Anarquista

Se han extremado el agobio y el desespero soterrados. La mujer que tengo delante no sabe a qué viene todo esto. Todo lo que digo. Esto era una entrevista de trabajo. Tal y como son ahora estas entrevistas. Llega un momento en que el entrevistador quiere que le cuentes «algo de ti», quiere ser «tu “amigo”». Es sorprendente cómo durante estos procesos de selección, durante los mecanismos que miden sin querer hasta qué punto pueden ser artificiales e interesadas las relaciones humanas, ambas partes hacen como si nada. La conversación de pega fluye; dos personas imbuidas cada una en su personaje en pos de conseguir un objetivo. Es la dignidad del trabajo, esta es la dignidad de la que se habla siempre. Es la profesional artificiosidad de lo “natural” en el mundo laboral. La mujer sonríe y hace que la palabra «alegría» quede a unas mil decisiones por tomar.
Uno es falso cuando miente, pero lo de estas entrevistas tiene que ir mucho más allá. No se trata solo de mentir o no. La entrevistadora tiene que interpretar un personaje que debería tranquilizarte en cierto modo, a la vez que te juzga por tu pasado y tus logros demostrables a una llamada telefónica. Como entrevistado, debes, de algún modo, mostrar un gran interés general por «el puesto», aunque el trabajo en sí no te dé para otro tema de conversación que no sea el de tu sueldo, el de tu soga económica al cuello. No quieres hablar de «lo que te gusta», has asumido que el mundo es un lugar cruel en el que para subsistir has de vivir machacado al menos el noventa por ciento del tiempo, sea o no así (o pudiera haber sido o no así). Aun así, si te preguntan por tu carácter, no olvides que eres optimista. Si quieres tener hijos (y no eres mujer), sonríes y saltas el obstáculo como puedas. Si tienes hijos, bla bla bla, jiji jaja… Y así con todo. Vas quedando bien aunque te contradigas y en relación a la verdad nada en la conversación tenga sentido. No se trata del sentido común o la lógica, se trata de «encajar». Una entrevista de trabajo es algo así como el contexto en el que un político se movería como pez en el agua. Todo es tontamente enrevesado y falso, todo es interesado, todo es justo aunque no lo sea, ya te llamaremos, sonrisas, usted esto y usted aquello, cercos de humedad en la axilas. Estás muerto, eso es lo importante, es lo más importante que debes asimilar antes de afrontar la mayoría de entrevistas de trabajo, o cualquier cosa que tenga que ver con sogas al cuello y más mañanas grises.
Lo que comienzo a hacer yo en mi entrevista es justo lo contrario de lo que se hace. En lugar de entrar al juego profesional de la entrevistadora, comienzo a ser yo mismo. Ser uno mismo es algo así como la primera regla en la lista de las cosas que no hay que hacer si quieres que te vaya bien en cualquier faceta de la vida. La propia vida está diseñada para que seas menos como tú y más como los compañeros de clase u oficina o lo que sea. Has vivido toda la vida así. Sigue en ello, pues; en la entrevista lo que tienes que demostrar es que sigues siendo así, fácil de manejar. Tienes que convencerles de que no han de tener miedo, tu paso por la universidad y todos tus títulos no han forjado ningún tipo de personalidad propia en ti, no se te va a ocurrir ponerte a pensar por ti mismo, así que no tienen por qué preocuparse. Eres un tío que hace tiempo que renunció a ilusión profesional alguna. Lo que quieres es hacer las horas que ellos te digan, llegar a casa, estar demasiado cansado para plantearte nada, y volver para hacer lo que ellos te digan.
