Bravuconería y neurosis

La verdad, no sé ni cómo abrir la botella. Arqueo las cejas y miro a uno de los pocos colegas de verdad que hay sentados a la mesa. Tío, me dice aprovechando el follón de conversaciones cruzadas, antes podrías mirar fijamente a la pelirroja del cumpleaños y conseguir sexo para más tarde, sería más fácil que abrir esa botella. Es una botella de vino, el camarero no la ha abierto, no lleva corcho pero tampoco parece de rosca. Al final alguien me la quita de las manos resoplando, mi colega se ríe de mí. Miro de soslayo a la pelirroja (amiga de alguien), como para constatar que estoy aquí, que esto está sucediendo. Es una cena de empresa, la cena de navidad; o más bien un híbrido. Es, como me dijo por teléfono toscamente el colega mencionado, lo que pasaría si una comida de navidad y un cumpleaños follaran. Se mezclan protocolos varios, y anécdotas que han pasado más bien desapercibidas hasta que alguien las hace épicas exagerando cada detalle… Es, básicamente, la típica “encerrona” en la que no puedes decidir nada, y si lo intentas corres el riesgo de caer antipático al resto del grupo, o parecerles directamente un capullo. Es decir, estás sentado a la mesa y no puedes decidir cuándo te largarás, del mismo modo que no decidiste cuándo cenarías, entre otras cosas. La mayoría de gente no sabe estar sola fuera de casa si no es por fuerza mayor, así que muy raramente lo están, de modo que no ven nada especialmente incómodo en todo el asunto. Pero para quienes muchas veces salimos simplemente a pasear o hasta tomar un café y leer solos, a la larga acaba siendo mucho más incómoda la típica reunión-para-comer multitudinaria, en la que quien toma las decisiones es quien tiene más facilidad para el liderazgo, etcétera. El hecho de que normalmente a la gente le dé igual todo y se relaje en estas situaciones, viene dado -también- por que la mayoría venimos de haber estado cumpliendo ordenes toda la vida; así que a casi nadie le agobia en exceso el proceso de irritante lentitud en cada paso que conlleva el hecho de tener que darlo con diez o quince personas más. Cosas como decidir a qué lugar se va luego, o en qué momento saldremos de allí, si después iremos a otro sitio, etcétera, se pueden convertir en una especie de vía libre para el tedio de la indecisión. Es como si la mayoría de personas se perdieran la mejor parte del individualismo en la vida, no se dieran cuenta, y encima se jactaran de ello.
Lo malo, por tanto, de descubrir que puedes estar muy cómodo y tranquilo y sin miedo, solo, es que cuando vuelves a estar con gente ya no sabes si has perdido la habilidad/paciencia de aguantarles o si simplemente sabes ver mucho mejor las taras de esa rutinaria situación.
En jerga popular, soy lo que llaman -erróneamente o no-: un amargado. Por eso me han quitado la botella de vino resoplando con negativa condescendencia (quien fuera que sí quería vino).

Llega un momento en el que me doy cuenta de que alguien ha provocado la ancestralmente sobada conversación en plan guerra de sexos. Se supone que eso es especialmente divertido cuando hay muchas parejas sentadas a la mesa. Pero a mí comienza a crecerme una pelota de vergüenza ajena en el estómago. El tema no ha evolucionado en absoluto con los años, y parece que, muchos no sólo se contentan con volver a sacar a relucir los tópicos («¡los hombres dejan levantada la tapa del váter!», «¡las mujeres son unas neuras!», etcétera), sino que al final además parecen congratularse -a través de una suerte de falsa indignación- en cierto modo por que sus parejas se adapten notablemente a esos tópicos; lo cual da paso a esas actitudes en plan “Qué se le va a hacer, son hombres”, o, “Están todas locas, pero las necesitamos”, y demás. Es como si el hecho de tener una relación con alguien que reúne en su persona la mayoría de clichés existentes de carácter, fuera una confirmación de que como mínimo no les están tomando el pelo; como si en el fondo pensaran: “Al menos sé que mi novio es un Hombre” (aquí, «Hombre» en su acepción: “de las cavernas”), o, “Mi novia será una neurótica, pero eso es porque es una chica, y por tanto es mandona, frágil y dulce” (y aquí, el adjetivo «dulce» siempre solapadamente inyectado de la intención más peyorativa; es decir, dulce=tontita histérica a veces, pero con buenas tetas y un culo bonito, así que la aguanto).
Es como un gran cliché sobre los hombres y las mujeres, un cliché que se retroalimenta a sí mismo por el sólo hecho de no superar de una vez la manía de darle cancha en las reuniones supuestamente relajadas. Hasta tal histeria llega la obsesión por dejarnos pegadas ciertas etiquetas, que llega un punto en que mucha gente puede llegar a creerse las mismas y actuar en consecuencia por el mero ansia de encajar. Todos hemos visto a tíos enorgullecerse de su “masculinidad” (en muchos aspectos absurda y hasta dañina), del mismo modo que hemos visto a mujeres cobijarse en el tópico teórico de la neurosis femenina, para así salir de ciertos entuertos y negar responsabilidades porque “Soy mujer y a veces nos volvemos locas”.
Aun así, nos seguimos sorprendiendo de que siga habiendo gente racista, por ejemplo, aunque muchas veces no consigamos -ni de lejos- respetarnos ni a nosotros mismos.

