Motivos por los cuales morirás anónimo

Mónica dice que no lo ve claro. Lleva días dándole vueltas al texto. Tiene a una chica metida en un pozo seco. Se ha caído dentro accidentalmente. Es una adolescente, menuda, guapa al modo adolescente. Una de esas crías con cuerpo de mujer. Al contrarío de lo que cabría pensar, la chica está bien, se encuentra cómoda ahí abajo. Por más que le lanzan cuerdas y la espolean para que salga, dice que no, que nanay, ella está perfectamente en el pozo; es un buen pozo, alega. En el pozo no tiene que aguantar a según quién, según qué, etcétera.
El personaje se llama Tina. No me gusta el nombre, dice siempre Mónica, pero supongo que nada me impide cambiarlo en el último momento. Tampoco estamos hablando de una novela. Es un relato breve. Metafórico. Supuestamente ha de ser muy literario, muy respetable conceptualmente, algo casi Kafkiano. Camisas de once varas.
Después de quince días escribiendo y reescribiendo el cuento, comienza a perder la perspectiva. Tina es alimentada y hasta se cambia de ropa. Sus padres tienen quince minutos de coche hasta el pozo. Tina quiere jabón y agua. Quiere una linterna y su Cosmopolitan mensual, está suscrita.
Hasta bajan a una peluquera con arnés y material para acicalarla (a los padres de Tina les cuesta trescientos euros convencerla para que se deje meter en el pozo, y luego no le chive nada a nadie).
A las tres semanas ficticias, Mónica hace que su personaje exija a sus padres un ordenador portátil. Sabe que no podrá conectarse a Internet, pero ha tenido una idea para un relato.
Ariel, una chica de de quince años, se morrea con un chaval al borde de un pozo en medio de un descampado a las afueras de la ciudad. El muchacho la levanta y la sienta en el borde. Ella lucha por quitar la mano masculina de sus tetas y su entrepierna. Pero el chico no cede. Ya es noche cerrada y va demasiado salido. Ese es el modo en que Tina hace que, de forma absurda, Ariel, intentando zafarse del chaval, acabe cayendo al fondo del pozo.
La caída es violenta, pero, casi milagrosamente, Ariel despierta unas horas después, y no tiene ningún hueso roto. Solo magulladuras.
Los padres de Ariel acuden a su llamada. El chico se fue pitando, y por suerte el móvil de ella funcionaba. Ariel estaba enamorada de ese chico, necesitaba a ese chico. El hecho de que se haya desentendido de ella es devastador emocionalmente hablando. Así que, cuando sus padres intentan ayudarla sin llamar la atención, al modo casero de cuerdas y soluciones cuidadosamente paternales, ella dice que no. No piensa salir del pozo. Al menos no aún. No quiere ver nada del mundo de ahí fuera todavía. No podría soportarlo. Lo único que quiere es estar sola; y el pozo servirá perfectamente a esa causa.
Tina no está convencida del nombre que le ha puesto a su personaje, pero decide que puede cambiarlo más adelante. Ariel era la Sirenita, era un detergente; Ariel suena a poesía barata y huele a galerías y lavadoras centrifugando. Tina pasa de los gritos maternos que la animan a abandonar su reclusión, y se centra en desarrollar las emociones de Ariel.
Cuando Ariel lleva tres días en el pozo, le grita a sus padres que quiere su moleskine y al menos dos bolígrafos. No es negociable, grita. Simplemente necesita escribir. Puede que sea el momento más trascendente de su vida. Eso dice. Tienes quince años y ese chico era idiota, cariño, le dice su padre desde el borde. Ella llora de forma histérica, y sus padres acaban cediendo y trayendo el material exigido del cuarto de la niña.
Eva pasea sola por el bosque. Ha madrugado, ha cogido su coche, y ha decidido irse sola al campo. Ha llegado incluso antes de que salga el sol. El aire huele a húmedo y no hay nadie. Las ramas crujen a su paso y todo ese rollo (Ariel se lía mucho con las descripciones). Finalmente, da un paso en falso, y una especie de trampa se abre bajo sus pies. Un falso suelo se hunde, y cae en un agujero de unos ocho metros de profundidad.
A Ariel no le gusta nada el nombre que le ha puesto al personaje. No por nada, Eva es un nombre bonito, pero se le ha ocurrido asociado a la manzana y demás, y decide que con el texto avanzado pensará otro nombre que le convenza.
Eva llama a sus padres adoptivos. Por suerte cogen enseguida el teléfono. Me he caído, dice. Es lo primero que le sale. Luego, les indica más o menos su paradero, y que se muere de vergüenza, que no llamen la atención, solo necesita algo, una cuerda y ayuda para salir del agujero en el que está.
Al colgar, ella misma se ríe de lo que le ha pasado. Al fin y al cabo está bien, no tiene heridas y apenas tendrá que ponerse una tirita.
Cuando lleva algo más de una hora esperando, su móvil vuelve a sonar. Según el indicativo de la pantallita, es su padre. Pero al coger la llamada, la voz extraña de alguien le dice que lo siente, pero que sus padres han tenido un accidente de tráfico. Según le dicen, su madre, que iba al volante, se ha dormido. O todo parece indicar eso. Ambos dormidos en el coche, camino de rescatar a su estúpida hija adoptiva.
