Llamen a este número de teléfono, por favor, cualquier cantidad de dinero suma y es valiosa para ellos. Estoy sentado en un plató con un numero de siete cifras detrás en un marcador gigante. El presentador anima a todos antes de comenzar la entrevista a que llamen y aporten algo, lo que sea. Sus planos y los míos se combinan con los de una centralita telefónica llena de famosos totalmente serios e implicados. Mi emotiva charla con el presentador se interrumpe de vez en cuando con anécdotas sobre los esfuerzos económicos de la gente anónima; una niña de doce años ha roto su hucha, ciento doce euros más para la causa. Todos sonríen. Una chica de veintidós ha donado los diez mil euros que tenía reservados para operarse las tetas. Todos sonríen.
Una pausa para la publicidad.
Arcadas en el lavabo. Luego, el presentador, con una educación ejemplar, me pregunta que desde cuando estoy así. Hace ya unos cuantos años, le digo. Le cuento cómo sufro cada día al levantarme pensando en ella y cómo padezco por la noche horas de insomnio antes de poder dormir. Pero que aun así estoy contento de que me hayan invitado y así poder hablar de mi caso. Un par de veces, el tipo elegante me interrumpe y se dirige a cámara aclarando que «… estos hombres y mujeres de los que hablamos hoy aquí no son malvados, no sienten ningún deseo sexual por el objetivo de su complicado amor, al menos hasta que son mayores…». ¿Es así?, me dice. Sí, nunca he querido tocarla. Aunque me guardo la idea de que con quince años ya comienza a parecerme atractiva también en el ámbito sexual. Un hilo de bilis se queda colgando y no acaba de caer. Mis ojos se llenan de lágrimas. El público aplaude. El presentador dice que hoy es un día muy importante, «todo el dinero recaudado será de gran ayuda para avanzar y hacer que estas personas consigan olvidarse de hijas de amigos o amigas de hijas o esa niña a la que no pueden evitar ir a ver cada día a la puerta del colegio arriesgando así reputaciones y carreras profesionales». La entrevista se vuelve a interrumpir con un pequeño reportaje sobre cómo actuar si un amigo o amiga se comporta de forma extraña cuando algún niño o niña en concreto anda cerca. El primer paso para solucionar el problema es aceptar que se tiene un problema. Justo después de volver a darme ánimos y despedirme, el tipo elegante da paso a una azafata que le acerca el micro a un actor de culebrones en la centralita, y este habla de una generosa cantidad ofrecida por un párroco que ha preferido mantenerse en el anonimato. Una parte del público silba al actor y éste pone cara de circunstancias. La azafata le aparta el micro y el presentador sonríe y vocifera que ¡ha llegado el momento de repasar el marcador!
Esa fantasía barroca de maratón imposible va variando con los años. Ahora que estoy sentado aquí en este sillón y los de mi alrededor gritan por una especie de juego de las películas, quedan diez días para que Ella cumpla los dieciocho.
La maratón se ha transformado en algo a la vez más sencillo y también en cierto modo más complicado. Lo que antes te acercaba a los pederastas ahora te asocia a los adictos al sexo. Y todos lo afectados intentan explicar que no se trata ni de una cosa ni de otra. “Solo” se trata de una persona a la que quieren pero no pueden tener sin armar un buen follón, y quizá quedarse solos. Llegada la edad adulta de dicha persona/objetivo, todo lo que eran sentimientos más relacionados con el trato entre un padre y una hija, se convierten en los potenciales deseos sexuales que cualquier hombre mayor puede tener con cualquier chica de dieciocho. Bienvenidos a esta maratón solidaria; vamos a ver si nos entendemos. ¿Alguien leyó “Lolita”? ¿Han visto “Beautiful girls”? En la maratón de hoy tratamos el caso de unos enamoramientos que no son más que la continuación de los de ayer; pero con tetas. El presentador intenta dar ese idiota toque de humor fuera de guión, pero son las nueve de la mañana y no funciona entre las señoras del público. Ese fragmento acaba en Youtube; decenas de miles de visitas en dos días. Alguien me insiste en que participe en la siguiente tanda del juego de las películas, pero me niego en redondo.
Verá, le digo al presentador ya durante la entrevista, no se trata sólo de querer meterle la polla a la recién adulta (aunque no lo digo con estas palabras), simplemente es una tentación muy fuerte de autodestrucción, ¿entiende?, si no la tengo quiero morirme, y si consigo tenerla mi vida podría volverse imposible. Entiendo, dice el tipo elegante (habitualmente presentador de informativos), lo que dice usted es que no se trata solo del deseo de cualquier hombre por tirarse a cualquier universitaria (él también elige otras palabras realmente). Exacto, digo, obviamente mojaría el churro sin dudarlo con esa preciosidad (ídem), pero aquí hablamos de una obsesión más allá del sexo. Vale, para aclarárselo a nuestra audiencia, ¿podría ponerse a llorar como una nenaza? Muy bien, procedo (aquí lo que pasa en realidad es que el presentador me ametralla a preguntas sobre cuánto quiero a la chica, sea quien sea; y yo me acabo derrumbando para deleite de todas las señoras en plató, que prorrumpen en un sincero aplauso al margen del regidor).
En cierto momento, le susurro: “Alien”. Ella está sentada a mí lado y lo dice en voz alta y gana la ronda. Me sonríe; es la primera vez que compartimos un momento así. Por un segundo, quiero llorar; ella se pavonea de su victoria y el presentador me dice que yo no soy el único afectado por una situación similar. Entre aplausos, da paso a una mujer que se sienta en una silla a mi lado. Tiene unos cuarenta años, y dice que no puede vivir sin ver a cierta niña de dieciséis. Hasta el punto, dice, de haber pensando en hacer alguna locura, como secuestrarla. Hay un murmullo entre el público. El presentador pide calma, y que todos entendamos que la invitada está pensando en voz alta, sincerándose. Luego la mira de un modo en que parece flirtear con ella. Unas cuantas rondas después, la película es “Cuatro bodas y un funeral”, Ella vuelve a ganar gracias a mí. A medida que avanza la entrevista, el presentador parece más y más interesado en la invitada. El emblema de la maratón es un cupido, una suerte de niño con rizos rubios con textura de piedra, su arco y sus flechas, y unos ojos rojos de aspecto amenazante. La mujer comienza a sentirse incómoda. La siguiente película que acierta Casidieciochoañera es “Chinatown”; los demás comienzan a sospechar de mí; Ella me susurra algo, y aunque no la entiendo, asiento y sonrío. No sé por qué esa mujer cuarentañera siempre aparece en mis fantasías de maratón. Creo que es porque su caso acaba siendo mucho más llamativo llegado el punto en que cuando el flirteo del presentador ya se ha hecho casi masticable en el ambiente, ella se levanta de su silla y dice que quiere irse, que se siente incómoda. Cuando el tipo elegante intenta hacer que vuelva a sentarse, ella suelta un desafortunado “Eres muy mayor para mí”.
La realidad es que lo que comenzó conmigo sentado en aquella silla de paja otra vez, se ha ido convirtiendo en el mejor momento de mi vida, este estúpido juego de las películas en el que he mutado de adulto anodino a chivato de Su Majestad Casidieciochoañera. Esto es la versión épica color rosa de cuando vas en el coche y algún gilipollas hace una maniobra peligrosa, y durante un momento no te importaría que muriera el muy mamonazo (aunque en el fondo no desees la muerte de nadie). Pero. El problema aquí ahora es que la niña ya no es exactamente una niña, y las ideas sobre cómo será desnuda o si podría llegar a dejarme verla así si me la gano poco a poco, son cada vez más intensas. Soy el Nuevo Viejo Verde. No hace falta estar en la tercera edad para resultar un carca salido. Bienvenidos a esta nueva Maratón, otra más; este año sí que de verdad va a ser jodido justificar esta mierda. El presentador me mira de tal manera que parece estar más salido que yo. ¿Cómo se supone que hay que curarse de desear el sexo con jovencitas?, dice. La entrevista se nos va de las manos desde el principio. Vale, sí, dice el tipo elegante y ya algo canoso, es la hija de tu colega, sí, pero no es suya, ¿no?, no es de su propiedad, ella ya es mayor de edad. Tienes razón, le digo. El publico murmura. Se supone que desear ese rollo es un problema, dice el tipo, y que estamos aquí para recaudar fondos y… Entonces le da un ataque de risa. Algunas señoras del publico, pintadas como una puerta, se levantan y se ponen sus chaquetas. Oye, me dice el tipo, yo conozco a una amiga de mi hija que está salvando mi matrimonio, por la noche apago la luz para no ver a mi mujer y… “Tiburón”, le susurro a Su Majestad. Gana otra vez. Antes de seguir con otra ronda, la muchacha se levanta para ir al lavabo, da saltitos triunfantes; deja un vacío terrible a mi lado cuando dejo de notar su aliento y su cuerpo arrimado en el sillón. De camino le he visto la tira de las bragas. Y esto no tira… Comienzo a hacerme preguntas. Ella tiene dieciocho (el presentador me susurra: tíratela; ya han cortado la emisión y el publico se ha ido). Yo tengo treinta y cinco. Cuando ella tenga veinticinco yo tendré… Tengo un bulto en el pantalón, me cruzo de piernas; alguien me pregunta si quiero jugar. Me palpitan el corazón y la polla, y no quiero llorar delante de todos. Ella vuelve y se sienta a mi lado, y esta vez aún se apoya más en mí. Y digo que sí, que vale, joder, quiero jugar.

[Hace poco he descubierto (o me han descubierto) a Chinawoman, una mujer que pare canciones preciosas, al mismo nivel que otras músicas salvajes como mi idolatrada Pj Harvey. Una muestra, con el tema del video (a la tercera vez que lo escuchas ya amas a esta mujer). Abajo, pin-up.]

