La piedra

Hay una piedra en medio del salón. Es de un tamaño considerable. Algo como una cabeza humana. Parece recientemente dejada ahí, hay algo de arenilla. Julia está sentada, o más bien tirada, de ese modo en que parece que no te has sentado sino más bien has caído, en el sillón de tres plazas que hay frente a la tele. Ramón está sentado en una silla, cerca de la piedra, espalda encorvada, apoyados los codos en las rodillas; mira la piedra y parece pensar intensamente en ella. En realidad Julia está a la misma distancia, aunque no especialmente atenta al asunto de la piedra. Ninguno de los dos dice nada desde hace rato. La tele está apagada. Entonces, alguien muere en algún sitio. No porque sí, sólo porque unas seis mil personas mueren cada hora. Es la clase de estadísticas que Julia se sabe de memoria y que recita de modo habitual cuando realmente está atenta a algo, y no tirada en el sillón simplemente esperando. Aunque en realidad, su carácter habitualmente oscuro es en parte debido, claro, a esos números que corren por su cabeza. Nada que ver con Ramón, que sólo mira la piedra y se pregunta qué papel estará jugando ésta en su vida. Alguien más muere justo ahora, pero a él lo que le preocupa es el asunto de la piedra. La piedra ahora es el centro de sus dudas; todo lo demás está bajo control. Alquiler, trabajo, comida, ropa, orden… bueno, es el asunto del orden, en su sentido más general, lo que ahora no está del todo claro. Por la piedra.
Otro muerto más, en realidad varios más, y Julia dice en voz alta que Andrea se está retrasando. La piedra sólo puede guardar relación con Andrea. Andrea trabaja de modo esporádico como modelo. Trabajos bien pagados. Tiene el perfil estándar de modelo, encaja perfectamente en el prejuicio de los que odian moda; es alta, muy delgada, sin tetas, cara angulosa y de ojos hambrientos. Y Julia y Ramón saben que ella ha tenido que acarrear con la piedra hasta el piso; no vive nadie más en el piso. Andrea, sus revistas, su ropa invadiéndolo todo, los gemidos cada fin de semana con un tío distinto en su habitación; la cocina llena de su comida, sin azúcar, sin calorías, sin calorías, sin calorías. Sin sabor, dice siempre Ramón. Sin gracia, dice Julia. Menuda zorra, suele añadir Julia, suele susurrarlo para sí misma. «Joder», masculla ahora Ramón mientras alguien más perece, quizá algún bebé esquelético en brazos de su madre. Las desgracias del tercer mundo suelen ser demasiado efectistas, suele argumentar Ramón cuando surge el tema, ya no impactan a nadie. Da igual si son fotos o videos, suele decir, si el bebé no está en tus brazos exhalando su último aliento de bebé, tanto te da. Tanto te dará a ti, suele replicar airada Julia. No, dice Ramón siempre entonces, vale, no es exactamente así; si fuera el video de un bebé blanco y rollizo y sonrosado en brazos de una cuarentona inglesa en un jardín privado de Notting Hill… vale, puede que entonces el video causara cierto revuelo en Youtube y rellenara algunos minutos en telediarios. Estás enfermo, suele decir Julia a eso, estás enfermo y no tienes razón ni corazón.
Julia no se mueve, sigue tirada en la misma postura. No lo ha dicho, pero lo que pasa es que ha despertado su habitual dolor de estómago, y así, justo así, no le duele, y tiene miedo de que si se mueve el dolor vuelva, por estar ahora agazapado, esperando a que ella se confíe y se levante, o quiera incorporarse en el sillón para que parezca que se ha sentado y no caído en plan espachurre.
Julia trabaja en una importante editorial. Entre otras cosas, ejerce una extrema y poderosa atracción sexual de la que es sorprendentemente ignorante, y que Ramón sufre en su piel sólo con pensarlo. Él cree que si dice la verdad lo estropeará todo. Él cree -y acierta- que ella no siente nada por él, sólo una vaga sensación de tedio al verle. Cree que lo mejor es que las cosas se queden como están, que es más importante la convivencia que el sexo. Ramón es ejecutivo de ventas. Su mayor secreto -Julia al margen- es que una noche se masturbó pensando en ella hasta acabar en urgencias.

