Slasher

Estaba yo hablando de querer abrazarla tan fuerte que se le salieran los ojos de las cuencas, cuando va y me dice que la playa está más sucia que el año pasado. Sí, más sucia, digo yo. Ahora lo que necesito es que me echen una mano, me dice, necesito a alguien que vaya por ahí vestido de paisano hurgando en todo como si nada. El típico tío que hace preguntas como quien no quiere la cosa: investigación enterrada en charlas inofensivas y demás. Pero le digo que esa época ya se acabó, y mientras aseguro que ahora lo que me interesaría es meter la nariz en su pelo y decir memeces de idiota embriagado con ínfulas de eternidad marital, ella y va y asegura que en serio, que necesita ayuda. Detrás de mí, la ventana del despacho da a la playa; ella a veces mira por encima de mi hombro, creo que va colocada. Le digo que la quiero, a ella, que ya estoy harto de rollos guays y modernos, de habitaciones de chicas desconocidas. Le pregunto si aún sigue con lo de… bueno, las drogas. ¿Entonces ya no investigas?, susurra entornando los ojos. Me has oído, ¿chica?, pregunto. ¿El qué?, vuelve a susurrar. Lo de…, mi cuelgue por ti, tía. Creo que ella ya intuye que al menos yo sí he dejado aquella vida que ella claramente mantiene. Durante unos dos minutos permanecemos en silencio; mira por encima de mi hombro y yo miro su cuello y su… todo, y tengo una erección, una de las que no suelen bajar hasta que haces algo al respecto. Ella vuelve en sí y dice que lo siente, pero que va muy colgada, y se pone a reír de ese modo de ojos acuclillados, y grita: ¿Que estás colgado de quién?, ¿de mí?… Me aturullo. Teresa, le digo, qué te pasa, qué quieres, a qué has venido, hace un año que no te veo, ¿sigues con aquel tío?, llevo años pillado de ti, esperando como quien espera el fin del mundo, así que ¿de qué se trata, qué te pasa?, ¿estás metida en problemas?…
Corta el rollo, déjame respirar, murmura. Cuenta que un tío no deja de seguirla, de mandarle cartas anónimas, de acosarla; dice: Espera un momento, ¿no serás tú?… Tía, joder… Vale, vale, vale… sólo quería asegurarme. Pregunto si tiene alojamiento ya. Responde que no.
¿Mi casa?, digo.
Vale, acepta. Resulta así de sencillo.

Cuando despierto al día siguiente, el otro lado de la cama está revuelto y vacío. Hay una nota: He ido a pillar. ¿Ayer me dijiste que estabas colgado de mí?. La Teresa de toda la vida; ni se molesta en consultar: aunque yo tuviera toneladas de nieve, ella necesita material propio, su banco particular. No recuerdo si ayer follamos: lo cual quiere decir que seguramente no.
La primera vez que la veo es hace tres años. Llega con cuatro amigas más que se unen al grupo con el que estoy. Amigas de amigas. Y Teresa destaca para mí como si las otras sólo estuvieran con ella como comparsa, para peinarla, limpiarle los zapatos, quizá un cunnilingus de vez en cuando a oscuras; sirvientas, chicas grises, borrosas, un croma para ella en el cual yo proyecto un fondo de colores brillantes y química y hormonas alborotadas y toda la pesca. Teresa la siempre-con-novio, la siempre-colocada, la siempre-dispuesta y nunca-mía. Me cuesta creer que haya dormido en la misma cama que yo. Tiene que estar muy desesperada. Muy jodida para acudir a mí. Por desgracia yo soy su ángel de la guarda (¿es verdad todo ese rollo de que cada uno tiene el suyo?), o al menos he adoptado ese papel. Y hay algo peor que el hecho de que tu ángel de la guarda esté enamorado de ti, y es que también vaya todo el día drogado. Ése fue el motivo por el que dejé de meterme, sabía que ella volvería, y un idiota todo el día con el mono no podía atenderla como es debido. Al menos el ángel de la guarda tenía que desengancharse del caballo. Es una historia larga y complicada, pero en esencia no está nada mal. Difícilmente puede haber una demostración de amor más pura. No me vengas con que te has pillado un pisito con una tía, o que te has casado con ella, o que nunca la has engañado…; enganchate a las drogas de verdad y luego comprueba si quieres realmente a esa mujer; si es eso o sólo estás imitando a todos los demás porque a ti también te encanta -o te conformas con- la típica rutina que aplasta el alma: eso de trabajo-tele-dormir-trabajo.
Camino por casa y me pregunto por qué dije ayer que ya no ejerzo. Ah sí, quería centrar la conversación en lo del enamoramiento. La memoria es mi punto flaco. Y ahora siento un hambre de narices. Desde que estoy limpio como como un esclavo.
Mientras engullo cereales directamente de la caja, no paro de decirme que mataré a ese tío cuando le pille. Si le pillo, le mataré. Yo, el pacifista, si pillo a ese capullo lo ahogaré con mis manos. Le clavaré los pulgares en los ojos atenazándole la cabeza. Torturaré a ese hijo de puta y… Decido coger un tazón y echar algo de leche. Creo que no estoy masticando bien y los cereales son como alambre de espino al tragar. Pongo la tele para que el ambiente gane en ruido, no quiero que me entre la paranoia rosa por Teresa. Que por cierto, ya debe llevar mucho fuera. Nunca duerme más de cuatro o cinco horas.