La pelirroja cumpleañera se levanta a decir unas palabras; creo que porque ya va lo suficientemente borracha. Buenas tetas, buen culo; eso nos decimos con la mirada mi colega y yo. Nos agradece a todos nuestra presencia y demás; lo dice así: «presencia»; hay gente que parece tener un vocabulario más rico bajo el efecto de las drogas; es como si el hecho de ir más “sueltos” disolviera el apuro por parecer demasiado eruditos hablando. La chica arrastra ya claramente las consonantes; un tío mío lo llamaba «consonantes alcohólicas», que es cuando ya empiezas a perder la habilidad del habla aunque tú mismo no lo notes. Cuando dicho tío mío se emborrachaba, no sólo perdía la vergüenza intelectual, incluso recitaba poemas enteros y hasta llegaba a llorar de pura emoción. Eso sucedía poco rato antes de que comenzara a vomitar, o de que perdiera los papeles e iniciara una ronda de insultos personalizados para cada uno de los miembros de la familia (que era lo que solía pasar). Si me llamaban «gilipollas lameculos», sabía que era nochebuena.
La chica pelirroja sigue hablando, y la verdad es que, si tuviera que ser completamente honesto, diría que está poniendo a tono a todos los hombres hetero presentes. Lleva un escote de los de dinamitar conversaciones (o, en ocasiones, noviazgos, matrimonios, etc.). Tiene esa piel tipo anglosajona blanca, muy poco de moda hasta que aparecen curvas (entonces ya da igual de qué color sea la piel). Tiene pecas en la nariz y entre las tetas. Y el comentario que me hizo mi colega en cuanto a la posibilidad de que fuera más fácil tener sexo con ella hoy que abrir la botella de vino, tiene que ver con el más que probable bulo de que la chica va «necesitada». A menudo, si estás soltero y no vas con «compañía» alguna a las “reuniones”, quienes sí van en pareja presuponen que debes ir tan mal que estarías dispuesto a follarte una cabra. Presuponen eso, supongo, porque al ir, como digo, emparejados y tener una «relación solida», dan por hecho que sólo ellos follan, y que el sexo sólo puede darse en su entorno en condiciones óptimas de monogamia vociferada a los cuatro vientos.
Viendo a la muchacha cumpleañera, solo puedo pensar que, si lleva mucho tiempo sin sexo ha sido por elección propia, por el extraño motivo que sea. Una chica así no seduce, señala con el dedo lo que quiere. Mi colega no aparta ojo de sus tetas. Le cae por la espalda en ondulaciones (a ella, no a mi colega) un melena frondosa naranja que le llega casi hasta la cintura. Esas pin-up manga supuestamente icónicas de los cómics e Internet son un boceto en comparación. Cumple veintipico (¿23?, ¿24?) años. Intento que me mire mientras habla, también voy lo suficientemente borracho (de cerveza), intento que me mire y pierda la concentración.
Si me llamaban «palurdo soplapollas», sabía que era navidad.
Ahora la chica simplemente sigue de pie, aunque técnicamente ya no esté dando ningún discurso. Habla con unos y con otros, gesticula. Pienso en su silla, aún debe estar caliente. Sigue sin sentarse, y se ha dado cuenta de que he estado buscando su mirada. Teniendo en cuenta que no nos conocemos más allá de los dos besos de rigor, no parece para nada molesta con mi acoso ocular. Aunque eso sí, tengo claro que no me pondré a ligar aquí vociferando delante de todos, hay demasiado carroñero emocional a la mesa. Sería un material demasiado jugoso. Ni borracho (y esto es literal) me levantaría o arrastraría mi silla hasta ponerme a su lado y aprovechar la ebriedad bidireccional para romper el hielo. No. No quitaría ojo de las pecas de entre sus tetas. Es cualquier cosa menos una buena idea.
Si me llamaban «fracasado de mierda», sabía que era nochevieja.
Un rato después de haberse sentado por fin la «chica naranja» (hemos oído a la amiga ubicada a su lado llamarla así), me pregunto si será verdad que la muchacha va en busca de guerra, haya tenido o no sexo en los últimos días/semanas/meses. Si tuviera que apostar, diría antes «ninfómana» que «necesitada», aunque, ya sea una opción o la otra, sé que ninguno de los tíos del restaurante ha dejado de imaginarla desnuda desde el primer golpe de vista. Ninguno ha dejado de mirar su pelo en algún momento para concluir con aplastante “lógica masculina” que su vello púbico es del mismo color, para pasar después a preguntarse cómo lo llevará de depilado o recortado, o si quizá va totalmente rasurada, etcétera. Ella sabe que es el trébol de cuatro hojas del lugar, y me doy cuenta de que el juego de miradas no es conmigo; o sí, pero también lo es con todos los demás tíos invitados a su fiesta híbrida.
Entonces, la muchacha se levanta otra vez y se va al lavabo del restaurante.
«Niñato ignorante» significaba Día de Reyes.
Su ausencia -como acostumbra a pasar con las ausencias- da pie a la verdadera naturaleza humana. Los tíos nos miramos entre nosotros como en una especie de celebración silenciosa; nos damos palmaditas mentales solo por estar sentados a la misma mesa que la «chica naranja», y hasta se nos escapa algún monosílabo obsceno susurrado. Dos chicas se ponen a destriparla al más puro estilo Hijadeputa-envidiosa/víbora/etcétera. El resto de chicas callan, sobre todo las que vienen emparejadas: hay algún tipo de “madurez” femenina en ellas que no puede venirse abajo por un trébol de cuatro hojas, por más que el trébol en sí sea la clase de trébol que todo el mundo busca, el trébol desestabilizante y novedoso, aquel trébol por el que “ahora mamá tiene un novio odioso y sólo vemos a papá una vez a la semana”.
Si me llamaban «capullo de mierda»… bueno, podía ser un día cualquiera en que mi madre hubiese decidido reunir a toda la familia.