Andrea no acaba de llegar. No contesta al móvil. Julia le escribe un mensaje de texto; incluso se lo enseña a Ramón antes de mandarlo para que se calme:

“Tía, ven al piso, has dejado una piedra aquí. Ramón está de los nervios, si no vienes ya comenzará a presionarla para que se busque un trabajo… Te esperamos.”

Unos doce mil muertos después del mensaje, Andrea se presenta. Sonríe, es esa sonrisa suya pos-multiorgasmo, Julia y Ramón la conocen.
He conocido a un tío, dice Andrea. Qué novedad, dice Julia. ¿Qué?, dice Andrea. Que qué hace esta piedra aquí, dice Julia. El tío es monísimo, dice Andrea. Por favor, murmura Ramón en el idioma del piso, cuánta gente va a tener que morir hasta que solucionemos esto… El tío es monísimo, dice Andrea, es como… es monísimo, es como… artista conceptual, no sé… vive en un ático; se dedica a pintar como…, no sé, tiene un montón de pasta, vende los cuadros que pinta, es monísimo, en serio. Por favor, murmura Ramón, ¿nos puedes decir qué hace esta piedra aquí? Tendrías que verlo, tía, prosigue Andrea, es como… no sé, nos hemos pasado la tarde… ya sabes; es súper inteligente, pinta y escribe, bueno, creo que escribe, pero sobre todo pinta, unos cuadros muy grandes, conceptuales, como muy coloridos; hemos quedado para vernos otra vez mañana, igual vamos al cine, bueno, ya veremos porque…
Andrea va de un lado a otro, abstraída, sin parar de hablar, aún sin quitarse la chaqueta. Julia decide cambiar de postura, se lleva la mano a un costado, respira hondo y vuelve a la postura inicial. Ramón vuelve a preguntar en voz alta qué hace una piedra en medio del piso.
Andrea de repente se calla y se queda perpleja. Y entonces dice: Oh, la piedra… Sí, la piedra, afirma tajante Ramón. Bueno, veréis…, dice Andrea, no es una piedra…
es…
… es una obra de arte.
Sus compañeros de piso se la quedan mirando, a Andrea, no a la piedra. Me parece deprimente que hayan muerto al menos tres o cuatro personas mientras decías eso, murmura Julia.
Está bien, dice Andrea, resulta que ayer ese chico de quien os hablo estuvo aquí -llegamos tarde-, y esta mañana ha tenido una idea para una de sus obras; ha dicho que este piso era perfecto. El contador sigue subiendo, murmura Julia. ¡Es arte encontrado!, grita Andrea, es cuando un artista coloca un objeto corriente en un contexto artístico, o… bueno, creo que era así… él dice, el chico se llama Toni, y dice, dijo que cuando vierais la piedra os enfadaríais. Ajá, es un intelectual entonces, dice Ramón, cubriéndose la cara con la mano, resoplando.
Vale, qué representa la piedra, pregunta Julia. Bueno, murmura Andrea, él dijo que, aquí, al principio representaría el desapego del ser humano con la naturaleza.
El piso forma parte de la obra de arte, dice Andrea, y el cabreo de Ramón, y la discusión que ahora tienen en torno a la piedra.
La verdad es que también hay una cámara escondida, grabando, masculla con la boca pequeña Andrea.
¿Cómo?, grita Ramón.
Hay una cámara escondida grabando esta conversación, repite Andrea otra vez con la boca pequeña.
Julia cambia de postura, pero vuelve a la postura inicial. Ramón dice que vale, puede que ahora siga muriendo gente, pero que aun así él ahora mismo mataría a un montón de gente más, así de cabreado está. En serio, dice, va a subir la media de muertos por hora si no sacáis esta piedra de aquí a la voz de ya.
Así sólo contribuyes a que la obra sea cada vez más y más interesante, dice Andrea, ¿no te das cuenta?
Andrea tiene razón, dice Julia (y no puede evitar sonreír), es una partida de carácter entre tú y ese pavo de los cuadros… Sí, dice Andrea, y estás perdiendo por goleada; eres el típico urbanita al que le da igual todo, sobre todo el medio ambiente.
¿Qué?, grita Ramón.

