Tirar los tejos

El personaje de nombre que podría augurar pesadas dosis de lírica literaria, ya difícilmente puede decirle Te quiero convincentemente a la muchacha de mofletes sonrosados que hoy en día ya tendría un croma detrás con azules y verdes de paisaje bucólico de ser llevada su “odisea” al cine. Ella te sugiere esa clase de pensamientos. No se parece a ninguna otra y puedes imaginar a su familia élfica en su busca y rescate; todo en algún relato de Tolkien jamás publicado, en que se incluirían altas dosis de pornografía medieval, pero sobre todo un festín de monerías de pareja; tantas que nadie se atrevería a publicar el texto de no ser que quisiera acabar con el sector diabético de la población, etcétera.
El personaje de suntuoso nombre, ya no puede decirle Te quiero a la muchacha sonrosada sin que ella piense que es algo meramente platónico. La muchacha, aun siendo morena, le parece algún tipo de ángel rubio al tío del nombre pesado. Un tío, por cierto, nada merecedor de la muchacha sonrosada. Mucho menos avispado que ella, más cruel. En realidad, un gilipollas; pero cree que si la elfa morena le da una oportunidad, podrá mejorar como persona, ser menos impulsivo y menos atontado (un atontamiento que él piensa es «guay» o una actitud sincera). Puede que el tipo, muy del montón físicamente y con la salud regular del fumador compulsivo, algún día pudiera leer a Marías o similares sin tener la sensación de estar atado a una silla mientras alguien le da a tomar la vigésimo séptima cuajada. Aficionado a escribir la palabra «Puta», además, el tipo pesado y gilipollas suele verse con chicas que no le quieren pero se desnudan si él quiere (una suerte de prostitución de doble sentido, eso sí, sin dinero de por medio: sólo el pertinente intercambio de placer). Lo cual hace que cualquier idea de fidelidad asociada con la elfa sonrosada, hace que el capullo monte en pánico y se vea a sí mismo arrepentido en su lecho de muerte por haber caído en las garras del matrimonio u otras tradiciones que menosprecia. Eso, del mismo modo que se ve también muchas veces en su lecho de muerte arrepentido también por no haberle dicho a la muchacha morena pero rubia élfica que la quería, añadiendo después que de verdad y no de una forma platónica. Y que querría no solo estar con ella, sino además tocarla y practicar un sexo muy poco lírico; algo, digamos, más cercano a Sade que a Jane Austen (si es que Jane Austen ha relatado alguna vez escenas de sexo, cosa que el gilipollas atontado no sabe).
En serio, el nombre del personaje atontando es demasiado rimbombante; de conocerlo, te lo imaginarías enseguida como al típico señor de época con el que los reyes obligan a la princesa de turno a casarse. Un tipo estirado y correoso, asqueroso; alguien a quien la princesa jamás besaría, porque además está enamorada de otro, un «payaso» que no se adecua a la monarquía; un capullo, de todos modos, alguien que, finalmente, se parece más, por cierto, al personaje atontando.
En definitiva, es como ponerle algo como Juan Ignácio a un perro o Toby a un bebé. Aquí ningún personaje casa con su nombre. De hecho nada casa aparentemente con nada. Y nadie quiere casarse.
La chica sonrosada parece demasiado independiente, y aunque su nombre es también de lo más estrambótico, ella lo lleva con orgullo, algo que su pretendiente gilipollas admira de ella.
El chico, incluso ha pensando en quedar una día con la muchacha sonrosada para -además de decirle Te quiero de forma no platónica- quizá pedirle matrimonio. (Hoy en día, como bien se sabe, eso es más violento que arrancarle a alguien la ropa interior con los dientes.) Lo cual, piensa el atontando, podría hacer que la chica replicase de algún modo mitad halagada mitad sorprendida, para que luego él pudiese “bajar” el listón y quizá así conseguirla como sólo-pareja-por-el-momento. No es más que la vieja táctica de ir a por la victoria para conseguir el empate. (Aunque una boda no es lo que el gilipollas asociaría hoy día a «ganar».)
Y vale, todo esto ha entrado en un bucle de contenido bastante tonto que se puede resumir en una o dos líneas, y que apenas ha aportado información en realidad. Cosa que mientras se escriben estas letras, sigue pasando. Continúa… No avanza… Es lo mismo que siente el personaje de nombre suntuoso con su vida. No parece haber modo de que el momento llegue a ser alguna vez el adecuado para decirle lo que quiere decirle a la muchacha, y así al menos sacarse eso de dentro.
Así pues, un día se carga del valor que no tiene, y la llama.
Teniendo en cuenta los nombres de ambos, cuesta imaginar que el tío no haya tenido que enviar a un mensajero a caballo para citarse con la chica.
Esto es tan antiguo como puedas imaginar. El cortejo tiene más que ver con abrir un libro viejo y echarse a toser por culpa del polvo, que con cualquier otra cosa.
Sin embargo, ahí están al final, hablando por teléfono. Teléfonos con Internet (al menos el de ella). El personaje de nombre suntuoso podría haberle mandado un mensaje a la muchacha sonrosada por alguna de las cinco o seis redes sociales en las que son “amigos”. Pero ha querido hacerlo del modo que hoy en día se considera prácticamente el paso anterior a acostarse juntos. Llamar por teléfono hace que la otra persona tenga que pensar rápido. Conversar “a lo crudo” ahora tiene mucho más que ver con el sexo que antes. Es un flirteo más. Es tirarse de cabeza. Y la muchacha lo sabe.
– ¿Hola?… soy yo, (Nombre suntuoso).
– Sí…, qué tal, dime…
– Bueno…
– Dime…
– Nada, que llamaba para…
– ¿Sí?
(Esto sigue así durante un buen rato. Recordemos que la conversación es de viva voz, y por tanto potencialmente pobre en construcción de frases y acuerdos sobre el tema a tratar.)
– Nada, que llamaba porque…
– Espera no te oigo bien…
– …
– Perdona, dime.
– No, que llamaba porque había pensado que podíamos que… (ruido de estática).
– ¿Cómo?, espera, que me muevo, es que te oigo fatal…
(Esto puede deberse a que el móvil del personaje atontado no es de última generación y el de la muchacha sonrosada sí, lo cual podría estar conllevando ciertos problemas de compatibilidad.)
– …
– A ver, háblame…
– ¿Me oyes?
– Sí, dime, (Nombre suntuoso).
– Pues que te llamaba para saber si algún día quieres que quede… (ruido de estática).
– ¿Que si quiero qué?
– (Ruido de estática.)
– ¿(Nombre suntuoso)?
– (Ruido Blanco.)
En resumen: al final consiguen superar la barrera tecnológica, y el muchacho de nombre suntuoso consigue concertar una cita con la chica sonrosada. Todo mediante un diálogo precario en el que ella se huele algo raro y a él le entra la prisa por colgar, etcétera.

