La enésima barbacoa

Abandona el plano general y centra tu visión en cierto extremo del jardín. Allí, Ana, la “niña” de la familia, toquetea su Iphone sin parar mientras Carlos, su padre, la mira de reojo atendiendo a medias a las salchichas de la barbacoa en curso. La ve ensartada (esa es la palabra que escoge su mente) esa misma noche en algún imbécil de diecisiete años demasiado lanzado como para no convertirla potencialmente a ella en una imbécil -y puede que hasta en embarazada- mientras juntos llenan de sexo al margen de los spots de condones los lavabos de cada discoteca, antro o bareto que ahora frecuenten los otros imbéciles de esa misma edad, asociándose, quedando, chateando, peleando, hablando mierda sobre el instituto, follando sobre mierda en esos lavabos, confusos, aterrados en el fondo, actores de la vida que casi seguro no saben ésta se les echa ya encima a rebosar de otro tipo de mierdas complejas que dependen de lo que ya mismo decidan respecto a ellos, la forma en que estudian (o no), follan, hablan y razonan.
Futuros adultos a golpe de datos acumulativos. Ana, piensa su padre, se tira a ese cretino -sea el que sea- porque no quiere dar pie a ninguna duda razonable en su entorno; por eso y porque (oh Dios) quizá incluso le guste. Si quieres matar a Carlos, dale una prueba fehaciente de que su hija proporciona el más mínimo placer físico a ese casi seguro imbécil ahora al otro lado del chat. Ese molde para fabricar madres adolescentes.
Los vecinos llegan a cuentagotas. Es la primera barbacoa que Carlos y su mujer organizan. Una de esas cosas de las películas que él nunca pensó que viviría, y que su yo más sincero condena por valorar tal celebración como una especie de modo políticamente correcto de sacársela y medírsela con una regla para que todos vean que supera con creces la media nacional.
Sacúdetela bien antes de llevar a cabo la medición.
Hay infinitas formas de intentar llegarse, piensa; la gente usa maquillaje en exceso, ropa elegida a dedo, clásicos de hoy y de siempre, y no digamos todos esos importantes logros personales impresos en papel.
Algunos incluso empobrecen o hasta matan a sus iguales; estos últimos a menudo son quienes más posesiones, éxito y aceptación acumulan. Esos folladores míticos, siempre enculando a la realidad sin permiso de la misma.
Si te fijas en la mujer con sobrespeso pero súmamente atractiva que recibe a los invitados, enseguida sabrás que es Gabriela, la anfitriona, la mujer de Carlos, la muy probablemente inminente abuela teniendo en cuenta las compañías de Ana y la campaña personal de su madre contra el aborto cada vez que surge el tema en una conversación sobre lo que sea que tenga que ver con niños, a los cuales ella siempre venera y protege en apariencia (una vez intentó justificar a Gustavo -el hijo de catorce años de unos vecinos, que un día metió su miembro en erección en una aspiradora- ante todos, alegando que a esas edades la curiosidad puede matar al gato, y que el muchacho no tenía por qué ser necesariamente un pajillero descontrolado, por más que hubiera perdido más de un cuarenta por ciento del pene en ese accidente).
Hay infinitas formas de intentar llegarse. Fijaos en Gabriela, su sonrisa, una boca que Ambrosio, el padre de Gustavo (ya presente con su hijo) calificó una vez de «boca de chupona», pensando que Carlos no estaba cerca, y provocando el subsiguiente silencio incómodo en grupo, uno de los más violentos que se recuerdan en el barrio. Al comentar más tarde su marido y algunos vecinos la anécdota con Grabiela, ésta, siempre intentando diluir polémicas, adujo que los tíos hablan así, que Carlos seguro también ha hecho comentarios así sobre ella y otras mujeres. Incluso acabó reconociendo con la boca pequeña que toda aquella situación le parecía halagadora. Halagadora, pensó Carlos, claro que sí, viniendo del padre del niñato que se quiso follar una aspiradora.
Dicho niñato, ahora con dieciséis años, deambula por el jardín, solitario y sin mediar palabra con nadie. Ahora, para todos, sólo es una suerte de misterio genital. ¿Cómo le operaron?, ¿le hicieron un John Wayne Bobbit?, ¿aprovechó quizá el muchacho para calzarse una hombría de veinticinco centímetros? La madre del accidente genital era Sandra, muerta hace tres años y unas cuarenta pastillas anti-psicóticas. Cuando sucedió, la familia estaba recién llegada a la urbanización. El único ramo de flores entregado personalmente a Ambrosio, fue obsequio de Gabriela. Como un año después, Gustavo se levantaba un día a las seis de la mañana, y peinaba toda la casa en busca de la aspiradora Moulinex que usaba en tiempos su progenitora.
Hay unas quince personas en el jardín. Unas veinticinco si sumamos a los niños, la mayoría de ellos aún bebés, cachorros que gatean, críos que los adultos intentan controlar con escaso éxito. Las madres hablan sobre ser madres, los padres procuran hacer piña, algo más incómodos, algunos hablan de fútbol, otros se quedan ambivalentes cerveza en mano. Carlos sigue encargado de la comida, proveyendo a todo el mundo, haciendo un esfuerzo que parece más un intento por no pensar que un auténtico gesto de colaboración desinteresada para con la anfitriona.
Gustavo anda cerca de Ana, que sigue apartada de todos, con su Iphone, su cuerpo ansioso, y le hace un gesto con la mano derecha al muchacho, fuera de aquí. Gabriela los llama a ambos a voz en grito. El chico se acerca lentamente a las mesas y las sillas, al tumulto familiar. Vigila con no tropezar con algún crío. Ana y él son lo más parecido a un adulto de entre los hijos presentes. Gabriela habla con todos, intenta que nadie se sienta desplazado. Incluso le hace alguna pregunta amable a Gustavo; lo cual resulta inútil, el accidente sigue demasiado reciente, Gustavo no es más que ese asunto demasiado vergonzoso como para afrontarlo, y él lo sabe. Él es la personificación del perdedor a escala nacional. Un mito, en la peor acepción popular del término. La leyenda urbana que es real y camina y hasta podría hablarte.
Es el despojo, ese chico que echa de menos a su madre y tiene al salido adulto oficial del barrio por padre.
Muerde fuerte, a Carlos no se le da muy bien lo de las brasas.
Una vez todos reunidos, para cuando Ana da el primer bocado algunos ya han terminado de comer. Alguien eructa y la esposa de alguien se queja. Algunos fuman. Gabriela intenta hacer reír a uno de los bebés, que al final llora desconsoladamente, luego se calma, y luego se duerme.

