El profesor

Quiero que sepáis que todos vuestros poemas son basura, dice el profesor/escritor. Ya sabéis, dice, papel higiénico en potencia. Dice que de los treinta y cinco alumnos que tiene delante, de momento solo puede contar cero poetas.
Cero, repite enfatizando en la c.
Viniendo hasta aquí he visto poesía en la mirada de cada mujer con la que me he cruzado, dice. «Vale que iban camino del trabajo y cosas así; puede que fuera poesía triste y desoladora. Pero ninguno de vuestros escritos puede competir con la sola imagen de cualquier cosa lo suficientemente viva. Y mucho menos si es una mujer… o un árbol, un prado, montañas, cataratas, animales callejeros…» Seguro que me entendéis, dice. «Ahora mismo sois como esos animales domésticos que alguna gente posee casi en calidad de adornos. Como esas peceras que tienen algunos en casa. Eso habéis hecho con la poesía, lo que esa gente hace con lo que es natural y está vivo, despojarlo de su autenticidad». En términos de belleza, no transmitís más de lo que pueda proyectar cualquier foto de una cesta llena de cachorritos, dice.
«Sois fáciles, puedo ver la costura de vuestras mentes. Leo lo que escribís y solo puedo veros a vosotros ante el ordenador, haciendo vuestros patéticos esfuerzos, sin dejar que nada fluya, pensando y dándole al coco como quien intenta resolver una ecuación». Como si todo dependiera de lo cabezón que pueda ponerse uno, murmura.
Deberíais abrir todos un blog si aún no lo habéis hecho, dice; es el único medio en el que alguien puede deciros que sois buenos escritores.
«O eso o estudiar cualquier otra cosa. Algo que solo dependa de vuestra fuerza de voluntad. Seguro que todos sois muy esforzados y responsables. Seguro que eso sí lo tenéis. Me recordáis a esos grupos de rock que nacen, empiezan a ensayar y al cabo de un mes ya encargan camisetas con el nombre de la banda.»
«Siempre un paso adelante, siempre optimistas, siempre alerta, ¿verdad?»
Seguro que algunos os llamáis a vosotros mismos poetas, dice el profesor.
El tipo camina de un lado a otro del aula. No mira a nadie en concreto. Un amigo mio siempre me lo dice, murmura mirando al suelo, lo mejor de los universitarios suelen ser las universitarias. En serio, susurra ahora mirando al frente, me gustaría que alguna de vosotras, tan monas y todo eso, hubiera escrito algo bueno. «Me gustaría hacer que la alumna en cuestión se pusiera en pie, la haría leer su poema. La haría quedar bien ante todos. Haría que… me viera con buenos ojos». La verdad, dice, es que el único motivo por el que me metí a profesor fue las universitarias. «No puedo negarmelo más». Las universitarias, repite con la mirada perdida, las universitarias…
Este centro apesta, murmura luego, no me gusta la política dictatorial de este centro… El hombre parece perder el control, hablando ya sin filtro, sin medida. ¿Pueden ponerse en pie las chicas que hay en clase?, pregunta. Unas se ponen en pie, otras no; algunas incluso se van del aula. Veréis, dice, vosotras sabéis de qué va todo esto en esencia. Os lo digo a vosotras, porque sé que quizá vosotras sí podáis llegar a entenderlo; yo tengo cuarenta años ya, murmura. «Y creo que todas sabéis en el fondo que los tíos somos como somos; igual a los veinte y a los cuarenta». Lo que yo quería era buscar rollo, dice. «Buscar rollo con alguna de vosotras, a poder ser más de una». Aprovechad esto, murmura el tío, puede que sea la última clase en la que alguien os diga su verdad real. Casi nadie es profesor universitario por vocación, dice; lo somos porque no pudimos llegar a hacer lo que queríamos de verdad. «Puede que sí haya vocación cuando se trata de críos más pequeños. Hay mujeres que quieren ser profesoras porque les chiflan los niños. Lo cual, de todas formas… creo, es un poco absurdo. Es como querer ser cocinero porque a uno le encanta comer…»
Yo quería ser escritor, susurra, y lo soy… pero mediocre. «Así que ese amigo que os digo me comenzó a hablar un día de los universitarios, y de lo mejor de ellos: las universitarias. La diferencia de edad, la actividad sexual que pueden buscar, el hecho de que quizá les dé igual con quién… Lo que yo quería era encumbrar a alguna… ¿entendéis? Hacer que alguna de vosotras se colgara un poco de mí sólo por mi insistencia sobre su potencial…»
El tipo sigue hablando, mirando al vacío. Podéis sentaros si queréis, dice, no sé por qué os he hecho levantar. «Creo que solo ha sido para veros mejor, para hacer el numerito, qué sé yo… No deberíais hacer mucho caso de las cosas que os mandan hacer los profesores. Lo profesores no son más que gente a la que le queda un poco menos de tiempo aquí; quizá están un poco más amargados… A no ser que os cambéis a medicina o química o algo así, creo que en la universidad nunca aprenderéis más de lo que lo haríais en casa leyendo a los autores a los que realmente os apetezca leer. Esto es como una violación en realidad, como forzaros a tener talento… no tiene ningún sentido… no se puede forzar el placer… Imaginad que hubiera clases prácticas para enseñaros a disfrutar del sexo… difícilmente nadie lo disfrutaría aquí, da igual qué libros usáramos, qué instalaciones… siempre disfrutaríais y aprenderíais más follando en un coche a las afueras por más incómodos que estuvierais… ¿Estudiaríais esa carrera sexual sólo por el título si a cambio odiarais el sexo quizá el resto de vuestras vidas?…»
