El ojo del huracán

Total, que ahí estaba yo, estaba como ido, porque no es que fuera una cuestión de si ella me miraba o no, es que estaba claro que la cosa estaba calentándose a base de bien. Es un cúmulo de sensaciones, me siento como si intentara describir detalladamente algo inframolecular que no se puede ver ni con cachivaches de laboratorio tan caros que tienes que andarte con ojo si no quieres endeudarte. Mi padre me había dicho que ella estaba interesada, pero yo iba en ese plan me-arreglo-por-si-acaso, sin mucha confianza y con mucho apuro en realidad. Pero la cosa estaba que ardía, sí. Así que ella miraba sin parar, o parando pero de ese modo en que cuando miraba otra vez notabas mariposas y todo ese cuento de quinceañera, que en el fondo es siempre así al margen de la edad. No es que pensara que la tenía en el bote, pero si te contesto con sinceridad, sí, lo pensaba, aunque de un modo vago, como si fuera normal que ella se interesara por mí. Estaba muy nervioso, e intentaba fingir que no lo estaba, o incluso que estaba aburrido. Comía canapés de todo tipo; quizá por mi estado de ánimo algunos me parecían asquerosos, pero yo masticaba controlando que todas mis poses pudieran ser descuidadamente atractivas, como si aquello no fuera conmigo, como si me pasara cada día. Era, en cierto modo, muy patético, siempre me ha parecido muy patético cualquier ritual de enamoramiento o pre-apareamiento, no sé si me entiendes. Todo deviene muy frágil y rosa y gilipollas, es la clase de cosas que hacen que la gente odiosa y extremadamente cursi arquee las cejas y murmure algo como «ooooh», haciendo que te den ganas de estamparles el puño bien cerrado en el estómago con todas tus fuerzas. Pero el caso es que cuando estás en el ajo, cuando ese rollo te afecta directamente, estás en el otro extremo anímico/crítico de cuando tienes a una pareja primeriza al lado en el cine metiéndose mano e intoxicándote la peli. Vaya, que ahí estaba yo, esperando, porque estaba claro que ella empezaba a entender que tendría que ser ella quien se acercara; al fin y al cabo, y al menos en teoría, ella era la que se interesaba por mí, y según sabía yo, ese interés se podía medir al menos en semanas, si no meses, y eso bien debía justificar el hecho de que la muchacha salvara los diez metros de jardín que nos separaban para decirme Hola o lo que fuera que ella necesitara decir de entrada para acomodar lo siguiente que tuviera que declararme, y que a corto plazo -o eso esperaba yo- tenía que facilitarme el acceso al interior de su ropa interior del mismo modo que al interior de la muchacha misma, al margen de que yo en ese momento sintiera exactamente amor, lo cual era dudoso teniendo en cuenta mi estado de histerismo mal contenido, que muy bien podría haberme jodido una potencial erección de haber tenido ella un calentón y haber intentado… qué se yo, meterme mano detrás de unos setos apartados de la reunión en el jardín.
Así que, mientras la chica no se decidía a venir, decidí comenzar a beber. Había un ponche o algo así, en plan fiesta yankee. Había fuentes de ese líquido rojo por todos lados. Y llené y rellené mi vaso con la esperanza de que hubiera el suficiente alcohol en cada dosis como para emborracharme antes de comenzar a mearme. Y lo había. Había tanto que, a la primera sensación de agradable desequilibrio, comencé a reunir valor para ser yo quien se acercara. Entre otras cosas porque ella había comenzado a hablar con un tío de un metro noventa que sonreía como si hubiera vuelto a nacer al verla, y estaba claro que, o el tío era ingenioso o ella le estaba riendo las gracias. En el peor caso, el tipo parecía tener el perfil de quien no se pone nervioso con las chicas, de quien se las lleva a una furgoneta u hotel y pone a sonreír a su versión púrpura salida de su bragueta sin dudar un momento en que lo que importa es mojar sin llegar a hablar jamás de anillos o descendencia. Vaya, algo así como mi versión chulesca con la agenda del móvil llena de números perfumados: una suerte de tontito con suerte genética y colección de “follamigas”. Alguien a quien, te aseguro, podrías llegar a odiar de ese modo en que reconoces tu odio en voz alta, y de quien te importaría más bien poco su trágica muerte repentina. Un buen infarto juvenil, o muerto al atropellarle un camión enorme, todas sus tripas y huesos humeantes desperdigados por el asfalto.
