Archivos Mensuales: octubre 2011

La piedra

Hay una piedra en medio del salón. Es de un tamaño considerable. Algo como una cabeza humana. Parece recientemente dejada ahí, hay algo de arenilla. Julia está sentada, o más bien tirada, de ese modo en que parece que no te has sentado sino más bien has caído, en el sillón de tres plazas que hay frente a la tele. Ramón está sentado en una silla, cerca de la piedra, espalda encorvada, apoyados los codos en las rodillas; mira la piedra y parece pensar intensamente en ella. En realidad Julia está a la misma distancia, aunque no especialmente atenta al asunto de la piedra. Ninguno de los dos dice nada desde hace rato. La tele está apagada. Entonces, alguien muere en algún sitio. No porque sí, sólo porque unas seis mil personas mueren cada hora. Es la clase de estadísticas que Julia se sabe de memoria y que recita de modo habitual cuando realmente está atenta a algo, y no tirada en el sillón simplemente esperando. Aunque en realidad, su carácter habitualmente oscuro es en parte debido, claro, a esos números que corren por su cabeza. Nada que ver con Ramón, que sólo mira la piedra y se pregunta qué papel estará jugando ésta en su vida. Alguien más muere justo ahora, pero a él lo que le preocupa es el asunto de la piedra. La piedra ahora es el centro de sus dudas; todo lo demás está bajo control. Alquiler, trabajo, comida, ropa, orden… bueno, es el asunto del orden, en su sentido más general, lo que ahora no está del todo claro. Por la piedra.
Otro muerto más, en realidad varios más, y Julia dice en voz alta que Andrea se está retrasando. La piedra sólo puede guardar relación con Andrea. Andrea trabaja de modo esporádico como modelo. Trabajos bien pagados. Tiene el perfil estándar de modelo, encaja perfectamente en el prejuicio de los que odian moda; es alta, muy delgada, sin tetas, cara angulosa y de ojos hambrientos. Y Julia y Ramón saben que ella ha tenido que acarrear con la piedra hasta el piso; no vive nadie más en el piso. Andrea, sus revistas, su ropa invadiéndolo todo, los gemidos cada fin de semana con un tío distinto en su habitación; la cocina llena de su comida, sin azúcar, sin calorías, sin calorías, sin calorías. Sin sabor, dice siempre Ramón. Sin gracia, dice Julia. Menuda zorra, suele añadir Julia, suele susurrarlo para sí misma. «Joder», masculla ahora Ramón mientras alguien más perece, quizá algún bebé esquelético en brazos de su madre. Las desgracias del tercer mundo suelen ser demasiado efectistas, suele argumentar Ramón cuando surge el tema, ya no impactan a nadie. Da igual si son fotos o videos, suele decir, si el bebé no está en tus brazos exhalando su último aliento de bebé, tanto te da. Tanto te dará a ti, suele replicar airada Julia. No, dice Ramón siempre entonces, vale, no es exactamente así; si fuera el video de un bebé blanco y rollizo y sonrosado en brazos de una cuarentona inglesa en un jardín privado de Notting Hill… vale, puede que entonces el video causara cierto revuelo en Youtube y rellenara algunos minutos en telediarios. Estás enfermo, suele decir Julia a eso, estás enfermo y no tienes razón ni corazón.
Julia no se mueve, sigue tirada en la misma postura. No lo ha dicho, pero lo que pasa es que ha despertado su habitual dolor de estómago, y así, justo así, no le duele, y tiene miedo de que si se mueve el dolor vuelva, por estar ahora agazapado, esperando a que ella se confíe y se levante, o quiera incorporarse en el sillón para que parezca que se ha sentado y no caído en plan espachurre.
Julia trabaja en una importante editorial. Entre otras cosas, ejerce una extrema y poderosa atracción sexual de la que es sorprendentemente ignorante, y que Ramón sufre en su piel sólo con pensarlo. Él cree que si dice la verdad lo estropeará todo. Él cree -y acierta- que ella no siente nada por él, sólo una vaga sensación de tedio al verle. Cree que lo mejor es que las cosas se queden como están, que es más importante la convivencia que el sexo. Ramón es ejecutivo de ventas. Su mayor secreto -Julia al margen- es que una noche se masturbó pensando en ella hasta acabar en urgencias.

Andrea no acaba de llegar. No contesta al móvil. Julia le escribe un mensaje de texto; incluso se lo enseña a Ramón antes de mandarlo para que se calme:

“Tía, ven al piso, has dejado una piedra aquí. Ramón está de los nervios, si no vienes ya comenzará a presionarla para que se busque un trabajo… Te esperamos.”

Unos doce mil muertos después del mensaje, Andrea se presenta. Sonríe, es esa sonrisa suya pos-multiorgasmo, Julia y Ramón la conocen.
He conocido a un tío, dice Andrea. Qué novedad, dice Julia. ¿Qué?, dice Andrea. Que qué hace esta piedra aquí, dice Julia. El tío es monísimo, dice Andrea. Por favor, murmura Ramón en el idioma del piso, cuánta gente va a tener que morir hasta que solucionemos esto… El tío es monísimo, dice Andrea, es como… es monísimo, es como… artista conceptual, no sé… vive en un ático; se dedica a pintar como…, no sé, tiene un montón de pasta, vende los cuadros que pinta, es monísimo, en serio. Por favor, murmura Ramón, ¿nos puedes decir qué hace esta piedra aquí? Tendrías que verlo, tía, prosigue Andrea, es como… no sé, nos hemos pasado la tarde… ya sabes; es súper inteligente, pinta y escribe, bueno, creo que escribe, pero sobre todo pinta, unos cuadros muy grandes, conceptuales, como muy coloridos; hemos quedado para vernos otra vez mañana, igual vamos al cine, bueno, ya veremos porque…
Andrea va de un lado a otro, abstraída, sin parar de hablar, aún sin quitarse la chaqueta. Julia decide cambiar de postura, se lleva la mano a un costado, respira hondo y vuelve a la postura inicial. Ramón vuelve a preguntar en voz alta qué hace una piedra en medio del piso.
Andrea de repente se calla y se queda perpleja. Y entonces dice: Oh, la piedra… Sí, la piedra, afirma tajante Ramón. Bueno, veréis…, dice Andrea, no es una piedra…
es…
… es una obra de arte.
Sus compañeros de piso se la quedan mirando, a Andrea, no a la piedra. Me parece deprimente que hayan muerto al menos tres o cuatro personas mientras decías eso, murmura Julia.
Está bien, dice Andrea, resulta que ayer ese chico de quien os hablo estuvo aquí -llegamos tarde-, y esta mañana ha tenido una idea para una de sus obras; ha dicho que este piso era perfecto. El contador sigue subiendo, murmura Julia. ¡Es arte encontrado!, grita Andrea, es cuando un artista coloca un objeto corriente en un contexto artístico, o… bueno, creo que era así… él dice, el chico se llama Toni, y dice, dijo que cuando vierais la piedra os enfadaríais. Ajá, es un intelectual entonces, dice Ramón, cubriéndose la cara con la mano, resoplando.
Vale, qué representa la piedra, pregunta Julia. Bueno, murmura Andrea, él dijo que, aquí, al principio representaría el desapego del ser humano con la naturaleza.
El piso forma parte de la obra de arte, dice Andrea, y el cabreo de Ramón, y la discusión que ahora tienen en torno a la piedra.
La verdad es que también hay una cámara escondida, grabando, masculla con la boca pequeña Andrea.
¿Cómo?, grita Ramón.
Hay una cámara escondida grabando esta conversación, repite Andrea otra vez con la boca pequeña.
Julia cambia de postura, pero vuelve a la postura inicial. Ramón dice que vale, puede que ahora siga muriendo gente, pero que aun así él ahora mismo mataría a un montón de gente más, así de cabreado está. En serio, dice, va a subir la media de muertos por hora si no sacáis esta piedra de aquí a la voz de ya.
Así sólo contribuyes a que la obra sea cada vez más y más interesante, dice Andrea, ¿no te das cuenta?
Andrea tiene razón, dice Julia (y no puede evitar sonreír), es una partida de carácter entre tú y ese pavo de los cuadros… Sí, dice Andrea, y estás perdiendo por goleada; eres el típico urbanita al que le da igual todo, sobre todo el medio ambiente.
¿Qué?, grita Ramón.

