La autovía de los mil carriles

No ha sido una buena idea leer a Borges hoy. Miro a mi alrededor en la terraza, la chica no llega. Quince minutos de retraso ya. Según las fotos es perfectamente apta para un poster de taller mecánico. He visto su perfil sólo por encima, aficiones y demás; algún dato en cuanto a gustos musicales ha hecho que deje de mirar rápido. Me pica la polla (no el prepucio en sí, más bien la zona del perineo), siempre que hace demasiado calor me pica la polla. Me suda la espalda. El objetivo hoy es meramente superficial. La idea es la humedad subyacente en el deseo ancestral + caja de condones. No ha sido una buena idea leer a Borges hoy porque el plan de la jornada no casa con la profundidad, no al menos con el modo de profundidad que incluye el no quitarse la ropa interior. Cuando la muchacha llegue debo filtrar el pensamiento, convertirlo en «normalidad». La mayoría de gente arruga el ceño si tienes más de un punto de vista sobre cualquier tema. Si dudas. El objetivo es saber bien qué ruta ha cogido la chica en la vida, salir de mi camino lleno de trampas y acompañarla al menos esta noche. Y sospecho que su ruta es la de la autovía de los mil carriles. Ovejas con carnet de conducir. El canto del loco.

Es tal y como la imaginarás. El resultado de una genética afortunada, ese moreno que hace que tu dentadura parezca más blanca de lo normal, pelo largo (no importa el color, no suele ser el natural), ese tipo de peinado que te hace pensar en muñecas y prostitución. En su cara: Varias tardes en busca de cosméticos. Esa clase de escote en el que quieres hundir la nariz. Piernas entre las que quieres estar ahora. Sandalias de talón alto, uñas de los pies rojas. Y todo parece indicar que, cerebro de diseño. Otra buena chica salida de la cadena de montaje de las buenas chicas. Otra persona educada en la “humildad” teledirigida. Un coche de scalextric que de vez en cuando se sale del circuito, pero sólo sin querer (rebeldía con horarios). Sentimiento de culpabilidad femenino adaptado al machismo más puro. Un interior ideológico, sospecho, formado por la peor clase de “sutil” conservadurismo. Un móvil al que sólo le falta satélite propio. Bolso: Una tarde entera de tiendas, quizá dos. Sus tres últimos estados en Facebook: “¡Hoy cena de chicas!”, “Recién llegada del curro, y muy cansada…”, “Día de lluvia, tarde de peli :D”.
Habla de su trabajo todo el rato. De sus horarios. Desarrolla anécdotas de oficina que acaban indefectiblemente con un resoplido. Es esa clase de vida que te deja tan agotado que cuando tienes tiempo libre te pasas la mitad del mismo pensando que estás agotado, y que ya mismo tendrás que volver a hacer eso que hace que estés agotado. Eso que hace que un cubata sea casi un símbolo de la felicidad profunda en nuestro mundo. Lo que convierte una discoteca oscura y ruidosa en sinónimo de libertad; porque nadie te manda allí dentro, allí no tienes por qué hacer nada. Emborracharte hace que dejes de pensar en lo que te agota, o al menos deja de importarte durante un rato. Entiendo perfectamente a la chica; pero esa es justo la clase de vida que hace que dejes de aprender y profundizar en la misma aproximadamente a los trece años.
Entonces te unes a la autovía de los mil carriles. Sales adelante. Vas tirando. Y la autovía es tan ancha y hay tantos como tú, que te sientes arropado, no eres un idiota porque toda esa gente te acompaña, todos hacen lo mismo. Son honrados, luchan. Poco importa si hace años que dejaron de tener curiosidad o ilusiones. Da igual si la felicidad ya significa simplemente no tener un accidente de coche. No importa si lo que queda de vida ya es una especie de domingo por la tarde alargado hasta la muerte. Hay tantos coches…, es un mar de coherencia y sentido común en la autovía de los mil carriles, eso dicen; porque todos vamos a una, todos hacemos lo mismo y por tanto eso es lo que hay que hacer. Nos damos palmaditas entre nosotros al parar en una estación de servicio. Follamos para aliviar el dolor que esconden tan a menudo nuestras sonrisas. Apoyamos con la boca pequeña creencias increíbles para no dejar de creer en la vida después de la muerte, otra vida que -por favor, por favorcito- no se parecerá a ésta. Llenamos el coche de gasolina otra vez. Volvemos a follar si podemos.
Porque follar es fácil, es el alivio instantáneo. No es de extrañar que los fanáticos religiosos carguen siempre contra la marcha atrás, el condón o los anticonceptivos. Es como si en la creación se hubiesen decidido ya las sagradas bases del juego, de la vida, y con el tema de la procreación nos hubiésemos librado. Es como si hiciéramos trampas. Quizá la forma en que luego se intentó compensar esa falla organizativa fuera incluir el amor en la ecuación. Eso indudablemente complica las cosas. Meter en el mismo saco sexo y amor podría haber sido la última apuesta de nuestro Señor. Porque es obvio que si Dios existe es cruel. Por eso he quedado hoy con la chica del poster; no se trata tanto de relacionarse como de huir. Lo bueno es que el tiempo pasa, las ideas cambian, y si te adentras en la autovía de los mil carriles ahora, te darás cuenta de que hay tanta gente circulando ahí que cada vez los hay más que están dispuestos a disfrutar sin pagar peaje; cada vez hay más “irresponsables” que paran para hacerlo en el asiento de atrás en cualquier sitio. Hay quien dice que la mujer es la mayor creación de Dios; pero si Dios es un cabronazo tal y como queda reflejado en el sentido común y los libros de historia, está claro que la mujer es su mayor error. De hecho, seguramente la mujer es la mejor prueba palpable de que Dios no existe.

