Archivos Mensuales: septiembre 2011

Un millón de cigarrillos después

Llevo media hora bostezando como un idiota. Este es el trato y yo lo acepté. Solo es un cortometraje, pero el director está haciendo que el proceso se eternice. Además, de algún modo, ha reclutado a una modelo de Victoria’s Secret para cierto papel. Creo que ha aceptado bastante engañada. Aun así, va de un lado a otro del set, sonriente, y hasta desconcertando y haciendo que muchos se ruboricen.
Yo acepté mi papel durante una borrachera de las patéticas. De esas de ir ya como una cuba con dos chupitos. El director me dijo que el actor que tenía firmado, al final se rajaba. Yo le dije que a mí no me mirara, no soy actor. Él dijo algo sobre un poco de pasta. Yo dije ¿qué?, él dijo una cifra, yo dije “vale, sí”. Y luego vomité la cena justo en frente de una mesa llena de chicas que estaban engullendo los postres.
Dos de ellas también vomitaron; sus diademas-polla cayeron al suelo, pringándose.
Luego le dije al director que no, yo solo era el guionista, y él dijo en voz alta otra cifra. Estábamos borrachos, a mí en realidad me daba igual intentarlo o no, y a nadie le importaba un carajo.
Bostezo largo…
Esto va de esperar. El director se llama Sergio y es de esos tíos que tienen contactos. Yo escribí una historia corta sobre una pareja que se besaba sin parar. La idea para el corto, era que la pareja no se despegara, el plano se fuera abriendo y cerrando, y el decorado cambiara; algo como: los personajes se besan en el bar donde se conocen, el plano se cierra en el beso, y al abrirse están besándose en un parque, etcétera. Hay que narrar la historia sin diálogos. Es todo pura técnica, pasta, pero un concepto sencillo. Algo que alguien con cabeza podría narrar en cuarenta segundos para un spot televisivo, pero para lo cual aquí el amigo Lynch 2.0 necesita como diez putos minutos.
El guión es pura burla, algo como: Bar: beso. Parque: beso. Cama: beso. Comida con los padres de ella: beso delante de ellos. Comida con los padres de él/yo: beso también. Y así todo el tiempo, toda la relación. La ocurrencia cabe en un post-it.
Pero yo no tenía previsto comerme con patatas ningún rodaje. Yo sólo lo escribí.

Aquí el señor Kubrick de garrafón se cree que le nominarán para los oscars como cortometrajista…, va de un lado a otro, rascándose la cabeza.
Bostezo furioso.
Estoy sentado, apoyado en una pared. La muchacha de Victoria’s Secret viene dando saltitos y se me acomoda en el regazo. Estoy a punto de quemarla sin querer con el cigarrillo. Me habla con su español con acento de Oxford. Tiende a ser muy sobona. Lo cual no me parece mal. Aunque resulta extraño; dejé de considerarme moderadamente atractivo hará unos veinte kilos y como un millón de de cigarrillos.
Es una situación surrealista. Llevamos siete días morréandonos rodeados de gente. A veces, el director quiere repetir las tomas tantas veces que ni tan siquiera nos separamos. El primer día no hubiera podido dar una opinión objetiva sobre si disfrutaba o no con tanto morreo. Pero ahora ya son tantas horas de beso, que en algunas tomas tengo que hacer verdaderos esfuerzos por controlar la erección.
Es cruel. Como si te gustan los coches y te dejan conducir un rato alguna máquina fuera de tu alcance. Y luego te la arrebatan.
Debe ser algo muy parecido a la definición de la prostitución de lujo.

La muchacha en cuestión se llama Kimberly. Es lo más humanamente parecido a una nube neumática color rosa que huele a perfume todo el día. Es rubia de cuerpo entero, y su cara redonda debe ser la misma que cuando era niña. No mea ni caga, y ahora puede tener como 19 años. Aunque teniendo en cuenta mi tino para las edades femeninas, igual tiene 25…
Hay un tipo que suele aparecer por el rodaje, y que creo es su representante. El tío suele mirarme mal. Diría que no es su novio. No les he visto intimar lo más mínimo, y quizá sea la única persona a la que Kimberly no ha abrazado o besado al menos en la mejilla aquí.
Mientras la chica me dice al oído algo que no entiendo, asiento sin parar. Sonrío con moderación.
Y, dada la extraña confianza que tenemos, le pregunto al fin su edad.
18 años, dice.
Abro los ojos como platos y ella sonríe. Cuando sonríe, es como el sol con tetas arrasando la Tierra. No responde demasiado a ese perfil de delgaducha sometida a los imperativos de la moda cara. No te la imaginas vomitando después de las comidas. No tiene lo que se dice un aspecto enfermizo… Ya puesto, le pregunto quién es ese tipo que me mira mal (ahora lo está haciendo). Ella me confirma que es una especie de representante. Me lo define con la palabra «chupasangres». Me cuenta que a ciertas agencias no les hace puta gracia que sus chicas se echen novio. A algunas les da por colarse de algún imbécil insípido con mi perfil, y en lugar de seguir siendo esclavas cool, hacen por centrarse en sus estudios, rechazan trabajos, o hasta dejan la profesión para ser “personas serias” y toda la pesca. No puedes pasarte ni quedarte corta, me dice; no puedes hacer algo más que follar ocasionalmente y desfilar. No puedes irte de la olla y decidir dedicarte al porno. Lo que quieren las agencias y las marcas, es mantenerte en el rebaño de tías buenas mientras sigas siendo una.
Ahora, una mujer en pantalla o en fotografías de catálogo, suele ser más una niña que una mujer. Todo eso me dice. Para la moda o el cine, una chica de más de 28 o 29 años, ya no solo no es joven; es que quizá ya comience irremediablemente a hacer papeles de madre. Y después, a salir en esas webs en plan “¿Qué fue de…?”.
Lo peor, me dice, es que muchas chicas de la vida real se lo creen. Creen con 18 años que tener 25 ya no es ser joven, y que para cuando tienes 30 eres vieja y deberías comenzar a pensar en la muerte o en tener hijos o algo así.
Según la moda y el cine, dice, tu capacidad erótica como mujer se va no muchos años después de haber tenido tu primera regla.

Tengo su culo embutido en mi paquete, y no hace más que moverse, restregarse para cambiar de posición como si estuviera en una butaca de cine.

Luego nos llaman para rodar. Diez años. Tengo diez años más que aquí la amiga íntima de las erecciones accidentales. Y ha resultado que, además de haber tenido suerte en el reparto genético, sabe usar la cabeza.
Nos dicen dónde tenemos que colocarnos, y comenzamos ya a besarnos antes de que nadie grite acción. Inercia.
Pasan hasta dos minutos hasta que comienzan a rodar. Gritan corten y vuelven a pasar dos minutos hasta que nos despegamos.
Y luego toca otra vez esperar.