Me acerco con paso decidido, o al menos eso creía yo. A veces doy un traspiés. El tipo sigue ahí. Sujeta un vaso de ponche, y parece de esas personas que se pueden tirar dos horas babeando el mismo vaso y aun así no llegar a acabar de bebérselo nunca. Ese cabrón sobrio que me sacaba unos quince centímetros de altura… no me fastidies. Era como el primo correoso del tío que más grima te dé. De vez en cuando posaba una mano en el hombro derecho de la muchacha; o se sujetaba el mentón cuando ella hablaba, lo hacía intentando subrayar su supuesto interés por lo que ella pudiera decir o pensar, como si ambos -él y yo- no supiéramos que su forma de moverse y actuar no era más que la respuesta a su propia tensión masculina ante la perspectiva de jodienda. Ella -entre otras cosas- olía demasiado bien para que el tipo no estuviera pensando en sexo cada quince segundos. La escena, era la confirmación clara de que, muchas veces cierto feminismo a nivel estético no es una buena manera de hacer que un tío se te acerque y piense en algo más que bajarte las bragas y pasar la lengua por toda la zona que cubrían éstas hasta no poder aguantar más y penetrar esa/s misma/s zona/s… nuevamente hasta no poder aguantar más. Aun así, el modo en que habla el tipo parece ser tan convincente que ella no parece pensar que él esté pensando sin parar en ella-sin-bragas ni sujetador y accesible y demás… Da tanta vergüenza ajena presenciar la situación, que cuando llego, me paro unos tres metros antes y escucho hablar al tío, que está de espaldas a mí. Ver a un tío intentando ligar es verle intentando asegurar que él no hace “esas cosas que hacen los tíos”, que él sí se interesa por las personas; básicamente, intenta venderle solapadamente a la chica la utopía final de que él no ve nunca porno o se huele los pedos. La idea abstracta entre líneas, es que quiere convencerla de que él no es humano, y que si ella se deja meter mano, puede que algún día él la lleve a “un lugar” en el que “no hay sufrimiento” y que “sólo conoce él”.
El tío habla del libro, el libro que nos ha reunido a todos aquí, y se expresa con términos editoriales y literarios. Enseguida me doy cuenta de que el tipo es uno de los editores de dicho libro, uno de los que hacía un rato estaba sentado a la misma suntuosa mesa de presentación que el autor y un par de cabezas visibles más del mundillo editorial.
La moto robada de papá. Ediciones Asilo.
El ambiente global en el jardín es como de cuchicheo sarcástico. Abundan las gafas de pasta y las chaquetas de tweed. (Es todo tan «moderno» y tópico como imaginas.) El autor se llama Jan Cerezo. O Fran Cerezo. Algo así, o puede que algo completamente distinto. Es la sexta presentación de un libro a la que acudo sin ganas, y ya me siento como si llevara toda la vida acudiendo a presentaciones de libros sin ganas. Y todo porque mi padre es algo así como un pequeño mito local en el mundo editorial y quiere que «se me vea», que me «deje ver», quiere enchufarme poco a poco y que algún día ayude a publicar una novela pretendidamente punzante y lúcida pero en realidad mediocre y aburrida detrás de otra.
La chica, aún no sabía quién era, la verdad. Ella sólo era un tema incómodo para mí, así que cuando la gente la mencionaba tiempo atrás lo que yo hacía era ponerme a la defensiva y filtrar con tedio la información que me llegaba de ese modo en que al final no sabes si lo has entendido todo o no has captado casi nada. Del mismo modo, supongo, que he “prestado atención” en la presentación de La moto robada de papá; que por cierto, ante la insistencia de mi propio progenitor, me leí enterita. Doscientas setenta y pico páginas a rebosar de pseudo-melancolía de cincuentón (o: melancolía muy mal transmitida), con salidas de tono ridículamente metidas con calzador para darle al texto un tono «enrollado», o más bien: «desenfadado». La clase de publicación que sólo hace ponerse alerta a quien aún no ha leído el libro y es consciente del aspecto canoso y primera vejez del autor. Mi consejo es: Lee siempre el libro antes de conocer al autor; eso, el noventa por ciento de las veces, hace que el tío o tía en cuestión pase a parecerte poco más que otro cutre intento humano más de trascender.