Es un juego más sutil de lo aparente en realidad, ya que si sigues de verdad la línea marcada por la entrevistadora, nada puede ser tan gris; tu puesto de contable es lo que perseguías desde hace años; ¿programador?, toda la vida quisiste serlo, escribir líneas de código, eso era con lo que soñababas de crío; ¿mozo de almacén?, te encanta, te encanta el trabajo repetitivo y moverte en naves industriales. Etcétera. Esos deben ser los mensajes que le lleguen al entrevistador, aunque los transmitas de un modo menos obviamente falso. De todos modos él sabrá que todo es falso, pero deberá poder leer entre líneas que en realidad lo que pasa es que estás desesperado, y que al menos durante un buen tiempo estás dispuesto a ser un monigote para la empresa. Lo que debe parecer, ante todo, es que somos dignos no siendo nosotros mismos, siendo seres desilusionados y con las manos atadas; y esa apariencia tiene tanto que ver con el entrevistador como con el entrevistado. Pase lo que pase, nos pagan o pagarán por hacer que las cosas sigan igual en esencia. Y lo siguen siendo porque la mayoría de gente es sufrida y trabajadora. Es la mayor paradoja de llegar a la edad adulta y currar sin cuartel: encima, con toda probabilidad, eres tú quien les está dando la polla de goma de cincuenta centímetros para que te la encasqueten entera a diario.
El sistema laboral que conozco, le digo a la entrevistadora, es el mayor mecanismo de chantaje material y emocional que existe. Y está tan profundamente arraigado, que la gente lo respeta y venera hasta el punto de valorarse a sí mismos según hasta dónde son capaces de bajarse los pantalones. Cuanto más sangras, más vales. Si tu pasión -aquello que te hacía sentir inteligente y creativo- quedó relegada a la categoría de hobbie cuando tenías veinte años, es porque has «madurado». Todo eso le comento a la entrevistadora, algo desganado, ya que son argumentos que hace muchos años que me rondan por la cabeza. Es casi un mantra. Ya ni siquiera me suena contundente o provocador, sólo me parecen más obviedades de las que la gente echa al montón de certezas de la vida a las que no quieren enfrentarse porque tienen demasiado que perder.
Entonces, me enciendo un cigarro. Aquí, en el despacho de esta mujer de treinta y tantos, guapa y apta para su puesto. Es la clase de empleadas a las que mandan para hablar contigo. Ella sabe calarte. Tiene un etiqueta que ponerte para cada minuto de tu discurso. Para ella hay un motivo concreto sacado de los libros por el cual dices cada una de las cosas que dices. Pero claro, cuenta con que te vas a rebajar, con que a lo que has venido es a intentar «seguir con tu vida laboral» a toda costa. Así te enseñaron a ser, y no has desaprendido nada. Lo acumulas todo. Es curioso, le digo, cómo la gente planea el próximo año entero de su vida y luego se lo pasa diciendo cosas como «ya me gustaría», «es que no tengo tiempo», «claro, ya quisiera yo…», «ése lo que tiene es mucho tiempo libre…». Es como comerse tres pasteles de chocolate y, luego mientras vomitas, decir cosas como «claro, como tú no te los has comido…» o «perdona, pero así es como soy yo, lo que me gusta es desafiar a mi sistema digestivo». Y ni siquiera es una cuestión de tiempo, digo, es una cuestión de energías: no vas a querer hacer según qué cosas después del trabajo por el mismo motivo por el que no vas a querer comer después de pasarte una hora vomitando.
La entrevistadora respira hondo. Sé que estoy comenzando a sonar pedante y sobre todo muy pesado, pero a la vez me siento honesto por primera vez en mi vida desde los diez años o algo así. Honesto de cara al exterior. Llevo como media hora de entrevista. Fuera había otra chica preparada; llevaba una carpeta y un dossier, un traje de chaqueta y unas finas gafas de montura roja, respiraba hondo cada treinta segundos. Enhorabuena, Fulanita, el puesto es tuyo, empiezas a partir del lunes, bienvenida a nuestra gran fam…
Para todo lo que digo, la mayoría de gente tendría el impulso de contestar «¿¿Perdona??». La entrevistadora arruga el ceño constantemente. Ahora mismo ya me siento como un delincuente. Soy un peligroso anarquista porque estoy fumando en un interior. Basta con eso. Pero con cierta imaginación hay formas mucho más contundentes de parecer un anarquista con argumentos que, en realidad, no parecerían tan desquiciados si no fuera por cierta filosofía muy cerrada sobre cómo ha de actuar uno para ser responsable.