Eva cuelga a medio discurso de ese desconocido, y rompe a llorar desesperada. Le da por rebuscar en su mochila su diario. Respira profundamente e intenta calmarse. Prueba el único bolígrafo que lleva, se llena de rayas el dorso de su mano izquierda. Le da igual pintarrajearse. Abre el diario. Hace un año que no lo actualiza con nada.
Serezade espera un puto ascensor. El muy cabrón no acaba de llegar. Es una mierda, una mierda, joder. Serezade…, putos nombre rebuscados…, piensa Eva, luego tengo que pensar otro. El caso es que el puto ascensor no llega. No hay manera. Son tres pisos. Tres pisos no son para tanto; así que la zorra de Serezade sopesa la posibilidad de ir por las escaleras. Idiota inútil que duda con todo… Así te murieras de hambre, pija de los cojones, y así sabrías lo que es tener problemas de verdad, no como tus gilipolleces de secretaria de altos vuelos en un edificio de cristal en medio de los huevos peludos de occidente.
Puta mierda…ya quitaré los tacos y todo eso cuando revise el texto, piensa Eva. Y hace que esa gilipollas de veinticinco años que se lo tiene más creído que nadie que conozcas, se quede ahí parada como una pánfila, esperando esa moderna caja de metal con tal de no bajar a pie tres míseros pisos de mierda. Algo que hasta su bisabuelo de noventa y ocho años podría hacer sin sus muletas y solo tirando de rabia y prejuicios raciales y homófobos. Menuda ninfómana reprimida y enterrada en buenas maneras está hecha la muy calentorra de Serezade, escribe Eva. Vaya calientabraguetas mamona y torpe; solo aparentemente inteligente y con carácter si hojeas su curricúlum. Otra fachada maquillada andante. Otra niña buena pero mala pero buena, que al final solo es una hipócrita esperando un ascensor mientras se muere.
No da pena alguna cuando, al final, se abren las puertas, pero algo ha fallado, y el ascensor no está; y la pijita suburbana reconvertida en disfraz de chica respetable, cae por el hueco sin ascensor y se da una santa hostia sobre el techo del mismo, dos pisos más abajo, simplemente por ansiosa e idiota perdida.
Cuando despierta de la inconsciencia, está subiendo. Crujidos metálicos a su alrededor. Básicamente, sube y sube. Y el final está cerca, el final, el techo, el último piso. Puré de Serezade. Dos tetas menos. Un mundo una pija menos mejor. Otro agujero en algún sitio, banquete para gusanos, el techo se acerca a toda velocidad. Hablamos de alta tecnología de rascacielos. Y Serezade, muy poco convencida de salir viva de la situación, grita socorro y toda su vida le pasa por delante. Toda su vida tal y como fue concebida y se desarrolló: Una chica que se llama Mónica, que quiere presentar un relato a un certamen y no tiene ideas, y aun así se pone a escribir. Y desarrolla un personaje llamado Tina que es tan idiota que se cae dentro de un pozo y no se le ocurre otra cosa que negarse a salir de él. Encima, la muy tontaina, pide un pc portátil y se pone a escribir (cómo no); y no se le ocurre otra cosa que llamar Ariel a la estúpida que sale de su imaginación, la cual no hace más que confirmar la poca imaginación de Mónica, poniéndose a escribir también, esta vez sobre Eva, una tarada feliz de la vida que se pone a pasear por un bosque con poca visibilidad, hasta que cae en un puto agujero puesto allí porque sí (porque recurrir otra vez a un pozo ya era ridículamente repetitivo, y ni siquiera hubiese sido gracioso). Con todo, encima, y puesto que la escritora amateur de las narices tiene que pensar en algo que haga que la capulla de Eva se ponga a escribir también, no se le ocurre otra cosa que matar a sus padres en un accidente de tráfico (oh, estadísticamente es una muerte súper original…), para que así la feliz de la vida que pasea de noche por bosques sin nadie más, se enfurruñe y descargue la ira en su diario.
Excusas.
Sube y sube y sube. Y se da cuenta de que Mónica es la única que está metida en un lío. Es la única que está metida en un pozo o agujero. Con un pc o una libreta o la moleskine. Monica es Tina y es Ariel y es Eva y Serezade. Mónica es la única culpable, concreta y global. Serezade está permanentemente subiendo porque esa zopenca sin talento ha dejado otra vez el relato abandonado, y se ha puesto a trastear en Youtube al estilo autocompasivo. Se ha puesto a ver videos de cierto escritor al que admira. El hombre tiene una papada considerable y su palabra parece ser ley. Habla con esa actitud sobrada, ese rollo cósmico-académico, ese modo de mostrar medallas sin llevarlas colgadas.
Y cuando lleva un buen rato intentando llegarse mientras desarrolla sus neuras sobre “Las palmeras salvajes” de Faulkner, dice que, si una cosa no soporta, es la metaficción. La metaficción es la prueba más palpable de que un autor está completamente vacío de ideas.

