Mimar a Irina

Todas las veces que los árboles no me han dejado ver el bosque, alguien ha acabado llorando. La inutilidad tiene muchas formas. Y a menudo también pene. Porque supongo que es mejor ser una persona complicada que una persona inútil. Suele ser esa la diferencia entre hombres y mujeres. La diferencia entre la línea recta y los atajos que veces hacen que te pierdas y otras veces te ahorran un montón de tiempo. Irina dice que su nombre hace que muchos la vean como una chica de porcelana; es cierto que ayuda el hecho de que ella es de esas personas que en la playa solo enrojece, y que tiene la expresión constante de algún gatito de postal durmiéndose. Todo eso hace que aunque por dentro esté en ebullición, por fuera siga haciendo que tengas ganas de ponerla al lado de tu tele para poder verla todos los días al llegar a casa: siempre impoluta y luminosa y tiernamente apagada. La paz que transmite el siseo que hace al dormir -que nunca llega a ser ronquido del todo- me insta a comprar una escopeta y vigilar toda la noche junto a la puerta de la calle para que nadie pueda hacerle daño.
Por contraste con ella, hay mucha gente que merece una ráfaga de ametralladora, seguramente yo entre ellos.
Lo más importante es que, si alguien así te elige, y aun sabiendo que se ha equivocado y podría tener a alguien mucho mejor, debes guardarte el secreto para ti; del mismo modo que si te toca la lotería, aunque seas un cabrón, quieres cobrar de todos modos.

Hasta el momento en que me deje, el plan es procurar que no llore. Esto con Irina es harto complicado. Su estado de ánimo, en apariencia, pasa de la relajación a las lágrimas en un parpadeo.
Nunca ha querido contarme casi nada al respecto, pero hace años sus visitas a cierto psicólogo acabaron con el profesional en cuestión comprándose una Colt en el mercado negro para irse a una pensión, la cual poco después cerró cuando la noticia del suicidio trascendió y con los días la gente comenzó a decir que se oían voces allí durante la noche, e incluso el eco de un disparo. El edificio pasó a convertirse en un problema, uno de esos sitios que traen de culo a las inmobiliarias al pasar de unas manos aterrorizadas a otras.
Yo buscaba a alguien con quien compartir piso. Ella se presentó y luego pasé días y días conteniéndome, intentando no imaginarnos a los dos en una suntuosa boda y viviendo luego en una casa de colores pastel, con una valla blanca y unas mellizas correteando por debajo de la ropa interior de Irina tendida en un cordel amarillo con florituras rosas.
Es sabido que, cuanto más quieres apartar un pensamiento de tu cabeza, menos lo consigues. Un camello me dijo una vez que esa es la base de la venta de drogas duras cuando aún no estás auténticamente enganchado. Hay un buen porcentaje de clientes potenciales que se tiran a esa vida cuando saben que jamas van a poder volver a oler el pelo de Menganita. No es broma, me dijo el tipo, tienes que tener mucho cuidado con ese rollo. No sería tan raro que en las tiendas de cosméticos se comenzara a vender también caballo de legalizarse, me dijo, sería una buena forma para esos negocios de abrirse al mercado masculino.

Ahora cuando se dice que el amor de verdad dura tres años, nunca se aclara si también puede ser así con el enamoramiento no correspondido. No dejé de pensar en eso los primeros días de convivencia con Irina, cuando cada vez que se metía en el lavabo controlaba los ruidos para cerciorarme de que no estaba desangrándose. La historia que supe con el tiempo fue que un día de cría, jugando con el jabón mientras su madre la bañaba (y se bañaba con ella), ésta resbaló y se dio un golpe en la cabeza. Toda esa tarde, la versión ochoañera de la mujer de mi vida deambuló por el piso durante cuatro horas, llorando sin saber qué hacer y esperando a que su padre llegara a casa. Fue al paso del tiempo cuando su sentimiento de culpa fue creciendo, teniendo en cuenta que a ella no le gustaba tener antideslizante en la bañera, y que su madre la mimaba hasta tal inconsciencia que para contentarla quitaba siempre dicho antideslizante. Ella lo sabía, su padre lo sabía. Se puede decir que habían sido una familia feliz, pero después de que mamá se fuera de un plumazo todos comenzaron a ver en Irina y su carita impertérrita una especie de encarnación del mal salida de una película de terror de los setenta. Papá habló, y todos los primos y los tíos y los abuelos supieron la historia. Irina siempre ha pensado que su padre a quien quería de verdad era a su mujer, y que ella fue un extra en la vida de ambos seguramente más provocado por su madre. La gente nunca habla de estas cosas, me dijo una vez, pero a veces estas cosas son así.