Si quieres molestar a alguien de verdad, pon en duda todos sus esfuerzos. Y con esto no me refiero a que dudes que se hayan esforzado. Es aún peor. Sabes que se han esforzado; sobre lo que dudas es sobre si esos esfuerzos no habrán alimentado mucho más la parte gris de la vida del individuo en general, que la parte luminosa o que le hace feliz. Aunque te sonrían, no te quepa duda que si dudas de su trabajo y noches de hincar codos a esos niveles, te van a odiar, aunque luego quieran pagar ellos o incluso te den parte de razón.
La entrevistadora me pregunta que qué hago. Le pregunto que si ahora venía lo de indagar en mi vida sentimental y todo ese rollo. Le digo que venía de verdad a intentar conseguir el trabajo, pero que he hecho tantas entrevistas que ya me parecen como gotas de lluvia, no dejan de llegar y acaban en el suelo y secándose. Lo que me hace gracia o fascina o indigna o qué se yo… lo que me hace cagarme de risa sarcástica, es el modo que tiene la gente de intentar superar la tristeza antes de tiempo. Da igual lo que sea, aunque en el fondo sepan que la derrota normalmente es el final de cualquier camino, se empeñan en venderte la moto de que ellos saben manejar cualquier situación. Y que eso no va a dejarles secuelas negativas, sólo aprendizaje. Es un rollo muy infantil en realidad; como cuando se separan de alguien a quien quieren y escriben cosas como “Ya te he olvidado”, frase indicativa de que no sólo no han olvidado una mierda, sino que además siguen lo suficientemente jodidos y desesperados como para escribir gilipolleces así, intentando sacarse a toda costa demonios de dentro que se irán ellos solitos exactamente cuando les dé la demoniaca gana. Lo cual es otra realidad que no quieren aceptar.
Hace como diez minutos que no sé de qué me hablas, dice la entrevistadora.
Me tutea porque le he dado permiso, es una de esas tretas clásicas para potenciar el buen rollo; pero al final tiene tanto sentido como que te tutee el tío que va a poner en marcha tu silla eléctrica.
Lo que intento decir, creo, es que queremos controlar facetas de la vida que son imposibles de controlar, y nos conformamos con que sigan pudriéndose las que sí podríamos mejorar. Y no solo nos conformamos, además hacemos un esfuerzo brutal para que nada de lo controlable cambie a mejor.
Es decir, por ejemplo un tío conoce a una chica y decide que le gusta; y el capullo piensa que va a poder controlar esa situación siempre y pase lo que pase. ¿Hay una actitud más estúpida que ésa?
Por otro lado, la mayoría de las personas son incapaces de ver las taras de los sistemas cerrados que las llevan y las dominan. Esa actitud típica de la figura del niño responsable que hace caso a los adultos digan lo que digan, mucha gente la lleva hasta las últimas consecuencias, y hasta el final de su vida.
Señor, me dice la entrevistadora.
Una tercera persona entra en el despacho sin llamar, alterado e interrumpiéndola. Es un tipo de corbata, le susurra algo a la mujer. Me vuelvo, la otra candidata al puesto sigue esperando fuera. Lleva un moño muy bien recogido y tiene cara de haber dejado su personalidad atrás con el último castillo de arena que hizo. Fuera parece haber algo de jaleo. La candidata tiene la cara roja y sujeta nerviosa sus credenciales.

