MetaMegan

Hay una chica, una especie de versión matrioshka de Megan Fox, como si Megan Fox llevara otra chica dentro que la gobernara que es a su vez gobernada por otra más pequeña, etcétera. Con esto no quiero decir que la chica sea, digamos, gruesa (aunque no tenga nada en contra de las gorditas, dios sabe que aun teniendo mis preferencias me pueden llegar a gustar igual que las que no lo son). Lo que quiero decir es que no es una cuestión de volumen, sino de capas; lo que veo frente a mí parece una coraza exterior, una suerte de frío escudo precioso y a la vez inexpugnable que actúa como cinturón de castidad que la guardara bajo cerrojo por entero.
Aun así, si la miras a los ojos parece haber un pequeño resquicio de debilidad al fondo; es la única forma de saber cómo se siente más o menos; su boca también puede llegar a delatarla, pero es más difícil, forma parte del grupo de gestos que podemos llegar a controlar.
Además, tiene una pistola en la mano, y me dice que al suelo, joder.
Me golpea con la culata en la sien. Por un momento pierdo el sentido. Luego me descubro tirado en mala postura. La metaclón de Megan me grita que me quede en el suelo o me pegará un tiro en la cara. No sé por qué no tengo miedo. El hombre que la acompaña se dirige a ella como «hermanita». No sé por qué no van con la cara tapada. Hay unas siete personas más en mi situación. Dos mujeres lloran. Nadie les hace caso, pero ruegan por su vida en voz alta. Creo que esta mañana he abusado con el xanax, y que las pistolas son de juguete, alguna imitación, parecen no pesar nada. Meto la mano en el bolsillo, tecleo en mi móvil para apagarlo, no quiero que suene ahora mi melodía del Exorcista. Miro a ras de suelo, a la altura de una cucaracha, veo los tacones de las botas de Megan de un lado a otro. Tengo una punzada en el estómago con ella, habla con monosílabos a la gente, se impone más que el tío. Sería más fácil encapricharse de la panadera, o de la amiga de amiga que te presentaron aquella vez, pero estas cosas empiezan por el estómago, él suele decidir quién te va a gustar. Es una esclavitud muy sutil que se hace cada vez más presente. Es esa sensación de cosquilleo que se va expandiendo por tu cuerpo hasta que se enciende una bombilla en tu cabeza. Y luego esa bombilla sigue encendida y calentándote el cráneo todos los días, sobre todo antes de dormir y al despertar. Ese momento en el que la gente te ve con cara de idiota por la mañana y en el que parece que necesitas una eutanasia tranquila, ahí es cuando más enamorado estás. Estás sufriendo. Y da igual lo que ella haga o diga o si está o no, incluso importa poco que te haya dejado sin sentido de un golpe, ahora empieza la fase del no-razonamiento.
Al tío, claramente más torpe que ella, se le cae la pistola al suelo, y cada vez parece más de juguete, quizá de agua. No miro directamente, así que no sé lo que pasa. Oigo que se cierra la puerta y que alguien dice que la policía está en camino. El tío y Megan se han ido. Esta debe ser la sucursal bancaria peor preparada para los atracos de la historia de los enamoramientos repentinos. Porque la verdad es que no sé de nadie más que haya tenido un principio de encoñamiento con la atracadora o atracador si no era en una película.

Siempre me las arreglo para ser el trébol de cuatro hojas. Normalmente todo el mundo vive para arrancarse la cuarta de jóvenes y sentirse menos capullos en medio de todo el prado, pero yo nunca he sabido arreglármelas con eso. Y eso, en este mundo casi nunca te convierte en alguien especial y admirado, más bien la mayoría de veces solo eres el raro, lo cual, si no eres capaz de ser más normal o común, solo te aporta autodestrucción. Es como si a todas horas, estés con quien estés, estuvieras gritando «¡Bienvenidos a mi vida!».
Pasan tres días del atraco y MetaMegan no se me va de la cabeza. Su pelo suelto castaño de un lado a otro, insultando y gritando, sus ojos tras sus ojos tras sus ojos. Blandiendo la pistola de juguete ante todos. Me palpo el bulto del golpe que me dio en la cabeza y me siento nostálgico. Cuando me levanté del suelo vi que tenía un chorro de sangre que me llegaba hasta el pecho. Cinco puntos. Pero cortarse con un folio entre los dedos hace más daño (hecho contrastado que pide una metáfora a gritos). No lo achaco todo al xanax. Es cierto que estoy abusando de las pastillas, pero no sé qué clase de vida de mierda debo llevar para enfadarme más cuando me corto con un folio en la oficina que con alguien que me pone una pistola en la cara y me deja inconsciente con ella.
Sea como sea, no puedo estar siempre justificándomelo todo, no se puede quedar bien todos los días con todo el mundo. Hasta al comentar el aspecto de Megan he tenido que dejar claro que no estaba gorda, y cuando me he visto diciendo eso me he sentido con la obligación de decir que no tengo nada en contra de las gordas. Es la clase de detalles que me hacen sentir como los demás.