La muchacha sonrosada está realmente harta. Hace mucho tiempo que un chico cuyo nombre hace que den ganas de abrir Google, parece llevar a cuestas toneladas de tejos que no se atreve a tirarle de una vez. («Tirar los tejos»: expresión con la que además él suele bromear por chat.) Es irritante. Ella antes creía que el muchacho le gustaba, pero ahora ya no sabe qué pensar. De lo que sí está bastante segura, es de que los tejos que acarrea el chico llevan su nombre. La verdad, ella tampoco cree tener un nombre muy común, pero de pequeña decidió defenderlo a capa y espada, y así sigue. Es consciente de que es una especie de obcecación, sí, pero no acepta que nadie la llame con diminutivos, apodos, o por sus apellidos; su nombre está para algo, para usarlo, y seguro que había alguna razón para que sus padres lo eligieran.
La chica es consciente de lo llamativo de su físico, de sus rasgos anglosajones y su pelo negro como la muerte. Suele sentirse incómoda en reuniones multitudinarias. Sabe que despierta la parte más sucia de la heterosexualidad masculina. Ella no responde a la belleza serena que el tópico asocia a la mujer con la que los hombres quieren casarse o tener algo serio. Más bien encaja con preguntas de “macho” a propósito de cómo serán sus tetas, o si el hecho de estar como un queso y demás habrá hecho que olvide el cultivar su intelecto, para centrarse únicamente en acumular títulos y galones con la intención de poder demostrar al menos sobre el papel que no es sólo carne. Ella cree que los hombres creen que es una chica guapa y tonta con estudios. Adaptada pero Limitada, y esperan que también dada al sexo puntual sólo por placer.
Así, la chica sigue por la vida con ese satélite de nombre suntuoso en apariencia cargado de intenciones, a veces convencida que que está equivocada, y otras veces casi esperando la lluvia de tejos de un momento a otro.
Un día, el muchacho la llama por teléfono, y parece agitado. A ella le extraña, aunque está convencida de que al final el chico, después de tanto tiempo, fletará tres o cuatro camiones de carga para transportar todos los tejos acumulados, y procederá a descargarlos sobre ella para ver lo que pasa.
El día señalado, la muchacha sonrosada está más nerviosa de lo previsto. Ahora que llega el momento de concretar algo de verdad con el chico, se pregunta si de verdad ella quiere meterse en el “pequeño” lío que supone comenzar a salir con alguien. No llegada aún a los treinta, se pregunta si ella está lista otra vez para recibir varios mensajes “monos” al día, se pregunta si sabrá ser ella esta vez la que interprete el papel más figurativo, si sabrá llevar una relación en la que sea él quien más entregado esté y ella la que ha “cedido”.
Se pregunta además si sabrá dejar de lado las tentaciones; hay un par de “follamigos” que sabe la llamarán tarde o temprano, y a los que tendrá -en principio- que decirles que ahora tiene «una relación» y es feliz, y que tendrán que perdonarla porque ya no va a estar disponible. Además deberá evitar el decir algo como No Voy a Estar Disponible Por el Momento, ya que no sería prudente matar ya de entrada la ilusión de que la nueva relación pueda ser realmente duradera y fructífera, o puede que incluso romántica y sincera más allá del sexo y la pose.
Se encuentran en una cafetería que eligió ella. En realidad es una especie de pub irlandés/cafetería/venid-a-beber-aquí-por-favor, etc. Si miras la carta, no hay una gran variedad de cervezas, hay bravas, hay vinos baratos. Es el típico local carente de una personalidad definida. Como la versión bebercio de uno de esos restaurantes self-service en los que puedes encontrar “paella”, croquetas y unos pasos más allá, sushi. Lo que sea, pero en cuanto a la calidad, la resignación siempre deberá formar parte de la actitud de los clientes.
La muchacha sonrosada, en cualquier caso, no ha elegido ese “pub” porque le guste, sino porque era más fácil quedar allí.
Al principio, comienzan a hacer eso de “ponerse al día”. Se cuentan lo que hacen cada día y que están cansados de hacerlo y demás, y luego pasan a contarse lo que quieren hacer de verdad, los planes a largos plazo. Todo siempre, por supuesto, en relación a objetivos que no entorpecerían la relación de llevarse a cabo. La conversación es fluida y ambos dominan el arte de evitar temas potencialmente incómodos. Obviamente no hablan de otras personas de edad similar que puedan interesar a ambos. Ellos son más maduros que eso. Y da igual si en realidad lo son o no, o si la madurez existe o no es más que una etiqueta.