Lo que se oye es el restallido de una ametralladora. En cuanto a lo que se ve, digamos que la entrevistadora, el tipo que ha venido y yo, no estamos dispuestos a salir del despacho. La mayoría de cosas uno las ve por el ojo de una cerradura. La entrevistadora cierra la puerta dejando fuera a la candidata, que ya estaba comenzando a acurrucarse en el suelo para iniciar los lloros (ni siquiera ha intentado entrar, como si esperara algo así en su vida algún día). El tipo que entró, busca algo que colocar delante de la puerta para bloquearla, pero la decoración aquí es tan minimalista que no tiene mucho sentido intentarlo, y decide simplemente agacharse en un rincón, cerrar los ojos y creo que rezar. Yo me quedo sentado en la silla. El del arma grita incongruencias sobre lo que le debe «esta empresa». Se le oye perfectamente. Grita algo a propósito de sus hijos. La entrevistadora está escondida bajo la mesa. Yo permanezco en un estado de incredulidad. Hace poco me he encendido el segundo cigarro, y solo presto atención de verdad a eso. El resto parece algo ya muy sabido. Has leído mil noticias iguales. El tipo debe ir habitáculo por habitáculo, debe llevar munición de sobras. Debe estar -casi seguro- justificadamente cabreado. Lo que no tienen en cuenta algunas empresas a la hora de despedir y chupar la sangre a sus empleados, es que algunos de ellos en lugar de tomárselo como un punto de inflexión y cambio en sus vidas, podrían darse cuenta de hasta qué punto les han chupado la sangre. El hecho de tener el impulso de «matar a todo el mundo» a veces solo depende de si tienes acceso a armamento pesado. Es fácil ponerse moralista con esto y decir que la mayoría de gente no lo haría y que a veces hay que tragar y demás. El problema es que quizá esto ya haya ido demasiado lejos. Lo que seguro que no es fácil es saber que te vas a quedar en la calle quizá con un par de críos y una mujer que te sigue queriendo, y que confiaba en ti. No sé si será el caso del tío que avanza por el pasillo de tiros y gritos ahí fuera, pero seguramente la historia será muy parecida. Algunas personas no saben digerir la realidad de que por más que te esfuerces eso podría no estar sirviendo de nada. No quieren aceptar que quizá hayan dedicado toneladas de sacrificio y orgullo tragado a una carrera práctica que todos te vendían como «mejor camino» en lugar del que tú hubieras elegido. Como sea, la verdad es que sólo basta la combinación de la empresa y el banco adecuados para arruinar a un trabajador, a una persona sobrepasada de madrugones a la que quizá se haya puesto como ejemplo a seguir demasiadas veces ya. Puede que el único motivo por el que esto no pasa más veces, es que en realidad nunca haya mucha gente que se acabe dando cuenta de cómo han acabado como han acabado, y que encima ellos sólo intentaban ser lo mejor para los demás.
Se oyen los pasos del tío ahí fuera. Le da una patada a nuestra puerta. Me vuelvo para mirarle. El miedo es tan intenso como que espero que me dispare en cualquier momento.
Fuera, la parte de pared que veo está regada de sangre. La otra canditada, tirada en suelo con la cabeza aplastada, como si además de haber recibido varios disparos el tío le hubiese pisado la cabeza. “A ver, quién hay aquí”, dice el tío. Es pelirrojo, delgado, alto, unos cincuenta años, tiene buena presencia (excepto por la ametralladora). La muy idiota de la entrevistadora se pone a gemir indicando a todo el mundo el sitio exacto en el que está. Entonces el tío dice «¡Tu!», y se limita ametrallar la mesa. Una nube de humo. Veo crecer el charco de sangre. No hago un solo gesto, mi cigarrillo se consume solo. El otro hombre llora como una niña. El hombre armado sonríe. Le pone el cañón de la ametralladora en la sien. Aparto la mirada, pero dos restos sólidos de lo que supongo son sesos, me salpican la parte derecha de la cara. Me doy cuenta de que éste es el último despacho al final del pasillo. El hombre camina para colocarse frente a mí y se me queda mirando. Sacudo el cigarrillo y decido dar una calada. Lo hago por «la última calada». Le miro a los ojos para no mirar el cañón. Él respira pesadamente. No se oyen sirenas de la policía. Estamos en un bajo. Lo que hace el tío es bajar el arma y mirarme durante algo así como dos minutos. Como veo que aún no se decide, doy otra calada al cigarrillo. Y el ya asesino de masas se deshace de una mochila y deja el arma en el suelo, y se va sin hacerme nada.

[He descubierto el videoblog de un tipo bastante divertido, se hace llamar Loulogio, y en el video nos hace un análisis sobre la escena de… una peli. Abajo + pin up.]

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