Olvida las metáforas. Quizá. Vamos en coche. Ella conduce. Dice que le quedan algo así como mil años y trillones de horas extra para acabar de pagarlo (el coche), pero aun así lo trata con bastante brusquedad. Saca la cabeza por la ventana y grita que tiene las bragas mojadas. Metáfora o no, vamos como a cuarenta carriles del arcén derecho. Somos tantos que no puedes avanzar a más de treinta por hora. Nada de viento en la cara, nada de “el placer de conducir”. Piensa más bien en cuando tu madre te daba de crío una bolsa de plástico para que mearas estando en un atasco. Siempre de camino. La felicidad está en el camino. Palabra de Dios. La chica me sonríe porque está borracha. Somos jóvenes y necesitamos ocupar nuestro tiempo libre con nada. Ya hacemos lo suficiente en el trabajo, aunque en realidad odiemos nuestro trabajo. Nuestro trabajo porque nuestra carrera “tenía muchas salidas”; ahora no sé si se referían a las tías a las que podías haberte follado por aquel entonces o si de verdad hablaban de felicidad. Ahora creo que realmente solo hablaban de esto, la autovía de los mil carriles. La felicidad está en el camino, o más te vale. La muchacha me pide que le sujete el volante, saca la cabeza otra vez por la ventanilla, esta vez para vomitar… Los coches de alrededor hacen sonar el claxon. Por algún motivo. Quizás simplemente por tenerlo a mano. La tía mete la cabeza y ahora todo huele a vodka y jugos gástricos. Le digo que quizá sea mejor pillar la siguiente salida, que salga a caminar y le dé el aire. Hace que no con la cabeza. No-no-no-no-no. Dice que ya estamos llegando. Sin duda era un día de mierda para leer a Borges. Le pregunto que a dónde estamos llegando. Y se ríe en mi cara. Su aliento oliendo a vomito, el olor asociado a haber pasado un buen rato en nuestra vida. Olor a descomposición. La idea de que se siente en mi cara ya no es tan atrayente como hace dos horas. En serio. Hasta la idea del sexo puede corromperse; incluso en una mente masculina. Todo es un mar de luces traseras; de luces de freno. Pasamos al lado del coche de un señor realmente mayor. Aquí mi pareja sexual de hoy, saca la mano y le saluda con vigor. El hombre nos mira, y a la mínima oportunidad cambia de carril, se aleja. Le pregunto a mi ligue que si está segura de saber a dónde vamos. Vuelve a reírse. ¿Tú lo sabes?, me pregunta, y lo hace gritando. Por mi lado pasa un coche lleno de niños. Como cuatro o cinco críos. Me gritan que han visto un accidente, que si yo lo he visto. Uno de los críos sangra por la nariz. Desvío la mirada. ¡En el carril veinte!, grita la chica a mi lado, ¡dos muertos! ¡Dos muertos a treinta por hora!, grita, y se ríe con tanta fuerza que cabecea el claxon dos veces. Algunos coches se contagian y también tocan el claxon, y mi ligue circunstancial ríe aún más fuerte. Le digo que si aún está mareada; me dice que no disimule, que el rollo de verla vomitar me ha puesto cachondo. Me cuenta que hasta la chica más mojigata contrae la vagina mientras vomita, y que si en ese momento tiene un pene dentro, el tío que sea puede conseguir el orgasmo de su vida. Seguro que pensabas en eso, me dice, arrastrando las sílabas. Sílabas de borracha. Y le digo que se deje de mierdas, que pare donde sea, que en ese sitio, en esa terraza nos han echado algo en la bebida. Está clarísimo. ¿Eso quiere decir que no se te va a levantar?, susurra, y me pone una mano en el paquete invadiendo el carril contrario.
Porque no estamos en una autovía inmensa ni vamos a treinta por hora, y un camión viene de frente. Cojo el volante y meto el coche en nuestro carril de golpe. Ella se ríe con esa risa de borracha, otra vez. Ella disfruta del camino. Nuestros esfuerzos se centran en los motivos por los cuales ahora necesitamos estar borrachos. Ponemos a prueba nuestros límites. ¿Hasta qué punto puedes esforzarte y exprimir tu físico y tu mente en algo que te es indiferente o hasta insoportable a largo plazo? La chica ahora coge un desvío. Por algún motivo (alguno entre cientos) rompe a llorar. Es sábado noche. Ya no queda tanto para volver a alimentar nuestro ansia de desconexión. Una vez leí que un tío no podía tragar líquido ni sólido por una infección de garganta, y a resultas se emborrachó vía intravenosa o algo parecido. El trabajo da la dignidad, dicen. El tío murió al ingerir no sé cuántos litros de Ginebra. Me extrañó el hecho de que no se especificara de qué vivía el hombre, a qué estaba dedicando su vida para después necesitar emborracharse a cualquier precio.