«Como digo, esto muchas veces es como una violación, una terrible violación…»
Algunos alumnos más comienzan a desfilar hacia la salida. El profesor se afloja la corbata. Yo no me gano la vida con esto, dice, así que ahora es cuando deberíais abrir bien los ojos y las orejas. Dejé a mi mujer hace dos años, dice. «Ya no parecía una universitaria ni de lejos… y tampoco se parecía a la mujer que era cuando, eso, cuando decidí convertirme en adulto con ella a base de ceremonias y chifladuras sólo para la galería… Qué queréis que os diga… nada es cuadriculado. Yo no os puedo enseñar a escribir, ni tan siquiera os puedo enseñar a leer si la lectura es obligada; no puedo hacer nada positivo de verdad por vosotros. Como mucho podría haber seguido con mi papel de docente; haberos puesto exámenes, haberos juzgado según mis gustos y criterios pasando de los vuestros, anteponiendo mi mundo al vuestro, perfilándoos a mi imagen y semejanza. Podría haber sido otro dios moderno, y haberos convertido, como mucho, en escritores mediocres…»
«Y creedme, doy gracias de que no tengáis el más mínimo talento; de haber sido así me hubiera sentido como una auténtica mierda: yo, intentando enseñar lo que un chaval veinte años más joven entiende mejor que yo, algo que él respira y yo no, una intuición que él tiene y yo no… De verdad, en serio, es mejor así para mí. Y bueno… si hubiera llevado a cabo mi plan sexual con alguna estudiante, no hubiera estado mal, pero también es cierto que eso conlleva mucho lío… Pero qué coño… uno crece, se embarca en lo que todos para ser como todos, madura porque ha hecho lo que todos dicen que alguien maduro hace… y luego qué… ¿Ahora he inmadurado por divorciarme?, ¿comenzará a caerseme el vello púbico en plan Benjamin Button?, ¿tener la vaga esperanza de querer follar con veinteañeras es síntoma de enfermedad alguna?…»
Algunos alumnos se han largado, pero otros que vagaban por los pasillos han entrado en el aula. El boca a boca. Hasta tal punto es así, que al rato ya no quedan sitios para sentarse, y la gente comienza acumularse de pie.
¡Vanesa!, grita el profesor, ¿está presente Vanesa? Vanesa, una de las alumnas, se pone de pie. No hace falta que te pongas de pie, cariño, murmura el profesor. Vanesa se sienta. «Antes mentí cuando dije que nadie aquí tiene talento. Vanesa entrega buena prosa de vez en cuando. El único motivo por el que nunca se lo he reconocido a ningún nivel, es que no me atrae sexualmente. O sea…, ¿qué ganaba yo?, ¿qué puede ganar aquí un profesor de universidad?, ¿cómo vamos a alimentar nuestro ego insaciable?»
La chica se levanta y desfila entre los alumnos, hacia la salida. Sin expresión. El profesor se queda callado un momento, y luego berrea. «¡Adiós, dulce Vanesa, y no te preocupes, no es por ti!… Pensad todos en vuestros padres, queridos alumnos, por los que sois como sois. Os dejáis engatusar por el amor, y acabáis tirando vuestro posible talento por la borda… En serio os lo digo, me encantaría leer vuestros diarios si los tenéis… sería la única forma de saber si sabéis trascender la cesta de cachorritos, la belleza de postal de a un euro. ¿Por qué os metéis en berenjenales al escribir?, ¿por qué no me habláis de lo que os pone cachondos, o de las cosas en las que pensáis para tranquilizaros antes de dormir?, ¿por qué no me habláis de lo que os cabrea por mucho que sea algo que todo el mundo ve con buenos ojos?, ¿por qué intentáis adaptaros a lo que ya existe en lugar de tocar lo que tenéis delante y describirlo a vuestra puta manera…? ¿Por qué…?»
Pausa larga.
«Pues venga… yo intentaré deciros por qué. Puede que aún ni os lo hayáis planteado. Yo al menos sí me lo he planteado… Creéis saber lo que está bien y lo que está mal, lo que es moralmente reprochable y lo que no. Creéis incluso que tenéis la formula para ser dignos de… lo que sea, de todo… de estar vivos y de lo que poseéis; y lo único que tenéis en realidad es una vaga idea sobre lo que hay que hacer para que los demás crean que sois dignos. ¿Cómo se puede escribir algo así? ¿Cómo vais a inspirar a nadie o a vosotros mismos si os pasáis toda la vida intentando ser exactamente iguales que vuestros lectores potenciales…? Fijaos bien, miraos todos ahí sentados, leyendo lo mismo, memorizando lo mismo, absorbiendo los mismos conocimientos, trabajando sobre exactamente el mismo material, y claro, demasiado cansados para hacer nada más por vuestra cuenta… ¿Cómo podríais sorprenderos entre vosotros?… ¿Por qué os creéis que es Bukowski quien os sorprende a todos vosotros?… alguien que llevó una vida de puro amor por la literatura, por encima de todo lo demás, una vida que vosotros jamás os atreveríais a vivir como los pijos con Iphone que sois… No queréis escribir, queréis pasear por Ikea y elegir un estante bonito para colocar todos exactamente los mismos libros y diplomas. Queréis hacer exactamente lo mismo que yo hice…; y miradme, ahora lo único que yo quiero es salir de aquí, emborracharme, irme de putas de lujo…»
