Coco

Coco, dice la profesional, déjame llamarte así; eres una mujer fuerte, de verdad, una mujer preparada. Coco suspira. Fuerte, murmura Coco, fuerte-fuerte-fuerte…: mi padre era mucho de eso, muy fuerte…, se pasó la vida currando y solo consiguió… pasarse la vida currando. Y bueno, murmura, también una hernia. Encima estaba enamorado de otra mujer, y mi hermana y yo siempre nos sentimos culpables de su infelicidad. De su infelicidad y su fortaleza. Su fortaleza para aguantar el hecho de que era infeliz casi todo el tiempo. Para soportar a los imbéciles que utilizaba como confidentes diciéndole que podía cambiar las cosas. La vida ya amueblada. Sin ocasionar daños irreparables. Para mí, murmura, mi padre era fuerte, pero para otros era un cobarde; para los mismos que dicen que una relación hay que trabajarla y no solo disfrutarla; que hay que aguantarla, alimentarla, despojarla de sueños colaterales, otros caminos, otras personas. Esos realistas que hacen filosofía y a la vez te arreglan la vida… y al final solo son unos hipócritas cagados como la mayoría de la gente.
Coco, dice la profesional, ¿podrías dejar de mirar por la ventana y mirarme a mí para variar? Coco se toquetea las manos, la manicura perfecta. Con todo respeto, dice, usted no es para tanto…, el paisaje está bien, usted solo es una mujer…; una mujer con una pared llena de diplomas detrás…: Y yo ni siquiera soy lesbiana… no lo soy. Coco cruza las piernas, las piernas suaves y sin un solo pelo, morenas, adaptadas, fotografiables. La ventana está bien, asegura, me gusta mirar por las ventanas: dan ilusión de libertad.
De golpe, un sonido histriónico. La profesional contesta brevemente al teléfono. En susurros.
Las ventanas…, murmura como ida Coco, con según qué ventanas solo tienes usar una y se acabó…; le dan un nuevo significado a todo ese rollo pseudo-inteligente de «dar el paso».
Huele a flores, o a una suerte de aroma floral: un olor indefinido, “colorido”, artificial.
No es bueno que sigas por ese camino, dice la profesional.
La oficina es amplia, una estancia típica en la sede de Prectecnotimes de Periferia Microsoft. El paisaje suele ser gris al estilo británico. Como mucho, verde polución al estilo humano. Coco tiene la cara redonda, suave, la nariz pequeña, heterocromía en los ojos (verde/azul), pelo lacio castaño hasta los hombros; es un prototipo de mujer que no debería tener una baja autoestima en un mundo aún entregado a lo visual; la dictadura de la superficialidad estética para ella solo debería suponer una ventaja vital. Lo suyo, hablando en plata, debería ser parpadear, sonreír, caminar con gracia, y conseguir el trabajo o el polvo o la relación, todo eso sin tener que hacer esfuerzos titánicos por derribar prejuicios ajenos cebados por la apología humana constante de cualquier tipo de patrón.
Las tetas de Coco. El culo. Manos lo suficientemente pequeñas para no parecer jamás garras. Manos femeninas y suaves de ese modo en que sabes que jamás han manejado maquinaria pesada o apilado ladrillos. Es guapa, particularmente guapa, de esa forma en que ni un fotógrafo acompañado de un ejercito de estilistas podrían hacerla parecer anodina en una foto de marquesina. Tendría que ser un cabronazo que la odiara el que la estropeara con photoshop.
Coco se estira en la silla. Se despereza. De un modo casi infantil. Son las nueve de la mañana. Periferia ha amanecido bulliciosa y fría; lo más cálido que puedes esperar de ella. Su arte moderno, su tecnología, sus profesionales. El nuevo Londres, según algunos.
No me gustan las gafas que me han dado, dice Coco de repente. ¿Las gafas?, murmura la profesional. Sí, esas gafas de pasta enormes que ahora nos hacen llevar a todas en la empresa. Coco rebusca en su bolso a sus pies. Saca las gafas y se las pone. La enorme montura negra hace que su nariz se vea aún más pequeña, su cara parece retrotraerse a una Coco de cinco años. Las gafas infantilizan, casi pornográficamente. Hacen que encaje con palabras como Mona, Nena, Niña, Encanto, etcétera. Me siento como si alguien me tuviera que traer los plastidecor cada vez que me las pongo, dice. Tú no eres así de superficial, asegura la profesional, ¿qué importan las gafas? La profesional dice que si se las deja puestas se acostumbrará a ellas.
Coco, pues, se doblega por primera vez hoy, hace caso. Arruga la nariz y entorna los ojos intentando verse a sí misma, disconforme. Y vuelve a mirar hacia la ventana.
Los informes dicen que tu rendimiento no ha bajado, parlotea la profesional hojeando un dossier. Pero me han dicho que hablas con una persona… Que hablas más con esa persona que con otros compañeros… Y que esa persona es un hombre… Coco hace que sí con la cabeza, casi de forma imperceptible. ¿Me escuchas, Coco?… Coco arruga la nariz, sus gafas grotescas enfocadas hacia la ventana, las manos juntas. Lleva el uniforme de secretaria de diseño actual, de una pieza, sin mangas, falda por encima de las rodillas, zapatos de tacón alto, nada de medias. En una reunión de la junta estuvo a punto de decidirse añadir a la indumentaria un pañuelo al cuello. Se acabó desechando por hacer que todas parecieran azafatas de congresos para eventos puntuales, y no secretarias en una empresa seria y de prestigio.