Una hora después (o seis mil muertos más tarde), la piedra sigue en el mismo sitio. Ramón va de un lado a otro buscando la cámara escondida, mascullando palabrotas. ¿Qué más os da que haya una piedra en medio del salón?, repite sin parar Andrea. La verdad es que a mí me importa un bledo, dice Julia. Genial, masculla Ramón, esto es genial, genial, estáis las dos taradas… Aún no os he dicho para qué es la grabación, dice Andrea. Si encuentro la cámara va a dar igual, grita Ramón, te lo aseguro. Es como una performance natural, no forzada, dice Andrea, eso me dijo Toni. La idea, añade, es mostrar la piedra en una galería de arte, y a su lado instalar una pantalla en la que se podrá ver un video en bucle, un video editado de lo que está pasando aquí ahora. Vaya, sonríe Julia, vas a ser una estrella, Ramón, está claro que tú eres el protagonista. No te preocupes, dice Andrea, se te emborronará la cara y filtrará la voz. Exacto, añade Julia, sólo serás el típico ejecutivo en plan Easton Ellis que pierde los nervios por una piedra.
La obra se titulará: “La piedra”, afirma con energía Andrea, eso me ha dicho Toni.
Estáis taradas, ta-ra-das, ¿dónde narices está la cámara?, dice él. ¿Por qué estás tan enfadado?, dice Julia. ¿A ti te parece bien esto?, susurra Ramón en la cara de Julia, como si Andrea no pudiera oírle. Toni tenía razón, no hace falta mucho para cabrear a un hombre corriente, murmura Andrea, basta con rayarle el parqué. No deberías haber mencionado el parqué, susurra Julia en tono de burla por los susurros anteriores de Ramón. Ramón ya no sabe dónde mirar para buscar la cámara. Andrea comienza a quitarse la chaqueta, y dice que lo siente pero que la obra aún no ha terminado; hay ciertos miedos y frustraciones que Ramón está proyectando en la piedra, está claro, dice, no se trata de la piedra, hay cuestiones mucho más profundas que tratar aquí. Añade que Julia no está enfadada, incluso se podría decir que se está divirtiendo, sin embargo Ramón se sube por las paredes, sólo… ¿por qué?, ¿por una piedra? Estás tarada, dice Ramón, ¡estoy enfadado porque me están grabando! Ya estabas como una moto cuando sólo sabíamos que había una piedra, dice Julia, reconócelo, eres un obseso del orden y el control. Sí, dice Andrea, Toni te tiene justo donde quería, eres capaz de ajustar tu nivel de exigencia hasta el punto de ponerte de los nervios con la sola presencia de una piedra. Porque no se trata de la piedra, añade, creo que los tres aquí ya somos lo suficientemente adultos para deducir eso; ya lo dijo Toni, sólo con una piedra puedes desencadenar la verdad; es lo que estamos viendo, la verdad subyace en ti ahora mismo, de un lado a otro buscando una cámara que a su vez graba cómo la buscas irritado sólo porque has visto un elemento vagamente disonante en tu salón. Es verdad, ¿qué te pasa, Ramón?, pregunta Julia, no puedes estar así sólo por la piedra…
Entonces Ramón se dirige hacia el objeto “encontrado” en cuestión, e intenta cogerlo; sólo consigue rasparse las manos, y suelta un alarido de rabia. La piedra está pegada al suelo, murmura Andrea, os lo tenía que haber dicho; además, por más que te libres de ella no te librarás de lo que te cabrea y frustra de verdad; aquí la piedra sólo ha sido el desencadenante, la gota que ha colmado el vaso. Toni te está liberando, añade, porque ahora sabes que si no sacas fuera lo que te oprime, difícilmente conseguirás seguir con tu vida sin volverte loco.
La gente sigue muriendo a miles, y Julia asegura que si la obra se completa, ella desde luego querrá ver el video. Andrea se sienta en el sillón con ella, y las dos observan cómo Ramón sigue buscando la cámara, ya totalmente desquiciado. Y Andrea le dice a Julia: Tú también deberías plantearte qué relación guardas con lo que está pasando aquí, esa piedra no es del todo ajena a ti. Verás, argumenta Julia, yo hace rato que he decidido tener una relación… cómo te diría, de naturaleza matrimonial con la piedra, como esas parejas cuya ilusión por mejorar sus vidas está por debajo de su pereza ante el divorcio o la separación: ella no me jode a mí y no no la jodo a ella.
Vale, sencillez… me gusta tu filosofía en este caso, dice Andrea, y luego dirigiéndose a Ramón, dice: No solo somos tus compañeras de piso, cariño, también somos tus amigas; en lugar de seguir con el rollo de la cámara podrías hablar con nosotras y decirnos qué te pasa; a lo mejor podemos ayudarte…; lo que está claro es que haciendo que la piedra desaparezca o rompiendo la cámara, no solucionarás nada; sólo seguirás reprimiendo lo que sea que te sucede, lo que sientes. No se trata de la piedra, insiste, ni de la cámara, ¿me oyes?