Los primeros días no sabía por qué ella siempre parecía a punto de hacer algo drástico. Yo pegaba la oreja a la puerta del baño, necesitaba oírla respirar. Apenas había hablado conmigo para lo básico cuando un día no respondió a mis toques en la puerta del baño, hasta yo acabar llorando y dando patadas para tirarla abajo hasta que ella la abrió y dijo que solo se había quedado dormida tumbada en la bañera. Esa misma noche, cuando yo estaba dando vueltas en la cama, Irina vino de su cuarto y se deslizó bajo las mantas conmigo.
Le conté que no sabía cómo hablar con ella, que pensé que no sentía nada por mí y que hasta había estado vagando por callejones; le expliqué mi conversación con aquel camello. Nunca llegué a drogarme, pero llegué a aceptar que las drogas eran mi habitad natural, que yo no estaba hecho para la vida, sino más bien para ir perdiéndola poco a poco de alguna forma absurda. Entonces ella me explicó la historia de su niñez y su padre esquivo y su madre y la carencia de antideslizante. Su padre ahora vive con una mujer poco mayor que Irina, y cuando hace su llamada semanal a veces ella después se mete en el baño y yo vuelvo a pegar la oreja a la puerta.
Su padre es el único contacto que tiene con su familia; cree que sus abuelos, quizá por cuestiones religiosas, la ven como algo que es mejor tener lejos. Ella no sabe cómo arreglar eso, o si necesita arreglarlo. Durante las comidas familiares no sabe tener una comunicación fluida con los demás; vuelve a los ocho años, la misma cara, la apariencia de autismo.
Por las noches reposa sobre mi cuerpo, su pelo cerca de mi nariz. Si despierto y no está, no sé quedarme a esperarla, tengo que encender todas las luces y dar vueltas por la casa, luego ella sale del baño y se ríe a la vez de mí y conmigo. Sufro.

En los últimos tiempos parece más relajada. Sonríe más y seguramente se porta mejor conmigo que yo con ella; siempre voy detrás pensando que va a hacerse algo, siempre mi puta condescendencia involuntaria. Si no es estando desnudo sobre ella no sé verla como una mujer. Y aun así no parece molesta, se adapta perfectamente, nunca protesta, nunca intenta tener una charla conmigo solapando lo importante en algún discurso amable. Es perfecta en cierto modo, salvo el hecho de que sigue pareciendo salvajemente autodestructiva.
Por las noches se calza unas gafas horribles y lee la guía Tab: la única vez que hizo alusión a ello dijo que el libro le parece divertido. No la juzgo, yo también lo he leído y jamás he pensado en matarme. Cuando más habla Irina es precisamente por las noches, a oscuras. Antes pregunta si tengo sueño, y yo, lo tenga o no, le digo que no. Una vez estuvo durante un buen rato hablando sobre el suicidio, y sobre cómo la gente -a pesar de las estadísticas- no ve el tema como algo genérico, igual que el amor, el trabajo, etcétera. Tuve que contenerme para hacerle prometer que ella nunca se haría daño. Creo que es en esos momentos, cuando ve que podría decirle algo así, cuando se aprieta contra mí y me envuelve con sus piernas. Eso anula a cualquiera.

