Archivos Mensuales: febrero 2011

Relato diario (1 de 5) – Nuevo mensaje de Lola Miyoshi

Os mando a todos este e-mail para cerrar la quedada. Ya he hablado con Dani Maeno y Miriam Mizoguchi; ellos vendrán en metro. Si alguien llega antes que yo que por favor espere cerca de la hamburguesería que hay en esa parada. Si ya sois un buen grupito os agradecería que no hablarais allí en la calle de lo que vamos a hacer, no queremos que nadie nos siga o llame a la policía.
Yo llegaré con Madga Murayama a eso de las nueve. Recordad que todos tenéis que llevar ropa de cada día, como si todo fuera sobre ruedas. Os advierto que las despedidas efusivas con los padres levantan sospechas, así que deberíais ser discretos y actuar como si fuera un día más. Si os preguntan no tenéis por qué mentir; podéis decir que vais a una quedada de Facebook. No queremos ningún héroe ni nadie que intente hablar y cambiar el rumbo de los acontecimientos; si alguien quiere echarse atrás lo puede hacer de forma individual antes de que llegue el día con un e-mail como este. Nadie os juzgará ni os dirá lo que tenéis que hacer. No os tendréis que justificar, del mismo modo que los que lo hagamos tampoco nos justificaremos.
Si nadie se cae, somos exactamente quince. Aunque se podría negociar, prefiero que evitéis la simbología religiosa entre lo que llevéis encima (creo que no hay ningún creyente…). Particularmente no me gustaría que se nos considerara una secta ni nada por el estilo. Nuestro atuendo debería ser respetable pero neutro.
Están perfectamente permitidas las cartas. Os aconsejo que las aseguréis bien al bolsillo que elijáis, cosiéndola en parte si es preciso. Solo quedan dos días, así que los que queráis dejar algo escrito deberíais ir afrontándolo. Si a alguien interesa, yo dejaré carta, y Maeno y Mizoguchi también.
Y nada más. Si alguien tiene alguna duda o decide echarse atrás, ya sabéis, un mensaje y listos. Por lo demás, ya queda menos. Personalmente estoy deseando que llegue el momento. No me da ningún miedo, e incluso ya tengo mi carta escrita. Besos a todos. Esto ya mismo se acaba.

(…)

Mimar a Irina

Todas las veces que los árboles no me han dejado ver el bosque, alguien ha acabado llorando. La inutilidad tiene muchas formas. Y a menudo también pene. Porque supongo que es mejor ser una persona complicada que una persona inútil. Suele ser esa la diferencia entre hombres y mujeres. La diferencia entre la línea recta y los atajos que veces hacen que te pierdas y otras veces te ahorran un montón de tiempo. Irina dice que su nombre hace que muchos la vean como una chica de porcelana; es cierto que ayuda el hecho de que ella es de esas personas que en la playa solo enrojece, y que tiene la expresión constante de algún gatito de postal durmiéndose. Todo eso hace que aunque por dentro esté en ebullición, por fuera siga haciendo que tengas ganas de ponerla al lado de tu tele para poder verla todos los días al llegar a casa: siempre impoluta y luminosa y tiernamente apagada. La paz que transmite el siseo que hace al dormir -que nunca llega a ser ronquido del todo- me insta a comprar una escopeta y vigilar toda la noche junto a la puerta de la calle para que nadie pueda hacerle daño.
Por contraste con ella, hay mucha gente que merece una ráfaga de ametralladora, seguramente yo entre ellos.
Lo más importante es que, si alguien así te elige, y aun sabiendo que se ha equivocado y podría tener a alguien mucho mejor, debes guardarte el secreto para ti; del mismo modo que si te toca la lotería, aunque seas un cabrón, quieres cobrar de todos modos.

Hasta el momento en que me deje, el plan es procurar que no llore. Esto con Irina es harto complicado. Su estado de ánimo, en apariencia, pasa de la relajación a las lágrimas en un parpadeo.
Nunca ha querido contarme casi nada al respecto, pero hace años sus visitas a cierto psicólogo acabaron con el profesional en cuestión comprándose una Colt en el mercado negro para irse a una pensión, la cual poco después cerró cuando la noticia del suicidio trascendió y con los días la gente comenzó a decir que se oían voces allí durante la noche, e incluso el eco de un disparo. El edificio pasó a convertirse en un problema, uno de esos sitios que traen de culo a las inmobiliarias al pasar de unas manos aterrorizadas a otras.
Yo buscaba a alguien con quien compartir piso. Ella se presentó y luego pasé días y días conteniéndome, intentando no imaginarnos a los dos en una suntuosa boda y viviendo luego en una casa de colores pastel, con una valla blanca y unas mellizas correteando por debajo de la ropa interior de Irina tendida en un cordel amarillo con florituras rosas.
Es sabido que, cuanto más quieres apartar un pensamiento de tu cabeza, menos lo consigues. Un camello me dijo una vez que esa es la base de la venta de drogas duras cuando aún no estás auténticamente enganchado. Hay un buen porcentaje de clientes potenciales que se tiran a esa vida cuando saben que jamas van a poder volver a oler el pelo de Menganita. No es broma, me dijo el tipo, tienes que tener mucho cuidado con ese rollo. No sería tan raro que en las tiendas de cosméticos se comenzara a vender también caballo de legalizarse, me dijo, sería una buena forma para esos negocios de abrirse al mercado masculino.

Ahora cuando se dice que el amor de verdad dura tres años, nunca se aclara si también puede ser así con el enamoramiento no correspondido. No dejé de pensar en eso los primeros días de convivencia con Irina, cuando cada vez que se metía en el lavabo controlaba los ruidos para cerciorarme de que no estaba desangrándose. La historia que supe con el tiempo fue que un día de cría, jugando con el jabón mientras su madre la bañaba (y se bañaba con ella), ésta resbaló y se dio un golpe en la cabeza. Toda esa tarde, la versión ochoañera de la mujer de mi vida deambuló por el piso durante cuatro horas, llorando sin saber qué hacer y esperando a que su padre llegara a casa. Fue al paso del tiempo cuando su sentimiento de culpa fue creciendo, teniendo en cuenta que a ella no le gustaba tener antideslizante en la bañera, y que su madre la mimaba hasta tal inconsciencia que para contentarla quitaba siempre dicho antideslizante. Ella lo sabía, su padre lo sabía. Se puede decir que habían sido una familia feliz, pero después de que mamá se fuera de un plumazo todos comenzaron a ver en Irina y su carita impertérrita una especie de encarnación del mal salida de una película de terror de los setenta. Papá habló, y todos los primos y los tíos y los abuelos supieron la historia. Irina siempre ha pensado que su padre a quien quería de verdad era a su mujer, y que ella fue un extra en la vida de ambos seguramente más provocado por su madre. La gente nunca habla de estas cosas, me dijo una vez, pero a veces estas cosas son así.

Los primeros días no sabía por qué ella siempre parecía a punto de hacer algo drástico. Yo pegaba la oreja a la puerta del baño, necesitaba oírla respirar. Apenas había hablado conmigo para lo básico cuando un día no respondió a mis toques en la puerta del baño, hasta yo acabar llorando y dando patadas para tirarla abajo hasta que ella la abrió y dijo que solo se había quedado dormida tumbada en la bañera. Esa misma noche, cuando yo estaba dando vueltas en la cama, Irina vino de su cuarto y se deslizó bajo las mantas conmigo.
Le conté que no sabía cómo hablar con ella, que pensé que no sentía nada por mí y que hasta había estado vagando por callejones; le expliqué mi conversación con aquel camello. Nunca llegué a drogarme, pero llegué a aceptar que las drogas eran mi habitad natural, que yo no estaba hecho para la vida, sino más bien para ir perdiéndola poco a poco de alguna forma absurda. Entonces ella me explicó la historia de su niñez y su padre esquivo y su madre y la carencia de antideslizante. Su padre ahora vive con una mujer poco mayor que Irina, y cuando hace su llamada semanal a veces ella después se mete en el baño y yo vuelvo a pegar la oreja a la puerta.
Su padre es el único contacto que tiene con su familia; cree que sus abuelos, quizá por cuestiones religiosas, la ven como algo que es mejor tener lejos. Ella no sabe cómo arreglar eso, o si necesita arreglarlo. Durante las comidas familiares no sabe tener una comunicación fluida con los demás; vuelve a los ocho años, la misma cara, la apariencia de autismo.
Por las noches reposa sobre mi cuerpo, su pelo cerca de mi nariz. Si despierto y no está, no sé quedarme a esperarla, tengo que encender todas las luces y dar vueltas por la casa, luego ella sale del baño y se ríe a la vez de mí y conmigo. Sufro.

En los últimos tiempos parece más relajada. Sonríe más y seguramente se porta mejor conmigo que yo con ella; siempre voy detrás pensando que va a hacerse algo, siempre mi puta condescendencia involuntaria. Si no es estando desnudo sobre ella no sé verla como una mujer. Y aun así no parece molesta, se adapta perfectamente, nunca protesta, nunca intenta tener una charla conmigo solapando lo importante en algún discurso amable. Es perfecta en cierto modo, salvo el hecho de que sigue pareciendo salvajemente autodestructiva.
Por las noches se calza unas gafas horribles y lee la guía Tab: la única vez que hizo alusión a ello dijo que el libro le parece divertido. No la juzgo, yo también lo he leído y jamás he pensado en matarme. Cuando más habla Irina es precisamente por las noches, a oscuras. Antes pregunta si tengo sueño, y yo, lo tenga o no, le digo que no. Una vez estuvo durante un buen rato hablando sobre el suicidio, y sobre cómo la gente -a pesar de las estadísticas- no ve el tema como algo genérico, igual que el amor, el trabajo, etcétera. Tuve que contenerme para hacerle prometer que ella nunca se haría daño. Creo que es en esos momentos, cuando ve que podría decirle algo así, cuando se aprieta contra mí y me envuelve con sus piernas. Eso anula a cualquiera.

