De repente se volvieron modernos

De repente se volvieron modernos. Se volvieron modernos y le restaban importancia, porque también eran de carácter humilde en apariencia. Se volvieron adultos y conocían los mecanismos que lo controlaban todo. Se volvieron prácticos en aspectos concretos, ya fueran éstos físicos o abstractos. Se volvieron pragmáticos pero optimistas.
Estaban casi todos ahí, casi todos los que yo conocía desde hacía años o de vista. En ese ático que era un ático privado, pero que parecía la terraza de algún sitio para altas esferas en alguna gran ciudad europea. Se saludaban entre sí con preguntas directas, calculadamente sarcásticas. Las parejas llegaban tarde; o llegaban cada una a su “hora de pareja”; siempre atareadas, siempre viniendo de otros encuentros de pareja, otras citas de trabajo o de familia. Pero impecables (y con una explicación a punto si no lo parecían).
Yo volvía a estar entre ellos. Lejos de ellos aun codeándome. Había distintas mesas, de ésas para estar de pie, en las que dejar la bebida o apoyar el codo una vez calculada la postura. El mobiliario no era muy practicable, era sobre todo estético; de ese modo en que toda esa gente moderna cuida la fotografía pero descuida las espaldas. Hojea uno de esos suplementos de viernes, con artículos y fotos sobre clubs de moda, así te harás una idea. ¿Sabes ese cóctel que se sirve en una especie de cono achatado invertido, y que por más cuidado que tengas verterás algo de su contenido antes del primer trago?, pues así era un poco todo entre toda esa gente moderna. Menos práctico de lo que ellos creían, absurdamente caro, e inflado de un estilo que era todo descripciones vacías llenando sus vidas de miedo a hacer avanzar de verdad las mismas al margen de los demás.

De repente todos tenían sus medallas. Sus objetivos cumplidos. La fórmula de la felicidad ya resuelta antes de los treinta. Todo el paquete de metas logradas y responsabilidades. Todas las pasiones bien arrinconadas ya en sus mentes. Lo que les hacía emocionarse, reducido a hobby. Porque eran responsables. Iban a afrontar la vida, la experiencia familiar. Todos estaban a tiempo, llevaban al dedillo el orden cronológico; estaban a tiempo e iban con los tiempos. Integrantes dignos de su ciudad. Auto-conciencias digitales. Sabían sacrificarse porque eso les formaba como personas. Desconfiaban a menudo del placer. Obviamente no fumaban. Y te conocían como querían, de esa forma en que hablar de ti siempre resulta interesante al modo de rulos y revistas.
Celebraban en secreto y a veces hasta en público la muerte de rockeros jóvenes y celebridades; esos irresponsables que habían escogido el mal camino, y que por tanto habían acabado mal. Esos muertos a los 27. Artistas. Esos tíos que no trabajaban en oficinas ni almacenes, que hasta disfrutaban de verdad de su oficio. Qué se habían creído. Quien la busca la consigue.

Tenían quince años y de repente estaban llegando ya a los treinta. Todos en ese ático. Y cada vez se parecían más a sus propios padres; el mundo seguía girando igual, lleno de gente preguntándose por qué siempre hay quien padece hambre sin embargo. Esos clones de clones de clones pasados; la misma vida, el mismo camino, las mismas ideas. Diferencias insustanciales en los medios para transmitir los mismos miedos y prejuicios.
Copias de copias de copias, peinados cada uno de un modo distinto quizá. Todos en ese ático. Todos intentando marcar diferencias como quien intenta dejar claro que no es físicamente exacto que su hermano gemelo, por más que se parezca. Iguales entre ellos y a sus padres. Las mismas etapas en el mismo orden cronológico. Las mismas convicciones relacionadas con intentar planear lo espontáneo.
Hacían planes para ser lúcidos e inteligentes. Hacían planes para enamorarse. Y no sólo para enamorarse, sino para hacerlo cuando ellos quisieran.
Eran ‘vasos medio llenos’ con patas. Querían aprender de todo lo que les pasara; no querían aceptar que hubiesen perdido segundo alguno. Soñaban con identificar con códigos de barras todas las cosas, a todas las personas.
Puede que incluso algunos creyeran en Dios. Pero aun si no creían, parecía más una cuestión de moda que de reflexión.