Entonces mi tío, después de la ronda de insultos, solía derrumbarse en un amargo silencio. Pasado un rato, solía iniciar su ronda de disculpas personalizadas. Gran parte de su desmorone constante, tenía que ver con una especie de amor/rechazo extremo con relación a su hija (siempre avergonzada en dichas reuniones). Mi tía había muerto a los dos años de nacer mi prima. El hombre veía a su mujer en su hija. Si hurgabas en el álbum de familia comprobabas que el parecido entre ellas era incluso macabro. De todos modos, el único delito que había cometido mi prima era nacer y ser una consumidora más de combustible fósil. Era una chica sana, paciente, buena en esencia; es decir, también, al parecer, era clavada en todo eso a mi tía. Mi tío se había quedado encallado mentalmente en algún instante mientras le comunicaban por teléfono que su mujer había fallecido en un accidente de tráfico. A todo eso, hay que sumarle toda una serie de neurosis relacionadas con la idea de que pudiera pasarle algo a mi prima, o que alguien consiguiera conquistarla de algún modo y arrebatársela. El apoyo que comenzó a recibir por parte de toda la familia después de la tragedia, para él no era más que algo enorme y amenazante que crecía entre él y la “doble” de su mujer muerta. La cosa se puso peor aún un verano de hace cinco años, cuando mi madre (hermana de mi tío) se propuso organizar un viaje para mi prima y para mí a Viena. En ese momento, la muchacha se había venido abajo debido al incesante miedo de su padre, que le llevaba prácticamente a esclavizarla con horarios absurdos y un sinfín de reglas que a punto estuvieron de asfixiar su sorprendente paciencia de veinteañera a cualquier nivel imaginable. Así pues, al final convencieron al hombre entre todos, y la muchacha y yo salimos de viaje. Mi madre pensaba que tanto para ella como para él, podía ser un punto de inflexión positivo (para él por el hecho de comprobar que su niña era tan fuerte como para estar lejos y a salvo durante días, y para ella por la simple idea provocada de descansar de él esos días). Pero como acostumbra a pasar, mi madre, en su empeño por mejorar las cosas, sólo consiguió desatar del todo la locura de mi tío. Mi prima le llamaba una vez al día para asegurarle que estaba bien y lo estaba pasando fenomenal, etcétera; entonces el hombre -ahora sé por qué- enseguida pedía que yo me pusiera al teléfono; y yo, la tercera o cuarta vez que eso sucedió, y con la guardia estúpidamente baja teniendo en cuenta que era el hermano de mi madre quien había al otro lado de la línea, fui y bromee con la idea de que su hija y yo pudiéramos estar iniciando un romance incestuoso en Viena.
En la ronda de disculpas durante las reuniones familiares, si me decían que en el fondo era un tío generoso y atento, sabía que era nochebuena.
En mi favor, he de decir que en aquel momento yo no era consciente de hasta qué punto estaba tarado mi tío. Después de mi chascarrillo sobre primos enrollándose, el hombre comenzó a gritarme que no le tocara un pelo a «su niña», luego prorrumpió en lágrimas mientas balbuceaba que todo era inútil ya, que seguro que ya lo había hecho, seguro que había aprovechado para «follarme» a su niña, que ella no le comprendía y que todos en la familia estábamos conspirando contra él para quitársela.
Obviando el hecho de que mi prima y yo no nos veíamos con tanta frecuencia como para que yo alguna vez no me hubiera masturbado pensando en ella durante la adolescencia (teniendo en cuenta que ella siempre ha sido -resumiendo- muy guapa, y yo… tengo pene), dejando a un lado eso, no, nadie conspiraba contra mi tío. Lo que sí había era una sensación generalizada de intensa pena por mi prima, que vivía sola con él, y que seguro nadie sabe bien lo que ha tenido que aguantar desde los dos años hasta ahora.