Soliloquio sobre la Chica Naranja

Maite me llama un día y parece llorar y me dice literalmente que siente que se está ahogando; yo intento bromear y le pregunto cuánto lleva bajo el agua. Cuelga. Una semana después la encuentran suicidada en la bañera, hundida en lo que parece Lambrusco pero en realidad es sangre y agua y orina, etcétera. Tres meses después, reducido a mierda existencial sin autoestima, decido acudir a un psicólogo que me recomiendan. El tipo, cuando quiere ponerse serio, me sugiere muy sutilmente que puede que haya sacado las cosas de quicio; nadie se corta las venas porque le hagan una broma, y menos una semana después. Durante la siguiente cita permanezco unos diez minutos callado y mirándole (sin haberlo planeado), y ante su desconcierto me levanto y me voy con el tipo disparándome preguntas por la espalda. La última hace mención al dinero que le debo aun habiendo desperdiciado la sesión. Antes, hace la tira de años ya, la vida era muy lenta, nunca pasaba; todo era colegio y todas esas rutinas preadolescentes; tanto que ahora da la sensación de que si alguien me hubiera disparado a bocajarro por aquel entonces, podría haber esquivado la balas. El día después de dejar la consulta decido quedar para charlar con un amigo. Antes le hago prometer que no se va a suicidar una semana después de haber hablado conmigo. Él no se ríe. Ahora la vida va a toda leche, las nocheviejas se enganchan entre sí y todo parece un bucle de deberes adultos sin fin y en muchos casos deprimente y terriblemente dañino para el alma. No sé bien cómo se hace eso de sonreír aunque nada te haga gracia. El amigo con el que charlo parece estar en silencio de ese modo en que sabes sí o sí que cuando esté con otra persona y yo no pueda oírles, todo serán diatribas sobre lo mucho que necesito amueblar mi mente y hacer un cambio y ligarme a alguien en serio y, en definitiva, parecerme a ellos. Ellos sí saben reír aunque nada les haga gracia. Para ellos esa es la fórmula de la felicidad, aparentar ser feliz antes de serlo de verdad. Es como la versión emocional de fingir un orgasmo, un rollo muy de moda entre los amantes de la búsqueda de la simplicidad existencial y ese vago narcisismo enterrado en buenas maneras y saludos adecuados. Ellos conocen la Etiqueta de la vida. Hablar con dicho amigo solo me sirve para sentirme aún más incómodo y liado. Todo lo que él me dice es que no debo sentirme culpable por lo de esa tía, y mientras tanto yo no soy capaz de convencerle de que no se trata sólo de lo de esa tía, sino de que yo también conozco la Etiqueta de este restaurante llamado Vida o Tierra o Existencia, pero la verdad es que la sola posibilidad de seguirla hace que me vengan ganas de darle yo también un doble uso a mi bañera.
Te despiertas un día y al segundo ya te estás despertando al día siguiente; cuando quieres disfrutar del viernes, parpadeas y ya es domingo por la tarde otra vez; y mientras maldices llega el siguiente domingo por la tarde. No tienes ni treinta años y cuando piensas en las series que veías a los doce te parece que aquello era otra vida, te sientes reencarnado. El pasado superlento, los partidos de fútbol de tres horas y las niñas aún sin curvas. Vuelve a ser viernes y te da miedo de ir a dormir por si cuando te levantes ya tienes sesenta años y lo único que te queda es mirar hacia atrás sin haber aprendido aún a sonreír antes de tiempo.
Días después de la charla con mi colega, conozco a una chica y unos tres segundos después me entero de que tiene novio y está de dos meses. Mi cuerpo -mi estómago, mi corazón, la mente, lo que sea- no quiere entenderlo, y paso unas veinte semanas (por algún motivo cuento mi sufrimiento en semanas) buscando información sobre las estadísticas de separación en las parejas por aborto accidental. Me acuerdo de que hace unos dos años (aunque parece que fue antes de ayer) un colega me dijo que se ligó a su novia justo la noche en que el ex de ella la dejó. Ahora lleva con ella como cinco o seis años; hablan ya de hijos y habitaciones potenciales de colores pastel en el piso en el que viven juntos; esto sucede, como digo, gracias al mal rato del abandono que la muchacha sufrió aquella noche en que mi colega fue a consolarla con un tono lo suficientemente convincente como para parecer alguien momentáneamente eunuco, y solo preocupado por la veinteañera dulce de tejanos apretados y jugoso escote.
La sensación de sufrimiento decrece en mí a medida que la barriga de la chica crece, convirtiendo su futuro en la forma más pura de amor según muchos artículos cuyas páginas tienen recetas de cocina en la otra cara. Acabo desconectando de ella y su barriga y su vida.
Y conectado siempre al ya cotidiano mar digital, todos los días es el cumpleaños de alguien. Es probable que tengas más amigos en Facebook que días tiene el año. Esa niña que olía mal en primaria y a la que sus padres cambiaron de colegio, ahora tiene tetas, y a menudo al verlas en biquini acaba oliendo a semen en toda mi habitación.
Arqueo de cejas.
Qué asco y todo eso… No es un rollo muy popular. Al parecer, una cosa es que el deseo sexual sea algo natural, y otra muy distinta que mientras la gente sonríe buscando ser felices vayan a aceptar siempre la realidad. Ellos no comulgan con eso, eso podría desbaratarles los planes. No está bien visto hablar de eso si no es con metáforas o de forma poética, o si no te vas a desacreditar de algún modo dando así de qué hablar para futuras reuniones sin tu presencia. Si vas a ser crudo o realista o lo que sea, al menos ofrece un buen espectáculo patético. En eso acaba la sinceridad moderna.
Et-Lunes-cé-Miércoles-te-Domingo-ra.
Parpadeo. Un domingo por la tarde veo a la pareja por la calle desde una terraza, y la barriga ha sido sustituida por un carrito de bebé tan mono y rosa que casi puedes ver debajo el precio y el modelo como en un catálogo dinámico. La chica sigue siendo tan atrayente como siempre, pero ahora la sensación de cosquilleo de mi polla ya no se expande hasta mi estómago, corazón… Hasta el punto de que no recuerdo qué cojones vi en esa mujer para enfermar muchos días hasta el borde del lloro. De no haber tenido novio ni barriga, ahora podría estar sentada en la mesa en la que estoy, oyéndome titubear sin saber cómo decirle que ya no quiero estar con ella. Y, aunque esto es un tiro a ciegas, quizá su novio ahora no resoplaría por la calle empujando ese carrito. Sí, es el mismo rollo otra vez de bañeras y cuchillas de afeitar… pero me estoy quedando helado en la terraza sólo para fumar, y mi cabeza va por libre.
De todos modos, una cosa es cierta, jamás he sentido envidia de nadie que empuje un carrito de bebé. Muchas personas creen casi una obligación el traer al mundo otra infancia a cámara lenta. Dichas personas suelen hablar de tener hijos siempre con diatribas que incluyen máximas del tipo “Me encantan los niños”. Lo dicen casi como si creyeran que no van a crecer y jamás pudieran acabar haciendo cola en el Inem. Es el pensamiento más extremado del carpe diem. Nadie gesta adolescentes ni adultos, todos buscan un niño, un niño precioso al que amamantar y cuidar en su cuna como si fuera alguna raza de perrito que ya no va a ir a más y va a ser siempre un peluche vivo adorable. Es la razón por la cual la gente no adopta adolescentes de dieciséis años pudiendo elegir a una cucada rubita de un metro a la que te dan ganas de estrujar y pellizcar los mofletes. El adolescente aún no ha aprendido a sonreír sin ganas, y ella aún sonríe de verdad.
Cuando no estás muy dispuesto a tragar con lo que tienes delante casi nunca, la vida se acaba convirtiendo en un domingo que no acaba. A veces ese domingo está a rebosar de gente comprando por las calles; otras veces está vacío. Pero siempre puedes ver las riadas de personas moviéndose en manada, y aunque algunos se sientan estúpidos como una tortuga en un terrario que ya se le ha quedado pequeño, la diferencia entre ellos y la tortuga es que ella sí acabará escapándose. Aunque sólo sea para que la encuentres muerta el día que decidas cambiar de sitio los muebles.
Maite era una chica tan pelirroja que yo, a modo de apodo cariñoso, a veces solía llamarla Chica Naranja. Cuando su vestido dejaba ver sus hombros, podías ver mejor sus pecas, y era encantadora cuando usaba su pelo o un gesto para taparse si te pillaba mirándolas. Maite no sonreía a menudo, pero cuando lo hacía era como la niña rubita de adopción potencial, era luz natural invadiendo interiores de noche. Tenía siempre esa mirada de ojos abiertos como platos, como una cría que hubiera pillado a sus padres en plena faena. Tenía veintidós años y yo siempre intentaba hacerla reír porque sabía que era la única forma de hacerla momentáneamente feliz; con ella no podías sacar a relucir ninguna filosofía optimista con la que minimizar los lunes o darle brillo a un futuro lleno de posibilidades.
Sí hay algo peor que colarse por una chica con novio y preñada de dos meses, es colarse por una que ya está muerta.
El motivo por el que mi negación funcionó tan bien con Maite en relación al hecho de quererla como unos padres adoptivos quieren a la niña rubita, es que yo, con mis quedadas furtivas y secretas con ciertas chicas que nunca quieren nada serio, quería dejarla en paz. Quería dejar que pasaran unos años. Era mi as bajo la manga. Mi futuro potencial. Por algún motivo, no me preocupaban sus posibles novios. Creí que lo mejor que podía hacer, dada su edad, era, de momento, dejarla libre. Quería actuar justo al revés de como mucha gente actúa y te dice que actúes. Esos padres que gritan a sus hijos en lugar de enseñarles y dejarles en paz. Esas parejas que se vuelven posesivas. Quería eliminar de mi vida social el sentido de propiedad, algo que no debería existir entre las personas. Nadie pertenece a nadie. El amor (o lo que sea) no solo es algo bonito, también puede ser repugnante y doloroso, cruel y no correspondido. A veces la mejor forma de torturar a una persona es elegir un mal momento para decirle que la quieres, que no vas a poder vivir sin ella.
De verdad, no me parecía un mal plan lo de Maite. Es solo que no contaba con que probablemente justo lo que la hacía especial y preciosa en muchos sentidos, fue lo que la mató. De igual modo que muchos músicos y actores y escritores y etcétera, quizá jamás habrían podido ofrecer al mundo sus obras inspiradoras y brillantes si no hubieran tenido ese mismo carácter que hizo que acabaran suicidándose.
En resumen, quizá si ahora no estuviera muerta, yo jamás me habría fijado antes en ella. Miro a mi alrededor y sigue siendo domingo.
Camino un día por la calle, y mientras, me pregunto cómo la nueva madre pudo sustituir durante tanto tiempo a Maite en mi cabeza. Quizá acabé haciendo caso a alguien que no era yo. Ya no lo recuerdo. El día que me llamó y me dijo que se estaba ahogando, probé a llamarla unas cinco o seis veces sin que me cogiera el teléfono. Me dolía la cabeza y estaba enfurruñado. Dejé el teléfono de lado y me tome un gelocatil. Me estiré en el sofá. En la tele daban alguna película de sobremesa. La dejé puesta de fondo y me fui adormilando. Fuera era no sé qué festivo. Era domingo y todo el mundo había salido a comprar.

[A veces me llevo sorpresas agradables con mi extraña afición a los videoblogs. Esta vez me apetece poner un video que es un buen ejemplo sobre cómo hacer algo divertido en base a algo tan penoso y aburrido como el video (muy exitoso en visitas por supuesto) de cierta niña fan de Justin Biever que despotrica y básicamente es una muestra real de que ciertas edades o fases de la vida son muy desgradecidas. Abajo, pin-up.]

Colegueos de cáncer

No sé dónde me va a llevar esto. A la gente siempre le gusta acomodarse con el cojín que a mí me sobra. Abajo en la calle las cosas fluyen al margen de ciertos interrogantes. No sé si ha sido buena idea cambiar las espadas por peines y diseño de interiores. Todos se compadecen de la gente que duda. Pero el bloqueo, a cierto nivel, no es malo si con el tiempo llegas a darte cuenta del cojín que sobra.
Abajo en un bar hay una camarera que mira hacia todas direcciones siempre como si estuviera esperando a que alguien le dijera que todo ha sido una broma, y que ya puede respirar tranquila. La chica una vez me dijo que quiere irse lejos. Pero luego cuando le pregunté dónde, murmuró que eso da igual, y me miró con esa gelidez de “no me estás ayudando”. Cada día voy a tomar algo para verla, y cada día me fijo en si sonríe, pensando en si alguna vez la he visto sonreír. Lo que suelen decir todos es “tú te lo has buscado”. Si hubieras sido más honesto y esforzado o de otra manera, dicen, ahora no serías un ser triste. Luego, al acabar su discurso, vuelven rápido a casa para poner la tele, y descansan en la cuadrícula en la que intentan creer.
Y quizá les sigue sobrando un cojín bajo la espalda; pero ellos han trabajado duro para conseguir ese cojín; es un cojín precioso; queda perfecto junto a los otros dos cojines en el sillón y no ven discusión al respecto sobre el tema. Si eso les preocupara se sentirían un poco como la camarera del bar de abajo. Ellos no son así, no van a quejarse, no se arrepienten de nada, les hacen cucamonas a los niños y se mueven como un pez en el agua en el Zara.
Me siento otra vez y otro día en mi mesa habitual; la camarera va de un lado a otro con su deje emo involuntario. Al verme comienza a prepararme el cortado sin decir nada. Mientras tanto me trae el periódico y digo Gracias y dice De nada. Es lo más cerca que he estado de verla feliz. Esa contestación vagamente amable.
Hojeo el periódico. Cuando el café llega ni tan siquiera levanto la cabeza de la página de deportes; sé que para ella ese De nada ha sido muy valioso, y por tanto correspondo con silencio, veo la mano femenina dejar la taza junto a la esquina del diario. Luego se da la vuelta y le miro el culo. Comienza a recoger una mesa cercana. Siempre parece estar a punto de llorar, a veces tiene un tembleque en la mandíbula, como cuando un niño te avisa de que llega el drama. Pero nunca explota. Algo en ella puede más que su palpable principio de depresión. Ni tan siquiera puedo imaginármela derrumbarse más tarde en su piso.
Sé que vive sola y que su novio la abandonó; lo sé, sobre todo, porque una señora habitual del bar cree que la discreción es una planta de interiores. Debe tener veintitantos y su profesionalidad en el bar está a la altura del odio que tiene por su trabajo. Una vez un tipo de unos cuarenta años comenzó a tirarle los trastos. Al principio de un modo, entre comillas, sutil. Luego con frases descaradas, aludiendo a su trasero o sus pechos. Había tres hombres más y yo; nos mirábamos entre nosotros, teniendo diálogos silenciosos sobre si intervenir. Al otro lado de la barra, ella fregaba vasos y de vez en cuando miraba de soslayo al hombre. Su expresión no cambiaba, era como si aceptara que ese es el tipo de situaciones con las que una camarera tiene que lidiar.