Al final la tía sí sabía a dónde iba. Un hotel cochambroso. Pensado para vidas paralelas, deslices matrimoniales, choques frontales contra la existencia y demás metáforas más bien poco originales para hablar de sexo y suicidio. La colcha de las camas es como plástico al tacto, y no es gratuito. Si el conserje o quien sea oye un disparo, llama a la policía y prepara los productos de limpieza. A veces, si el tipo que pide la habitación tiene la suficiente pinta de acabado, el conserje llama sin esperar a la policía y lo prepara todo mientras el desgraciado que sea sube las escaleras con la bolsa sospechosa de turno. Es otra cabeza llena de ideas fracasadas que se van a escapar por el orificio de salida…, y eso lo va a tener que limpiar alguien, todos esos planes para ser feliz estropeando otra moqueta.
Gracias a Dios la ducha que hay en la habitación es practicable. La muchacha, sólo entrar, se deja caer en la cama. Esa especie de plástico resbaladizo hace que se deslice y caiga en el suelo al otro lado. Se oye un quejido. Y luego risas. Sería horroroso estar aquí con ella si no fuera porque puedo compararlo con volver el lunes al trabajo.
Al final consigo arrastrarla hasta la ducha. El efecto de lo que sea que nos metieran en la bebida ya se está pasando. Al entrar en la habitación tenía la sensación de que las mesillas que flanquean la cama tenían ojos y boca. Como emóticons-mesilla. Me estiro en la cama mientras esa mujer de la que ni recuerdo bien el nombre se ducha o se queda inconsciente bajo el chorro y luego tengo que ir a sacarla del baño.
Al final no pasa nada. Sale con una toalla liada sobre las tetas, y parece algo avergonzada. Le digo que voy a ducharme yo también. Ella lleva condones, yo llevo condones. Me sigue picando la polla, necesito agua fría, sentirme más como un ser humano y menos como una patata frita…
Luego, cuando ella está encima de mí, aún con el pelo mojado ambos, cuando mueve el culo con mi polla dentro y parece sorprendéntemente enérgica y reestablecida (ella, no mi polla; aunque a mi polla no le pasa nada), entonces pienso otra vez en todo. Todo. Las paredes vaginales suelen darme una suerte de lucidez superior; además añaden un componente de desdramatización. Nada parece tan amenazante ni deprimente durante el sexo. Parece que las cosas puedan arreglarse de verdad. Que nada puede ser tan malo como para no poder afrontarlo. Hasta la chica que me cabalga -unos minutos antes no apta ni para quedar otra vez con ella para echar un cortado- ahora parece una buena opción hasta para la convivencia, una buena tía a la que querer y mimar. Alguien de quien enamorarse y por quien sufrir. Una mujer con la que envejecer. Esta es la mejor parte -quizá la única parte buena de verdad- de la autovía de los mil carriles. Ahora ella arquea la espalda y me pide que me corra. Llega la luz blanca que no lleva a la muerte. El error de planificación de Dios con final feliz.

