Paula Pánico

La habitación está desordenada de ese modo extrañamente acogedor. Van a ser las siete de la tarde. La persiana abierta y el sol. En las paredes hay todo tipo de posters y cuadros, están saturadas de tal forma que aunque ordenaras el resto de cosas la visión global seguiría dejándote sensación de caos. Todo, o casi todo, inevitablemente, es negro. Incluso la colcha de la cama. Solo hacen contraste con lo que ves las vistas si miras por la ventana. La casa de Paula da a unos viñedos. Ella siempre dice que su habitación es el ojete del pueblo.
Paula está sentada cara a la ventana. Hace dos años convenció a sus padres para que le compraran una mecedora. Como sabía que ellos se negarían, estuvo un par de semanas fingiendo que lo que quería era un ataúd. Día tras día iniciaba una conversación a la hora de comer sobre su ansiado ataúd. Decía que quería dormir en él, que su cama no encajaba con su carácter. Ella tenía derecho, decía, a decorar la habitación a su manera, y si quería un ataúd su padres tendrían que respetar su opción. Habló y habló sobre el tema, sacó de quicio hasta tal punto a su padre que una noche la mandó a su habitación sin cenar. Entonces Paula comenzó a gritar que se iba a cortar las venas. Sus padres subieron a la segunda planta, y vieron que la chica había bloqueado la puerta con algo. Paula seguía gritando.
Dos días después, durante la comida, con un hilo de voz, Paula dijo que vale, que un ataúd no, pero que qué les parecía una mecedora. Que le hacía ilusión una mecedora. Y al cabo de tres días tuvo la mecedora en su cuarto. Una antigualla que crujía a cada movimiento, a veces incluso sin que nadie la tocara. Paula sabe que en ocasiones hay que sacar las cosas de quicio hasta que la situación se vuelva estúpida y extrema, de tal modo que ella coloca sus objetivos en un aparente término medio, ese momento en el que el trato parece acabar anclado en un ni-para-ti-ni-para-mí. Había ganado la partida, pero sus padres creían que habían domado una vez más a la fiera. Se trata de hacer que los demás piensen que tienen el control.

Mírala sentada en su mecedora. Sus padres han salido a cenar. Uno de esos encuentros con amigos de los que Paula ya se ha librado. Papá y mamá al principio eran muy estrictos, ella tenía que relacionarse, ver gente. Pero luego pensaron que durante esas salidas, cuando ella se iba con otros chicos a dar una vuelta mientras los padres charlaban, pues bien, pensaron que Paula fumaba hierba. Esta creencia la sembró ella misma pidiéndoles a unos tíos en un bar que por favor soplaran hacia su ropa mientras fumaban. Hizo esto unas siete u ocho veces, varios fines de semana, hasta que sus progenitores notaron el olor en la ropa. Su madre registraba su habitación, llegaron los interrogatorios, y Paula, un día, entre lloros fingidos, reconoció que fumaba, pero que el chico que le suministraba la hierba vivía en el centro del pueblo, y que solo fumaba cuando salían al centro. Luego, aún llorando, añadió que por favor la dejaran salir, que prometía que nunca más fumaría, que lo había dejado, etcétera. Obviamente sus padres no la creyeron (o sea, sí), y desde entonces Paula pasa esas noches en casa, lo cual era su auténtico objetivo.
Cualquiera de los objetos de su habitación fueron conseguidos en demanda de algo mucho más extremo y absurdo. La pequeña navaja que siempre lleva con ella la consiguió en un mercado al por menor después de lloriquear durante todo el día por una katana. Su siniestro pelo negro cortado a la altura de los hombros con un mechón rojo y el flequillo recto sobre los ojos, surgió de un debate con mamá en el que Paula aseguraba que quería raparse la cabeza. El pequeño tatuaje de un murciélago en su tobillo derecho nació de la insistencia por plantarse un enorme dragón en su espalda. Eso hace Paula, poner las potenciales negativas de sus padres a su favor. Pone la adolescencia a su favor porque sabe que la adolescencia no existe. La mayor arma de Paula es trascender las etiquetas, vivir al margen de ellas y como mucho utilizarlas en beneficio propio.

Ahora, sentada en su mecedora, mira el paisaje con aire ausente, como suelen decir los escritores. Mastica un chicle de fresa que ya hace rato que sabe más a neumático que a fresa. Paula tiene dieciséis años. Sus padres son de esas personas que no parecen disfrutar de la vida jamás; que van de un lado a otro por compromiso y que si les ves resoplar sonríen como quitando hierro al profundo agobio de vivir que parecen sentir la mayor parte del tiempo. En resumen, los padres de Paula son, como diría cualquiera, normales. Van tirando.
En los ojos de Paula se refleja a menudo lo que parece ser una inmensa nada. Son negros hasta el punto de lo industrial, lo cual los hace preciosos. Una negritud que ella resalta más con maquillaje, con su pelo. Esas pupilas son el centro de algo tan atractivo como amenazante. Desde primera hora de la mañana necesita su maquillaje, su pelo perfecto, todo el marco de sus ojos preparado. Y si alguien pregunta o piropea o alude a su aspecto de algún modo, ella siempre dice que la idea es que su cabeza parezca estar cortada y sobre una bandeja.

