Principios del siglo XXI

En aquel momento era la moda que se llevaba, dice siempre todo el mundo. Así era como éramos, dicen. Actuábamos y vestíamos así. Era «lo que tocaba». Pasan otra hoja del álbum de fotos digital. Y te siguen contando entre líneas por qué nunca tuvieron lo que se llamaría carácter propio en el momento de la historia en que más se reivindicaba el carácter propio. Querer demasiado a alguien no se llevaba mucho, la verdad, dicen. Era más apropiado aparecer una vez al mes por alguna red social y decir algo como «¡Eh, a ver cuándo quedamos para un café!», cosas así. Ni mucho ni poco. Donde sí había intensidad era en frases como «¿Me lo puedes envolver para regalo?» o «Cómo molan los X (sustituir X por el nombre de algún grupo que moriría durante el parto)». Hacíamos quedadas desvirtualizadoras, te dicen, conocimos a poetas de veinte años que llevaban sombreros y chalecos. Para ellos era importante que supieras que tenían mundo interior, eran pacientes e inteligentes y resultones. Todo el mundo era un genio, dicen. Todos eran genios y sabían en qué ambiente había que moverse. A veces parecían los nuevos yupis de los años dos mil. Convirtiendo en vigentes otra vez las correrías conceptuales de American Psycho. Sustituyendo drogas y violencia por otra clase de vacío mejor visto. No fumábamos, te dicen, y sabíamos lo que teníamos que comer dos meses antes de que llegara el verano. No es que tuviéramos sobrepeso, es que ya sabíamos cuándo nos sobraban dos kilos. Podíamos clasificar cualquier tipo de obra de arte, contextualizarla, decirte la fecha en que se gestó y en qué etiqueta encajaba durante nuestra época. A veces no sabíamos valorar la obra en sí, pero eso era lo de menos. No aprobabas exámenes con eso; nadie te daba un título por emocionarte con una película o maravillarte con un cuadro. Tenías que saber quién hizo el marco, cómo era el tapiz, cómo se transportó, en qué galería se expuso (por decirlo así), ¿en qué corriente literaria encajaría el siguiente fragmento?, etc. Eso era lo importante, y nosotros controlábamos todo eso. No estaba muy vigente eso del amor o el placer implícitos en las relaciones personales o el arte. Nosotros queríamos trascender eso. Era el mundo en el que vivíamos y ser moderno era tener cierta clase de fe. Los símbolos y los tatuajes y las cubiertas de los discos, daba igual lo que significaran, lo importante era el símbolo en sí y cómo quedaba serigrafiado en tu bolso. Eso decía mucho de ti. Todo hablaba de ti, cualquier complemento; y tu boca como herramienta estaba al final de la cola en eso, no digamos ya tus sentimientos u opiniones reales. Pero claro, obviamente la idea era que eso quedara soterrado. Había miles de artículos que defendían ese estilo de vida desde múltiples ángulos. Lo que debía imperar era que podía leerse cómo eras, tu auténtica naturaleza, según tu perfil como consumidor. Cambiabas como “persona” según cómo fueras encajando en el decorado general. Era esa certeza impepinable de chico que empieza a salir con chica y de golpe siempre va bien afeitado y su vestuario comienza a ser mucho más cuidado (aunque el chico sea igual que antes en lo que no está a la vista); era eso extrapolado a todo lo demás. La chica era nuestra época, el chico eran las personas que la poblábamos.
Lo cierto es que siempre había sido así, pero nosotros, nuestra generación, estaba llegando a cimas de mediocridad meticulosamente disfrazada difíciles de asimilar y analizar. Todo se había fusionado a muchos niveles. Tenía que ver con seguir comprando ropa cada semana, tenía que ver con las dietas, con una obsesión por la salud rayana en lo absurdo (casi con la idea de inmortalidad y juventud eterna como soporte); tenía que ver también con cientos de explicaciones aplicables a cualquier época. Pero una de las grandes diferencias, uno de los grandes aportes a esas corrientes ridículas para la despersonalización de las masas, era la revolución tecnológica. La misma tenía sus grandes ventajas y herramientas, pero una vez más da igual el medio, lo que importa es lo que se hace con él.
Aún había gente que conservaba televisiones en casa que tenían más años que sus hijos universitarios, mientras estos ya habían cambiado de móvil hasta cinco y seis veces.
Con la revolución tecnológica se hizo patente otra vez la patética realidad de siempre. Nuestra generación indie insultantemente preparada y con la agenda permanentemente llena, era igual de estúpida en lo esencial que cualquier otra generación. Nuestra generación de genios, de blogueros, de licenciados y poetas de veinte años. Lo adoradores del medio por encima de todo lo demás.
Por ejemplo un teléfono no era un teléfono. Y si lo era, habían conseguido convencernos de que no, de que qué ibas a hacer por ahí todo el día sin tener una lenta conexión a Internet en el bolsillo. Los avances que podían dar servicio como mucho a viajantes constantes que se pasaran meses fuera de casa, pasaron a ser imprescindibles para todo el mundo. Así pues, un teléfono dejó de ser un teléfono, y pasó, como tantas otras cosas en el pasado, a ser otro artículo más definitorio de tu personalidad. Otra vez quedaban al margen tu verdad, sentimientos o pensamientos profundos, o estos estaban limitados por el tema de actualidad vigente o el número de caracteres permitidos en Twitter. Un chat no era un chat. Un chat también definía tu modernidad en relación al tiempo que tardaras en pasarte al chat nuevo de moda. Otra vez lo importante era el medio y no la conversación o el intercambio de información.
El mayor argumento que tenían los amantes de toda esta vorágine de nuevo consumismo, era el de la desconfianza que pudieron tener nuestros antepasados con avances como el del pergamino al libro o el de la máquina de escribir al ordenador. Nunca tenían en cuenta, por supuesto, que en aquellos avances, en aquellas épocas, había un ánimo de facilitar la vida a las personas, además del ímpetu mercantilista. Con lo cual, un invento o nuevo paso tecnológico se producía cuando el creador de turno -errara o no- creía que aquello era una ventaja de verdad para el consumidor. Sin embargo, muy sospechosamente, en nuestra época, esos supuestamente grandes y útiles avances, se producían de año en año, a veces en pocos meses. Se trataba de dar un imaginario paso más enseguida para que la gente volviera a renovar el fondo de armario tecnológico. Y por supuesto, la gente picaba, la gente, todos, íbamos como moscas a la mierda, ya que la mierda era plateada y elegante y había una manzana mordida dibujada en ella, Steve Jobs moría en aquel momento, y la sociedad había adoptado por fin sus artilugios tecnológicos como la nueva ropa, las nuevas prendas y complementos, con tendencias que se renovarían enseguida y a las que tendríamos que estar atentos si no queríamos ser unos carcas de un año lectivo para otro.
Era algo así como el paso lógico occidental. En cualquier campo, ya se había perdido la esperanza de asociar la calidad o profundidad de algo a una respuesta comercial satisfactoria. Salía cada poco un juguete nuevo por la misma razón por la que grandes productoras como Fox batían records de mediocridad cualitativa en todo artefacto que hicieran realidad. Así pues, la respuesta estaba más en educar al consumidor que en pensar qué era lo que el consumidor quería. Si conseguías que todo el mundo creyera que un nuevo teléfono con el que ibas a hacer lo mismo que con el anterior era lo que tenías que comprar en navidad, ya no había que pensar. Y de todas formas, si el producto no calaba, enseguida saldría otro. La idea de la evolución y adaptarse a los tiempos, siempre era una excusa blindada. Si no sabías verlo eras un cascarrabias. Todo estaba asociado, claro está, con cierta filosofía sobre el joven emprendedor y optimista. No solo se había hecho patente el concepto de la valoración del ciudadano según su impulso consumista. Además, de repente esa idea era guay. Indie, Trendy, Hipster, Ecétera, Etcétera, Etcétera.
Había un sinfín de nombres y palabras. De repente los productos a la venta estaban agrupados en etiquetas de ese tipo, lo cual los dotaba de una credibilidad que para muchos iba a misa. Daba igual si luego el producto en sí moría enseguida en la mente de todos, lo importante eran los beneficios en el momento en el que se comercializaba. Y era cuando comenzaba a dejar de venderse, cuando enseguida había que sacar otro asociado a la nueva etiqueta que lo vistiera a la medida para atraer a todos aquellos que no estaban dispuestos a «quedarse fuera» o «no adaptarse a los tiempos». Es decir, a la mayoría.
No importaba mucho el clima actual, había inflación académica y crisis económica, pero lo que importaba era que, siempre, el marco, el medio o el camino continuaran siendo mucho más importantes que el fin o el contenido. Y así, sonreíamos porque estábamos al día, aunque en la gran mayoría de “polvos” que echáramos nos negáramos a llegar al orgasmo simplemente porque eso no estaba de moda.