Me has mentido, ¿verdad?, suelta de sopetón Ramón, no hay ninguna cámara, ni siquiera existe Toni, sólo queréis volverme loco, que me vaya del piso, ¿no?
Claro, eso es lo que pasa, murmura Julia con desdén, esta tarde hemos quedado para buscar una piedra y hemos trazado un plan durante seis mil muertos en una cafetería. Deberías dejar de usar los muertos como unidad de medida temporal, susurra Andrea, él no se entera a veces con ese rollo… ¿Qué narices dices ahora de seis mil muertos en un cafetería?, grita Ramón.
Cariño, dice Andrea, podrías sentarte con nosotras, podríamos hablar…
No me llames cariño, grita Ramon.
En realidad, dice Julia, lo de los seis mil muertos es verdad, la cafetería estaba en Roma, era enorme, y alguien puso varios explosivos, alguien muy descontento con el café macchiato que le habían servido hacía unos días y…
No deberías provocarle más, le dice Andrea a Julia, bastante mal lo está pasando ya el pobre, lo último que se debía esperar hoy era una experiencia purgadora forzosa… esto no es tan distinto a un exorcismo, es un exorcismo artístico, una experiencia brutal y reveladora.
Estáis las dos taradas, dice Ramón trasteando y mirando debajo de todo.
La diferencia es que aquí, susurra Andrea, los demonios se los tendrá que sacar él solito de dentro; nosotras, Toni y la piedra sólo ejercemos cierta presión; se está librando una batalla entre el ímpetu de la situación y la negación de Ramón; las circunstancias le han puesto entre la espada y la pared, la piedra muta y tiene significados distintos cada minuto que pasa: ahora mismo es la representación más pura de la obcecación de una persona por no revelar aquéllo que la liberaría.
Ramón coge la piedra con las dos manos, e intenta despegarla nuevamente del suelo. Es un espectáculo patético, cae al suelo y se levanta otra vez y vuelve a intentar despegar la piedra.
Hasta que no entiendas que la piedra no tiene ninguna importancia, dice en tono calmo Andrea, no superarás este momento, esta prueba que la vida te ha puesto.
Sí, dice Julia (no se sabe si en serio o en broma), puede que sea el momento más importante de tu vida, Ramón, deberías aprovechar y aprender de él…
Ramón cae de culo otra vez. Comienza a hacer pucheros como un crío. Fíjate, le dice Andrea a Julia, este será uno de los momentos cumbre del video; Toni me dijo que la situación podía llegar hasta el extremo del intento de suicidio…; pero no te preocupes, no le dejaremos hacer ninguna tontería.
No me preocupo, dice Julia.
¿Estás bien, Ramón?, murmura Andrea, arrodillándose a su lado y poniéndole una mano en el hombro.
Julia se mueve, se pone de pie, respira, se sienta. El dolor de estómago se ha ido. Andrea rodea con un brazo a Ramón y le susurra preguntas incómodas. Julia sonríe aliviada, ahora puede moverse con libertad. Se levanta otra vez, se acerca a la piedra, la palpa brévemente. Andrea le dice a Ramón que lo que sea que tenga que afrontar, no puede ser tan malo ni embarazoso como para no poder superarlo y pasar página. Esa es la piedra de tu riñón emocional, le dice, y tienes que expulsarla; cuando decidas solucionar lo que sea que te preocupa, la piedra sólo será algo con lo que evitar tropezar en este salón.
Julia murmura que a saber lo que le pasa, que a cualquier cosa le llaman hoy en día problema; déjale que llore, dice, le vendrá bien. Ramón se levanta y mira a Julia inquisitivamente; ésta entra en la cocina y abre la nevera como hablándole a nadie: «Para ese asunto de la piedra en el riñón lo que tienes que hacer es beber mucha agua…, díselo Andrea, mucha agua y agenciarse unos buenos calmantes…»
Es mejor que le dejes en paz, murmura Andrea, así no ayudas. Ramón vuelve a atenazar la piedra con las manos y tira inútilmente de ella.
¿Qué intentas hacer?, susurra Andrea, ¿qué vas a hacer si consigues arrancarla?,
Si de lo que se trata es de arrancar la piedra, podemos llamar a los bomberos, parlotea Julia trasteando en la cocina. Y si así se soluciona el problema le vamos a ahorrar un montón de pasta en psiquiatras a la humanidad…, añade. Ramón se pone en pie y al principio parece dirigirse fuera de sí hacia la cocina; a lo cual Andrea grita algo como:
