Archivos Mensuales: mayo 2011

Steampunk

Del carruaje negro como el tizón tiran cuatro caballos. Obstinados animales post-apocalipsis que en realidad nadie gobierna a tiempo completo; llevan lo que se llamaría el piloto automático. Avanzan a la espera de una nueva orden. Sobre el techo del vehículo -de aspecto más bien gótico y robado de una feria de muestras- yacen tumbados Melibea (nombre inventado) y Oscar (cuyo nombre él asegura es el suyo de toda la vida). Se acomodan ahí siempre que hace buen tiempo. El vestido victoriano de Melibea es poco apropiado teniendo en cuenta que junto a ellos, a sus pies, yace un “nido” de ametralladora que alberga una Gatlin de seis cañones.
Un mundo, pues, en el que en cualquier momento podrías tener que salir corriendo, definitivamente no encaja con ese vestido rojo y esa manía de Melibea de ir siempre descalza. Esas gafas de aviador que usa como diadema. La fragilidad. Ella cree que el apocalipsis es su segunda oportunidad.
Atardece. Oscar de vez en cuando echa una mirada a los caballos. Cada cierto tiempo se coloca donde el cochero del conde drácula, tira de las riendas, y los animales se detienen. Descanso.
Entonces (esto suele suceder bajo la copa de algún árbol lo suficientemente frondoso), la pareja aprovecha para dormir.

Un año antes a las once de la noche, Olga, de veinte años, se despierta por un ruido en su casa. Enciende a tientas la lamparita de la mesilla, y se dirige a la habitación de sus padres. La puerta está entreabierta (y la puerta nunca está entreabierta). Se oye un gorgoteo como de gruñidos, tirones acuosos, sorbidas, etcétera. Ella se asoma. Alguien, un tío, está mordiendo y tirando de la carne del cuello de su madre en la cama. Su padre yace en el suelo con la cabeza vuelta del revés y un rictus terrible. Olga da unos pasos atrás. Baja al piso de abajo y sale de la casa.
En la calle no hay nadie. Se pone a caminar sin rumbo, no se atreve a llamar a ningún vecino; está convencida de que en las otras casas algo monstruoso debe suceder también. Comienza a correr al trote, con su pijama y sus zapatillas de felpa. Se percata de que ese hombre que mordía a su madre no era otro que su propio hermano. Su hermano de veintidós años con un ataque de algo, algo proveniente del exterior. Olga no puede llorar; solo tiene una especie de acceso de pánico que, sorprendentemente, sabe mantener bajo control.
Al tiempo, ese mismo día, Oscar, de treinta y tres años, camina por en medio del arcén no muy lejos, y se pregunta por qué hay tanta tranquilidad. Ciertas calles -otras noches aún notablemente transitadas a esa hora-, hoy no conocen el siseo de los neumáticos, ni el de jóvenes estirando el fin de semana como un chicle. Oscar viste una casaca del ejercito británico, a la última moda del siglo XVIII. Vuelve de su trabajo de fin de semana en el parque temático, y resopla ante la idea de reencontrarse con su novia. El piso se le hace cada vez más agobiante. Hace dos años que se fueron a vivir juntos, y ya se tratan el uno al otro como a vecinos sosos, como tratas a esos conocidos a los que no te apetece mucho encontrarte por casualidad. El ambiente, por tanto, es típicamente gris. El sexo: mecánico, como mucho funcional cuando Oscar piensa en otra persona mientras tanto (puede ser desde la última puta que haya en Gran hermano hasta Eva Braun), cualquiera que le despiste del hecho de que Es Su Novia Otra Vez.
El aire nocturno es agradable, Oscar medita la posibilidad de hablar de verdad con su pareja; afrontar la situación y demás antes de que se conviertan en otra familia por inercia. Él no quiere eso para él, y está seguro de que ella tampoco. Ése es el motivo por el que la cosa no funciona. O bien la monogamia sólo es una violación de la condición humana, o bien Oscar y su novia no están hechos el uno para el otro. El caso es que… (Cuando Oscar sigue dándole vueltas a la cabeza, al fondo de la calle puede oír gritos. Una mujer que grita. Es una chica joven. Corre todo lo rápido que puede. Va en pijama y pide ayuda. Dos tíos la persiguen; uno muy gordo y otro que casi la está atrapando. Sueltan gruñidos. Babean.)

En tiempo presente, es de noche y Melibea se acurruca en Oscar en el techo del carruaje. Es una mera cuestión de in/accesibilidad. Si alguien (“alguien”) llega hasta donde están mientras duermen, el ultimo lugar en el que mirarán será el techo flanqueado con florituras de madera tallada.
Los caballos tienen más resistencia de la que Oscar creía. Y por suerte están ajenos a todo. No suelen tener miedo hasta que la amenaza les explota en los morros, y hasta ahora casi no ha pasado.
Melibea le vuelve a hablar a Oscar de lo horrible que era antes su vida. Antes de la infección; antes de que la vida de la mayoría se volviera horrible: itinerante, hambrienta, desesperada. Oscar opina que, dada la sorprendente habilidad que ambos tienen para alimentarse y mantener a los caballos, lo que está comenzando a ser realmente jodido para él es tener que “soportar” la proximidad femenina. Es más; por más tranquilo que esté todo, Oscar sólo puede pensar en que algún día le pasará algo a ella y se quedará solo, y sólo le quedara el suicidio. Porque se ha enamorado de ella. Y a esa sensación “poco cómoda” se añade el hecho de que aún no la ha tocado como él querría. Porque ni tan siquiera sabe bien si ella quiere. Y porque la sola idea de hacerse con una caja de condones resulta una odisea en sí (esto le turba particularmente).
Mientras tanto, la muchacha vuelve a contar cómo por las noches su padre violaba a su madre. ¿No es irónico?, dice, ¿casarte para tener que acabar violando a tu pareja legal? Creo que era lo único que le ponía, dice. A ese cabrón sólo le gustaba oír quejas, gritos. Una vez vi a mi madre en la ducha, murmura, estaba tan jodida que ni tan siquiera puso el pestillo, la sangre le chorreaba por las piernas…
¿Puedes… abrazarme, Oscar?…
… antes me daba vergüenza decir algunas cosas, dice, pero ahora ya me da igual.
Entonces ella se duerme poco a poco, y sus gafas de aviador se clavan en el pecho de él. Es todas las noches igual. Son carne fresca postrada sobre el carruaje (o más bien imitación de carruaje). Acércate a las ciudades cuando te falten provisiones. El cubículo desde el que María Antonieta miraba el paisaje, está cargado de comida. Mucha cruda, otra estropeada, y como mucho un treinta por ciento realmente comestible. Cada cierto tiempo, hacen inventario y se arriesgan a volver a algún almacén para abastecerse. Oscar cree firmemente que, lo que les ha mantenido vivos hasta ahora, es la lentitud viajante de tiempos ha. La paciencia para no esperar gran cosa de la vida: el equilibrio de no tener metas a años vista. Por primera vez, la felicidad de verdad está sólo en el camino.

Casi no se ven coches ya, y los que se ven están parados, arruinados, morros chafados, volcados. Es lo que hace que de vez en cuando el viaje se detenga; los caballos, confusos, se quedan ambivalentes ante un accidente múltiple que corte la carretera. Cadáveres descomponiéndose y bichos de todo tipo poniéndose las botas. La naturaleza reorganizándose.

Imagina la suciedad. A veces semanas sin higiene de ningún tipo. Oscar y Melibea se han acostumbrado al olor del otro. Racionan el agua sobre todo para beber. Pero cuando anochecen herrumbrosamente secos unas cuantas veces, comienzan a sentir la necesidad casi histérica de lavarse.
Ahora yacen encima del carruaje y de camino y es de día, y Melibea dice que por qué no. Por qué iba a seguir con su anterior nombre si no le gustaba una mierda. Por qué iba a llevar la misma ropa pudiendo disfrazarse. Por qué iba a seguir siendo normal si el mundo ya no lo es. Malibea tiene sus temas recurrentes: el ambiente en la casa de sus padres, su vieja identidad, lo mucho que le gusta su nueva identidad, su nuevo vestido, sus gafas de aviador… Y entonces, hoy, añade un nuevo dato. Soy una chica steampunk, dice. ¿Steampunk?, murmura Oscar. Sí, sonríe ella, y -una vez se ha asegurado de que no ve a nadie cerca de la carretera- se arrodilla. Se recoloca el escote y sus gafas/cacharro/diadema. Se muestra, posando. De hecho, dice, somos una pareja steampunk; piénsalo, llevamos hasta kit kats abajo, mi vestido, mis gafas, el carruaje, tu traje, tu reloj (aunque ya no funcione), el trasto ese (señala la Gatlin), la suciedad… hasta los zombis o lo que coño sean, encajan. Somos una familia steampunk. Eres mi marido steampunk. Tenemos una felicidad steampunk. ¿Sabes cuando la gente decía eso de “vete a la mierda”?, susurra, pues nosotros ya vamos hacia allí. Sonríe, pletórica. Ya ni tan siquiera echo de menos Google, los bares pijos, el indie, Facebook, los gritos en la habitación de al lado, los traumas infantiles, las depresiones de moda, los videoclips, la puta bollería industrial tierna que se va directamente a las cartucheras… Me gusta, dice, me gusta ser una chica steampunk; me gusta tener una vida steampunk.

El optimismo repentino de Melibea está bastante justificado. Hace casi tres meses que no sufren ningún ataque. No han tenido que usar apenas la Gatlin; y tienen munición de sobras, algo que ambos ni soñaban que pudiera pasar hace un tiempo. La Gatlin, conseguida en el cobertizo de algún padre de familia fascistoide, ha hecho un servicio mínimo. Sólo dos ataques realmente serios. Una mañana, al despertar, descubrieron a uno de esos infectados ya a punto de morir -inanición zombi, hambre, a saber…- trepando por el vehículo. La otra vez fue más serio; al menos siete zombis “vitales” y desnudos corrían hacia el carruaje en marcha. Los caballos se asustaron y comenzaron a galopar haciendo que casi volcaran. Oscar agarró la Gatlin y disparó como en un videojuego demasiado fácil. Lo que no fue tan fácil fue frenar a los caballos. Hasta que Melibea se sentó como cochera y se adueñó de la situación.
Avanzar y avanzar. A Oscar le gustaría saber qué le pasa por la cabeza a Melibea. Respecto a él. Lo cierto es que a estas alturas ya han comenzado a, digamos, relajarse. Habituarse. Los comienzos fueron duros. La noche en que él tuvo que rescatarla de esos tíos que la perseguían, el deambular por la ciudad durante dos días… La verdad es que tuvieron mucha suerte, y supieron tirar de ingenio en un mundo que se apagaría rápidamente, en el que un coche pronto no sería más que chatarra vacía. Así fue como, Oscar, cavilando, pensó que podían ir a cierta feria de muestras que él había visitado hacía dos días. Allá consiguieron el carruaje (y ropa), y enseguida comprobaron que no era mero atrezzo (los caballos eran una buena pista; había algún asunto de publicidad de por medio, y ese día los animales debieron tirar del vehículo con algún cochero hasta la feria).
Antes Melibea sabía siempre qué día de la semana era. Ahora ya ninguno de los dos lo sabe. Cuando calculan más o menos que es mediodía por la situación del sol, detienen a los caballos, bajan del carruaje y buscan algo comestible entre las provisiones. Lo cierto es que el compartimento de María Antonieta y su séquito no huele precisamente a una cocina limpia, o una frutería bien atendida. Aun así, ambos saben ya qué productos aguantan mejor, cuáles raspando el moho aún son comestibles, y cuáles aun teniendo buena pinta es mejor tirar si el cálculo de días almacenados les baila o es dudoso. Mientras comen, Melibea suele intentar mimar a los caballos. Todos tienen nombre para ella. Oscar, dado su ya obvio enamoramiento, ha pensado seriamente en memorizarlos él también, y referirse a cada uno de ellos por separado cuando surjan en la conversación. Está Rufus, está Bartolo, está Paolo y también está Tato. Todos, por cierto, nombres de ex-novios de Melibea.
Cuando la muchacha no va descalza, lleva unas nike que ya sufren un desgaste considerable, aun con el tacto extremadamente delicado -o más bien: femenino- del que ella hace gala con ellas.
Melibea susurra a los animales como hacía Robert Redford en aquella peli. Pero Oscar a veces se pregunta si no los utilizará como diario o algo así, como confidentes. Le gustaría saber si habla con ellos sobre él. Le gustaría saber si Melibea realmente necesita a alguien más. Más compañía humana, más «posibilidades»… Le gustaría saberlo, porque él no las necesita. Ya no. Con ella, el carruaje, suficiente comida y todos los “ex” convertidos en serviciales animales de tiro, tiene de sobras.