Grupos en cada mesa, murmullos y siseos acomodados. Naturalidad fabricada en serie. Tan avanzados que ya creían que la telebasura era chic. Y esos videos sin gracia que solo funcionaban porque a la gente le hacía gracia recordarlos todavía. Amplificadores subnormales de un supuesto momento divertido explotado sin piedad en programas de zapping.
La anfitriona iba de un lado a otro preguntando si nos lo pasábamos bien o no. Si quieres que alguien comience a desear largarse de donde sea, hazle plantearse lo que hace, dónde está. Es como preguntar qué haces, por qué has venido. No preguntes. Limítate a traerme cualquier bebida normal en un vaso normal. Dame una mesa y unas sillas de bar austero de obreros, por favor. Dame un poco de variedad; me estoy ahogando en esta modernidad de cáscara, entre estos dignos clarividentes falsos que sólo van a seguir contribuyendo a que el mundo siga igual.
Dame a la gente, pero solo a nivel individual. La mayoría de gente se vuelve imbécil en grupos.
Ves a cualquier cumpleaños después de haber pasado un día lo suficientemente jodido, con esa claridad de ideas que te da el no estar predispuesto a nada, cuando de verdad es el momento lo que tiene que animarte y no al revés.
Tenían veintiocho y veintinueve y treinta años. Ibas a sus pisos y cada uno era calcado al anterior. Te hablaban de sus trabajos y siempre sonaba desesperante. Hablabas con sus parejas y descubrías que a veces por más guapa que sea una mujer, ni tan siquiera te apetece imaginarla desnuda. Te sonreían y te daban ganas de irte a vivir a un pueblo. Al puto campo, donde sea. Los animales no dicen chorradas sin parar, no ven programas de zapping, no tienen Iphone, no se están justificando por todo a cada minuto. No son modernos ni antiguos.

Comencé a recular dando pasos cortos. Dejé mi vaso de cóctel en el suelo. No tenía ganas de despedirme de todos. Ni tan siquiera había muchos amigos auténticos en realidad. El motivo de la reunión era lo de menos. Son cosas que simplemente suceden; a las que es más fácil decir que sí que poner excusas.
Dos puntos y se cierra paréntesis=Sonrisa. Claro que iré. Es mucho más rápido ir.
Pero cuando llevaba una media hora allí, yendo y viniendo del lavabo y cosas así, me dio ese impulso de largarme bien lejos
Puede que me vieran algunos, pero el lugar era lo suficientemente amplio para no llamar la atención de un modo demasiado chocante. Luego podría decir que me encontraba mal, pensé. Y no era mentira técnicamente .

Abajo en la calle, caminé cerca de la pared. Sabía que podían asomarse por los inmensos ventanales del ático. Podían observar mi huida. Quizá lo hicieron.
Comencé a sentirme mejor. Caminando y simplemente cruzándome con otra gente, saqué un cigarrillo. En aquel lugar la anfitriona no dejaba fumar. Demasiado pagada de sí misma para algo así… Seguro que le iría bien.
Al rato una chica se me acercó. Una trabajadora. El turno de noche inevitable. Es verdad que todos los nuevos pisos parecen iguales, todos con esos muebles que parecen de lo más frágil y lo son. Esas pantallas planas. Casi siempre un gato o dos rondando entre los sillones, esos sillones que son como transformers de peluche; te estiras en uno y de repente se alarga, o se separan dos partes o… Esas luces a las que no puedes mirar fijamente, como una placa de metal con tres o cuatro puntos de luz sobre la mesa del salón, como si cada vez que los miraras sintieras que te estás muriendo, y que al fondo te esperan tus abuelos muertos, al final del túnel.
El lugar al que me llevó la puta era objetivamente mucho más estiloso. Mucho más personal. No había gatos, las luces no te cegaban, y nadie te preguntaba constantemente qué te parecía el piso.
Había muebles bastante viejos. Olía a productos de limpieza. Le pregunté la edad. Veintitrés años. No era inmigrante. Me contó que le pareció buena idea cobrar por fin por hacer algo que le gustaba durante una temporada. Era como la antítesis de las chicas que había en ese ático; pero, al fin, alguien mucho más apegada a lo que era el mundo, menos negada, menos hipócrita, más sincera, más discreta, más directa. Y mucho menos miedosa.
Un teléfono rojo en una mesilla. Te hace pensar en Kubrick o en Lynch. Le pregunté que si el piso era suyo. Sí, dijo, mis padres están de viaje. Lo cual lo explicaba todo; era un piso de padres: muebles enormes, tecnología analógica aún, esos aparatos y electrodomésticos que duraban años y años. De cuando el fabricante aún quería ofrecer algo bueno, y la gente era consumista sin llegar a ser gilipollas del todo.
No me sentía como con una puta. Le volví a preguntar la edad cuando ambos estábamos sentados en el sillón ante la tele. Veinte años, dijo. Y me preguntó si esto era algo que hacía a menudo. No, dije. Solo hago cosas así cuando necesito sentirme menos falso, menos artificial. Te fumas un paquete en una noche viendo cine clásico; buscas a ese contacto tuyo para la hierba; te follas a una puta… Son cosas que muchos presumen no hacer aun sin hablar. Y el hecho de recurrir a ellas a veces, hace que me sienta muy distinto a esos tíos, a esas niñas bien, esos sacos de buenas referencias y trayectorias ejemplares para este mundo.
Esos tíos y tías que se dedican a mostrarse siempre como buena gente, sin dobleces, sin secretos, sin vergüenza.
Sí que son unos sinvergüenzas, dijo ella.