Yo seguí un buen rato bastante cerca de el tío y la chica, por detrás del tío, de tal forma que ella sabía que yo estaba allí y él seguía ligando porque no lo sabía. Le escuché términos de actualidad permanente como «calentamiento global» (lo cual, traducido, es: “me interesan las cuestiones del medio ambiente, o: aunque no me interesen estoy informado y eso denota al menos un mínimo de conciencia ecológica”), y hasta expresiones como «¡oh dios mío!» (exclamación calculada que repitió al menos cinco veces, y que jamás le había oído decir a ningún hombre, lo cual -teniendo en cuenta cómo enfatizaba en la s– hizo que se me pusiera la piel de gallina e intentara -dos veces- dar un trago largo a mi vaso ya vacío de ponche por enésima vez.
La moto robada de papá es la historia de un crío de doce años contada por él mismo en primera persona. En resumen, éste habla del lío en que se metió su padre al robar una moto (y en el fondo, de verdad, no hay mucho más); (finales de la guerra civil e inicio de la posguerra). Según la revista QuéLeer es “Un libro triste en el mejor sentido, un tratado sobre la amistad sincera y los riegos que conlleva la misma, un cuento adulto sobre la paternidad en tiempos de guerra”. Según otro dominical que leí, Tendencias o algo por el estilo: “Este libro emociona casi sin quererlo, es la vida tal y como la conocemos, pero a través de los ojos de un niño que aún no la conoce”. Según mi opinión, como libro, lo mejor que se puede decir es que se deja leer, y lo peor, que busca buenas críticas de un modo tan desesperado que al acabarlo te dan ganas de salir a la calle y escribir con graffiti rojo la palabra «puta» en todas las paredes hasta comenzar a sufrir una tendinitis, aunque sólo sea para contrarrestar tanta sumisión a los clichés literarios comerciales. Mientras yo seguía espiando acústicamente al pretendiente de mi supuesta pretendiente, vi cómo el escritor (alto, corpulento [gordo], sonriente), iba dando la mano a todo el mundo por el jardín. Sabía que llegaría hasta donde estaba yo e intentaría entablar una conversación de cuarenta segundos para seguir saludando al resto de presentes. Eso hizo que me relajara. Si iba a hablar con la chica era mejor que lo hiciera después de que el escritor de éxito me pasara lista. Cuando llegó hasta mí, me dio la mano fuertemente y me dijo que mi padre era amigo suyo desde bla, bla, blá… Se me antojó igual de original hablando que escribiendo. Hasta me preguntó si me había gustado el libro (me dijo que sabía que lo había leído, y guiñó un ojo…); le contesté que sí, era cierto, lo había leído, ensayé mi sonrisa Sacadme-De-Aquí, y mentí descaradamente diciendo no sólo que me había gustado, sino que era lo mejor que había leído en mucho tiempo. Me sentí plenamente integrado, acogido; el tipo me volvió a dar la mano y se dirigió hacia oh-dios-mío y mi supuesta pretendiente. Entonces llegué a pensar en si ese Ken moreno correoso no sería gay; pero no pegaba, parecía más uno de esos tíos que aun siendo hetero nunca tuvo un grupo de amigos varones, sino más bien se enchufaba al grupo de amigas de su hermana. Ese tipo de cosas. En cualquier caso, estaba bastante seguro de que no era gay, sólo interpretaba el papel del ligón “académico”: con tacto, con palabras bonitas, con cuidado, amputado de su propio carácter o carácter alguno. Es como si en lugar de ser él mismo estuviera poniendo en práctica los consejos de alguien, o de algún libro o sección de consultas sentimentales de alguna revista. Hay muchas personas que en situaciones supuestamente delicadas no dicen nada que no se haya escrito ya e impreso en todos los formatos posibles.