Ya en marcha, después de comer, Melibea le pregunta a Oscar si echa de menos a su familia. Oscar llamó a mucha gente varias veces mientras deambulaba con la aún Olga por la ciudad. Llamaba y llamaba. Nadie cogía el teléfono. En casa, donde debería haber estado su novia viendo algún reality, no había nadie.
De hecho, el último ser humano sano que ambos vieron, salía de un portal justo cuando iniciaban el viaje con el carruaje. El tío se arrodilló en el suelo, y se intentó cortar el cuello de mala manera con una navaja que parecía de ésas de ciertos restaurantes, ésas que apenas cortan. Así pues, Melibea y Oscar detuvieron a los caballos a cierta distancia, sólo para ver qué intentaba hacer el tipo. Se pasaba una y otra vez la hoja de la navaja por la nuez, y apenas conseguía una herida superficial. Cuando vio que no había manera de matarse así, entró nuevamente en el portal. Al cabo de unos dos minutos volvió a salir (por algún motivo era importante desangrarse en la acera), esta vez con un cuchillo jamonero. “Ahora sí”, susurró Olga/Melibea. El tío se pasó la hoja con tal fuerza que enseguida cayó al suelo; se, digamos, empotró contra el asfalto, haciendo ruidos de atragantamiento y esputando sangre por la boca. Cuando dejó de temblar, Oscar dio un latigazo y el carruaje arrancó. En ningún momento intentaron salvarle. Al pasar justo a su lado, vieron que tenía una profunda mordedura en el brazo izquierdo.
Oscar dice que no, ya no echa mucho de menos a su familia. Melibea se recuesta sobre él como hace ya siempre, y para alegría de Oscar, que espera poder seguir así mucho tiempo. Es una vida inesperada. Él no siente ya negatividad alguna. Ellos son otra vez Adán y Eva; pero esta vez no van a cagarla, Oscar no va a permitirlo. Su idea es vagar por el fin del mundo sin que nadie se entere. Con esa mujer para él solo. La chica steampunk. Tiene todo el tiempo del mundo para declararse a ella si hace falta; para buscar condones; para cagarla y buscar el perdón y volverla a cagar (lo cierto es que nunca la ha visto enfadada…). Lo malo: Tal y como va todo, Oscar cree que la situación, en cierto modo, sólo puede empeorar. Tiene pesadillas con eso. Sueña con que se encuentran con otros humanos sanos; humanos serviciales que quieren formar una bonita comunidad. Humanos vigorosos: hombres y mujeres sumados a más hombres y mujeres. Total, un sinfín de nuevas posibilidades para Melibea. Otra vez la libertad de elección, otra vez las dudas, los celos potenciales. Otra vez otro “bonito comienzo”: personas “cuerdas” queriendo volver a juntarse para crear “algo”. Otra vez tíos y tías rascándose la cabeza mientras planean un sistema de convivencia justo para todos. Ideas para «Reconstruir». Otra vez las frases de mierda: “El comunismo funciona, pero sólo en teoría”, “La democracia es el mejor sistema conocido”… Otra vez los grupitos, los amiguismos, los chismorreos, las traiciones potenciales, las parejas que se juntan y se separan creando otra vez ex-parejas que ya no serán nobles caballos, y que en muchas ocasiones querrán «arreglar las cosas». Otra vez todos dirán que la felicidad está en el camino, pero muy pronto eso volverá a ser sólo una puta frase hecha. Una mentira amable para ayudarte a madrugar para volver a intentar llevarte bien con todos sin que te destrocen por dentro.

Por la noche, más o menos cuando suelen parar, deciden que quieren seguir un rato más. La luna está llena, la visibilidad por la zona rural que atraviesan es óptima. Se ven bien las estrellas. Ese cielo precioso bajo el que casi todo parece ya muerto (y que siga así, piensa Oscar). Aun con el traqueteo del carruaje, Melibea se amodorra sobre su pecho. Se está durmiendo. Su pelo en la nariz de Oscar, su pierna derecha sobre él, la rodilla doblada justo encima de su ingle, su mano atenazándole casi el cuello. Melibea durmiéndose en él. El mundo en “paz”. O: lo más parecido a la paz que puede lograr este mundo. Independencia. (Pero no de un estado, no de tu familia para entrar en otras, nada de esas desvinculaciones que sólo eran simbólicas, falsas entre los ojos de todos, absurdas porque todos iban a seguir juzgándote.) Independencia de verdad, del mundo, la vida anterior, la «especie» anterior. El carruaje es la nave que surca el espacio de lo «nuevo», alejándose de lo conocido, lo excesivamente conocido. La confianza humana ya daba asco hasta niveles difícilmente soportables. Pero Oscar es feliz ahora, feliz observando el cielo estrellado. Su mano izquierda rodea la cintura de Melibea. Se imagina la molesta idea de tener que presentarla a su entorno social y así someterla a juicios una vez se hubiese dado la vuelta; se imagina el tener que reencontrarse con su ya forzada ex, y aguantar sus miradas por estar con alguien mucho más joven. Se imagina la Historia que tendría que soportar de volver a vivir bajo los imperativos sociales de aquella vida. Y sonríe. Sonríe agradecido.
Gracias, infección. Gracias, apocalipsis. Gracias por esta felicidad steampunk. Todo eso dice en voz alta Oscar.

Y justo entonces, algo sucede.

El carruaje se ha detenido. Oscar enseguida piensa en algún accidente. Algún coche atravesado, volcado. Los caballos suelen pararse sólo cuando su trotar no es posible por la carretera. El sueño de Melibea es siempre muy profundo. Oscar se la quita de encima procurando no despertarla. Se incorpora y se pasa a la zona del cochero. Al principio no ve nada. Luego, cuando sus ojos se hacen a la luz de la luna, ve a dos figuras frente al carruaje.
Hola…, dice enseguida uno de ellos. Nos somos… no estamos enfermos, dice. Solo buscamos algo de comida.
Parecen jóvenes. Unos veinticinco años. El corazón de Oscar late rápido, más rápido que en los anteriores encuentros con infectados. Se lleva el dedo a los labios pidiendo silencio. Se baja del asiento del cochero y camina hasta ellos. Mi novia está durmiendo arriba, susurra. Os daré algo de comer, susurra. Os podéis venir con nosotros, añade. Los dos jóvenes se miran entre ellos y sonríen. Se abrazan, se dan la enhorabuena mutuamente; incluso rompen a llorar. Es obvio que han hecho un largo camino, que están desesperados. Es obvio que tienen una larga vida por delante. Son atractivos y serán fuertes cuando coman algo.
Oscar abre con delicadeza el compartimento de María Antonieta para ellos. Enseguida empiezan a hurgar entre la comida. Ambos metidos de cintura para arriba entre la peste de lo podrido, buscando algo en buen estado.
Oscar les anima a que busquen bien. Lo más sano suele estar al fondo, susurra. Y Entonces él se moviliza, saca un bate del mismo compartimento sin que ninguno de los dos tíos se dé cuenta. Un bate que jamás pensó que haría servicio alguno. Los tíos andan tan preocupados por seguir comiendo que no atienden a nada. Así que Oscar trepa con un pie en la carroza, y se impulsa para ver si Melibea sigue dormida. Está en posición fetal, respira pesadamente.
Así pues, baja y se coloca detrás de los nuevos “invitados”. Agarra fuerte el bate con ambas manos. Y lo descarga con todas sus fuerzas sobre la cabeza de uno de los chicos. Éste, sólo con un golpe, queda inconsciente. El otro, ve cómo su amigo se ha derrumbado, pero ni sabe bien por qué. Cuando se vuelve para mirar a Oscar, éste le suelta otro batazo de igual brutalidad en la cara. El chico cae al suelo. Tiene el pómulo hundido pero no se ha desmayado. Oscar suelta otro batazo en su cabeza. Y esta vez sí, el muchacho queda inconsciente.
Saca pues al otro, derrumbado en el compartimento, y ya los tiene a ambos, inertes, en el suelo. Esto no sirve de nada, piensa, tengo que matarlos del todo. ¡Aparta!, oye de repente. Mira hacia arriba y ve a Melibea cogiendo la Gatlin. ¡Aún respiran!, dice, y suelta una ruidosa ráfaga sobre ellos. ¿Por qué has usado el bate, chico steampunk?, ¿para no despertarme?

[Como hace tiempo que no pongo ninguno de ella, arriba tenéis el último video de Hannah Minx; se la ve cada vez más sana y bien alimentada (para que luego muchas se vuelvan locas por ponerse morenas…). Abajo, + pin-up.]

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Slasher

Estaba yo hablando de querer abrazarla tan fuerte que se le salieran los ojos de las cuencas, cuando va y me dice que la playa está más sucia que el año pasado. Sí, más sucia, digo yo. Ahora lo que necesito es que me echen una mano, me dice, necesito a alguien que vaya por ahí vestido de paisano hurgando en todo como si nada. El típico tío que hace preguntas como quien no quiere la cosa: investigación enterrada en charlas inofensivas y demás. Pero le digo que esa época ya se acabó, y mientras aseguro que ahora lo que me interesaría es meter la nariz en su pelo y decir memeces de idiota embriagado con ínfulas de eternidad marital, ella y va y asegura que en serio, que necesita ayuda. Detrás de mí, la ventana del despacho da a la playa; ella a veces mira por encima de mi hombro, creo que va colocada. Le digo que la quiero, a ella, que ya estoy harto de rollos guays y modernos, de habitaciones de chicas desconocidas. Le pregunto si aún sigue con lo de… bueno, las drogas. ¿Entonces ya no investigas?, susurra entornando los ojos. Me has oído, ¿chica?, pregunto. ¿El qué?, vuelve a susurrar. Lo de…, mi cuelgue por ti, tía. Creo que ella ya intuye que al menos yo sí he dejado aquella vida que ella claramente mantiene. Durante unos dos minutos permanecemos en silencio; mira por encima de mi hombro y yo miro su cuello y su… todo, y tengo una erección, una de las que no suelen bajar hasta que haces algo al respecto. Ella vuelve en sí y dice que lo siente, pero que va muy colgada, y se pone a reír de ese modo de ojos acuclillados, y grita: ¿Que estás colgado de quién?, ¿de mí?… Me aturullo. Teresa, le digo, qué te pasa, qué quieres, a qué has venido, hace un año que no te veo, ¿sigues con aquel tío?, llevo años pillado de ti, esperando como quien espera el fin del mundo, así que ¿de qué se trata, qué te pasa?, ¿estás metida en problemas?…
Corta el rollo, déjame respirar, murmura. Cuenta que un tío no deja de seguirla, de mandarle cartas anónimas, de acosarla; dice: Espera un momento, ¿no serás tú?… Tía, joder… Vale, vale, vale… sólo quería asegurarme. Pregunto si tiene alojamiento ya. Responde que no.
¿Mi casa?, digo.
Vale, acepta. Resulta así de sencillo.

Cuando despierto al día siguiente, el otro lado de la cama está revuelto y vacío. Hay una nota: He ido a pillar. ¿Ayer me dijiste que estabas colgado de mí?. La Teresa de toda la vida; ni se molesta en consultar: aunque yo tuviera toneladas de nieve, ella necesita material propio, su banco particular. No recuerdo si ayer follamos: lo cual quiere decir que seguramente no.
La primera vez que la veo es hace tres años. Llega con cuatro amigas más que se unen al grupo con el que estoy. Amigas de amigas. Y Teresa destaca para mí como si las otras sólo estuvieran con ella como comparsa, para peinarla, limpiarle los zapatos, quizá un cunnilingus de vez en cuando a oscuras; sirvientas, chicas grises, borrosas, un croma para ella en el cual yo proyecto un fondo de colores brillantes y química y hormonas alborotadas y toda la pesca. Teresa la siempre-con-novio, la siempre-colocada, la siempre-dispuesta y nunca-mía. Me cuesta creer que haya dormido en la misma cama que yo. Tiene que estar muy desesperada. Muy jodida para acudir a mí. Por desgracia yo soy su ángel de la guarda (¿es verdad todo ese rollo de que cada uno tiene el suyo?), o al menos he adoptado ese papel. Y hay algo peor que el hecho de que tu ángel de la guarda esté enamorado de ti, y es que también vaya todo el día drogado. Ése fue el motivo por el que dejé de meterme, sabía que ella volvería, y un idiota todo el día con el mono no podía atenderla como es debido. Al menos el ángel de la guarda tenía que desengancharse del caballo. Es una historia larga y complicada, pero en esencia no está nada mal. Difícilmente puede haber una demostración de amor más pura. No me vengas con que te has pillado un pisito con una tía, o que te has casado con ella, o que nunca la has engañado…; enganchate a las drogas de verdad y luego comprueba si quieres realmente a esa mujer; si es eso o sólo estás imitando a todos los demás porque a ti también te encanta -o te conformas con- la típica rutina que aplasta el alma: eso de trabajo-tele-dormir-trabajo.
Camino por casa y me pregunto por qué dije ayer que ya no ejerzo. Ah sí, quería centrar la conversación en lo del enamoramiento. La memoria es mi punto flaco. Y ahora siento un hambre de narices. Desde que estoy limpio como como un esclavo.
Mientras engullo cereales directamente de la caja, no paro de decirme que mataré a ese tío cuando le pille. Si le pillo, le mataré. Yo, el pacifista, si pillo a ese capullo lo ahogaré con mis manos. Le clavaré los pulgares en los ojos atenazándole la cabeza. Torturaré a ese hijo de puta y… Decido coger un tazón y echar algo de leche. Creo que no estoy masticando bien y los cereales son como alambre de espino al tragar. Pongo la tele para que el ambiente gane en ruido, no quiero que me entre la paranoia rosa por Teresa. Que por cierto, ya debe llevar mucho fuera. Nunca duerme más de cuatro o cinco horas.

