Archivos Mensuales: junio 2011

Jennifer evita suicidios

Negociador A mastica su ensalada en la sala de recreo y almuerzo. ¿Te has enterado de lo de la foto?, murmura con la boca llena.
Negociador B dice que ese rollo de las ensaladas de negociador A ya le empieza poner de los nervios; engulle un plato de ternera con patatas, añade sal a cada bocado y pregunta: ¿Esa foto existe?

No puedo seguir así, dice el tipo, un desconocido más, una hormiga oficinista, glóbulo rojo de edificios de cristal. Se abraza a su maletín y mira al vacío. Cierra los ojos con fuerza. Llora. Su vida no tiene ya ningún sentido, grita. Nanay, nada de nada, cero, ¿por qué demonios debería seguir luchando?, ¿en pos de qué noble causa?, ¿debería seguir madrugando y haciendo horas extra todos los días sólo para alimentar al monstruo de su hipoteca? La cornisa en la que permanece de pie pegado de espaldas a la pared, no es particularmente espaciosa. Quince pisos; abajo se arremolina la gente en el suelo. Míralos a todos ahí en la acera, dice con calmada paciencia Negociador Z desde la ventana más próxima, son todos iguales que tú…; bueno, añade, quizá no es una buena idea que mires hacia abajo…, mejor mírame a mí. Negociador Z le pregunta al tipo, al suicida, que si no tiene a nadie, que qué pasa con las mujeres, con su familia…, o… eso, las mujeres… seguro que hay alguna mujer que le quiere. Mi madre ya murió, solloza el tipo. Vuelve a gritar que no tiene motivos para seguir viviendo. Vamos, dice Z, sé que estás casado, que tienes familia, a tu padre, suegros, tu mujer. Dice: Tu mujer está de camino, ya sabe lo que haces, está sufriendo, seguro que no hay nada que no puedas solucionar con ella. No es una buena idea que me hables de mi mujer, tío, grita el hombre, me estás empujando al vacío con ese rollo de mi mujer, ¿y tú eres el negociador?
Alguien toca el hombro de Negociador Z. El tipo, mientras, grita que su mujer es una furcia, que le ha puesto los cuernos al menos dos veces que él sepa, es una ninfómana, su mujer es la que le ha hecho subir a esa cornisa. Su mujer, embarazada ahora de tres meses a saber de quién. Alguien le pasa una foto a Z. Esta es la foto, le dicen; enséñasela, consigue que la mire. ¿Estáis de coña?, susurra Z.

Y qué pasó, farfulla Negociador B, masticando con los labios pringosos de aceite y blandiendo el salero. Lo que pasó, dice A, es que el tipo vio la foto y corrió a los brazos de ese cabronazo de Z como un niño perdido en un supermercado que ve a sus padres de lejos: eso pasó. Z es el peor negociador que he conocido en mi vida, dice B, no conseguiría ni que tú dejaras la ensaladas y volvieras a comer de verdad. Es la dieta, tío, dice A, intento… cuidarme. No, dice B, lo que pasa es que está de moda ese rollo de comer sin disfrutar, y tú eres una fashion victim.
Pues eso…, y no es el único caso que hay archivado, dice A, se ve que la foto está circulando, y ya sabes cómo es Z, ha hecho copias y se lleva un par con él cada vez que tiene una salida; pero al parecer la cosa funciona solo con suicidas. ¿En serio?, dice B con sorna, ¿no puedes solucionar un secuestro o un atraco a un banco? Ríete, murmura Negociador A, pero ayer mismo la fotito de marras solucionó otra papeleta que le surgió a Negociador S; pero creo que a él no le hizo mucha gracia; estuvo horas maldiciendo después y gritando que a él no le tomaba el pelo nadie; al parecer llevaba tres horas hablando con una tía de unos ciento cincuenta kilos subida al tejado de su casa con un cuchillo jamonero. ¿El tejado de su casa?, dice B. Sí, la tía decía que se iba a cortar el cuello; tenía unos cuarenta años, vivía sola, no paraba de decir que no podía encontrar trabajo ni pareja por culpa de su físico; Negociador S habló en tantos tonos con ella que algunos dicen que casi parecía intentar ligarsela; pero la tía ni caso.
Hasta que vio la foto, dice B. Hasta que vio la foto, dice A.