Cuando me dicen que soy el hijo que cualquier padre querría tener, sé que es navidad.
Uno de los motivos por los que el trébol de cuatro hojas humano me hace pensar en mi tío, es que cualquier cosa me hace pensar en mi tío. Mi tío podría tener la culpa de que odie intensamente las reuniones con más de dos o tres personas. Podría tener la culpa de que toda mi familia ande siempre de culo cada vez que a mi madre o a quien sea se le ocurre que sería una buena idea reunir a toda la familia. Fíjate en cómo llega del lavabo el trébol naranja y se sienta en su silla (o, cuando un trozo de madera está ocupando el lugar en el que querrías poner tu cara). Mi tío podría ser incluso el responsable indirecto de la muerte de mi tía, sobre todo si su carácter era en realidad algo que los demás no descubrimos hasta la tragedia del coche convertido en acordeón. Y ni siquiera me extenderé sobre las misteriosas causas de dicho accidente, en el que no hubo ningún coche más, ni alcohol en la sangre, ni motivos aparentes para que el vehículo se estampara contra un muro de hormigón muy apartado de cierta carretera; a no ser que mi tía, que al parecer era algo así como la versión apocada de la Madre Teresa, se hubiera dormido al volante, lo cual es tan poco probable como que la chica naranja lleve más de cuarenta y ocho horas sin follar.
«Culto y espabilado» significa Nochevieja.
Puede que, de algún modo, mi tío no sólo tenga la culpa de muchos de los dolores de cabeza de mi familia, sino que además haya podido provocar con los años algunas de las situaciones más inesperadas en la misma. Voy tan ciego que la chica naranja me ha dicho algo y he levantado mi vaso para brindar por ella, por estar aquí, por estar vivo y porque por una vez me siento realmente coherente celebrando el hecho de que alguien siga viviendo a los veintipico años. Así pues, provoco un brindis escandaloso por la chica trébol. Ella se sonroja y dice algo más que no llego a entender. Creo que mi acto ha sido una especie de intento desesperado por llamar su atención por encima del resto de tíos que ya deben tenerla en su mente abierta de piernas y pidiendo más, o que trazan algún sencillo y creíble plan para follarse esta noche a sus novias con la luz apagada. Esos tréboles normales y corrientes de tres hojas. La chica naranja es capaz de subrayar y a la vez dinamitar clichés. Es extraño. Y creo que el motivo por el que me ha hecho pensar de verdad en mi tío, es que mi prima sólo tuvo en cuenta una forma directa de reivindicarse a sí misma por encima de su padre y toda la mierda que ha tenido que tragar desde que era un bebé. Y ese plan consistió en comenzar a utilizarme a mí desde hace dos años como juguete sexual (y mi poca resistencia a la hora de aceptar mi papel de vibrador humano, no sé en qué me convierte, pero creo que no en cliché andante, al menos no del todo). De ese modo ella fabricaba un poderoso secreto capaz de matar a su padre, postergaba el nuevo dolor de cabeza de tener que buscarse un novio serio, y hacía que algo sucio pero auténtico sobrevolara por encima de la vida real burlándose a la vez de ella. Así, llevando una relación liberal, ambos podemos hacer lo que queramos con nuestra existencia porque siendo familiares y sufridos como hemos sido siempre, nadie válido va a sospechar de nosotros (excepto el tarado, que ya sospechaba cuando no pasaba nada), y cuando digo nadie, me refiero también a quienes ocupan la mesa en la que estoy.
Cuando me dicen que soy un tío «preocupado y cariñoso con su familia», sé que es Día de Reyes.