Mientras comemos a mediodía, me pasa un papel. Es la última carta del gilipollas acosador: ese futuro fiambre. Suena como el blog de una adolescente. No parece peligroso, le digo, y: ¿a qué camello has ido? Brutus, dice. ¿Todavía está en el negocio? ¿Estás de coña?, murmura, Brutus es el negocio. Creo que deberías intentar dejarlo, digo, con voz firme. Teresa inicia un ataque de risa. No pienso dejarlo mientras tú te metes a escondidas por las noches, murmura. Yo ya no me meto nada, protesto. Teresa dice que aún me recuerda intentando ligar una vez con una tía que yo creía que era una mula. Es increíble, dice, llevaste más allá el concepto de intentar mojar; es la primera vez que un tío babea sobre semejante piva sin buscar sexo. ¿Quién te dice que no me la quería follar? Tío, me susurra, llevabas tres días sin meterte, esa pava podría haber puesto el culo en pompa para ti en el lavabo del aeropuerto y tú sólo hubieras hurgado en su ano para buscar la bolsita de jaco imaginaria.
Hemos pedido pizzas. Pero el gilipollas del pizzero se ha equivocado y ha traído una de las dos con piña. El día que algún imbécil entró con una piña en una cocina se jodieron un montón de comidas y cenas; es como añadir queso fundido a un melocotón en almíbar o algo así. Pero Teresa come como si nada; sólo le interesa la raya de después. Me dice que lo mejor de meterte es que no necesitas nada más; la drogadicción es como el budismo de occidente. Es cuando te desenganchas cuando te conviertes en una niña tonta llena de caprichos. Necesitas al menos dos o tres pijadas de cada escaparate que ves. Necesitas a alguien que sepa follarte a tu gusto. Empiezas a querer darle algún sentido a tu vida. O bien a llenarla de fronteras y moral y tradiciones y conformarte con lo que coño sea que haga la mayoría; crecer, “madurar”, multiplicarse, responsabilizarse, tropezar y levantarse, y tropezar y levantarse, y seguir conformándote mientras te tropiezas y te vuelves a levantar y no paras de intentar venderle a los demás que sí, que así estás bien, porque vas tirando. Lo peor de dejar de drogarte, pues, es lo que viene después del mono. Las sonrisas de dudosa fiabilidad de todos. Todos esos etcéteras consumistas limpios y sobrios. Hipocresía que vive al principio con metadona y luego acaba siendo pura y sin cortar: nieve legal de nuestro mundo de modas superfluas. Todo se acaba reduciendo a ese rollo de anuncio barato de que la mejor droga es la vida.
Puedo entender a Teresa perfectamente; mucho antes de meterme, yo, objetivamente, también podía comprender más a un drogadicto que a un padre de familia. Pero aun así, le digo que, bueno, que quiero que lo deje porque, en fin, porque la quiero. Es algo visceral, aún más irracional que drogarse. Le digo que podríamos ser hipócritas juntos. Supongo que es lo que las personas hacen, por lo que se emparejan en monogamia. Es un “Mal de todos, consuelo de bobos” generalizado, pero políticamente correcto y aceptado y… Coño… eso es lo que la mayoría de la gente no sabe, seguramente en este mundo es igual de bobo un drogata que alguien limpio. La diferencia (¿sustancial?) es que a menudo uno vive más que el otro. Y poco más. Y no sé cuánto de todo esto digo en voz alta, pero la responsable de mi eterno trastorno nervioso ya se está metiendo la segunda raya. Me doy cuenta de que no, no tengo demasiados argumentos sólidos que no parezcan postales horteras o prometedores paquetes que acaban siendo una colonia. Lo cierto es que este mundo no me lo pone fácil para “salvarla”, para “rescatarla”; porque quizá luego su cárcel sea sólo más amplia, y entonces ya nadie pueda pagar su fianza.

Por la tarde salimos a dar una vuelta; debería ser productiva para mí. Tengo que preguntarle a Teresa otra vez que si sigue con aquel pavo, o que si ya es su ex, o en qué fase están… Aquel pavo…, balbucea ella, aquel pavo… Teresa, susurro, cariño, desde que has venido casi no me has dado información útil… Aquel pavo…, repite ella, aquel pavo precisamente es el tío que te digo, o al menos estoy casi segura, el pavo de las cartas. Sí que lo hemos dejado, dice, pero bueno, yo sé que lo hemos dejado, él parece ser que aún no, o que no quiere aceptarlo, qué sé yo, creo que necesito ver a Brutus otra vez, ¿me acompañas a ver a Brutus otra vez?, bueno, tú otra vez no porque no viniste esta mañana, pero ya sabes, en fin, es que esta mañana no he pillado mucho porque ya imaginaba que estás limpio y quería ser discreta o algo así, sabes, y… uhm, bueno, ¿me acompañas?
Su ex… Ahora ya sé que le mataré. Mataré a ese cerdo. Quiero hacerlo, acabar con él y… No hace falta que lo mates, dice Teresa. ¿He estado hablando en voz alta? No creo que lo mate, digo, pero me gusta pensar en ello. Igual que me gusta pensar que dejarás las drogas antes de que… Oye, oye, oye, me corta ella, no tienes por qué… no hace falta que seas tan mono conmigo, no hay ninguna necesidad; si quieres que follemos, follaremos, no es problema para mí, pero no hace falta que te pongas en plan osito ni empieces a hacerme regalos que casi me gusten pero te diga que me gustan porque la intención es lo que cuenta y todo ese rollo; tío, me dice, si salimos y comienzas a decir que soy tu novia y toda esa película de trastornado colgado, es fácil que acabes odiándome y… y yo no quiero que acabes odiándome, murmura, porque yo también te quiero…, aunque siempre vaya colgada y sea un poco coñazo y todo eso; por eso he venido, más que por lo de mi ex…, y no quiero que le mates, ni que vuelvas a drogarte por mí ni nada; yo… bueno, no sé qué más decirte… Entonces Teresa, silenciosamente, empieza a llorar. Porque sabe que mire donde mire hay callejones sin salida. Lo único que puedo hacer es rodearla con mi brazo y callarme la puta boca; porque ella tiene mucha razón: si comenzamos a enterrar lo nuestro en etiquetas comenzaremos a esperar demasiado el uno del otro, y fácilmente todo comenzará a irse al carajo. Fidelidad no-natural, el día de los enamorados, las navidades, los santos, los acuerdos legales, anillos, jerseys, corbatas… Ella tiene razón, porque tardaríamos muy poco en dejarnos llevar por las rutinas generalistas, comenzaríamos a salir cada vez mejor en las fotos y cada vez estaríamos más aburridos antes y después de que nos las hicieran. Esta sociedad, este sistema de valores y orden, todas las costumbres, las obligaciones conyugales, las sospechas, celos, maquinaciones, todas esas mierdas de amor tradicional de clase media… todo eso acabaría con nosotros tarde o temprano. O peor aún, nos adaptaríamos y nos convertiríamos en seres planos. Moriríamos por dentro hundidos en un mar de engaños de doble moral sobre cierta felicidad “oficial”, una vida que tendría como única prueba tangible un mar de álbumes digitales.
No es broma. Un día eres joven y al día siguiente sigues siendo joven pero independizado en pareja y colgando fotos de vuestro perro en Facebook. Eso, en parte, aunque sea un cliché antisocial, es lo que le da miedo a Teresa, acabar siendo tan… del montón.

Brutus nos recibe en su piso con su acostumbrada educación desconcertantemente inglesa (sin ser inglés); como un Lord que en lugar de ofrecer té organiza catas de “caballos del mundo”. Tiene contactos en los lugares más recónditos y su fama le avala y etcétera. Entramos en su célebre salón presidido por un cuadro enorme de Napoleón. Prefiero no hacer preguntas. Va y me felicita por mi nueva vida sobria y demás, y añade que de todas formas con él siempre tendré la huida asegurada si comienzo a sentirme mal sin saber por qué (o por saberlo más de la cuenta). Gracias, digo, pero mientras tanto estás matando a mi no-novia… ¿Tú no-novia?, ríe, y añade: me gusta el concepto, y te entiendo perfectamente, Teresa es demasiado buena para ser una “novia” más. Coge su mano y la besa. Además, dice, nadie puede querer más a una novia común que a una no-novia; ya sabes, es la emoción de la no-novia, “¿dónde habrá ido hoy?, ¿se estará follando a alguien?, ¿pensará en mí como yo en ella?…”; estoy orgulloso de vosotros, podríais estar patentando sin querer una especie de siguiente paso en las relaciones; un lío igual de chungo que el matrimonio, pero más moderno. Subraya su discurso con un guiño y se ríe a carcajadas. Cojo de la mano a Teresa y le susurro que Deberías buscarte un camello normal, un tirado que al menos no haga como que le importas…
De verdad, luego, mientras Brutus y Teresa ya juguetean con sus dni y esnifan, en ningún momento me vuelve el mono de verdad. Además, la primera raya no siempre es tan exultante, y si no pretendes meterte más te deja con la sensación de haber hecho el tonto, con ese sabor como a aspirina en la garganta y los ojos irritados. En cierto momento, Teresa le dice Brutus que quiero matar al ex de Teresa. Brutus aspira y dice entre risas: Aaaaah, así que es eso, este rollo de meterte ya no te llena , ahora vas a ser el matarife de un slasher real…; ¿sabes?, te entiendo perfectamente, cuando me estaba divorciando de mi mujer muchas veces pensé en matarla; y no es que la odiara particularmente, pero ya sabéis, nosotros fuimos novios comunes, no lo hicimos en las primeras citas, esperamos un tiempo prudencial antes de casarnos, nos casamos, nos comenzamos a aburrir, en fin… ¿de qué estaba hablando? Slasher, digo. Oh sí, murmura, eso…; el caso es que no quería matarla para quitarla de en medio, era más bien curiosidad, quería saber qué se debe sentir si matas a… ¿Qué es un slasher?, interrumpe Teresa. Las películas de psicópatas, aclaro.

Anochece. Teresa está tirada sobre mí en el sillón. Seguimos en el salón de Brutus. Brutus ha sacado un arsenal de armas de algún armario. Las sopesa una a una de pie delante de nosotros, y nos habla de sus características. No para de decirme que si quiero matar a «ese cabrón», él tiene lo que necesito. La verdad es que no sabía que también traficaras con armas, Brutus, digo. Me dice que es necesario ampliar el mercado, las posibilidades, las oportunidades. Paso la mano por el cabello de Teresa y le susurro que “¿No te engancharás a las armas, verdad, cariño?”. Teresa está adormecida; hace como una hora que no se mete nada, pero antes era como una aspiradora. Me dice que no, sonríe, me dice que no sabe para qué querría una arma. Brutus dice que esperemos, que tiene otro armario lleno con más “material” que nos quiere enseñar. Está orgulloso del arsenal que ha conseguido en apenas un año. Cuando nos quedamos solos, le pregunto a Teresa que qué es exactamente lo que quiere que investigue si ella ya sabe quién le manda las cartas. Habla con lentitud, murmura que quizá yo conozca a alguien de la poli, que quizá yo tenga contactos. Oímos a Brutus hablar solo en otra habitación, quizá por teléfono. Le aclaro a Teresa que lo mío con la poli es como el aceite y el agua, no les gusta demasiado ver a un ex-drogadicto metiendo las narices en asuntos que ellos consideran trabajo del departamento. Brutus sigue dando voces en otra habitación; la posibilidad de que hable solo es cada vez más factible. Le pregunto a Teresa que por qué no se queda en mi casa. Si quiere. Hasta que ella quiera. O… bueno, lo que sea… Me sonríe con los ojos acuclillados. Brutus vuelve de la otra habitación con una especie de fusil enorme en las manos; dice “tíos…”, y justo en ese momento, tropieza, el cañón se le clava bajo la barbilla.
Y se dispara.
Todo el salón, incluido el cuadro de Napoleón, está lleno de trocitos de cráneo y chorreando hacia el suelo. Yo me he puesto de pie; la cabeza ha explotado literalmente, el cuerpo se vacía por la “herida”, que viene a ser el cuello con apenas tiras de piel y carne y chorros de sangre que salen escupidos del torso cada vez con menos fuerza. Teresa sigue sentada en el sillón, y con los ojos abiertos como platos por primera vez en todo el día. Sobria de golpe. Le digo que es mejor que salgamos de aquí. Enseguida se moviliza. Cuando ya está saliendo por la puerta principal, yo cojo lo que parece una colt de la mesilla salpicada de sangre y coca. El peso del arma en mi mano me arranca una sonrisa. Descubro como tres cuartos de un globo ocular de Brutus muy cerca de mi zapato derecho.

[Con los videos, ante la duda, recurro a mis canales de Youtube favoritos. Así que aquí arriba tenéis el último de Grace Randolph, esta vez recogiendo impresiones sobre “The Hangover 2”. Abajo,+ pin up. Y, como la actualización ha sido rápida, INSISTO.]