Mientras comemos a mediodía, me pasa un papel. Es la última carta del gilipollas acosador: ese futuro fiambre. Suena como el blog de una adolescente. No parece peligroso, le digo, y: ¿a qué camello has ido? Brutus, dice. ¿Todavía está en el negocio? ¿Estás de coña?, murmura, Brutus es el negocio. Creo que deberías intentar dejarlo, digo, con voz firme. Teresa inicia un ataque de risa. No pienso dejarlo mientras tú te metes a escondidas por las noches, murmura. Yo ya no me meto nada, protesto. Teresa dice que aún me recuerda intentando ligar una vez con una tía que yo creía que era una mula. Es increíble, dice, llevaste más allá el concepto de intentar mojar; es la primera vez que un tío babea sobre semejante piva sin buscar sexo. ¿Quién te dice que no me la quería follar? Tío, me susurra, llevabas tres días sin meterte, esa pava podría haber puesto el culo en pompa para ti en el lavabo del aeropuerto y tú sólo hubieras hurgado en su ano para buscar la bolsita de jaco imaginaria.
Hemos pedido pizzas. Pero el gilipollas del pizzero se ha equivocado y ha traído una de las dos con piña. El día que algún imbécil entró con una piña en una cocina se jodieron un montón de comidas y cenas; es como añadir queso fundido a un melocotón en almíbar o algo así. Pero Teresa come como si nada; sólo le interesa la raya de después. Me dice que lo mejor de meterte es que no necesitas nada más; la drogadicción es como el budismo de occidente. Es cuando te desenganchas cuando te conviertes en una niña tonta llena de caprichos. Necesitas al menos dos o tres pijadas de cada escaparate que ves. Necesitas a alguien que sepa follarte a tu gusto. Empiezas a querer darle algún sentido a tu vida. O bien a llenarla de fronteras y moral y tradiciones y conformarte con lo que coño sea que haga la mayoría; crecer, “madurar”, multiplicarse, responsabilizarse, tropezar y levantarse, y tropezar y levantarse, y seguir conformándote mientras te tropiezas y te vuelves a levantar y no paras de intentar venderle a los demás que sí, que así estás bien, porque vas tirando. Lo peor de dejar de drogarte, pues, es lo que viene después del mono. Las sonrisas de dudosa fiabilidad de todos. Todos esos etcéteras consumistas limpios y sobrios. Hipocresía que vive al principio con metadona y luego acaba siendo pura y sin cortar: nieve legal de nuestro mundo de modas superfluas. Todo se acaba reduciendo a ese rollo de anuncio barato de que la mejor droga es la vida.
Puedo entender a Teresa perfectamente; mucho antes de meterme, yo, objetivamente, también podía comprender más a un drogadicto que a un padre de familia. Pero aun así, le digo que, bueno, que quiero que lo deje porque, en fin, porque la quiero. Es algo visceral, aún más irracional que drogarse. Le digo que podríamos ser hipócritas juntos. Supongo que es lo que las personas hacen, por lo que se emparejan en monogamia. Es un “Mal de todos, consuelo de bobos” generalizado, pero políticamente correcto y aceptado y… Coño… eso es lo que la mayoría de la gente no sabe, seguramente en este mundo es igual de bobo un drogata que alguien limpio. La diferencia (¿sustancial?) es que a menudo uno vive más que el otro. Y poco más. Y no sé cuánto de todo esto digo en voz alta, pero la responsable de mi eterno trastorno nervioso ya se está metiendo la segunda raya. Me doy cuenta de que no, no tengo demasiados argumentos sólidos que no parezcan postales horteras o prometedores paquetes que acaban siendo una colonia. Lo cierto es que este mundo no me lo pone fácil para “salvarla”, para “rescatarla”; porque quizá luego su cárcel sea sólo más amplia, y entonces ya nadie pueda pagar su fianza.