Pero vamos a regodearnos en el contexto. La mayoría de la gente fracasa al intentar describir un sentimiento. Es como intentar hacer un excel de la textura del pensamiento. Toman nota de sus relaciones personales para afrontar mejor las siguientes. Pero en líneas generales eso es algo absurdo. Las personas no son como los coches. No aprendes a conducir uno y luego el resto ya son más o menos iguales.
Además, esa situación se complica a medida que la gente es más libre. La libertad conlleva una enorme responsabilidad.
La pizpireta Kimberly, con sus 18 años y su chasis sólo potencialmente empeorable con photoshop, es una bomba atómica sentimental. Y yo no soy de piedra. De hecho soy como de mantequilla derretida (quizá espolvoreada con cenizas de cigarrillo). A eso, hay que añadirle que hay dos circunstancias en que el amor sí tiene edad. La primera y más obvia, es si tu pareja te saca por ejemplo treinta o cuarenta años. Puede que vuestro vínculo no tenga edad, pero la muerte sí.
La segunda circunstancia en que el amor sí tiene edad, es por ejemplo cuando tu compañera de reparto en el rodaje de un corto inacabable, no solo tiene diez años menos que tú, sino que además eso te coloca a ti de lleno en la edad adulta, y a ella justo en medio de un campo de minas de novios y relaciones y experiencias que seguramente tú no tengas derecho a estropear con tu detector de metales.
Es decir, da igual que ella se deje, ¿qué derecho tienes a secuestrar a esa chica de su primera juventud para meterla en una relación ni remotamente seria?
Aunque podría ser un error, siempre he querido ser responsable en las facetas de la vida que la gente considera parques de atracciones para sus genitales e impulsos; e irresponsable para lo que todos se ponen serios y sacan pecho.
A todo eso, obviamente, hay que sumarle que, no es que ella sea sexualmente atrayente, es que es empíricamente atrayente. Esto no está sujeto a una cuestión de gustos, solo puedes acertar o equivocarte. Es la base con la que muchos trabajan sus relaciones. Ven a la tía buena y saben que nadie les podrá negar que está buena. Luego se la ligan, salen monísimos en las fotos, y más adelante siguen o no juntos dependiendo del nivel de conformismo que sumen en pareja. Es el ejemplo clásico de emparejamiento: sin amor real ni complicaciones en exceso, y tan extendido en muchas casas como la Coca-Cola o el televisor desde que se inventó.

Al final del día, sólo es el final de otro día de rodaje. Kim y yo nos cambiamos por turnos en una especie de caravana propiedad del director. Luego salimos juntos del set. No estamos muy lejos de ningún sitio, estamos en la ciudad. Caminamos por la calle juntos hasta que tenemos que separarnos. A veces me invento alguna excusa, como que he quedado en cierto lugar con amigos o algo así, y la acompaño hasta el hotel en el que se aloja. Me viene de paso, le digo.
Antes de separarnos, nos damos dos besos. Son dos besos fuera de la ficción, así que de algún modo sí tienen un significado u otro. La rodeo con un brazo y ella se deja hacer. La aprieto levemente contra mí. La beso en una mejilla y luego en la otra. Procuro que siempre haya contacto, que no sea ese rollo simbólico de juntar mejilla con mejilla. Noto a veces sus tetas a través de la ropa. Si me atrevo, incluso le pregunto si está bien, le digo que puede pegarme un toque cuando quiera; intento que el momento de separarnos sea lo menos frío y protocolario posible. No es que pase nada importante, es algo más parecido a un relato de Raymond Carver que a un rollo de comedia romántica americana. Pero no está mal. Porque ella siempre responde del mismo modo, sonríe en plan devastador, y nos decimos que nos veremos mañana.

[Arriba, segundo trailer de “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Recordemos que lo realmente importante es que es la nueva película de David Fincher. Esta vez el trailer parece más pensado para venderle la moto al gran público (que no me extraña, sobre todo después de las reacciones de éste con “El árbol de la vida”). Abajo, más Kate Upton (esta chica debe guardar toda su ropa en una caja de zapatos…). Había pensado en dejar de poner fotos de ella, pero luego me he dicho: ¿Por qué? Por otro lado, vuelvo a aconsejar cierto BLOG que visito a diario. Y no dejéis de pasar por el MIERDAS; se hace el blog duro, pero en el fondo es todo sentimiento.]

¿Qué miras?

Dios para el mundo es en general como los bares ahora para los fumadores. La vida es más o menos lo que te vende el tío de la cara sonrosada y el traje impecable; eso crees. Te dan por el culo las leyes; los nuevos “Papá y Mamá”. Todos bebiéndose un café sin cigarrillos.
Todos hablan y todos tienen férreas teorías porque jamás se mojan de verdad. Ellos no se van a embarrar; dejarán de hablar cuando empiecen a dejar de tener razón.
(Retórica: cómprale un pisito y mímala, sirve para justificar lo que sea.)
Las ropas olerán bien para siempre. Ahora ya todos tenemos también derecho a ser unos pijos. Es el pijismo de moda; el de clase media. Pronto los pijos de verdad, los de jersey anudado al cuello y dinero suficiente para comprar a cualquiera, tendrán sus propios negocios legales al margen de las leyes. Dale tiempo a Dios. Papá y Mamá sólo quieren lo mejor para ti. Aunque quizá ni tan siquiera quisieran tenerte, y la mayor parte del tiempo seas solo un incordio para ellos. De todos modos, al final, ni Dios existe (o al menos no ofrece pruebas de ello, que viene a ser lo mismo), ni Papá ni Mamá tienen puta idea de qué va todo esto si no se trata de sus intereses.
(Son iguales que cualquiera, aunque no quieran aceptarlo.)
Solo sabes que te mueres.
Y pides un aplauso para ti mientras exiges con orgullo de mortal una zona de fumadores.
Ya tienes a toda la tropa azul marino mirándote por encima del hombro. (Pequeño anarquista de plástico, deberías dejar de leer a Bukowski).
El tema del tabaco es una bonita metáfora sobre la vanidad humana pasada de vueltas. Lo haces, te levantas con la garganta irritada y exiges un local lleno de humo para ti. ¿Quizá uno de cada seis para no-fumadores?
Vivimos la invasión de ese sentido común que aborrece a los domingueros siendo uno más atascado en el tráfico camino a la playa. Camino a la muerte.
Yo al menos no soy una víctima de las drogas, no dependo de ellas, dices; y luego te irrita que tu camisita huela a fritanga; te asquea usar baños públicos, eliges la cola más larga, el lugar más atestado, la silla más pija; te pasas horas para elegir unos putos pantalones; te tragas la peor peli de moda, el peor disco, horas de televisión. Pero tú no eres una víctima de nada. Tú eres libre. Nada te afecta y no vas a permitir que nada lo haga. Tú sabes, al igual que Dios y Papá y Mamá, de qué va todo esto.
Eres normal y saludable.
Enhorabuena. Aunque también tengas fecha de caducidad, habrás sabido resistirte a todo, aguantar, detenerte a tiempo; habrás usado el Carpe Diem para tus ensaladas y tu aire puro + humo apestoso de tu coche resultado de las guerras de la tele. Sana hipocresía; todos te guiñan un ojo al verte con tu bolsa de deporte. Cuando mueras, estarás tan en tu línea que sólo ya sumado a tu ataúd alguien podrá alegar sobrepeso.
Me siento menos falso echándote el humo a la cara. Yo también tengo coche como tú y veo el telediario. No me vendas tu versión digna. Usa más el silencio, en serio. Y haz callar a tus putos hijos; si yo no puedo fumar aquí, ellos no deberían poder taladrarme la cabeza en este rato hasta que me muera.
No creas que siempre navegas en tus aguas tranquilas. La duda es potencialmente divertida. No creas que esto iba otra vez sobre tabaco y nada más. No siempre podrás entenderlo todo del todo. Sigue creyendo en la versión legal, pero yo seguiré pintando óleos con los esputos de mi sangre si quiero.