Fiesta de pijamas

Aunque la verdad es que ya estamos en ropa interior… Pero que quede claro antes que nada que yo aquí sólo soy la narradora. La visión subjetiva. Un solo punto de vista y todo eso. A más señas, soy todo lo joven y maciza que quieras imaginarte, pero más vale que me ahorre descripciones poco ingeniosas. Échame unos veintitantos (cuando lo de «veintitantos» significa que aún voy por ahí con la carpeta de la universidad y demás). Estoy en lo que llaman una Fiesta de pijamas. Abunda -como digo- la ropa interior (calculadamente elegida) y estamos dentro de la casa de una amiga un tanto pija; igual que la casa es pija y lo es la zona residencial. Y todas estamos bebiendo de una botella de licor y somos cuatro. Yo y tres más. Un grupo razonablemente bien avenido. Somos Sandra y yo. Está Chiqui y está Paula (fama de peligrosa). Sandra y Chiqui están en su último año de instituto. Sandra es el prototipo de chica callada y sobresalientes que seguramente preferiría estar en su casa. Chiqui es una fiestera de narices, y su inocencia superficial contrasta con el tamaño de sus tetas. Es el sueño de cualquier pervertido. Y Paula es el prototipo de rubia (teñida) cañón de novios gilipollas, tipejos con moto y veinticinco palabras en su vocabulario. Gallitos de gimnasio, chicos malos pero tiernos en el fondo (o más bien estúpidos y en el fondo potencialmente peligrosos). Pero qué sé yo, yo sólo cuento lo que veo, callo, juzgo en silencio y más tarde, quizá me apunte al carro o quizá no.
El caso es que Paula dice que ahora que estamos ya todas en ropa interior, deberíamos hacernos un examen de tetas, enseñarnos los pechos entre nosotras. Pero todo muy hetero, dice, nada de guarradas. Mera curiosidad. Y será porque ya vamos los suficientemente borrachas, pero por raro que parezca, ninguna de nosotras duda, y todas nos desabrochamos el sujetador (Sandra después de dar un trago largo a la botella), y luego… luego no pasa nada. Excepto que todas confirmamos que Chiqui tiene una tetas enormes y preciosas, pezones grandes y rosados. Y va y coge la botella de licor y se la pone entre ellas; las junta y la botella se sostiene perfectamente y todas reímos y Sandra (pechos pequeños y pezones oscuros) pega otro trago largo y hay otra botella esperando.
Paula se viene arriba y dice que quiere tocarlas. Las tetas de Chiqui, por supuesto. Alarga las manos y Chiqui se cubre soltando un gritito agudo. Puro teatro. Porque luego se descubre y Paula sopesa sus tetas y ella cierra los ojos simulando una tremenda vergüenza. Paula, de algún modo, sabe manipular nuestra sala de mandos neural para que hagamos lo que se le antoje.
Lo siguiente, es pedirle a Chiqui -ya notoriamente borracha- que se quite las bragas. Va, Chiqui. Venga, Chiqui. Por favor, Chiqui. No te vamos a grabar, Chiqui. Por favoooooor… Paula, por supuesto, es quien nos espolea a todas para apoyar cada una de sus ideas. Chiqui coge la segunda botella de licor y da un trago largo. Bragas fuera.
Vítores.
Su vello púbico abundante es del mismo color naranja que su pelo. Qué buena estás, dice Paula. Y todas reímos. Y mientras lo hacemos “alguien” ya ha traído un plátano de la cocina. Paula se sienta blandiéndolo y dice que quiere saber qué cara pone Chiqui cuando se corre. Risas teatrales y nerviosas, pero habla en serio. Por más que que yo sólo sea la narradora, he de decir que puede que sea por el alcohol, pero comienzo a sentirme cachonda.
Chiqui se niega durante un rato, dice que las demás también deberíamos… en fin, desnudarnos y todo eso… Pero Paula no quiere eso, lo que ella quiere -y las demás apoyamos la moción-, es hacer algo que se quede entre nosotras; lo que queremos es crear una leyenda urbana, el tipo de suceso que aunque alguien lo cuente la gente no sabrá si creerlo, o hasta qué punto creerlo. Por eso esto es emocionante. Porque se supone que aquí todas somos chicas bien, en todos los sentidos. Nosotras jamás haríamos esto, y por eso queremos hacerlo. Paula se va y vuelve con un condón. “No queremos que empieces a engordar y dentro de nueve meses tengas unos platanitos gemelos ni nada de eso”, dice.
Para qué negarlo, reímos a carcajadas, es divertido. Es un secreto potencial. Además, Paula dice que ella quiere ser quien masturbe a Chiqui. Ella quiere coger el plátano y… Chiqui ya ha bebido considerablemente más que el resto. Yo me pongo detrás de ella en la cama de matrimonio. Sandra está a su derecha, sobre sus rodillas, los ojos como platos. La casa, por cierto, es la casa de Paula. Sus padres han salido de viaje o algo así, no nos ha dicho mucho. A todo esto, el plátano entra en Chiqui con facilidad. Paula lo mete y lo saca y Chiqui comienza a suspirar. Se produce un silencio cargado en la habitación, alguna clase de tensión masticable. ¿Estamos haciendo lo que estamos haciendo?
Sí.
Por eso mola.
Y la cosa se pone cada vez más interesante, ésta sería la parte de la que más se hablaría si alguien se chivara de esto. Y es que Chiqui empieza a gemir; a gemir de verdad, en plan peli porno. Empieza a pedir más y más, y Paula se la folla cada vez más rápido con el plátano. Paula quiere que Chiqui avise cuando se vaya a correr. Un poco antes, aclara. ¿Vale, Chiqui?, pregunta. Pero Chiqui está en su mundo. Sus tetas tiemblan y empieza a sudar entre ellas y por la frente. Es extraño lo que siento, como si lo que veo en realidad no fuera tan extraordinario, como si el hecho de ver a Paula joderse con un plátano a Chiqui fuera algo rutinario, esperable. Quizá lo fuese de algún modo.
Chiqui arquea la espalda y cierra los ojos con fuerza. Paula, como si lo hubiera hecho ya mil veces, saca el plátano y mete tres dedos en la vagina; los mueve hacia dentro hacia arriba, muy rápido. Chiqui comienza a salpicar, y Paula saca los tres dedos y se amorra en la vagina. Los gemidos de Chiqui son entrecortados, se le quiebra la voz. Sandra (que tiene un cerco húmedo en sus bragas) y yo (que también) nos miramos como unos críos viendo su primer video porno. Chiqui tarda como un minuto en volver a plantar el culo en la cama. Paula se recuesta sobre el vello púbico y se ríe. Sandra se lleva una mano a la boca. Yo quiero decir algo en voz alta, pero no se me ocurre nada.
Y entonces Paula dice que se le ha ocurrido una idea.

Paula ha salido de la habitación y lleva como diez minutos fuera. Chiqui sigue desnuda y sigue bebiendo. Está como en medio de un ataque de risa interminable, y no para de decir: “Tías, no contéis esto, tías no contéis esto…”. El hecho de que tanto yo como Sandra hayamos mojado las bragas, no parece tener ninguna importancia ya. De hecho, al final tanto ella como yo, acabamos tocándole las tetas a Chiqui por invitación de ella misma; llegados a este extremo, ya carece de importancia algo más de magreo.
Escuchamos el ruido de la puerta principal cerrándose. ¿Paula había salido de la casa? Cuando entra en la habitación, vemos que viene acompañada. De todas formas el sobresalto es mínimo. Vemos que es un tío. Un tío de unos treinta y cinco años. Al vernos desnudas y semidesnudas, se tapa los ojos haciendo comedia. Éste es mi vecino, Adrián, dice Paula. Adrián la tiene enorme, añade, ¿a que sí, Adrián? Paula nos cuenta que la mujer de Adrián está fuera en un viaje de negocios. La cuestión es: ¿Quién de nosotras quiere ver cómo Adrián se folla a Chiqui? Paula lo somete a votación. Todas alzamos la mano. Incluida Chiqui, que sigue con su ataque de risa. Incluso se pone a cuatro patas y se da unas palmadas en el culo. Adrián ve que la cosa va en serio. Te quejarás de tus vecinas, dice Paula. Adrián se está quitando toda la ropa mientras murmura que no debería, no debería, no debería… Ya, murmura Paula, pues ya la tienes como una piedra, tío. Sandra se ha metido la mano bajo las bragas y ha empezado a masturbarse, lo cual casi me ha sorprendido, hasta que he visto que yo misma también tengo mi mano derecha bajo las bragas, y tres dedos frotando lentamente.
Una vez desnudo Adrián, Paula le coge el pene erecto y dice que quiere probarlo antes de que Chiqui vuelva a pasárselo bien. Y entonces veo que Sandra se une a ella, se arrodilla y las dos empiezan a lamer el capullo, ya casi morado de tan duro. El tipo, entrecortadamente, dice que tendría que acabar pronto, que su niña está sola en casa. (Paula añade que es una monada, un bebé precioso, y sigue chupando.)
Cuando estoy a punto de unirme a la mamada, Adrián se aparta de las chicas y ataca el culo de Chiqui.
Termina pronto. Ni tan siquiera se ha puesto condón. Todo ha acabado dentro de Chiqui, que tiene los glúteos rojos a base de cachetes, y un sonrisa tonta en la cara. Por la ventana abierta se oye lo que parecen lloros de bebé. Paula dice que ni de coña se va a ir Adrián ahora, que a los bebés les viene bien llorar, etcétera. En realidad el tipo apenas se resiste. Paula se va y trae cinco pañuelos. Ata a Adrián a la cama, por los brazos y por los pies. El quinto pañuelo es para taparle los ojos. Las demás no dejamos de beber. Ya hay tres botellas de licor vacías. Una vez atado, Paula vuelve a salir de la habitación. Trae con ella cuatro cuchillos de cocina sujetos con una goma. Parpadeo, algo nerviosa, pero no agitada. Paula se lleva un dedo a los labios pidiendo silencio. Nos da un cuchillo a cada una. Coge una libreta, con un bolígrafo escribe algo en ella, y nos la enseña: ¿Lo matamos?

[Me suele interesar lo que pase en el festival de Cannes. Este año el premio gordo se lo ha llevado “El árbol de la vida”, de Terrence Malick, película que se me antoja de cada vez más imprescindible visionado. Por otro lado, Kirsten Dunst se ha llevado el premio a la mejor actriz (y me alegro) por “Melancholia” (trailer arriba), lo nuevo de Von Trier, que también tengo que ver pete quien pete. Abajo,+ pin-up (o algo así). Ah, y visitad UN BUEN BLOG emergente.]

Escupir al aire

Comienzo a escribir, y cuando llevo más de página y media, me doy cuenta de que estoy plagiando el último libro de Thomas Pynchon. No puede ser. Una idea detrás de otra, todo igual, cada concepto, hasta los detalles más nimios. Nada de cosecha propia. Incluso el estilo es una versión barata del suyo. Es entonces cuando, sin motivo aparente (o con motivo + negación) rompo a llorar.
Me levanto del escritorio y me veo buscando un cigarrillo por casa. Luego me acuerdo de que lo dejé (¿cuánto hace?, ¿cuatro meses?). Trasteando, encuentro una caja de puros que alguien me trajo de no sé qué viaje de novios a no sé qué país precioso para recién casados. Creo recordar un álbum de fotos digital jodidamente interminable al que asentí como si cada instantánea me importara. Mientras tanto, mi vida se consumía. Qué felices eran en aquellas fotos, sonriendo a cámara como ante un payaso de circo que en el fondo da más miedo que risa. A veces me dan ganas de llamarles y preguntarles cómo les va, si ya ha llegado el gris de la famosa aplastante rutina, ¿aún follan o ya han comenzado a hacer el amor?, ¿siguen enamorados o ya están en la fase del cariño y la pereza por volver a comenzar cada uno por su camino?, ¿han pensado en tener hijos?, y de ser así ¿es porque quieren o porque la fase gris de rutina y cariño está llegando a un punto insoportablemente marital/oficial? Y sobre todo, ¿quiénes son?… No recuerdo qué pareja en concreto fue la que me dio la vara con aquel álbum, y tampoco sé ya por qué ahora pienso en ellos…
Pero entonces, se me enciende una bombilla (!). Fran y Rita… Sí… Hace dos años murieron en un accidente de tráfico. Rita estaba embarazada. Sí, en el entierro me parecía mentira que pudiera haber pasado lo que pasó. Tan jóvenes y todo eso. Mi madre se acercó y me cogió la barbilla y me miró como cuando tenía nueve o diez años y estaba triste y ella no sabía por qué. O no…; creo que lo estoy cruzando con el entierro de mi padre… No lo sé, he ido a cuatro o cinco en toda mi vida, y en todos me limitaba a mirar al suelo y notar un globo en la cabeza que nunca acababa de estallar. Era un sentimiento similar al de estar a punto de decirle algo muy importante a alguien. Algo como declararse a alguien; pero no en plan platónico; declararse a alguien después de meses de anhelo y sufrimiento; aunque te digan sí y luego la relación no dure ni cinco meses; o cojas el coche y te dé por estrellarlo justo cuando Bea o Juan Carlos esté de camino inflando la barriga del amor de tu vida…
Hay que tener cuidado, buscarse la buena suerte; dicen que se puede buscar.
El puro es enorme y está asqueroso. No ha menguado ni medio centímetro y ya estoy harto de humo. Aun así sigo chupando como un imbécil. La pantalla blanca del ordenador me mira como si le debiera pasta.
Salgo a por cigarrillos. A buscar mi suerte.
Horrorizado, me doy cuenta de que mi marca ya va a cuatro euros el paquete. Así de modernos somos. Todos mortales y libres de humo. Espectacular. Estoy pensando en comprarme unas gafas de pasta y quizá algo de ropa guay; algo del tipo sí-tengo-nueva-novia. Puede que así aunque vuelva a fumar, la sociedad quizá me lo perdone. Vale, he fracasado con lo del tabaco, pero ¿has visto mi camisa?, ¿y mis tejanos?, están desgastados pero no pero sí, porque mola que sea así. Cuando entro en una tienda, siempre me pregunto dónde está la ropa “de vestir”. Me dan ganas de abordar a alguna de las dependientas y preguntarle si es posible que tengan prendas con las que no parezca que quiero rodar un anuncio de colonia.
Entro en un bar y pido un cortado. Craso error. No puedo acompañarlo con cigarrillos. No hay terraza. Así que ahí me veo, sentado como un idiota, con esta tacita ridícula, ese mini-café con leche. Me doy cuenta de que el lugar tiene ordenadores. Pregunto y pago por hora y me siento delante de una de las pantallas con mi tacita de muñecas.
Recuerdo un foro de relatos eróticos en el que publiqué algo. Hay diez comentarios bajo mi texto. La mayoría se pueden resumir con un «¡egs…!». Uno de los comentarios habla sobre «demasiados tacos», y acaba diciendo que estoy amargado. Mi contestación es: ¡Pero si es un relato guarro!
Salgo del cyber o bar o lo que sea y me enciendo un cigarrillo. Llaman al móvil. Es… ¿Rita? Oh… ¿Sí? Me dice que si me acuerdo de ella. Bueno, sí, aunque la estaba tomando por otra. Sí, digo, claro que sí, qué tal, digo, o sea, cómo están, qué tal el niño. Etcétera. Bien, estamos bien, asegura; me han dicho que has dejado el tabaco por cierto. Sí, digo, sí, bueno, estoy en ello, ya no lo llevo tan mal, aunque pasé unas semanas jodido con el tema (aquí subrayo con una sonrisa en tono de desespero). Rita me dice que Fran celebra su despedida de soltero, y que si podré ir. (¿No estaban casados?) Bueno, digo, no lo sé, ¿cuándo es? (Vale, ya recuerdo quién murió: Ana y Abel; un cruce de nombres lo tiene cualquiera…) ¿Cómo?, digo. Que si quieres ir me lo dices, cuanto antes mejor, grita Rita. Ah, vale, sí, te digo algo en cuanto pueda. Y bla, bla, blá.
Esa noche sueño con el entierro de mi padre. Despierto aturdido, a eso de las dos de la mañana. Comienzo a dar vueltas en la cama. Enciendo el ordenador. Lo siento, pero tu tono es de alguien que está amargado, me contesta el comentarista que dijo que estaba amargado. En su nick hay enlace. Voy a su blog. Tarda una eternidad en cargarse (cientos de seguidores y gadgets por todos lados). Son poemas (o algo así). La última entrada:

Una tarde de abril
tu falda al viento
te digo que te quiero
me miras
Yo también te quiero
me dices
no es tan bello tu decir
es más bello cómo lo dices

Releyendo textos del blog me he dado cuenta de la proliferación de gemelas últimamente, ya sea en personajes protagónicos o secundarios (será una parafilia más…). He puesto “twins” en Youtube y me ha ha hecho gracia el video de arriba… Abajo, + pin-up.]