Durante un tiempo ha sentido cierta curiosidad por cómo sería fumar en pipa. Se imagina a ella misma en su mecedora, con su pipa y menor de edad, y cada vez le atrae más la idea. El problema es que sabe que sus padres jamás consentirían que lo hiciera. Y no se le ocurre ningún truco, ninguna petición que supere con creces el deseo de fumar para que finalmente la dejen fumar. Es algo en lo que piensa tan solo cuando está sentada en la mecedora; le parece que la pipa haría juego, se imagina sí misma en situación y se le antoja divertido. En resumen, ninguna chica de dieciséis años fumaría en pipa, y eso hace que cada vez tenga más ganas de probarlo.
En diversas ocasiones ha amenazado con suicidarse; como complemento a otro deseo, igual que con el ataúd. Con ello ha conseguido -además de la mecedora- el permiso para un par de viajes, mucha ropa y algunos objetos de los que pueblan su habitación. Entre ellos, el esqueleto sorprendéntemente realista de lo que la etiqueta decía era un niño de nueve años. Un rollo de Halloween.
Una de las cosas que le gustan de quedarse sola mientras los demás “ven gente” y “tienen vida social”, es que a veces se le aparece Rebeca.
Rebeca es igual que Paula, es básicamente ella pero en otra gama de colores: los ojos azules, el pelo rubio, la ropa blanca o rosa o amarilla, las uñas esmaltadas en colores claros y no negras… Es la aperente versión naïf de Paula, pero puede ser más oscura que ella. Puede aparecérsele en cualquier momento de noche y suele incentivar largas conversaciones. Hoy aún no ha hecho acto de preséncia. No suele hacerlo hasta que el sol no se ha ido del todo. Paula la echa de menos. Mientras la espera decide ponerse un vestido que tiene estampado como un tablero de ajedrez, sólo por el gusto de vérselo puesto en los dos espejos que tiene en la habitación. Camina descalza y hace tiempo hasta que anochece. Escucha a Radiohead y pega patadas a sus peluches mientras canta por encima de la voz de Thom Yorke. Echa un vistazo a su colección de gafas de pasta sin cristal, y se sienta un rato en la madera dentro de su armario mientras ya casi es de noche del todo. Se siente relajada y con muchas ganas de contarle cosas Rebeca.