La clase está abarrotada. Hay un murmullo que habla sobre la posible ebriedad del profesor. Otros murmullos aseguran tener un amigo que le ha visto esnifar alguna vez. De vez en cuando alguien hace tssss para que los murmullos callen. Algunos se ríen en grupitos. El profesor camina de un lado a otro, callado durante al menos tres eternos minutos. Tan largo se hace el silencio, que cuando retoma el discurso algunos dan un respingo.
«Cuando ya no esté aquí y comentéis entre vosotros que me rompí en medio de clase, o que iba bebido o que perdí los papeles, tened en cuenta dos cosas. La primera, es que que como ya he dicho, mi sustento no depende de trabajar o no aquí. La segunda… bueno, entiendo que de cara a los demás os mostréis cínicos y negativamente condescendientes conmigo, como personas demasiado centradas para dar algún valor empírico positivo a lo que está pasando aquí. Pero os ruego que penséis en todo lo que he dicho en el futuro, hagáis el papel que hagáis para los demás.»
«Sé que la red en la que os encontráis todos ahora pescados es cómoda. Es un momento mullido de vuestras vidas. Podéis jactaros todo lo que queráis, mostrar vuestras etiquetas ahí fuera con orgullo; sois jóvenes, universitarios, no va con vosotros eso de dejar los estudios en pos de alguna pasión, sois demasiado inteligentes para eso, ¿verdad? Puede que incluso ganéis un montón de pasta en unos años. Seréis unos consumidores ejemplares… Sí… Da igual si no tenéis el más mínimo pensamiento propio, o que para dejar volar la imaginación y la creatividad necesitéis ocho cubatas.»
«En fin… uhm… No sé… Sólo os pido que…»
Es entonces cuando el director del centro irrumpe en clase, interrumpiendo al profesor aun sin decir nada; decenas de cabezas se vuelven a mirarle. El director es un tipo bajito, con gafas. Camina aparentemente calmado entre los alumnos que están de pie, dirigiéndose hacia el profesor. «¡Fijaos en quién está aquí!, ya pensaba que no vendría… Os contaré un par de cosas del señor Arturo Ramírez Marín. ¿Habéis oído esa teoría sobre los hombres bajitos y por tanto ávidos de poder?, pues aquí tenéis esa teoría, caminando con sus propias patitas. El Napoleón del centro… No me mire así, señor… ¿Sabéis lo que dijo cuando le propuse reducir a la mitad vuestras lecturas obligatorias?, ¡nada!, se puso a hacer alguna mierda de sudoku hasta que salí de su despacho… ¿Sabéis qué dice siempre este Napoleón académico? ¡Que hay que subir los estándares!…; y traduzco: quiere poneros más exámenes, ¡y más difíciles!… Claro que sí, señor Ramírez, usted siempre demostrando su amor por las artes, por la poesía y la literatura… Siempre dejando que las cosas fluyan…»
El director se acerca y le susurra algo al oído al profesor, un ademán tajante. «No, no pienso volver a chupársela otra vez en su despacho, señor». El director vuelve a susurrarle algo, enrojecido, visiblemente encolerizado. «No insista, tiene que arreglar las cosas con su mujer y…»
El director desiste y vuelve a caminar hacia la puerta para salir del aula, esta vez con un aspecto menos reposado. «No sienta bien no haber salido del armario ya a ciertas edades, muchachos…»
Se hace un silencio. Luego el profesor se acomoda en su silla.
«En fin, creo que ya está bien. Napoleón me ha dicho que la policía está de camino, ya sabéis, aparte de lo de la mamadas… Eso quiere decir que voy a ir a la calle seguro, ya hace tiempo que se huele. Os vais a librar de mí… Y no sé cuánto de lo que he dicho hoy aquí os habrá parecido real y cuánto sólo para provocaros. El caso es que aún me tendréis unas cuantas clases con vosotros por clausula de contrato. Y os voy a pedir un último ejercicio de prosa (que por cierto quiero que le comuniquéis a Vanesa y el resto). Como último trabajo para mí, quiero que escribáis algo sobre lo que acabáis de vivir en esta hora de clase.»
«Muchos decís que no tenéis nada de qué hablar -lo cual no me extraña, vivís sólo para venir aquí y luego hacer deberes de aquí, y luego ir de fiesta para desconectar de aquí-, ¿no es así?…»
«Pues ahora ya tenéis algo distinto de lo que hablar y escribir… Vale cualquier ejercicio de narración o metanarración que se os ocurra. Podéis exagerar todo lo que queráis. Podéis asumir que todo lo que he dicho es mentira, o que todo es verdad, o mitad y mitad. Podéis reflexionar sobre lo que he dicho. Podéis hablar sobre un profesor original o sobre el tío que quiso llamar la atención de todos en su casi-última clase antes de ser despedido por su escasa profesionalidad y adicción a las drogas. Vale to-do. Podéis incluso narrar hasta este momento y seguir con la historia fuera de aquí, con mi relación con las mujeres jóvenes, mi supuesta afición a la prostitución, mi incapacidad de mantener relaciones maduras… Podéis añadir personajes, describir al dedillo o mentir a lo bestia. Lo que sea. Usad a Napoleón, a Vanesa, a vosotros mismos. Y si se os ocurre una idea mejor mientras escribís sobre esto, borradlo todo y escribidla. Usad esto. Así es como funciona cuando se es libre.»