Es una proyección personal descarada. Mi fijación por ella tiene que ver con el hecho de que si de algún modo la chica consigue sentirse menos chafada, si llega a sonreír o a animarse o etcétera, quizá yo también podré hacerlo, podré sentirme de otra manera. Es un juego clásico de supervivencia. Es involuntario, y algo que hacen muchos padres con sus hijos, aunque en ese caso sea más bien puro egoísmo paternal: esa manía de querer que otro sea lo que tú no has podido ser, como si a los demás tuviera que hacerles feliz lo mismo que a ti.
El día en que me dijo que quería irse, fue técnicamente el único que conseguí hablar con ella. Estaba cerrando y yo era el último cliente. Bajó las persianas hasta la mitad y me preguntó si tenía tabaco.
Se sentó en la misma mesa que yo. Si te miraba a los ojos te costaba seguir hablando. Quemaba. Cuando no estás acostumbrado a que alguien en concreto te mire así, es como mirar a Medusa: no sabes dónde meterte. Hablamos durante bastante rato. No sé si me utilizó como confidente. No la imagino planeando encerronas para desahogarse con nadie. Más bien creo que tenía ganas de fumar, y se sentó en la misma mesa que yo por lo que un amigo mío llama “colegueo de cáncer”.
Creo que solté un par de frases para darle un tono de calmada rutina a la situación; algo del tipo “Por las tardes hay poca gente por aquí…”. Algo así. Ella estuvo un buen rato en silencio, pensé que dejaría mi frase colgando y se limitaría a fumar. Pero sin cambiar su expresión sutilmente torturada, dijo:
– Tú también eres de los que no sabe dónde meterse, ¿verdad?
Me quedé algo parado. Pero sonreí, o algo así, creo que con vehemencia. Dijo eso en un tono intencionado de plural mayestático. No me dejó contestar y añadió como si se lo hubiera preparado:
– Me caes bien. Pero no quiero nada contigo. Porque si no, estas charlas acabarás teniéndolas con otra persona. Y serán sobré mí… Seguro que me entiendes.
Nunca había pensado en ella de esa forma, de ese modo en plan “me gusta”. En ese momento justo me di cuenta; y también en ese momento fue cuando comencé a intentarlo, a intentar gustarle yo a ella. Y a la vez lo que me dijo comenzó a dolerme, porque yo lo pensaba igual.
Le dije que ya sabía a qué se refería, que no se preocupase, yo no era peligroso y blablá. Me sentía ridículo, como incapaz de ponerme en su onda o comprenderla. Tenía miedo de que ella pensara que al fin y al cabo se había equivocado, y yo tampoco iba a saber escucharla.
Pero la chica no parecía preocupada; creo que entendía que yo estaba aún actuando de alguna forma, y se limitó a seguir hablando hasta que me sacó de esa entropía de falso tono amable de cotidianidad entrañable tan aceptado. Ese rollo habitual de quitarle hierro a todo sea lo que sea.
– ¿No te has fijado? -dijo-, siempre pasa lo mismo. La gente se junta y se quiere; y al cabo de un tiempo se encuentran contándoles sus mierdas a Pepito porque la persona que supuéstamente debería entenderles de repente no tiene nada que ver con la persona con la que ellos comenzaron a salir.
»Ya no quiero esa mierda, no quiero soportar más esas historias. Cada vez que alguien me ha gustado sólo ha sido cosa mía. Mi mundo. El tío que estaba en mi cabeza no era él. Ni siquiera el tío al que me follaba. Solo era lo que yo quería, pero no lo que él era. Me hace gracia cuando la gente dice “le dejé porque ha cambiado”. No, bonita, le dejaste cuando le conociste. Es como esas personas que dicen que no les gusta la ficción o no entienden a quienes leen mucho o van al cine, porque ellos prefieren vivir la vida y la realidad; y luego sueltan frases del tipo “le dejé porque ha cambiado”. De verdad, mírame, estoy a punto de partirme el culo de risa. Créetelo. A veces llorar y reír no son cosas tan distintas.
»Conozco a ese tío, y es el tercero o el cuarto del que me encoño de verdad. Soy una niña con él, quiero parecerle fuerte y vulnerable a la vez; quiero enternecerle y todo ese rollo. Le hago mis mejores mamadas, me esfuerzo. Al principio me encanta, carpe diem y todo eso, el futuro no existe; soy la chica punk que está dispuesta a vestirse de rosa para ponérsela dura al nuevo: El tío novedoso que no parece una fantasía mía, sino una realidad que estoy reconociendo; tengo la suerte de ser yo quien está con él…
»Vaya, que voy y le dejo. Me descubro otra vez en medio de un mundo de Oz que solo he creado yo, que tiene poco que ver con lo que es el tío. Le he cogido cariño y me parece buena persona, pero como pareja me aburre; y no solo me aburre, además lo de ser mi novio hace que sus otras cualidades desparezcan por el hecho de tener que aguantarle en calidad de algo con lo que yo ya no me siento identificada. Ya no soy la zorrilla colada. Vuelvo a ser yo. ¿Como podría explicarme?… ¿Tienes otro cigarrillo?
»Y voy y, como una gilipollas entregada a la causa, vuelvo con él. Al estar separada de él nos distanciamos, y por eso, nos sentimos violentos. Con lo cual no solo le he perdido como pareja, sino también como amigo. Total, me comienza a dar pena. Hoy en día es muy difícil superar ciertas fases; tenía el Facebook en el bolsillo, joder; hay como seis o siete vías distintas por las que me lo puedo encontrar. Así que empiezo a echarle de menos de esa forma en que echas de menos al perrito que te atropellaron, y vuelvo a confundir eso con algo más. Vuelvo al mundo de Oz.
»Reiniciamos como si nada. Creo que en parte lo más personal que echaba de menos de él era su polla. Por otro lado creo que también tenía miedo de quedarme sola, y a la vez sentía una pereza infinita de tener que conocer a alguien nuevo. Vaya, que… Nos pasamos un par de meses follando, y poco a poco todo vuelve a ser igual que antes de cortar. La misma piedra.
»Un día se lo digo, que lo siento y que no debería haber vuelto con él. De eso hace… dos meses. Mi móvil sigue cacareando a todas horas. Antes el tío no colgaba fotos en las redes sociales, y ahora de repente sale toda la documentación de viajes y cenas y… y algunas cosas son de hace tres y cuatro años. Ni Johnny Deep debe tener tanto material en Facebook.
»Hace una semana tiré mi móvil al suelo y lo pisé. La gente me miraba cómo si me estuviera follando a sus madres…
»Es algo que te hace pensar si la culpa será tuya. Y creo que no, o no del todo; creo que es por culpa otra vez de las fantasías. Por lo que quieres ver o te venden las otras parejas. No son las películas las que distorsionan las relaciones y… o sea, ya sabemos que son películas. Son las películas que nos montamos y nos montan en la realidad las que nos joden…
»¿Sabes qué creo? Esas parejas jóvenes que van tirando y que antes de llegar a los treinta tienen un crío… ¿Cómo es posible? ¿Qué nivel de conformismo hay que albergar para tranquilizarse hasta el punto de planear seguir para siempre con alguien cuando obviamente ya no sientes nada especial más allá del cariño con el tiempo? (Es decir, a no ser que estés enamorada de verdad, ¿entiendes?) ¿Pero me quieren hacer creer que han conocido al amor de su vida a los veintidós? ¿O que lo único que están haciendo no es marcar casillas de deberes en sus vidas como quien tacha el número de la tarea acabada?
»Son esos capullos los que te amargan si no haces las cosas cuando las hacen ellos. Te venden su bonita comedia romántica de años y años. Y luego la gente se lleva las manos a la cabeza cuando las parejas se separan, y hablan de que se ha sido por que sí, porque se ha acabado el amor. Y yo me pregunto: ¿pero llegó a haber amor? ¿Acaso la gente no diferencia el estar colado de alguien con la simple necesidad de no estar solo?… En mi opinión están jugando con un rollo muy grave… Se creen libres y no son más que más religión, más costumbre, más soplapolleces que tienen metidas hasta el tuétano… ¿Puedo pedirte otro cigarrillo?
»Quiero irme lejos…
»Eso es igual…
No es que yo no hablara, pero lo mío apenas eran acotaciones. Lo importante era que ella sabía que la estaba escuchando. Se fumó cinco de mis cigarrillos y al día siguiente no aceptó mi dinero. De eso hace diez días. Y ahora yo tengo, quiera o no negármelo, una sensación de nervios muy desagradable en la boca del estómago cuando la muchacha aparece por mi mente. Sigo viniendo cada día a la misma cafetería y soy incapaz de dar otro paso útil. Ni ella ni yo creemos en ello, así que ¿cómo coño se supone que vamos a intentarlo? Sé de sobras que está enfadada con la vida ahora, y que tarde o temprano volverá a estar con alguien, pero también sé que todo lo que me dijo lo decía en serio. Ella creía en ese rollo, y yo también. Y lo cierto es que hay algo peor que desear a alguien y no tenerla, que es estar con ella y que ella con el tiempo necesite a una tercera persona para hablar de lo que le importa porque tú ya eres solo otra parte de su rutina, una pelota más que tiene que mantener en el aire, otro novio del que no sabe cómo librarse para poder recuperarse de una nueva equivocación.
Hoy he venido tarde, a falta de cuarenta minutos para el cierre. La intención es provocar otro de esos colegueos de cáncer. Ella ya está fregando ciertas zonas. Solo hay otro tipo, que ya comienza a cerrar su diario, se pone la chaqueta. Solo quedo yo; pero es algo natural, hoy se me ha hecho tarde, y ya han pasado diez días desde la otra vez. Ella es lista y retorcida, pero no tanto como para pensar que estoy esperando exprésamente a que cierre para poder estar con ella.
El hombre que quedaba paga su café y se larga. Entonces ella se dirige hacia la puerta y creo que lo he conseguido. Se aferra a la persiana y la baja casi hasta el suelo. La oigo caminar hacia mi mesa. Se sienta en la silla libre, así, sin más. No puedo evitar mostrar una estúpida sonrisa. De repente me siento tan optimista que la idea de que la muchacha estuviera esperando a que me quedara a estas horas un día es más que factible. Entonces ella parece reír también; y justo luego se ruboriza de esa forma imposible de esconder, y me dice si tengo un cigarrillo. Saco la cajetilla y al abrirla veo que solo queda uno. Ella también lo ve. Le digo que puede cogerlo. Ella murmura: no-no-no, quédatelo tú. Yo insisto otra vez en que lo coja, que no hay ningún problema. Dejo la cajetilla en la mesa entre los dos. Ella la empuja hacia mí. Yo me cruzo de brazos. Ya no me da miedo mirarla a los ojos. Entonces ella baja la vista y coge la cajetilla con su mano derecha.

[Para reivindicar la figura de Ricky Gervais después lo de los globos de oro (que por cierto, cada vez somos más tiquismiquis con todo, excepto con lo obvio y de cada día…), arriba tenéis un video en el que los que no hayáis visto nada más de él, podéis comprobar que no solo es un gran cómico, sino que además es un cómico casi diría necesario. Abajo, pin-up.]

Otra vez la oscuridad

Puedo oler a hierba recién cortada si pego mi nariz a su vello púbico. Pero ella no está aquí aún. O siempre es otra. Siempre es el mismo rollo de poeta agilipollado que solo sabe escribir mediocridades y tiene a su amada lejos, o con otro, o muerta. Sí, qué penurias… Como si a nadie le gustara de vez en cuando nadar en la amargura.
Más adelante hay un accidente de tráfico. Te pones algo ansioso. La cola se ralentiza. Te preguntas si podrás ver algo esta vez o será como siempre, un coche con el morro chafado y nada de cuerpos ni sangre. Y cuando pasas por al lado y no hay nada digno de mención, para variar, sigues adelante y tu vida se vuelve a reordenar: otra vez huele a hierba recién cortada. Tienes que respirar hondo, mantener el aire, y luego soltarlo poco a poco para conseguir unos segundos sin sentir el cubo de ácido en tu estómago.
Es otra vez la oscuridad. Sabes cómo te invade y cómo se mueve. Está al fondo de la barra y la tía está fumando en interiores. Exhala el humo como si todos fuéramos mortales -o quizá porque lo somos-, y no le echas más de veinticinco años según su piel y sus andares. La oscuridad solo tiene que estar presente para tentarte, es como llegar nuevamente al final de un camino en el que todas las sonrisas de los demás te resultaban harto sospechosas. Como si al final de ese camino esa mujer fumadora te diera un beso en la mejilla, y te exculpara susurrándote que el cinismo solo es otra forma de supervivencia.

Pero, ¿por qué te vuelve a llamar la oscuridad?
Ves unas semanas atrás. Miras a tu alrededor. Tienes una amiga que dice que conoce a alguien que dice llevar ciento treinta y dos años viva. Si chafardeas en su Facebook (el de la supuesta anciana), y una vez ya te la has cascado con su delirante colección de fotos en biquini, puedes percatarte de que no parece pasar de los treinta años. Es una muchacha aparentemente cuerda, y al margen de su marcado exhibicionismo no hace muecas ni se muestra particularmente histriónica. Es una mujer, punto, la típica a la que cualquiera lo suficientemente borracho miraría fijamente con el cubata en la mano.
Pero según esta amiga tuya, la tía dejó de fumar hace unos cien años (literalmente), y desde entonces no ha envejecido. Su cuerpo no se ha arrugado; si la chica dijera la verdad, su organismo estaría disfrutando de una regeneración celular eterna.
El motivo por el cual achaca ese supuesto milagro al hecho de haber dejado el tabaco, es un misterio. Dicho misterio surge en base a que no se conoce a ningún otro no-fumador que no haya muerto de viejo, por enfermedad, o en un soso accidente como el antes mencionado. La chica, además, es vegetariana; y sí, también es esa amiga de amiga que te acaban presentando un día, que habla contigo y hasta le caes bien y, sorpresa, ella también te cae bien a ti.
Se llama Enriqueta -o eso dice- y no huele como el cadáver ya putrefacto que debería ser. Es todo modales y discreción. Te dice que lleva la tira de años currando en no sé qué ONG y en no sé cuántos sitios más, que no gana casi nada, pero que con el tiempo el dinero deja de importarte de verdad (e insiste, De verdad, y no como a un mortal común dice que ha dejado de importarle cuando sólo ha vivido qué, ¿cuarenta míseros años?).
La oscuridad sigue fumando al fondo de la barra y no puede aguantarse la risa mientras te ve embobado con Miss Inmortalidad Verde. Pero tú pasas de ella de momento, te aferras a los bienintencionados consejos de los demás, e intentas prosperar (palabra que odias en secreto).