Se queda algo grogui en una mala postura. Se incorpora y mira el reloj. Las diez y media. Sus padres ya deben estar en los postres de alguna cena multitudinaria llena de italianos. Pueblerinos. Se levanta y, al echar un vistazo, puede ver que Rebeca está sentada en la ventana con los pies hacia fuera, mirando hacia los viñedos. Enseguida se vuelve y ve a Paula. Y Paula sonríe. Verse a sí misma es extraño cuando el exterior es tan distinto en ciertos aspectos. Rebeca, al margen de su físico, es una aparición desconcertante, que aborda conversaciones a veces de lo más banales, y otras veces tan surrealistas que no puedes seguirla.
– Paulita… Tienes que dejar de dormir en el armario. No es una buena costumbre, cariño.
Rebeca se pasea ya por la habitación. Paula se sonroja. En los últimos días está notando un cosquilleo extraño cuando piensa en Rebeca o ve a Rebeca. Una especie de enamoramiento tan puro que va más allá de lo normal, sobre todo teniendo en cuenta que Rebeca no existe físicamente hablando. Paula no sabe muy bien qué o quién es, pero sabe que le gusta. Es tan distinta a ella y a la vez tan comprensiva que no puede evitar quererla.
– ¿No dices ni mu, Paula?
Fuera ya no se ve nada, por la ventana solo hay negrura, los viñedos desamparados en la oscuridad. Paula le dice a Rebeca -no sin sonrojarse- que la echaba de menos.
– Ya… Yo sé que no eres tan cafre como todos piensan…
– Como nunca apareces de día, son muchas hora sin ti, y…
– Yo soy un complemento a la noche igual que tú lo eres al día, cariño.
– …
– ¿Por qué estás tan vergonzosa?
– …
– ¿Tus progenitores vuelven a estar con sus amados protocolos? ¿Haciendo como que entienden de vinos? ¿Pavoneándose por la villa?
Paula sonríe como no le sonreiría a nadie, con cierto rubor. Asiente con la cabeza.
– ¿Ya no eres tan traviesa como antes?… Podrías pedirle a tus padres una bomba de hidrógeno durante un mes seguido. Y quizá con el tiempo te consiguieran algún explosivo menor, pero suficiente como para borrar este pueblucho del mapa…
– La verdad es que…
– Ya veo… tienes otra cosa en la cabeza.
– Se trata de una persona.
Rebeca abre mucho sus enormes ojos azules.
– ¿Un pequeño querubín del diablo está ganándose tu corazoncito gótico?
– No he dicho que sea un chico…
– Mi niña… Mi pequeña lesbiana oscura…
– Tampoco digo que sea lesbiana…
– Mi enternecedora bisexualilla…
– Eh…
– Bueno, algo tienes que ser…
– Solo digo que esa persona, pues… cada vez me gusta más.
– Y eso se está convirtiendo en un problema.
Paula asiente de forma casi imperceptible.
– Increíble -murmura Rebeca-, mi Paula Pánico se ha enamorado.
– Ya sabes que no me gusta que me llames así.
– No te enfades conmigo, sabes que lo hago con cariño.
– …
– Y bueno… ¿no quieres hablarme de esa belleza que te está torturando?
– La verdad es que es una visión. No existe… No existe físicamente.
– ¿Entonces dices que es una prima mía?
– Es… Sí, como tú. Es una aparición igual que tú.
– ¿Es una aparición diurna? ¿Estás… charlando con un hada diurna?
– Bueno, ella… Ella es muy reservada. Pero siempre lleva un velo increíble, una especie de camisón…
– Una Galadriel de baratillo…
– No. Es una mujer preciosa, casi transparente; me susurra poemas de Poe al oído.
Rebeca se vuelve a sentar en la ventana, esta vez cara a la habitación. Su gesto se torna serio. Mira a Paula. Dice:
– ¿Esa aparición de la que hablas es una invención para ponerme celosa? ¿Soy yo la aparición de la que te has enamorado?
Entonces alguien llama con dos golpes a la puerta. La madre de Paula la abre y asoma la cabeza.
– No has estado fumando, ¿verdad?
Rebeca desaparece en cuanto Paula se vuelve ya habiéndose ido su madre. Sabe que esa clase de interrupciones hacen que Rebeca ya no vuelva más. Sin embargo, al bajar la cabeza y luego mirar hacia la ventana otra vez, ha vuelto. Está de pie y de sus ojos bajan dos lagrimas que parecen sangre. Paula se sienta en la cama y le pregunta si está bien.
Siempre veo la misma imagen, dice Rebeca. Querida Paula Pánico… Es una chica de pelo pelirrojo que lleva un vestido floreado. Está muy cerca de mí, delante de mí. Corretea y juguetea. De vez en cuando se vuelve y su cabello suelto dibuja imágenes preciosas y volubles en su cara. Es una chica sonriente, es un día soleado y luminoso. Es un parque o un prado. Su falda ondea y ondea al viento. Es la poesía barata hecha realidad, querida Paula Pánico; es la felicidad de lo anuncios sin su hipocresía y falsedad: la verdad sin forzosas teorías optimistas. Luz natural y música con corazón. Cada vez que esa chica se vuelve para mirarme y situarme, sé que nada más importa. Puedo imaginar el sabor de sus fluidos sólo con verla sonreír. Es el cielo encapotado y eléctrico y bello de antes de llover en serio. Pero ella es una máquina amorosa, y yo un fantasma. Y toda su energía supone demasiada luz para mí.

[A veces hay ciertas películas que son desastrosas a nivel global por ser demasiado pretenciosas. Pero de algunas de esas películas se pueden sacar escenas que, aun fuera de contexto, son de una belleza y sugestión dignas de mención. Uno de esos ejemplos de cine bizarro es “Revolver” de Guy Ritchie, un intento fallido -aunque muy interesante- de llevar su cine un paso más allá, que aunque fuera en general destrozado por la crítica y ninguneado por el publico, no por ello hay que dejar de reconocer que a ratos demuestra una brillantez poco habitual en el cine contemporáneo. Si no, atención a la escena del video. Scorsese estaría orgulloso; Tarantino quizá haya mojado los calzoncillos con ella. Abajo, más pin-up.]

