La llave bajo la alfombra

El de la esquina, el que nunca habla, dice que después de haberse pasado el día fumando, al beber agua es como si notara la ceniza húmeda en la boca. Llamado Prisma en el grupo (por motivos que la mayoría desconocen), entre sus méritos se pueden contar varios atracos desarmado, solo, simplemente entrando en la sucursal de turno cuando no hay nadie o casi nadie, y apuntando con su dedo desde el bolsillo de la chaqueta al guardia de seguridad somnoliento mientras da ordenes a la empleada que haya detrás del cristal; su anterior comentario antes de este del agua fue una frase suelta y fuera de contexto hará dos semanas: “Una vez una chica me dijo que quería que la mordiera”.
Otro de los tipos de la banda se hace llamar Torno, pesa unos ciento cincuenta kilos y suele alardear de haber comido un día treinta hamburguesas sin vomitar (según a quién se lo cuente la cifra aumenta hasta cuarenta o cincuenta). Por lo demás, es el típico armario, un matón que funciona por miedo escénico.
También hay un chaval de veintitantos que quiere que todos le llamen Neo, pero nunca acaba de conseguirlo y todos se dirigen a él con apodos despectivos: “Niñato”, “Bailarina”, “Pijito”, etcétera. Su habilidad son los ordenadores, colabora estudiando modos de desactivar alarmas y se le utiliza en situaciones en que se necesita a alguien con quien la gente normal baje la guardia y se relaje.
Y finalmente están Harold y Moude, una pareja que se hace llamar así por los personajes de una película, y que suelen hacer un papel parecido al de Neo: son utilizados para despistar. Maude, como chica, suele ser capaz de que cualquiera la mire a los ojos durante minutos si ella no deja de hablar. Esto es práctico para pequeños hurtos. Puede que bajes de tu moto, y antes de que la hayas asegurado y quizá incluso quitado la llave del contacto, ella puede aparecer y ponerte ojitos y pedirte un cigarro. Mientras tanto, Harold se lleva tu moto, y para cuando te vuelves a mirar a Moude ya está corriendo a diez metros de ti o simulando que el asunto no va con ella (esto último le funciona más de lo que se esperaría).

Ahora, mientras Torno habla sin parar, los demás hacen como que escuchan, y Harold y Moude se morrean lascivamente en un rincón de la habitación. Moude apenas dice nada si no es para trabajar. Harold suele incluir el vocablo «Moude» cada dos frases cuando habla y ella no está. Torno siempre dice que ella le dejará y Harold acabará enganchado a lo primero que le vendan en una discoteca. Están todos en una habitación de hotel, un cuchitril que utilizan a menudo para reunirse y planear ciertos asuntos que requieren del granito de arena de cada uno.
Hoy sin embargo la reunión responde a una celebración. Justo ayer consiguieron robar un diminuto diamante valorado en varias jubilaciones aseguradas que va a hacer que la banda se replantee su estilo de vida. Hay sobre una mesa patatas para picar y olivas y demás previsibilidades. Torno sigue contando historias absurdas. Torno es de esos tíos que nunca superan la tara infantil de coger micro-anécdotas de su propia vida y adornarlas hasta tal límite que nadie en su sano juicio puede creerlas. La pareja sigue morreándose, Prisma y Neo asienten a Torno, Neo parece tener una considerable erección bajo sus tejanos. Prisma dice: Una vez una chica me mandó unas bragas usadas por correo. Torno dice: Hoy estás hablador, eh muchacho…

La tarde pasa y Harold sigue con la lengua metida en la boca de Moude. Neo ha ido al lavabo, y por lo que tarda es fácil que ande masturbándose. Prisma piensa en las musarañas mientras escucha a Torno, que dice que fueron treinta hamburguesas, nada más y nada menos que treinta; dice que todos los críos se arremolinaban alrededor de su mesa en McDonald’s. Harold se traga la saliva de Moude. Torno coge de la mesa el estuche en el que está el diamante. Neo sale del lavabo. Prisma mastica una oliva sabor anchoa. Torno grita algo sin sentido. El estuche está vacío, solo queda el pequeño receptáculo lleno de agua.