Puede que un día quedes con la chica inmortal. Un café y esas cosas. Intentas no sacar temas incómodos; la chica te está empezando a gustar de un modo, digamos, intracardiáco. Te sorprendes a ti mismo pensando en Doña Biquinis por las mañanas. El día que quedaste con ella te dio el número de su móvil, y tienes que morderte la lengua para no llamarla, porque de todos modos no sabrías qué decir. La has visto solo dos veces (una a solas) y, aunque no te crees que sea inmortal, eso te parece un detalle cada vez más ínfimo. Y qué si está un poco tarada, es una buena persona, es atractiva y no parece neurótica. Por más que oigas las carcajadas de la oscuridad, un día decides volver a llamarla; te armas de valor y decides mostrarte vulnerable. Otro café.
Algo que te llama la atención es que los demás no se extrañan por ese rollo de la inmortalidad; lo aceptan con naturalidad y con el tiempo te acaban insinuando que la chica te conviene; es muy “para ti”. Esas cosas. No pasa nada si ella quiere creer que nunca se va a morir si no vuelve a fumar. Tienes otra amiga que cree que aunque quizá sí se muera, siempre parecerá joven si sabe administrar su maquillaje y renueva su vestuario con asiduidad. Otro colega cree ciegamente que nada puede ir mal si su coche no se raya. Otros creen que su báscula mide los éxitos del futuro, se aferran a ella y se plantean objetivos. Conoces incluso a gente que se sienta a ver la tele. De verdad. Ven la tele. Cualquier cosa. Porque aseguran que eso les relaja e incluso les divierte; suelen ver además programas de testimonios o realitys, y recuerdan los nombres y las peleas, recuerdan cada grito y cada taco, incluso con frases textuales. Oyes diálogos entre ellos que son del tipo “¿Viste ayer a Fulanita en «nombre de programa del corazón»?/ Sí, cuando le dijo eso de Eres una zorra y te vas a comer pollas todos los días…”. Y luego se ríen, y hacen que no con la cabeza como si esos rollos no fueran con ellos.
Conoces a tanta gente rara, y todos son capaces de normalizar hasta tal punto el vacío, que tarde o temprano comienzas a mirar de otra forma a la muchacha con la que sales. ¿De verdad quieres eso? ¿Hacer como si no te diera pena y vergüenza ajena casi todo lo que ves y oyes? ¿Quieres dejar de lado el detalle de que tu chica cree que es inmortal porque no fuma? ¿Vas a seguir poniendo cara de póquer cada vez que maldice al pasar cerca de algún fumador por “lo mal que me va a oler la ropa” como si eso fuera algo realmente importante al lado del hecho de creerse inmortal? ¿Quién está sacando las cosas de quicio?

Así que las risas de la oscuridad resuenan cada vez más fuertes en tu cabeza. Esa chica que fuma y no te juzga. Es su vello púbico el que huele a césped recién cortado. Los demás la repudian, la insultan, la evitan. No es moderna, no tiene buen gusto para vestir. No tiene un Iphone. No tiene manías. No es una nueva pija, no encaja con el nuevo fenómeno de pijo expansivo políticamente correcto y cada vez más empapado en detalles absurdos y doble moral. La oscuridad sabe, como tú, que ser muy feliz es un buen motivo para sentirse culpable. Uno de los mejores.
Y sus carcajadas no son más que el producto de verte intentarlo, de verte intentar ser como ellos, de verte autoconvenciéndote de que aunque tú no eres así, ser así te haría más fácil la vida. Pero tarde o temprano vuelves a ser tú, cada año que pasa eres menos de lo que son los demás. Y vuelves a caminar hacia el fondo de la barra, caes otra vez en los brazos de la chica que te gusta, esté o no presente, encaje o no con los patrones globales establecidos, guste o no a esa gente a la que quieres parecerte. Quieres respirar humo. Sabes que nadie es inmortal, y que en esta vida quizá la única forma de esperanza realista y aceptable -y a salvo de hipocresías y discursos vácuamente amables y luminosos- es la de que el próximo accidente de tráfico que veas no sea desde el coche siniestrado.

[Ricky Gervais, el tipo que la ha liado en Los globos de oro, tenía una serie llamada “Extras”, en la que podías encontrar escenas tan potentes como la del video. Y abajo, para calmar los ánimos, pin-up.]

Sobre cómo Miss Tab lloró al ver un graffiti

Lorena odia su nombre. Dice que le suena a cincuentona soltera. Solo tiene veintitrés años, y el suficiente carácter y vida propia y sentimiento de libertad como para que todo el mundo cuchichee sobre ella a sus espaldas. Es esa energía de algunas pocas personas que, desde el principio, entendieron que su vida no era un escaparate que tenían que ordenar a gusto de los demás.
Una de sus múltiples pasiones es el arte pictórico. No se considera una entendida, pero le fascina meterse en cualquier museo. Incluso con las imposiciones publicitarias actuales.
Una vez, hace cinco años, dos amigas la vieron por la calle con una bolsa. Se paró a saludarlas. La bolsa contenía la guía Tab. Eso, sumado a un carácter que todos los que la conocen reducen a la depresión constante y la amargura, hizo que en su entorno comenzaran a llamarla Miss Tab. Al principio a sus espaldas, luego en su cara.
Entonces Lorena entendió que ciertas cosas no podía compartirlas con los demás. Normalmente la gente no quiere entenderte (y muchas otras no puede); es muy difícil conocer a una persona, de modo que lo que todos hacen es simplificar la tarea. Eligen un adjetivo y todo lo que hagas lo asocian directamente a ese adjetivo de una u otra forma (esa imposición adjetival normalmente es irrevocable. No hay nada más sólido en la existencia que un prejuicio).
En esos museos por los que se pasea, a veces más atenta a las obras y otras veces más pensativa que otra cosa, ya existen lo que llaman Interrupciones Publicitarias. Entre cuadro y cuadro hay unas pequeñas pantallas colocadas para este fin. Cada veinte minutos se apagan todas las luces del museo, y en las pantallitas -y con un volumen atronador en la sala- todo el que esté dentro tiene que ver tres minutos de anuncios. Los mismos que se emiten por televisión.
De modo que en los cuadros hay unas telas negras que bajan de golpe justo antes. Y es luego cuando todo se queda a oscuras y alguien te grita que compres algo a la salida del museo.
Desde que las galerías de arte comenzaron a situarse sí o sí en complejos comerciales, Lorena no tiene más remedio que ver cómo ahora obras de una relevancia histórica incalculable son manchadas por algún niño con nocilla, o cómo amanecen cubiertas de escupitajos o mocos pegados por grupos de adolescentes que iban camino a una discoteca cercana. Dichas galerías o museos ahora siempre están llenos de gente, grupitos de chicos y de chicas, de familias numerosas, y por tanto el ruido de móviles y alarmas ha sustituido gradualmente al acostumbrado silencio de años atrás en tales entornos. Los equipos de seguridad contratados para proteger las obras expuestas nunca suelen dar a basto. Y si alguna vez cogen a alguien y lo sacan del museo tal y como lo haría un portero de discoteca, dicho empleado es automáticamente despedido al ser ya estos lugares un sitio de encuentro habitual no solo para amantes del arte, sino para cualquiera que igual podría estar en el zoo, o viendo alguna película escogida durante una discusión iniciada unos dos minutos después de haberle mirado a los ojos a la taquillera.

Lorena tiene esa pinta de chica joven que parece anclada en los dieciocho durante seis o siete años. Al tener la costumbre de comprar ropa solo cuando la necesita, y debido a sentirse bastante perdida en las tiendas de cosméticos, no subraya su edad, casi no la acompaña con adornos; de tal manera que su pelo siempre con su color natural y su cara redonda de piel blanca y joven hacen que una mujer estéticamente al uso -o como dicen: “a la moda”- de cinco o seis años más, pueda parecer su madre si las ves juntas de lejos.
Suele pasearse sola por la ciudad, de vez en cuando se queda extasiada mirando a cierta distancia cierta tienda de golosinas en la que trabaja una chica que atrae poderosamente su atención.
Nunca ha tenido dudas sobre su sexualidad, pero siempre se ha preguntado qué sentiría si besara a esa muchacha que parece extranjera, y también tener como cinco años más que ella (quizá diez en apariencia).
Una vez vio una entrevista al escritor Jonathan S. Cuthbert. Fue un momento importante para ella, desde que el autor dijo que el mejor día de su vida hasta ese momento estaba solo. Dijo estar convencido de que a mucha gente le puede pasar. Y de que son los mismos que se avergüenzan de estar solos sin saber por qué. La forma más rápida de valorar la comodidad sin límites de la soledad, dijo, es pasar todo el tiempo con gente. Lo cual pone en tela de juicio hasta tal punto ciertos pilares básicos de la felicidad, que da miedo. Piensa en un matrimonio, en hijos. La mayoría de gente, dijo, necesita que les dejen de querer durante ciertos lapsos en la vida para poder valorar el amor (y añadió: no necesariamente de las mismas personas que antes). El problema llega cuando tienes que elegir un estilo de vida: sobre todo más bien solo, o sobre todo más bien acompañado (y siempre de la misma gente).
Cosas así…
Y al día siguiente, y ante el rumor de que la guía Tab podía ser de la autoría de ese señor con argumentos tan desconcertantes, Lorena fue a una librería y se hizo con un ejemplar.

Las muestras de discreción auténtica son tan difíciles de ver como un ovni. Lorena sabe que la opción de ser discreta no se presenta cuando tienes a la persona delante, sino cuando la persona no está y tienes la sucia oportunidad de rajar sobre ella con otras personas.
Pero poco a poco, y mientras se aficionaba a buscar y fotografiar los mejores graffitis que veía, fue importándole menos que la indiscreción para muchos sea algo tan apegado a ellos como cagar o mear. Y quizá igual de necesario en sus vidas.
La pobreza de espíritu, a menudo sospechósamente ligada a la carencia de curiosidad y un pensamiento de extremos que suele escupir frases del tipo “No me arrepiento de nada”, es justo lo que Lorena quiere evitar. Lo que no quiere ser. No quiere que toda su vida pase ante sus ojos sin que haya variaciones en sus palpitaciones. Estar muerto no es necesariamente un hecho físico; de hecho, para Lorena, la mayoría de muertos suelen oler de maravilla, hablan como si estuvieran vivos de verdad, y hasta te intentar convencer de las ventajas de estar muerto. Dicho tipo de muertos suelen ser insistentes consejeros y se autoproclaman a la más mínima amantes de ciertos y contados pequeños detalles (beber en un bar, beber en una discoteca, tostarse en la playa), a la vez que arrugan el ceño y se cierran ante cualquier pequeño detalle distinto que pueda enriquecerles o hacerles dudar lo más mínimo sobre nada.
Son datos que, irremediablemente, marcan la diferencia entre estar solo o con gente. Lorena no sabe de ningún amigo/a que sepa disfrutar de una película que tenga más de veinte años. Sus vidas, a nivel temporal, encierran entre paréntesis todo lo que están dispuestos a digerir. Necesitan estar al día y que no les vengan con nada de lo que ellos no hayan oído hablar.

Así pues, la chica a menudo vaga por la ciudad, y se fija en algo, se detiene, se sienta en un banco a fumar, camina, entra en bares a los que sus amigos jamás entrarían, se queda absorta ante los mensajes escritos en los lavabos públicos, y de vez en cuando incluso inicia, si viene a cuento, una conversación con algún desconocido. Se ha convertido en lo que la mayoría -si se fijaran en ella- llamarían Tía rara.
(Algo que dirían muchos desde sus tumbas ambulantes marca Apple.)
No es fácil para Lorena ser una amante de la meta, de la profundidad y el contenido, cuando lo que todo el mundo ama ahora son los procesos, los mecanismos, los gadgets y las aplicaciones. A su modo de ver, el Iphone es la representación más pura del joven actual. Es el aparato que tienen en sus tumbas y que les conecta a todo en todo momento y desde cualquier lugar. Ahora todos están todo el tiempo en casa. Incluso estando en la terraza de un bar y haciendo chistes sobre pajilleros e informáticos, ellos tienen el acceso a Google en el bolsillo. Es el modo de no estar nunca al margen o desconectado, y a la vez hacen que los que les rodean se sientan solos (otra cosa es: ser solitario) mientras ellos trastean en sus aparejos para comunicarse con otros a los que ignorarán cuando estén delante para trastear con quienes están ahora. Es como quedar para follar con Maribí, y luego, mientras estás ahí dándole, ella sienta que estás en otro lado porque estás pensando en la chica de la tienda de golosinas que ayer te agregaste a Facebook. Es un juego de espejos infinito de búsqueda inconfesable de soledad intermitente. El modo de actuación radical basado en la discutible frase hecha: “La felicidad está en el camino”.
El ejemplo básico: Para ellos no se trata de Usar, sino de Comprar.
No es lo que te aporten “las ventajas de”, sino cómo pongo a punto esas ventajas. Es como si lo que más te gustara de echar un polvo fuera ponerte el condón. Cuando en realidad nadie echaría el polvo si no hubiera posibilidades de correrse.

La sangre de Lorena, aun habiéndoselo negado a sí misma durante mucho tiempo, corre ahora gracias a esa chica de las golosinas. Se siente como un niño pequeño que se hubiera encaprichado de su profesora de párvulos.
Se ha preguntado muchas veces por qué esa mujer le gusta tanto sin ni tan siquiera haber hablado con ella y etcétera. Lo cierto es que cada vez que pasa por delante de su tienda hay algún chico intentando ligársela. Y la chica, atrapada tras el mostrador, solo puede tirar pelotas fuera y esperar a que el gallito seguro de sí mismo de turno se canse de intentarlo.
Le encanta que la muchacha sea en apariencia tan sencilla. Simple en cierto modo. Guapa de una forma serena. Es como si al verla pudiera olvidarse de todo, pudiera dejar de darle vueltas a todo. Y el hecho que la está convenciendo definitivamente de estar, digamos, enamorada, es que el objetivo sea otra mujer. Es un tipo de amor que parece trascender cuestiones sexuales. Es la idea preciosa que te impulsaría a empujarla fuera de las vías aunque luego el tren se te llevara a ti por delante. Es un rollo que no tiene tanto que ver con una mamada como con un beso en la frente. Y no es como si fuera su hermana mayor o menor o su hija o su madre o el resultado de alguna carencia afectiva. Es otra cosa, algo que si se pudiera catalogar tal y como la gente lo cataloga todo, no sería difícil de “remediar”, olvidarse de ello, etcétera. De hecho, para Lorena llamarlo amor es como llamar a alguien Narcisista, u Optimista, o lo que sea. Sería una reducción de la realidad compleja a algo comprensible que la gente pueda manejar durante una conversación relajada.