En presente, sale del baño y se recuesta sobre mí con la toalla sujeta por encima de sus pechos. Tiene otra toalla en el pelo y me besa. Y me dice que quiere contarme lo que pasó con el loquero. Lo que pasó de verdad, más allá de la reseña de los periódicos y mis probables conjeturas. Así, tal como está, aún húmeda y sobre mí, podría leerme la “z” del diccionario y la escucharía hasta el final.
Me dice que estuvo ocho meses con ese loquero. Una vez a la semana.
»Los primeros días fui con la intención de colaborar. Me sentía muy mal.
»Él me escuchaba y yo llegué a confiar en él.
Murmura que eso duró solo unas semanas. Luego ella se dio cuenta de que aquellas sesiones eran una especie de placebo.
»Creo que él pensaba algo como: “si está aquí al menos no está cortándose las venas”. Era patético, me comencé a sentir patética. Creo que fue al segundo mes cuando el tío empezó a decir cosas muy raras… Los primeros días al final de la sesión yo me iba y él se quedaba en su despacho. Luego comenzó a acompañarme; los dos en el ascensor, luego los dos hasta la calle. Luego él me preguntaba hacia dónde iba… A veces me acompañaba un trozo…
»Luego comencé a preguntarme por qué nunca se interesaba por mi vida sentimental durante las sesiones… Todo comenzó a enrarecerse…
Me cuenta cómo al paso del tiempo el tipo se mostró cada vez más abierto. Comenzó a hablar de su familia, de su mujer y sus dos hijos; siete y nueve años; dice que siempre insistía con la edad; siete y nueve años…
» Al cabo de las sesiones él empezó a hablar más que yo… Estaba claro que de alguna forma ese hombre estaba perdiendo los papeles…
»Llegué a pensar que me tiraba los trastos, pero estaba equivocada, estaba asistiendo a una guerra interna de él contra él mismo… Yo sólo era las líneas de juego, las cuerdas de un ring en el que él se estaba comenzando a dar puñetazos a sí mismo… Era patético, pero comenzó a ser divertido…
»Luego fue cuando le regalé una guía Tab… ya sabía hasta la fecha de su cumpleaños… si hago memoria también recuerdo la de sus críos…
Me dice que hay algo que no sé de ella, y es que antes de este tipo ya había probado con otros, otros loqueros, desde cría. Dice que no sirvieron de nada, que incluso en algunos casos la hicieron sentirse aún peor.
»Estuve con una que tenía tras ella en su despacho todos los diplomas colgados… es verdad que lo hacen casi todos, pero esta los tenía bien a la vista… tenía hasta dos trofeos de cuando patinaba o algo así… Me daba la sensación de estar hablando con su ego más que con ella; creo que se sentía tan segura de sí misma que podría haberme pedido que le comiera el coño sin tener la más mínima duda de que yo me arrodillaría y metería la cabeza entre sus piernas… Era como hablar con un avestruz con estudios…
»Otro era calvo, y tenía una mirada extraña, como esas fotos que pasan por la tele cuando se descubre una red de pederastas…
»…también un viejo, un tío de unos sesenta y muchos que decía cada dos frases que él no se iba a jubilar, y que eso debería decirme algo…
»…otra guarra segura de sí misma. Llevaba siempre un bolígrafo que chupaba sin parar, creo que era una especie de síntoma de inseguridad estudiado, como para que yo sintiera algún tipo de empatía involuntaria…
»… el muy cerdo llegó a preguntarme qué ropa interior usaba. Luego comenzó a dar rodeos insistiendo en que lo preguntaba porque hay chicas que dicen no llevarla por un falso sentimiento de individualidad que les da seguridad… algo relacionado con adictas al sexo…
»… porque este otro mamón tenía como cincuenta años, y creo que la foto de la mujer que tenía en el escritorio era falsa, como la de esas modelos que hay en los marcos a la venta…
»… este lo disimulaba un poco más que el salido de la ropa interior… hasta que descubrí que en uno de los cajones del escritorio tenía una revista para adolescentes y un par de kleenex arrugados…
Y me cuenta que probó con un par de tíos más, pero que no tienen nada interesante que contar.
»Solo eran los típicos bienintencionados y que resulta imposible saber qué coño estudiaron en la facultad.
Se enciende un cigarrillo y dice que la perdone, que está dando rodeos.
»El caso es que el tío, el del tiro en la boca, comenzó a comentarme cosas de la guía. Creo que a pesar de todo entendía la ironía del libro, el humor negro… pero lo que me desconcertaba era la energía con que hablaba…
»Luego un día rompió a llorar… Dijo que yo era la única cliente que le quedaba. Para entonces eso ya no era ninguna sorpresa, obviamente para mí él ya no era más que un entretenimiento… La verdad es que no lo planeé, pero a partir de entonces fui yo quien cogió las riendas de las sesiones. Creo que no fue algo exactamente voluntario, más bien quería experimentar. Por una vez, tenía la oportunidad de ser yo quien estuviera en el atril señalando con el dedo sutilmente con mis diplomas colgando de la pared…