¡eh, eeh, eeeeh…!
Julia, aun viéndole venir, ni se ha inmutado. Al final Ramón se va a su habitación; Andrea le grita que no haga ninguna tontería. Cuando vuelve, blande una pistola, un trasto con silenciador que Andrea ve como algo enorme, algo equívoco, pero sobre todo, inesperado.
¿Desde cuándo tienes una pistola?, grita Andrea, descentrada y acobardada.
Ahora mismo vas coger la cámara y me vas a grabar haga lo que haga, dice él. Andrea abre las cortinas de la ventana; la cámara estaba en el quicio de ésta, grabando a través de una pequeña rendija entre las cortinas. Estuvo todo el tiempo abierta (la ventana). Quizá el único lugar en el que no miró Ramón.
Andrea sujeta la cámara. Julia ha salido corriendo del piso y ya debe estar bajando escaleras hasta la calle. Ramón encañona la piedra. Oye, colega, le dice Andrea, no sabemos si la bala va a rebotar… Andrea lloriquea, el plano tembloroso capta a Ramón sujetando el arma con las dos manos. No se trata de la piedra, murmura ella, no se trata de la piedra. ¿Ya no quieres seguir con la obra?, dice Ramón, y encañona a Andrea. Ésta deja caer la cámara al suelo, coge el brazo de Ramón y lo aparta de ella; Ramón pierde el equilibrio, el arma se dispara y la bala atraviesa la pared medio metro por encima del televisor.
Andrea se lleva las manos a la boca; no para de repetir: oh dios mio, oh dios mío, oh dios mio…Tanto ella como Ramón, saben que la bala ha viajado a través del piso de los vecinos de al lado. Las paredes son como de papel, ellos lo saben. Ramón abre los ojos como platos, mira a Andrea. Tenemos que ir a ver si ha pasado algo, dice ella. Y vuelve a coger la cámara.
Ambos salen del piso. Ramón aún con la pistola en la mano. Es Andrea la que tiene que advertirle de ello. Finalmente dejan la pistola en el sillón, después de varios segundos de desconcertantes dudas sobre qué hacer con la misma.
Llaman al timbre una, dos, tres veces… Nadie contesta. Ramón, de modo impulsivo, decide intentar abrirla pateándola con el pie derecho. Andrea no deja de grabar, no quiere dejar de grabar; lloriquea y no para de decir: No es la piedra, no es la piedra, no es la piedra…Es como su nuevo mantra, y varía según sus pensamientos fluctúan: No estamos sucumbiendo a la piedra, no estamos sucumbiendo a la piedra, no…
Ramón consigue destrozar la cerradura. El ejercicio le deja una secuela en forma de cojera. Se quedan unos dos o tres minutos sin atreverse a entrar. De dentro solo llega un parpadeo de luz, claramente procedente de algún televisor. Ambos esperan que, quien haya dentro, haya oído el ruido y acuda a la puerta de su propio piso.
Pero nadie acude.
Andrea sigue cámara en ristre. Ramón empuja la puerta para abrila del todo. Entra en el piso con Andrea detrás. Hay otra puerta de madera y cristal cerrada a pocos pasos, la que separa el recibidor del salón. Ramón la golpea tres veces con los nudillos. Ambos quieren pensar que quizá hay alguien durmiendo, alguien con un sueño tan profundo que no ha oído hace poco un disparo agujereando su piso, que no se ha dado cuenta de que alguien ha abierto la puerta de su piso a patadas… pero que ahora se develará por unos pequeños toques en el cristal de la puerta que, ahora, Ramón, decide abrir del todo, de una sola vez.
La bala ha atravesado la pared. Ha entrado en la nuca de un señor de unos cincuenta años, ha salido por entre sus ojos, y ha destrozado algo, un adorno, que había junto a la tele. Andrea está arrodillada en el suelo. Graba la cara muerta de su vecino; murmura entre lloros que hacía poco que el hombre se había instalado, que además hace unos días le dejó su mujer. Y luego comienza a murmurar pensamientos en voz alta mientras acerca el plano al orificio de bala: Alguien deja una piedra en medio de un salón, Ramón, y mira lo que pasa… y no es por la piedra, no es por la piedra… y…
Ramón permanece de pie, petrificado. Era todo energía sexual, dice en voz alta y clara, sin dejar de mirar el cadáver; no era la piedra, tienes razón, eran los escotes de Julia… eran…
Tienes que entregarte, dice Andrea. ¿Cómo?, grita Ramón, ¡no le he matado, ha sido un accidente! Vale-vale-vale, murmura ella enfocándole con la cámara, vale… Ramón se sienta al lado del cadáver. Se lleva las manos a la cara. Solloza. Lo que tenemos que hacer, dice Andrea, es arrancar la piedra y llevárnosla con nosotros a comisaría, ¿me oyes?, tenemos que hablarles de Toni…