Comencé a sentirme cómodo siendo el satélite del tío “con recursos”. Había otra de esas fuentes de ponche cerca; rellené mi vaso y volví a mi posición de espía descarado. Al otro extremo del jardín, mi padre y el escritor hablaban y se reían a carcajadas. En encuentros así, a veces uno no sabe si está entre editores y artistas o entre traficantes de armas. Algo obscenamente empresarial subyace en estas reuniones, incluso mucho más de lo que ya se ve a simple vista. Cuando estás rodeado de planes calculados casi al milímetro que van a desembocar en más ropa nueva cara y estilos de vida sobrados, cuesta no pensar incluso en el suicidio ante la idea que me sobreviene en cuanto a que el éxito tiene mucho, demasiado que ver con esto. El éxito es mi padre y ese escritor mediocre. Y yo chupo de la teta y me dejo amoldar a ese estilo de vida, mientras una chica que juega en otra liga estética se fija en mí quizá porque soy de su generación y, de hecho, también del mismo barrio: y por ende de sus recursos y nivel de vida con futuro asegurado. Esto, en cierto modo, no es tan distinto de las monarquías. Todo el mundo es monárquico hasta cierto punto, se sabe de una clase social, se sabe más o menos guay según lo que haga y lo que cobre o vaya a heredar. Es un concepto de vida que salpica a todos en realidad. Un circulo vicioso de hipocresías y actitudes mezquinas sin fin que abarca desde la monarquía (la de verdad) hasta el obrero más jodido por el dinero como único condicionante definitivo de la existencia. Siempre hay honrosas excepciones, pero lo cierto es que la única moneda de cambio que se acepta, define las ideologías y principios de la gran mayoría de gente según sus posesiones (lo cual es tan arcaico como el tamaño de tu casa o la frecuencia con la que cambias de móvil). El millonario tiene tendencia a querer siempre más aún por lo mismo por lo que el obrero con la soga al cuello habla sin parar sobre la dignidad que te aporta el esforzado trabajo diario: es la naturaleza interesada de “supervivencia” de cada uno. Sin embargo, ambos compran lotería, y donde el millonario sigue siendo suciamente ambicioso (ya que tiene que mantener su nivel de vida y lo quiere acrecentar), el obrero se aferra a su dignidad trabajadora mientras reza por ser algún día como los ricachones a los que desprecia, tanto en posesiones como en ideología, ya que de volverse rico, su nuevo estatus social y sus bienes tendrían que blindarse de algún modo, y su anterior actitud recta y combativa pasaría a ser notablemente contraproducente. Así, el millonario seguiría en sus trece, y al nuevo millonario poco a poco se le olvidaría su anterior teoría sobre la dignidad. Una teoría seguramente vacua (en el fondo bañada de esperanza por que todo cambie de una puta vez), y que muy probablemente ha ayudado a mantener a una mayoría esforzadamente esclavizada, pero con una sonrisa en la cara demasiado a menudo tal y como funcionan las cosas a nivel mundial.
Y por todo esto, mi padre -que sigue descojonándose a mandíbula batiente con el escritor de El niño del pijama de rayas 2- me dice siempre que no debería pensar tanto, y que no tengo derecho a ser tan nihilista, y últimamente, que debería dar cancha ya a esa muchacha que, al fin y al cabo, solo quiere conocerme, algo como ir al cine, o cenar, o follar quizá de forma esporádica, y quien sabe si «construir» algo serio para el futuro (esto último lo dice porque, como sabría yo más tarde, la chica es hija de cierto editor que se limpia el culo con billetes de cien, y que publicaría lo que fuera con tal de poder seguir haciéndolo [algo de lo que no me enteré bien hasta hablar con ella, supongo que por ese tic de no escuchar a los demás cuando me hablaban de ella]). De modo que, no es que mi padre intentara provocarme un romance con la niña guapa; lo que sucedía, más bien, era que en cuanto a posesiones -y aunque a otro nivel proporcional- yo era DiCaprio y ella Winslet, y mi padre conocía al suyo, y mi padre era empresario por encima de cualquier otra cosa. Él mismo lo decía, la gente de a pie es esencialmente -y sobre todo-: consumidora; el único ser que aún es otra cosa antes que consumidor, es el gran empresario. Es el motivo por el que todo el mundo hace regalos por compromiso mucho más que por amor o amistad. La vena consumidora de casi todos -lo quieran aceptar o no- suele figurar mucho antes en la lista de prioridades que cualquier relación interpersonal. Y el gran empresario no sólo sabe eso, sino que además ha conseguido hacernos creer que eso no es así. Nos humaniza con zarandajas mediáticas con sólida base en las tradiciones, nos lo creemos, y mientras nos brillan los ojos de pura autocomplacéncia, dejamos que hurgue en nuestra cartera cada vez que nos lo pide.