Una hora después (o seis mil muertos más tarde), la piedra sigue en el mismo sitio. Ramón va de un lado a otro buscando la cámara escondida, mascullando palabrotas. ¿Qué más os da que haya una piedra en medio del salón?, repite sin parar Andrea. La verdad es que a mí me importa un bledo, dice Julia. Genial, masculla Ramón, esto es genial, genial, estáis las dos taradas… Aún no os he dicho para qué es la grabación, dice Andrea. Si encuentro la cámara va a dar igual, grita Ramón, te lo aseguro. Es como una performance natural, no forzada, dice Andrea, eso me dijo Toni. La idea, añade, es mostrar la piedra en una galería de arte, y a su lado instalar una pantalla en la que se podrá ver un video en bucle, un video editado de lo que está pasando aquí ahora. Vaya, sonríe Julia, vas a ser una estrella, Ramón, está claro que tú eres el protagonista. No te preocupes, dice Andrea, se te emborronará la cara y filtrará la voz. Exacto, añade Julia, sólo serás el típico ejecutivo en plan Easton Ellis que pierde los nervios por una piedra.
La obra se titulará: “La piedra”, afirma con energía Andrea, eso me ha dicho Toni.
Estáis taradas, ta-ra-das, ¿dónde narices está la cámara?, dice él. ¿Por qué estás tan enfadado?, dice Julia. ¿A ti te parece bien esto?, susurra Ramón en la cara de Julia, como si Andrea no pudiera oírle. Toni tenía razón, no hace falta mucho para cabrear a un hombre corriente, murmura Andrea, basta con rayarle el parqué. No deberías haber mencionado el parqué, susurra Julia en tono de burla por los susurros anteriores de Ramón. Ramón ya no sabe dónde mirar para buscar la cámara. Andrea comienza a quitarse la chaqueta, y dice que lo siente pero que la obra aún no ha terminado; hay ciertos miedos y frustraciones que Ramón está proyectando en la piedra, está claro, dice, no se trata de la piedra, hay cuestiones mucho más profundas que tratar aquí. Añade que Julia no está enfadada, incluso se podría decir que se está divirtiendo, sin embargo Ramón se sube por las paredes, sólo… ¿por qué?, ¿por una piedra? Estás tarada, dice Ramón, ¡estoy enfadado porque me están grabando! Ya estabas como una moto cuando sólo sabíamos que había una piedra, dice Julia, reconócelo, eres un obseso del orden y el control. Sí, dice Andrea, Toni te tiene justo donde quería, eres capaz de ajustar tu nivel de exigencia hasta el punto de ponerte de los nervios con la sola presencia de una piedra. Porque no se trata de la piedra, añade, creo que los tres aquí ya somos lo suficientemente adultos para deducir eso; ya lo dijo Toni, sólo con una piedra puedes desencadenar la verdad; es lo que estamos viendo, la verdad subyace en ti ahora mismo, de un lado a otro buscando una cámara que a su vez graba cómo la buscas irritado sólo porque has visto un elemento vagamente disonante en tu salón. Es verdad, ¿qué te pasa, Ramón?, pregunta Julia, no puedes estar así sólo por la piedra…
Entonces Ramón se dirige hacia el objeto “encontrado” en cuestión, e intenta cogerlo; sólo consigue rasparse las manos, y suelta un alarido de rabia. La piedra está pegada al suelo, murmura Andrea, os lo tenía que haber dicho; además, por más que te libres de ella no te librarás de lo que te cabrea y frustra de verdad; aquí la piedra sólo ha sido el desencadenante, la gota que ha colmado el vaso. Toni te está liberando, añade, porque ahora sabes que si no sacas fuera lo que te oprime, difícilmente conseguirás seguir con tu vida sin volverte loco.
La gente sigue muriendo a miles, y Julia asegura que si la obra se completa, ella desde luego querrá ver el video. Andrea se sienta en el sillón con ella, y las dos observan cómo Ramón sigue buscando la cámara, ya totalmente desquiciado. Y Andrea le dice a Julia: Tú también deberías plantearte qué relación guardas con lo que está pasando aquí, esa piedra no es del todo ajena a ti. Verás, argumenta Julia, yo hace rato que he decidido tener una relación… cómo te diría, de naturaleza matrimonial con la piedra, como esas parejas cuya ilusión por mejorar sus vidas está por debajo de su pereza ante el divorcio o la separación: ella no me jode a mí y no no la jodo a ella.
Vale, sencillez… me gusta tu filosofía en este caso, dice Andrea, y luego dirigiéndose a Ramón, dice: No solo somos tus compañeras de piso, cariño, también somos tus amigas; en lugar de seguir con el rollo de la cámara podrías hablar con nosotras y decirnos qué te pasa; a lo mejor podemos ayudarte…; lo que está claro es que haciendo que la piedra desaparezca o rompiendo la cámara, no solucionarás nada; sólo seguirás reprimiendo lo que sea que te sucede, lo que sientes. No se trata de la piedra, insiste, ni de la cámara, ¿me oyes?
Me has mentido, ¿verdad?, suelta de sopetón Ramón, no hay ninguna cámara, ni siquiera existe Toni, sólo queréis volverme loco, que me vaya del piso, ¿no?
Claro, eso es lo que pasa, murmura Julia con desdén, esta tarde hemos quedado para buscar una piedra y hemos trazado un plan durante seis mil muertos en una cafetería. Deberías dejar de usar los muertos como unidad de medida temporal, susurra Andrea, él no se entera a veces con ese rollo… ¿Qué narices dices ahora de seis mil muertos en un cafetería?, grita Ramón.
Cariño, dice Andrea, podrías sentarte con nosotras, podríamos hablar…
No me llames cariño, grita Ramon.
En realidad, dice Julia, lo de los seis mil muertos es verdad, la cafetería estaba en Roma, era enorme, y alguien puso varios explosivos, alguien muy descontento con el café macchiato que le habían servido hacía unos días y…
No deberías provocarle más, le dice Andrea a Julia, bastante mal lo está pasando ya el pobre, lo último que se debía esperar hoy era una experiencia purgadora forzosa… esto no es tan distinto a un exorcismo, es un exorcismo artístico, una experiencia brutal y reveladora.
Estáis las dos taradas, dice Ramón trasteando y mirando debajo de todo.
La diferencia es que aquí, susurra Andrea, los demonios se los tendrá que sacar él solito de dentro; nosotras, Toni y la piedra sólo ejercemos cierta presión; se está librando una batalla entre el ímpetu de la situación y la negación de Ramón; las circunstancias le han puesto entre la espada y la pared, la piedra muta y tiene significados distintos cada minuto que pasa: ahora mismo es la representación más pura de la obcecación de una persona por no revelar aquéllo que la liberaría.
Ramón coge la piedra con las dos manos, e intenta despegarla nuevamente del suelo. Es un espectáculo patético, cae al suelo y se levanta otra vez y vuelve a intentar despegar la piedra.
Hasta que no entiendas que la piedra no tiene ninguna importancia, dice en tono calmo Andrea, no superarás este momento, esta prueba que la vida te ha puesto.
Sí, dice Julia (no se sabe si en serio o en broma), puede que sea el momento más importante de tu vida, Ramón, deberías aprovechar y aprender de él…
Ramón cae de culo otra vez. Comienza a hacer pucheros como un crío. Fíjate, le dice Andrea a Julia, este será uno de los momentos cumbre del video; Toni me dijo que la situación podía llegar hasta el extremo del intento de suicidio…; pero no te preocupes, no le dejaremos hacer ninguna tontería.
No me preocupo, dice Julia.
¿Estás bien, Ramón?, murmura Andrea, arrodillándose a su lado y poniéndole una mano en el hombro.
Julia se mueve, se pone de pie, respira, se sienta. El dolor de estómago se ha ido. Andrea rodea con un brazo a Ramón y le susurra preguntas incómodas. Julia sonríe aliviada, ahora puede moverse con libertad. Se levanta otra vez, se acerca a la piedra, la palpa brévemente. Andrea le dice a Ramón que lo que sea que tenga que afrontar, no puede ser tan malo ni embarazoso como para no poder superarlo y pasar página. Esa es la piedra de tu riñón emocional, le dice, y tienes que expulsarla; cuando decidas solucionar lo que sea que te preocupa, la piedra sólo será algo con lo que evitar tropezar en este salón.
Julia murmura que a saber lo que le pasa, que a cualquier cosa le llaman hoy en día problema; déjale que llore, dice, le vendrá bien. Ramón se levanta y mira a Julia inquisitivamente; ésta entra en la cocina y abre la nevera como hablándole a nadie: «Para ese asunto de la piedra en el riñón lo que tienes que hacer es beber mucha agua…, díselo Andrea, mucha agua y agenciarse unos buenos calmantes…»
Es mejor que le dejes en paz, murmura Andrea, así no ayudas. Ramón vuelve a atenazar la piedra con las manos y tira inútilmente de ella.
¿Qué intentas hacer?, susurra Andrea, ¿qué vas a hacer si consigues arrancarla?,
Si de lo que se trata es de arrancar la piedra, podemos llamar a los bomberos, parlotea Julia trasteando en la cocina. Y si así se soluciona el problema le vamos a ahorrar un montón de pasta en psiquiatras a la humanidad…, añade. Ramón se pone en pie y al principio parece dirigirse fuera de sí hacia la cocina; a lo cual Andrea grita algo como:
¡eh, eeh, eeeeh…!
Julia, aun viéndole venir, ni se ha inmutado. Al final Ramón se va a su habitación; Andrea le grita que no haga ninguna tontería. Cuando vuelve, blande una pistola, un trasto con silenciador que Andrea ve como algo enorme, algo equívoco, pero sobre todo, inesperado.
¿Desde cuándo tienes una pistola?, grita Andrea, descentrada y acobardada.
Ahora mismo vas coger la cámara y me vas a grabar haga lo que haga, dice él. Andrea abre las cortinas de la ventana; la cámara estaba en el quicio de ésta, grabando a través de una pequeña rendija entre las cortinas. Estuvo todo el tiempo abierta (la ventana). Quizá el único lugar en el que no miró Ramón.
Andrea sujeta la cámara. Julia ha salido corriendo del piso y ya debe estar bajando escaleras hasta la calle. Ramón encañona la piedra. Oye, colega, le dice Andrea, no sabemos si la bala va a rebotar… Andrea lloriquea, el plano tembloroso capta a Ramón sujetando el arma con las dos manos. No se trata de la piedra, murmura ella, no se trata de la piedra. ¿Ya no quieres seguir con la obra?, dice Ramón, y encañona a Andrea. Ésta deja caer la cámara al suelo, coge el brazo de Ramón y lo aparta de ella; Ramón pierde el equilibrio, el arma se dispara y la bala atraviesa la pared medio metro por encima del televisor.
Andrea se lleva las manos a la boca; no para de repetir: oh dios mio, oh dios mío, oh dios mio…Tanto ella como Ramón, saben que la bala ha viajado a través del piso de los vecinos de al lado. Las paredes son como de papel, ellos lo saben. Ramón abre los ojos como platos, mira a Andrea. Tenemos que ir a ver si ha pasado algo, dice ella. Y vuelve a coger la cámara.
Ambos salen del piso. Ramón aún con la pistola en la mano. Es Andrea la que tiene que advertirle de ello. Finalmente dejan la pistola en el sillón, después de varios segundos de desconcertantes dudas sobre qué hacer con la misma.
Llaman al timbre una, dos, tres veces… Nadie contesta. Ramón, de modo impulsivo, decide intentar abrirla pateándola con el pie derecho. Andrea no deja de grabar, no quiere dejar de grabar; lloriquea y no para de decir: No es la piedra, no es la piedra, no es la piedra…Es como su nuevo mantra, y varía según sus pensamientos fluctúan: No estamos sucumbiendo a la piedra, no estamos sucumbiendo a la piedra, no…
Ramón consigue destrozar la cerradura. El ejercicio le deja una secuela en forma de cojera. Se quedan unos dos o tres minutos sin atreverse a entrar. De dentro solo llega un parpadeo de luz, claramente procedente de algún televisor. Ambos esperan que, quien haya dentro, haya oído el ruido y acuda a la puerta de su propio piso.
Pero nadie acude.
Andrea sigue cámara en ristre. Ramón empuja la puerta para abrila del todo. Entra en el piso con Andrea detrás. Hay otra puerta de madera y cristal cerrada a pocos pasos, la que separa el recibidor del salón. Ramón la golpea tres veces con los nudillos. Ambos quieren pensar que quizá hay alguien durmiendo, alguien con un sueño tan profundo que no ha oído hace poco un disparo agujereando su piso, que no se ha dado cuenta de que alguien ha abierto la puerta de su piso a patadas… pero que ahora se develará por unos pequeños toques en el cristal de la puerta que, ahora, Ramón, decide abrir del todo, de una sola vez.
La bala ha atravesado la pared. Ha entrado en la nuca de un señor de unos cincuenta años, ha salido por entre sus ojos, y ha destrozado algo, un adorno, que había junto a la tele. Andrea está arrodillada en el suelo. Graba la cara muerta de su vecino; murmura entre lloros que hacía poco que el hombre se había instalado, que además hace unos días le dejó su mujer. Y luego comienza a murmurar pensamientos en voz alta mientras acerca el plano al orificio de bala: Alguien deja una piedra en medio de un salón, Ramón, y mira lo que pasa… y no es por la piedra, no es por la piedra… y…
Ramón permanece de pie, petrificado. Era todo energía sexual, dice en voz alta y clara, sin dejar de mirar el cadáver; no era la piedra, tienes razón, eran los escotes de Julia… eran…
Tienes que entregarte, dice Andrea. ¿Cómo?, grita Ramón, ¡no le he matado, ha sido un accidente! Vale-vale-vale, murmura ella enfocándole con la cámara, vale… Ramón se sienta al lado del cadáver. Se lleva las manos a la cara. Solloza. Lo que tenemos que hacer, dice Andrea, es arrancar la piedra y llevárnosla con nosotros a comisaría, ¿me oyes?, tenemos que hablarles de Toni…
Ramón se abraza de repente al cadáver. Tengo que decirte una cosa, susurra ella, Toni me dijo que quería matar a alguien.
¿Cómo?, grita Ramón.
Andrea solloza más intensamente, sin soltar la cámara. Él me dijo, murmura Andrea, que había hecho una apuesta con un colega, un colega que expuso su obra hace poco en una galería, no sé quién es…
Ramón se pone de pie, empieza a caminar, respira agitado. Andrea dice que ella sabía que él estaba enamorado de Julia, que ella -Andrea- es la cómplice de Toni, que ella sabía que Ramón guardaba una pistola en su habitación; que ella creía que si alguien moría, sería Julia… Andrea llora con fuerza; se las arregla para argumentar que ella odia a Julia, su altivez, el rollo que lleva, la forma en que la mira por encima del hombro por ser modelo… Y Toni le dijo que bastaba con la piedra y el discurso sobre el arte encontrado; y que Ramón acabaría derrumbándose; Andrea sólo tenía que apretarle las tuercas, y sabía que Julia se lo tomaría a broma y eso destrozaría a Ramón más que cualquier otra cosa.
La idea, dice, es que Toni apostó con su colega que podía matar a una persona solo dejando una piedra en medio de su piso. Luego tú matarías a Julia, dice, te convencería para que nos libráramos del cadáver, Toni habría realizado la obra de su vida aun teniendo que mantenerla en secreto, y además le habría ganado cinco mil euros a su colega con la apuesta…
Ramón camina en círculos, se golpea la cabeza con los puños. Habla gritando. Pero esto… esto no ha sido por la piedra, dice, ha sido por todo los demás, por ti, por Julia, por la cámara… Sí ha sido por la piedra, susurra Andrea, ha sido por la piedra, ha sido por la piedra, la piedra ha sido el desencadenante de todo, la excusa, el elemento desestabilizante, Ramón.
No ha sido por la piedra, grita Ramón.
Ha sido por la piedra, susurra Andrea.
Ramón sale del piso del cadáver. No puedo soportarlo, murmura, no puedo soportar esto, no puedo, no puedo… Andrea va tras él, entran de nuevo en su piso, la piedra sigue ahí, el agujero en la pared, las cortinas ondeando ya al viento de la madrugada; Andrea deja la cámara grabando en el mismo lugar de antes. No puedo vivir con esto en mi conciencia, murmura Ramón, no puedo, no puedo, no puedo… y no ha sido por la piedra, ha sido por todo lo demás. No, cariño, susurra ella, ha sido la piedra, la piedra, era la obra de Toni, es su única aportación, él solo tenía que dejar la piedra aquí… No ha sido por la piedra, repite una y otra vez Ramón. Y coge la pistola. No hagas tonterías, dice Andrea. No puedo vivir con una muerte en mi conciencia, no puedo, no puedo… Se sienta en el sillón y mira la pistola. No hagas tonterías, dice Andrea, podemos explicárselo a la poli, lo entenderán… No, no lo entenderán, grita Ramón, esto no hay quien lo entienda, y además el mal ya está hecho… El mal lo ha hecho Toni, Ramón. ¡No!, grita Ramón, ¡no ha sido por la piedra! Ha sido por la piedra, cariño, susurra ella, no se trata solo de la obra de arte, sino de lo que la obra provoca en las personas, lo que desencadena a su alrededor, es la obra de Toni, no la tuya… Ramón se lleva la pistola a la sien, cierra los ojos… pero recula. Llora intensamente. Si te disparas sólo harás que ratificar que todo esto lo ha desencadenado la piedra, cariño, insiste Andrea. No puedo vivir en un mundo que no entiendo, lloriquea Ramón, no quiero ir a la cárcel, ni vivir con esto toda mi vida… Entonces, vuelve a llevarse la pistola a la sien. Andrea, en un acto reflejo, se da la vuelta y se tapa los oídos. No llega ni a oír el disparo, ya de por sí muy atenuado.
Cuando se da la vuelta, la cabeza de Ramón está parcialmente destrozada; el calibre de la pistola desde tan cerca ha provocado todo un estropicio.
Andrea resopla, mira a su alrededor. Saca el móvil de su bolso y lo manipula.
(…)
Oye…, le dice al auricular, ¿Julia?… oye… que he ganado…; se acaba de volar los sesos y está todo grabado; y todo dentro de las primeras 24 horas, me debes tres mil euros…
No-no-no, estaba al límite, tú lo has visto, bastaba con la piedra y un poco de presión, añade.
Bueno, murmura, eso da igual…
No, sonríe, qué coño… no, no hay ningún Toni; ayer me tiré al tío ese del banco… el de la sucursal…
Sí, dice, el siguiente ya está apalabrado, ya vio el piso, es un comercial, es…
Ya…, añade, ¿estás viniendo ya?…
… pues ven echando hostias, hay que limpiar dos pisos…

[Hace tiempo que no pongo un video de Grace Randolph, así que aquí arriba tenéis uno; nos habla de “The Rum diary”, basada en la novela de Hunter S. Thompson, y que veré cuando se estrene aquí, algún día, o en dvd… Abajo, algo más de kate, especial Halloween…]