Este no fue mi primer encuentro con tarados armados. Un día hace dos meses uno de los empleados en la oficina se levantó de su cubículo, alzó una pistola minúscula (esta vez de verdad) y sin querer disparó al techo. Su intención era matar a unos cuantos compañeros y llevarse el cañón a la boca. Sin embargo ese tiro involuntario despertó algo en él, y se echó atrás. Una compañera de contabilidad se le acercó, le puso una mano en el hombro, con la otra le cogió la pistola. Él la abrazó y se echó a llorar. Los demás respiramos aliviados.
Pero la cosa no acabó ahí. Para dar una descripción más técnica, hay que decir que un techo realmente frágil es aquél que no soporta con total seguridad el peso de cualquier persona. La fragilidad del techo no depende necesariamente de sus materiales, están las distancias entre sus soportes, la edad, etcétera. Y por supuesto normalmente tampoco están hechos para frenar la trayectoria de una bala de según qué calibre. El disparo, supimos, alcanzó a una informática en el piso de arriba, le entró por el cuello y le salió por la coronilla. Lo que se cuenta, es que nuestro compañero arrepentido no se suicidó esa noche en su casa solo por el hecho de haber asesinado accidentalmente a la chica, sino que además esa mujer era en parte el motivo de su depresión de caballo, un amor no correspondido que junto al estrés laboral le llevó a conseguir el arma con la que la mató, y que usó también para volarse la cabeza.

Ya son dos. Dos veces en que un enchochamiento en mi vida coincide con armas y violencia. Vale que dos de las tres pistolas eran seguramente de mentira, pero fueron igualmente útiles. Cuando fui al entierro de la chica informática (veintitrés años, como de porcelana, todo sonrisas y llena de vida y fuera del alcance del cuarentón suicidado), casi todo el mundo estuvo allí. La madre, en derrumbe constante, era sostenida por su marido y el que nos dijeron era novio de la difunta (un chaval adusto y fuerte, unos treinta, de gimnasio, con mirada viva, del tipo mojabragas, predispuesto, quien apretó el gatillo indirectamente si tenemos en cuenta la comparación de él con mi compañero cuarentón).
Cuando acabó toda la ceremonia y bajaron el ataúd y se superaron los momentos incómodos, vi cómo de lejos dos o tres niños revoloteaban alrededor de un señor que debía ir a visitar una tumba. Los críos se disparaban entre sí con unas pistolas de agua mientras el hombre intentaba controlarlos.