Otro dato importante es que el padre de la muchacha también andaba por allí con su vaso de ponche. Aunque a juzgar por su forma de relacionarse, no parecía de los que se limitan a sujetar y babear su vaso. Su fortuna está valorada en algo así como varias invasiones justificadas -desde el punto de vista capitalista- al tercer mundo. O quizá no tanto. Pero yo, cuando alguien podría vivir toda su vida sin trabajar, dejo de echar cuentas. Tanto en el ámbito legal como en el monetario, hay cierta manía de seguir haciendo números más allá de la esperanza de vida. Presos a los que les caen varias cadenas perpetuas, gente que sigue trabajando para ampliar su fortuna aunque la misma ya casi dé para equilibrar económicamente el planeta… Y cuando más borracho estaba, va y me saluda la muchacha. Mientras tanto, oh-dios-mio se aleja con un ademán tan gay que hace que la chica -ya frente a mí- me resulte casi agresiva con su vestido de tirantes y sus labios color chicle de fresa.
Me cuenta quién es y luego me dice de quién es hija. Y relleno mi vaso y vuelvo a mirar a mi padre, que sigue con el Señor Euro, y él -mi padre- me devuelve la mirada, y de paso le da un repaso a la chica, desde la coletas (si, llevaba coletas) hasta los zapatos de medio tacón. La muchacha -por cómo iba vestida y sus ademanes- era más o menos como la primera bailarina de alguna importante compañía de danza. Y además, con tetas. Vale, la primera impresión, quizá por lo casi traslúcido de su piel, era que debía seguir viva de milagro siendo tan frágil, pero más adelante, cuando superabas lo erguida y en tensión que parecía estar, te dabas cuenta de que tenía un pecho generoso, caderas turgentes… vaya, la clásica forma femenina de guitarra: por reflejarlo en un idioma más universal, en realidad estaba más cerca de la primera Emma de las Spice Girls, que de Renne Zellweger en “Chicago”.
Cuando una chica me habla desde tan cerca -y esta lo hacía desde tan cerca que podías respirar su aliento- siempre me acuerdo de mi madre. Y no vale aplicarme ese rollo de que todos los tíos buscan una segunda madre -o a su madre- en sus parejas; lo cual, dicho sea de paso, me parece no sólo retorcido y malsano, sino también una gilipollez como una casa (con Edipo de por medio si quieres y todo). No sé de qué me viene ese primer pensamiento incómodo al tener de cerca a una mujer, pero lo cierto es que no siempre pasa, y cuando pasa, lo siguiente que llega es el enamoramiento (sí, aquí tenéis más carnaza los de la gilipollez malsana), sea en el grado que sea; a veces hasta niveles de sufrimiento atroces (lo cual incluye no poder separarse mucho tiempo de la persona, o hasta llorar solo), y en otras ocasiones a cierto nivel poco más allá de lo platónico, que también incluye sexo, y es más reposado y adaptable a la vida real que el rollo en plan suicidio potencial Shakesperiano.
La chica era una metralleta verbal. Era tan “de cierta manera”, estaba tan lejos de querer aparentar neutralidad que, al margen de liarte o no con ella, te era difícil imaginarte odiándola o repudiándola. Costaba aceptar que fuera hija del Señor Dólar. Era, lo que yo, con mi propia jerga interna -algo distanciada de lo viciados que están muchos términos en la “vida real”- considero: una chica dulce.