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El profesor

Quiero que sepáis que todos vuestros poemas son basura, dice el profesor/escritor. Ya sabéis, dice, papel higiénico en potencia. Dice que de los treinta y cinco alumnos que tiene delante, de momento solo puede contar cero poetas.
Cero, repite enfatizando en la c.
Viniendo hasta aquí he visto poesía en la mirada de cada mujer con la que me he cruzado, dice. «Vale que iban camino del trabajo y cosas así; puede que fuera poesía triste y desoladora. Pero ninguno de vuestros escritos puede competir con la sola imagen de cualquier cosa lo suficientemente viva. Y mucho menos si es una mujer… o un árbol, un prado, montañas, cataratas, animales callejeros…» Seguro que me entendéis, dice. «Ahora mismo sois como esos animales domésticos que alguna gente posee casi en calidad de adornos. Como esas peceras que tienen algunos en casa. Eso habéis hecho con la poesía, lo que esa gente hace con lo que es natural y está vivo, despojarlo de su autenticidad». En términos de belleza, no transmitís más de lo que pueda proyectar cualquier foto de una cesta llena de cachorritos, dice.
«Sois fáciles, puedo ver la costura de vuestras mentes. Leo lo que escribís y solo puedo veros a vosotros ante el ordenador, haciendo vuestros patéticos esfuerzos, sin dejar que nada fluya, pensando y dándole al coco como quien intenta resolver una ecuación». Como si todo dependiera de lo cabezón que pueda ponerse uno, murmura.
Deberíais abrir todos un blog si aún no lo habéis hecho, dice; es el único medio en el que alguien puede deciros que sois buenos escritores.
«O eso o estudiar cualquier otra cosa. Algo que solo dependa de vuestra fuerza de voluntad. Seguro que todos sois muy esforzados y responsables. Seguro que eso sí lo tenéis. Me recordáis a esos grupos de rock que nacen, empiezan a ensayar y al cabo de un mes ya encargan camisetas con el nombre de la banda.»
«Siempre un paso adelante, siempre optimistas, siempre alerta, ¿verdad?»
Seguro que algunos os llamáis a vosotros mismos poetas, dice el profesor.
El tipo camina de un lado a otro del aula. No mira a nadie en concreto. Un amigo mio siempre me lo dice, murmura mirando al suelo, lo mejor de los universitarios suelen ser las universitarias. En serio, susurra ahora mirando al frente, me gustaría que alguna de vosotras, tan monas y todo eso, hubiera escrito algo bueno. «Me gustaría hacer que la alumna en cuestión se pusiera en pie, la haría leer su poema. La haría quedar bien ante todos. Haría que… me viera con buenos ojos». La verdad, dice, es que el único motivo por el que me metí a profesor fue las universitarias. «No puedo negarmelo más». Las universitarias, repite con la mirada perdida, las universitarias…
Este centro apesta, murmura luego, no me gusta la política dictatorial de este centro… El hombre parece perder el control, hablando ya sin filtro, sin medida. ¿Pueden ponerse en pie las chicas que hay en clase?, pregunta. Unas se ponen en pie, otras no; algunas incluso se van del aula. Veréis, dice, vosotras sabéis de qué va todo esto en esencia. Os lo digo a vosotras, porque sé que quizá vosotras sí podáis llegar a entenderlo; yo tengo cuarenta años ya, murmura. «Y creo que todas sabéis en el fondo que los tíos somos como somos; igual a los veinte y a los cuarenta». Lo que yo quería era buscar rollo, dice. «Buscar rollo con alguna de vosotras, a poder ser más de una». Aprovechad esto, murmura el tío, puede que sea la última clase en la que alguien os diga su verdad real. Casi nadie es profesor universitario por vocación, dice; lo somos porque no pudimos llegar a hacer lo que queríamos de verdad. «Puede que sí haya vocación cuando se trata de críos más pequeños. Hay mujeres que quieren ser profesoras porque les chiflan los niños. Lo cual, de todas formas… creo, es un poco absurdo. Es como querer ser cocinero porque a uno le encanta comer…»
Yo quería ser escritor, susurra, y lo soy… pero mediocre. «Así que ese amigo que os digo me comenzó a hablar un día de los universitarios, y de lo mejor de ellos: las universitarias. La diferencia de edad, la actividad sexual que pueden buscar, el hecho de que quizá les dé igual con quién… Lo que yo quería era encumbrar a alguna… ¿entendéis? Hacer que alguna de vosotras se colgara un poco de mí sólo por mi insistencia sobre su potencial…»
El tipo sigue hablando, mirando al vacío. Podéis sentaros si queréis, dice, no sé por qué os he hecho levantar. «Creo que solo ha sido para veros mejor, para hacer el numerito, qué sé yo… No deberíais hacer mucho caso de las cosas que os mandan hacer los profesores. Lo profesores no son más que gente a la que le queda un poco menos de tiempo aquí; quizá están un poco más amargados… A no ser que os cambéis a medicina o química o algo así, creo que en la universidad nunca aprenderéis más de lo que lo haríais en casa leyendo a los autores a los que realmente os apetezca leer. Esto es como una violación en realidad, como forzaros a tener talento… no tiene ningún sentido… no se puede forzar el placer… Imaginad que hubiera clases prácticas para enseñaros a disfrutar del sexo… difícilmente nadie lo disfrutaría aquí, da igual qué libros usáramos, qué instalaciones… siempre disfrutaríais y aprenderíais más follando en un coche a las afueras por más incómodos que estuvierais… ¿Estudiaríais esa carrera sexual sólo por el título si a cambio odiarais el sexo quizá el resto de vuestras vidas?…»
«Como digo, esto muchas veces es como una violación, una terrible violación…»
Algunos alumnos más comienzan a desfilar hacia la salida. El profesor se afloja la corbata. Yo no me gano la vida con esto, dice, así que ahora es cuando deberíais abrir bien los ojos y las orejas. Dejé a mi mujer hace dos años, dice. «Ya no parecía una universitaria ni de lejos… y tampoco se parecía a la mujer que era cuando, eso, cuando decidí convertirme en adulto con ella a base de ceremonias y chifladuras sólo para la galería… Qué queréis que os diga… nada es cuadriculado. Yo no os puedo enseñar a escribir, ni tan siquiera os puedo enseñar a leer si la lectura es obligada; no puedo hacer nada positivo de verdad por vosotros. Como mucho podría haber seguido con mi papel de docente; haberos puesto exámenes, haberos juzgado según mis gustos y criterios pasando de los vuestros, anteponiendo mi mundo al vuestro, perfilándoos a mi imagen y semejanza. Podría haber sido otro dios moderno, y haberos convertido, como mucho, en escritores mediocres…»
«Y creedme, doy gracias de que no tengáis el más mínimo talento; de haber sido así me hubiera sentido como una auténtica mierda: yo, intentando enseñar lo que un chaval veinte años más joven entiende mejor que yo, algo que él respira y yo no, una intuición que él tiene y yo no… De verdad, en serio, es mejor así para mí. Y bueno… si hubiera llevado a cabo mi plan sexual con alguna estudiante, no hubiera estado mal, pero también es cierto que eso conlleva mucho lío… Pero qué coño… uno crece, se embarca en lo que todos para ser como todos, madura porque ha hecho lo que todos dicen que alguien maduro hace… y luego qué… ¿Ahora he inmadurado por divorciarme?, ¿comenzará a caerseme el vello púbico en plan Benjamin Button?, ¿tener la vaga esperanza de querer follar con veinteañeras es síntoma de enfermedad alguna?…»
Algunos alumnos se han largado, pero otros que vagaban por los pasillos han entrado en el aula. El boca a boca. Hasta tal punto es así, que al rato ya no quedan sitios para sentarse, y la gente comienza acumularse de pie.
¡Vanesa!, grita el profesor, ¿está presente Vanesa? Vanesa, una de las alumnas, se pone de pie. No hace falta que te pongas de pie, cariño, murmura el profesor. Vanesa se sienta. «Antes mentí cuando dije que nadie aquí tiene talento. Vanesa entrega buena prosa de vez en cuando. El único motivo por el que nunca se lo he reconocido a ningún nivel, es que no me atrae sexualmente. O sea…, ¿qué ganaba yo?, ¿qué puede ganar aquí un profesor de universidad?, ¿cómo vamos a alimentar nuestro ego insaciable?»
La chica se levanta y desfila entre los alumnos, hacia la salida. Sin expresión. El profesor se queda callado un momento, y luego berrea. «¡Adiós, dulce Vanesa, y no te preocupes, no es por ti!… Pensad todos en vuestros padres, queridos alumnos, por los que sois como sois. Os dejáis engatusar por el amor, y acabáis tirando vuestro posible talento por la borda… En serio os lo digo, me encantaría leer vuestros diarios si los tenéis… sería la única forma de saber si sabéis trascender la cesta de cachorritos, la belleza de postal de a un euro. ¿Por qué os metéis en berenjenales al escribir?, ¿por qué no me habláis de lo que os pone cachondos, o de las cosas en las que pensáis para tranquilizaros antes de dormir?, ¿por qué no me habláis de lo que os cabrea por mucho que sea algo que todo el mundo ve con buenos ojos?, ¿por qué intentáis adaptaros a lo que ya existe en lugar de tocar lo que tenéis delante y describirlo a vuestra puta manera…? ¿Por qué…?»
Pausa larga.
«Pues venga… yo intentaré deciros por qué. Puede que aún ni os lo hayáis planteado. Yo al menos sí me lo he planteado… Creéis saber lo que está bien y lo que está mal, lo que es moralmente reprochable y lo que no. Creéis incluso que tenéis la formula para ser dignos de… lo que sea, de todo… de estar vivos y de lo que poseéis; y lo único que tenéis en realidad es una vaga idea sobre lo que hay que hacer para que los demás crean que sois dignos. ¿Cómo se puede escribir algo así? ¿Cómo vais a inspirar a nadie o a vosotros mismos si os pasáis toda la vida intentando ser exactamente iguales que vuestros lectores potenciales…? Fijaos bien, miraos todos ahí sentados, leyendo lo mismo, memorizando lo mismo, absorbiendo los mismos conocimientos, trabajando sobre exactamente el mismo material, y claro, demasiado cansados para hacer nada más por vuestra cuenta… ¿Cómo podríais sorprenderos entre vosotros?… ¿Por qué os creéis que es Bukowski quien os sorprende a todos vosotros?… alguien que llevó una vida de puro amor por la literatura, por encima de todo lo demás, una vida que vosotros jamás os atreveríais a vivir como los pijos con Iphone que sois… No queréis escribir, queréis pasear por Ikea y elegir un estante bonito para colocar todos exactamente los mismos libros y diplomas. Queréis hacer exactamente lo mismo que yo hice…; y miradme, ahora lo único que yo quiero es salir de aquí, emborracharme, irme de putas de lujo…»
La clase está abarrotada. Hay un murmullo que habla sobre la posible ebriedad del profesor. Otros murmullos aseguran tener un amigo que le ha visto esnifar alguna vez. De vez en cuando alguien hace tssss para que los murmullos callen. Algunos se ríen en grupitos. El profesor camina de un lado a otro, callado durante al menos tres eternos minutos. Tan largo se hace el silencio, que cuando retoma el discurso algunos dan un respingo.
«Cuando ya no esté aquí y comentéis entre vosotros que me rompí en medio de clase, o que iba bebido o que perdí los papeles, tened en cuenta dos cosas. La primera, es que que como ya he dicho, mi sustento no depende de trabajar o no aquí. La segunda… bueno, entiendo que de cara a los demás os mostréis cínicos y negativamente condescendientes conmigo, como personas demasiado centradas para dar algún valor empírico positivo a lo que está pasando aquí. Pero os ruego que penséis en todo lo que he dicho en el futuro, hagáis el papel que hagáis para los demás.»
«Sé que la red en la que os encontráis todos ahora pescados es cómoda. Es un momento mullido de vuestras vidas. Podéis jactaros todo lo que queráis, mostrar vuestras etiquetas ahí fuera con orgullo; sois jóvenes, universitarios, no va con vosotros eso de dejar los estudios en pos de alguna pasión, sois demasiado inteligentes para eso, ¿verdad? Puede que incluso ganéis un montón de pasta en unos años. Seréis unos consumidores ejemplares… Sí… Da igual si no tenéis el más mínimo pensamiento propio, o que para dejar volar la imaginación y la creatividad necesitéis ocho cubatas.»
«En fin… uhm… No sé… Sólo os pido que…»
Es entonces cuando el director del centro irrumpe en clase, interrumpiendo al profesor aun sin decir nada; decenas de cabezas se vuelven a mirarle. El director es un tipo bajito, con gafas. Camina aparentemente calmado entre los alumnos que están de pie, dirigiéndose hacia el profesor. «¡Fijaos en quién está aquí!, ya pensaba que no vendría… Os contaré un par de cosas del señor Arturo Ramírez Marín. ¿Habéis oído esa teoría sobre los hombres bajitos y por tanto ávidos de poder?, pues aquí tenéis esa teoría, caminando con sus propias patitas. El Napoleón del centro… No me mire así, señor… ¿Sabéis lo que dijo cuando le propuse reducir a la mitad vuestras lecturas obligatorias?, ¡nada!, se puso a hacer alguna mierda de sudoku hasta que salí de su despacho… ¿Sabéis qué dice siempre este Napoleón académico? ¡Que hay que subir los estándares!…; y traduzco: quiere poneros más exámenes, ¡y más difíciles!… Claro que sí, señor Ramírez, usted siempre demostrando su amor por las artes, por la poesía y la literatura… Siempre dejando que las cosas fluyan…»
El director se acerca y le susurra algo al oído al profesor, un ademán tajante. «No, no pienso volver a chupársela otra vez en su despacho, señor». El director vuelve a susurrarle algo, enrojecido, visiblemente encolerizado. «No insista, tiene que arreglar las cosas con su mujer y…»
El director desiste y vuelve a caminar hacia la puerta para salir del aula, esta vez con un aspecto menos reposado. «No sienta bien no haber salido del armario ya a ciertas edades, muchachos…»
Se hace un silencio. Luego el profesor se acomoda en su silla.
«En fin, creo que ya está bien. Napoleón me ha dicho que la policía está de camino, ya sabéis, aparte de lo de la mamadas… Eso quiere decir que voy a ir a la calle seguro, ya hace tiempo que se huele. Os vais a librar de mí… Y no sé cuánto de lo que he dicho hoy aquí os habrá parecido real y cuánto sólo para provocaros. El caso es que aún me tendréis unas cuantas clases con vosotros por clausula de contrato. Y os voy a pedir un último ejercicio de prosa (que por cierto quiero que le comuniquéis a Vanesa y el resto). Como último trabajo para mí, quiero que escribáis algo sobre lo que acabáis de vivir en esta hora de clase.»
«Muchos decís que no tenéis nada de qué hablar -lo cual no me extraña, vivís sólo para venir aquí y luego hacer deberes de aquí, y luego ir de fiesta para desconectar de aquí-, ¿no es así?…»
«Pues ahora ya tenéis algo distinto de lo que hablar y escribir… Vale cualquier ejercicio de narración o metanarración que se os ocurra. Podéis exagerar todo lo que queráis. Podéis asumir que todo lo que he dicho es mentira, o que todo es verdad, o mitad y mitad. Podéis reflexionar sobre lo que he dicho. Podéis hablar sobre un profesor original o sobre el tío que quiso llamar la atención de todos en su casi-última clase antes de ser despedido por su escasa profesionalidad y adicción a las drogas. Vale to-do. Podéis incluso narrar hasta este momento y seguir con la historia fuera de aquí, con mi relación con las mujeres jóvenes, mi supuesta afición a la prostitución, mi incapacidad de mantener relaciones maduras… Podéis añadir personajes, describir al dedillo o mentir a lo bestia. Lo que sea. Usad a Napoleón, a Vanesa, a vosotros mismos. Y si se os ocurre una idea mejor mientras escribís sobre esto, borradlo todo y escribidla. Usad esto. Así es como funciona cuando se es libre.»

[Para el video, no me queda otro remedio que poner uno de los temas del disco en solitario de Noel Gallagher. Disco que me da va a ser uno de mis favoritos este año, y que augura una gran carrera en solitario para Noel. Abajo, otra foto de Upton, para que siga entrando gente al blog y no entienda por qué siempre hay una foto de ella en cada post. y YA ESTÁ.]

De repente se volvieron modernos

De repente se volvieron modernos. Se volvieron modernos y le restaban importancia, porque también eran de carácter humilde en apariencia. Se volvieron adultos y conocían los mecanismos que lo controlaban todo. Se volvieron prácticos en aspectos concretos, ya fueran éstos físicos o abstractos. Se volvieron pragmáticos pero optimistas.
Estaban casi todos ahí, casi todos los que yo conocía desde hacía años o de vista. En ese ático que era un ático privado, pero que parecía la terraza de algún sitio para altas esferas en alguna gran ciudad europea. Se saludaban entre sí con preguntas directas, calculadamente sarcásticas. Las parejas llegaban tarde; o llegaban cada una a su “hora de pareja”; siempre atareadas, siempre viniendo de otros encuentros de pareja, otras citas de trabajo o de familia. Pero impecables (y con una explicación a punto si no lo parecían).
Yo volvía a estar entre ellos. Lejos de ellos aun codeándome. Había distintas mesas, de ésas para estar de pie, en las que dejar la bebida o apoyar el codo una vez calculada la postura. El mobiliario no era muy practicable, era sobre todo estético; de ese modo en que toda esa gente moderna cuida la fotografía pero descuida las espaldas. Hojea uno de esos suplementos de viernes, con artículos y fotos sobre clubs de moda, así te harás una idea. ¿Sabes ese cóctel que se sirve en una especie de cono achatado invertido, y que por más cuidado que tengas verterás algo de su contenido antes del primer trago?, pues así era un poco todo entre toda esa gente moderna. Menos práctico de lo que ellos creían, absurdamente caro, e inflado de un estilo que era todo descripciones vacías llenando sus vidas de miedo a hacer avanzar de verdad las mismas al margen de los demás.

De repente todos tenían sus medallas. Sus objetivos cumplidos. La fórmula de la felicidad ya resuelta antes de los treinta. Todo el paquete de metas logradas y responsabilidades. Todas las pasiones bien arrinconadas ya en sus mentes. Lo que les hacía emocionarse, reducido a hobby. Porque eran responsables. Iban a afrontar la vida, la experiencia familiar. Todos estaban a tiempo, llevaban al dedillo el orden cronológico; estaban a tiempo e iban con los tiempos. Integrantes dignos de su ciudad. Auto-conciencias digitales. Sabían sacrificarse porque eso les formaba como personas. Desconfiaban a menudo del placer. Obviamente no fumaban. Y te conocían como querían, de esa forma en que hablar de ti siempre resulta interesante al modo de rulos y revistas.
Celebraban en secreto y a veces hasta en público la muerte de rockeros jóvenes y celebridades; esos irresponsables que habían escogido el mal camino, y que por tanto habían acabado mal. Esos muertos a los 27. Artistas. Esos tíos que no trabajaban en oficinas ni almacenes, que hasta disfrutaban de verdad de su oficio. Qué se habían creído. Quien la busca la consigue.