A eso de las cuatro de la tarde aún no se ha ido nadie. Ana ha vuelto a su rincón con su apéndice Apple. Gustavo no ha dicho nada en todo el día. Carlos tiene la sensación de que el muchacho carece de apoyo alguno. Mientras muchas personas van por la vida desconsoladas por no haber encontrado a su pareja ideal, él ni tan siquiera tiene algo parecido a un amigo. Desde un punto de vista emotivo, el chaval vive en el tercer mundo de los vínculos emocionales. Y no solo eso, además una aspiradora flotará sobre cada momento de su futuro, sobre cada cena con una chica; en todas las realidades que viva, siempre se preguntará en qué momento los que le rodeen se enterarán de lo suyo.
Es entonces, cuando ya todos comienzan a pensar en marcharse, cuando Gabriela le hace un gesto a su marido y ambos entran en la casa.
Suben al segundo piso, pueden ver por la ventana del dormitorio las mesas abajo. A Ana apartada ahora hablando por teléfono de viva voz. Gabriela dice que esto no ha sido lo que esperaba. Carlos piensa que lo ideal sería encerrar a su hija, evitar que salga y se relacione, evitar que sea una chica joven y libre. Gabriela murmura que su idea era algo más ambiciosa que un montón de gente que sabe disimular. Carlos cree que podría hacerse, incluso podría tener sexo él con su hija si es eso lo que ella quiere, eso de una buena polla de vez en cuando; hay condones, hay soluciones. Su mujer le dice que esperaba más infelicidad, alguna discusión; ni tan siquiera ese crío, ese cerdo folla-electrodomésticos ha roto a llorar o algo así. No te preocupes, dice Carlos; la abraza y piensa que sí, que no ha sido un golpe de suerte lo de tener una hija; un hijo sí hubiera estado bien, malcriar a uno de esos capullines ambiciosos folla-Anas. Uno de esos cabroncetes que van de buenos, dispuestos a exprimir combustible fósil y enriquecerse lo más posible hasta la muerte. Un buen chico, como la gente dice. Gabriela dice que esperaba algo más intenso, algún bofetón, una discusión, puede que alguno de los críos atizando a otro hasta causarle alguna dolencia realmente grave. Carlos decide que sí, estaría dispuesto a probar el sexo incestuoso, no es la primera vez que lo ha pensado. Ella sigue abrazada a él, murmurando, enumerando posibles incidentes que no han acontecido; ¿ninguno de esos tíos pega a su mujer?, pregunta. Carlos piensa que no descarta la violación, de todas formas tal y como vive y se viste esa chica, puede pasarle cualquier día por ahí, y nadie la tratará mejor que él, ni tan siquiera en esas circunstancias. Llevamos ya mucho tiempo viviendo del folla-aspiradoras, dice su mujer, ya va siendo hora de que pase algo más, o este barrio va a morir del todo. Carlos dice que está preocupado por Ana. Yo no me preocuparía por ella, dice su mujer, creo que ella es la que mejor está, hace lo que quiere, va con quien quiere, estudia, se relaciona, es un poco arisca, sí, pero es cosa de la edad, yo no me preocuparía por ella, en serio, pero, ¿qué hay de nosotros?, estamos encerrados en este barrio, con toda esa gente de ahí abajo, sin nada que contar, sin nada que decir, te juro que siento que me ahogo de puro aburrimiento, te juro que he estado pensando en colarme en alguna casa y asfixiar a alguno de esos bebés; así habría un entierro, habría lágrimas, lágrimas de verdad, cariño, auténtico dolor, un trance delicioso que superar en el barrio, malos tiempos que poco a poco se irían; imaginate dar el pésame a unos padres vecinos, cuidarles, llevarles algo de comida de vez en cuando. Carlos acaricia la cabeza de su mujer, que solloza contra su pecho, sin dejar de hablar. Carlos cree que Ana no hará otra cosa que martirizarle, o morirse o martirizarle. Y no se va a morir, esa listilla es como una pequeña locomotora rosa que va por ahí dejando un rastro de fluidos vaginales. Está demasiado llena de vida. No sé si voy a poder bajar otra vez y ver esas caras, dice Gabriela, esas voces son como un pitido constante que no me deja vivir; no hay nada en el horizonte, sólo trabajo y la niña, trabajo y la niña… Gabriela llora intensamente. Carlos dice que ya planearán algo, que no se preocupe, que hay que bajar a despedir a los invitados. Gabriela se separa y se limpia con un pañuelo. A este paso compraré una pistola, se dice a sí misma, compraré una pistola y la dejaré en casa de alguien, seguro que alguien de ahí abajo usaría una pistola, la usaría en algún momento, la mayoría de gente vive al límite de su aguante. Carlos vuelve a abrazarla, le susurra que se calme, y medita qué va a hacer con Ana, no se ve dentro de unos años dando el visto bueno a algún gilipollas que se quiera casar con ella, no le hace la más mínima gracia que ella se convierta en otra Gabriela, alguien estático y muerto por dentro como toda esa gente del jardín, y además aceptando esa situación sin ni tan siquiera levantar la voz. Gabriela dice que está muy harta, que la de hoy es la enésima barbacoa, que ya ni sabe cuántas veces se ha visto a sí misma sentada con la misma gente; ni tan siquiera se ha sentido distinta como anfitriona. Necesito algo más, dice, algo, algo, necesito un escándalo como sea, dice, lo necesito. Se oye a algún bebé llorar, y Carlos susurra: No te preocupes, si tú quieres un escándalo yo te daré un escándalo.