El diamante valorado en varias vidas solucionadas, ha desparecido. Era cegador y tenía forma de diamante, el típico acabado en punta y prácticamente indestructible. Harold y Moude se despegan, Prisma se levanta de un salto, Neo pone los ojos como platos y se sube la bragueta. Torno mira en torno y su cabeza comienza a hincharse y ponerse roja.
Decidme que no me estáis pegando el palo, dice, con algo entre un murmullo y un grito apagado. Entonces hace uso de su miedo escénico y comienza a cachear a todo el mundo. Les abre de piernas y maldice. Dice: Si lo hemos perdido y no está en agua se corromperá y no valdrá una mierda, ¿entendéis? Todos asienten. Es verdad, el diamante necesita un entorno de humedad, el museo del que lo robaron lo tenía sujeto de un fino alambre y metido en una pecera. La cosa tiene que ver con el entorno natural del que proviene, una historia muy larga, tanto que robarlo era casi una pesadilla logística (pero demasiado sujeta a imperativos informáticos).
Neo dice que no puede creer que nadie de los presentes lo haya sustraído del estuche. Que él lleva dos años en la banda y no entiende lo que está pasando. Harold dice: Nosotros lo único que hemos hecho todo el día es follar en mi casa; Moude asiente. Prisma dice: Una vez se lo estaba comiendo a una tía y no dejaba de decir: “Los peces de colores son animales muy fáciles de cuidar”. Torno suelta un gruñido y pega un puñetazo en la mesa, los platos de plástico saltan. Poco después todos comienzan a revolver muebles y cajones. Nadie recuerda que el diamante haya salido del estuche. Y aunque fuera así, quien lo hubiese robado tendría que tener algún modo de llevarlo en agua. No tiene sentido, dice Torno. Lo repite una y otra vez; Neo y Harold y Moude no dicen nada y revuelven el mobiliario de la habitación.
Harold dice que cuando Torno estaba en el lavabo al llegar ellos a la habitación el diamante seguía ahí, y que ellos ni han tocado el estuche. Torno maldice. Neo parece estar más asustado que preocupado. Prisma murmura: Una vez una chica me dijo que no podía correrse si mientras follaba no escuchaba no sé qué canción de los White Stripes. Precisamente hoy, le dice Torno, hoy tenías que estar parlanchín, tiene cojones… Harold dice que quizá sería bueno mirar en el pasillo. Todos salen. En el pasillo todo sigue igual. Solo hay una planta. Torno coge la maceta y la vuelca. Toda la tierra por el suelo; se arrodilla y la remueve. Comienza a lloriquear, su barriga tiembla. Moude se le acerca y le pone una mano en el hombro. Harold dice que Esto es una putada, pero no es el fin del mundo. Torno murmura entre lagrimas que alguien debe haber entrado en la habitación mientras él estaba en el lavabo, que se ha pasado toda la tarde entrando y saliendo del lavabo, cagando líquido, y que tendría que haber llevado el estuche siempre con él. Prisma y Harold le ayudan a levantarse del suelo.
Vuelven todos a la habitación. Prisma dice: Una vez una chica me dijo que siempre se ponía cachonda viendo Los Pitufos. Creo que es mejor que te calles, dice Neo. Harold y Moude se sientan en el mismo sillón en el que antes se metían mano. Torno dice que se va a su casa, que aquí ya no queda una gota de alcohol en el mini-bar. Prisma dice que le acompaña, y que una vez una mujer entrada en años le dijo que no podía irse a dormir ninguna noche sin antes comerse veinte caracoles. Neo dice que es mejor que él también se vaya, sus padres cada vez sospechan más de sus salidas por las tardes.

Harold y Moude se quedan solos. Es noche cerrada. Todo está desordeando. No hay ruidos en el pasillo. Harold dice:
– Dámelo.
Moude sonríe y se amorra a sus labios. Se besan. Un minuto. Se despegan. Harold escupe el diamante en su mano derecha. Murmura:
– Es mejor que lo sigas llevando tú.

[Bajo mi criterio, el otro gran disco que ha salido estos días es el de Pj Harvey, arriba uno de sus temas. Abajo, más pin-up]

4 comentarios en “La llave bajo la alfombra

  1. Este grupo de ladrones despierta una extraña dulzura en mi, sobre todo ese pobre Torno al que nadie escucha, aunque creo que el que mas tiene que decir y no dice es Prisma, que me hace preguntarme si alguna vez nos hemos cruzado en algún garito de mala muerte, y no me acuerdo…
    Vaya vaya con los ninfomanos estos, que hermosura poderse morrear con tamaña riqueza entre las leguas, así cualquiera se excita la verdad
    Como siempre un relato muy bueno, donde cada personaje se palpa mientras los detallas, como si fuese la sucesión de unas escenas de película cromática.
    PJ Harvey es de las que rompen dentro de tu oído y te hacen daño al principio, pero si no quieres caer rendido a sus pies, no la escuches otra vez, fantástica canción Jordi

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