Negociador B acude al despacho de su superior directo. Hace ademán de encenderse un cigarrillo. Sabes que no puedes fumar, dice B². Oiga…, dice B, esto le parecerá una chorrada, pero…, ¿qué narices es todo ese rollo de la foto?, ¿existe una… foto?… B² abre un cajón, saca algo de él y se lo entrega a B. Es la foto, una copia. Existe una foto, dice. En la foto: una chica, de cintura para arriba, pelo ondulado y castaño hasta los hombros, ojos grandes y marrones. Joven, en biquini, el mar de fondo. Sonríe, sonrisa pícara. Buenos pechos naturales. No hay nadie más, ni a su lado ni detrás. B arquea las cejas y mira a su superior. La chica es de aquí, pero se comenta que la primera vez que usó la foto un negociador fue hace año y medio en París, dice B², se hizo hace unos dos años por lo que sé. Está tomada en Cuba. ¿Es… cubana?, dice B. ¿Ya te has colgado de ella?…, murmura B². Bueno, desde luego está buena…, murmura el Negociador B. Se dice que está bajando la tasa de suicidios; bajando de verdad; ya se mata más gente incluso en accidentes caseros; resbalones en la bañera, autoasfixia erótica y cosas así, dice B². Añade que el primer negociador que usó la instantánea fue el tío de la muchacha en cuestión, tiró de chantaje emocional enseñándole la foto a cierto “tarado de cornisa”, diciéndole que era su hija; el tarado en cuestión también tenía una hija. La cosa se convirtió en coña entre los compañeros, y uno decidió que se iba a llevar esa misma foto para el siguiente trabajito que le surgiera; a la larga todos en la oficina se hicieron copias de la “ninfa-sobrina-cachonda”. Todo era Broma interna, Mofa de colegas.
Pero luego comenzaron a comprobar que cada vez que tiraban de foto se salían con la suya. Hasta el punto de que algunos negociadores ya no dicen una sola palabra, le dan la foto al tarado acabado de turno y éste al verla se aferra a la pared y retrocede llorando para volver a entrar por la ventana.
Por lo que yo sé, dice B², esa foto es la pastilla contra el suicidio; es mejor que te quedes ésa…

Hola, Jennifer.

Esto te parecerá raro, pero desde que te he conocido quiero tocarte y a la vez me da un miedo indescriptible hacerlo. Por eso ni siquiera te besé ayer al dejarte en tu casa; ni antes, ni durante ni después del cine el otro día; ni en la fiesta de cumpleaños de tu hermano… Lo que más miedo me da es: hacerlo contigo, liarnos más allá de la amistad, que nos enfademos un día y no volver a verte. Prefiero tratarte para siempre aunque sea sin sexo que mantener relaciones un tiempo y perderte para siempre.
Seguro que no entiendes nada. Pero esto es una declaración de amor. ¿Puedes ser mi amiga y sólo mi amiga? ¿Puedo ser tu hombro de consuelo para siempre en lugar de sólo tu pene de los próximos meses? Ojalá puedas entenderlo. Besos…

Días después, Negociador B lee esa nota con los ojos acuclillados. Mira a su superior. ¿Esto qué es?, pregunta. Nos han mandado decenas de correos así de la bandeja de entrada de Miss Suicidio, dice B². La chica de la foto hace tres años que no moja, dice. ¿Cómo? La chica de la foto tiene veintitrés años, dice, está como un queso; pero cada vez que conoce a un chico el chaval se acojona, se idiotiza y la prefiere sólo como amiga; cerca, pero vestida…; no entiendo a las nuevas generaciones; antes nos dábamos de hostias por un coño, y ahora preferís ser el “amigo gay”. ¿Este de la carta es homo?, pregunta B. No, joder, a eso me refiero, grita B²; nos han llamado, dice, la chica está metida en una especie de cobertizo o algo así, está como a una hora de coche, la dirección te la he apuntado en la nota; vais a ir tú y Negociador Z, a él se le dan bien la “taradas de cornisa”. ¿Es que se quiere suicidar?, pregunta Negociador B. No lo sabemos, o al menos no estamos seguros; sus abuelos dicen que ha amenazado con ello; sabemos que es la chica de la foto porque ella misma lo ha dicho; asegura que la han maldecido o no sé qué, en fin… está como una puta regadera, tenéis que ir allí y hablar con ella. Y… ¿sólo está metida en el cobertizo?, dice B.
Sí, pero en el cobertizo hay de todo, de todo con lo que puede matarse o matar a sus abuelos… joder, hay hasta bidones de gasolina según ha dicho el viejo por teléfono; si nos han llamado por algo será, ¿no?