Tenían quince años y de repente estaban llegando ya a los treinta. Todos en ese ático. Y cada vez se parecían más a sus propios padres; el mundo seguía girando igual, lleno de gente preguntándose por qué siempre hay quien padece hambre sin embargo. Esos clones de clones de clones pasados; la misma vida, el mismo camino, las mismas ideas. Diferencias insustanciales en los medios para transmitir los mismos miedos y prejuicios.
Copias de copias de copias, peinados cada uno de un modo distinto quizá. Todos en ese ático. Todos intentando marcar diferencias como quien intenta dejar claro que no es físicamente exacto que su hermano gemelo, por más que se parezca. Iguales entre ellos y a sus padres. Las mismas etapas en el mismo orden cronológico. Las mismas convicciones relacionadas con intentar planear lo espontáneo.
Hacían planes para ser lúcidos e inteligentes. Hacían planes para enamorarse. Y no sólo para enamorarse, sino para hacerlo cuando ellos quisieran.
Eran ‘vasos medio llenos’ con patas. Querían aprender de todo lo que les pasara; no querían aceptar que hubiesen perdido segundo alguno. Soñaban con identificar con códigos de barras todas las cosas, a todas las personas.
Puede que incluso algunos creyeran en Dios. Pero aun si no creían, parecía más una cuestión de moda que de reflexión.

Grupos en cada mesa, murmullos y siseos acomodados. Naturalidad fabricada en serie. Tan avanzados que ya creían que la telebasura era chic. Y esos videos sin gracia que solo funcionaban porque a la gente le hacía gracia recordarlos todavía. Amplificadores subnormales de un supuesto momento divertido explotado sin piedad en programas de zapping.
La anfitriona iba de un lado a otro preguntando si nos lo pasábamos bien o no. Si quieres que alguien comience a desear largarse de donde sea, hazle plantearse lo que hace, dónde está. Es como preguntar qué haces, por qué has venido. No preguntes. Limítate a traerme cualquier bebida normal en un vaso normal. Dame una mesa y unas sillas de bar austero de obreros, por favor. Dame un poco de variedad; me estoy ahogando en esta modernidad de cáscara, entre estos dignos clarividentes falsos que sólo van a seguir contribuyendo a que el mundo siga igual.
Dame a la gente, pero solo a nivel individual. La mayoría de gente se vuelve imbécil en grupos.
Ves a cualquier cumpleaños después de haber pasado un día lo suficientemente jodido, con esa claridad de ideas que te da el no estar predispuesto a nada, cuando de verdad es el momento lo que tiene que animarte y no al revés.
Tenían veintiocho y veintinueve y treinta años. Ibas a sus pisos y cada uno era calcado al anterior. Te hablaban de sus trabajos y siempre sonaba desesperante. Hablabas con sus parejas y descubrías que a veces por más guapa que sea una mujer, ni tan siquiera te apetece imaginarla desnuda. Te sonreían y te daban ganas de irte a vivir a un pueblo. Al puto campo, donde sea. Los animales no dicen chorradas sin parar, no ven programas de zapping, no tienen Iphone, no se están justificando por todo a cada minuto. No son modernos ni antiguos.

Comencé a recular dando pasos cortos. Dejé mi vaso de cóctel en el suelo. No tenía ganas de despedirme de todos. Ni tan siquiera había muchos amigos auténticos en realidad. El motivo de la reunión era lo de menos. Son cosas que simplemente suceden; a las que es más fácil decir que sí que poner excusas.
Dos puntos y se cierra paréntesis=Sonrisa. Claro que iré. Es mucho más rápido ir.
Pero cuando llevaba una media hora allí, yendo y viniendo del lavabo y cosas así, me dio ese impulso de largarme bien lejos
Puede que me vieran algunos, pero el lugar era lo suficientemente amplio para no llamar la atención de un modo demasiado chocante. Luego podría decir que me encontraba mal, pensé. Y no era mentira técnicamente .

Abajo en la calle, caminé cerca de la pared. Sabía que podían asomarse por los inmensos ventanales del ático. Podían observar mi huida. Quizá lo hicieron.
Comencé a sentirme mejor. Caminando y simplemente cruzándome con otra gente, saqué un cigarrillo. En aquel lugar la anfitriona no dejaba fumar. Demasiado pagada de sí misma para algo así… Seguro que le iría bien.
Al rato una chica se me acercó. Una trabajadora. El turno de noche inevitable. Es verdad que todos los nuevos pisos parecen iguales, todos con esos muebles que parecen de lo más frágil y lo son. Esas pantallas planas. Casi siempre un gato o dos rondando entre los sillones, esos sillones que son como transformers de peluche; te estiras en uno y de repente se alarga, o se separan dos partes o… Esas luces a las que no puedes mirar fijamente, como una placa de metal con tres o cuatro puntos de luz sobre la mesa del salón, como si cada vez que los miraras sintieras que te estás muriendo, y que al fondo te esperan tus abuelos muertos, al final del túnel.
El lugar al que me llevó la puta era objetivamente mucho más estiloso. Mucho más personal. No había gatos, las luces no te cegaban, y nadie te preguntaba constantemente qué te parecía el piso.
Había muebles bastante viejos. Olía a productos de limpieza. Le pregunté la edad. Veintitrés años. No era inmigrante. Me contó que le pareció buena idea cobrar por fin por hacer algo que le gustaba durante una temporada. Era como la antítesis de las chicas que había en ese ático; pero, al fin, alguien mucho más apegada a lo que era el mundo, menos negada, menos hipócrita, más sincera, más discreta, más directa. Y mucho menos miedosa.
Un teléfono rojo en una mesilla. Te hace pensar en Kubrick o en Lynch. Le pregunté que si el piso era suyo. Sí, dijo, mis padres están de viaje. Lo cual lo explicaba todo; era un piso de padres: muebles enormes, tecnología analógica aún, esos aparatos y electrodomésticos que duraban años y años. De cuando el fabricante aún quería ofrecer algo bueno, y la gente era consumista sin llegar a ser gilipollas del todo.
No me sentía como con una puta. Le volví a preguntar la edad cuando ambos estábamos sentados en el sillón ante la tele. Veinte años, dijo. Y me preguntó si esto era algo que hacía a menudo. No, dije. Solo hago cosas así cuando necesito sentirme menos falso, menos artificial. Te fumas un paquete en una noche viendo cine clásico; buscas a ese contacto tuyo para la hierba; te follas a una puta… Son cosas que muchos presumen no hacer aun sin hablar. Y el hecho de recurrir a ellas a veces, hace que me sienta muy distinto a esos tíos, a esas niñas bien, esos sacos de buenas referencias y trayectorias ejemplares para este mundo.
Esos tíos y tías que se dedican a mostrarse siempre como buena gente, sin dobleces, sin secretos, sin vergüenza.
Sí que son unos sinvergüenzas, dijo ella.

De repente ella estaba desnuda. Y yo me fijé en su cuerpo un buen rato ya después del servicio. Había sido lo mejor de la noche. Algo secreto, placentero, moralmente discutido… No me parecía que la muchacha tuviera mucha experiencia. Estábamos en la cama de matrimonio de sus padres. Le dije un montón de cosas, le advertí sobre el efecto que los próximos años podrían tener sobre ella. Esos próximos años convierten a mucha gente en idiotas con ínfulas, le dije. Tú aún no eres así, le dije. Protégete, sigue siendo una persona aparte, dije. Y ella me dijo que no me preocupara, no pensaba prostituirse durante mucho tiempo. No entendió de lo que yo hablaba, y desistí de intentar explicarme.
Era ya muy tarde. Me ofreció quedarme hasta por la mañana. Sus padres aún tenían que estar seis días más fuera. Acepté. Ella no tenía el perfil de ninguna cabrona. Era mucho más fiable en el fondo que casi todas las tipas que había en el ático. Puta, sí, pero en la mejor acepción popular del término. Lo que yo llamaría una puta buena. La calle estaba llena de putas de las malas. La tele estaba llena también de ellas. Seguramente muchas empresarias ya lo eran al mismo nivel que los tíos. Y sin duda en el pasado había conocido a más de una y más de dos trabajando en Personal en algunas empresas. Eso sí eran malas putas.

Ahí seguía yo, pues, por la mañana. Desperté y vi a esa chica de un lado a otro, vistiéndose. Comencé a arrepentirme de haberme ido con ella. Tenía ganas de que me devolviera el dinero. De golpe no me gustaba haberlo hecho con ella de esa manera. Sonreía y me trataba tan bien que ya no me gustaba un pelo la idea de que hubiera habido dinero de por medio. Éste estaba en la mesilla junto al teléfono rojo. Setenta euros que había sacado en un cajero ya viniendo con la muchacha hacia aquí.
Y entonces tuve una idea. Le dije que volviera un momento a la cama. Que parara quieta un segundo, porque quería decirle algo. Quería quedar con ella, quería volver a verla, eso quería decirle.
Y puede que, en un futuro, cuando alguien nos preguntara cómo nos conocimos, nosotros pudiéramos responder que ella era puta y yo putero, y que a la mañana siguiente le había preguntado si quería salir conmigo en serio. A lo que todos esos modernos asentirían, inteligentes y en su sitio, dando por hecho que bromeábamos, y pasarían a otro tema aceptando que no estábamos dispuestos a contarles la verdad, aun habiéndola ya contado.

[Arriba, clip de The National. Uno de esos grupos de ya largo recorrido que no se limita a sacar dos temas pegadizos por disco, sino que se están volviendo cada vez más importantes (pero no importantes del modo en que Coldplay son importantes, no sé si me explico) . Abajo, otra foto para la colección Upton.]

Espinas

Ahora follar también es una moda, me dice Rosa. Y créeme, Rosa dice cosas sin parar. Follar es una moda…; sí que sigue habiendo tías estrechas, pero es una estrechez más bien de diseño. Cierto tipo de estrechez moral (de cierta clase de moral moderna): el clásico machismo femenino inagotable, ahora aderezado con tecnología portátil y demás. En el fondo muchas aún creen que una mujer no debería disfrutar más de la cuenta del sexo; y si lo hace, desde luego no debería reconocerlo jamás. Forma parte de esa extraña pose occidental de hoy en día, de doble filo, mezclada con títulos universitarios y una lista de objetivos indie que cumplir. Es una moral difícil de calibrar. Follar es una moda igual que tener perros y gatos se ha convertido en una moda. Ya sabes, murmura, si no sigues lo suficiente las modas, eres básicamente un perdedor. No se trata de vivir una vida propia, se trata de amoldarte a las circunstancias del mercado de la moda, dice. No puedes hacer las cosas como tú quieras, sino como dicten las modas que hay que hacerlas, ¿qué eso de tener carácter?
Estamos en un tugurio, casi a oscuras. Una tienda de cómics ya cerrada. Nos rodean volúmenes de todo tipo, porno y violencia extrema, libretos underground, libertad de expresión a salvo de esos moralistas por no ser clientes potenciales de la misma.
Si te miras en el espejo el rato suficiente, al final dejas de tener una opinión sobre lo que ves, dice. Tienes que haber hablado al menos cuatro o cinco veces largo y tendido con Rosa para superar lo buena que está. Tiene esa capacidad física epatante que funciona a primer golpe de vista. Ella misma asegura que no es la clase de belleza que querría tener. Habla siempre de esas chicas que son más guapas a más las ves. Esas chicas monas que pasan de monas a guapas y de guapas a quizá la única mujer que alberga esas facciones atrayentes en particular. Es decir, una mujer guapa que no se parece a ninguna otra, y que cada vez es más guapa. Una tía buena de largo recorrido. Para paladares exigentes y mentes abiertas. No las encontrarás en las revistas, me dice, pero créeme, algunas de esas tías que pasan desapercibidas en el colegio y el instituto, en muchos casos acaban siendo el punto de mira de los pajilleros que se las agregan a Facebook como amigas.
No lo dudes, dice, si se supiera en qué piensan los tíos cuando se la cascan, los cánones de belleza muy pronto serían otros.

Aquí me siento a salvo de mis amigas, dice Rosa. Bueno, amigas… ya sabes, así es como las llamo. Sospechan de ti, me dice, yo no les he dicho nada, pero quieren saber si follamos o no, o qué rollo llevamos. Quieren ponerle nombre a lo que hacemos. La mayoría de gente se colapsa si no puede etiquetar algo; se ven con alguna especie de sobre marrón imaginario en la mano, y necesitan archivarlo, quieren la información. No puede ser que no puedan encajarte en su escala de valores. Y sobre todo, si no les das las información, les resulta mucho más difícil compararse contigo. Bastante tienen ya con dedicar todo su tiempo en ser socialmente aceptados, como para encima no saber si los otros son “oficialmente” mejores o peores que ellos.
Yo tenía un amigo, me dice Rosa. Un amigo de verdad, añade. Pero creo que se comenzó a poner nervioso ante la idea de que solo fuéramos amigos, dice, creo que sus colegas le empezaron a tratar de tonto por no meterme mano. Me dice que ese muchacho y ella dejaron de verse. Él comenzó a salir con una chica. De repente, su descuidado look y su sentido del humor comenzaron a transformarse en otras cosas. Sus tejanos normales se convirtieron en tejanos superficialmente desgastados, comenzó a llevar cierta clase de jerseys más ceñidos, le crecieron unas gafas de pasta que no le pegaban más que por el hecho de la moda, y su pelo pasó de ser natural a estar fijo y brillante todo el día. Sus colegas le hablaban aprobadoramente sobre lo mucho que había cambiado. De repente era más estable, “se notaba”. “Esas cosas se notan”, decían ellos y sus novias. Estaba avanzando, ahora sí había asentado las bases para quizá incluso comerse el mundo. Su cinismo comenzó a aparecer menos, y el flujo vaginal de esa novia suya ahogó por completo cualquier atisbo de sarcasmo o sentido crítico en su carácter. Si decía un taco delante de ella, se disculpaba. De golpe, era moderno, era “mono” porque había cambiado su indumentaria, y sobre todo, había mejorado los comentarios de sus colegas cuando él no estaba delante.

Rosa se levanta y comienza a apilar cómics, los cómics que tengo como “deberes” leer hasta el próximo día que nos veamos. Me encanta este sitio, trabajar aquí, me dice. Además, añade, hace que los demás se sientan muy cómodos contigo, la mayoría de ellos tienen sus carreras y sus fulgurantes trayectorias, y si tú solo trabajas en una tienda, eres de algún modo inofensiva. Cuando se trata de mí, no hay competición para ellos, dice. No entienden mi modo de vida, cómo me gano la vida y por qué no hago otra cosa, y sin embargo la mayoría de ellos mueren por que llegue el siguiente fin de semana, a la vez que curran como burros en algo que les es indiferente, y siguen estudiando algún master para especializarse en ese algo que les es indiferente. Es ese concepto de vida tan respetado, esa obsesión por acumular preparación; ves a tíos de treinta y pico años que siguen estudiando, es como si ya se prepararan para una siguiente vida, y no la que les está pasando por las narices. Siguen leyendo los libros que les obligan a leer y no los que ellos quieren leer; siguen aprendiendo de modo “unívoco”, aprenden en una sola dirección, profundizando (al menos en teoría) en exactamente lo mismo que otros miles de alumnos de la misma especialidad. Es la cadena de montaje de los “sabios”; todos pensando lo mismo, leyendo lo mismo y, sobre todo, aprendiendo por encima de cualquier otra cosa a aprobar exámenes concretos para profesores específicos. Es como si más que ponerse a prueba en cuanto al saber sobre las materias de la vida, pusieran a prueba su propia cabezonería e insistencia para superar pruebas que llevan toda la puta vida estandarizadas.