»No lo pude evitar… Era como tener una hormiga atrapada y una lupa. Un sol de cojones… Le comencé a hacer preguntas directas…
»Ya no quería a su mujer. Solo seguía con ella por los hijos… En realidad estaba enamorado de una panadera. Una panadera de su barrio. El muy gilipollas llegó a decir que le preocupaba el hecho de cambiar a su mujer, psicóloga como él, por una panadera. Luego me enteré de que la panadera tenía novio. El novio era un tío negro. Hasta le llegué a preguntar si sabía algo sobre el tamaño del pene del negro. A aquellas alturas ya tenía que contener la risa mientras le escuchaba, y él tragaba con todo lo que salía por mi boca…
»Cada día echaba a llorar, y yo cada día iba más y más allá, cada vez sabía más de él. Le gustaban las chicas jóvenes. Decía que su mujer aparentaba mucha más edad de la que tenía, y que además ya estaba viendo algo raro en él, haciéndole preguntas… la otra psicóloga, psicólogo y psicóloga… En esa casa había tantas horas de estudio que cuanto más lloraba él más tenía que contener la risa yo…
»Le dije que no se le ocurriera pensar en el suicidio. Que eso es cosa de cobardes.
»Que por favor no leyera el capitulo de la guía en el que se especifican modos prácticos para morir evitando el dolor en la medida de lo posible.
»Le especifiqué cuál era el capítulo, y que por nada del mundo debía abrir el libro por esas páginas. Que esas páginas son la coña llevada al extremo. Que nadie se ha matado y ha podido volver para contarnos que los cortes transversales en los brazos causan una muerte demasiado lenta. O que un tiro mal dirigido te puede dejar como un vegetal dependiente para el resto de tus días.
»Le dije que, sea como sea, hay gente que prefiere ir a otro sitio para matarse. En casa es un follón, y además te pueden ver los críos. Argumenté que yo sé de eso, que mi madre -accidente o no- dejó tal charco de sangre que mi padre estuvo más de una hora limpiando antes de gestionar el cadáver.
»En las últimas sesiones ya hasta me hacía preguntas, me consultaba. Le aseguré que su mujer estaba claramente por encima de él, y que eso seguramente hacía que ella se sintiera mejor. Un rollo muy de la mujer moderna, le dije. Y sus hijos… El problema de los hijos es que tienen que crecer en un buen ambiente. Es obvio que él no podía ofrecer nada de eso, ya no. Era un hombre hundido en la miseria. No podía competir con su mujer. No podía competir con el negro. Le pregunte que de dónde era el negro.
»¿Africano?… No lo sé, le dije, pero corren leyendas sobre los genitales de los africanos. Le comenté que a qué punto estaba llegando para sentirse más pequeño que una humilde panadera, por muy encantadora que fuera (aunque eso, añadí, puede deberse al sexo que tiene cada noche con ese tío). La verdad es que si quería mi opinión, la cosa estaba muy chunga.
»Le pregunté la edad.
»¿Cuarenta y ocho?… Lo cierto, le dije, es que a ciertas edades ya solo queda ir tirando… No digo yo que durante la juventud no se pueda tropezar y recular un par de veces, pero llegando a los cincuenta… Incluso en las discotecas de ambiente no precisamente adolescente no se ve a muchos cincuentones…
»Todo eso le contaba, el hombre ya no podía discernir mis argumentos, no podía diferenciar los absurdos de los coherentes.
»El tío lloraba y lloraba. Yo me levantaba y daba vueltas por la habitación. Fumaba. Mientras otros iban a jugar a frontón o a machacarse al gimnasio para sentirse mejor, yo tenía mis charlas con ese tipo.
»La última sesión que tuve, le conté la historia de la Adivina Sincera. En realidad es un cuento que me inventé, pero le dije que era una fábula que me contaba mi padre para irme preparando para la parte dura de la vida. El cuento hablaba sobre las viejecitas de un pueblo que acudían a una adivina que decía tener un poder real, y que por más negativo que fuera el futuro del cliente, ella no tendría problemas en decirlo en voz alta y clara. Una tras otra las señoras acudían a consultar a la Adivina Sincera. Entonces ella hacía su ritual con las cartas, y después les decía que el futuro se iba a reducir a un montón de días todos iguales y grises, sin cambios, sin alteraciones, solo levantarse y pasar un día igual que el anterior e irse a dormir. Y que después llegaría tal o cual enfermedad y al final la inevitable muerte. Todo esto lo alargué contando tres o cuatro casos siempre del mismo perfil. Al final del cuento la Adivina Sincera se quedaba sin clientes, y decidía echarse las cartas a sí misma. Tras lo cual las viejecitas del pueblo la encontraban una mañana muerta colgada de una higuera, y con dos cuervos comiéndole los ojos.