Varios días después de lo del atraco sigo cavilando sobre MetaMegan. Me pregunto si habrá matado a alguien alguna vez, si sabrá lo que es cortarle el cuello a alguien, o cómo será su rutina, cómo hablará con quienes la conocen. Me pregunto si será así por necesidad extrema o más por maldad. Me masturbo mientras me pregunto todas esas cosas.
En la oficina todo sigue más bien gris. Hace tiempo que taparon el agujero en el techo. Lo cierto es que pasaron cuatro o cinco días hasta que lo taparon. No sé por qué, pero el día que todos vimos cómo un tío de mantenimiento se encargaba del asunto, me entró una sensación de hastío, como si todo volviera a ser lo de siempre. Me sentí egoísta al sentirme así, pero no podía evitarlo. Cuando llegaba por la mañana y lo veía, recordaba toda la historia, y no dejaba de ser una historia de amor, una de las reales.
Es cierto que sigo pensando en la muchacha del atraco, pero estoy en una situación emocional menos incómoda. No me pasa como al compañero suicidado, no tengo que verla cada día, ni en el ascensor, ni de lejos. Solo fue un encuentro fortuito. De hecho me cuesta recordar bien su cara, solo la vi unos cuantos segundos hasta el culatazo con la pistola. Lo que capturé mejor fueron sus botas de tacón alto, y cómo pensé en ella esa mañana calzándoselas sin tener en cuenta la mayor comodidad que ofrecerían unas zapatillas para un atraco. Mi mayor ventaja -como he dicho- es que no la conozco, no la veo saltar por las redes sociales, no es mi vecina ni novia de ningún amigo ni nada por el estilo. Solo es la tía del atraco. Ella bajo varias capas de odio hacia la vida, de supervivencia violenta. Aunque es cierto que debería comenzar a masturbarme con otras cosas; no creo que sea sano llevar tantos días sin haber necesitado porno. Muchos comportamientos son significativos en relación al porno. Solo hay que soltar los conceptos, y sin analizarlos ya puedes sacar conclusiones: Un señor casado ve porno todos los días. Tu novio/a ve porno casi todos los días. Tu mujer ve porno a menudo. He conocido a una chica y ya hace semanas que no veo porno. Etcétera. Esas frases son las que hay entre líneas en la vida de muchas personas, quizá personas que te dicen que te quieren, o que no te quieren, o que están pasando de ti de una forma extraña últimamente.
Como digo, mi porno ahora es la chica del atraco. No puedo imaginar cómo debe ser en la cama si es capaz de entrar en una sucursal bancaria a cara descubierta y con una pistola de agua. La drogas no son nada; hay personas mucho más peligrosas, que te pueden matar, y que también follan.
Bukowski decía que su sueño era tirarse a una de dieciocho cuando él tuviera ochenta. Pero la verdad es complicada y está muy mal vista; nadie es retorcido si le preguntas. En la vida, con la edad pasas de hablar sobre lo Buena que está tal Tía a decir lo Guapa que es tal Mujer. La mayor parte de tu educación la gente la valorará no según cómo seas de verdad, sino según si dices Tía o Mujer. Del mismo modo que no se puede ser elegante sin llevar traje.
Echo de menos el agujero en el techo de las oficinas, lo que me sugería. Echo de menos el caos del atraco y a mi colega suicidado. No le conocía íntimamente, pero echo de menos la angustia que representaba, esa posibilidad de intuir que si un hombre pierde la cabeza no siempre es por un defecto de personalidad, sino quizá por un momento de despiadada lucidez sobre cómo es la vida.

Se me comienza a repetir cada día el mismo sueño. Soy la bala. Salgo disparada hacia el techo. Mientras lo atravieso siento una especie de intensa sensación de estar en el lugar adecuado, esa parte que no está ni en el piso de arriba ni en el de abajo; el entorno es como de color rosa, una textura rosa esponjosa como el río de mocos en Cazafantasmas, o como el interior iluminado de una vagina. Es maravilloso durante unos segundos. Después salgo ya por el suelo del piso de arriba, y despierto justo antes de entrar en la mandíbula de la chica.
Ese sueño me recuerda no al trabajo o al compañero suicidado, me recuerda por supuesto a la chica del atraco; supongo que porque tengo asociados esos dos sucesos por aquellos niños que vi jugando con pistolas de agua en el funeral de la muchacha informática.
Cosas que hago desde que MetaMegan me miró aquellos pocos segundos a los ojos. Doy vueltas unas dos horas en la cama cada noche antes de dormir. He comenzado a sentirme mucho más sensible, hasta el punto de llorar por las mañanas en la ducha (creo que no lloraba desde los once años o algo así; va bien para despertarse). Las mencionadas masturbaciones sin porno (me asusté particularmente el día que llegó a salirme sangre mezclada con el semen). He llegado a quedar con algún amigo para hablar del suceso, pero no hay forma de plantearlo. ¿Que te has pillado de quién? ¿Te dio con la pipa y te has colado de ella? La cosa no pasa de ser un chiste, así que al final acabo soltando ese soliloquio recurrente en plan “Estoy jodido últimamente pero no sé por qué y blablablá…”, tras lo cual tu colega te da unas palmaditas y se lleva la conversación a su terreno. También he empezado a salir a correr, machacar el cuerpo ayuda a no pensar, quizá de ahí los adictos al gimnasio y esas palizas con la salud como coartada perfecta. Cuando estás realmente patas arriba, nervioso y agilipollado y con la lágrima a punto de caer, ayuda el coger aire con fuerza por la nariz, mantenerlo en los pulmones unos segundos, y después expulsarlo poco a poco por la boca; al menos los siguientes dos minutos tus pulsaciones se estabilizan y te sientes en paz. Un día casi les hablo a mis padres de MetaMegan, pero justo antes de introducir el tema tuve un segundo de lucidez, y no dije ni pío.