Negociador B y Z van de camino. Z trastea en su Iphone. ¿Tú has visto la foto?, le pregunta a B. Sí, claro, murmura B. Está buena, pero no es para tanto, ¿no?…, y yo desde luego si me la llevo al piso no va a ser como amiga, murmura Z, subrayando con una risotada.
Hay dos coches de policía cuando llegan al lugar. B aparca; salen del coche y enseguida se les acerca un agente. ¿B y Z?, pregunta el agente. ¿Dónde está?, dice B.
El cobertizo es pequeño. Desde fuera, Z pide silencio a los agentes congregados. Los abuelos atisban desde el porche de la casa, no muy lejos. Z levanta la voz y dice: ¿Jennifer?… ¿Jennifer?… Pero continúan los sollozos, sin más. Z mira a B, abre su cartera y saca una copia de la foto de la chica. ¿Le vas a dar su propia foto?, susurra B. Tsss… calla, dice Z, no pasa nada por probar… Mientras se suceden dentro los sollozos, Z pasa la foto por debajo de la puerta del cobertizo. Pasan unos segundos, los sollozos se apagan…
¡Para qué coño quiero yo la foto!, grita la muchacha.
No ha funcionado, susurra Z.
B camina hacia los abuelos; están de pie en el porche, con la mirada alerta. Les pregunta con discreción si la han visto entrar. El hombre dice que él la ha visto. ¿Llevaba algo con ella?, ¿su bolso o…? Llevaba esa guía sobre el suicidio… ese libro grande… ¿La Guía Tab?, dice B. Eso mismo, asegura la pareja al unísono. B dice gracias y se va a dar la vuelta, pero la señora le coge por el codo… ¿Sí?, ¿algo más?, dice B. La niña dice que está embrazada, solloza la mujer, embarazada de dos meses… ¿Cómo?… nos han dicho que hace tres años que no tiene sexo con nadie… El hombre hace que no con la cabeza y cierra los ojos hacia el suelo. ¡Yo vi los test de embarazo!, grita la señora.
¡Estoy embarazada, joder!, grita Jennifer desde el cobertizo.
Z dice: ¿Me puedes devolver la foto, cariño?

B se acerca al cobertizo. Saca su móvil y llama a Negociador A. El sol cae en picado, todos los agentes sudan como cerdos. Negociador A dice: ¿Sí? Oye, dice B, aquí tengo un asunto entre manos de lo más jodido. ¿Te han mandado con Z?, pregunta A. ¿Eso que masticas es lechuga?, dice B, tío, ni tan siquiera es la hora de comer…
A dice que si la chica lleva tres años sin practicar sexo… en fin… si es verdad que está embarazada, puede ser el anticristo…, o la inmaculada concepción… ¿Vuelve Jesucristo?, dice B, te he llamado para que me ayudes, está claro que tienes que volver a comer carne y chocolate, tienes que recuperar tus kilos y así quizá dejarás de decir gilipolleces… Oye, dice A, si quieres sacar a la chica del cobertizo de momento tendrás que hacer lo que ella te diga. Tiene una Guía Tab, dice B. Y qué, murmura A, mi madre tiene una Guía Tab, hoy en día suicidarse por eso es como saltar desde un tejado después de haber leído un cómic de Superman… No seas gilipollas, sigue diciendo A, mete a Z en el coche y dile a la chica que la vas a llevar a un hospital, a ver si es verdad que está embarazada.
B cuelga y se acerca a la puerta del cobertizo. Z camina hacia el coche en el que han venido. Los agentes empiezan a refugiarse del sol en los coches patrulla.
¿Jennifer?, dice el negociador B, golpeando la puerta dos veces con los nudillos…
¿Jennifer?, repite. Dentro, ahora, hay un silencio sepulcral.
¿Jennifer?, insiste por tercera vez.
Entonces, la chica contesta, con un tono monocorde:
– Yo no soy Jennifer. Jennifer evita suicidios.

[En el video, no lo puedo evitar: Trailer de Transformers 3. Michael Bay me fascina, aburre, repugna y divierte en partes iguales… Abajo, una nueva musa: Jessica Chobot (ni sé si ya la he mencionado, pero poco importa…) Y, si le apetece, DESAPAREZCA AQUÍ.]