Rosa se sienta a mi lado otra vez en el mostrador, me pasa los cómics. Habla de patriotismo. Toda esa gente que pasa por la vida presumiendo de país, amando a un país, un país entero, decorando paredes con las banderas de ese país. Esa gente que reivindica sin parar a su país o quiere independizarse de otro país, que no hacen más que soltar discursos políticos sesgados y absurdos. Esa gente que pasa por delante de los mendigos igual que cualquiera, y que sin embargo dicen amar a todo el país de turno. Que queman banderas de otros países para reivindicar la de su país. No soportan ni cenar en casa de sus suegros, pero te quieren convencer de que el país entero forma parte de ellos. El país está en su corazón. Aunque luego en vacaciones aprovechen para irse al extranjero… No lo dudes, si tienen dinero pillarán el primer avión que pase. Españoles, catalanes, argentinos, americanos…; los americanos suelen ser los más patriotas; incluso se habla del sueño americano. El país más poderoso del mundo, militarizado hasta los dientes y capitalizado hasta la médula, lleno de orgullo nacional de mierda. El concepto de nacionalismo hace mucho que apesta, ese modo de añadir romanticismo a las fronteras. Y tanta gente cae… tanta gente que apenas ha salido de su barrio y agita banderas a la más mínima ocasión. De verdad, qué coñazo de gente.
Rosa ojea un libro de Clarice Lispector. Hace poco la tienda estrenó una sección de libros. Cómics y libros, dice Rosa, qué más quieres. Mañana toca socialización, dice. Cumple años alguien, la hermana de una amiga o algo así. Además, me quieren encolomar a un tío, dice. Un tío de esos preparados, un viajante. No tiene ni veinticinco años y ya va por ahí recorriendo aeropuertos a diario, dice. Tiene pasta por lo que dicen; y a juzgar por su coche, probablemente la polla pequeña, murmura. Así que mañana toca no depilarse, pasarse apenas el cepillo, e ir con la cara lavada, asegura, lo más fácil es que el tipo pase de mí; creo que cuando repartan el pastel de cumpleaños, me pondré a leer algún número viejo de Linterna Verde…; eso debería ser el golpe definitivo.
Tienes el problema de las tetas, le digo.
Sí, dice, pero te aseguro que no le quedarán ganas de vérmelas. Rosa tiene unos pechos abundantes, ella los llama «pechos de cubana». En un fanzine llamado Cosas que te follarías, escribió un amplio artículo sobre tetas. Formas y tamaños, tetas que invitan y tetas que rechazan, tetas insultantes y tetas casi inexistentes, etcétera.
Y ahora vuelve a hablarme sobre esa idea que tiene para una revista de lavabos. “TodoLavabos”, así querría llamarla. Es un tema sin fin, dice siempre. El mundo visto solo a través de sus lavabos. Reportajes y hasta entrevistas que me desarrolla con la mirada iluminada. Serios editoriales: Escasez de lavabos en África, El lavabo como refugio de violadores, El sitio en el que follarte a esa persona que te gusta, ¿por qué esperar? Lavabos estéticos (es tan bonito que me da igual que el tío que tengo al lado me pueda ver la polla). Etcétera.

Con todo, hoy no puedo evitar sacar el tema de marras. Es obvio que Rosa me gusta. No sé por qué, simplemente es así, me gusta. Podría decir que es porque está buena y demás, y obviamente ése es un motivo. Pero hay muchas chicas que están buenas, cada una a su modo. Al final, tienes que elegir. Yo hablo más de ese motivo irracional por el que te gusta alguien. El amor en sí, supongo. Ese no-sé-qué enterrado en eufemismos. Estoy colado, Estoy pillado, Estoy… lo que sea. No es sólo la vieja manía que tiene mucha gente de querer estar con alguien porque necesitan tener pareja. No me da miedo estar solo y no necesito tener siempre a una tía al lado en el cine a quien meterle la mano en las bragas. No quiero subir peldaños sociales por el hecho de tener pareja. No se trata de salir monísimos en las fotos, ni de ponerse serios y comprar ropa para ir a bodas de gente cuya muerte no me afectaría más allá de los cinco minutos.
Yo hablo del auténtico problema que supone el sufrir por alguien de verdad, por ella. Estoy solo y, la sola idea de que alguien pueda estar haciéndole daño donde sea que esté a algún nivel, hace que un nudo en el estómago me joda el resto del día.
No le digo todo eso a Rosa, pero sí intento darle a entender que follar encima del mostrador solo es suficiente cuando la otra persona no te resulta especial. Si la otra persona no sobresale para ti y eso es mutuo, pues adelante, Carpe Diem y todo ese rollo. Dale duro si se deja. Etcétera.
Ella dice que vale, no pasa nada, que no me ponga nervioso, no se va a poner críptica conmigo ni nada de eso. Si quiero que salgamos por ahí, saldremos. Eso sí, me dice, debo tener presente qué es lo que vamos a iniciar. Vamos a sacar lo nuestro fuera de la tienda de cómics. Lo cual implica el principio del desgaste. Ni tú ni yo somos como esas personas pacientes que se conforman con alguien que les soporte para toda la vida, me dice. Lo que decía, ella tampoco necesita tener pareja a menos que esté con alguien que le guste de verdad; eso mismo me está diciendo ahora. Tanto tú como yo conocemos las ventajas de la ocultación, me dice, y que de hecho una buena paja podría ser mejor que un mal polvo, sonríe (chiste personal). Yo asiento a cada cosa. No sé si ella nota mi nerviosismo. No vamos a hacer historia, y eso es lo más deprimente de todo. Es sólo el lío de siempre. Lo que vamos a hacer es dejar este mostrador tarde o temprano, dice. Vamos a ser un poco menos como somos y un poco más como son los demás. Es el motivo por el que jamás me casaré, dice, el solo concepto me parece asfixiante y cruel; donde los demás ven compromiso y madurez, yo solo veo estupidez y una tradición obsoleta. Casarse me parece como el circo romano de las relaciones, y hace la tira que no se celebran circos romanos.
Está bien, murmura ella, y con la boca pequeña me confirma que ella siente lo mismo que yo. O al menos algo parecido, y que eso basta. Sólo me pide una cosa. Me pide que piense en ello esta noche. Dice que entiende que me está pasando el muerto a mí, pero me ruega que analice la situación. Como ella decía, es el principio del desgaste. Si crees que quieres de verdad a alguien, hay que tener en cuenta algo, puede que el modo más rápido de perder a esa persona sea el tener una relación “oficial” con ella. Eso me dice Rosa. Luego, camina hacia una estantería y se queda en silencio mirando la cubierta de un cómic de Scott Pilgrim. Y yo pienso en que lo mejor sería ser como su amuleto, alguna piedra que ella llevara en la cartera siempre; siempre con ella; algo de lo que nunca se hartara y nunca llegara a molestarle. Son las dos de la mañana y fuera llueve. Me quedo pesando en el modo de convertirme en un amuleto humano. Estático y relajante. Estoy demasiado vivo ahora. No es agradable. Podría conformarme con ser su tampón. Ahora estoy enfadado. No me gusta ser de carne. Dios no tiene razón.

[Arriba, trailer de “I saw the devil”, una muestra de ese cine koreano desvergonzado y brutal que tanto disfruto (y que por fin la he visto, joder). Abajo, sigo con el monográfico Upton (para qué cambiar, para una tradición que no es dañina…).]

Emma Stone’s circus

He aquí a Paula, sentada en la sala de espera de urgencias. Su hijo de trece años sentado a su lado. La sala está a rebosar de gente, hay dos mesitas en medio de la estancia, atiborradas de revistas. En la mayoría de ellas, fotos de celebridades concienzudamente acicaladas en previsión de las mismas. En otras, famosos pillados desde el quinto pino, en las terrazas de sus casas, en la playa, en la calle, donde sea. Es algo irónico, a la vez que metafórico, piensa Paula, ver todas esas revistas rodeadas de enfermos.
Un chico entra en la sala de espera con algo, un hierro de unos treinta centímetros, clavado por detrás de su oreja; tiene la mirada vacía y gotea sangre. De repente alguien se lo lleva de allí. Se oyen gritos, una mujer llora al fondo de un pasillo. Una chica de unos dieciocho años empieza a vomitar. La que se supone su madre, le recoge el pelo y resopla. Todo empieza a oler a algo como verdura a medio digerir.
Cuando ya está todo realmente apestado, alguien llega con unos polvos y los echa sobre el charco de vómito. Más gente sigue entrando en la sala de espera. Mucha gente mayor, y también críos con fiebre, problemas de estómago, y un largo etcétera de tópicos. Hace ya hora y media que Paula y su hijo esperan.

Emma Stone es una actriz americana de 22 años, lo más parecido a la reencarnación humana de un Coulant. Algo que ya de por sí impacienta de algún modo y pone nervioso a cualquier tío adulto, y que podría ser fatal para un adolescente que acaba de descubrir la masturbación. Muchos están a punto de saberlo.
El médico sigue llamando a la gente por su nombre. Ves entrar en la consulta a alguien aparentemente estable, y sin embargo se pasa ahí dentro tranquilamente veinte minutos hablando. Algo más que resulta irónico en una sala de espera de urgencias, esa esa frase de John Lennon: “La vida es eso que pasa mientras estás ocupado en otros planes”. Y es verdad. La vida es eso que pasa mientras trabajas en algo que te es indiferente, vas al médico y alimentas al monstruo de la hipoteca. Hay otra cita bastante más apegada a las circunstancias, y es de Bukowski: “Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla”.
Paula mira a su hijo y éste baja la cabeza. Su hijo, que aún no se plantea qué coño es la vida, en qué coño pensará un optimista autodeclarado un lunes por la mañana. Su hijo, que por la tarde se encerró en su habitación, puso “Emma Stone” en Google, y no paró de machacarsela hasta que vio que le salía sangre por la rajita del pis.
El crío comenzó a llamar a su madre, aterrado. Paula acudió corriendo. Cuando abrió la puerta, el niño se sujetaba la entrepierna por encima de los calzoncillos, con los pantalones por los tobillos. Al conseguir que apartara las manos de ahí, Paula vio la mancha de sangre en la ropa, y comenzó a hacer preguntas. Emma Stone sonreía desde la pantalla del ordenador, en colorido biquini, metida medio cuerpo en una piscina, coronada con un sombrero de paja y photoshopeada hasta parecer el falso susurro de un ángel.

Cinco años atrás, Roberto Sánchez Pozuleo entró en un discoteca acompañado de sus colegas. Tipos todos alrededor de los cuarenta. Alguien se iba a casar pronto. La mayoría iban con pitos, armando escándalo; uno iba disfrazado de mujer (o de mujer desahuciada y frita por las drogas, que es el aspecto de un tío cuando decide embutirse en la ropa de su madre o su pareja). Era, pues, el típico ambiente forzado de despedida. Roberto se enrolló con una veinteañera en los lavabos unos cinco cubatas después. Luego, cogió el coche y dejó viuda a Paula, y como un vegetal a la veinteañera.
Encontraron el vehículo estampado con otros dos que estaban aparcados; en frente había un hotel de dos estrellas.
Luego, Paula sobrevivió a dos intentos de suicidio.
La veinteañera (aún veinteañera) vive en casa de sus padres. Su novio desapareció del mapa. Por las noches acostumbra a soñar que puede caminar y correr y desplazarse por instalaciones sin rampas.
La pareja que se iba a casar, lo hizo -pese al mal ambiente- debido a un ataque de rabia femenino en plan “de-pequeña-ya-me-disfrazaba-de-novia-y-posaba-mirándome-al-espejo”. Un año después tuvieron un hijo para intentar solucionar las cosas; y al cabo de dos años se divorciaron.
(El tío que se había disfrazado de mujer… bueno, aquello no era sólo una coña…; su novia le dejó tan solo dos días después de la despedida…)
Etcétera.

Paula piensa ahora en aquella época. Aquella gente. Su marido, los amigos de su marido, aquel hotel de dos estrellas que aún existe… Esto no es nada, piensa, yo he estado en el infierno, que mi hijo se haya masturbado hasta sangrar es como mucho anecdótico. Quizá no es la clase de anécdotas personales que contarías en una cena, pero no es más que eso, otro adolescente salido.
Al cabo de dos horas de espera, alguien con bata del hospital le susurra a Paula que su hijo y ella están en la sala equivocada. ¿Cómo?, dice Paula. Síganme, les dicen.
Los conducen por pasillos y más pasillos. No nos hagan preguntas, dice esa bata andante, nosotros tampoco sabemos lo que pasa. No le busquen sentido a esto, les dicen. ¿Sentido a qué?, dice Paula. Síganme.
Pasillos y más pasillos, y al fin llegan a una puerta. Una puerta al final de un pasillo. El crío agarrándose sus partes, sin saber bien si aún sigue sangrando o no, con un dolor agudo en el prepucio.
La sala nueva a la que les hacen pasar, está llena de otros chavales de doce, trece, catorce años… Hay incluso un tío de unos treinta y cinco, aparentemente solo.
Todos están con sus padres, con algún miembro de sus familias. La persona que les ha acompañado, les dice que esperen en esta sala, por favor, ésta es la sala. Y se marcha, con ese ademán atareadísimo de profesional de hospital.
Paula resopla, espolea al chaval a que se siente en una de las pocas sillas libres que hay. El resto de padres y familiares la miran con cierta compasión, a veces hasta con un deje de burla, como si fuera la niña nueva de la clase. Paula desea un cigarrillo con todas sus fuerzas. Mira a su alrededor y ve que todos esos adolescentes también se sujetan sus partes, como si éstas pudieran desprenderse solas de ellos. El ambiente está enrarecido, cualquiera lo notaría.
Una señora se levanta y va hacia ella. Su mirada parece maternal, comprensiva. Así que Paula la mira, espera a ver qué tiene que decirle esa mujer. La bondad de sus ojos hace que bajes las defensas. Y la mujer le susurra: ¿Es la primera vez?
¿Cómo?, dice Paula.
Que si es la primera vez… del muchacho…
Paula solo transmite incomprensión.
Es por esa chica, dice la mujer, esa actriz americana… Dice que ella y su marido están desesperados con ese asunto. El hijo de la mujer está sentado en el suelo, tiene unos catorce años, acuclilla los ojos de puro malestar. El mío tiene lesiones internas, dice la mujer. Hace dos años que empezó con eso…
¿Que empezó con qué?, susurra Paula, ya algo desesperada.
Da igual, dice la mujer, no quiero desanimarla a usted, pero sepa que eso -mirando al crío de Paula- tardará en acabarse…

Pasa una hora. Todo el mundo sigue mirando a Paula y a su hijo. Siguen siendo como “los nuevos”. Los que no se enteran. En medio de la sala no hay ninguna mesita con revistas de famosos. Ya era curioso que las hubiera en la otra sala, piensa Paula. Todo tiene un aspecto triste, aún más frío que cualquier otro lugar del edificio. No hay cuadros en las paredes. No hay adorno alguno. La señora vuelve a levantarse y se acerca a Paula. Hace mucho que quitaron los cuadros y la decoración aquí, dice en voz baja. Tenían esa típica foto de una enfermera pidiendo silencio con el dedo indice sobre sus labios, susurra, pero era demasiado peligroso; de todas formas aquí nunca nadie tiene ganas de hablar…
La señora dice que el ambiente hoy está más tenso de lo habitual en la sala. Una de las madres presentes ni tan siquiera llega a los cuarenta años. Es una mujer atractiva, dice la señora, demasiado atractiva. Es arriesgado, dice.
Paula la mira y murmura irritada: De verdad, no entiendo nada de lo que me estás diciendo.