La escena de cómo la conocí merece algo más de detalle (quizá no haya sido completamente honesto). No se trató solo de una tía maciza viniendo hacia mí con cara de mala hostia y blandiendo una pistola falsa. Fue algo más pausado. Todos sabemos lo que es hacer cola en una sucursal bancaria; lo único que todos queríamos hacer era nuestra gestión y largarnos cuanto antes de allí. El clima en esos quehaceres suele ser básicamente de aburrimiento duro de entre semana; no mortal de necesidad, pero si algo presuicida. En resumen, unos vagamente pendientes de otros, todos fijándose en la persona tras la cual van para levantarse y prepararse para ir a la ventanilla. Todo eso. La sola idea de trabajar ahí hace que desee un tercer encuentro con armas, ya definitivo. Mi hermano, muerto hace cinco años durante precisamente un atraco, siempre decía que da igual en qué trabajes, siempre y cuando no trates ni con dinero ni con personas (clientes, se entiende). Él era conductor de autobús. El atracador mató a tres en el banco, al llegar la policía tampoco falló consigo mismo.
Así que mientras todos los presentes dedicábamos todas nuestras energías, tiempo, ilusiones y vitalidades y carpe diems y etcétera solo a esperar, entró la pareja. Un chico y una chica, pues vale. Él bastante alto y cuadrado, ella voluptuosa incluso con la ropa de invierno; llevaba ese recurrente look femenino abrigado de gorro de lana y botas hasta casi la rodilla. En este caso el gorro era blanco, las botas negras y de tacón importante. Yo estaba sentado en una silla, en un rincón; ojeaba un panfleto sin leerlo. Preguntaron quién era el último, alguien soltó un monosílabo.
De entrada todo era sólo más grises, sólo hacían cola. La chica miró a su alrededor, a cada uno de los presentes. Cuando me tocó a mí yo la estaba mirando a ella. Le sostuve la mirada sin saber muy bien por qué. A veces lo hago cuando sé que luego ya no habrá nada más; ¿una chica con un novio que me dobla en músculos y quizá hasta en ingresos o tamaño del pene…? No tenía nada que perder. Así que la miré.
Pueden pasar varias cosas cuando se produce esa situación entre un hombre y una mujer que no se conocen. La primera y más habitual es que ambos enseguida apartan la mirada. Otra opción es la de que de algún modo ninguno de los dos se siente incómodo y puede haber alguna media sonrisa en plan “pues aquí estamos”. Y también está la posibilidad de un principio de química, que suele identificarse cuando la mirada se sostiene más rato del habitual, y la media sonrisa pasa de la boca a los ojos para convertirse en sonrisa entera aunque no haya dientes. Algo parecido a este rollo último es lo que se produce cuando le sostengo la mirada a MetaMegan. Su cara tiene esa dureza de algunas morenas que acentúan su promesa de buen sexo con un maquillaje que convierte sus caras en una suerte de coches deportivos en los que cualquier tío hetero se quiere montar. Lo de Megan Fox no es gratuito, era así, ese tipo de belleza agresiva. No te la imaginabas tanto chupando como mordiendo. Pero durante esa mirada, su gesto de suavizó, pude ver a la chica que había tras la pose centrándome -sólo por jugar- en los ojos.
Y entonces todo se va a la mierda. El tipo saca una de las pistolas del bolso de ella. Ella está algo aturdida, pero reacciona y saca la otra. Y luego los gritos y el miedo y mis sospechas sobre que las armas son de agua.
He aquí mis razones: La muchacha se vulnerabiliza para mí durante unos segundos. Pero luego enseguida tiene que ser dura, dar miedo. Yo me levanto y me dispongo a tirarme en el suelo como el tipo grita que hagamos. Entonces ella camina hacia donde estoy yo antes que hacia cualquier otro, y su mirada ha cambiado por completo, su gesto se ha afilado, y antes de que nadie sospeche que hace un minuto ha entrado desnuda en el vestuario de los chicos solo por mí, me grita y me suelta la pistola contra la sien. No te creo, amiga. Cualquiera diría que antes actuaba y luego salió su verdadero yo. Yo creo que fui el único en recibir porque ella necesitaba taparse otra vez, volver al vestuario de las chicas, y recuperar su estatus de hija de puta.
Luego, sus botas de un lado a otro. Casi me hubiera gustado que hubiese muertos. Me hubiera gustado ser yo el único superviviente. Oigo lo que parecen fajos de billetes entrando en sacos, la chica que les atiende balbucea que tiene un crío, un crío de meses, dice. Me gustaría que MetaMegan le hubiese disparado a bocajarro con un arma de verdad después de haberme dejado tan solo un poco atontado a mí. Me gustaría haber quedado vivo en medio del caos, que el hermano de Meta me hubiese puesto el cañón en la cara pero ella le hubiese detenido. Quisiera haber huido con ellos. Haber corrido hasta el coche que tuvieran aparcado en la esquina más próxima. Podría haber sido un atracador más con ellos, haberme reído con ellos imitando los estertores de muerte de la reciente madre al intentar taparse con la mano la herida de bala en el cuello mientras escupía sangre. Hubiera estudiado con ellos nuevos modos de joder a los demás, otros atracos, otros palos, otros “trabajos”. Podría haber participado de algún infierno de balas en unos años durante algún atraco épico perpetrado ya solo junto Meta en algún banco de huida imposible. Podría haber mecido a Megan en mis brazos hasta verla morir por varias heridas de calibre definitivo en el estómago. Podría haber estado en los periódicos junto a ella. Ella y yo. ¿Su hermano? Murió en un desgraciado accidente… aquel poli de mierda que abrió fuego contra nuestro coche. Podría, en definitiva, haber consumado mi amor por ella. Podríamos haber sido los líderes del motín en la cárcel.