Noelia

Noelia está en camiseta y bragas, y trastea en su ordenador. Dice: Las vacas vuelan y esta aún no se ha dado cuenta de que llega un tornado…
Estoy en su habitación, sentado en su cama. Todo huele a chica de veintitantos. Todo lo que me rodea es como un peluche sonriente que parece demasiado sarcástico para ser un peluche. Hay un poster de Posesión infernal. La pantalla del ordenador dice: «… este libro es gordito, tiene trescientas veinticuatro páginas, pero me lo han recomendado…». Noelia me mira y sonríe, y me pregunta si hoy me gustan sus bragas. Me cuesta más bromear con ella en persona que chateando. Asiento, enérgico, le digo que me gustan, sí, que están muy bien. No se me ocurre nada ingenioso que decir. Me pide que tenga paciencia, que enseguida se viste y salimos, y que no me preocupe por su padre. Noelia no me ha presentado como: «mi novio», sólo ha dicho: «un amigo». Pero su padre me ha mirado tal y como yo miraría al idiota con suerte que está teniendo sexo con mi niña de veintidós años. Nos hemos dado la mano, sin recrearnos. Su madre ha sido más amable. Escrutadora, pero amable.
La pantalla del ordenador dice: «… firmado por el autor…». Noelia ahora va con prendas de un lado a otro, aún en bragas. Quien habla desde la pantalla del ordenador es Laura, la hermana, desde su videoblog. Laura, me cuenta, hace cinco años que se independizó, dos desde que se casó. Treinta y tres años. Aún lee novela romántica y su idea sobre la música sigue siendo El canto del loco. Mi madre la adora, murmura, es como la típica ojiplática-por-todo, esas tías a las que todo les gusta y fascina. Es una mentirosa compulsiva, me asegura. No hay nadie tan feliz, dice, es imposible; y tendrías que ver a su marido, un tipo rechoncho y bajito que parece estar siempre preguntándose dónde está, con quién y por qué. No le culpo, pasar más de dos horas con mi hermana te hace pensar en esvásticas.
Le digo que a qué venía lo de las vacas. Ooh, vocifera, corre un rumor sobre él, el marido, dicen que ha conocido a otra y que se están viendo hace mucho; bueno, ya es algo más que un rumor. No es de extrañar, argumenta, mucha gente debe casarse cuando creen que ha llegado el momento; no es tan importante si quieres de verdad a tu pareja como el hecho de casarse…; eso es lo que hizo mi hermana con este tío, y parece obvio que él hizo lo mismo con ella…
Pero ahora él sale con alguien de quien está enamorado de verdad, dice.
«El siguiente libro es de Amelia Smith…», indica Laura, mostrando la cubierta a cámara, «… es una de mis actuales lecturas… va sobre un chico que descubre que su novia es el anticristo y que sólo puede verla él… de momento me está gustando pero…». Noelia mira hacia la pantalla y me cuenta que es una especie de secta, como una secta de treintañeras que sólo leen libros con cubiertas llamativas, enormes, con letra enorme, todo carcasa… Es extrañamente adictivo oír a pavas hablar sobre literatura basura, susurra sonriendo.

Cenamos en un chino. Ella es metódica y educada, pero no hasta el punto de resultar irritante. Tiene esa textura y redondeces y suavidad de la juventud Bollycao; aún no se ha obsesionado por marcar pómulos o buscarse arrugas en el espejo. Cuanto más la palpas y besas y chupas, más necesitas palparla y besarla y chuparla. Estrujarla.
Es de verborrea fácil, pero suele hablar alto y claro porque raramente se pone a destripar a nadie que no sea su hermana. Se mueve enérgicamente encima de ti con tu pene dentro, el sexo para ella es algo que hay que exprimir de verdad (palabras textuales). Nunca te has preocupado de buscar papel higiénico con sabor a vainilla hasta que una chica decide que también te quiere lamer el ano.
Ahora come con fruición; más o menos lo hace todo igual, hasta el final, sin avergonzarse. Cambia de tema sin previo aviso. Su preocupación actual -lo cual me sorprende- tiene que ver con sus tetas, siempre saca el tema. Sus tetas están bien, le digo, el tamaño no importa tanto, le digo, sus tetas son bonitas. Ya, murmura, pero cualquier día de estos saldrás por ahí en busca de alguien que pueda hacerte una cubana.
Durante los postres me dice que Laura quiere comprar un perrito. Ya sabes, dice, muchas parejas que hacen planes para tener hijos necesitan mientras tanto tener algún gato o perro por casa. Algún bicho adorable al que fotografiar y con el que hablar haciendo cucamonas. Necesitan demostrarte que profesan un gran amor hacia su mascota; que, aunque aún no haya un par de críos por el piso, ya son una familia. Creo que es un rollo muy sórdido en realidad, masculla. Como cuando tienen una gran pecera, un adorno al que le tienen que cambiar el agua y echarle de comer… Seguro que, igual de jóvenes y estando solos, no se comprarían ningún bicho por adorable que fuera en el escaparate; al menos los tíos seguro que no.
No soporto que la gente que use a los animales con propósitos de estatus y estilo personal, murmura.