[Arriba, escena de “Los Descendientes”, nueva peli de Alexander Payne que hay que ver. Abajo + pin up.]

Anuncios

2 comentarios en “Principios del siglo XXI

  1. Ha quedado claro que te gusta la película.

    La pin-up de hoy tiene el cuerpo raro. Creo que es por culpa de la trenza, hace que el cuerpo parezca pequeño a comparación.

    Y por cierto, tu capítulo sobre la Historia de principios del XXI tristemente cierto, sobre todo la última frase, pero me temo que no lo incluirán en las enciclopedias: demasiado contenido.

  2. Como no después de varios años, a toro pasado, o en años vista, sabemos como se ven los logros, sucesos y demás demagogia sobre una época determinada, es muy arriesgado vender ese tipo de textos cuando no hay años de por medio, cuando el toro no ha pasado o cuando los años no son vista y solo son XP (chiste malo, lo sé) pero creo y por desgracia pienso que has acertado diez de diez lo que la gente pensará o de como se verá el principio del siglo XXI cuando haya alguien lo suficiente inspirado para relatarlo, espera, pero si ese eres tú jejeje
    Ahora fuera de bromas, genial el texto, me hizo gracia ese afán de comercializar lo que vende sin saber lo que se necesita, y solo con la esperanza de los beneficios de primera mano, porque no tiene que durar, solo impactar momentáneamente.
    Un beso Jordi, otro texto cojonudo para la saca, si señor :DDD
    P.D. Yo esperaré mi orgasmo, para no cumplir los clichés 😛

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s