El día en que Miss Tab acaba llorando al ver un graffiti, es gris de ese modo que es gris muchas veces en Londres. Todo el cielo es una capota de blanco sucio, como si el sol nunca hubiera existido. Es sábado y son las cuatro de la tarde. Lorena pasea ignorando los mensajes de su móvil, que la citan para una cena a la que no tiene ganas de ir. Es el cumpleaños de alguien. Alguien de veintitantos que sigue vivo.
Decide irse a las afueras de la ciudad, cree que quizá al cine después. No lo piensa mucho y aún no le importa demasiado. Lo importante es que el día le parece agradable, y si rompe a llover no tiene problemas para meterse en el primer bar que encuentre.
Camina paralela a la vía que sale disparada hacia fuera de la ciudad. Ve pasar el tren, y ver a la gente de dentro se le hace extraño con la luz interior de los vagones, como si fueran muñecos de una maqueta. Se enciende un cigarrillo y se dirige con su cámara a cierta zona de graffitis que cada día tiene algo nuevo que ofrecer. De hecho camina en línea recta hacia una de esas zonas que la gente suele evitar callejeando, pensando que graffitis, navajas y jeringuillas van de la mano. Pero la verdad es que cuando ha topado con algún grafitero, Lorena no ha tenido problema en charlar un rato y pedir permiso para hacer sus fotos y algunas preguntas. Ellos están más acostumbrados a la policía, así que ver a una chica joven con su pelo castaño ondulado y su mirada agresiva y a la vez vulnerable, debe hacerles sentir bien hasta el punto de contar luego la anécdota de la muchacha fotógrafa.
Hoy no parece haber nadie. Mucha gente prefiere quedarse en casa si está nublado. Es una especie de conducta residual que se deprende del comportamiento común habitual. No les gusta un día nublado por el mismo motivo que aman la rutina, por muy triste que pueda ser ésta. Por más bello que pueda ser el cambio, por más espectacular o profundo, siguen prefiriendo lo conocido; lo conocido les ha funcionado; los demás tienen un buen concepto de lo conocido. La normalidad a menudo mediocre es el mayor amor en la vida de muchas familias con hijos para los que se desea más normalidad mediocre. Quizá por eso Lorena camina hacia las afueras en un día nublado, mientras el resto de la ciudad se arropa en casa viendo una peli mediocre (y por tanto normal) y se ríen con escenas de perros haciendo trastadas o niños gordos comiendo en la fiesta de cumpleaños de alguna mascota doblada por el típico famoso de carrera artística tan exitosa como mediocre. (Alguien cercano y que cae bien. Un tío normal.)
Lorena camina. Los graffitis más viejos van perdiendo color, se resquebrajan. Es una pared gris al otro lado de la cual ya están las vías del tren. Recuerda cierto día en el que vagando por una galería de arte topó con uno de esos cuadros surrealistas y minimalistas. La obra se limitaba a un fondo blanco con una línea negra que atravesaba irregularmente esa nada; en la esquina superior derecha había un punto rosa que parecía aplicado con rotulador. Cuando estaba apunto de pasar del cuadro, un hombre le dijo que qué le sugería la obra. Ella titubeo, era un tipo alto con una gran barriga, traje de chaqueta… Al ver que ella no sabía cómo reaccionar, él dijo que era el autor. Dijo que el tema del cuadro era El amor. Lorena volvió a mirarlo; era insulso y vacío, y lo dijo en voz alta, sorprendiéndose a sí misma. El hombre murmuró con vehemencia que el amor también podía serlo con el tiempo. Dijo que llevaba un año divorciado después de haber pasado quince casado. Lorena le preguntó por el punto rosa. El tipo argumentó que cualquiera esperaría un paisaje amable o algo colorido o alguna imagen de la que se desprendiera alguna compleja carga de emoción, etcétera. Pero que lo único que le quedaba a él de todo aquello, de aquella relación que tenía que perpetuarse para toda la vida, se podía resumir con ese punto rosa. Es poco, añadió, pero para hacer justicia al cuadro tenía que estar ahí.
Ese recuerdo turbio y en cierto modo desagradable y nihilista, le viene a la mente a Lorena debido a su lucidez reciente respecto a la chica de la tienda de golosinas, en la que no puede dejar de pensar. Fotografía los graffitis que le gustan y no recuerda tener en la colección. Dicho arte urbano comenzó a gustarle porque podía verlo sin interrupciones publicitarias. Podía estar todo el rato que quisiera y sabía que nadie intentaría dejarla sorda con otro spot original de coca-cola. Además el hecho de estar en la calle y no en algún bar de diseño con sus amigos, la hace estar relajada ante la no perspectiva de asentimientos forzados en respuesta a soliloquios aburridos. Puede ir adonde quiera, fumar cuando quiera, volver a casa cuando quiera.
Camina ahora hasta la parte del muro en la que se encuentran los graffitis que se van añadiendo. Comienza a ver el último, la novedad, pero aún no sabe lo que es. Es la típica obra hecha con plantilla. Un rollo a lo Banksy. Está plasmada con color rojo, un rojo vivo.
Al tener la obra delante, al principio no se da cuenta de lo que es. Es la imagen de una chica, de cintura para arriba. Como fondo, botes redondos llenos de chicles y caramelos con envoltorio. Lorena no da crédito a lo que ve. Su mito no es sólo suyo. Los ojos se le llenan de lágrimas, sucede de golpe. Siente una especie de ramalazo de calidez; como si un grupo vocal versionara una canción desconocida que a ella le encanta y eso arrancara aplausos a una platea llena de esa gente que ahora está en casa viendo otra vez “Solo en casa”. Por primera vez ve que algo de lo que a ella le fascina de verdad, también causa fascinación en algún otro. La sencilla chica de la tienda de golosinas. Lorena se siente en el centro de su propio punto rojo aplicado con rotulador. Sabe que tendrá que hacer algo al respecto, y afirma sola con la cabeza mientras se enciende una cigarrillo y las lágrimas bajan por su cara.

[En el video: Motivos por los cuales creo que Damon Albarn es uno de los genios musicales de nuestro tiempo. En la foto, sí, otra pin-up (esta vez clásica) Por cierto… Visiten: Desaparezca aquí.]

Paula Pánico

La habitación está desordenada de ese modo extrañamente acogedor. Van a ser las siete de la tarde. La persiana abierta y el sol. En las paredes hay todo tipo de posters y cuadros, están saturadas de tal forma que aunque ordenaras el resto de cosas la visión global seguiría dejándote sensación de caos. Todo, o casi todo, inevitablemente, es negro. Incluso la colcha de la cama. Solo hacen contraste con lo que ves las vistas si miras por la ventana. La casa de Paula da a unos viñedos. Ella siempre dice que su habitación es el ojete del pueblo.
Paula está sentada cara a la ventana. Hace dos años convenció a sus padres para que le compraran una mecedora. Como sabía que ellos se negarían, estuvo un par de semanas fingiendo que lo que quería era un ataúd. Día tras día iniciaba una conversación a la hora de comer sobre su ansiado ataúd. Decía que quería dormir en él, que su cama no encajaba con su carácter. Ella tenía derecho, decía, a decorar la habitación a su manera, y si quería un ataúd su padres tendrían que respetar su opción. Habló y habló sobre el tema, sacó de quicio hasta tal punto a su padre que una noche la mandó a su habitación sin cenar. Entonces Paula comenzó a gritar que se iba a cortar las venas. Sus padres subieron a la segunda planta, y vieron que la chica había bloqueado la puerta con algo. Paula seguía gritando.
Dos días después, durante la comida, con un hilo de voz, Paula dijo que vale, que un ataúd no, pero que qué les parecía una mecedora. Que le hacía ilusión una mecedora. Y al cabo de tres días tuvo la mecedora en su cuarto. Una antigualla que crujía a cada movimiento, a veces incluso sin que nadie la tocara. Paula sabe que en ocasiones hay que sacar las cosas de quicio hasta que la situación se vuelva estúpida y extrema, de tal modo que ella coloca sus objetivos en un aparente término medio, ese momento en el que el trato parece acabar anclado en un ni-para-ti-ni-para-mí. Había ganado la partida, pero sus padres creían que habían domado una vez más a la fiera. Se trata de hacer que los demás piensen que tienen el control.

Mírala sentada en su mecedora. Sus padres han salido a cenar. Uno de esos encuentros con amigos de los que Paula ya se ha librado. Papá y mamá al principio eran muy estrictos, ella tenía que relacionarse, ver gente. Pero luego pensaron que durante esas salidas, cuando ella se iba con otros chicos a dar una vuelta mientras los padres charlaban, pues bien, pensaron que Paula fumaba hierba. Esta creencia la sembró ella misma pidiéndoles a unos tíos en un bar que por favor soplaran hacia su ropa mientras fumaban. Hizo esto unas siete u ocho veces, varios fines de semana, hasta que sus progenitores notaron el olor en la ropa. Su madre registraba su habitación, llegaron los interrogatorios, y Paula, un día, entre lloros fingidos, reconoció que fumaba, pero que el chico que le suministraba la hierba vivía en el centro del pueblo, y que solo fumaba cuando salían al centro. Luego, aún llorando, añadió que por favor la dejaran salir, que prometía que nunca más fumaría, que lo había dejado, etcétera. Obviamente sus padres no la creyeron (o sea, sí), y desde entonces Paula pasa esas noches en casa, lo cual era su auténtico objetivo.
Cualquiera de los objetos de su habitación fueron conseguidos en demanda de algo mucho más extremo y absurdo. La pequeña navaja que siempre lleva con ella la consiguió en un mercado al por menor después de lloriquear durante todo el día por una katana. Su siniestro pelo negro cortado a la altura de los hombros con un mechón rojo y el flequillo recto sobre los ojos, surgió de un debate con mamá en el que Paula aseguraba que quería raparse la cabeza. El pequeño tatuaje de un murciélago en su tobillo derecho nació de la insistencia por plantarse un enorme dragón en su espalda. Eso hace Paula, poner las potenciales negativas de sus padres a su favor. Pone la adolescencia a su favor porque sabe que la adolescencia no existe. La mayor arma de Paula es trascender las etiquetas, vivir al margen de ellas y como mucho utilizarlas en beneficio propio.

Ahora, sentada en su mecedora, mira el paisaje con aire ausente, como suelen decir los escritores. Mastica un chicle de fresa que ya hace rato que sabe más a neumático que a fresa. Paula tiene dieciséis años. Sus padres son de esas personas que no parecen disfrutar de la vida jamás; que van de un lado a otro por compromiso y que si les ves resoplar sonríen como quitando hierro al profundo agobio de vivir que parecen sentir la mayor parte del tiempo. En resumen, los padres de Paula son, como diría cualquiera, normales. Van tirando.
En los ojos de Paula se refleja a menudo lo que parece ser una inmensa nada. Son negros hasta el punto de lo industrial, lo cual los hace preciosos. Una negritud que ella resalta más con maquillaje, con su pelo. Esas pupilas son el centro de algo tan atractivo como amenazante. Desde primera hora de la mañana necesita su maquillaje, su pelo perfecto, todo el marco de sus ojos preparado. Y si alguien pregunta o piropea o alude a su aspecto de algún modo, ella siempre dice que la idea es que su cabeza parezca estar cortada y sobre una bandeja.

Durante un tiempo ha sentido cierta curiosidad por cómo sería fumar en pipa. Se imagina a ella misma en su mecedora, con su pipa y menor de edad, y cada vez le atrae más la idea. El problema es que sabe que sus padres jamás consentirían que lo hiciera. Y no se le ocurre ningún truco, ninguna petición que supere con creces el deseo de fumar para que finalmente la dejen fumar. Es algo en lo que piensa tan solo cuando está sentada en la mecedora; le parece que la pipa haría juego, se imagina sí misma en situación y se le antoja divertido. En resumen, ninguna chica de dieciséis años fumaría en pipa, y eso hace que cada vez tenga más ganas de probarlo.
En diversas ocasiones ha amenazado con suicidarse; como complemento a otro deseo, igual que con el ataúd. Con ello ha conseguido -además de la mecedora- el permiso para un par de viajes, mucha ropa y algunos objetos de los que pueblan su habitación. Entre ellos, el esqueleto sorprendéntemente realista de lo que la etiqueta decía era un niño de nueve años. Un rollo de Halloween.
Una de las cosas que le gustan de quedarse sola mientras los demás “ven gente” y “tienen vida social”, es que a veces se le aparece Rebeca.
Rebeca es igual que Paula, es básicamente ella pero en otra gama de colores: los ojos azules, el pelo rubio, la ropa blanca o rosa o amarilla, las uñas esmaltadas en colores claros y no negras… Es la aperente versión naïf de Paula, pero puede ser más oscura que ella. Puede aparecérsele en cualquier momento de noche y suele incentivar largas conversaciones. Hoy aún no ha hecho acto de preséncia. No suele hacerlo hasta que el sol no se ha ido del todo. Paula la echa de menos. Mientras la espera decide ponerse un vestido que tiene estampado como un tablero de ajedrez, sólo por el gusto de vérselo puesto en los dos espejos que tiene en la habitación. Camina descalza y hace tiempo hasta que anochece. Escucha a Radiohead y pega patadas a sus peluches mientras canta por encima de la voz de Thom Yorke. Echa un vistazo a su colección de gafas de pasta sin cristal, y se sienta un rato en la madera dentro de su armario mientras ya casi es de noche del todo. Se siente relajada y con muchas ganas de contarle cosas Rebeca.