Coco dice que es verdad. Que habla con un hombre. Un tipo, qué más da. Alguien. Que eso no debería ser relevante si el rendimiento no ha bajado. Sus piernas se descruzan, se acomoda en la silla, las vuelve a cruzar. Parpadea. Mira un momento a la profesional y luego otra vez hacia la ventana. Algún vehículo de carga va marcha atrás abajo en la calle; se oye ese característico pitido. La profesional dice que es verdad, que como ha dicho, Coco no tiene problema con su rendimiento. Pero el tipo sí. Ese hombre, dice, ahora parece desquiciado. Coco tiene que saber, dice la profesional, que ese hombre antes era un ejemplo a seguir en Prectecnotimes, y ahora ha tenido que coger unas vacaciones. Unos días para centrarse y volver a ser el de antes.
Varios trailers siguen entrando abajo en la calle en la zona de almacenes de Pretecnotimes. Todos esos pitidos constantes apagados suben veinte pisos y atraviesan a duras penas el cristal. ¿Son los trailers los que pitan?, pregunta Coco. No, murmura la profesional, son las carretillas que descargan los palés de los trailers.
Coco se quita las gafas. Las guarda en el bolso. Nos soporto llevarlas, murmura, ni tan siquiera tienen cristal. Se levanta de la silla y se acerca más a la ventana. Cruza los brazos. La profesional respira pesadamente. Se levanta también de su silla. Camina y se acerca mucho a Coco. Coco la mira. La profesional derrama lágrimas que bajan hasta su barbilla y hasta gotean. Le dice a Coco que va a tocarle la cara, que no tenga miedo. La mujer pasa la mano derecha por la mejilla de Coco. La mira muy de cerca a los ojos. Cariño…, murmura, no sabes cómo me duele esto. Abajo siguen los pitidos, el movimiento, los distintos tonos de gris. Todo en Periferia parece más o menos gris, incluso los colores más vivos. La profesional dice que ella no decide las políticas de empresa. Ella solo es una mandada. Respiración profunda. Una bisagra. Respiración profunda. Una pieza minúscula del mecanismo. Pitidos. Pitidos. Pitidos… Coco mira a la profesional, arruga la nariz, como consciente de lo que pasa sin saber nada de lo que pasa.
La profesional se sienta en su silla tras el escritorio. Coco sigue atisbando ahora por la ventana. La profesional dice que no está de acuerdo con el proceso para eliminar partidas defectuosas. Dice que ella esto de tener que hablar y dar explicaciones a las Coco le parece cruel. Pero no le queda más remedio.
Pitidos. Pitidos. Pitidos…
Profesional cuenta por qué hay ciertos libros que las secretarias no pueden leer en la biblioteca de la empresa. Dice que Coco no tiene recuerdos ni familia. Que todo eso son ideas de “humanización” para mejorar el rendimiento laboral. Si hay un motivo para trabajar, aunque sea ficticio, eso añade un factor de ilusión. La mujeres humanas comen, dice, hay un comedor especial para ellas en un sótano del edificio. El proyecto Coco tiene tres años, explica. Tú, cariño, eres el modelo Coco B-342.
Coco no deja de mirar hacia la calle. Murmura que ella no sabía por qué por las noches no soñaba nunca. Dice que está algo confusa. Ahora se da la vuelta y mira a la profesional. No tienes hermana, le dicen. No tienes pasado. Por las noches no duermes, eres almacenada. Ese tío, ese hombre con el que hablabas, se enamoró de ti, dice la profesional. El problema, argumenta, es que aún no se ha dado con un modelo de secretariado cyborg cuyo nivel de autoconciencia solo vaya enfocado al trabajo, y no también a los humanos. Las Coco no os podíais sentir alicaídas ni despertar sentimientos en vuestros compañeros de carne y hueso. La profesional se levanta de su silla. Tenías que sentirte realizada, pero sólo para con la producción, dice. Tenías que creer que eras feliz; no ser feliz de verdad. Ni entristecer de verdad. Ni ser de verdad.
Pitidos. Pitidos. Pitidos…
Se ha encargado una nueva partida de secretarias, otro modelo, dice la profesional. Creí que podría salvaros a algunas de vosotras, solloza. Lo de las gafas era una última prueba que os han puesto. Absolutamente todas os habéis revelado en mayor o menor medida. Lo siento, dice, lo siento mucho…
Dice: Hoy os desactivarán.
La habitación queda vacía sin los lloros de la profesional. Se ha ido como una exhalación después de dar la buena nueva capitalista. Los ojos de la secretaria siguen secos. Su hermana se pelea con ella en su mente en una bañera. Son muy pequeñas. Son mentira. Su primer amor, el sexo… nunca ha tenido sexo. El año 99. Aquel año tan genial para ella. Quizá estaría bien conocer al ingeniero que ideó ese recuerdo.
Coco acerca su silla hacia la ventana. La abre. El murmullo de Periferia. Pitidos, los pitidos aún más presentes. Se sube a la silla. El aire a esa altura es constante, azota con energía. El modelo B-342 sale con cuidado y camina por la cornisa. Desde abajo no parece tanta distancia. Coco se pregunta si sentirá algo humano cuando impacte contra el suelo.