[Arriba, trailer de REC 3 (tiene su gracia). Abajo, la clásica foto de Kate Upton, esta vez embelleciendo viejas tradiciones; ahora le falta vestirse de torera. Por cierto, el MIERDAS ya es un niño sano y en pleno crecimiento; ayer me dijo su primera palabra: “Gilipollas”.]

Bibliografía

El bebé está desnudo y llorando en medio de la mesa pentagonal. Somos seis, los miembros de la congregación de la sangre purgadora. Nuestro líder se hace llamar Homero, y ahora blande un cuchillo y recita el texto sacrificial.
El bebé es una niña de dos meses llamada Soledad. Es la hija que les he robado personalmente a unos vecinos. Unos recién casados. Él creo que es arquitecto. Ella no sé qué es, pero es una especie de cuarentona en plan “Sexo en Nueva York”; tan profunda y espiritual que no sale de ninguna tienda de ropa en al menos hora y media. Hace poco hicieron una barbacoa en el jardín para celebrar el nacimiento de Soledad. Le pregunté a la pija si cree en Dios. Me dijo que sí, pero que no era una católica practicante; no iba a la iglesia ni esos rollos, pero sí creía en Dios. Le dije que entonces simplemente era una de esas personas a las que les aterra la muerte. Luego discutimos. Y luego me echaron de la barbacoa.
Te ofrecemos este sacrificio, esta niña nacida del amor asentado de…, va diciendo Homero.
Mi colega de toda la vida, Fran, me susurra que si estoy convencido de esto, que lo de montar orgías y demás es una cosa, pero el asesinato…
Tsss, le regaño.
… la gratitud por habernos hecho como somos, por habernos dado lo que… Soledad llora y llora. Todos están con los ojos cerrados excepto mi colega y yo. No está tan mal, le digo, es un bebé; si hubiéramos pillado al arquitecto hasta nos lo agradecería por librarle de Sarah Jessica Parker y la autopista de la felicidad de marca… en el encuentro con los espíritus, nosotros sabemos que…
Ya, me dice Fran, ¿pero esto no es como… moralmente reprochable?… Ya estamos con la moral, le corto, siempre estás igual; al final comenzarás a complicarte la vida…
No sé, me dice Fran, me gustaba más la secta cuando íbamos a una discoteca y drogábamos a un par de tías… al menos después del ritual había sexo… Claro que sí, susurro, la violación está muy bien vista entre los ateos…
… amarás a esta criatura, la acogerás en tu seno, liberada de la vorágine consumista de… ¿Cuánto queda para que mate a la niña?, me pregunta Fran. Ya no queda mucho, digo. ¿Y después?, susurra. Tsss, nos dicen. Creo que antes de usar el cuchillo la violarán. Al menos Homero. Pero no se lo digo a Fran. Todos llevamos unas togas azules. Es mi quinta secta. La tercera de Fran. Estamos amenazados de muerte por las dos anteriores.
… sabemos que la paz no puede subsistir sin la sangre, por eso… Fran me toca en el hombro. Creo que este rollo ya no me mola, susurra. Vale, digo, pero si nos vamos tiene que ser con la cría…

Al principio dices que sí a todo. Les dices que no tienes formación, que vienes de algún pueblo, que tus padres murieron cuando eras crío. Les dices que Dios es tu única respuesta. Quieres formar parte de algo. Cuando se trata del Diablo, dices que estás muy harto, que la Biblía satánica es tu libro de cabecera, que tu entorno… bueno, desearías quemarlos a todos, librarles de su hipócrita vida. Fran y yo las clasificamos en dos categorías: sectas azules y sectas rojas.
…queremos que sepas, señor, que todo lo que hacemos es para contentarte; esta niña, Soledad, va a perecer porque…
Bueno, yo quería ver lo que pasaba con el bebé, susurro, pero si lo hacemos tiene que ser ya.
… la hegemonía de los nuestros conformará los cimientos de… Fran se levanta de su silla. Todos siguen con los ojos cerrados. Soledad no deja de llorar. Yo también me levanto. Estamos en un bajo. La huida repentina es factible. Mi colega coge al bebé y sale disparado hacia la salida. Yo voy detrás. Es entonces, justo cuando cerramos la puerta a nuestras espaldas, cuando comenzamos a oír el chirriar del mobiliario y los gritos: …¡atrapad a esos malditos! Fran abre la puerta de su coche, deja a la niña en el asiento de atrás y nos colocamos en los asientos de delante. La puerta principal se abre. Los cuatro tíos van cada uno con una escopeta. Homero grita: ¡No dejéis que huyan con el sacrificio! Fran arranca y dice: Ese pavo se ha pasado los días plagiando a Gandalf…
Ellos también montan en dos coches, y se ponen a seguirnos.
Puta mierda, grito, no me acordaba de las escopetas rituales. Justo entonces, un disparo revienta nuestra luna trasera. Cojo a Soledad y le quito los cristales de la carita, la acuno contra mi pecho. Fran dobla una esquina intentando despistarles. Mira a la niña y dice: ¿Nos la podemos quedar? Sí, digo sarcásticamente, claro, puede venir con nosotros a la próxima secta…

Vigésimo informe:
Hoy al final nos hemos largado pitando. Hemos huido. Lo del bebé ha podido con nosotros. Lo que comenzó como un estudio sobre el terreno en cuanto a las pequeñas sectas, se está convirtiendo en una serie de pruebas para calibrar mi capacidad de aguante, hasta qué punto soy morboso si son los demás los que comenten ciertas aberraciones. El bebé es una niña y se llama Soledad. Se ha quedado conmigo, no quería dejarla con Fran. Al final no sé de qué narices va a ir el libro. Pero sé que hoy, de no haber sido por Fran, no hubiese hecho nada por evitar la violación y asesinato de una cría de dos meses.