Poco después, ambos están en el coche de él. Lo cual significa que ella ha decidido que al menos el muchacho de nombre suntuoso no es peligroso. Se ha sentido bien al tomar la decisión convencida de que era la decisión correcta; puede parecer una tontería, pero demasiadas mujeres han muerto jóvenes debido a una falsa impresión. A la muchacha sonrosada no hay nada que le parezca más cutre que morir convertida en tópico, en dato de prensa de a diario. Así que cuando él le ha propuesto llevarla a «un sitio», se ha terminado con calma su cerveza de sabor de marca blanca, ha reconducido la conversación, y al cabo de un buen rato ella misma ha recuperado el tema.
El muchacho de nombre suntuoso coge curvas y más curvas. Aún son las cuatro de la tarde. La chica decide que el viajecito debía tener que ver con la insistencia del chico por quedar después de comer. Lo cierto, piensa, es que se siente más segura con el sol presente, por más que el tío parezca tan amenazante como Pedro volviendo a casa del abuelo con las cabras. El chaval tiene un deje rural, aunque quizá lo potencie su nombre, o puede que su mal disimulada timidez. La chica sonrosada se siente un poco como si estuviera pasando la tarde con un campesino obtuso que ve a una mujer tres o cuatro veces al año y le parece de otro planeta, un lugar en el que no podría encontrar trabajo por estar todo ya asfaltado. Sea como sea, no le molesta su aspecto sencillo, ella ya sabe lo que es estar con chicos descaradamente atractivos, incluso con tíos de mandíbula cuadrada que parecen diseñados con molde; esas miradas vacías, el cuerpo fibrado, “El principito” como última lectura de placer en sus vidas… La ventaja que le ha dado siempre estar a muy cerca de poder señalar con el dedo al hombre quería, ha hecho que su etapa más superficial haya quedado pronto en un segundo plano en cuanto a relaciones serias. Lo que en su etapa adolescente se reducía a intentar tener “algo” con el tío más «buenorro» del lugar, ahora ha mutado en mucha desconfianza por el aspecto exterior de las personas. Lo peor de ese asunto, cree, es cuando además la gente decide apuntarse a modas estéticas; lo cual hace que sus caracteres reales queden soterrados y no puedas intuir de qué pasta están hechos, a veces ni después de varias conversaciones. Sólo ves unas gafas a la moda. Ves tejanos raídos. Escuchas datos. Ella sabe que el conocer a alguien en su verdadera naturaleza mínimamente, a veces puede ser un trabajo de semanas, si no meses.