Otra cosa que me gustó de ella, era que no pretendía forzar la situación. No iba a tener un ataque histérico de dar y pedir explicaciones sobre mi silencio a propósito del hecho de saber que ella hacía mucho tiempo que estaba interesada por mí, y que incluso en un par de presentaciones literarias a las que me negué a asistir me dijeron se la vio preguntando por mi padre, lo cual todos interpretaron como una táctica indirecta para dar conmigo de una vez. La situación, mientras ella me hablaba sin pudor, se estaba convirtiendo en uno de esos momentos de “contrición” silenciosa: así me sentía por haber ofendido -aunque sólo fuera por “omisión”- a la muchacha durante tanto tiempo por el simple y mero hecho de la pereza por darle una oportunidad. Durante ese lapso de primer contacto, mis procesos mentales no dejaban de tomar ciertas direcciones, en un aparente descontrol y desorden aun así, debo decir, muy agradable. Caótico quizá, pero sugestivo del mismo modo que la imagen de una habitación desordenada indicativa de que, puede que su inquilino no sea lo que se dice pulcro, pero denota múltiples intereses y pasiones si te fijas mínimamente en los detalles de la imagen: los libros, los cuadernos, las revistas, quizá una guitarra, una maleta a medio hacer o deshacer… Total, que ahí estaba yo, rodeado de toda esa gente a la que repudiaba por distintos motivos, todos los cuales me alentaron para abrirle las puertas a la hija única del Señor Dólar, y, contra todo pronóstico, al presentarse ella con toda su verborrea, excentricidad hasta cierto punto, e innegable atractivo físico, se me antojó como una especie de ojo del huracán. Alrededor todo seguía yéndose a la mierda, pero al lado de la chica, al menos de momento, todo estaba en calma.

[Bueno, después de la tanda de cinco relatos diarios de formato más breve, volvemos a los tochos y la rutina habitual… Para el video, he puesto la primera parte del espectáculo “Sane Man” de Bill Hicks, que hace tiempo que no andaba por aquí (os recomiendo verlo entero, es muy sano). Y como, repito, ha vuelto la rutina, abajo otra foto de kate Upton (recuerdo que esta especie de monográfico producido por la pereza de buscar una foto distinta con cada actualización, acabará el día de Navidad con una foto suya esperemos que con motivos navideños bajo la acostumbrada parrafada. Por cierto, la instantánea de aquí abajo es un fotograma de la próxima peli de los Farrelly, “The three stooges” (estos muchachos tienen mucho terreno que recuperar), así que al parecer la muchacha ya hace sus pinitos en cine (y sí, su caracterización es la de una monja en bikini, y sí, el fragmentito del trailer en el que se la ve ya ha hecho correr ríos de tinta; y quizá de otros fluidos…)]

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3 comentarios en “El ojo del huracán

  1. Si alguna vez se tuviese que explicar el valor del dinero en al ámbito de la abundancia y riqueza, esta frase sería promocionada con tu nombre a pie de pagina “cuando alguien podría vivir toda su vida sin trabajar, dejo de echar cuentas” Vaya una manera de expresar en tan pocas palabras y resumido la descripción de los que nunca tendrán problemas, a no ser que les toque la lotería (por la punta de atrás)
    Y ahora haciendo alusión al texto, no sin antes reverenciar dicha frase antes mencionada, es un cúmulo de pensamientos que, muy por el contrario de lo que la gente pensaría, son provocados por la ingesta de alcohol, ha llevado a una primera “cita” o encuentro con la única chica que al parecer merece la pena conocer por el protagonista, dentro de este baile sin sentido que es lamerse el culo con aspiraciones a que caiga “algo”. Vale, otro de esos comentarios que quizás me pillen a trasmano y por ello no se entienda ni una mierda de lo que he dicho, pero, que sepas que me ha encantado este camino hasta el ojo del huracán. Un beso mi chico.

  2. Hace meses que no bebo ni una gota de alcohol y eso que no era de beber exagerado. Algún día volveré a beber vermut y un buen cubata de Whisky

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