La niña me despierta todas las noches. Lo que seguro no haré es devolvérsela a sus padres; al menos yo, no. Son demasiado $$$+??? para que no acabe siendo una gilipollas consentida. Fran me ha dicho que hay una secta satánica no muy lejos. Dice que la tenemos a una hora de coche. El reverendo que la creó tiene una página web. Dice que es una presa fácil para infiltrarse. Añade que echa de menos «los rollos del Diablo».
Cuantos más días paso con Soledad, menos ganas tengo de deshacerme de ella. Tiene unos ojos verdes enormes y sonríe con facilidad: la versión no corrupta de su madre. Me está ablandando hasta niveles que no había explorado personalmente. Debe ser algo parecido a lo que sienten los padres; o las personas que se enamoran de verdad. Sea como sea, es un problema. No tengo con quien dejarla.

Tres semanas después de huir de nuestra última secta, cogemos el coche de Fran y nos vamos a por la siguiente. El diablo.
Y Soledad viene con nosotros.
Hemos concertado una cita en la misma casa del reverendo. Es un señor que vive solo, y que alega haber hablado con el Señor de las Tinieblas personalmente. Son unos veinte miembros en la sociedad, algunos muy jóvenes; sus fotos estaban publicadas en la web. Las sectas rojas atraen a cierto tipo de jóvenes igual que lo hacen los skinheads. Es algo «guay» que hacer, algo con lo que no sentirse tan a menudo como un perdedor. Cualquier joven buscará información sobre Charles Manson alguna vez, pero muy pocos les harán preguntas a sus padres sobre los antepasados de la propia familia.
Al llegar a la casa, el tipo nos recibe con los brazos abiertos. Tiene cara de buena persona, es amable y nos invita enseguida a beber algo. Suele pasar. Con las sectas católicas a menudo todo es seriedad y hasta enfado mal contenido. Sin embargo, los autoproclamados siervos del Diablo, suelen ser sonrientes y amigables. Este tipo es una cara bondadosa con una cruz invertida de fondo.
El comedor es amplio. Al parecer, mi correo con clara intención por entrar en el grupo con mi colega, ha sido más que suficiente. El tío nos dice que pronto llegarán los demás. Esta noche toca ritual.
Como nota al margen, habría que añadir que el viejales no ha hecho alusión alguna al bebé que tengo entre los brazos.

Cuando llegan todos, es como estar esperando para un acústico de Marilyn Manson. Excepto dos hombres con pinta de padres de familia, el resto son casi todo chicas de entre diecinueve y veinticinco años. Llevan los acostumbrados atuendos góticos. Dos de ellas son gemelas, y sus escotes son el centro de la diana de Fran.
Hay una tabla de ouija en medio de la mesa del comedor, y nos tememos lo peor.

Vigésimo primer informe:
La secta satánica nueva ha sido todo un fracaso. Aunque he tenido parte de culpa. Ha habido varios intentos de contactar con los espíritus de la casa. Al parecer, ésta es un hervidero de asesinatos en el pasado. El puto vaso-ouija no se ha movido una sola vez (nunca lo hace). La idea del reverendo, ha sido intentar coger a Soledad y hacer un sacrificio para cerrar el ritual (el tío pensaba que la niña era un obsequio). Fran le ha lanzado un derechazo en la cara que ni yo mismo me esperaba. Ha cogido a una de las chicas presentes de la mano (el 50% de unas gemelas presentes), y hemos salido los cuatro de allí sin muchos aspavientos ni resistencia. La chica no podía dejar de reír. Soledad no podía dejar de llorar.

Solo queda una secta más. Una más y empezaré a escribir el libro. Siete es un buen número. Menos resultaba algo escaso, y diez era innecesario.
Soledad es técnicamente una niña secuestrada. Y la bola se hace cada vez más grande. Arquitecto y Pija Cuarentona deben estar chillándole a la poli con toda la fuerza de su estatus. Están solo a tres casas y en el mismo barrio. Todas esas frases hechas sobre el gran esfuerzo que hay que hacer para conseguir algo en la vida, pues bien, todo ese rollo está jugando a mi favor.

Vigésimo segundo informe:
Mañana vamos a visitar la última secta. Ayer Soledad tenía calentura. Me acojoné. Busqué información por Internet. Lo necesario:
– Un termómetro.
– Un aspirador nasal.
– Suero fisiológico.
El resto eran más bien competencias del pediatra de turno. Y no es aconsejable que vaya paseando a la cría por ahí.
Al final no tenía fiebre. He seguido los consejos de cierta web en cuanto al ambiente idóneo para una cría tan pequeña. No he pegado ojo en toda la noche. Esta mañana ha vuelto a sonreír. Su temperatura era estable. La Secta de mañana vuelve a ser satánica.