Se queda algo grogui en una mala postura. Se incorpora y mira el reloj. Las diez y media. Sus padres ya deben estar en los postres de alguna cena multitudinaria llena de italianos. Pueblerinos. Se levanta y, al echar un vistazo, puede ver que Rebeca está sentada en la ventana con los pies hacia fuera, mirando hacia los viñedos. Enseguida se vuelve y ve a Paula. Y Paula sonríe. Verse a sí misma es extraño cuando el exterior es tan distinto en ciertos aspectos. Rebeca, al margen de su físico, es una aparición desconcertante, que aborda conversaciones a veces de lo más banales, y otras veces tan surrealistas que no puedes seguirla.
– Paulita… Tienes que dejar de dormir en el armario. No es una buena costumbre, cariño.
Rebeca se pasea ya por la habitación. Paula se sonroja. En los últimos días está notando un cosquilleo extraño cuando piensa en Rebeca o ve a Rebeca. Una especie de enamoramiento tan puro que va más allá de lo normal, sobre todo teniendo en cuenta que Rebeca no existe físicamente hablando. Paula no sabe muy bien qué o quién es, pero sabe que le gusta. Es tan distinta a ella y a la vez tan comprensiva que no puede evitar quererla.
– ¿No dices ni mu, Paula?
Fuera ya no se ve nada, por la ventana solo hay negrura, los viñedos desamparados en la oscuridad. Paula le dice a Rebeca -no sin sonrojarse- que la echaba de menos.
– Ya… Yo sé que no eres tan cafre como todos piensan…
– Como nunca apareces de día, son muchas hora sin ti, y…
– Yo soy un complemento a la noche igual que tú lo eres al día, cariño.
– …
– ¿Por qué estás tan vergonzosa?
– …
– ¿Tus progenitores vuelven a estar con sus amados protocolos? ¿Haciendo como que entienden de vinos? ¿Pavoneándose por la villa?
Paula sonríe como no le sonreiría a nadie, con cierto rubor. Asiente con la cabeza.
– ¿Ya no eres tan traviesa como antes?… Podrías pedirle a tus padres una bomba de hidrógeno durante un mes seguido. Y quizá con el tiempo te consiguieran algún explosivo menor, pero suficiente como para borrar este pueblucho del mapa…
– La verdad es que…
– Ya veo… tienes otra cosa en la cabeza.
– Se trata de una persona.
Rebeca abre mucho sus enormes ojos azules.
– ¿Un pequeño querubín del diablo está ganándose tu corazoncito gótico?
– No he dicho que sea un chico…
– Mi niña… Mi pequeña lesbiana oscura…
– Tampoco digo que sea lesbiana…
– Mi enternecedora bisexualilla…
– Eh…
– Bueno, algo tienes que ser…
– Solo digo que esa persona, pues… cada vez me gusta más.
– Y eso se está convirtiendo en un problema.
Paula asiente de forma casi imperceptible.
– Increíble -murmura Rebeca-, mi Paula Pánico se ha enamorado.
– Ya sabes que no me gusta que me llames así.
– No te enfades conmigo, sabes que lo hago con cariño.
– …
– Y bueno… ¿no quieres hablarme de esa belleza que te está torturando?
– La verdad es que es una visión. No existe… No existe físicamente.
– ¿Entonces dices que es una prima mía?
– Es… Sí, como tú. Es una aparición igual que tú.
– ¿Es una aparición diurna? ¿Estás… charlando con un hada diurna?
– Bueno, ella… Ella es muy reservada. Pero siempre lleva un velo increíble, una especie de camisón…
– Una Galadriel de baratillo…
– No. Es una mujer preciosa, casi transparente; me susurra poemas de Poe al oído.
Rebeca se vuelve a sentar en la ventana, esta vez cara a la habitación. Su gesto se torna serio. Mira a Paula. Dice:
– ¿Esa aparición de la que hablas es una invención para ponerme celosa? ¿Soy yo la aparición de la que te has enamorado?
Entonces alguien llama con dos golpes a la puerta. La madre de Paula la abre y asoma la cabeza.
– No has estado fumando, ¿verdad?
Rebeca desaparece en cuanto Paula se vuelve ya habiéndose ido su madre. Sabe que esa clase de interrupciones hacen que Rebeca ya no vuelva más. Sin embargo, al bajar la cabeza y luego mirar hacia la ventana otra vez, ha vuelto. Está de pie y de sus ojos bajan dos lagrimas que parecen sangre. Paula se sienta en la cama y le pregunta si está bien.
Siempre veo la misma imagen, dice Rebeca. Querida Paula Pánico… Es una chica de pelo pelirrojo que lleva un vestido floreado. Está muy cerca de mí, delante de mí. Corretea y juguetea. De vez en cuando se vuelve y su cabello suelto dibuja imágenes preciosas y volubles en su cara. Es una chica sonriente, es un día soleado y luminoso. Es un parque o un prado. Su falda ondea y ondea al viento. Es la poesía barata hecha realidad, querida Paula Pánico; es la felicidad de lo anuncios sin su hipocresía y falsedad: la verdad sin forzosas teorías optimistas. Luz natural y música con corazón. Cada vez que esa chica se vuelve para mirarme y situarme, sé que nada más importa. Puedo imaginar el sabor de sus fluidos sólo con verla sonreír. Es el cielo encapotado y eléctrico y bello de antes de llover en serio. Pero ella es una máquina amorosa, y yo un fantasma. Y toda su energía supone demasiada luz para mí.

[A veces hay ciertas películas que son desastrosas a nivel global por ser demasiado pretenciosas. Pero de algunas de esas películas se pueden sacar escenas que, aun fuera de contexto, son de una belleza y sugestión dignas de mención. Uno de esos ejemplos de cine bizarro es “Revolver” de Guy Ritchie, un intento fallido -aunque muy interesante- de llevar su cine un paso más allá, que aunque fuera en general destrozado por la crítica y ninguneado por el publico, no por ello hay que dejar de reconocer que a ratos demuestra una brillantez poco habitual en el cine contemporáneo. Si no, atención a la escena del video. Scorsese estaría orgulloso; Tarantino quizá haya mojado los calzoncillos con ella. Abajo, más pin-up.]

SAP

Es ese rollo pasivo-agresivo involuntario. Un día la conoces y te cae bien. Luego te comienza a perecer mona. Luego más mona. Luego se lo quieres comer y etcétera; acabas haciéndote pajas sin porno, sin ruido, sin parar, cerrando los ojos y punto. Y cuando te quieres dar cuenta ya estás totalmente drogado de ella. A cualquier nivel, sea como sea y donde sea; ella vuelve una y otra vez; está en la puta sopa, en cualquier chica de espaldas, en tu dolor de cabeza y en todos los intentos patéticos de pensar en otra cosa.
Comienzas a hojear tu guía Tab. Crees que nunca has tenido huevos para suicidarte. Pero de repente descubres unas reservas de energía sorprendentes para hacer gilipolleces, una ola de cojones para hacer cualquier cosa. Lo que sea siempre y cuando sea una estupidez, la mayor estupidez, mamonadas de cualquier grado o dificultad. Ya no tienes vértigo ni te dan miedo las cuchillas de afeitar. Cualquier objeto a tu alrededor tiene doble uso si es lo suficientemente pesado o cortante o punzante. Te preguntas dónde podrías conseguir una pistola, si la sabrías usar una vez sin cagarla. O qué capacidad tiene tu cuerpo para las pastillas, cuál es el límite que hay que superar para que no pueda expulsarlas de ti por el pene o el ano o la boca o los poros. Lo que sea. Hasta te preguntas si habrá asesinos a sueldo que te ahorrarían el trabajo, pagarías al tío el cuestión para conseguir acabar de una vez. O fantaseas con el sueño dorado de la autodestrucción: Una eutanasia tranquila. Un veneno efectivo e indulgente. Un modo suave de detener la máquina sin tener que soportar estertores y ojos en blanco y babeo y todo ese rollo de moribundo por voluntad propia. El otro extremo de la crucifixión con el mismo resultado.
La muerte blanca y mullida, la luz curativa que te podría librar de tu oscuridad.

Aunque te pares un momento y tomes aire y vuelvas a desplegar el mapa, todo sigue igual. Siguen ahí esa serie de circunstancias que hacen que sea imposible conseguir lo que quieres sin liar un buen follón. Pareja estable. Años de relación. Felicidad (se supone)… Tienes que hundir unas cuantas vidas durante un tiempo, sembrar la confusión, hacer daños emocionales en algunos casos irreparables; todo eso que la gente llama Luchar por ella. Tienes que, en definitiva, como sucede en todas las facetas de la vida, joder a unos cuantos para lograr tus objetivos. Tu libertad no acaba donde empieza la de los demás; es más bien que tus logros se miden según la fuerza de voluntad que tengas para doblegar al prójimo sin que eso te afecte demasiado. Cada cosa que consigues es algo que otro ha perdido; cada vez que sales a flote es porque estás de pie sobre la cabeza de algún pobre desgraciado que se está ahogando. Lo llaman competitividad, democracia, etcétera, pero para mí llamarlo así o asá es como ponerse peluquín: no engañas a nadie. Y lo mismo pasa cuando se trata de querer tirarse a la vecina, a Miss Tengo novio. Mi caso. El tópico de los tópicos.
Lo peor de sufrir por algo con tanta intensidad es que ni tan siquiera tienes un problema original. Solo es la misma mierda de siempre, algo que has llegado a ver en la novela más barata. Solo eres -como dijo Bukowski o Faulkner o alguien- una huella dactilar en la ventana de un rascacielos. No tienes ni siquiera un problema, tienes un cliché, sufres por un cliché sobado. De hecho, tanto es así, que hasta llegas a dudar sobre si de verdad esa chica te gusta tanto, si no será que tiene novio y planes de casarse lo que hace que la veas como la ves. Estás tan enterrado en historias baratas sobre lo que la gente siente y deja de sentir y sobre cómo sufren y por qué, que llegas a dudar sobre si tus sentimientos son algo irracional y amoroso o si simplemente son algo que tiene más que ver con la inercia, esa mierda invisible bajo la piel que hace que de algún modo quieras parecerte a los demás para que te acepten. No sabes si eres una persona o una marioneta que cree que sus sentimientos son auténticos.

Ese es mi problema; ¿en el momento en que quede con ella para hablar debo decirle que me gusta o sólo que creo que me gusta pero no estoy seguro? ¿Debo expresarle mis dudas sobre el hecho de no saber si soy yo mismo o la imitación de una imitación de una imitación, que es lo que parece ser la mayoría de la gente? ¿Debo ni tan siquiera mencionarle que creo que todos se parecen entre sí por dentro del mismo modo que quieren parecerse al vestir según las modas? No sé en qué lugar me colocaría todo ese rollo, creo que su novio es de los que sale a menudo del gimnasio hablando por el móvil de camino a un coche mejor que el mio, con el pelo mojado y planeando con alguien otra cena de ex-compañeros mientras sonríe dibujando una especie de anuncio de colonia o relojes. Es justo el tío que muchas mujeres quieren, aparentemente seguro de sí mismo, fibrado y con cierta pose de humildad a menudo sospechosa. Un tipo que ofrece mimitos y que no se come la cabeza más que un par de veces al año para cuadrar horarios. Un tío moderno por fuera y agua de vichy por dentro, quizá fumador ocasional por temas de pose según el entorno. Pero sano, hijo ideal, yerno ideal, novio ideal, dentadura ideal, pelo bastante largo pero cuidado, de vez en cuando una perilla perfectamente recortada. Alguien que siempre huele como si estuvieras en el pasillo de las colonias y los after shaves. Mi cuchilla de afeitar de doble uso.
Es la imagen de la estabilidad. A quien todo el mundo mira y solo puede ver progreso, evolución, fuerza de voluntad, juventud, frescura. Y sin embargo, serán cosas mías, pero yo le hecho un vistazo cuando está de pie con su sonrisita moja-bragas, y bajo sus zapatos no muy caros pero elegantes veo una tabla bajo la cual hay cinco niños negritos aplastados y a punto de morir de hambre.
Así que yo, con mi superficie neutra y mi fondo hecho un lío, se supone que tengo que decirle a la novia del Ken moderno que me he colado de ella. Aunque solo sea para desahogarme, aunque el tema se quede en una inyección de autoestima para Barbie Enamoramiento Sospechoso Occidental.
Eso debo hacer, es lo que cualquiera lo suficientemente centrado para dedicar horas y horas en cuidar su aspecto, me diría. Debo saltar y esperar a ver si al menos caigo sobre algo blando. Debo al menos plantar una semilla en su cabecita y esperar a ver si crece algo. El objetivo, en resumidas cuentas, es joder a Ken. Y no porque sea mi enemigo; es que sencillamente ambos estamos vivos, y alguien tiene que acabar mal.