“La novia de”

Es una quiosquera, me dice mi colega “Pillado por”. Normalmente hay un tipo gordo o un tipo bajito y flaco. O alguien en definitiva anodino, uno de esos tíos a quien te puedes imaginar viviendo dentro de ese chiringuito, sin ilusiones ni metas ni sufrimientos, sólo el objetivo de volver a vender la prensa al día siguiente. Un figurante.
Pero la que te digo no es así, dice. Para empezar es mujer, dice. Sí, le digo, es un cambio significativo. Ya sabes, me dice. Una mujer joven, con todo lo que eso conlleva; agradable al tacto, tetas, tres agujeros, más inteligente que tú, “hermana de”, puede que hasta “madre de”. Tío, me dice, una mujer: se inflan y a los nueve meses se reproducen. Una bomba atómica emocional. Ya, murmuro, hablas de ella como si fuera la primera mujer de la historia. Bueno, aclara, me siento así, creo.
(Cabe añadir que, mientras “Pillado por” me cuenta todo esto, no toca su filete con patatas, tiene los ojos llenos de lágrimas y mira hacia todos los lados como si intuyera que alguien le ha estado siguiendo. Lo hace para no mirarme a los ojos y así quizá disimular el hecho de que él tiene los suyos ya como tras minúsculas peceras brillantes. Total: Fracasa estrepitosamente en su objetivo de relajar el ambiente mientras se confiesa, y de hecho hace que la situación sea aún más “violenta”. Aun así, yo hago como que no me doy cuenta de nada, y ya me estoy acabando mi filete, etcétera.)
Una camarera se acerca caminando entre mesas y al mirar hacia la nuestra ve un plato lleno y el otro casi vacío, y va a decir algo pero al final se echa atrás. Es guapa, otra mujer, ella también se puede inflar y demás… “Pillado por” ni se da cuenta de su presencia, se quita ahora sus horribles gafas indie/grotescas y se pasa una mano por los ojos mientras yo engullo el ultimo trozo de mi ternera. Trago… me recreo en tragar… Y al final tengo que hacerlo: le pregunto si está bien. Él hace un silencio… ¿dramático?, obvia mi… ¿interés?, y dice que no sabe qué hacer con ese asunto, el asunto de la mujer quiosquera (se suele referir a ella de ese modo:La Mujer Quiosquera; lo hace tanto que al final me la imagino con poderes, algo como poder ofrecer la prensa del día siguiente o así).
Lo cierto es que yo también la he visto. La Mujer Quiosquera es un ser humano hembra que debe rondar los veinticino años. La sensación que da es la de estar cubriendo la baja de algún tío suyo (el auténtico quiosquero) mientras él se recupera de alguna operación (no sé por qué siempre imagino que debe ser algo relacionado con la próstata). Es la clásica chica guapa y risueña que, de hacerte el más mínimo puto caso, podrías acabar colgado por ella. Al menos yo siempre he funcionado más o menos así, y obviamente aquí mi colega “Pillado por” tiene esa misma fortaleza emocional de mierda.
Y entonces, sucede, el tío va y rompe a llorar con hipidos y demás mientras le digo a la camarera guapa que yo sí querré postre: flan con nata si tienen. ¿Café? No, gracias, desde que no se puede fumar en ningún sitio es como si a una pizza sólo le pusiesen tomate. “Pillado por” acaba provocando que la camarera se interese por él. Le digo (a ella) que no pasa nada, que solo es un problemilla personal. Lo cierto es que cada vez estoy más incómodo, y esto va a retrasar la llegada de mi flan. Le pongo una mano en el hombro a “Pillado…” simulando un interés lógico por su drama ante los demás comensales.
La muchacha finalmente se ha ido a por mi flan, y mi amigo intenta comenzar a calmarse. Es sorprendente lo poco que me importa su sufrimiento; incluso habiendo pasado por lo mismo en el pasado, lo único que deseo ahora es comerme el postre y salir a fumarme un pitillo. De todas formas, “Pillado…” tiene suerte de que yo no sea como esas personas que luego necesitan vociferar la anécdota («… pues sí, tío, estamos comiendo y “Pillado por” va y se pone a llorar por esa tía; pero llorar llorar, como un crío, y entonces después…»).
“Pillado…” me dice que si luego le podré dar un pitillo. Le digo que si no lo había dejado. “Pillado…” me dice que si luego le podré dar un pitillo. Llega mi flan. Está en algún sitio bajo el montículo -o debería decir La Montaña- de nata. Ataco sin vergüenza. Le digo a “Pillado….” -con la boca llena- que él mismo, si quiere un pitillo yo le daré un pitillo. Y que se calme un poco. Si ese asunto de la mujer quiosquera se ha puesto tan feo, quizá debería acercarse, pedirle un Playboy o algo así y romper el hielo.
Me dice que tiene novio.
Oh… Por algún motivo “Pillado por” ha obviado ese detalle hasta ahora.
Dejo de comer mi flan durante unos treinta segundos, como por cortesía. Le voy a poner una mano en el hombro, pero ya es tarde, rompe a llorar otra vez. Dejo la cuchara en el plato, el flan a medio acabar, todos mirándonos, mi cuerpo en plan sindicatos pro-cáncer, pidiendo nicotina a gritos. Creo que a estas alturas ya todos en el restaurante creen que somos pareja y yo acabo de romper con él. Yo, el gay sin alma. «… ese tío comió tranquilamente mientras cortaba con su novio, yo lo vi, se comió el flan en dos cucharadas…». Ahora los lloros son furiosos, en plan escándalo, en plan “esto tiene que ser una broma de la tele”. Arrastro mi silla hasta su lado y le… bueno, le rodeo con mi brazo y le digo que qué pasa, que no se ponga así, sólo es una tía, hay muchos peces… osea… a ver… que no digo que no pase nada, ya sé que es muy jodido… Alguien grita: “¡Dale otra oportunidad al muchacho!”. Es cierto, un tío ha dicho eso en voz alta. Le digo a “Pillado por” que lo mejor será que pidamos la cuenta y salgamos a fumar. Es obvio que no ha elegido una buena época para dejar de fumar…
(De hecho es la tercera vez que intenta dejar de fumar, después de la Mujer Cajera y la Mujer Contable. “Pillado por” tiene la habilidad de colarse por alguien justo en la peor fase del mono. He llegado a pensar en consultar con un médico sobre la posibilidad de la relación directa entre el déficit de nicotina en el cuerpo y el desorden químico que supone el pillarse de alguien.)
Fuera, fumamos sin ni tan siquiera alejarnos del restaurante; la gente sigue mirándonos desde dentro, probablemente esperando una reconciliación. Me pregunto si ahora mismo no estamos materializando alguna especie de micro-clima de percepción representativo de lo que la sociedad es en general: por un lado la realidad y por otro la realidad que la gente ve o quiere ver. Además, yo no soy tan cabrón, jamás he hecho llorar a una chica así. O al menos no tanto.
“Pillado…” me dice que si le quiero acompañar a verla.
¿Cómo?
A ver a la chica, la Mujer Quiosquera…
¿Ahora quieres ir a verla?
Sí.
Joder, tío…
(Casi todo este diálogo se ha producido sólo con gestos.)
De camino, voy pensando que si algún día una chica se enamora de mí pero yo no de ella, intentaré dejar de fumar. Puede que lo que mi colega necesite es llenar un vacío de alguna clase. Tampoco es tan grave, hay parejas que no se soportan y para intentar arreglarlo tienen un hijo… Mi colega -espero- sólo quiere llevarse al cine a la Mujer Quiosquera. Quizá hacer durar la relación; puede que hasta llevársela un fin de semana a una casa rural en la que lo que menos importará será la naturaleza. No es que mi amigo quiera atrapar a esa chica para toda la vida haciendo que se hinche como una pelota de playa. Pero al menos el muchacho, si ella quisiera, podría quitarse esa angustia de encima, todo ese rollo de llorar en público y avergonzarme.
Cuando “llegamos” a donde está la muchacha en su garito (uno de esos en medio de la calle, al lado hay una cabina de la once), “Pillado por” me detiene a unos cuarenta metros. ¿Aquí?, le digo, ¿desde aquí quieres verla?, ¿quieres unos prismáticos?, esto no es La Sabana, tío, ella no es un león, si nos ve no nos perseguirá para mordernos el culo…
No le hace gracia ninguno de mis comentarios, y creo que está a punto de romper a llorar otra vez. Vale, le digo, nos quedamos aquí, a mí me da igual…
Es entonces cuando comienza a ametrallarme de verdad con su discurso. Cuando sale la verdad. Toda la historia. La chica lleva tres años con su novio, dice; el primero tuvo la esperanza de que lo dejaran; el segundo comenzó a desesperarse; y tres…, tres es demasiado. No puedo hacer nada, me dice. Estoy jodido, me dice. Sufro, murmura, rompiendo a llorar otra vez. Si veo porno, vocifera, sólo puedo ver a ese cabrón follándosela. El cabrón es el novio, se supone. Dice que la única forma en que puede correrse es pensando en ella; que está tan pillado que ha llegado a tocarse imaginándola con su novio. ¿Sabes lo que es correrse y llorar a la vez?, me grita. ¿Lo sabes? Vale, digo, ahora todos en la calle piensan otra vez que somos gays. ¿Me estás escuchando?, me grita. Me alejo tres pasos. Vale, tío, perdona, murmura, ya sin dejar de berrear como un bebé todo el tiempo. Los viandantes nos miran, la quiosquera nos mira. Hasta un perro abandonado nos ladra. Estás sacando las cosas que quicio, tío, le digo. Me pregunta que si conozco el libro de cocina del anarquista. Le digo que de qué carajo está hablando ahora. Comienzo a caminar. Explotará en cinco minutos, me dice. El qué, le digo, de qué coño hablas. Pero se enciende una bombilla en mi cabeza, una de las de verdad. Mi amigo de la infancia está tarado. Pon el freno, me digo. Se acabó. No dejes nunca el tabaco, me digo. Tío, me dice “Pillado por”, es una bomba, una bomba pequeña con temporizador. Me digo: Borra el teléfono de este tío de tu agenda. O bien llévatelo de putas, o bien, no dejes que vuelva a dejar el tabaco. Camino hacia el Quiosco. La Quiosquera nos observa sin mucha confianza. Perdona, le -casi- grito, ¿puedes venir un momento?… ¿Qué?, ¿adónde?, dice ella. Le digo que salga de su garito, que… en fin, no sé qué decirle. Así que la cojo de la mano y la saco más bien a rastras de entre las torres de postales y montones de periódicos y revistas. ¡Oye!, me grita. No hay demasiada gente en la calle. Es por la hora. Miro hacia atrás y veo que “Pillado por” se ha largado. Corre ya a lo lejos, aún le puedo ver, una figura patética, seguro que sigue llorando. La chica me mira con incredulidad mientras la alejo del Quiosco. ¿Tú de qué vas?, repite una y otra vez. Nos detenemos, o más bien me detengo y obligo a la muchacha a quedarse conmigo. Estamos lo suficientemente lejos. Miramos hacia las pilas de papel, los plásticos, los coleccionables…

Detonación.

Todo salta por los aires. Saltan las alarmas de una veintena de coches. Una pequeña nube de humo sube. El garito queda deformado, chamuscado. Me pitan los oídos. Llueve confeti de quiosco. Sigo agarrando a la chica de la mano. Le digo que si ha visto al chaval que venía conmigo; que si alguna vez se acerca a ella corra en dirección contraría o llame a la policía o a su novio o a alguien. Me asegura que no tiene novio. Estoy harto de preguntas. Suelto su mano y comienzo a caminar hacia el ruido de sirenas; hay que alejarse del lugar. Todo el mundo está asomado por las ventanas. Sólo espero no estar en Youtube dentro de cinco minutos. La chica me sigue por la calle y grita: ¡Oye!

[15-M: la demostración de que esta democracia no funciona, esta clase política es asquerosa, y los medios con más poder e influencia son penosos y dañinos. Espero que lo del video crezca y crezca. Abajo, + pin-up.]