[Arriba, temazo de Radiohead en una de esas grabaciones donde los grupos de verdad lucen de verdad (lástima que la grabación entera de 55 m ya la han censurado en Youtube). Abajo, el producto de dos tíos chateando; de repente alguien me pasa cierta galería de fotos de cierta muchacha con propensión al exhibicionismo. Y entre las fotos, me encuentro esta de abajo. Y no encaja… ¿Quién es él?, ¿su abuelo?, ¿un salido que ha coincidido con ella en alguna “fiesta en el jardín”? Mi teoría es la del putero. Tío con pasta. 5000 euros por pasar un fin de semana con ella. Y si eso… DESAPAREZCA AQUÍ.]

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9 comentarios en “Coco

  1. Coco no debería tirarse al vacío, debería tirarse al secretario humano, debería huir de la puta empresa y recluirse lejos, vivir una vida siempre y cuando su organismo se lo permita. Coco no debería morir, o ser aniquilada, exterminada, desconectada, no creo que se lo merezca. Estos de Pretecnotimes son unos capullos que juegan a ser Dios. Menuda gilisoplapollez eso de que llore la sicóloga, amos no me jodas, ni que de verdad le importara la puta bot que tiene delante, me parece una interpretación en toda regla, pero vaya que no debería dejarse retirar del mercado.
    Se que el texto ha terminado, se que no tiene una segunda parte, pero yo en mi mente se la pondré, porque en vez de estamparse contra el asfalto, la veo trepando cuesta abajo para ponerse a salvo.
    (Hoy tocó comentario reivindicativo, já)
    Radiohead, simplemente perfectos, me pierdo entre sus acordes y ruidos encriptados.
    La foto, ya te vale, a saber que clase de conversaciones tenéis dos hombres con respecto a fotos exhibicionistas, eso es para verlo ¬¬
    Besos de miércoles noche mi chico.

  2. ¿De verdad nunca has fantaseado con la idea de que un día alguien te diga que eres un cyborg? ¿O el protagonista de una especie de “Show de Truman”? Yo paso temporadas obsesionada con la idea, unas para bien, otras para mal. No sé cómo se será más feliz, si es que se es…

    1. Lo del show de Truman sí lo he pensado alguna vez. A veces ves a gente y ves cosas que parecen planeadas, como si hubiera extras y hasta decorados. Y qué grande es esa película, joder; Jim Carrey sólo por esa y “Eternal sunshine of spotless mind” ya tiene todos mis respetos para siempre; ya quisieran muchos tener dos títulos así en su carrera (y que haya gente que todavía le vea solo como el idiota de las muecas… qué perra es la vida…)

  3. Sheldon Cooper de Big Bang theory le pregunta una vez a sus amigos que si alguna vez se supiera que son Cyborgs les gustaría saberlo. Creo que la mayoría de respuestas era que sí. A mí me daría igual. Si siento siento sea cyborg o no. Incluso los productos más artificiales están hechos de previos productos naturales que puedes encontrar en la naturaleza, aunque luego se mezclen en compuestos. Esta chica me recuerda a un robot de Asimov que tiene un sueño y su psicóloga le vuela la cabeza de un rayo láser para que deje de hacerlo(para que deje de hacerlo todo, el sueño es el principio de la rebelión). Coco, como cyborg, es más humana y ya lleva la autodestrucción dentro, no necesita un rayo ajeno. Si me permites apostar por lo que no está escrito yo he respondido que sí, que al estrellarse contra el asfalto se sentiría humana. Humana una vez y no queriendo llevar gafas de pasta, humana siempre.
    Radiohead bien gracias, cómo no. I love this.

  4. La verdad como la conoces es mentira, enorme espejo has puesto. Amo el final 🙂
    Muy buena la revista y último artículo que publicaste.
    En cuanto a la foto de abajo, el oso que le agregaron tiene un significado en particular. Además, agregaron el fondo.

  5. No esta mal, pero creo que eso del bot es demasiado inesperado. Tu tono al escribir lo compensa todo. No tiene gran importancia, queria comentarlo. Saludos desde mi insomnio.

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