Por la tarde salimos a dar una vuelta; debería ser productiva para mí. Tengo que preguntarle a Teresa otra vez que si sigue con aquel pavo, o que si ya es su ex, o en qué fase están… Aquel pavo…, balbucea ella, aquel pavo… Teresa, susurro, cariño, desde que has venido casi no me has dado información útil… Aquel pavo…, repite ella, aquel pavo precisamente es el tío que te digo, o al menos estoy casi segura, el pavo de las cartas. Sí que lo hemos dejado, dice, pero bueno, yo sé que lo hemos dejado, él parece ser que aún no, o que no quiere aceptarlo, qué sé yo, creo que necesito ver a Brutus otra vez, ¿me acompañas a ver a Brutus otra vez?, bueno, tú otra vez no porque no viniste esta mañana, pero ya sabes, en fin, es que esta mañana no he pillado mucho porque ya imaginaba que estás limpio y quería ser discreta o algo así, sabes, y… uhm, bueno, ¿me acompañas?
Su ex… Ahora ya sé que le mataré. Mataré a ese cerdo. Quiero hacerlo, acabar con él y… No hace falta que lo mates, dice Teresa. ¿He estado hablando en voz alta? No creo que lo mate, digo, pero me gusta pensar en ello. Igual que me gusta pensar que dejarás las drogas antes de que… Oye, oye, oye, me corta ella, no tienes por qué… no hace falta que seas tan mono conmigo, no hay ninguna necesidad; si quieres que follemos, follaremos, no es problema para mí, pero no hace falta que te pongas en plan osito ni empieces a hacerme regalos que casi me gusten pero te diga que me gustan porque la intención es lo que cuenta y todo ese rollo; tío, me dice, si salimos y comienzas a decir que soy tu novia y toda esa película de trastornado colgado, es fácil que acabes odiándome y… y yo no quiero que acabes odiándome, murmura, porque yo también te quiero…, aunque siempre vaya colgada y sea un poco coñazo y todo eso; por eso he venido, más que por lo de mi ex…, y no quiero que le mates, ni que vuelvas a drogarte por mí ni nada; yo… bueno, no sé qué más decirte… Entonces Teresa, silenciosamente, empieza a llorar. Porque sabe que mire donde mire hay callejones sin salida. Lo único que puedo hacer es rodearla con mi brazo y callarme la puta boca; porque ella tiene mucha razón: si comenzamos a enterrar lo nuestro en etiquetas comenzaremos a esperar demasiado el uno del otro, y fácilmente todo comenzará a irse al carajo. Fidelidad no-natural, el día de los enamorados, las navidades, los santos, los acuerdos legales, anillos, jerseys, corbatas… Ella tiene razón, porque tardaríamos muy poco en dejarnos llevar por las rutinas generalistas, comenzaríamos a salir cada vez mejor en las fotos y cada vez estaríamos más aburridos antes y después de que nos las hicieran. Esta sociedad, este sistema de valores y orden, todas las costumbres, las obligaciones conyugales, las sospechas, celos, maquinaciones, todas esas mierdas de amor tradicional de clase media… todo eso acabaría con nosotros tarde o temprano. O peor aún, nos adaptaríamos y nos convertiríamos en seres planos. Moriríamos por dentro hundidos en un mar de engaños de doble moral sobre cierta felicidad “oficial”, una vida que tendría como única prueba tangible un mar de álbumes digitales.
No es broma. Un día eres joven y al día siguiente sigues siendo joven pero independizado en pareja y colgando fotos de vuestro perro en Facebook. Eso, en parte, aunque sea un cliché antisocial, es lo que le da miedo a Teresa, acabar siendo tan… del montón.