En presente, sale del baño y se recuesta sobre mí con la toalla sujeta por encima de sus pechos. Tiene otra toalla en el pelo y me besa. Y me dice que quiere contarme lo que pasó con el loquero. Lo que pasó de verdad, más allá de la reseña de los periódicos y mis probables conjeturas. Así, tal como está, aún húmeda y sobre mí, podría leerme la “z” del diccionario y la escucharía hasta el final.
Me dice que estuvo ocho meses con ese loquero. Una vez a la semana.
»Los primeros días fui con la intención de colaborar. Me sentía muy mal.
»Él me escuchaba y yo llegué a confiar en él.
Murmura que eso duró solo unas semanas. Luego ella se dio cuenta de que aquellas sesiones eran una especie de placebo.
»Creo que él pensaba algo como: “si está aquí al menos no está cortándose las venas”. Era patético, me comencé a sentir patética. Creo que fue al segundo mes cuando el tío empezó a decir cosas muy raras… Los primeros días al final de la sesión yo me iba y él se quedaba en su despacho. Luego comenzó a acompañarme; los dos en el ascensor, luego los dos hasta la calle. Luego él me preguntaba hacia dónde iba… A veces me acompañaba un trozo…
»Luego comencé a preguntarme por qué nunca se interesaba por mi vida sentimental durante las sesiones… Todo comenzó a enrarecerse…
Me cuenta cómo al paso del tiempo el tipo se mostró cada vez más abierto. Comenzó a hablar de su familia, de su mujer y sus dos hijos; siete y nueve años; dice que siempre insistía con la edad; siete y nueve años…
» Al cabo de las sesiones él empezó a hablar más que yo… Estaba claro que de alguna forma ese hombre estaba perdiendo los papeles…
»Llegué a pensar que me tiraba los trastos, pero estaba equivocada, estaba asistiendo a una guerra interna de él contra él mismo… Yo sólo era las líneas de juego, las cuerdas de un ring en el que él se estaba comenzando a dar puñetazos a sí mismo… Era patético, pero comenzó a ser divertido…
»Luego fue cuando le regalé una guía Tab… ya sabía hasta la fecha de su cumpleaños… si hago memoria también recuerdo la de sus críos…
Me dice que hay algo que no sé de ella, y es que antes de este tipo ya había probado con otros, otros loqueros, desde cría. Dice que no sirvieron de nada, que incluso en algunos casos la hicieron sentirse aún peor.
»Estuve con una que tenía tras ella en su despacho todos los diplomas colgados… es verdad que lo hacen casi todos, pero esta los tenía bien a la vista… tenía hasta dos trofeos de cuando patinaba o algo así… Me daba la sensación de estar hablando con su ego más que con ella; creo que se sentía tan segura de sí misma que podría haberme pedido que le comiera el coño sin tener la más mínima duda de que yo me arrodillaría y metería la cabeza entre sus piernas… Era como hablar con un avestruz con estudios…
»Otro era calvo, y tenía una mirada extraña, como esas fotos que pasan por la tele cuando se descubre una red de pederastas…
»…también un viejo, un tío de unos sesenta y muchos que decía cada dos frases que él no se iba a jubilar, y que eso debería decirme algo…
»…otra guarra segura de sí misma. Llevaba siempre un bolígrafo que chupaba sin parar, creo que era una especie de síntoma de inseguridad estudiado, como para que yo sintiera algún tipo de empatía involuntaria…
»… el muy cerdo llegó a preguntarme qué ropa interior usaba. Luego comenzó a dar rodeos insistiendo en que lo preguntaba porque hay chicas que dicen no llevarla por un falso sentimiento de individualidad que les da seguridad… algo relacionado con adictas al sexo…
»… porque este otro mamón tenía como cincuenta años, y creo que la foto de la mujer que tenía en el escritorio era falsa, como la de esas modelos que hay en los marcos a la venta…
»… este lo disimulaba un poco más que el salido de la ropa interior… hasta que descubrí que en uno de los cajones del escritorio tenía una revista para adolescentes y un par de kleenex arrugados…
Y me cuenta que probó con un par de tíos más, pero que no tienen nada interesante que contar.
»Solo eran los típicos bienintencionados y que resulta imposible saber qué coño estudiaron en la facultad.
Se enciende un cigarrillo y dice que la perdone, que está dando rodeos.
»El caso es que el tío, el del tiro en la boca, comenzó a comentarme cosas de la guía. Creo que a pesar de todo entendía la ironía del libro, el humor negro… pero lo que me desconcertaba era la energía con que hablaba…
»Luego un día rompió a llorar… Dijo que yo era la única cliente que le quedaba. Para entonces eso ya no era ninguna sorpresa, obviamente para mí él ya no era más que un entretenimiento… La verdad es que no lo planeé, pero a partir de entonces fui yo quien cogió las riendas de las sesiones. Creo que no fue algo exactamente voluntario, más bien quería experimentar. Por una vez, tenía la oportunidad de ser yo quien estuviera en el atril señalando con el dedo sutilmente con mis diplomas colgando de la pared…
»No lo pude evitar… Era como tener una hormiga atrapada y una lupa. Un sol de cojones… Le comencé a hacer preguntas directas…
»Ya no quería a su mujer. Solo seguía con ella por los hijos… En realidad estaba enamorado de una panadera. Una panadera de su barrio. El muy gilipollas llegó a decir que le preocupaba el hecho de cambiar a su mujer, psicóloga como él, por una panadera. Luego me enteré de que la panadera tenía novio. El novio era un tío negro. Hasta le llegué a preguntar si sabía algo sobre el tamaño del pene del negro. A aquellas alturas ya tenía que contener la risa mientras le escuchaba, y él tragaba con todo lo que salía por mi boca…
»Cada día echaba a llorar, y yo cada día iba más y más allá, cada vez sabía más de él. Le gustaban las chicas jóvenes. Decía que su mujer aparentaba mucha más edad de la que tenía, y que además ya estaba viendo algo raro en él, haciéndole preguntas… la otra psicóloga, psicólogo y psicóloga… En esa casa había tantas horas de estudio que cuanto más lloraba él más tenía que contener la risa yo…
»Le dije que no se le ocurriera pensar en el suicidio. Que eso es cosa de cobardes.
»Que por favor no leyera el capitulo de la guía en el que se especifican modos prácticos para morir evitando el dolor en la medida de lo posible.
»Le especifiqué cuál era el capítulo, y que por nada del mundo debía abrir el libro por esas páginas. Que esas páginas son la coña llevada al extremo. Que nadie se ha matado y ha podido volver para contarnos que los cortes transversales en los brazos causan una muerte demasiado lenta. O que un tiro mal dirigido te puede dejar como un vegetal dependiente para el resto de tus días.
»Le dije que, sea como sea, hay gente que prefiere ir a otro sitio para matarse. En casa es un follón, y además te pueden ver los críos. Argumenté que yo sé de eso, que mi madre -accidente o no- dejó tal charco de sangre que mi padre estuvo más de una hora limpiando antes de gestionar el cadáver.
»En las últimas sesiones ya hasta me hacía preguntas, me consultaba. Le aseguré que su mujer estaba claramente por encima de él, y que eso seguramente hacía que ella se sintiera mejor. Un rollo muy de la mujer moderna, le dije. Y sus hijos… El problema de los hijos es que tienen que crecer en un buen ambiente. Es obvio que él no podía ofrecer nada de eso, ya no. Era un hombre hundido en la miseria. No podía competir con su mujer. No podía competir con el negro. Le pregunte que de dónde era el negro.
»¿Africano?… No lo sé, le dije, pero corren leyendas sobre los genitales de los africanos. Le comenté que a qué punto estaba llegando para sentirse más pequeño que una humilde panadera, por muy encantadora que fuera (aunque eso, añadí, puede deberse al sexo que tiene cada noche con ese tío). La verdad es que si quería mi opinión, la cosa estaba muy chunga.
»Le pregunté la edad.
»¿Cuarenta y ocho?… Lo cierto, le dije, es que a ciertas edades ya solo queda ir tirando… No digo yo que durante la juventud no se pueda tropezar y recular un par de veces, pero llegando a los cincuenta… Incluso en las discotecas de ambiente no precisamente adolescente no se ve a muchos cincuentones…
»Todo eso le contaba, el hombre ya no podía discernir mis argumentos, no podía diferenciar los absurdos de los coherentes.
»El tío lloraba y lloraba. Yo me levantaba y daba vueltas por la habitación. Fumaba. Mientras otros iban a jugar a frontón o a machacarse al gimnasio para sentirse mejor, yo tenía mis charlas con ese tipo.
»La última sesión que tuve, le conté la historia de la Adivina Sincera. En realidad es un cuento que me inventé, pero le dije que era una fábula que me contaba mi padre para irme preparando para la parte dura de la vida. El cuento hablaba sobre las viejecitas de un pueblo que acudían a una adivina que decía tener un poder real, y que por más negativo que fuera el futuro del cliente, ella no tendría problemas en decirlo en voz alta y clara. Una tras otra las señoras acudían a consultar a la Adivina Sincera. Entonces ella hacía su ritual con las cartas, y después les decía que el futuro se iba a reducir a un montón de días todos iguales y grises, sin cambios, sin alteraciones, solo levantarse y pasar un día igual que el anterior e irse a dormir. Y que después llegaría tal o cual enfermedad y al final la inevitable muerte. Todo esto lo alargué contando tres o cuatro casos siempre del mismo perfil. Al final del cuento la Adivina Sincera se quedaba sin clientes, y decidía echarse las cartas a sí misma. Tras lo cual las viejecitas del pueblo la encontraban una mañana muerta colgada de una higuera, y con dos cuervos comiéndole los ojos.

[Arriba, otra bizarra muestra del nuevo disco de Pj Harvey. Abajo, más pin-up, esa igual también os suena (y pensar que se la llegó a criticar por hacer esa sesión de fotos… desalmados…]

Universo teen

Este editorial está más que nunca dirigido a todos vosotros, los lectores de Universo Teen (aunque más bien debería decir lectoras), y también a vuestros padres. Estoy segura que tanto hijas como padres sois lo suficientemente inteligentes para entender todo lo que tengo que decir, así que no me cortaré.
Este es el último número de la revista, y hemos decidido que éste sí sea honesto. Nuestra publicación ha durado más de diez años. Como directora llevo unos meses sintiéndome como auténtica basura. Tengo una hija de dieciséis años que tiene la habitación empapelada con posters de Justin Bieber. Mi otra hija de trece años va por el mismo camino. Quiero que conste que quiero a mis hijas más que a nada, pero ambas son caprichosas y están adiestradas para tener gustos concretos. Ambas son un producto (o casi debería decir víctimas) de lo que revistas como esta promueven.
Todas nuestras energías se han dirigido a crear ídolos. Pero nunca ídolos en base a méritos o talento o sentimiento. Solo ídolos, sin más. Quiero que sepáis que los artistas jóvenes a los que idolatráis no son artistas; en realidad se parecen más a lo que son mis hijas. No son nada; solo críos elegidos vía casting, guapitos y guapitas que tienen cierta soltura para moverse, a veces incluso para cantar. Pero artísticamente hablando están vacíos.
Hace tres meses pillé a mi marido masturbándose con un poster de Selena Gomez. No seré yo quien controle los contenidos de Disney, pero sí podría haber elegido otro tono para Universo Teen. Al ver a ese hombre con el que llevo cinco años casada, al verlo sudando y con los ojos entrecerrados y tocándose con mi revista, con lo que yo cree… Al ver eso imaginé a muchos otros haciéndolo, y me pregunté qué es lo que estábamos alimentando en la redacción, a qué clase de monstruos.

Obviamente esto es un editorial muy personal. Pero sé a ciencia cierta que muchos de los colaboradores de la revista -algunos muy inteligentes y con auténtico buen gusto- piensan igual que yo. En la reunión para decidir los contenidos de este último número decidimos que iba a tener pocas páginas, y que en realidad yo tenía que ser quien diera explicaciones y despertara de su letargo -a poder ser- a muchas lectoras que realmente confían y han confiado en esta publicación para elegir qué disco quieren escuchar, qué serie o película tienen que ver, o a quién han de idolatrar.
En realidad ha sido mi marido quien, con su libido rayana en la pederastia, ha hecho que abra los ojos, y ha sido así porque pensándolo detenidamente, todos estos años hemos vendido poco más que testosterona, buscábamos nuevos DiCaprio de quince años de los que poder hablar. Buscábamos otra Hannah Montana (con la cual mi marido se tocaba la segunda vez que le pillé).
Solo con pensar en todo el daño que se puede llegar a hacer alimentando cierta industria del entretenimiento, aún se me pone la piel de gallina, incluso ahora que sé que al menos esta revista va a morir. He visto a chicas de casi treinta años en un concierto de Miley Cyrus. Las he visto gritar como si todo lo que se ve en el escenario no fuera producto de una campaña de marketing, y no más de la música, no más de esa ilusión con la que algunos grupos escriben y tocan sus canciones, ensayando en locales por los que pagan cifras nada desdeñables de alquiler. Tengo un hermano que tiene más de cuarenta años, y que lleva toda su vida con su banda de blues, tocando canciones de verdad, y que jamás podrá dejar su trabajo para dedicarse por completo a tocar. Aunque tenga mucho más talento y sentimiento que todos esos chicos y chicas de los posters de vuestras paredes.