Llegamos a una casa apartada. Una casa de madera a las afueras de la ciudad. El plan es el siguiente: Fran y su nueva novia gemela se quedarán con Soledad en el coche; no queremos que nadie la confunda con un regalo a Belcebú o un tentempié para la polla pedófila de nadie.
Llamo con el puño a un portón. Si la cosa se pone muy fea, saldré corriendo y les haré una seña para que arranquen y pongan a Soledad a salvo. Fran ha aceptado a regañadientes su papel pasivo de hoy, pero por otro lado le ha gustado la idea de quedarse cuidando de la niña.
Me abre la puerta un tipo de unos cincuenta años, con la típica amplia sonrisa satánica. Claro que sí, dicen sus ojos, es otro gran día para hacer el gilipollas disfrazados. Cuando entro y veo a los demás (hay unas cincuenta personas y no me ha dado muy buen rollo que digamos), me pregunto qué niveles de negación habrá en este lugar. De qué huirán todos. Aunque supongo que de lo que todo el mundo. Esto no es más que otro juego. Para algunos, jugar es intentar el sexo anal con la novia; otros necesitan sacrificar a una virgen o hacer pactos de sangre. Pero lo que está claro es que todos queremos huir de un modo u otro. Huir de Arquitecto y Pija y lo que representan. Es el motivo por el que he secuestrado a un bebé. Es la idea de base por la que uso mi libro como excusa para andar haciendo el cabra en sectas que, al escapar uno de ellas, hacen que la cárcel no sea una mala idea para los próximos años.
La cárcel garantiza aislamiento total de las gilipolleces latentes.
El reverendo de turno dice:… amaréis solo a aquellos que no muestren piedad gratuita…
Me han dado una toga roja. El reverendo está de pie y su discurso parece inacabable. Todos los demás estamos sentados. El tío se parece al actor Brian Cox. Es muy convincente; no en el contenido, pero sí en el tono.
Después de una media hora de divagaciones del tío, los dos tipos que le flanquean (misma edad y formato físico), se levantan y van hacia un armario metálico que hay en un rincón.
Antes de sentarme a la mesa, le he dicho al reverendo que vivo solo. Que no tengo a nadie. Que alguien me habló de este grupo. Le he dicho que necesito una vía de escape. He dicho todo eso tartamudeando. Tienen que pensar que tienes once años mentales y además eres poco espabilado para un crío de once años.
Del armario, sacan a una chica desnuda, joven. El sacrificio. Si una cosa tienen en común todas las sectas satánicas, es que ninguna es para nada original. Todas centran sus rituales en el asesinato simbólico de alguien. Uno se pregunta qué harán Dios y el Diablo con tantos cadáveres sacrificiales. De dónde sacará Alá a tantas vírgenes que ofrecer a sus obedientes siervos suicidas.
Plantan a la chica echada boca arriba en medio de la mesa rectangular y enorme de madera. Está amordazada. Y el reverendo reanuda su rollo/excusa para matar a la chiquilla de turno, para añadir un poco de sal a esta puta vida aburrida de Arquitectos y Pijas y orden social dogmático y cuadriculado.
Casi puedo entender a esta gente sin hacer demasiado esfuerzo. Es como irse al otro extremo del espectro vital. En lugar de querer a los demás y sufrir por ellos muchas veces estúpidamente, te encierras en ti mismo y te entregas a una fantasía más elaborada; pero sobre todo más “fácil”, más agradecida en cierto modo.
Sin olvidar la esperanza de la inmortalidad.
Satán siempre es más enrollado que comer en casa de tus suegros.
Dios siempre da más esperanzas que Darwin; Darwin es demasiado… finito.
La chica se retuerce haciendo crujir la cinta aislante de sus tobillos y sus brazos. Y yo solo quiero volver con Soledad, librarme de Fran y conducir sin parar. Obligan a la chica a estirarse bien. Y comienzan la matanza de la veinteañera. A cuchillo. Los cerdos montan mucho más escándalo, la verdad. La chica deja de gritar muy pronto. Todo se torna en un borboteo acuoso. Es la primea vez que llego a ver el asesinato sectario de verdad. La muerte humana es muy “seca”, muy poco… dinámica. El reverendo apuñala su presente oficial, su vida real, añadiendo protagonismo a éste otro presente que veo ahora. Quizá él no acuchilla a esa chica, quizá es su banquero, su mujer, o la mujer de quien está enamorado y no le hace caso; quizá ella también tiene unos veinte años. Ahora, todos menos yo, meten las manos en el cadáver y lo destripan. Comienzo a dar pasos hacia atrás. Hacia el portón. Se acabó el trabajo sobre el terreno.
He visto cómo violaban a chicas inconscientes, y he salido pitando cuando veía que el cuchillo se alzaba por los dioses. Y ahora ya he visto todo lo que había que ver. Nadie me detiene. Salgo afuera. Me doy cuenta de que tengo la camisa salpicada de sangre. Me meto en el coche, a sabiendas de que el reverendo se pondrá en contacto conmigo. Me dirá, probablemente, que aún no lo sé notar, pero que ya estoy muerto.
Fran conduce y yo acuno a Soledad. La gemela me pregunta que qué voy a hacer con “el bebé” al final. Soledad estira los bracitos. Y me sonríe.

Arriba, trailer de la película que voy a ir a ver en cuestión de horas. Abajo, más del monográfico kate Upton. A este paso, será la musa/celebridad de este blog… Y, visiten el MIERDAS, está imparable.]