[Sí, acabo de ver (o escuchar más bien, mientras escribía) como diez vídeos tutoriales de L’Oreal como el de arriba solo porque me encanta la chica que los hace (hay otras chicas en el canal, pero ni punto de comparación… Es mi rollo platónico de siempre). Pasaos por el MIERDAS si eso, y recordad esa revista que sigue viva y a veces sale del coma: DESAPAREZCA AQUÍ. Abajo, la que ya es como el emblema fotográfico del blog, otra vez Kate. No me conoce y está muy lejos, así que no puedo avergonzarla, ya veremos cuándo me canso de poner fotos suyas…]

Anuncios

7 comentarios en “Motivos por los cuales morirás anónimo

  1. No me creo que te hayas quedado completamente vacío de ideas… tampoco me gusta la metaficción, ni siquiera en las metaficciones en las que esta se critica (me has recordado al último relato de la niña del pelo raro, de D. F. Wallace)
    Aun así el texto no me ha disgustado.

    Y… ¿Qué tienes contra el nombre de Mónica?

    Ehse

  2. aaah… tiene sentido pensarlo sí, pero no quería decir eso. Lo que sí es verdad es que yo tampoco sé nunca qué nombre ponerles a los personajes, de hecho muchas veces evito ponerles nombre…

  3. Vas cayendo tan rapido por el relato como todas y cada una de las ficticias protagonistas que tiene caen al pozo… Vamos que es como siempre una genialidad, aunque me hubiese gustado saber el final del relato que: ” abandonado por la autora que no termina lo que empieza y se pone a trastear con los videos de youtube y los escritores de papada que admira…. ” vaya
    Cada día me gustan más las fotos de Kate, cuando las dejes de poner las echaré de menos 😀

  4. Me gustó el relato 🙂 (No sé por qué tenía la sensación de que la chica iba a ir saliendo de los pozos al revés y, antes de llegar, iba a terminar por vivir en un mundo en que la llamaran de otra manera ^^).
    Saludos!.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s