Vivimos en una época en la que ya existe acceso total a la variedad. Con esto quiero deciros que ya estáis un poco más salvo de la publicidad. Sé que hay madres a las que les hace ilusión ver a sus hijas aparentemente felices de camino a un concierto de espíritu disney channel, pero a todas esas madres les quiero decir que esa felicidad no dista tanto del bienestar físico que puede producir en ellas la pastilla que les puedan dar en una discoteca. Es una felicidad más bien artificial. Y puede que esta analogía sea extrema. Pero realmente hablamos de educación y percepción, temas muy serios que grandes empresas y canales de televisión pueden controlar mucho más de lo que pensamos. Ahora, en muchas industrias del entretenimiento, ya no se busca crear algo bueno que poder vender; más bien se van creando poco a poco perfiles concretos de comprador a los que ofrecer mediocridad empaquetada con fuegos artificiales. Lo que quiero decir es que si vuestra hija llega extasiada de un concierto de Justin Bieber, eso no es tan distinto a ver a vuestro marido llegar borracho del bar de abajo. Por mi experiencia, ya sé que es algo más o menos igual de patético, solo que uno está matando su cuerpo, y la otra, a muchos niveles, su mente, su capacidad de percepción, su opción potencial de tener algún día algún criterio que no lleve siempre por delante la consabida y a menudo demagógica máxima: “para gustos los colores”.

Hablo por supuesto de arte. Sí, puede que vuestra cría luego sea abogada y gane una pasta, aunque después moje la ropa interior en un concierto de El canto del loco. Pero como digo, esto de lo que hablo tiene más importancia de la aparente. Es uno de esos fenómenos ya tan extendidos que por más nocivos que sean la gente ya se ha acostumbrado a ellos. El arte tiene la capacidad de emocionar. Pero a veces para emocionarse hay que abrirse de forma abstracta igual que yo me abro para mi marido físicamente aunque luego él piense en las gemelas Olsen para llegar. Es muy posible que vuestra hija en un futuro llegue a ser una persona muy distinta si ahora comprende que algo tan especial como una creación musical buena de verdad la sobrevivirá. Es muy importante que, cuanto antes, comiencen a distinguir el dinero del arte (y todo lo demás), aunque muchas veces vayan de la mano. Tienen que entender que hay artistas que se ganan la vida volcando sus emociones y filtrándolas de tal manera que no les hace falta tener un spot en la tele cada día cuarenta veces durante las pausas de Los magos de Waverly Place.
Ahora ya hay más sectas industriales que religiosas. Me gustaría que les evitarais en la medida de lo posible esas sectas a vuestros hijos. Que les motivarais para que probaran los distintos sabores. Que realmente ellos pudieran formarse un criterio para después elegir de verdad por ellos mismos, y luego ya en un contexto más carente de publicidad y moda sí pudieran decir que se mueven por una cuestión de gustos. Lo cierto es que viendo las cosas con perspectiva me siento -y he sentido- terriblemente culpable. Estoy en trámites de divorcio y mis hijas no paran de darme la vara para ir a la presentación de cierta película que ni tan siquiera quiero nombrar.

Escribo este editorial desde el hospital. He pasado por un proceso muy farragoso de depresión y ansiedad. Me trajo mi marido después de que le pillara en el suelo y desnudo masturbándose mientras olía unas bragas que yo no me hubiera podido poner ni con diecisiete años.
Cuento todos estos detalles personales porque creo que vienen a cuento con el tema tratado aquí. Y es que aún me gustaría que los cortes en mis brazos hubiesen causado su efecto. No sé si todo esto va a sonar hiperbólico o exagerado, pero aún tengo la sensación de ser uno de esos dictadores con cientos de miles de víctimas a sus a espaldas. No hay que matar a nadie para ser un genocida; hay muchas otras formas de serlo. Llevo días sin poder ver un solo minuto de televisión. Solo tengo la esperanza de que todas esas niñas víctimas de mi revista lleguen a cambiar con el tiempo, lleguen a saber revolcarse en belleza en lugar de en publicidad. Solo tenemos una vida, y estoy harta de oír que lo bueno de la vida son los pequeños detalles. Solo espero que esos pequeños detalles acaben siendo auténticos con los años en la vida de muchos jóvenes. Lo deseo con toda mi alma. A los demás, a los que jamás podáis salir de la vorágine de publicidad, marqueting, moda, espejos y fuegos artificiales, lo siento, no sabéis cómo lo siento…

[Arriba gran interpretación en directo de Thom Yorke de uno de los temas del último disco de Radiohead (sublime). Abajo más pin-up.]

La llave bajo la alfombra

El de la esquina, el que nunca habla, dice que después de haberse pasado el día fumando, al beber agua es como si notara la ceniza húmeda en la boca. Llamado Prisma en el grupo (por motivos que la mayoría desconocen), entre sus méritos se pueden contar varios atracos desarmado, solo, simplemente entrando en la sucursal de turno cuando no hay nadie o casi nadie, y apuntando con su dedo desde el bolsillo de la chaqueta al guardia de seguridad somnoliento mientras da ordenes a la empleada que haya detrás del cristal; su anterior comentario antes de este del agua fue una frase suelta y fuera de contexto hará dos semanas: “Una vez una chica me dijo que quería que la mordiera”.
Otro de los tipos de la banda se hace llamar Torno, pesa unos ciento cincuenta kilos y suele alardear de haber comido un día treinta hamburguesas sin vomitar (según a quién se lo cuente la cifra aumenta hasta cuarenta o cincuenta). Por lo demás, es el típico armario, un matón que funciona por miedo escénico.
También hay un chaval de veintitantos que quiere que todos le llamen Neo, pero nunca acaba de conseguirlo y todos se dirigen a él con apodos despectivos: “Niñato”, “Bailarina”, “Pijito”, etcétera. Su habilidad son los ordenadores, colabora estudiando modos de desactivar alarmas y se le utiliza en situaciones en que se necesita a alguien con quien la gente normal baje la guardia y se relaje.
Y finalmente están Harold y Moude, una pareja que se hace llamar así por los personajes de una película, y que suelen hacer un papel parecido al de Neo: son utilizados para despistar. Maude, como chica, suele ser capaz de que cualquiera la mire a los ojos durante minutos si ella no deja de hablar. Esto es práctico para pequeños hurtos. Puede que bajes de tu moto, y antes de que la hayas asegurado y quizá incluso quitado la llave del contacto, ella puede aparecer y ponerte ojitos y pedirte un cigarro. Mientras tanto, Harold se lleva tu moto, y para cuando te vuelves a mirar a Moude ya está corriendo a diez metros de ti o simulando que el asunto no va con ella (esto último le funciona más de lo que se esperaría).

Ahora, mientras Torno habla sin parar, los demás hacen como que escuchan, y Harold y Moude se morrean lascivamente en un rincón de la habitación. Moude apenas dice nada si no es para trabajar. Harold suele incluir el vocablo «Moude» cada dos frases cuando habla y ella no está. Torno siempre dice que ella le dejará y Harold acabará enganchado a lo primero que le vendan en una discoteca. Están todos en una habitación de hotel, un cuchitril que utilizan a menudo para reunirse y planear ciertos asuntos que requieren del granito de arena de cada uno.
Hoy sin embargo la reunión responde a una celebración. Justo ayer consiguieron robar un diminuto diamante valorado en varias jubilaciones aseguradas que va a hacer que la banda se replantee su estilo de vida. Hay sobre una mesa patatas para picar y olivas y demás previsibilidades. Torno sigue contando historias absurdas. Torno es de esos tíos que nunca superan la tara infantil de coger micro-anécdotas de su propia vida y adornarlas hasta tal límite que nadie en su sano juicio puede creerlas. La pareja sigue morreándose, Prisma y Neo asienten a Torno, Neo parece tener una considerable erección bajo sus tejanos. Prisma dice: Una vez una chica me mandó unas bragas usadas por correo. Torno dice: Hoy estás hablador, eh muchacho…

La tarde pasa y Harold sigue con la lengua metida en la boca de Moude. Neo ha ido al lavabo, y por lo que tarda es fácil que ande masturbándose. Prisma piensa en las musarañas mientras escucha a Torno, que dice que fueron treinta hamburguesas, nada más y nada menos que treinta; dice que todos los críos se arremolinaban alrededor de su mesa en McDonald’s. Harold se traga la saliva de Moude. Torno coge de la mesa el estuche en el que está el diamante. Neo sale del lavabo. Prisma mastica una oliva sabor anchoa. Torno grita algo sin sentido. El estuche está vacío, solo queda el pequeño receptáculo lleno de agua.

El diamante valorado en varias vidas solucionadas, ha desparecido. Era cegador y tenía forma de diamante, el típico acabado en punta y prácticamente indestructible. Harold y Moude se despegan, Prisma se levanta de un salto, Neo pone los ojos como platos y se sube la bragueta. Torno mira en torno y su cabeza comienza a hincharse y ponerse roja.
Decidme que no me estáis pegando el palo, dice, con algo entre un murmullo y un grito apagado. Entonces hace uso de su miedo escénico y comienza a cachear a todo el mundo. Les abre de piernas y maldice. Dice: Si lo hemos perdido y no está en agua se corromperá y no valdrá una mierda, ¿entendéis? Todos asienten. Es verdad, el diamante necesita un entorno de humedad, el museo del que lo robaron lo tenía sujeto de un fino alambre y metido en una pecera. La cosa tiene que ver con el entorno natural del que proviene, una historia muy larga, tanto que robarlo era casi una pesadilla logística (pero demasiado sujeta a imperativos informáticos).
Neo dice que no puede creer que nadie de los presentes lo haya sustraído del estuche. Que él lleva dos años en la banda y no entiende lo que está pasando. Harold dice: Nosotros lo único que hemos hecho todo el día es follar en mi casa; Moude asiente. Prisma dice: Una vez se lo estaba comiendo a una tía y no dejaba de decir: “Los peces de colores son animales muy fáciles de cuidar”. Torno suelta un gruñido y pega un puñetazo en la mesa, los platos de plástico saltan. Poco después todos comienzan a revolver muebles y cajones. Nadie recuerda que el diamante haya salido del estuche. Y aunque fuera así, quien lo hubiese robado tendría que tener algún modo de llevarlo en agua. No tiene sentido, dice Torno. Lo repite una y otra vez; Neo y Harold y Moude no dicen nada y revuelven el mobiliario de la habitación.
Harold dice que cuando Torno estaba en el lavabo al llegar ellos a la habitación el diamante seguía ahí, y que ellos ni han tocado el estuche. Torno maldice. Neo parece estar más asustado que preocupado. Prisma murmura: Una vez una chica me dijo que no podía correrse si mientras follaba no escuchaba no sé qué canción de los White Stripes. Precisamente hoy, le dice Torno, hoy tenías que estar parlanchín, tiene cojones… Harold dice que quizá sería bueno mirar en el pasillo. Todos salen. En el pasillo todo sigue igual. Solo hay una planta. Torno coge la maceta y la vuelca. Toda la tierra por el suelo; se arrodilla y la remueve. Comienza a lloriquear, su barriga tiembla. Moude se le acerca y le pone una mano en el hombro. Harold dice que Esto es una putada, pero no es el fin del mundo. Torno murmura entre lagrimas que alguien debe haber entrado en la habitación mientras él estaba en el lavabo, que se ha pasado toda la tarde entrando y saliendo del lavabo, cagando líquido, y que tendría que haber llevado el estuche siempre con él. Prisma y Harold le ayudan a levantarse del suelo.
Vuelven todos a la habitación. Prisma dice: Una vez una chica me dijo que siempre se ponía cachonda viendo Los Pitufos. Creo que es mejor que te calles, dice Neo. Harold y Moude se sientan en el mismo sillón en el que antes se metían mano. Torno dice que se va a su casa, que aquí ya no queda una gota de alcohol en el mini-bar. Prisma dice que le acompaña, y que una vez una mujer entrada en años le dijo que no podía irse a dormir ninguna noche sin antes comerse veinte caracoles. Neo dice que es mejor que él también se vaya, sus padres cada vez sospechan más de sus salidas por las tardes.