Tesón

Llamo puta en la cara a una chica que no tiene culpa de nada. Salgo del tren y todos me increpan. Voy a uno de esos quioscos que hay en la calle y comienzo a desperdigar y desordenar todas las revistas y periódicos mientras el quiosquero me amenaza con llamar a la policía. Le digo que se busque un trabajo de verdad y le escupo en la camisa. El tío sale de su chiringuito a por mí y le pego una patada de karate cutre en toda la panza. Cae al suelo, doblado y tosiendo. Vuelvo a escupirle y le insulto ante todo el mundo. Nadie hace nada y comienzo a insultar también a los demás por cobardes y egoístas. Urbanitas de mierda, les digo. Agarro a un chaval que pasaba por allí y le quito la Blackberry. Se la tiro al suelo y la pisoteo. El gilipollas se me queda mirando. Le pego un puñetazo en la nariz y empieza a chorrear como la mujer de un eunuco con su primer Gigoló. Dos policías corren de lejos hacia mí. Yo también me pongo a correr. De camino, empujo a una puta vieja inflada como una pelota de playa, cae al suelo y se da un golpe en la cabeza. Queda inconsciente. Los polis siguen corriendo y yo sigo corriendo. Dos veinteañeras se me cruzan y las empujo a ambas. Sueltan gritos de veinteañera; aprovecho que una ha caído cerca de mí y pateo su estómago fuerte, dos veces. Alguien grita, gritos femeninos. Cruzo la calle. Un coche pega un frenazo y salto sobre su capó. Pateo la luna hasta conseguir que comience a resquebrajarse. Uno de los polis ha tropezado con una de las veinteañeras. El otro sigue corriendo detrás de mí. Les hago pedorretas, sigo y empujo y golpeo a todo el que se me cruza. Una señora de unos sesenta años me grita que si estoy loco. La cojo por un brazo y hago que dé vueltas como una noria hasta lanzarla contra un camión que pasa; se oye un sonido acuoso del vehículo golpeándola y pisándola con las ruedas delanteras y traseras. Más gritos femeninos. Llevo bastante ventaja con la poli; son dos regordetes asquerosos que se ahogan corriendo. Entro en un estanco, salto por encima del mostrador y me llevo dos paquetes de tabaco. Sigo corriendo mientras me enciendo un cigarrillo. Cada vez que veo un bar soplo el humo dentro y sigo a mi ritmo. Los polis ya van agotados y llaman a refuerzos. Le grito a un padre de familia que va con su mujer y un bebé que él no quería tener hijos, y que debería hablar con su mujer y dar al niño en adopción. Sigo dando zancadas largas. Le quito una botella de agua a un niño y su madre me insulta. Le digo que es una guarra y que use condón la próxima vez. Me detengo y bebo viendo cómo los dos polis boquean intentando llenar los pulmones mientras siguen corriendo. Vuelvo a ponerme en marcha a ritmo de footing. La madre que me insultaba se pone a correr detrás de mí. Me detengo. La agarro por su melena teñida y la tiro contra los coches. Su cuerpo rebota contra la luna de uno y cae destrozando la luna de otro. Los demás coches pitan. Más gente grita. Nadie me detiene por la calle. Avanzo a buen ritmo. Veo a un gallito cachitas con una camiseta de tirantes. Le grito que está ganando peso aquí fuera del gimnasio. Le digo que da asco, aún tiene mucha grasa corporal, que de todas formas seguirá siendo feo por más pesas que levante. El tipo se queda mirándome mientras me voy, decidiendo qué hacer. Los polis tropiezan con él. El gilipollas se enzarza con uno de ellos. El otro poli intenta separarlos y yo avanzo. Me cruzo con una universitaria, lleva una carpeta pegada a las tetas. La empujo, cae contra el estante de una frutería y comienza a llorar. Un anciano camina muy al borde de la acera; me mira a los ojos. Lo cojo por la cintura y lo tiro en medio de la calle. Le grito que acabe ya de una vez con su sufrimiento. Un autobús le pasa por encima. Salpica en todas direcciones. Entro en una licorería, ni tan siquiera veo ya a los polis. Me llevo dos botellas de vodka y salgo con la alarma antirrobo pitando. Miro hacia atrás y ahora es el cachitas de gimnasio el que me persigue. Le lanzo una de las botellas y le acierto en el cuello. La botella cae al suelo y se hace añicos. El tipo sigue corriendo. Cojo al niño de tres años de alguien, no deja de gritar. Me lo llevo conmigo y lo meto en un container en cuanto veo uno. Se oyen sirenas de la policía. Corro, cada vez más convencido de que debo buscar un sitio para descansar. El cachas sigue corriendo. Le grito que vuelva al gimnasio, que aquí no tiene nada que hacer. El capullo me insulta y me dice que me va a matar, que en cuanto me pille me ahogará con sus propias manos; me habla con jerga de cachitas. Me cruzo con una panda de quinceañeros enterrados en moda urbanita. Aprovecho para golpear a un par de ellos. Caen al suelo y sus amigos no hacen nada.
Le dejo una moneda a un mendigo y me dice «Gracias».
Llamo a la chica que me gusta a su móvil mientras resoplo, el cachitas cada vez corre menos. Le digo a la muchacha (que tiene novio) que su madre ha muerto, que acabo de ver su cadáver. Le miento. Ha sido un accidente de tráfico, le digo. Lo siento, murmuro resoplando, y cuelgo.
Miro hacia atrás y el mamonazo ya no me sigue. Ahora vuelven a ser los polis. Esos dos zampa-hamburguesas, esos McGordos. Les grito que deberían hacer bien su trabajo, que alguien no deja de correr y putear a los demás por aquí. Les digo que espabilen, que no sé cómo podrá acabar la cosa. Antes era un chico tranquilo, digo, pero ahora ha perdido totalmente la cabeza y quiere destruir la ciudad y el mundo. Mientras hablo, cojo a una señora por el brazo y hago la noria con ella hasta soltarla contra el escaparate que estaba mirando. Queda incrustada entre cristales y joyas. El que parece su marido, les grita a los polis y me señala. No es nada nuevo para ellos, le digo. Bebo un poco más de agua y sigo adelante. Veo una buena piedra en el suelo y la cojo. Me la llevo conmigo. La tiro contra el escaparate de una tienda de productos para el hogar. Alguien me grita algo en francés. Le pego una patada en los huevos a un chico de unos catorce años. Cae retorciéndose, lleno de tatuajes y piercings. Me llama cabrón. Le incrusto la botella de agua en la boca. Los polis andan lejos, así que me cebo en el chico y le pisoteo la cabeza hasta que deja de moverse. Corro y corro, ya realmente agotado. Doblo una esquina perdiendo de vista a los polis. Veo a una señora intentando entrar en un portal con bolsas de la compra. Aprovecho para empujarla y entrar con ella. Cierro la puerta. La mujer está en el suelo. Las bolsas esturreadas. La tía tiene unos cincuenta años y me pide por favor que no le haga nada, que es una mujer trabajadora. Tiene dos hijos, dice. Le digo que se quede quieta y no se levante. Nadie golpea la puerta ni espera fuera. A la mujer se le ha caído también un Iphone. Lo piso hasta hacerlo papilla. La mujer comienza a llorar y me dice que está embarazada. Dice:
–Por favor…
Dice:
–Por favor…
Estoy agotado aún, así que espero y le digo que no se mueva. Que ahora no soy lo que se dice Ghandi. No me provoque, le digo.
Luego, ya reestablecido, le ordeno a la señora que se abra de piernas. Le pego dos patadas en el coño lo más fuerte que puedo. Se queda ahí, llorando, gorda y demacrada. Salgo del portal con calma. No hay nadie vigilando ni esperándome. Todo el mundo sigue a lo suyo, aun con los gritos que salen del portal. Comienzo a caminar a buen ritmo. Una chica camina delante de mí. La empujo con todas mi fuerzas. Cae al suelo de boca. La cara llena de maquillaje y mierda. Antes de que se levante, pateo su espalda. Lo hago tan fuerte que oigo un crujido de huesos. Sigo caminando, nadie se para a ver cómo está la chica. Le pego un puñetazo en la nariz a un tío de unos treinta años. Empieza a chorrear sangre por ella. El tipo se me queda mirando y grita de dolor al llevarse las manos a la cara. Se saca la cartera del bolsillo y me dice que no tiene casi dinero en ella. Le vuelvo a pegar en la nariz. Esta vez cae al suelo, inconsciente. Me llevo la cartera. Veo de fondo otra vez a los dos polis, y comienzo a correr al trote. Compruebo que corriendo es más fácil practicar la violencia. Al paso, le suelto un gancho de derechas a una mujer en el estómago. Alguien me increpa. Sigo trotando, llegando cada vez más lejos, cada vez más alto. Un señor tiene cara de pocos amigos y camina como de vuelta del trabajo. Le pego una patada en la entrepierna. Cuando se dobla, le suelto un puñetazo en la nariz. Y ahí se queda. Los polis asquerosos no son capaces de acorralarme ni dar con el modo de detenerme. Sigo oyendo sirenas, pero los coches deben dar vueltas y vueltas, atrapados en el tráfico. Entro en una frutería y cojo una manzana. Salgo y se la estampo en la cara a un padre de familia. Su bebé comienza a llorar en el carrito. Empujo el carrito hacia los coches. La madre grita. La empujo también a ella. Un autobús frena justo antes de atropellarlos a los dos. Me llevo una piña.
Un tío me increpa después de la escena del carrito. Sin mediar palabra, le estampo la piña en la cara. Se desequilibra, y cuando ya está en el suelo le pego con ella tres golpes en la cabeza. Y sigo con mi piña. Los polis babean de agotamiento. Doblo una esquina y le pego una patada a una niña de unos trece años. Le quito el helado que llevaba mientras abre la boca intentando respirar; tiro el helado. Un señor se me planta delante y me pregunta qué coño me pasa. Le doy la piña y se queda con ella en las manos, mirándome. Me dice que estoy enfermo. Le digo que se coma la piña y se calle. Se queda quieto y yo sigo al trote. Le doy un codazo en la cara a otra señora. Las señoras mayores son perfectas para eso; la altura adecuada, escasez de agilidad y movimientos. Cuando está en el suelo, salto con los dos pies sobre su cara. Una, dos, tres veces. Y sigo hacia delante, imparable. Dos chicas me miran extrañadas, llevo la camisa manchada de sangre, sudo y sigo mi camino. Les digo que no se crean la sal de la tierra por tener tetas. Un tipo que va con ellas me insulta. Le meto la mano en la boca antes de que reaccione, y le cojo la lengua. Tiro de ella hasta que noto que algo se desgaja, y lo dejo atragantándose en el suelo mientras las zorras lloran. Sigo al trote. Se me cruza alguien haciendo footing; le pongo la zancadilla y se estampa contra una vieja que comienza a darle bolsazos. Los polis siguen detrás y no paran de llamar a refuerzos. Le pego un guantazo con la mano abierta a un tío con la cara muy gorda. El guantazo resuena. El tío quiere correr detrás de mí, pero está tan gordo que se detiene a los diez metros jurando que me matará. Empujo a una mujer que subía por las escaleras del metro. Cae rodando y dándose terribles golpes; su cabeza queda dada la vuelta de un modo antinatural. Bajo las escaleras corriendo. Paso por el andén junto a la gente. Está llegando justo ahora el metro. Empujo a varias personas a la vía. Cuatro o cinco. Salgo por la otra salida.
Ahora no hay ni rastro de los polis. Comienzo a andar deprisa. Un coche de policía pasa zumbando. No me ven. Cuando dobla una esquina, le meto los dedos en los ojos a una mujer; noto cómo los globos oculares se desplazan y acaban triturados. La tía cae al suelo y grita. De repente tengo una erección.
Camino rápido. Alguien me llama al móvil. Es para una entrevista de trabajo. Mucha pasta en perspectiva. Me dicen que mis credenciales son impresionantes y digo que Gracias. Mientras tanto, pongo el pie delante de un anciano y el hombre tropieza y cae de costado. Le empiezo a pisar la cara y digo que sí, me parece muy bien ir a la entrevista mañana. Le tapo al hombre las vías respiratorias con la planta del zapato. No hay mucha gente en esta calle, y los que nos ven solo aceleran el paso. Así que mantengo el pie en posición hasta que el anciano deja de respirar. Cuelgo. Hoy me he saltado mi reunión con cierto profesor para hablar de mi brillante futuro. Cojo por el cuello a una señora y aprieto hasta que gorjea y saca la lengua. No he recordado esa puta reunión y tendré que enviarle un correo al soplagaitas ése. La señora se derrumba y pateo su cara y sus tetas hasta quedar satisfecho. Las sirenas de la policía siguen oyéndose por todos lados. Comienzo a trotar por precaución. Me enciendo un cigarrillo y entro en un estanco. Hay una chica joven y sola, la dependienta. Doy dos buenas caladas. Voy tras el mostrador y la arrincono. Es delgada, menuda y balbucea. Agarro sus muñecas y le hago estallar un globo ocular con la punta del cigarrillo. La chica se atraganta gritando. Se revuelve y cae el suelo. Piso su cuello y doy otra profunda calada. Sólo vendéis muerte, le digo; y quemo su otro ojo hasta estar seguro de que la he dejado ciega.
Salgo a la calle y topo con un crío de unos nueve años. Está solo. Le retuerzo la cabeza hasta oír cómo su cuello cede. Otro coche de policía pasa zumbando y no ve nada. Dos chicas comienzan a gritar señalando en mi dirección. Están muy cerca. Una de ellas se pone en plan gallito. Le doy un puñetazo en la nariz y queda derrumbada. Agarro a la otra por el cuello hasta que deja de resistirse. Cuando está en el suelo, cojo mi navaja (regalo de mi abuelo) y rajo su vientre profundamente. Meto una mano y revuelvo sus tripas. Tiro de lo que parece el intestino grueso. Queda todo expuesto. Qué asco… La dejo allí tirada y sigo caminando con la mano llena de sangre.
Me limpio en la camisa de un anciano que me dice que voy a ir al infierno. Tú antes que yo, viejo, le digo. Tú antes que yo.
Un tipo bajito intenta alejarse de mí por la acera. Eso me cabrea, así que suelto una potente patada en su estómago, cae y le pateo todo el cuerpo mientras grito: «¡Cabrón, cabrón, cabrón, cabrón…!». El tío empieza a vomitar mientras hundo mi suela en su barriga. Me pongo a pata coja sobre él y esputa vomito como una fuente. Con el otro pie, le tapo la boca, y sigo saltando sobre él hasta que se ahoga en su propia bilis.
Ya es noche cerrada. Cuando comienzo a alejarme del enano cabrón, veo de lejos un prostíbulo. Hace ya mucho que voy con una erección de caballo. Cruzo la calle y voy hacia el local. Veo que hay dos de seguridad en la puerta. Miro a mi alrededor. Llevo la camisa manchada de sangre. La calle está demasiado iluminada en esa zona. Saco mi navaja y paro a un tío que avanzaba raudo con su maletín. Le digo que si no me da su puta camisa le rajaré como a un cerdo. El tipo, un clásico acojonado, suelta su maletín y empieza a desvestirse. Le digo que no se vaya hasta que me ponga su camisa. Me quito la mía y le ordeno que se la ponga él. Le digo que si no se la pone ya sabe lo que le toca. El capullo mimado se comienza a abotonar mi ropa llena de sangre. Yo me pongo la suya. Una camisa blanca perfecta para el puticlub. Pasta asegurada para cualquier chulo que me vea.
Las sirenas de la policía siguen atronando por todos lados. Camino hacia la puerta del antro. Luces rojas se vierten sobre la acera. Justo cuando voy a entrar, veo que un coche de policía derrapa junto a mi amigo de las camisas. Dos agentes salen y le ordenan a punta de pistola que se tumbe en el suelo y ponga las manos en la cabeza. (Varón blanco de metro setenta y cinco lleno de sangre y demás, supongo…) Los seguratas me dan las buenas noches y entro con paso seguro al putiferio.