De repente ella estaba desnuda. Y yo me fijé en su cuerpo un buen rato ya después del servicio. Había sido lo mejor de la noche. Algo secreto, placentero, moralmente discutido… No me parecía que la muchacha tuviera mucha experiencia. Estábamos en la cama de matrimonio de sus padres. Le dije un montón de cosas, le advertí sobre el efecto que los próximos años podrían tener sobre ella. Esos próximos años convierten a mucha gente en idiotas con ínfulas, le dije. Tú aún no eres así, le dije. Protégete, sigue siendo una persona aparte, dije. Y ella me dijo que no me preocupara, no pensaba prostituirse durante mucho tiempo. No entendió de lo que yo hablaba, y desistí de intentar explicarme.
Era ya muy tarde. Me ofreció quedarme hasta por la mañana. Sus padres aún tenían que estar seis días más fuera. Acepté. Ella no tenía el perfil de ninguna cabrona. Era mucho más fiable en el fondo que casi todas las tipas que había en el ático. Puta, sí, pero en la mejor acepción popular del término. Lo que yo llamaría una puta buena. La calle estaba llena de putas de las malas. La tele estaba llena también de ellas. Seguramente muchas empresarias ya lo eran al mismo nivel que los tíos. Y sin duda en el pasado había conocido a más de una y más de dos trabajando en Personal en algunas empresas. Eso sí eran malas putas.

Ahí seguía yo, pues, por la mañana. Desperté y vi a esa chica de un lado a otro, vistiéndose. Comencé a arrepentirme de haberme ido con ella. Tenía ganas de que me devolviera el dinero. De golpe no me gustaba haberlo hecho con ella de esa manera. Sonreía y me trataba tan bien que ya no me gustaba un pelo la idea de que hubiera habido dinero de por medio. Éste estaba en la mesilla junto al teléfono rojo. Setenta euros que había sacado en un cajero ya viniendo con la muchacha hacia aquí.
Y entonces tuve una idea. Le dije que volviera un momento a la cama. Que parara quieta un segundo, porque quería decirle algo. Quería quedar con ella, quería volver a verla, eso quería decirle.
Y puede que, en un futuro, cuando alguien nos preguntara cómo nos conocimos, nosotros pudiéramos responder que ella era puta y yo putero, y que a la mañana siguiente le había preguntado si quería salir conmigo en serio. A lo que todos esos modernos asentirían, inteligentes y en su sitio, dando por hecho que bromeábamos, y pasarían a otro tema aceptando que no estábamos dispuestos a contarles la verdad, aun habiéndola ya contado.

[Arriba, clip de The National. Uno de esos grupos de ya largo recorrido que no se limita a sacar dos temas pegadizos por disco, sino que se están volviendo cada vez más importantes (pero no importantes del modo en que Coldplay son importantes, no sé si me explico) . Abajo, otra foto para la colección Upton.]

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8 comentarios en “De repente se volvieron modernos

  1. Me gusta esta “Hablabas con sus parejas y descubrías que a veces por más guapa que sea una mujer, ni tan siquiera te apetece imaginarla desnuda.” En esa frase hay resumida la esencia de lo que es ese ático cone sa gente igual y vacía y aparentemente aburrida en la que no cabría la ecuación de “he conocido a una puta y me he casado con ella”.
    Grande The National.
    Esta Upton tiene pinta de ser toda una intelectual con las que tener grandes discusiones filosóficas. Por eso me gusta.

  2. aceptando que no estábamos dispuestos a contarles la verdad, aun habiéndola ya contado….
    Suele pasar a menudo que siendo sincero, a uno, le traten por embustero…
    Un placer regresar. Besos!!

  3. Que agobio por dios!!!! Estaba deseando salir del maldito ático de las narices, me sentía así como enjaulada y acosada por intelectuales que te hacen sentir mierda, que te recuerdan que tu no eres lo que deberías ser a tu edad, en tus circunstancias o en tu vida, uuuffff quién me diría a mí que entrar en la casa de una puta sería tan reconfortante y tranquilizador, si es que consigues hasta las cosas mas insospechadas jajaja
    Y que historia mas bonita para contar a los futuros hijos, Pretty woman casero y realista, sin tanta gilipollez ;D

  4. “De golpe no me gustaba haberlo hecho con ella de esa manera. Sonreía y me trataba tan bien que ya no me gustaba un pelo la idea de que hubiera habido dinero de por medio.”

    Es de tal ternura e ingenuidad, que me has conquistado de nuevo en un registro que no esperaba.

    Besos

  5. la primera vez que vi una mujer guapa y no pude imaginarla desnuda pensé que había algo mal dentro de mi 🙂 y al final era eso, que se recubren tanto, que se esfuerzan siempre por enseñar los ángulos buenos que aquello deja de ser divertido…

  6. Que agobio por dios!!!! Estaba deseando salir del maldito ático de las narices, me sentía así como enjaulada y acosada por intelectuales que te hacen sentir mierda, que te recuerdan que tu no eres lo que deberías ser a tu edad, en tus circunstancias o en tu vida, uuuffff quién me diría a mí que entrar en la casa de una puta sería tan reconfortante y tranquilizador, si es que consigues hasta las cosas mas insospechadas jajaja
    Y que historia mas bonita para contar a los futuros hijos, Pretty woman casero y realista, sin tanta gilipollez ;D

    +1

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