Harold y Moude se quedan solos. Es noche cerrada. Todo está desordeando. No hay ruidos en el pasillo. Harold dice:
– Dámelo.
Moude sonríe y se amorra a sus labios. Se besan. Un minuto. Se despegan. Harold escupe el diamante en su mano derecha. Murmura:
– Es mejor que lo sigas llevando tú.

[Bajo mi criterio, el otro gran disco que ha salido estos días es el de Pj Harvey, arriba uno de sus temas. Abajo, más pin-up]

Complejo de Lámina

Suele llevar unas medias negras con unos zapatos marrones de talón alto y cordones y la cara roja como un tómate, incluso durante la cuarta semana como secretaria de servidor. Siempre falda de ejecutiva, y nunca bufandas ni abalorios ni colgantes elegantemente grotescos de los que llegan hasta el ombligo y se compran en tenderetes en plena calle de camino a donde sea. Siempre sus sueters en distintos tonos de blanco sucio o gris o beich. Un par de veces una especie de camiseta ajustada y blanca, con motas grises y marrones por los hombros como de haber estado entrando en las torres gemelas para ayudar a los bomberos. Su cara suave, pequeña, a veces unas gafas de montura roja minúsculas, su pelo claro y liso hasta los hombros, ojos grises proyectando una especie de aura de cría de orfanato. Su trasero, todos se giran para mirar su trasero. Pies pequeños. Metro sesenta y pico (calculo). Y lo que mi jefe de ciento cincuenta kilos llama: “recién salida del horno”. O a veces: “ternerita”. O a veces, cuando va con prisa o ha tenido una conversación demasiado larga por teléfono, “bollycao”.
Mi trabajo es tan “de engranaje”, sistemático y gris que la sola idea de hablar de él hace que quiera suicidarme al pensar que dedico ocho, diez o hasta doce horas de cada día a él. Entré en la empresa más o menos cuando tenía la apariencia de juventud de mi secretaria. Entré ilusionado, creo que porque en mi fuero interno sólo lo consideraba mi primer trabajo, algo eventual hasta poder hacer otra cosa (aunque nunca supe el qué). Echo la culpa al sistema educativo, a los profesores, a mis padres, a mi educación en general, a Pretecnotimes, al mundo, a veces incluso a Dios. A cualquiera excepto a mí. Lo peor es que creo que no siempre estoy equivocado al hacerlo.

A veces sonríe, pero creo que es un rollo de inercia, de intento de humanidad. Intento ser extremadamente amable con ella, cuidadoso, no quiero ser su superior, no quiero que piense en jerarquías ni fechas límite (aunque las haya), ni que aun estando su mesa en mi despacho crea que eso es para tenerla más a la vista (aunque la idea empresarial sea esa). No quiero que me vea como alguien mucho mayor que ella (aunque lo sea). No quiero que mal piense ni me malinterprete ni crea que me esfuerzo demasiado para que se sienta cómoda. No quiero que sospeche que soy todo pose.
Es sencillo aun en toda su complejidad. No fue durante los primeros días; pero en la segunda semana noté un pinchazo en el estómago cuando se le cayó la cartera al suelo y se acuclillo para recogerla.

Poco después del día del pinchazo acudo a un profesional. Le digo que no puedo evitar sentir lo que siento. Él se muestra paciente conmigo, esa actitud reposada lo suficientemente estudiada como para no parecer estudiada que me saca de quicio. Me dice que no puede ser. Me dice: las circunstancias. Hay algo más desagradable que estar enamorado y no saber si vas a ser correspondido, y ese algo es saber que tal y como son las cosas la única opción es dejar libre a la persona amada. Si la quieres, déjala… todo ese cuento. Antes de los tiempos de Pretecnotimes había quien lo llamaba cobardía. Ahora, No Dar el Paso es a veces la única opción. No atreverse, No decir nada, Dejar que las cosas sigan su curso. Todo eso me dice dando muchos rodeos ese tipo, el psicólogo, con la foto de sus tres hijos en el escritorio. Soluciones para la vida moderna, se supone que él me puede ayudar. Ha estudiado para eso. Se supone que él es una persona equilibrada porque conoce los parámetros a seguir, ha etiquetado los modos de comportamiento y tiene calada a la humanidad. Y yo asiento y rompo a llorar, porque esto es como no creer en Dios y al morir darte cuenta de que vas a ir de cabeza al infierno.
Me dice que ya ha tratado a otras personas como yo, y que ni tan siquiera hacen falta pastillas. Solo unos meses, que el tiempo haga su trabajo, todo eso. Dice -siempre dando muchos rodeos- que puede que lo único que necesite es salir más, entretenerme. No puedo creerlo. La sesión me cuesta un ojo de la cara y es como si estuviera hablando con mi madre. Años de carrera y lo que me dice es que de momento lo que toca es joderse.
Pasas por la vida como una especie de víctima de tu propia agenda. Te topas con alguien por la calle, le comentas con una sonrisa forzada que sí, que estás hasta arriba de trabajo, que el fin de semana tienes un cumpleaños y una comida de ex alumnos a la que no supiste decir no, que también tienes que ir a comer a casa de tus padres, que no tienes ni una sola tarde libre, que estás hasta arriba y cada noche caes rendido para dormir tus seis horas y volver a empezar; y entonces tu colega o conocido o lo que sea, te suelta: ¿Pues qué bien, no?…

Todo va bien porque no hay ningún centímetro de mi vida que no esté sujeto a horas fijas, alarmas de reloj y llamadas. Siempre que el horario cambia es por las horas extras. Alguien viene, te da un toquecito en el hombro un rato antes de irte a tu casa, y te dice que tienes que quedarte un par de horas más (que luego pueden ser tres, cuatro…). Puede que usen un tono de sugerencia. Esa impostada amabilidad de los de Personal está extendida también entre cualquier superior. Cuando me ascendieron a jefecillo y me pusieron una secretaria me sentí como una puta.
Un compañero lo llama Putas Dignas. El empleado medio que se deja la piel aun sabiendo ya que el trabajo duro no te garantiza nada más que una buena productividad para la empresa mientras no te echen. Si estás en una oficina siempre hay en tu vida una depresión potencial, si estás en un almacén es una hernia discal (y quizá también la depresión). Lo que mi psicólogo cree es que estoy proyectando toda mi frustración en esa secretaria. Cree que lo único que estoy haciendo es huir sin moverme del sitio, porque en realidad lo que me pasa no es que esté enamorado, sino que mi vida me da asco, y del mismo modo que algunas parejas intentan desmarcarse del tedio teniendo un hijo -aunque luego el tedio siga ahí y lo acabe pagando el hijo-, yo quiero creer que la secretaria me gusta, por más dañina que sea la idea. Ella, al parecer, es mi poster de Hawai gigante en la pared. Pero no, lo que sucede es que, al igual que un trabajador en un almacén puede ganarse una depresión y una hernia, yo ahora tengo mi depresión vital y mi enamoramiento irracional (el clásico de toda la vida).
Un día me vi buscando información sobre cuánto esperan aquellos que tienen que operarse por el susodicho problema de espalda, quería saber si también es cuestión de meses como -según el comecocos- mi cuelgue secretarial. Luego descubrí que hay hernias inoperables, y me entró el terror ante la idea de si habrá también enchochamientos eternos…

Durante mi sesión número tropecientos con el psicólogo, seguimos jugando al tenis emocional. Yo digo Por qué y el dice Porque no. Luego yo digo Por qué no, y él se va por las ramas hablando de sus hijos y de lo bien que me vendría vivir en un ambiente más colorido (de verdad, usa esa palabra), comenta que si tuviera un par de críos a los que cuidar quizá viera la vida de otra manera. Luego añade que no me está diciendo que tenga que tener hijos, pero hay otros modos de hacer que tu vida no sea solo gris. Etcétera. La ropa no me llega al cuerpo. Aún no he oído por boca de este tío nada que no puedas leer en una revista en la sala de espera del dentista. Nunca habla de mi secretaria si puede evitarlo; es un tema tan tabú que creo que en los telediarios se habla más sobre las estadísticas de suicidio.
Mis primeros días con Ella fueron agradables. Pero no hasta el punto de que la situación se convirtiera en una pesadilla. Ella iba de mi mesa a la suya y comentaba asuntos corrientes y aburridos del trabajo. A veces preguntaba algo, siempre con el rubor en la cara. Su cara está ocupando toda la zona activa de mi cerebro mientras Comecocos me vuelve a decir que soy un caso claro de Complejo de Lámina. Ella de camino a mi mesa, ella volviendo a su mesa. Sonrisa, su pelo suelto, su piel perfecta. Y otra vez tengo que oír el discurso sobre Pretecnotimes y el Nuevo Mundo. Menos nóminas y toda la pesca. Tiene la boca pequeña, pecas en la nariz, un lunar en su mano izquierda. Mi niña. Y el Comecocos dale con que me centre, con que no estoy con él, estoy vete a saber dónde, cada vez más perdido. Me vuelve a hablar sobre políticas de empresa, me susurra vehementemente que yo ya debería saber de qué va, que soy trabajador de Pretecnotimes y que aunque no esté en el departamento de Avance Científico tengo la suficiente capacidad para volver a la vida real y dejar de mirar el gran poster de Hawai de la pared. También tiene esa fragilidad en sus movimientos, ese perfume femenino en todo lo que toca, en cada gesto, cuando teclea en su ordenador, cuando ordena sus papeles. Mi amor. No soy como ella, me dice el tipo, no lo soy. Me vuelve recordar el caso del japonés que acabó solo, loco y suicidado por culpa de este rollo, pero que yo soy más inteligente que eso, tengo que serlo, solo es una fase; me dice que puedo tomármelo como un romance pasajero de verano, pero que debo avanzar, dejar atrás mi problema. No debo convertirlo en un drama, o aún peor, en el sentido de mi vida. Sus cejas, su frente amplia y curva y tan besable, su facilidad para escuchar. Ella no te escucha, dice el Comecocos (debo haber pensado en voz alta). Y raja otra vez sobre cómo un par de cerebritos crearon Láminas Natural. Esos tíos se están forrando con esa empresa, ¿es que no lees los diarios? No puedo concentrarme con tanta palabrería, me quedo ambivalente y mirando a este tío al que pago, relleno de huesos y vísceras y con estudios avanzados. Otra vez me dice que cómo puedo creer que ella va a notar mi controlado comportamiento. No puedo hacer que sienta lo mismo que yo, y aunque la tocara sólo estaría tocando lo que esos tíos de Lámina Natural están vendiendo a Pretecnotimes. Ella puede imitarte, dice, pero nada más, no se va a casa cada día a dormir la mona. Es un diseño, un diseño, me repite. Su ropa cada día distinta, a veces se recoge el pelo, está tan guapa con el cuello a la vista. La preparan cada día, me dice el tipo, cada día, cada día, es sólo una forma de hacer que tú veas algo distinto y anti-rutina. Sabes que lo sabes, me dice, no eres como ese tío japonés, he visto a muchos como tú, en cuanto menos te lo pienses andarás detrás de una chica que sí tenga sexo al levantarle la falda. Una lágrima baja hasta mi barbilla. Cuando la veas ante su ordenador, sólo tienes que darte cuenta de que no es más que una máquina moderna manejando otra más antigua. ¿Sigues conmigo?

[No puedo pensar en otro vídeo, así que ahí está (AQUÍ, mis subjetivas impresiones sobre el tema). Abajo, más pin up.]