Pornos

Suspiros furiosos sin haber llegado aún a la habitación. Chica Pop le murmura a Yacután si sabe que su nombre falso es también el de una silla mexicana, un mueble rústico. Yacután menea su pene erecto ante la cara de Pop, y dice entrecortadamente que no lo sabía, que ha sido lo primero que le ha venido a la cabeza. Ella se mete el capullo en la boca, y succiona; ríe con los ojos, con el miembro entrándole más y más.
Arcada…
Yacután gruñe. Ella boquea, se echa atrás, comienza a ordeñarle con su mano derecha a conciencia. Él la tiene gorda; “más gorda que larga”. Pero también larga. Pop se la vuelve a meter en la boca y ahora mama buscando una respuesta. Él finalmente la sujeta por el pelo; hace que se detenga; tiene una convulsión; abre los labios como si fuera a vomitar…
Y se corre.
Explota en la boca y la garganta de chica Pop. Esta no recula, mantiene su boca sellada alrededor del capullo. Los chorros lechosos la inundan, semen caliente y espeso. No se pierde ninguna gota. Temblores masculinos. Más “estertores” salpicando, todo dentro. Ella mueve la lengua en el mar de corrida, aleteando por el frenillo masculino. Eso provoca más espasmos en Yacután. Chica Pop repasa toda la polla con sus labios; queda dura, roja y brillante, pero sin resto alguno de semen salpicado.
Traga con fuerza. Abre la boca y enseña la lengua para que se vea bien que no hay nada.
Todo acaba en el estómago femenino, obviamente.
Chica Pop se pone de pie, y desbloquea el ascensor.

Autovía. Gloria conduce y le pregunta a Mario si le molesta el asunto del videojuego. ¿Los videojuegos?, murmura Mario. Sí, dice ella, el célebre fontanero, Mario Bros. Super Mario. Nintendo. ¿Él no jugaba al Super Mario de crío? Mario asiente y ríe con una mueca extraña. No, dice, él era de Sega; Sonic, el erizo azul, el que tenía un colega, el zorro naranja: Tails. Sonic le molaba más, dice. Pero ahora lo que le gusta es leer. Es un lector empedernido. Cada noche al menos una hora de lectura. Hempel, Bukowski, Márquez, Camus…; pregúntale lo que sea sobre ellos; vida y obra, anécdotas, relaciones…
Entonces habrás leído a Ballard, dice Gloria. J. G. Ballard… ¿James Graham Ballard? Sí, dice Mario, conoce a Ballard, pero no ha leído aún nada de él. No pasa nada, dice Gloria, siempre se está a tiempo; deberías leer “Crash”. ¿Sí? Sí, “Crash”; es mi novela fetiche de Ballard. Mario, a todo esto, pregunta que adónde lleva Gloria el coche, a qué hotel. Gloria dice que cuando Mario lea “Crash”, quizá podrán discutir sobre su significado, ya sabes, lo que se desprende de “Crash”. Eso si sobrevivimos, claro, añade. Y Mario dice: ¿Cómo?
Y Gloria dice:
– Es mejor que te pongas el cinturón.

Espero que hayas bebido mucho, como quedamos, dice Homero, ansioso. Lo he hecho, murmura Karmin ya sin ropa, me estoy meando encima, tío. Homero se desnuda a toda prisa. Se oyen gemidos que llegan de la habitación de al lado. Por cómo grita ella, él tiene que ser Yacután, dice Karmin, ese tío siempre anda por aquí. Homero se echa en la cama boca arriba. Karmin se acuclilla dejando su entrepierna justo encima del pene aún fláccido. Cierra los ojos, intenta relajarse y dice: No puedo dejar de pensar en ese nombre tuyo: Homero; joder… Venga, méate ya, pide él entre dientes. Esto no es tan fácil, asegura ella, estoy acostumbrada a hacerlo cómoda y con el pestillo puesto.

Mario despierta. Un relámpago de dolor le sube desde la ingle. Si intenta moverse, el malestar total hace que grite. Está atrapado entre el salpicadero y el asiento; la cabina de los pasajeros se ha achatado como un acordeón. No han saltado los airbags. Gira el cuello (comprueba que puede hacerlo). Gloria, a su lado, ha perdido el conocimiento, o bien está muerta. Mario mira hacia sus tetas fijamente; no está seguro, pero parecen moverse, parece que respira. Oye sirenas a lo lejos. Hay gente arremolinada alrededor del vehículo (quizá el siniestro ha sido contra el pilar de un puente, no está seguro); éste -el vehículo- tiene el morro aplastado, la luna delantera destrozada; todo está rociado de cristales. Está anocheciendo. Puede que haya pasado una media hora desde el choque. ¿Es posible? ¿Y aún sin ambulancias ni policía? ¿Sin personal armado con palancas y herramientas enormes para desgajar la carrocería? Ah, y la sangre, hay sangre salpicada, alguna mancha muy fea en la ropa, pero a Mario se le hace imposible saber bien qué le ha pasado.

Yacután y Chica Pop salen del ascensor, recorren cierto lúgubre pasillo, y entran en la habitación de turno. Es una de las “suites” Pornos de dos estrellas pensadas únicamente para suicidarse o follar. El Pornos es la clase de hotel que ni tan siquiera te sirve para hojear tu guía de viaje y relajarte un rato. A duras penas podrás dormir unas horas en él. En la habitación de al lado siempre habrá alguien poniéndole los cuernos a alguien, alguien con una puta, o a veces, muy de vez en cuando, algún matrimonio intentando reavivar “la llama de la pasión” practicando sexo socialmente respetado fuera del dormitorio marital.
Sea como sea, el Pornos normalmente sirve para huir. Desde su nombre, el establecimiento planta la semilla de lo políticamente incorrecto. Así, tu vida blanca y rutinaria, tu felicidad moderada y correcta, siempre tendrá una válvula de escape “ahí fuera”, en terrenos más teóricamente regentados por el Diablo, pero menos plagados de ese aroma típico a entrañable hipocresía occidental salpimentada de religión fatua y sin calorías.
El Pornos es para todos; incluso toda esa gente a la que si le preguntas si cree en algo (¿Dios quizá?), te dicen que sí, pero luego no saben decirte en qué. Porque sencillamente, lo que no quieren es morir; eso significaría que quizá estén perdiendo su vida al vivirla más como quieren los demás que como la entrepierna o el cerebro les piden que la vivan.
Yacután folla con fuerza, Chica Pop gime sin vergüenza, pide más y azota el culo de su amante anónimo.

Karmina cabalga sobre la polla de Homero. O, su “miembro erecto”, como dicen en las novelas eróticas. El lubricante principal es el pis femenino, todo ese chorro producto de un acuerdo de fantasía masculina pre-coital. Lo cierto es que la cosa anda tan húmeda entre ellos que cada vez que chocan en la penetración todo salpica en todas direcciones. El vello púbico femenino está empapado; o, “el monte de venus”. La polla y el coño frotándose. O, el pene y la vagina. Apunte de Karmina mientras se meaba sobre Homero: pene y vagina son términos médicos. Nadie se espera dos horas en urgencias o acude a una cita para decirle al doctor algo como: “Me pica la polla”; o: “Doctor, me han salido unos granitos en el coño…”
Karmina lleva las riendas, ordena y manda. Ahora Homero se la folla a cuatro patas, o: le “hace el amor”, o, un termino medio sería: “fornicar” (el termino médico: coito).
Karmina y Homero siguen “haciéndolo” pues, sin dejar de oír los gritos de la chica de la habitación de al lado.

Por fin, algo que parece un bombero llega con una herramienta enorme para abrir como una lata de conservas el coche de Gloria. Es cuando comienzan los ruidos metálicos y las conversaciones entre policías y bomberos, cuando ella vuelve en sí.
Mario le pregunta que cómo está, cómo se siente. Gloria hace ademán de moverse y suelta un quejido. Luego ríe. Ríe de verdad, con la cara salpicada de sangre (quizá suya o quizá de Mario). Dice que no está mal. Que está viva. Que siente todo el cuerpo, las piernas y los brazos. Ella también pregunta. ¿El?, dice Mario, sí, siente todo el cuerpo.
Gloria dice: Qué te ha parecido.
Susurra: ¿No ha sido la hostia?…

Chica Pop yace sudorosa sobre Yacután. Éste se fuma un cigarrillo; y cuenta que su mujer piensa que le está poniendo los cuernos con alguna tía. Dice que su mujer no sabe que no se trata de otra tía. Que el problema es ella. Ellos.
Que no hay “otra tía”. No hay otro “amor”. Lo único que pasa es que hay una familia formada por Yacután, su mujer y dos hijas gemelas, que no funciona ya a ningún nivel. Chica Pop dice: ¿Tienes dos hijas gemelas? Yacután dice que esas niñas son el único motivo por el que merece la pena mantener una mentira. Pero que aun así no sabe si sabrá hacerlo.
Yacután dice que se siente cerca de algún punto de inflexión en su vida. Dice que, por cierto, se llama David. Ese es su nombre real, David.
No tenías por qué decírmelo, suelta Chica Pop.
Ya sé que aquí nadie lo dice nunca, pero estoy bastante harto de fingir en casa como para también fingir siempre aquí…
Chica Pop se apiada de él. Le acaricia la cara con la mano. ¿Sabes qué?, le dice, voy a hacer eso que te conté del accidente de coche… Lo voy a hacer mañana.
¿Lo vas a hacer?
Sí.
¿Y has encontrado acompañante para hacerlo?
No… Pero aun así lo voy a hacer: necesito hacerlo. No puedo pensar en nada más. No puedo masturbarme con ninguna otra idea.
Yo no te lo impediré, dice David, ya lo sabes; pero también sabes mi opinión.
Gracias, dice Chica Pop. Y:
– Yo me llamo Gloria, por cierto.

Karmin dice que no ha estado nada mal. Que ahora que empieza a hacerse mayor disfruta más del sexo que antes. Homero fuma y escucha sin decir nada. Karmin dice que hasta que su hija no creció y se fue de casa, nunca supo tener sexo con su marido sin sentirse extrañamente culpable. Que luego a la larga ya no ha sabido tener sexo con su marido sin sentirse sucia. O algo así, dice.
Añade que de todas formas ni de coña piensa decirle a Homero qué edad tiene. Le pregunta si él ha disfrutado. Él asiente, murmura que ella es su favorita aquí en Pornos. Karmin se ríe y susurra que no le cree, que seguro que eso se lo dice a todas aquí en Pornos. Y:
¿Quieres ver una foto de mi hija cuando era cría?
Saca la cartera de su bolso. Se recuesta sobre Homero y le entrega la instantánea. Él la mira. Ella dice que ahí tenía cinco años. Él da una calada y dice que era muy guapa. Karmin dice que lo sigue siendo, que ahora tiene veintisiete años. De cría, murmura, gritaba mucho por las noches cuando tenía pesadillas. Ya me entenderás, no puedes follar como una mujer cuando en la otra habitación tu hija grita de esa forma. Una se siente muy extraña convirtiéndose de golpe en madre con una polla dentro.
Cómo se llama, pregunta Homero.
Se llama Gloria, contesta Karmin.

El coche destrozado está rodeado de gente. Y hay gente de todo tipo; es como un carnaval “real”. Hay también una cola de otros coches aún funcionales que no paran de pitar. Les da igual si alguien anda ocupado muriéndose y necesita cierto espacio para hacerlo. No les importa desconcentrar a los tíos que están trabajando para salvar vidas; que tienen que desmontar un coche a sabiendas de que un mal gesto o una cagada podría dejar paralítico a alguien.
Gloria sigue sonriente sentada al lado de Mario. En su entrepierna hay un cerco mojado en los tejanos que no es sangre ni orina. De hecho el propio Mario ha oído un indiscreto comentario que ha hecho alguien; podría ser cualquiera entre tanta gente: “Aquí huele a coño”.
Cuando están a punto de sacar a Gloria del coche entre cuatro tíos, Mario le pregunta que por qué lo ha hecho. Ella dice que siente no haberle avisado. Dice que de todos modos no lo volverá a hacer.
Dice: tenía que hacerlo, y necesitaba hacerlo acompañada.
Mario no se siente cabreado con ella. Al menos aún no. Puede que sea el shock, o que se le ha soltado algún cable importante en la cabeza. Después de haber vivido lo que ha vivido, y mientras el hormiguero profesional humano sigue desmontando el coche para poder sacarle ahora a él, ve un avión comercial surcando el cielo ya nocturno. Se pregunta qué hubiera hecho de saber que la cosa iba a acabar en sangre y cristales (y quizá muerte). Y se sorprende preguntándose a sí mismo tal cosa.

[Sigo -aunque esporádicamente- extrañamente enganchado a los videoblogs. Ni siquiera me importa mucho el contenido. Son como mi reality particular (y eso que odio los putos realitys…). Me basta con que alguien tenga subidos cinco o seis videos, y al menos tengo que ver uno para ver quién es el tío o la chica de turno, y qué dice. Hay que decir que abundan los dedicados al maquillaje, y que de hecho son los que más se actualizan (hablamos de casi cientos de videos en algunas de esas cuentas). Supongo que todo esto forma parte de mi vena voyeurística… Esperemos que no vaya a más, o a peor. En el video de arriba, una simpática muchacha nos cuenta cosas sobre “Black Swan”. Abajo, + pin-up.]

Ciudad Tab

”                                                                                          .” – Jonathan S. Cuthbert

En el coche suena una, vamos a llamarla: “melodía”. Algo de Trent Reznor que hace que el paisaje gris ahí fuera haga juego con los ojos de Iris y yo no esté más que lleno de Iris: mi cuerpo bombea Iris, como y bebo y digiero Iris. Etcétera.