Brutus nos recibe en su piso con su acostumbrada educación desconcertantemente inglesa (sin ser inglés); como un Lord que en lugar de ofrecer té organiza catas de “caballos del mundo”. Tiene contactos en los lugares más recónditos y su fama le avala y etcétera. Entramos en su célebre salón presidido por un cuadro enorme de Napoleón. Prefiero no hacer preguntas. Va y me felicita por mi nueva vida sobria y demás, y añade que de todas formas con él siempre tendré la huida asegurada si comienzo a sentirme mal sin saber por qué (o por saberlo más de la cuenta). Gracias, digo, pero mientras tanto estás matando a mi no-novia… ¿Tú no-novia?, ríe, y añade: me gusta el concepto, y te entiendo perfectamente, Teresa es demasiado buena para ser una “novia” más. Coge su mano y la besa. Además, dice, nadie puede querer más a una novia común que a una no-novia; ya sabes, es la emoción de la no-novia, “¿dónde habrá ido hoy?, ¿se estará follando a alguien?, ¿pensará en mí como yo en ella?…”; estoy orgulloso de vosotros, podríais estar patentando sin querer una especie de siguiente paso en las relaciones; un lío igual de chungo que el matrimonio, pero más moderno. Subraya su discurso con un guiño y se ríe a carcajadas. Cojo de la mano a Teresa y le susurro que Deberías buscarte un camello normal, un tirado que al menos no haga como que le importas…
De verdad, luego, mientras Brutus y Teresa ya juguetean con sus dni y esnifan, en ningún momento me vuelve el mono de verdad. Además, la primera raya no siempre es tan exultante, y si no pretendes meterte más te deja con la sensación de haber hecho el tonto, con ese sabor como a aspirina en la garganta y los ojos irritados. En cierto momento, Teresa le dice Brutus que quiero matar al ex de Teresa. Brutus aspira y dice entre risas: Aaaaah, así que es eso, este rollo de meterte ya no te llena , ahora vas a ser el matarife de un slasher real…; ¿sabes?, te entiendo perfectamente, cuando me estaba divorciando de mi mujer muchas veces pensé en matarla; y no es que la odiara particularmente, pero ya sabéis, nosotros fuimos novios comunes, no lo hicimos en las primeras citas, esperamos un tiempo prudencial antes de casarnos, nos casamos, nos comenzamos a aburrir, en fin… ¿de qué estaba hablando? Slasher, digo. Oh sí, murmura, eso…; el caso es que no quería matarla para quitarla de en medio, era más bien curiosidad, quería saber qué se debe sentir si matas a… ¿Qué es un slasher?, interrumpe Teresa. Las películas de psicópatas, aclaro.

Anochece. Teresa está tirada sobre mí en el sillón. Seguimos en el salón de Brutus. Brutus ha sacado un arsenal de armas de algún armario. Las sopesa una a una de pie delante de nosotros, y nos habla de sus características. No para de decirme que si quiero matar a «ese cabrón», él tiene lo que necesito. La verdad es que no sabía que también traficaras con armas, Brutus, digo. Me dice que es necesario ampliar el mercado, las posibilidades, las oportunidades. Paso la mano por el cabello de Teresa y le susurro que “¿No te engancharás a las armas, verdad, cariño?”. Teresa está adormecida; hace como una hora que no se mete nada, pero antes era como una aspiradora. Me dice que no, sonríe, me dice que no sabe para qué querría una arma. Brutus dice que esperemos, que tiene otro armario lleno con más “material” que nos quiere enseñar. Está orgulloso del arsenal que ha conseguido en apenas un año. Cuando nos quedamos solos, le pregunto a Teresa que qué es exactamente lo que quiere que investigue si ella ya sabe quién le manda las cartas. Habla con lentitud, murmura que quizá yo conozca a alguien de la poli, que quizá yo tenga contactos. Oímos a Brutus hablar solo en otra habitación, quizá por teléfono. Le aclaro a Teresa que lo mío con la poli es como el aceite y el agua, no les gusta demasiado ver a un ex-drogadicto metiendo las narices en asuntos que ellos consideran trabajo del departamento. Brutus sigue dando voces en otra habitación; la posibilidad de que hable solo es cada vez más factible. Le pregunto a Teresa que por qué no se queda en mi casa. Si quiere. Hasta que ella quiera. O… bueno, lo que sea… Me sonríe con los ojos acuclillados. Brutus vuelve de la otra habitación con una especie de fusil enorme en las manos; dice “tíos…”, y justo en ese momento, tropieza, el cañón se le clava bajo la barbilla.
Y se dispara.
Todo el salón, incluido el cuadro de Napoleón, está lleno de trocitos de cráneo y chorreando hacia el suelo. Yo me he puesto de pie; la cabeza ha explotado literalmente, el cuerpo se vacía por la “herida”, que viene a ser el cuello con apenas tiras de piel y carne y chorros de sangre que salen escupidos del torso cada vez con menos fuerza. Teresa sigue sentada en el sillón, y con los ojos abiertos como platos por primera vez en todo el día. Sobria de golpe. Le digo que es mejor que salgamos de aquí. Enseguida se moviliza. Cuando ya está saliendo por la puerta principal, yo cojo lo que parece una colt de la mesilla salpicada de sangre y coca. El peso del arma en mi mano me arranca una sonrisa. Descubro como tres cuartos de un globo ocular de Brutus muy cerca de mi zapato derecho.