Llegan a un lugar apartado al cabo de media hora. Sólo el sol, sólo la carretera (que se ha acabado), y el principio de un camino que se adentra en alguna especie de parque geológico. La muchacha sonrosada se pregunta a qué viene lo de traerla al campo. Se cruzan con una familia mientras caminan, la familia les saluda. Los padres, un niño y una niña, un perro. Sí, somos «amantes» de la naturaleza. Hay restos de humanidad por doquier. La chica comienza a pensar si esto no será una materialización descarada de aquello de “llevar al huerto” a alguien. Luego intenta decidir si le gusta la idea. Se pregunta si será ilegal follar aquí, o sea, teniendo en cuenta que pueda haber algún guardabosques por ahí haciendo el turno de tarde.
Como sea, al final el muchacho se planta y la mira. La muchacha sonrosada piensa en el hipotético guardabosques. Puede que sólo esperara a que acabaran el polvo y les informara de la política sobre los condones usados en esa zona. Quizá los preservativos sean la versión campestre de las mierdas de perro en las ciudades.
El muchacho de nombre suntuoso comienza a hablar de cualquier cosa, cada vez más avergonzado.
Sí, piensa la chica, puede que el látex sea el excremento que uno tiene que llevarse consigo aquí. Puede que las mascotas en este entorno sean los seres humanos.
El muchacho habla sobre sus «textos», como él los llama siempre. Dice que se ha obsesionado con reducir el número de veces que incluye la palabra «puta». Dice que está mejorando; en su último cuento sólo había diez putas. Era un cuento corto, dice. No está mal, dice. La muchacha le pregunta qué tiene de malo la palabra «puta», mientras por su cabeza rebota la idea sobre si el guardabosques podría masturbarse tras un seto mientras ellos… o sí podría hasta grabarles. Se pregunta si no acabará mañana follando en streaming en veinte webs porno gratuitas. Luego intenta decidir si eso le importaría demasiado.
El muchacho dice que lo de puta no tiene nada de malo, pero que quiere ser más… serio, más escritor. Luego se sonroja y dice No es eso, yo qué sé. La chica sonrosada le dice que así es como se empieza, que tenga cuidado. Comienzas por no escribir lo que te da la gana y acabas disfrazado de años dos mil junto a un millar más de «modernos». Créeme, le dice, puede que un día acabes haciendo poses delante del espejo sin saber ya si eres tú o si sólo te ha atropellado el inicio del siglo XXI…
Se oye un crujir de ramas no muy lejos. Ambos miran a su alrededor.
¿Este sitio tiene guardabosques?, pregunta la muchacha.
Pero tan solo es otra familia. Padre, madre, niña, niña, niña. Les saludan. La naturaleza hace que nos reencontremos con nosotros mismos, ¿verdad?, ¿eh?, ¡sonríe de una vez!… Buenas tardes. Buenas tardes. Este sitio ha de tener guardabosques, se dice a sí misma la chica. Imagina al tío anodino de mediana edad en cuestión grabando a todas las parejas que vienen a follar aquí. Podría hasta tener una web porno de pago. Porno amateur. Sexo «real». Trailers de un minuto para captar adeptos. Gemidos de verdad, no-fingidos. Ella en HD montando al muchacho de nombre suntuoso. El cual ahora dice que en serio, que lo que va a decir no es precisamente fácil de decir.
Esto me va a costar al menos dos meses, se dice la muchacha, dos meses a una media de tres o cuatro quedadas por semana… Puede que luego comience a saber cómo es de verdad este tío.
Él dice que de verdad, que nunca ha sentido lo que lleva sintiendo desde hace semanas por ella.
Dos meses puede que se quede corto, piensa ella, a veces la vestimenta simple esconde más de lo que parece. Como sea, ella sabe que no será uno de esos tíos de mandíbula cuadrada que le nublaban la vista a base de orgasmos hasta acabar asqueada de ellos casi un año después de la primera cita. Esto es pan comido, se dice, apenas me separa una simple mosquitera emocional de él.
El chico tartamudea:
– Estoy enamorado de ti.
Ahora, piensa ella, debe ser cuando el guardabosques se agazapa cámara en ristre y comienza a cargarse de paciencia.
– Está claro que te quiero, hace mucho que lo sé…
La muchacha practica su mirada No pasa nada, eres muy mono y al menos hoy tendremos que llevarnos un par de condones de aquí, como buenas mascotas de mascotas.
– Bueno, no sé, puedo decírtelo de muchas formas…
La muchacha se acerca a él para besarle -para callarle-, un impulso. Entonces, pisa una rama y tropieza. Dos pájaros salen aleteando. El chico la levanta del suelo. No pasa nada, dicen ambos al unísono. Ambos miran a su alrededor, algo tensos de repente, risas nerviosas. Es entonces cuando ella se da cuenta. Están en medio de un frondoso bosque de tejos.