A mi lado está Orfeo. Orfeo bombea, come y bebe Ameba, la chica sentada justo delante, en el asiento del copiloto. Iris conduce. A veces hago como que no busco sus ojos por el espejo retrovisor interior. Cuando me mira, miro por la ventanilla o le digo algo a Orfeo. Orfeo suele mirar el espejo retrovisor derecho, supongo (seguro que) buscando una dosis de escote Amebil. Creo que ella no sabe bien el daño que eso causa, esa forma de enseñar sin enseñar del todo, el modo de mostrar demasiado aun quedándose muy corta.
La mitificación máxima de los pezones femeninos.
Todo ese montón de erecciones brutales desaprovechadas: la ropa interior de Orfeo echada a perder para todo el día.
Mi Iris en cambio ha bajado del cielo en una capsula rosa para volverme idiota y desgraciado y feliz a la vez. Aunque en realidad se crió a dos calles de mi casa, muy lejos de aquí. Iris salió de su capsula, caminó hasta mí un día y me dijo: Se acabó el pensar sólo en ti mismo, imbécil. Aunque en realidad hablamos durante tres horas un día en un bareto en el que nos encontramos por casualidad, y luego yo me hice tres pajas en casa con ella durmiendo en el mismo barrio (por aquel entonces tenía novio, de los viajantes…). Me sopló alguna clase de colonia en la cara, y me dijo que sus zapatos siempre son de cristal y su carroza nunca se convierte en calabaza. O más bien pasaron dos semanas de esa noche del bareto, y me dio una punzada en el estómago al volver a verla; y ahí sigue, clavada. Mi tumor particular salpicado de purpurina. Iris la puta, la pin-up, Iris la princesa, las bodas, los hijos, lo anodinas que son todas las demás… Me duele la cabeza y el estómago por su culpa todo el tiempo. Aparece siempre en medio de una bruma formada por gente tonta y aburrida; el mundo, la vida. Con todo, es más lista que yo y sabe que soy gilipollas. Lo que tengo que descubrir es si eso le importa.

Viajamos hacia la implosión del Teatro Nube. Véase un escenario dedicado sólo a la representación de monólogos y lecturas que acababan en suicidio. Ibas con tu texto o con tu libro de quien fuera, y al final, cuando ya habías leído el fragmento elegido, pues bueno, la mayoría de actores usaban una pistola. Otros se iban por los cerros y preferían desangrarse. (Si había sida: veneno, pastillas…) Parte del publico se iba de las representaciones antes de ese último acto. Por lo demás, los monólogos y lecturas acostumbraban a ser emocionantes e intensos. Dicha modalidad de teatro extremo seguro morirá con el Nube. Lo que nosotros queremos hacer es despedirnos simbólicamente viendo la demolición. Luego yo quizá declararme a Iris. Y Orfeo, bueno, lo suyo con Ameba tiene más que ver -creo- con una cubana o una mamada; no sé si es un sentimiento o algo más parecido a tener muchas ganas de mear.

Miro el espejo retrovisor, Iris me mira; miro hacia el cielo; Orfeo, digo, a todo esto, aún tienes que devolverme el libro de Cuthbert.
Orfeo -inmerso en el mundo de los escotes- dice: ¿Qué?
Es igual…
El libro que le dejé: Ventajas de saber la fecha de tu muerte. Trescientas páginas en blanco (numeradas). Pero un prólogo de veinte escrito por la última novia del autor. Una broma que no para de venderse desde que el mismo falleciera hace la tira por un cáncer de pulmón. Para los muy íntegros, el prólogo se vende aparte por un precio muy inferior, y se ha convertido en texto de culto. La autora de dicho prólogo vive enterrada en leyendas que hablan de desgarros vaginales, orgías maratonianas (en su casa), visitas al hospital con objetos sólo médicamente extraíbles de su ano… Anita M. Gäbel: una mujer que probablemente sea en realidad tan excéntrica como tu vecina, pero que ya es una Historia (del tipo “Elige tu propia aventura”) en sí misma: al fin y al cabo, es la “viuda” de uno de los autores potenciales de la Guía Tab.

La única parada que haremos será para visitar la tumba del escritor. No es que nos pille de camino, pero tanto Orfeo como yo podremos caminar junto a las muchachas sin que Iris conduzca y Ameba note un cosquilleo entre sus tetas. Los detalles aún no mencionados -o tan sólo mencionados de pasada- sobre Iris, son: Siempre viste de tal forma que parece un regalo sin desenvolver. Es ese estilo a lo pin-up. No enseña demasiado, pero lo que se intuye hace que te sientas con fuerzas para criar a tres niños con ella en una casa que no podéis permitiros con vuestros sueldos. La miras y crees que la monogamia la tuvo que inventar alguien que conoció a uno de sus antepasados. Es una sensación particular que no solo tiene que ver con su cuerpo (obviamente, joder); tiene que ver con “algo más”. Pero la gente que intenta hablar sobre eso suele acabar banalizándolo, convirtiéndolo en una postal hortera. No sé si mi colega siente lo mismo por Amebita, pero de ser así, si se compra la Guía Tab su caso puede ser particularmente preocupante. Le he visto destrozar un ordenador con un bate porque no se cargaba cierto video de Youtube que necesitaba enseñarme (un perro “bailando” un cha-cha-chá con su amo).

Más detalles (esto ya no hay quien lo pare): Ahora caminamos entre tumbas. Iris lleva una especie de… ¿kimono? No lo sé, es algo tipo oriental, pero demasiado ceñido para llamarlo kimono. Ni idea, tendría que llamar a alguna amiga para que me orientara. Sea como sea, es de una pieza y se lo cubre todo desde las rodillas hasta el cuello (en esa zona tiene una apertura minúscula trasera de unos dos centímetros). La prenda va abotonada (o “abotonada”) por delante. Podrías verla desde un helicóptero tras haberse caído barranco abajo por un accidente de esquí. Todo son rosas enormes que dan la sensación de abrirse más y más. Distintos tonos de rojo llameante. La espalda es todo cremallera: la línea de meta. Te hace pensar en vaginas y hoteles baratos. Ameba dice que a ella le recuerda a las geishas.
Orfeo camina dos pasos por detrás de Ameba. El culo de Ameba, en el coche no podía verlo. (Tejanos ajustados, suéter verde tipo infarto.) Lo cierto es que Ameba es como la chica Biodramina definitiva. Hay que reconocerlo. Ahora mi colega no hace más que representarnos a todos; lo hace por todos los hombres heterosexuales. Sus ojos son nuestros ojos. Lo que le atrae no es tan superficial como parece; es el motivo por el que estamos todos hoy aquí: lo que compensa la idea absurda de que no, mis padres nunca han follado. Eso es una aberración y no se hable más.
Nos hacemos algunas fotos tontas junto a la tumba de Cuthbert. Su epitafio: “Echadme la culpa a mí.”

De vuelta en el coche, todo sigue más o menos igual. A más señas, Iris es amable conmigo, habla más conmigo que con los demás, es encantadora, jamás ha sido fría ni me ha hecho desplante alguno. Es dulce, mi idea de una chica dulce. Cuando aún escribía un diario, tenía páginas y paginas escritas sobre lo que para mí es una chica dulce. Pero lo cierto es que jamás podré combatir contra el cliché de la chica más bien tontita asociado a eso de «dulce». Hay personas dulces y personas como mucho válidas. Las personas válidas son la mayoría: sufren, intentan salir adelante, son chismosas, hipócritas, egoístas, de buen corazón pero a la vez algo malas (a veces muy malas). Son el motivo por el que el mundo es el que es. Y las personas dulces… no intentaré banalizarlas con una definición pomposa o poética. Sólo diré que la mayoría suelen dominar muy bien el arte de la discreción asociada con los silencios.
No sé si yo encajo en alguno de esos dos grupos. Sé que puedo ser muy gilipollas; pero en realidad eso en este mundo se asociaría más al grupo dulce. No lo sé. Ahora solo puedo pensar en bajar cierta cremallera.

Cuando faltan unos treinta kilómetros, Iris dice que se le cierran los ojos, que si alguien puede coger el coche, por favor. Estoy a punto de presentarme al cargo; pero luego comprendo que existe la posibilidad de tenerla arrimada aquí detrás. Ameba dice que ella tampoco ha dormido mucho hoy. Yo enseguida me apunto al carro de los somnolientos.
Iris para en una zona de servicios. Salimos y aprovechamos para fumar. Ameba camina hacia el edificio-bar/cafetería/lavabos/etcétera; todos se giran a mirarle el culo. Todo está lleno de viajantes. Padres resoplantes, niños ansiosos, madres cansadas. Familias.
Iris fuma delante de mí. Orfeo se aleja, dice que va a mear. Le hablo de lavabos. Dice que no usa servicios públicos. Irís me sonríe. Me quiero casar con ella.

El plan funciona. Se sienta atrás conmigo. La coartada de la amistad. Iris es amiga mía, Ameba es amiga de Iris. Y luego está Orfeo, y esa energía extraña que hay entre él y Ameba. Mucho silencio, dudas. No sabes si es tensión sexual mutua o solo erecciones por parte de uno e indiferencia femenina (si es que tal cosa existe).
Orfeo comienza a rajar sobre una tal Lola. Otro detalle sobre Iris: Suele llevar una libreta y un bolígrafo con ella en el coche. Igual puede escribir cinco páginas seguidas que hacer un dibujo y cerrarla. Orfeo no para de hablar de esa tal Lola; que si le produce migraña, que si la tiene que aguantar en el trabajo… Iris le mira de soslayo, dibuja un corazón en la libreta y me lo enseña. No, le digo con la mirada, esa tal Lola no puede competir con quien yo sé… Ameba dice que no será para tanto. Orfeo dice que está harto. Miro el vestido de Iris, no me importa que me vea mirarlo. Si solo vieras su silueta podría parecerte que está desnuda. Tengo una extraña confianza con ella; muy poco de la timidez galopante de otras veces, otras chicas que llegaron gustarme al modo “apocalíptico” de dudas y decisiones por tomar. Tengo que morderme la lengua para no tocarle una mano o la cara.

Lo que pasa es que ese lugar, el Teatro Nube, antes era llamado Ciudad Tab, aludiendo a esa “guía” sobre el suicidio. Más que un teatro es un almacén en el que había apilados decenas de palés en cierto rincón; éstos, hacían las veces de escenario. Había foros por Internet en los que se informaba sobre nuevas “representaciones” (no siempre eran muy fiables). Éstas solían durar horas. Cada representación significaba al menos unos diez suicidios. La cosa se podía alargar hasta dos días según el texto que eligieran los “interpretes”. La última vez que acudimos, el último tío leyó entera la novela “Un mundo feliz” de Aldous Huxley + corte de venas. El silencio reinaba durante toda la lectura. Se palpaba el respeto por la muerte. O más bien el respeto por la libre elección. Si alguien leía su texto y se echaba atrás, todos le aplaudían. Si alguien soltaba el libro y se pegaba un tiro en la boca, todos le aplaudían. Era una reunión a medio camino entre alcohólicos anónimos y cualquier secta religiosa. Todas las veces que fuimos, sentimos que aquel lugar lleno de armas tenía más sentido evolutivo que una iglesia o un colegio. No podría definir con exactitud el sentimiento que me producía todo aquello; del mismo modo, no sé exactamente por qué Iris ahora hace que el resto de las mujeres me resulten emocionalmente tan atractivas como un semáforo.

Llegamos sin novedad. Aparcamos cerca de la zona. El plan es ver la demolición desde cierta colina. Es la “tribuna”, el mejor lugar posible. No sabemos si habrá más gente, o cuánta gente habrá. Caminamos entre árboles. Es la típica zona de campo más bien apestosa; demasiado cercana a la civilización como para que no encuentres condones usados o alguna jeringuilla. Basura.
De momento no vemos a nadie más. Pisamos ramas secas, nos sentimos bien. Al menos yo tengo buena vibraciones. Iris camina a mi lado.
Iris. Iris. Iris. Tengo que decirle a Iris que ella no es una chica semáforo. Tengo que hacerle entender lo que siento sin asustarla, sin comprometerla, sin que sienta que se acaba de meter en un lío sin comerlo ni beberlo.
Llegamos a la zona “mirador”. Solo hay una muchacha: unos dieciocho años. Está sentada en el suelo. Al menos por aquí arriba no hay nadie más que haya querido despedir al Nube. El Ciudad Tab.
Saludamos discretamente a la muchacha. Ella asiente. Procedemos también a sentarnos en el suelo; lo hacemos bastante cerca de la chica, como en un acto de confraternización involuntario. Ella sonríe un poco. Nos “acomodamos”.
Alguien informó en el foro más fiable sobre todo esto. Fecha y hora de la demolición. Ya podemos ver gente que se mueve por el polígono industrial. Más espectadores; sólo que ahí abajo, deambulando. Nadie sabe bien por qué se derriba el edificio. En esta época pos-Tab, el hecho de que unos cuantos tarados se reunieran para ver a otros tarados suicidarse, ya no era algo tan chocante como antaño. Es lo que algunos llaman: La desnaturalización de la vida. Según muchos tertulianos, ahora el suicidio es una moda. El nuevo peinado. Todos hablan como si antes de publicarse la Guía Tab todo el mundo fuera feliz. Vital. Ya sabes. Inteligente por aguantar bajo cualquier circunstancia. Pero ahora, para muchos, matarse puede ser tan válido como aguantar. La eutanasia entre gente mayor es tan natural como operarse de apendicitis si el dolor te deja doblado. Y no es que todo el mundo se haya vuelto autodestructivo de golpe. Más bien hablamos de cáncer, tumores, la lista clásica de enfermedades terminales. “Le quedan seis meses de vida/Gracias, doctor.” No es que te deje la novia y te tengan que esconder los objetos cortantes. Es solo que un tema más bien tabú ha dejado de serlo para siempre.
Según nuestros relojes quedan dos minutos: la demolición está programada para las diez de la mañana. El almacén (un edificio de ladrillo extensión Carrefour de los grandes + una gran chimenea de unos treinta metros) es la reconversión de una fábrica centenaria en centro logístico de cierta cadena de supermercados. Los camiones acudían a él, los rellenaban de palés llenos de productos, y se dirigían a supermercados de todo el país. Luego el edificio quedó abandonado. Luego vacío y triste; sucio, desangelado. Y finalmente algún grupo de impulsivos suicidas se coló en modo ocupa y comenzaron las representaciones. Si alguien muy sensible se dio cuenta, nunca alertó a las autoridades. Si se alertó a las autoridades, éstas nunca hicieron nada (al menos hasta ahora). Cinco años de representaciones.
Ya son las diez. Diez y dos.