Si aún no tienes la guía Tab, es ese tomo que hay en las librerías al lado de los bestsellers más vendidos. Si eres de los que ya la tiene, búscala y echa un vistazo a su cubierta blanca. Fíjate bien en la chica de la portada.
La portada de la guía consta de esa muchacha joven y sonriente mostrando con sus manos cual azafata de concurso de la tele una mesa de madera raída encima de la cual hay diversos objetos. Cuchillos, una pistola, inyecciones, una cuerda… La primera vez que vi a la chica en esa foto, no me pareció más que otra típica modelo artificiosamente retocada para parecer Moda, y uno una Mujer. Así que no sentí ninguna punzada en el estómago. No me llamó la atención en absoluto. A excepción de que, eso sí, acabé comprando un ejemplar.
Ahora sé que esa fue la primera señal. Era la segunda versión de la guía (aunque solo con algunos cambios), con un aspecto de portada -a mi modo de ver- más “amable” que la primera, en la que el tomo era negro y solo había un pequeño haz de luz en la cubierta.
Luego me mudé, vine al piso en el que ahora vivo. Y la chica vive encima, el ático, con su novio de catálogo. Ella sigue haciendo trabajos como modelo y él tiene uno de esos curros que cuando lo nombras en voz alta nadie sabe bien en qué consiste, pero que suena sumamente respetable y de llegar al final del día con el peinado intacto.
Es una historia aburrida en realidad si no eres el implicado. Luego vinieron los saludos al cruzarte con ella, los momentos incómodos en el ascensor, alguna sonrisa de vecina que intenta ser amable pero en realidad solo está deseando llegar a casa o a la calle…
Luego deduje que el novio de marca viaja mucho. Se supone que por cuestiones de trabajo. Por tanto la muchacha se queda durante días sola en casa, y solo de vez en cuando invita a alguna amiga, o monta una cena, etcétera.
Así que mi vida fue avanzando, y lo que al principio solo era una cierta curiosidad por su cuerpo, se fue convirtiendo en ese rollo indefinido que muchos llaman obsesión cuando le quieren quitar hierro al asunto. Te dicen que estás obsesionado y que ya se te pasará. Lo cual significa: Ella tiene novio y le hemos visto. Entre otras cosas.

Lo que suele pasar con temas personales de esta naturaleza, es que buscar apoyo ajeno acaba siendo demasiado a menudo un error. La sabiduría popular -a la que la mayoría de veces se le otorga una credibilidad que roza el ridículo- dice que tener alguien cercano en quien apoyarte con estas cosas siempre ayuda. Y quizá hasta ahí eso sea cierto. Excepto que la posibilidad de que ese alguien no sea un bocazas como la mayoría de la gente, es casi una utopía. Es el motivo por el que ahora muchos/as -por decirlo así- esperan a hablar con alguna persona ajena a su círculo social por cualquier chat para decirle a él lo que realmente les preocupa.
Y yo me he colado de la chica de la portada de Tab. Yo, el cínico. Yo, una de esas personas que jamás podrá ser vista de ninguna otra manera que con el san benito que se le ha colgado. Como a cualquiera. Todos necesitan reducirte a la mínima expresión, necesitan catalogarte. Y siempre encuentran un término, la mayoría de veces reduccionista y absurdo, cualquier palabreja que de ningún modo puede abarcar lo que eres. En mi caso, algunas potenciales serían: Neurótico, Pesimista, la ya nombrada Cínico, Cerrado, Amargado…
Así no se puede batallar con Ken Mi Bufanda Hace Juego Con Mi Chaqueta.
No es justo. Los días pasan y todo sigue igual, plano. Ya casi me he acostumbrado a sufrir. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos por no bajar a ayudarla con las bolsas de la compra; incluso habiendo ascensor. Me cuesta cada vez más no subir las escaleras y llamar a su timbre para luego no saber qué decir. Persigo ese momento en el que estás frente a ella sin motivo alguno, sin tener una excusa. Subir a pedir sal sería un ridiculez teniendo vecinos más cerca. Fantaseo con la posibilidad de seguirla por la calle, de salvarla algún día de ser atropellada por un autobús. Hago planes con desacreditar de alguna forma a su novio de escaparate, algo como pasándole una nota bajo la puerta del tipo “tu novio te pone los cuernos”. Me gustaría vivir en la precariedad, pasar hambre, tener problemas de verdad, hacer un viaje que se torciera, acabar en una cárcel tercermundista durante cinco años y volver a casa pensando en lo gilipollas que fui al preocuparme tanto por Miss Tab. O quizá llegara con unas energías renovadas y no tuviera problemas en acercarme a ella y soltar toda la parrafada sin más.
Quiero tener heridas de guerra, recuperarme de un cáncer, tener una cicatriz que me atraviese la cara, quizá un dedo menos; quiero caer, pegarme un costalazo brutal, desencajarme pero sobrevivir a ello. Quiero escribir otra guía. He pensado muchas veces en ello. Una guía con la que te puedas labrar un desastre y sobrevivir a él. Provocar una aventura al roce de la muerte que convierta las preocupaciones cotidianas en nimiedades. Creo que es algo que interesaría a la editorial “Oscuridad Interrogante”. Incluso he pensado en el nombre. En este caso un acrónimo. SAP (Sobrevivir Al Precipicio). Sería el libro con el que comprendes por qué tu sillón resulta más cómodo después de un día de excursión. Por qué el silencio es algo especial después de haber estado en una discoteca. Por qué un cigarrillo o el sexo o la masturbación saben mejor después de un tiempo de abstención. Sería una guía para llevar ese principio al extremo. Pautas para poner tu vida patas arriba y después volver a ella y que lo que antes te parecía tedioso te parezca maravilloso. El placer existe por contraste. El novio de la chica Tab resulta guapo porque la gente también puede verme a mí. Todo funciona por comparación. La guía SAP sería una fuente lúcida sobre cómo perseguir la felicidad añadiendo peligro a tu vida. Varios pasos más allá de los deportes de riesgo.
Necesito que me peguen un tiro en la cabeza y que la bala se me aloje de tal manera que pueda sobrevivir y decir que tengo una bala en la cabeza que es tontería intentar extraer.

La noche que comienzo a escribir ella vuelve a estar sola. Llega con bolsas de la compra. La espío por la ventana. Sonrío porque pronto se reducirá el miedo. La desesperación ayuda. Quizá no haga ese viaje en busca de una picadura mortal o una enfermedad que superar. Pero si soy yo quien escribe la Fuente del Peligro, eso me tiene que ayudar. Eso haré, me convertiré en el pequeño secretario de Satán. El libro será largo. Tendré que luchar por él, por que lo publiquen. No solo tiene que gestarse, tiene que nacer. Tiene que llegar a sus manos. El tiempo no ayuda, se supone que estrecha lazos; pero también alimenta la rutina.
La guía SAP arranca ahora. Capítulo 1: Pequeños avances sobre cómo no morir de asco.

[“El cisne negro”, la nueva peli de Aronofsky, no acaba de llegar; mientras tanto, en el video podéis ver una de esas entrevistas promocionales (practicad vuestro inglés). Al parecer han nominado a Mila Kunis a los globos de oro. La peli tiene pinta de ponermela dura en tantos aspectos que estoy agotado de esperar… Abajo, pin-up, otra más.]

Una relación sólida

La verdad es que llevo como dos horas borrando y escribiendo, porque no sé cómo contarte esto. He escrito y borrado hasta el punto de ser esta la tercera carta que empieza igual: hablando de todo lo que he escrito y borrado.
Antes que nada (y este trozo ya es inédito respecto a las otras cartas), quiero que sepas que, al margen de mis actos, tú eres la única mujer a la que quiero; o sea, en el sentido de convivencia y quizá tener hijos en un futuro y todo ese rollo. Ya sabes que lo hemos hablado mucho cuando te llamo «Cariño» y tú no te crees que seas la única a la que me he referido así en la vida.
No sé por dónde empezar, pero estoy decidido a no borrar más, porque la verdad es que por más que quiera justificarme o suavizar el golpe, la información sigue siendo la misma.
Ya sé que estoy alargando la paja (y entiéndase por «paja» todas estas líneas en las que voy dando rodeos sin meterme en harina). Sé que te irrita mi forma de escribir las cartas, pero entiende que si no me enrollo antes un poco, no me caliento para decidirme de una vez por todas a contar lo que tengo que contar.
Supongo que a estas alturas ya debería estar describiendo cierta escena conmigo de protagonista acontecida ayer después de la cena de ex-compañeros con una chica que se llama Violeta, y que cuando tenía dieciocho años no era tan atractiva (aunque sea menos atractiva que tú y no la vea en absoluto como mujer potencial para tener nada serio ni llamarla Cariño, etcétera). Sí, a estas alturas del texto ya debería concretar más, incluso habiendo solapado ya cierta información sobre cuernos en la que tú, mi querida y única mujer sentimentalmente hablando, eres la engañada y ultrajada víctima.
Quiero que sepas que voy a entrar en detalles. Porque lo mereces. Yo soy aquí el culpable. Soy un gilipollas de verborrea fácil que te ha engañado. Así me siento. Así que voy a describir lo que pasó ayer punto por punto, sin descuidarme nada. Quiero ser cien por cien sincero, porque aunque haya roto mi promesa implícita de fidelidad teniendo en cuenta que somos pareja de las de cenar en casa de los padres y con perro y compras de Navidad y toda la pesca. Y ya que hemos asistido juntos a bodas y comuniones y tenemos un montón de fotos en Facebook y que en ambas cuentas detallamos tener una relación y con quién. Dado todo ese pasado de detalles y pruebas que demuestran que somos Dos y que nos queremos, creo que lo justo es que mis aventuras de ayer formen ahora parte de esta carta de disculpa que estoy intentando escribir con mucha dificultad y nerviosismo.
Normalmente ahora es el momento en el que releo y borro lo que he escrito. Pero tengo que decir que he releído y que sigo escribiendo. Estoy orgulloso (aunque sólo en este aspecto), estoy avanzando.
Allí estaba yo, cariño, en esa cena con veintitantas personas, incómodo y arrepentido de haber ido. Violeta estaba sentada lejos de mí, y hasta ese momento solo nos habíamos dado dos besos. El saludo protocolario, un rollo casi monárquico entre dos personas que hacía diez años que no se veían. Pero en cierto momento, durante la cena, ella parecía mirarme con obvia insistencia desde su silla. Sonreía unidireccionalmente y todo eso. Y yo, aunque de forma inocente, me la imaginé sin ropa. Me pregunté cómo sería esa mujer ahora desnuda en un jakuzzi o follando a cuatro patas con cualquier desconocido después de haber quedado por algún chat de adictos al sexo. Pero prometo que solo era mi imaginación con el piloto automático, un rollo masculino sin importancia, pura inercia, como cualquier tío gritando durante un partido de fútbol o rascándose los huevos solo en casa por encima del pantalón de pijama. No te preocupes, hasta ahí ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de arriconarla y meterle la polla ni nada parecido.
Pero la cena seguía. Y aunque no quiero poner como excusa el alcohol, la verdad es que lo de beber ayudó bastante a que yo comenzara a devolverle las miradas y los gestos. Ella sabía de mi relación igual que yo de la suya. Facebook. Pero ambos estábamos allí entre todos aquellos ex-compañeros, y no sé qué pasó… Es decir, lo sé. Cuando ambos nos separamos del grupo y fuimos dirección a cierto hotel de tres estrellas, yo comencé a sospechar algo. Y luego, mientras nos duchábamos juntos y la estaba masturbando, ya casi tenía claro que aquello era técnicamente inviable desde un punto de vista monógamo. Hasta cuando ella me la estaba chupando y los dos ya estábamos en la cama, creo que tanto ella como yo éramos plenamente conscientes de que estábamos, en resumen, engañando a nuestras respectivas parejas. Y no solo a un nivel sexual o físico, sino también -de algún modo- emocional o químicamente. Así que sí, sé lo que pasó, pero no sé exactamente por qué pasó. Incluso cuando yo le comía el coño, y sabiendo con certeza que no era tu coño sino el coño de Violeta, incluso así, seguí adelante. Era, de hecho, irritántemente consciente de lo que pasaba, y me gustaba lo que estaba pasando. Siendo sincero, el hecho de estar poniéndote los cuernos -y sobre todo mientras ella me cabalgaba-, fue lo que más me acabó gustando del asunto. La mezcla de sexo y maldad consciente y adultera hicieron que me sintiera bien por primera vez en mucho tiempo. Y no es por colgarme medallas, pero tanto ella como yo disfrutamos de una noche culpable que creo que tanto ella como yo necesitábamos tanto como ahora necesito escribirte esta carta.
Follamos duro, no lo voy a negar. Y no quiero entrar en detalles sobre el sexo oral que tú, mi querida y única mujer, nunca quieres practicar. Mientras follábamos pensaba en todas las veces que pensé en dejarte los primeros meses de relación. Pensé en todas las reuniones familiares, en tus sobrinos ruidosos, en las comidas de navidad eternas, en por qué no podemos ser una pareja más libre, menos sometida a chantajes emocionales y tradiciones. Pensé en por qué te gusta tanto todo lo manido, cada día de celebración impuesta, cada detalle, cada puto aniversario, pauta, regla, academicismo. Hasta cuando ya me había corrido dos veces y estaba agotado, el solo hecho de pensar en otro día más de comida con tus padres hizo que se me volviera a poner dura para Violeta. Y creo que ahora, fíjate tú por dónde, mientras escribo, me estoy dando cuenta no solo de lo que pasó, sino de por qué pasó. Quizá no sea la monogamia, cariño. Quizá seas tú. Mi polla no engaña. Y aunque creo que te quiero más que a nadie porque aun con toda la mierda que tengo que soportar sigues enterneciéndome, lo cierto es que también me follé a Violeta porque sé cómo miras al tío de “Atención al cliente” en el trabajo. Sé que comes con él todos los días, que te ríes con él como te reías conmigo cuando comenzamos a salir, y que te lo follas en los lavabos de la empresa. Ahora sé que me corrí en las tetas de Violeta como un puto animal porque en ese preciso instante de orgasmo políticamente incorrecto, vi una luz que separaba el sexo del amor. Violeta se convirtió en la pieza del puzzle que faltaba. Y el problema es que el resto del puzzle eres tú, y lo que conformas es un paisaje de ríos y montañas tan bucólico como aburrido después de cuatro años de matrimonio.
Esto es lo que dicen, ¿no? Una relación sólida está cimentada en la auténtica sinceridad, en el hecho de compartirlo todo. Es la clase de máximas que adoras, la sabiduría popular, el camino recto (aunque este esté rodeado de unas colinas en llamas que nadie está dispuesto a apagar).
Sinceridad al poder, pues. Aunque me he portado mal contigo, supongo que esta riada de Verdad te habrá parecido dura pero también sugestiva. Podemos romper, pero esto te demuestra que no vas a encontrar a nadie ni la mitad de sincero. Seguramente la única conclusión que podemos sacar aquí es que soy humano. Que tú también lo eres. E incluso lo es el tío de “Atención al cliente”. Espero que me perdones igual que tú estás perdonada. Y espero que si seguimos adelante, pueda ser en base a algún tipo de filosofía voluble, algo que nos permita pasar de ser la típica pareja enterrada en tradiciones a ser algo más que cenas y unos anillos caros.