Ramón se abraza de repente al cadáver. Tengo que decirte una cosa, susurra ella, Toni me dijo que quería matar a alguien.
¿Cómo?, grita Ramón.
Andrea solloza más intensamente, sin soltar la cámara. Él me dijo, murmura Andrea, que había hecho una apuesta con un colega, un colega que expuso su obra hace poco en una galería, no sé quién es…
Ramón se pone de pie, empieza a caminar, respira agitado. Andrea dice que ella sabía que él estaba enamorado de Julia, que ella -Andrea- es la cómplice de Toni, que ella sabía que Ramón guardaba una pistola en su habitación; que ella creía que si alguien moría, sería Julia… Andrea llora con fuerza; se las arregla para argumentar que ella odia a Julia, su altivez, el rollo que lleva, la forma en que la mira por encima del hombro por ser modelo… Y Toni le dijo que bastaba con la piedra y el discurso sobre el arte encontrado; y que Ramón acabaría derrumbándose; Andrea sólo tenía que apretarle las tuercas, y sabía que Julia se lo tomaría a broma y eso destrozaría a Ramón más que cualquier otra cosa.
La idea, dice, es que Toni apostó con su colega que podía matar a una persona solo dejando una piedra en medio de su piso. Luego tú matarías a Julia, dice, te convencería para que nos libráramos del cadáver, Toni habría realizado la obra de su vida aun teniendo que mantenerla en secreto, y además le habría ganado cinco mil euros a su colega con la apuesta…
Ramón camina en círculos, se golpea la cabeza con los puños. Habla gritando. Pero esto… esto no ha sido por la piedra, dice, ha sido por todo los demás, por ti, por Julia, por la cámara… Sí ha sido por la piedra, susurra Andrea, ha sido por la piedra, ha sido por la piedra, la piedra ha sido el desencadenante de todo, la excusa, el elemento desestabilizante, Ramón.
No ha sido por la piedra, grita Ramón.
Ha sido por la piedra, susurra Andrea.
Ramón sale del piso del cadáver. No puedo soportarlo, murmura, no puedo soportar esto, no puedo, no puedo… Andrea va tras él, entran de nuevo en su piso, la piedra sigue ahí, el agujero en la pared, las cortinas ondeando ya al viento de la madrugada; Andrea deja la cámara grabando en el mismo lugar de antes. No puedo vivir con esto en mi conciencia, murmura Ramón, no puedo, no puedo, no puedo… y no ha sido por la piedra, ha sido por todo lo demás. No, cariño, susurra ella, ha sido la piedra, la piedra, era la obra de Toni, es su única aportación, él solo tenía que dejar la piedra aquí… No ha sido por la piedra, repite una y otra vez Ramón. Y coge la pistola. No hagas tonterías, dice Andrea. No puedo vivir con una muerte en mi conciencia, no puedo, no puedo… Se sienta en el sillón y mira la pistola. No hagas tonterías, dice Andrea, podemos explicárselo a la poli, lo entenderán… No, no lo entenderán, grita Ramón, esto no hay quien lo entienda, y además el mal ya está hecho… El mal lo ha hecho Toni, Ramón. ¡No!, grita Ramón, ¡no ha sido por la piedra! Ha sido por la piedra, cariño, susurra ella, no se trata solo de la obra de arte, sino de lo que la obra provoca en las personas, lo que desencadena a su alrededor, es la obra de Toni, no la tuya… Ramón se lleva la pistola a la sien, cierra los ojos… pero recula. Llora intensamente. Si te disparas sólo harás que ratificar que todo esto lo ha desencadenado la piedra, cariño, insiste Andrea. No puedo vivir en un mundo que no entiendo, lloriquea Ramón, no quiero ir a la cárcel, ni vivir con esto toda mi vida… Entonces, vuelve a llevarse la pistola a la sien. Andrea, en un acto reflejo, se da la vuelta y se tapa los oídos. No llega ni a oír el disparo, ya de por sí muy atenuado.
Cuando se da la vuelta, la cabeza de Ramón está parcialmente destrozada; el calibre de la pistola desde tan cerca ha provocado todo un estropicio.
Andrea resopla, mira a su alrededor. Saca el móvil de su bolso y lo manipula.
(…)
Oye…, le dice al auricular, ¿Julia?… oye… que he ganado…; se acaba de volar los sesos y está todo grabado; y todo dentro de las primeras 24 horas, me debes tres mil euros…
No-no-no, estaba al límite, tú lo has visto, bastaba con la piedra y un poco de presión, añade.
Bueno, murmura, eso da igual…
No, sonríe, qué coño… no, no hay ningún Toni; ayer me tiré al tío ese del banco… el de la sucursal…
Sí, dice, el siguiente ya está apalabrado, ya vio el piso, es un comercial, es…
Ya…, añade, ¿estás viniendo ya?…
… pues ven echando hostias, hay que limpiar dos pisos…