Tres chicas se me han acercado mientras me bebía mi cubata. Elijo a Estrella y Topacio. Ya en la habitación, les digo que me la chupen. Las dos a la vez. Se atragantan con mi polla y me miran con recelo cuando me muevo para follarles la boca. Tengo dinero de sobras, les digo, no os preocupéis. Luego le ordeno a Estrella que se ponga de cuatro patas en la cama. Fuerzo su ano para follarla por ahí. Se queja. Escupo en mi polla y empujo fuerte; noto un desgarro. Cojo por el pelo a Topacio y le meto la lengua en la boca. Acelero el ritmo hasta correrme en el recto de Estrella. Justo cuando me he vaciado del todo, meto la mano en la boca de Topacio y sujeto su mandíbula. Con la otra mano empiezo a abrir su boca con todas mis fuerzas. Estrella no nos mira aún. Sangra por el culo y llora derrumbada. Topacio abre los ojos con terror. Saco fuerzas de flaqueza y, de un tirón, le desencajo la mandíbula. La chica cae desmayada al suelo. Entonces Estrella me mira, y hace ademán de ponerse a gritar. Antes de que eso pase, le doy un guantazo. Le ordeno silencio. Comienza a llorar con más fuerza. Recuerdo mientras la arrincono, que mañana no puedo faltar al gimnasio. Tengo la entrevista y mi sesión de pesas. Tengo que disculparme con cierta muchacha por decirle que su madre había muerto sin ser verdad. Tengo tantas cosas que hacer y tan poco tiempo… Agarro a Estrella por el cuello. Y empiezo a penetrarla por la vagina. Quizá porque se ha asfixiado o porque se ha desmayado, deja de resistirse, y la cosa pierde gracia.
Me visto y salgo del lugar lo más rápido posible. Los seguratas me dan las buenas noches admirando mi camisa. Sea como sea, la vuelvo a tener dura.