[Cualquiera que siga el blog, sabe que uno de mis ídolos es Bill Hicks, un monologuista que murió joven (cáncer de páncreas) y que sigue considerado como quizá el mejor que ha parido el big bang. He encontrado dos videos (muy mal grabados pero con subtitulos) de cuando sólo él y sus padres sabían que iba a morir (en el video tiene 31 años, murió con 32). Yo no veo morbo alguno en esas grabaciones, solo tristeza, me jode que alguien así se fuera tan pronto. Pero me resulta heroico cómo alguien que sabe que le quedan cuatro días sigue subiéndose a los escenarios, y cómo el hecho se saberse muerto a muy corto plazo afecta a un discurso que ya de por sí era brutalmente crudo (y divertido). Te quiero, Bill.]

Snoopy y el ansia

Tengo un problema, tío, le dice Snoopy a su teléfono. Una vocecilla ininteligible cacarea al otro lado de la línea. Sí, dice Snoopy, pero esto es grave, colega. La vocecilla esta vez queda a la expectativa. Lo que pasa, intenta argumentar Snoopy con mucha dificultad, es que Dulcinea ya solo puede ofrecerme una cosa. La vocecilla vuelve a hacer mutis. Y esa única cosa que puede ofrecerme, pues bueno…, se me hace muy cuesta arriba explicarla. Entonces, una pausa, y Snoopy rompe a llorar, de esa forma furiosa, con mocos, hipidos y etcétera. La vocecilla adquiere un tono de calma, hace una pausa, y luego añade algo más que se intuye un intento de tranquilizar a su amigo. Es importante que no se lo digas a nadie, suplica éste intentando dejar de llorar. La vocecilla vuelve a hacer un silencio, esta vez muy largo, casi se diría que quizá pueda haber tapado el auricular para hablar con una tercera persona, aunque esto solo forma parte ya de la imaginación de Snoopy, que añade: ¿Me prometes que no se lo dirás a nadie? La vocecilla suelta un monosílabo, seguramente el típico «sí» sobre-actuado y sospechoso.
Pues bueno, empieza Snoopy armándose de valor, tiene que ver con el sexo. La vocecilla, un monosílabo. Y es que ya no funcionamos, tío, ya tengo mucha dificultad para que se me ponga dura con ella. La vocecilla, mutis. Verás… Entonces la vocecilla interrumpe seguramente con la intención de dar un respiro a Snoopy y preguntar algo concreto. Sí, suspira Snoopy, tienes razón, estoy dando rodeos… Silencio largo, un hipido, respiración profunda. Snoopy: El caso es que… ya lo único que me pone de Dulcinea es lamerle el ano.
Cabe hacer un inciso, y aclarar que Snoopy se llama en realidad Alfredo, y que su apodo nace un día de hace tres años en el que varios colegas le encontraron una mañana de domingo al borde del coma etílico tumbado boca abajo en una postura horrorosa encima de la caseta de su perro en el jardín de la casa de sus padres. Lo que él no sabe es que sus amigos se refieren ahora al perro como Alfredo.
La vocecilla apenas reacciona ante la revelación que acaba de escuchar. Aunque comenta algo, se haría muy difícil deducir el qué. Snoopy dice que Al principio no me preocupaba este asunto, pero Dulcinea empieza a sentirse incómoda al respecto; no es que ella tenga nada en contra del sexo oral, y creo que le gusta que le chupe ahí… pero a veces necesito como cinco minutos de mamada para que se me ponga dura, y luego se la meto muy rápido, antes de que vuelva a reblandecer.
Ahora se hace un silencio muy largo. Snoopy cada vez está más convencido de que la vocecilla tapa el auricular para hablar con otra persona. Aun así, se contiene y espera a ver cómo reacciona su interlocutor. La vocecilla parece dar su opinión con un tono diplomático, tanto que a Snoopy le parece forzado, y quizá incluso una forma de tapar unas más que probables e intensas ganas de reír, posiblemente compartidas con la cada vez más plausible tercera persona.
Todas esas sospechas de mofa hacen que Snoopy, inevitablemente, eche a llorar otra vez. La facilidad para el lloro en un joven ya cerca de la treintena como él, es un misterio para todos. Donde algunos necesitan películas de tres horas para emocionarse mínimamente, a Snoopy le basta con un spot de Unicef o la foto de alguna niña desparecida de la que han encontrado el cadáver.
La vocecilla, ante esta segunda sesión de lloros, parece volver a adquirir un tono de calma, y habla durante un buen rato mientras Snoopy intenta recuperar el control para poder volver a expresarse con sonidos inteligibles.
Luego, por fin, dice: No solo es que solo se me ponga dura así, es que ahora con cualquier mujer que veo, me pregunto cómo sería lamerle el ano, si a ella le gustaría… Tío, ya no me gusta nada más, ni tan siquiera me llaman la atención los glúteos, lo único que me interesa es el ano. Las tetas tampoco me importan, ni besarla en la boca, ni comerle el coño. ¿Entiendes?
La vocecilla suelta algo breve. No, dice Snoopy, tío, te hablo en serio. Creo que ya no me gustan las mujeres, solo quiero sus anos. Cuando veo porno solo me interesa el ano, amplío las fotos hasta que toda la pantalla es un ano… Aquí la vocecilla interrumpe, su ruido parece transmitir un tono de argumentación seria, como si hubiese dado con alguna clave sobre el asunto en cuestión. Pero, no, dice Snoopy, ya sé que tú siempre has perdido el culo por las tetas, pero esto es distinto, cuando le como el ano a Dulcinea ya lo hago con un ansia que a ella empieza a extrañarle. Hace poco llegué a dirigirme una vez a su ano en voz alta, tío. Quizá más de una vez… Créete lo que quieras, pero creo que Dulcinea está comenzando a tener celos de él…
Dulcinea, chica de veinticinco años saliente de una familia católica notablemente acaudalada de la que logró escapar dogmáticamente hablando, es llamada así porque el anterior apodo de Alfredo era Don Quijote. Algo relacionado con un repetitivo discurso en base al espíritu de superación que, en muchas ocasiones, hacía que se embarcara en proyectos personales absurdos y/ o imposibles que le hacían parecer un loco de los de orinal por sombrero.
La vocecilla, sorprendentemente, en seguida replica al asunto de los celos. Snoopy corta la replica: No, tío, no hablo mucho con su ano… La vocecilla esta vez parece haber dado con alguna clave de verdad, y parece exponer alguna teoría con la que Snoopy comienza a sentirse incómodo quizá por cómo su interlocutor pueda haber dado en el blanco en algún aspecto. Al fin y al cabo, Alfredo ahora es Snoopy, pero sigue siendo también Don Quijote. La vocecilla sabe del carácter neurótico de su amigo en circunstancias complejas.
No, dice Snoopy, no tengo largas charlas con el ano de mi novia. Ella lo sabría, ¿no crees? Fue durante el sexo cuando alguna vez se me ha escapado alguna frase personalizada que… La vocecilla interrumpe. Parece soltar un par de argumentos. Y luego, sea lo que sea que ha dicho, Snoopy se ha quedado callado. El interlocutor añade algo más, y Snoopy dice Sí, Dulcinea duerme, como todas las personas, ¿adónde quieres llegar? Ruidito de la vocecilla durante un minuto. Luego, Snoopy: Sí, te prometo que no voy a llorar, di lo que sea. Ruidito, un minuto, minuto y medio. Snoopy echa a llorar.
El diálogo que acontece es significativo; el interlocutor de Snoopy, de algún modo, y, haya o no una tercera persona y, estén o no en parte mofándose de Snoopy, ha sabido tocar la tecla adecuada. Sí, reconoce entre moqueos Snoopy, hablo con su ano mientras ella duerme. No lo puedo evitar. Crucifícame, joder. ¿Qué quieres que haga? Vocecilla, ruidito, veinte segundos. Sí ya sé que Dulcinea puede hablar y su ano no, ¡ya sé que un ano no habla joder! Y no estoy teniendo ninguna historia de amor con su ano, no es por eso por lo que ella está celosa, o sea, es que… La vocecilla interrumpe. Snoopy interrumpe: No tenía que haberte dicho nada, no se trata de que para mí esto sea un amor imposible o un reto. Snoopy, cansado del teléfono, pone el manos libres; la vocecilla toma forma de palabras y ser humano: … y creo que lo único que quieres es clavársela en el culo, ¿a que sí? No pasa nada, tío, todos fantaseamos con ello, ya sabes que Arwen no me deja, y que a mí me encantaría, pero no tienes por qué convertir todo el asunto en una historia de amor con un ano, joder. Oye, vale, dice Snoopy, nunca se la he metido por ahí, y me gustaría, pero… Pero ella no quiere, interrumpe Aragorn (apodo que, en resumen, se deriva de su peinado y forma de vestir). No, pero no me entiendes, protesta Snoopy, el caso es que no sé si ella querría o no probar el sexo anal. Lo que creo es que si realmente lo probáramos, ella se sentiría como si le estuviera poniendo los cuernos.
Se hace un silencio realmente largo. La línea vacía.
Finalmente, Aragorn dice: Tío, una vez leí que esa obsesión por los anos femeninos podía derivarse de una pulsión homosexual reprimida. Tío, dice Snoopy con tono de queja. Oye, no digo que tengas que ser homosexual, quizá eres bisexual. Reconoce que tu parte femenina, bueno…, es bastante obvia. No estoy de acuerdo, se queja nuevamente Snoopy. Joder, suspira Aragorn, ¿no te acuerdas de aquella tarde en la que te pusiste a llorar y hasta por la noche no quisiste reconocer que había sido por un anuncio de champú?… estábamos viendo El señor de los anillos en casa de Espinete… Lloraste con un anuncio de champú, y dijiste que era porque habías notado un poso de tristeza en la mirada de la modelo del anuncio… Joder, Snoopy, mi novia es Charlton Geston comparada contigo… … ¿Snoopy?
Snoopy se ha alejado del teléfono y llora en un rincón, de pie. Hay un poster de una foto ampliada de un ano en medio de la sala de estar. Cuando sabe que Dulcinea va a venir al piso, la quita. El ano es de ella. Lo que Snoopy no le ha dicho a Aragorn es que los celos de Dulcinea comenzaron a fraguarse el día en que Snoopy quiso hacerle esa foto. Aragorn comienza a aparecer por todos lados en la pantalla del portátil de Snoopy, parpadea por Messenger y por Skype, e intenta contactar también por Facebook. El teléfono sigue abandonado y de vez en cuando se oye: «¿Snoopy?».
Snoopy se acerca al poster. Lo acaricia con la mano derecha y pega su mejilla izquierda a él. Sigue llorando. Aragorn dice al teléfono: Voy a llamar a la policía, Snoopy.

[Transcrito de La Vanguardia de hoy, cartel de un local de Marbella: EL ASADOR GUADALMINA Informa: Ante la inminente entrada en vigor de la ley “ANTI TABACO”, (cortina de humo creada por nuestro gobierno para tapar siete años de destrucción masiva de España), les informamos que, como negocio privado, haciendo uso de lo que nosotros entendemos son nuestros derechos, dicha ley, no será aplicada en nuestro establecimiento. Pedimos disculpas a toda aquella persona que se sienta perjudicada. Lo que sea, pero… cojones gordos… Y solo llevamos tres días de ley… (video: ¿cuándo prohibirán también fumar en las escenas de las películas que transcurran en interiores públicos?… ¿o la doble moral no funciona en un contexto de ficción…?) Clickad para ver el video en Youtube, otra vez no se puede ver por aquí y me cago en… Y abajo, otra Pin up para la colección; me encanta todo, la chica, el vestuario, la textura de la fotografía, hasta los graffitis guarros de la pared de detrás…]