[Hace tiempo que no pongo un video de Grace Randolph, así que aquí arriba tenéis uno; nos habla de “The Rum diary”, basada en la novela de Hunter S. Thompson, y que veré cuando se estrene aquí, algún día, o en dvd… Abajo, algo más de kate, especial Halloween…]

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9 comentarios en “La piedra

  1. Es genial, me encantó! 😀 Hace un rato me contaban sobre Julionas Urbonas, un artista que diseñó “The Euthanasia Coaster”, una montaña rusa que deja al cerebro sin oxígeno por sobredosis de euforia.
    Gracias, Jordi.
    Saludos.

  2. Dicen que parece diferente de lo habitual y yo diría que sí, algo. Es más contenido, menos grandilocuente con la violencia o el sexo. Aunque eso no se abandona del todo. Esa bala que pasa por la pared, la nuca del señor de cincuenta y entre sus ojos hacia adelante… es una hermosa imagen marca no registrada de esta casa. Pero el relato mantiene igual la tensión. Lo bueno que tiene es que mantiene el interés sin recurrir a salvajadas exageradas(aunque yo las disfruto igual). Y lo de la idea de la piedra como obra de arte conceptual me ha precido mucho mejor que muchas de las obras que encuentro en ciertos museos de vanguardismo tontorrón y sin casi sustancia. Una piedra en el suelo y grabar lo que produce el objeto sobre el sujeto, hacer reflexiones sobre eso… ¡Es genial! Que no te lea nadie que se dedique a esto porque te lo roba. Saludos.

  3. La dichosa piedra la de cola que ha traído, jejeje. Una manera original de sucumbir a los encantos que tiene el suicidio, aunque mira que son rebuscaditas las nenas, en un solo error serían ellas las que ahora estarían adornando con sus sesos alguno de los dos apartamentos. Tiene mucho trasfondo este relato, eso me gusta. Y los sucesos y la forma de expresarlos, todo magnetismo y talento. Como me gusta como escribes, hay que joderse ;D
    Un beso Jordi

  4. No te lo vas a creer pero un día, de pronto, me di cuenta de que había que reconciliarse (yo tenía que reconciliarme) con la lectura pausada, con los textos largos, con el desarrollo. Algo se ha calmado en mí y ahora tengo paciencia y gusto y ganas por consumir literatura sin devorarla necesariamente. Estos días he tenido que viajar largas distancias en bus y me he cargadoalgunos de tus textos en el móvil para leerlos alternando Los detectives salvajes. Ahora te digo que ha sido una delicia volver a leerte y “rescatarte” de mi blogroll.

    🙂

    Un saludo

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