Todas las mujeres ficticias

La fecha de entrega límite para el certamen de relatos es dentro de un mes. El tema: Mortales. De entrada básicamente debo jugar con la idea del ser humano con fecha de caducidad. No es difícil que resulte romántico al modo simplista. Puedo usar expresiones del tipo “para toda la vida”, “para toda la eternidad”, etcétera. Supongo que van a llover los cuentos de ese calado. Pone la piel de gallina ver cómo esas adolescentes que beben sangre de perro con tal ansia que deben mojar las bragas, luego escriben sobre muchachitas que comen ensalada y se han enamorado del profesor de gimnasia. Hablan sobre amaneceres y ellas no durarían vivas ni diez minutos viendo uno. No es que no sea un tema recurrente lo de los mortales, supongo que antes se escribía sobre vampiros románticos por el mismo motivo, sea cual sea. Quizá los mortales sí tuvieran ese ánimo de enamoramiento constante, pero la verdad es que mi tatarabuelo llegó a vivir esa época, y según sé solo hablaba pestes de mi tatarabuela. Llegaron ambos a los setenta y pico; con esos límites no es tan utópico ficcionar sobre amor eterno.
Al escribir siempre tengo junto al teclado un vaso de sangre de cerdo. Hay gente que se conforma con chupar huesos entre horas. Yo prefiero seguir bebiendo. La web a la que se mandan los relatos ya tiene unos cuantos publicados a disposición de quien quiera leerlos. Sigue habiendo errores garrafales de coherencia histórica. Las niñas de quince años creen que los mortales ya podían emigrar a Marte por cuestiones de superpoblación potencial. Te puedes tragar cientos de cuentos con parejas de enamorados “eternos” viviendo en las galerías marcianas, apurando su amor puro. Aunque en la actualidad la gente folla como si tuvieran que expulsar el alma por los genitales, muchos tienen las narices de describir el sexo de aquella época con una plaga de metáforas a cámara lenta. Hablan con conceptos como «Senos», «Dulce cavidad femenina», «Poblado monte de Venus» (ahora una chica que no esté completamente depilada por esa zona es como un trébol de cuatro hojas).
No sé cómo encarar mi relato. El corazón de los personajes debe latir. Pero muy poca gente sabe hacer eso creíble sin caer en tópicos de novela rosa mortal. Mi idea inicial es contar la historia desde el punto de vista de una chica; una chica joven pero no inexperta, algo como una tía de veintimuchos atormentada por conseguir una buena pareja estable antes de que su edad la acerque cada vez más a su fecha de caducidad. Algo chocante de aquella gente es saber que al tener una idea aproximada de cuándo iban a morir, tenían que apresurar ciertos hechos en la vida antes de verse demasiado solos a cierta edad. Eso provocaba el acabar buscando una “compañía” adecuada que quisiera follar contigo y quizá tener descendencia aunque no estuvierais enamorados desde la perspectiva shakesperiana. La verdad, no creo que eso fuera precisamente un potenciador del amor verdadero; y más teniendo en cuenta la quizá inconsciente necesidad que debían tener de dejar algún legado, lo cual normalmente se traducía -como digo- en hijos (que, total, iban a morir igual). Aunque es obvio que es más “fácil” eso que dejar huella eterna escribiendo un libro o pintando una obra de arte.

De momento tengo, por tanto, a la chica de veintimuchos. Siendo muy optimista puede durar unos noventa años. Mi idea es hacer un recorrido por toda su vida, describiendo los momentos importantes, los buenos y los malos. No es una historia muy agradecida, ya que entonces al final siempre se juntaban Perdida, Enfermedad y Muerte. No tengo muchas esperanzas de ganar contra cuentos que describan la época de la juventud de los amantes, centrándose en los momentos en los que “hacen el amor” a cámara lenta con la ventana abierta y el sol dándoles en los ojos. Ella como si fuera de cristal, y él como si más que follarse a la chica la estuviera operando.
Así que no es nada muy comercial lo que tengo en mente. Hoy en día ya se ha puesto de moda el que las mujeres les regalen a los hombres una reconstrucción de himen. Es tan habitual como antes regalar flores o corbatas. Así que mi idea es quedarme a medio camino, evitar los tópicos y también la realidad que me rodea. El problema: Supuéstamente nadie que esté enamorado en este contexto se arregla con unos bocadillos, más bien come marisco con su pareja en una terraza a mediodía en verano. Si estás enamorado -y siempre hablando en este contexto- no lo haces con tu novia como si quisieras desmontarla con tus genitales, lo que haces es alquilar una habitación de hotel y agasajarla con cosas que ella intuya caras. Ellas no quieren sinceridad y sexo duro, quieren que les susurres colonia y las lleves a cenar antes de hacer el amor. Pero no quiero que mi personaje sea así, quiero que sea más Humana; seguro que ellos -los mortales- tenían mucho de lo que somos ahora los no-mortales.
Otro ejemplo: Cuando la película o novela presume de romanticismo a ninguno de los protagonistas les gusta el sexo oral. El sexo oral es como el otro extremo del beso dulce en los labios. Se supone que tengo que evitar escenas que les conviertan a ellos en salidos y a ellas en guarras en base a la doble moral hipócrita siempre vigente (y ahora más acentuada que nunca).
Otra cosa que se me antoja un gran bache para narrar un amor verdadero que perdura con el paso de los años, es el deterioro físico. Si ahora crecemos y dejamos de estropearnos pasados los treinta, la fealdad sigue siendo un problema, pero la vejez, al no existir, ha remodelado la forma de pensar al conocer a alguien y conectar de algún modo con esa persona. Se supone, pues, que en cierto momento de la historia tendrá que ir menguando la cuestión sexual; tendré que hacer que suene creíble el hecho de que aunque ambos -los enamorados- envejecen, aún siguen pegados aun rodeados de carne joven y tersa y dispuesta. Debo evitar, por tanto, que los personajes tengan demasiada vida social, no puedo dejar demasiado margen a la confusión ni a la natural atracción sexual que puedan ejercer terceras personas, las cuales no siempre rehuirían una aventura física con el madurito o madurita de turno.
Concesiones: Ella se va a llamar Helena (quizá lo convierta en un guiño solapado a Helena de Troya), él será algo mayor que ella (esto es algo que gusta al lector/a potencial de estos textos). Él, sutilmente, siempre llevará la batuta en la relación, lo cual podría resultar machista, pero en realidad es un camino sin salida en este contexto: si él no llevara la batuta resultaría algo ridículo, alguien por quien Helena no puede fascinarse, porque no es un Hombre de Verdad, o Seguro de Sí Mismo. Ella será un poco histérica, más complicada, lo cual será así porque en parte también querría tomar decisiones importantes en la relación, pero a la vez se siente bien con la situación (lo cual quizá sea un sentimiento derivado del comportamiento dominante de él en la cama, y que a ella le encanta), sabiendo que quien toma las decisiones es su novio, porque resulta muy macho, y aunque ella proteste a veces por ello, en realidad eso es algo que en el fondo no desearía que fuera de otra forma.
De todos modos la historia no hablará del nivel de ingresos de cada uno, ni de quién lleva las cuentas en la casa, etcétera.
Hoy en día la convivencia de pareja real es distinta. Pero por aquel entonces, tal y como lo estoy planteando, el perfil de la pareja de mi cuento debía ser la típica que acababa con una muerte absurda de ella a manos de su novio alfa y que tan burra la ponía al principio de la relación. Pero la realidad es que el grueso de lectores (o sobre todo lectoras) que adoraban (y adoran) ese tipo de clichés en las relaciones, es masivo. Él es el caballero de filosofía gruesa y ella la princesa en apuros. Cualquier otra cosa no debía conseguir que las amas de casa mortales pudieran desconectar de sus vidas, incluso aunque tuvieran un ojo morado de vez en cuando.

Lavabo. Bebo rojo y meo rojo. He empezado el relato con energía, y creo que no es tan malo como podría ser. Lo llevo bastante avanzado, he estado obcecado como dos horas en ello y ya me estaba meando. Luego he querido añadir cierto detalle a las relaciones entre Helena y su amante. Algo que puede dar juego, añadir pimienta al cuento, e incluso en cierto modo un toque de realismo. Ella, cuando hacen el amor (pocas veces incluyo la palabra Follar), suele llegar a perder el control hasta el punto de mearse encima. No es que lo mencione cada tres líneas precisamente, pero sí en ciertos pasajes clave. En lo que creo que es la escena más arriesgada, el amante, falto de Helena y echándola terriblemente de menos, tiene un momento de mirada perdida hacia ningún sitio cuando haciéndose unas pruebas médicas le piden una muestra de orina, por favor. Es casi seguro que ese detalle será lo que me quite cualquier posibilidad de ganar el certamen, pero es el detalle del que estoy más orgulloso. Es la clase de dato que da forma y humanidad a alguien que no existe, pero que aun así no hace el amor durante hora y media a cámara lenta, sino que pierde el control y lame y babea.
Helena me gusta, pero debo intentar dar forma al tipo. Algo me bloquea, no sé si debo mencionar el tamaño del pene mortal. Pero tampoco quiero dar datos vagos aludiendo a su grosor o su capacidad de profundidad. Una vampira de veinticinco años una vez me dijo que no importa tanto el tamaño como el vacío que deja después. Suena casi poético. Es la única vez que he creído a una mujer con lo de “el tamaño no importa”. Decido poner esa frase sobre el tamaño en boca de Helena. El texto cada vez me gusta más y cada vez tiene menos perfil de ganador de un certamen.
Si miro a mi derecha, tengo la ventana (segundo piso), y abajo puedo ver de vez en cuando a algún crío corriendo tras una rata o un perro. Son las tres de la mañana, queda mucho para que salga el sol. Lo que hay que ver. Vampiros celebrando aún la navidad. Vampiros que siguen vociferando lo que ellos jamás harían aunque lo hagan luego a escondidas. Cuando me acercaba al pecho de aquella súcubo de veinticinco años, no se oía nada. Nunca se oye nada. Ni siquiera ruidos de digestión. Pero la gente sigue usando el corazón sin necesidad de que lata. Se llamaba Irina. Irina la vampira. Yo hace ya cuarenta años que cumplí los treinta. Si Helena acaba siendo Irina, debería camuflarlo de algún modo (aunque no siempre se consigue). Si yo soy el tipo que la domina, quizá debería buscar un regla y medir mi erección. Quizá el personaje sugiera lo de medírsela como quien no quiere la cosa, y Helena entonces diga eso de “No importa tanto el tamaño como el vacío que deja después”. Irina se fue con un tío más alto que yo (aunque nunca sabré el tamaño de su pene), y ahora es todas la mujeres ficticias. Es Helena quiera o no, quiera yo o no. Pero solo siento una vaga sensación de perdida, no es exactamente sufrimiento. Ni siquiera celos de ese gigante verde. Creo que no voy a alargar el cuento hasta la vejez. Sería un rollo, y ya hay suficientes datos escabrosos como para que me haga gracia. Lo termino con una patética escena, en la que el tipo definitivamente busca una regla y se palpa el pene hasta que este está erecto. Helena le mira sin saber qué decir; no está exactamente ofendida, pero tampoco parece sentirse muy cómoda. Esto ocurre ya después de que ella haya dicho lo de “No importa tanto el tamaño como el vacío que deja después”. Y el tipo lo hace, pone una regla de plástico junto a su pene mortal. Bebo un poco de mi sangre de cerdo. Todo acaba con Helena diciéndole al tipo que ha hecho mal, que ahora que ella sabe lo que mide, el vacío que sentirá después será menor. Luego dice que ha conocido a un chico en el trabajo, un chico nuevo. Dice que es muy alto, que quizá él no haga cosas como medirse el pene. Y se ríe mientras lo dice.