La señora arrastra a Paula fuera de la sala, el chico se queda solo. Luego la arrastra hasta la calle. Tranquila, dice, aún tardarán en comenzar a llamar a la gente. Una vez fuera, Paula se enciende un cigarro. La señora le pide uno. Paula se lo enciende también a la señora. Y la mujer dice: Hace veinte años que lo dejé…
Entonces qué pasa, pregunta Paula, ¿esa sala es para pajilleros o qué es lo que pasa? No exactamente, murmura la mujer. No exactamente.
Se tardó mucho en saber qué era lo que pasaba, dice. Todos esos chicos, esos niñatos salidos, tienen una cosa en común, dice la mujer, y se queda en silencio un momento. Paula espera, se siente como en un sueño desagradable, empieza a sentir cosas muy parecidas a las de cierta época de despedidas de soltero y vegetales veinteañeros. Lo que tienen en común es a esa chica, dice la mujer. Esa Emma Stone.
Paula ni tan siquiera se había fijado en quién era la mujer de la pantalla del ordenador de su hijo. Solo sabe quién es la actriz porque la habitación del crío la llenan los posters de sus películas. Un rollo adolescente muy común. Nada que ver con fenómenos extraños. La mujer cuenta que hace dos años su hijo tuvo que venir por primera vez a urgencias. En cuanto mi marido y yo nos dábamos la vuelta, el niño estaba… ya sabe… con las fotos de esa chica. Ni tan siquiera sé qué le ve, dice la mujer; sí que es guapa, pero es tan delgada… Entre otras cosas, la mujer enumera problemas como desnutrición, peligro de deshidratación y hasta potenciales achaques cardíacos debidos a un ritmo de masturbación fuera de lo común. Se olvidan de comer, dice, de beber, de hacer los deberes, de salir, de ver a sus amigos. Todo lo reducen a las fotos y los videos de esa niñata.
Y todos, susurra aun estando en la calle, todos los chavales de ahí dentro están así por ella y sólo por ella. No hay decoración en esa sala porque cualquier detalle mínimamente femenino les puede retrotraer a ella. Por eso hoy hay tensión debido a esa madre que hay, esa tía demasiado joven. Además, dice, se les dispara la imaginación enseguida. Saben que la mujer debió de tener el hijo muy joven, así que piensan inmediatamente en que debía ser una cachonda y cosas así, lo cual les hace pensar otra vez en Emma Stone. No veo la conexión, dice Paula. Son adolescentes, Emma Stone es lo más cerca que han estado de tener sexo, para ellos esa chica lejana es una guarra, una cachonda, cualquier detalle les conectará con ella. Es el morbo de imaginarla en las situaciones más depravadas, dice la señora. Cuanta más pinta tenga la chica de Ser frágil y femenino, más brutales son las fantasías. Mire, dice, y saca un papel de su bolso. En él hay una lista escrita a mano. El doctor le hizo hizo escribir esto a mi hijo, susurra. La lista lleva por título: Fantasías esenciales. Es como el doctor las llama, dice la mujer. Lea, lea, dice.
La lista es de lo más extrema. Empieza con un oral ejecutado por Emma en el que por supuesto se acaba tragando el esperma. Y acaba con una escena que incluye besos negros y pis femenino. Y créame, dice la mujer, seguro que el cabroncete no ha apuntado toda la verdad ahí.

Algo ha pasado en la sala de espera. Cuando Paula y la señora regresan, están metiendo el cuerpo de uno de los chicos en una de esas bolsas, esas de los accidentes de tráfico. El cuerpo tiene una brecha terrible en la cabeza, gran parte del suelo está salpicado de sangre. La señora le cuchichea a Paula que el chaval tenía dieciséis años, y que llevaba tres años viniendo de forma muy habitual. Al parecer no ha podido aguantar más, susurra. Algunos de esos chavales tienen fotos de la actriz en sus carteras, en sus bolsillos, o escondidas. Les registramos a menudo. El venir aquí supone no ver ese material durante horas, y en muchos casos se llega hasta límites de síndrome de abstinencia insoportables para ellos.
Mientras sacan el cadáver entre dos hombres, la madre del mismo llora arrodillada en el suelo. El que parece el padre, intenta levantarla para sacarla de allí. Paula mira hacia un rincón de la estancia; un chico se está masturbando con la cremallera bajada, aprovechando el ensimismamiento del hombre que hay a su lado, que debe ser su padre. La señora le dice a Paula que estos accidentes y desgracias no hacen más que acentuar la obsesión de los chavales por esa chica. Uno de ellos acaba de morir por ella. Una de las sillas tiene un grotesca mancha de sangre en un borde, y hasta parece que un trozo de cráneo. Ahí es donde debe haberse empotrado el chaval sin saber ya qué hacer, lejos de su casa, su ordenador, los deuvedés, las fotos… y encima sabiendo que estaba aquí para superar todo eso. Y qué puede haber más excitante para los otros que saber que alguien a muerto por ella, y que ellos lo han visto. Ese niñato, muerto por el culito blanco de Emma. Puede que sea una perdida de tiempo el haber venido hoy aquí, dice la señora, porque después de lo sucedido, todos estos niñatos deben estar deseando volver a casa para volver a machacarsela hasta que no puedan soportar el dolor por las lesiones genitales que ya tienen.
La madre del chaval muerto sigue tirada en el suelo, llorando, intentando respirar. Es una mujer gruesa de unos cincuenta y cinco años. El hombre que la acompaña no es capaz de manejarla. El chico que se estaba masturbando ya ha sido reducido por su padre. Cuando le han regañado, ha empezado a gritar hasta la afonía que quería ir al lavabo, que lo necesitaba. Durante un minuto, los lloros de la señora y los gritos del chaval han hecho que el mero hecho de estar presente fuera casi insoportable.
Un vez la señora que llora se consigue calmar, comienza a mirar con odio a la madre joven. Esa tía, esa madre que no debe ni llegar a los cuarenta y que tiene a un pipiolo de catorce sentado al lado. Es por tu culpa, grita ahora la madre afligida. Es por tu culpa, todos los chavales están de los nervios por tu culpa, mala puta. Los gritos hacen que Paula acuclille los ojos. Tenemos que ir con nuestro hijo, le dice el tipo, que intenta levantar del suelo esos ciento y pico kilos de mujer demacrada.
Y ella sigue gritando Es tu culpa, tu culpa, tu culpa…

Cuando los padres del chaval ya no están allí, alguien viene y echa esos polvos blancos que usaron en la otra sala para los vómitos, esta vez para la sangre. Esto no es nada, dice la señora que susurra a Paula. De verdad, dice, esto no es nada.
Se cuenta una historia terrible entre los Emmis (así es como son llamados los pajeros de la categoría Emma Stone entre el personal hospitalario). Se cuenta que un chico de catorce años obsesionado con la muchacha desde que la vio en “Supersalidos”, no paró de insistirle a su madre en que quería fornicar con ella (con su madre) a oscuras. Obviamente la mujer se negó, alegando que era repugnante y demás, y que en todo caso él era muy joven y que tenía que conocer chicas, hacer amigos… calmarse y dejar de decir tonterías, en definitiva.
Pero el chico insistió e insistió. No tenía suficiente con tocarse en su cuarto viendo fotos y videos de la muchacha americana. Quería la experiencia real que llevara su imaginación hasta el máximo nivel de simulación de sexo con Emma Stone. Le daba igual quién fuera la mujer; pero joder, pensaba él, su madre era su madre, ¿qué tenía de malo? Para eso estaban los condones, ¿no? Además a él no le gustaba su madre, ella solo era el vehículo de su fantasía. Era delgada, no muy vieja, y para él eso bastaba.
Así pues, al ver que la “egoísta” de su progenitora no quería ayudarle con su fantasía, la amenazó con suicidarse.
Un mes después de dicha amenaza, y al ver que el muchacho llevaba mucho tiempo sin hablar y con un semblante de lo más sombrío, la mujer se desesperó. Acabó doblegándose, convencida de que si no hacía lo que él quería, su hijo podía quitarse la vida. Quitársela por culpa de ella.
Intentó reducir la importancia del acto, se decía a sí misma cosas como: “Bueno, al fin y al cabo él salió por ahí, ¿qué más da que ahora pueda volver a entrar un poco?”.
Paula escucha la historia con la boca abierta. Después de lo que ha visto está dispuesta a creérselo todo.
Lo que se cuenta es que el chaval logró su objetivo. Y no solo una vez. Aquello se convirtió en una costumbre. Si papá no estaba en casa, el chico le insistía a la mujer hasta que ella se doblegaba. Entraban en el cuarto del chaval y follaban con las luces apagadas y las persianas hasta abajo.
Algo más que se cuenta, y que ya entra en la categoría de leyenda urbana, es que llegó un punto en que el chaval le dijo a su madre que lo sentía mucho, que aquello era repugnante, y que tenían que dejar de hacerlo.
Entonces, y siempre según se cuenta, fue la madre la que, con el tiempo, comenzó a insistirle a él que se la beneficiara; ya fuera a oscuras, en casa, en un hotel… a ella le daba igual.
Así que llegó el día en que el marido/padre comenzó a sospechar que su mujer le estaba poniendo los cuernos con alguien. El hecho de que fuera el propio hijo, para ella era la tapadera perfecta. El hombre podía ver señales de infidelidad, pero jamás una prueba de que otro tío hubiese pisado la casa. En esa casa nunca había nadie más. Sólo él, ella y el chaval. Un buen chaval, a su juicio, el típico adolescente, pero buen chaval. De modo que, ¿a qué venía ese nuevo humor de ella?, ¿ese caminar por algún pasillo de la casa recolocándose un suéter o la tira del sujetador cuando él llegaba del trabajo? Algo raro estaba pasando, pero ¿qué?
El final inevitable y que se cuenta, es que un día el hombre llegó temprano de la oficina. Subió las escaleras hasta el segundo piso, y escuchó que salían gemidos de la habitación del chico. Sin dudar, fue, abrió la puerta. Y no se veía un carajo. Cuando encendió la luz, ahí estaba su querida, en el suelo, con la polla de alguien dentro. Alguien blanquecino y delgado sobre ella. Demasiada información a la vez. Encima, ese alguien era quien era.
Edipo.
Sólo que éste se había olvidado de asesinar antes a su padre. Entonces, enfurecido, el hombre entró y golpeó al chaval con sus puños hasta que quedó inconsciente. Luego se dio cuenta de que el muchacho tenía una brecha en la cabeza. Y que con ella se había acelerado su fecha de caducidad…
Unos días después de encontrar a su mujer suicidada en la bañera con una foto del chaval flotando en el agua roja, se dice que el hombre cornudo al estilo de los mitos, se fue a esperar el tren; solo que lo hizo sin quedarse estático, lo hizo dándose un paseo por las vías, por los túneles, asediado de a saber qué pensamientos puros o viciados.

Toda la sala huele como a gato muerto. Nadie ha limpiado a conciencia el estropicio dejado por el reciente fallecido, se han limitado a mejorar la foto. Paula susurra que no lo puede creer, no puede creer que acabe de ver a un chico morir por una actriz a la que no conoce.
Oh, pero no es algo puntual, susurra la mujer confidente. No es que el chico muerto sea especial, dice, y comienza a rebuscar algo dentro de su bolso. Saca un papel, y lo desdobla. Se lo pasa a Paula. Es un mapamundi, hay ciertas zonas coloreadas de rojo, España y centroeuropa son las partes más, digamos, rebosantes de actividad. En Asia, sólo Japón está marcada. Es el mapa de incidencia, dice la mujer. Son las zonas más afectadas; es mejor que lo sepa ya, murmura, entre los médicos lo llaman el huracán Emma… y se echan unas risitas, ya sabe… La mujer dice que en la profesión hasta le han puesto nombre al asunto: Fenómeno Acteonológico Focalizado. FAF.
Es un complejo de Acteón masivo, dice. Paula le pregunta qué es el complejo de Acteón. Tiene que ver con el mito de Artemisa, susurra la mujer. Resumiendo, los hombres que se la quedaban mirando, no podían dejar de mirarla o algo así. Según cuenta el mito, Acteón la vio bañándose desnuda, y ella lo transformó en un ciervo como castigo…
Esto es un fenómeno acteonológico focalizado, porque les pasa a muchos, y les pasa con una sola mujer, dice la mujer. El castigo de Dios, al parecer, es el de convertir a estos chicos en máquinas de autolesión, dice.

Finalmente, un medico sale y comienza a llamar a los chavales por su nombre.
A veces se oyen gritos desesperados que llegan de la consulta. Esos gemidos roncos de adolescente. De vez en cuando captas un sonido “apaciguador” del médico, órdenes de los padres… Muchos chavales comienzan a lloriquear en la sala de espera, seguramente a sabiendas de lo que sucede en la consulta.
Paula le pregunta a la señora qué es lo que pasa ahí dentro, qué les hace el médico para que los chavales suelten esos alaridos y hasta se encomienden a Dios y pidan que por favor por favor por favor les dejen salir de ahí. Oh, murmura la mujer, ya lo verá cuando llamen a su crío, en realidad sólo experimentan cosas distintas cada vez, ni ellos saben lo que pasa de verdad; es un problema mental, obviamente, pero lo que desconcierta a los médicos es por qué el denominador común de lo que pasa es esa chica. Sea como sea, piensa Paula, lo que pasa está aniquilando miles de penes y testículos adolescentes, y hasta exterminándolos enteros como una plaga. Es como si Emma Stone fuera una creación de la naturaleza para acabar con cierta generación a la que apenas se puede ya encarrilar para que piensen por sí mismos y sean personas mínimamente aceptables como seres humanos. Es como si el ecosistema natural a nivel mundial se estuviera reorganizando, y hubiera atacado por el flanco más débil: la masturbación adolescente.
La señora confidente parece estar leyéndole la mente a Paula; revuelve en su bolso y saca un recorte de una revista. Es un artículo de Jonathan S. Cuthbert; un polémico escritor, dice, creo que le puede interesar:

¿El comienzo del hartazgo natural?
Jonathan S. Cuthbert

No tengo mucho tiempo ni mucho espacio. Pero hay rumores desconcertantes que debo analizar aunque sea de forma sesgada; bulos quizá, que corren por los pasillos de los hospitales. Chismorreos de tal calibre, que servidor de ustedes no puede hacer más que comunicarles en calidad de leyenda urbana. Tales son las historias que se están contando, que las mismas me han hecho pensar en cierta película: El incidente. En ella, la naturaleza comienza, literalmente, a matar a los seres humanos. La amenaza es invisible, ves planos de grandes y hermosos árboles danzando al viento, y no es precisamente agradable. Algo, en el aire, algo que se mueve y que no controlamos, está haciendo que la gente se suicide. Es un aviso de la naturaleza. Algo estamos haciendo mal, y así funcionan las leyes naturales. Sencillamente la existencia se reorganiza, y el ser humano no es más que una mota en el universo. No somos imprescindibles, sólo somos porque la evolución nos ha dejado ser.
Como sea, se cuenta que los adolescentes se están comenzando a masturbar en exceso, y en masa. Vaya noticia, pensará usted. Pues bien, el hecho es que algunos lo están haciendo de tal modo que, no quieren hacer nada más; así como aquella película misteriosa de “La broma infinita” hacía que quienes la vieran dejarán sus rutinas y vidas para volver a verla una y otra vez hasta la muerte, algo está haciendo que los adolescentes se masturben sin compasión. Sin compasión por sus propios genitales. Se dice que, eso que pasa, sea lo que sea, está incluso matando a nuestros hijos. Algo se les mete en la cabeza, y no pueden parar de tocarse, encerrados en sus cuartos, enmohecidos y sucios, y sin tener en cuenta para nada lo que puedan opinar sus padres.
¿Qué opinan ustedes? ¿Se creen una sola palabra de lo que acabo de contar? Solo quiero añadir una cosa más. Intenten informarse en cualquier hospital sobre el tema. Observen cómo les rehuirán allí, sus caras incómodas, sus resoplidos indicativos de que ustedes no habrán sido ni los primeros ni los últimos en intentar informarse sobre esa “plaga de las pajas”. Observen en los ojos de esos profesionales cómo algo pasa, algo está pasando, sea lo que sea.