[Para el video, no me queda otro remedio que poner uno de los temas del disco en solitario de Noel Gallagher. Disco que me da va a ser uno de mis favoritos este año, y que augura una gran carrera en solitario para Noel. Abajo, otra foto de Upton, para que siga entrando gente al blog y no entienda por qué siempre hay una foto de ella en cada post. y YA ESTÁ.]

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7 comentarios en “El profesor

  1. Resulta tan fácil permanecer “pescados en la red” que parece que no existen otras salidas, cuando las salidas en realidad son todo lo demás. Quien no ve otras opciones es porque no quiere.

    Muy buena la frase de la cabecera, muy acorde con el tema.
    Y sin ánimo de “agobiar” ¿Qué tal llevas el libro?

  2. Qué divertido, yo sí hice la tarea 🙂
    El martes, el profesor ha hecho un monólogo impactante contestando preguntas que nadie hizo. El salón se llenó dos veces y se vació unas tres. Ha dedicado hasta su último día de trabajo a que el acto educativo siga siendo el mismo. Con toda la pasión que un hombre puede tener a las nueve de la mañana, su postura ayudó a preservar la verticalidad del sistema educativo, un día más… Vi sonreír al statu quo por la ventana.
    Lo imagino yéndose de putas ese mismo día, debe ser de los que creen que los hombres toman revancha de la vida solo cuando una veinteañera los acuna entre sus piernas. No me parece mal. Después de pagar, habrá lamentando no haber podido “hacer de sus alumnos personas que no existían”, dado un trago largo por todo el recorrido, apoyado el vaso en un estante de su biblioteca, una biblioteca sin libros de Paulo Freire. Creo que hablé una sola vez con él, hizo un gran esfuerzo por no mirarme las tetas. Le deseo lo mejor.

    Buen relato, Jordi 😀
    Un beso!

  3. Las clases serían muchísimo mas divertidas con mas profesores como este, tan sinceros y abiertos, que dejan ver las mierdas de la sociedad y cuentan las verdades que todos deberíamos plantearnos (al menos a nosotros mismos) Pobre Vanesa, mira que llamarla fea, no es una bonita manera de comunicarle su talento, pero vaya, que si lo piensa bien es 50 % halago, creo. Y sabes qué? Me gustaría muchísimo leer todos esos trabajos que presentaran al futuro exprofesor, alguno seguro que interesante es, aunque cuesta mucho romper esa barrera y dejarse llevar, después de un par de horas de la “charla” seguro que lo olvidan todo y a otra cosa, una pena 😦
    Me has dejado colgada con tu texto, como de costumbre, una vez que empiezas a leer es imposible poner el freno. Vamos, que me ha encantado. Noel es la puta polla si.

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