[Para el vídeo, clickad para verlo en Youtube; tiene continuación, y habla por sí solo. Abajo, más pin-up. Y… INSISTO…]

MetaMegan

Hay una chica, una especie de versión matrioshka de Megan Fox, como si Megan Fox llevara otra chica dentro que la gobernara que es a su vez gobernada por otra más pequeña, etcétera. Con esto no quiero decir que la chica sea, digamos, gruesa (aunque no tenga nada en contra de las gorditas, dios sabe que aun teniendo mis preferencias me pueden llegar a gustar igual que las que no lo son). Lo que quiero decir es que no es una cuestión de volumen, sino de capas; lo que veo frente a mí parece una coraza exterior, una suerte de frío escudo precioso y a la vez inexpugnable que actúa como cinturón de castidad que la guardara bajo cerrojo por entero.
Aun así, si la miras a los ojos parece haber un pequeño resquicio de debilidad al fondo; es la única forma de saber cómo se siente más o menos; su boca también puede llegar a delatarla, pero es más difícil, forma parte del grupo de gestos que podemos llegar a controlar.
Además, tiene una pistola en la mano, y me dice que al suelo, joder.
Me golpea con la culata en la sien. Por un momento pierdo el sentido. Luego me descubro tirado en mala postura. La metaclón de Megan me grita que me quede en el suelo o me pegará un tiro en la cara. No sé por qué no tengo miedo. El hombre que la acompaña se dirige a ella como «hermanita». No sé por qué no van con la cara tapada. Hay unas siete personas más en mi situación. Dos mujeres lloran. Nadie les hace caso, pero ruegan por su vida en voz alta. Creo que esta mañana he abusado con el xanax, y que las pistolas son de juguete, alguna imitación, parecen no pesar nada. Meto la mano en el bolsillo, tecleo en mi móvil para apagarlo, no quiero que suene ahora mi melodía del Exorcista. Miro a ras de suelo, a la altura de una cucaracha, veo los tacones de las botas de Megan de un lado a otro. Tengo una punzada en el estómago con ella, habla con monosílabos a la gente, se impone más que el tío. Sería más fácil encapricharse de la panadera, o de la amiga de amiga que te presentaron aquella vez, pero estas cosas empiezan por el estómago, él suele decidir quién te va a gustar. Es una esclavitud muy sutil que se hace cada vez más presente. Es esa sensación de cosquilleo que se va expandiendo por tu cuerpo hasta que se enciende una bombilla en tu cabeza. Y luego esa bombilla sigue encendida y calentándote el cráneo todos los días, sobre todo antes de dormir y al despertar. Ese momento en el que la gente te ve con cara de idiota por la mañana y en el que parece que necesitas una eutanasia tranquila, ahí es cuando más enamorado estás. Estás sufriendo. Y da igual lo que ella haga o diga o si está o no, incluso importa poco que te haya dejado sin sentido de un golpe, ahora empieza la fase del no-razonamiento.
Al tío, claramente más torpe que ella, se le cae la pistola al suelo, y cada vez parece más de juguete, quizá de agua. No miro directamente, así que no sé lo que pasa. Oigo que se cierra la puerta y que alguien dice que la policía está en camino. El tío y Megan se han ido. Esta debe ser la sucursal bancaria peor preparada para los atracos de la historia de los enamoramientos repentinos. Porque la verdad es que no sé de nadie más que haya tenido un principio de encoñamiento con la atracadora o atracador si no era en una película.

Siempre me las arreglo para ser el trébol de cuatro hojas. Normalmente todo el mundo vive para arrancarse la cuarta de jóvenes y sentirse menos capullos en medio de todo el prado, pero yo nunca he sabido arreglármelas con eso. Y eso, en este mundo casi nunca te convierte en alguien especial y admirado, más bien la mayoría de veces solo eres el raro, lo cual, si no eres capaz de ser más normal o común, solo te aporta autodestrucción. Es como si a todas horas, estés con quien estés, estuvieras gritando «¡Bienvenidos a mi vida!».
Pasan tres días del atraco y MetaMegan no se me va de la cabeza. Su pelo suelto castaño de un lado a otro, insultando y gritando, sus ojos tras sus ojos tras sus ojos. Blandiendo la pistola de juguete ante todos. Me palpo el bulto del golpe que me dio en la cabeza y me siento nostálgico. Cuando me levanté del suelo vi que tenía un chorro de sangre que me llegaba hasta el pecho. Cinco puntos. Pero cortarse con un folio entre los dedos hace más daño (hecho contrastado que pide una metáfora a gritos). No lo achaco todo al xanax. Es cierto que estoy abusando de las pastillas, pero no sé qué clase de vida de mierda debo llevar para enfadarme más cuando me corto con un folio en la oficina que con alguien que me pone una pistola en la cara y me deja inconsciente con ella.
Sea como sea, no puedo estar siempre justificándomelo todo, no se puede quedar bien todos los días con todo el mundo. Hasta al comentar el aspecto de Megan he tenido que dejar claro que no estaba gorda, y cuando me he visto diciendo eso me he sentido con la obligación de decir que no tengo nada en contra de las gordas. Es la clase de detalles que me hacen sentir como los demás.

Este no fue mi primer encuentro con tarados armados. Un día hace dos meses uno de los empleados en la oficina se levantó de su cubículo, alzó una pistola minúscula (esta vez de verdad) y sin querer disparó al techo. Su intención era matar a unos cuantos compañeros y llevarse el cañón a la boca. Sin embargo ese tiro involuntario despertó algo en él, y se echó atrás. Una compañera de contabilidad se le acercó, le puso una mano en el hombro, con la otra le cogió la pistola. Él la abrazó y se echó a llorar. Los demás respiramos aliviados.
Pero la cosa no acabó ahí. Para dar una descripción más técnica, hay que decir que un techo realmente frágil es aquél que no soporta con total seguridad el peso de cualquier persona. La fragilidad del techo no depende necesariamente de sus materiales, están las distancias entre sus soportes, la edad, etcétera. Y por supuesto normalmente tampoco están hechos para frenar la trayectoria de una bala de según qué calibre. El disparo, supimos, alcanzó a una informática en el piso de arriba, le entró por el cuello y le salió por la coronilla. Lo que se cuenta, es que nuestro compañero arrepentido no se suicidó esa noche en su casa solo por el hecho de haber asesinado accidentalmente a la chica, sino que además esa mujer era en parte el motivo de su depresión de caballo, un amor no correspondido que junto al estrés laboral le llevó a conseguir el arma con la que la mató, y que usó también para volarse la cabeza.

Ya son dos. Dos veces en que un enchochamiento en mi vida coincide con armas y violencia. Vale que dos de las tres pistolas eran seguramente de mentira, pero fueron igualmente útiles. Cuando fui al entierro de la chica informática (veintitrés años, como de porcelana, todo sonrisas y llena de vida y fuera del alcance del cuarentón suicidado), casi todo el mundo estuvo allí. La madre, en derrumbe constante, era sostenida por su marido y el que nos dijeron era novio de la difunta (un chaval adusto y fuerte, unos treinta, de gimnasio, con mirada viva, del tipo mojabragas, predispuesto, quien apretó el gatillo indirectamente si tenemos en cuenta la comparación de él con mi compañero cuarentón).
Cuando acabó toda la ceremonia y bajaron el ataúd y se superaron los momentos incómodos, vi cómo de lejos dos o tres niños revoloteaban alrededor de un señor que debía ir a visitar una tumba. Los críos se disparaban entre sí con unas pistolas de agua mientras el hombre intentaba controlarlos.

Varios días después de lo del atraco sigo cavilando sobre MetaMegan. Me pregunto si habrá matado a alguien alguna vez, si sabrá lo que es cortarle el cuello a alguien, o cómo será su rutina, cómo hablará con quienes la conocen. Me pregunto si será así por necesidad extrema o más por maldad. Me masturbo mientras me pregunto todas esas cosas.
En la oficina todo sigue más bien gris. Hace tiempo que taparon el agujero en el techo. Lo cierto es que pasaron cuatro o cinco días hasta que lo taparon. No sé por qué, pero el día que todos vimos cómo un tío de mantenimiento se encargaba del asunto, me entró una sensación de hastío, como si todo volviera a ser lo de siempre. Me sentí egoísta al sentirme así, pero no podía evitarlo. Cuando llegaba por la mañana y lo veía, recordaba toda la historia, y no dejaba de ser una historia de amor, una de las reales.
Es cierto que sigo pensando en la muchacha del atraco, pero estoy en una situación emocional menos incómoda. No me pasa como al compañero suicidado, no tengo que verla cada día, ni en el ascensor, ni de lejos. Solo fue un encuentro fortuito. De hecho me cuesta recordar bien su cara, solo la vi unos cuantos segundos hasta el culatazo con la pistola. Lo que capturé mejor fueron sus botas de tacón alto, y cómo pensé en ella esa mañana calzándoselas sin tener en cuenta la mayor comodidad que ofrecerían unas zapatillas para un atraco. Mi mayor ventaja -como he dicho- es que no la conozco, no la veo saltar por las redes sociales, no es mi vecina ni novia de ningún amigo ni nada por el estilo. Solo es la tía del atraco. Ella bajo varias capas de odio hacia la vida, de supervivencia violenta. Aunque es cierto que debería comenzar a masturbarme con otras cosas; no creo que sea sano llevar tantos días sin haber necesitado porno. Muchos comportamientos son significativos en relación al porno. Solo hay que soltar los conceptos, y sin analizarlos ya puedes sacar conclusiones: Un señor casado ve porno todos los días. Tu novio/a ve porno casi todos los días. Tu mujer ve porno a menudo. He conocido a una chica y ya hace semanas que no veo porno. Etcétera. Esas frases son las que hay entre líneas en la vida de muchas personas, quizá personas que te dicen que te quieren, o que no te quieren, o que están pasando de ti de una forma extraña últimamente.
Como digo, mi porno ahora es la chica del atraco. No puedo imaginar cómo debe ser en la cama si es capaz de entrar en una sucursal bancaria a cara descubierta y con una pistola de agua. La drogas no son nada; hay personas mucho más peligrosas, que te pueden matar, y que también follan.
Bukowski decía que su sueño era tirarse a una de dieciocho cuando él tuviera ochenta. Pero la verdad es complicada y está muy mal vista; nadie es retorcido si le preguntas. En la vida, con la edad pasas de hablar sobre lo Buena que está tal Tía a decir lo Guapa que es tal Mujer. La mayor parte de tu educación la gente la valorará no según cómo seas de verdad, sino según si dices Tía o Mujer. Del mismo modo que no se puede ser elegante sin llevar traje.
Echo de menos el agujero en el techo de las oficinas, lo que me sugería. Echo de menos el caos del atraco y a mi colega suicidado. No le conocía íntimamente, pero echo de menos la angustia que representaba, esa posibilidad de intuir que si un hombre pierde la cabeza no siempre es por un defecto de personalidad, sino quizá por un momento de despiadada lucidez sobre cómo es la vida.