Paula le devuelve el recorte a la señora. Se siente indefensa, como si algo enorme y con dientes se le echara encima y solo pudiera dedicarse a esperar. No sabe en medio de qué tormenta se encuentra. Su hijo sigue sentado, y como en estado catatónico. Ni tan siquiera sabe bien qué hace allí, sólo sabe que está avergonzado, que su madre sabe que él se toca en su habitación cuando ella cree que está haciendo los deberes. Sólo sabe que ha tenido que tener una conversación sobre su pene con su madre, y eso es motivo suficiente para asentar las bases de una buena crisis de ansiedad infantil.
Con todo, todas esas personas siguen allí, en esa sala de espera, alimentando una leyenda urbana épica, nutriendo de risas malsanas cientos de cenas y reuniones a nivel mundial. Son el blanco de la diana del aburrimiento del ser humano.
Niños pajeros tan salidos que se acaban haciendo daño… Quieras o no, es un tema potencialmente divertido. Un historia más con la que sentirte con las cosas bajo control. A ti jamás te pasaría algo así. Ni tan siquiera a nadie de tu familia o tus amigos. Vosotros sois mejores que eso, más cuerdos. Paula ya sabe afrontar esa sensación de estar en el centro del huracán. Ahora sabe que la gente hablará de ella y todas esas personas en lugar de dedicarse a sus asuntos, y que la sala en la que está hace que la cita de John Lennon tenga mucho más sentido ahora.

Ya han pasado como cinco o seis chavales por la consulta. Todos salen con los ojos llorosos, a veces incluso haciendo gestos obscenos al medico o sus padres, soltando tacos y jurando que nunca más van a volver.
El crío de Paula sigue sentado, tiene también los ojos llorosos, y comienza a darse cuenta de que aquello no es normal; no es como cuando visita al médico de cabecera. No habrá sonrisas ni comentarios sobre lo común que es su dolencia; nadie le recetará un jarabe y se olvidará de él. No está resfriado ni tiene flato o dolor de estómago, no se ha dado un golpe. Ha empezado a sangrar por el pene y su madre le ha traído corriendo al hospital.
Mete las palabras «hospital», «pene» y «sangre» en la misma frase, y verás que se complica mucho el decir algo gracioso.
La atmósfera reinante en la sala, es de secretismo, es como si todos se miraran entre sí y se transmitieran la idea de que por dios bendito, lo que pase aquí se tiene que quedar aquí. Bastante duro es ya no saber si tu hijo va a sobrevivir como para encima andar por ahí convirtiendo tu historia en el próximo circo del humor cínico. El circo de Emma Stone. Sin payasos ni animales ni acróbatas ni nada de nada. Solo un foco apuntando a tu hijo, y todo un publico deseoso de Novedad riéndose a mandíbula batiente del modo que tiene el crío de sujetarse los genitales.
No convirtamos esto en un espectáculo internacional, se dicen todos sin hablar.
El Emma Stone’s circus.
Pasen y vean. ¿Hay algo más tierno que un chaval descubriendo su sexualidad y fallando estrepitosamente? Es un espectáculo moderno. La familiarización de lo aberrante servida para el gran publico. Humor negro para toda la familia.

Paula le da vueltas y más vueltas a su situación. A la nueva situación de tener que aceptar que su hijo no es más que otra víctima del huracán Emma. Otro Emmi. Pasen y vean, sí…
Y mientras sigue en su ensimismamiento, la puerta de la consulta se abre. Un chaval de quince años, saliendo, se vuelve hacia el médico, y le jura que le matará, que cuando crezca y tenga los medios necesarios, volverá y le matará. Lo dice con un tono escalofriante, calmo, como si tuviera veinte años más y hubiera perdido realmente la chaveta. Su madre le empuja hacia la salida y le llama «tonto pajero». El médico asoma la cabeza, resopla, y pronuncia en voz alta el nombre del hijo de Paula. El chaval se cruza con el recién salido, y éste, mirándole a los ojos, murmura algo como: «putos Emmis novatos…».

El médico invita a Paula y a su hijo a ocupar las sillas que hay ante su escritorio. El hombre suda de forma prominente. La camilla que hay en la estancia está rodeada por el suelo de ese polvo que echan sobre la sangre y los vómitos. El olor se hace casi insoportable. Es una mezcla de meados y bilis, incluso huele como si alguien se hubiera cagado encima, y probablemente haya pasado, piensa Paula. Ya sé que no huele muy bien, dice el doctor, pero uno llega a acostumbrarse… Saca algo de un cajón, parece un desodorante. Suelta dos rociadas, echa ruidosamente el artefacto en el cajón y lo cierra de un golpe. Bien, le dice a Paula, ¿hoy es la primera vez que sangra el muchacho?
Paula le cuenta toda la historia, y le pide por favor que le confirme todo lo que la señora confidente de la sala de espera le ha contado a ella. Oh, sí, dice el hombre, todo lo que le ha contado es cierto, incluso se ha quedado corta. La cosa, de hecho, cuenta, ya se está extendiendo a los adultos, seguro que ha visto a un hombre solo ahí fuera… hace dos años que viene por aquí… Paula no puede creer lo que oye, su confidente no estaba loca. Sí, dice el doctor, ahora de vez en cuando también viene algún padre de familia… tíos que se pasan todo el día en su despacho… ya sabe… y luego cuando llegan casa y sus mujeres quieren… ya sabe… no pueden ni con su alma… y sin embargo, aún se encierran en el lavabo con portátiles y demás, buscan fotos de ya sabe quién y… ya sabe…
Yo pensaba que la masturbación relajaba ciertos músculos, argumenta Paula, o sea, que básicamente es más beneficiosa que perjudicial y… Si, bueno, ya sabe, interrumpe el doctor, tiene usted razón; pero lo que pasa, argumenta, es que por ejemplo comer plátano también es muy bueno en su justa medida, es bueno para la hipercolesterolemia, la hipertensión, los riesgos cardiovasculares… ya sabe…; pero si come plátanos cada día como si alguien le apuntara con una pistola a la cabeza amenazando con apretar el gatillo si deja usted de comerlos, pues desarrollaría enfermedades renales, un terrible estreñimiento, e incluso podría incubar cierta extraña alergia a la leche de vaca… De hecho, añade, no hace falta nada más que la suficiente agua para que cualquiera reviente por dentro y muera… ya sabe…; incluso los nazis los hacían en los campos de concentración…
Entendido, murmura Paula. Entiende que el tipo que tiene delante ya hace mucho que perdió hoy la paciencia; probablemente la perdió hace días.
El hombre le ordena al chaval que se estire en la camilla. Le dice que le perdone, que no debería haber comenzado a hablar de plátanos sabiendo que el plátano aquí es Emma Stone; además de que el chico lleva ya seguro un buen rato imaginándola chupando, mordiendo y hasta introduciéndose plátanos por todos los orificios. Mal ejemplo, murmura el hombre para sí mismo, lo siento mucho, de verdad.
El tipo agarra una especie de maquina que va sobre ruedas. Este artilugio lo han fabricado específicamente para los Emmis, dice el tipo. Es una pantalla sujeta a un brazo articulado, se coloca sobre el paciente, sobre su cara. Sólo te pido que pongas las manos bajo tu culo, muchacho, dice el tipo. Y lo digo en serio, añade, hace un rato un chico casi tira este trasto intentando masturbarse aquí mismo… aquí y ahora, ya sabes…
Se hace un silencio. El doctor toca unos botoncitos que hay en el borde de la pantalla, ésta ya colocada a unos cincuenta centímetros de la cara del novato.
Bueno, chaval, ¿has visto “La naranja mecánica”?… seguro que no, eres muy joven. Yo sí la he visto, dice Paula. No se preocupe, murmura el hombre, esto no va a ser ni la mitad de traumático. Y susurra: “en principio”.
Bueno, dice el tipo, ahora vas a ver unas imágenes de… nuestro plátano… ya sabes. La pantalla se enciende. La manipula el doctor con un mando. El muchacho ve una foto de Emma Stone; está totalmente vestida, ropa de invierno, gesto adusto, no posa, no sonríe… es una foto de paparazzi desgraciado. ¿Cómo lo ves?, pregunta el doctor. El chaval asiente, dice que está bien. Pues es un gran avance, le asegura el hombre a Paula. La mitad de Emmis, ya solo con esto, le dice, empiezan a sacarse las manos del culo y a bajarse la cremallera; sólo con esta foto tengo que recurrir a atarles las manos sólo para poder seguir con el experimento… Muy bien, chaval, murmura el doctor, vamos con la siguiente foto. La pantalla parpadea. En la instantánea, Emma posa con más gente, otras chicas. Van abrigadas también, pero en esta ocasión la actriz sonríe y se pueden atisbar las curvas de sus caderas a través de unos tejanos de tono clásico. ¿Qué te parecen esas mozas?, pregunta el doctor. No disimules, añade, yo ya he visto las fotos mil veces, ahí hay un par de rubias por las que comienza a ponerme nervioso el hecho de llevar anillo de casado… ya sabes, colega.
Paula y el doctor pueden ver las fotos que el muchacho ve, las ven en la pantalla de ordenador del escritorio.
Entonces, dice el hombre, ¿cuál de esas chicas dirías que te gusta más?
Emma, dice el muchacho.
Bueno, murmura el doctor, pasemos a la siguiente foto. Y perdona por haber vuelto a mencionar lo del plátano antes, añade, ya no sé ni lo que me digo…
En la foto siguiente, Emma está sola. Solo se ve su cara. Sonríe a cámara y guiña un ojo. El muchacho sufre una convulsión. Sólo te pido que no te cargues de un cabezazo la pantalla, por favor, suplica el doctor. Está bien, pasemos a la siguiente foto, resopla el hombre.
En la siguiente, Emma ya está de cuerpo entero. Está en biquini. Sonríe. Es Emma Stone.
El muchacho empieza a lloriquear. Una erección comienza a crecer en su pantalón. Paula le pide al doctor que quite ya la foto, que ya está bien con el experimento. Y el hombre dice que aún no, y le pide al chico que siga mirando esa foto, que la mire fijamente. El chaval ve cómo la imagen de Emma se empieza a deformar. Es como si le salieran sarpullidos terribles, granos, como si su piel se inflara y se comenzara a quemar. Es esa chica adorable transformándose en alguna especie de zombi repugnante. El muchacho lloriquea y su erección no baja. No vale cerrar los ojos, dice el doctor. No vale tocarse. Seguro que te duele el pene, ¿a que sí?, le pregunta. La imagen se comienza a derretir. No entiendo lo métodos de este sitio, dice Paula. Está invitada al grupo de investigación si tiene alguna idea, dice el doctor. No puedo creerlo, murmura ella.
El chico cierra los ojos a su vergonzante mundo. Esto no está pasando se dice a sí mismo. Esto no está pasando, no está pasando, no está pasando… Ahora ya nadie le obliga a abrir los ojos. Emma reaparece en su mente. Con ese mismo biquini de la foto, el mismo con el que la vio por la tarde. Está dentro de una habitación. La casa en la que vive está rodeada de tíos con traje. Tíos con pinganillos. Emma Stone teme por su seguridad. Y sufre. Sufre porque está enamorada. Sigue enamorada de ese chico demasiado joven. Pero no puede evitarlo. No quiere a nadie más. Nadie le interesa más. Ella es la Diosa de la naturaleza, y está matando a todo el mundo para que sólo quede él, el único que le interesa. Hay cierta diferencia de edad, pero el chaval sabe que en unos años será una diferencia insignificante. Siente que se está quedando plácidamente dormido, oye a su madre discutir con ese tío, el señor “ya sabe”. Y el puzzle existencial sigue sin resolverse. Sigue desmontado en el microscópico mundo profundamente imperfecto que se perpetró a mayor gloria de la visión de las mujeres, y por pura envidia histórica a las mentes de las mismas.

[Antes que nada, sí, ya sé que el relato es muy largo. Cambiando de tercio, me encanta cuando hay al menos un par de pelis en cartelera de esas que, de no ser por ciertas circunstancias, jamás llegarían a los multicines. Un de ellas es “Somewhere” (trailer en el video), de Sofía Coppola, la hijísima, y que a mí me sigue encantando. Abajo, más Upton. Y venga, pasaros por AQUÍ, o echad un vistazo al MIERDAS.]

El señor del castillo

La verdad es que esto me da mucho apuro. Escribir esta carta no es fácil. Espero no aburrirle, y espero llegue a comprender lo importante que es para mí formar parte de esta hermandad. Usted dijo que podíamos escribirle cada vez que quisiéramos, y yo me lo tomé al pie de la letra. Espero no ser descortés o hacerle perder el tiempo con mis diatribas.
Hace solo cinco meses que tuve la entrevista de ingreso. No me recordará, soy Lara, una chica morena, bastante bajita. No tuve problemas con el anal y hasta llegué al orgasmo dos veces.
No puedo decir que no estuviera nerviosa, pero su buen hacer como entrevistador facilitó las cosas, Cuando me dijo que había pasado las pruebas de ingreso, fue lo más importante que me ha pasado en la vida.
Le aseguro que soy de las que no tienen manías. No tengo dudas morales, y creo en cada uno de los principios de la hermandad. La lucha por el equilibrio familiar me parece un pilar básico para la estabilidad social. Haré que cada padre de familia que acuda a mí buscando lo que no tiene en casa, acabe satisfecho y acepte su vida paralela como una solución factible para el bienestar de su familia.
Soy consciente, como usted me dijo en la entrevista, de que una sociedad debe aceptar sus imperfecciones y amoldarse a ellas. Debe saber afrontar sus contradicciones y convertirlas, si es necesario, en otra rutina más.
Soy consciente de que los hombres y mujeres que conformamos la hermandad, somos el mayor servicio social desde el descubrimiento de los antisépticos.
Tal y como usted dijo, Señor del castillo, nosotros ayudaremos a la gente a convivir con sus propias hipocresías y sus propios autoengaños. Validaremos sus imperfecciones y aceptaremos al hombre y la mujer sin juzgarlos, como Dios lo haría. Seremos el cubo bajo la inevitable gotera existencial, seremos la tirita de las incoherencias culturales. Somos la válvula de escape, los botes que le faltaron al Titanic.
Créame, Señor, que cada vez que me trago el esperma de un nuevo cliente, estoy segura de colaborar para crear un mundo mejor. Uno en el que dejaremos de ser simplemente vistos como Putas y Gigolós, en el que la hermandad será vista no como una secta, sino como un servicio. Seremos la medicina de la imperfecta condición humana. Ayudaremos a naturalizar la mentira forzosa, a normalizar la doble vida; le daremos al adulterio su derecho como actitud orgánica carente de culpa racional y primaria. Somos el vendaje de los matrimonios sin amor; de esas parejas de unidad pseudo-católico-sangrante. Me veo como la respuesta a la injusta presión social, a los farragosos imperativos culturales. Todos dirán que solo soy una puta, usted lo sabe bien, Señor del castillo, pero siempre dudarán sobre si sus propias familias no han acudido a mis servicios en pos del equilibro. Para no perder la cabeza. Para seguir adelante sin separaciones ni problemas que no quieren afrontar, hijos de los cuales no quieren perder la custodia, y quizá un Dios católico al que no quieren traicionar oficialmente después de alguna suntuosa boda por la iglesia.