En especial el gatito doméstico, es, a menudo, el hijo moderno provisional, y suele ser idea de la chica (en supuesto acuerdo con la pareja); es, muy probablemente, una muestra de la teórica liberación sexual -y de todo tipo- de la mujer. Aunque aún oyes a chicas decir que si tienen un hijo no quieren tenerlo demasiado mayores, luego cuando ven que los treinta llegan a toda leche, al independizarse con el tipo majo de turno, prefieren agenciarse un gato. Aun así, hablan de lo jóvenes que las tuvieron a ellas sus propias madres, sin tener en cuenta que los tiempos ya son otros. Lo cierto es que yacemos bajo la sombra de un enorme reloj biológico. Lo que muchas parejas deben pensar es: “Si hemos luchado tanto por ser iguales que nuestros padres, también deberíamos tener un hijo, ¿no?”. Parece que, en muchos aspectos, lo que hace que la especie humana se reproduzca, es lo que nos frena para evolucionar. Tan complejo es el tema, que muchos lo quieren atajar con el autoengaño de que ellos seguirán haciendo las mismas cosas cuando tengan descendencia. Es sabido que en muchos casos, dice Noelia, los hijos se encargan para intentar llenar un vacío en la pareja; llegan por lo mismo por lo que Laura quiere comprar ahora un perrito.
Pero ni los animales están para que los abandones cuando te vayas de vacaciones, ni los niños son niños para siempre. La pregunta no es: ¿Te gustan los niños?; la pregunta es: ¿Quieres traer a un ser humano al mundo? La cuestión es que mucha gente debería entender la realidad de que… que no sean exactamente felices casi nunca, no está directamente relacionado con el hecho de no tener hijos (o mascotas). Si tu vida no te llena, eso seguro que obedece a cuestiones mucho más profundas, mierdas que no se van a solucionar necesariamente dejando de tomar anticonceptivos o gastando más dinero.