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17 comentarios en “Paula Pánico

  1. Pues creo que tenia que haberte comentado el texto antes de ver la escena de la peli, porque he estado sus 5.43 min con la boca abierta, joder que cosa mas buena. Es que no hace ni falta saber de que coño están hablando pasa que no solo Tarantino moje sus calzoncillos (en mi caso el tanga) wow, genial, lo de la china, lo de …. wow, sin palabras
    Ah y una cosa, hacia mucho que no veía a Ray Liotta, vaya cara se ha dejado el gilipollas, hinchada de botox, y con los ojos milímetros más fuera, menos mal que se le perdona por ser tan jodidamente buen actor.
    ok, ahora el texto mi rey, que me ha parecido estupendo, desde esa niña inteligentísima y llena de astucia, a esa aparición que me ha arrancado una sonrisa al final. que difícil que es la vida de un fantasma… y no me refiero solo a los que no existen y son paranormales, hay muchos fantasmas y entes desperdigados por ahí, intentando saber como funciona esto de enamorarse
    Si Jordi, curioso, muy curioso, lleno de un alo de virtuosismo, que me ha tenido con el culo despegado de la silla todo el rato y por cierto, este se me ha echo muy muy muy corto nene.
    Un beso que te los ganas siempre, Muac!!

  2. Me sumo a lo que dice Irene, ¿por qué no siguió unas trescientas páginas más el relato? :´(
    Lo voy a releer, pero ahí va…Según creo, los espíritus son partes nuestras que tuvimos la necesitad de externalizar. Una vez ahí, frente a frente, no nos queda otra que observar(nos) y escuchar(nos) verdaderamente.
    Locos los que reniegan de su luz y de su sombra. Locos todos.
    Por otro lado, esta expresión artística de una persona dejando la vista limpia hasta el “río bajo el río”, me emociona de muchas formas diferentes. Gracias.
    Sé que se vienen relatos imperdibles con esto de los extremos 🙂
    Ah, y corazones para la foto de Nuria. Estoy hecha un amor, jaja.
    Saludos!

  3. No sé si has escrito algún libro ya o no, pero deberías hacerlo sin falta, tienes un gran don, y es mantener al lector engachado hasta la última palabra. Me gusta Rebeca, quizá porque a veces me gustaría ser un fantasma.

    Un abrazo

  4. Y bueno, a mi la verdad es que mucho no me ha gustado el relato… Ojo, esta NO es un crítica objetiva, carezco de argumentos plausibles para criticar el texto… Pero… No es que sea malo (no es de tus mejores trabajos, pero no es malo)… Sólo que me parece un poco, no sé, sin chiste realmente…

  5. Creo que este relato es atmosférico, y en ese sentido me da la sensación de que le falta algo.

    El de la chica que vomita sangre es confuso: si ha llegado a ese escenario, y no es la primera vez, es porque tiene algo que decir, pero no queda claro. No obstante, es, aun un poco forzado, inquietante y, en ese sentido, el final no decepciona, pero todo lo demás siento que es débil porque no justifica de manera verosímil que la chica sea monologuista en locales de comedia.
    La idea de Snoopy es curiosa y extrema al nivel en que puede serlo “Tripas” de Palahniuk. Pero el fondo que transmite también parece un poco forzado, y quizá sea porque se desarrolla en una conversación telefónica (aunque la conversación telefónica, por como se describe, crea una atmósfera sucia y eso sí es acorde a la narración).
    ‘Relación sólida’ es muy honesto. Me ha encantado.
    ‘SAP’ hace apuntes muy interesantes que quedan algo indefinidos, pero me ha gustado mucho.

    Saludos.

    1. jojo.. vaya repaso, he quedado retratado.. La verdad es que los últimos diez o doce relatos están escritos del tirón y y casi actualizando a diario; aunque aun así yo salvaría alguno más.

      saludos.

  6. ¿Qué más salvarías?

    Genial la secuencia de Revolver. Aunque no me termina de convencer del todo cómo está resuelto el montaje paralelo de los mafiosos orientales.
    A mí la película sí me gusto; de las suyas, quizá la que más (aunque me costó un par de visionados).

    1. ¿Que qué salvaría? Pues no lo sé… Desde que leí tu comentario se me ha ocurrido que quizá sí lleve unas semanas escribiendo solo mierda; pero es lo que ha salido de dejar la potencia sin control unos días. Los textos escritos en cuarenta minutos, casi sin revisar, etcétera. A veces pasa… Solo sabré lo que he hecho cuando relea en un tiempo.

      Sobre la peli, me pareció que Ritchie y Besson quisieron hacer algún tipo de obra cumbre gangsteril, y la cosa se ha quedado en una peli interesante pero fallida, y brillante solo a ratos. O eso, o es que debo darle otra oportunidad…

      Saludos.

      1. Lo que me gusta de la película es la forma en que cuestiona el libre albedrío; además de su brillante realización.

        Saludos.

  7. Te felicito por el texto, siempre logras sorprenderme.
    Muy inteligente y astuta Paula, al igual que fría, pues se ha de ser así de calculador para mantener nuestros sentimientos al margen mientras estamos en la tarea de obtener lo que deseamos.
    A veces los fantasmas son más reales de lo que pensamos.

    Un beso

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