Le doy las gracias, Señor del castillo, por sacar a tantas mujeres de la calle. Por igualarnos en estatus a los Gigolós, por darnos sustento de sobras para nuestras propias necesidades. Le doy las gracias por luchar para legalizar nuestro oficio. Por no rendirse. Por no tener doble moral. Le doy las gracias por perseguir y torturar a cada Chulo que nos amargó en el pasado, que nos trató como mercancía casi al mismo nivel que las leyes y los políticos. Todo ese maltrato, toda esa miseria, ese modo de hundirnos en lo más bajo del sistema social aun formando parte necesaria de él. Ayudando a tantas personas que sufren, que solo necesitan un desahogo, huir de sus mujeres, de sus maridos o esos berreantes hijos que no paran de pedir y pedir. Gracias por trabajar para crear esta realidad paralela para tantas personas. Le llamarán Chulo igual que a mí me llaman Puta, pero ellos nada sabrán, y puede que tarde o temprano acudan a nosotros, que aun con todo lo que habremos aguantado, seremos misericordiosos como Jesús lo fue, como cada persona que PIENSA, que no tiene una moral corrupta, y que no se cree superior a los demás siendo ellos mismos muchas veces el cancer de TODO esto, de las preguntas, de todas las cosas malas a las que nosotros estamos respondiendo no solo con nuestras ideas, sino también con nuestros cuerpos. Es el amor moderno sin amor, y aceptamos que existe. Aceptamos a los capitalistas del amor. A aquella gente que pensó que podían calcular cuándo se enamorarían, que se formaron y crecieron y pensaron: “ésta es la persona”, cuando en realidad lo único que decían era: “éste es el momento”. Nosotros aceptamos a esos seres humanos, esos fatídicos errores andantes, esos que piensan que pueden controlarlo todo, y que luego no se atreven a dar marcha atrás cuando son conscientes de haberse equivocado… Es la hora de avanzar, de asumir los errores y empastarlos con los aciertos. Es la hora de no negarnos como especie. De no ver el vaso medio lleno o medio vacío, sino de simplemente cargarnos ese vaso.

Es usted, Señor del castillo, el Schindler actual de multitud de condenados a las rutinas impuestas imperantes. Es usted el salvador de todos esos hijos que no notarán apenas que sus padres no se quieren, que sus madres no están emocional ni sexualemente satisfechas, o que sus padres tienen que pagar por una mamada. Es usted el término medio para todos aquellos que no tienen valor o estómago para dejar pareja e hijos y convivir con la persona de la que se enamoraron demasiado tarde para los cánones establecidos. Usted ofrece su Casa a esos desgraciados, que al fin y al cabo no son más que criaturas de un Dios sólo existente en la fe de tantos creadores de falsos amores y cuerpos mal saciados.
Usted ha ofrecido una valiosa ofrenda a nuestro hipócrita mundo. Pollas y coños para una sociedad que cree que la educación tiene que ver con decir o no palabras malsonantes. Que la moral tiene que ver con convertir el sexo en algo moral; y no en lo que es, algo animal. Usted me ha hecho libre aportando seguridad a mi trabajo, y convirtiendo mi cuerpo en la última ONG fiable.

Gracias, Señor del castillo.

[Estos días estoy recuperando algunos capítulos de “Friends”, esa serie ahora eternamente comparada con “Cómo conocí a vuestra madre”. Objetivamente las dos me gustan. Pero hace poco leí en un blog algo sobre ellas con lo que me sentí totalmente de acuerdo. “Cómo conocí a vuestra madre” es más ácida, pero “Friends” es mejor. Y pienso lo mismo, me río bastante más con “Friends”, y además era una serie aparentemente incombustible, cosa que la otra… Abajo, como siempre, Kate Upton. La muchacha sube galerías de fotos suyas a Facebook (me parece que a ella le da igual que las pueda ver cualquiera…).]

Motivos por los cuales morirás anónimo

Mónica dice que no lo ve claro. Lleva días dándole vueltas al texto. Tiene a una chica metida en un pozo seco. Se ha caído dentro accidentalmente. Es una adolescente, menuda, guapa al modo adolescente. Una de esas crías con cuerpo de mujer. Al contrarío de lo que cabría pensar, la chica está bien, se encuentra cómoda ahí abajo. Por más que le lanzan cuerdas y la espolean para que salga, dice que no, que nanay, ella está perfectamente en el pozo; es un buen pozo, alega. En el pozo no tiene que aguantar a según quién, según qué, etcétera.
El personaje se llama Tina. No me gusta el nombre, dice siempre Mónica, pero supongo que nada me impide cambiarlo en el último momento. Tampoco estamos hablando de una novela. Es un relato breve. Metafórico. Supuestamente ha de ser muy literario, muy respetable conceptualmente, algo casi Kafkiano. Camisas de once varas.
Después de quince días escribiendo y reescribiendo el cuento, comienza a perder la perspectiva. Tina es alimentada y hasta se cambia de ropa. Sus padres tienen quince minutos de coche hasta el pozo. Tina quiere jabón y agua. Quiere una linterna y su Cosmopolitan mensual, está suscrita.
Hasta bajan a una peluquera con arnés y material para acicalarla (a los padres de Tina les cuesta trescientos euros convencerla para que se deje meter en el pozo, y luego no le chive nada a nadie).
A las tres semanas ficticias, Mónica hace que su personaje exija a sus padres un ordenador portátil. Sabe que no podrá conectarse a Internet, pero ha tenido una idea para un relato.
Ariel, una chica de de quince años, se morrea con un chaval al borde de un pozo en medio de un descampado a las afueras de la ciudad. El muchacho la levanta y la sienta en el borde. Ella lucha por quitar la mano masculina de sus tetas y su entrepierna. Pero el chico no cede. Ya es noche cerrada y va demasiado salido. Ese es el modo en que Tina hace que, de forma absurda, Ariel, intentando zafarse del chaval, acabe cayendo al fondo del pozo.
La caída es violenta, pero, casi milagrosamente, Ariel despierta unas horas después, y no tiene ningún hueso roto. Solo magulladuras.
Los padres de Ariel acuden a su llamada. El chico se fue pitando, y por suerte el móvil de ella funcionaba. Ariel estaba enamorada de ese chico, necesitaba a ese chico. El hecho de que se haya desentendido de ella es devastador emocionalmente hablando. Así que, cuando sus padres intentan ayudarla sin llamar la atención, al modo casero de cuerdas y soluciones cuidadosamente paternales, ella dice que no. No piensa salir del pozo. Al menos no aún. No quiere ver nada del mundo de ahí fuera todavía. No podría soportarlo. Lo único que quiere es estar sola; y el pozo servirá perfectamente a esa causa.
Tina no está convencida del nombre que le ha puesto a su personaje, pero decide que puede cambiarlo más adelante. Ariel era la Sirenita, era un detergente; Ariel suena a poesía barata y huele a galerías y lavadoras centrifugando. Tina pasa de los gritos maternos que la animan a abandonar su reclusión, y se centra en desarrollar las emociones de Ariel.
Cuando Ariel lleva tres días en el pozo, le grita a sus padres que quiere su moleskine y al menos dos bolígrafos. No es negociable, grita. Simplemente necesita escribir. Puede que sea el momento más trascendente de su vida. Eso dice. Tienes quince años y ese chico era idiota, cariño, le dice su padre desde el borde. Ella llora de forma histérica, y sus padres acaban cediendo y trayendo el material exigido del cuarto de la niña.
Eva pasea sola por el bosque. Ha madrugado, ha cogido su coche, y ha decidido irse sola al campo. Ha llegado incluso antes de que salga el sol. El aire huele a húmedo y no hay nadie. Las ramas crujen a su paso y todo ese rollo (Ariel se lía mucho con las descripciones). Finalmente, da un paso en falso, y una especie de trampa se abre bajo sus pies. Un falso suelo se hunde, y cae en un agujero de unos ocho metros de profundidad.
A Ariel no le gusta nada el nombre que le ha puesto al personaje. No por nada, Eva es un nombre bonito, pero se le ha ocurrido asociado a la manzana y demás, y decide que con el texto avanzado pensará otro nombre que le convenza.
Eva llama a sus padres adoptivos. Por suerte cogen enseguida el teléfono. Me he caído, dice. Es lo primero que le sale. Luego, les indica más o menos su paradero, y que se muere de vergüenza, que no llamen la atención, solo necesita algo, una cuerda y ayuda para salir del agujero en el que está.
Al colgar, ella misma se ríe de lo que le ha pasado. Al fin y al cabo está bien, no tiene heridas y apenas tendrá que ponerse una tirita.
Cuando lleva algo más de una hora esperando, su móvil vuelve a sonar. Según el indicativo de la pantallita, es su padre. Pero al coger la llamada, la voz extraña de alguien le dice que lo siente, pero que sus padres han tenido un accidente de tráfico. Según le dicen, su madre, que iba al volante, se ha dormido. O todo parece indicar eso. Ambos dormidos en el coche, camino de rescatar a su estúpida hija adoptiva.
Eva cuelga a medio discurso de ese desconocido, y rompe a llorar desesperada. Le da por rebuscar en su mochila su diario. Respira profundamente e intenta calmarse. Prueba el único bolígrafo que lleva, se llena de rayas el dorso de su mano izquierda. Le da igual pintarrajearse. Abre el diario. Hace un año que no lo actualiza con nada.
Serezade espera un puto ascensor. El muy cabrón no acaba de llegar. Es una mierda, una mierda, joder. Serezade…, putos nombre rebuscados…, piensa Eva, luego tengo que pensar otro. El caso es que el puto ascensor no llega. No hay manera. Son tres pisos. Tres pisos no son para tanto; así que la zorra de Serezade sopesa la posibilidad de ir por las escaleras. Idiota inútil que duda con todo… Así te murieras de hambre, pija de los cojones, y así sabrías lo que es tener problemas de verdad, no como tus gilipolleces de secretaria de altos vuelos en un edificio de cristal en medio de los huevos peludos de occidente.
Puta mierda…ya quitaré los tacos y todo eso cuando revise el texto, piensa Eva. Y hace que esa gilipollas de veinticinco años que se lo tiene más creído que nadie que conozcas, se quede ahí parada como una pánfila, esperando esa moderna caja de metal con tal de no bajar a pie tres míseros pisos de mierda. Algo que hasta su bisabuelo de noventa y ocho años podría hacer sin sus muletas y solo tirando de rabia y prejuicios raciales y homófobos. Menuda ninfómana reprimida y enterrada en buenas maneras está hecha la muy calentorra de Serezade, escribe Eva. Vaya calientabraguetas mamona y torpe; solo aparentemente inteligente y con carácter si hojeas su curricúlum. Otra fachada maquillada andante. Otra niña buena pero mala pero buena, que al final solo es una hipócrita esperando un ascensor mientras se muere.
No da pena alguna cuando, al final, se abren las puertas, pero algo ha fallado, y el ascensor no está; y la pijita suburbana reconvertida en disfraz de chica respetable, cae por el hueco sin ascensor y se da una santa hostia sobre el techo del mismo, dos pisos más abajo, simplemente por ansiosa e idiota perdida.
Cuando despierta de la inconsciencia, está subiendo. Crujidos metálicos a su alrededor. Básicamente, sube y sube. Y el final está cerca, el final, el techo, el último piso. Puré de Serezade. Dos tetas menos. Un mundo una pija menos mejor. Otro agujero en algún sitio, banquete para gusanos, el techo se acerca a toda velocidad. Hablamos de alta tecnología de rascacielos. Y Serezade, muy poco convencida de salir viva de la situación, grita socorro y toda su vida le pasa por delante. Toda su vida tal y como fue concebida y se desarrolló: Una chica que se llama Mónica, que quiere presentar un relato a un certamen y no tiene ideas, y aun así se pone a escribir. Y desarrolla un personaje llamado Tina que es tan idiota que se cae dentro de un pozo y no se le ocurre otra cosa que negarse a salir de él. Encima, la muy tontaina, pide un pc portátil y se pone a escribir (cómo no); y no se le ocurre otra cosa que llamar Ariel a la estúpida que sale de su imaginación, la cual no hace más que confirmar la poca imaginación de Mónica, poniéndose a escribir también, esta vez sobre Eva, una tarada feliz de la vida que se pone a pasear por un bosque con poca visibilidad, hasta que cae en un puto agujero puesto allí porque sí (porque recurrir otra vez a un pozo ya era ridículamente repetitivo, y ni siquiera hubiese sido gracioso). Con todo, encima, y puesto que la escritora amateur de las narices tiene que pensar en algo que haga que la capulla de Eva se ponga a escribir también, no se le ocurre otra cosa que matar a sus padres en un accidente de tráfico (oh, estadísticamente es una muerte súper original…), para que así la feliz de la vida que pasea de noche por bosques sin nadie más, se enfurruñe y descargue la ira en su diario.
Excusas.
Sube y sube y sube. Y se da cuenta de que Mónica es la única que está metida en un lío. Es la única que está metida en un pozo o agujero. Con un pc o una libreta o la moleskine. Monica es Tina y es Ariel y es Eva y Serezade. Mónica es la única culpable, concreta y global. Serezade está permanentemente subiendo porque esa zopenca sin talento ha dejado otra vez el relato abandonado, y se ha puesto a trastear en Youtube al estilo autocompasivo. Se ha puesto a ver videos de cierto escritor al que admira. El hombre tiene una papada considerable y su palabra parece ser ley. Habla con esa actitud sobrada, ese rollo cósmico-académico, ese modo de mostrar medallas sin llevarlas colgadas.
Y cuando lleva un buen rato intentando llegarse mientras desarrolla sus neuras sobre “Las palmeras salvajes” de Faulkner, dice que, si una cosa no soporta, es la metaficción. La metaficción es la prueba más palpable de que un autor está completamente vacío de ideas.

[Sí, acabo de ver (o escuchar más bien, mientras escribía) como diez vídeos tutoriales de L’Oreal como el de arriba solo porque me encanta la chica que los hace (hay otras chicas en el canal, pero ni punto de comparación… Es mi rollo platónico de siempre). Pasaos por el MIERDAS si eso, y recordad esa revista que sigue viva y a veces sale del coma: DESAPAREZCA AQUÍ. Abajo, la que ya es como el emblema fotográfico del blog, otra vez Kate. No me conoce y está muy lejos, así que no puedo avergonzarla, ya veremos cuándo me canso de poner fotos suyas…]