[Arriba pedazo de video-montaje con imágenes de muchas pelis de este año que acaba. Como cada año, se encarga Matt Shapiro de editarlo, y es un placer visual y auditivo (y yo que lo he colgado en facebook y nadie ha puesto ni un triste “me gusta”…, indignante). Abajo más kate Upton.]

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5 comentarios en “Bravuconería y neurosis

  1. Joder, que bueno! Qué cantidad de verdades, de sensaciones que se reconocen, de cosas que han pasado y nadie sabe…
    La de cosas que han ocurrido en un momento y, cómo van fluyendo hacia el final…
    Gracias por este momento.
    Un abrazo

  2. Hola, te deseo una magica Navidad y un 2012 lleno de bendiciones para ti y tu familia. Gracias por la amistad que a lo largo de este año que se va me has brindado. Te dejo un fuerte abrazo y un beso. Cuidate mucho.

  3. En el caso del sacerdote, el trébol de tres hojas, tiene que desprenderse de una de sus tres hojas, quedando solo con dos, de las cuales una de estas es el as de corazones. Estas energías son, las fuerzas que se encuentran sobre la horizontal (fuego/masculino) y Corazones (agua/femenino). La unión de estos dos elementos forman una serpiente llamada serpiente de fuego (Xochiquetzatl), en donde el fuego es el azufre rojo y el agua es la energía femenina del espíritu santo (corazones). El espíritu santo femenino (agua), es una fuerza que hace que la serpiente de fuego cambie de dirección sobre la vertical, es decir, hace que la serpiente de fuego descienda., más no así cambia su giro, por lo que conserva su capacidad transmutadora. La serpiente de fuego trabaja únicamente con el fuego, ya que el agua permanece como una energía neutra. La energía femenina del espíritu santo, es también llamada mercurio., aunque el mercurio, es propiamente la energía femenina del gran abraxas, por el hecho de ser una energía que desciende y girar en el sentido en el que giran las agujas del reloj, son muy similares la una a la otra por lo que a las dos energías se les conoce como mercurio.

  4. Del mas insignificante momento vivido en el pasado, que incluso no dimos mayor importancia cuando ocurrió, pueden generarse los peores traumas y las mas violentas psicosis para una persona, un simple comentario te puede hacer tener miedo para toda la vida a las alturas, a las mujeres/hombres, al fuego, a las habitaciones llenas de gente o los espacios cerrados y pequeños, pero hay que reconocer que este pobre chico tendrá que lidiar (lo quiera o no) con un inconveniente bastante gordo cuando la prima quiera romper ese contrato verbal que han decidido desde hace dos años empezar, habrá que esperar que no sea la puntilla que lo joda del todo. Y el pensamiento que suscita mi mente ahora es: Hasta podría ser pelirroja su prima, tener invitados amigos en reuniones familiares o incluso parientes en encuentros laborales, todo podría ser dentro de este mundo que nos has creado, habrá que mirar con lupa qué es lo que le llaman esta vez y pondremos etiqueta al día en cuestión. Un besazo mi Jordi.

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