Tú vas por ahí diciendo sin parar «Carpe diem», y cuando te das cuenta te pasa lo que le está pasando a mi padre; de repente tu niña, la pequeña, ya se recorta el vello púbico y folla con los mismo niñatos que hacen botellones y te rayaron una vez el coche. No me malinterpretes, dice Noelia, pero es lo que él cree, y de todas formas la parte de verdad que tiene eso ya hace que se le revuelvan las tripas. Con mi hermana es distinto, asegura, ella se ha casado con un tío que parece incapaz de hacer nada más que respirar; seguramente sea de los que se violenta si empiezas a chupársela. ¿Has visto alguna vez uno de esos álbumes de fotos de boda en los que el novio suda sin parar por la frente y tiene los mofletes sonrosados?
Después de la cena, paseamos por callejones que parecen idóneos para que nos atraquen. A Noelia le gusta cogerme de la mano. A simple vista parece solo otra chica de diseño, adicta a las compras, con gustos previamente planeados para ella en despachos, aficiones impuestas y obsesiones de marca. Su sonrisa no denota ningún deje cínico. Su forma de vestir no es particularmente llamativa, abundan los tejanos y los sueters anchos, algún hombro al aire, una sola pulsera en la muñeca izquierda, ningún anillo, nada en el cuello. Uñas recortadas. Muy escasas veces, zapatos de tacón. Maquillaje escaso. Y cuando no se pone lentillas, unas enormes gafas de pasta que le otorgan un aspecto de niña empollona de lo más tierno. Puedes abrazarla sin que de repente el mundo tintinee o cruja. Con todo, se ve lo que claramente es: Una chica joven. Una muchacha que además demuestra a cada minuto lo muy lerdas que pueden ser muchas otras. Cuando dicen que lo importante está en el interior, en realidad eso requiere un matiz; más bien hay gente que tiene algún interior, y otros cuya forma de pensar y ver la vida, está construida por completo con material ajeno. Es como si alquilaran constantemente su cerebro a los demás, como si dijeran: “Adelante, en mi cabeza podéis meter lo que queráis y yo actuaré en consecuencia”.
Caseros de su propia supervivencia patrocinada.
Noelia colecciona frases recurrentes. Las apunta en un diario que además me deja leer cuando lo lleva en el bolso. La frase recurrente número uno, utilizada en toda clase de contextos y situaciones es: “No tengo tiempo”.
Ésa es la respuesta por excelencia. La respuesta a cientos de preguntas. La respuesta socorrida que se lleva la palma.
¿Te gusta leer?
Es la respuesta a tu pregunta, hagas la que hagas, sobre todo si la misma conlleva más conversación o da pie a otras preguntas.
¿Quieres venir el sábado a patatín patatán?
Hazlo, dilo, la respuesta te salvará, demostrará que eres responsable.
¿Has visto la última peli de Fulanito?
¿Cómo podrías haberla visto?, eres un tipo ocupado, tienes cosas que hacer, así que dilo, suéltalo.
¿Sales a correr?
Por Dios, ¿quién tiene tiempo de hacer algo que no le apetece hacer? ¿Leer?, ¿Ir a patatín patatán el sábado? ¿Ver la peli de turno? ¿Correr? No conoces mi vida, tío, sostengo tantas pelotas en el aire, estoy demasiado ocupado estando ocupado, forjo mi futuro, sigo haciéndolo, mi interminable futuro; ya alimentaron mi cerebro cuando estuve también ocupado estudiando la carrera. Soy ocupación. No puedo detenerme por tonterías; tengo tanto que hacer y recortar y pulir y viajar… Tío. En serio. De verdad. ¿Por qué no eres como yo?

Todo ese esfuerzo trascendente y oficial, dice Noelia mientras caminamos por el callejón más oscuro que he visto en mi vida; jamás recuerdo haber pasado por aquí. Todos esos mecanismos de autorrealización, y sin embargo luego a todos les cae mejor el Joker que Batman…
Las fantasías sobre el Apocalipsis, dice, ¿a alguien no le va el Apocalipsis? Ya no veo nada en esta calle. Sujeto con fuerza la mano de Noelia. Es divertido ver a alguien hundirse en arenas movedizas en una peli, me dice; yo soy de las que quiere ver una ola gigante tragándose la ciudad. ¿Dónde estamos?, le pregunto. Más bien deberías preguntarme quién soy, murmura, o aún mejor: quién es mi padre. Nos detenemos y me abraza, me coge las manos y se las lleva al culo. Por debajo de las bragas, dice, las quiero por debajo de las bragas. No veo nada, digo, nada de nada. Eso es lo bueno, murmura, ahora me gustaría oír los pasos de alguien; o mejor, un gorjeo, ladridos, una voz ronca… Aquí nos van a atracar, o algo peor, susurro. Sé que prefieres una habitación anónima y con luz eléctrica, asegura sonriendo. ¿Que querías decir con que es mejor que pregunte quién eres? En Matrix, susurra, en Matrix la última ciudad humana estaba cerca del centro de la Tierra, donde aún hacía calor.
No podéis estudiar ni calcular la maldad para poder contrarrestarla, susurra. ¿Cómo? ¿No podemos? ¿Quiénes? Tienes razón, dice, es mejor olvidarlo. Olvidar el qué, susurro. Calla, masculla, qué más da, vamos a un hotel barato a follar…: todo el mundo saca tiempo para follar.

[Arriba, video de frutas. Abajo más desnudo. AQUÍ, blog del que me encanta cuando veo una actualización.]