[Para el video, un escena de Fred Astaire y Cyd Charisse que una colega de facebook ha compartido. Qué gusto da el descaro del cine clásico. En la foto, sí, una Pin uP (a ver si la conocéis), las Pin Up vuelven al blog.]

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3 comentarios en “Tirar los tejos

  1. Oh, el amor sí existe (en los cuentos). Hoy por hoy, lo de “va a filmarlo todo” se te cruza por la cabeza cuando un chico te invita a un sitio sin gente que vaya y venga por todos lados. Lo mismo cuando están constantemente con el teléfono en la mano: empiezas a pensar en si te estará grabando, en si estará publicando cosas que tengan que ver contigo en facebook, en si hay alguien del otro lado de la línea, etc. O tal vez sea que soy una paranoica.
    Gracias por este relato, y por los anteriores (que paso a leer y no comento nada, muy mal).
    Un beso 🙂

  2. Sencillamente delicioso de principio a fin… Menos mal que al final se decide a decirle te quiero, porque le ha costado un siglo conseguirlo y puede que no este posando para ninguna camara de cualquier tipo. Pero todo lo que rodea a la historia es un escenario cargado de diamantes. Gracias por el texto!

  3. Aunque regrese después de un tiempo regreso a lo seguro, a disfrutar de un pedazo de relato inteligente y que me hace sonreír con la tranquilidad que da saber que no hay un alma cursi detrás. También a pasar un poco de envidia sana. Me has vuelto a convencer de leer lo que me he dejado atrás. En fín, vuelvo a piratearte para el ebook que para un tiempo que no he podido pasar por aquí veo que te has vuelto loco escribiendo. Me espera una buena tarde de Reyes(víspera). No conozco a la Pin Up pero me gustaría conocerla.

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