Se me comienza a repetir cada día el mismo sueño. Soy la bala. Salgo disparada hacia el techo. Mientras lo atravieso siento una especie de intensa sensación de estar en el lugar adecuado, esa parte que no está ni en el piso de arriba ni en el de abajo; el entorno es como de color rosa, una textura rosa esponjosa como el río de mocos en Cazafantasmas, o como el interior iluminado de una vagina. Es maravilloso durante unos segundos. Después salgo ya por el suelo del piso de arriba, y despierto justo antes de entrar en la mandíbula de la chica.
Ese sueño me recuerda no al trabajo o al compañero suicidado, me recuerda por supuesto a la chica del atraco; supongo que porque tengo asociados esos dos sucesos por aquellos niños que vi jugando con pistolas de agua en el funeral de la muchacha informática.
Cosas que hago desde que MetaMegan me miró aquellos pocos segundos a los ojos. Doy vueltas unas dos horas en la cama cada noche antes de dormir. He comenzado a sentirme mucho más sensible, hasta el punto de llorar por las mañanas en la ducha (creo que no lloraba desde los once años o algo así; va bien para despertarse). Las mencionadas masturbaciones sin porno (me asusté particularmente el día que llegó a salirme sangre mezclada con el semen). He llegado a quedar con algún amigo para hablar del suceso, pero no hay forma de plantearlo. ¿Que te has pillado de quién? ¿Te dio con la pipa y te has colado de ella? La cosa no pasa de ser un chiste, así que al final acabo soltando ese soliloquio recurrente en plan “Estoy jodido últimamente pero no sé por qué y blablablá…”, tras lo cual tu colega te da unas palmaditas y se lleva la conversación a su terreno. También he empezado a salir a correr, machacar el cuerpo ayuda a no pensar, quizá de ahí los adictos al gimnasio y esas palizas con la salud como coartada perfecta. Cuando estás realmente patas arriba, nervioso y agilipollado y con la lágrima a punto de caer, ayuda el coger aire con fuerza por la nariz, mantenerlo en los pulmones unos segundos, y después expulsarlo poco a poco por la boca; al menos los siguientes dos minutos tus pulsaciones se estabilizan y te sientes en paz. Un día casi les hablo a mis padres de MetaMegan, pero justo antes de introducir el tema tuve un segundo de lucidez, y no dije ni pío.

La escena de cómo la conocí merece algo más de detalle (quizá no haya sido completamente honesto). No se trató solo de una tía maciza viniendo hacia mí con cara de mala hostia y blandiendo una pistola falsa. Fue algo más pausado. Todos sabemos lo que es hacer cola en una sucursal bancaria; lo único que todos queríamos hacer era nuestra gestión y largarnos cuanto antes de allí. El clima en esos quehaceres suele ser básicamente de aburrimiento duro de entre semana; no mortal de necesidad, pero si algo presuicida. En resumen, unos vagamente pendientes de otros, todos fijándose en la persona tras la cual van para levantarse y prepararse para ir a la ventanilla. Todo eso. La sola idea de trabajar ahí hace que desee un tercer encuentro con armas, ya definitivo. Mi hermano, muerto hace cinco años durante precisamente un atraco, siempre decía que da igual en qué trabajes, siempre y cuando no trates ni con dinero ni con personas (clientes, se entiende). Él era conductor de autobús. El atracador mató a tres en el banco, al llegar la policía tampoco falló consigo mismo.
Así que mientras todos los presentes dedicábamos todas nuestras energías, tiempo, ilusiones y vitalidades y carpe diems y etcétera solo a esperar, entró la pareja. Un chico y una chica, pues vale. Él bastante alto y cuadrado, ella voluptuosa incluso con la ropa de invierno; llevaba ese recurrente look femenino abrigado de gorro de lana y botas hasta casi la rodilla. En este caso el gorro era blanco, las botas negras y de tacón importante. Yo estaba sentado en una silla, en un rincón; ojeaba un panfleto sin leerlo. Preguntaron quién era el último, alguien soltó un monosílabo.
De entrada todo era sólo más grises, sólo hacían cola. La chica miró a su alrededor, a cada uno de los presentes. Cuando me tocó a mí yo la estaba mirando a ella. Le sostuve la mirada sin saber muy bien por qué. A veces lo hago cuando sé que luego ya no habrá nada más; ¿una chica con un novio que me dobla en músculos y quizá hasta en ingresos o tamaño del pene…? No tenía nada que perder. Así que la miré.
Pueden pasar varias cosas cuando se produce esa situación entre un hombre y una mujer que no se conocen. La primera y más habitual es que ambos enseguida apartan la mirada. Otra opción es la de que de algún modo ninguno de los dos se siente incómodo y puede haber alguna media sonrisa en plan “pues aquí estamos”. Y también está la posibilidad de un principio de química, que suele identificarse cuando la mirada se sostiene más rato del habitual, y la media sonrisa pasa de la boca a los ojos para convertirse en sonrisa entera aunque no haya dientes. Algo parecido a este rollo último es lo que se produce cuando le sostengo la mirada a MetaMegan. Su cara tiene esa dureza de algunas morenas que acentúan su promesa de buen sexo con un maquillaje que convierte sus caras en una suerte de coches deportivos en los que cualquier tío hetero se quiere montar. Lo de Megan Fox no es gratuito, era así, ese tipo de belleza agresiva. No te la imaginabas tanto chupando como mordiendo. Pero durante esa mirada, su gesto de suavizó, pude ver a la chica que había tras la pose centrándome -sólo por jugar- en los ojos.
Y entonces todo se va a la mierda. El tipo saca una de las pistolas del bolso de ella. Ella está algo aturdida, pero reacciona y saca la otra. Y luego los gritos y el miedo y mis sospechas sobre que las armas son de agua.
He aquí mis razones: La muchacha se vulnerabiliza para mí durante unos segundos. Pero luego enseguida tiene que ser dura, dar miedo. Yo me levanto y me dispongo a tirarme en el suelo como el tipo grita que hagamos. Entonces ella camina hacia donde estoy yo antes que hacia cualquier otro, y su mirada ha cambiado por completo, su gesto se ha afilado, y antes de que nadie sospeche que hace un minuto ha entrado desnuda en el vestuario de los chicos solo por mí, me grita y me suelta la pistola contra la sien. No te creo, amiga. Cualquiera diría que antes actuaba y luego salió su verdadero yo. Yo creo que fui el único en recibir porque ella necesitaba taparse otra vez, volver al vestuario de las chicas, y recuperar su estatus de hija de puta.
Luego, sus botas de un lado a otro. Casi me hubiera gustado que hubiese muertos. Me hubiera gustado ser yo el único superviviente. Oigo lo que parecen fajos de billetes entrando en sacos, la chica que les atiende balbucea que tiene un crío, un crío de meses, dice. Me gustaría que MetaMegan le hubiese disparado a bocajarro con un arma de verdad después de haberme dejado tan solo un poco atontado a mí. Me gustaría haber quedado vivo en medio del caos, que el hermano de Meta me hubiese puesto el cañón en la cara pero ella le hubiese detenido. Quisiera haber huido con ellos. Haber corrido hasta el coche que tuvieran aparcado en la esquina más próxima. Podría haber sido un atracador más con ellos, haberme reído con ellos imitando los estertores de muerte de la reciente madre al intentar taparse con la mano la herida de bala en el cuello mientras escupía sangre. Hubiera estudiado con ellos nuevos modos de joder a los demás, otros atracos, otros palos, otros “trabajos”. Podría haber participado de algún infierno de balas en unos años durante algún atraco épico perpetrado ya solo junto Meta en algún banco de huida imposible. Podría haber mecido a Megan en mis brazos hasta verla morir por varias heridas de calibre definitivo en el estómago. Podría haber estado en los periódicos junto a ella. Ella y yo. ¿Su hermano? Murió en un desgraciado accidente… aquel poli de mierda que abrió fuego contra nuestro coche. Podría, en definitiva, haber consumado mi amor por ella. Podríamos haber sido los líderes del motín en la cárcel.


[El programa de Buenafuente es de los que sigue luchando por salvar la dignidad de la televisión; ayer me topé con una entrevista más que interesante al filósofo Jesús Mosterín. Abajo, más pin-up. Y AQUÍ, cosas sobre mal cine.]

Epílogo

Es un ático. He venido con dos amigos. Si miras a tu alrededor no conoces a casi nadie; las chicas llevan vestidos de noche, y cuando creen que no las ven arrugan el ceño y buscan algo en lo que verse reflejadas. Hay unas luces azules que nacen de algún lugar entre el suelo y las paredes, y que hacen que sienta frío a un nivel abstracto. Uno de mis colegas ha ido al lavabo junto a una tía que me gusta bastante y hace veinte minutos que siguen allí. Bebo un vodka con naranja demasiado cargado. Noto como poco a poco se me va intensificando una punzada de negatividad en el estómago, trago sorbos largos procurando que desaparezca. Esta es la intentona número tropecientos de que esto me guste. Entre todos hay una masa uniforme de sonido que consta del ruido de la gente y la música; no puedes oír bien lo que dicen y tampoco las canciones. Lo único claro es el sabor del vodka y las horas y horas de comprar ropa y zapatos y complementos que me rodean. Al parecer, esto es a la juventud lo que una residencia a la vejez. Si pregunto por qué no me lo paso bien, me dirán que porque no quiero. Tranquilo yayo, aquí te cuidarán, tendrás todo lo que necesites; no llores, de verdad, es lo mejor.
Un tipo no para de reír y trastea en una blackberry o Iphone o algo por estilo. La alza intentando que capte la canción que está sonando. La alza y mira la pantalla, la alza y mira la pantalla, repite. Bebo un buen trago. La alza y mira la pantalla. El tema parece de Artic Monkeys, pero podría ser el ruido de un camión de basura en plena faena. El colega que no se está tirando a la tía que me gusta en el lavabo, se me acerca y me da un golpecito en el hombro. Hace una mueca como de sonrisa y saca su Iphone del bolsillo y sigue aquí pero es como si ya no estuviera. Vuelvo a beber y termino el cubata. Me doy la vuelta, tengo la barra detrás. Una de las chicas tras ella me sonríe y le pido otro vodka. Quiero decirle que no lo cargue tanto, pero el ruido hace que mi pereza sea superior a mis ganas de hacerlo. Hay dos pantallas gigantes en las que un capitulo de los Picapiedra se proyecta en bucle. La iluminación se reduce a las luces azules antes mencionadas y unos efectos estroboscópicos molestos que acentúan el efecto del alcohol. Es ese ambiente de confusión visual que hace que al día siguiente todas las mujeres presentes resulten mucho menos atractivas.
Poco a poco me voy sintiendo mejor. Tres cubatas. Apuro el tercero. Veo que mi colega y la chica que me gusta salen del lavabo. Ha pasado más de media hora. Ella hace esos gestos de recolocarse el vestido sin disimular lo más mínimo. Se ha retocado el maquillaje y vuelve con sus amigas. Él viene hacia a mí y me da un toquecito en el hombro y saca su Iphone y sigue aquí pero es como si ya no estuviera. Veo que la chica comienza a trastear en el suyo también junto a su grupo. Un rato después descubro que están chateando. Pido otro cubata.
Quien sea que pinche ha puesto a los Air, lo cual aquí es como intentar que un ambientador sea efectivo en una cloaca. A la pregunta de serie barata de la tele sobre si estoy incómodo por lo de esa chica y mi colega, la respuesta sería la Vida. No sé cómo funciona ese rollo, antes de que se enrollaran ella me interesaba tanto como cualquiera de sus amigas, quizá como cualquier chica de este local; creo que solo siento unos celos infantiles de que la muchacha se haya fijado antes en él que en mí. El resto es pura automutilación emocional: ella no se me ha ganado, soy yo quien la está mitificando. La gran pregunta, pues, no sería la del cotilleo. Lo interesante sería saber si el cuelgue por alguien no es simple autosugestión casi siempre. De todos modos -y a riesgo de que parezca que solo quiero quitarle hierro al asunto (conclusión que sacaría cualquier cotilla)- he de decir que no estoy enamorado de ella; es más bien un intenso deseo de morderla aderezado con envidia de la de toda la vida.

Una chica echa a llorar desconsoladamente poco después de llegar a la fiesta. Primero se rumorea que alguien la ha llamado para decirle que ha muerto su padre o algo así; luego se dice que es que acaba de pillar a su novio con otra… Al final nos enteramos de que solo pasa que otra chica lleva el mismo vestido que ella.
Durante mi quinto cubata, cuando me vuelvo y veo a la muchacha que me los ha servido todos, me parece que en cualquier momento podría decirle alguna tontería. Mis dos colegas hablan de irse de excursión mañana. Son las tres de la madrugada. Me preguntan si quiero ir.