[Arriba, otra bizarra muestra del nuevo disco de Pj Harvey. Abajo, más pin-up, esa igual también os suena (y pensar que se la llegó a criticar por hacer esa sesión de fotos… desalmados…]

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10 comentarios en “Mimar a Irina

  1. ajaj que bueno y que divertido, el alguacil alguacilado o el psiquiatra psiquiatrizado… jaja me encantó. Eso sin contar lo que ya sabes que opino sobre la guía Tab, que para mi es la Biblia (si te vas a suicidar, claro, sino, no… )jaja

    Y me ha gustado mucho tb. cari, tu relato para el concurso de IRENE COMENDADOR, si señor.

    Bezos.

  2. Que se joda el loquero, por patético y sobre todo por pringao.

    Todo el mundo sabe que hay que tener mucho cuidado con esas gatitas de postal, porque tarde o temprano acabarán dándote de tu propia medicina.

    Espero que el que escribía el relato también tenga cuidado con ella, no vaya a ser que le enrede algo más que las piernas y acabe también enganchao. O muerto.

    Un saludo.

  3. Ay que joderse con la Irina de las narices, que con su cara angelical se ha embolsado al loquero y a parte de la patrulla nacional, jejeje
    Y eso de dormir junto a ella y tocar su pelo, con su toalla y su cuerpo mojado, madre mía si me ha puesto hasta a mi, como no le iba a poner al pobre chico?!! Además te diré que en esos momentos es cuando si te piden que asesines o degüelles al vecino gordo del quinto, vas tu y te sacas el cuchillo jamonero de la funda y te vas como un escopetazo para el. Esta chica me cae bien, fíjate
    Y nuestra pin up, maravillosa, ¿quien seria el hijo de puta y como bien dices tu desalmado, que en su día la criticara? no tiene corazón
    PJ Harvey, sublime, no hay mas palabras

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