[El programa de Buenafuente es de los que sigue luchando por salvar la dignidad de la televisión; ayer me topé con una entrevista más que interesante al filósofo Jesús Mosterín. Abajo, más pin-up. Y AQUÍ, cosas sobre mal cine.]

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13 comentarios en “MetaMegan

  1. Llego por primera vez y he pasado un buen rato leyendo. Escribes muy bien y dices cosas interesantes, lo que, dicho así, suena un poco naif, aunque en realidad no se puede decir nada mejor de un texto. Me gusta tu apuesta contrasistema de apostar por textos largos y me parece honesto que hayas incardinado en tu relato una cita de Bukowski mencionando su nombre.
    Y bien por los personajes como MetaMegan y los narradores que se mimetizan con las balas.
    Un placer, un saludo.

  2. Por desgracia uno nunca decide de quien se enamora o de quien se desenamora, es algo que te golpea y punto, si es verdad que puedes esconderte, pero al final tarde o temprano te acaba encontrando ese sentimiento a veces tan bueno a veces tan dañino, y si no mira este pobre hombre que no tenia otra cosa que hacer nada mas que enamorarse de la atracadora que le hace chorrear sangre, si es que hay que ser masoquista o estar muy loco…. ¿acaso no lo estamos todos?
    Maravilloso relato Jordi, este si que te salio largo, volvemos a nuestros principios, jeje, me ha encantado, ha sido impactante con sus toques de asombro y sus pizcas de sarcasmo, muy intenso y al tiempo fluido, genial.
    Para la próxima vez que se enamore, esperemos que al menos no sea tan doloroso como aquí nos lo presenta, es lo único que podemos pedir ¿no?
    Besos, nos vemos en el próximo post

  3. Creo que hasta yo, a pesar de ser heterosexual me colaría por MetaMegan, asi como la describes a mi también me gusta. Qué facilidad tienes para crear personajes, me das mucha envidia, no diré que es sana, porque dudo que exista una envidia sana.

  4. Me gusta como el texto potencia cada vez más mientras avanza el instante en el que la pistola de la chica -parece de agua-. Un relato para disfrutar.
    Me reí con “Es como si a todas horas, estés con quien estés, estuvieras gritando «¡Bienvenidos a mi vida!»” Y el final, rienda suelta a esos pensamientos “especiales” de cuando nos intoxicamos con los químicos del enamoramiento (puaj).
    Gracias y saludos!

  5. jaj esto si que es un síndrome de estocolmo en toda regla, jaj pobrecillo el gris empleado de banca con sus fantasías sexuales con la atracadora, sus cinco minutos de… ¡encoñamiento! jaja.

    Realmente es verdad que nos falta un poco de salsa y emoción en la vida…

    Bezos

  6. ¿Será que la violencia ya se nos mete por los poros y nos vacuna contra la sensibilidad más primaria????
    Muy interesante juego de personajes y trances en apariencia inconexos pero no casualmente muy bien atados.

    Hacía mucho que no disponía de tiempo para visitar tranquilamente a los bloguers amigos.
    He disfrutado con la lectura de tu historia.
    Saludos!

  7. siempre empiezas contando una historia sin nombre y acabas volviendo un espejo hacía el que lee donde no quiere reconocerse..

    el día de los enamorados tampoco podías fallarnos, claro.

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