B E S O

Estaba arrastrándome por el suelo de un bareto, o de mi casa, o haciendo demasiado ruido de noche por la calle. Estaba encantado de haberme conocido, en ese momento de autovejación en que llegas a disfrutar de estar tocando fondo; hasta te alquilas un pisito en el fondo y miras hacia arriba preguntándote de qué narices se enorgullecen todos esos tíos sobrios, todos trasteando en su Iphone y coleccionando “amigos”. Esos colecciona-asentimientos; «ahora estoy estudiando japonés por las tardes». Asentimiento. «Estoy yendo al gimnasio cuatro veces por semana». Asentimiento. (Sonrisita que intenta subrayar algún tipo de supuesta humildad. Asentimiento.)
Estaba lamiendo las botas de tacón de alguien ahí abajo mientras me masturbaba en mi patio de recreo personal. Y la dueña de esas botas me cogió la cara. A pesar de todo le gusté por algún motivo, y me metió la lengua en la boca en algún sitio oscuro en el que alternaban techno machacón con reggeaton de mierda. Obedecí como un buen sumiso hasta el culo de gin tonics, le cogí la cintura y ella me rodeó el cuello sorbiendo de mí. Llegué a pensar que aquello era una equivocación (suerte, mientras el error durara yo podía bebérmela). Pero al parecer, realmente era a mí a quien buscaba; cuando aún estaba digiriendo su saliva y seguía notando el cosquilleo de su lengua, tuve que arreglármelas para meter su número de teléfono en la agenda de mi móvil de principios de siglo. Ni tan siquiera cuando quedamos al día siguiente y me vio a plena luz y con cara de culo resacoso, se dio cuenta de que seguramente era un mal plan para ella.
Así que elegimos una mierda de película a una hora estratégica, y volvimos a comernos la boca durante dos horas.
Luego nos besamos hora y media más en algún tipo de bareto que yo no había pisado en mi vida. Cenamos y fuimos a una discoteca cualquiera y continuamos besándonos de ese modo en que te da igual molestar a quien esté al lado. Rompimos un par de vasos, alguien se metió con ella (con razón) y yo me enzarcé con el tío y nos echaron, y continuamos besándonos en su piso (el de ella). Incluso cuando estaba encima de mí y yo tenía que pensar en liebres atropelladas atufando en pleno agosto para no correrme, ella necesitaba seguir besando. No se despistaba, como mucho paseaba la lengua por mi cuello, dejaba ir un poco los dientes y volvía a meterse en mi boca hasta la campanilla.
Mis calzoncillos mojados siempre.
Llevaba como treinta horas en una nube de la que estaba apunto de llover esperma. Belleza real en la vida, nada de bebés ni amaneceres, nada de pisitos nuevos y ropa mona. Nada de esperanza que se acaba yendo cuando alguien con corbata tira de la cadena.
Belleza. Real.
Nos besamos (o más bien me besó) también todo el día que vino a la playa con mis amigos y así aproveché para presentarla a todos. Nos besamos (o la besé) toda la noche en que cenamos y salimos por ahí y ella aprovechó para presentarme a sus amigas.
Una tarde nos comíamos la boca y rodamos desde la cama hasta el suelo y acabamos en urgencias y ella con cinco puntos en la frente. Alguien nos invitó a una boda de las de estilo aparatoso, por la iglesia y con demasiados invitados. Nos la pasamos morreándonos; primero fuera de la iglesia, luego en el lavabo del sitio al que íbamos a comer. Por la noche, una discoteca, también en los servicios; ella me bajó la cremallera del pantalón y se puso de cuclillas, y yo acabé probando mi semen.
Me quiso besar haciéndonos un día una foto y casi resbalamos acantilado abajo. La llevé un domingo a casa de mis padres y la comida acabó con mi madre llamando con los nudillos a la puerta de mi antiguo cuarto para preguntar qué pasaba. Otro día en un japonés un hombre de otra mesa gritó la frase: «a ver, las guarradas en casa por favor». Durante la comunión de mi sobrina, mis padres y los padres de todo el mundo se reunieron en corrillo y nos miraban de reojo mientras nos lamíamos estando muy mal escondidos tras una… ¿columna? de la iglesia.
Durante el 11-S, ella solo se despegó de mí para ver la repetición del choque del segundo avión, dijo: «son terroristas…», y me mordió el labio inferior jugueteando.
Para inaugurar el piso que alquilamos decidimos darnos un morreo ininterrumpido de media hora en el salón (por llamarlo así); la única regla era tener siempre las bocas en contacto de un modo u otro. Estuvimos hora y media.
Nos besamos también en medio de esos intentos de record guinnes en los que la gente mueve los labios y la lengua procurando dar bien a cámara, como si besar tuviera que ver más con alguna clase de moda que con comerse a la otra persona.