[Con los videos, ante la duda, recurro a mis canales de Youtube favoritos. Así que aquí arriba tenéis el último de Grace Randolph, esta vez recogiendo impresiones sobre “The Hangover 2”. Abajo,+ pin up. Y, como la actualización ha sido rápida, INSISTO.]

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9 comentarios en “Slasher

  1. Cada día me sorprendes mas, con tanto divino detalle sobre drogas, sus efectos y lo que te hacen o no sentir, maravilloso nene, magistral. Hay amores que matan, amores que no se saben de donde vienen y a donde se dirigen, hay amores que no se tienen y otros que no los entiendes pero que ahí están. Hay tantos amores diferentes, más intensos, más tenues, amores irreales e incluso amores que son fingidos y engañosos hasta para el mismo que los sufre o tiene. Este amor, el que tiene él por Teresa, es tan puro, tan perfecto. Y la entiendo, no quiere ser mas de lo mismo, no quiere ser otra pareja destrozada y vacía más, no lo necesita ni le vendría bien incluso, así que mejor que solo sean eso, dos que se aman y punto, sin obligaciones, así porque si y ya esta.
    Y lo historia del camello, pues el caso es que no me ha sorprendido, el final quizás si, cuando el coge el arma, pero el disparo no tanto, se le estaba ganando, le estaba buscando y el destino al final parece que ha jugado en su contra, o a su favor, quien lo sabe.
    Menudo gusto, con orgasmo incluido es leerte, no te imaginas cuanto, en cada línea me das algo, en cada párrafo me obsequias una genialidad, tus textos para mi son como esa bolsita que Teresa ha ido buscando, espero que yo nunca me quede sin camello como le ha pasado a ella, que ahora esta en shock y colocada, pero verás cuando se de cuenta la poca gracia que la hace, lo mismo y hasta se plantea dejarlo ¬¬
    Grace es mi heroína, una mujer inteligente y adictiva, buen gusto Jordi.

    1. Me gusta.
      Y sí, yo tampoco soporto la piña en una pizza, wtf?
      Y espero no acabar nunca colgando fotos de mi perro en Facebook. Ni de mis gatos.
      Besos.

  2. Un amor absolutamente creíble en el que se sustituye el aburrimiento por la intranquilidad, la inseguridad, la no posesión. Pero claro, en ese mundo y en esas circunstancias siempre hay un pero. El de que se mascan tragedias todo el tiempo.

  3. Me atrapas siempre, es como si dispusieses mi propia droga repartida por el texto.

    Mientras te leía no dejaba de rondarme por la cabeza aquella canción de Joan Baptista Humet “Clara”, pero tu final es mucho mejor, como siempre sorprendente.

    Un abrazo

  4. A la mierda Teresa, a la mierda ese tipo de tías, ya me jodieron lo suficiente.

    Buen relato. Has descrito a la perfección ese tipo de alimañas. Lo siento por el protagonista, lástima que no se le hubiera disparado el fusil a ella en vez de a Brutus.

    Un abrazo

  5. guau!!! puedo asegurarte que en mi mente se ha recreado la imagen del cráneo explotando perfectamente.
    Si esta noche no duermo…te lo haré saber 😉

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