Llego a casa. Travesuras por el camino: Dos abuelos muertos apenas sin esfuerzo. Una chica preciosa de unos dieciocho años ha quedado tendida en la acera con la nariz partida, quizá con algún hueso encajado en el cerebro. Y una señora ha muerto… atropellada.
Me estiro en mi cama. Ha sido un día agotador. Cojo el dossier con mi currículum. Tengo aún mi erección lista y a punto. Comienzo a leer. Cada uno de mis logros. La demostración de mi fuerza de voluntad. Todos mis años de esfuerzos. La promesa de la vida que me merezco. Me acaricio la polla lentamente cuando voy por la segunda página. Leo con calma la lista de idiomas en los que sé hablar. Me detengo a mirar las acotaciones de mis logros en la universidad y otras actividades. Acelero el ritmo. Paso a la tercera página del currículum. Está ya prácticamente llena también. Cierro los ojos… Una luz blanca de superación personal lo invade todo. Exploto corriéndome en mi pecho y hasta mi cuello. Luego, preparo el despertador de mi Iphone, y voy quedándome dormido poco a poco.

[Siguiendo con el monográfico De kate Upton, video y foto para ella otra vez. Juro que un día cambiaré de tema… Ojo por eso a la entrevista, y la cara-tomate del tipo (muy poco gracioso). Ella lleva demasiado maquillaje… Y eso, pasaos por el MIERDAS si os apetece]

Pequeño retrato de la bollycao reina

Sabrina se despide de todos en el taller de yoga aludiendo dolores menstruales. Sale a la calle. Camina y dobla una esquina. Sonríe porque no le duele nada, y luego dobla otra esquina. La sonrisa ya es amplia, ves los labios jóvenes y la fila de dientes blancos de la mandamás.
Sabrina más tarde hace muecas ante una cámara que se mueve y chirría cerrando y abriendo plano. El técnico que la maneja la usa como ojo y a la vez protección; se protege de ella, la bollycao reina. Porque ella tiene diecinueve años, protagoniza la mayoría de las campañas publicitarias que necesitan de curvas y naturalidad, y tiene fama de romper parejas al estilo de las casas encantadas. Un día entra en tu círculo social, y a partir de entonces tu novio comienza a comportarse de forma extraña. Tu rutina comienza a moverse sola. Los espíritus de la poligamia invaden tu estabilidad, y cada vez que sientes un cosquilleo en tus bragas, te preguntas si tu pareja no estará ya haciendo otros planes…

Sabrina ha sido Sabrina Capuleto ya para muchos.
Está desnuda en tu cama. Se estira y sonríe y te mira, al estilo bufé libre. Tu erección ya está lista. No sabes por dónde empezar y no hay ruffles al jamón. Ademas, ha comenzado a gustarte. Y sabes que intentar que te tome en serio vestido es como intentar tener una conversación adulta con tu padre desnudo.
¿Te acuerdas de aquella excursión que planeabas hacer con ella? Ni lo menciones. Ella no quiere que os enriquezcáis el uno al otro; no quiere besitos tiernos en el cine cuando se encienden las luces al acabar la peli. Lo que quiere es mensajes guarros y quedar para follar. Lo que quiere es que la dejes en paz. Un cigarrillo. Cachetes. Pocas neuras y al menos un plan sexual con alguien dentro de las siguientes cuarenta y ocho horas.
Quiere tus dedos corazón y anular chapoteando dentro de ella y machacando su punto G.

La imaginas en su reino de nubes color rosa. Llevando a su ejercito de bollycaos hasta la victoria. El atril es sólo para ella y su dedo señala a todas esas pipiolas ya monógamas antes de los veinte. Una señal acusadora. No sois así, les dice. No sois mayores. Sois el motivo por el cual muchos no se suicidan. Estáis en el mundo para destrozar los cimientos de la responsabilidad teen. Ya no estamos en los años cuarenta, les grita. Su uniforme de porte militar es azul cielo. Todas llevan un brazalete con la edad impresa. 16, 18, 18, 17… Bollycaos con una tarea para con el mundo. Para con ellas mismas. Lo más difícil de todo, les dice, es que seáis honestas con vosotras mismas. El amor eterno es como un oxímoron. Como el hombre de las nieves. El amor eterno es Los reyes magos. Es Papá Noel y Jesús resucitando.

Ahora surje su imagen cada noche cuando duermes. Estás en el patio de alguna casa en plan sueño americano. Atardece. Ves una alambrada, la que separa unos sueños yankees de otros. El sol te deslumbra mientras se apaga tras las colinas de tu fase REM. Captas una silueta y es la de ella. Es tu momento irreal favorito del día. Ella tras la alambrada. Luego esa forma se desvanece, y despiertas sudando. Tienes cuatro cortes en el brazo hechos a navaja: cicatrices. Elegiste el estilo carcelario. Queda un año para que la bollycao reina cumpla veinticinco. Entonces te harás un quinto corte con una sonrisa en la boca. Y le dirás lo que sientes. Lo harás con las palabras que llevan ya siglos mentales elegidas a dedo.

[Arriba, cuando un buen grupo extrae magia de una canción mediocre… Abajo, más Kate Upton (creo que tiene 18 años, podría estar poniendo fotos de ella ya para siempre y así no tengo que pensar…) Permitidme recordaros que mi otro blog, el MIERDAS, ya está en activo, y aún en su fase de vomitar, cagarse en cualquier momento y llorar por las noches…]