Cruzamos el umbral de los tres años de relación celebrando el aniversario en un chino, a una hora en la que no había casi nadie (a esa gente casi le da igual que folles en el local siempre que pagues la cuenta).
Nos comenzamos a poner retos: ¿cuánto tiempo podíamos aguantar con los padres delante? El padre de ella nos echó enseguida de casa. Los míos se limitaron a irse a otra habitación -con cara de circunstancias- y poner la tele. Al cabo de media hora comiéndonos la boca en la puerta de un colegio, alguien llamó a un guardia. En una piscina pública el socorrista no supo decirnos por qué teníamos que irnos, por favor. En una iglesia a rebosar de gente en domingo -y relativamente escondidos- no duramos ni cinco minutos. Cerca de un parque infantil una madre nos espoleó a irnos «a la mierda», sus hijos no tenían por qué ver «eso»; nos despegamos, yo me encendí un cigarro y la señora llamó a la policía. En medio de un museo de arte moderno llegamos a aguantar veinte minutos, hasta que un señor de traje nos dijo: «hay familias, por favor». La siguiente vez que fuimos a casa de sus padres, nos encerramos en el lavabo y “el hombre de la casa” le dio patadas a la puerta hasta caer al suelo y darse un golpe en la cabeza. Tres puntos. Ella me dijo que se había corrido sin tocarse sentada en la taza mientras me la chupaba. En la siguiente comida de navidad pedimos perdón (o algo así), pero a ambos se nos escapó la risa y su padre nos echó otra vez y Ella se empeñó en que nos morreáramos en la calle hasta que nos vieran por la ventana.
Mientras nos besábamos sin parar mis padres se divorciaron, no volvimos a ver a los padres de ella en mucho tiempo y nuestros amigos ya casi nunca nos mandaban mensajes o llamaban. Todo el mundo cambiaba de pareja y hablaba sobre “salir adelante”. Nos comíamos la lengua mutuamente mientras los demás se daban palmaditas en la espalda y procuraban prosperar vía Apple. Pasábamos de la cama a los lavabos públicos a los pasillos a la casa de sus padres, y su padre nos volvía a echar; creo que llegó un punto en que el hombre ya ni sabía por qué estaba enfadado, pero consideraba de vital importancia el seguir estándolo. Con mis padres lo habíamos probado un par de veces más, pero no tenía gracia.
Una tienda de golosinas enorme y repleta de niños; duramos tres minutos (nos pareció mucho). En medio de la calle en un barrio residencial; la policía llegó en media hora. Por algún motivo era muy importante que los niños no vieran a nadie besarse más de un minuto o dos. En medio de una feria -siempre delante de la misma atracción- el feriante del túnel del terror nos insinuó que «asustábamos» a la gente que hacía cola. En medio de una rotonda; un policía vino al cabo de una hora y nos preguntó qué pasaba; dijimos que nada; nos dijo que si no era mejor elegir otro sitio para… Le dijimos ¿Para qué?; dijo: «Muévanse, venga, salgan de la rotonda». En un parque seguimos a un mimo, sin despegarnos; cuando el hombre hacía sus mierdas de mimo y alguna familia se detenía y nos veía a nosotros detrás, el show acababa rápido. El mimo acabó hablando. En nuestra boda por lo civil, la cosa acabó en una especie de mezcla entre ataque de risa y ataque de histeria colectivo cuando llegó el momento del beso y no nos separábamos. Mis padres -con sus respectivas parejas- salieron a la calle sin mirar a nadie. La madre de Ella sacó al padre, que renegaba mirando al suelo, y tan enfadado que escupía al hablar.
Un año después de casarnos hacemos otra intentona de ir a casa de sus maltratados progenitores y portarnos bien. Fracasamos. El hombre nos vuelve a echar. Además, esa tarde, cuando ya no estamos allí, tiene un infarto y se queda en el sitio.
Un mes después, por la noche, sueño que tengo una conversación con Dios (o alguien por el estilo). Él me pregunta que si creo que llevo una buena vida. Y justo cuando voy a contestar, despierto, con la lengua de mi mujer abriéndose paso por mi boca.

[En el video, el mejor videoclip que he visto en MUCHO TIEMPO. Abajo, esta vez sin desnudo femenino (lo cual me doy cuenta de que es un tema delicado, ¿dónde está la línea que separa lo artístico de lo “artístico”?, ¿o lo “artístico” de lo porno?). Supongo que acabaré poniendo la foto que sea siempre que la chica me guste, y me olvidaré de etiquetas o buen gusto… Hace poco he conocido a una geek célebre: Jessica Chobot (pillada casualmente en esta foto de abajo ejerciendo su vicio…).]