[En el video un temilla de Radiohead, que siempre viene bien (de muy pocos grupos se puede decir eso al cabo de los años…) Abajo más Upton. El MIERDAS ha actualizado. AQUÍ, cosas que ver.]

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8 comentarios en “La enésima barbacoa

  1. Me atrapan tus historias,tan bien construídas, tan cinematográficas, de sencilla arquitectura e inquietante trasfondo,esos personajes que actuan sabedores de lo vacuo de su existencia que corre paralela a los pensamientos que corren libres contra lo establecido.

    Un placer perderse entre tus escritos.

  2. Absolutamente creíble cuando cuentas los caminos por los que te lleva el tedio existencial. Cuando veo esas masas de parados si nada que hacer no descarto alguien que se sacuda un día el aburrimiento a machetazos, no hace falta que ocurra eso en ambientes burgueses. La vida es muy larga para ciertas personas que no saben qué hacer con tantos días. Excelente como siempre. Y como el de “Adiós” que tenía hoy cuentos por partida doble.
    He aprovechado para leerlos con RadioHead y eso a pesar de que últimamente escuho mucho ese grupo. Pero no me canso.

  3. Muy bueno, me pilló desde el principio.
    Curioso que haya tanta gente que puede llegar a aburrirse…con la de cosas que me gustaría hacer.
    Me quedo por aquí. Un saludo.

  4. La madre que los parió, y luego dicen que hay gente que se aburre, no estos no se aburren, están como putas regaderas, es mas, me recuerdan a una vecina súper amable que he tenido toda mi adolescencia que solo tenía tiempo de mirar por la ventana a ver que hacía la Irene, y después sacar sus propias conclusiones de mis horarios, compañías y demás desventuras. Joder como odio a esas personas, la lastima es que me da a mi que hay más de lo que nos pensamos o en apariencia parece haber. El mundo es una autentica cloaca
    Genial Jordi, me gusta el transcurso del texto, tú siempre sorprendiendo 😀

  5. La verdad es que no he podido más que quedarme en un gran paréntesis de silencio, asimilando tantos datos a simple vista surrealistas, pero existentes, en muchos o pocos, espero, cerebros humanos…tremendamente llevado en tu texto, casi helando mi sangre “que ya es difícil”…de solo pensar en lo que puede llegar a degenerar esta especie humana…

    En fin…que una vez más me dejas satisfecha de sensaciones con tus letras, aun a pesar de que éstas, mejor no se asemejen a nuestra realidad, y que por cruda, absurda y retorcida que a veces sea…encontremos, o encuentren, otros medios para combatir el tal aburrimiento…

    Un placer visitarte amigo 😉

    Muackss!!

  6. siempre me han gustado esas historias de urbanizaciones con cosas idénticas, plagadas de familias que son u puto drama y fingen que todo va estupendamente.

    al final, creo, la historia cae un poco en el tópico, pero entiendo que en este formato es complicado desarrollar un personaje 🙂

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