No pasa nada.

Y de repente, ocurre:
Se oye una explosión. La chimenea tiembla. Todo se para. Unos chorros de polvo bajan por ella. Como lágrimas. Iris me da un codazo, me enseña su libreta, ha escrito en ella: novia abandonada en el altar. Otro detalle sobre Iris: Brutal rapidez en asociación de ideas. Te mira y la entiendes.
La segunda explosión derriba la chimenea, y enseguida se viene todo abajo. El Nube implosiona. El fin de Ciudad Tab.
Todo se hunde en el clásico mar de polvo que todos hemos visto por la tele. Éste sube hacia el cielo. Todos miramos, atónitos, como si no lo esperáramos. Luego, oigo un chasquido metálico. Y un ruido atronador.
Nos levantamos sobresaltados. La chica que había a nuestro lado se ha disparado en la boca. Además, no parece haberlo hecho muy bien. Tiene temblores. Esputa sangre. Nos quedamos mirándola, atontados. Por fin deja de moverse.
Orfeo procede a tomarle el pulso. Miro a Iris, Iris estaba muy cerca de ella. Tiene toda la cara salpicada de sangre. Parte de su vestido. Su brazo derecho. Rompe a llorar por el susto (y por las posibles consecuencias de lo que ha pasado: rápida asociación de ideas); dice que le ha entrado sangre en un ojo. Ameba la abraza desde detrás, le susurra, la intenta calmar. Le digo a Iris que no se preocupe, saco un kleenex. Intento limpiarle la cara lo mejor que sé. El rabillo del ojo. Llora aún más fuerte, intenta decir algo señalando la escena de Orfeo buscándole el pulso al cuerpo. Le susurro una y otra vez que no se preocupe, que era muy joven. Es poco probable que tuviese algo contagioso a su edad; eso le digo. Orfeo dice que la chica está muerta. Sopeso la cara de Iris, ella intenta controlarse. Sigo limpiándola, estoy a punto de llorar. Digo:
– Que se joda.

[Relato larguete y cabrón (que ya tocaba). El video es un trailer que, sencillamente, mola. Abajo + pin-up]

Relato diario: (5 de 5) – Programa de reestructuración

Érase una vez las gemelas Dina y Tina. ¿Qué pasó con la madre?, preguntaban todos siempre en la aldea. Dina y Tina vivían con su padre en una casa pequeña de madera. Los aldeanos podían ver al hombre de vez en cuando realizar pequeñas reformas en el tejado. Las niñas jugaban en el jardín. Cinco años, morenas, con el pelo liso por los hombros, enormes ojos marrones; idénticas peinadas e idénticas vestidas. Escolarizadas en casa, pensaban todos al menos. Y la gente las veía siempre y sonreía y se preguntaban: ¿Qué pasó con la madre?
La peculiaridad de Dina y Tina era que no crecían. Pasaron los años y no crecieron más. Eran niñas sonrientes y cariñosas. El padre tenía tierras y ellas iban con él a todos lados. Los vecinos comenzaron a preguntarse qué pasaba, por qué las crías no se hacían adultas, y también: ¿qué pasó con la madre?
Los demás niños aldeanos se estiraban y se convertían en adolescentes desagradables. Fornicaban entre ellos. No querían estudiar, o estudiaban demasiado y acababan en trabajos que odiaban y esclavizando a quienes estudiaron menos. O se drogaban, o se encabronaban con los padres o volvían de la ciudad en navidad y hacían la comedia de que habían vuelto porque les apetecía y se encabronaban con los padres… En todas las casas había algún motivo de conflicto excepto en la casa de las gemelas. Ese hombre debía ser un monstruo, se comentaba. Envenenaba a sus propias hijas para que fueran eternamente dulces para él. Para no tener que afrontar la idea de que crecieran y se pelearan entre ellas y con él; para no tener que digerir el hecho de que otros adolescentes las desvirgaran y las convirtieran en enemigas de papá. Ese hombre había congelado el tiempo para con sus hijas. No quería perder a sus joyas vivientes. Ese tío sin alma. Ese cerdo; a saber qué hacía con ellas ahí dentro. En esa casa minúscula de ensueño.
Todos fueron envejeciendo excepto las gemelas. También el padre. Todos fueron muriendo. Poco antes de morir también el hombre, los aldeanos comenzaron a ver a otro hombre frecuentando la casita de madera. Era un señor de unos cincuenta años. Cuando el padre primero finalmente murió, él recogió el testigo. Y las muchachas continuaron dulces y pequeñas y cariñosas y sonrientes, pero con ese otro tipo.
La generaciones fueron pasando. Todo se fue renovando y pudriendo alrededor de ellas. Cada nuevo “Papá” que moría había dejado el testigo al siguiente “Papá”. Todos se preguntaban siempre qué pasaba en aquella casa. Cada nuevo “Papá” era un nuevo monstruo sin corazón. Si a alguien se le ocurría contar la historia fuera de la aldea le tomaban por loco. Las ciudades seguían su ritmo al paso de los tiempos, como hormigueros electrónicos llenos de nuevas y viejas y nuevas y viejas generaciones. Bebés naciendo sin parar y adultos muriendo sin parar. Tercera guerra mundial. Cuarta guerra mundial. Quinta. La población del planeta queda reducida a un tercio. Las montañas son refugios. Las ciudades: Máscaras de gas.
Al paso de los siglos, el que sería el último Papá se reúne un día con las gemelas en el jardín. Está a punto de explotar la última gran bomba de hidrógeno. Todo un invento que debe traer la paz. El tercio de la población mundial que quedaba se ha reducido a algo así como el tercio del tercio. Los montes se iluminan cada noche. El último Papá, ese mediodía en el jardín, les dice a las niñas que no se preocupen. Pero que conocerán a alguien justo después de que explote la bomba.

Detonación.

Las dos niñas se desperezan en medio de un bosque. Están desnudas. Sus cuerpos son adultos ahora. Se ponen de pie. Aparentan unos veinte años. Tienen largas melenas hasta la cintura. Se miran entre ellas y se encojen de hombros. Caminan. El sol pega fuerte de verdad.
Se sientan y se apoyan en un árbol. El aire tiene una cualidad de pureza que las chicas jamás han respirado. No sienten la pulsion de hacer nada concreto. Hinchan sus pulmones. No hace frío. No hace calor.
Dina mira hacia el horizonte y se pone de pie. ¿Aquello es un hombre?, susurra.
De golpe, retumba una voz poderosa desde el cielo. Una voz que lo cubre todo. Es una voz de mujer; dice que necesita decirles algo. Tina y Dina miran hacia arriba en todas direcciones. Cada vez que la voz pronuncia una palabra, el suelo tiembla.
Hasta tal punto se mueve todo, que a Tina le cae del árbol una manzana en la cabeza.

Relato diario: (3 de 5) – Metatrón

Está embobado muchas veces. Se queda mirando un punto fijo y cuando baja a la tierra no dice nada. Todos dicen que es raro y pasan a otra cosa porque ellos son normales. A veces desaparece dos semanas (incluso de los chats). Dicen que una vez se fue de putas. O que va a menudo. O que es mentira. Escribe vete a saber qué en un cuaderno viejo. Un día hablé con él media hora y pasé tres días pensando que estaba enamorada. Una vez dijo que qué nos pasa con el suicidio. Que por qué nos extraña. Hace cosas por gusto y luego no necesita contar que las ha hecho. Un día me provocó un orgasmo brutal. Le vimos de lejos entrar solo en el cine. La mitad de las veces tiene el móvil desconectado. Hace tres semanas me preguntó si estaba bien (por skype). Una vez le mandé un mail muy largo, no sé por qué; le pregunté qué opinión tiene de mí. Me dijo solo con un par de líneas que lo mejor de mí es lo que no se ve. “Lo mejor de ti es lo que no muestran tus acciones.” “No te fíes de la gente que solo trabaja con hechos.” Muchas veces usa la deducción. No siempre se puede saber la verdad, dice a veces. Puedes verlo sin problema sentado solo en una terraza leyendo el periódico. Mírale, no necesita levantar la cabeza para saber quién anda cerca. Puede que esté centrado en otra cosa. Centrado. En una sola cosa. Otro día me dijo que por favor me meara en su polla. Lo hice. Se le puso dura. Otro orgasmo brutal. Me dio las gracias, era una nueva fantasía. Le pegó una paliza a alguien en un uno contra uno jugando a baloncesto; estábamos todos en el polideportivo. Nadie sabía que jugara a baloncesto; nadie se lo imaginaba vinculado a deporte alguno. Unas gemelas le van detrás a menudo; tienen doce años; él no les dice nada, no las ahuyenta, no las invita, no cambia el gesto. Un día entra en un quiosco y compra tres revistas porno. Alguien se lo recuerda otro día. Él dice algo sobre la inutilidad de los catálogos de telefonía móvil. Curiosidad, dice. Ya nunca nadie hace nada por curiosidad; por culpa de la agenda, por servir a un trozo de papel. Él no quiere ser así, dice. Espontaneidad; a ser posible de vez en cuando. Consumismo no es solo comprar más ropa. Un pequeño detalle no es solo comprarle una pulsera a tu novia. Que le compres una pulsera a tu novia no significa que hace años no te la cascaras con revistas guarras. Que ella pueda deducirlo y no le importe no significa que no le ofenda oírlo en voz alta. Cuento de hadas. Dice. Claro, el príncipe con Iphone está por encima del porno. Yo cada vez más en tensión con él; cada vez me resulta más fácil recordar los tres días que estaba segura de estar enamorada. Me pregunta si estoy relajada cuando salimos. Que él quiere que lo esté. Me dice que no quiere ser un dato más en mi agenda, no quiere ser “algo que hacer” para mí. Quiere que esto sea natural, que le llame por lo mismo por lo que me bebo dos vasos de agua seguidos. Me introduce una día el pene por el ano. Le dejo. Duele. Le dejo. Duele más. Cierro los ojos. Él suspira. Le dejo. La ventana está abierta, es un hotel de dos estrellas. El cielo nocturno no parece el típico viciado de ciudad. Me meto dos dedos en la vagina. Su polla ya casi está dentro del todo. Dentro de mi culo. Me doy cuenta de que no necesito quedar con él. Simplemente está. No titubeo antes de saludarle. Hago lo que quiero, hace lo que quiere. Empuja. Grito. Duele, aunque cada vez menos. Al cerrar los ojos veo lucecitas. Formas. Hay una biblia en la mesilla. Cada vez me gusta más ésto. No dejo de mirar la cubierta de ese tomo marrón. Ahora me folla como si me la estuviera metiendo por el coño.

Relato diario: (2 de 5) – Carta a mis padres

Antes que nada, GRACIAS. (Y lo siento, pero repetiré mucho esa palabra.) Gracias por haber sido como sois. Si no fuera por vosotros no sería la persona que ahora soy. Gracias a ti, papá, por ser un gilipollas arrogante y anticuado, corto de miras y conservador. Has sido tan sumamente inútil y potencialmente dañino para mi educación, que con el tiempo he aprendido a ser una buena persona llevándote la contraria, alguien que acepta a los demás por lo que son y que está libre de prejuicios absurdos. Gracias por ser tan patético, por albergar tanto odio gratuito en tu corazón; al no hacerte demasiado caso, me has hecho ver que una actitud contraria es posible. Que es posible ser bueno de verdad. Es factible no ser un mamón de pueblo que cree que siempre tiene razón.
Recuerdo cómo de crío cuando no sabías qué decirme me plantabas un bofetón en la cara (o donde pillaras). Entonces pensaba que era lo normal. Luego supe que no tenías ni idea de qué coño hacer conmigo. No sabías hablar conmigo. Solo sabías dar ordenes sin argumentos, y esperar que te hiciera caso “por mi bien”. Repito: Gracias, papá; porque al haber sido un insurrecto ahora al menos sé lo que no haré si tengo un hijo. Un mal ejemplo puede ser tan útil como uno bueno. Es importante tener una figura paterna, y tú me lo has demostrado.
En cuanto a ti, mamá, también te debo mucho. Tú también eres en buena parte responsable de cómo soy, del adulto en el que me he convertido. El verte siempre en tu tiempo libre viendo televisión y más televisión, “el corazoneo” como tú dices. Ver esa actitud de desinterés total por todo lo que no sea cotilleo y susurros sobre los vecinos. Todo eso me ha enseñado a ir más allá. Jamás hubiera leído El guardián entre el centeno a los dieciséis años si no me hubiera fijado en la forma en que se te iluminaban los ojos con la miseria humana; cuando alguien te destripaba a alguna tercera persona a la que luego sonreías sin pudor.
Has llegado a ser tan simple. Tan cabrona. Te he escuchado incluso comentarios racistas (muy mal disimulados). Lo cierto es que las mujeres como tú son las que dan mala fama a las amas de casa. Pero al ser tan obviamente cutre. Mala persona, en definitiva. Al ser tan triste, yo enseguida supe que no quería parecerme a ti. Que el vecino podía hacer lo que quisiera sin que yo le juzgara. Que había vida más allá de la televisión. En definitiva, que había un mundo fascinante que tú negabas en pos de placeres tontos masivos. Un mundo que sin querer me ayudaste a buscar. Siendo zafia y malhablada, hipócrita y falsa. Gracias, mamá.
Lo cierto es que me habéis criado como habéis podido. A trompicones. De forma torpe. Contradiciendoos. Siendo más y más estúpidos a medida que yo crecía y ganaba uso de razón.
Aun así, habéis sido hábiles para salir adelante. Nunca me ha faltado nada de nada. Siempre he tenido un techo y comida; calor en invierno y una nevera cerca en verano. Así que, agradecido a ti, mamá, por parirme. Y supongo que gracias a ti, papá, por el dinero.