[Arriba, en el video, concierto de hora y media de Radiohead en Glastonbury (2009), que para lo que me gustan pocos videos he puesto de ellos. Abajo, más desnudo, y si eso… DESAPAREZCA AQUÍ.]

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6 comentarios en “La autovía de los mil carriles

  1. Te voy a comentar antes de ver el video, porque el video me lo voy a ver entero. Amo a Thom Yorke, es un amor platónico y para nada carnal, pero le dejaría que me chupara las tetas si me dedicara una canción a media voz… ains
    Vale, a lo que iba, el relato es impactante, esa manera de transcurrir la vida de unos adolescentes jodidos ya desde pronto, no has dejado ni un poro por descifrar o diseccionar, me gusta. Y si, el sexo hace que todo se vea más apacible, que merece la pena, lastima que en el porcentaje de la vida, sea una de las menores (en tiempo) partes.
    Esta chica debería tener mas cuidado al coger el coche, que ya sabemos que es una frase hecha esa de “si bebes no conduzcas” pero probablemente no habría muerto mucha gente si la hubiesen hecho caso.
    Definitivamente no ha sido tan mala idea leer a Borges, quien sabe si no y no habría contado de esta manera la historia nuestro protagonista….
    Besos puto Dios de las palabras, que jodidamente bueno eres ¡coño!
    (Es que hoy estoy borrica, ya ves)

  2. (…) El velo se rasga: ese velo es la imagen que el pensamiento se ha formado de sí mismo y que le permitía soportar su propia duración. Se creía, se decía: el pensamiento es bueno (como prueba: el buen sentido, del que tiene el derecho y el deber de hacer uso); el pensamiento es uno (como prueba: el sentido común); disipa el error, amontonando grano a grano la cosecha de proposiciones verdaderas (la bella pirámide, finalmente, del saber… ).

    Pero he aquí que: liberado de esta imagen que le une a la soberania del sujeto (que le “sujeta ” en el estricto sentido de la palabra), el pensamiento aparece, o mejor dicho, se ejerce tal como es: malo, paradójico, surgiendo involuntariamente en la punta extrema de las facultades dispersadas; obligado a arrancarse sin cesar de la estupefaciente estupidez [bêtise]; sometido, obligado, forzado por la violencia de los problemas; surcado, como por otros tantos relámpagos de ideas (en tanto que agudas) y oscuras (en tanto que profundas).

    (M. Foucault)

  3. Nada tiene sentido ni aunque te opriman esas paredes vaginales pero no importa, durante esos instantes tan agradables parece que sí, que lo tenga.
    Por otro lado no podía dejar pasar la ocasión fugaz en la que se rompe una pequeña lanza a favor de que la sexualdiad masculina no es tan todoterreno. aunque esa sensación dure poco, que somos todoterreno, también hay límites y hasta capacidad para el asco por más que el San Benito de cerdos no nos lo quita ni Dios. Esa hermosa chica del coche me resulta excitante hasta que comienza a enseñar sus jugos gástricos. Pero en fín, al final siempre gana la polla.

  4. Estaba pensando que gracias a esos momentos de indulgencia postcoital (o coital a secas) de los que hablas, hay un montón de parejas desmañadas que entre cortados y cubatas se soportan a duras penas. Algunas (las idealistas, supongo) para tener algo en común un día tonto deciden olvidarse de los condones y lanzan al mundo una mezcla explosiva de genes y prejuicios a la que le picará la polla o el coño y a los 18 se sacará el carnet de conducir. Bravo. Otro coche más en esa autovía infinita. Esto es el caos.
    Mira que me gustan los finales felices, pero cuando alguien menta al canto del loco…

  5. Yo pensé que se cogía solamente para aliviar el dolor de huevos con que uno se levanta todos los días de la puta vida, sin embargo vengo a descubrir un más elevado propósito. Bien, debo reestructurar algunas cosas…
    Con el susto que me llevaría manejando borracho y al límite, creo que no se me pararía ni con un crique (léase gato o grúa pequeña), lo que sea.

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