Vomito en el lavabo; puede que sea el mismo en el que han follado Colega y Vida. Siento que me va a estallar la caja torácica. De crío vomitaba sin problema; era muy desagradable, pero lo hacía sin esfuerzo. Ahora cada vez que tengo que hacerlo tengo miedo de que me estalle la cabeza o el pecho. Noto el sabor de la cena; es sorprendente lo lenta que es la digestión. Me vienen recuerdos nítidos, imágenes en puto HD de mis amigos en el sitio de bocadillos en el que hemos estado. Es desconcertante, como una pequeña muerte, parece una versión single de lo que dicen que ves antes de morir de verdad.
Salgo del lavabo con cara de culo. Les digo a mis colegas que si no nos vamos ya yo me voy solo. Al final nos vamos todos. La chica del polvo en el lavabo ya se ha largado con sus amigas.

Al llegar a casa estoy hambriento. Noto la cabeza como si alguien no dejara de gritarme a la cara. Tengo ese pitido de haber estados varias horas exponiendo mis oídos a un ruido absurdo y desordenado; innecesario en definitiva. Me encanta la música, me encantan las mujeres; si me apuras hasta me puede gustar beber. Pero dame una buena canción desnuda, o un sitio tranquilo en el que hablar, dame una guinness. Quiero una habitación de hotel, trasnochar con un disco de Bent junto a una mujer tranquila, nada alborotada, algo introspectiva. Quiero luces indirectas y silencios largos. No quiero la Fiesta. No quiero la Residencia.
¿Cómo van las cosas, abuelo?… ¿No vas a contarnos nada?… ¿Estás enfurruñado?… Nos han dicho que no comes bien…

Por la mañana no me duele la cabeza. Por la noche comí y me tomé dos aspirinas. Pero aún así noto el cuerpo pesado; no es dolor, pero no es mejor, es una resaca que sé que me va a durar dos días, y que me va a hacer estar medio atontado, aún más que habitualmente.
Mi piso es como un piso de verdad, pero más pequeño. Si la entrepierna de una mujer es atractiva y sexual, mi piso sería lo que ves cuando le levantas la falda a una Barbie. Algo así.
De todas formas no me quejo. No me amarga la idea de tener ya cierta edad y no haber formado una familia, o ni siquiera tener planes de hacerlo. De vez en cuando pasa alguna chica por aquí. Nunca son de las que me gustan en el sentido cardíaco. Las que me gustan son aterradoras, enseguida las veo vestidas de novia. No se trata del miedo al compromiso, es más bien que la idea de que hacer según qué promesas a cierta edad me parece casi una irresponsabilidad. Es enternecedor que los demás lo intenten y a menudo tropiecen y se divorcien o corten o se tiren los trastos por la cabeza y a eso lo llamen Vida, pero porque ellos lo hagan yo no estoy obligado a hacerlo; al menos no cuando ellos quieran.
Seguro que dirían que mi habitual carácter más bien compungido se debe a mi resistencia a vivir lo que ellos tan valientemente afrontan. Pero lo que no saben es que la mayoría del tiempo lo que me pasa es que siento una pena bestial por ellos, y por la forma en que presionan a quienes son diferentes, por la forma en que quieren imponer sus rutinas sin concebir ningún otro estilo de vida, y porque así hacen que mucha gente dé pasos hacia adelante en cierta dirección solo para quedar bien aunque arruinen sus vidas a veces tanto profesional como emocionalmente. Es un barullo de ideas, y es complicado, pero así es la vida, la vida no es necesariamente como te diga el tío que empuja el cochecito de bebé. El único motivo por el que no pongo bombas en la tiendas de ropa es porque yo en el fondo albergo mucho menos odio en mí que quien vive por las leyes de la inercia.
Bostezo.
Es domingo y cada vez que bostezo noto un dolor agudo en la garganta por la vomitona de ayer. Me siento ante el ordenador, ya superé esa fase de tele-porque-sí, ese rollo de tirarse en el sofá y ver literalmente lo que sea que den.
Por Facebook las cosas siguen igual, poco ingenio y mucha mamonada, alguien se ha liado a subir fotomontajes de ovnis. Solo hay algún aporte interesante en forma de videoclip. Una amiga de amiga de… ha subido veinticinco fotos más, y todas son de ayer. Me percato de que son del lugar en el que yo estuve. Pero no hay nada interesante que llevarse a la bragueta.

Cojo el coche por la tarde. Hay una especie de colina, de mirador improvisado a las afueras. Si te llevas unos prismáticos es un sitio perfecto para meter las narices donde no te llaman; siempre y cuando haya ventanas abiertas… Yo nunca lo he hecho, me convertiría en la misma basura que critico (y ya lo soy en parte…). Podría acabar siendo digno, normal, respetable y un hipócrita aceptado y todo eso, pero de momento prefiero seguir teniendo la picha hecha un lío, gracias.
No soy un sentimental de las puestas de sol. De hecho, en lo que se refiere al sol, nunca he visto un amanecer sin sentirme hecho una mierda y de camino a algún trabajo humillante. Me va la noche, pero no como cuando la gente dice eso cuando lo que quieren decir es “me gusta ir de fiesta”. Me va la noche en sí, el silencio, la tranquilidad; puedes mirar la luna todo el rato que quieras sin quedarte ciego. La noche parece más sutil. Y puede ser definitivamente más bonita. Quizá por eso todo el mundo diga que es para dormir. Puede que lo digan por el mismo motivo que rehusan disfrutar de muchas otras cosas bellas que ofrece la vida; ellos que son los románticos, los vitalistas; ellos que se meten mano en el cine y se pierden la peli y también el polvo. Ellos que agradecen el no ser yo.
Y por eso ahora estoy solo aquí; la mayor parte del tiempo lo que merece la pena ser visto nadie lo ve. La mayor parte de las personas nunca verán la vida desde fuera, jamás tendrán perspectiva de absolutamente nada. Viendo la ciudad desde este lugar todo se me antoja frágil como un hormiguero. Hormigas obreras. El sol se está escondiendo. Fumo. Y entonces me sobresalto, veo la primera nave, negra, silenciosa, enorme y brillante, que baja atravesando la atmósfera de norte a sur.

[He visto “127 horas”, y me he alegrado de recuperar al Danny Boyle de verdad después de “Slumdog millionaire”, película que a más tiempo pasa peor me madura; hasta el punto de ya parecerme quizá su largo más tramposo y pillado pos los pelos. De hecho el resto de sus títulos, aunque algo desiguales, son mucho más coherentes, películas que con el tiempo se han sostenido y que incluso mejoran con cada visionado. Aun así me alegré de que le dieran el oscar, pero fue raro, como si a David Fincher se lo hubieran dado por “El curioso caso de Benjamin Button” (suerte que este año sí se lo llevará, y por una peli cien por cien Fincher) Abajo, más pin-up. Por cierto, visiten: Desaparezca aquí]

Una historia de amor

Esto nunca es fácil, las palabras están profundamente sobrevaloradas. Pero antes de ponerme en serio, voy a mear. Incluso aunque fuera a suicidarme, si me estuviera meando o cagando, tendría que ir antes al baño. Jode, pero tienes que ir; como cuando te despiertas de madrugada y estás tan cómodo que te pone furioso el solo hecho de tener que levantarte para ir a mear. Vaya… furioso o lo que sea, te enervas o algo así. No quieres despejarte, estás disfrutando de tu tregua diaria. Etcétera.
Pero lo cierto es que Furia es una buena palabra, representa a muchas otras y resume muchos discursos y frustraciones. Cuando vuelvo de mear, otra vez me encuentro con la dificultad de expresar lo que quiero de tal forma que quien lo lea lo entienda. Es todo ese rollo de la pantalla blanca y el miedo al bloqueo. Me siento furioso porque estoy cayendo, deslizándome por ese agujero de tópicos relacionados con la imposibilidad de tener alguna idea. Pero decido que voy a escribir y punto, a mí esas cosas no me pasan, no voy a dejar que me pasen; así que tecleo:
«Esto nunca es fácil, la palabras están profundamente sobrevaloradas. Pero antes de ponerme…»
Mierda puta… ¿has visto eso?… Alargo ese rollo una diez líneas y voy y luego vuelvo escribir la primera en plan metatexto, y me siento como un fraude. Soy basura. Pero al menos la hoja ya no está en blanco aunque siga sintiéndome furioso. No borro. No borres, me digo. Sigue estirando el chicle. Aunque el lector experto ya habrá leído cuentos así, con filigranas estilísticas y rodeos y más rodeos solo por seguir y seguir… No vas sorprender a nadie, me digo, solo quedarás como un pedante. Y cuando me encuentro hablando conmigo mismo en segunda persona me siento como una de esas personas que hablan de sí mismas en segunda persona y en voz alta, cosa que odio. Me odio por ello, pues, y aún me siento más furioso. Vale, ya has avanzado lo suficiente como para que quien vea el texto sin leerlo crea que has estado teniendo ideas. Puede que los que lo lean se sientan engañados llegados a este punto. A esos, hasta otra. No sigáis, de verdad, esto no va a ir a ninguna parte…
Pero Dios bendito… cómo puedo ser tan mamonazo… Cómo puedo haber seguido enrollándome hasta llegar al punto de caer en el efectismo barato de “no leas” para ver si consigo que quien esté leyendo siga leyendo solo por llevar la contraria, o para que piense que quizá lo digo porque lo siguiente que viene de verdad va a ser interesante o chocante y que me la pone dura provocar que me dejen de leer aun creyéndome un escritor brillante (solo creyéndomelo por usar trucos estilísticos más bien baratos y de metareflexión y blablablá…)
Repito, me odio. Todo son metachorradas. ¿A cuánta gente confundirá esto estando escrito en primera persona?
Veo un dibujo o una pintura algo extraña. Es un árbol de cuyas raíces Darwin está sacando un bebé mientras es observado por una niña gigante y pelirroja sentada a su lado. Y… nada. No me inspira nada. Solo me gusta. Además a estas alturas me doy cuenta de que lo que he intentado hacer, eso de ir enganchando vueltas de tuerca en el texto con las que hacer autocrítica… No funciona… Se nota demasiado la intención, chirría, no lo veo fluido. Pero no borro. No me apetece hacer eso de seleccionar la ultima media hora de mi vida con el ratón y hacerla desaparecer de un plumazo. Porque además, creo que he llegado a una conclusión.
Y es que al principio no tenía intención de escribir diez líneas sólo para después volver a escribir la primera. Es más bien que al llegar a la décima la cabeza se me ha ido otra vez a Ella. Pero he hincado codos y decidido que podía volver al texto, releerlo y que seguro que así se me ocurriría alguna idea. Es entonces cuando he recurrido a la metaficción (en una primera vuelta de tuerca seguro mucho más convincente que la segunda, con ese patético «Pero Dios bendito… cómo puedo ser tan mamonazo…»). Total, he estirado ese rollo metaguay todo lo que he podido, y luego me he vuelto a bloquear porque Ella ha vuelto a mi cabeza. Un amigo mio lo llamaba Musas Negras. Una tía que en lugar de inspirarte te bloquea y entumece debido al amor no correspondido. Es por ello que he hecho dos paradas con vueltas de tuerca forzadas. Esto es lo que pasa cuando escribes sin tener ninguna idea. Porque Ella no me quiere, y al resto os odio tanto como a mí mismo.

[Estoy cada vez más enamorado de Chinawoman… Y otra pin-up para la colección. (Por cierto, vuelvo a recordar mi Tumblr, por si a alguien le interesa…)]